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 un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...

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angenick
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:06

— Está deliciosa.

— ¿Demasiada sal quizás?

— No, está perfecta.

Ella sonrió alegremente.

— Ten —le dijo él, ofreciéndole un trozo de queso.

________ abrió la boca, pero él no se lo dio; aprovechándose de las circunstancias, se adueñó de sus labios para besarla a conciencia.

¡Cielo santo! Una lengua con tal capacidad de movimiento debería ser inmortalizada con un monumento, o encontrar el modo de conservarla para la posteridad. Semejante tesoro no podía desaparecer. Y esos labios…

Mmm, ________ no quería pararse a pensar en esos deliciosos labios y en lo que eran capaces de hacer.

Joe la sujetó por la cintura apretándola contra sus caderas, justo sobre el lugar donde su miembro se tensaba bajo los vaqueros. ¡Por amor de Dios!, este hombre estaba maravillosamente dotado y ________ comenzó a temblar ante la idea de que desplegara todos sus encantos sexuales para ella.

¿Sería capaz de sobrevivir a algo así?

Sentía cómo Joe se tensaba y cómo su respiración comenzaba a alterarse. Estaba dejándose arrastrar por la pasión, y ________ empezaba a temer que, si no lo detenía en ese momento, ninguno de los dos iba a ser capaz de parar después.

Aunque no le apetecía nada separarse de él, dio un paso atrás, deshaciendo el tórrido abrazo.

— Joe, compórtate.

Jadeando, observó la lucha que sostenía consigo mismo mientras la devoraba con los ojos.

— Sería mucho más sencillo comportarse si no fueses tan jodidamente deseable.

El comentario fue tan inesperado que ella se rió con ganas.

— Lo siento —le dijo, captando el gesto irritado de Joe—. Al contrario de lo que te ocurre a ti, yo no estoy acostumbrada a que me digan cosas como ésa. El mayor cumplido que me han hecho nunca, fue el de un chico llamado Rick Glysdale. El día de la graduación, vino a recogerme a casa, me miró de arriba abajo y dijo: « ¡Joder!, te has arreglado más de lo que esperaba».

Joe resopló.

— Me preocupan los hombres de esta época, ________. Todos parecen ser unos completos imbéciles.

Riéndose de nuevo, ella le dio un ligero beso en la mejilla y se acercó a la olla para sacar la pasta del agua antes de que se pasara.

Mientras echaba los tallarines en el escurridor, se acordó del pan.

— ¿Puedes echarle un vistazo a las baguettes?

Joe se acercó al horno y se inclinó, ofreciéndole a ________ una suculenta visión de su parte trasera. Ella se mordió el labio inferior, mientras se esforzaba por no acercarse y pasar la mano por ese firme y prieto trasero.

— Están a punto de quemarse.

— ¡Ay, mier*da! ¿Puedes sacarlas? —le preguntó, intentando no derramar el agua que estaba hirviendo.

— Claro —Joe cogió el trapo de la encimera, y comenzó a sacar el pan. De repente, soltó un juramento que llamó la atención de ________.

Ella se giró y vio que el trapo estaba ardiendo.

— ¡Allí! —exclamó, quitándose de en medio—. Échalo al fregadero.

Él lo hizo, pero al pasar por su lado, le rozó la mano con el trapo y ________ siseó de dolor.
_________________Continuacion...


— ¿Te he quemado? —le preguntó.

— Un poco.

Joe hizo una mueca al cogerle la mano para examinarle la quemadura.

— Lo siento —le dijo, un momento antes de llevarse el dedo de _______ a la boca.

Atónita, no fue capaz de moverse mientras Joe pasaba la lengua por la sensibilizada piel de su dedo. A pesar de la quemazón de la herida, la sensación era muy agradable. Muy, muy agradable.

— Eso no le viene bien a la quemadura —susurró.

Con el dedo aún en la boca, Joe le dedicó una sonrisa traviesa y alargó el brazo para abrir el grifo, que estaba a su espalda. Hizo un círculo completo con la lengua alrededor del dedo una vez más antes de abrir la boca y colocarlo bajo el chorro de agua fría.

Sosteniéndole el brazo para que el agua aliviara el escozor de la quemadura, se acercó a la planta de aloe, que estaba en alféizar de la ventana, y cortó un trozo.

— ¿Conoces las propiedades del aloe? —le preguntó ella.

— Sus propiedades curativas se conocían mucho antes de que yo naciera —respondió él.

Cuando frotó el dedo con la viscosa savia de la planta, _______ sintió que un escalofrío le recorría la espalda y se le hacía un nudo en el estómago.

— ¿Te sientes mejor?

Ella asintió con la cabeza.

Con la ternura y el deseo reflejados en los ojos, Joe contempló sus labios como si aún pudiese percibir su sabor.

— Creo que, a partir de ahora, dejaré que seas tú la que se encargue del horno —le dijo.

— Probablemente sea lo mejor.

_______ se apartó de él y sacó las baguettes, que aún eran comestibles.

Sirvió los platos y precedió a Joe hasta la sala de estar, donde se sentaron a comer en el suelo, delante del sofá, mientras veían Matrix.

— Me encanta esta película —dijo ella cuando empezaba la película.
Joe colocó el plato sobre la mesita de café y se acercó a _______.

— ¿Siempre comes en el suelo? —le preguntó antes de llevarse un trozo de pan a la boca.

Fascinada por la armonía de sus movimientos, _______ observó atentamente cómo la mandíbula de Joe se tensaba al masticar.

¿No había ninguna parte de su cuerpo por la que no se le hiciese la boca agua? Comenzaba a entender por qué el resto de sus invocadoras lo habían utilizado.

La idea de mantenerlo encerrado en una habitación durante un mes estaba empezando a resultarle muy tentadora.

Y además tenían aquellos grilletes…

— Bueno —dijo alejando su mente de aquella maravillosa y bronceada piel, y de lo bien que se vería si Joe estuviese totalmente desnudo y desparramado sobre su colchón—, está la mesa del comedor, pero puesto que la mayoría de las noches estoy sola, prefiero tomarme un tazón de sopa en el sofá.

Joe giró de forma magistral el tenedor sobre la cuchara, hasta que los tallarines estuvieron perfectamente enrollados.

— Necesitas a alguien que cuide de ti —le dijo antes de llevarse el tenedor a la boca.
_______ se encogió de hombros.

— Yo me cuido sola.

— No es lo mismo.

_______ lo miró ceñuda. Había algo en su voz que le indicaba que no lo decía desde el punto de vista machista. _______ hablaba desde el corazón y basándose en su propia experiencia.

— Supongo que todos necesitamos alguien que nos cuide, ¿verdad? —susurró ella.

Él giró la cabeza para ver la televisión, pero no antes de que _______ captara el destello del deseo en sus ojos. Ella lo observó mientras permanecía unos minutos atento a la película. Aun distraído, comía de forma impecable. _______ estaba toda cubierta de manchas de salsa, y él ni siquiera había dejado caer una sola gota.

— Enséñame cómo haces eso —le dijo.

Cristiano la miró con curiosidad.

— ¿El qué?

— Lo que haces con la cuchara. Me estás poniendo de los nervios. No consigo que mis tallarines acaben enrollados en el tenedor; se quedan todos sueltos y me pongo perdida.

— Claro, y no queremos que nos rodeen un montón de tallarines gigantes que lo dejen todo hecho un asco, ¿verdad?

_______ se rió porque sabía que no hablaba precisamente de los tallarines.

— A ver, ¿cómo lo haces?

Joe tomó un sorbo de vino y dejó la copa a un lado.

— Veamos, así me resultará más fácil enseñártelo.

Y se deslizó entre el sofá y Cess.

— Joe… —le advirtió ella.

— Sólo voy a enseñarte lo que quieres.

— Hum… —exclamó dubitativa. De todos modos, no podía evitar sentir su proximidad le calara hasta los huesos, hasta el alma. La calidez del pecho de Joe se extendió por su espalda cuando la rodeó con sus maravillosos brazos.

Al sentarse tras ella, él dobló las rodillas, de modo que quedaron a cada lado de su cuerpo y cuando se inclinó hacia delante, Cess notó su erección presionándole en la cadera. Esta vez no se sorprendió. Curiosamente, estaba empezando a acostumbrase.

Sentía el poder y la fuerza de Joe mientras su cuerpo fibroso y esbelto se acomodaba tras ella, dejándola sin aliento y muy insegura.

Unos sentimientos extraños e intensos comenzaron a extenderse en su interior, jamás le había ocurrido algo así. ¿Qué tenía Joe que le hacía sentirse tan protegida y feliz?
_________________Continuacion...


Si se trataba de la maldición, deberían cambiarle el nombre, porque no había nada malévolo en las sensaciones que la embargaban.

— Muy bien —le dijo Joe, y su aliento le rozó la oreja haciendo que una descarga eléctrica la traspasara. Al instante, le cogió las manos y los dos juntos sostuvieron los cubiertos.

Cerró los ojos, mientras aspiraba el dulce aroma a flores que desprendía el cabello de _______. Estaba empleando toda su fuerza de voluntad para concentrarse en la tarea de enseñarle a comer tallarines, y olvidarse de lo mucho que deseaba hacerle el amor.

Ella deslizó provocativamente los dedos entre los suyos, intensificando de ese modo las sensaciones que su piel cálida y suave producían en Joe. Un nuevo tipo de desesperación se adueñó de él. Una que no era capaz de nombrar. Sabía lo que quería de ella, y no se trataba sólo de su cuerpo.

Pero no se atrevía a pensar en eso.

No se atrevía a tener esperanzas.

_______ no estaba a su alcance. Su corazón se lo decía, y su alma. Ni todo el anhelo del mundo podría cambiar un hecho esencial: no se merecía una mujer como ella.

Jamás lo había merecido…

Abrió los ojos y le mostró el modo de usar la cuchara para ayudarse a enrollar los tallarines en el tenedor.

— ¿Ves? —murmuró, acercándole el tenedor a los labios—. Es sencillo.

Ella abrió la boca y Cristiano introdujo con cuidado el tenedor. Mientras lo sacaba, deslizándolo entre sus labios, sintió que experimentaba una nueva forma de tortura.

El corazón le latía a un ritmo frenético y salvaje, y su sentido común le decía que se alejara de ella.

Pero no podía. Llevaba tanto tiempo sin compañía. Tanto tiempo sin tener un amigo…

No podía dejarla ahora. No sabía cómo hacerlo.

Así que siguió dándole de comer.

_______ se reclinó entre sus brazos. Apartó las manos de las suyas y dejó que él tomara el control. Mientras masticaba los tallarines, cogió un trozo de pan y se lo ofreció a Joe. Él le mordisqueó los dedos al ponérselo en la boca.

_______ sonrió y le acarició el mentón mientras masticaba. ¡Uf! La forma en que se tensaba ese músculo bajo su mano… le encantaba cómo se movía su cuerpo, cómo se relajaban y se contraían sus músculos, por muy pequeño que fuese el esfuerzo.

Una mujer jamás podría cansarse de mirarlo.

Tomó un sorbo de vino y, mientras tanto, Joe le robó unos cuantos tallarines.

— ¡Oye, tú! —le dijo bromeando—. Eso es mío.

Sus ojos marrones resplandecieron al sonreír, y le ofreció de nuevo el tenedor para que siguiera comiendo.

Mientras masticaba,_______ le acercó la copa de vino a los labios.

Desafortunadamente, no calculó bien y la alejó demasiado pronto, con lo que el vino se derramó por su barbilla y cayó sobre la camisa.

— ¡Lo siento! —exclamó, limpiándole la barbilla con los dedos. Su incipiente barba le raspaba la piel—. ¡Jesús! ¡La que he formado!

A él no pareció molestarle en absoluto. Le cogió la mano y se dedicó a lamer el vino que caía por sus dedos.

_______ dejó escapar un gemido. Joe le lamía los dedos y los mordisqueaba con mucha suavidad, y ella se estremecía de la cabeza a los pies.

Uno a uno, los fue limpiando meticulosamente. Y cuando acabó, le alzó la barbilla y capturó sus labios.

Pero no fue el beso exigente y fiero al que ella estaba acostumbrada. El que utilizaba para seducirla y devorarla.

Éste fue suave y tranquilo. Tierno. Los labios de Joe eran delicados pero exigentes.

Entonces se alejó.

— ¿Aún tienes hambre? —le preguntó.

— Sí —balbució _______, sin referirse a la comida, sino a los apetitos que su cuerpo estaba experimentando junto a él.

Joe le ofreció más tallarines.

Cuando ella le acercó la copa nuevamente para calmar su sed, Cristiano le cubrió la mano con la suya mientras la observaba con ojos risueños.

Así siguieron, dándose de comer y deleitándose en su mutua compañía, hasta el final de la película. Joe pareció muy interesado en las luchas finales.

— Sus armas son fascinantes —comentó.

— Supongo que para un general deben serlo.

Él la miró de reojo y siguió atento a la película.

— ¿Qué es lo que más te gusta de Matrix?

— Las alegorías.

Él asintió.

— Tiene influencias de Platón.

— ¿Conoces a Platón? —le preguntó sorprendida.

— Lo estudié cuando era joven.

— ¿En serio?

No pareció divertido por la conversación.

— Se las arreglaban para enseñarnos unas cuantas cosas entre paliza y paliza.

— No estás hablando en serio, Joe.

— Ya.

Una vez acabó la película, la ayudó a recoger la cocina.

Cuando ella cargaba el lavavajillas, sonó el teléfono.

— No tardaré nada —le dijo mientras corría hacia la salita para contestar.

— _______, ¿eres tú?

_________________Continuacion...

— Hola, señor Carmichael —lo saludó fríamente.

En ese momento, habría matado a Luanne por marcharse de la ciudad.

Tan sólo había tenido una sesión con Rodney, el miércoles, pero había sido suficiente para hacer que deseara contratar a un detective privado que buscase a Luanne y la trajera de vuelta.

El tipo le daba escalofríos.

— ¿Dónde estuviste hoy, _______? No estarás enferma, ¿verdad? Podría llevarte…

— ¿No le cambió Ana su cita?

— Sí, pero estaba pensando que podíam…

— Mire, señor Carmichael, no atiendo a mis pacientes en casa. Le veré a la hora de su sesión. ¿De acuerdo?

La línea se quedó en silencio.

— ¿_______?

Ella saltó y chilló al escuchar la voz de Joe a su espalda.

Él la observaba con curiosidad, con una expresión que muy bien podría haber encontrado divertida si no hubiese estado tan aterrorizada.

— ¿Estás bien? —le preguntó él.

— Sí, lo siento —dijo, colgando el teléfono—. Era ese paciente del que te hablé. Rodney Carmichael. Me saca de quicio.

— ¿Qué?

— Que me pone muy nerviosa —por primera vez, agradecía muchísimo la presencia de _______. De no estar él, se habría ido a casa de Breyda y Ricardo, en busca de su hospitalidad durante el fin de semana—. Venga —le dijo mientras apagaba la luz de la cocina—. ¿Nos vamos arriba y empiezo a enseñarte a leer?

Joe negó con la cabeza.

— No abandonas, ¿verdad?

— No.

— Muy bien —le respondió, siguiéndola escaleras arriba—. Acepto que me des clases si te pones el negligé roj…

— No, no y no —dijo ella, deteniéndose en mitad de la escalera y girándose para mirarlo—. Me temo que eso no va a ser posible.

Él se acercó y acarició el pelo que le caía sobre el hombro.

— ¿No sabes que necesito una musa que me anime a aprender? ¿Y qué mejor musa que tú vestida con…?

_______ le colocó los dedos sobre los labios para impedir que siguiera hablando.

— Si me pongo eso, dudo mucho que vayas a aprender algo que no sepas ya.

Él le mordisqueó los dedos.

— Prometo comportarme bien.

Sabiendo que era una idea pésima, dejó que la convenciera.

— Será mejor que te comportes —le advirtió, mirándole por encima del hombro mientras acababa de subir los escalones.

_______ entró en el enorme vestidor que su padre había convertido en biblioteca años atrás, y rebuscó en los estantes hasta encontrar su viejo cuento de Peter Pan.

Joe rebuscó en sus cajones hasta encontrar el deplorable atuendo.

Intercambiaron objetos en el centro de la habitación. _______ corrió hacia el cuarto de baño y se cambió de ropa pero, tan pronto como se contempló en el espejo, con la diáfana prenda roja, fue incapaz de moverse. ¡Puaj! Si Joe la veía con esas pintas saldría dando alaridos de la habitación.

Incapaz de soportar la humillación de verlo decepcionado por su cuerpo, se quitó el negligé y se puso su sencilla camisola rosa. Se envolvió en su grueso albornoz antes de regresar a la habitación.

Joe meneó la cabeza.

— ¿Por qué te has puesto eso?

— Mira, no soy idio*ta. No tengo el tipo de cuerpo que hace que los hombres babeen.

— ¿Qué estás intentando decirme?, ¿que eres un hombre?

Ella frunció el ceño ante su lógica.

— No.

— ¿Entonces cómo sabes que tu cuerpo no despierta el deseo de un hombre?

— Porque no soy ciega. ¿Vale? Los hombres no babean por mí del mismo modo que las mujeres hacen contigo. ¡Maldita sea!, me considero afortunada cuando se dan cuenta de que soy una mujer.

— _______ —masculló, levantándose. Se puso en pie y se detuvo a los pies de la cama—. Ven aquí —le ordenó.

Ella obedeció.

Joe la colocó exactamente enfrente del espejo de cuerpo entero.

— ¿Qué ves? —le preguntó.

— A ti.

Él le sonrió.

Inclinándose, apoyó la barbilla sobre el hombro de Celeste.

— ¿Qué ves cuando te miras?

— Veo a alguien que necesita perder de seis a nueve kilos y comprarse un cargamento de crema antimanchas para hacer desaparecer las pecas.

A él no pareció hacerle gracia.

Le pasó las manos por la cintura, hasta la parte delantera del albornoz, donde descansaba el nudo del cinturón.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:07

— Déjame que te diga lo que yo veo —ronroneó justo sobre su oreja, mientras colocaba las manos sobre el cinturón, sin abrirlo—. Veo un hermoso cabello, oscuro como la noche. Suave y abundante. Tienes el cabello ideal para que caiga en cascada sobre el vientre desnudo de un hombre, para enterrar la cara en él y aspirar su aroma.

_______ empezó a temblar.

— Tienes un rostro con forma de corazón, semejante al de un pequeño diablillo, con labios llenos y sensuales que piden a gritos ser besados. Y con respecto a tus pecas, son fascinantes. Añaden un toque juvenil a tu encanto que te hace única e irresistible.

No sonaba tan mal dicho por él.
_________________Continuacion...

Le desabrochó el albornoz e hizo una mueca ante la visión de la camisola rosa. Abriéndolo del todo, siguió hablando.

— ¿Qué tenemos aquí? —masculló, devorándola con los ojos.

Antes de poder pensar siquiera en protestar, Joe le bajó el albornoz por los brazos y lo dejó caer al suelo, a sus pies. Volvió a apoyar la barbilla en su hombro mientras sus ojos la contemplaban a través del espejo.

Le alzó la camisola.

— Joe —dijo ella, cogiéndole la mano.

Sus miradas se encontraron en el espejo. Cess no pudo moverse, ya que la pasión y la ternura que se reflejaban en los ojos de Cristiano la sumieron en un estado de trance.

— Joe —balbució _________ con un gemido y el cuerpo abrasado—. Recuerda tu promesa.

— Me estoy comportando bien —respondió él con voz ronca.

Apoyándose sobre sus duros pectorales, _________ observó sin aliento en el espejo cómo Joe dejaba sus pechos y le acariciaba las costillas, descendiendo hasta las caderas y una vez allí, metía las manos bajo el elástico de sus braguitas.

— Tienes un cuerpo hermoso, _________ —le dijo mientras la acariciaba .

Por primera vez en toda su vida, lo creyó. Joe le mordisqueó el cuello mientras sus manos jugueteaban con los rizos de su entrepierna.

— Quiero verte, __________ —le dijo en un tono que dejaba a las claras que no admitiría un no por respuesta.

Antes de poder volver a pensar con claridad, él le quitó la camisola y pasó sus manos sobre la piel desnuda de su estómago.

— Tus pechos no son pequeños —susurró, incorporándose tras ella—. Tienen el tamaño perfecto para la mano de un hombre —y para demostrar su afirmación, acercó las manos y los cubrió con ellas.

— Joe —lloriqueó, sabiendo que si no lo detenía ahora no sería capaz de hacerlo más tarde.

— ¡Shh! —le dijo al oído—. Ya te tengo.

Y, entonces, separó los tiernos pliegues de su cuerpo y acarició su sexo.

__________ gimió, consumida por la pasión. Joe capturó sus labios y la besó plena y profundamente.

De forma instintiva, se dio la vuelta entre sus brazos para saborearlo mejor.

La levantó del suelo, sin abandonar sus labios, mientras la llevaba hasta la cama. De algún modo, se las arregló para acomodarla sobre el colchón y tumbarse sobre ella sin dejar de besarla.

Ciertamente tenía un gran talento.

Y ¡uf!, _________ se sentía arder con sus caricias. Con su aroma escandalosamente sensual. Con la sensación de su cuerpo tendido junto a ella. Comenzó a temblar de pies a cabeza mientras él le separaba los muslos con las rodillas y se colocaba, aún vestido, sobre ella.

Sentir su peso era algo maravilloso. Su cuerpo duro y viril, mientras restregaba sus esbeltas caderas contra ella. Aun a través de los vaqueros, podía sentir su erección presionando sobre su entrepierna. Como si estuviesen atraídas por un imán, sus caderas se alzaron acompasándose al movimiento de Joe.

— Eso es, ________—murmuró sobre sus labios, mientras seguía rozando su miembro hinchado contra ella, de un modo tan magistral que ________ supo que ya habría llegado al clímax si estuviese dentro de ella—. Siente mis caricias. Siente mi deseo por ti, sólo por ti. No luches contra él.

________ volvió a gemir cuando Joe abandonó sus labios y dejó un abrasador reguero de besos por su garganta, hasta llegar a sus pechos, que comenzó a succionar con suavidad.

_________ deliraba de placer mientras enterraba las manos en los rizos oscuros de Joe.

Él atormentó implacablemente sus pechos con la lengua.

Todo su cuerpo temblaba por el tremendo esfuerzo que le suponía mantenerse vestido. Quería introducirse en ella con tanta desesperación que su cordura se desvanecía poco a poco.

Con cada envite de sus caderas contra las de _________, le daban ganas de gritar por la agonía del deseo insatisfecho. Era la tortura más deliciosa que jamás había experimentado.

Y todo empeoró al sentir a ___________ deslizar las manos por su espalda, e introducirlas en sus bolsillos traseros para acercarlo aún más, apretándolo con fuerza.

Joe se estremeció ante la sensación.

— ¡Sí, oh, sí! —jadeaba __________ cuando él aumentó el ritmo de sus embestidas.
_________________Continuacion...


Joe sintió que todo le daba vueltas. Tenía que hundirse en ella. Y si no podía hacerlo de una manera, por todos los templos de Atenas que lo haría de otra.

Se apartó de ella y se movió hacia abajo, pasando los labios por su estómago y besándole las caderas mientras le quitaba las braguitas.

__________ temblaba de pies a cabeza al sentir el poder que él ostentaba en ese momento.

— Por favor —le suplicó, incapaz de soportarlo más.

Le apartó los muslos con los codos. ________ se lo permitió sin protestar. Colocó las manos bajo ella y le elevó las caderas hasta que le pasó las piernas por encima de sus hombros.

Los ojos se le abrieron de par en par en el mismo instante en que Joe la tomó en la boca.

__________ enterró las manos en el cabello de él y echó la cabeza hacia atrás, siseando de placer ante las caricias tan íntimas que la lengua de Joe le prodigaba. Jamás había experimentado algo así. Una y otra vez, penetrándola con la lengua implacablemente, él la lamía, la atormentaba, hurgaba en su interior hasta dejarla sin aliento, exhausta.

Joe cerró los ojos y gruñó cuando probó su sabor. Y disfrutó de la sensación. Los murmullos de placer que escapaban de la garganta de _________ resonaban en sus oídos. Percibía cómo ella reaccionaba ante cada caricia sensual de su lengua, cuidadosamente ejecutada. De hecho, sentía como le temblaban los muslos y las nalgas, como se estremecían contra sus hombros y sus mejillas.

_______ se retorcía de modo muy erótico en respuesta a sus caricias.

Con la respiración entrecortada, Joe quiso mostrarle exactamente lo que se había estado perdiendo. Cuando saliera de la habitación esa noche, ________ no volvería a encogerse de temor ante sus caricias.

Ella gimoteó cuando movió la mano despacio para introducir el pulgar en su vagina, mientras continuaba lamiéndola.

— ¡Joe! —jadeó con un involuntario estremecimiento de su cuerpo.

Él movió el dedo y la lengua aún más rápido, más profundo, aumentando la presión mientras giraba y giraba. ________ sentía que la cabeza le daba vueltas por el roce de la barba de Joe en sus muslos, en su sexo.

Y, cuando pensaba que ya no podría soportarlo más, alcanzó el clímax de forma tan violenta que echó la cabeza hacia atrás y gritó mientras su cuerpo se convulsionaba por las continuas oleadas de placer.

Pero Joe no se detuvo, siguió prodigándole caricias hasta que tuvo otro nuevo orgasmo, casi seguido al primero.

La tercera vez que le ocurrió pensó que moriría.

Débil, y totalmente saciada, sacudía la cabeza a uno y otro lado, sobre la almohada, mientras él continuaba su implacable asalto.

— Joe, por favor —le suplicó mientras su cuerpo seguía experimentando continuos espasmos por sus caricias—. No puedo más.

Sólo entonces, él se apartó.

________ se sentía palpitar desde la cabeza hasta los pies, y respiraba entrecortadamente. Jamás había conocido un placer tan intenso.

Joe trazó una senda de besos desde sus muslos hasta su garganta, y allí se quedó.

— Dime la verdad, _______ —le dijo al oído—. ¿Has sentido algo así antes?

— No —susurró ella con honestidad; dudaba que muchas mujeres hubiesen conocido algo semejante a lo que ella acababa de experimentar. Quizás no hubiese ninguna—. No tenía ni idea de que pudiese ser así.

Con una mirada hambrienta, Joe la contempló como si quisiese devorarla.

Ella sintió la presión de su erección sobre la cadera y cayó en la cuenta que él no había llegado al orgasmo. Había mantenido su promesa.

Con el corazón latiéndole frenético ante el descubrimiento, quiso proporcionarle lo mismo que ella acababa de vivir. O al menos, algo que se le aproximara.

Bajando la mano, comenzó a desabrocharle los pantalones.

Joe le cogió la mano y se la llevó a los labios para besarle la palma con mucha ternura.

— Tu intención es buena, pero no te molestes.

— Joe —le dijo en tono de reproche—. Sé que es muy doloroso para un hombre si no se…

— No puedo —insistió él, interrumpiéndola de nuevo.

________ lo miró ceñuda.

— ¿Que no puedes qué?

— Tener un orgasmo.

________ abrió la boca, atónita. ¿Estaría diciendo la verdad? De todos modos, sus ojos tenían una expresión mortalmente seria.

— Es parte de la maldición —le explicó él—. Puedo darte placer, pero si me tocas justo ahora, sólo conseguirás hacerme más daño.

Sufriendo por él, le acarició la mejilla.

— Entonces, ¿por qué…?

— Porque quería hacerlo.

No lo creía. No. Apartó la mano de su rostro y miró hacia otro lado.

— Querrás decir porque tenías que hacerlo. Por la maldición también, ¿no es cierto?

Él la cogió por la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.

— No. Estoy luchando contra la maldición, si no fuese así, estaría dentro de ti ahora mismo.

— No lo entiendo.

— Yo tampoco —le confesó mirándola a los ojos, como si buscase en ella la respuesta—. Acuéstate conmigo —susurró—. Por favor.

_________ hizo una mueca de dolor ante el sufrimiento que destilaba aquella sencilla petición. Su pobre Joe. ¿Qué le habían hecho? ¿Cómo podían hacerle eso a alguien como él?

Joe cogió el libro y se lo dio a _________.

— Léeme.

Ella abrió el cuento mientras él colocaba las almohadas en el cabecero de la cama.

Se estiró en el colchón e hizo que _______ se tumbara a su lado. Sin decir una sola palabra, tiró de la manta y la rodeó en un tierno gesto con su brazo.

El olor a sándalo la asaltó de nuevo, mientras comenzaba a leerle la historia de Wendy y Peter Pan.

Estuvieron así durante una hora.

— Me encanta tu voz. Tu forma de hablar —le dijo mientras _______ se detenía para pasar una página.

Ella sonrió.

— Debo decir lo mismo de ti. Tienes la voz más cautivadora que he escuchado jamás.

Joe le quitó el libro de las manos y lo dejó sobre la mesita de noche. ________ alzó la mirada hasta sus ojos. El deseo los hacía más brillantes, y la contemplaba con un anhelo que la dejó sin respiración.

Entonces, para su asombro, la besó suavemente en la punta de la nariz.

Alargó el brazo, cogió el mando a distancia y bajó las luces hasta dejar la habitación en penumbra. __________ no sabía qué decir mientras él se acurrucaba tras ella y la abrazaba por la espalda.
_________________Continuacion...


Joe le apartó el pelo de la cara y apoyó la cabeza en la almohada, al lado de la suya.

— Me encanta tu olor —le susurró, abrazándola con fuerza.

— Gracias —respondió ella en un murmullo.

No estaba segura, pero le daba la impresión de que Cristiano sonreía.

Se acurrucó aún más, acercándose a la calidez de su cuerpo, pero los vaqueros le rasparon las piernas.

— ¿No estás incómodo vestido? ¿No deberías cambiarte de ropa?

— No —contestó tranquilamente—. De este modo, sé que mi cucharita permanecerá alejada de tu…

— Ni se te ocurra decirlo —dijo con una carcajada—. No te ofendas, pero tu hermano es asqueroso.

— Sabía que había una razón para que me gustaras tanto.

______ le quitó el mando a distancia de las manos.

— Buenas noches, Joe.

— Buenas noches, cariño.

__________ apagó la luz.

Al instante, notó cómo Joe se tensaba. Su respiración se convirtió en un jadeo entrecortado y se apartó de ella.

— ¿Joe?

Él no contestó.

Preocupada, _________ encendió la luz para poder verle. Se abrazaba con fuerza el torso, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la frente cubierta de sudor y una mirada aterrada y salvaje mientras se esforzaba por respirar.

— ¿Joe?

Él observó la habitación como si acabara de despertar de una pesadilla espantosa. _________ vio cómo alzaba un brazo y colocaba la mano en la pared, para asegurarse que todo era real, no una alucinación.

Se humedeció los labios, se pasó la mano por el pecho y tragó saliva.

Y entonces, ________ lo entendió.

La oscuridad. Por eso no había apagado las luces, sino que había bajado la intensidad.

— Lo siento Joe, no lo sabía.

Él seguía sin hablar.

_________ lo abrazó, sorprendida de que un hombre tan fuerte buscase consuelo en ella como si no pudiese hacer otra cosa. Joe apoyó la cabeza sobre sus pechos.

Con los dientes apretados, ________ sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Y en ese instante supo que jamás le dejaría regresar a ese libro. Nunca.

De algún modo, romperían la maldición. Y, cuando todo hubiese acabado, esperaba que Joe pudiese vengarse del responsable de su sufrimiento.

FIN DEL CAP 8
Capítulo 9:


________ permaneció inmóvil durante horas, escuchando la respiración tranquila y acompasada de Joe, mientras dormía a su lado. Había colocado una pierna entre sus muslos y le rodeaba la cintura con un brazo.

La sensación de su cuerpo, envolviéndola, la hacía palpitar de deseo.

Y su olor…

Lo que más le apetecía en esos momentos era darse la vuelta y enterrar la nariz en el aroma cálido y amaderado de su piel. Nadie la había hecho sentirse así jamás. Tan querida, tan segura.

Tan deseable.

Y se preguntaba cómo era posible, teniendo en cuenta que apenas se conocían. Joe llegaba a una parte de su interior que iba más allá del mero deseo físico.

Era tan fuerte, tan autoritario… Y tan divertido. La hacía reír y le encogía el corazón.

Alargó el brazo y pasó los dedos con suavidad por la mano que tenía colocada justo bajo su barbilla. Tenía unas manos preciosas. Largas y ahusadas. Aun relajadas durante el sueño, su fuerza era innegable. Y la magia que obraban en su cuerpo…

Un milagro.

Pasó el pulgar por su anillo de general y comenzó a preguntarse cómo habría sido Joe entonces. A menos que la maldición hubiese alterado su apariencia física, no parecía ser muy mayor, no aparentaba más de treinta.

¿Cómo podría haber liderado un ejército a una edad tan temprana? Pero claro, Alejandro Magno apenas si tenía edad para afeitarse cuando comenzó sus campañas.

Joe debía haber tenido una apariencia magnífica en el campo de batalla. _________cerró los ojos e intentó imaginárselo a caballo, cargando contra sus enemigos. Podía ver una vívida imagen del general vestido con la armadura y con la espada en alto mientras luchaba cuerpo a cuerpo con los romanos.

— ¿Francecs?

________ se tensó al escuchar el murmullo. Joe estaba dormido.

Giró sobre el colchón y lo miró.

— ¿Joe?

Él adoptó una postura rígida y comenzó a hablar en una confusa mezcla de inglés y griego clásico.

— ¡No! ¡Okhee! ¡Okhee! ¡No! —y se incorporó hasta quedar sentado en la cama.

_________ no podía saber si estaba dormido o despierto.

Le tocó el brazo instintivamente y, lanzando una maldición, él la agarró con fuerza y tiró de ella hasta ponerla sobre sus muslos. Después volvió a arrojarla a la cama, con una mirada salvaje y los labios fruncidos.

— ¡Maldito seas! —gruñó.

— Joe —jadeó _________, luchando por liberarse mientras él la agarraba con más fuerza por el brazo—. ¡Soy yo, _________!

— ¿_________? —repitió con el ceño fruncido, intentando enfocar la mirada.

Se apartó de ella parpadeando. Alzó las manos y las observó como si fuesen dos apéndices extraños que no hubiese visto jamás. Después clavó los ojos en ___________.

— ¿Te he hecho daño?

— No, estoy bien. ¿Y tú?

Él no contestó.

— ¿Joe? —dijo mientras le tocaba.

Se alejó de ella como si se apartase de una criatura venenosa.

— Estoy bien. Era un mal sueño.

— ¿Un mal sueño o un mal recuerdo?

— Un mal recuerdo que me persigue en sueños —murmuró con la voz cargada de dolor, y se levantó—. Debería dormir en otro sitio.

_________ lo cogió por el brazo antes de que pudiera marcharse y lo acercó de vuelta a la cama.

— ¿Eso es lo que siempre hiciste en el pasado?

Él asintió.

— ¿Le has contado tus pesadillas a alguien?

Joe la miró horrorizado. ¿Por quién lo había tomado? ¿Por un niño llorón que necesitaba a su madre?

Siempre había guardado la angustia en su interior. Como le habían enseñado. Sólo durante las horas de sueño los recuerdos podían traspasar las barreras que él mismo había erigido. Sólo cuando dormía era débil.

En el libro no había nadie que pudiera resultar herido cuando le asaltaba la pesadilla. Pero una vez liberado de su confinamiento, sabía que no era muy inteligente dormir al lado de alguien que podía acabar inadvertidamente herido mientras estaba atrapado en el sueño.

Podría matarla de forma accidental.

Y esa idea lo aterrorizaba.

— No —susurró—. No se lo he contado nunca a nadie

— Entonces, cuéntamelo a mí.

— No —respondió con firmeza—. No quiero volver a vivirlo.

— Si lo revives cada vez que sueñas, ¿cuál es la diferencia? Déjame entrar en tus sueños, Joe. Déjame ayudarte.

¿Podría hacerlo? ¿Podría tener esperanza?

Sabes que no.

Pero aún así…

Quería purgar los demonios. Quería dormir una noche completa libre del tormento, con un sueño tranquilo.

— Cuéntamelo —insistió suavemente.

Joe percibía su renuencia mientras se unía a ella en la cama. Permaneció sentado en el borde, con la cabeza entre las manos.

— Ya me has preguntado qué hice para que me maldijeran. Lo hicieron porque traicioné al único hermano que jamás he conocido. La única familia que he tenido en la vida.

La angustia de su voz caló muy hondo en ________. Deseaba desesperadamente acariciarle la espalda, para reconfortarlo, pero no se atrevió por si él volvía a apartarse de nuevo.

— ¿Qué hiciste?

Joe se mesó el cabello y dejó enterrado el puño en él. Con la mandíbula más rígida que el acero y la mirada fija en la alfombra contestó:

— Permití que la envidia me envenenase.

— ¿Cómo?
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:08

_________________Continuacion...


Permaneció callado un rato antes de volver a hablar.

— Conocí a Francecs poco después de que mi madrastra me enviase a vivir a los barracones.

________ apenas si recordaba una conversación con Breyda en la que le explicaba que los barracones espartanos eran los lugares donde se obligaba a vivir a los niños, alejados de sus hogares y de sus familias. Siempre se los había imaginado como una especie de internado.

— ¿Cuántos años tenías?

— Siete.

Incapaz de imaginar que la obligaran a apartarse de sus padres a esa edad, _________ jadeó.

— No había nada de raro en la decisión —dijo él sin mirarla—. Y era grande para mi edad. Además, la vida en los barracones era infinitamente mejor que la que llevaba junto a mi madrastra.

__________ percibía el veneno que destilaba su voz y se preguntó cómo habría sido la mujer.

— ¿Entonces, Francecs vivía contigo en los barracones?

— Sí —murmuró él—. Cada barracón estaba dividido en grupos, y cada uno elegía a un líder. Francecs era el líder de mi grupo.

— ¿Qué hacían esos grupos?

— Éramos una especie de unidad militar. Estudiábamos, limpiábamos nuestro barracón, pero sobre todo, nos las apañábamos entre todos para poder sobrevivir.

__________ se sobresaltó ante esa palabra tan dura.

— ¿Sobrevivir a qué?

— Al estilo de vida espartano —contestó Joe con voz áspera—. No sé si conoces algo sobre las costumbres de la gente de mi padre, pero no vivían con los lujos habituales del resto de los griegos. Los espartanos sólo querían una cosa de sus hijos: que nos convirtiéramos en la fuerza militar más impresionante del mundo antiguo. Para prepararnos, nos enseñaban a sobrevivir con las necesidades más básicas. Nos daban una sola túnica que debíamos conservar durante todo un año, y si se estropeaba, la perdíamos, o acababa por quedarnos pequeña, nos quedábamos sin ella. Teníamos que hacernos nuestra propia cama. Y una vez que llegábamos a la pubertad, no se nos permitía llevar ningún tipo de calzado.

Se rió con amargura.

— Aún puedo recordar cómo me dolían los pies durante el invierno. Teníamos prohibido encender fuego, y tampoco podíamos taparnos con una manta, así es que nos envolvíamos los pies con harapos para evitar que se nos congelaran durante la noche. Por la mañana sacábamos los cadáveres de los chicos que habían muerto de frío.

________ se encogió de espanto ante el mundo que Joe describía. Intentaba imaginarse cómo debía haber sido vivir así. Peor aún, recordó el berrinche que pilló a los trece años porque se encaprichó de unos zapatos de ochenta dólares que, según su madre, eran demasiado para ella; y a la misma edad, _________ habría estado buscando harapos. La injusticia de aquello la hacía pedazos.

— Sólo eran niños.

— Jamás fui un niño —le contestó con sencillez—. Pero eso no era todo, lo peor era que apenas nos daban de comer. Estábamos obligados a robar o a morir de hambre.

— ¿Y los padres lo permitían?

Él la miró por encima del hombro; sus ojos tenían una expresión irónica.

— Lo consideraban un deber cívico. Y, puesto que mi padre era el stratgoi de Esparta, la mayoría de los profesores y de los chicos me despreciaron desde el primer momento. Me daban mucha menos comida que al resto.

— ¿Qué era tu padre? —le preguntó, no acababa de comprender el término griego que Joe había empleado.

— El general supremo, si lo prefieres —inspiró profundamente y continuó—. A causa de su posición, y de su reputación de hombre cruel, yo era un paria para mi grupo. Mientras ellos se unían para poder robar comida, a mí me dejaban de lado, y tenía que ingeniármelas para sobrevivir. Un día, pescaron a Francecs robando comida. Cuando regresaron a los barracones iban a castigarlo. Así es que di un paso al frente y me eché toda la culpa.

— ¿Por qué?

Joe se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.

— Estaba tan débil por la paliza anterior que pensé que no viviría si le daban otra.

— ¿Y por qué le habían golpeado antes?

— Era el modo de empezar el día. Tan pronto como nos sacaban a rastras de las camas, nos daban una buena tunda.

___________ hizo una mueca de dolor.

— Entonces, ¿por qué dejaste que te pegaran en su lugar, si tú también estabas herido?

— Siendo el hijo de una diosa, aguantaba las palizas más duras.

Ella cerró los ojos mientras recordaba las palabras que Breyda había dicho esa misma tarde. Esta vez, no pudo resistir el impulso de acercarse a él. Le puso la mano sobre el bíceps. Joe no se apartó. Al contrario, le cubrió la mano con la suya y le dio un ligero apretón.

— Desde ese día en adelante, Francecs me consideró su hermano, e hizo que los demás me aceptaran. Aunque mi madre y mi padre tenían otros hijos, nunca había tenido un hermano antes.

Ella sonrió.

— ¿Qué ocurrió después?

El bíceps se contrajo bajo su mano.

— Decidimos aunar fuerzas para conseguir lo que necesitábamos. Él distraía a la gente y yo robaba; así, si nos pillaban, yo me llevaba los golpes.

¿Por qué?

Tenía _________ en la punta de la lengua, pero se la mordió. En el fondo, conocía la respuesta: Joe estaba protegiendo a su hermano.

— El tiempo fue pasando —continuó él—, y noté que su padre salía furtivamente del pueblo para observarlo de lejos. El amor y el orgullo en su rostro eran algo indescriptible. Su madre hacía lo mismo. Se suponía que debíamos apañárnoslas para conseguir comida, pero algunos días, Francecs encontraba cosas que sus padres le habían dejado. Pan fresco, langosta asada, una jarra de leche… y a veces, dinero.

— Qué tierno.

— Sí, lo era; pero cada vez que me daba cuenta de lo que hacían por él, la realidad me destrozaba. Quería que mis padres sintieran lo mismo por mí. Habría dado gustoso mi vida porque mi padre me mirara una sola vez sin odio; o porque mi madre se preocupara por mí lo justo para venir a verme. Lo más cerca que he estado nunca de ella fue en su templo de Thimaria. Solía pasar horas contemplando su estatua, y preguntándome si era así realmente. Preguntándome si pensaba alguna vez en mí.

________ se sentó tras él, lo abrazó por la cintura y puso la barbilla sobre su hombro.

— ¿Nunca viste a tu madre cuando eras pequeño?

Él le rodeó los brazos con los suyos y echó la cabeza hacia atrás, hasta dejarla reposar sobre el hombro de ________. Ella sonrió ante el gesto. Aunque estuviese tenso y nervioso, le estaba confiando cosas que jamás había compartido con otra persona.

Y saberlo le proporcionaba una sensación de increíble intimidad.

— No la he visto nunca —confesó en voz baja—. Me enviaba a otros, pero ella jamás se ha presentado ante mí. Sin importar lo mucho que le implorara, siempre se negaba. Después de un tiempo, dejé de pedírselo. Y al final, también dejé de entrar en sus templos.

________ le plantó un beso tierno en el hombro. ¿Cómo podía su madre haberlo ignorado? ¿Cómo podía ser capaz una madre de no atender el ruego de un hijo?
_________________Continuacion...

Pensaba en sus propios padres. En el amor y la ternura que le habían prodigado. Y, por primera vez, después de tantos años, se dijo que sus sentimientos con respecto a su trágica muerte estaban totalmente equivocados. Siempre había pensado que habría sido mucho mejor no conocer su cariño para no perderlo de modo tan cruel.

Pero no era así. Aunque los recuerdos de su infancia y de sus padres eran agridulces, la reconfortaban.

Joe no había conocido nunca la ternura de un abrazo. La seguridad de saber que, hiciese lo que hiciese, sus padres siempre estarían allí.

No podía imaginar cómo habría sido crecer del modo que él lo hizo.

— Pero tenías a Francecs —le susurró, preguntándose si habría sido suficiente para él.

— Sí. Tras la muerte de mi padre, cuando yo tenía catorce años, Francecs fue lo bastante amable como para dejarme ir a su casa cuando nos daban permiso. Fue en una de esas visitas cuando vi por primera vez a Lys.

_______ sintió una pequeña punzada de celos al escuchar el nombre de su esposa.

— Era tan hermosa… —murmuró él— y estaba prometida a Francecs.

_________se quedó paralizada ante sus palabras.

¡Oh! La cosa no iba bien.

— Peor aún —le dijo acariciándole el brazo con suavidad—, estaba enamorada de él. Cada vez que íbamos de permiso, se arrojaba en brazos de Francecs para besarlo. Le decía lo mucho que significaba para ella. Cuando nos marchábamos, le pedía en voz baja que tuviese cuidado, y le dejaba comida para que la encontrase.

Joe se detuvo mientras recordaba la imagen de Francecs cuando volvía a los barracones con los regalos de Lys.

«Algún día te casarás, Cristiano»
decía su amigo mientras hacía gala de los obsequios «pero jamás tendrás una esposa como la mía para calentarte la cama.»

Aunque su amigo no lo dijese, Joe conocía el motivo de que hablara así. Ningún padre responsable entregaría a su hija en matrimonio a un hombre desheredado, sin familia que lo reconociese.

Cada vez que su amigo pronunciaba esas palabras, su alma se hacía pedazos. Había ocasiones en las que sospechaba que Francecs echaba sal en sus heridas debido a los celos. Lys lo miraba más de la cuenta cuando pensaba que su prometido no lo notaba. Puede que él tuviese su corazón, pero al igual que el resto de las mujeres, ella se lo comía con los ojos cada vez que estaba cerca.

Por ese motivo Francecs dejó de invitarlo a su casa. Y que le prohibieran regresar al único hogar que había conocido, acabó por destrozarlo.

— Debería haber dejado que se casaran —siguió Joe, mientras pasaba el brazo por la cabeza de _________ y enterraba el rostro en su cuello para inhalar el dulce aroma de su piel—. Entonces lo sabía, pero no podía soportarlo. Año tras año, vería cómo ella lo amaba. Vería cómo su familia lo adoraba, mientras yo no tenía un hogar donde acudir.

— ¿Por qué? —preguntó ________—. Has dicho que tenías hermanos, ¿no te habrían dejado quedarte con ellos?

Él negó con la cabeza.

— Los hijos de mi padre me odiaban a muerte. Su madre me habría permitido quedarme con ellos, pero me negaba a pagar el precio que pedía a cambio. No tenía nada en aquellos días, excepto mi dignidad.

— Ahora también la tienes —murmuró ella, abrazándolo con más fuerza por la cintura—. He sido testigo de ella.

Soltándola, dejó pasar sus palabras y tensó la mandíbula.

— ¿Qué le ocurrió a Francecs? —siguió _________. Quería que siguiera hablando mientras estuviese de humor—. ¿Murió en combate?

Él soltó una amarga carcajada.
_________________Continuacion...

— No. Cuando fuimos lo suficientemente mayores para unirnos al ejército, lo mantuve a salvo en el campo de batalla. Había prometido a Lys y a su familia que no permitiría que le ocurriese nada.

________ sintió el corazón de Joe latiendo con rapidez bajo sus brazos.

— Según pasaban los años, pronunciaban mi nombre con temor y respeto. Mis victorias se convertían en leyenda, y se contaban una y otra vez. Cuando regresaba a Thimaria, acababa durmiendo en la calle, o en la cama de cualquier mujer que me abriese la puerta para pasar la noche. De ese modo pasaba el tiempo hasta que regresaba a la batalla.

A _________ le escocían los ojos por las lágrimas; la voz de Joe estaba cargada de dolor. ¿Cómo podían haberlo tratado así?

— ¿Qué pasó para que cambiaran las cosas? —le preguntó.

Él suspiró.

— Una noche, mientras buscaba un lugar para dormir, me tropecé con ellos dos en la calle. Estaban abrazándose como dos enamorados. Me disculpé rápidamente pero, al alejarme, escuché a Francecs hablando con Lys.

Todo su cuerpo se puso rígido entre los brazos de _________ y el corazón comenzó a latirle con más rapidez.

— ¿Qué dijo? —le urgió _________.

Los ojos de Joe adoptaron una mirada sombría.

— Ella le preguntó que por qué nunca me quedaba en casa de mis hermanos. Francecs se rió y le contestó: «Nadie quiere a Joe. Es el hijo de Afrodita, la Diosa del Amor, y ni siquiera ella soporta estar cerca de él. »

_______ fue incapaz de respirar mientras escuchaba las crueles palabras. Se imaginó cómo debió sentirse Joe al oírlas.

Él tomó aire con brusquedad.

— Le había guardado las espaldas más veces de las que podía recordar. Me habían herido en batalla en incontables ocasiones por protegerlo, incluyendo una vez en la que una lanza me atravesó el costado. Y allí estaba él, burlándose de mí. No pude soportar la injusticia. Había creído que éramos hermanos. Y supongo que, al final, lo fuimos, ya que me trató del mismo modo que el resto de mi familia. Yo siempre había sido un hijastro bastardo. Solo y repudiado. No entendía por qué él tenía tantas personas que lo querían y yo no tenía a nadie. Herido y enfadado por sus palabras, hice lo que jamás debería haber hecho: invocar a Eros.

___________ podía imaginarse fácilmente lo que había ocurrido.

— Hizo que Lys se enamorara de ti.

Él asintió.

— Disparó a Francecs con una flecha de plomo que mató su amor por Lys, y a ella le disparó con una de oro para que se enamorara de mí. Se suponía que todo debía acabar ahí pero…

Meciéndolo con suavidad entre sus brazos, ________ aguardó a que encontrase las palabras exactas.

— Tardé dos años en convencer a su padre para que le permitiera casarse con un bastardo desheredado, sin influencias familiares. Para entonces, mi leyenda había aumentado y había sido ascendido. Finalmente logré acumular riquezas suficientes para hacer que Lys viviese como una reina. Y, en lo que se refería a ella, no reparé en gastos. Teníamos jardines, esclavos y todo lo que se le antojaba. Le di libertad e independencia, como jamás tuvo ninguna otra mujer de la época.

— ¿Pero no era suficiente?

Él negó con la cabeza.

— Yo necesitaba algo más y sabía que le ocurría algo. Aun antes de que Eros interviniese, siempre fue excesivamente vehemente. Dependía de Francecs de un modo prohibido para las espartanas y, en una ocasión en que fue herido, se afeitó totalmente la cabeza como muestra de su dolor. Más tarde, una vez Eros disparó sus flechas, Lys pasaba por largos periodos de depresión, o de furia. Yo hacía todo lo que podía por ella, e intentaba que fuese feliz.

_________ le acarició el pelo mientras lo escuchaba.

— Decía que me quería, pero yo percibía que no se interesaba por mí del mismo modo que lo había hecho por Francecs. Me entregaba su cuerpo de forma generosa, pero no había verdadera pasión en sus caricias. Lo supe desde la primera vez que la besé.

_________________Continuacion...

» Intenté engañarme a mí mismo, diciéndome que no importaba. Muy pocos hombres, en aquel entonces, hallaban el amor en el matrimonio. Además, me ausentaba durante meses, a veces, incluso años, mientras dirigía mi ejército. Pero al final, supongo que me parezco demasiado a mi madre, porque siempre anhelé más.

________ sufría enormemente por él.

— Y entonces llegó el día en que Eros también me traicionó.

— ¿Te traicionó?, ¿cómo? —preguntó ansiosa, sabiendo que ése era el origen de la maldición.

— Él y Ares estuvieron bebiendo la noche posterior a que yo matara a Livio. Eros, borracho, le contó lo que había hecho por mí. Tan pronto como Príapo escuchó la historia, supo cómo vengarse. Fue al Inframundo y cogió agua de la Laguna de la Memoria para ofrecérsela a Francecs. Y en cuanto tocó sus labios, recordó su amor por Lys. Ares le contó lo que yo había hecho y le entregó más agua para que se la diera a beber a ella.

Joe sentía cómo sus labios articulaban las palabras, pero perdió el control de la narración. En lugar de intentar pensar en lo que iba a contar, cerró los ojos y revivió aquél aciago día.

Acababa de entrar en la casa procedente de los establos, cuando vio a Lys y a Francecs en el atrio. Besándose.

Atónito, se detuvo a mitad de camino, mientras una oleada de nerviosismo se apoderaba de él al comprobar la pasión de aquel abrazo.

Hasta que Francecs alzó la mirada y lo vio en la puerta.

En el instante en que sus ojos se encontraron, Francecs curvó los labios.

— ¡Ladrón despreciable! Ares me contó tu traición. ¿Cómo pudiste?

Con el rostro desfigurado por el odio, Lys se abalanzó sobre Joe y lo abofeteó.

— Asqueroso bastardo, te mataría por lo que has hecho.

— Yo lo mataré —gritó Francecs mientras desenvainaba su espada.

Joe intentó apartar a Lys, pero ella se negó.

— ¡Por todos los dioses! He dado a luz a tus hijos —dijo mientras intentaba arañarle la cara.

Joe la sostuvo por las muñecas.

— Lys, yo…

— ¡No me toques! —le gritó zafándose de sus manos—. Me das asco. ¿Crees que una mujer decente iba a quererte a la luz del día? Eres despreciable. Repulsivo.

Se apartó de él y se acercó a Francecs.

— Córtale la cabeza. Quiero bañarme en su sangre hasta borrar el rastro de su olor en mi piel.

Francecs blandió la espada.

Joe dio un salto hacia atrás, poniéndose fuera del alcance del arma.

De forma instintiva, buscó su propia espada, pero se detuvo. Lo último que deseaba era derramar la sangre de Francecs.

— No quiero luchar contigo.

— ¿Que no? ¡Violaste a mi mujer y le hiciste llevar tu simiente, cuando deberían haber sido mis hijos a los que diese a luz! Te recibí en mi hogar con los brazos abiertos. Te di una cama cuando nadie te quería cerca, ¿y así me pagas?

Joe lo miró con incredulidad.

— ¿Te pago? ¿Tienes la más mínima idea de las ocasiones en las que te he salvado la vida durante las batallas? ¿De cuantas palizas me han dado en tu lugar? ¿Puedes siquiera contarlas? Y te atreviste a burlarte de mí.

Francecs se rió cruelmente.

— Todos, excepto Kyrian, se burlaban de ti, idio*ta. De hecho, era el único que te defendía, con tanto empeño que a veces me hacía plantearme qué haríais juntos cuando estabais a solas.

Suprimiendo la ira que le habría dejado totalmente expuesto y vulnerable al ataque de Francecs, se agachó para esquivar la siguiente estocada.

— Déjalo, Francecs. No me obligues a hacer algo de lo que los dos nos arrepentiríamos más tarde.

— De lo único que me arrepiento es de haber dado cabida a un ladrón en mi casa —bramó Francecs con ira, alzando la espada de nuevo.
_________________Continuacion...

Joe intentó agacharse, pero Lys se acercó hasta él por detrás y le propinó un empujón.

La espada de Francecs le dio en las costillas. Siseando de dolor, Joe sacó su propia espada y la blandió de tal modo que habría dejado a su amigo sin cabeza si le hubiese alcanzado.

Francecs intentó alcanzarlo, pero Joe se limitó a defenderse mientras intentaba alejar a Lys del alcance de las espadas.

— No lo hagas, Francecs. Sabes que tu habilidad con la espada es inferior a la mía.

Su amigo intensificó el ataque.

— No voy a dejar que sigas con ella, de ningún modo.

Los siguientes segundos se sucedieron con inusual rapidez, pero aún así, Joe veía pasar la imagen por su cabeza con diáfana nitidez.

Lys lo agarró del brazo libre al mismo tiempo que Francecs atacaba. La espada no hirió a Joe de milagro tras el empujón que le dio su esposa. Totalmente desequilibrado, intentó liberarse de Lys, pero con ella en medio, lo que consiguió fue tropezarse hacia delante, a la vez que Francecs avanzaba hacia ellos.

En el instante en que chocaron, sintió cómo su espada se hundía en el cuerpo de su amigo.

— ¡No! —gritó Joe, extrayendo la hoja del vientre de Francecs mientras Lys dejaba escapar un atormentado chillido de angustia.

Lentamente, Francecs cayó al suelo.

Arrodillándose, Cristiano arrojó su espada a un lado y cogió a su amigo.

— ¡Dioses del Olimpo!, ¿qué habéis hecho?

Escupiendo sangre y tosiendo, Francecs le lanzó una mirada acusadora.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:08

— Yo no hice nada. Fuiste tú el que me traicionó. Éramos hermanos y me robaste el corazón.

Francecs tragó dolorosamente mientras sus pálidos ojos atravesaban a Joe.

— Jamás tuviste nada que no robaras antes.

Joe comenzó a temblar, consumido por la culpa y la agonía. Jamás había tenido intención de que sucediera algo así. Nunca había querido que alguien saliese herido, y menos aún Francecs. Lo único que deseaba era alguien que le amara. Sólo quería un hogar donde fuese bienvenido.

Pero Francecs tenía razón. Él era el único culpable. De todo.

Los chillidos de Lys resonaban en sus oídos. Lo agarró del pelo y comenzó a tirar con todas sus fuerzas. Con una mirada salvaje, sacó la daga que Joe llevaba en el cinturón.

— ¡Te quiero muerto! ¡Muerto!

Le hundió la daga en el brazo, y volvió a sacarla para atacar de nuevo. Él la agarró a tiempo.

Con un fuerte tirón, se deshizo de él y se apartó.

— No —le dijo con una mirada desencajada—. Quiero que sufras. Me quitaste lo que más quería. Ahora yo haré lo mismo contigo —y salió corriendo.

Abrumado por el dolor y la furia, Joe no pudo moverse mientras veía como la vida abandonaba el cuerpo de su amigo.

Entonces, las palabras de su esposa se filtraron entre la neblina que confundía su mente.

— ¡No! —rugió mientras se ponía en pie—. ¡No lo hagas!
______________Continuacion...

Llegó a la puerta de los aposentos de Lys a tiempo para escuchar los gritos de los niños. Con el corazón en un puño, intentó abrirla pero ella la había atrancado desde dentro.

Cuando logró abrirla, era demasiado tarde.

Demasiado tarde…

Joe se llevó las manos a la cara, presionándose con fuerza los ojos, mientras el horror de lo sucedido aquel día lo inundaba de nuevo; pero ahora sentía las caricias de ________ en la espalda, y se sentía reconfortado.

Jamás sería capaz de olvidar la imagen de sus hijos, el miedo en el corazón. La agonía más absoluta.

Lo único que había amado en el mundo eran sus hijos.

Y sólo ellos lo habían amado.

¿Por qué? ¿Por qué tuvieron que sufrir a causa de sus errores? ¿Por qué tuvo Ares que torturarlo haciendo que ellos sufrieran?

¿Y cómo pudo permitir Afrodita que todo aquello sucediese? Una cosa era que no le hiciese caso a él, pero dejar que sus hijos murieran…

Por eso fue aquel día a su templo. Había planeado matar a Ares. Arrancarle la cabeza de los hombros y clavarla en una lanza.

— ¿Qué ocurrió? —le preguntó _____, devolviéndolo al presente.

— Cuando entré en la habitación era demasiado tarde —dijo con la garganta casi cerrada por el dolor—. Nuestros hijos estaban muertos; su propia madre los había asesinado. Lys se había abierto las muñecas y yacía junto a ellos. Llamé a un médico para que intentara detener la hemorragia —entonces hizo una pausa—. Mientras exhalaba su último aliento, me escupió a la cara.

________ cerró los ojos, consumida por el dolor de Joe. Era peor de lo que había imaginado.

¡Santo Dios! ¿Cómo había sobrevivido?

Había escuchado numerosos relatos de tragedias a lo largo de su vida, pero ninguno podía compararse con lo que Joehabía sufrido. Y lo pasó él solo, sin nadie que lo ayudara. Sin nadie que lo amara.

— Lo siento tanto —susurró ella acariciándole el pecho para consolarlo.

— Aún no puedo creer que estén muertos —murmuró él con la voz rota de dolor—. Me preguntaste qué hacía mientras estaba en el libro. Recordar las caras de mis hijos; de mi hijo y de mi hija. Recordar sus bracitos alrededor de mi cuello. Recordar cómo salían corriendo a mi encuentro cada vez que regresaba a casa, después de una campaña. Y revivir cada uno de los momentos de ese día, deseando haber hecho algo para salvarlos.

_______ parpadeó para alejar las lágrimas. No era de extrañar que jamás hubiese hablado a nadie de eso.

Joe tomó una profunda bocanada de aire.

— Los dioses ni siquiera me conceden caer en la locura para poder escapar a mis recuerdos. No se me permite semejante alivio.

Después de esas palabras, no volvió a hablar. Se limitó a quedarse inmóvil entre los brazos de ________.

Sorprendida por su fortaleza, estuvo sentada tras él durante horas, abrazándolo. No sabía qué más podía hacer.

Por primera vez en años, sus habilidades de psicóloga le fallaron por completo.
_____________Continuacion...

Cuando se despertó, la luz del sol entraba a raudales por las ventanas. Tardó todo un minuto en recordar lo acontecido la noche anterior.

Se sentó en la cama e intentó tocar a Joe, pero estaba sola.

— ¿Joe? —lo llamó.

Nadie contestó.

Echando a un lado el edredón, se levantó y se vistió deprisa.

— ¿Joe? —volvió a llamarlo, mientras bajaba las escaleras.

Nada. Ni un sonido, aparte de los latidos frenéticos de su corazón.

El pánico comenzó a abrirse paso en su cabeza. ¿Le habría sucedido algo?

Entró corriendo en la sala de estar; el libro estaba sobre la mesita de café. Pasando las páginas con rapidez, vio que la hoja donde había estado el dibujo de Joe seguía en blanco. Aliviada por el hecho de que no hubiese regresado al libro, continuó registrando la casa.

¿Dónde estaba?

Fue a la cocina y notó que la puerta trasera estaba entreabierta. Frunció el ceño, extrañada, y la abrió del todo para salir al porche.

Echó una ojeada al patio hasta que vio a los niños de los vecinos sentados en el césped, justo al lado de los setos que separaban ambas casas. Pero lo que más le extrañó fue observar a Joe sentado con ellos, enseñándoles un juego con piedras y palitos.

Los dos niños y una de las niñas estaban sentados a su lado, escuchando atentamente, mientras su hermana pequeña —de tan sólo dos años— gateaba entre ellos.

_________ sonrió ante la apacible estampa. La calidez la invadió de repente, y se preguntó si Joe se habría visto así con sus propios hijos.

Abandonó el porche y caminó hacia ellos. Bobby era el mayor de los niños, con nueve años; después venía Tommy, con ocho y Katie que acababa de cumplir seis. Sus padres se habían mudado al vecindario hacía ya diez años, recién casados y, aunque tenían una buena relación, jamás habían pasado de ser más que amigables vecinos.

— Entonces, ¿qué ocurrió? —preguntó Bobby, cuando llegó el turno de Joe.

— Bueno, el ejército estaba atrapado —continuó Joe, moviendo una de las piedras con un palo—, traicionado por uno de los suyos: un joven hoplita que había vendido a sus compañeros porque quería convertirse en centurión romano.

— Eran los mejores —le interrumpió Bobby.

Joe hizo una mueca burlona.

— No eran nada comparados con los espartanos.

— ¡Arriba Esparta! —gritó Tommy—. Así anima nuestra mascota del colegio.

Bobby le dio un empujón a su hermano, y lo golpeó en la cabeza.

— Estás interrumpiendo la historia.

— No debes golpear a tu hermano jamás —le dio Joe con brusquedad pero, aún así, con cierta ternura—. Se supone que los hermanos deben protegerse, no hacerse daño.

La ironía de sus palabras le encogió el corazón. Era una pena que nadie hubiese enseñado a sus hermanos esa lección.

— Lo siento —se disculpó Bobby—. ¿Qué pasó después?

Antes de que Joe pudiese contestarle, el bebé se cayó y desparramó los palitos y las piedras. Los chicos comenzaron a gritarle, pero Joe los tranquilizó mientras levantaba a Allison y la ponía de nuevo en pie.

Acarició levemente la nariz de la pequeña y la hizo reír. Después regresó al juego.

Mientras le llegaba el turno a Bobby para mover la piedra,Joe retomó la historia donde la había dejado.

— El general macedonio observó las colinas que lo rodeaban; estaban encerrados. Los romanos los habían acorralado. No había modo de flanquearlos, ni de retroceder.

— ¿Se rindieron? —preguntó Bobby.

— Nunca —contestó Joe con convicción—. La muerte antes que el deshonor.

Hizo una pausa mientras las palabras reverberaban en su cabeza. Era la inscripción que adornaba su escudo. Como general, había vivido honrando ese lema.

Como esclavo, hacía mucho que lo había olvidado.

Los chicos se acercaron un poco más.

— ¿Murieron? —preguntó Katie.

— Algunos sí —respondió Joe, intentando alejar los recuerdos que afluían a su mente. Recuerdos de un hombre que, una vez, fue el dueño de su propio destino—. Pero no antes de hacer huir a los romanos.

— ¿Cómo? —preguntaron los niños, ansiosos.

Esta vez, Joe cogió al bebé antes de que volviese a interrumpirlos.

— A ver —comenzó Joe mientras le daba a Allison su pelota roja. La niña se sentó sobre la rodilla que tenía doblada, y él la sujetó pasándole una mano por la cintura—. Mientras cabalgaban hacia ellos, el general macedonio sorprendió a los romanos, que esperaban que él reuniese a sus hombres en posición de falange, lo cual les hubiese convertido en una presa fácil para los arqueros y la caballería. En lugar de hacer lo previsible, el general ordenó a sus hombres que se dispersaran y apuntaran con las lanzas a los caballos, para romper las líneas de la caballería romana.

— ¿Y funcionó? —preguntó Tommy.

Incluso ________ estaba interesada en la historia. Joe asintió.

— Los romanos no se esperaban ese movimiento táctico en un ejército entrenado. Completamente desprevenidas, las tropas romanas se dispersaron.

— ¿Y el general macedonio?

— Soltó un poderoso grito de guerra mientras cabalgaba en su caballo Mania, atravesando el campo hasta llegar a la colina donde los generales romanos se estaban replegando. Ellos se dieron la vuelta para enfrentarlo, pero no fue muy inteligente por su parte. Con la furia que sentía en el corazón, debida a la traición que había sufrido, cargó sobre ellos y sólo dejó a un superviviente.

— ¿Por qué? —preguntó Bobby.

— Quería que entregase un mensaje.

— ¿Cuál? —inquirió Tommy.

Joe sonrió ante las ávidas preguntas.

— El general hizo jirones el estandarte romano y después usó un trozo para ayudar al romano a vendarse las heridas. Con una sonrisa letal, miró fijamente al hombre y le dijo: «Roma delenda est», Roma está destruida. Y, entonces, envió al general romano de vuelta a su casa, encadenado, para que entregara el mensaje al Senado Romano.

— ¡Guau! —exclamó Bobby, impresionado—. Ojalá fueses mi profesor de historia en el colegio. Así aprobaría la asignatura seguro.

Joe alborotó el cabello negro del niño.

— Si te hace sentir mejor, a mí no me interesaba nada el tema a tu edad. Lo único que quería era hacer travesuras.

— ¡Hola, señorita _________! —la saludó Tommy cuando por fin se dio cuenta de su presencia—. ¿Ha escuchado la historia del señor Joe? Dice que los romanos eran tipos malos.
________________Continuacion...

Joe miró a __________, que estaba a unos metros de distancia, y ella le sonrió.

— Estoy segura de que él lo sabe.

— ¿Puede arreglar mi muñeca? —le pidió Katie, ofreciéndosela.

Joe soltó a Allison y cogió la muñeca. Le puso el brazo en su sitio y se la devolvió.

— Gracias —le dijo Katie mientras se arrojaba a su cuello y le daba un fuerte abrazo.

El anhelo que reflejó el rostro de Joe hizo que a ________ le diera un pinchazo el corazón. Sabía que en ese momento, él estaba viendo la cara de su propia hija al mirar a Katie.

— De nada, pequeña —le contestó con voz ronca, alejándose de ella.

— ¿Katie, Tommy, Bobby? ¿Qué estan haciendo ahí?

________ alzó la mirada mientras Emily rodeaba la casa.

— No estaran molestando a la señorita _______, ¿verdad?

— No, para nada —le respondió ________. Emily no pareció escucharla porque siguió regañando a los niños.

— ¿Y qué está haciendo Allison aquí? Se suponía que debía estar en el patio trasero.

— ¡Oye mamá! —gritó Bobby acercándose a ella a la carrera—. ¿Sabes jugar a Parcelon? El señor Joe nos ha enseñado.

_______ se rió a carcajadas mientras los cinco regresaban al jardín delantero, con Bobby hablando sin parar. Joe tenía los ojos cerrados y parecía estar saboreando el sonido de las voces infantiles.

— Eres todo un cuenta cuentos —le dijo ________ cuando se le acercó.

— No creas.

— En serio —le contestó ella con énfasis—. ¿Sabes? Me has hecho pensar. Bobby tiene razón, serías un maestro estupendo.

Joe le sonrió satisfecho.

— De general a maestro. ¿Por qué no cambiarme el nombre al de Catón el Viejo e insultarme mientras estás en clase?

Ella se rió.

— No estás tan ofendido como quieres hacerme creer.

— ¿Y cómo lo sabes?

— Por la expresión de tu rostro, y por la luz que hay en tus ojos —le cogió el brazo y lo llevó de vuelta al porche—. Deberías pensar seriamente en esa posibilidad. Breyda consiguió su licenciatura en Tulane y conoce a mucha gente allí. ¿Quién mejor para enseñar Historia Antigua que alguien que la conoció de primera mano?

No le contestó. En lugar de eso, __________ notó cómo movía los pies, descalzos, sobre la tierra.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

— Disfrutando de la sensación de la hierba —respondió él con un susurro—. Las hojas me hacen coquillas en los dedos.

Ella sonrió ante lo infantil de su actitud.

— ¿Para eso saliste?

Él asintió.

— Me encanta sentir el sol en la cara.

_________ sabía, en el fondo de su corazón, que había podido disfrutarlo en contadas ocasiones.

— Vamos, prepararemos unos cuencos de cereales y comeremos en el porche.

Ella subió en primer lugar los cinco escalones que llevaban hasta el porche, y le dejó sentado en su mecedora de mimbre para encargarse del desayuno.

Cuando regresó, Joe tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados; su expresión era serena.

Como no quería molestarlo, retrocedió.

— ¿Sabes que todo mi cuerpo percibe tu presencia? Todos mis sentidos son conscientes de tu proximidad —le confesó mientras abría los ojos y la miraba con un deseo abrasador.

— No lo sabía —dijo ella nerviosa, ofreciéndole el cuenco. Él lo cogió, pero no volvió a hablar del tema. Comenzó a comer en silencio.

Absorbiendo el calor del sol, Joe escuchaba la suave brisa y se recreaba con la presencia cercana y relajante de ________.


________________Continuacion...

Se había despertado al amanecer para contemplar, a través de las ventanas, la salida del sol. Y había pasado una hora disfrutando del contacto del cuerpo de _________.

Ella lo tentaba de un modo que jamás había experimentado. Por un solo minuto se permitió barajar la posibilidad de permanecer en esta época.

¿Y después qué?

Sólo tenía una «habilidad» que podía serle útil en este mundo moderno, y no era el tipo de hombre que pudiese vivir alegremente de la caridad de una mujer.

No después de…

Apretó los dientes mientras los recuerdos lo abrasaban.

A los catorce años, había cambiado su virginidad por un cuenco de gachas de avena frías y una taza de leche agria. Incluso ahora, con todo el tiempo que había transcurrido, podía sentir las manos de la mujer tocándole el cuerpo, quitándole la ropa, agarrándose febrilmente a él mientras le enseñaba cómo darle placer.

« ¡Ooooh!»
Canturreó la mujer «Eres muy guapo, ¿verdad? Si alguna vez quieres más gachas, sólo tienes que venir a verme cuando mi marido no esté en casa»

Se sintió tan sucio después… tan usado.

Durante los años siguientes, durmió en más ocasiones entre las sombras de los portales que en una cama acogedora, porque no le apetecía volver a pagar ese precio por una comida y un poco de comodidad.

Y si fuese de nuevo libre, no querría…

Cerró los ojos con fuerza. No se veía en este mundo. Era demasiado diferente. Demasiado extraño.

— ¿Ya has acabado?

Alzó los ojos y vio a __________ de pie junto a él, con la mano extendida esperando el cuenco.

— Sí, gracias —le contestó mientras se lo daba.

— Voy a darme una ducha rápida. Volveré en unos minutos.

La contempló mientras se marchaba; sus ojos se demoraron en las piernas desnudas. Todavía podía sentir el sabor de su piel en los labios. Y el dulce aroma de su cuerpo.

___________ lo obsesionaba. No se trataba de los efectos de la maldición. Había algo más. Algo que jamás había experimentado antes.

Por primera vez, después de dos mil años, volvía a sentirse como un hombre; y ese sentimiento venía acompañado de un anhelo tan profundo que le partía en dos el corazón.

La deseaba. En cuerpo y alma.

Y quería su amor.

La idea lo asustó.

Pero era cierto. No había vuelto a experimentar ese profundo y doloroso deseo de sentir un tierno abrazo desde que era pequeño. Necesitaba que alguien le dijera que lo amaba, y que lo hiciese de corazón, no por el efecto de un hechizo.

Echando la cabeza hacia atrás, soltó una maldición. ¿Cuándo iba a aprender?

Había nacido para sufrir. El Oráculo de Delfos se lo había dicho.

«Sufrirás como ningún hombre ha sufrido jamás»

«¿Pero me amará alguien?»

«No en esta vida.»

Y se alejó de allí totalmente hundido por la profecía. Qué poco había imaginado entonces el sufrimiento que le aguardaba.

«Es el hijo de la Diosa del Amor, y ni siquiera ella soporta estar cerca de él.»

La verdad hizo que se encogiera de dolor. ___________ jamás lo amaría. Nadie lo haría. Su destino no era que lo liberaran de su sufrimiento. Peor aún, su destino tenía una trágica tendencia a derramar la sangre de todos los que se acercaban a él.

El dolor le desgarraba el pecho mientras pensaba en la posibilidad de que algo le sucediese a __________.

No podría permitirlo. Tenía que protegerla a toda costa. Aunque eso significara perder su libertad.

Con esa idea en mente, fue en su busca.

________ se estaba quitando el jabón de los ojos. Al abrirlos, se sobresaltó cuando vio que Joe la observaba a través de la abertura de las cortinas de la ducha.

— ¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó.

— Lo siento.

Él permaneció al lado de la bañera de patas, tamaño extra grande, vestido sólo con los boxers y apoyado sobre la pared, con la misma pose que tenía en el libro: los anchos hombros echados hacia atrás y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo.

Cess se humedeció los labios al contemplar los esculturales músculos de su pecho y de su torso. Espontáneamente, su mirada descendió hasta los boxers rojos y amarillos.

Bueno, decir que ningún hombre estaría bien con ellos había sido un error. Porque Joe estaba fenomenal. En realidad, no había palabras que describiesen con exactitud lo buenísimo que estaba con ellos.

Y aquella sonrisa traviesa, medio burlona, que esgrimía en esos momentos, derretiría el corazón de la más frígida de las mujeres. Ese hombre la ponía muy, muy caliente.

Nerviosa,_________ cayó en la cuenta de que estaba completamente desnuda delante de él.

— ¿Necesitas algo? —le preguntó mientras se cubría los pechos con la manopla.

Para su consternación, él se quitó los boxers y se metió en la bañera con ella.

El cerebro de _________ se convirtió en papilla, abrumada por la poderosa y masculina presencia de Joe. Esa increíble sonrisa llena de hoyuelos curvaba sus labios, y hacía que el corazón se le acelerara y que comenzara a temblar.

— Sólo quería verte —dijo en voz baja y tierna—. ¿Tienes idea de lo que me haces cuando te pasas las manos por los pechos desnudos?

Apreciando el tamaño de su erección, ________ tenía una idea bastante aproximada.

— Joe…

— ¿Mmm?

Olvidó lo que iba a decir cuando él acercó la cabeza hasta su cuello. Se estremeció por completo al sentir que su lengua le abrasaba la piel.

Gimió por la sobrecarga sensorial que suponían las caricias de las manos de Joe, unidas a la sensación del agua caliente de la ducha. Apenas si fue consciente de que él le quitaba la manopla que aún cubría sus pechos, y se llevaba uno de ellos a la boca.

Siseó de placer al sentir la lengua de joe girar alrededor del endurecido pezón, rozándolo levemente y haciéndola arder.
_________________
Continuacion...

La ayudó a sentarse en la bañera y la echó hacia atrás, apoyándola en el respaldo. El contraste de la fría porcelana en la espalda y del cálido cuerpo de Joepor delante, mientras el agua caía sobre ellos, la excitó de un modo que jamás hubiese creído posible.

Nunca antes había apreciado el enorme tamaño de la antigua bañera pero, en ese momento, no la cambiaría por nada del mundo.

— Tócame, ________ —le dijo con voz ronca, cogiéndole la mano y acercándosela hasta su hinchado miembro—. Quiero sentir tus manos sobre mí.

Joe se estremeció cuando ella acarició la dureza aterciopelada de su miembro.

Cerró los ojos mientras las sensaciones lo abrumaban. Las caricias de ___________ no se limitaban al plano físico, las percibía también a un nivel indefinible. Increíble.

Quería más de ella. Lo quería todo de ella.

— Me encanta sentir tus manos sobre mi piel —balbució mientras ella lo tomaba entre sus manos. ¡Por los dioses! La deseaba tanto que le dolía todo el cuerpo. Cómo deseaba que, tan sólo una vez, ella le hiciese el amor a él.

Que le hiciese el amor con el corazón.

El dolor volvió a desgarrarlo. No importaba cuántas veces tuviera relaciones sexuales, el resultado siempre era el mismo. Siempre acababa herido. Si no se trataba de su cuerpo, era en lo profundo de su alma.

«Ninguna mujer decente te querrá a la luz del día.»

Era verdad, y lo sabía.

________ percibió su tensión.

— ¿Te he hecho daño? —preguntó mientras alejaba la mano.

Él negó con la cabeza y le colocó las manos a ambos lados del cuello para besarla profundamente. Súbitamente el beso cambió, intensificándose, como si estuviese intentado probar algo ante los dos.

Deslizó la mano por el brazo de __________, hasta capturar la suya y enlazar los dedos. Después, movió las manos unidas y la acarició entre las piernas.

__________ gimió mientras él la tocaba con las manos entrelazadas. Era lo más erótico que había experimentado jamás.

Temblaba de pies a cabeza mientras él aumentaba el ritmo de las caricias. Cuando introdujo los dedos de ambos en su interior,_________ gritó de placer.

— Eso es —le murmuró al oído—. Siéntenos a los dos unidos.

Sin aliento, ________ se agarró al hombro de Joe con la mano libre y el cuerpo en llamas. ¡Dios, era un amante increíble!

De pronto, él retiró las manos y le alzó una de las piernas para pasársela por la cintura.

________ le dejó hacer, hasta que se dio cuenta de sus intenciones. Estaba preparándose para penetrarla.

— ¡No! —jadeó mientras lo empujaba—. Joe, no puedes.

Sus ojos llameaban de necesidad y deseo.

— Sólo quiero esto de ti, ________ . Déjame poseerte.

Ella estuvo a punto de ceder.

Pero entonces, algo extraño le sucedió a sus ojos. Un velo oscuro cayó sobre ellos, y las pupilas se le dilataron por completo.

Se quedó inmóvil. Respiraba entre jadeos y cerró los ojos como si estuviese luchando con un enemigo invisible.

Lanzando una maldición, se alejó de ella.

— ¡Corre! —gritó.

________ no lo dudó.

Salió como pudo de debajo de él, agarró la toalla y corrió hacia la puerta. Pero no pudo abandonarlo.

Se detuvo en la entrada y miró hacia atrás. Vio cómo Joe se agachaba hasta quedar apoyado en las manos y las rodillas, y se agitaba como si lo estuviesen torturando.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:09

Lo escuchó golpear la bañera con el puño cerrado mientras gruñía de dolor.

El corazón de _______ martilleaba frenético al verlo luchar. Si supiese qué podía hacer…

Finalmente, cayó exhausto a la bañera.

Aterrorizada, y sin poder dejar de temblar, ________ entró en el cuarto de baño de nuevo y dio tres cautelosos pasos hacia la bañera, preparada para salir corriendo si él intentaba agarrarla.

Estaba tendido de costado, con los ojos cerrados. Respiraba con dificultad y parecía débil y agotado mientras el agua caía sobre él, aplastando los mechones sobre su rostro.

Cerró el grifo.

Joe no se movió.

— ¿Joe?

Abrió los ojos.

— ¿Te he asustado?

— Un poco —le contestó con franqueza.

Él respiró hondo, entrecortadamente, y se sentó despacio. No la miró. Tenía los ojos clavados en algo que estaba a su espalda, por encima de su hombro.

— No voy a ser capaz de luchar contra eso —dijo, tras una larga pausa. Entonces la miró—. Nos estamos engañando, _______. Déjame poseerte mientras estoy calmado.

— ¿Eso es lo que quieres de verdad?

Joe apretó los dientes al escuchar su pregunta. No, no era lo que quería. Pero lo que deseaba estaba más allá de su alcance.

Quería cosas que los dioses no habían dispuesto para él. Cosas que ni siquiera se atrevía a nombrar, porque el simple hecho de pronunciarlas hacía su ausencia aún más insoportable.

— Me gustaría poder morirme.

________ retrocedió ante la sincera respuesta. Cómo deseaba poder consolarlo. Alejar su sufrimiento.

— Lo sé —le dijo, con la voz ronca por las lágrimas que no se atrevía a derramar. Le pasó los brazos alrededor de los fuertes y esbeltos hombros, y lo abrazó con fuerza.

Para su sorpresa, Joe apoyó la mejilla sobre la suya. Ninguno de los dos pronunció una palabra mientras se abrazaban. Finalmente, él se apartó.

— Es mejor que nos detengamos antes de que… —no acabó la frase, pero no era necesario que lo hiciese. _________ ya había sido testigo de las consecuencias, y no tenía ningún deseo de repetir la experiencia.

Lo dejó en el cuarto de baño y fue a vestirse. Joe salió lentamente de la bañera y se secó con una toalla. Escuchaba a _______ en su habitación; estaba abriendo la puerta del armario. En su mente, se la imaginó desnuda y la visión lo enardeció.

Una demoledora oleada de deseo lo asaltó, golpeándolo con tal fuerza que estuvo a punto de caer de espaldas al suelo.

Se agarró al lavabo mientras luchaba consigo mismo.

— No puedo seguir viviendo así —balbució—. No soy un animal.

Alzó los ojos y se contempló en el espejo. Era la viva imagen de su padre. Miró su rostro con odio.

Podía sentir los latigazos en la espalda, mientras su padre lo golpeaba hasta que casi no podía tenerse en pie.

«No te atrevas a llorar, niño bonito. Ni un solo sollozo. Puede que seas el hijo de una diosa, pero éste es el mundo en el que vives, y aquí no mimamos a los niños bonitos como tú.»
_________________
Continuacion...


En el fondo de su mente, veía la mirada de desprecio de su padre mientras lo golpeaba con el puño hasta arrojarlo al suelo, y después lo levantaba por el cuello hasta casi asfixiarlo. Él pateaba e intentaba defenderse con los puños, pero a los catorce años era demasiado joven e inexperto como para eludir los golpes del general.

Con el rostro desfigurado por una mueca de desprecio, su padre le había cortado en la mejilla con una daga, hundiéndola hasta el hueso. Y todo porque había pescado a su esposa mirándolo mientras comían.

«Veamos si ahora te desea.»

El lacerante dolor del corte fue insoportable, y la hemorragia no se detuvo en todo el día. A la mañana siguiente, la herida había desaparecido sin dejar huella.

La ira de su progenitor había sido inconmensurable.

— ¿Joe?

Sobresaltado, dio un pequeño brinco al escuchar una voz olvidada desde hacía dos mil años.

Echó un vistazo a la estancia, pero no vio nada.

Sin estar muy seguro de haber escuchado la voz, habló en voz baja.

— ¿Atenea?

La diosa se materializó delante de él, justo en el hueco de la puerta. Aunque llevaba ropas modernas, tenía el pelo negro recogido sobre la cabeza, al estilo griego, con mechones rizados que le caían sobre los hombros. Sus pálidos ojos azules se llenaron de ternura al sonreír.

— Vengo en representación de tu madre.

— ¿Todavía no es capaz de enfrentarme?

Atenea apartó la mirada.

Joe sintió el repentino impulso de reírse a carcajadas. ¿Por qué se molestaba en esperar que su madre quisiera verlo?

Debería estar acostumbrado.

Atenea jugueteaba con uno de sus rizos, envolviéndoselo en el dedo, mientras lo observaba con una extraña expresión de melancolía en el rostro.

— Que conste que te habría ayudado de haber sabido esto. Eras mi general favorito.

De repente, comprendió lo que había ocurrido tantos siglos atrás.

— Me utilizaste en tu pulso contra Ares, ¿verdad?

Vio la culpa reflejada en los ojos de la diosa antes de que ella pudiese ocultarla.

— Lo hecho, hecho está.

Con los labios fruncidos por la ira, la miró furioso.

— ¿Ah, sí? ¿Por qué me enviaste a esa batalla cuando sabías que Ares me odiaba?

— Porque sabía que podías ganar, y yo odiaba a los romanos. Eras el único general que tenía que podía deshacerse de Livio, y así lo hiciste. Jamás me he sentido más orgullosa de ti que aquel día, cuando le cortaste la cabeza.

Cegado por la amargura, era incapaz de creer lo que estaba escuchando.

— ¿Ahora me dices que estabas orgullosa?

Ella ignoró su pregunta.

— Tu madre y yo hemos hablado con Cloto para que te ayude.

Joe se paralizó al escucharla. Cloto era la Parca encargada de las vidas de los humanos. La hilandera del destino.

— ¿Y?

— Si consigues romper la maldición, podremos devolverte a Macedonia; regresarás al mismo día en que fuiste maldecido a permanecer en el pergamino.

— ¿Puedo regresar? —repitió, anonadado por la incredulidad.

— Pero no se te permitirá volver a luchar. Si lo haces, podrías cambiar el curso de la historia. Si te enviamos de vuelta, deberás jurar que vivirás retirado en tu villa.

Siempre había una trampa. Debería haberlo recordado antes de pensar que podían ayudarlo.

— ¿Con qué propósito, entonces?

— Vivirás en tu época. En el mundo que conoces —diciendo esto, echó un vistazo al cuarto de baño—. O puedes permanecer aquí, si lo prefieres. La elección es tuya.

Joe resopló.

— Menuda elección.

— Es mejor que no tener ninguna.

¿Sería cierto? Ya no estaba seguro de nada.

— ¿Y mis hijos? —preguntó. Quería, no, deseaba volver a ver a su familia, a las dos únicas personas que habían significado algo para él.

— Sabes que no podemos cambiar eso.

Joe maldijo a Atenea. Los dioses siempre conseguían atormentarlo quitándole todo lo que le importaba. Jamás le habían concedido nada.

Atenea alargó el brazo y lo acarició ligeramente en la mejilla.

— Elige con cuidado —susurró, y se desvaneció.

— ¿Joe?, ¿con quién hablas?

Parpadeó al escuchar a _________ en el pasillo.

— Con nadie —contestó—. Hablo solo.

— ¡Ah! —exclamó ella, aceptando la mentira sin problemas—. Estaba pensando en llevarte de nuevo al Barrio Francés esta tarde. Podemos visitar el Acuario. ¿Qué te parece?

— Claro —respondió él, saliendo del baño.

_______ frunció el ceño, pero no dijo nada mientras se dirigía hacia las escaleras.

Joe fue a cambiarse a la habitación. Mientras se ponía los pantalones, se fijó en las fotografías que _______ tenía en el vestidor. Parecía una niña tan feliz… tan libre. Le gustaba especialmente una en la que su madre le pasaba los brazos alrededor del cuello y ambas se reían a carcajadas.

En ese momento, supo lo que debía hacer. No importaba lo mucho que deseara otras cosas, jamás podría quedarse con ella. Se lo había dicho ella misma la noche que lo invocaron.

Tenía su propia vida. Una en la que él no estaba incluido.

No, ________ no necesitaba a alguien como él. A alguien que sólo atraería la indeseada atención de los dioses sobre su cabeza.

Rompería la maldición y aceptaría la oferta de Atenea.

No pertenecía a esta época. Su mundo era la antigua Macedonia. Y la soledad.

FIN DEL CAP 9
Capítulo 10

Algo iba mal. ____________ lo notaba en el ambiente mientras conducía hacia el Barrio Francés. Joe iba sentado junto a ella, mirando por la ventana.

Había intentado varias veces hacerlo hablar, pero no había modo de que despegara los labios. Todo lo que se le ocurría era que estaba deprimido por lo sucedido en el cuarto de baño. Debía ser duro para un hombre habituado a mantener un férreo control de sí mismo perderlo de aquel modo.

Aparcó el coche en el estacionamiento público.

— ¡Vaya, qué calor hace! —exclamó al salir y sentirse inmediatamente asaltada por el aire cargado y denso.

Echó un vistazo a Joe, que estaba realmente deslumbrante con las gafas de sol oscuras que le había comprado. Una fina capa de sudor le cubría la piel.

— ¿Hace demasiado calor para ti? —le preguntó, pensando en lo mal que lo estaría pasando con los vaqueros y el polo de punto.

— No voy a morirme, si te refieres a eso —le contestó mordazmente.

— Estamos un poco irritados, ¿no?

— Lo siento —se disculpó al llegar a su lado—. Estoy pagando mi mal humor contigo, cuando no tienes la culpa de nada.

— No importa. Estoy acostumbrada a ser el chivo expiatorio. De hecho, lo he convertido en mi profesión.

Puesto que no podía verle los ojos, ____________ no sabía si sus palabras le habían hecho gracia o no.

— ¿Eso es lo que hacen tus pacientes?

Ella asintió.

— Hay días que son espeluznantes. Pero prefiero que me grite una mujer a que lo haga un hombre.

— ¿Te han hecho daño alguna vez? —El afán de protección de su voz la dejó perpleja. Y encantada. Había echado mucho de menos tener a alguien que la cuidase.

— No —contestó, intentando disipar la evidente tensión de su cuerpo. Esperaba que nunca le hiciesen daño, pero después de la llamada de Rodney, no estaba muy segura, y era bastante posible que ese tipo acabase con su buena suerte.

Estás siendo ridícula. Sólo porque el hombre te ponga los pelos de punta no significa que sea peligroso.

La expresión del rostro de Joe era dura y muy seria.

— Creo que deberías buscarte una nueva profesión.

— Tal vez —le dijo evasivamente. No tenía ninguna intención de dejar su trabajo—. A ver, ¿dónde vamos primero?

Él se encogió de hombros despreocupadamente.

— Me da exactamente igual.

— Entonces, vamos al Acuario. Por lo menos hay aire acondicionado —y cogiéndolo del brazo, cruzó el estacionamiento y se encaminó por Moonwalk hacia el lugar.

Joe permaneció en silencio mientras ella compraba las entradas y lo guiaba hacia el interior. No dijo nada hasta que estuvieron paseando por los túneles subacuáticos, que les permitían observar las distintas especies marinas en su hábitat natural.

— Es increíble —balbució cuando una enorme raya pasó sobre sus cabezas. Tenía una expresión infantil, y la luz que chispeaba en sus ojos la llenó de calidez.

Súbitamente, sonó su busca. Soltó una maldición y miró el número. ¿Una llamada desde el despacho un sábado?

Qué raro.

Sacó el móvil del bolso y llamó.

— ¡Hola, _________! —le dijo Beth, tan pronto como descolgó—. Escucha, estoy en mi consulta. Anoche entró alguien al despacho.

— ¡No!, ¿quién haría algo así?

__________ captó la mirada curiosa en los ojos de Joe. Le ofreció una sonrisa insegura, y siguió escuchando a Beth Livingston, la psiquiatra que compartía la consulta con Luanne y con ella.

— Ni idea. Hay un equipo de la policía buscando huellas y todo está acordonado. Por lo que he visto, no se han llevado nada importante. ¿Tenías algo de valor en tu consulta?

— Sólo el ordenador.

— Está todavía allí. ¿Algo más? ¿Dinero, cualquier otra cosa?

— No, nunca dejo objetos de valor ahí.

— Espera, el oficial quiere hablar contigo.

_________ esperó hasta escuchar una voz masculina.

— ¿Doctora Alexander?

— Sí, soy yo.

— Soy el oficial Allred. Parece que se llevaron su organizador Rodolex y unos cuantos archivadores. ¿Sabe de alguien que pudiera estar interesado en ellos?

— Pues no. ¿Necesita que vaya para allá?

— No, no. Estamos buscando huellas, pero si se le ocurre algo, por favor, llámenos —y le pasó el teléfono a Beth.

— ¿Quieres que vaya? —le preguntó.

— No. No hay nada que puedas hacer. En realidad, es bastante aburrido.

— Vale, avísame al busca si necesitas algo.

— Lo haré.

__________ colgó el teléfono y lo devolvió al bolso.

— ¿Ha pasado algo? —preguntó Joe.

— Alguien entró anoche en mi despacho.

Él frunció el ceño.

— ¿Para qué?

— Ni idea —la pausa de __________ hizo que el ceño de Joe se intensificara, mientras ella pensaba en los posibles motivos—. No puedo imaginarme para qué iba a querer alguien mi Rodolex. Desde que me compré el Palm Pilot, ni siquiera lo he usado. Es muy extraño.

— ¿Tenemos que irnos?

Ella agitó la cabeza.

— No hace falta.

Joe dejó que _____________ lo guiara alrededor de los diferentes acuarios, mientras le leía las extrañas inscripciones que explicaban detalles sobre las distintas especies y sus hábitats.

¡Por los dioses!, cómo le gustaba escuchar el sonido de su voz al leer. Había algo muy relajante en la voz de ____________. Le pasó un brazo por los hombros mientras paseaban. Ella le rodeó la cintura y enganchó un dedo en una de las trabillas del cinturón.

El gesto consiguió debilitarlo. Se dio cuenta de que pasaba las horas deseando sentir el roce de su cuerpo. Y la sensación sería mucho más placentera si ambos estuviesen desnudos en ese mismo momento.

Cuando ella le sonrió, el corazón se le aceleró descontroladamente. ¿Qué tenía esta mujer que despertaba algo en él que jamás había sentido?

Continuacion...

Pero en el fondo lo sabía. Era la primera mujer que lo veía. No a su apariencia física, ni a sus proezas de guerrero. Ella veía su alma.

Jamás había pensado que podía existir una persona así.

____________ lo trataba como a un amigo. Y su interés en ayudarlo era genuino. O al menos, eso parecía.

Es parte de su trabajo.

¿O era de verdad?

¿Podía una mujer tan maravillosa y compasiva como ella preocuparse realmente por un tipo como él?

_____________ se detuvo delante de otra inscripción. Joe se quedó tras ella y le pasó ambos brazos por los hombros. Ella le acarició distraídamente los antebrazos mientras leía.

Con el cuerpo en llamas por el deseo que despertaba en él, inclinó la barbilla hasta apoyarla sobre su cabeza y escuchar de ese modo la explicación, mientras observaba cómo nadaban los peces. El olor de su piel invadió sus sentidos y anheló volver a su casa, donde podría quitarle la ropa.

No era capaz de recordar cuándo había sido la última vez que deseó tanto a una mujer como le ocurría con ______________. De hecho, no creía posible que algo así le hubiese ocurrido antes. Deseaba perderse en su interior. Sentir sus uñas arañándole la espalda mientras gritaba al llegar al clímax.

Que las Parcas se apiadasen de él. _____________ se le había metido bajo la piel.

Y estaba aterrado. Ella ocupaba un lugar en su corazón que acabaría destrozándolo si le faltaba. Sólo ella podía acabar realmente con él. Hacerlo pedazos.

Era casi la una del mediodía cuando salieron del Acuario. ______________ se encogió tan pronto como volvieron a la calle, asaltada por la oleada de calor. En días como éste, se preguntaba cómo podría la gente sobrevivir antes de que se inventara el aire acondicionado.

Miró a Joe y sonrió. Por fin había encontrado a alguien a quien preguntar.

— Dime una cosa, ¿qué hacíais para sobrevivir en días tan calurosos como éste?

Él arqueó una ceja con un gesto arrogante.

— Hoy no hace calor. Si quieres saber lo que es el calor, intenta atravesar un desierto con todo tu ejército, llevando la armadura y con sólo medio odre de agua para mantenerte.

Ella hizo un gesto compasivo.

— Abrasador, supongo.

Él no respondió.

_____________ echó un vistazo a la plaza, atestada de gente.

— ¿Quieres que vayamos a ver a Breyda y demos una vuelta por la plaza? Debe estar en su tenderete. El sábado suele ser uno de sus mejores días.

— Vamos.

Agarrados de la mano, bajaron la calle hasta llegar a Jackson Square. Como era de esperar, Breyda estaba en su puestecillo con un cliente. ____________ comenzó a alejarse para no interrumpir, pero Breyda la vio y le hizo un gesto para que se acercara.

— Oye, ______________, ¿te acuerdas de Ben? Bueno, mejor del doctor Lewis, de la facultad.

____________ dudó en acercarse al reconocer al tipo corpulento, entrado ya en los cuarenta.

¿Que si lo recordaba? Le había puesto una nota bajísima en su asignatura, con lo cual, le bajó la media de todo el curso. Sin mencionar que el hombre tenía un ego tan grande como el territorio de Alaska, y le encantaba hacer pasar un mal rato a sus alumnos. De hecho, aún recordaba a una pobre chica que se echó a llorar cuando él dio el sádico examen final que había preparado. El tío se rió, literalmente a carcajadas, cuando vio la reacción de la chica.

— ¡Hola! —saludó, ___________ intentando no demostrar su antipatía. Suponía que el hombre no podía evitar ser detestable. Como buen licenciado por la universidad de Harvard, debía pensar que el mundo giraba a su alrededor.

— Señorita Alexander —la saludó con el mismo tono despectivo tan insoportable que ella recordaba a la perfección.

— En realidad debería llamarme doctora Alexander —lo corrigió, encantada al ver cómo abría los ojos por la sorpresa.

— Discúlpeme —le dijo con un tono de voz que distaba mucho de parecer arrepentido.

— Ben y yo estábamos charlando sobre la Antigua Grecia —explicó Breyda, dedicándole una diabólica sonrisa a Joe—. Soy de la opinión de que Afrodita era hija de Urano.

Ben puso los ojos en blanco.

— No me cansaré de decirte que, según la opinión más extendida, era hija de Zeus y Dione. ¿Cuándo vas a aceptarlo y a unirte a nosotros?

Breyda lo ignoró.

— Dime, Joe, ¿quién tiene razón?

Ben recorrió a Joe de arriba abajo con una arrogante mirada. ____________ sabía que lo único que veía en él era a un hombre excepcionalmente apuesto, que parecía sacado de un anuncio de automóviles.

— Joven, ¿ha leído usted alguna vez a Homero?, ¿sabe quién es?

_____________ suprimió una carcajada ante la pregunta. Estaba deseando escuchar la respuesta de Joe.

Él se rió con ganas.

— He leído a Homero en profundidad. Las obras que se le atribuyen no son más que una amalgama de leyendas, fusionadas con datos reales a lo largo de los siglos, y cuyos verdaderos orígenes se han perdido en las brumas del tiempo. Muy al contrario que la Teogonía de Hesíodo, la cual escribió con la ayuda directa de Clío.

El doctor Lewis dijo algo en griego clásico.

— Es más que una simple opinión, doctor —le contestó Joe en inglés—. Es un hecho probado.

Ben volvió a mirarlo con atención, pero ____________ sabía que aún no estaba muy dispuesto a creer que alguien con el aspecto de Joe pudiese darle una lección en su propio campo.

— ¿Y usted cómo lo sabe?

Joe le respondió en griego.

Por primera vez desde que conocía a aquel hombre, hacía ya más de una década, ___________ le vio totalmente sorprendido.

— ¡Dios mío! —jadeó—. Habla griego como si fuese su lengua materna.

Joe miró a ____________ con una sonrisa sincera; se estaba divirtiendo.

— Ya te lo dije —le dijo Breyda—. Conoce a los dioses griegos mejor que cualquier otra persona.

El doctor Lewis vio entonces el anillo de Joe.

— ¿Es eso lo que creo que es? —inquirió—. ¿Un anillo de general?

Joe asintió.

— Sí.

— ¿Le importa si le echo un vistazo?

Joe se lo quitó y se lo ofreció. El doctor Lewis contuvo el aliento.
Continuacion...

— Exacto.

— Es una reproducción increíble —comentó Ben, mientras se lo devolvía.

Joe se lo puso de nuevo.

— No es una reproducción.

— ¡No puede ser! —jadeó Ben, incrédulo—. No puede ser original, es excesivamente antiguo.

— Lo tenía un coleccionista privado —apuntó Breyda. Ben no dejaba de mirarla para, al momento, volver a centrar su atención en Joe.

— ¿Cómo lo consiguió? —le preguntó.

Joe tardó en contestar mientras recordaba el día en que se lo dieron. Kyrian de Tracia y él habían sido ascendidos a la vez, después de salvar, prácticamente los dos solos, la ciudad de Temópolis de las garras de los romanos.

Había sido una batalla larga, sangrienta y brutal. Su ejército se había desperdigado, dejándolos solos a Kyrian y a él para defender la ciudad. Joe había esperado que Kyrian lo abandonara también, pero el idio*ta le había sonreído, sosteniendo una espada en cada mano, y le había dicho: «Es un hermoso día para morir. ¿Qué te parece si matamos unos cuantos bastardos romanos antes de pagar a Caronte?»

Kyrian de Tracia, un lunático total y absoluto, siempre había tenido más agallas que cerebro.

Cuando todo hubo acabado, bebieron hasta acabar debajo de las mesas. Y a la mañana siguiente, los despertaron con la noticia del ascenso.

¡Por los dioses! De todas las personas que había conocido en Macedonia, Kyrian era a quién más echaba de menos. Era el único que siempre le guardó las espaldas y lo defendió.

— Fue un regalo —contestó Joe a Ben.

Él echó un vistazo a la mano de Joe, con los ojos cargados de codicia.

— ¿Consideraría usted la posibilidad de venderlo? Yo estaría a dispuesto a pagar lo que pidiese.

— Nunca —contestó Joe, recordando las heridas que había recibido durante la batalla de Temópolis—. No sabe por lo que pasé para conseguirlo.

Ben meneó la cabeza.

— Ojalá alguien me hiciese alguna vez un regalo como ése. ¿Tiene la más ligera idea de lo que le darían por él?

— La última vez que lo comprobé, me ofrecieron mi peso en oro.

Ben soltó una carcajada y dio una palmada sobre la mesa de Breyda.

— Muy bueno. Ése era el precio para liberar a un general capturado, ¿verdad?

— Para aquellos cobardes que no eran capaces de morir luchando, sí.

Los ojos de Ben mostraron un nuevo respeto al observar a Joe.

— ¿Sabe a quién perteneció?

Breyda contestó.

— A Joe de Macedonia. ¿Has oído hablar de él en alguna ocasión, Ben?

Él se quedó con la boca abierta y los ojos como platos.

— ¿Estás hablando en serio? ¿Es que no sabes quién fue?

Breyda puso una expresión extraña. Asumiendo que no lo sabía, Ben continuó hablando.

— Tesio dijo de él que iba a ser el nuevo Alejandro Magno. Joe era hijo de Diocles de Esparta, también conocido como Diocles el Carnicero. Ese hombre haría que el Marqués de Sade pareciese Ronald McDonald. Según los rumores, Joe nació de una relación entre Afrodita y el general, después de que Diocles salvara uno de los templos de la diosa de ser profanado. La opinión más extendida hoy en día es que su madre fue una de las sacerdotisas del templo.

— ¿De verdad? —preguntó ___________.

Joe puso los ojos en blanco.

— A nadie le interesa quién pudo ser el tal Joe. Ese tipo murió hace siglos.

Ben lo ignoró y siguió alardeando de sus conocimientos.

— Los romanos lo conocían como Augusto Julio Punitor… —miró a ____________ y añadió para que ella lo entendiera: — Joe, el Ejecutor. Él y Kyrian de Tracia dejaron un rastro sangriento a lo largo de todo el Mediterráneo, durante la cuarta guerra macedonia contra Roma. Joe despreciaba a los romanos, y juró que vería la ciudad arrasada bajo su ejército. Él y Kyrian estuvieron a punto de conseguir que Roma se arrodillara ante ellos.

La mandíbula de Joe se relajó un poco.

— ¿Sabe qué le ocurrió a Kyrian de Tracia?

Ben dejó escapar un silbido.

— No tuvo un final agradable. Fue capturado; los romanos lo crucificaron en el año 47 a.C.

Joe retrocedió al escucharlo. Con una mirada apesadumbrada y jugueteando con el anillo, dijo:

— Ese hombre era, sin duda, uno de los mejores guerreros que jamás han existido. Amaba la lucha como ningún otro que haya conocido —movió la cabeza—. Recuerdo que una vez Kyrian condujo su carro hasta atravesar una barrera de escudos, rompiendo los cuellos de los soldados romanos y permitiendo que sus hombres los derrotaran con tan sólo un puñado de bajas —frunció el ceño—. No puedo creer que lo capturaran.

Ben encogió los hombros con un gesto indiferente.

— Bueno, una vez desaparecido Joe, Kyrian era el único general macedonio digno de dirigir un ejército; por eso los romanos fueron tras él con todo lo que tenían.

— ¿Qué le sucedió a Joe? —preguntó _______________, intrigada por lo que los historiadores opinaban del tema.
Continuacion...

Joe la miró furioso.

— Nadie lo sabe —le respondió Ben—. Es uno de los grandes misterios del mundo antiguo. Aquí tenemos a un general al que nadie puede derrotar en el campo de batalla y, de repente ¡puf! Desaparece sin dejar rastro —tamborileó con un dedo sobre la mesa de Breyda—. La última vez que se le vio fue en la batalla de Conjara. En un brillante movimiento táctico, engañó a Livio, que perdió su, hasta entonces, inexpugnable posición. Fue una de las mayores derrotas en la historia del Imperio Romano.

— ¿Y a quién le importa? —se quejó Joe.

Ben ignoró la interrupción.

— Tras la batalla, se supone que Joe mandó decir a Escipión el Joven que le perseguiría, en venganza por la derrota que acababa de infligirle al ejército macedonio. Aterrorizado, Escipión abandonó su carrera militar en Macedonia y se marchó como voluntario a la Península Ibérica, para seguir luchando allí —el profesor agitó la cabeza—. Pero antes de que Joe pudiese llevar a cabo la amenaza, se desvaneció. Encontraron a toda su familia asesinada en su propio hogar. Y ahí es donde la cosa se pone interesante —miró entonces a Breyda.--Los escritos macedonios que han llegado hasta nuestros días, afirman que Livio lo hirió de muerte durante la batalla, y que en mitad de un increíble dolor, regresó cabalgando a casa para asesinar a su familia y evitar, de este modo, que su enemigo los tomara como esclavos. Los textos romanos aseguran que Escipión envió a varios de sus soldados, que atacaron a Joe en mitad de la noche. Supuestamente, lo mataron junto al resto de su familia, lo descuartizaron y ocultaron los pedazos de su cuerpo.

Joe resopló ante la idea.

— Escipión era un cobarde y un fanfarrón. Jamás se habría atrevido a atacarm…

— ¡Bueno! —exclamó __________, interrumpiendo a Joe antes de que se delatase—. Hace un tiempo espléndido, ¿verdad?

— Escipión no era ningún cobarde —le respondió Ben—. Nadie puede discutir sus éxitos en la Península Ibérica.

__________ vio como el odio se reflejaba en los ojos de Joe.

Pero Ben no pareció notarlo.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:09

— Joven, el valor de ese anillo que lleva es incalculable. Me encantaría saber cómo puede conseguirse algo así. Y a ese respecto, mataría por saber qué le ocurrió a su dueño original.

_________ miró incómoda a Breyda.

Joe hizo una mueca sarcástica a Ben.

— Joe de Macedonia desató la ira de los dioses y fue castigado por su arrogancia.

— Supongo que esa podría ser otra explicación —en ese momento, sonó la alarma de su reloj—. ¡Joder! Tengo que recoger a mi esposa.

Se puso en pie y le ofreció la mano a Joe.

— No nos han presentado adecuadamente. Soy Ben Lewis.

— Joe —le contestó, aceptando el saludo.

El doctor Lewis se rió. Hasta que se dio cuenta que Joe no bromeaba.

— ¿En serio?

— Me pusieron el nombre de su general macedonio, se podría decir.

— Su padre debe haber sido como el mío. Dos amantes de todo lo griego.

— En realidad, en mi caso su lealtad iba para Esparta.

Ben se rió con más ganas. Echó una mirada rápida a Breyda.

— ¿Por qué no lo traes a la próxima reunión del Sócrates? Me encantaría que los chicos lo conocieran. No es muy frecuente encontrar a alguien que conoce la historia griega tan profundamente como yo.

Dicho esto, volvió a dirigirse a Joe.

— Ha sido un placer. ¡Nos vemos! —le dijo a Breyda.

— Bueno —comenzó a decir Breyda una vez que Ben hubo desaparecido entre el gentío—, amigo mío, has logrado lo imposible. Acabas de dejar impresionado a uno de los investigadores de la Antigua Grecia más importantes de este país.

Joe no pareció impresionarse demasiado, pero __________ sí lo hizo.

— Breyda, ¿crees que es posible que Joe pueda trabajar como profesor en la facultad una vez acabemos con la maldición? Estaba pensando que pod…

— No, __________ —la interrumpió él.

— ¿Que no qué? Vas a necesitar…

— No voy a quedarme aquí.

La mirada fría y vacía que tenía en aquel momento era la misma con la que la había mirado la noche en que lo convocaron. Y a _________ la partió en dos.

— ¿Qué quieres decir? —inquirió ella.

El desvió la mirada.

— Atenea me ha hecho una oferta para devolverme a casa. Una vez rompamos la maldición, me enviará de nuevo a Macedonia.

__________ se esforzó por seguir respirando.

— Entiendo —dijo, aunque se estaba muriendo por dentro—. Usarás mi cuerpo y después te irás. —Y siguió con un nudo en la garganta: — Al menos no tendré que pedir a Breyda que me lleve a casa después.

___________ retrocedió como si lo hubiese abofeteado.

— ¿Qué quieres de mí, __________? ¿Por qué ibas a querer que me quedara aquí?

Ella no conocía la respuesta. Lo único que sabía era que no quería que se marchara. Quería que se quedara.

Pero no en contra de su voluntad.

— Te voy a decir algo —le dijo. Comenzaba a enfadarse ante la idea de que él desapareciera—; no quiero que te quedes. De hecho, se me está ocurriendo una cosa, ¿qué tal si te vas a casa de Breyda por unos días? —y entonces miró a su amiga—, ¿te importaría?

Breyda abría y cerraba la boca como un pez luchando por respirar. Joe alargó un brazo hacia __________.

— __________…

— No me toques —le advirtió apartando su propio brazo—. Me das asco.

— ¡_________! —exclamó Breyda—. No puedo creer que tú…

— No importa —dijo Joe con voz fría y carente de emoción—. Al menos no me ha escupido a la cara con su último aliento.

Lo había herido. __________ podía verlo en sus ojos; pero ella también se sentía muy herida. Terriblemente herida.

— Hasta luego —le dijo a Breyda y se marchó, dejando allí a Joe.

Breyda dejó escapar el aire lentamente mientras observaba a Joe, que contemplaba cómo __________ se alejaba de ellos. Su cuerpo estaba totalmente rígido y tenía un tic en la mandíbula.

— Donde pone el ojo, pone la bala. Un golpe directo al corazón. Una herida en carne viva.
______Continuacion...

Joe la dejó clavada con una mirada francamente hostil.

— Dime, Oráculo. ¿Cuáles deberían haber sido mis palabras?

Breyda barajó sus cartas.

— No lo sé —le contestó melancólicamente—. Imagino que no te habría ido tan mal si hubieses sido honesto.

Joe se frotó los ojos y se sentó en la silla, frente a Breyda. No había tenido intención de herir a Breyda.

Y jamás podría olvidar esa mirada, mientras le escupía las horribles palabras: «No me toques. Me das asco.»

Se esforzó por seguir respirando, aguantando la agonía. Las Parcas seguían burlándose de él.

Debían tener un día aburrido en el Olimpo.

— ¿Quieres que te lea las cartas? —le preguntó Breyda, devolviéndolo al presente.

— Claro, ¿por qué no? —contestó. No iba a decirle nada que no supiera ya.

— ¿Qué quieres saber?

— ¿Alguna vez…? —se detuvo antes de formular la misma pregunta que hiciera, siglos atrás, al Oráculo de Delfos— ¿…conseguiré romper la maldición? —preguntó en voz baja.

Breyda barajó las cartas, y sacó tres de ella. Abrió unos ojos como platos.

Joe no necesitaba que las interpretara. Ya lo veía por sí mismo: una torre destrozada por un rayo, un corazón atravesado por tres espadas, y dos personas encadenadas y arrastradas por un demonio.

— No pasa nada —le dijo a Breyda—. Jamás he pensado que pudiese salir bien.

— Eso no es lo que nos dicen las cartas —susurró—. Pero tienes toda una batalla por delante.

Joe soltó una amarga carcajada.

— Manejo bien las batallas —era el dolor que sentía en el corazón lo que iba a acabar con él.

__________ se limpió las lágrimas de la cara mientras entraba en el camino de acceso al jardín. Apretó los dientes al bajarse del coche, y cerró la puerta con un fuerte golpe.

Al infierno con Joe. Podía quedarse atrapado en el libro para toda la eternidad. Ella no era un trozo de carne a su entera disposición.

¿Cómo pod…?

Buscó en el bolsillo las llaves de la entrada.

— ¿Y cómo no iba a hacerlo? —murmuró. Sacó la llave y abrió la puerta.

La ira la consumía. Estaba siendo irrazonable, y lo sabía. Joe no tenía la culpa de que Alan hubiese sido un cerdo egoísta. Como tampoco era culpable de que ella temiese ser utilizada.

Estaba culpando a Joe por algo en lo que no había participado, pero aún así…

Sólo quería a alguien que la amara. Que alguien quisiera quedarse a su lado.

Y había esperado que al ayudar a Joe se quedara cerca y…

Cerró la puerta y meneó la cabeza. Por mucho que deseara que las cosas fuesen distintas, nada iba a cambiar, puesto que no estaba escrito que fuesen de otro modo. Había escuchado lo que Ben contó acerca de la vida de Joe. La historia que el mismo Joe contó a los niños sobre la batalla.

Recordaba el modo en que había cruzado la calle como una exhalación para salvar al niño.

Él había nacido para liderar un ejército. No pertenecía a esta época. Pertenecía a su mundo antiguo.

Era muy egoísta por su parte intentar mantenerlo a su lado, como si fuese una mascota que acabase de rescatar.

Subió las escaleras penosamente, con el corazón destrozado. Tendría que alejarse de él. Era todo lo que podía hacer. Porque, en el fondo, sabía que cuanto más supiese acerca de Joe, más cariño le cogería. Y si él no tenía intención de quedarse, acabaría muy herida.

Había subido la mitad de la escalera, cuando alguien llamó a la puerta principal. Por un instante, se le levantó el ánimo al pensar que podía ser Joe; hasta que llegó a la puerta y vio la silueta de un hombre bajito esperando en el porche.

Entreabrió la puerta y emitió un jadeo.

Era Rodney Carmichael.

Llevaba un traje marrón oscuro, con una camisa amarilla y corbata roja. Se había peinado hacia atrás el pelo corto y negro, y le dedicaba una radiante sonrisa.

— ¡Hola _________!

— Señor Carmichael —lo saludó glacialmente, aunque el corazón le latía a toda prisa. Había algo definitivamente espeluznante en este tipejo delgado—. ¿Qué está haciendo aquí?

— Pasaba por aquí y me detuve para saludar. Se me ocurrió que pod…

— Tiene que marcharse.

Él frunció el ceño.

— ¿Por qué? Sólo quiero hablar contigo.

— Porque no atiendo a mis pacientes en casa.

— Vale, pero yo no soy…

— Señor Carmichael —le dijo con brusquedad—. Tiene que marcharse. Si no lo hace, llamaré a la policía.

Sin hacer mucho caso a la ira de _________, asintió con la cabeza, demostrando tener la paciencia de un santo.

— ¡Vaya! Entonces debes estar ocupada. Puedo pasar por aquí más tarde. Yo también tengo mucho que hacer. ¿Vengo luego entonces? Podemos cenar juntos.

Totalmente muda de asombro, __________ lo miró fijamente a los ojos.

— No.

Él sonrió ante la negativa.

— Vamos, __________. No seas así. Sabes que estamos hechos el uno para el otro. Si me dejas…

— ¡Márchese!

— Muy bien; pero volveré. Tenemos mucho de qué hablar —se dio la vuelta y bajó la escaleras del porche.

Con el corazón martilleando en el pecho, ella cerró la puerta y echó el seguro.

— Voy a matarte, Luanne —dijo mientras se dirigía a la cocina. Al pasar por la salita de estar, una sombra en la ventana llamó su atención. ____Continuacion...

Era Rodney.

Aterrada, cogió el teléfono y llamó a la policía.

Tardaron casi una hora en llegar. Rodney permaneció en el jardín todo el tiempo, de ventana en ventana, observándola a través de las rendijas de las persianas. Hasta que no vio que el coche de policía subía por el camino de entrada no desapareció por el patio trasero.

___________ tomó una profunda bocanada de aire para calmar sus nervios y abrió la puerta para que pasaran los agentes.

Se quedaron el tiempo suficiente para informarle de que no podían hacer nada para mantener a Rodney alejado de ella. Lo mejor que podía hacer era conseguir una orden de alejamiento, pero puesto que era ella la que debía encargarse del tratamiento de Rodney hasta que Luanne regresara, era algo totalmente inútil.

— Lo siento —se disculpó el policía en la puerta, mientras los acompañaba—, pero no ha incumplido ninguna ley que nos permita ayudarle a librarse de él. Podría solicitar una orden de detención por allanamiento, pero a menos que tenga antecedentes no servirá de nada.

El agente, un hombre joven, la miró compasivo.

— Sé que no le va a servir de mucho consuelo, pero podemos intentar patrullar la zona con más frecuencia. Aunque el verano es una época especialmente ajetreada para nosotros. A modo personal, le aconsejo que se marche a casa de un amigo durante un tiempo.

— De acuerdo, muchas gracias —tan pronto como se marcharon, corrió por toda la casa, asegurando puertas y ventanas con los cerrojos y pestillos.

Intranquila, lanzaba miradas en torno a su propio hogar, esperando ver a Rodney entrar a través de un agujero en la pared, como si se tratara de una cucaracha.

Si tan sólo supiera realmente si el tipo era o no peligroso… Su informe del hospital psiquiátrico mencionaba un comportamiento desviado y persecutorio hacia mujeres, a las que acosaba pero jamás hería físicamente. Se limitaba a aterrorizar a sus víctimas imponiéndoles su presencia continuamente, por lo cual había sido enviado al hospital para comenzar a tratarlo.

Como psicóloga, ___________ sabía que no había nada especialmente peligroso en Rodney, pero como mujer estaba asustada.

Lo último que quería era acabar como una estadística más.

No, no podía quedarse allí esperando que el tipo regresara y la encontrara sola.

Se apresuró a subir las escaleras para hacer el equipaje.

FIN DEL CAP 10 _______Capítulo 11


Breyda observaba cómo Joe se paseaba nervioso, por delante de su puesto, mientras hacía una tirada para un turista. ¡Dios santo!, podría pasarse todo el día observándolo caminar. Ese modo de andar hacía saltar los ojos de las órbitas, y a ella le entraban unos deseos terribles de salir corriendo a casa, agarrar a Ricardo y hacerle unas cuantas cosas pecaminosas.

Una y otra vez, las mujeres se acercaban a él, pero Joe no tardaba en quitárselas de en medio. Era ciertamente divertido ver a todas esas chicas pavoneándose a su alrededor mientras él permanecía ajeno a sus estratagemas. Nunca le había parecido posible que un hombre actuara así.

Pero claro, hasta ella podía llegar a aborrecer el chocolate si se daba un atracón.

Y por el modo en que las mujeres respondían a la presencia de Joe, dedujo que él ya había sufrido más de un dolor de tripa causado por un empacho. La verdad es que parecía muy preocupado.

Y Breyda se sentía fatal por lo que les había hecho a ambos, a él y a _____________. Su idea parecía bastante sencilla en un principio. Si hubiese reflexionado un poco más…

¿Pero cómo iba a saber quién era Joe? Claro, que su nombre podía haber hecho sonar algún timbre en su mente; de todos modos, su especialidad era la Edad de Bronce griega que, hasta para la época de Joe, era la Prehistoria.

Y tampoco había creído que el tipo del libro fuese realmente humano. Pensaba que era alguna clase de genio o criatura mágica, sin pasado ni sentimientos.

¡Señor!, cuando metía la pata lo hacía hasta el fondo.

Meneando la cabeza, observó cómo Joe rechazaba otra oferta, esta vez procedente de una atractiva pelirroja. El hombre era un verdadero imán de estrógenos.

Acabó la lectura.

Joe esperó unos minutos y se acercó a la mesa.

— Llévame con ____________.

No era una petición, no. Estaba segura de que era el mismo tono de voz que empleaba para dirigir a su ejército en mitad de una batalla.

— Dijo que…

— No me importa lo que dijese. Necesito verla.

Breyda envolvió la baraja en el pañuelo negro de seda. ¿Qué demonios? Tampoco es que necesitara que su mejor amiga volviera a hablarle.

— Vas directo a tu funeral.

— Ojalá —dijo en voz tan baja que ella no pudo estar segura de haber escuchado correctamente.

La ayudó a recoger sus trastos para meterlos en el carrito, y llevarlo todo hasta la pequeña caseta que tenía alquilada para guardarlo.

Sin pérdida de tiempo, llegaron a casa de __________.

Aparcaron en el camino del jardín justo cuando _________ estaba guardando sus maletas.

— ¡Hola, _______! —saludó Breyda—. ¿Dónde vas?

Ella miró furiosa a Joe.

— Me marcho por unos días.

— ¿Dónde? —le preguntó su amiga.

_________ no contestó.

Joe salió del coche y se acercó a ella. Iba a arreglar las cosas, costase lo que costase.

_________ arrojó una bolsa al maletero y se alejó de Joe.

Él la cogió por un brazo.

— No has contestado a la pregunta.

Ella se zafó de su mano.

— ¿Y qué vas a hacer, pegarme si no lo hago? —le dijo, mirándolo con los ojos entrecerrados.

Joe se encogió ante el evidente rencor.

— ¿Y te extrañas de que quiera marcharme? —Entonces se dio cuenta. A ________ le estaba costando horrores contener las lágrimas. Tenía los ojos húmedos y brillantes. La culpa lo asaltó—. Lo siento, _________ —murmuró mientras cubría su mejilla con la mano—. No pretendía hacerte daño.

________ observó la batalla que mantenían el arrepentimiento y el deseo en el rostro de Joe. Su caricia era tan tierna y tan suave… Por un instante, estuvo a punto de creer que, en realidad, él se preocupaba por ella.

— Yo también lo siento —susurró—. Ya sé que no tienes la culpa.

Él soltó una brusca y amarga carcajada.

— En realidad, todo lo que sucede es culpa mía.

— ¡Eh! ¿Me puedo fiar de vosotros? —preguntó Breyda.

Joe miró a _________ con ardiente intensidad, atrapando su mirada y haciéndola temblar.

— ¿Quieres que me vaya? —le preguntó.

No, no quería. Ésa era la base de todo el problema. Que no quería que volviera a abandonarla. Jamás.

________ cogió las manos de Joe entre las suyas y las apartó de su rostro.

— Todo está solucionado, Breyda.

— En ese caso, me voy a casa. Nos vemos.

_________ apenas si fue consciente de que su amiga ponía en marcha el coche y se alejaba. Toda su atención estaba puesta en Joe.

— ¿Ahora me vas a decir dónde vas? —le preguntó.

Por primera vez, desde que la policía se marchó, __________ sintió que podía respirar. Con la presencia de Joe, el miedo se desvaneció como la niebla bajo el sol.
_____________Continuacion...


Se sentía segura.

— ¿Recuerdas lo que te conté sobre Rodney Carmichael?

Él asintió.

— Estuvo aquí hace un rato. Él… él me inquieta.

La expresión gélida y severa que adoptó el rostro de Joe la dejó atónita.

— ¿Dónde está ahora?

— No lo sé. Se esfumó al llegar la policía. Por eso me marchaba. Iba a quedarme en un hotel.

— ¿Todavía quieres marcharte?

________ negó con la cabeza. Con él allí, se sentía completamente a salvo.

— Cogeré tu bolsa —le dijo. La sacó y cerró el maletero.

_________ se encaminó hacia la casa.

Pasaron el resto del día en una apacible soledad. Al llegar la noche, se tumbaron delante del sofá, reclinados sobre los cojines.

_________ apoyó la cabeza en el duro vientre de Joe mientras acaba de leerle Peter Pan y hacía todo lo posible para no distraerse con el maravilloso olor que desprendía su cuerpo. Y con lo maravillosamente bien que estaba, apoyada sobre sus abdominales.

Tenía que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no darse la vuelta y explorar los firmes músculos de su torso con la boca.

Joe le acariciaba lentamente el pelo mientras la observaba. Señor, sus manos hacían que le ardiera la piel. Le hacían desear arrancarle la ropa y saborear cada centímetro de su cuerpo.

— Fin —dijo ella, cerrando el libro.

La abrasadora mirada de Joe le quitó el aliento.

Se estiró y arqueó levemente la espalda, apoyándose con más fuerza sobre él.

— ¿Quieres que te lea algo más?

— Sí, por favor. Tu voz me relaja.

Ella lo miró fijamente por un instante y, después, sonrió. No recordaba que ningún otro cumplido hubiese significado tanto para ella como aquél.

— Tengo la mayoría de los libros en mi habitación —le dijo mientras se ponía en pie—. Vamos, te enseñaré mi tesoro escondido y encontraremos algo que nos guste.

La siguió escaleras arriba.

_______ notó que Joe observaba la cama con deseo y después la miraba a ella.

Fingió no darse cuenta y abrió la puerta del enorme vestidor. Encendió la luz y pasó una mano con cariño por las estanterías que su padre había colocado tantos años atrás.

Su padre y su mejor amigo se lo habían pasado en grande mientras colocaban las estanterías. Los dos eran profesores, y tenían la habitación hecha un desastre. Su padre acabó con dos uñas negras antes de que todo estuviese terminado. Su madre no había dejado de reírse y de llamar a su marido «carpintero profesional», pero a él no parecía importarle. La expresión de orgullo en su rostro cuando todo estuvo terminado, y los libros de _________ colocados en las estanterías, quedó impresa para siempre en el corazón de su hija.

Cómo adoraba esa estancia. Aquí era donde realmente sentía el amor de sus padres. Aquí se refugiaba y huía de los problemas y sufrimientos que la perseguían.

Cada libro guardado allí era un recuerdo especial, y todos ellos formaban parte de su mundo. Miró a su izquierda y vio Shanna, con la que había comenzado su afición a la novela romántica. The Wolfling, la había introducido en la ciencia ficción. Y su adorado Bimbos del Sol Muerto, su primera novela de misterio.

También estaban allí las viejas novelas de sus padres, y las tres copias de los libros de texto que su padre había escrito antes de que ella naciera.

Éste era su santuario y Joe era, sin contar a sus padres, la primera persona que ponía un pie en él.

— Llevas tiempo coleccionando libros —comentó él mientras echaba un vistazo a las estanterías.

Ella asintió.

— Fueron mis mejores amigos mientras crecía. Creo que el amor por la lectura es el mejor regalo que mis padres me han dado —alzó el libro de Peter Pan—. Éste era de mi padre, de cuando era niño. Es mi posesión más preciada.

Lo devolvió a una de las estanterías y cogió un ejemplar de Belleza Negra.

— Mi madre me leía éste una y otra vez.

Hizo un pequeño recorrido, mostrándole sus libros.

— Rebeldes —susurró con adoración—. Era mi libro favorito en el instituto. ¡Ah!, junto con éste, ¿Puedes demandar a tus padres por abuso de autoridad?

Joe se rió.

— Ya veo que significan mucho para ti. Se te ilumina el rostro cuando hablas de ellos.

Algo en su mirada le dijo a _________ que él estaba pensando en otro modo de hacer que se iluminara…

Tragando saliva ante la idea, se dio la vuelta y rebuscó en la estantería de la derecha, donde guardaba los clásicos, mientras Joe seguía mirando los de la izquierda.

— ¿Qué te parece éste? —le preguntó él, con una de sus novelas románticas en la mano.

________ soltó una risita nerviosa al ver a la pareja que se abrazaba medio desnuda en la portada.

— ¡Señor!, me parece que no.

Él miró la portada y alzó una ceja.

— Vale —dijo _________ quitándole el libro de la mano—. Has descubierto mi más profundo secreto. Soy una adicta a las novelas románticas, pero lo último que necesitas es que te lea una apasionada escena de amor en voz alta. Muchísimas gracias, pero no.

Joe le miró fijamente los labios.

— Preferiría recrear una apasionada escena de amor contigo —dijo en voz baja, acercándose a ella.

_________ comenzó a temblar. Tenía la espalda pegada a la estantería y no podía retroceder más. Joe colocó un brazo sobre su cabeza y acercó su cuerpo al suyo, hasta dejarlos unidos. Entonces, bajó la cabeza y se acercó a su boca.

_______ cerró los ojos. La presencia de Joe inundaba todos sus sentidos. La rodeaba de una forma extremadamente perturbadora.

Por una vez, él mantuvo las manos quietas y se limitó a tocarla tan sólo con los labios. Daba igual. La cabeza de ________ comenzó a girar de todos modos.
_________________ _Continuacion...


¿Cómo había podido su esposa elegir a otro hombre teniéndolo a él? ¿Cómo podía rechazarlo una mujer en su sano juicio? Este hombre era el paraíso.

Joe profundizó el beso, explorando su boca con la lengua. __________ sentía los latidos de su corazón mientras él se acercaba aún más y sus músculos la envolvían.

Jamás había sido tan consciente de la presencia de otro ser humano. Él la ponía al límite, le hacía experimentar sensaciones que no sabía que pudiesen existir.

Joe se retiró un poco y apoyó la mejilla sobre la de _________. Su aliento caía sobre su pelo y le erizaba la piel.

— Tengo unos deseos horribles de estar dentro de ti, _________ —murmuró—. Quiero sentir tus piernas alrededor de mi cuerpo, sentir tus pechos debajo de mí, escucharte gemir mientras te hago el amor lentamente. Quiero que tu aroma quede impreso en mi cuerpo y que tu aliento me queme la piel.

Todo su cuerpo se tensó antes de separarse de ella.

— Pero ya estoy acostumbrado a desear cosas que no puedo tener —susurró.

Ella le tocó el brazo. Joe cogió su mano, se la llevó a los labios y depositó un rastro de pequeños besos sobre los nudillos.

El deseo que se reflejaba en su apuesto rostro hacía que a ________ le doliera todo el cuerpo.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:10

— Busca un libro y me comportaré.

Tragó saliva mientras él se alejaba. Entonces, se fijó en su viejo ejemplar de La Ilíada. Sonrió. Le iba a encantar, estaba segura.

Lo cogió y bajó las escaleras.

Cristiano estaba sentado delante del sofá.

— ¡Adivina lo que he encontrado! —exclamó ________ excitada.

— No tengo la más remota idea.

Ella lo sostuvo en alto y sonrió.

— ¡La Ilíada!

Joe se animó al instante y los hoyuelos relampaguearon en su rostro.

— Cántame, ¡Oh Diosa!

— Muy bien —respondió ella, sentándose a su lado—. Y esto te va a gustar todavía más: es una versión bilingüe; con el original griego y la traducción inglesa.

Y se lo dejó para que lo viera.

La expresión de Joe fue la misma que habría puesto si le hubieran entregado el tesoro de un rey. Abrió el libro y, de inmediato, sus ojos volaron sobre las páginas mientras pasaba la mano reverentemente por las hojas, cubiertas con la antigua escritura griega.

Era incapaz de creer que estuviese viendo de nuevo su idioma escrito, después de tanto tiempo. Hacía una eternidad que no lo leía en otro lugar que no fuese su brazo.

Siempre le habían encantado La Ilíada y La Odisea. De niño, había pasado horas oculto tras los barracones, leyendo pergaminos una y otra vez; o escabulléndose para escuchar a los bardos en la plaza de la ciudad.

Entendía muy bien lo que sentía ________ por sus libros. Él había sentido lo mismo en su juventud. A la más mínima oportunidad, se escapaba a su mundo de fantasía, donde los héroes siempre triunfaban, los demonios y villanos eran aniquilados, y los padres y las madres amaban a sus hijos.

En las historias no había hambre ni dolor, sino libertad y esperanza. Fue a través de esas historias como aprendió lo que eran la compasión y la ternura. El honor y la integridad.

_______ se arrodilló junto a él.

— Echas de menos tu hogar, ¿verdad?

Joe apartó la mirada. Sólo echaba de menos a sus hijos.

Al contrario que a Kyrian, la lucha nunca le había atraído. El hedor de la muerte y la sangre, los quejidos de los moribundos. Sólo había luchado porque era lo que se esperaba de él. Y había liderado un ejército porque, como bien dijo Platón, cada ser humano está capacitado por naturaleza para realizar una actividad a la cual se entrega. Por su naturaleza, Joe siempre había sido un líder y no podía seguir las órdenes de nadie.

No, no lo echaba de menos, pero…

— Fue lo único que conocí.

________ le rozó el hombro, pero fue la preocupación que reflejaban sus ojos grises lo que le desarmó.

— ¿Querías que tu hijo fuese un soldado? ___Continuacion...


Él negó con la cabeza.

— Jamás quise que truncaran su juventud como les ocurrió a tantos de mis hombres —contestó con la voz ronca—. Bastante irónico, ¿no es cierto? Ni siquiera le habría permitido que jugara con la espada de madera que Kyrian le regaló para su cumpleaños; ni le hubiese dejado tocar la mía mientras estuviese en casa.

_________ enlazó las manos en su cuello y tiró de él para acercarlo. Sus caricias eran tan increíblemente relajantes… Hacían que la soledad doliese aún más.

— ¿Cómo se llamaba?

Joe tragó saliva. No había pronunciado los nombres de sus hijos desde el día de su muerte. No se había atrevido pero, no obstante, quería compartirlos con ________.

— Atolycus. Mi hija se llamaba Calista.

__________ lo miró con una sonrisa triste, como si compartiera su dolor por la pérdida.

— Tenían unos nombres preciosos.

— Eran unos niños preciosos.

— Si se parecían en algo a ti, me lo creo.

Eso había sido lo más hermoso que nadie le había dicho jamás.

Joe le pasó la mano por el pelo, dejando que los mechones se escurrieran sobre su palma. Cerró los ojos y deseó poder quedarse así para siempre.

El miedo a tener que abandonarla lo estaba destrozando. Nunca le había gustado la idea de ser engullido por aquel desolado infierno que era el libro; pero ahora, al pensar que jamás volvería a verla, que jamás volvería a oler el dulce aroma de su piel, que sus manos jamás volverían a rozar el suave rubor de sus mejillas…

No podía soportarlo. Era demasiado.

¡Por los dioses!, y había creído hasta entonces que estaba maldito…

________ se alejó un poco, lo besó suavemente en los labios y cogió el libro.

Joe tragó. Ella quería rescatarlo y, por primera vez durante todos aquellos siglos, quería ser rescatado.

Se tendió en el suelo para que _________ pudiese apoyar la cabeza en él. Le encantaba sentirla así. Sentir su pelo extendiéndose sobre los brazos y el torso.

Estuvieron tendidos en el suelo hasta las primeras horas de la madrugada; Joe la escuchaba mientras leía la Iliada y narraba las historias de Aquiles.

Observaba cómo el cansancio iba haciendo mella en ella, pero continuaba leyendo. Finalmente, cerró los ojos y se quedó dormida.

Joe sonrió y le quitó el libro de las manos para dejarlo a un lado. Le acarició la mejilla con la palma de la mano durante un instante.

No tenía sueño. No quería desaprovechar ni un solo segundo del tiempo que tenía para estar a su lado. Quería contemplarla, tocarla. Absorberla. Porque atesoraría esos recuerdos durante toda la eternidad.

Nunca había pasado una noche así: tumbado tranquilamente en el suelo junto a una mujer, sin que ella montara su cuerpo y le exigiese que la tocara y la poseyera.

En su época, los hombres y las mujeres no solían pasar demasiado tiempo juntos. Durante las temporadas que pasó en su hogar, Lys le hablaba en raras ocasiones. De hecho, no había demostrado mucho interés en él.

Por las noches, cuando la buscaba, no lo rechazaba. Pero, no obstante, no estaba ansiosa por sus caricias. Siempre había conseguido engatusarla para que su cuerpo le respondiera apasionadamente, pero no así su corazón.

Deslizó las manos por el pelo negro de _________, extasiado por la sensación de tenerlo entre los dedos. Su mirada se detuvo sobre su anillo. Brillaba tenuemente, captando la escasa luz de la estancia.

En su mente, lo veía cubierto de sangre. Recordaba cómo se le clavaba en el dedo mientras blandía la espada en mitad de una batalla. Ese anillo lo había significado todo para él, y no le había resultado fácil conseguirlo. Se lo había ganado con el sudor de su frente y con las numerosas heridas que sufrió su cuerpo. Le había costado mucho, pero había merecido la pena.

Durante un tiempo fue respetado, aunque no lo amaran. En su vida como mortal, eso había sido esencial.

Suspirando, echó la cabeza hacia atrás para apoyarse en el cojín del sofá que había puesto sobre el suelo y cerró los ojos.

Cuando por fin se deslizó entre las neblinas del sueño, no fueron los rostros del pasado los que poblaron su mente, fue la imagen de unos claros ojos grises que se reían con él, de una negra melena que se desparramaba por su pecho y de una voz suave que leía palabras que le resultaban familiares aunque, de algún modo, extrañas.

_______ se desperezó lánguidamente al despertarse. Abrió los ojos y se sorprendió al darse cuenta de que tenía la cabeza sobre el abdomen de Joe. Él tenía la mano enterrada en su pelo y, por la respiración relajada y profunda, supo que todavía estaba dormido.

Alzó la mirada hacia su rostro. Tenía una expresión tranquila, casi infantil.

Y entonces fue consciente de algo: no había tenido la pesadilla. Había dormido toda la noche.

Sonriendo, intentó levantarse muy despacio para no despertarlo.

No funcionó. Tan pronto como levantó la cabeza, Joe abrió los ojos y la abrasó con una intensa mirada.

— _______ —dijo en voz baja.

— No quería despertarte.

Ella señaló las escaleras con el pulgar.

— Iba arriba a darme una ducha. ¿Debería cerrar la puerta?

La recorrió con ojos ardientes.

— No, creo que puedo comportarme.

Ella sonrió.

— Me parece que ya he oído eso antes.

Joe no contestó.

________ subió y se dio una ducha rápida.

Una vez acabó, fue a su habitación y se encontró a Joe tumbado en la cama, hojeando su ejemplar de La Ilíada.

La miró con expresión absorta al darse cuenta de sólo llevaba puesta una toalla. Una lasciva sonrisa hizo que sus hoyuelos aparecieran en todo su esplendor, y la temperatura del cuerpo de ________ ascendió varios grados.

— Me pongo la ropa y…

— No —le dijo con tono autoritario
Continuacion...


— ¿Que no qué? —preguntó incrédula.

La expresión de joe se suavizó.

— Preferiría que te vistieras aquí.

— Joe…

— Por favor.

________se puso muy nerviosa ante la petición. Jamás había hecho algo así en su vida. Y se sentía avergonzada.

— Por favor, por favor… —volvió a rogarle con una leve sonrisa.

¿Qué mujer le diría que no a una expresión como ésa?

Lo miró con recelo.

— No te atrevas a reírte —le dijo mientras abría vacilante la toalla.

Joe miró sus pechos con ojos hambrientos.

— Puedes estar completamente segura de que la risa es lo último que se me pasa por la mente en estos momentos.

Y entonces, se levantó de la cama y se acercó a la cómoda, donde _________ guardaba la ropa interior, con los movimientos gráciles de un depredador. Un extraño escalofrío recorrió la espalda de _________ mientras observaba cómo la mano de Joe rebuscaba entre sus braguitas hasta encontrar las de seda negra que Breyda le había regalado de broma.

Joe las sacó y se arrodilló en el suelo delante de ella, con toda la intención de ayudarla a ponérselas. Sin aliento y totalmente entregada a la seducción, ______ miró su cabello mientras elevaba una pierna para dejar que él le pasara las braguitas por el pie.

Tras sus manos, que deslizaban la seda ascendiendo por su pierna, sus labios dejaban un reguero de besos que la hicieron estremecerse. Para mayor devastación de todos sus sentidos, abrió las manos y las colocó sobre sus muslos con los dedos totalmente extendidos. Y lo que fue aún peor, una vez las braguitas estuvieron colocadas en su sitio, la acarició levemente entre las piernas antes de apartarse.

A continuación, sacó el sujetador negro a juego.

Como una muñeca sin voluntad propia, dejó que se lo pusiera. Las manos de Joe rozaron los pezones, mientras abrochaba el enganche delantero; una vez cerrado, las deslizó bajo el satén y la acarició con deleite, erizándole la piel.

Joe inclinó la cabeza y capturó sus labios. Podía sentir el fuego consumiéndolo, exigiéndole que la poseyera. Exigiéndole que aliviara el dolor de su entrepierna aunque fuese por un instante.

_________ gimió cuando él profundizó el beso y se dejó llevar por completo. Joe la alzó en brazos para tenderla sobre la cama. De forma instintiva, ella le rodeó la cintura con las piernas y siseó al sentir los duros abdominales presionando sobre su sexo.

Joe le pasó las manos por la espalda. La visión de su cuerpo húmedo y desnudo estaba grabada a fuego en su mente. Había llegado a un punto sin retorno cuando un destello de luz cegadora iluminó la habitación.

Con los ojos doloridos por el resplandor, Joe se separó de ella.

— ¿Has sido tú? —le preguntó ella sin aliento, mirándolo arrobada.

Risueño, Joe negó con la cabeza.

— Ojalá pudiera atribuírmelo, pero estoy bastante seguro de que tiene otro origen.

Echó un vistazo a la habitación y sus ojos se detuvieron sobre la cama. Parpadeó.

No podía ser…

— ¿Qué es eso? —preguntó _______, girándose para mirar la cama.

— Es mi escudo —contestó Joe, incapaz de creerlo.

Hacía siglos que no veía su escudo. Atónito, lo contempló fijamente. Estaba en el mismo centro de la cama y emitía débiles destellos bajo la luz.

Conocía cada muesca y arañazo que había en él; recordaba cada uno de los golpes que los habían producido.

Temeroso de estar soñando, alargó el brazo para tocar el relieve en bronce de Atenea y su búho.

— ¿Y tu espada también?

Joe le agarró la mano antes de que pudiera tocarla.

— Ésa es la Espada de Cronos. No la toques jamás. Si alguien que no lleva su sangre la toca, su piel quedará marcada para siempre con una terrible quemadura.

— ¿En serio? —preguntó, bajándose de la cama para alejarse de la espada.

— En serio.

_________ miró a la cama con el ceño fruncido.

— ¿Qué hacen aquí?

— No lo sé.

— ¿Y quién los envía?

— No lo sé.

— Pues no me estás ayudando mucho.

Joe no pareció captar su sarcasmo. En lugar de darse por aludido, _______ lo observó contemplar su escudo. Pasaba la mano sobre él como un padre que mira con adoración a un hijo largo tiempo perdido.

Cogió su espada y la depositó en el suelo, debajo de la cama.

— No olvides que está aquí —le dijo muy serio—. Ten mucho cuidado de no tocarla.

Su expresión se volvió más ceñuda al incorporarse. Miró de nuevo el escudo.

— Debe ser obra de mi madre. Sólo ella o uno de sus hijos podrían enviármelos.

— ¿Y por qué iba a hacerlo?

Joe entrecerró los ojos mientras recordaba el resto de la leyenda que rodeaba a su espada.

— Estoy seguro de que ha enviado mi espada por si tengo que enfrentarme con Ares. La Espada de Cronos también es conocida como la Espada de la Justicia. No acabará con su vida, pero hará que ocupe mi lugar en el libro.

— ¿Estás hablando en serio?

Joe asintió.
______________Continuacion...


— ¿Puedo tocar el escudo?

— Claro.

_________ pasó la mano sobre las incrustaciones doradas y negras que formaban la imagen de Atenea y el búho.

— Es muy bonito —dijo, maravillada.

— Kyrian lo mandó hacer cuando me nombraron General Supremo.

________ acarició la inscripción grabada bajo la figura de Atenea.

— ¿Qué dice aquí?

— «La muerte antes que el deshonor» —dijo con un nudo en la garganta.

Joe sonrió con melancolía al recordar a Kyrian junto a él durante las batallas.

— El escudo de Kyrian decía: «El botín para el vencedor». Solía mirarme antes de la lucha, y decir: «Tú te llevas el honor, Joe, y yo me quedo con el botín».

________ permaneció en silencio al escuchar el extraño tono de su voz. Intentando imaginar su apariencia con el escudo en alto, se acercó un poco más.

— ¿Kyrian? ¿El hombre que fue crucificado?

— Sí.

— Lo apreciabas mucho, ¿verdad?

Él sonrió con tristeza.

— Le llevó un tiempo acostumbrarse a mí. Yo tenía veintitrés años cuando su tío lo asignó a mi tropa, después de advertirme concienzudamente de lo que me sucedería si dejaba que Su Alteza fuese herido.

— ¿Era un príncipe?

Joe asintió.

— Y no tenía miedo a nada. Apenas si llegaba a los veinte años y luchaba o se metía en peleas sin estar preparado, sin creer que pudiesen hacerle daño. Me daba la sensación de que cada vez que me daba la vuelta, tenía que sacarlo a rastras de algún extraño contratiempo. Pero resultaba muy difícil no apreciarlo. A pesar de su carácter exaltado, tenía un gran sentido del humor y era completamente leal. —Pasó la mano por el escudo—. Ojalá hubiese estado allí para poder salvarlo de los romanos.

__________ le acarició el brazo en un gesto comprensivo.

— Estoy segura de que los dos juntos habríais sido capaces de salir de cualquier atolladero.

Los ojos de Joe se iluminaron al escucharla.

— Cuando nuestros ejércitos marchaban juntos, éramos invencibles. —Tensó la mandíbula al mirarla—. Hubiese sido cuestión de tiempo que Roma fuese nuestra.

— ¿Por qué depreciabais tanto al Imperio Romano?

— Juré que destruiría Roma el mismo día que conquistaron Primaria. Kyrian y yo fuimos enviados para ayudarlos en la lucha, pero cuando llegamos era demasiado tarde. Los romanos habían rodeado la ciudad y habían asesinado salvajemente a todas las mujeres y a los niños. Jamás había visto una carnicería semejante. —Su mirada se oscureció—. Estábamos intentando enterrar a los muertos cuando los romanos nos tendieron una emboscada.

__________ se quedó helada al escucharlo.

— ¿Qué ocurrió?

— Derroté a Livio y estaba a punto de matarlo en el momento en que intervino Ares. Lanzó un rayo a mi caballo y caí en mitad de las tropas romanas. Estaba seguro de iba a morir cuando Kyrian apareció de la nada. Hizo retroceder a Livio hasta que pude ponerme en pie de nuevo. Livio llamó a sus hombres a retirada y desapareció antes de que pudiésemos acabar con él.

_________ fue consciente de la proximidad de Joe. Estaba detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de él. Colocó los brazos a ambos lados de su cuerpo, atrapándola entre él y la cama, y se apoyó sobre su espalda.

Ella apretó los dientes ante la ferocidad del deseo que la invadió. Joe no la estaba tocando, pero sus sentidos estaban tan desbocados como si sus manos la acariciasen. Él inclinó la cabeza y le mordisqueó el cuello.

La sensación de su lengua sobre la piel consiguió que todas sus hormonas cobraran vida. Arqueó la espalda mientras un estremecimiento le recorría los pechos. Si no lo detenía…

— Joe —balbució; su voz no logró trasmitir la advertencia que pretendía.

— Lo sé —susurró él—. Voy de camino a darme una ducha fría.

Mientras salía de la habitación, __________ lo escuchó gruñir una palabra en voz baja:

— Solo.

Después de desayunar, _________ decidió enseñarle a conducir.

— Esto es ridículo —protestó Joe mientras ________ aparcaba en el estacionamiento del instituto.

— ¡Venga ya! —se burló ella—. ¿No sientes curiosidad?

— No.

— ¿Que no?

Joe suspiró.

— Esta bien, un poco.

— Bueno, entonces imagina las historias sobre la gran bestia de acero que condujiste alrededor de un aparcamiento que podrás contarles a tus hombres cuando regreses a Macedonia.

Joe la miró perplejo.

— ¿Eso significa que estás de acuerdo con que me marche?

No --
quiso gritarle. Pero en lugar de eso, suspiró. En el fondo, sabía que jamás podría pedirle que abandonara todo lo que había sido para quedarse con ella.

Joe de Macedonia era un héroe. Una leyenda.

Jamás podría ser un hombre de carácter tranquilo del siglo veintiuno.

— Sé que no puedo hacer que te quedes conmigo. No eres un cachorrito abandonado que me ha seguido a casa.

Joe se tensó al escucharla. Tenía razón. Por eso le resultaba tan difícil abandonarla. ¿Cómo podía separarse de la única persona que lo veía como a un hombre?

No sabía por qué quería enseñarlo a conducir pero, de todas formas, notaba que se sentía feliz compartiendo su mundo con él. Y, por alguna razón que no quería analizar demasiado a fondo, le gustaba hacerla feliz.

— Muy bien. Enséñame a dominar a esta bestia.

________ salió del coche para que Joe pudiese sentarse en el asiento del conductor.

Tan pronto como Joe se sentó, ella hizo una mueca al ver a un hombre, de casi un metro noventa, encogido para poder acomodarse en un asiento dispuesto para una mujer de uno cincuenta y cinco.

— Lo siento, se me ha olvidado mover el asiento.
— No puedo moverme ni respirar, pero no te preocupes, estoy bien.
_______________Continuacion...


Ella se rió.

— Hay una palanca bajo el asiento. Tira de ella y podrás moverlo hacia atrás.

Joe lo intentó, pero el espacio era tan estrecho, que no la alcanzaba.

— Espera, yo lo haré.

Echó la cabeza hacia atrás cuando ________ se inclinó por encima de su muslo y apretó los pechos sobre su pierna para pasarle el brazo entre las rodillas. Su cuerpo reaccionó de inmediato, endureciéndose y comenzando a arder.

Cuando ella apoyó la mejilla sobre su entrepierna al tirar de la palanca, Joe pensó que estaba a punto de morir.

— ¿Te has dado cuenta de que estás en la posición perfecta para…?

— ¡JOE! —exclamó ella, retrocediendo para ver el abultamiento de sus vaqueros. Su rostro adquirió un brillante tono rojo—. Lo siento.

— Yo también —contestó él en voz baja.

Desafortunadamente, todavía tenía que mover el asiento, así que Joe se vio forzado a soportar la postura una vez más.

Apretando los dientes, alzó un brazo y se agarró al reposacabezas con fuerza. Era lo único que podía hacer para no ceder a la salvaje lujuria.

— ¿Estás bien? —le preguntó ella, una vez colocó el asiento en su sitio y volvió al suyo.

— ¡Claro! —contestó él con tono sarcástico—. Teniendo en cuenta que he caminado sobre brasas que resultaron menos dolorosas que lo que está soportando en este momento mi entrepierna, estoy fenomenal.

— Ya te he pedido perdón.

Él la miró fijamente.

________ le dio unas palmaditas en el brazo.

— Venga, ¿llegas bien a los pedales?

— Me encantaría llegar hasta los tuyos…

— ¡JOE! —exclamó de nuevo ___________. Era un hombre verdaderamente libidinoso—. ¿Quieres concentrarte?

— De acuerdo, ya me estoy concentrando.

— En mis pechos, no.

Joe bajó la mirada hacia el regazo de _______.

— Ni ahí tampoco.

Para su sorpresa, hizo un puchero semejante al de un niño enfadado. La expresión era tan extraña en él que _______ no tuvo más remedio que reírse de nuevo.

— Vale —le dijo ella—. El pedal que está a tu izquierda, es el embrague; el del medio es el freno y el de la derecha, el acelerador. ¿Te acuerdas de lo que te explicado sobre ellos?

— Sí.

— Bien. Ahora, lo primero que tienes que hacer es apretar el embrague y meter la marcha. —Y diciendo esto, colocó la mano sobre la palanca de cambios, situada entre los dos asientos, y le enseñó cómo debía moverla.

— En serio, _______. No deberías acariciar eso de esa forma delante de mí. Es una crueldad por tu parte.

— ¡JOE! ¿Te importaría prestar atención? Estoy intentando enseñarte a cambiar de marcha.

Él resopló.

— Ojalá me cambiaras a mí las marchas del mismo modo.

Con un brillo malicioso en los ojos, soltó el embrague antes de la cuenta y el coche se caló.

— Se supone que esto no debería pasar, ¿verdad? —preguntó.

— No, a menos que quieras tener un accidente.

Él suspiró y lo intentó de nuevo.

Una hora más tarde, después que se las hubiera arreglado para dar una vuelta alrededor del estacionamiento sin golpear los postes y sin que el coche se le calara, __________ se dio por vencida.

— Menos mal que fuiste mejor general que conductor.

— Ja, ja —exclamó él sarcásticamente, pero con un brillo en la mirada que indicó a _______ que no estaba ofendido—. Lo único que alegaré en mi defensa es que el primer vehículo que conduje fue un carro de guerra.

________ le sonrió.

— Bueno, en estas calles no estamos en guerra.

Con una mirada escéptica, él le respondió:

— Yo no diría eso después de haber visto las noticias de la noche. —Apagó el motor—. Creo que dejaré que conduzcas un rato.

— Muy inteligente por tu parte. No puedo permitirme comprar un coche nuevo de ninguna forma.

Salió del coche para cambiar de asiento; pero al cruzarse a la altura del maletero, Joe la sostuvo para darle un beso tan tórrido que ella acabó mareada. Él le cogió las manos y las sostuvo sobre sus estrechas caderas mientras mordisqueaba sus labios.
__________Continuacion...


¡Santo Dios! Una mujer podía acostumbrarse a eso con mucha facilidad. Mucha, mucha facilidad.

Joe se separó.

— ¿Quieres llevarme a casa para que te mordisquee otras cosas?

Sí, eso era lo que quería. Y por eso no se atrevía. De hecho, el beso la había dejado tan trastornada que no podía ni hablar.

Joe sonrió ante la mirada extraviada y hambrienta de ________. Estaba observando sus labios como si aún pudiese saborearlos. En ese momento, la deseó más que nunca. Deseó poder arrancarle la goma del pelo y dejar que su melena se desparramara sobre su pecho, una vez estuviera tendida sobre él.

Cómo deseaba estar de regreso en su casa donde pudiese quitarle los pantalones cortos y escuchar sus dulces murmullos de placer mientras él le…

— El coche —dijo ella, parpadeando como si despertara de un sueño—. Íbamos a entrar en el coche.

Joe le dio un pequeño beso en la mejilla.

Una vez dentro del coche y con los cinturones de seguridad abrochados, _________ lo miró de soslayo.

— ¿Sabes una cosa? Creo que hay dos cosas en Nueva Orleáns que deberías experimentar.

— En primer lugar, tengo que poseerte en un…

— ¿Es que no vas a parar?

Joe se aclaró la garganta.

— Está bien. ¿Cuál es tu lista?

— Bourbon Street y la música moderna. Y de una de ellas nos podemos encargar ahora mismo. —Y puso la radio.

Se rió al reconocer Hot Blooded de Foreigner. Qué apropiado, dado su pasajero.

Joe lo escuchó, pero no pareció muy impresionado.

________ cambió la emisora.

Él frunció el ceño.

— ¿Qué has hecho?

— He cambiado de emisora. Lo único que hay que hacer es apretar los botones.

Él jugueteó y cambió de emisora un rato, hasta que encontró Love Hurts de Nazareth.

— Su música es interesante.

— ¿Te hace añorar la tuya?

— Dado que la mayoría de la música que escuchaba procedía de las trompetas y los tambores que nos acompañaban a la batalla, no. Creo que soy capaz de apreciar esto.

— ¿El qué? —preguntó ella juguetona—. ¿La música o el hecho de que el amor hace daño?

El rostro de Joe adquirió una expresión seria, dejando de lado el humor.

— Puesto que no he conocido nunca lo que es el amor, no sabría decirte si hace daño o no. Pero me imagino que ser amado no debe hacer tanto daño como el no serlo.

El pecho de _______ se encogió ante sus palabras.

— Entonces —dijo ella cambiando de tema—, ¿qué quieres hacer cuando regreses a tu casa?

— No lo sé.

— Probablemente irás a darle una buena patada en el cu*lo a Escipión, ¿verdad?

Él se rió ante la idea.

— Ya me gustaría.

— ¿Por qué? ¿Qué te hizo?

— Se cruzó en mi camino.

Vale, no era eso lo que ella esperaba escuchar.

— Y a ti no te gusta que nadie se cruce en tu camino, ¿cierto?

— ¿Te gusta a ti?

Ella sopesó la pregunta antes de responder.

— Supongo que no.

Para cuando llegaron a Bourbon Street, la calle había sido invadida por la multitud típica de un domingo por la tarde. _________ se abanicó el rostro, luchando contra el intenso calor.

Miró a Joe, que apenas si sudaba; las gotitas de sudor le conferían un nuevo atractivo. El pelo húmedo se le rizaba alrededor de la cara y con esas gafas oscuras… ¡Ooooh, Señor!

Por supuesto que su atractivo quedaba aún más enfatizado gracias a la camiseta blanca, de mangas cortas, que se le adhería a los hombros y a la tableta de chocolate que tenía por abdominales. Mientras dejaba que su mirada vagara hasta el botón de sus vaqueros, deseó haberle comprado unos más anchos.

Pero dado su seductor modo de andar, que decía mucho acerca de su confianza en sí mismo, ________ dudaba mucho de que unos vaqueros más anchos pudiesen ocultar tan tremenda sensualidad.

Joe se detuvo al pasar junto a un club de striptease. A su favor ______ tuvo que admitir que ni siquiera jadeó al mirar a las mujeres tan escandalosamente vestidas, que se contoneaban tras el cristal, pero su sorpresa fue bastante evidente.

Mirándole como si quisiera devorarlo, una exótica bailarina se mordió el labio inferior y se pasó la lengua por él de forma sugerente, mientras se tocaba los pechos. Le hizo un gesto con un dedo para que entrara al local.

______________Continuacion...


Joe se dio la vuelta.

— Nunca habías visto algo así, ¿verdad? —preguntó _________, intentando disimular el malestar que sentía ante los gestos de la mujer, y el alivio que la invadió al ver la reacción de Joe.

— Roma —contestó simplemente.

Ella se rió.

— No eran tan decadentes, ¿o sí?

— Te sorprendería saber cuánto. Por lo menos aquí nadie hace una orgía en… —y su voz se perdió al pasar junto a una pareja que se lo estaba montando en una esquina—. Déjalo.

________ se rió a carcajadas.

— ¡Ooooh Señor! —exclamó una prostituta, al pasar junto a otro club, haciendo un gesto a Joe—. Entra y te lo hago gratis.

Él meneó la cabeza sin detenerse. _______ lo cogió de la mano y lo detuvo.

— ¿Se comportaban así las mujeres antes de la maldición?

Él asintió.

— Por eso el único amigo que tuve fue Kyrian. Los hombres que conocía no podían aguantar la atención que me prestaban; las mujeres me perseguían allí donde estuviésemos, intentando arrancarme la armadura.

________ se detuvo a pensar por un momento.

— Y tú no estás seguro de que todas esas mujeres te amaron, ¿verdad?

La miró con una chispa de diversión.

— El amor y la lujuria no son lo mismo. ¿Cómo puedes amar a alguien a quien no conoces?

— Supongo que tienes razón.

Siguieron caminando por la calle.

— Cuéntame cosas sobre tu amigo. ¿Por qué no le importaba que las mujeres se quedaran con la boca abierta al verte?

Joe sonrió, mostrando sus hoyuelos.

— Kyrian estaba profundamente enamorado de su esposa, y no le importaba ninguna otra mujer. Jamás me vio como un competidor.

— ¿Conociste a su esposa?

Joe negó con la cabeza.

— Aunque nunca lo hablamos, creo que los dos intuíamos que sería una mala idea.

_______ percibió el cambio en su rostro. Estaba recordando a Kyrian, seguro.

— Te culpas por lo que le sucedió, ¿verdad?

Él apretó los dientes mientras imaginaba lo que debía haber sentido su amigo al ser capturado por los romanos. Considerando las ganas que habían tenido de atraparlos a ambos, no había duda de lo que lo habían hecho sufrir antes de matarlo.

— Sí —contestó en voz baja—. Sé que tengo la culpa. Si no hubiese despertado la ira de Ares, habría estado allí para ayudar a Kyrian a luchar contra ellos.

Y sabía con absoluta certeza que la desgracia de Kyrian provenía del hecho de haber sido tan estúpido como para ser su amigo.

Lanzó un suspiro.

— Una vida brillante que no debería haber acabado así. Si tan sólo hubiese aprendido a controlar su osadía, habría llegado a ser un magnífico gobernador —dijo, cogiendo la mano de ________ y dándole un ligero apretón.

Caminaron en silencio, mientras ________ intentaba pensar en el modo de animarlo.

---------------------------------------------------------------------
___ _______ __ ___
Continuacion...


Al pasar por la Casa del Vudú de Marie Laveau, ella se detuvo y lo arrastró al interior.

Le explicó los orígenes del vudú mientras recorrían el museo de miniaturas.

— ¡Uuuh! —dijo cogiendo un muñeco de vudú de una estantería—. ¿Quieres vestirlo como Ares y clavarle unos cuantos alfileres?

Joe se rió.

— ¿Por qué no imaginarnos que es Rodney Carmichael?

__________ suprimió una sonrisa.

— Eso sería muy poco profesional por mi parte, ¿no es cierto?... Pero me resulta muy tentador.

Dejó el muñeco en su sitio y se fijó en el mostrador de cristal, donde estaban colocados los amuletos y la bisutería. Justo en el centro, había un collar de cuentas negras, azules y verdes, trenzadas de un modo tan intrincado que daban la sensación de ser un delgado hilo negro.

— Trae buena suerte a quien lo lleva —le dijo la vendedora al percibir el interés de _______—. ¿Le gustaría verlo de cerca?

_______ asintió.

— ¿Funciona?

— ¡Sí! Está trenzado siguiendo un poderoso diseño.

_________ no estaba muy segura de que debiera creérselo; pero entonces recordó que, hacía apenas una semana, jamás habría creído que dos mujeres borrachas pudieran devolver a la vida a un general Macedonio.

Pagó a la mujer y se acercó a Joe.

— Agáchate —le dijo.

Él la miró con escepticismo.

— ¡Vamos! —le acució ella—. Dame el gusto, anda.

La vendedora se rió al ver a ________ colocarle el amuleto aJor en el cuello.

— Ese chico no necesita ningún tipo de suerte para aumentar su encanto. Lo que necesita es un hechizo que disperse la atención de todas esas mujeres que le están mirando el trasero ahora que está agachado.

_______ miró por encima del hombro de Joe y observó a tres mujeres que babeaban al mirarle el cu*lo. Por primera vez, sintió un horrible ramalazo de celos.

Pero la sensación se evaporó por completo cuando Joe le dio un cariñoso beso en la mejilla antes de incorporarse. Con una mirada diabólica, le pasó un brazo alrededor de los hombros en un gesto posesivo.

Al pasar junto a las mujeres, _________ no pudo suprimir un travieso impulso. Se detuvo junto a ellas y las interpeló.

— Por cierto, desnudo está muchísimo mejor.

— Y tú que no pierdes oportunidad de comprobarlo, cariño —comentó Joe mientras se ponía las gafas de sol y comenzaba a andar con el brazo aún sobre sus hombros.

Ella le pasó la mano por la cintura y la metió en el bolsillo delantero del pantalón, mientras él la atraía más hacia su cuerpo.

— ¿Sabes una cosa? —le susurró al oído—. Si bajases la mano un poquito más, no me importaría en absoluto.

Ella le dio un pequeño apretón, pero dejó la mano donde estaba.

Las miradas de envidia de las mujeres los persiguieron mientras se alejaban caminando por la acera.

Para cenar, _______ llevó a Joe a la Marisquería de Mike Anderson. Hizo una mueca al ver que depositaban un plato de ostras para Joe sobre la mesa.

— ¡Puaj! —exclamó ella cuando él se comió una.

Muy ofendido, Joe resopló.

— Están deliciosas.

— Para nada.

— Eso es porque no sabes cómo tienes que comerlas.

— Claro que sé. Abres la boca y dejas que ese bicho viscoso se deslice por tu garganta.

Joe bebió un trago de su cerveza.

— Ésa es una forma de comerlas.

— Así acabas de hacerlo tú.

— Cierto, pero ¿no te gustaría probar otro modo?

Ella se mordió el labio, indecisa. Algo en el comportamiento de Joe le indicaba que podía ser peligroso aceptar su desafío.

— No sé.

— ¿Confías en mí?

— No mucho —resopló ella.

Él se encogió de hombros y dio otro trago a la cerveza.

— Tú te lo pierdes.

— ¡Vale, está bien! —se rindió ella, demasiado curiosa como para continuar negándose—. Pero si me dan arcadas, recuerda que te lo advertí.

Jor tiró de la silla de ________ con los talones hasta colocarla a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaban. Se secó las manos en los vaqueros, y cogió la ostra más pequeña.

— Muy bien entonces —le susurró al oído y le pasó el otro brazo por los hombros—. Echa la cabeza hacia atrás.

______ obedeció. Él deslizó los dedos por su garganta, causándole una oleada de escalofríos. Ella tragó, sorprendida por la ternura de sus caricias. Sorprendida por lo bien que se sentía con él a su lado.

— Abre la boca —le dijo en voz baja, mientras le rozaba el cuello con la nariz.

Ella volvió a obedecer.

Joe dejó que la ostra resbalara hasta su boca. Cuando ________ la tragó y comenzó a bajar por su garganta, Joe pasó la lengua por su cuello en dirección contraria.

________ se estremeció ante la inesperada sensación. Los pezones se le endurecieron y un millón de escalofríos recorrieron su piel. ¡Era increíble! Y por primera vez, no le importó para nada el sabor de la ostra.

— ¿Te ha gustado? —le preguntó, juguetón.

Ella no pudo evitar sonreír.

— Eres incorregible.

— Eso intento.

— Y lo consigues a las mil maravillas.

Antes de que Joe pudiera responder, sonó su teléfono móvil.

— ¡Puf! —resopló mientras lo sacaba del bolso. Quienquiera que fuese, ya podía tener algo importante que decirle.

Contestó.

— ¿_________?

Ella se encogió al escuchar la voz de Rodney.

— Señor Carmichael, ¿cómo ha conseguido este número de teléfono?

— Estaba apuntado en tu Rodolex. Vine a tu casa a verte, pero no estás —y suspiró—. Estaba deseando pasar el día contigo. Tenemos una conversación pendiente. Pero no pasa nada. Puedo reunirme contigo, ¿estás en el Barrio Francés con tu amiga la vidente?

_______________Continuacion...

El miedo la paralizó.

— ¿Cómo conoce a mi amiga?

— Sé muchas cosas de ti, _______. ¡Mmm! —masculló en voz baja—. Perfumas los cajones de tu ropa interior con popurrí de rosas.

El terror la poseyó por completo y no pudo moverse. Comenzaron a temblarle las manos.

— ¿Está en mi casa?

Podía oír cómo abría y cerraba los cajones de su cómoda, a través del teléfono. De repente, el tipo soltó una maldición.

— ¡Zorra! —espetó Rodney—. ¿Quién es él? ¿Con quién co*ño te has estado acostando?

— Eso es…

La comunicación se cortó.

_______ estaba temblando, tanto que apenas si podía respirar cuando colgó el teléfono.

— ¿Qué sucede? —le preguntó Joe, con el ceño fruncido por la preocupación.

— Rodney está en mi casa —le dijo con voz temblorosa. Marcó de inmediato el número de la policía para notificarlo.

— Nos encontraremos allí —le informó el agente—. No entre en su domicilio hasta que lleguemos.

— No se preocupe, no lo haré.

Joe le cogió las manos.

— Estás temblando.

— ¡No me digas! Resulta que tengo a un psicópata metido en mi casa, olfateando mi lencería e insultándome. ¿Por qué iba a temblar?

Sus ojos de un verde profundo la tranquilizaron con una mirada protectora. Le apretó las manos suavemente.

— Sabes que no voy a permitir que te haga daño.

— Te lo agradezco mucho, Joe. Pero este hombre está…

— Muerto si se acerca a ti. Sabes que no te abandonaré.

— Por lo menos no hasta la próxima luna llena.

Joe apartó la mirada y ella asimiló la verdad.

— No pasa nada —dijo ella con valentía—. Puedo hacerme cargo de esto, de verdad. He estado sola durante años. Ésta no es la primera vez que un cliente me acosa. Y dudo mucho que vaya a ser el último.

Los ojos de Joe lanzaron llamaradas verdes cuando la miró.

— ¿Cuántos de tus pacientes te han acosado?

— No es tu problema, sino el mío.

Joe siguió mirándola como si estuviese a punto de estrangularla.

Fin del cap 11
___________Capítulo 12


Llegaron a casa al mismo tiempo que la policía.

El joven y musculoso agente miró con suspicacia a Joe.

— ¿Quién es?

— Un amigo —le contestó ________.

El policía alargó la mano hacia ella.

— De acuerdo, déme las llaves y déjenos echar un vistazo. El agente Reynolds se quedará con ustedes aquí fuera hasta que lo revisemos todo.

________ le entregó obedientemente el juego de llaves.

Comenzó a mordisquearse las uñas mientras observaba cómo el policía entraba a su hogar.

Por favor, que Rodney Carmichael esté dentro todavía.

Pero no estaba. El policía salió poco después meneando la cabeza.

— ¡Joder! —exclamó _________ en voz baja.

El agente Reynolds la acompañó hasta la casa y Joe los siguió un poco rezagado.

— Necesitamos que entre y eche un vistazo para ver si falta algo.

— ¿Ha hecho algún estropicio? —preguntó ella.

— Sólo en los dormitorios.

Con el corazón en un puño, ___________ entró en su casa y subió las escaleras para ir a su habitación.

Joe la siguió y observó cómo se mantenía rígida y distante. Tenía el rostro tan pálido que las pecas resultaban mucho más evidentes. Podría matar al tipo que le había hecho esto. Ninguna mujer debería pasar tanto miedo, especialmente en su propio hogar.

Cuando llegaron al piso superior, Joe vio que la puerta de la habitación del final del pasillo estaba entreabierta. ________ corrió hacia allí.

— ¡No! —jadeó.

Se apresuró a seguirla.

Joe comenzó a verlo todo rojo al contemplar el sufrimiento que reflejaba el rostro de ________. Podía sentir su dolor en el corazón como si fuese el suyo propio.

Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras observaba el desorden. El colchón estaba tirado en el suelo, las sábanas desgarradas, los cajones abiertos y su contenido esparcido, como si Céfiro hubiera pasado por allí en mitad de un arranque de mal humor.

Joe le colocó las manos sobre los hombros para reconfortarla.

— ¿Cómo ha podido hacerle esto a su habitación? —preguntó_________.

— ¿De quién es esta habitación? —preguntó el agente Reynolds—. Creía que vivía sola.

— Y lo hago. Ésta era la habitación de mis padres. Murieron hace tiempo —miró a uno y otro lado, incrédula. Una cosa era que fuese tras ella, pero ¿por qué había hecho esto?

Contempló la ropa esparcida por el suelo; ropa que le traía a la memoria tantos recuerdos maravillosos… Las camisas que su padre llevaba al trabajo; el jersey favorito de su madre y que ella siempre le pedía prestado; los pendientes que su padre había regalado a su madre en su último aniversario de boda. Todo estaba desparramado por la habitación, como si no tuviese valor alguno.

Pero para ella eran objetos muy valiosos. Era lo único que le quedaba de ellos. El dolor le desgarraba el corazón.

— ¿Cómo ha podido hacerlo? —preguntó, mientras la rabia se abría paso en su interior.

Joe la atrajo hacia sus brazos y la sostuvo con fuerza.

— No pasa nada, ________ —murmuró sobre su pelo.

Pero sí que pasaba. ________ dudaba poder superar aquello alguna vez. No podía dejar de
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:10

pensar en las manos de ese animal tocando la ropa de su madre o desgarrando las sábanas. ¡Cómo se había atrevido!

Joe miró al agente de policía.

— No se preocupe —dijo el hombre—, encontraremos al tipo.

— ¿Y después qué? —preguntó Joe.

— Eso tendrá que decidirlo un tribunal.

Joe lo miró de arriba abajo y soltó un gruñido, asqueado. Tribunales. No entendía cómo un tribunal moderno podía permitir que un animal así estuviese suelto.

— Sé que todo esto es duro —comentó el agente—. Pero necesitamos que compruebe si se ha llevado algo, doctora Alexander.

Ella asintió.

A Joe le sorprendió el coraje que demostró al desprenderse de su abrazo y limpiarse las lágrimas. Comenzó a inspeccionar todo aquel desastre. Él se arrodilló a su lado; quería estar cerca por si lo necesitaba de nuevo.

Después de comprobarlo todo concienzudamente, ________ cruzó los brazos sobre el pecho y lanzó una rápida mirada al agente.

— No falta nada —le dijo, y salió de la habitación para ir a la suya.

Entró en ella con mucha aprensión. Un rápido vistazo le indicó que su dormitorio había sufrido los mismos daños que el de sus padres. Había registrado meticulosamente tanto la ropa de Joe como la suya. Toda la lencería estaba tirada por el suelo, había desgarrado las sábanas y el colchón estaba ladeado.

Ojalá Rodney hubiese encontrado la espada de Joe bajo la cama y hubiese cometido el error de tocarla. Eso sí que habría sido una justa recompensa.

Pero no la había visto. De hecho, el escudo aún seguía apoyado sobre la pared, junto a la cama, donde él lo dejó.

_______ se sentía casi violada al contemplar toda su ropa esparcida por la habitación; como si las manos de Rodney hubiesen tocado su cuerpo.

En ese momento, vio la puerta del vestidor ligeramente abierta. Estaba muerta de miedo mientras se acercaba para abrirla y mirar en el interior. Entonces se sintió como si el tipo le hubiese arrancado el corazón y lo hubiese aplastado.

— Mis libros —murmuró.

Joe cruzó la habitación para ver lo que _______ estaba mirando. Se quedó sin respiración al llegar junto a ella.

Todos los libros habían sido destrozados.

— Mis libros no —balbució, cayendo de rodillas.

Le temblaba la mano al pasarla sobre las hojas de los libros que su padre había escrito. Eran irremplazables. Jamás podría abrirlos de nuevo y escuchar su voz hablándole desde el pasado. No podría abrir Belleza Negra y oír a su madre mientras se lo leía.

Todo había desaparecido.

Rodney Carmichael acababa de matar de nuevo a sus padres.
-----------------------------------------------Continuacion...


___________ se fijó entonces en lo que quedaba de su ejemplar de La Ilíada. Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar la expresión de Joe mientras pasaba sus páginas. Las horas que habían pasado juntos mientras ella lo leía. Habían sido unos momentos muy especiales, mágicos; los dos tumbados frente al sofá, perdidos en la historia, como si hubiesen estado en un reino privado, sólo de ellos dos. Su propio paraíso.

— Los ha destrozado todos —murmuró—. ¡Dios! Ha debido pasar horas aquí.

— Señora, sólo son…

Joe agarró al agente Reynolds por el brazo y lo sacó de la habitación.

— Para ella son mucho más que simples libros —le dijo entre dientes—. No se atreva a burlarse de su dolor.

— ¡Vaya! —exclamó el hombre avergonzado—. Lo siento.

Joe volvió junto a __________.

Sollozaba incontrolablemente mientras pasaba las manos sobre las hojas sueltas.

— ¿Por qué lo ha hecho?

Él la levantó, la sacó del vestidor y la acostó en la cama. Ella no lo soltó. Se aferraba a él con tanta fuerza que a Joe le costaba trabajo respirar, y lloraba como si el corazón estuviese rompiéndosele a pedazos.

En ese momento, Joe quiso matar al hombre que le había hecho esto.

Sonó el teléfono.

__________ gritó y forcejeó para incorporarse.

— Shh —le dijo Joe, mientras le limpiaba las lágrimas y la sostenía, impidiendo que se moviera—. No pasa nada. Estoy aquí, contigo.

El agente Reynolds le pasó el teléfono.

— Conteste, por si es él.

Joe miró con furia al hombre. ¿Cómo podía ser tan insensible? ¿Cómo podía pedirle que hablara con ese perro rabioso?

— Hola, Breyda —saludó ________, y volvió a estallar en lágrimas mientras le contaba a su amiga lo que había sucedido.

La mente de Joe bullía al pensar en el hombre que había invadido la casa de _________ y la había herido tan profundamente. Lo que más le preocupaba era que el tipo sabía dónde golpear. Conocía a _________. Sabía lo que era importante para ella.

Y eso le hacía mucho más peligroso de lo que la policía sospechaba.

Ella colgó el teléfono.

— Siento mucho haber perdido el control —dijo, limpiándose las lágrimas—. Ha sido un día muy largo.

— Sí, señora, lo entendemos.

Joe observó cómo se recomponía; _______ tenía una fuerza de voluntad que muy pocos hombres poseían.

Acompañó al policía por el resto de la casa.

— No debe haber visto este libro —dijo uno de los agentes con el libro de Joe en la mano, ofreciéndoselo a ella.

Joe lo cogió de las manos de _________. Al contrario que el agente, él no estaba tan seguro. Si el bastardo había intentado romperlo, se habría llevado una desagradable sorpresa.

No podía ser destruido. Él mismo había intentado hacerlo en incontables ocasiones a lo largo de los siglos. Pero ni siquiera el fuego hacía mella en él. El libro le hizo recordar las palabras de ________.

Él se iría en unos cuantos días y ella se quedaría sola, sin nadie que la protegiera. Y esa idea lo enfermaba.

Los agentes se marcharon en el mismo instante que Breyda llegaba en su coche. Salió del Jeep acompañada de un hombre alto y moreno que llevaba el brazo en un cabestrillo. ________ prácticamente corrió hasta la puerta.

— ¿Estás bien? —le preguntó a _______ mientras la abrazaba con fuerza.

— Sí —le contestó ella. Miró sobre su hombro y entonces saludó al hombre—. Hola Ricardo.

— Hola ________. Hemos venido a echarte una mano.

Ella le presentó a Joe y los cuatro entraron en la casa.

Joe detuvo a Breyda tan pronto como estuvieron dentro, y la llevó aparte.

— ¿Puedes mantenerla un rato aquí abajo?

— ¿Por qué?

— Tengo que ocuparme de algo.

Breyda frunció el ceño.

— Claro, no hay problema.

Esperó hasta que Breyda y su marido sentaron a ________ en el sofá. Entonces, fue a la cocina, cogió un par de bolsas de basura y se encaminó al vestidor.

Tan rápido como pudo, comenzó a ordenar todo aquel desastre para que ________ no tuviera que verlo de nuevo. Pero con cada trozo de papel que tocaba, su ira crecía.

Una y otra vez acudía a su mente la tierna expresión de _________ mientras buscaba un libro entre toda su colección. Si cerraba los ojos podía ver su pelo desparramado sobre su pecho mientras leía.

Continuacion...


En ese momento, quiso la sangre de este tipo.

— ¡Joder! —exclamó Ricardo desde la puerta—. ¿Esto lo ha hecho él?

— Sí.

— menudo psicópata.

Joe no dijo nada y continuó arrojando los papeles a la bolsa. Su alma gritaba, clamando venganza. Lo que sentía hacia Ares era una leve sombra de lo que en esos momentos pasaba por su mente.

Una cosa era hacerle daño a él. Pero herir a _______…

Ya podían tener las Parcas compasión de ese tipo, porque él no pensaba tener ninguna.

— ¿Llevas mucho saliendo con ________?

— No.

— Eso me parecía. Breyda no te ha mencionado, pero pensándolo bien, tampoco se ha mostrado tan preocupada porque _________ se quedara sola desde su cumpleaños. Supongo que se conocieron entonces.

— Sí.

— Sí, no, sí. No eres muy hablador, ¿verdad?

— No.

— Vale, lo he cogido. Hasta luego.

Joe se detuvo cuando encontró la cubierta de Peter Pan. La cogió y apretó los dientes. El dolor lo asaltó de nuevo. Ese libro era el preferido de ________.

Lo apretó con fuerza un instante y después lo arrojó a la bolsa con el resto.

__________ no fue consciente del tiempo que pasó sentada en el sofá, sin moverse. Sólo sabía que se encontraba muy mal. El golpe de Rodney había sido muy fuerte.

Breyda le trajo una taza de chocolate caliente.

Ella intentó beber, pero le temblaban tanto las manos que tuvo miedo de derramarlo y lo dejó a un lado.

— Supongo que necesito limpiarlo todo.

— Ya lo está haciendo Joe —le dijo Ricardo, que estaba sentado en el sillón haciendo zapping.

Cess frunció el ceño.

— ¿Qué?, ¿desde cuando?

— Hace poco estaba arriba, recogiéndolo todo en el vestidor.

Boquiabierta por la sorpresa, ________ subió en su búsqueda.

Joe estaba en la habitación de sus padres. Desde la puerta, observó cómo acaba de poner orden y se enderezaba. Dobló los pantalones de su padre de un modo que haría que Martha Stewart hiciese una mueca de dolor, los colocó en el cajón y lo cerró.

La ternura la invadió ante la imagen del que fuera un legendario general ordenando su casa para evitar que ella sufriera. Su delicadeza le llegó al corazón.

Joe alzó los ojos y descubrió a __________. La honda preocupación que reflejaban sus ojos verdes la reconfortó.

— Gracias —dijo ella.

Él se encogió de hombros.

— No tenía otra cosa que hacer. —Aunque lo dijo con un tono despreocupado, algo en su actitud traicionaba su pretendida indiferencia.

— Aún así, te lo agradezco mucho —le dijo ella mientras entraba y miraba todo el trabajo que había hecho. Con el corazón en la garganta, colocó las manos sobre la cama de caoba—. Ésta era la cama de mi abuela —le dijo—. Todavía escucho la voz de mi madre cuando me contaba cómo mi abuelo la hizo para ella. Era carpintero.

Con la mandíbula tensa, Joe contempló la mano de ________.

— Es duro, ¿verdad?

— ¿Qué?

— Dejar que los seres amados se vayan.

_________ sabía que Joe hablaba desde el fondo de su corazón. El corazón de un padre que añoraba a sus hijos.

Aunque la pesadilla ya no le persiguiese por las noches, ella le oía susurrar sus nombres, y se preguntaba si era consciente de la frecuencia con la que soñaba con ellos. Se preguntaba cuántas veces al día pensaba en ellos y sufría por su muerte.

— Sí —le contestó en voz baja—, pero tú lo sabes mejor que yo, ¿no es cierto?

Joe no contestó.

_________ dejó que su mirada vagara por la habitación.

— Supongo que ya va siendo hora de seguir adelante, pero te juro que aún puedo escucharlos, sentirlos.

— Es su amor lo que percibes. Aún está dentro de ti.

— ¿Sabes? creo que tienes razón.

— ¡Eh! —gritó Breyda desde la puerta, interrumpiéndolos—. Ricardo está encargando una pizza, ¿os apetece comer algo?

— Sí —contestó ________.

— ¿Y tú? —le preguntó Breyda a Joe.

Joe sonrió a ________.

— Me encantaría comer pizza.

________ soltó una carcajada al recordar cómo Joe le había pedido pizza la noche que lo invocaron.

— Vale —dijo Breyda—, pizza para todos.

Joe le dio a ________ los anillos de su madre.

— Los encontré en el suelo.

Se acercó a la cómoda para guardarlos, pero se detuvo. En lugar de eso, se los colocó en la mano derecha y, por primera vez después de unos cuantos años, se sintió reconfortada al verlos.

Al salir de la habitación, Joe cerró la puerta.

— No —le dijo _______—, déjala abierta.

— ¿Estás segura?

Ella asintió.

Cuando entraron en su dormitorio, vio que Joe también lo había ordenado. Pero al contemplar las estanterías que habían guardado sus libros, ahora vacías, se le rompió de nuevo el corazón.

En esta ocasión no protestó cuando Joe cerró la puerta.
____________
________________________________________
Continuacion...

Horas más tarde y después de haber comido, ________ pudo convencer a Breyda y a Ricardo de que se fueran.

— Estoy bien, de verdad —les aseguró por enésima vez en la puerta. Agradecida por la presencia de Joe, colocó la mano sobre su brazo—. Además, tengo a Joe.

Breyda la miró con severidad.

— Si necesitas algo, me llamas.

— Lo haré.

Sin sentirse segura del todo, ________ cerró la puerta principal y subió a la habitación. Joe la siguió.

Se tumbaron en la cama, uno junto al otro.

— Me siento tan vulnerable… —susurró.

Él le acarició el pelo.

— Lo sé. Cierra los ojos y duerme tranquila. Estoy aquí. Yo te mantendré a salvo.

La rodeó con sus brazos y ella suspiró, reconfortada. Nadie la había consolado nunca como él lo hacía.

Tardó horas en dormirse. Cuando lo hizo, estaba rendida.

Se despertó con un silencioso grito.

— Estoy aquí, _________.

Escuchó la voz de Joe a su lado y se calmó al instante.

— Gracias a Dios que eres tú —murmuró—. Tenía una pesadilla.

Joe depositó un ligero beso en su hombro.

— Lo sé.

Ella le dio un apretón en la mano antes de salir de la cama y prepararse para ir al trabajo.

Cuando intentó vestirse, le temblaban tanto las manos que no fue capaz de abotonarse la camisa.

— Déjame a mí —se ofreció Joe, apartándole las manos para poder hacerlo él—. No tienes por qué estar asustada, ________. No dejaré que ese tipo te haga nada.

— Lo sé. Sé que la policía lo atrapará y, entonces, todo habrá acabado.

Él no contestó, y siguió ayudándola a colocarse la ropa.

Una vez estuvieron preparados, _________condujo hasta la consulta, situada en el centro de la ciudad. Tenía un nudo tan grande en el estómago que le costaba respirar. Pero no podía encerrarse. No iba a dejar que Rodney controlara su vida. Ella era la que llevaba las riendas y nadie iba a cambiar eso. No sin luchar.

No obstante, estaba muy agradecida por la presencia de Jor. La reconfortaba de tal modo que no quería pensar demasiado a fondo en el porqué.

— ¿Cómo se llama esto? —preguntó cuando entraron al antiguo ascensor del edificio de finales de siglo.

Ella le enseñó cómo tirar para cerrar la puerta y, de inmediato, percibió la incomodidad de Cristiano al quedarse encerrados.

— Es un ascensor —le explicó _______—. Aprietas estos botones y subes a la planta que quieres. Yo trabajo en el último piso, que es el octavo. —Y apretó el botón de diseño antiguo.

Joe se puso aún más nervioso cuando comenzaron a ascender.

— ¿Es seguro?

Ella alzó una ceja y lo miró con curiosidad.

— No me puedo creer que el hombre que se enfrentaba sin miedo a los ejércitos romanos esté ahora asustado de un simple ascensor.

Joe le dedicó una mirada irritada.

— Sé lo que son los romanos, pero esto me resulta desconocido

________ le rodeó el brazo con el suyo.

— No es muy complicado. —Señaló a la trampilla del techo—. Sobre esa puertecilla hay unos cables que suben y bajan la cabina, y también hay un teléfono —dijo, señalando el intercomunicador situado bajo los botones—. Si el ascensor se queda atascado, lo único que hay que hacer es apretar el botón del teléfono y, el equipo de emergencia acudirá de inmediato.

Los ojos de Joe se oscurecieron.

— ¿Y suele quedarse atascado con mucha frecuencia?

— La verdad, no. Llevo trabajando en este edificio cuatro años y no ha sucedido ni una sola vez.

— Y si no estabas dentro, ¿cómo lo sabes?

— Los ascensores tienen una alarma que se activa si se quedan atascados. Confía en mí, si nos quedamos encerrados aquí dentro alguien nos oirá.

Joe dejó vagar su mirada alrededor del reducido espacio y, por la luz que había en sus ojos _______ supo las malvadas ideas que le pasaban por la cabeza.


_______ lo abrazó con fuerza. ¿Qué había en él que le hacía sentirse feliz? Sin importar lo que ocurriera, Cristiano siempre conseguía que las cosas fueran mucho más divertidas. Más brillantes.

— Eres malo —le dijo, y se apartó de él de mala gana.

— Cierto, pero te encanta.

Ella volvió a reírse.

— Tienes toda la razón. Me encanta que seas malo.

Las puertas se abrieron y______ se encaminó hacia su consulta, situada muy cerca del ascensor. Joe la siguió.

Ana los miró cuando entraron y abrió los ojos de par en par. Sus labios dibujaron una amplia sonrisa al contemplar a Joe.

— Doctora Alexander —dijo, jugueteando con un mechón rubio de sus cabellos—, su novio es una bomba.

Meneando la cabeza, _______ los presentó y, después, le enseño a Joe su consulta. Él se quedó de pie, observando a través de los ventanales mientras _______ encendía el ordenador y dejaba el bolso en el cajón de su escritorio.
_________________
____Continuacion...


Ella se detuvo al percibir que Joe la miraba fijamente.

— ¿De verdad vas a pasarte todo el día aquí?

Él se encogió de hombros.

— No tengo nada mejor que hacer.

— Te vas a aburrir.

— Te aseguro que estoy más que acostumbrado al aburrimiento.

Lo malo era que _________ lo sabía. Colocó una mano sobre su mejilla al imaginárselo dentro del libro, solo, encerrado en la más completa oscuridad.

Se puso de puntillas y lo besó con ternura.

— Gracias por acompañarme hoy. No creo que hubiera podido estar aquí de no ser por ti.

Él mordisqueó sus labios.

— Es un placer.

Ana la llamó por el intercomunicador.

— Doctora Alexander, su cita de las ocho está aquí.

— Esperaré fuera —le dijo Joe.

________ le dio un apretón en la mano antes de dejar que se marchara.

Durante la siguiente hora, no fue capaz de concentrarse en su paciente. Sus pensamientos volaban al hombre que la aguardaba fuera, y no paraban de dar vueltas a lo mucho que significaba para ella.

Y a lo aborrecible que encontraba el hecho de que se marchara.

Tan pronto como acabó la sesión, acompañó a su paciente a la puerta.

Ana estaba enseñando a Joe a hacer solitarios en el ordenador.

— Doctora Alexander —le dijo—, ¿sabe que Joe no había jugado antes al solitario?

_________ intercambió una sonrisa chispeante con Joe.

— ¿En serio?

Ana se apartó de Joe para echar un vistazo a la agenda.

— Por cierto, su cita de las tres ha sido cancelada. Y la de las nueve ha llamado para decir que llegará unos minutos tarde.

— De acuerdo. —_______ señaló a la puerta con el pulgar—. Mientras juegan, voy un momento al coche. Olvidé mi Palm Pilot.

Joe alzó la mirada.

— Yo iré.

________ negó con la cabeza.

— Yo puedo hacerlo.

Sin contestarle, él rodeó el escritorio de Ana y extendió la mano para que ________ le diera las llaves.

— Yo iré —dijo con un tono que no admitía réplicas.

Como no tenía ganas de discutir, le dio las llaves.

— Está bajo mi asiento.

— Vale, no tardaré nada.

_______ le hizo un saludo militar.

Con gesto de pocos amigos, salió de la oficina y se encaminó hacia el ascensor, al final del pasillo.

Iba a apretar el botón cuando se detuvo. ¡Por los dioses!, cómo odiaba esa cosa estrecha y cuadrada.

Y la idea de estar allí dentro, solo…

Echó un vistazo a su alrededor y vio las escaleras. Sin dudarlo ni un instante, se dirigió hacia ellas.

________ estaba intentando encontrar el informe de Rachel en su maletín, pero cayó en la cuenta de que había dejado un par de archivadores en el asiento trasero del coche.

— ¿Dónde tengo hoy la cabeza? —se reprendió. Pero no hizo falta que pensara mucho la respuesta. Sus pensamientos estaban divididos entre dos hombres que habían alterado su vida por completo.

Enfadada consigo misma por no ser capaz de concentrarse, cogió el maletín y salió de la consulta, detrás de Joe.

— ¿Dónde va, Doctora? —le preguntó Lisa.

— Me he dejado unos cuantos informes en el coche. No tardo.

Ana asintió.

_______ se acercó al ascensor. Aún estaba rebuscando en el maletín en busca de los archivos cuando se abrieron las puertas.

Sin prestar mucha atención, entró en al ascensor y, de forma automática, apretó el botón de la planta baja.

Justo cuando las puertas se cerraron, se percató de que no estaba sola.

Rodney Carmichael estaba justo enfrente, mirándola fijamente.

— ¿Me vas a decir quién es él?

_________ se quedó helada mientras la invadían el terror y la furia. ¡Sentía deseos de despedazarlo! Pero aunque su altura fuese escasa para ser un hombre, aún le sacaba una cabeza.

Y era muy inestable.

Ocultando el pánico, ella le habló con calma

— ¿Qué hace usted aquí?

Él hizo un mohín.

— No me has contestado. Quiero saber de quién era la ropa que había en tu casa.

— Eso no es de su incumbencia.

— ¡No digas tonterías! —chilló.
_________________ _
Continuacion....


Se balanceaba al borde de la locura y lo último que _______ necesitaba era que él se hundiera en el abismo mientras estuvieran encerrados en el ascensor.

— Todo lo que te rodea es asunto mío.

_________ intentó hacerse con el control de la situación.

— Escúcheme, señor Carmichael. No le conozco de nada, y usted no me conoce a mí. No entiendo por qué se ha obsesionado conmigo, pero quiero que esta situación llegue a su fin.

Él apretó el botón que detenía el ascensor.

— Ahora, me vas a escuchar, ________. Estamos hechos el uno para el otro. Lo sabes igual que yo.

— Muy bien —le contestó ella, intentando apaciguarlo—. Vamos a discutir esto en mi consulta. —Y apretó el botón para que el ascensor comenzara a moverse de nuevo.

Él volvió a detenerlo.

— Hablaremos aquí.

________ tomó una profunda bocanada de aire; las manos empezaban a temblarle. Tenía que salir de allí sin enfadarlo aún más.

— Estaríamos mucho más cómodos en mi consulta.

En esta ocasión, cuando ella fue a apretar el botón él le cogió la mano.

— ¿Por qué no hablas conmigo? —le preguntó él.

— Estamos hablando —contestó _______ mientras se aproximaba lentamente al intercomunicador.

— Apuesto a que hablas con él, ¿verdad? Apuesto a que pasas horas riendo y haciendo Dios sabe qué cosas con él. Dime quién es.

— Señor Carmichael…

— ¡Rodney! —gritó—. ¡Maldita sea! Me llamo Rodney.

— Vale, Rodney. Vamos a…

— Apuesto a que te ha puesto sus sucias manos encima, ¿verdad? —le preguntó mientras la aprisionaba en el rincón, de espaldas al teléfono—. ¿Cuántas veces te has acostado con él desde que me conociste, eh?

________ se estremeció ante la salvaje mirada de aquellos ojos, pequeños y brillantes. Estaba perdiendo el control de su mente.

_______ intentó agarrar el auricular pero, antes de poder acercárselo a la oreja, él lo agarró.

— ¿Qué co*ño estás haciendo? —le preguntó él.

— Necesitas ayuda.

Rodney estrelló el auricular contra el panel de botones.

— No necesito ninguna ayuda. Sólo necesito que hables conmigo. ¿Es que no me oyes? ¡Sólo necesito que hables conmigo! —gritó, mientras estrellaba el teléfono contra el panel, enfatizando cada palabra con un golpe.

Aterrorizada, ________ contempló cómo el auricular se hacía pedazos. Rodney comenzó a tirarse del pelo.

— Te ha besado, lo sé. —Repetía una y otra vez la misma frase, mientras se arrancaba el pelo a tirones.

¡Santo Dios! Estaba atrapada con un loco.

Y no había salida.

Joe regresó a la consulta de _______ con el Palm Pilot.

— ¿Dónde está _______? —le preguntó a Ana al no encontrarla en su escritorio.

— ¿No se ha encontrado con ella? Salió unos minutos después que usted. Iba a su coche.

Joe frunció el ceño.

— ¿Está segura?

— Claro. Dijo que se había dejado unos informes o algo.

Antes de poder preguntarle cualquier otra cosa, una atractiva mujer afroamericana vestida con un conservador traje negro y con un maletín en la mano, entró a la oficina.

Se detuvo en la puerta y se quitó un zapato con un puntapié, para frotarse el talón.

— Definitivamente, hoy es lunes —le dijo a Ana—. Sólo me faltaba tener que subir ocho pisos por la escalera porque el ascensor se ha quedado atascado. Y ahora, ¿qué maravillosas noticias tienes para mí?
_________________Continuacion...

— Hola, doctora Beth —la saludó Ana alegremente, mientras pasaba la mano sobre el libro de citas—. Su cita de las nueve es Rodney Carmichael.

Joe se quedó paralizado.

— Oh, no. Espere —dijo Lisa—. Esa cita es de la doctora Alexander. La suya…

— ¿Ha dicho Rodney Carmichael? —le preguntó a la secretaria.

— Sí. Llamó para cambiar la cita.

Joe no esperó a que Ana terminara de hablar. Arrojó el Palm Pilot sobre el escritorio y salió corriendo de la oficina hacia el ascensor. Con el corazón latiendo desbocado, sólo podía pensar en llegar hasta ________ lo más rápido posible.

Fue entonces cuando comprendió que el ruido que había estado escuchando era una alarma.

Un escalofrío de terror le recorrió la espalda al comprender lo que había sucedido. Rodney había detenido el ascensor con _________ dentro. Estaba seguro.

De repente, se escuchó un grito sofocado tras las puertas cerradas del ascensor.

Con la visión nublada por la furia y el miedo, tiró de las puertas hasta abrirlas.

Y se quedó helado.

No se veía el ascensor. Sólo un abismo negro, muy parecido al libro. Peor aún, bajar por allí sería como descender hacia su infierno. Un infierno oscuro, asfixiante y estrecho.

Luchó para poder respirar y superar el miedo.

En su corazón, sabía que ________ estaba allí abajo. Sola con un loco y sin nadie que la ayudara.

Apretando los dientes, dio un paso hacia atrás y tomó impulsó para alcanzar de un salto los cables.

_________ apartó a Rodney con un violento empujón.

— ¡No voy a compartirte con nadie! —gruñó él, agarrándola de nuevo por el brazo—. Eres mía.

— No pertenezco a nadie —le contestó ella, propinándole un rodillazo en la entrepierna.

El hombre cayó de rodillas al suelo.

Desesperada, ___________ intentó subir por las barras laterales para poder alcanzar la trampilla del techo. Si pudiese llegar hasta allí…

Rodney la agarró por la cintura y la estrelló de espaldas contra el rincón.

Con el rostro contraído por la furia, colocó los brazos a ambos lados de _______.

— ¡Dime cómo se llama el hombre que ha estado dentro de ti, ________! Dímelo para que sepa a quién tengo que matar.

Con una escalofriante mirada en sus ojos vacíos, comenzó a arañarse el rostro y el cuello hasta hacerse sangrar.

— ¿No sabes que eres mi mujer? Vamos a estar juntos. Sé cómo cuidar de ti. Sé lo que necesitas. ¡Soy mucho mejor que él!

________ se agachó, para alejarse un poco de él, se quitó los zapatos de tacón y los cogió. No es que fuesen las mejores armas, pero eran mejor que nada.

— ¡Quiero saber con quién has estado! —chilló él.

En el mismo instante en que Rodney daba un paso hacia atrás, la trampilla se abrió. _________ miró hacia arriba.

Joe se tiró desde el hueco y cayó agachado como un sigiloso depredador. Lo rodeaba un aura de peligrosa tranquilidad, pero la expresión de sus ojos era aún más terrorífica. Iluminados por la ira del infierno, estaban clavados en Rodney con mortal determinación, y lanzaban fuego.

Se puso en pie lentamente, hasta enderezarse del todo.

Rodney se quedó paralizado al ser consciente de la altura de
Joe.

— ¿Quién co*ño eres tú?

— El hombre con el que ella ha estado.

Rodney abrió la boca por la sorpresa.

Joe miró escuetamente a ________ para asegurarse de que se encontraba sana y salva, y volvió su atención de nuevo a Rodney, lanzando un rugido.

Aplastó al tipo contra la pared con tanta fuerza que ________ pensó que habían dejado una señal en los paneles de madera.

Joe lo agarró por la camisa y volvió a golpearlo contra la pared.

Cuando habló, la frialdad de su voz hizo que _________se estremeciera.

— Es una pena que no seas lo suficientemente grande para poder matarte, porque quiero verte muerto —le dijo apretando los puños—. Pero pequeño o no, si vuelvo a encontrarte cerca de _______ otra vez o haces que derrame una sola lágrima más, no habrá fuerza en este mundo ni en el más allá que me impida hacerte trizas. ¿Lo has entendido?

Rodney luchó inútilmente para zafarse de los puños de Cristiano.

— ¡Es mía! Te mataré antes de que te interpongas entre nosotros.

Joe ladeó la cabeza como si no pudiese creer lo que acababa de oír.

— ¿Estás loco?

Rodney lanzó una patada al vientre de Joe.

Él le dio un puñetazo en la mandíbula con los ojos ensombrecidos. Rodney cayó desmadejado al suelo.

Mientras Joe se agachaba junto al tipo, ________ suspiró aliviada. Todo había acabado.

— Es mejor que te mantengas inconsciente —lo amenazó Joe

Se enderezó y abrazó a _________ hasta casi aplastarla.

— ¿Estás bien, _________?

Ella no podía respirar pero, en ese momento, no le importaba.

— Sí, ¿y tú?

— Mejor, ahora que sé que estás bien.

Unos minutos después, la policía consiguió abrir las puertas del ascensor y ________ vio que habían quedado atrapados entre dos pisos.

Joe la alzó por la cintura y ella agarró la mano que le tendía un policía para ayudarla a llegar hasta el suelo.

Una vez estuvo fuera del ascensor, frunció el ceño mientras observaba a los tres agentes que estaban ayudando a Joe a sacar el cuerpo inconsciente de Rodney.

— ¿Cómo supieron que estábamos ahí?

El agente de más edad retrocedió un paso y dejó que los otros dos hombres alzaran a Rodney para sacarlo.

— La operadora del servicio de emergencias nos llamó. Dijo que parecía haber una guerra en el ascensor.

— Y lo fue —le contestó ella, nerviosa.

— ¿A quién esposamos?

— Al que está inconsciente.

Mientras _______ esperaba que Joe llegara a su lado, observó la oscuridad que reinaba en el hueco del ascensor, por donde él había bajado para llegar hasta ella. Era un espacio muy reducido.

Recordó la mirada en el rostro de Joe, la noche que apagó la luz. Y la expresión alterada que tenía poco antes, cuando subieron a su consulta.

Aún así, había venido a rescatarla.

Abrumada, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Ha sido capaz de pasar por eso para protegerme.

Tan pronto como salió del ascensor,_________ lo abrazó con fuerza.
_________________
Continuacion...


Joe temblaba a causa de la fuerza de las emociones que sentía. Estaba tan aliviado al verla sana y salva… La cogió por la cintura y la besó.

— ¡No!

Joe la soltó en el mismo instante que Rodney se zafaba de una patada del policía. Las esposas le colgaban de una de las muñecas mientras se hacía con la pistola del agente y apuntaba.

Acostumbrado a reaccionar en mitad de una batalla, Joe agarró a _______ y la empujó hacia la izquierda en el instante en que Rodney disparaba.

El disparo pasó rozándolos, y fue seguido por otros dos más. Otro de los agentes, el de más edad, había disparado a Rodney.

________ intentó acercarse, pero Joe se lo impidió.

La mantuvo pegada a él, con el rostro enterrado en su pecho, mientras observaba cómo Rodney moría.

— No mires, ________ —susurró—. Hay ciertos recuerdos que no necesitas conservar.

FIN DE CAP 12
_________________Capítulo 13


— Sí, Breyda —le contestó ________ por teléfono mientras se vestía para ir a trabajar—. Ya ha pasado una semana. Estoy bien.

— Pues no lo parece —replicó Breyda, incrédula—. Tienes la voz temblorosa.

Y realmente aún no lo había superado del todo. Pero estaba bien, gracias a Joe y al hecho de no haber visto morir al pobre Rodney Carmichael.

Una vez la policía hubo acabado con los interrogatorios, Joe la llevó a casa y ella había procurado no pensar demasiado en lo sucedido.

— De verdad. Estoy bien.

Joe entró en la habitación.

— Vas a llegar tarde. —Le quitó el auricular de la mano y le ofreció una galleta—. Acaba de vestirte —le dijo, y comenzó a hablar con Breyda.

_______ frunció el ceño cuando Joe salió de la habitación; ya no podía escuchar la conversación.

Mientras se vestía, cayó en la cuenta de lo cómoda que se sentía junto a Joe. Le encantaba tenerlo a su alrededor, cuidarlo y que él la cuidara. La reciprocidad de su relación era maravillosa.

— _________ —le dijo, asomando la cabeza por la puerta—. Vas a llegar tarde.

Ella se rió y se puso los zapatos de tacón.

— Ya voy, ya voy.

Cuando atravesaron la puerta principal ________ vio que él no se había puesto los zapatos.

— ¿No vas a venir hoy conmigo?

— ¿Me necesitas?

Ella dudó. En el fondo le encantaba almorzar junto a él y bromear entre paciente y paciente. Pero claro, seguro que para él sentarse horas seguidas esperándola era muy aburrido.

— No.

Él le dio un beso hambriento.

— Hasta la noche.

De mala gana, se apresuró hacia el coche.

Fue uno de los días más largos de la historia. _______ lo pasó sentada tras el escritorio, contando los segundos que faltaban para acompañar a sus pacientes hasta la puerta.

A las cinco en punto, echó a la pobre Rachel de la oficina, recogió rápidamente todas sus cosas y se marchó a casa.

No tardó mucho en llegar. Frunció el ceño cuando vio a Breyda, que la esperaba en el porche delantero.

— ¿Ha pasado algo? —le preguntó _______ al acercarse.

— Nada de importancia. Pero te daré un consejo: rompe la maldición. Joe es un tesoro.

______ la miró aún más ceñuda mientras Breyda se alejaba hacia su Jeep. Confundida, abrió la puerta para entrar en casa.

— ¿Joe? —lo llamó.

— Estoy en la habitación.

________ subió las escaleras. Lo encontró tumbado sobre la cama en una postura mucho más que deliciosa, con la cabeza apoyada en una mano. Había una rosa roja delante de él. Estaba increíblemente seductor y maravilloso con aquellos hoyuelos y esa luz en sus celestiales ojos marrones, que en esos momentos eran decididamente perversos.

— Tienes toda la apariencia del gato que se ha comido al canario —le dijo en voz baja—. ¿Qué habéis estado haciendo Breyda y tú hoy?

— Nada.

— Nada —repitió ella, escéptica. ¿Y por qué no se lo creía?

Porque Joe tenía la apariencia de un niño que acaba de hacer una travesura.

Su mirada bajo hasta la rosa.

— ¿Es para mí?

— Sí.

Ella sonrió ante su escueta y cortante respuesta. Dejó caer sus zapatos al lado de la cama y se quitó las medias.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:11

Al alzar la vista, captó la mirada de Joe que había estirado el cuello para no perderse nada. Él volvió a sonreír.

________ cogió la rosa y aspiró su dulce aroma.

— Es una sorpresa encantadora —dijo, besándolo en la mejilla—. Gracias.

— Me alegra que te guste —susurró, acariciándole el mentón.

_______ se alejó con renuencia y cruzó la habitación para depositar la rosa sobre la cómoda, y abrir el cajón superior.

Se quedó paralizada. Sobre la ropa había un pequeño ejemplar de Peter Pan, adornado con un gran lazo rojo.

Boquiabierta, lo cogió y desató el lazo. Al pasar la primera página, su corazón dejó de latir un instante.

— ¡Oh Dios mío! ¡Es una primera edición, y firmada!

— ¿Te gusta?

— ¿Que si me gusta? —le contestó con los ojos humedecidos—. ¡Joe!
_______Continuacion...


Se arrojó sobre él y depositó una lluvia de besos sobre su rostro.

— ¡Eres tan maravilloso! ¡Gracias!

Y por primera vez, ________ lo vio avergonzado.

— Esto es… —su voz se desvaneció al mirar hacia el vestidor. La puerta estaba entreabierta y la luz del interior encendida.

No podía haber…

Muy lentamente, ________ se acercó. Abrió la puerta y miró dentro.

Los ojos se le llenaron de lágrimas de alegría y la invadió una oleada de calidez. Las estanterías estaban de nuevo llenas de libros. La mano le temblaba mientras acariciaba los lomos de su nueva colección.

— ¿Esto es un sueño? —susurró.

Sintió a Joe tras ella. No la estaba tocando, pero podía percibirlo con cada poro, con cada sentido de su cuerpo. No era nada físico pero conseguía que la tierra temblara bajo sus pies. Y la dejaba sin aliento.

— No pudimos encontrarlos todos, especialmente las ediciones de bolsillo, pero Breyda me ha asegurado que hemos conseguido los más importantes.

Una única lágrima descendió por la mejilla de ________ al ver las copias de los libros de su padre. ¿Cómo los habían podido conseguirlos?

El corazón le latía con fuerza mientras veía sus títulos favoritos: Los tres Mosqueteros, Beowulf, La Letra Escarlata, El Lobo y la Paloma, Armas de Caballero, Fallen, Amores en Peligro… y seguían y seguían hasta dejarla aturdida.

Abrumada y con una sensación de mareo, dejó que las lágrimas corrieran por su rostro.

Se dio la vuelta y se lanzó a los brazos de Joe.

— Gracias —sollozó—. ¿Cómo…? ¿Cómo lo has hecho?

Él se encogió de hombros, y alzó una mano para enjugarle las lágrimas. En ese momento, ________ se dio cuenta de que algo faltaba en su mano.

— Tu anillo no —murmuró mientras contemplaba la señal blanquecina en el dedo de su mano derecha, donde había llevado el anillo—. Dime que no lo has hecho.

— Sólo era un anillo, ______.

No, no lo era. Ella recordaba la expresión de su rostro cuando el doctor Lewis quiso comprárselo.

«Jamás» —
había dicho él— «No sabe por lo que pasé para conseguirlo»

Pero _________ sí lo sabía después de haber escuchado las historias de su pasado. Y lo había vendido por ella.

Temblando, se puso de puntillas y lo besó con fiereza.

Joe se quedó helado al sentir sus labios. Jamás se había entregado a él de aquel modo. Cerró los ojos, hundió las manos en su pelo para dejar que le acariciara los brazos, y gimió ante el asalto de _______.

La cabeza de Joe comenzó a dar vueltas al saborear su boca, al sentir el cuerpo de _______ pegado al suyo, al ser consciente de la ferocidad de su beso, que nunca antes había experimentado; jamás le habían besado así…

Hasta su alma maldita se estremeció.

En ese momento, deseó poder permanecer sereno durante más tiempo. No quería vivir otro segundo más separado de _________. No podía imaginarse un solo día sin que ella estuviese a su lado.

Joe notó cómo, poco a poco, perdía el control. La locura lo asaltaba dolorosamente, le atravesaba la cabeza al mismo tiempo que la entrepierna.

¡Todavía no!

Gritó su mente. No quería que ese momento terminara. Ahora no. No cuando ella estaba tan cerca.

Tan cerca… pero no tenía opción

La separó de la mala gana.

— Ya veo que te ha gustado el regalo, ¿no?

Ella se rió.

— Por supuesto que me ha gustado. Joe, estás loco. —Le pasó los brazos alrededor de la cintura y apoyó la cabeza sobre su pecho.

Joe se estremeció mientras unas desconocidas emociones hacían vibrar su cuerpo. La envolvió entre sus brazos y sintió cómo sus corazones latían al unísono.

Si pudiera, se quedaría así, abrazándola para toda la eternidad. Pero no podía. Retrocedió un paso. Ella lo miró con una ceja alzada. Joe borró con una caricia las arrugas de preocupación que se habían formado en la frente de ________.

— No te estoy rechazando, cariño —le susurró—. Lo que ocurre es que no me siento muy bien en este momento.

— ¿Es la maldición?

Él asintió.

— ¿Puedo ayudarte?

— Dame un minuto para controlarlo.

_________ se mordió el labio mientras lo observaba acercarse a la cama. Era la única vez que Joe no parecía moverse con su habitual elegancia y fluidez. Daba la impresión de que apenas podía respirar, como si tuviese un terrible dolor de estómago. Agarró con tanta fuerza el poste de la cama que los nudillos se le pusieron blancos.

El dolor se apoderó de _________ ante aquella imagen y quiso reconfortarlo. Quería ayudarlo más que nunca. De hecho quería… Lo quería a él. Y punto.

Abrió la boca ante el repentino impacto de sus pensamientos. Lo amaba.

Profunda, verdadera y totalmente. Lo amaba. ¿Cómo no iba a amarlo?
_________________ __________
Continuacion...


Con el corazón enloquecido, ________deslizó la mirada sobre los libros del vestidor. Los recuerdos la asaltaron: Joe la noche que apareció y se le ofreció; Joe haciéndole el amor en la ducha; Joe tranquilizándola, haciéndola reír; Joe bajando por la trampilla del ascensor para rescatarla; Joe tumbado en la cama con la rosa, observándola mientras ella descubría sus regalos.

Breyda tenía razón. Era el mayor de los tesoros y no quería dejarlo marchar.

Estuvo a punto de decírselo, pero se contuvo. No era el momento. No cuando estaba soportando una tremenda agonía. No cuando era tan vulnerable.

Él querría saberlo.

¿O no?

________ consideró las consecuencias de su posible confesión. A Joe no le gustaba esta época, estaba claro. Quería irse a casa. Si ella le confesaba cuáles eran sus sentimientos, él se quedaría por esa razón; pero no sería justo, porque casi lo haría por obligación. Quizás algún día acabara resentido con ella por haberle negado la posibilidad de regresar al mundo que una vez conoció. A lo que había sido.

O peor aún, ¿y si su relación no funcionaba?

Como psicóloga, sabía mejor que nadie los problemas que podían ocasionarse en una pareja, y cómo podían acabar destruyéndola.

Una de las causas más frecuentes de ruptura era la falta de intereses comunes; parejas que se mantenían unidas por la simple atracción física y que acaban separándose.

Joe y ella eran completamente diferentes. Ella era una psicóloga del siglo XXI y él era un maravilloso general Macedonio del sigo II a.C. ¡Era como hablar de emparejar a un pez y un pájaro!

Jamás habían existido dos personas más diferentes en el mundo que hubieran sido obligadas a permanecer juntas.

En ese momento estaban disfrutando de la novedad de la relación. Pero no se conocían en absoluto. ¿Y si dentro de un año descubrían que no estaban enamorados?

¿Y si él cambiaba una vez acabaran con la maldición?

Joe le había dicho que en Macedonia era un hombre totalmente distinto. ¿Qué ocurriría si parte de su encanto o de la atracción que sentía por ella se debían a la maldición? Según Cupido, la maldición hacía que Joe se sintiese irremediablemente atraído hacia ella.

¿Y si rompían la maldición y él se convertía en una persona diferente? ¿En alguien que no quisiese estar con ella?

¿Qué pasaría entonces?

Una vez rechazara la oportunidad de regresar a su hogar, __________ sabía que no tendría otra ocasión de volver.

Se esforzó por respirar cuando cayó en la cuenta de que jamás podría decirle: «Intentémoslo y veamos si funciona». Porque una vez tomaran la decisión, no habría vuelta atrás.

_______ tragó y deseó ser capaz de ver el futuro, como Breyda. Pero hasta ella se equivocaba a veces. No podía permitirse una equivocación; Joe no se lo merecía.

No, tendría que haber otra razón de peso para que él se quedara. Él tendría que amarla tanto como ella lo amaba.

Y eso era tan probable como que el cielo se derrumbase sobre la tierra en los próximos diez minutos.
_________________Continuacion...


Cerró los ojos y se encogió ante la verdad. Joe jamás sería suyo. De una forma o de otra, tendría que dejarlo marchar.

Y eso acabaría con ella.

Joe soltó un suspiro entrecortado y soltó el poste de la cama. Miró a _________ con una leve sonrisa.

— Eso ha dolido —le dijo.

— Me he dado cuenta —le contestó _________ acercándose a él, pero Joe se alejó como si acabara de tocar a una serpiente.

Ella dejó caer la mano.

— Voy a preparar la cena.

Joe la observó mientras salía de la habitación. Deseaba tanto ir tras ella que apenas si podía contenerse. Pero no se atrevía.

Necesitaba un poco más de tiempo para serenarse. Más tiempo para aplacar el fuego maldito que amenazaba con devorarlo.

Meneó la cabeza. ¿Cómo podían las caricias de _________ insuflarle tanta fuerza y al mismo tiempo dejarlo tan débil?

_______ acababa de preparar una sopa de sobre y unos sándwiches cuando Joe entró a la cocina.

— ¿Te sientes mejor?

— Sí —le contestó mientras se sentaba a la mesa.

_________ removió su sopa con la cuchara y lo observó comer. Su cabello reflejaba la luz del sol del atardecer y lo hacía parecer aún más claro. Se sentaba con una postura muy erguida, y el más leve de sus movimientos despertaba una oleada de deseo en ella. Podría pasarse todo el día contemplándolo de ese modo y no se cansaría.

No. Lo que en realidad deseaba era levantarse de la silla, acercarse a él, sentarse en su regazo y pasarle las manos por esas maravillosas ondas de cabello mientras lo besaba ardorosamente.

¡Déjalo ya!
Si no se controlaba, ¡sucumbiría a la tentación!

— ¿Sabes? —le dijo, insegura—. He estado pensando… ¿Y si te quedaras aquí? ¿Tan malo sería vivir en mi época?

La mirada que le dedicó hizo que se sofocara.

— Ya hemos hablado de esto. Éste es no es mi mundo; no lo comprendo, no entiendo vuestras costumbres. Me siento extraño, y odio esa sensación.

____________ se aclaró la garganta. De acuerdo, no volvería a mencionar el tema.

Suspirando, cogió el sándwich y comenzó a comérselo, aunque lo único que le apetecía era discutir.

Una vez acabada la cena, Joe la ayudó a limpiar la cocina.

— ¿Quieres que te lea? —le preguntó.

— Claro —le contestó.

Pero ________ sabía que algo iba mal. Le estaba ocultando algo; se mostraba casi frío.

No lo había visto así desde que lo conoció.

_______ subió, cogió su libro nuevo de Peter Pan y volvió a bajar. Joe ya estaba tumbado en el suelo, apilando los cojines.

Ella se acomodó en el suelo, perpendicular a él y recostó la cabeza sobre su estómago. Pasó la primera página y empezó a leer.

Joe escuchó la voz suave y melodiosa de _______, y no dejó de mirarla un solo instante. Observaba cómo sus ojos bailaban sobre las páginas mientras leía.

Se había prometido no tocarla pero, en contra de su voluntad, alargó un brazo y comenzó a acariciarle el pelo. El contacto de su cabello sobre la piel lo inflamó e hizo que su entrepierna se endureciera aún más, anhelando dolorosamente poseerla.

Mientras las oscuras y sedosas hebras acariciaban sus dedos, dejó que la voz de _______ lo alejara de allí y lo llevara a un lugar acogedor. Se sentía en ese hogar esquivo que había perseguido durante toda la eternidad.

Un lugar en donde sólo existían ellos dos. Sin dioses ni maldiciones.

Maravilloso.

__________ arqueó una ceja cuando notó que la mano de Joe se apartaba de su cabello y le desabrochaba el botón superior de la camisa. Contuvo la respiración y aguardó expectante, pero aún así no estaba muy segura de sus intenciones.

— ¿Qué estás…?

— Sigue leyendo —le dijo mientras acababa de desabrochar el botón.

Con el cuerpo cada vez más acalorado, ________ leyó el siguiente párrafo. Joe le desabrochó el siguiente botón.

— Joe…

— Lee.

Ella leyó otro párrafo mientras su mano descendía hasta el siguiente botón. Sus acciones le hacían perder el control y respiraba entrecortadamente con el corazón latiendo a un ritmo cada vez más frenético.

Alzó la mirada y se encontró con los ojos hambrientos de Joe.

— ¿Qué es esto? ¿Una sesión de lectura con striptease incluido? ¿Yo leo un párrafo y tú desabrochas un botón?

Como respuesta, Joe deslizó una cálida mano por encima del sujetador hasta cubrir con ternura uno de sus pechos. _______ gimió de placer cuando él empezó a acariciarla por encima del satén y la piel de sus brazos se erizó ante el calor que emanaba de él.
_________________Continuacion...

— Lee —le ordenó de nuevo.

— Sí, claro. Como si pudiese leer mientras tú…

En ese momento, Joe le desabrochó el cierre delantero del sujetador y cubrió su pecho desnudo con una mano.

— ¡Joe!

— Léeme, _________. Por favor.

¡Como si fuese posible!

Pero la súplica que teñía su voz le llegó al corazón. Obligándose, se concentró en el libro y Joe siguió pasando las manos sobre su piel.

Sus caricias eran relajantes y dulces. Sublimes. No se parecían en nada a las que usaba para inflamarla y seducirla, eran algo muy diferente. Más allá de los límites de la carne. Involucraban directamente al corazón.

Después de un tiempo, se acostumbró a los círculos que Joe trazaba alrededor de sus pechos, de sus pezones y de su ombligo. Se perdió en el instante, en la extraña intimidad que estaban compartiendo.

Acabó el libro cerca de las diez. Joe pasó los nudillos sobre un endurecido pezón mientras ella dejaba el libro a un lado.

— Tus pechos son preciosos.

— Me alegra que digas eso. —Escuchó que el estómago de Joe rugía bajo su oreja—. Me da la sensación de que tienes hambre.

— El hambre que tengo no puede ser saciada con comida.

El rostro de ________ adquirió un tono escarlata.

Él deslizó las manos desde su ombligo hasta la garganta, una vez allí trazó la línea de la mandíbula y ascendió hasta el cabello. Con los pulgares, dibujó el contorno de sus labios.

— Qué extraño —dijo—. Sólo cuando me besas llego al borde del abismo.

— ¿Cómo?

Bajó las manos de nuevo hasta su vientre.

— Adoro la sensación de tu piel contra la mía. La suavidad de tu cuerpo bajo mi mano —le confesó en voz baja—. Pero sólo cuando tus labios rozan los míos siento que pierdo el control. ¿A qué crees que se deberá?

— No lo sé.

En ese momento sonó el teléfono.

Joe lanzó una maldición.

— Odio esos chismes.

— Yo estoy empezando a odiarlos también.

Joe retiró la mano para que ________ pudiera levantarse.

Ella la cogió y la volvió a poner sobre su pecho.

— Déjalo que suene.

Él sonrió ante su actitud e inclinó la cabeza, acercándola a la suya. Sus labios estaban tan cerca que ________ podía sentir su aliento en el rostro. De repente, Joe retrocedió bruscamente.

Ella vio la agonía, el deseo en sus ojos un instante antes de que los cerrara y apretara los dientes como si luchara para contenerse.

— Ve a contestar el teléfono —susurró, liberándola. ________ se puso en pie; le temblaban tanto las piernas que apenas si la sostenían. Cruzó la habitación y cogió el inalámbrico mientras se tapaba los pechos con la camisa.

— Hola, Breyda.

Joe la escuchó hablar con el corazón pesado como el plomo, luchando contra el fuego que lo arrasaba.

Lo último que quería era dejar este refugio. Jamás había disfrutado tanto en su vida como desde que conoció a ______. Y ahora estaba ansioso por pasar con ella cada segundo del tiempo que disponían para estar juntos.

— Espera y le pregunto. —Celeste volvió a su lado—.Breyda y Ricardo quieren saber si nos apetecería salir con ellos el sábado.

— Tú decides —le contestó Joe, esperando que declinara la invitación.

Ella sonrió y se colocó de nuevo el teléfono en la oreja.

— Eso suena genial, Brey. Será muy divertido… Vale. Nos vemos entonces. —Dejó el teléfono en su sitio—. Voy a darme una ducha rápida antes de ir a la cama. ¿Vale?

Joe asintió. La observó subir las escaleras. Deseaba más que nunca volver a ser mortal.

Daría cualquier cosa por poder seguirla en ese momento, tumbarse junto a ella en la cama y enterrarse profundamente en su cuerpo.

Cerrando los ojos podría jurar que era capaz de sentir la humedad de _______ rodeándolo.

Se mesó el cabello. ¿Cuántos días más podría soportar esta tortura?
________________Continuacion...

Pero quería luchar contra ella. Se negaba a rendirse, a entregar su cordura un segundo antes del plazo que las Parcas habían decretado.

_______ sintió la presencia de Joe. Se giró y lo vio de pie junto a la bañera, completamente desnudo.

_______ dejó que su mirada se recreara con avidez en cada centímetro de aquel cuerpo bronceado, pero fue su sonrisa, cálida y fascinante, la que le robó el corazón y la dejó sin aliento.

Sin decir una sola palabra, él se metió en la ducha.

— ¿Sabes? —comentó con una naturalidad que la dejó pasmada—. Esta mañana encontré algo interesante.

Ella observó cómo el agua resbalaba sobre él, mojándole el pelo hasta convertirlo en una masa de rizos húmedos que caían sobre su rostro.

— ¿Sí? —contestó ella, resistiéndose al impulso de alzar el brazo y coger uno de sus rizos. O mejor aún, mordisquearlo.

— Mmm —murmuró Joe, deslizando la mano por el cordón de la ducha hasta sacarla de su soporte en la pared. Giró hasta encontrar la posición de un ligero masaje—. Date la vuelta.

_________ dudó antes de obedecerle.

Joe deslizó su mirada por su espalda desnuda y húmeda. Jamás había visto una mujer más tentadora en todos los días de su vida.

Era todo lo que había soñado, pero que no podía ni siquiera anhelar. No se atrevía. Era un sueño lejano.

Bajó los ojos hasta sus voluptuosas curvas. Tenía las piernas ligeramente abiertas. Una imagen de él separándoselas y sumergiéndose en ella se abrió paso en su mente.

Esforzándose por mantener la respiración, acercó el cabezal de la ducha hasta los hombros de __________.

— Eso es estupendo —murmuró ella.

Joe no podía hablar. Mantenía la mandíbula fuertemente apretada para controlar las voraces exigencias de su cuerpo. Su necesidad de tocarla era tan honda que hacía que el hambre y la sed que padecía mientras permanecía en el libro fuesen una broma.

________ se dio la vuelta para mirarlo; su rostro resplandecía. Alargó el brazo para coger la manopla que se encontraba en la repisa, detrás de Joe. Él no se movió mientras lo lavaba, pasando las manos por su pecho y su abdomen, avivando la hoguera del deseo que sentía por ella.

Contuvo la respiración, anticipando el momento en que su mano bajara más y más.

_______ se mordió el labio al tocar los duros abdominales. Miró hacia arriba y vio que Joe la observaba. Tenía los ojos medio cerrados y parecía estar saboreando cada caricia que sus manos dejaban sobre su cuerpo.

Deseando complacerlo, pasó la manopla sobre su entrepierna. Joe jadeó cuando lo tomó entre sus manos con suavidad. Ella sonrió al sentir el repentino estremecimiento que agitó su cuerpo.

La expresión de sumo placer que se veía en su rostro hizo que _______ se sintiera encandilada. Con el corazón acelerado, deslizó la mano hacia arriba, para poder acariciar su miembro hinchado.

Escuchó cómo la ducha golpeaba la bañera un segundo antes de que él la envolviera entre sus brazos y enterrara los labios en su cuello.

________ tembló ante la sensación de sus cuerpos húmedos, desnudos y entrelazados. El amor que sentía por él fluyó por sus venas, rogando que sucediese un milagro que les permitiera pasar la vida juntos.

En ese instante, deseó poder sentirlo en su interior. Sentir cómo el tomaba posesión de su cuerpo de la misma forma que se había apoderado de su corazón.
_________________Continuacion...


Mientras la torturaba con los labios deliciosamente, enterró un muslo entre sus piernas y la sensación del vello sobre su carne hizo que el sentido común de ________ acabara por derretirse.

Enfebrecida, _______ se restregó contra su muslo y se deleitó al moverse contra los duros músculos que se contraían bajo sus piernas mientras seguía lamiendo su cuello. Cuánto amaba a este hombre. Cómo deseaba escucharle decir que significaba para él tanto como él para ella.

Joe pasó las manos a lo largo de la espalda de Celeste y luego las movió hacia el frente.

Su mirada la abrasaba mientras la ayudaba a sentarse en la bañera.

— ¿Qué estás h…? —su pregunta acabó con un jadeo al sentir la lengua de Joe en la oreja.

________ percibió la tensión en los músculos de su brazo de él cuando cogió el cabezal de la ducha y volvió a atormentar su cuerpo con su pulsante calor. Lo movió lentamente, trazando círculos sensuales sobre sus pechos y su vientre. Enardecida por la estimulación del agua y el cuerpo de Joe, _______ luchaba por respirar.

Joe temblaba por la necesidad. Quería complacer a ________ como jamás había querido hacerlo con nadie. Deseaba verla retorcerse bajo él. Escucharla gritar cuando llegara al clímax.

Cristiano le separó los muslos con el codo y dejó que el agua de la ducha cayera directamente entre sus piernas.

________ emitió un entrecortado gemido al ser asaltada por una indescriptible oleada de placer.

— ¿Joe? —jadeó, mientras su cuerpo se estremecía. Los dedos de Cristiano la penetraron y comenzaron a moverse en su interior a la vez que los chorros de agua intensificaban sus caricias.

Jamás, jamás había experimentado algo parecido. Joe giraba la muñeca haciendo que el agua cayera sobre ella en pequeños movimientos circulares, hasta que ya no pudo más.

Cuando alcanzó el orgasmo un segundo después, gritó aliviada.

Joe sonrió y mantuvo su cuerpo completamente inmóvil para no poseerla. Aún no había acabado con ella. Jamás podría acabar con ella.

Con las manos, la lengua y el cabezal de la ducha hizo que __________ disfrutara de cinco orgasmos más.

— Por favor —le rogó ella tras el último—. Ten compasión. No puedo más.

Decidiendo que ya habían tenido los dos suficiente tortura, Joe se giró y cortó el agua.

_______ era incapaz de moverse. Cualquier sensación, por pequeña que fuera, la hacía estremecerse. Observó cómo Joe se ponía de pie entre sus piernas y la miraba con una leve sonrisa.

— Acabas de matarme —balbució—. Ahora tienes que enterrar el cadáver.

Él se rió ante la ocurrencia. Salió de la bañera, alargó los brazos y la alzó.

________ se quedó embelesada al sentir su piel desnuda mientras la llevaba hasta la cama y la secaba con la toalla.

Muy lentamente y con mucho cuidado, utilizó el albornoz de un modo que _____ juraría que a nadie se le había ocurrido antes. Lo pasó sensualmente por sus hombros, sus brazos y sus pechos, y después descendió hasta el estómago trazando sensuales espirales.

— Abre tus piernas para mí, ________.

Sin fuerza de voluntad alguna, ella obedeció.

_______ gimió al sentir la felpa sobre su sexo. Súbitamente el albornoz fue reemplazado por los dedos de Joe.

— Joe, por favor. No creo que pueda soportarlo de nuevo.

Él no le hizo caso. Ni siquiera su propio cuerpo tuvo en cuenta su opinión. Y para su sorpresa, un nuevo orgasmo la asaltó.

Joe se inclinó y le susurró al oído:

— Podríamos seguir así toda la noche.

Ella lo miró a los ojos y entonces se dio cuenta del alcance de la maldición: su miembro estaba aún completamente erecto y tenía la frente cubierta de sudor.

¿Cómo podía soportar verla correrse una y otra vez sabiendo que él no podría hacerlo?

Pensando tan sólo en el amor que sentía por él, se incorporó hasta quedar sentada y lo besó.

Joe se echó atrás con un movimiento violento. Cayó al suelo agitándose como si le golpeasen.

Aterrorizada por lo que había hecho,________ bajó de la cama.

— Lo siento —dijo al llegar junto a él—. Lo olvidé.

Joe se giró en ese instante para mirarla. Tenía los ojos de aquel espantoso color oscuro.

Temblaba como si estuviese luchando por alejarse de la locura. Fue el miedo en el rostro de ________ lo que finalmente lo ayudó a calmarse.

Se alejó de ella como si fuera venenosa.

_________ lo observó mientras utilizaba los peldaños de su cama como apoyo para ponerse en pie.

— Cada vez es peor —dijo con voz ahogada.

________ no podía hablar. No podía soportar verlo sufrir de aquella manera. Y se odiaba a sí misma por haberlo llevado hasta el borde del abismo.

Sin mirarla siquiera, Joe recogió su ropa y salió de la habitación.

Pasaron varios segundos antes de que ________ pudiese moverse. Cuando finalmente consiguió ponerse de pie, abrió la cómoda para sacar algo de ropa y sus ojos se quedaron clavados sobre la caja que contenía los grilletes.

¿Cuántos días más tendrían antes de que lo perdiera para siempre?

FIN DEL CAP 13
Capítulo 14


Los días siguientes fueron los mejores de la vida de _________. Una vez se acostumbró a la regla que Joe impuso, que prohibía los besos y las caricias íntimas e incitantes, desarrollaron una relación agradable que fue casi una sorpresa para ella.

Pasaba los días en el trabajo, almorzaba a menudo con Joe y Breyda, y dedicaba las noches a tumbarse entre sus maravillosos brazos.

Sin embargo, con cada día que pasaba, saber que iba a abandonarla a final del mes la dejaba destrozada.

¿Cómo iba a soportarlo?

Aunque la idea no abandonaba nunca su mente, se negó a pensar en eso constantemente. Viviría el momento y se preocuparía del mañana cuando llegara.

El sábado por la noche quedaron con Breyda y Ricardo en Tip’s, en el Barrio Francés. Aunque con bastante más afluencia de turistas que el original Tippitinas’s, era la noche de Zydeco y ella quería que Joe escuchara la música que Nueva Orleáns había hecho famosa.

— ¡Eh! —Les dijo Breyda mientras se aproximaban a la mesa, en el fondo del local—. Empezaba a preguntarme si iban a dejarnos colgados.

_________ se sintió enrojecer al recordar el motivo de su retraso. Algún día de estos aprendería a cerrar la puerta del baño mientras se duchaba…

— Hola Joe, __________ —les saludó Ricardo.

________ sonrió al ver la escayola del brazo de Ricardo que Breyda había decorado con pintura fluorescente.

Joe inclinó la cabeza a modo de saludo mientras retiraba una silla para que _________ se sentara y, después, hizo lo propio a su lado. En cuanto apareció el camarero pidieron cervezas y nachos, y Breyda comenzó a seguir el ritmo de la música golpeando la mesa con la mano.

— Vamos, Breyda —dijo Ricardo, malhumorado—. Será mejor que bailemos antes de que tenga que matarte por ese ruidito insoportable.

Con una ligera punzada de envidia, ________ observó cómo se alejaban.

— ¿Te gustaría bailar? —le preguntó Joe.

A ella le encantaba bailar, pero no quería que Joe pasara un mal rato. En su mente no había dudas de que él no sabía bailar música moderna. Pero, aún así, fue una invitación muy tierna por su parte.

— No, no pasa nada.

Pero él no la escuchó. Se puso en pie y le tendió la mano.

— Sí, claro que vas a bailar.

Tan pronto como llegaron a la pista de baile, _________ comprendió que aquel hombre bailaba tan bien como besaba.

Joe conocía cada paso y daba la sensación de que había nacido bailando. De hecho, sus movimientos eran elegantes sin perder el toque masculino y fascinante. _______ nunca había visto a nadie bailar así. Y por las envidiosas miradas femeninas que sentía clavadas en ella, podía imaginarse que todas aquellas mujeres tampoco habían presenciado antes nada semejante.

Cuando el grupo terminó de tocar se sentía excitada y estaba sin aliento.

— ¿Cómo…?

— Fue el regalo de Terpsícore —le contestó Joe mientras le pasaba el brazo por los hombros y la mantenía fuertemente pegada a su cuerpo.

— ¿De quién?

— De la musa de la danza.

_________ sonrió.

— Recuérdame que le envíe una nota de agradecimiento.

Al comenzar la siguiente canción, Joe miró fijamente a su izquierda y frunció el ceño.

— ¿Pasa algo? —preguntó ella, mientras seguía la dirección de su mirada.

Él meneó la cabeza y se frotó los ojos.

— Debo estar viendo visiones.

— ¿Qué has visto?

Joe volvió a mirar entre la multitud, buscando al hombre rubio y alto que acababa de ver por el rabillo del ojo. Aunque apenas había captado su imagen, juraría que se trataba de Kyrian de Tracia.

Con algo más de uno noventa de estatura, a Kyrian siempre le había resultado difícil perderse entre la multitud y, además, su modo de andar era bastante distintivo, ya que tenía un aura letal.

Pero pensar que Kyrian estuviese en esa época era algo imposible. Debía ser la locura que volvía a hacer mella en él; ahora comenzaba a ver visiones.

— Nada —contestó.

Apartó el tema de su mente y la miró con una sonrisa. La siguiente canción era lenta y la atrajo hacia sus brazos, manteniéndola muy cerca de su cuerpo, al tiempo que se movían suavemente al ritmo de la música. ________ le rodeó el cuello y apoyó la cabeza en su pecho; podía inhalar el cálido aroma a sándalo que desprendía Joe. No sabía cómo, pero aquel olor conseguía que perdiera la cabeza por completo y que la boca se le hiciera agua.
Continuacion...


Con la mejilla apoyada sobre la cabeza de ________, Joe comenzó a acariciarle el pelo mientras ella escuchaba los latidos de su corazón. ________ podría quedarse así para siempre.

Pero la pieza terminó demasiado pronto. Y después de dos canciones rápidas, _________ tuvo que regresar a su asiento. Simplemente, no tenía el aguante de Joe.

Al encaminarse hacia la mesa, se dio cuenta de que Joe ni siquiera tenía la respiración alterada; pero eso sí, su frente estaba cubierta de sudor.

Él le apartó la silla. Se sentó muy cerca de ella y cogió su jarra de cerveza para tomar un gran trago.

— ¡Joe! —dijo Breyda con una carcajada—. No tenía ni idea de que podías moverte así.

Ricardo puso los ojos en blanco.

— ¿Pensamientos lujuriosos de nuevo, Breyda?

Breyda le dio un puñetazo a su marido en el estómago.

— Sabes que no es eso. Tú eres el único juguete con el que me apetece jugar.

Ricardo miró a Joe con escepticismo.

— Sí, claro.

_______ vio cómo el rostro de Joe se ensombrecía.

— ¿Estás bien? —le preguntó.

Él le contestó con su sonrisa plagada de hoyuelos y a ella se le olvidó la pregunta.

Permanecieron sentados en silencio escuchando al grupo, mientras Joe y ________ se ofrecían nachos el uno al otro.

Cuando _________ apartó la mano de los labios de él, Joe la capturó y se la llevó de nuevo a la boca para chupar un poco de queso que se le había quedado pegado en la yema de un dedo. Pasó la lengua sobre su piel y ________ sintió que el cuerpo le estallaba en llamas.

No pudo más que reírse al notar cómo el deseo la consumía. Cómo deseaba haberse quedado en casa. ¡Le encantaría quitarle la ropa a Joe y lamer queso fundido sobre su cuerpo toda la noche!

Definitivamente, iba a añadir Cheez Whiz a la lista de la compra.

Con los ojos brillantes, Joe llevó la mano de _________ hasta su regazo y comenzó a mordisquearle el cuello antes de apartarse y tomar otro trago de cerveza.

— Breyda—le dijo Ricardo llamando la atención de su esposa, que estaba mirando a _______ y Joe. Le ofreció una servilleta—. Seguro que quieres limpiarte la baba que te gotea por la barbilla.

Breyda puso los ojos en blanco.

— _______, necesito ir al baño. Vamos.

Joe se echó hacia atrás para dejarla pasar. Observó cómo ________ se perdía entre la multitud y, casi al instante, las mujeres comenzaron a acercársele.

El estómago se le contrajo. ¿Por qué siempre tenían que revolotear a su alrededor? En ese momento, deseó que por una vez en su vida pudiera sentarse tranquilo sin tener que mantener a raya a un puñado de mujeres, de las cuales ni siquiera conocía sus nombres, antes de que empezaran a sobarlo.

— Hola nene —coqueteó una atractiva rubia, que fue la primera en llegar a su lado—. Me gusta cómo bailas. ¿Qué tal si…?

— No estoy solo —le contestó él, entrecerrando los ojos a modo de advertencia.

— ¿Con ella? —se rió la mujer mientras señalaba con un dedo hacia el lugar por donde _________ había desparecido—. Venga ya. Pensaba que habías perdido una apuesta o algo así.

— Yo pensé que lo hacía por pena —comentó otra mujer que se acercó junto a una morena.
_________________Continuacion...

Dos hombres surgieron en ese momento de entre la multitud.

— ¿Qué hacéis aquí vosotras tres? —preguntaron los tipos a sus compañeras.

Las mujeres contemplaron contritas a Joe.

— Nada —ronroneó la rubia, mirándolo por última vez antes de darse la vuelta y marcharse.

Los hombres lo miraron furiosos.

Él alzó una ceja con un gesto burlón y tomó otro trago de cerveza con total normalidad. Los tipos debieron darse cuenta de que la idea de pelear con él era bastante estúpida, porque se reunieron con sus chicas y se marcharon.

Joe suspiró, disgustado. Daba igual la época en la que se encontrara, algunas cosas no cambiaban.

— Oye —le increpó Ricardo alzándose un poco por encima de la mesa—. Sé que últimamente has pasado mucho tiempo con mi mujer. Por tu bien, espero que no te estés metiendo en mi territorio. ¿Me has entendido?

Joe tomó una honda bocanada de aire. Ricardo no; él no.

— Por si no lo has notado, sólo estoy interesado en _____________.

— Sí, claro —masculló Ricardo—. No intentes confundirme; ___________ me cae muy bien, pero no soy idi*ota. No puedo creer que seas el tipo de hombre que se conforma con una hamburguesa cuando tiene un montón de jugosos solomillos de ternera esperándolo.

— Sinceramente, me importa una mier*da lo que creas.

____________ vaciló cuando Breyda y ella regresaron junto a Joe y
Ricardo. La tensión de Joe era palpable. Sostenía la cerveza con tanta fuerza que se sorprendía de que la botella no hubiera estallado, hecha añicos.

— Ricardo—le dijo Breyda mientras le pasaba los brazos alrededor del cuello—. ¿Te importaría mucho si bailo con Joe?

— Joder, claro que me importa.

De inmediato, Joe se disculpó y se acercó a la barra.

__________ lo siguió con rapidez.

Pidió otra cerveza justo cuando ella llegó a su lado.

— ¿Estás bien? —le preguntó.

— Estupendamente.

Pero no lo parecía. Definitivamente, no parecía estar bien.

— ¿Sabes una cosa? Sé cuando no estás siendo sincero conmigo. Y ahora confiesa, Joe. ¿Qué pasa?

— Deberíamos marcharnos.

— ¿Por qué?

Joe lanzó una rápida mirada a Breyda y Ricardo.

— Creo que sería lo más sensato.

— ¿Por qué?

Joe gruñó.

Antes de que pudiera contestarle, tres hombres aparecieron tras él y, por sus expresiones, ___________ intuyó que no estaban muy contentos.

Peor aún, parecía que Joe era la fuente de todos sus problemas.

El más grande era un monstruoso culturista, siete centímetros más bajo que Joe, pero bastante más musculoso y voluminoso. Hizo una especie de mohín al mirar la espalda de Joe de arriba abajo. Y, en ese instante, _________ lo reconoció.

Alan. Continuacion...


El corazón empezó a latirle con rapidez. Físicamente, había cambiado muchísimo con los años. Tenía la cara más redonda, con arrugas prematuras alrededor de los ojos, y había perdido mucho pelo. Pero aún conservaba la misma sonrisa burlona.

— Éste era el que estaba con Fernanda —le dijo uno de sus acólitos.

Una calma mortal rodeó a Joe, haciendo que _______ se estremeciera de miedo. Ella no sabía de lo que era capaz y, por lo que estaba viendo, Alan no había cambiado por dentro tanto como por fuera. Un niñato de anuncio, rodeado de seguidores, que siempre se movía con su séquito. Todo lo que hacía tenía que ser notorio para dejar claro su poder. Con ese ego de chulo de playa, estaba claro que no se iría hasta que consiguiera enredar a Joe en una pelea.

Lo único que esperaba era que su general tuviera más sentido común y no cayera en la trampa.

— ¿Necesitas algo? —preguntó, sin mirar a Alan ni a sus amigos.

Alan se rió y palmeó a uno de los suyos en el pecho.

— ¿Qué acento es ése? Tiene voz de pito. Pensaba que el niño bonito iba detrás de mi chica, pero por su pinta y por su voz, creo que iba detrás de uno de nosotros.

Joe se giró y miró furioso a Alan. A cualquier otra persona con más entendederas, esa mirada la habría hecho retirarse.

Alan, por supuesto, carecía de entendederas. No había tenido nunca ni una pizca de sentido común.

— ¿Qué pasa contigo, niño bonito? —se burló Alan—. ¿Te he ofendido? —Miró a sus amigos y meneó la cabeza—. Lo que pensaba; es un mariquita cobarde con voz de pito.

Joe soltó una carcajada siniestra.

— Venga Joe —le increpó _________, cogiéndolo del brazo antes de que las cosas se pusieran peor—. Vámonos.

Alan la miró con aquella risita burlona y entonces la reconoció.

— Vaya, vaya, vaya. _________ Alexander. Hace mucho que no nos vemos. —Le dio una palmada en la espalda al tipo moreno que estaba a su lado—. Oye,Tom, ¿te acuerdas de _______, la de la facultad? Sus braguitas blancas me hicieron ganar nuestra apuesta.

Joe se quedó paralizado ante sus palabras.

__________ sentía que el viejo dolor volvía, pero se negó a demostrarlo. Jamás le daría ese gusto a Alan de nuevo.

— No me extraña que fuera detrás de Fernanda —siguió Alan—. Probablemente quería probar a una mujer que no estuviese todo el rato llorando mientras se la tira.

Joe giró hacia Alan con tal rapidez que ________ apenas si fue capaz de percibir el movimiento. Alan se movió un poco pero Joe se agachó y le lanzó un puñetazo a las costillas que lo envió hasta la multitud, que se agolpaba unos metros detrás de ellos. Con una maldición, se arrojó a plena carrera hacia Joe. Joe se ladeó un poco, le puso la zancadilla y lo empujó haciéndolo volar por los aires.
_________________Continuacion...


Alan aterrizó sobre la espalda.

Antes de que pudiera moverse, Joe colocó el pie sobre su garganta y le sonrió con tal frialdad que _______ comenzó a temblar de la cabeza a los pies.

Alan agarró el pie de Joe con las dos manos e intentó apartarlo. Comenzó a agitarse por el esfuerzo, pero Joe no se apartó.

— ¿Sabías…—le preguntó Joe con un tono de voz tan pragmático que era realmente atemorizante—…que sólo son necesarios poco más de dos kilos para aplastarte el esófago por completo?

Los ojos y los brazos de Alan comenzaron a hincharse cuando Joe ejerció más presión sobre su cuello.

— Tío, por favor —suplicó Alan mientras intentaba quitarse el pie de Joe de encima—. Por favor, no me hagas daño, ¿vale?

_______ contuvo el aliento, aterrada, al ver que Joe le pisaba aún con más fuerza.

Tom se acercó a ellos.

— Hazlo —le advirtió Joe— y te saco el corazón para que tu amigo se lo coma.

_________ se quedó helada al ver la mirada de los ojos de Joe. Éste no era el hombre tierno que le hacía el amor por las noches. Éste era el rostro del general que una vez había mandado al infierno a los romanos más valientes.

No dudaba ni por un solo instante que Joe podía llevar a cabo la amenaza. Y por lo rápido que la sangre abandonó el rostro de Tom, _________ supo que el hombre también lo creyó.

— Por favor —volvió a implorar Alan, comenzando a llorar—. Por favor, no me hagas daño.

Joe tragó saliva mientras esas palabras la asaltaban; las mismas que ella pronunció llorando en la cama de Alan.

Fue entonces cuando Joe la miró a los ojos. Ella vio la furia y el deseo de acabar con Alan. Por ella.

— Déjalo, Joe —le dijo en voz baja—. No merece la pena. A tu lado no vale nada.

Joe miró a Alan con los ojos entrecerrados.

— Los cobardes inútiles como tú son descuartizados como entrenamiento allí de donde vengo.

Cuando ________ pensaba que iba a matarlo, Joe apartó el pie.

— Levántate.

Frotándose el cuello, Alan se puso en pie lentamente.

La mirada gélida y letal de Joe hizo que Alan se encogiera.

— Le debes una disculpa a mi mujer.

Alan se limpió la nariz con el dorso de la mano.

— Lo siento.

— Dilo como si lo sintieras de verdad —lo amenazó Joe en voz baja.

— Lo siento, ________. De verdad. Lo siento muchísimo.

Antes de que ella pudiese responder, Joe pasó un brazo por sus brazos en un gesto posesivo y salieron a paso tranquilo del local. Continuacion...

Ninguno de ellos habló hasta que llegaron al coche. _______ notaba que algo iba muy mal con Joe. Estaba totalmente tenso, como la cuerda de un arco.

— Ojalá me hubieses dejado matarlo —le dijo Joe, mientras ella buscaba las llaves del coche en el bolsillo de los vaqueros.

— Joe…

— No tienes ni idea de lo que me cuesta dejarlo marchar. No soy el tipo de hombre que suele dejar de lado una situación como ésta —confesó mientras golpeaba con fuerza el techo del coche con la palma de la mano para después girarse rápidamente y lanzar un gruñido—. ¡Maldita sea, _______! hubo una época en la que me alimentaba de las entrañas de tipos como ése. Y he pasado de eso a…

Joe dudó un instante cuando dos mil años de recuerdos reprimidos afluyeron a su mente. Volvió a verse como el respetado líder que fue. El héroe de Macedonia. El hombre que una vez consiguió que legiones completas de romanos se rindieran ante la simple aparición de su estandarte.

Y después vio en lo que se había convertido. En una cáscara vacía. En una codiciada mascota, sometida a la voluntad de aquélla que lo invocara.

Durante dos mil años había vivido sin emociones y sin pronunciar más que un puñado de palabras.

Había encontrado el punto exacto que le permitía sobrevivir. Y se había dejado arrastrar.

Hasta que _________ llegó y descubrió su faceta humana…

Ella observó la miríada de emociones que cruzaron por el rostro de Joe. Ira, confusión, horror y, finalmente, una terrible agonía. Se acercó hasta el otro lado del coche, donde él estaba, pero no dejó que lo tocara.

— ¿Es que no lo ves? —le preguntó con un tono brusco a causa de las intensas emociones—. Ya no sé quién soy. En Macedonia sabía quién era; después me convertí en esto —dijo, mientras alzaba el brazo para que ________ pudiera ver las palabras que Príapo grabó a fuego—. Y tú lo has cambiado todo —acabó, mirándola fijamente.

La angustia que reflejaban sus ojos desgarraba a ________.

— ¿Por qué has tenido que cambiarme, ________? ¿Por qué no me dejaste como estaba? Había aprendido, a fuerza de voluntad, a no sentir nada. Simplemente venía a este mundo, hacía lo que me ordenaban y me marchaba. No deseaba nada. Y ahora… —miró a su alrededor, como un hombre inmerso en una pesadilla de la que no puede escapar.

Ella alargó el brazo.

— Joe…

Negando con la cabeza, él se alejó de su mano.

— ¡No! —exclamó, mesándose el cabello—. No sé a dónde pertenezco. No lo entiendes.

— Entonces, explícamelo —le suplicó ________.

— ¿Cómo voy a explicarte lo que es caminar entre dos mundos y ser despreciado por ambos? No soy humano, ni tampoco un dios; soy un híbrido abominable. No tienes idea de cómo crecí: mi madre me entregó a mi padre, que me entregó a su esposa, que me entregaba a cualquiera que estuviese cerca para alejarme de su vista. Y durante los últimos veinte siglos no he sido más que una moneda de cambio, algo que se podía comprar y vender. He pasado toda mi vida buscando un lugar al que poder llamar hogar. Buscando a alguien que me quisiera por lo que soy, no por mi rostro ni por mi cuerpo. —El tormento que reflejaban sus ojos hería a ______ como una quemadura.

— Yo te quiero, Joe.

— No, no es cierto. ¿Cómo ibas a quererme?

Ella se quedó boquiabierta ante su pregunta.

— Mejor di que cómo no iba a hacerlo. Dios mío, jamás en mi vida he deseado estar junto a alguien como ahora deseo estar contigo.

— Es lujuria, nada más.

Eso sí consiguió enfadarla. ¡Cómo se atrevía a despreciar sus sentimientos como si fuesen algo trivial! Lo que sentía hacia él era mucho más profundo que la mera lujuria, era algo que le llegaba hasta el alma.

— No me digas lo que siento o lo que no. No soy una niña.

Joe meneó la cabeza, incapaz de creer sus palabras. Se trataba de la maldición. Tenía que ser eso. Nadie podía amarlo. Nadie lo había hecho nunca, desde el día en que nació.

Pero que ________ lo amara…

Sería un milagro. Sería…

La gloria. Y él no había nacido para saborearla.

«Sufrirás como ningún otro hombre lo ha hecho.»

Sólo se trataba de otra estratagema de los dioses. Otro cruel engaño concebido para castigarlo.

Y ya estaba cansado. Exhausto y agotado por la lucha. Sólo quería escapar al sufrimiento. Buscaba un puerto donde refugiarse de aquellos aterradores sentimientos que lo asaltaban cada vez que la miraba.

_______ apretó los dientes al ver la negativa en los ojos de Joe. Pero, ¿quién podía culparlo?

Lo habían herido en incontables ocasiones. Pero de algún modo, de alguna forma, lograría probarle lo mucho que significaba para ella.

Tenía que hacerlo. Porque perderlo significaría la muerte para ella.

FIN DEL CAP 14
Capítulo 15

Joe mantuvo la distancia entre ellos lo que quedaba del fin de semana. Por mucho que ____________ intentaba derribar la barrera que lo rodeaba, él la apartaba sin dudarlo.

Ni siquiera quería que le leyera.

Totalmente descorazonada, se fue al trabajo el lunes por la mañana, pero ni siquiera debería haberse molestado en acudir a la consulta. No podía concentrarse en otra cosa que no fuesen sus celestiales ojos verdes, cargados de confusión.

— ¿_________ Alexander?

____________ alzó la mirada del escritorio y vio a una mujer rubia, increíblemente hermosa, de poco más de veinte años que estaba parada en el hueco de la puerta. Parecía que acababa de salir de un desfile de modas en Europa, con aquel traje de seda roja de Armani y las medias y los zapatos a juego.

— Lo siento —le dijo ___________—. Mi hora de visitas ha acabado. Si quiere volver mañana…

— ¿Tengo aspecto de necesitar a una sexóloga?

A primera vista, no. Pero claro, __________ había aprendido hacía ya mucho tiempo a no hacer juicios apresurados sobre los problemas de la gente.

Sin que la invitara, la mujer entró tranquilamente a su consulta con un andar presuntuoso y elegante que le resultaba extrañamente familiar. Caminó hacia la pared donde estaban colgados los títulos y certificados de ______________.

— Impresionante —le dijo. Pero su tono expresaba todo lo contrario.

Se volvió para observar concienzudamente a _____________ y, por la mueca burlona en su rostro, ésta supo que la mujer la encontraba seriamente deficiente.

— No eres lo bastante hermosa para él, ¿sabes? demasiado baja y demasiado rechoncha. ¿Y dónde has encontrado ese vestido?

Completamente ofendida, ______________ adoptó una postura rígida.

— ¿Cómo dice?

La mujer ignoró su pregunta.

— Dime, ¿no te molesta estar cerca de un hombre como Joe, sabiendo que si tuviese oportunidad, jamás querría estar contigo? Tiene un cuerpo tan bien formado, es tan elegante… Tan fuerte y cruel… Sé que nunca antes has tenido detrás de ti a un hombre como él, y jamás volverás a tenerlo.

Atónita, ____________ no era capaz de hablar.

Y tampoco tuvo que hacerlo; la mujer siguió sin detenerse.

— Su padre era como él. Imagínate a Joe con el pelo aun mas oscuro, un poco más bajo y de apariencia más vulgar, no tan refinado. Pero aún así, ese hombre tenía unas manos que… Mmm… —Sonrió pensativamente, con la mirada perdida—. Por supuesto Diocles tenía todo el cuerpo marcado por horribles cicatrices de las batallas; tenía una espantosa que le atravesaba la mejilla izquierda. —Entrecerró los ojos con ira—. Jamás olvidaré el día que intentó marcar a Joe con una daga, para hacerle esa misma cicatriz. En ese momento hubiera deseado que viviese lo suficiente para arrepentirse de esa infracción, pero me aseguré de que no lo hiciera. Joe es físicamente perfecto, y jamás permitiré que nadie estropee la belleza que yo le di. —La fría y calculadora mirada que Afrodita dedicó a _____________ hizo que ésta se estremeciera.

_ No compartiré a mi hijo contigo.

La posesividad de las palabras de la diosa despertó la ira de ___________. ¿Cómo se atrevía a aparecer ahora y a decir tal cosa?

— Si Joe significa tanto para ti, ¿por qué lo abandonaste?

Afrodita la miró, furiosa.

— ¿Crees que me dejaron otra opción? Zeus se negó a darle la ambrosía; ningún mortal puede vivir en el Olimpo. Antes de que pudiera siquiera protestar, Hermes me lo quitó de los brazos y lo entregó a su padre.

__________ vio el horror en el rostro de Afrodita al recordar aquel momento.

— Mi dolor por su pérdida iba más allá de los límites humanos. Inconsolable, me encerré para alejarme de todo. Cuando fui capaz de enfrentarme a todos ellos de nuevo, habían pasado catorce años en la tierra. Apenas si reconocí al bebé que yo había amamantado. Y él me odiaba. —Sus ojos brillaron como si estuviese luchando por contener las lágrimas.

-- No tienes idea de lo que es ser madre, y que ese hijo que has llevado en tu vientre maldiga hasta tu propio nombre.

__________ comprendía su dolor, pero era a Joe a quien amaba; y su sufrimiento era lo que más le preocupaba.

— ¿Alguna vez intentaste decirle cómo te sentías?

— Por supuesto que lo hice —espetó la diosa—. Le envié a Eros con mis regalos. Me los devolvió, con un mensaje que un hijo no debería decirle a su madre jamás.

— Estaba herido.

— Y yo también —gritó Afrodita. Todo su cuerpo temblaba de furia.

Desconfiada y bastante asustada por lo que una diosa enfadada pudiera hacer con ella, _____________ observó cómo Afrodita cerraba los ojos y respiraba hondo para calmarse.

Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz dura y el cuerpo tenso.

— Aún así, envié de nuevo a Eros con más regalos para Joe. Los rechazó todos. Me vi a obligada a presenciar cómo juraba lealtad y servicio a Atenea en venganza. —Masculló el nombre de la diosa como si la despreciara.

_ Fue en su nombre que conquistó ciudades con los dones que yo le otorgué cuando nació: la fuerza de Priapo, la templanza de Apolo y las bendiciones de las Musas y las Gracias. Incluso lo sumergí en el río Estigio para asegurarme de que ningún arma humana pudiera matarlo o dejarlo marcado y, a diferencia de lo que hizo Tetis con Aquiles, sumergí también sus tobillos para que no tuviese ni un solo punto vulnerable. —Meneó la cabeza como si aún no pudiese creer lo que Joe hizo.

_ Hice todo lo que estuvo en mis manos por ese chico, y él no me demostró la más mínima gratitud. Ni el respeto que merecía. Finalmente, dejé de intentarlo. Puesto que rechazaba mi amor, me aseguré de que nadie lo amara jamás.

El corazón de ____________ se detuvo al escuchar el egoísmo de la diosa.

— ¿Que hiciste qué?

Afrodita alzó la barbilla, altanera, como una reina orgullosa de sus frías y sangrientas hazañas.

— Le maldije del mismo modo que él lo hizo conmigo. Me aseguré de que ninguna mujer humana pudiese mirarlo sin desear su cuerpo, y de que todo hombre que estuviese a su alrededor lo envidiara profundamente.

___________ no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Cómo podía una madre ser tan cruel?
_________________Continuacion...

Y tan pronto como ese pensamiento se alejó de su mente, la asaltó otro aún más horrible:

— Tú fuiste la culpable de que Lys muriera, ¿verdad?

— No, eso fue obra de Joe. Por supuesto que yo estaba enfurecida cuando Eros me contó lo que había hecho por su hermano, y también porque Joe había acudido a él y no a mí.

_ Puesto que no podía deshacer lo que la flecha de Eros había conseguido, decidí mermar sus efectos. Lo que Joe tuvo con Lys fue algo insípido, y él lo sabe. —Afrodita se acercó hasta la ventana y contempló la ciudad.

_ Si Joe hubiese acudido a mí alguna vez, habría dejado que Lys lo amara. Pero no lo hizo. Lo observé acercarse a ella, noche tras noche, tomándola una y otra vez, y percibí su malestar, su angustia porque sabía que su esposa no lo amaba. Y todavía seguía rechazándome y maldiciéndome.

_ Fueron las lágrimas que derramé por él a lo largo de los años lo que puso a Ares en su contra. Siempre ha sido el más leal de mis hijos. Debí detenerlo tan pronto como supe que quería la sangre de Joe, pero no lo hice. Ansiaba que la ira de Ares consiguiera que Joe me buscara e implorara mi ayuda. —Apretó los dientes.

_ Pero no lo hizo.

___________ comprendía su dolor, pero eso no cambiaba lo que le había hecho a su hijo.

— ¿Cómo es que Joe acabó siendo maldecido?

La diosa tragó saliva.

— Todo comenzó la noche que Atenea le contó a Ares que no existía otro hombre más valiente y fuerte que Joe. Ella lo retó a enfrentar a su mejor general con Joe. Dos días más tarde, contemplé cómo Joe cabalgaba hacia la batalla y supe que no perdería. Cuando venció al ejército romano, Ares se enfureció.

_ Eros se fue de la lengua y le contó lo que había hecho. Al instante, Ares fue en busca de Francecs y Lys. Yo no sabía las repercusiones que iba a tener. —Se envolvió la cintura con los brazos.

_ Nunca tuve intención de que los niños murieran. No te imaginas las veces que me pregunto al cabo del día por qué dejé que ocurriera aquello.

— ¿No hubo ningún modo de evitarlo?

Afrodita negó tristemente con la cabeza.

— Incluso mis poderes están limitados por las Parcas. Cuando Joe se dirigió a mi templo, tras verlos a todos muertos, contuve el aliento pensando que por fin acudía en busca de mi ayuda. Y entonces vio a esa puerca con la túnica de Ares que se arrojó a sus brazos y le pidió que tomara su virginidad antes de que tuviese lugar la ceremonia en la que sería reclamada por mi otro hijo. Si Joe hubiese pensado con claridad, sé que la habría rechazado. —El rostro de la diosa se ensombreció por la furia.

_ Si no hubiese sido por Alexandria, ese día mi hijo hubiese venido a mí. Sé que me habría pedido ayuda. Pero era demasiado tarde. Todo acabó en el mismo momento en que se derramó en ella.

— ¿Y aún así te negaste a ayudarlo?

— ¿Cómo podía elegir entre dos de mis hijos?

____________ se horrorizó ante la pregunta.

— ¿Y no fue eso lo que hiciste cuando permitiste que encerraran a Joe en un pergamino?
_________________Continuacion...

Los ojos de Afrodita brillaron con tal malicia que __________ dio un paso atrás.

— Joe fue quien me rechazó. Todo lo que tenía que hacer era pedirme ayuda y yo se la habría dado.

__________ no podía creer lo que estaba oyendo. Para ser una diosa, Afrodita era bastante egoísta y corta de entendederas.

— Toda esta tragedia porque ninguno de los dos ha querido rebajarse a suplicar al otro. No puedo creer que concedieras a Joe la fuerza de Priapo y luego lo maldijeras por esa fuerza que tú misma le otorgaste. En lugar de esperarlo o de enviar a otros en tu nombre, ¿no se te ocurrió nunca ir en persona?

Afrodita la miró furiosa e indignada.

— Yo soy la Diosa del Amor, ¿cómo quieres que me arrastre? ¿Tienes la más ligera idea de lo embarazoso que es para mí que mi propio hijo me odie?

— ¿Embarazoso? Tienes al resto del mundo para amarte. Joe no tiene a nadie.

Afrodita se acercó a ella, furiosa.

— Aléjate de él. Te lo advierto.

— ¿Por qué? ¿Por qué me amenazas cuando no lo hiciste con Lys?

— Porque él no la amaba.

___________ se quedó paralizada.

— ¿Estás diciéndome…?

La diosa se esfumó.

— ¡Venga ya! —gritó __________ mirando al techo—. ¡No puedes esfumarte en mitad de una conversación!

— ¿____________?

La voz de Beth hizo que diera un respingo. Girándose de inmediato, la vio asomándose por la puerta.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:11

— ¿Con quién estás hablando? —le preguntó Beth.

____________ hizo un gesto abarcando la consulta y después pensó que no sería muy inteligente decirle a su compañera la verdad.

— Conmigo misma.

Beth la miró sin acabar de creérselo.

— ¿Tienes la costumbre de gritarte a ti misma?

— A veces.

Beth alzó una de sus oscuras cejas.

— Me parece que necesitas una sesión —comentó mientras se alejaba.

Haciendo caso omiso de su compañera, ____________ no perdió tiempo en recoger sus cosas. Estaba deseando llegar a casa para ver a Joe.

Tan pronto como abrió la puerta supo que algo iba mal. Joe no salió a recibirla.

— ¿Joe? —lo llamó.

— Arriba.

_________ dejó las llaves y el correo sobre la mesa, y subió los escalones de dos en dos.

— No vas a creerte quién pasó hoy por la… —su voz se desvaneció al llegar a la puerta de su dormitorio y ver a ___________ con una mano encadenada a los barrotes de la cama, tendido en el centro del colchón, sin camisa y con la frente cubierta de sudor.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó muerta de miedo.

— No puedo luchar más, ____________ —le contestó respirando entrecortadamente.

— Tienes que intentarlo.

Él meneó la cabeza.

— Necesito que me encadenes la otra mano. No llego.

— Joe…

Él la interrumpió con una amarga y brusca carcajada.

— ¿No es irónico? Tengo que pedirte que me encadenes cuando todas las demás lo hacían libremente a las pocas horas de presentarme ante ellas. —La miró directamente a los ojos—. Hazlo, ___________. No podría seguir viviendo si te hiciese daño.

Con el corazón en un puño, ella cruzó la habitación hasta llegar junto a la cama.

Cuando estuvo bastante cerca, Joe alargó el brazo y acarició su mejilla. La acercó hasta él y la besó, tan profundamente que __________ pensó que iba a desmayarse.
Fue un beso feroz y exigente. Un beso que hablaba de deseo. Y de promesas.

Joe mordisqueó sus labios y la alejó.

— Hazlo.

_________ pasó el grillete de plata por los barrotes del cabecero.

El alivio de Joe fue evidente. Hasta ese momento, ___________ no se había dado cuenta de lo tenso que había estado durante la semana anterior. Apoyó la cabeza en la almohada y, con dificultad, respiró hondo.
________________Continuacion...

__________ se acercó y le pasó una mano por la frente.

— ¡Dios santo! —jadeó. Estaba tan caliente que casi le hizo una quemadura—. ¿Qué puedo hacer?

— Nada, pero gracias por preguntar.

___________ fue hacia el vestidor en busca de su ropa. Cuando empezó a desabrocharse la blusa, Joe la detuvo.

— Por favor, no lo hagas delante de mí. Si veo tus pechos… —Echó la cabeza hacia atrás como si alguien le hubiese aplicado un hierro candente.

__________ fue consciente en ese momento de lo acostumbrada que estaba a su presencia; no había pensado en desnudarse en otro lado.

— Lo siento —se disculpó.

Se cambió en el cuarto de baño y mojó unas toallas para colocárselas en la frente.

Volvió a la habitación para refrescarlo.

Le acarició el pelo, empapado de sudor.

— Estás ardiendo.

— Lo sé. Me siento como si estuviese en un lecho de brasas.

Siseó cuando ____________ le acercó la toalla fría.

— No me has contado qué tal te ha ido el día —le dijo sin aliento.

__________ jadeó al sentir que el amor y la felicidad la invadían. Todos los días Joe le hacía esa pregunta. Todos los días contaba las horas para regresar a casa junto a él.

No sabía lo que iba a hacer cuando se marchara.

Obligándose a no pensar en eso, se concentró en cuidarlo.

— No hay mucho que contar —susurró. No quería agobiarlo con lo que su madre le había confesado. No mientras estuviese así. Ya lo habían herido bastante, y no sería ella la que aumentara su dolor—. ¿Tienes hambre? —le preguntó.

— No.

___________ se sentó a su lado. Pasó toda la noche leyéndole y refrescándolo.

Joe no durmió. No pudo. Sólo era consciente de la piel de __________ cuando lo tocaba y de su dulce perfume floral. Invadía sus sentidos y hacía que la cabeza le diera vueltas. Todas las fibras de su cuerpo le exigían que la poseyera.

Con los dientes apretados, tiró de las cadenas de plata que apresaban sus muñecas y luchó contra la oscuridad que amenazaba con devorarlo. No quería rendirse.

No quería cerrar los ojos y desaprovechar el poco tiempo que le quedaba para estar junto a ____________ mientras aún estuviese cuerdo. Si dejaba que la oscuridad lo consumiera no se despertaría hasta estar de vuelta en el libro. Solo.

— No puedo perderla —murmuró. La simple idea de perderla hacía pedazos lo poco que le quedaba de corazón.

El reloj de pared dio las tres. ___________ se había quedado dormida hacía muy poco rato. Tenía la cabeza y la mano apoyadas sobre su abdomen y su aliento le acariciaba el estómago.

Podía sentir su cabello rozándole la piel, la calidez de su cuerpo filtrándose por sus poros hasta llegarle al alma.

Lo que daría por poder tocarla…

Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y se permitió soñar por primera vez desde hacía siglos. Soñó con pasar noches enteras junto a ___________.

Soñó que llegaba el día en que podía amarla como se merecía. Un día en que él sería libre para poder entregarse a ella. Soñó en tener un hogar junto a _____________.

Y soñó con niños de alegres ojos grises, y dulces y traviesas sonrisas.

Aún estaba soñando cuando la luz del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas y el reloj dio las seis. ___________ se despertó.

Frotó la mejilla sobre su pecho, acariciándolo de tal modo que para Joe supuso una tortura.

— Buenos días —lo saludó sonriente.

— Buenos días.

__________ se mordió el labio al pasear la mirada sobre su cuerpo y arrugó la frente por la preocupación.

— ¿Estás seguro que tenemos que hacer esto? ¿No te puedo liberar un ratito?

— ¡No! —exclamó con énfasis.

___________ cogió el teléfono y marcó el número de la consulta para hablar con Beth.

— No iré en un par de días, ¿puedes hacerte cargo de algunos de mis pacientes?

Joe frunció el ceño al escucharla.

— ¿Es que no vas a ir a trabajar? —le preguntó en cuanto colgó.

_________ no podía creer que le hiciese esa pregunta.

— ¿Y dejarte aquí tal y como estás?

— Estaré bien.

Ella lo miró como si se hubiese vuelto completamente loco.

— ¿Y si pasara algo?

— ¿Cómo qué?

— Puede haber un incendio o alguien puede entrar y hacerte cualquier cosas mientras estás ahí indefenso.

Joe no discutió. Le entusiasmó el hecho de verla tan dispuesta a quedarse junto a él.

A media tarde, __________ fue testigo de que la maldición empeoraba. Cada centímetro del cuerpo de Joe estaba cubierto de sudor. Los músculos de los brazos estaban totalmente tensos y apenas hablaba; cuando lo hacía, apretaba los dientes.

Pero seguía mirándola con una sonrisa, y sus ojos eran cálidos y alentadores mientras sus músculos se contraían con continuos espasmos y soportaba el sufrimiento que amenazaba con devorarlo.

___________ siguió refrescándolo, pero tan pronto como acercaba la toalla a su piel se calentaba tanto que apenas era capaz de tocarla después.

Para cuando llegó la medianoche Joe deliraba.

Observó impotente cómo se agitaba y maldecía como si un ser invisible estuviese arrancándole la piel a tiras. _________ nunca había visto algo así. Estaba forcejeando tanto que casi temía que echara abajo la cama.

— No puedo soportar esto —susurró. Bajó corriendo las escaleras y llamó a Breyda.

Una hora después,____________ abrió la puerta a Breyda y a su hermana Tiyana. Con el pelo negro y los ojos azules, Tiyana no se parecía en nada a Breyda. Era una de las pocas sacerdotisas blancas de vudú; regentaba una tienda de artículos mágicos y hacía de guía turística por el cementerio los viernes por la noche.

— No sabéis cuánto os agradezco que hayáis venido —les dijo _________ al cerrar la puerta, una vez pasaron al recibidor.

— No es nada —le contestó Breyda.

Tiyana llevaba un timbal bajo el brazo e iba vestida con un sencillo vestido marrón.

— ¿Dónde está?
__________Continuacion...

__________ las llevó al piso superior.

Tiyana puso un pie en la habitación y se quedó paralizada al ver a Joe sobre la cama presa de continuas convulsiones y maldiciendo a todo el panteón griego.

El color abandonó su rostro.

— No puedo hacer nada por él.

— Tiyana —la increpó Breyda—. Tienes que intentarlo.

Con los ojos abiertos como platos por el miedo, Tiyana meneó la cabeza.

— ¿Quieres un consejo? Sella esta habitación y déjalo hasta que regrese de donde vino. Hay algo tan maligno y poderoso observándolo que no me atrevo a hacerle frente. —Miró a Breyda—. ¿No percibes el odio?

__________ comenzó a temblar al escuchar a Tiyana, y su corazón empezó a latir cada vez más rápido.

— ¿Breyda? —llamó a su amiga. Necesitaba desesperadamente que alguien aliviara el sufrimiento de Joe de algún modo. Tenía que haber algo que ellas pudiesen hacer.

— Sabes que no puedo ayudarlo —le dijo Breyda—. Mis hechizos nunca funcionan.

¡No!,

gritó su mente. No podían abandonarlo de aquel modo.

Miró a Joe mientras éste forcejeaba por liberarse de los grilletes.

— ¿Hay alguien a quien pueda acudir en busca de ayuda?

— No —contestó Tiyana—. De hecho, ni siquiera puedo permanecer aquí. No te ofendas, pero todo esto me pone los pelos de punta. —Lanzó una mirada categórica a su hermana—. Y tú sabes muy bien a qué tipo de atrocidades me enfrento diariamente.

— Lo siento, __________ —se disculpó Breyda, acariciándole el brazo—. Investigaré y veré lo que puedo descubrir, ¿de acuerdo?

Con el corazón en un puño, ____________ no tuvo más remedio que acompañarlas a la puerta.

Cuando la cerró, se dejo caer sobre ella con cansancio.

¿Qué iba a hacer?

No podía limitarse a aceptar que no había ayuda posible para Joe. Tenía que haber algo que pudiese aliviar su dolor. Algo en lo que ella aún no hubiese pensado.

Subió las escaleras y volvió junto a él.

— ¿__________? —Joe la llamó con un gemido tan agónico que su corazón acabó de hacerse pedazos.

— Estoy a tu lado, cariño —le dijo, acariciándole la frente.

Él dejó escapar un gruñido salvaje, como el de un animal atrapado en un cepo, y se lanzó sobre ella.

Aterrorizada, ____________ se alejó de la cama.

Se dirigió al vestidor, con las piernas temblorosas, y cogió el ejemplar de La Iliada.

Acercó la mecedora a la cama y comenzó a leer.

Pareció relajarlo. Al menos no se revolvía con tanta fuerza.

Con el paso de los días, la esperanza de ___________ se marchitaba. Joe estaba en lo cierto al afirmar que no había modo alguno de romper la maldición si no lograba superar la locura.

No podía soportar verlo sufrir, horas tras hora, sin ningún momento de alivio. No era de extrañar que odiara a su madre. ¿Cómo podía Afrodita dejarlo pasar por esto sin mover un solo dedo para ayudarlo?

Y había sufrido de aquel modo durante siglos…

____________ estaba totalmente fuera de sí.

— ¡Cómo podéis permitirlo! —gritó enfadada, mirando al techo.

— ¡Eros! —le llamó—. ¿Me oyes? ¿Atenea? ¿Hay alguien? ¿Cómo permitís que sufra así? Si lo amáis un poco, por favor, ayudadlo.

Tal y como esperaba, nadie contestó.

Dejó descansar la cabeza sobre la mano e intentó pensar en algo que pudiera ayudarlo. Seguramente habría algo que…

Una luz cegadora atravesó la habitación.

Perpleja, alzó la vista y se encontró con Afrodita que acababa de materializarse junto a la cama. Si se hubiese encontrado con un burro en la cocina no se hubiese sorprendido tanto.

La diosa perdió el color del rostro al contemplar cómo su hijo se revolvía, agitado por los espasmos, sufriendo una horrible agonía. Alargó una mano hacia él y la retiró con brusquedad, dejándola caer mientras apretaba el puño.
_________________Continuacion...

En ese momento miró a ___________.

— Le quiero —dijo en voz baja.

— Yo también.

Afrodita clavó la mirada en el suelo, pero ___________ fue testigo de su lucha interior.

— Si lo libero, lo apartarás de mí para siempre. Si no lo hago, las dos lo perderemos. —Afrodita la miró a los ojos—. He estado pensando acerca de lo que me dijiste y creo que tienes razón. Lo hice fuerte y jamás debí castigarlo por eso. Lo único que deseaba es que me llamara madre. —Miró a su hijo.

_ Sólo quería que me quisieras, Joe. Un poquito nada más.

___________ tragó saliva al ver el dolor en el rostro de Afrodita cuando acarició la mano de Joe.

Él siseó, como si el roce le hubiese quemado la piel.

Afrodita retiró la mano.

— Prométeme que lo cuidarás mucho, ___________.

— Tanto como él me lo permita; lo prometo.

Afrodita asintió y colocó la mano sobre la frente de Joe. Él echó la cabeza hacia atrás, como si acabara de ser alcanzado por un rayo. La diosa inclinó la cabeza y lo besó con ternura en los labios.

Al instante, Joe se relajó y su cuerpo se quedó inmóvil.

Los grilletes se abrieron y aún así no se movió. El corazón de ________ dejó de latir al darse cuenta de que Joe no respiraba. Aterrorizada, alargó una temblorosa mano para tocarlo.

Él inspiró con brusquedad.

Mientras Afrodita tendía la mano hacia Joe, _________ percibió en sus ojos la necesidad de sentir el amor de un hijo que ni siquiera sabía que estaba allí. Era la misma mirada anhelante que a menudo captaba en los ojos de Joe cuando él no era consciente de que lo estaba observando.

¿Cómo era posible que dos personas que se necesitaban tan desesperadamente no fuesen capaces de arreglar las cosas?

Afrodita desapareció en el mismo instante que Joe abrió los ojos.

___________ se acercó a él. Temblaba tanto que le castañeteaban los dientes. La fiebre había desaparecido y su piel estaba tan fría como el hielo.

Recogió el edredón del suelo y lo cubrió con él.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó Joe con voz insegura.

— Tu madre te liberó.

Joe pareció enmudecer por la sorpresa.

— ¿Mi madre? ¿Ha estado aquí?

__________ asintió con la cabeza.

— Estaba preocupada por ti.

Joe no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Sería cierto?

Pero, ¿por qué iba a ayudarlo su madre ahora si siempre le había vuelto la espalda cuando más la había necesitado? No tenía sentido.

Con el ceño fruncido, intentó bajarse de la cama.

— No, ni hablar —le dijo ____________ con brusquedad—. Acabo de hacer que te pongas bien y no voy a…

— Necesito ir al baño urgentemente —la interrumpió él.

— ¡Ah!

_________ lo ayudó a bajar de la cama. Estaba tan débil que no se aguantaba en pie y ella lo sostuvo hasta atravesar el pasillo. Joe cerró los ojos e inhaló el dulce aroma de ___________. Temeroso de hacerle daño, intentó no apoyarse demasiado en ella.
_________________Continuacion...

Su corazón se enterneció al ver la forma en que ella lo cuidaba, al percibir la sensación de sus brazos envolviéndole la cintura mientras lo ayudaba a caminar.

Su __________. ¿Cómo iba a soportar separarse de ella?

Una vez atendió sus necesidades, ella le preparó un baño caliente y lo ayudó a meterse en la bañera.

Joe la contempló mientras lo lavaba. Le parecía imposible que hubiese permanecido a su lado todo aquel tiempo. No recordaba casi nada de los últimos días, pero se acordaba del sonido de su voz atravesando la oscuridad para reconfortarlo.

La había oído pronunciar su nombre a gritos y, en ocasiones, estaba seguro de haber sentido su mano sobre la piel, anclándolo a la cordura.

Sus caricias habían sido su salvación.

Cerrando los ojos, disfrutó de la sensación de las manos de __________ deslizándose sobre su piel mientras lo lavaba. Le recorrían el pecho, los brazos y el abdomen. Y cuando rozaron accidentalmente su erección, no pudo evitar dar un respingo ante la intensidad con la que percibió la caricia.

Cómo la deseaba…

— Bésame —balbució Joe.

— ¿No será peligroso?

Él le sonrió.

— Si pudiese moverme ya estarías conmigo en la bañera. Te aseguro que en este momento estoy tan indefenso como un bebé.

Vacilante, ella se humedeció los labios y le acarició una mano; su roce fue suave y tierno. Lo miró fijamente a los labios como si pudiera devorarlo, y Joe sintió que el frío desaparecía al contemplar sus ojos.

________ se inclinó y lo besó con ansia. Él gimió al sentir sus labios; anhelaba mucho más. Necesitaba sus caricias.

Para su sorpresa, obtuvo lo que deseaba.

__________ se apartó un instante de sus labios, lo suficiente para quitarse la ropa y quedarse desnuda ante él. Lentamente y con movimientos seductores, se metió en la bañera y se sentó a horcajadas sobre su cintura.

___________ lo besó de nuevo, tan ardientemente que él creyó que se abrasaba.

¡Maldición, ni siquiera podía abrazarla! No podía mover los brazos. Y necesitaba con desesperación rodearla con fuerza.

Ella debió percibir su frustración porque se incorporó con una sonrisa.

— Ahora me toca mimarte —susurró antes de enterrar los labios en su cuello.

Cerró los ojos mientras __________ dejaba un rastro de besos sobre su pecho. Cuando llegó al pezón todo comenzó a darle vueltas al sentir la lengua de ___________ jugueteando y succionándolo. Nada había conseguido estremecerlo del modo que lo hacían sus caricias. No recordaba ninguna ocasión en la que alguien le hubiese hecho el amor a él.

Y ninguna mujer se había entregado de aquel modo. Ni le había dado tanto.

Contuvo la respiración en el momento que ella introdujo la mano entre sus cuerpos.

— Ojalá pudiese hacerte el amor —susurró Joe.

Ella alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.

— Lo haces cada vez que me tocas.

Sin saber cómo, consiguió abrazarla, aunque los brazos no dejaban de temblarle, y la atrajo hacia su pecho para reclamar sus labios.

La escuchó quitar el tapón con el pie mientras profundizaba el beso aún más y atormentaba con leves caricias su miembro hinchado.

Joe sintió vértigo al notar la mano de ella sobre su miembro. Ansiaba sus caricias; las anhelaba de un modo que no era capaz de definir.

Una vez la bañera se vació de agua, __________ abandonó sus labios para abrasarle la piel con diminutos besos, descendiendo por el pecho. Joe echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el borde mientras ella le pasaba la lengua por el estómago y la cadera.
___________Continuacion...

Y entonces, para su sorpresa, se llevó su miembro a la boca. Él gruñó y le sujetó la cabeza con ambas manos, deleitándose en las sensaciones que provocaban la lengua y la boca de ___________, lamiendo y rodeando su miembro. Ninguna otra mujer había hecho eso antes. Se habían limitado a tomar lo que podían de él, sin ofrecerle jamás nada a cambio.

Hasta que _________ llegó.

Su boca arrasó con los resquicios de su sentido común y venció lo poco que quedaba de su resistencia. Le temblaba todo el cuerpo por la ternura que ella estaba demostrando.

— Lo siento —se disculpó __________, alejándose de él—. Otra vez estás temblando de frío.

— No es por el frío —le contestó con voz ronca—. Es por ti.

La sonrisa de __________ le atravesó el corazón. Volvió a inclinarse y prosiguió con su implacable asalto.

Cuando terminó, Joe creyó haber sufrido una intensa sesión de tortura. No podría sentirse más satisfecho aunque hubiese llegado al clímax.

___________ lo ayudó a salir de la bañera. Aún le temblaban las piernas y tuvo que apoyarse en ella para llegar a la habitación.

Ella lo sostuvo hasta que estuvo acostado y, después, lo tapó con todas las mantas que encontró. Depositó un beso tierno sobre su frente y acomodó la ropa de la cama.

— ¿Tienes hambre?

Joe sólo fue capaz de asentir con la cabeza.

Ella se apartó de su lado el tiempo justo para calentar un tazón de sopa. Cuando regresó, él estaba profundamente dormido.

Dejó el tazón en la mesita de noche y se acostó junto a él. Lo abrazó y se quedó dormida.

Joe tardó tres días en recuperar toda su fuerza. Durante todo ese tiempo, __________ estuvo a su lado. Ayudándolo.

No acababa de comprender el motivo de la devoción que ella le profesaba. Y su fuerza. Era la mujer que había estado esperando toda su vida. Y con cada día que pasaba, era consciente de que el amor que sentía por ella crecía un poco más. La necesitaba a su lado.

— Tengo que decírselo —se dijo a sí mismo mientras se secaba con una toalla. No podía permitir que pasara un día más sin que ella supiese lo que significaba para él.

Dejó el cuarto de baño y atravesó el pasillo hasta llegar al dormitorio de ____________. Estaba hablando con Breyda.

— Por supuesto que no le he contado lo que su madre me dijo. ¡Jesús!

Joe retrocedió un paso y se apoyó contra la pared mientras escuchaba a ____________.

— ¿Qué se supone que debo decirle? ¿«Por cierto, Joe, tu madre me ha amenazado»?

Él sintió que acababan de darle un golpe en el pecho y comenzó a verlo todo negro. Entró a la habitación.

— ¿Cuándo has hablado con mi madre? —inquirió.

___________ alzó la vista, sorprendida.

— Esto… Breyda, tengo que colgar. Adiós. —Dejó el auricular en su sitio.

— ¿Cuándo has hablado con ella? —insistió.

_________ encogió los hombros descuidadamente.

— El día que comenzaste a sentirte mal.

— ¿Qué te dijo?

Ella volvió a encoger los hombros, esta vez con timidez.

— No fue una verdadera amenaza, sólo me dijo que no te compartiría conmigo.

La ira lo atravesó. ¡Cómo se había atrevido! ¿Quién demonios se creía su madre que era como para exigir que _________ o él mismo la obedecieran?

Qué imbécil había sido al pensar que el corazón de Afrodita se había ablandado.

¿Cuándo iba a aprender?

— Joe —lo increpó __________, poniéndose en pie y acercándose a él, al pie de la cama—, ella ha cambiado. Cuando vino a liberarte…

— No, __________ —la interrumpió—. La conozco mucho mejor que tú.

Y sabía de lo que su madre era capaz. Su crueldad hacía que las acciones de su padre pareciesen meras travesuras.

Con el corazón abatido, comprendió que jamás podría confesarle a ___________ lo que sentía por ella.

Y lo que era aún peor, no podía quedarse con ella. Si algo había aprendido acerca de los dioses era que jamás lo dejarían vivir en paz.

¿Cuánto tiempo tardarían en hacer daño a __________? ¿Cuánto tiempo le llevaría a Ares ponerla en su contra? ¿O cuándo se vengaría su madre de ambos?

Tarde o temprano, le pasarían factura por ser feliz. No le cabía la menor duda. Y la simple idea de que _________ pudiese sufrir…

No. Jamás podría arriesgarse.



Los días pasaron volando mientras ellos permanecían tanto tiempo juntos como les resultaba posible.

Joe enseñó a ________ cultura clásica griega y algunas formas muy interesantes de disfrutar del Reddi-wip y la crema de chocolate. ___________ le enseñó a desahuciar al contrario en el Monopoly y a leer en inglés.

Después de unas cuantas clases más de conducción, y de un nuevo embrague, __________ reconoció que Joe no tenía futuro al frente de un volante.

A __________ le parecía que apenas había pasado el tiempo y, sin embargo, el último día del plazo de Joe llegó tan rápido que la dejó aterrorizada.

La noche previa a ese fatídico día, hizo el más sorprendente de los descubrimientos: no podía vivir sin Joe.

Cada vez que pensaba en retomar su antigua vida, sin él, creía morir de dolor.

Pero finalmente comprendió que la decisión era de Joe, y sólo de él.

— Por favor, Joe —le susurró mientras él dormía a su lado—. No me abandones.

FIN DE CAP 15

Capítulo 16


Ninguno de los dos habló mucho en todo el día. De hecho, Joe la evitó constantemente.

Eso, más que ningún otro detalle, le hizo imaginarse cuál era la decisión que había tomado.

________ tenía el corazón destrozado. ¿Cómo podía abandonarla después de todo lo que habían pasado juntos? ¿Después de todo lo que habían compartido?

No podía soportar la idea de perderlo. La vida sin él sería intolerable.

Al atardecer, lo encontró sentado en la mecedora del porche, contemplando el sol por última vez. Su rostro tenía una expresión tan dura que apenas si podía reconocer al hombre alegre que había llegado a amar tanto.

Cuando el silencio se hizo demasiado insoportable, le habló:

— No quiero que me abandones. Quiero que te quedes aquí, en mi época. Puedo cuidar de ti, Joe. Tengo mucho dinero y te enseñaré todo lo que desees saber.

— No puedo quedarme —le contestó entre dientes—. ¿Es que no lo entiendes? Todos los que han estado cerca de mí alguna vez han sido castigados por los dioses: Francecs, Lys, Calista, Atolycus. —La miró como si estuviese aturdido—. ¡Por Zeus! Kyrian acabó crucificado.

— Esta vez será diferente.

Se puso en pie y la miró con dureza.

— Tienes razón. Será diferente. No voy a quedarme aquí para ver cómo mueres por mi culpa.

Pasó por su lado y entró a la casa.

________ apretó los puños, deseando estrangularlo.

— ¡Eres un… testarudo!

¿Cómo podía ser tan insoportable?

En ese momento notó que el diamante del anillo de boda de su madre se le clavaba en la palma de la mano. La abrió y lo miró durante un buen rato. Estaba a punto de conseguir que el pasado dejara de atormentarla. Por primera vez en su vida tenía un futuro en el que pensar. Un futuro que la llenaba de felicidad.

Y no estaba dispuesta a permitir que Joe lo echara todo por la borda.

Más decidida que nunca, abrió la puerta de la casa y sonrió maliciosamente.

— No vas a librarte de mí, Joe de Macedonia. Puede que hayas vencido a los romanos, pero te aseguro que a mi lado son unos enclenques.

Joe estaba sentado en la salita, con su libro en el regazo. Pasaba la palma de la mano sobre la antigua inscripción, despreciándola más que nunca.

Cerró los ojos y recordó la noche que ______ lo convocó. Recordó lo que se sentía cuando no tenía conciencia de su propia identidad. Cuando no era más que un simple esclavo sexual griego.

Hacía mucho, mucho tiempo que se hallaba perdido en un lugar oscuro y temible, y ________ lo había encontrado.

Con su fortaleza y su bondad había conseguido desafiar lo peor que había en él y le había devuelto la humanidad. Sólo ella había percibido su corazón y había decidido que merecía la pena luchar por él.

Quédate con ella.

¡Por los dioses!, qué fácil parecía. Qué sencillo. Pero no se atrevía. Ya había perdido a sus hijos. __________ era la dueña de lo que le quedaba de corazón, y perderla por culpa de su hermano…

Sería lo más doloroso a lo que jamás se hubiera enfrentado.

Hasta él tenía un punto débil. Ahora conocía el rostro y el nombre de la persona que podría hacerle caer de rodillas.

________.

Tenía que apartarse de ella para que estuviera a salvo.

La sintió entrar en la estancia. Abrió los ojos y la vio de pie, en el hueco de la puerta, mirándolo fijamente.

— Ojalá pudiese destruir esta cosa —gruñó al devolver el
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:12

Libro a la mesita.

— Después de esta noche no tendrás necesidad de hacerlo.
Continuacion...


Sus palabras le dolieron. ¿Cómo podía hacer esto por él? No soportaba la idea de que alguien la utilizara y aquí estaba él, usándola del mismo modo que lo habían usado a él tantas y tantas veces.

— ¿Aún estás dispuesta a dejarme utilizar tu cuerpo para que pueda marcharme?

La sinceridad de su mirada lo dejó paralizado.

— Si de ese modo conseguimos que seas libre, sí.

La siguiente pregunta se le atravesaba en la garganta, pero tenía que saber la respuesta.

— ¿Llorarás cuando me haya marchado?

_________ apartó la mirada y él vio la verdad en sus ojos. No era mucho mejor que Alan. Era exactamente igual que aquel egoísta.

Pero, después de todo, era hijo de su padre. Tarde o temprano, la mala sangre siempre hacía acto de presencia.

_______ se dio la vuelta y se marchó, dejándolo solo con sus pensamientos. Dejó que sus ojos vagaran por la salita. Cuando miró enfrente del sofá, el corazón se le encogió.

Cómo iba a echar de menos las noches pasadas allí junto a _________, escuchando su voz. Su risa.

Pero sobre todo, echaría de menos sus caricias.

Era muy tentador quedarse, pero no podía hacerlo. No había sido capaz de proteger a sus hijos, ¿cómo iba a proteger a _______?

— ¿Joe?

Se sobresaltó al escuchar la voz de _______ que lo llamaba desde el piso de arriba.

— ¿Qué?

— Son las once y media. ¿No deberías subir?

Joe miró el bulto que se apreciaba bajo los vaqueros. Había llegado la hora de darle utilidad.

Debería estar encantado. Era lo que había querido desde el primer instante en que la vio.

Pero, por alguna razón, le dolía el hecho de tomarla así.

Por lo menos no le harás daño. ¿No?

De hecho, dudaba mucho que Alan la hubiese hecho sufrir tanto como él estaba a punto de hacer.

— ¿Joe?

— Voy —le contestó, obligándose a abandonar el sofá.

En la puerta, volvió la cabeza para mirarlo todo por última vez.

Incluso ahora podía ver la imagen de _______ tumbada en el sofá, con los pechos cubiertos de nata mientras él, muy lentamente, los lamía hasta no dejar ni rastro de la crema. Podía escuchar su risa y ver el brillo de sus ojos cada vez que la llevaba al clímax.

«No me abandones, Joe», le había susurrado la noche anterior mientras él supuestamente dormía, y sus palabras le habían abrasado. Ahora le estaban partiendo en dos el corazón.

— ¿Joe?

Dándose la vuelta, se encaminó hacia las escaleras y se apoyó en el pasamanos. Sería la última vez que subiría estos escalones. La última vez que cruzaría el pasillo para llegar al dormitorio de ________.

Y la última vez que la vería en su cama…

Con el corazón en la garganta, se dio cuenta de que apenas podía respirar.
_________________¿Por qué tenía que ser así?

Soltó una amarga carcajada. ¿Cuántas veces se habría hecho esa misma pregunta?

Se detuvo al llegar a la puerta. La habitación estaba alumbrada por la tenue luz de las velas, pero lo que más le impresionó fue ver a _______ con el negligé rojo que él había elegido.

Estaba arrebatadora.

De repente, sintió que la lengua acababa de caérsele hasta el suelo y que era imperante enrollarla de nuevo para meterla en la boca.

— No vas a ponérmelo fácil, ¿verdad? —le preguntó con voz ronca.

Ella le dedicó una sonrisa traviesa.

— ¿Debería hacerlo?

Totalmente embobado por ella, Joe era incapaz de mover un músculo mientras observaba cómo se acercaba.

— ¿No tienes demasiada ropa?

Antes de que pudiese responder, ella agarró el borde inferior de su camisa y la levantó hasta pasarla por su cabeza. Una vez la arrojó al suelo, alargó un brazo y colocó la mano en su pecho, justo sobre el corazón. En ese instante, para Joe era la mujer más hermosa del mundo. Ni siquiera la belleza de su madre podía competir con la de _________.

Permaneció inmóvil como una estatua mientras ella deslizaba las manos sobre su piel, provocándole escalofríos.

No, no iba a ponérselo nada fácil.

Joe notó que ella intentaba desabrocharle el botón del pantalón.

— _______ —le advirtió, y le apartó las manos.

— ¿Mmm? —murmuró ella, con los ojos oscurecidos por la pasión.

— No importa.

Ella se apartó y se subió a la cama. Joe contuvo el aliento al vislumbrar su trasero desnudo a través de la diáfana gasa de el negligé.

Se tumbó de lado y lo miró fijamente.

Tras despojarse de los vaqueros, se unió a ella. Hizo que se tendiera de espaldas y, en esa posición, el profundo escote dejó a la vista uno de sus pechos. Joe se aprovechó de la situación.

— ¡Oh, Joe! —gimió _______.

La sintió estremecerse bajo él cuando pasó la lengua alrededor del endurecido pezón. Su cuerpo era fuego líquido y gritaba exigiéndole que la poseyera. Pero no sólo anhelaba su carne. La quería a ella.

Y abandonarla lo destrozaría.

Joe tragó y se apartó. Había estado esperando esta noche durante una eternidad. Había pasado la eternidad esperando a esta mujer.

Con mucha ternura acarició su rostro, guardando en la memoria cada pequeño detalle.

Su preciosa _________.

Jamás la olvidaría.

Su alma lloraba a gritos por lo que estaba a punto de hacerle. Le separó los muslos con las rodillas.

Se estremeció involuntariamente al sentir su piel desnuda bajo la suya. Y, en ese momento, cometió el error de mirarla a los ojos.

El sufrimiento que vio en ellos lo dejó sin aliento.

«Jamás tuviste nada que no robaras antes»

Se tensó al escuchar las palabras de Francecs en su cabeza. Lo último que quería era robarle algo a la mujer que le había entregado tanto.

¿Cómo voy a hacerle esto?

— ¿A qué estás esperando? —le preguntó ella.

Joe no lo sabía. Lo único que tenía claro era que no podía apartar la mirada de sus tristes ojos grises. Unos ojos que llorarían si la utilizaba para después abandonarla. Unos ojos que llorarían de felicidad si se quedaba.

Pero si se quedaba, su familia la destruiría.

Y, en ese instante, supo lo que debía hacer.

________le envolvió la cintura con las piernas.

— Joe, date prisa. El tiempo se acaba.

Él no habló. No podía hacerlo. En realidad, no confiaba en sí mismo, y podía decir algo que lo hiciera cambiar de opinión.

A lo largo de los siglos había sido muchas cosas: huérfano, ladrón, marido, padre, héroe, leyenda y, finalmente, esclavo.

Pero jamás había sido un cobarde.
_________________Continuacion...


No. Joe de Macedonia jamás había sido un cobarde. Era el general que había contemplado victorioso a legiones enteras de romanos, y les había desafiado entre carcajadas a que le mataran y le cortaran la cabeza si podían.

Ése era el hombre que _______ había encontrado, y ése era el hombre que la amaba. Y ese hombre se negaba a hacerle daño.

_______ intentó mover las caderas para que el miembro de Joe se hundiera en ella, pero él no la dejó.

— ¿Sabes lo que más echaré de menos? —le preguntó, mientras deslizaba una mano entre sus cuerpos y le acariciaba el clítoris.

— No —murmuró Celeste.

— El aroma de tu pelo cada vez que entierro mi rostro en él. El modo en que te agarras a mí y gritas cuando te corres. El sonido de tu risa. Y sobre todo, tu imagen al despertar cada mañana, con el sol bañándote el rostro. Jamás podré olvidarlo.

Apartó la mano y movió las caderas para encontrar las de ________. Pero, en lugar de penetrarla, todo se quedó en una placentera caricia que los hizo gemir a ambos.

Bajó la cabeza hasta la oreja de ______ y le mordisqueó el cuello.

— Siempre te amaré —le susurró.

__________ lo oyó respirar hondo en el mismo momento en que el reloj daba la medianoche.

Con un brillante destello, Joe desapareció.

Horrorizada, _________ permaneció inmóvil esperando despertar. Pero siguió escuchando las campanadas del reloj y se dio cuenta de que no era un sueño.

Joe se había ido.

Se había ido de verdad.

— ¡No! —gritó mientras se sentaba en la cama. ¡No podía ser! —. ¡No!

Bajó de la cama con el corazón martilleándole con fuerza en el pecho y corrió hasta el salón. El libro estaba aún sobre la mesita de café. Pasó las páginas y vio que Joe estaba justo en el mismo sitio que antes, sólo que ahora no sonreía diabólicamente y llevaba el pelo corto.

¡No, no y no!,
repetía su mente una y otra vez. ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué?

— ¿Cómo has podido? —Le preguntó mientras abrazaba el libro contra su pecho—. Yo te habría dado la libertad, Joe. No me habría importado. ¡Dios!, Joe ¿Por qué te has hecho esto? —sollozó—. ¿Por qué?

Pero en el fondo lo sabía. La ternura que había visto en sus ojos hablaba por sí misma. Lo había hecho para no herirla como Alan.

Joe la amaba. Y, desde el momento que llegó a su vida, no había hecho otra cosa que protegerla. Cuidarla.

Hasta el final. Aun cuando de ese modo se negara la posibilidad de quedar libre de un tormento eterno, ella había sido más importante.

________ no soportaba pensar en el sacrificio que Joe acababa de hacer. Lo veía condenado a pasar la eternidad en la oscuridad. Solo y sufriendo una agonía.

Él le había contado que pasaba hambre mientras estaba atrapado en el libro, y sed. Y en su mente lo veía sufrir del mismo modo que lo había visto en su cama. Recordó las palabras que dijo después.

«Esto no es nada comparado con lo que se siente dentro del libro»

Y ahora estaba allí. Sufriendo.

— ¡No! —gritó—. No permitiré que te hagas esto, Joe. ¿Me oyes?

Abrazó con fuerza el libro y se dirigió a toda prisa a la parte trasera de la casa. Abrió las cristaleras que daban al jardín y corrió hacia un claro iluminado por la luna llena.

— Regresa a mí, ¡Joe de Macedonia, Joe de Macedonia, Joe de Macedonia! —lo repitió una y otra vez, rogando por que apareciera.

No ocurrió nada. Nada de nada.

— ¡No!, ¡por favor, no!

Con el corazón destrozado, volvió a la salita.

— ¿Por qué?, ¿por qué? —sollozaba, arrodillada en el suelo sin dejar de mecerse hacia delante y hacia atrás.

— ¡Joe! —susurró con la voz rota mientras los recuerdos la asaltaban. Joe riéndose con ella, abrazándola. Joe sentado tranquilamente, pensando. Su corazón latiendo desenfrenado al mismo ritmo que el suyo.

Lo quería de vuelta.

Lo necesitaba de vuelta.

— No quiero vivir sin ti —balbució dirigiéndose al libro—. ¿Lo entiendes, Joe? No puedo vivir sin ti.
Continuacion...


De repente, una luz cegadora iluminó la estancia.

Con la boca abierta, ________ alzó la mirada esperando encontrarse con Joe.

Pero no era él. Se trataba de Afrodita.

— Dame el libro —le ordenó con el brazo extendido.

__________ lo abrazó con más fuerza.

— ¿Por qué le haces esto? —inquirió _______—. ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Yo no lo habría alejado de ti. Preferiría que estuviese contigo antes de que regresara al libro. —Se limpió las lágrimas—. Está solo ahí dentro. Solo en la oscuridad —susurró—. Por favor, no dejes que permanezca ahí. Envíame al libro con él, por favor. ¡Por favor!

Afrodita bajó la mano.

— ¿Harías eso por él?

— Haría cualquier cosa por él.

La diosa la observó con los ojos entrecerrados.

— Dame el libro.

Cegada por las lágrimas, ________ se lo dio mientras rezaba para que Afrodita la ayudara a reunirse con él.

Ella suspiró con fuerza y abrió el libro.

— Me van a joder bien por esto.

Súbitamente, otro destello cegador iluminó la sala y _______ tuvo que cerrar los ojos. La cabeza comenzó a darle vueltas y todo pareció girar a su alrededor, haciendo que su estómago protestara.

¿Por esto pasaba Joe cada vez que alguien lo invocaba? No lo sabía con certeza, pero ya era bastante terrorífico y por sí solo suponía una tortura.

Y, entonces, la luz desapareció.

__________ cayó a un profundo foso donde la oscuridad era un ente con vida que la ahogaba, impidiéndole respirar y haciendo que le escocieran los ojos.

Intentó incorporarse para frenar la caída y sintió bajo ella una superficie mullida que le resultaba familiar.

La luz volvió y se encontró en su cama, con Joe sobre ella.

Él miró alrededor, perplejo.

— ¿Cómo…?

— Será mejor que esta vez no la fastidies —les dijo Afrodita desde la puerta—. No quiero ni pensar en lo que me harán los de arriba si intento esto de nuevo.

Y se esfumó.

Joe dejó de mirar el hueco de la puerta y clavó los ojos en _______.

— _________, yo…

— Cállate, Joe —le ordenó; no quería perder más tiempo— y enséñame cómo quieren los dioses que un hombre ame a una mujer.

Diciendo esto, lo agarró por la cabeza y lo acercó para darle un beso apasionado y profundo.

Él se lo devolvió con ferocidad, y con un poderoso y magistral envite se introdujo en ella.

Echó la cabeza hacia atrás y gruñó cuando el húmedo cuerpo de _______ le dio la bienvenida, envolviéndolo con su calidez. El impacto que sufrieron sus sentidos fue tan poderoso que se estremeció de la cabeza a los pies. Por los dioses, era mucho mejor de lo que había imaginado.

Recordaba las palabras que le había dirigido.

«No quiero vivir sin ti, Joe. ¿Lo entiendes? No puedo vivir sin ti.»

Con la respiración entrecortada, la miró a la cara y quedó subyugado al sentir a ________, cálida y estrecha, alrededor de su miembro. Deslizó la mano por su brazo, hasta capturar su mano y aferrarla con fuerza.

— ¿Te estoy haciendo daño?

— No —le contestó con una mirada tierna y sincera. Se llevó la mano de Joe a los labios y la besó—. Jamás me harás daño estando conmigo.

— Si lo hago, dímelo y me detendré.

Ella lo rodeó con los brazos y las piernas.

— Si se te ocurre sacarla antes del amanecer te perseguiré durante toda la eternidad para darte una paliza.

Joe se rió; no le cabía la menor duda.

_________ le pasó la lengua por el cuello y se deleitó al sentir cómo vibraba entre sus brazos.

Él alzó las caderas, muy lentamente, torturándola con el movimiento y, sin previo aviso, se hundió en ella con tanta fuerza que ________ creyó morir de placer.

Contuvo el aliento al sentirlo por completo dentro de ella. Era una sensación increíble. Era maravilloso sentir las embestidas de ese cuerpo ágil y fuerte.

Cerró los ojos y disfrutó del movimiento de los músculos de Joe, que se contraían y se relajaban sobre su cuerpo. Entrelazó las piernas con las suyas y la embrujó el cosquilleo que producía el vello masculino.

Jamás había sentido algo parecido. Se limitaba a respirar y a expresar con su cuerpo el amor que sentía por él. Era suyo. Aunque luego la abandonara, disfrutaría de este momento de gloria junto a él.

Extasiada por el peso de su cuerpo sobre ella, le pasó las manos por la espalda hasta llegar a las caderas y lo empujó, incitándolo a ir más rápido.

Joe se mordió los labios cuando sintió que ________ le clavaba las uñas en la espalda. ¿Cómo era posible que unas manos tan pequeñas tuvieran el poder de vencerlo?

Jamás lo entendería; como tampoco entendería por qué lo amaba.

Se lo agradecía en el alma.

— Mírame, ________ —le dijo, hundiéndose profundamente en ella de nuevo—. Quiero ver tus ojos.

_______ obedeció. Joe tenía los ojos entrecerrados y, por su modo de respirar y la expresión de su rostro, supo que estaba disfrutando de cada certera embestida. Ella sentía cómo se le contraían los abdominales cada vez que se movía.

Alzó las caderas para salir al encuentro de los furiosos envites. Nada podía ser mejor que tener a Joe sobre ella, besándola con pasión y deslizándose dentro y fuera de su entrepierna.

Cuando creyó que ya no podría resistirlo más, su cuerpo estalló en miles de estremecimientos de placer.

— ¡Joe! —gritó, arqueando más su cuerpo hacia él—. ¡Sí, oh, sí!

Él se hundió en ella hasta el fondo y permaneció inmóvil, observándola mientras los músculos de su vagina se contraían a su alrededor.

Cuando ella abrió los ojos, se encontró con su diabólica sonrisa.

— Te ha gustado eso, ¿verdad? —le preguntó, mostrando sus hoyuelos y rotando sus caderas para que ella lo sintiera dentro.

A _________ le costó un enorme esfuerzo no gemir de placer.

— Ha estado bien.

— ¿Bien? —le preguntó con una sonrisa—. Creo que tendré que seguir intentándolo.
Continuacion...

Se dio la vuelta y la arrastró consigo, con cuidado de que su miembro no la abandonara.

Gimió al encontrarse sobre él. Joe alargó un brazo y deshizo el lazo que cerraba el escote del negligé. El diminuto trozo de tela se abrió.

La mirada de puro gozo que transmitían sus ojos fue mucho más placentera para _________ que sentirlo en su interior. Sonriendo, alzó las caderas y las bajó para absorberlo por entero.

Ella lo sintió estremecerse.

— Te ha gustado eso, ¿verdad?

— Ha estado bien. —Pero la voz estrangulada traicionaba su tono despreocupado.

Ella soltó una carcajada.

Joe alzó las caderas en ese momento y se introdujo aún más en ella.

__________ siseó de placer al sentir que la llenaba por entero. Al sentir la dureza de su cuerpo y la fuerza que ostentaba. Y ella aún quería más. Quería ver el rostro de Joe cuando llegase al clímax. Quería ser ella la que le diera lo que hacía siglos que no experimentaba.

— Si seguimos a este ritmo vamos a estar extenuados cuando llegue el amanecer, ¿lo sabías? —le dijo él.

— No me importa.

— Pero te vas a sentir dolorida.

Ella contrajo los músculos de la vagina para rodearlo con más fuerza.

— ¿Ah, sí?

— En ese caso… —él deslizó la mano muy lentamente por el cuerpo de Cess hasta llegar a su ombligo, y bajó aún más separando los húmedos rizos de su entrepierna para acariciarla alli.

Se mordió los labios mientras los dedos de Joe jugueteaban con ella, acoplándose al ritmo que imponían sus caderas. Cada vez más rápido, más hondo y con más fuerza.

La cogió por la cintura y la ayudó a seguir el frenético ritmo. Cómo deseaba poder abandonar el cuerpo de ________ el tiempo suficiente como para enseñarle unas cuantas posturas más. Pero no les estaba permitido.

Por ahora.

Pero cuando llegara el amanecer…

Sonrió ante la perspectiva. En cuanto amaneciera tenía toda la intención de mostrarle una nueva forma de utilizar el Reddi-wip.

_________ perdió la noción del tiempo mientras sus cuerpos se acariciaban y se deleitaban en su mutua compañía. Sintió que la habitación comenzaba a girar bajo sus expertas caricias, y se dejó llevar por la maravillosa sensación de expresar el amor que sentía por él.

Los dos estaban cubiertos de sudor, pero no dejaron de saborearse; seguían disfrutando de la pasión que al fin compartían.

Esta vez, cuando ________ se corrió, se desplomó sobre él.

La profunda risa de Joe reverberó por su cuerpo mientras pasaba sus manos por su espalda, sus caderas y por sus piernas.

________ se estremeció.

Estaba extasiado por el hecho de tener a ________ desnuda y tumbada sobre él. Sentía sus pechos aplastados sobre su torso. Su amor por ella brotaba de lo más hondo de su alma.

— Podría quedarme así tumbado para siempre —dijo en voz baja.

— Yo también.

La rodeó con los brazos y la atrajo aún más hacia él. Notó cómo sus caricias se ralentizaban y su respiración se hacía más relajada y uniforme.

En unos minutos estuvo completamente dormida.

La besó en la cabeza y sonrió mientras se aseguraba de que su miembro no abandonara el lugar donde debía estar.

— Duerme preciosa —susurró—. Aún falta mucho para el amanecer.

________ se despertó con la sensación de tener algo cálido que la llenaba por completo. Cuando comenzó a moverse, fue consciente de unos brazos fuertes como el acero que la inmovilizaban.

— Con cuidado —le advirtió Joe—. No la saques.

— ¿Me quedé dormida? —balbució, sorprendida de haber hecho tal cosa.

— No importa. No te perdiste gran cosa.

— ¿De verdad? —le preguntó ella meneando las caderas y acariciándolo con todo el cuerpo.

Él soltó una carcajada.

— Vale, de acuerdo. Te perdiste un par de cosillas.

Se incorporó y lo miró a lo ojos. Trazó la línea de la mandíbula, levemente áspera por la barba incipiente, con un dedo que Joe capturó y mordisqueó en cuanto llegó a los labios.

Súbitamente, él se incorporó y se quedó sentado con ella en su regazo.

— Mmm, me gusta —dijo ella mientras le pasaba las piernas alrededor de la cintura.

— Mmm, sí —convino él y comenzó a mover suavemente las caderas.

Bajando la cabeza, capturó uno de sus pechos y lamió el duro pezón. Jugueteó con ella y la torturó dulcemente antes de soplar sobre la humedecida piel, que se erizó bajo su cálido aliento.

Dejó ese pecho y se dirigió al otro. ________ acunó su cabeza, acercándolo aún más a ella, completamente extasiada por sus caricias. En ese momento se dio cuenta de que el cielo comenzaba a clarear.

— ¡Joe! —exclamó—. Está amaneciendo.

— Lo sé —le contestó, tumbándola de espaldas sobre la cama.

Lo miró a los ojos mientras se acomodaba sobre ella sin dejar de mover las caderas.

La contemplaba totalmente hechizado. Percibía su ternura y su amor. Nadie lo había conocido como ella y jamás habría creído posible que alguien pudiese lograrlo. Lo había acariciado en un lugar que nadie había tocado antes.

En el corazón.

Y entonces anheló mucho más. Desesperado por tenerla por completo, siguió moviéndose dentro de ella.

Necesitaba más.
_______________Continuacion...


________ lo envolvió con sus brazos y enterró el rostro en su hombro al sentir que aceleraba el ritmo de sus envites. Más y más rápido, más y más fuerte; hasta que ella se quedó sin aliento por el frenético ritmo.

De nuevo, el sudor los cubría. _________ lamió el cuello de Joe, embriagada por sus gemidos. Él siseó de placer.

Y todavía seguía hundiéndose en ella, una y otra vez, hasta que ________ pensó que no podría soportarlo más.

Le clavó los dientes en el hombro mientras alcanzaba el orgasmo rápida y salvajemente. Joe no disminuyó sus acometidas cuando ________ se tumbó sobre el colchón.

Se mordió el labio con fuerza y se movió aún más rápido, haciendo que ella se corriera de nuevo, y esta vez con más intensidad que la anterior.

Justo cuando el primer rayo de sol atravesaba los ventanales de la habitación, escuchó que Joe gruñía y lo vio cerrar los ojos.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:14

final



Con un envite profundo y certero, se derramó en ella y todo su cuerpo se
convulsionó entre los brazos de _______.

Joe era incapaz de respirar y la cabeza le daba vueltas a causa del éxtasis que
acaba de sentir; la intensidad de su orgasmo había sido increíble. Le dolía
todo el cuerpo, pero aún así, no recordaba haber experimentado con anterioridad
semejante placer. La noche pasada lo había dejado exhausto, y estaba agotado
por las caricias de ________.

Habían roto la maldición.

Alzó la cabeza y vio que _______ le sonreía.

— ¿Ya está? —le preguntó ella.

Antes de que pudiera contestar, el brazo comenzó a dolerle como si le
estuvieran marcando con un hierro candente. Siseando, se apartó de ella y lo
cubrió con la mano.

— ¿Qué pasa? —le preguntó ella al ver que se alejaba.

Perpleja, observó cómo un resplandor anaranjado le cubría todo el brazo. Cuando
apartó la mano, la inscripción griega había desaparecido.

— Ya está —balbució ________—. Lo conseguimos.

La sonrisa se borró del rostro de Joe.

— No —dijo él, rozándole la mejilla con los dedos—. Tú lo hiciste.

Riéndose, ________ se arrojó en sus brazos. Él la abrazó con fuerza mientras se
besaban en un caótico frenesí.

¡Ya había acabado!

Era libre. Por fin, después de tantos siglos, volvía a ser un hombre mortal.

Y era ________ la que lo había conseguido. Su fe y su fortaleza habían revelado
lo mejor de sí mismo.

Ella lo había salvado.

_________ volvió a reírse y giró en la cama hasta quedar encima de él.

Pero la alegría le duró poco ya que otro destello, aún más brillante que los
anteriores, atravesó la habitación.

Su risa murió al instante. Percibió la malévola presencia antes de que ________
se tensara entre sus brazos.

Sentándose en la cama, obligó a _______ a ponerse tras él y se colocó entre
ella y el apuesto hombre que los observaba desde los pies de la cama.

Ella tragó saliva cuando vio al hombre alto y moreno que los miraba furioso.
Estaba claro que tenía todas las intenciones de matarlos allí mismo.

— ¡Bastardo engreído! —gritó el hombre—. ¡Cómo te has atrevido a pensar que
puedes ser libre!

Al instante, _______ supo que estaba ante el mismísimo Ares.

— Déjalo, Ares —le contestó Joe con una nota de advertencia en la voz—. Ya ha
acabado todo.

Ares resopló.

— ¿Crees que puedes darme órdenes? ¿Quién te crees que eres, mortal?

Joe sonrió con malicia.

— Soy Joe de Macedonia, de la Casa de Diocles de Esparta, hijo de la diosa
Afrodita. Soy el Libertador de Grecia, Macedonia, Tebas, Punjab y Conjara. Mis
enemigos temblaban ante mi simple presencia. Y tú, hermano, eres un dios menor
y poco conocido, que no significaba nada para los griegos y al que los romanos
apenas si tomaron en cuenta.

La ira del infierno transfiguró el rostro de Ares.

— Es hora de que aprendas cuál es tu lugar, hermanito. Me quitaste a la mujer
que iba a dar a luz a mis hijos y que aseguraría la inmortalidad de mi nombre.
Ahora yo te quitaré a la tuya.

Joe se arrojó sobre Ares, pero ya era demasiado tarde. Había desaparecido
llevándose a ________.

FIN DE CAP 16

______________Capitulo 17





En un abrir y cerrar de ojos, __________ pasó de estar sentada desnuda en su
habitación a encontrarse tumbada en un lecho circular, situado en una estancia
que tenía todo el aspecto de ser la tienda de un harén en mitad de un desierto.
Estaba cubierta por una pieza de seda de color rojo intenso, tan liviana y
suave que se escurría sobre su piel como si se tratara de agua.

Intentó moverse pero no pudo. Aterrorizada, abrió la boca para chillar.

— No te molestes —le recomendó Ares, acercándose al lecho. Deslizó los ojos
sobre su cuerpo con una hambrienta mirada, justo antes de subir a la cama y
colocarse de rodillas al lado de ________—. No puedes hacer nada a menos que yo
lo desee. —Le pasó un dedo, huesudo y frío, por la mejilla, como si quisiera
comprobar la textura y la calidez de su piel—. Entiendo por qué te desea Joe.
Tienes fuego en la mirada. Inteligencia. Valor. Es una pena que no hayas nacido
en la época del Imperio Romano. Podrías haberme proporcionado innumerables
campeones que lideraran mis ejércitos.

Ares suspiró mientras su mano descendía hasta el hueco de la garganta de
________.

— Pero así es la vida y así son los caprichos de las Parcas. Supongo que tendré
que conformarme con utilizarte hasta que me canse de ti. Si me complaces hasta
que llegue ese momento, puede que después permita que Joe se quede contigo. En
el caso de que te siga queriendo después de que mis hijos hayan estropeado tu
cuerpo.

Sus ojos ardían de deseo, y ________ no podía dejar de temblar bajo su
escrutinio.

El egoísmo de Ares le resultaba increíble. Al igual que su vanidad.
Aterrorizada, quiso hablar, pero él se lo impidió.

¡Cielo santo! ¡Tenía poder absoluto sobre ella!

Una fuerza invisible la alzó para colocarla de espaldas sobre los almohadones
mientras Ares se quitaba la túnica.

Los ojos de _________ se abrieron como platos al verle desnudo y con una
erección completa. El terror la asaltó de nuevo.

— Ahora puedes hablar —le dijo mientras se acercaba para recostarse junto a
ella.

— ¿Por qué quieres hacerle esto a Joe?

La ira oscureció los ojos del dios.

— ¿Que por qué? Ya lo escuchaste. Su nombre era reverenciado por todo aquél que
lo escuchaba, mientras que el mío apenas si se pronunciaba aun en los templos
de mi madre. Incluso ahora se burlan de mí. Mi nombre se ha perdido en la
antigüedad, al contrario que su leyenda, que se cuenta una y otra vez a lo
largo y ancho del mundo. Pero yo soy un dios y él no es otra cosa que un
bastardo a quien ni siquiera le está permitido habitar en el Olimpo.

— Aparta las manos de ella. Siempre has sido tan inútil que has acabado
relegado en el olvido. Ni siquiera mereces limpiarle los zapatos.

El corazón de _______ comenzó a latir más rápido al escuchar la voz de Joe.
Alzó la cabeza de entre los almohadones y lo vio justo al pie del estrado donde
estaban ellos. Sólo llevaba puestos los vaqueros e iba armado con el escudo y
la espada.

— ¿Cómo…? —preguntó Ares mientras bajaba de la cama.

Joe le dedicó una perversa sonrisa.

— La maldición ha desaparecido y estoy recuperando mis poderes. Ahora puedo
localizaros e invocaros. A cualquiera de ustedes.

— ¡No! —gritó Ares, y al instante, apareció cubierto por su armadura.

_______ luchó por librarse de aquella fuerza que la mantenía inmovilizada
mientras Joe cogía su espada y su escudo, situados en la pared en la que se
apoyaba el lecho, y atacaba a Joe.

Hipnotizada por el espectáculo, observó cómo luchaban los dos hermanos.

Jamás había visto nada semejante. Joe giraba ágilmente, como si estuviese
ejecutando una macabra danza que devolviera los golpes de Ares, uno por uno. El
suelo y la cama temblaban por la intensidad de la lucha.

No era de extrañar que Joe hubiese llegado a ser un personaje legendario.

Pero tras unos minutos, vio cómo se tambaleaba y bajaba el escudo.

— ¿Qué te pasa? —se burló su hermano, utilizando el escudo para empujarlo—.
¡Ah, lo olvidaba! Puede que la maldición haya desaparecido, pero aún estás
debilitado. Tardarás días en recuperar toda tu fuerza.

Joe meneó la cabeza y alzó el escudo.

— No necesito toda mi fuerza para acabar contigo.

Ares se rió.

— Valientes palabras, hermanito. —Y bajó la espada, que se estrelló
directamente sobre el escudo de Joe.

___________ contuvo el aliento mientras observaba cómo los golpes comenzaban de
nuevo.

Justo cuando pensaba que Joe iba a ganar, Ares utilizó una táctica para
desestabilizarlo: dejó que ganara terreno. Tan pronto como Joe perdió la
protección de la pared en uno de sus flancos, Ares blandió la espada y la
hundió en el vientre de su hermano. Joe dejó caer su espada.

(en esta parte les recomiendo poner este video de fondo mientras siguen
leyendo: http://www.youtube.com/watch?v=B-A-4NQfFRs&feature=fvw )


— ¡No! —chilló ________, aterrada.

Con el rostro transfigurado por la incredulidad, Joe se tambaleó hacia atrás,
pero no pudo ir muy lejos con la espada de Ares hundida en su cuerpo y su
hermano aún sosteniéndola.

— Vuelves a ser humano —le espetó mientras hundía la espada un poco más y
retorcía la hoja. Levantó un pie para apoyarlo en la cadera de Joe y le dio una
patada.

Libre de la espada, Joe trastabilló y cayó. Su escudo resonó con fuerza al
golpear el suelo, justo a su lado.

Ares no dejó de reír mientras se aproximaba a Joe.

— Es posible que ningún arma humana pueda acabar contigo, hermanito, pero no
eres inmune a un arma inmortal.

La fuerza que inmovilizaba a ________ despareció en ese instante, liberándola.
Tan rápido como pudo, cruzó la habitación hasta llegar junto a Joe, que yacía
en un charco de sangre. Respiraba de forma laboriosa y no dejaba de temblar.

— ¡No! —sollozó ________ mientras sostenía su cabeza en el regazo. Contemplaba,
horrorizada, la herida abierta en su costado.

— Mi preciosa _______ —dijo Joe, mientras alzaba una mano ensangrentada para
rozarle la mejilla.

Ella limpió la sangre que manaba de sus labios.

— No me abandones, Joe—rogó.

Él hizo una mueca de dolor, dejó caer la mano y luchó por respirar.

— No llores por mí, _______. No lo merezco.

— ¡Sí lo mereces!

Él negó con la cabeza y entrelazó sus dedos con los de ella.

— Has sido mi salvación, _______. Sin ti, jamás habría conocido lo que es el
amor. —Tragó y se llevó la mano al corazón—. Y nunca habría vuelto a ser quien
fui.

________ observó cómo la luz desaparecía de sus ojos.

— ¡No! —volvió a gritar, acunando su cabeza sobre el pecho—. ¡No, no, no! No
puedes morir. Así no. ¡¿Me oyes Joe?! Por favor… ¡No te vayas! ¡Por favor!

Lo abrazó con fuerza mientras la agonía que invadía su corazón y su alma
brotaba en forma de lágrimas.
Lo
abrazó con fuerza mientras la agonía que invadía su corazón y su alma brotaba
en forma de lágrimas.


— ¡No! —resonó con ferocidad a través de la
estancia, haciendo que las paredes temblaran.

___________ vio que el color abandonaba el rostro
de Ares al escuchar el chillido. Se escuchó un trueno y, en mitad de un
brillante destello de luz, apareció Afrodita delante de ella. Su rostro estaba
contraído como reflejo de la indescriptible agonía que sufría al contemplar el
cuerpo exangüe y frío de Joe.

Incapaz de asimilar lo que tenía delante, miró
furiosa a Ares.

— ¿Qué has hecho? —le preguntó.

— Fue una pelea justa, madre. O él o yo. No tenía
otra opción.

Afrodita dejó escapar un grito agónico
directamente desde su corazón.

— Invoqué la ira de Zeus y la de las Parcas para
conseguir su libertad. ¿Quién demonios crees que eres para hacer esto? —Miró a
Ares como si su mera presencia le provocara náuseas—. ¡Era tu hermano!

— Era tu bastardo, pero nunca fue mi hermano.

Afrodita gritó de furia.

— ¡Cómo te atreves!

Cuando la diosa miró de nuevo a Joe, ___________
vio el dolor que reflejaban sus ojos.

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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 16th 2010, 20:14

— Mi precioso Joe —sollozó la diosa—. Jamás debí
permitirles que te hiciesen daño. ¡Dulce Citera! ¿A dónde me ha llevado mi
egoísmo? —Cayó de rodillas a su lado—. Te dejé solo cuando debía haber estado
contigo para protegerte.

— ¡Vamos, madre, déjalo ya! —dijo Ares, como si la
aflicción de su madre hubiese conseguido aburrirlo—. Joe te conocía, igual que
te conocemos nosotros desde el comienzo de los tiempos; no piensas más que en
ti misma y en lo que los demás debemos hacer por ti. Es tu naturaleza. Y, al
contrario que Joe, todos la aceptamos hace eones.

Afrodita no se tomó muy bien esas palabras. De
hecho, su rostro se convirtió en una máscara de granito y se puso en pie con
toda la dignidad y la elegancia que se espera de una diosa.

Arqueó una ceja y miró a Ares.

— ¿Has dicho que fue una lucha justa? Bien,
tengamos una lucha justa. ¿Estás de acuerdo? Tánatos aún no ha reclamado su
alma. Todavía no es demasiado tarde. Lo único que necesitamos para devolverlo a
la vida es que su corazón comience a latir de nuevo.

__________ sintió una repentina oleada de calor
atravesando el cuerpo inerte de Joe.

Se echó hacia atrás y observó cómo un aura dorada
lo rodeaba mientras la herida de su costado se cerraba por sí sola y los
vaqueros se desintegraban, siendo reemplazados por unas grebas de oro y unas
sandalias. El resplandor dorado subió hasta cubrir su pecho que, al instante, quedó
oculto a la vista por una antigua armadura dorada, repujada con cuero rojo, y
una túnica. Sobre los brazos aparecieron unas anchas tiras de cuero marrón.

El tinte azulado desapareció de su rostro.

De repente, tomó una profunda bocanada de aire que
hizo que todo su cuerpo se estremeciera, y abrió los ojos, mirando a _________
con aquella sonrisa que conseguía derretirle hasta el alma.

Ella se mordió los labios mientras la felicidad la
traspasaba. ¡Estaba vivo!

— ¿Qué diablos pasa aquí? —rugió Ares.

Sobre ellos apareció una mujer, flotando
plácidamente. Su pelo negro lanzaba destellos mientras miraba con furia a
Príapo.

— Como muy bien ha dicho tu madre, ya es hora de
que contemplemos una lucha justa, Ares. Llevamos retrasándola demasiado tiempo
y, esta vez, no habrá ninguna Alexandria que distraiga a Joe e impida que lleve
a cabo su venganza.

— ¿Qué? —preguntó Afrodita—. Atenea, ¿qué estás
diciendo?

— Estoy diciendo que fue él quién la envió
intencionadamente para distraerlo, mientras acudía a refugiarse a tu templo por
temor a la furia de Joe.

Por la cara de Ares,__________supo que era verdad.
El dios curvó los labios en un rictus furioso.

— Atenea, ¡pu*ta traicionera! Siempre lo mimaste.

Atenea se rió mientras se desvanecía en el aire
para volver a aparecer junto a Afrodita.

— Nadie lo mimó nunca. Eso lo convirtió en el
mejor guerrero que jamás salió de las filas espartanas; y eso es lo que va a
ayudarle a darte una buena patada en el cu*lo en este momento.

Joe se puso en pie. La ceñuda mirada con la que
enfrentaba a Ares consiguió que ____________ sintiera un súbito escalofrío.

Afrodita se movió hasta quedar entre sus dos hijos
y, cuando alzó la mirada hacia Joe, ___________ vio que sus ojos estaban llenos
de orgullo.

— Ésta es la segunda vez que te doy la vida, Joe.
Me arrepiento de no haber sido la madre que necesitaste la primera vez. No
tienes ni idea de lo mucho que desearía poder cambiar el pasado. Lo único que
puedo hacer ahora es darte mi amor y mis bendiciones. —Afrodita miró por encima
del hombro, buscando los ojos de Ares—. Y ahora dale una buena patada en el
cu*lo a este malcriado.

— ¡Madre! —gimoteó Ares.
Continuacion...

Joe miró a su
hermano y balanceó la espada alrededor de su cuerpo mientras se acercaba a él.


— ¿Estás
preparado?


Ares atacó sin
avisar. Pero tampoco es que importara demasiado.


________ se
quedó boquiabierta al verlos luchar. Si antes había pensado que Joe era un buen
guerrero, ahora su destreza era infinitamente superior.


Se movía con
una agilidad y una velocidad que jamás habría creído posibles.


Atenea se puso
a su lado. Alzó un brazo y rozó ligeramente la seda con la que se envolvía.


— Bonito
vestido.


________ la
miró con el ceño fruncido por la incredulidad.


— ¿Están
luchando a muerte y tú te dedicas a estudiar cómo voy vestida?


Atenea se rió.

— Confía en mí;
siempre elijo con mucho cuidado a mis generales. Ares no tiene ninguna
posibilidad frente a Joe.


__________
volvió a dirigir su atención a los hombres en el mismo instante que Joe
golpeaba a Ares con su escudo. El dios perdió el equilibrio, se tambaleó y Joe
aprovechó para hundirle la espada en el costado.


— Púdrete en el
Tártaro, bastardo —dijo Joe con desdén mientras el cuerpo de Príapo se
desintegraba entre destellos multicolores.


________ corrió
hacia él.


Cristiano
arrojó a un lado la espada y el escudo, y la alzó en brazos para girar con ella
alrededor de la estancia.


— ¡Estás vivo!
¿Verdad que sí? —le preguntó.


— Sí, lo estoy.

_________ se
dejó caer sobre él. Joe la bajó, deslizándola muy lentamente sobre su armadura
centímetro a centímetro, hasta que sus pies se apoyaron sobre el suelo y
reclamó sus labios con un beso.


________
escuchó que alguien se aclaraba la garganta.


— Discúlpame,
Joe —dijo Atenea, al ver que no soltaba a ________—. Debes tomar una decisión.
¿Quieres que te envíe a casa o no?


________ se
echó a temblar.


Joe la miró de
forma abrasadora y acarició con mucha suavidad su mejilla como si estuviera
saboreando el tacto de su piel.


— Sólo he
conocido un hogar en todos los siglos de mi existencia.


_________ se
mordió el labio mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Iba a abandonarla
en ese mismo momento. Dios santo, sólo rogaba tener la fuerza necesaria para
soportar el dolor.


Joe se inclinó
y le besó la frente.


— Y es con
________—susurró sobre su pelo—. Si ella me acepta.


_______ puso
los ojos en blanco; se sentía tan aliviada que tenía ganas de gritar y reír a
la vez, pero sobre todo quería abrazarlo y retenerlo junto a ella para siempre.


— ¡Jesús, Joe!
—exclamó con una apatía totalmente falsa—. No lo sé… Ocupas toda la cama, y
llevas unos boxers espantosos… ¿Crees que voy a poder soportarlo? Si vuelves
conmigo tendremos que hacer que desaparezcan. Y nada de volver a acostarse con
los vaqueros puestos por la noche; me raspan las piernas.


Él soltó una
carcajada.


— No te
preocupes. Para lo que tengo en mente, el nudismo viene mucho mejor.


La risa de
_______ se unió a la suya mientras Joe le tomaba la cara entre las manos.


Al intentar
besarla, ella se alejó de forma juguetona.


— ¡Ah, por
cierto! ¿Ésta es tu armadura?


Él la miró
ceñudo.


— La misma; o
al menos lo era.


— ¿Podemos
quedárnosla?


— Si tú
quieres… ¿por qué?


— Porque… Mmm
cariño —ronroneó _______ lanzando una mirada lasciva sobre su fantástico cuerpo—,
te queda de muerte. Si te la pones, te prometo que pasarás un buen rato en la
cama cinco o seis veces al día.


Atenea y
Afrodita se rieron al unísono.


_________________Aparecieron en la habitación
de _________ con otro de aquellos destellos cegadores; exactamente en la misma
posición que se encontraban cuando Ares apareció.


— ¡Eh! —exclamó
________ enfadada—. ¿Dónde está la armadura?


Apareció
súbitamente junto con el yelmo, la espada y el escudo, en un rincón del
dormitorio.


— ¿Ya estás
contenta? —le preguntó Joe mientras la acomodaba sobre su pecho.


— Delirante de
felicidad.


Alzó la cabeza
y la besó de tal forma que _______ se estremeció de la cabeza a los pies y
gimió al sentir la calidez de su boca sobre la suya. Al sentir su cuerpo bajo
ella.


Jamás
permitiría que volviese a marcharse.


— Por cierto…

Joe se apartó
de los labios de _________ con un gruñido y alzó la sábana con rapidez para
taparlos a ambos con ella.


___________ la
apretó con fuerza a la altura de la barbilla.


— Atenea —dijo
Joe—, ¿piensas seguir interrumpiéndonos?


La diosa no
parecía avergonzada en lo más mínimo mientras se aproximaba a la cama. Llevaba
una caja dorada en las manos.


— Bueno, es que
se me ha olvidado daros una cosa.


— ¿Qué?
—preguntaron al unísono con suma irritación.


Antes de que
Atenea pudiese contestar, apareció Afrodita.


— Ya lo tengo
—le dijo a Atenea antes de quitarle la caja de las manos.


Atenea se
desvaneció.


Afrodita se
acercó a la cama, dejó la caja al lado de Joe y la abrió.


— Si vas a
quedarte en esta época, necesitarás varias cosas: un certificado de nacimiento,
un pasaporte, un permiso de residencia… —Afrodita miró la tarjeta verde y
frunció el ceño— No, espera, esto no lo necesitas. —Y entonces miró a
_________—. ¿O sí?


— No, señora.

Afrodita sonrió
mientras la tarjeta se evaporaba.


— También hay
un carné de conducir pero, si aceptas un consejo maternal, deja que sea _______
quien se encargue del coche. No te lo tomes a mal, pero eres un completo
desastre al volante. —Y suspiró—. Es una pena que no tengamos un dios para esas
cuestiones. Pero qué se le va a hacer. —Cerró la caja y se la ofreció a su
hijo—. Aquí tienes; puedes echarle un vistazo luego.


Cuando Afrodita
comenzaba a alejarse, Joe se incorporó en la cama y la cogió de la mano.


— Gracias por
todo, madre.


La diosa lo
miró con los ojos llenos de lágrimas y le dio unas palmaditas en la mano.


— Siento
muchísimo no haberme enterado de lo que les ocurrió a tus hijos hasta que fue
demasiado tarde. No tienes idea de lo mucho que me arrepiento de no haberlo
descubierto hasta después de que Tánatos reclamara sus almas.


Joe le dio un
apretón cariñoso.


— ¿Me llamarás
si necesitas cualquier cosa? —preguntó la diosa.


— Te llamaré
aunque no necesite nada.


Afrodita se
llevó la mano de Joe a los labios y la besó mientras sus ojos se clavaban en
_________ para, de inmediato, volver de nuevo a su hijo.


— Quiero seis
nietos. Como mínimo.


— ¡Eh! —exclamó
________ sacando de la caja un título universitario—. ¿Le has dado un título de
Licenciado en Historia Antigua? ¿Y de Harvard?


Afrodita
asintió con la cabeza.


— También hay
uno de Lengua y Cultura Clásicas. —Miró a Joe—. No estaba segura de lo que
querrías hacer, por eso he dejado que seas tú quien elija.


— ¿Podemos
usarlos de verdad? —preguntó ________.


— Claro que sí.
Si miras un poco más abajo encontrarás su certificado de notas.


________ lo
hizo y al mirarlo jadeó.


— No es justo,
¡sólo hay matrículas de honor!


— Por supuesto
—rezongó Afrodita, un poco indignada—. Mi hijo jamás será un segundón.
—Sonrió—. No me molesté en hacer un certificado de matrimonio. Supuse que
querríais encargaros de eso personalmente. Y tan pronto como Joe decida cuál
será su apellido, aparecerá en todos los documentos. —La diosa rebuscó bajo los
papeles y sacó una libreta bancaria—. Por cierto, he convertido el dinero que
tenías en Macedonia en dólares para que puedas usarlo aquí.

_________________
Continuacion...

_________ abrió la libreta y se quedó con la boca abierta.

— ¡Jesús, María y José! ¡Eres asquerosamente rico!

Joe se rió a carcajadas.

— Ya te lo dije, se me daba muy bien lo de conquistar.

Afrodita alargó una mano y el libro donde Joe había estado atrapado apareció
entre sus brazos.

— También pensé que te gustaría buscar un lugar seguro donde guardar esto.

Joe se quedó boquiabierto mientras cogía el libro de las manos de su madre.

— ¿Me estás encargando la custodia de Ares?

Afrodita se encogió de hombros.

— Te mató. No podía dejar que se marchara sin castigarlo de algún modo. Acabará
saliendo si es un buen chico.

_______ casi se sentía apenada por el pobre Ares.

Casi.

Afrodita se inclinó y besó a Joe en la mejilla.

— Siempre te he querido. Pero no he sabido cómo demostrarlo.

Él asintió con la cabeza.

— Supongo que eso suele pasar cuando tu madre es una diosa. No puedes esperar
fiestas de cumpleaños y comidas caseras.

— Eso es cierto, pero te he dado muchos otros regalos que a tu novia parecen
gustarle muchísimo.

— Hablando de eso —la interrumpió _________, repentinamente asaltada por un
pensamiento—, ¿no podemos deshacernos de ése que hace que las mujeres se
sientan atraídas por él como por un imán?

La diosa la miró con una expresión divertida.

— Niña, mira bien a este hombre. ¿Qué mujer en su sano juicio no lo querría en
su cama? Tendría que dejarlas ciegas a todas o hacer que Joe engordara y se
quedara calvo.

— Déjalo, no importa. Acabaré acostumbrándome.

— Eso creo yo.

Afrodita desapareció tras el comentario.

Joe envolvió a _________ entre sus brazos y la acercó a él de nuevo.

— ¿Estás dolorida?

— No, ¿por qué?

— Porque tengo la intención de pasarme el día entero haciéndote el amor.

Ella le mordisqueó la barbilla.

— Mmm, me gusta esa idea…

Joe la besó.

— ¡Ah, espera! —exclamó alejándose de sus labios.

_________ frunció el ceño mientras Joe salía de la cama para coger libro,
arrojarlo al pasillo y cerrar la puerta después.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó ella.

Joe volvió a la cama con su característico andar lento y ágil que la dejaba sin
aliento y conseguía encenderla. Trepó al lecho con la misma gracia que un
animal salvaje, desnudo y sigiloso, y recorrió su cuerpo con una mirada
lujuriosa y ardiente.

— Puede escuchar todo lo que decimos. Y, personalmente, no quiero tenerlo al
lado mientras hago esto.

_______ jadeó cuando Joe la puso de costado, acercándola a él.

— O esto —siguió él, deslizando una mano entre sus muslos y acariciándola con
manos expertas.

Se acurrucó contra la espalda de _______.

— Y sobre todo, no quiero que escuche esto.

Enterró sus labios en el cuello de _________ mientras deslizaba la mano por el
interior de sus muslos para separarle las piernas e introducirse en ella hasta
el fondo.

__________ gimió de satisfacción.

— He estado esperándote dos mil años, Mirian Alexander —le susurró al oído—, y
cada segundo de espera ha merecido la pena.



FIN








Epílogo




Un año después

Joe abrió la puerta de la habitación del hospital. Junto a su madre y a Breyda,
entró sin hacer ruido, ya que no quería molestar a _______ si estaba
descansando.

El miedo lo atenazó al verla tumbada en la cama. Su aspecto lo aterrorizaba,
estaba muy pálida y parecía indefensa. No podía soportar verla a sí.

Ella era su fuerza. Su corazón. Su alma. Todo lo que era bueno en la vida. La
idea de perderla le resultaba insoportable.

_______ abrió los ojos y les sonrió.

— Hola —dijo en un susurro.

— ¡Hola guapa! —le contestó Breyda—. ¿Qué tal estás?

— Exhausta, pero muy bien.

Joe se inclinó y la besó.

— ¿Necesitas algo?

— Tengo todo lo que siempre he deseado —le contestó ella con el rostro
radiante.
Él le sonrió.

— Bueno, ¿dónde están mis nietos? —preguntó Afrodita.

— Se los han llevado para pesarlos —contestó ________.

Y, como si las hubiesen llamado, las enfermeras entraron en ese instante
empujando las cunas. Comprobaron los brazaletes de ________ y los de los bebés
y salieron en silencio.

Joe se apartó del lado de ________ lo justo para coger en brazos a su hijo con
mucho cuidado. La alegría lo inundó al acunar al diminuto bebé. __________ le
había dado mucho más de lo que jamás imaginó que tendría. Y mucho más de lo que
se merecía.

— Éste es Nicholas Jerry Alexander —dijo mientras lo depositaba en brazos de
Afrodita para coger a su hija—. Y ésta es Vanessa Anne Alexander —y la colocó
sobre el otro brazo de su madre.

Los labios de Afrodita comenzaron a temblar cuando miró a su nieta.

— ¿Le has puesto mi nombre?

— Los dos quisimos hacerlo —le dijo __________.

Las lágrimas brotaron de los ojos de la diosa mientras contemplaba a sus dos
nietos.

— ¡La de regalos que tengo para vosotros!

— ¡Mamá! —la interrumpió Joe con brusquedad—. Por favor, nada de regalos. Tu
amor será suficiente.

La diosa se limpió las lágrimas y soltó una carcajada.

— De acuerdo. Pero si cambiáis de opinión, decídmelo.

________ observó a Joe mientras éste acariciaba la cabeza pelona de Nicholas.
No lo habría creído posible pero, en ese momento, lo amaba aún más que antes.

Cada día pasado junto a él había sido una bendición.

— ¡Ah, por cierto! —exclamó Breyda mientras cogía a Vanessa de los brazos de
Afrodita—. Fui ayer a la librería y Ares no estaba. Hace unos días que hubo
luna llena. ¿Alguien quiere apostar a que en estos momentos está practicando
sexo salvaje y desenfrenado con alguien?
Todos se rieron.
Excepto Joe.

— ¿Te pasa algo? —le preguntó ________.

— Supongo que me siento un poco culpable.

— ¡¿Culpable?! —exclamó Breyda con incredulidad—. ¿Por Ares?

Joe señaló con un gesto a _______ y a los niños.

— ¿Cómo podría guardarle rencor? Sin su maldición jamás os tendría a ninguno de
ustedes. Fue una pesadez pero debo admitir que mereció la pena.

Todas las miradas se clavaron, expectantes, en Afrodita.

— ¿Qué? —preguntó ella con fingida inocencia—. ¡No me digas que quieres que lo
libere! Ya te lo dije, lo haré cuando aprenda la lección…
_________________Breydameneó la cabeza.

— Pobre tío Ares—dijo dirigiéndose a Vanessa—. Pero fue un chico muy, muy malo.

La puerta se abrió en ese instante y una enfermera se asomó, indecisa.

— ¿Doctor Alexander? —se dirigió a Joe—, hay una pareja aquí fuera que dicen
ser familiares suyos. Ellos… mmm… —bajó la voz hasta hablar en un murmullo— son
moteros.

— ¡Eh, Joe! —lo llamó Eros desde detrás de la enfermera—. Dile a Atila el Huno
que somos de fiar para que podamos entrar a babear sobre los bebés.

Joe soltó una carcajada.

— Está bien, Trish —le dijo a la enfermera—. Es mi hermano.

Eros le hizo una mueca burlona a Trish mientras entraba a la habitación junto a
Psique.

— Que alguien me recuerde que tengo que dispararle una flecha de la mala suerte
al salir —comentó mientras la enfermera cerraba la puerta.

Joe lo miró con una ceja arqueada.

— ¿Tengo que confiscarte de nuevo el arco?

Eros le contestó con un gesto grosero y se acercó a Breyda para tomar en brazos
a Vanessa.

— ¡Ooooh! Menuda rompecorazones que vas a ser. Apuesto a que vas a tener a
montones de niños corriendo detrás de ti.

Joe perdió el color del rostro y miró a su madre.

— Mamá, hay un regalo que me gustaría pedirte.

Afrodita lo observó, esperanzada.

— ¿Te importaría hablar con Hefesto para que hiciera un cinturón de castidad
apropiado para Vanessa?

— ¡Joe! —balbució _________ con una carcajada.

— No tendría que llevarlo durante mucho tiempo; sólo treinta o cuarenta años.

_________ puso los ojos en blanco.

— Menos mal que tienes a tu mami —le dijo al bebé que Eros sostenía—, porque tu
papi no es nada divertido.

Joe alzó una ceja con un gesto arrogante.

— ¿Que no soy divertido? —repitió—. Divertido… eso no es lo que dijiste el día
que concebiste a estos dos…

— ¡Joe! —exclamó _______ con el rostro arrebolado. Pero ya hacía tiempo que
sabía que era incorregible.

Y lo amaba tal y como era.



Fin
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 18th 2010, 15:53

AHHHHHH SIGUELAAA!!!
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StephyJonas8521
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 21st 2010, 12:48

COMO QUE FIIN!! NOOO YO QUIERO MAS!!

VOY A PROTESTAR!!

PON SEGUNDA TEMPORADAAAA!!!

AHHH DEMASIADO BUENAAA ME ENCANTOO
AME DEMASIADO ESTA NOVELAAAA!!
TE FELICITO ESCRIBES MUY BN xD
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nikifriky
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Mayo 23rd 2010, 16:05

super cool me encanto la novela. deverias hacer un libro.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Junio 19th 2010, 18:04

♥-♥ laa ameeee (:
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jbENAMORADA
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Julio 7th 2010, 22:47

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
plis avisame cuando vallas a hacer una nove
las tuyas stan bueisimas
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Hoy a las 19:10

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un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...
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