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 un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...

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angenick
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MensajeTema: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 6th 2010, 16:06

~°~Un Amante de En sueños~°~


La extraña maldición que pesa sobre Joe desde hace 2.000 años le ha condenado a pasar la eternidad atrapado en un libro hasta que una mujer le invoque para satisfacer sus deseos. Esclavo sexual, al fin y al cabo, Joe ha tenido mucho tiempo para perfeccionar sus habilidades y es capaz de hacer realidad las fantasías más secretas de cualquier mujer para proporcionarle un placer inimaginable. Pero cuando Joe es convocado para ser amante de (tu nombre) (tu apellido) durante un mes, descubre en ella a la mujer capaz de hacer realidad un sueño oculto: un amor que llene el vacío de su corazón y, quizá, sea capaz de poner fin a la maldición.
¿Puede un esclavo sexual encontrar el amor verdadero?
Cuando ponga: "_______ _______" es tu nombre (la primera raya) y tu apellido (la segunda raya)
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 6th 2010, 16:38

Capítulo 1


— Cielo, necesitas que te echen un buen polvo.

______ ______ se estremeció al escuchar el grito de Breyda en mitad del pequeño Café de Nueva Orleáns, donde se encontraban apurando los restos del almuerzo, consistente en judías rojas con arroz. Desafortunadamente para ella, la voz de su amiga poseía un encantador timbre agudo que podía hacerse oír incluso en mitad de un huracán.

Y que en esta ocasión, fue seguido de un repentino silencio en el atestado local.

Al echar un vistazo a las mesas cercana _______ percibió que los hombres dejaban de hablar, y se giraban para observarlas con mucho más interés del que a ella le gustaría.

¡Jesús! ¿Aprenderá alguna vez Breyda a hablar en voz baja? O peor aún, ¿qué será lo próximo que haga, quitarse la ropa y bailar desnuda sobre las mesas?

Otra vez.

Por enésima vez desde que se conocieron, ______ deseaba que Breyda pudiese sentirse avergonzada. Pero su vistosa, y a menudo extravagante, amiga no conocía el significado de dicha palabra.

Se tapó la cara con las manos e hizo lo que pudo por ignorar a los curiosos mirones. Un deseo irrefrenable de deslizarse bajo la mesa, acompañado de una urgencia aún mayor de darle una buena patada a Breyda, la consumían.

— ¿Por qué no hablas un poquito más alto, Brey? —murmuró—. Supongo que los hombres de Canadá no habrán podido escucharte.
— Oh, no lo sé —dijo el guapísimo camarero moreno al detenerse junto a su mesa—. Seguramente se dirigen hacia aquí mientras hablamos.

Un calor abrasador tomó por asalto las mejillas de _______ ante la diabólica sonrisa que le dedicó el camarero, obviamente en edad de acudir a la universidad.
— ¿Puedo ofrecerles algo más, señoras? —preguntó, y después miró directamente a _______— O para ser más exactos, ¿hay algo que pueda hacer por usted, señora?

¿Qué tal una bolsa con la que taparme la cabeza y un garrote para golpear a Brey?
— Creo que ya hemos acabado —contestó _______ con las mejillas ardiendo. Definitivamente, mataría a Breyda por esto— Sólo necesitamos la cuenta.

— Muy bien, entonces —dijo sacando la nota, y escribiendo algo en la parte superior del papel. La colocó justo delante de _______—Puede hacerme una llamadita si necesita cualquier cosa.

Una vez el camarero se marchó, _________ se dio cuenta de que había anotado su nombre y su teléfono en la parte superior del papel.

Breyda le echó un vistazo y soltó una carcajada.

— Espera y verás —le dijo ________, reprimiendo una sonrisa mientras calculaba el importe de la mitad de la cuenta con su Palm Pilot—. Me las pagarás.

Breyda ignoró la amenaza y se dedicó a buscar el dinero en su bolso adornado con cuentas.

— Sí, sí. Eso lo dices ahora. Si yo estuviese en tu lugar, marcaría ese número. Es monísimo el chico.

— Jovencísimo —corrigió _______—. Y creo que voy a pasar. Lo último que necesito es que me encierren por corrupción de menores.

Breyda paseó la mirada por el preciso lugar donde el camarero esperaba, con una cadera apoyada en la barra.

— Sí, pero don Soy Igualito a Brad Pitt, que está ahí enfrente, bien lo merece. Me pregunto si tendrá algún hermano mayor…

— Y yo me pregunto cuánto estaría dispuesto a pagar Ricardo por saber que su mujer se ha pasado todo el almuerzo comiéndose con los ojos a un muchacho.

Breyda resopló mientras dejaba el dinero sobre la mesa.

— No me lo estoy comiendo. Lo estoy evaluando para ti. Después de todo, era de tu vida sexual de lo que hablábamos.
— Bueno, mi vida sexual es sensacional y no le interesa a la gente que nos rodea —Y tras soltar el dinero en la mesa, cogió el último trozo de queso y se encaminó hacia la puerta.

— No te enfades —le dijo Breyda mientras salía tras ella a la calle, atestada de turistas y de los clientes habituales de los establecimientos de Jackson Square.

Las notas de jazz de un solitario saxofón se escuchaban por encima de la cacofonía de voces, caballos y motores de automóviles; una oleada de calor típico de Louisiana las recibió al salir a la calle.

Intentado no hacer caso del aire, tan espeso que dificultaba la respiración, _______ se abrió camino entre la multitud y los tenderetes ambulantes, dispuestos a lo largo de la valla de hierro que rodeaba Jackson Square.

— Sabes que es cierto —le dijo Breyda una vez la alcanzó—. Quiero decir, ¡Dios mío, ______!, ¿cuánto hace? ¿Dos años?

— Cuatro —contestó ella con aire ausente—. ¿Pero a quién le interesa llevar la cuenta?

— ¿Cuatro años sin tener relaciones sexuales? —repitió Breyda incrédula.

Varios mirones se detuvieron, curiosos, para observar alternativamente a Breyda y a _________.


Ajena —como era habitual en ella— a la atención que despertaban, Breyda continuó sin detenerse.

— No me digas que tú has olvidado que estamos en plena Era de la Electrónica. O sea, vamos a ver, ¿alguno de tus pacientes sabe que llevas tanto tiempo sin echar un polvo?

________ acabó de tragarse el trozo de queso y le dedicó a su amiga una desagradable y furiosa mirada. ¿Es que la intención de Brey era la de gritar a todo pulmón, en plena Vieux Carre, sus asuntos personales a todo humano y caballo que pasara por la zona?

—Baja la voz —le dijo, y añadió con sequedad—, no creo que sea de la incumbencia de mis pacientes si soy o no la reencarnación de la Virgen. Y con respecto a la Era de la Electrónica, no quiero tener una relación con algo que viene acompañado de una etiqueta con advertencias y unas pilas.

Breyda soltó un bufido.

— Sí, vale, oyéndote hablar se diría que la mayoría de los hombres deberían venir acompañados de una etiqueta con esta advertencia: —alzó las manos para enmarcar la siguiente afirmación— Atención, por favor, Alerta Psíquica. Yo, macho-man, soy propenso a sufrir horribles cambios de humor, y a poner caras largas, y poseo la habilidad de decir la verdad a una mujer sobre su peso, sin previo avis
o.
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deidany
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 6th 2010, 16:43

ahhh siguelaaaaaaaaaaa.... Very Happy Very Happy
Primeraa lectoraa
y consideramee fiel a tu noveee.... I love you
angenick amooo tu fotoo ..
kisss
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OriGabi
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 6th 2010, 20:28

NUEVA LECTORA!!! =)

Sabias q adoro tus noves!?

Son geniales!.. siguela
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deidany
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 7th 2010, 08:37

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ..........siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa....... siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...............siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 8th 2010, 15:39

Bastantes minutos más tarde Joe había conseguido calmarse y salir, más relajado, a su cuarto. Miró a la cama y ella seguía allí. Se había puesto la coleta otra vez, y su pelo había vuelto a ser el amasijo de pelo sin gracia de siempre. Miraba la revista que él había dejado un rato antes y fruncía el ceño. Él la conocía y sabía exactamente qué artículo estaba leyendo. Suspiró relajado. Ella volvía a ser la que conocía. No sabía cómo había parecido aquella extraña y sexy mujer pero por suerte para él había desaparecido. Frente a él estaba la chica con la que jugaba al baloncesto siempre que podían, la que le acompañaba a ver el fútbol, la que le sacaba de los líos, en los que normalmente era ella quién lo metía, y de la que estaba seguro conocía cada detalle de su vida. Fuese lo que fuese lo que le pasaba últimamente desaparecería. Puede que fuese el descubrimiento de que otros la veían diferente, lo que provocaba aquello. Pero ella no había cambiado y él no quería que ella lo hiciese. Y mucho menos que cambiase su relación.

- (tu name) tengo algo que decirte -afirmó Joe acercándose a la cama.

- Si es lo que has hecho en el baño, ¡ahórratelo! -pidió (tu name) inmersa en lo que leía.

- ¡No! -negó Joe sonrojándose por un instante, hasta que se dio cuenta de que ella se refería a otra acción que cubría una necesidad básica, para lo que estaba diseñado el aseo, y no la que había cubierto en realidad. Se relajó y sonrió. Se dijo a si mismo que no se había masturbado a costa de su amiga. Era una simple coincidencia que su erección surgiese frente a ella. Y él solo se limitó a hacer que desapareciese.

- Bueno, pues cuenta -dijo (tu name) dejando la revista a un lado.
- Quería hablarte de Linoln -le comunicó sentándose en la cama frente a ella.

- ¿Otra vez? ¿Qué quieres saber ahora? Apenas nos vemos ¿no creerás que nos vemos a escondidas o algo así? -acusó pensativa. No tenía ni fuerzas ni ganas para otra discusión.

- Tranquila. Hemos pasado tiempo juntos y he descubierto que es un buen tipo.

- ¡Que sexy! -dijo sarcástica, desconcertando a su amigo. Había pasado mucho tiempo sin controlar lo que decía y se había vuelto normal que el único tema de charla fuesen los hombres malos y cuan malos podían llegar a ser en el dominio en el que estaba permitido: la cama. Pero ahora no estaba con las chicas y tenía que controlarse- ¿Qué pasa con él?

- Me ha corroborado que le gustas -informó sereno.

- Eso ya se dijo hace mucho ¿Cual es la novedad? -preguntó sin entender a donde iba su amigo.

- Antes sabíamos que le parecías guapa, ahora él me ha confirmado que quiere conocerte más en profundidad -explicó Joe tan lento y cuidadoso como si hablase con una retrasada o un bebé que apenas comienza a hablar.

- ¿Y? -replicó (tu name) perdiendo la paciencia. Si no soportaba que la tratase como tonta, aún menos que se hiciese de rogar tanto. Estaba claro que creía que la iba a escandalizar o algo parecido.

- Tú siempre igual. Todas las chicas de la universidad matarían por una oportunidad con él y tú ni lo tomas en cuenta ¿No te gusta o es que no te atraen los hombres? -bromeó no estando seguro de escuchar la respuesta.

- Oh, claro. Como a todas les gusta a mi me tiene que gustar. Por esa lógica aplastante yo debería estar desnuda bajo tus sábanas esperándote y rogando para que me hagas tuya, al igual que todas se te regalan diariamente.

¡Maldita sea! Intentaba verla como un chico aunque estuviese hablando claramente de que era una mujer con deseos por otros hombres ¿Por qué tenía que haber dicho eso? "Desnuda bajo tus sábanas esperándote y rogando para que me hagas tuya". No sería fácil de olvidar o de ignorar. Pero eran amigos y tenía que bromear como correspondía a un engreído que no se toma nada en serio.

- Ya tienes medio camino hecho. Ya estás en la cama. Ahora solo falta que te quites la ropa que yo ya hago lo demás -bromeó Joe rezando para que no se estropease su relación por bromear con el sexo.

- ¡Que pereza! Lo dejamos para otro día mejor -le siguió la broma (tu name). Ella apenas se había dado cuenta de que era la primera vez que bromeaban con el sexo entre ambos. Era algo tan frecuente en su día a día, que no le pareció diferente. Solía picarse frecuentemente con todos los hombres que conocía, haciéndose la difícil, como ellos le reprochaban.

- ¿Entonces? -preguntó relajado por la normalidad con la que ella se había tomado la broma.

- ¿Qué?

- Pues ¿qué piensas de Lincoln? -quiso saber impaciente.

- ¡Ahm! ¿Soy totalmente sincera?

- Claro. Sino no preguntaría.

- Nunca he hablado así contigo así que puede extrañarte -afirmó (tu name) escéptica.

- No hay problema. Somos amigos y podemos contárnoslo todo -repuso muy sonriente.

- ¡Ok! Físicamente es mi tipo. Pero apenas he tenido oportunidad de conocerlo. Así que no puedo hablar sobre su personalidad. Pero... -continuó antes de que la interrumpiese- yo soy de las que piensan que tiene que atraerte desde el primer momento. Eso de que con el tiempo se comienza a querer a alguien es una chorrada. Con el tiempo solo se consigue cariño. Si la química no se da desde el primer momento, nunca se dará.
¿Y la hay entre ustedes? -preguntó sereno.

- Lincoln no pasa desapercibido pero la neta no me agrada el no poder decir que lo conozco. Pero sí, me atrae -confesó (tu name) delicadamente.

- Le encantará saberlo -afirmó Joe risueño.

- Si es que se entera. Porque tú no se lo dirás y yo no se si quiero que se enteré. No te necesito de Cupido. Me las he arreglado muy bien sin ti hasta ahora. Además, tengo algunos asuntos sin resolver -dijo pensando que como Nick escuchase esa conversación ejecutaría de inmediato a sus dos amigos. Aunque estaba segura de que si pudiese hacer tal cosa, extendería la condena a todos los hombres heterosexuales atractivos. Y a todos los demás, también.

- ¿El gorila es tu novio? -preguntó ceñudo.

- ¿Axel? Ya le gustaría -bromeó (tu name) soltándose en carcajadas- Lo que quería decir es que yo no soy de tener novio. Tú me conoces, nunca he tenido ninguno -formal, pensó- Y no estoy segura de querer tenerlo. Además eso se tiene que dar, no planearlo. Y me extraña que estés de acuerdo. Pensaba que el día que me echase novio harías una campaña contra él, no a favor de que me lo eche ¿Tan necesitada me ves? -se burló en tono payaso.

- No te imagino con novio para nada. Pero si tienes que tener uno, al menos, que sea de confianza -explicó Joe relajado.

- ¿De confianza? Vaya mierda de celestina eres. Anda -dijo despeinándolo mientras se levantaba- Me voy que se me hace tarde.

- Te me cuidas -se despidió tirándose sobre la cama.

- ¡Eso mismo te digo yo! Que no quiero ser tía antes de tiempo -bromeó caminando hasta la puerta- Hasta el lunes. Te llamo el domingo para ver que onda, si tengo algún huequito libre. Bye.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 21st 2010, 15:00

t]]
—Baja la voz —le dijo, y añadió con sequedad—, no creo que sea de la incumbencia de mis pacientes si soy o no la reencarnación de la Virgen. Y con respecto a la Era de la Electrónica, no quiero tener una relación con algo que viene acompañado de una etiqueta con advertencias y unas pilas.

Breyda soltó un bufido.

— Sí, vale, oyéndote hablar se diría que la mayoría de los hombres deberían venir acompañados de una etiqueta con esta advertencia: —alzó las manos para enmarcar la siguiente afirmación— Atención, por favor, Alerta Psíquica. Yo, macho-man, soy propenso a sufrir horribles cambios de humor, y a poner caras largas, y poseo la habilidad de decir la verdad a una mujer sobre su peso, sin previo aviso.

_________________Continuacion...


________ soltó una carcajada. Había soltado de carretilla, en innumerables ocasiones, ese discursito sobre las etiquetas que deberían llevar los hombres.

— Ah, ya lo entiendo, Doctora Amor —dijo Breyda imitando la voz de la doctora Ruth —. Usted se limita a sentarse y escuchar cómo sus pacientes le largan todos los detalles íntimos de sus encuentros sexuales, mientras usted vive como un miembro vitalicio del “Club de las Bragas de Teflón”. —Bajando la voz, Brey añadió— No puedo creer que después de todo lo que has escuchado en tus sesiones, nada haya conseguido revolucionar tus hormonas.

__________ le lanzó una mirada divertida.

— Bueno, a ver, soy una sexóloga. No me beneficiaría mucho que mis pacientes se dedicaran a hacerme experimentar la petit mort mientras echan fuera todos sus problemas. En serio, Brey, perdería el título.
— Pues no entiendo cómo puedes aconsejarles, cuando ni siquiera te acercas a un hombre.

Haciendo una mueca, _______ comenzó a caminar hacia el lado opuesto de la plaza, justo frente a la Oficina de Información Turística, donde Breyda había instalado su puestecillo para echar las cartas y leer las líneas de las manos.

Cuando llegó al tenderete —una mesa cubierta con una faldilla de color morado intenso—, suspiró.
— Sabes que no me importaría quedar con un hombre que se mereciera que me depilara las piernas. Pero la mayoría resulta ser una pérdida de tiempo tan evidente que prefiero sentarme en el sofá y ver las reposiciones de Hee Haw .

Breyda le dedicó una expresión irritada.

— ¿Qué tenía de malo Aaron?
— Mal aliento.
— ¿y Daniel?
— Le encantaba hurgarse en la nariz. Especialmente durante la cena.
— ¿Javier?

________ miró a Breyda y ésta alzó las manos.

— Vale, quizás tuviera un pequeño problema con lo de las apuestas. Pero es que todos necesitamos distraernos con algo.

_______ la miró furiosa.

— Eh, Madam Breyda, ¿ya has regresado de almorzar? —le preguntó Zoraida desde el puestecillo situado justo al lado del suyo, en el que vendía objetos de loza y dibujos, hechos por ella.

Unos años más joven que ellas, Zoraida tenía una larga melena negra y siempre llevaba ropas que a ________ le hacían pensar que estaba delante de un hada. Su vestimenta de hoy consistía en una liviana falda blanca, que hubiese resultado obscena de no ser por los leotardos rosados que llevaba debajo, y una preciosa camisa de estilo medieval.

— Sí, ya he vuelto —le contestó Brey mientras se arrodillaba para abrir la tapa del carrito de la compra que todas las mañanas aseguraba a la verja de hierro con una de esas cadenas que se usan para las bicicletas—. ¿Algo interesante durante mi ausencia?
— Un par de chicos cogieron una de tus tarjetas, y dijeron que regresarían después de comer.
— Gracias —dijo Breyda guardando el monedero en el carro, sacó la caja de puros azul donde guardaba el dinero y las cartas de tarot —siempre envueltas en un pañuelo de seda negra—, y un delgado, pero gigantesco, libro con tapas de cuero marrón que Celeste no había visto nunca.

Breyda se colocó su enorme pamela de paja, se dio la vuelta y se puso en pie.

— ¿Tus artículos tienen los precios marcados? —preguntó a Zoraida.
— Sí —le contestó ésta mientras cogía su monedero—. Sigo diciendo que trae mala suerte; pero al menos, si alguien quiere saber lo que valen cuando no estoy, puede averiguarlo.

Una motocicleta de aspecto desastroso frenó a cierta distancia.

— ¡Eh, Zori! —gritó el conductor—. Mueve el trasero. Tengo hambre.

La chica le saludó sin hacer caso a la orden.

— No me agobies o comerás tú sólo —le contestó mientras caminaba sin prisas hacia él, y se subía a la parte trasera de la moto.

_______ movió la cabeza mientras les observaba. Zoraida necesitaba que alguien le aconsejara sobre sus citas, mucho más que ella. Les siguió con la mirada mientras pasaban delante del Café du Monde.

— ¡Oh! Un beignet sería un estupendo postre.
— La comida no puede sustituir al sexo —le dijo Brey mientras colocaba las cartas y el libro sobre la mesa—. ¿No es eso lo que siempre dices…?
— De acuerdo, el punto es tuyo. Pero, Brey, en serio, ¿a qué viene este repentino interés en mi vida sexual? Mejor dicho, en mi falta de ella.

Breyda cogió el libro.

— A que tengo una idea.

El escalofrío que sintió ante las palabras de Breyda le llegó hasta los huesos, y eso que el calor era agobiante. Y ella no se asustaba fácilmente. Bueno, a no ser que su amiga estuviera involucrada con una de sus ideas típicas de “mamá gallina”.

— ¿No será otra sesión de espiritismo?
— No, esto es mejor.

En su interior, __________ se encogió y comenzó a preguntarse qué sería de su vida en esos momentos si hubiese tenido una compañera de habitación normal el primer año en Tulane , en lugar de Breyda Quiero Ser Una Gitana Traviesa. De algo estaba segura: no estaría discutiendo de su vida sexual en medio de una calle llena de gente.

En ese momento, se fijó en lo diferentes que eran. Ella soportaba el húmedo calor con un ligero vestido sin mangas de seda color crema, de Ralph Lauren, y llevaba el pelo oscuro recogido en un sofisticado moño. En contraste, Breyda llevaba una larga y vaporosa falda negra con un ceñido top de tirantes morado que apenas le cubría sus generosos senos. El pelo castaño y rizado, que le llegaba a los hombros, estaba recogido con un pañuelo de seda negra, con motas semejantes a las de un leopardo. El atuendo se completaba con unos enormes pendientes de plata, en forma de luna llena, que colgaban prácticamente hasta los hombros. Sin mencionar el yacimiento de plata que se había colocado en ambas muñecas, en forma de ciento cincuenta pulseras. Pulseras que tintineaban cada vez que se movía.

La gente siempre había reparado en sus diferencias físicas, pero ella sabía que Breyda escondía una mente astuta y una gran inseguridad bajo su «exótico» atuendo. Por dentro, se parecían mucho más de lo que cualquiera podía imaginar.
Excepto en la extraña creencia que Breyda había desarrollado por el ocultismo.

Y en su insaciable apetito sexual.

Acercándose a ella, Breyda dejó el libro en las manos —poco dispuestas a cogerlo— de ________ y comenzó a pasar hojas. Se las arregló para no dejarlo caer.
Y para no poner los ojos en blanco por la exasperación que la invadía.

— Encontré esto el otro día, en esa vieja librería que hay junto al Museo de Cera. Estaba cubierto por una montaña de polvo; intentaba encontrar un libro sobre psicometría cuando de repente vi éste, ¡Voilà! —dijo señalando triunfalmente a la página.

_________________Continuacion...


_______ miró el dibujo y se quedó con la boca abierta.

Jamás había visto algo parecido.

El hombre del dibujo era fascinante, y la pintura estaba realizada con asombroso detalle. Si no fuese por las marcas dejadas en la página al haber sido impresa, se diría que se trataba de una fotografía actual de alguna antigua estatua griega.
No, se corrigió a si misma: de un dios griego. Estaba claro que ningún mortal podía jamás tener esa pinta tan fantástica.

Gloriosamente desnudo, el tipo exudaba poder, autoridad y una aplastante y salvaje sexualidad. Aunque su pose pareciera ser casual, daba la sensación de estar contemplando un depredador listo para ponerse en acción en cualquier momento.

Las venas se le marcaban en aquel cuerpo perfecto que prometía poseer una fuerza inigualable, diseñada específicamente para proporcionar placer a una mujer.

Con la boca seca,__________ observó los músculos, que tenían las proporciones adecuadas para su altura y su peso. Contempló la profunda hendedura que separaba los duros pectorales y bajó hasta el estómago —esculpido con forma de tableta de chocolate—, que suplicaba ser acariciado por una mano femenina.

Y entonces llegó al ombligo.

Y después a…

Bueno, no se les había ocurrido tapar aquello con una hoja de parra. ¿Y por qué deberían haberlo hecho? ¿Quién, en su sano juicio, iba a querer ocultar unos atributos masculinos tan estupendos? Y siguiendo con aquella línea de pensamiento, ¿quién necesitaría un artilugio con pilas teniendo aquello en su casa?

Se humedeció los labios y volvió a la cara.
Mientras contemplaba los afilados y apuestos contornos del rostro, y los labios —con una diabólica sonrisa apenas esbozada—, le asaltó la imagen de una ligera brisa agitando esos mechones negros , que se ensortijaban alrededor del cuello, especialmente diseñado para cubrirlo de húmedos besos. Y de aquellos penetrantes ojos de color marron, mientras alzaba una lanza sobre la cabeza, y gritaba.

El sofocante aire que le rodeaba se estremeció ligeramente de forma repentina, y le acarició las partes de su cuerpo expuestas a la brisa.

Casi podía escuchar el profundo timbre de la voz del tipo, y sentir cómo aquellos musculosos brazos la envolvían y la atraían hacia un pecho duro como una roca, mientras su cálido aliento le rozaba la oreja.

Percibía unas manos fuertes y expertas que vagaban por su cuerpo, y le proporcionaban un deleite exquisito, mientras buscaban sus más recónditos lugares.

Un escalofrío le recorrió la espalda y el cuerpo comenzó a palpitarle en zonas donde nunca había pensado que aquello pudiese ocurrir. Sentía un dolor fiero y exigente que jamás había experimentado.

Parpadeó y volvió a mirar a Breyda, para ver si también ella se había visto afectada del mismo modo. Pero si así era, no daba señales de ello.

Debía estar alucinando. ¡Exacto! Las especias de las judías le habían llegado al cerebro y lo habían convertido en papilla.

— ¿Qué opinas de él? —le preguntó Brey, mirándola por fin a los ojos.

______ se encogió de hombros, en un esfuerzo por olvidar la hoguera que abrasaba su cuerpo. Pero sus ojos volvieron a demorarse en las perfectas formas del hombre.

— Se parece a un paciente que tuvo cita ayer.

Bueno, no era exactamente cierto… el chico que había estado en su consulta era medianamente atractivo, pero nada que ver con el hombre del dibujo.

¡Jamás había visto algo así en toda su vida!

— ¿De verdad? —los ojos de Breyda adquirieron un matiz oscuro que pronosticaba el comienzo de su sermón sobre las oportunidades de conseguir una cita y la intervención del destino.
— Sí —dijo cortando a Brey antes de que pudiese comenzar a hablar—. Me dijo que era una lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre.

Brey abrió la boca, muda de asombro. Cogió el libro, quitándoselo a _______de las manos, y lo cerró con fuerza mientras la miraba furiosa.

— Siempre conoces a las personas más extrañas.

________ alzó una ceja.

— Ni se te ocurra decirlo —dijo Breyda mientras ocupaba su sitio habitual tras la mesa. Colocó el libro a su lado—. Te lo advierto; esto —dijo, dando dos golpecitos al libro— es lo que estás buscando.

_________ miró fijamente a su amiga mientras pensaba en lo absolutamente convincente que parecía Madam Breyda —autoproclamada Señora de la Luna—, sentada tras sus cartas de tarot, con aquella mesa morada, y el misterioso libro bajo las manos. En ese momento, casi podía creer que Brey era en realidad una esotérica gitana.

Si creyera en esas cosas.

— Vale —dijo _______ dándose por vencida—. Deja de hablar con rodeos y dime qué tienen que ver ese libro y ese dibujo con mi vida sexual.

El rostro de Breyda adoptó una expresión bastante seria.

— El tipo que te he enseñado… Joe… es un esclavo sexual griego que está obligado a cumplir los deseos de aquélla que le invoque, y a adorarla.

______ se rió con ganas. Sabía que estaba siendo muy maleducada, pero no pudo evitarlo. ¿Cómo demonios iba creer Breyda, una licenciada en historia antigua y en física, premiada con la beca Rhodes, y con un doctorado en filosofía, en algo tan ridículo, aun con todas sus excentricidades?

— No te rías. Lo digo en serio.
— Ya lo sé, eso es lo que me hace gracia —se aclaró la garganta y se serenó—. Vale, ¿qué tengo que hacer?, ¿quitarme la ropa y bailar desnuda en Pontchartrain a medianoche? —un leve intento de sonrisa curvó sus labios, sin importarle que los ojos de Breyda se oscurecieran a modo de aviso—. Tienes razón, me encargaré de conseguir una buena sesión de sexo, pero no creo que sea con un espléndido esclavo sexual griego.

El libro se cayó de la mesa.

Breyda dio un grito, se levantó de un salto y tiró la silla.
_____ jadeó.

— Lo empujaste con el codo, ¿verdad?

Breyda negó con la cabeza muy despacio; tenía los ojos abiertos como platos.

— Confiésalo, Brey.
— No fui yo —dijo con una expresión mortalmente seria—. Creo que lo ofendiste.

Moviendo la cabeza ante aquella necedad,_________ sacó del bolso las gafas de sol y las llaves. Bien, estupendo, esto se parecía a la época de la facultad, cuando Brey le habló de usar una Ouija, y lo amañó todo para que le dijese que se iba a casar con un dios griego cuando cumpliera los treinta años, y que iba a tener seis hijos con él.

Hasta el día de hoy, Breyda se negaba a admitir que había sido ella la que dirigiera el puntero. Continuacion...


Y, en este preciso momento, hacía demasiado calor bajo el implacable sol de agosto como para discutir.

— Mira, necesito regresar al despacho. Tengo una cita a las dos en punto y no quiero coger un atasco —le dijo mientras se ponía las Ray-Ban—. ¿Vendrás entonces esta noche?
— No me lo perdería por nada del mundo. Llevaré el vino.
— Bien, te veo a las ocho. —E hizo una larga pausa para añadir— Dile a Ricardo que hola y que gracias por dejarte visitarme por mi cumpleaños.

Breyda la observó alejarse y sonrió.

— Espera a ver tu regalo —susurró, y recogió el libro del suelo. Pasó la mano por la suave tapa de cuero repujado, y quitó unas motas de polvo.

Volvió a abrirlo y observó de nuevo el maravilloso dibujo; aquellos ojos habían sido dibujados con tinta negra, y aun así, daban la impresión de ser de un profundo azul cobalto.

Por una sola vez su hechizo iba a funcionar. Estaba segura.

— Te gustará ________, Joe—murmuró dirigiéndose al hombre mientras recorría con los dedos su cuerpo perfecto—. Pero debo advertirte algo: acabaría con la paciencia de un santo. Y traspasar sus defensas va a resultar más duro que abrir una brecha en la muralla de Troya. No obstante, si alguien puede ayudarla, ése eres tú.

Sintió que el libro desprendía una súbita oleada de calor bajo su mano, y supo instintivamente que era la forma que Joe elegía para darle la razón.

_______ pensaba que estaba loca a causa de sus creencias, pero siendo la séptima hija de una séptima hija, y con la sangre gitana que corría por sus venas, _______ sabía que había ciertas cosas en la vida que desafiaban cualquier explicación. Ciertas corrientes de energía misteriosa que pasaban desapercibidas, esperando que alguien las canalizara.

Y esa noche habría luna llena.

Devolvió el libro a la seguridad del carrito de la compra y lo cerró con llave. Estaba segura que había sido cosa del destino que el libro llegara hasta ella. Había sentido su llamada tan pronto como se acercó a la estantería donde yacía.

Puesto que llevaba dos años felizmente casada, supo que no estaba destinado a ella. La usaba para llegar donde lo necesitaban.

Hasta _________.

Su sonrisa se ensanchó. Cómo sería tener a este increíblemente apuesto esclavo sexual griego a tu disposición y disponer de él durante todo un mes…

Sí. Éste era, definitivamente, un regalo de cumpleaños que _______ recordaría durante el resto de su vida.
_________________Capítulo 2:


Unas horas más tarde, ________ suspiró al abrir la puerta de su dúplex y poner el pie en el suelo encerado del vestíbulo. Dejó el montón de cartas que llevaba en la mano sobre la antigua mesa de alas abatibles, que decoraba el rincón adyacente a la escalera, y cerró la puerta tras ella, echando el pestillo. Las llaves fueron a parar al lado de la correspondencia.

Mientras se quitaba a tirones los zapatos negros de tacón, el silencio le golpeó los oídos y se le formó un nudo en la garganta. Todas las noches la misma rutina tranquila: entrar a un hogar vacío, clasificar el correo, leer un libro, llamar a Brey, comprobar el contestador e irse a la cama.

Breyda tenía razón, la vida de _______ era una aburrida y escueta investigación sobre la monotonía.

A los veintidos años, ________ estaba muy cansada de su vida.

¡Demonios!, incluso Daniel —el incansable buscador de tesoros nasales— comenzaba a parecer atractivo.

Bueno, quizás Daniel no. Y menos su nariz, pero seguro que había alguien ahí afuera, en algún lugar, que no era un cretino.

¿O no?

Mientras subía las escaleras, decidió que vivir de forma independiente no era tan espantoso. Al menos, tenía mucho tiempo para dedicar a sus entretenimientos favoritos.

O también podría buscar nuevos pasatiempos, pensaba mientras caminaba por el pasillo que llevaba a su dormitorio. Algún día, encontraría un entretenimiento divertido.

Cruzó la habitación y dejó caer los zapatos junto a la cama. No tardó nada en cambiarse de ropa.

Acababa de recogerse el pelo en una coleta cuando sonó el timbre.

Bajó de nuevo las escaleras para dejar pasar a Breyda.
Tan pronto como abrió la puerta, su amiga le soltó enojada:

— No irás a ponerte eso esta noche, ¿verdad?

________ echó un vistazo a los vaqueros llenos de agujeros y después se fijó en su enorme camiseta de manga corta.

— ¿Desde cuándo te preocupa mi aspecto? —Y entonces lo vio; en la enorme cesta de mimbre que Brey utilizaba para llevar las compras—. ¡Uf! No. Ese libro otra vez, no.

Con una expresión ligeramente irritada, Breyda le contestó:

— ¿Sabes cuál es tu problema, ______?

_______ miró al techo, rogando a los cielos un poco de ayuda. Desafortunadamente, no la escucharon.

— ¿Cuál? ¿Que no me trastorna la luz de la luna y que no arrojo mi gordo y pecoso
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 21st 2010, 15:04

cuerpo sobre cualquier hombre que conozco?

— Que no tienes ni idea de lo encantadora que eres en realidad.

Mientras _______ se quedaba allí plantada, muda de asombro ante el poco frecuente comentario, Breyda llevó el libro a la salita de estar y lo colocó sobre la mesita de café. Sacó el vino de la cesta y se dirigió a la cocina.

________ no se molestó en seguirla. Había encargado una pizza antes de salir del trabajo, y sabía que Brey estaría buscando unas copas.

Empujada por un resorte invisible, ______ se acercó a la mesita donde estaba el libro.

Espontáneamente, extendió la mano y tocó la suave cubierta de cuero. Podría jurar que había sentido una caricia en la mejilla.

Qué ridiculez.

No crees en esta basura.

________ pasó la mano por el cuero y notó que no había título, ni ninguna otra inscripción. Abrió la tapa.

Era el libro más extraño que había visto en su vida. Las páginas parecían haber formado parte, originariamente, de un rollo de pergamino, que más tarde había sido transformado en un libro

El amarillento papel se arrugó bajos sus dedos al pasar la primera página; en ella había un elaborado símbolo hecho a mano, formado por la intersección de tres triángulos y la atrayente imagen de tres mujeres unidas por varias espadas.

_______ frunció el ceño esforzándose por recordar si aquello podía ser una especie de antiguo símbolo griego.

Aún más intrigada que antes, pasó unas cuantas páginas y descubrió que estaba completamente en blanco, excepto aquellas tres hojas…

Qué extraño…
_________________Continuacion...


Debía de haber sido algún tipo de cuaderno de bocetos de un pintor, o de un escultor, decidió. Eso sería lo único que explicase que las páginas estuviesen en blanco. Algo tuvo que suceder antes de que el artista tuviera oportunidad de añadir algo más al libro. Pero eso no acababa de explicar por qué las páginas parecían mucho más antiguas que la encuadernación…

Retrocedió hasta llegar al dibujo del hombre, y observó con atención la inscripción que había sobre él, pero no pudo sacar nada en claro. Al contrario que Brey, ella evitó las clases de lenguas antiguas en la facultad como si fueran veneno; y si no hubiese sido por su amiga, jamás habría superado aquella parte fundamental en su currículum.

— Definitivamente, creo que es griego —dijo sin aliento cuando volvió a mirar al hombre.

Era sorprendente. Absolutamente perfecto e incitante.

Increíblemente fascinante.

Cautivada por completo, se preguntó cuánto tiempo se tardaría en hacer un dibujo tan perfecto. Alguien debía haber pasado años dedicado a la tarea; porque aquel tipo parecía estar preparado para saltar del libro y meterse en su casa. Breyda se detuvo en la entrada y observó cómo ______ miraba fijamente a Joe. Nunca la había visto tan extasiada desde que la conocía.

Bien.
Quizás Joe pudiese ayudarla.
Cuatro años eran demasiado tiempo.

Pero Marco había sido un cerdo narcisista y desconsiderado. Se había comportado de un modo tan cruel con ________ y con sus sentimientos, que incluso la había hecho llorar la noche que perdió la virginidad.

Y ninguna mujer merecía llorar. No cuando estaba con alguien que había prometido cuidar de ella. Joe sería definitivamente bueno para ______. Un mes con él y olvidaría todo lo referente a Marco. Y, una vez que descubriera lo bien que sabía el sexo compartido y real, se liberaría de la crueldad de Marco para siempre.

Pero, primero, tenía que conseguir que su testaruda amiguita fuese un poco más obediente.

— ¿Has encargado la pizza? —le preguntó mientras le ofrecía
una copa de vino.

________ la cogió con un gesto distraído.

Por alguna razón, no podía apartar los ojos del dibujo.
— ¿(Tu apodo)?
Parpadeó y se obligó a mirar hacia arriba.
— ¿Hum?
— Te pillé mirando —bromeó Breyda.
_______ se aclaró la garganta.
— ¡Oh, por favor!, no es más que un pequeño dibujo en blanco y negro.
— Cielo, en ese dibujo no hay nada pequeño.
— Breyda, eres mala.
— Completamente cierto. ¿Más vino?
Y como si hubiesen estado esperando el momento preciso, sonó el timbre.
— Yo voy —dijo Breyda, colocando el vino en la mesita del teléfono para dirigirse al recibidor.
Unos minutos después, volvió a la salita. Hasta _____llegó el maravilloso aroma de la enorme pizza de pepperoni y sus pensamientos dejaron a un lado el libro. Y al hombre cuya imagen parecía haberse grabado en su subconsciente.

Pero no resultó fácil.
De hecho, cada minuto que pasaba parecía más difícil.

¿Qué demonios le pasaba? Era la Reina de Hielo. Ni siquiera Brad Pitt o Brendan Fraser despertaban sus deseos. Y a ellos los veía en color.

¿Qué había de extraño en aquel dibujo?
¿En él?

Mordisqueó la pizza y se cambió de asiento. Se acomodó en un sillón en la otra punta de la sala, a modo desafío personal. Sí. Demostraría a Brey y al libro que ella dominaba la situación.
Después de cuatro porciones de pizza, dos pastelitos de chocolate, cuatro copas de vino y una película, se reían a más no poder tumbadas en el suelo sobre los cojines del sofá mientras veían Dieciséis velas.

— «Dices que es tu cumpleaños» —comenzó Brey a cantar, y acto seguido golpeó el suelo como si de unos bongos se tratara— «También es el mío».

_______ le golpeó la cabeza con un cojín y le dio la risa tonta al comprobar los efectos del vino.
— ¿(tu apodo)? —dijo Breyda burlona—. ¿Estás achispada?
________volvió a reírse.
— Más bien, agradablemente contenta. Maravillosamente contenta.
Brey se rió de ella y le deshizo la coleta.
— Entonces, ¿estás dispuesta a hacer un pequeño experimento?
— ¡No! —gritó Celeste con énfasis, sujetándose los mechones de pelo tras las orejas—. No quiero utilizar la Ouija, ni hacer lo del péndulo y te juro que si veo una sola carta del Tarot o una runa, te vomitaré encima los pastelitos. Continuacion...


Mordiéndose el labio, Breyda cogió el libro y lo abrió.
Las doce menos cinco.

Sostuvo el dibujo para que _________ lo observara y señaló aquel increíble cuerpo.
— ¿Qué opinas de él?
______ lo miró y sonrió.
— Está para relamerse, ¿verdad?

Bueno, definitivamente la cosa iba progresando. No conseguía recordar la última vez que _______ le había dedicado un cumplido a un hombre. Movió juguetonamente el libro frente al rostro de su amiga.
— Venga, ______. Admítelo. Deseas a este bombón.
— Si te digo que no le dejaría salir de mi cama ni a cambio de unas galletas saladas, ¿me dejarías en paz?
— Puede. ¿A qué más renunciarías por mantenerlo en tu cama?
_______ puso los ojos en blanco y apoyó la cabeza sobre un cojín.
— ¿A comer sesos de mono a la plancha?
— Ahora soy yo la que va a vomitar.
— No estás prestando atención a la película.
— Lo haré si pronuncias este hechizo tan cortito.

Con la sensación de ser una niña a la que habían dejado dormir en casa de una amiga, y que acababa de perder en el juego de Verdad-Consecuencia, dejó que Breyda la precediera a través de la puerta corredera de cristal que daba al porche. El aire húmedo llenó sus pulmones, escuchó a los grillos cantar y descubrió miles de estrellas brillando sobre su cabeza. ________ supuso que era una noche perfecta para invocar a un esclavo sexual.

Se rió por lo bajo.
— ¿Qué quieres que haga? —le preguntó a Brey—. ¿Pedir un deseo a un planeta?
Breyda negó con la cabeza y la colocó en mitad de un rayo de luna que se colaba entre los árboles y el alero del tejado. Le ofreció el libro.
— Apóyalo en el pecho y abrázalo con fuerza.
— ¡Oh, nene! —dijo ________ con fingido deseo mientras envolvía amorosamente el libro con sus brazos y lo acercaba a su pecho, como si de un amante se tratara—. Me pones tan cachonda… No puedo esperar a hundir mis dientes en ese maravilloso cuerpo que tienes.

Breyda se rió.
— Para. ¡Esto es serio!
— ¿Serio? Por favor. Estoy aquí fuera en mitad del porche, el día de mi vigesimotercer cumpleaños, descalza, con unos vaqueros a los que mi madre les prendería fuego y abrazando un estúpido libro para invocar a un esclavo sexual griego que está en el más allá —miró a Breyda—. Sólo conozco una manera de hacer que esto sea aún más ridículo…

Sosteniendo el libro con una sola mano, extendió los brazos a ambos lados, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a rogar al oscuro cielo:
— ¡Oh! Fabuloso esclavo sexual, llévame contigo y hazme todas las cosas escandalosas que sepas. Te ordeno que te levantes —dijo, alzando las cejas.
Breyda resopló.
— Así no es como debes hacerlo. Tienes que decir su nombre tres veces.

_________ se enderezó.

— Esclavo sexual, esclavo sexual, esclavo sexual.
Con los brazos en jarras, Breyda le lanzó una furiosa mirada.
— Joe de Macedonia.
— ¡Oh! Lo siento —dijo ______ volviendo a apretar el libro sobre el pecho, y cerrando los ojos—. Ven y alivia el dolor que siento en mis partes bajas, ¡Oh! Gran Joe de Macedonia, Joe de Macedonia, Joe de Macedonia —se giró para mirar a Breyda—. ¿Sabes? Esto es un poco difícil de pronunciar tres veces seguidas, y tan rápido.

_______ alzó las manos y suspiró. Sabía que no merecía la pena discutir con Breyda… tenía aquella expresión. No se detendría hasta salirse con la suya, ni aunque cayese un meteorito sobre ellas en ese mismo momento.
Además, ¿qué había de malo? Ya hacía mucho tiempo que sabía que ninguno de los estúpidos rituales y encantamientos de Breyda funcionaban.
— Vale, si así te sientes mejor, lo haré.
— ¡Sí! —gritó Brey y la agarró de un brazo para ponerla en pie—. Necesitamos salir al porche.
— Muy bien, pero no voy a cortarle el cuello a un pollo, ni voy a beber nada asqueroso.

Pero su amiga no le prestaba la más mínima atención. Estaba muy ocupada mirando por todos lados, esperando la aparición de un apuesto extraño. ________ acababa de poner otra vez los ojos en blanco, cuando un ligero soplo de viento cruzó el patio y un suave aroma a sándalo las envolvió. Volvió a inhalar para recrearse de nuevo en el agradable olor antes de que se evaporara, y entonces la brisa desapareció, dejando de nuevo el caluroso y húmedo bochorno, típico de una noche de agosto.

De repente, se escuchó un débil sonido procedente del patio trasero, y las hojas de los arbustos se movieron. Arqueando una ceja, _______contempló como las plantas se mecían. Y entonces, el diablillo que había en ella cobró vida.
— ¡Oh, Dios mío! —farfulló y señaló a un arbusto del patio trasero—. Brey, mira allí!
Breyda se giró a toda prisa ante el nerviosismo de ________. Un enorme seto se mecía como si hubiese alguien detrás.

— ¿Joe? —le llamó Breyda, y dio un paso hacia delante.

El arbusto se inclinó y, súbitamente, un siseo y un miau rompieron el silencio, un segundo antes de que dos gatos cruzaran el patio como una exhalación.

— Mira, Breyda. Es el señor Don Gato que viene a poner fin a mi celibato —sostuvo el libro con un brazo y se llevó el dorso de la mano a la frente, en un simulacro de desmayo—. ¡Oh, ayúdeme Señora de la Luna! ¿Qué voy a hacer con las atenciones de tan desacertado pretendiente? Ayúdeme rápido, antes de que me mate a causa de la alergia.

— Dame ese libro —le espetó Breyda quitándoselo de un tirón. Regresó a la casa mientras pasaba las páginas—. ¡Joder!, ¿qué he hecho mal? 6 Continuacion...


________ abrió la puerta para que Brey pasara al fresco interior de la sala.

— No hiciste nada mal, cielo. Esto es absurdo. ¿Cuántas veces tengo que decirte que hay un viejecillo sentado en la parte trasera de un almacén, escribiendo toda esta porquería? Apostaría a que ahora mismo está partiéndose de la risa por lo imbéciles que hemos sido.

— Quizás era necesario hacer algo más. Me juego lo que sea a que hay algo en los primeros párrafos que no puedo interpretar. Debe ser eso.

_______ cerró la puerta de cristal y suplicó un poco más de paciencia.

Y me llama testaruda, ¡a mí!

El teléfono sonó en ese instante y, al contestarlo, _______ escuchó la voz de Ricardo preguntado por Brey.

Breyda lo cogió.

— ¿Sí? —se mantuvo en silencio unos minutos. _____ podía escuchar la voz nerviosa de Ricardo. Por la repentina palidez del rostro de su amiga, dedujo que algo había pasado.

— Vale, vale. Llegaré enseguida. ¿Estás seguro de que te encuentras bien? Vale, te quiero. Voy de camino… no hagas nada hasta que yo llegue.

______ sintió un horrible nudo en el estómago. Una y otra vez, volvía a ver al policía en la puerta de su dormitorio, y a escuchar su desapasionada voz: Siento mucho informarle…

— ¿Qué pasa? —preguntó _____.
— Ricardo se ha caído jugando a baloncesto y se ha roto un brazo.
Dejó escapar el aliento más tranquila. Gracias Señor, no ha sido un accidente de coche.
— ¿Se encuentra bien?
— Dice que sí. Sus amigos le llevaron a un médico de guardia que le hizo una radiografía antes de que se marcharan. Me dijo que no me preocupara, pero creo que es mejor que vuelva a casa.
— ¿Quieres que te lleve en mi coche?
Breyda negó con la cabeza.
— No, has tomado demasiado vino; yo he bebido menos. Además, estoy segura de que no es nada serio. Pero ya sabes lo aprensiva que soy. Quédate aquí y disfruta de lo que queda de película. Te llamaré mañana por la mañana.
— Vale. Avísame si es grave.

Breyda cogió el bolso y sacó las llaves. Se detuvo a mitad de camino y le alargó el libro a _______.

— ¡Qué demonios! Quédatelo. Supongo que en los próximos días te ayudará a reírte a carcajadas cada vez que te acuerdes de lo idio*ta que soy.

— No eres idio*ta. Simplemente, un poco excéntrica.

— Eso es lo que decían de Mary Todd Lincoln . Hasta que la encerraron.

________ cogió el libro, riéndose a carcajadas, y observó como Breyda caminaba hacia su coche.

— Ten cuidado —gritó desde la puerta—. Y gracias por el regalo, y por lo que esté por venir.

Breyda le dijo adiós con la mano antes de subirse a su Jeep Cherokee de color rojo brillante y alejarse.

Con un suspiro de cansancio, ________ cerró la puerta, echó el pestillo y arrojó el libro al sofá.

— No te vayas a ningún lado, esclavo sexual.

_______ se rió de su propia estupidez. ¿Acabaría alguna vez Breyda con todas aquellas majaderías?

Apagó el televisor y llevó los platos sucios al fregadero. Mientras lavaba las copas, vio un repentino fogonazo.

Durante un segundo, pensó que se trataba de un relámpago.Hasta que se dio cuenta de que había sido dentro de la casa.

— ¿Qué dem…?

Soltó la copa y fue hacia la salita de estar. Al principio no vio nada. Pero según se acercaba a la puerta, percibió una presencia extraña. Algo que le puso la piel de gallina.
Entró en la estancia con mucho cuidado y vio una figura alta, de pie delante del sofá. Era un hombre. Un hombre muy apuesto. ¡Un hombre desnudo!

FIN DEL CAP 2
_________________Capítulo 3:


_______ hizo lo que cualquier mujer que se encuentra a un hombre desnudo en su salita de estar hubiese hecho: gritar.
Y después, salir corriendo hacia la puerta.

Sólo que se olvidó de los cojines que habían amontonado en el suelo y que aún estaban allí. Se tropezó con unos cuantos y cayó de bruces.

¡No! Gritó mentalmente mientras aterrizaba de forma poco elegante y dolorosa. Tenía que hacer algo para protegerse.

Temblando de pánico, se abrió paso entre los cojines mientras buscaba un arma. Al sentir algo duro bajo la mano lo cogió, pero resultó ser una de sus zapatillas rosas con forma de conejo.

¡Joder! Por el rabillo del ojo vio la botella de vino. Rodó hacia ella y la cogió; entonces se giró para enfrentar al intruso.

Más rápido de lo que ella hubiese podido esperar, el hombre cerró sus cálidos dedos alrededor de su muñeca y la inmovilizó con mucho cuidado.

— ¿Te has hecho daño? —le preguntó.

¡Santo Dios!, su voz era profundamente masculina y tenía un melodioso y marcado acento que sólo podía describirse como musical. Erótico. Y francamente estimulante.

Con todos los sentidos embotados, _______ miró hacia arriba y…

Bueno…

Para ser honestos, sólo vio una cosa. Y lo que vio hizo que las mejillas le ardieran más que un Cajun gumbo . Después de todo, cómo no iba a verlo si estaba al alcance de su mano. Y además, con semejante tamaño.

Al momento, el tipo se arrodilló a su lado, con mucha ternura le apartó el pelo de los ojos y pasó las manos por su cabeza en busca de una posible herida.

________se recreó con la visión de su pecho. Incapaz de moverse ni de mirar otra cosa que no fuese aquella increíble piel, sintió la urgencia de gemir ante la intensa sensación que los dedos de aquel tipo le estaban provocando en el pelo. Le ardía todo el cuerpo.

— ¿Te has golpeado la cabeza? —le preguntó él.

De nuevo, ese magnífico y extraño acento que reverberaba a través de su cuerpo, como una caricia cálida y relajante.

_______ miró con mucha atención aquella extensión de piel dorada por el sol, que parecía pedirle a gritos a su mano que la tocara.

¡El tipo prácticamente resplandecía!

Fascinada, deseó verle el rostro y comprobar por sí misma que era tan increíble como el resto de su cuerpo.
Cuando alzó la mirada más allá de los esculturales músculos de sus hombros, se quedó con la boca abierta. Y la botella de vino se deslizó entre sus adormecidos dedos.

¡Era él!
¡No!, no podía ser.

Esto no podía estar sucediéndole a ella, y él no podía estar desnudo en su sala de estar con las manos enterradas en su pelo. Este tipo de cosas no pasaban en la vida real. Especialmente a las personas equilibradas como ella.

Pero aun así…
— ¿Joe? —preguntó sin aliento.

Tenía la poderosa y definida constitución de un gimnasta. Sus músculos eran duros, prominentes y magníficos, y muy bien definidos; tenía músculos hasta en lugares donde ni siquiera sabía que se podían tener. En los hombros, los bíceps, en los antebrazos; en el pecho, en la espalda. Y del cuello hasta las piernas.
Cualquier músculo que se le antojara, se abultaba con una fuerza ruda y totalmente masculina.
Hasta "aquello" había comenzado a abultarse.
El pelo le caía a la buena de Dios en una melena ondulada, y le enmarcaba un rostro sin rastro de barba, que parecía haber sido esculpido en granito. Increíblemente guapo y cautivador, sus rasgos no resultaban femeninos ni delicados. Pero definitivamente, robaban el aliento.
Los sensuales labios se curvaban en una leve sonrisa que dejaba a la vista un par de hoyuelos con forma de media luna, en cada una de sus bronceadas mejillas.
Y sus ojos.

¡Dios mío!

Tenían el marron claro de una hoja de otoño, rodeados de un borde negro que resaltaba sus iris. Resultaban abrasadores de tan intensos, y reflejaban inteligencia. _______ tenía la sensación de que aquellos ojos podían realmente resultar letales.
O al menos, devastadores.
Y ella se sentía realmente devastada en esos momentos. Cautivada por un hombre demasiado perfecto para ser real.

Vacilante, extendió la mano para colocarla sobre su brazo. Se sorprendió mucho cuando no se evaporó, demostrando que no era una alucinación etílica.
No, ese brazo era real. Real, duro, y cálido. Bajo aquella piel que su mano tocaba, un poderoso músculo se flexionó, y el movimiento hizo que su corazón comenzara a martillearle con fuerza.

Atónita, no podía hacer otra cosa que mirarlo.


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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 21st 2010, 15:23

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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 22nd 2010, 13:38

Joe alzó una ceja, intrigado. Nunca antes una mujer había salido
huyendo de él. Ni lo había dejado de lado después de haberlo invocado.

Todas las demás habían esperado ansiosas a que él tomara forma y se habían
lanzado directamente a sus brazos, exigiéndole que las complaciera.
Pero ésta no…

Era distinta.

_________________Continuacion...






En sus labios cosquilleaba una sonrisa mientras deslizaba los ojos por el
cuerpo de aquella mujer. Una abundante melena negra le caía hasta la mitad de
la espalda, y sus ojos tenían el color gris pálido del mar justo antes de una
tormenta, con motitas de color plata y verde que brillaban con calidez e
inteligencia.



La pálida y suave piel estaba cubierta de pequeñas pecas. Era tan adorable como
su suave e insinuante voz.


No es que eso importase demasiado.



Sin tener en cuenta cuál fuese su apariencia, él estaba allí para servirla
sexualmente. Para perderse al saborear aquel cuerpo, y tenía toda la intención
de hacer precisamente eso.



— Vamos —le dijo sujetándola por los hombros—. Déjame ayudarte.



— Estás desnudo —murmuró _______ mirándole de arriba abajo, totalmente
perpleja, mientras se ponían en pie—. Estás muy desnudo.



Él le colocó unos cuantos mechones oscuros tras las orejas.


— Lo sé.


— ¡Estás desnudo!


— Sí, creo que ya lo hemos dejado claro.


— Estás tan contento, y desnudo.


Confundido, Joe frunció el ceño.


— ¿Qué?


Ella miró su erección.


— Estás contento —le dijo con una intencionada mirada—. Y estás desnudo.


Así le llamaban entonces en este siglo. Debería recordarlo.


— ¿Y eso te hace sentir incómoda? —le preguntó, asombrado por el hecho de que a
una mujer le preocupara su desnudez, cosa que jamás había sucedido
anteriormente.


— ¡Bingo!


— Bueno, conozco un remedio —dijo Cristiano, bajando el timbre de su voz
mientras miraba la camisa de ________ y los endurecidos pezones que se marcaban
a través de la tela. No podía esperar más para ver esos pezones.


Para saborearlos.


Se acercó para tocarla.


_______ se alejó un paso con el corazón desbocado. Esto no era real. No podía
serlo. Estaba borracha y tenía alucinaciones. O quizás se había golpeado la
cabeza con la mesita del sofá y estaba desangrándose, muriéndose poco a poco.


¡Sí, eso era! Eso tenía sentido.


Por lo menos, tenía más sentido que aquel palpitante estremecimiento que hacía
que su cuerpo ardiera. Un estremecimiento que le pedía que se lanzara al cuello
de aquel tipo.


Y de justos era decir que tenía un bonito cuello.


Cuando tengas una fantasía, muchacha, es que definitivamente estás agotada.
Seguramente habrás estado trabajando más de la cuenta, y estás empezando a
llevarte a casa los sueños de tus pacientes.



Joe se acercó a ella y le encerró el rostro entre sus fuertes manos. _________
no podía moverse. Se limitó a dejar que le alzara la cabeza hasta que pudo
mirar de frente aquellos penetrantes ojos, que con toda seguridad podrían
leerle el alma. La hipnotizaban como los de un mortífero depredador sosegando a
su presa. _______ se estremeció bajo su abrazo.



Y entonces, unos ardientes y exigentes labios cubrieron los suyos. Celeste
gimió en respuesta. Había escuchado hablar toda su vida de besos que hacían
flaquear las rodillas de las mujeres, pero ésta era la primera vez que le
sucedía a ella.



¡Oh! Aquel hombre olía estupendamente, daba gusto tocarle y, además, sabía
muchísimo mejor.


Por propia iniciativa, sus brazos envolvieron aquellos amplios y fuertes
hombros. El calor del pecho del hombre se introdujo en su cuerpo, incitándola
con la erótica y sensual promesa de lo que vendría a continuación. Y mientras
tanto, él se dedicaba a embelesarla con sus labios con tanta maestría como un
vikingo con la intención de arrasarlo todo a su paso.



Cada centímetro de su magnífico cuerpo estaba íntimamente pegado al suyo,
acariciándola con la intención de despertar todos sus instintos femeninos. ¡Oh
Dios! Su presencia la estimulaba como ningún otro hombre lo había hecho jamás.
Deslizó la mano por los esculturales músculos de su espalda y suspiró cuando
sintió que se movían bajo su mano.



________ decidió en aquel preciso instante que si era un sueño, definitivamente
no quería que sonara el despertador.


Ni el teléfono.


Ni…


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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 22nd 2010, 13:41

Las manos de Joe acariciaron su espalda antes de agarrarla por las
nalgas y acercar más sus caderas, mientras su lengua seguía danzando en su
boca. El aroma a sándalo inundaba sus sentidos.

Con el cuerpo derretido, exploró los duros y firmes músculos de su espalda
desnuda, mientras los largos mechones de él le rozaban las manos en una erótica
caricia.

Joe sintió que su cabeza daba vueltas con el cálido roce de ________, con la
sensación de sus brazos envolviéndolo mientras sus propias manos recorrían su
suave y pecosa piel, un deleite para el hambriento.
Cómo le gustaban los sonidos inarticulados con los que ella provocativamente le
respondía. Mmm, estaba deseando oírla gritar de placer. Ver cómo su cabeza caía
hacia atrás mientras su cuerpo se convulsionaba espasmo tras espasmo
envolviendo su miembro.
Hacía muchísimo tiempo que no sentía las caricias de una mujer. Mucho tiempo
desde que no gozaba del más mínimo contacto humano.

Sentía un deseo candente que le recorría todo el cuerpo; si ésta fuese su
primera vez, devoraría a _________ como a un trozo de chocolate. La tumbaría y
gozaría de ella como un hambriento invitado a un banquete.

Pero tenía que esperar a que se acostumbrara un poco a él.

Muchos siglos atrás, había aprendido que las mujeres siempre se desvanecían
tras su primera unión. Definitivamente, no quería que ésta se desmayara.
Al menos todavía.

No obstante, no podía esperar un minuto más para poseerla.

La tomó en brazos y se encaminó hacia la escalera.

En un principio, __________ no reaccionó, perdida como estaba en la sensación
de aquellos fuertes brazos que la rodeaban con pasión; su mente estaba
totalmente centrada en el hecho de que un hombre la hubiera levantado del suelo
y no hubiese gruñido por el esfuerzo. Pero al pasar junto a la enorme piña que
decoraba el pasamanos de la escalera, salió de su ensimismamiento con un
sobresalto.

_______________Continuacion...






— ¡Eh! —le soltó agarrándose a la piña de caoba tallada como si se tratara de
un salvavidas—. ¿Dónde crees que me llevas?




Él se detuvo y la miró con curiosidad. En ese momento, _________ fue consciente
de que un hombre tan alto y poderoso como aquél, podría hacer lo que le
apeteciese con ella y sería inútil intentar detenerlo.




Un estremecimiento de terror la sacudió.




Sin embargo, por muy peligrosa que la situación fuese, una parte de ella no
estaba asustada. Algo en su interior le decía que ese hombre jamás le haría
daño intencionadamente.




— Te llevo a tu dormitorio, donde podemos acabar lo que hemos empezado —dijo
llanamente, como si estuviesen hablando del tiempo.




— Me parece que no.




Él encogió aquellos hombros, maravillosamente amplios.




— ¿Prefieres las escaleras entonces?, ¿o quizás el sofá?—se detuvo y echó un
vistazo alrededor de su casa, como si estuviese considerando las opciones—. No
es mala idea, en realidad. Hace mucho que no poseo a una mujer en un…




— ¡No, no, no! El único sitio donde vas a poseerme es en tus sueños. Y ahora
déjame en el suelo antes de que me enfade de verdad.




Para su asombro, él obedeció.




Comenzó a sentirse un poco mejor una vez que sus pies tocaron tierra firme y
subió dos escalones.




Ahora estaban frente a frente, y casi a la misma altura; bueno, si es que
alguien podía estar alguna vez a la altura de un hombre con semejante autoridad
e innato poder.


De pronto, el impacto de su presencia la golpeó con intensidad.




¡Era real!




¡Cielos!, Breyda y ella habían conseguido convocarlo y traerlo a este
mundo.




Con el rostro impasible y sin la más ligera muestra de que la situación lo
divirtiera, la miró directamente a los ojos.




— No entiendo por qué estoy aquí. Si no quieres sentirme dentro de ti, ¿por qué
me has convocado?




Estuvo a punto de gemir al escuchar sus palabras. Y más aún cuando la visión de
su cuerpo dorado, esbelto y poderoso introduciéndose en ella le pasó por la
mente. ¿Qué se sentiría cuando un hombre tan increíblemente delicioso te hacía
el amor durante toda la noche?


Estaba claro que Joe sería delicioso en la cama. No cabía duda. Con la destreza
y agilidad que caracterizaban sus movimientos, no hacía falta decir lo
fenomenalmente bien que…




_________ se puso tensa ante el rumbo de sus pensamientos. ¿Qué pasaba con este
hombre? Jamás en su vida había sentido un deseo sexual como el que sentía en
esos momentos. ¡Nunca! Literalmente hablando, lo tumbaría en el suelo y se lo
comería entero.




No tenía sentido.




Se había acostumbrado, con el paso de los años, a que le describieran
innumerables encuentros sexuales de la forma más gráfica; algunos de sus
pacientes incluso intentaban conmocionarla o excitarla. Ni una sola vez habían
conseguido su propósito.




Pero cuando se trataba de Joe, lo único que tenía en mente era cogerlo, echarlo
en el suelo y subírsele encima.




Ese pensamiento, tan impropio de ella, le devolvió la sensatez.




Abrió la boca para responder su pregunta, y no dijo nada. ¿Qué iba a hacer con
este hombre?


Aparte de aquello.


Movió la cabeza con incredulidad.


— ¿Qué se supone que voy a hacer contigo?




Los ojos de él se oscurecieron por la lujuria e intentó tocarla de nuevo.




¡Oh, sí!, le pedía su cuerpo, por favor, tócame por todos
sitios.




— ¡Para! —espetó, dirigiéndose tanto a Joe como a sí misma; se negaba a perder
el control. La cordura gobernaría la situación, no las hormonas. Ya había
cometido ese error una vez, y no estaba dispuesta a repetirlo.




Subió de un salto un escalón más y lo miró directamente a los ojos. ¡Jesús,
María y José!, era fantástico. El cabello negro le caía en ondas hasta el
cuello, donde estaba sujeto por una tira de cuero marrón.




Las cejas, de color oscuro, se arqueaban sobre unos ojos fascinantes a la par
que terroríficos. Y esos ojos la estaban mirando con más pasión de la que
debieran.


En ese momento desearía poder matar a Breyda, sin ninguna duda.




Pero no tanto como le gustaría meterse en la cama con este hombre y clavar los
dientes en esa piel dorada.




¡Déjalo ya!




— No entiendo lo que sucede —dijo al fin. Tenía que pensar; descubrir lo que
debía hacer—. Necesito sentarme un minuto y tú… —deslizó los ojos sobre el
magnífico cuerpo—. Tú necesitas taparte.




Joe puso una expresión crispada. Era la primera vez en toda su existencia que
alguien le decía eso. De hecho, todas las mujeres a las que había conocido
antes de la maldición, no habían hecho otra cosa que intentar arrancarle la
ropa. Lo más rápido posible. Y después de la maldición, sus invocadoras habían
dedicado días enteros a contemplar su desnudez mientras pasaban las manos por
su cuerpo, saboreando su presencia.




— Quédate aquí un momento —le dijo _______ antes de subir a toda prisa las
escaleras.


_________________ _
Continuacion...


Joe observó el vaivén
de sus caderas mientras subía los peldaños y su miembro se endureció al
instante. Echó un vistazo a su alrededor con los dientes apretados, en un
intento por ignorar el ardor que sentía en la entrepierna. La clave estaba en
la distracción; al menos hasta que ella claudicara.


Lo cual no tardaría en
ocurrir. Ninguna mujer podía negarse por mucho tiempo el placer de tenerlo.

Con una amarga sonrisa
ante aquella idea, contempló la casa.


¿En qué lugar y en qué
época se encontraba?


No sabía cuánto tiempo
había estado atrapado. Lo único que recordaba era el sonido de las voces a lo
largo del tiempo, el sutil cambio de los acentos y de los dialectos según
pasaban los años.


Mirando la luz que se
encontraba sobre su cabeza, frunció el ceño. No había ninguna llama. ¿Qué era
esa cosa? Los ojos se le llenaron de lágrimas, irritados, y desvió la vista.


Eso debía ser una
bombilla, decidió.


«Oye, necesito
cambiar la bombilla. Hazme el favor de darle al interruptor que está junto a la
puerta, ¿vale?»


Mientras recordaba las
palabras del dueño de la librería, miró hacia la puerta y vio lo que
supuestamente debía ser el interruptor. Cristiano se alejó de las escaleras y
apretó el pequeño dispositivo. De inmediato, las luces se apagaron. Volvió a
encenderlas.


Sonrió sin
proponérselo. ¿Qué otras maravillas le aguardaban en esta época?


— Aquí tienes.

Cristiano miró a
________ que estaba en la parte superior de la escalera. Le arrojó un largo
rectángulo de tela verde oscuro. La sostuvo sobre el pecho mientras la
incredulidad lo dejaba perplejo.


¿Había dicho en serio
lo de cubrirle?


Qué extraño.
Frunciendo más el ceño, se envolvió las caderas con la tela.


Celeste esperó hasta
que se alejó de la puerta para mirarlo de nuevo. Gracias a Dios, por fin estaba
tapado. No era de extrañar que los victorianos insistieran tanto en el asunto
de las hojas de parra. Era una pena no tener unas cuantas en el patio. Lo único
que crecía allí eran unos cuantos acebos, y dudaba mucho que él apreciara sus
hojas.


Celeste se encaminó
hacia la sala y se sentó en el sofá.


— Ayúdame, Breyda
—suspiró—. Me las pagarás por esto.

Y entonces, él se
sentó a su lado, revolucionando todas las hormonas de su cuerpo con su
presencia. Mientras se movía hasta la otra punta del sofá, ________ le miró
cautelosamente.


— Así que… ¿para
cuánto tiempo has venido?


¡Oh, qué buena
pregunta, _______! ¿Por qué no le preguntas por el tiempo o le pides un autógrafo
ya que te pones? ¡Jesús!


— Hasta la próxima
luna llena —sus gélidos ojos dieron muestras de un pequeño deshielo. Y,
mientras deslizaba su mirada por todo su cuerpo, el hielo se transformó en
fuego en décimas de segundo. Se inclinó sobre ella para tocarle la cara.
_________ se incorporó de un salto y puso la mesita del café como barrera de
separación.

— ¿Me estás diciendo
que tengo que aguantarte durante todo un mes?

— Sí.

Conmocionada,
_________ se pasó la mano por los ojos. No podía entretenerlo durante un mes.
¡Un mes entero, con todos sus días! Tenía obligaciones, responsabilidades.
Hasta tenía que buscar un pasatiempo.


— Mira —le dijo—. Lo
creas o no, tengo una vida en la que no estás incluido.Sabía, por la expresión
de su rostro, que a él no le importaban sus palabras. En absoluto.


—Si crees que estoy
encantado de estar aquí contigo, estás lamentablemente equivocada. Te aseguro
que no elegí venir.


Sus palabras
consiguieron herirla.




















































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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 23rd 2010, 12:20

— Bueno, cierta parte de ti no siente lo mismo —le dijo mientras dedicaba una furiosa mirada a aquella parte de su cuerpo que aún estaba tiesa como una vara.

Él suspiró al echar un vistazo a su regazo y vislumbrar la protuberancia que sobresalía bajo la toalla.

— Desafortunadamente, tengo tanto control sobre esto como sobre el hecho de estar aquí.

— Bueno, la puerta está ahí —dijo señalándola—. Ten cuidado de que no te golpee el trasero al cerrarse.
— Créeme; si pudiese irme, lo haría.
Celeste titubeó ante sus palabras, ante su significado.
— ¿Quieres decir que no puedo ordenarte que te marches?, ¿ni que regreses al libro?
— Creo que la expresión que usaste fue: bingo.
_______ guardó silencio.

Joe se puso de pie lentamente y la miró. Durante todos los siglos que llevaba condenado, ésta la primera vez que le sucedía una cosa así. El resto de sus invocadoras habían sabido lo que él significaba, y habían estado más que dispuestas a pasar todo un mes en sus brazos, utilizando felizmente su cuerpo para obtener placer.
Jamás en su vida, mortal o inmortal, había encontrado a una mujer que no le deseara físicamente.
Era…
Extraño.
Humillante.
Casi embarazoso.
¿Sería un indicio de que la maldición se debilitaba?, ¿de que quizás pudiera liberarse?
_________________ _Continuacion...


No. En el fondo sabía que no era cierto, aun cuando su mente se esforzaba en aferrarse a la idea. Cuando los dioses griegos decretan un castigo, lo hacen con un estilo y con un ensañamiento que ni siquiera dos milenios pueden suavizar.

Hubo una época, mucho tiempo atrás, en la que había luchado contra la condena. Una época en la que había creído que podría liberarse. Pero después de dos mil años de encierro y tortura despiadada, había aprendido algo: resignación.

Se merecía este infierno personal y, como el soldado que una vez había sido, aceptaba el castigo.

Sentía un nudo en la garganta y tragó para intentar deshacerlo. Extendió los brazos a los lados y ofreció su cuerpo a ________.

— Haz conmigo lo que desees. Sólo tienes que decirme cómo puedo complacerte.
— Entonces deseo que te marches.
Joe dejó caer los brazos.
— En eso no puedo complacerte.

Frustrada, ________ comenzó a caminar nerviosa de un lado a otro. Finalmente, sus hormonas habían regresado a la normalidad y, con la cabeza más despejada, se esforzó por encontrar una solución. Pero por mucho que la buscaba, no parecía haber ninguna.

Un dolor punzante se instaló en sus sienes.
¿Qué iba a hacer un mes —un mes entero— con él?
De nuevo, una visión de Joe tumbado sobre ella, con el pelo cayéndole a ambos lados del rostro, formando un dosel alrededor de sus cuerpos mientras se introducía totalmente en ella, la asaltó.

— Necesito algo… —a Joe le falló la voz.

________ se dio la vuelta para mirarle, con el cuerpo aún suplicándole que cediera a sus deseos.

Sería tan fácil rendirse ante él… Pero no podía cometer ese error. Se negaba a usar a Joe de ese modo. Como si…
No, no iba a pensar en eso. Se negaba a pensar en eso.

— ¿Qué? —preguntó ella.
— Comida —contestó Cristiano—. Si no vas a utilizarme de forma apropiada, ¿te importaría si como algo?

La expresión avergonzada y teñida de desagrado que adoptó su rostro le indicó a __________ que no le gustaba tener que pedir.

Entonces cayó en la cuenta de algo; si para ella esto resultaba extraño y difícil, ¿cómo demonios se sentiría él después de haber sido arrancado de donde quiera que estuviese, para ser arrojado a su vida como si fuese un guijarro lanzado con un tirachinas? Debía ser terrible.

— Por supuesto —le dijo mientras se ponía en movimiento para que él la siguiera—. La cocina está aquí —lo guió por el corto pasillo que llevaba a la parte trasera de la casa.
Abrió el frigorífico y se apartó para que él echara un vistazo.

— ¿Qué te apetece?

En lugar de meter la cabeza para buscar algo, se quedó a medio metro de distancia.

— ¿Ha quedado algo de pizza?

— ¿Pizza? —repitió _________ asombrada. ¿Cómo sabría él lo que era una pizza?

Joe se encogió de hombros.

— Me dio la impresión de que te gustaba mucho.

A ________ le ardieron las mejillas mientras recordaba el tonto jueguecito al que se dedicaron mientras comían. Breyda había hecho otro comentario acerca de reemplazar el sexo con la comida, y ella había fingido un orgasmo al saborear el último trozo de pizza.

— ¿Nos escuchaste?
Con una expresión hermética, él contestó en voz baja.
— El esclavo sexual escucha todo lo que se dice en las proximidades del libro.
Si las mejillas le ardieran un poco más, acabarían explotando.
— No quedó nada —dijo rápidamente, desando meter la cabeza en el congelador para enfriársela—. Tengo un poco de pollo que me sobró de ayer, y también pasta.
— ¿Y vino?
Ella asintió con la cabeza.
— Está bien.
El tono despótico que utilizó Joe hizo estallar su furia. Era uno de esos tonillos usados por un típico Tarzán que en el fondo quería decir: Yo soy el macho, nena. Tráeme la comida. Y había conseguido que le hirviera la sangre.

— Mira, tío, no soy tu cocinera. Como te pases conmigo te daré de comer Alpo .
Él arqueó una ceja.
— ¿Alpo?
— Olvídalo —aún irritada, sacó el pollo y lo preparó para meterlo en el microondas.

Joe se sentó a la mesa con ese aura de arrogancia tan masculina que acababa con todas sus buenas intenciones. Deseando tener una lata de Alpo, ________ sirvió un poco de pasta en un cuenco.

— De todos modos, ¿cuánto tiempo has estado encerrado en ese libro? ¿Desde la Edad Media? —al menos su forma de actuar correspondía a la de la época.

Él permaneció sentado, tan quieto como una estatua. Nada de mostrar sus emociones. Si no lo hubiese conocido mejor, habría pensado que se trataba de un androide.

— La última vez que fui convocado fue en el año 1895.
— ¿En serio? —_______ se quedó con la boca abierta mientras metía el cuenco en el microondas— ¿En 1895? ¿Estás hablando en serio?
Él asintió con la cabeza.
— ¿En qué año te metieron en el libro?, la primera vez quiero decir.
La ira se adueñó de su rostro con tal intensidad que _______ se asustó.
— Según tu calendario, en el año 149 a.C.
________ abrió los ojos de par en par.
— ¿En el año 149 antes de Cristo? ¡Jesús, María y José! Cuando te llamé Joe de Macedonia era cierto. Eres de Macedonia.
Continuacion...


Él asintió con un gesto brusco.
Los pensamientos de ________ giraban como un torbellino mientras cerraba el microondas y lo ponía en marcha. Era imposible. ¡Tenía que ser imposible!

— ¿Cómo te metieron en el libro? A ver, según tengo entendido, los antiguos griegos no tenían libros, ¿verdad?

— Originalmente fui encerrado en un rollo de pergamino que más tarde fue encuadernado como medida de protección —dijo con un tono sombrío y el rostro impasible—. Y con respecto a qué fue lo que hice para que me castigaran: invadí Alexandria.

________ frunció el ceño. Aquello no tenía ni pizca de sentido; como el resto de todo lo que estaba sucediendo.

— ¿Y por qué ibas a merecerte un castigo por invadir una ciudad?

— Alexandria no era una ciudad, era una sacerdotisa virgen del dios Ares.

_________ se tensó ante el comentario, y ante la magnitud del castigo que implicaba «invadir» a una mujer. Encerrar al autor de la invasión para toda la eternidad era un poco excesivo.

— ¿Violaste a una mujer?
— No la violé —contestó mirándola con dureza—. Fue de mutuo consentimiento, te lo aseguro.

Vale, ése era un tema sensible para él. Se percibía claramente en su gélida conducta. No le gustaba hablar del pasado. Tendría que ser un poquito más sutil en su interrogatorio.

Joe escuchó el extraño timbre, y observó cómo ________ apretaba un resorte que abría la puerta de la caja negra donde había introducido su comida. Ella sacó el humeante cuenco de comida y lo colocó ante él, junto con un tenedor plateado, un cuchillo, una servilleta de papel y una copa de vino. El cálido aroma se le subió a la cabeza e hizo que el estómago rugiera de necesidad.
Se suponía que debía estar perplejo por el modo tan rápido en que ella había cocinado, pero después de haber oído hablar de artefactos con nombres extraños como tren, cámara, automóvil, fonógrafo, cohete y ordenador, Joe dudaba que cualquier cosa pudiese tomarlo por sorpresa.

En realidad, no quedaba ningún sentimiento en él, aparte del deseo; hacía mucho que había desterrado todas sus emociones.

Su existencia no era más que una sucesión de fragmentos temporales a lo largo de los siglos. Su única razón de ser era la de obedecer los deseos sexuales de sus invocadoras.

Y, si algo había aprendido en los dos últimos milenios, era a disfrutar de los escasos placeres que podía obtener en cada invocación.

Con ese pensamiento, cogió una pequeña porción de comida y saboreó la deliciosa sensación de los tibios y cremosos tallarines sobre su lengua. Era una pura delicia.

Dejó que el aroma de las especias y del pollo invadiera su cabeza. Había pasado una eternidad desde la última vez que probó la comida. Una eternidad sufriendo un hambre atroz. Cerró los ojos y tragó. Acostumbrado como estaba a la privación en lugar de a los alimentos, su estómago se cerró ante el primer bocado. Joe apretó con fuerza el cuchillo y el tenedor mientras luchaba por alejar el terrible dolor. Pero no dejó de comer. No lo haría mientras hubiese comida en el cuenco. Había esperado demasiado tiempo para poder aplacar su hambre y no estaba dispuesto a detenerse ahora.

Después de unos cuantos bocados más, los retortijones disminuyeron y le permitieron disfrutar plenamente de la comida. Una vez su estómago se calmó, tuvo que echar mano de todas sus fuerzas para comer como un humano y no zamparse la comida a puñados, tal era el hambre que le devoraba las entrañas.

En momentos como éste, le resultaba muy difícil recordar que aún era humano, y no una bestia desbocada y feroz que había sido liberada de su jaula.

Hacía siglos que había perdido la mayor parte de su condición humana. Y estaba decidido a conservar lo poco que le quedaba.

_______ se apoyó en la encimera y lo observó mientras comía. Lo hacía lentamente, de forma casi mecánica. No dejaba entrever si le gustaba la comida, pero aún así, continuaba comiendo.

Lo que realmente le sorprendió fueron los exquisitos modales europeos que demostraba. Ella nunca había sido capaz de comer de ese modo, y fue entonces cuando comenzó a preguntarse dónde habría aprendido a utilizar el cuchillo para mantener la pasta en el tenedor, y evitar que se cayera.

— ¿Había tenedores en al antigua Macedonia? —le preguntó.
Joe dejó de comer.
— ¿Disculpa?
— Me preguntaba cuándo se inventó el tenedor. ¿Ya lo utilizaban en…?

¡Estas desvariando! Le gritó su mente.¿[b]Y quién no lo haría en esta situación? Mira al tipo. ¿Cuántas veces crees que alguien ha actuado como un imbécil y ha acabado devolviendo la vida a una estatua griega? ¡Especialmente una estatua con ese cuerpo!

No muy a menudo.
— Creo que se inventó a mediados del sigo XV.
— ¿En serio? —preguntó ella—. ¿Tú estabas allí?
Con una expresión ilegible, alzó los ojos y a su vez le preguntó:
— ¿A qué te refieres, al momento en que inventaron el tenedor o al siglo XV?
— Al siglo XV, por supuesto. —Y pensándolo mejor, añadió:— No estabas allí cuando se inventó el tenedor, ¿verdad?
— No. —Joe se aclaró la garganta y se limpió la boca con la servilleta—. Fui convocado en cuatro ocasiones durante ese siglo. Dos veces en Italia, una en Francia y otra en Inglaterra.
Continuacion...


— ¿De verdad? —Intentó imaginarse cómo debía ser el mundo en aquella época—. Apuesto a que has visto todo tipo de cosas a lo largo de los siglos.
— No tantas.
— ¡Oh, venga ya! En dos mil años…
— He visto mayormente dormitorios, camas y armarios.
Su tono seco hizo que _______ se detuviera y él continuó comiendo. Una imagen de Javier se le clavó el corazón. Ella sólo había conocido a un imbécil egoísta y despreocupado. Pero parecía que Joe tenía más experiencia en ese terreno.
— Cuéntame entonces, ¿qué haces mientras estás en el libro, te tumbas y esperas que alguien te convoque?
Él asintió.
— ¿Y qué haces para pasar el tiempo?
Joe se encogió de hombros y ________ cayó en la cuenta de que, en realidad, no demostraba poseer un gran número de expresiones.
Ni de palabras.
Se acercó a la mesa y se sentó en un taburete frente a él.
— A ver, de acuerdo con lo que me has dicho tenemos que estar juntos durante un mes, ¿qué tal si nos dedicamos a charlar para hacerlo más agradable?

Joe levantó la mirada, sorprendido. No podía recordar la última vez que alguien quiso conversar con él, excepto para darle ánimos o hacerle sugerencias que lo ayudaran a incrementar el placer que les proporcionaba. O para pedirle que volviera a la cama.

Había aprendido a una edad muy temprana que las mujeres sólo querían una cosa de él: esa parte de su cuerpo enterrada profundamente entre sus muslos.

Con esa idea en la mente, paseó lentamente la mirada por el cuerpo de ________, deteniéndose en sus pechos, que se endurecieron bajo su prolongado escrutinio. Indignada, _______ cruzó los brazos sobre el pecho y esperó a que él la mirara a los ojos.

Cristiano casi soltó una carcajada. Casi.

— A ver —dijo él utilizando sus mismas palabras—. Hay cosas que hacer con la lengua mucho más placenteras que charlar: como pasártela por los pechos desnudos y por la garganta —bajó la mirada hacia el lugar donde, aproximadamente, quedaría su regazo a través de la mesa—. Sin mencionar otras partes que podría visitar.

Por un instante, ________ se quedó sin habla. Y después le encontró la gracia al asunto. Y un momento más tarde empezó a ponerse muy cachonda.

Como terapeuta, había oído cosas mucho más sorprendentes que ésa, se recordó. Sí, claro, pero no lo había dicho una persona con la que ella quería hacer otras cosas aparte de hablar.

— Tienes razón, hay otras muchas cosas que se pueden hacer con una lengua; como, por ejemplo, cortarla —le dijo, y se regodeó en la sorpresa que reflejaron sus ojos—. Pero soy una mujer a la que le gusta mucho hablar, y tú estás aquí para complacerme, ¿verdad?
Su cuerpo se tensó de forma muy sutil, como si se resistiera a aceptar su papel.
— Es cierto.
— Entonces, cuéntame lo que haces mientras estás en el libro.
_______ sintió como sus ojos la atravesaban con una intensidad tan abrasadora que la dejó intrigada, desconcertada y un poco asustada.
— Es como estar encerrado en un sarcófago —contestó él en voz baja—. Oigo voces, pero no puedo ver la luz ni ninguna otra cosa. No puedo moverme. Simplemente me limito a esperar y a escuchar.

______ se horrorizó ante la simple idea. Recordaba el día, mucho tiempo atrás, en que se había quedado encerrada accidentalmente en el armario de las herramientas de su padre. La oscuridad era total y no había modo de salir. Aterrorizada, había sentido que se le oprimían los pulmones y que la cabeza empezaba a darle vueltas por el miedo. Chilló y pataleó contra la puerta hasta que tuvo las manos llenas de moratones. Finalmente, su madre la escuchó y la ayudó a salir.
Desde entonces, ________ sentía una ligera claustrofobia debido a la experiencia. No podía imaginarse lo que sería pasar siglos enteros en un lugar así.

— Es horrible —balbució.
— Al final te llegas a acostumbrar. Con el tiempo.
— ¿De verdad? —no estaba muy segura, pero dudaba que fuese cierto.
Cuando su madre la sacó del armario, descubrió que sólo había estado encerrada media hora; pero a ella le había parecido una eternidad. ¿Qué se sentiría al pasar realmente una eternidad encerrado?
— ¿Has intentado escapar alguna vez?
La mirada que le dedicó lo decía todo.
— ¿Qué sucedió? —preguntó _________.
— Obviamente, no tuve suerte.
Se sentía muy mal por él. Dos mil años encerrado en una cripta tenebrosa. Era un milagro que no se hubiera vuelto loco. Que fuera capaz de sentarse con ella y hablar.
No era de extrañar que le hubiese pedido comida. Privar a una persona de todos los placeres sensoriales era una tortura cruel y despiadada.
Y entonces supo que iba a ayudarlo. No sabía muy bien cómo hacerlo, pero tenía que haber algún modo de liberarlo.
— ¿Y si encontráramos el modo de sacarte de ahí?
— Te aseguro que no hay ninguno.
— Eres un tanto pesimista, ¿no?
La miró divertido.
— Estar atrapado durante dos mil años tiene ese efecto sobre las personas.

____________ lo observó mientras acababa la comida, con la mente en ebullición. Su parte más optimista se negaba a escuchar su fatalismo, exactamente igual que la terapeuta que había en ella se negaba a dejarlo marchar sin ayudarlo. Había jurado aliviar el sufrimiento de las personas, y ella se tomaba sus juramentos muy en serio.

Quien la sigue, la consigue.Y aunque tuviese que atravesar océanos o cruzar el mismo infierno, ¡encontraría el modo de liberarlo!

Mientras tanto, decidió hacer algo que dudaba mucho que alguien hubiese hecho por él antes: iba a encargarse de que disfrutara de su libertad en Nueva Orleáns. Las otras mujeres lo habían mantenido encerrado en los confines de sus dormitorios o de sus vestidores, pero ella no estaba dispuesta a encadenar a nadie.

— Bien, entonces digamos que esta vez vas a ser tú el que disfrute.

Él alzó la mirada del cuenco con repentino interés.

— Voy a ser tu sirvienta — continuó _______—. Haremos cualquier cosa que se te antoje. Y veremos todo lo que se te ocurra.

Mientras tomaba un sorbo de vino, curvó los labios en un gesto irónico.

— Quítate la camisa.
— ¿Cómo? —preguntó ______.
Joe dejó a un lado la copa de vino y la atravesó con una lujuriosa y candente mirada.
— Has dicho que puedo ver lo que quiera y hacer lo que se me antoje. Bien, pues quiero ver tus pechos desnudos y después quiero pasar la lengua por…
— ¡Oye grandullón!, ¡relájate! —le dijo ________ con las mejillas ardiendo y el cuerpo abrasado por el deseo—. Creo que vamos a dejar claras unas cuantas reglas que tendrás que cumplir estés aquí. Número uno: nada de eso.
— ¿Y por qué no?

Sí,- le exigió su cuerpo entre la súplica y el enfado.- ¿Por qué no?

— Porque no soy ninguna gata callejera con el rabo alzado para que cualquier gato venga, me monte y se largue.
FIN DEL CAP 3
Capítulo 4


Joe alzó una ceja ante la cruda e inesperada analogía. Pero más que las palabras, lo que le sorprendió fue el tono amargo de su voz. Debieron utilizarla en el pasado. No era de extrañar que se asustase de él.

Una imagen de Lys le pasó por la mente y sintió una punzada de dolor en el pecho, tan feroz que tuvo que recurrir a su firme entrenamiento militar para no tambalearse.

Tenía muchos pecados que expiar. Algunos habían sido tan grandes que dos mil años de cautiverio no eran más que el principio de su condena.

No es que fuese un bastardo de nacimiento; es que, tras una vida brutal, plagada de desesperación y traiciones, había acabado convirtiéndose en uno.

Cerró los ojos y se obligó a alejar esos pensamientos. Eso era, nunca mejor dicho, historia antigua y esto era el presente. ________ era el presente.

Y estaba en él por ella.

Ahora entendía lo que Breyda quería decir cuando le habló sobre _______. Por eso le convocaron. Para mostrarle a ________ que el sexo podía ser divertido.
Nunca antes se había encontrado en una situación semejante.

Mientras la observaba, sus labios dibujaron una lenta sonrisa. Ésta sería la primera vez que tendría que perseguir a una mujer para que lo aceptara. Anteriormente, ninguna había rechazado su cuerpo.
Con la inteligencia de _________ y su testarudez, sabía que llevársela a la cama sería un reto comparable al de tender una emboscada al ejército romano. Sí, iba a saborear cada momento. Igual que acabaría saboreándola a ella. Cada dulce centímetro de su cuerpo.

_______ tragó saliva ante la primera sonrisa genuina de Joe. La sonrisa suavizaba su expresión y lo hacía aún más devastador. ¿Qué demonios estaría pensando para sonreír así? Por enésima vez, sintió que se le subían los colores al pensar en su crudo discursito. No lo había hecho a propósito; en realidad no le gustaba desnudar sus sentimientos ante nadie, especialmente ante un desconocido.

Pero había algo fascinante en este hombre. Algo que ella era percibía de forma perturbadora. Quizás fuese el disimulado dolor que reflejaban de vez en cuando esos celestiales ojos marrones, cuando la pillaba con la guardia baja. O tal vez fuesen sus años como psicóloga, que le impedían tener un alma atormentada en su casa y no prestarle ayuda. No lo sabía.

El reloj de pared del recibidor de la escalera, dio la una.
— ¡Dios mío! —dijo asombrada por la hora—. Tengo que levantarme a las seis de la mañana.
— ¿Te vas a la cama?, ¿a dormir?
Si el humor de Joe no hubiese sido tan huraño, el espanto que mostró su rostro habría hecho reír a ______ de buena gana.
— Tengo que irme.
Él frunció el ceño…
¿Dolorido?
— ¿Te ocurre algo? —preguntó ella.
Joe negó con la cabeza.
— Bueno, entonces voy a enseñarte el sitio donde vas a dormir y…
— No tengo sueño.
A ________ le sobresaltaron sus palabras.
— ¿Qué?

Joe la miró, incapaz de encontrar las palabras exactas para describirle lo que sentía. Llevaba atrapado tanto tiempo en el libro, que lo único que quería hacer era correr o saltar. Hacer algo para celebrar su repentina libertad de movimientos.

No quería irse a la cama. La idea de permanecer tumbado en la oscuridad un solo minuto más…
Se esforzó por volver a respirar.
— He estado descansando desde 1895 —le explicó—. No estoy muy seguro de los años que han transcurrido, pero por lo que veo, han debido ser unos cuantos.
— Estamos en el año 2009 —le informó _______—. Has estado «durmiendo» durante ciento catorce años.

No, se corrigió ella misma. No había estado durmiendo.
Él le había dicho que podía escuchar cualquier conversación que tuviera lugar cerca del libro; lo que significaba que había permanecido despierto durante su encierro. Aislado. Solo. Ella era la primera persona con la que había hablado, o estado cerca, después de cien años.
Se le hizo un nudo en el estómago al pensar en lo que debía haber soportado. Aunque la prisión de su timidez nunca había sido tangible para ella, sabía lo que era escuchar a la gente y no ser parte de ellos. Permanecer como una simple espectadora.

— Me gustaría poder quedarme despierta —dijo, reprimiendo un bostezo—. De verdad; pero si no duermo lo suficiente, mi cerebro se convierte en gelatina y se queda sin batería.
— Te entiendo. Al menos entiendo lo esencial, aunque no sé que son la gelatina ni la batería.
_________ todavía percibía su desilusión.
— Puedes ver la televisión.
— ¿Televisión?
Cogió el cuenco vacío y lo limpió antes de regresar con Joe a la sala de estar. Encendió el televisor y lo enseñó a cambiar los canales con el mando a distancia.
— Increíble —susurró él mientras hacía zapping por primera vez.
— Sí, es algo muy útil.
Eso lo mantendría ocupado. Después de todo, los hombres sólo necesitaban tres cosas para ser felices: comida, sexo y un mando a distancia. Dos de tres deberían mantenerlo satisfecho un rato.
— Bueno —dijo mientras se dirigía a las escaleras—. Buenas noches.
Al pasar a su lado, Joe le tocó el brazo. Y, aunque su roce fue muy ligero, ________ sintió una descarga eléctrica.
Con el rostro inexpresivo, sus ojos dejaban ver todas las emociones que lo invadían. ________ percibió su sufrimiento y su necesidad; pero sobre todo, captó su soledad.
No quería quedarse solo.
Humedeciéndose los labios —se le habían secado de forma repentina—, dijo algo increíble.
— Tengo otro televisor en mi habitación. ¿Por qué no ves allí lo que quieras, mientras yo duermo?

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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 23rd 2010, 20:15

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siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 24th 2010, 07:36

Joe le dedicó una sonrisa tímida.
Fue tras ella mientras subían las escaleras, totalmente sorprendido por el
hecho de que ________ lo hubiera comprendido sin palabras. Había tenido en
cuenta su necesidad de compañía, sin preocuparse de sus propios temores. Eso le
hizo sentir algo extraño hacia ella. Una rara sensación en el estómago.
¿Ternura?
No estaba seguro.

_______ lo llevó hasta una enorme habitación presidida por una cama con dosel,
situada en la pared opuesta a la puerta de entrada. Enfrente de la cama había
una cómoda y, sobre ella, una ¿cómo lo había llamado _______?, ¿televisión?

Observó cómo Joe paseaba por su dormitorio, mirando las fotografías que había
en las paredes y sobre los muebles; fotografías de sus padres y de sus abuelos,
de Breyda y ella en la facultad, y una del perro que tuvo cuando era pequeña.
— ¿Vives sola? —le preguntó.
— Sí —dijo, acercándose a la mecedora que estaba junto a la cama. Su camisón
estaba sobre el respaldo. Lo cogió y después miró a Joe y a la toalla verde que
aún llevaba alrededor de sus esbeltas caderas. No podía dejar que se metiera en
la cama con ella de aquella guisa.

Seguro que puedes.
No, no puedo.
¿Por favor?
¡Shh! Parte irracional de mí, cállate y déjame pensar.


Aún guardaba los pijamas de su padre en el dormitorio que había pertenecido a
sus progenitores; allí estaban todas sus pertenencias y para _______, era un
lugar sagrado. Teniendo en cuenta la anchura de los hombros de Cristiano,
estaba segura de que las camisas no le servirían, pero los pantalones tenían
cinturas ajustables y, aunque le quedasen cortos, al menos no se le caerían.
— Espera aquí —le dijo—. No tardaré nada.

_________________Continuacion...





Después de verla marcharse como una exhalación, Joe se acercó a los ventanales
y apartó las cortinas de encaje blanco. Observó las extrañas cajas metálicas
—que debían ser automóviles— mientras pasaban por delante de la casa con aquel
zumbido tan extraño que no cesaba un instante, semejante al ruido del mar. Las
luces iluminaban las calles y todos los edificios; se parecían a las antorchas
que había en su tierra natal.

Qué insólito era este mundo. Extrañamente parecido al suyo y, aun así, tan
diferente. Intentó asociar los objetos que veía con las palabras que había
escuchado a lo largo de las décadas; palabras que no comprendía. Como
televisión y bombilla. Y por primera vez desde que era niño, sintió miedo. No
le gustaban los cambios que percibía, la rapidez con la que las cosas habían
evolucionado en el mundo.

¿Cómo sería todo la siguiente vez que lo convocaran?
¿Podrían las cosas cambiar mucho? O lo que era más aterrador, ¿y si jamás
volvían a invocarlo? Tragó saliva ante aquella idea. ¿Y si acababa atrapado durante
toda la eternidad? Solo y despierto. Alerta. Sintiendo la opresiva oscuridad en
torno a él, dejándolo sin aire en los pulmones mientras su cuerpo se desgarraba
de dolor.
¿Y si no volvía a caminar de nuevo como un hombre? ¿O a hablar con otro ser humano,
o a tocar a otra persona?
Esta gente tenía cosas llamadas ordenadores. Había escuchado al dueño de la
librería hablar sobre ellos con los clientes. Y unos cuantos le habían dicho
que, probablemente, los ordenadores sustituirían un día a los libros.

¿Qué sería de él entonces?

Vestida con su camisola de dormir rosa, _________ se detuvo en la habitación de
sus padres, junto a la puerta de espejo del vestidor, donde guardó los anillos
de boda el día posterior al funeral. Podía ver el débil resplandor del diamante
marquise de medio quilate.

El dolor hizo que se le formara un nudo en la garganta; luchó contra las
lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos.

Con 18 años recién cumplidos en aquella época, había sido lo suficientemente
arrogante como para pensar que era una persona madura y capaz de hacer frente a
cualquier cosa que la vida le pusiera por delante. Se había creído invencible.
Y en un segundo, su vida se derrumbó. La muerte le arrebató todo aquello que
una vez tuvo: la seguridad, la fe, su creencia en la justicia y, sobre todo, el
amor sincero de sus padres y su apoyo emocional.

A pesar de toda su vanidad juvenil, no había estado preparada para que le
arrebataran por completo a toda su familia.

Y, aunque habían pasado cinco años, aún los echaba de menos. El dolor era muy
profundo. El viejo dicho aquél, según el cual era mejor haber conocido el amor
antes de perderlo, era un enorme fraude. No había nada peor que perder a las
personas que te quieren y te cuidan en un accidente sin sentido.

Incapaz de enfrentar su ausencia, ________ había sellado la habitación tras el
funeral, y lo había dejado todo tal y como estaba.

Abrió el cajón donde su padre guardaba los pijamas y tragó saliva. Nadie había
tocado estas cosas desde la tarde que su madre las dobló y las guardó. Todavía
recordaba la risa de su madre. Las bromas sobre el conservador estilo de su
padre, que siempre elegía pijamas de franela. Peor aún, recordaba el amor que
se profesaban. Lo que daría ella por encontrar la pareja perfecta, como les
había sucedido a ellos. Habían estado casados veinticinco años antes de morir,
y su amor había permanecido intacto desde el día que se conocieron.
No podía recordar un solo momento en que su madre no sonriera ante una broma de
su padre. Siempre iban cogidos de la mano como dos adolescentes, y se robaban
besos cuando creían que nadie los veía.
Pero ella los veía.
Y ahora lo recordaba.
Quería ese tipo de amor. Pero por alguna razón, no había encontrado a un hombre
que la dejase sin aliento. Un hombre que consiguiera que se le desbocara el
corazón y que sus sentidos se tambalearan. Un hombre sin el cual la vida no
tuviese sentido.

— ¡Oh, mamá! —balbuceó, deseando que sus padres no hubiesen muerto aquella
noche.
Deseando…
No sabía qué. Lo único que quería era conseguir algo que le hiciese pensar en
el futuro. Algo que le hiciese feliz; de la misma forma que su padre había
hecho feliz a su madre.
Mordiéndose el labio, _______ cogió el pantalón de cuadros azul marino y
blanco, y salió corriendo de la habitación.
— Aquí tienes —dijo arrojándole la prenda a Joe y saliendo a toda prisa hacia
el cuarto de baño, en mitad del pasillo. No quería que él fuese testigo de sus
lágrimas. No volvería a mostrarse vulnerable delante de un hombre.

Joe cambió la toalla por los pantalones y se fue tras ______. Había cerrado de
un portazo la puerta más cercana a la habitación donde él se encontraba.
— ______ —la llamó mientras abría la puerta con suavidad.

Se quedó paralizado al verla llorar. Estaba en mitad de un cuarto de aseo
extraño, con dos lavamanos incrustados en la pared y una encimera blanca en la
cual se apoyaba. Se había tapado la boca con una toalla, en un intento de
sofocar sus desgarradores sollozos.

A pesar de su severa educación y de los dos mil años de autocontrol, Joe se vio
arrastrado por una oleada de compasión. ________ lloraba como si alguien le
hubiese roto el corazón. Y eso lo hacía sentirse incómodo. Inseguro. Apretando
los dientes, alejó aquellos insólitos sentimientos. Si algo había aprendido
durante su infancia era a no ahondar en los problemas de los demás, porque
nunca traía nada bueno. No había que cuidar de nadie más que de uno mismo. Cada
vez que había cometido el error de interesarse por alguien, lo había pagado con
creces. Además, en esta ocasión no había tiempo. Nada de tiempo. Cuanto menos
tuviese que ver con las emociones y la vida de ________, más fácil le
resultaría volver a soportar su confinamiento. Y, entonces, las palabras de
Celeste lo golpearon con fuerza, justo en mitad del pecho. Ella lo había
definido a la perfección: no era más que un gato dedicado a conseguir placer y
después marcharse.

Se aferró con fuerza al tirador de la puerta. No era un animal. Él también
tenía sentimientos. O, al menos, solía tenerlos.

Antes de que pudiese reconsiderar sus acciones, entró en la estancia y la
abrazó. ________ le rodeó la cintura con los brazos y se apoyó en él como si se
tratara de un salvavidas, mientras enterraba la cara en su pecho desnudo y
sollozaba. Todo su cuerpo temblaba.
Algo muy extraño se abrió paso en el interior de Joe. Un profundo anhelo que no
sabía muy bien como definir.

Jamás en su vida había consolado a una mujer que lloraba. Se había acostado con
tantas que no podía recordarlo; pero nunca, jamás, había abrazado a una mujer como
estaba abrazando a ________. Ni después de hacer el amor. Una vez acababa con
su pareja de turno, se levantaba, se limpiaba y buscaba algo con qué
entretenerse hasta que fuese requerido de nuevo.
Incluso antes de la maldición, jamás había demostrado ternura por nadie. Ni por
su esposa.

Como soldado, había sido entrenado desde que tenía uso de razón para mostrarse
feroz, frío y duro.

«Vuelve con tu escudo, o sobre él». Ésas fueron las palabras de su
madrastra el día que lo agarró del pelo y lo echó de su casa para que comenzara
el entrenamiento militar, a la tierna edad de siete años.

Su padre había sido aún peor. Un legendario comandante espartano que no
toleraba muestras de debilidad. Ni de emoción. El tipo se había encargado,
látigo en mano, de que la infancia de Joe llegase a su fin, enseñándolo a
ocultar el dolor. Nadie podía ser testigo de su sufrimiento.

Hasta el día de hoy, aún podía sentir el látigo sobre la piel desnuda de su
espalda, y escuchar el sonido que hacía el cuero al cortar el aire entre golpe
y golpe. Podía ver la burlona mueca de desprecio en el rostro de su padre.

— Lo siento —murmuró ___________ sobre su hombro, devolviéndole al presente.

_________________Continuacion...




Ella alzó la cabeza para poder mirarle. Tenía los ojos grises brillantes por
las lágrimas y parecían resquebrajar la capa que recubría su corazón, congelado
desde hacía siglos por necesidad y por obligación.

Incómodo, Joe se alejó de ella.
— ¿Te sientes mejor?

_______ se limpió las lágrimas y se aclaró la garganta. No sabía por qué había
ido Joe tras ella, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez que
alguien la consoló mientras lloraba.
— Sí —murmuró—. Gracias.
Él no respondió.
En lugar de ser el hombre tierno que la abrazaba instantes antes, había vuelto
a ser el Señor Estatua; todo su cuerpo estaba rígido y no daba muestras de
emoción.

Dejando escapar un suspiro iracundo, y pasó a su lado.
— No me habría puesto así si no estuviese tan cansada y quizás todavía un poco
achispada. Necesito dormir.
Sabía que él iría tras ella, así que volvió resignadamente a su habitación y se
metió en la cama de madera de pino, acurrucándose bajo el grueso edredón.
Sintió cómo el colchón se hundía bajo el peso de Joe un instante después.

Su corazón se aceleró ante la repentina calidez del cuerpo del hombre junto al
suyo. Y la cosa empeoró cuando él se acurrucó a su espalda y le pasó una larga
y musculosa pierna sobre la cintura.
— ¡Joe! —gritó con una nota de advertencia al sentir su erección contra la
cadera—. Creo que sería mejor que te quedaras en tu lado de la cama, mientras
yo me quedo en el mío.
No pareció prestar atención a sus palabras, puesto que inclinó la cabeza y dejó
un pequeño rastro de besos sobre su pelo.
— Pensaba que me habías llamado para aliviar el dolor de tus partes bajas —le
susurró en el oído.

Con el cuerpo al rojo vivo debido a su proximidad, y al aroma a sándalo que le
embotaba la cabeza, ________ se sonrojó al escucharle repetir las palabras que
le dijera a Breyda.

— Mis partes bajas se encuentran en perfecto estado, y muy felices tal y como
están.
— Te prometo que yo conseguiré que estén mucho, mucho más felices.

¡Oh!, no le cabía la menor duda.

— Si no te comportas, te echaré de la habitación.

Entonces lo miró y vio la incredulidad reflejada en los ojos verdes.
— No entiendo por qué vas a echarme —le dijo.
— Porque no voy a utilizarte como si fueses un muñeco sin nombre, que no tiene
más razón de ser que servirme. ¿De acuerdo? No quiero tener ese tipo de
intimidad con un hombre al que no conozco.

Con una mirada preocupada, Joe se apartó finalmente de ella y se tumbó en la
cama.

________ respiró profundamente para intentar que su acelerado corazón se
relajara, y poder apagar el fuego que le hacía hervir la sangre. Resultaba muy
duro decirle que no a este hombre.

¿Crees realmente que vas a ser capaz de dormir con este tipo a tu lado? ¿Es
que tienes una piedra por cerebro?


Cerró los ojos y recitó su aburrida letanía. Tenía que dormir. No había sitio
para los «y si…» ni para los «pero…». Ni tampoco
para Joe.

Él colocó las almohadas de modo que le sirvieran de respaldo, y miró a
________. Ésta iba a ser, en su excepcionalmente larga vida, la primera vez que
pasara una noche junto a una mujer sin hacerle el amor. Era inconcebible.
Ninguna lo había rechazado antes.



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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 25th 2010, 06:02

Ella se dio la vuelta en aquel momento y le dio
un mando a distancia, como el que le había enseñado en la sala. Apretó un botón
y encendió la televisión, después bajó el volumen de la gente que hablaba.

— Esto es para la luz —dijo apretando otro botón. De inmediato, las luces se
apagaron, dejando que fuera el televisor el que iluminara débilmente las
sombras de la habitación—. No me molestan los ruidos, así es que no creo que me
despiertes —le dio el mando a distancia—. Buenas noches, Joe de Macedonia.
— Buenas noches, _________ —susurró él, observando cómo su sedoso cabello se
extendía sobre la almohada, mientras se acurrucaba para dormir.

Dejó el mando a un lado y, durante un buen rato, se dedicó a mirarla mientras
la luz procedente del televisor parpadeaba sobre los relajados ángulos de su
rostro.

Supo el momento exacto en el que se durmió, por la uniformidad de su
respiración. Sólo entonces se atrevió a tocarla. Se atrevió a seguir con la
yema de un dedo la suave curva de su pómulo.

Su cuerpo reaccionó con tal violencia que tuvo que morderse el labio para no
soltar una maldición. El fuego se había extendido por su sangre.

Había conocido numerosos dolores durante toda su vida: primero el dolor de
estómago cuando necesitaba comer, después la sed de amor y respeto, y por
último el dolor exigente de su miembro cuando ansiaba la humedad resbaladiza
del cuerpo de una mujer. Pero jamás, jamás, había experimentado algo semejante
a lo que sentía ahora.
Era un hambre tan voraz, una sensación tan potente, que amenazaba hasta su
cordura. Sólo podía pensar en separarle los cremosos muslos y hundirse
profundamente en ella. En deslizarse dentro y fuera de su cuerpo una y otra
vez, hasta que ambos alcanzaran el clímax al unísono. Pero eso jamás llegaría a
suceder.

Se alejó de ella a una distancia prudente, desde donde no pudiese oler su suave
aroma femenino, ni sentir el calor de su cuerpo bajo el edredón.
Podría proporcionarle placer durante días, sin detenerse, pero él jamás
encontraría la paz.

— Maldito seas, Ares —gruñó. Era el dios que le había maldecido, hundiéndolo en
este miserable destino—. Espero que Hades te esté dando lo que te mereces.

Una vez aplacada su ira, suspiró y se dio cuenta que las Parcas y las Furias se
estaban encargando de lo propio con él.

_________________Continuacion...




________ se despertó con una extraña sensación de calidez y seguridad. Un
sentimiento que no había experimentado desde hacía años.

De pronto, sintió un beso muy dulce sobre los párpados, como si alguien
estuviese acariciándola con los labios. Unas manos fuertes y cálidas le tocaban
el pelo.

¡Joe!

Se incorporó tan rápido que se golpeó con su cabeza. Hasta sus oídos llegó
el gemido de dolor de Joe. Frotándose la frente, abrió los ojos y vio que él la
observaba con el ceño fruncido y obviamente molesto.

— Lo siento —se disculpó mientras se sentaba—. Me sobresaltaste.

Joe abrió la boca y se tocó los dientes con el pulgar para comprobar si el
golpe los había aflojado.

Aquello fue peor aún para _________, puesto que no pudo evitar contemplar el
roce de su lengua sobre los dientes. Y la visión de esos blanquísimos dientes,
increíblemente rectos, que a ella le gustaría tener mordisqueándole…

— ¿Qué quieres para desayunar? —le preguntó para alejarse un poco de sus
pensamientos.

La mirada de él descendió hasta el profundo escote en V de su camisola.
Siguiendo la dirección de sus ojos, Celeste se dio cuenta de que, desde donde
él estaba sentado, podría ver todo su cuerpo hasta llegar a las embarazosas
braguitas de Mickey Mouse.

Antes de que pudiera moverse, Joe tiró de ella, hasta sentarla sobre sus muslos
y reclamó sus labios.

________ gimió de placer bajo el asalto de su boca, mientras su lengua le hacía
las cosas más escandalosas. La cabeza comenzó a girarle con la intensidad del
beso y con el cálido aliento de Joe mezclándose con el suyo.

Y pensar que nunca le había gustado besar…

¡Debía estar loca!

Los brazos de Joe intensificaron su abrazo. Miles de llamas lamían su cuerpo,
encendiéndola e incitándola, mientras se agrupaban en la zona que más le dolía:
entre los muslos, donde quería tenerlo.

Sus labios la abandonaron para trazar con la lengua un rastro hasta su
garganta, dibujando húmedos círculos sobre el mentón, el lóbulo de la oreja y
finalmente el cuello.
¡El tipo parecía conocer todas las zonas erógenas del cuerpo de una mujer!
Mejor aún, sabía cómo usar las manos y la lengua para masajearlas hasta obtener
el máximo placer.

Exhaló el aire suavemente sobre su oreja y, de inmediato, un escalofrío la
recorrió de arriba a abajo; cuando pasó la lengua por el lóbulo, todo su cuerpo
comenzó a temblar.
Un hormigueo le recorrió los pechos, que al instante se endurecieron,
sobresaliendo como duros montículos que clamaban por ser besados.

— Joe —gimió, incapaz de reconocer su voz. Su mente le pedía que se detuviera,
pero las palabras se quedaron atravesadas en la garganta.

Había mucho poder en sus caricias. Mucha magia. Le hacía ansiar, dolorosamente,
mucho más. Se dio la vuelta con ella en brazos y la aprisionó contra el
colchón. Incluso a través del pijama, ________ percibía su erección, su miembro
duro y ardiente que presionaba sobre la cadera, mientras con las manos le
aferraba las nalgas y respiraba entrecortadamente junto a su oreja.

— Tienes que parar —consiguió decirle al fin con voz débil.
— ¿Parar el qué? —le preguntó—. ¿Esto? —y trazó con la lengua el laberinto de
su oreja. ______ siseó de placer. Los escalofríos se sucedían y, como si se
tratase de ascuas al rojo vivo, abrasaban cada centímetro de su piel. Los
pechos se hincharon aún más bajo el cuerpo de Joe—. ¿O esto? —e introdujo una
mano bajo la cinturilla elástica de sus braguitas para tocarla donde más lo
deseaba.

________ se arqueó en respuesta a sus caricias y clavó los dedos en las sábanas
ante la sensación de sus manos entre las piernas. ¡Dios, este hombre era
increíble!

Joe comenzó a acariciar en círculos la trémula carne, utilizando un solo dedo,
haciendo que se consumiera antes de introducirle dos dedos hasta el fondo.

Mientras rodeaba, acariciaba y atormentaba su interior, comenzó a masajearle
muy suavemente el clítoris con el pulgar.

— ¡Ooooh! —gimió ___________, echando la cabeza hacia atrás por la intensidad
del placer.

Se aferró a Cristiano, mientras él continuaba su implacable asalto utilizando
sus manos y su lengua, dándole placer. Totalmente fuera de control, ________ se
frotaba de forma desinhibida contra él, ansiando su pasión, sus caricias.

Joe cerró los ojos y saboreó el olor del cuerpo de ________ bajo el suyo; la sensación
de sus brazos envolviéndolo. Era suya. Podía sentirla temblar y latir alrededor
de su mano, mientras su cuerpo se retorcía bajo sus caricias. En cualquier
momento llegaría al clímax.

Con ese pensamiento ocupando su mente por completo, le quitó la camisola e
inclinó la cabeza hasta atrapar un duro pezón y succionar suavemente toda la
areola,
deleitándose en la sensación de la rugosa piel bajo su lengua.

No recordaba que una mujer supiese tan bien como aquélla.
Su sabor se le quedaría grabado a fuego en la mente, jamás podría olvidarlo.

Y estaba completamente preparada para recibirlo: ardiente, húmeda y muy
estrecha; exactamente como a él le gustaba una mujer.

Rasgó de un tirón la pequeña prenda que se ceñía a las caderas de Celeste, y
que le impedía un acceso total a aquel lugar que se moría por explorar
completamente.
Y en toda su profundidad.

Ella escuchó cómo rompía las braguitas, pero no fue capaz de detenerlo. Su
voluntad ya no le pertenecía; había sido engullida por unas sensaciones tan intensas,
que lo único que quería era encontrar alivio.

¡Tenía que conseguirlo!

Alzando los brazos, enterró las manos en el pelo de Joe, incapaz de permitir
que se alejara, aunque sólo fuese por un segundo.

Joe se quitó los pantalones a tirones y le separó los muslos.
Con el cuerpo envuelto en puro fuego, _______ aguantó la respiración mientras
él colocaba su largo y duro cuerpo entre sus piernas.

La punta de su miembro presionaba justo sobre el centro de su feminidad. Arqueó
las caderas acercándose aún más, aferrándose a sus amplios hombros. Deseaba
sentirlo dentro con una desesperación tal, que desafiaba a todo entendimiento.

Y de repente, sonó el teléfono. ________ dio un respingo al escucharlo, y su
mente recobró repentinamente el control
— ¿Qué es ese ruido? —gruñó Joe.
Agradecida por la interrupción, _______ salió como pudo de debajo de Joe; le
temblaban las piernas y le ardía todo el cuerpo.
— Es un teléfono —dijo, antes de inclinarse hacia la mesita de noche y coger el
auricular.
La mano no dejaba de temblarle mientras se lo acercaba a la oreja.
Lanzando una maldición, Joe se puso de lado.

— Brey, gracias a Dios que eres tú —dijo ______, tan pronto como escuchó su
voz. ¡En ese momento agradecía muchísimo la habilidad que tenía Breyda de saber
el momento preciso en que llamar!
— ¿Qué pasa? —preguntó su amiga.
— Deja de hacer eso —le espetó a Joe que, en ese instante, se dedicaba a
lamerle las nalgas en un movimiento descendente…
— Pero si no estoy haciendo nada —le dijo Breyda.
— Tú no, Brey.
El silencio cayó sobre el otro extremo de la línea.
— Escucha —le dijo _______ a Breyda con una dura advertencia en la voz—.
Necesito que busques entre la ropa de Ricardo y traigas unas cuantas cosas.
Ahora.
— ¡Funcionó! —el agudo chillido estuvo a punto de perforarle el tímpano—. ¡Ay,
Dios mío! ¡Funcionó!, ¡no puedo creerlo! ¡Voy para allá!
__________ colgó el teléfono justo cuando la lengua de Joe bajaba desde sus
nalgas hacia…
— ¡Para ya!
Él se echó hacia atrás y la miró con el ceño fruncido, estupefacto.
— ¿No te gusta que te haga eso?
— Yo no he dicho eso —contestó antes de poder detenerse.
Joe se acercó de nuevo a ella.
________ bajó de un salto de la cama.
— Tengo que irme a trabajar.

Joe se apoyó en un brazo, tendido sobre un costado, y la observó mientras recogía
los pantalones del pijama y se los arrojaba. Los agarró con una mano mientras
sus ojos se movían, perezosamente, sobre el cuerpo de __________.

_________________Continuacion...





— ¿Por qué no llamas para decir que estás enferma?
— ¿Que estoy enferma? —repitió—. ¿Y tú cómo conoces ese truco?
Él se encogió de hombros.
— Ya te lo he dicho. Puedo escuchar mientras estoy encerrado en el libro. Por
eso puedo aprender idiomas y entender los cambios en la sintaxis.

Con la misma elegancia de una pantera que se endereza tras estar agazapada, Joe
apartó el edredón y salió lentamente de la cama. No llevaba los pantalones. Y
su miembro estaba totalmente erecto.
Hipnotizada, Celeste fue incapaz de moverse.
— No hemos acabado —dijo él con la voz ronca, mientras se acercaba a ella.
— ¡Pues claro que sí! —le contestó ________, y huyó al cuarto de baño,
encerrándose allí tras echar el pestillo a la puerta.

Con los dientes apretados, Joe tuvo la repentina necesidad de golpearse la
cabeza contra la pared de tan frustrado como se sentía. ¿Por qué tenía que ser
tan testaruda?
Se miró el miembro rígido y soltó un juramento.

— ¿Y tú no puedes comportarte durante cinco minutos al menos?

______ se dio una larga ducha fría. ¿Qué tenía Joe que hacía que su sangre
literalmente hirviera? Incluso ahora podía sentir el calor de su cuerpo sobre
ella.
Sus labios sobre…
— ¡Para, para, para!
No era una ninfómana sin control sobre sí misma. Era una licenciada en
Filosofía, con un cerebro; y sin hormonas.
Pero aun así, sería extremadamente fácil olvidarse de todo y pasar todo el mes
en la cama con Joe.

— Muy bien —se dijo a sí misma—. Supongamos que te metes en la cama con él un
mes. Y luego, ¿qué? —Se enjabonó el cuerpo mientras la irritación desvanecía
los últimos rescoldos de su deseo—. Yo te diré qué pasará después. Él se irá y
tú, colega, te quedarás sola otra vez.

¿Te acuerdas de lo que ocurrió cuando Alan se marchó? ¿Te acuerdas de cómo
te sentías cuando te paseabas por la habitación, con el estómago revuelto
porque habías permitido que te utilizara? ¿Te acuerdas de la humillación que
sentías?


Pero aún peor que esos recuerdos, era la imagen de Alan mofándose de ella a
carcajadas con sus amigos, mientras recogía el dinero de la apuesta. Cómo
deseaba haber sido un hombre en ese momento, para poder abrir la puerta de su
apartamento de una patada y golpearlo hasta hacerlo pedazos.

No, no dejaría que nadie más la utilizara. Le había costado años superar la
crueldad de Alan, y no tenía ningún deseo de arruinar lo que había conseguido
por un capricho. ¡Aunque fuese un fabuloso capricho!

No, no y no. La próxima vez que se entregara a un hombre, sería con uno que
estuviese unido a ella. Alguien que la cuidara. Alguien que no dejase a un lado
su dolor y continuase usando su cuerpo buscando su propio placer, como si ella
no importara nada —pensaba, mientras los recuerdos reprimidos regresaban a la
superficie. Alan se había comportado como si ella no hubiese estado presente.
Como si no hubiese sido más que una muñeca sin emociones, diseñada sólo para
proporcionarle placer.
Y no estaba dispuesta a dejar que la volviesen a tratar así, especialmente si
se trataba de Joe.
Jamás.

Joe bajó las escaleras, maravillado por la brillante luz del sol que entraba
por las ventanas. Le resultaba divertido el hecho de que la gente diese por
sentado esos pequeños detalles. Recordaba la época en la que no se fijaba en
algo tan simple como una mañana soleada.

Y ahora, cada una de ellas era un verdadero regalo de los dioses. Un regalo que
tenía toda la intención de degustar durante el mes que tenía por delante, hasta
que estuviese obligado a regresar a la oscuridad.

Con el corazón agobiado, se dirigió a la cocina, hacia el armario donde _______
guardaba la comida. Al abrir la puerta le sorprendió la frialdad. Alargó la
mano y dejó que el aire frío le acariciara la piel. Increíble.
Sacó varios recipientes, pero no pudo leer las etiquetas.
— No comas nada que no puedas identificar —se recordó a sí mismo, mientras
pensaba en algunas de las asquerosidades que había visto a la gente comer a lo
largo de los siglos.

Se inclinó hacia delante y rebuscó hasta encontrar un melón en uno de los
cajones inferiores.Lo llevó a la encimera del centro de la cocina, cogió un
cuchillo largo del soporte, donde ________ tenía al menos una docena de ellos,
y lo partió por la mitad. Cortó un trozo y se lo introdujo en la boca. Cuando
el delicioso jugo inundó sus papilas gustativas, gruñó de satisfacción. La
dulce pulpa hizo que su estómago rugiera con una feroz exigencia. La garganta le
pedía, con una sensación cercana al dolor, que le proporcionara un poco más de
aquel relajante dulzor.

Era tan estupendo volver a tener comida… Tener algo con lo que apagar la sed y
el hambre. Antes de poder detenerse, dejó el cuchillo a un lado y comenzó a
partir el melón con las manos, llevándose los trozos a la boca tan rápido como
podía.

¡Por los dioses!, estaba tan hambriento… Tenía tanta sed…
No fue consciente de lo que hacía hasta que se descubrió desgarrando la
cáscara.

Se quedó paralizado al ver sus manos cubiertas con el jugo del melón, y los
dedos curvados como las garras de cualquier animal.

«Date la vuelta, Joe y mírame. Ahora sé un buen chico y haz lo que te
ordeno. Tócame aquí. Mmm… sí, eso es. Buen chico, buen chico. Házmelo bien y te
traeré de comer en un momento.»


Cristiano se encogió de temor ante la repentina invasión de los recuerdos de su
última invocación. No era de extrañar que se comportara como un animal; le
habían tratado como tal durante tanto tiempo que apenas recordaba cómo ser un
hombre.

Al menos, Celeste no le había encadenado a la cama.
Todavía.

Asqueado, echó un vistazo alrededor de la cocina, mientras daba gracias
mentalmente por el hecho de que ________ no hubiese presenciado su pérdida
momentánea de control.
Con la respiración entrecortada, cogió la mitad del melón y lo echó al
recipiente donde había visto a ________ tirar la basura la noche anterior.
Después, abrió el grifo del fregadero y se lavó para desprenderse de la
pegajosa pulpa.
Tan pronto como el agua fresca le rozó la piel, suspiró de placer. Agua. Fría y
pura. Era lo que más echaba de menos durante su confinamiento. Lo que más
anhelaba, hora tras hora, mientras su reseca garganta ardía de dolor.

Dejó que el agua se deslizara por su piel antes de capturarla con las manos
ahuecadas y beber directamente de ellas. Se chupó los dedos. Era
maravillosamente relajante la sensación de sentir el frescor en la boca y
después notar cómo bajaba por la garganta, calmando su sed. Lo único que
deseaba en ese momento era meterse en el fregadero y dejar que el agua se
deslizara por todo su cuerpo.
Dejar que…

Escuchó que alguien golpeaba suavemente la puerta y, al instante, un ruido de
pasos que descendían por la escalera. Cerró el grifo y cogió el trapo seco que
había junto al fregadero para secarse las manos y la cara.
Cuando volvió a la encimera para recoger los restos del melón, reconoció la voz
de Breyda.
— ¿Dónde está?
Joe agitó la cabeza ante el entusiasmo de la amiga de _______. Eso era lo que
había esperado de ________.
Las dos mujeres entraron a la cocina. Joe alzó la mirada y se encontró con unos
ojos marrones tan grandes como dos escudos espartanos.
— ¡Jesús, María y José! —balbució breyda.
________ cruzó los brazos sobre el pecho, en sus ojos brillaba una mezcla de
ira y diversión.
— Joe, ésta es Breyda.
— ¡Jesús, María y José! —repitió su amiga.
— ¿Brey? —preguntó ______, moviendo la mano ante los ojos de su boquiabierta
amiga, que ni siquiera parpadeó.
— ¡Jesús, Ma…!
— ¿Vas a dejarlo ya? —la reprendió ______.
Breyda dejó que la ropa que llevaba en las manos cayera directa al suelo y dio
una vuelta completa alrededor de Joe para poder ver su cuerpo desde todos los
ángulos. Sus ojos comenzaron por la cabeza y descendieron hasta los dedos de
los pies.

Cristiano apenas pudo suprimir la ira ante semejante escrutinio.

_________________



Continuacion...




— ¿Te gustaría mirarme los dientes tal vez, o prefieres que me baje los
pantalones para que puedas inspeccionarme más a gusto? —le preguntó con más
malicia de la que había pretendido en un principio. Después de todo, ella
estaba, técnicamente, de su parte.
Si cerrase la boca y dejara de mirarlo de aquel modo…

Nunca había soportado ser el centro de esas desmedidas muestras de atención.
Breyda alargó la mano, insegura, para tocarle el brazo.
— ¡Uuuh! —se burló él, consiguiendo que Breyda diera un respingo.
_______ soltó una carcajada.
Breyda frunció el ceño y les dedicó a ambos una furiosa mirada.
— Muy bien, ¿estan intentando reírse de mí?
— Te lo mereces —le dijo ________ mientras cogía un trozo de melón recién
cortado por Cristiano y se lo llevaba a la boca—. Por no mencionar que tú vas a
ocuparte de él durante el día de hoy.
— ¿Qué? —preguntaron Joe y Breyda al unísono.
________ se tragó el bocado.
— Bueno, no puedo llevarlo conmigo a la consulta, ¿no?
Breyda sonrió con malicia.
— Apuesto a que Ana y tus pacientes femeninas estarían encantadas.
— Exactamente igual que el chico que tiene cita a las ocho. No obstante, no
creo que fuese muy productivo.
— ¿No puedes cancelar las citas? —preguntó Breyda.
Joe estuvo de acuerdo. No le apetecía en absoluto mostrarse en un sitio
público. La única parte de la maldición que encontraba remotamente tolerable
era el hecho de que la mayoría de sus invocadoras lo mantenían oculto en sus
estancias privadas o en los jardines.

— Sabes perfectamente por qué —contestó _________—. No tengo un maridito
abogado que me mantenga. Además, no creo que a Joe le guste quedarse solo en
casa todo el día, sin nada que hacer. Estoy segura de que le encantará salir y
conocer la ciudad.
— Preferiría quedarme aquí contigo —dijo él.
Porque lo que realmente le apetecía era verla retorcerse otra vez bajo su
cuerpo, y sentir cómo todo su miembro se empapaba con su flujo, mientras la
hacía chillar de placer.

_________ quedó atrapada en su mirada, y Joe reconoció el deseo que brillaba en
las profundidades grises de sus ojos. En ese instante, descubrió lo que se
proponía. Se iba a trabajar para evitar quedarse a solas con él.

Bien, tarde o temprano tendría que regresar a casa.
Y, entonces, sería suya.
Y una vez se rindiera, iba a demostrarle la resistencia y la pasión que poseía
un soldado Macedonio entrenado en el ejército Espartano.

FIN DEL CAP 4

_________________Capítulo 5





La mañana pareció transcurrir muy lentamente con la habitual ronda de citas.
Por mucho que intentase concentrarse en sus pacientes y sus problemas, no lo
lograbas.

Una y otra vez, tu mente volvía a recordar una piel tostada por el sol y unos
ardientes ojos marrones.

Y una sonrisa…

Cómo desearía que Joe no le hubiese sonreído jamás. Esa sonrisa podía muy bien
ser su perdición.

—…y entonces le dije: «Dave, mira, si quieres ponerte mi ropa, de acuerdo. Pero
no toques mis vestidos de diseño, porque cuando te los pones, me doy cuenta de
que te quedan mejor que a mí, y me dan ganas de dárselos todos al Ejército de
Salvación.» ¿Hice bien, doctora?

_______ alzó la vista del cuaderno donde garabateaba bocetos de hombres
«contentos» con lanzas en ristre.

— ¿Qué decías, Raquel? —le preguntó a la paciente, sentada en el sillón justo
enfrente de ella.

La mujer era una fotógrafa elegantemente vestida.

— ¿Estuvo bien lo de decirle a Dave que no se pusiera mi ropa? A ver, joder, no
sienta muy bien que a tu novio le quede tu ropa mejor que a ti, ¿no?

________ asintió.

— Por supuesto. Es tu ropa y no tendrías por qué cerrar tu vestidor con llave.

— ¿Lo ve? ¡Lo sabía!, eso fue lo que le dije. ¿Pero acaso me escuchó? No. Él
puede llamarse Davida siempre que quiera, y decirme que es una mujer atrapada en
el cuerpo de un hombre; pero cuando aterriza, me escucha como lo hacía mi
exmarido. Juraría…

________ miró inadvertidamente la hora… otra vez. Casi había acabado con
Rachel.

— Ya sabes, Rachel —le dijo, cortándola antes de que pudiese comenzar su consabida
arenga sobre los hombres y sus irritantes costumbres—, quizás deberíamos dejar
el tema para el lunes, cuando tengamos la sesión conjunta con Dave, ¿no crees?

Rachel asintió.

— Estupendo. Pero recuérdeme el lunes que le hable sobre Chico.

— ¿Chico?

— El chihuahua que vive en el apartamento de al lado. Juraría que ese perro me
ha echado el ojo.

_______ frunció el ceño. No era posible que Rachel insinuase lo que ella estaba
imaginado que en el fondo quería decir.

— ¿El ojo?

— Ya sabe, el ojo. Puede que parezca un chucho, pero ese perro sólo piensa en
el sexo. Cada vez que paso a su lado, me mira la falda. Y no se imagina lo que
hace con mis zapatillas de deporte. Ese perro es un pervertido.

— Vale —contestó _________, interrumpiéndola de nuevo. Empezaba a sospechar que
no podía hacer nada con Rachel, y su obsesión acerca de que todos los hombres
del mundo se morían por poseerla—. Definitivamente, nos ocuparemos de
desentrañar el enamoramiento que ese Chihuahua siente por ti.

— Gracias doctora. Es usted es la mejor —Rachel recogió su bolso del suelo y se
encaminó hacia la puerta.

________ se frotó la frente mientras las palabras de Rachel aún resonaban en su
cabeza. ¿Un chihuahua? ¡Jesús!

Pobre Rachel. Tenía que haber algún modo de ayudar a esta pobre mujer.

Aunque, por otro lado, era preferible tener a un chihuahua lanzando miradas
lujuriosas a tu falda, que a un esclavo griego.

— Ay, Breyda —resopló—, ¿cómo consigues meterme en estos líos?

Antes de poder hilar ese pensamiento, sonó el zumbido del intercomunicador.

— ¿Sí, Ana?

— Su cita de las once ha sido cancelada, y durante la hora de la señorita
Thibideaux, su amiga Breyda Laurens ha llamado seis docenas de veces; y no
estoy exagerando, ni bromeando. Ha dejado una cantidad impresionante de mensajes
para que la llame al móvil tan pronto como sea posible.

— Gracias, Ana.

Cogió el teléfono y marcó el número de Breyda.

— ¡Uf, gracias a Dios! —exclamó su amiga antes de que Celeste pudiese
pronunciar palabra—. Mueve el cu*lo hasta aquí y llévate a tu novio a tu casa.
¡Ahora mismo!

— No es mi novio, es tu…

— ¡Ah!, ¿quieres saber lo que es? —le preguntó Breyda con un tono histérico—.
Es un jodido imán de estrógenos, eso es lo que es. Estoy rodeada de una
multitud de mujeres en este mismo momento. Sunshine está encantada, porque está
vendiendo más cerámica de la que ha vendido en su vida. He intentado llevar a
Joe de vuelta a tu casa esta mañana, pero no he podido abrir un huequecito en
semejante muchedumbre. Te juro que si lo ves, pensarías que hay un famoso. Es
la primera vez que soy testigo de algo así. Y ahora, ¡mueve el cu*lo y ven a
ayudarme!

_________________Continuacion...
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angenick
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 25th 2010, 06:03

comenten si kieren masss!!!!!!!!!!!!!!!
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MarianaJB
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 25th 2010, 09:42

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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andre de jonas
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 25th 2010, 11:36

Angee!
nueva lectoraa! Very Happy
Ame esta novela (L).(L)
Es super!
Tienes q subir cap ya!
Es muy interesante! Y amo la secuenciaa de esta nove
Plis sube *.*
Te lo suplico!
Bye teadoro!
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deidany
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 26th 2010, 19:14

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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OriGabi
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Febrero 26th 2010, 21:11

Hola nueva lectora.... si quiero mas capis!
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angenick
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Marzo 3rd 2010, 16:03

Y colgó.

__________ maldijo su suerte y le pidió a Ana, a través del intercomunicador, que cancelara todas las citas pendientes para el resto del día.

Tan pronto como llegó a la plaza, entendió lo que Brey había querido decirle. Habría unas veinte mujeres rodeando a Joe, y docenas más boquiabiertas al pasar cerca del tenderete.

Las que estaban más cerca de él, se empujaban a codazos tratando de llamar su atención.

Pero lo más increíble de todo era contemplar a las tres mujeres que le pasaban los brazos por la cintura, mientras otra les hacía una foto.

— Gracias —ronroneó una de ellas, cuya edad rondaría los treinta y cinco, dirigiéndose a Joe mientras le arrebataba la cámara a la chica que acababa de hacer la instantánea. La sostuvo delante del pecho en un intento de atraer la atención de Joe, pero él no pareció interesado en lo más mínimo—. Esto es simplemente maravilloso —continuó babeando—. No puedo esperar a llegar a casa y enseñársela a mi grupo de novela. Jamás me creerán cuando les cuente que me he encontrado con un modelo de portada de novela romántica en el Barrio Francés.

Había algo en la rigidez de Joe que le decía que no le gustaba la atención que despertaba. Pero tenía que admitir que no se comportaba de forma abiertamente maleducada.

No obstante, la sonrisa no le llegaba a los ojos; y la que tenía en esos momentos no se parecía en nada a la que le había dedicado a ella la noche anterior.

— Un placer —les contestó.

Las risitas que siguieron al comentario fueron ensordecedoras. __________ agitó la cabeza totalmente incrédula. ¡Chicas, un poco de dignidad…!

Y de nuevo, observando el rostro de Joe, su cuerpo y su sonrisa, le sobrevino aquella sensación de vértigo, tan habitual desde que le viera por primera vez.

¿Cómo iba a culparlas por comportarse como adolescentes a la puerta de un concierto en un centro comercial?

De repente, Joe miró más allá de la marea de admiradoras y la vio. ________ arqueó una ceja, indicándole que encontraba la situación bastante divertida.

Al instante, la sonrisa se borró de su rostro y clavó los ojos en ella como un hambriento depredador que acaba de encontrar su próxima comida.

— Si me disculpan —dijo, abriéndose paso entre las mujeres y dirigiéndose directamente hacia ________.

Ella tragó saliva al percibir la instantánea hostilidad de las mujeres, que fruncieron el ceño en masa, observándola.

Pero fue mucho peor el repentino y crudo arrebato de deseo que la recorrió por completo, e hizo que su corazón comenzara a latir descontrolado. Con cada paso que Joe daba hacia ella, la sensación se multiplicó por diez.

— Saludos, agapimeni —dijo Joe, alzándole la mano para depositar un beso sobre los nudillos.

Una ardiente descarga eléctrica recorrió su espalda y, antes de que pudiese moverse, él la arrastró hacia sus brazos y le dio un tórrido beso que le desgarró el alma.

Cerró los ojos de forma instintiva y saboreó la calidez de su boca y de su aliento; la sensación de sus brazos rodeándola con fuerza contra su pecho, duro como una roca. La cabeza comenzó a darle vueltas.

¡Uf, ciertamente este hombre sabía cómo dar un beso! Joe tenía una forma de mover los labios que desafiaba cualquier posible explicación.

Y su cuerpo… Celeste nunca había sentido nada parecido a esos músculos esbeltos y duros flexionándose a su alrededor.

Una de las «admiradoras» susurró un apenas audible ¡Lagarta!, que rompió el hechizo.

— Joe, por favor —murmuró—. La gente nos mira.

— ¿Y a ti te importa?

— ¡Pues claro!
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Marzo 3rd 2010, 16:05

Joe separó sus labios de los de _________ con un gruñido, y volvió a dejarla sobre el suelo. Sólo entonces, fue consciente de que la había estado sosteniendo, aparentemente sin mucho esfuerzo.

Con las mejillas al rojo, ________ captó las miradas envidiosas de las mujeres mientras se dispersaban.

Joe se apartó y dio un paso hacia atrás; su rostro mostraba a las claras lo poco dispuesto que estaba a mantenerse alejado.

— Por fin —dijo Breyda con un suspiro—. De nuevo puedo oír —dijo agitando la cabeza—. Si hubiese sabido que iba a funcionar, yo misma le habría besado.

__________ le dedicó una sonrisilla satisfecha.

— Bueno, tú eres la culpable.

— ¿Cómo dices? —le preguntó Breyda.

_________ señaló la ropa de Joe con un gesto de la mano.

— Mira cómo va vestido. No puedes mostrar en público a un dios griego con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes dos tallas más pequeña de la que necesita. ¡Jesús, Breyda!, ¿en qué estabas pensando?

— En que estamos a 38º con una humedad del ciento diez por ciento. No quería que muriese por un golpe de calor.

— Señoras, por favor —dijo Joe, interponiéndose entre ellas—. Hace demasiado calor como para estar discutiendo en plena calle sobre algo tan trivial como mi ropa —dijo, deslizando una hambrienta mirada sobre __________, y sonriendo de una forma que derretiría a cualquier mujer—. Y no soy un dios griego, sólo un semidiós menor.

________ no entendió lo que Joe decía, ya que el sonido de su voz la tenía cautivada. ¿Cómo lo conseguía?, ¿cómo hacía que su voz sonara con ese tono tan erótico?

¿Sería su timbre profundo?

No, era algo más. Pero no acaba de entender qué podía ser.

Honestamente, lo único que quería era encontrar una cama y dejar que hiciese con ella todo lo que se le antojase; y sentir su apetitosa piel bajo las manos.

Observó a Breyda y vio que ésta se lo comía con los ojos, mientras le miraba las piernas desnudas y el trasero.

— Tú también lo sientes, ¿verdad? —le preguntó.

Breyda alzó la mirada, parpadeando.

— ¿El qué?

— A él. Es como si fuese el Flautista de Hamelin y nosotras fuésemos las ratas, seducidas por su música —_______ se dio la vuelta y observó el modo en que las mujeres lo miraban; algunas incluso estiraban el cuello para verle mejor—. ¿Qué hay en él que nos hace olvidar nuestra voluntad? —preguntó.

Joe arqueó una ceja con un gesto arrogante.

— ¿Yo te atraigo en contra de tu voluntad?

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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Marzo 3rd 2010, 16:05

— Sinceramente sí. No me gusta sentirme de este modo.

— ¿Y cómo te sientes? —le preguntó él.

— Sexualmente atractiva —le contestó antes de poder contener la lengua.

— ¿Cómo si fueras una diosa? —le volvió a preguntar él con voz ronca.

— Sí —respondió, mientras _______ se acercaba a ella.

No la tocó, pero tampoco es que hiciese falta. Su mera presencia conseguía abrumarla y embriagarla tan sólo con que clavase su mirada en sus labios o en su cuello. Podía jurar que realmente sentía el calor de sus labios sobre la garganta.
Continuacion...


Y Joe ni siquiera se había movido.

— Yo puedo decirte qué es —ronroneó él.

— La maldición, ¿no es cierto?

Joe negó con la cabeza mientras alzaba una mano para pasarle muy lentamente el dedo por el pómulo. ________ cerró los ojos con fuerza al sentir una feroz oleada de deseo. Si no lo miraba, quizás fuese capaz de mantenerse firme y no capturar ese dedo con los dientes.

Joe se inclinó un poco más y frotó la mejilla contra la de ella.

— Es el hecho de que puedo percibirte a un nivel que los hombres de tu misma edad no aprecian.

— Es el hecho de que tienes el trasero más firme que he visto en mi vida —dijo Zoraida, interrumpiéndolos—. Por no mencionar que cualquiera se muere al escuchar tu voz. Me gustaría que alguna de ustedes dos me dijera dónde puedo hacerme con uno de éstos.

________ rompió a reír a carcajadas ante el inesperado comentario de Zoraida.

— Míralo —dijo la chica, señalando a Joe con el lápiz. Tenía la mano manchada de pintura gris, al igual que la mejilla derecha—. ¿Cuándo fue la última vez que viste a un hombre tan bien formado, con unos músculos tan tonificados que puedes ver cómo la sangre corre por sus venas? Tu novio es… a ver… está bueno. Está buenísimo —y después añadió con una expresión muy seria: — Está como un camión.

Zoraida giró un poco su cuaderno de bocetos para que _______ pudiese ver su interpretación de Joe.

— ¿Te das cuenta del modo en que la luz resalta el tono dorado de su piel? Da la sensación de que el sol le besara.

________ frunció el ceño. Zoraida tenía razón.

Joe se inclinó hacia ella, con los ojos verdes repletos de pasión.

— Vuelve a casa conmigo, ________ —le susurró al oído—. Ahora. Déjame que te abrace, que te desnude y que te enseñe cómo quieren los dioses que un hombre ame a una mujer. Te juro que lo recordarás durante el resto de tu vida.

_________ cerró los ojos mareada con el aroma del sándalo. El aliento de Joe le acariciaba el cuello y su rostro estaba tan cerca que podía sentir los incipientes pelos de su barba rozándole la mejilla.

Todo su cuerpo quería rendirse ante él. Sí, por favor, sí.

Miró los definidos y duros músculos de los hombros y el hueco de la garganta. ¡Ay, cómo desearía pasar la lengua por esa piel dorada, y comprobar que el resto de su cuerpo era tan sabroso como su boca!

Joe sería espléndido en la cama. No había duda.

Pero ella no significaba nada para él. Nada en absoluto.

— No puedo —balbuceó, dando un paso atrás.

Con la decepción reflejada en los ojos, Joe apartó la mirada y adoptó una actitud brusca y resuelta.

— Podrás —le aseguró.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Marzo 3rd 2010, 16:06

Interiormente, sabía que Joe tenía razón. ¿Cuánto tiempo sería capaz una mujer de resistirse a un hombre como él?

Alejando esos pensamientos de la mente, miró al otro lado de la calle, a Jackson Brewery.

— Necesitamos comprarte algo que te siente bien.

— No he podido hacer otra cosa; le saca una cabeza a Ricardo, y es dos veces más ancho de hombros —dijo Breyda—. La estupenda idea de que lo trajera conmigo fue tuya.

_______ la miró con los ojos entornados.

— De acuerdo. Estaremos en Brewery, por si nos necesitas.

— Muy bien, pero tened cuidado.

— ¿Que tengamos cuidado? —preguntó ________.

Breyda señaló a Joe con el dedo gordo.

— Si hay una estampida de mujeres, hazme caso y apártate de su camino. Desde que se fue el último grupo de «admiradoras» no siento el pie derecho.

_________ cruzó la calle entre carcajadas. Sabía que Joe iría tras ella; de hecho, sentía su presencia justo a su espalda. Era algo innegable: ese hombre tenía una forma horrorosa de invadir sus pensamientos y sus sentidos.

Ninguno de los dos dijo una palabra mientras atravesaban la atestada galería comercial, y entraban en la primera tienda que vieron.

__________ echó un vistazo hasta encontrar la sección de ropa masculina. Cuando la localizó, se dirigió hacia allí.

— ¿Qué estilo de ropa te gusta más? —le preguntó a Joe, mientras se detenía junto al expositor de los vaqueros.

— Para lo que tengo en mente, el nudismo nos vendría bien.

_______ puso los ojos en blanco.

— Estás intentando fastidiarme, ¿verdad?

— Tal vez. Debo admitir que me gustas mucho cuando te sonrojas.

Y se acercó a ella.

________ se apartó y dejó que el mostrador de los vaqueros se interpusiera entre ellos.

— Creo que necesitarás por lo menos tres pares de pantalones mientras estés aquí.

Él suspiró y miró atentamente los vaqueros.

— ¿Para qué molestarte si me iré dentro de unas semanas?

_________ lo miró furiosa...

— ¡Jesús, Joe! —le espetó, indignada—. Te comportas como si nadie se hubiese preocupado de vestirte en tus anteriores invocaciones.

— No lo hicieron.

__________ se quedó paralizada ante el desapasionado tono de su voz.

— ¿Me estás diciendo que durante los últimos dos mil años nadie se ha preocupado de que te pongas algo de ropa encima?

— Sólo en dos ocasiones —le contestó con la misma inflexión monótona—. Una vez, durante una ventisca en Inglaterra, en la época de la Regencia, una de mis invocadoras me cubrió con un camisón rosa de volantes, antes de sacarme al balcón para que su marido no me encontrara en la cama. La segunda vez fue demasiado bochornosa para contártela.

— No tiene gracia. Y no entiendo cómo una mujer puede tener a un hombre al lado durante un mes y no preocuparse de que se vista.

— Mírame, _________ —le dijo, extendiendo los brazos para que contemplara su esbelto y delicioso cuerpo—. Soy un esclavo sexual. Nadie había pensado jamás en ponerme ropa para cumplir con mis obligaciones, antes de que tú llegaras.

La apasionada mirada de _________ la mantenía en un estado de trance, pero el dolor que él intentaba ocultar en las profundidades de sus ojos la golpeó con fuerza. Y el golpe le llegó al alma.

— Te aseguro —prosiguió él en voz baja— que una vez me tenían dentro, hacían cualquier cosa por mantenerme allí; en la Edad Media, una de las invocadoras atrancó la puerta y dijo a todo el mundo que tenía la peste.

________ desvió la mirada mientras le escuchaba. Lo que contaba era increíble, pero podía decir —por la expresión de su rostro— que no estaba exagerando ni un ápice.
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MensajeTema: Re: un AMANTE de ENSUEÑO: algo fuera de la realidad...   Marzo 3rd 2010, 16:08

No era capaz de imaginarse las degradaciones que habría sufrido a lo largo de los siglos. ¡Santo Dios!, la gente trataba a los animales mejor de lo que le habían tratado a él.
Continuacion...


— ¿Te invocaban y ninguna de ellas conversaba contigo, ni te daba ropa?

— La fantasía de todo hombre, ¿no es cierto? Tener a un millón de mujeres dispuestas a arrojarse a tus brazos, sin compromisos ni promesas. Sin buscar otra cosa que tu cuerpo y las pocas semanas de placer que puedes proporcionarles —el tono ligero no consiguió ocultar la amargura que le invadía.

Puede que ésa fuese la fantasía de cualquier hombre, pero estaba claro que no era la de Joe.

— Bueno —dijo _______, volviendo a los vaqueros—, yo no soy así, y vas a necesitar llevar algo encima cuando salgamos.

La mirada que él le dedicó fue tan iracunda que dio un involuntario paso hacia atrás.

— No me maldijeron para ser mostrado en público, ________. Estoy aquí para servirte a ti, y sólo a ti.

Qué bien sonaba eso. Pero ni aún así iba a darse por vencida. No podía utilizar a otro ser humano de la forma que Joe describía. Estaba mal y no sería capaz de seguir viviendo consigo misma si le hacía eso.

— Me da igual —dijo, decidida—. Quiero que salgas conmigo y vas a necesitar ropa —y comenzó a mirar las tallas de los pantalones.

Joe guardó silencio.

_______ alzó los ojos y captó la tenebrosa y encolerizada mirada de él.

— ¿Qué?

— ¿Qué de qué? —espetó él.

— Nada. Vamos a ver cuál de éstos te queda mejor —cogió unos cuantos vaqueros de diferentes tallas y se los ofreció. Por el modo en que Joe reaccionó, cualquiera habría pensado que le estaba dando una mier*da de perro.

Sin hacer caso de su amenazante apariencia, ________ le empujó hacia los probadores y cerró con fuerza la puerta de uno de los compartimentos tras él.

Joe se quedó paralizado al entrar en el pequeño cubículo. Su imagen le asaltó súbitamente desde tres ángulos diferentes. Durante un minuto, fue incapaz de respirar mientras luchaba contra el irrefrenable deseo de huir del estrecho y reducido habitáculo. No podía hacer un solo movimiento sin darse un golpe con la puerta o con los espejos.

Pero aún peor que la claustrofobia, fue enfrentarse a la imagen de su rostro. Hacía siglos que no contemplaba su reflejo. El hombre que tenía delante se parecía tanto a su padre que le entraron deseos de hacer pedazos el cristal. Tenían los mismos rasgos angulosos y la misma mirada desdeñosa.

Lo único que no compartían era la profunda e irregular cicatriz que atravesaba la mejilla izquierda de su progenitor.

Por primera vez en incontables siglos, Joe contempló la desagradable imagen de las tres trenzas que le identificaban como general, y que le caían sobre el hombro.

Alzó una temblorosa mano y las tocó mientras hacía algo que no había hecho en mucho tiempo: recordar el día que se ganó el derecho a llevarlas.

Durante la batalla de Tebas, el general que les comandaba cayó abatido y las tropas macedonias comenzaron a replegarse aterrorizadas. Él agarró la espada del general, reagrupó a sus hombres y les condujo a la victoria, aplastando a los romanos.

El día posterior a la lucha, la Reina de Macedonia en persona le trenzó el cabello y le regaló las tres cuentas de cristal que las sujetaban en los extremos.

Joe encerró las pequeñas bolitas en un puño.

Esas trenzas habían pertenecido al que una vez fuera un orgulloso y heroico general macedonio, cuyo ejército fue tan poderoso que obligó a los romanos a dispersarse aterrorizados.

El recuerdo le atormentaba.

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