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 ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~

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LessliJB
Amiga De Los Jobros!


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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Enero 29th 2011, 22:18

Parece que yo no soy la unica que ha desapareciado por un buen tiempo no?
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Zubulubu
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Febrero 6th 2011, 12:54

CHICAAS PERDOONENME! JAJAJA esqe jueroo qe noo mee ah dado yiempo de nada :s u.u'
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nikifriky
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Febrero 7th 2011, 11:59

PON UNO AHORA PLIS PLIS PLIS PLIS PLISPLISPLISPLISPLISPLISPLIS TE LO PIDO...
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nikifriky
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Febrero 7th 2011, 12:00

PON UNO AHORA PLIS PLIS PLIS PLIS PLISPLISPLISPLISPLISPLISPLIS TE LO PIDO...
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ale JB jonatica!
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Febrero 7th 2011, 12:02

NUEVA LECTORA!! SIGUELA!!! ME ENCANTO!
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Nick'sFirstLady
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Febrero 20th 2011, 00:19

Se qe suena cruel.... pero si subes un cap pronto te perdono




siiiiiiiiiiiiiiii?

Very Happy

Lo espero
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RosarisLovesJoe
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Febrero 21st 2011, 07:46

plisss! sube cap porfaaa!
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michelle_love_nick
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 8th 2011, 10:07

hi!!!! soy nueva lectora bueno en realidad era lectora fantasma pero como ya estoy desesperada por que no subes nove ya que me encanta plis sube tiste no se cuanto tiempo mas resista sin tu nove
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Zubulubu
Vecina De Los Jonas!


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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:32

PEEERDOON CHICAAS! laas deje peero bieen abaandonaadas aam saabeen la verdad esqe yaa noo tenngo tieempo de suubiir el cap aadaptado asii qe para no abandonnarlas puues lees dejare lo qe faalta de la novela peroo no adaptaada aasi como laa descargue :/ saale es mi ultimo mennsaje se quidann & sigaan leyenndo mas noovelas ;D graasias por todo
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Zubulubu
Vecina De Los Jonas!


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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:34

Capítulo 12
Puesto que la mayor parte de los invitados dejaban la mansión por la mañana, la cena de esa noche fue un asunto largo y elaborado. Dos largas mesas llenas de cristalería y porcelana de Sèvres brillaban iluminadas por lámparas de araña y candelabros. Un ejército de lacayos vestidos con libreas de color azul, con adornos dorados, circulaban hábilmente alrededor de los invitados, rellenando las copas de agua o vino con silenciosa precisión.
Era una cena magnífica. Desafortunadamente Daisy nunca había estado menos interesada en comer. Era una lástima que no pudiera hacerle justicia a la comida, que consistió en salmón escocés, cocido al vapor y troceado, pierna de venado acompañada de salsa y panecillos, y estofados de verduras elaborados con nata, mantequilla y trufas. Como postre se sirvieron lujosas bandejas de frutas: frambuesas, nectarinas, cerezas, melocotones y piñas, así como también un surtido de pasteles, tartas y Syllabubs.
Daisy se obligó a comer, a reír, y a conversar de manera tan natural como le fue posible. Pero no fue fácil. Matthew estaba sentado a cierta distancia de ella, al otro lado de la mesa, y cada vez que sus miradas se cruzaban, casi se atragantaba.
La conversación fluía a su alrededor, y ella respondía vagamente mientras su mente permanecía fija en el recuerdo de lo que había ocurrido algunas horas antes. Aquellos que la conocían bien, su hermana y sus amigas, parecían notar que no era ella misma. Incluso Westcliff le dirigió algunas miradas especulativas.
Daisy estaba acalorada a causa de la mala ventilación de la estancia y la sangre se le arrebolaba en las mejillas. Su cuerpo estaba hipersensible, la ropa interior le irritaba la piel, el corsé le resultaba insoportable y los ligueros se le clavaban alrededor de los muslos. Cada vez que se movía le venían a la mente recuerdos de la tarde con Matthew; el dolor entre sus piernas, los espasmos y las contracciones nerviosas en lugares inesperados. Sin embargo su cuerpo ansiaba más… volver a sentir las manos de Matthew, su boca inquieta, su dureza dentro de ella…
Sintiendo el rubor en sus mejillas de nuevo, Daisy se aplicó en untar con mantequilla un trozo de pan. Dirigió una mirada hacia Matthew, quien estaba conversando con la dama sentada a su izquierda.
Sintiendo la mirada de Daisy, Matthew miró en su dirección. Por un instante sus ojos azules ardieron y su pecho se movió cuando inhaló profundamente. Tras un momento volvió a mirar a su compañera de mesa, centrando su atención en ella con un interés elogioso que hizo reír nerviosamente a la dama.
Daisy acercó un vaso de vino a sus labios y se obligó a prestar atención a la conversación a su derecha… algo acerca de ir de excursión a los distritos del lago y las Tierras Altas Escocesas. Sin embargo, su mente pronto volvió a su situación.
No lamentaba su decisión… pero no era tan ingenua como para creer que todo sería tan fácil de ahora en adelante. Al contrario. No sabía dónde viviría, si Matthew la llevaría de regreso a Nueva York, y si ella podría aprender a ser feliz lejos de su hermana y sus amigas. Estaba también la incógnita de si ella sería una esposa adecuada para un hombre tan inmerso en el mundo de los negocios como Matthew, un ambiente en el que ella no sabía si encontraría su lugar. Y por último, la nada insignificante cuestión de qué clase de secretos ocultaba Matthew.
Pero Daisy recordó el tono suave y vibrante de su voz cuando le había dicho, “Tú eres para mi todo lo que una mujer debería ser”.
Matthew era el único hombre que alguna vez la había querido tal como era. (Exceptuando a Lord Llandrindon, sin duda su enamoramiento había sido algo repentino... y probablemente se desinflaría con la misma rapidez).
Reflexionando sobre todo ello, Daisy llegó a la conclusión de que su matrimonio con Matthew no sería diferente del de Lillian con Westcliff. Como dos personas de voluntad fuerte con personalidades muy diferentes, Lillian y Westcliff discutían a menudo… pero eso no parecía debilitar su matrimonio. Al contrario, parecía reforzar su unión.
Ella consideró los matrimonios de sus amigas … Annabelle y el Señor Hunt tenían una unión en armonía, los dos poseían caracteres similares… Evie y Lord St. Vincent eran dos naturalezas opuestas, pero se necesitaban el uno al otro tanto como la noche necesita el día para existir y viceversa. Era imposible afirmar que alguna de estas parejas fuera mejor que la otra.
Quizás, a pesar de todo lo que había oído sobre el ideal de un matrimonio perfecto, eso no existiera. Quizás cada matrimonio era algo único y especial.
Fue un pensamiento reconfortante, que la llenó de esperanza.

Después de la interminable cena, Daisy alegó dolor de cabeza como pretexto para evitar el ritual del té y el chismorreo. Era casi verdad, realmente la combinación de luz, ruido, y tensión emocional le había provocado una palpitación dolorosa en las sienes. Con una sonrisa de aflicción, presentó sus excusas y se dirigió hacia la escalera principal.
Pero al alcanzar el vestíbulo, oyó la voz de su hermana.
—¿Daisy? Quiero hablar contigo.
Daisy conocía a Lillian lo suficiente como para reconocer el tono de su voz. Su hermana mayor era suspicaz, estaba preocupada y quería discutir a fondo el asunto.
Daisy estaba agotada.
—Ahora no, por favor —le dijo a su hermana una sonrisa apaciguadora—. ¿Puedes esperar hasta más tarde?
—No.
—Me duele la cabeza.
—A mí también. Pero aún así vamos a hablar.
Daisy reprimió su exasperación. Después de toda su paciencia con Lillian, los años de apoyo incondicional y lealtad, no sería demasiado pedir que Lillian la dejara tranquila.
—Me voy a la cama —dijo Daisy, desafiando a su hermana—. No quiero hablar de nada, especialmente cuando es obvio que no tienes intención de escuchar nada de lo que diga. Buenas noches. —Viendo la mirada afligida en la cara de Lillian, ella añadió más amablemente—. Te quiero. —Se puso de puntillas, le dio un beso en la mejilla, y subió por las escaleras.
Lillian resistió la tentación de seguir a Daisy. Notó que alguien la tocaba en el codo, y se dio la vuelta, Annabelle y Evie estaban allí, en sus ojos había comprensión.
—Daisy no quiere hablar conmigo —les dijo temblorosamente.
Evie, normalmente indecisa, deslizó su brazo alrededor de Lillian.
—V-vamos al invernadero —sugirió.

El invernadero era el lugar favorito de Lillian, las paredes consistían en grandes vidrieras, el suelo estaba cubierto con un enrejado de hierro debajo del cual se hallaban las estufas ocultas que calentaban el aire. Naranjos y limoneros llenaban el cuarto de una fresca fragancia cítrica, mientras las estanterías con plantas tropicales añadían notas exóticas al perfume. La luz de las antorchas exteriores producía intrincadas sombras a través de la estancia
Encontraron varias sillas juntas y las tres amigas se sentaron.
Los hombros de Lillian se hundieron al decir con voz sombría.
—Creo que lo han hecho.
—¿Quién ha hecho qué? —preguntó Evie.
—Daisy y el señor Swift —murmuró Annabelle con un toque de diversión—. Suponemos que han tenido, er… conocimiento carnal el uno del otro.
Evie parecía perpleja.
—¿Por qué creéis eso?
—Bueno, tú estabas sentada en la otra mesa, querida, así que no podías verlos, pero en la cena hubo… —Annabelle levantó las cejas significativamente—… corrientes ocultas...
—Oh. —Evie se encogió de hombros—. Pues mejor que no estuviera en tu mesa. No soy buena descifrando corrientes ocultas.
—Estas eran muy evidentes —dijo Lillian misteriosamente—. No podría estar más claro aunque el señor Swift se hubiera subido encima de la mesa y lo hubiera anunciado.
—El señor Swift nunca sería tan vulgar —dijo Evie con decisión—. Aunque sea americano.
La cara de Lillian se contrajo con una mueca feroz.
—¿Qué pasó con aquello de que “nunca podré ser feliz con un desalmado hombre de negocios”? ¿Qué pasó con aquello de que “quiero que las cuatro estemos siempre juntas”? ¡Maldita sea, no puedo creer que Daisy haya hecho algo así! Todo iba tan bien con lord Llandrindon. ¿Qué pudo haberla poseído para dormir con Matthew Swift?
—Dudo que durmieran demasiado —replicó Annabelle, con un brillo en los ojos.
Lillian le dio un codazo.
—¿Cómo es posible que tengas el mal gusto de divertirte con esto, Annabelle?
—Daisy no estaba interesada en lord Llandrindon —repuso Evie precipitadamente, tratando de impedir una riña—. Sólo pretendía poner celoso al señor Swift.
—¿Cómo lo sabes? —preguntaron las dos al mismo tiempo.
—Bueno, yo, yo… —Evie hizo un gesto indefenso con las manos—. La semana pasada m-más o menos yo le sugerí involuntariamente que tratara de darle celos. Y al parecer, surtió efecto.
La garganta de Lillian se contrajo violentamente antes de que lograra hablar.
—De todas las estúpidas, borregas, retrasadas mentales…
—¿Por qué, Evie? —preguntó Annabelle en un tono considerablemente más amable.
—Daisy y yo oímos al señor Swift hablar con lord Llandrindon. Él estaba tratando de convencer a Llandrindon para que la cortejara, era evidente que el señor Swift la quería para él.
—Apuesto a que lo planeó todo —bufó Lillian—. Debió enterarse de alguna manera de que le oísteis. ¡No ha sido mas que un complot tortuoso y siniestro, y tú participaste en el!
—No lo creo —replicó Evie. Clavando los ojos en la cara crispada de Lillian, preguntó con aprensión—. ¿Vas a gritarme?
Lillian negó con la cabeza y se cubrió la cara con las manos.
—Gritaría como una banshee —dijo a través de sus dedos— si creyera que serviría de algo, pero estoy casi segura de que Daisy ha intimado con ese reptil. Ya nadie puede hacer nada para salvarla.
—Puede que ella no quiera que la salven —apuntó Evie.
—Entonces se ha vuelto loca —fue el gruñido amortiguado de Lillian.
Annabelle inclinó la cabeza.
—Obviamente, Daisy se ha acostado con un hombre bien parecido, joven, rico, inteligente... y que está aparentemente enamorado de ella, creo que su juicio ha sido acertado ¿No?
Ella sonrió compasivamente al oír la maldición de Lillian como respuesta y posó una mano suavemente en medio de los hombros de su amiga.
—Querida —murmuró—, como ya sabes, hubo un tiempo en el que para mi no tenía importancia si me casaba con un hombre al que amara o no… sólo importaba sacar a mi familia de la desesperada situación en la que se encontraba. Pero cuando pensé lo que sería compartir una cama con mi marido… pasar el resto de mi vida con él… me di cuenta de que Simon era la única opción.
Ella hizo una pausa, y unas lágrimas brillaron intensamente en sus ojos. La bella Annabelle, siempre dueña de sí misma, casi nunca lloraba.
—Cuando estoy enferma —continuó con voz ronca— cuando tengo miedo, cuando necesito algo... sé que él removerá cielo y tierra para cuidar de mí. Confío en él con cada fibra de mi ser. Y cuando veo a la niña que hemos tenido, nuestras dos esencias unidas para siempre en ella… Cielos, qué agradecida estoy de haberme casado con él. Todas nosotras hemos podido escoger a nuestros maridos, Lillian. Tienes que concederle a Daisy la misma libertad.
Irritada, Lillian se quitó de encima su mano.
—Él no es como cualquiera de nuestros maridos. No es ni tan siquiera como St. Vincent, que ha sido un sinvergüenza taimado y un donjuán, pero que al menos tiene buen corazón —hizo una pausa y masculló—. Sin ánimo de ofender, Evie.
—Está bien —dijo Evie, sus labios se estremecieron como si ella estuviera tratando de reprimir la risa.
—El caso es —continuó Lillian— que estoy totalmente a favor de que Daisy pueda elegir, con tal de que ella no se equivoque.
—Querida… —repuso Annabelle con un cuidadoso intento de corregir su lógica, pero Evie la interrumpió suavemente.
—Yo p-pienso que Daisy tiene derecho a cometer un error. Todo lo que podemos hacer es ayudarla si ella nos lo pide.
—¡No podremos ayudarla si se marcha a la maldita Nueva York!— replicó Lillian.
Evie y Annabelle no discutieron con ella después de eso, tácitamente de acuerdo en que algunos problemas no pueden solucionarse sólo con palabras, y conscientes de que no podrían calmar los temores de Lillian. Hicieron lo que hacen los amigos cuando todo lo demás falla… se sentaron con ella en amigable silencio… y le hicieron saber que se preocupaban por ella.

Daisy tomó un baño caliente que la ayudó a relajarse y calmar sus alterados nervios. Permaneció en el agua humeante hasta que se sintió lánguida y sofocada, y su dolor de cabeza desapareció. Sintiéndose renovada, se puso un camisón blanco y se sentó en el tocador para cepillarse el cabello, mientras que un par de criadas se dedicaron a retirar la tina.
El cepillo recorrió su cabello formando una brillante cascada de ébano hasta su cintura. Miró a través de las puertas abiertas del balcón, examinando la húmeda noche primaveral. El cielo sin estrellas tenía el color de las ciruelas maduras.
Sonriendo distraídamente, Daisy oyó el chasquido de la puerta del dormitorio detrás de ella. Creyendo que una de las criadas había regresado a recoger una toalla o una jabonera, continuó mirando afuera.
De pronto, sintió un ligero toque en el hombro, seguido por el calor de una mano grande bajando por su pecho. Alarmada, se levantó y su espalda fue atraída lentamente hacia un cuerpo duramente masculino.
La voz profunda de Matthew le hizo cosquillas en la oreja.
—¿En qué estabas pensando?
—En ti, por supuesto. —Daisy se recostó contra él, recorriendo con los dedos el vello de su antebrazo. Matthew llevaba las mangas de la camisa enrolladas. Fijó su mirada de nuevo en el exterior—. Este cuarto solía ocuparlo una de las hermanas del conde —dijo Daisy—. Me dijeron que su amante, un mozo de cuadra, en realidad, solía subir por el balcón para visitarla. Algo así como Romeo.
—Espero que la recompensa compensara el riesgo —dijo él.
—¿Correrías ese riesgo por mí?
—Si, si fuera la única forma de poder estar contigo. Pero tiene poco sentido escalar dos plantas hasta el balcón cuando hay una puerta disponible.
—Usar la puerta no es tan romántico.
—Tampoco lo es romperse el cuello.
—Eres un hombre muy práctico —le dijo Daisy con una carcajada, y se dio la vuelta en sus brazos. Las ropas de Matthew olían a bosque y a la huella acre del tabaco. Debía haber salido a la terraza trasera con alguno de los caballeros después de la cena. Acurrucándose más en sus brazos, pudo oler el almidón de su camisa y la fragancia limpia y familiar de su piel—. Me gusta como hueles —dijo—. Podría entrar con los ojos cerrados en una habitación con cien hombres y te encontraría de inmediato.
—Un nuevo juego de salón —dijo él, y rieron juntos quedamente.
Cogiendo su mano, Daisy le llevó hacia la cama.
—Ven a la cama conmigo.
Matthew negó con la cabeza, resistiéndose.
—Sólo me quedaré unos minutos. Westcliff y yo salimos al amanecer. —Su mirada se deslizó ávidamente sobre el remilgado camisón—. Y si nos acercamos a esa cama, no podré evitar hacer el amor contigo.
—No me importaría —dijo tímidamente Daisy.
Él la atrapó en sus brazos y la abrazó con ternura.
—Es demasiado pronto para ti después de la primera vez. Necesitas descansar.
—¿Entonces por qué estás aquí?
Daisy sintió su mejilla rozándose contra la parte superior de su cabeza. Incluso después de todo lo que había ocurrido entre ellos, le parecía increíble que Matthew Swift la estuviera abrazando tan tiernamente.
—Sólo quería darte las buenas noches —murmuró—. Y decirte…
Daisy miró hacia arriba con una mirada inquisitiva, y él le robó un besó como si no pudiera evitarlo.
—… que no debes preocuparte de que cambie de idea acerca de casarme contigo —le dijo—. De hecho, ahora te será muy difícil librarte de mí.
—Sí —dijo Daisy, sonriéndole—. Ya sé que eres responsable.
Obligándose a soltarla, Matthew se dirigió a regañadientes hacia la puerta. Él abrió una rendija y miró fuera para comprobar que el pasillo estuviera vacío.
—Matthew —susurró ella.
Él miró por encima su hombro hacia ella.
—¿Sí?
—Regresa pronto a mí.
Lo que fuera que él vio en su cara hizo que sus ojos ardieran en la penumbra de la habitación. Le hizo una breve inclinación de cabeza y salió mientras aún era capaz.


Capítulo 13
Matthew descubrió que viajar a Bristol con Lord Westcliff no tenía nada que ver con sus anteriores visitas a la ciudad portuaria. En un principio había planeado quedarse en una posada ubicada en el centro de la ciudad. Sin embargo, con Westcliff como compañero tuvieron que alojarse temporalmente, en la residencia de una acaudalada familia cuyos negocios estaban ligados a la construcción de barcos. Matthew observó como recibían una innumerable cantidad de invitaciones por parte de las familias más prósperas del lugar, todas ellas impacientes por recibir al conde de la mejor forma posible.
Cada una de esas familias era amiga de Westcliff, o lo quería ser. Tal era el poder de un antiguo linaje aristocrático. Para ser exactos, era algo más que el linaje y el título de Westcliff lo que inspiraba tal entusiasmo... Su fama como político progresista y experto hombre de negocios hacía de él un hombre muy solicitado en Bristol.
La ciudad, solo inferior a Londres en volumen de comercio, experimentaba un periodo de desarrollo explosivo. Las áreas comerciales se ampliaron, derribando las viejas murallas de la ciudad, los estrechos caminos se ensancharon y nuevas carreteras aparecían casi diariamente. La mejora más significativa, era la reciente construcción de una red ferroviaria en el área adyacente al puerto que conectaba la estación de Temple Mead con los muelles. Por consiguiente, no había en Europa un lugar mejor para hacer negocios.
Matthew, de mala gana, había admitido frente a Westcliff que su presencia había facilitado las negociaciones. No sólo el nombre de Westcliff les abrió muchas puertas, sino que prácticamente inspiraba a la gente a darle el edificio entero. Y Matthew en privado reconoció que tenía mucho que aprender del conde, quien poseía un enorme conocimiento sobre el negocio y la producción.
Un ejemplo de ello fue cuando hablaron sobre la construcción de locomotoras, el conde no sólo entendía los principios del diseño y la ingeniería, sino que también podía nombrar una docena de piezas distintas utilizadas en las últimas vías férreas.
Matthew reconocía con orgullo que nunca había encontrado a otro hombre que pudiera rivalizar con su capacidad para analizar y retener amplias cantidades de conocimientos técnicos. Hasta que conoció a Westcliff. Esto hacía sus conversaciones muy interesantes, al menos para ellos dos. Si hubiera alguien más participando en la discusión habría comenzado a roncar después de cinco minutos.
Por su parte, Marcus había iniciado esa semana en Bristol con un doble objetivo, oficialmente para supervisar los asuntos de negocios… pero extraoficialmente también para decidir que hacer acerca de Matthew Swift.

No había sido fácil para Marcus dejar a Lillian. Había descubierto que el parto y la primera infancia eran algo absolutamente ordinario cuando le sucedía a otras personas, pero era monumentalmente importante cuando su esposa y su hija estaban implicadas. Todo sobre su hija lo fascinaba: su modo de dormir y despertar, su primer baño, la forma en la que meneaba los deditos de los pies, como se alimentaba en el pecho de Lillian...
Aunque no era insólito que una dama de clase alta cuidara de su propia hija, era mucho más frecuente contratar a una nodriza para realizar esa labor. Sin embargo, Lillian había cambiado de idea después de que Merritt nació. “Ella me necesita a mí”, le había dicho a Marcus. Él no se atrevió a advertirle que el bebé no era capaz de discernir la diferencia y que probablemente estaría igual de contenta con una nodriza.
El temor que sentía Marcus a que su esposa pudiera sucumbir a las fiebres después del parto, menguaba día tras día, sintiendo gran alivio al ver que Lillian volvía a ser la misma, sana, delgada y fuerte. Jamás había sentido ese amor tan intenso por una persona, y mucho menos había esperado que Lillian llegara a ser en tan poco tiempo tan importante para su felicidad. Haría cualquier cosa por Lillian. Y sabiendo que su esposa se preocupaba por su hermana, Marcus había decidido llegar a algunas conclusiones definitivas sobre Matthew Swift.
Cuando se reunieron con los representantes del Gran ferrocarril Occidental, los encargados del muelle, varios concejales y administradores, Marcus quedó impresionado por el modo en que el Swift manejó la situación. Hasta ahora sólo lo había visto interactuando con los acomodados invitados de Stony Cross pero inmediatamente fue evidente que él podía relacionarse fácilmente con una amplia diversidad de personas, desde aristócratas a jóvenes trabajadores portuarios. Cuando se trataba de negociar, el Swift era agresivo sin ser descortés. Era un negociador sereno, constante, y sensato, pero también poseía un ácido sentido del humor que usaba con éxito.
Marcus podía ver la influencia de Thomas Bowman en la tenacidad de Swift y en su voluntad para defender sus opiniones. Pero a diferencia de Bowman, Swift poseía un talento natural para transmitir confianza al que respondían intuitivamente las personas. Marcus pensó que el Swift se manejaría bien en Bristol. Era un buen lugar para un joven ambicioso, y ofrecía las mismas, si no más, oportunidades que Londres.
En cuanto a si Matthew Swift era el hombre apropiado para Daisy… bueno, eso era algo más complejo. Marcus estaba poco dispuesto a dar su opinión en tales asuntos, pues según su experiencia, él no era infalible. Su oposición inicial al matrimonio de Annabelle y Simon Hunt era un ejemplo. Pero tendría que tomar una decisión. Daisy merecía un marido adecuado para ella.
Después del encuentro con los representantes del ferrocarril, Marcus y Swift anduvieron a lo largo de Corn Street, cruzando un mercado cubierto lleno de puestos de verduras y frutas. El pavimento había sido reparado recientemente para proteger a los peatones de salpicaduras de barro y basura de la calle, podía observarse una hilera de tiendas que ofrecían libros, artículos de aseo y piezas de cristal elaboradas con materiales locales.
Entraron en una taberna para disfrutar de una comida sencilla, el lugar estaba repleto de una gran variedad de hombres, desde comerciantes ricos hasta vulgares trabajadores de astillero. Intentando relajarse en la estridente atmósfera de la taberna, Marcus acercó una jarra de cerveza negra de Bristol a sus labios. Estaba fría y amarga, deslizándose por su garganta con suavidad y dejando un regusto acre.
Mientras Marcus consideraba la mejor manera de sacar a colación el tema de Daisy, Swift lo sorprendió con una declaración franca.
—Milord, hay un asunto que me gustaría discutir con usted.
Marcus adoptó una expresión agradable y alentadora.
—Muy bien.
—Resulta que la señorita Bowman y yo hemos alcanzado un… entendimiento. Después de considerar las evidentes ventajas para ambos, llegué a la conclusión lógica y práctica de que nosotros deberíamos…
—¿Cuánto tiempo hace que esta usted enamorado de ella? —interrumpió Marcus, ocultando su diversión.
Swift dejó escapar un tenso suspiro.
—Años —admitió. Se pasó una mano por el pelo, corto y espeso, despeinándolo—. Pero no fui consciente de la profundidad de mis sentimientos hasta hace poco.
—¿Le corresponde mi cuñada?
—Creo que… —Swift se interrumpió y bebió un profundo trago de cerveza. Se le veía extremadamente joven y nervioso cuando finalmente admitió—. No sé. Espero que con el tiempo… ¡Oh, maldita sea!
—En mi opinión, no sería difícil para usted ganarse el afecto de Daisy —dijo Marcus en un tono más amable de lo que había planeado—. Por lo que he podido observar, es una unión ventajosa para ambos.
Swift le miró a los ojos con una sonrisa burlona.
—¿No cree usted que ella sería mas feliz con un caballero inglés que se dedicara a recitarle poesía?
—Creo que eso sería desastroso. Daisy no necesita a un marido tan cándido como ella. —Alcanzando la fuente de madera con la comida que estaba entre ellos, Marcus cortó una porción de queso Wensleydale y lo metió entre dos gruesas rebanadas de pan. Observó a Swift especulativamente, preguntándose por qué el joven parecía sufrir tanto con esa situación. La mayoría de los hombres mostrarían bastante más entusiasmo ante la perspectiva de casarse con la mujer que amaban.
—Bowman estará encantado —comentó Marcus, esperando observar la reacción de Swift.
—Su satisfacción nunca ha sido importante en este asunto. Si así fuera, estaría subestimando todo lo que la señorita Bowman tiene que ofrecer.
—No hay ninguna necesidad de saltar en su defensa —contestó Marcus—. Soy consciente de que Daisy es una pequeña pícara encantadora, sin mencionar que es adorable. Si tuviera un poco más de confianza, y menos sensibilidad, habría aprendido a atraer al sexo opuesto con facilidad. Pero su temperamento no le permite tratar el amor como si fuera un juego. Y pocos hombres poseen el talento de apreciar la sinceridad en una mujer.
—Yo sí —dijo el Swift de manera concisa.
—Eso parece. —Marcus sintió una punzada de compasión cuando consideró el dilema del joven. Siendo un hombre sensato con una aversión innata al melodrama, era muy embarazoso para Swift encontrarse herido por una de las flechas de Cupido—. Aunque usted no ha pedido mi consentimiento para esa boda —siguió Marcus—, puede contar con él.
—¿Incluso si lady Westcliff se opone?
La mención de Lillian causó una pequeña punzada de anhelo en el pecho de Marcus. La echaba de menos más de lo que había esperado.
—Lady Westcliff —contestó parcamente—, se reconciliará con el hecho de que las cosas no suceden siempre como uno quiere. Y si usted demuestra ser un buen marido para Daisy, con el tiempo, mi esposa cambiará de opinión. Suele ser una mujer objetiva.
Pero Swift seguía pareciendo turbado.
—Milord… —repuso suavemente y clavó los ojos en su mano que apretaba con fuerza el asa de la jarra de cerveza.
Viendo la expresión del rostro del joven, Marcus dejó de masticar. Sus instintos le dijeron que algo estaba muy mal. Oh caramba, pensó, ¿alguna vez puede ser simple algo que involucre a los Bowman?
—¿Qué opinión tendría usted de un hombre que construye su vida sobre una mentira… y esa vida que ha construido es aún mejor de lo que la suya podrá ser jamás?
Marcus siguió masticando, tragó con dificultad, y se tomó su tiempo para beber una gran cantidad de cerveza.
—¿Y ha basado toda su vida en un engaño? —finalmente preguntó.
—Sí.
—¿Privó a alguien de sus legítimos derechos? ¿Causó daño físico o emocional a alguien?
—No — dijo Swift, mirándolo a los ojos—. Pero sí que implica problemas legales.
Aquello hizo que Marcus se sintiera ligeramente mejor. Según su experiencia, hasta el mejor de los hombres no podía evitar ocasionales problemas con la ley de una u otra clase. Quizás Swift había sido engañado en algún asunto de negocios o había cometido algunas indiscreciones en su juventud que podrían ser embarazosas al ser descubiertas años más tarde.
Por supuesto, Marcus no tomaba a la ligera una cuestión de honor, y saber que su futuro cuñado tenía un problema legal era lo último que deseaba. Pero, por otra parte, el Swift parecía ser un hombre maduro y estable. Y Marcus había llegado a apreciarle.
—Temo que tendré que retirar mi consentimiento —dijo Marcus con cuidado—, al menos hasta que conozca todos los detalles. ¿Hay algo más que pueda decirme?
Swift negó con la cabeza.
—Lo siento… ¡Cielos, ojalá pudiera!
—¿Y si le doy mi palabra de que no traicionaré su confianza?
—No —susurró Matthew—De nuevo, lo siento.
Marcus suspiro profundamente y se inclinó hacia atrás en su silla.
—Lamentablemente no puedo hacer nada hasta que no tenga idea del alcance del problema. Por otra parte, creo que una persona merece una segunda oportunidad. Y estaría dispuesto a dársela a alguien que ha conseguido ser alguien mejor de lo que era. Pero es necesario… necesito que me dé su palabra sobre algo.
Swift levantó con cautela sus ojos azules.
—¿Sí, milord?
—Se lo contará todo a Daisy antes de casarse con ella. Le explicará la situación con claridad, y dejará que ella decida si quiere seguir o no con la boda. Usted no se casará con ella sin contarle toda la verdad.
—Tiene mi palabra —respondió Swift sin parpadear.
—Bien. —Marcus llamó a la criada para que se acercara a la mesa.
Después de algo así, necesitaba algo más fuerte que la cerveza
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:35

Capítulo 14
Con lord Westcliff y Matthew Swift en Bristol, la inmensa casa solariega parecía insólitamente silenciosa. Para alivio de Lillian y Daisy, lord Westcliff había convencido a sus padres para que acompañaran a una familia vecina a una excursión a Stratford-on-Avon. Asistirían durante una semana a banquetes, obras teatrales, conferencias, y diversos acontecimientos musicales, todo formaba parte del festival conmemorativo por el doscientos dieciocho aniversario del nacimiento de Shakespeare. Cómo había logrado lord Westcliff convencer a los Bowman para que asistieran al festival era un misterio para Daisy.
—Es increíble, mamá y papá no podrían estar menos interesados en ese escritor —le comentó Daisy con asombro a Lillian, al poco tiempo de que el carruaje en el que viajaban sus padres hubiera partido—. Y no puedo creer que papá haya optado por ir a un festival en lugar de viajar a Bristol.
—Westcliff no tenía intención alguna de permitir que papá le acompañara —repuso Lillian con una sonrisa pesarosa.
—¿Por qué no? Es el negocio de papá, después de todo.
—Sí, pero la forma de negociar de papá es demasiado brusca para el estilo británico… con su presencia es más complicado llegar a un acuerdo. Por eso Westcliff organizó este viaje a Stratford con mucho esmero sin dejarle a papá la posibilidad de objetar. Marcus informó a mamá de manera casual de que podría codearse con muchas familias nobles en el festival, y papá no tuvo más opción que acompañarla.
—Imagino que a Westcliff y al señor Swift les irá todo bien en Bristol —comentó Daisy.
Inmediatamente la expresión de Lillian se torno precavida.
—Estoy segura de que así es.
Daisy notó que sin la presencia de sus amigas como escudo, ella y Lillian habían adoptado una manera de hablar excesivamente cuidadosa. Esto la disgustaba. Siempre habían sido francas y sinceras la una con la otra. Pero de pronto, parecían sentirse obligadas a evitar ciertos temas como si trataran de ignorar la presencia de un elefante en la habitación. Una manada entera de elefantes, en realidad.
Lillian no le había preguntado a Daisy si había tenido algún tipo de intimidad con Matthew. De hecho, Lillian parecía no desear hablar de Matthew en absoluto. Tampoco le preguntó por qué su incipiente relación con lord Llandrindon se había evaporado, o por qué Daisy no tenía interés aparente en ir a Londres para terminar la temporada.
Daisy no deseaba sacar a colación ninguno de estos temas. A pesar de las palabras tranquilizadoras de Matthew antes de irse, se sentía inquieta y agitada, y lo último que quería era tener una disputa con su hermana.
Así que se centraron en Merritt, turnándose para cogerla, vestirla, y bañarla como si fuera una muñeca. Aunque había dos niñeras disponibles para cuidar del bebé, Lillian se había resistido a recurrir a ellas. El hecho era que ella disfrutaba estando con el bebé.
Antes de que Mercedes se fuera, le había advertido de que el bebé se acostumbraría demasiado a estar en sus brazos. “La malacostumbrarás”, le había dicho a Lillian, “y luego no serás capaz de dejarla en la cuna”.
Lillian había replicado que no había escasez de brazos en Stony Cross Park, y Merritt podría estar en brazos tanto como quisiera.
—Tengo la intención de que su infancia sea diferente a la nuestra —le dijo a Daisy poco después, mientras empujaban el cochecito del bebé por el jardín—. Los pocos recuerdos que tengo de nuestros padres son de ver a mamá vestirse para salir por las tardes o yendo al estudio de papá para denunciar nuestra última travesura. Y luego ser castigada.
—¿Recuerdas... —le preguntó Daisy con una sonrisa— cómo solía gritar mamá cuando patinábamos por las calles y atropellábamos a la gente?
Lillian se rió ahogadamente.
—Excepto cuando eran los Astors, entonces le parecía bien.
—¿O cuando los gemelos plantaron un huerto pequeño y nosotros recogimos todas las patatas antes de que crecieran?
—Recuerdo cuando cogíamos cangrejos y pescábamos en Long Island…
—Y cuando jugábamos al rounders…
Esa tarde y sus “recuerdas cuando” llenó a las hermanas de melancolía.
—Quién hubiera imaginado... —comentó Daisy con una amplia sonrisa— que terminarías casada con un noble inglés y que yo me convertiría en... —ella vaciló—… una solterona.
—No seas tonta —dijo Lillian quedamente—. Es obvio que tú no vas a ser una solterona.
Eso fue lo más cerca que estuvieron de discutir la relación de Daisy con Matthew Swift. Sin embargo, considerando la inusual tranquilidad de Lillian, Daisy se dio cuenta de que su hermana quería evitar reñir con ella. Y si eso significaba tener que incluir a Matthew Swift en la familia, estaba claro que Lillian se esmeraría en tolerarle. Sabiendo cuán difícil era para su hermana ocultar sus opiniones, Daisy sintió el impulso de abrazarla. En lugar de eso, se dispuso a coger el asa del cochecito.
—Me toca a mí empujar —dijo Daisy.
Continuaron caminando.
Daisy siguió sumida en los recuerdos.
—¿Recuerdas cuando volcaste la barca en el estanque?
—Con la institutriz dentro —añadió Lillian, y se sonrieron mutuamente.

Los Bowman fueron los primeros en regresar el sábado. Como se podía esperar, el festival de Shakespeare se había convertido en una interminable tortura para Thomas Bowman.
—¿Dónde está Swift? —exigió segundos después de entrar en la mansión— ¿Dónde está Westcliff? Quiero un informe completo de las negociaciones.
—No han regresado aún —contestó Lillian, reuniéndose con él en el vestíbulo. Le dirigió a su padre una mirada cáustica—. ¿No vas a preguntar cómo me encuentro, padre? ¿No quieres saber cómo sigue el bebé?
—Puedo ver con mis propios ojos que estás bastante bien —replicó el señor Bowman—. Y asumo que el bebé está bien o ya me habrías informado de lo contrario. ¿Cuándo se espera que regresen Swift y Westcliff?
Lillian puso los ojos en blanco.
—Volverán de un momento a otro.
Pero parecía que los viajeros se retrasaban, probablemente como resultado de las dificultades de viajar en primavera. El clima era imprevisible, los caminos rurales necesitaban a menudo reparaciones y como consecuencia los carruajes resultaban dañados con facilidad, y los caballos sufrían pequeñas lesiones en las herraduras.
Como al anochecer no había señales de Westcliff y Matthew, Lillian declaró que deberían comenzar a cenar o el cocinero se enfadaría.
Fue una cena relativamente íntima, a la que asistieron los Bowman y dos familias locales, incluyendo al vicario y su esposa. En mitad de la cena, el mayordomo entró en el comedor y le susurró algo a Lillian. Ella sonrió y se sonrojó, sus ojos brillaban de satisfacción cuando informó a la mesa de que Westcliff había llegado y se les uniría en breve.
Daisy ocultó su turbación tras un semblante impasible como si llevara una máscara. Bajo la superficie, sin embargo, la expectación bombeaba a través de sus venas. Al darse cuenta de que los cubiertos temblaban visiblemente en sus manos, los dejó y escondió las manos en su regazo. Oía la conversación sólo con la mitad de su mente, la otra mitad estaba pendiente de la puerta.
Cuando los dos hombres finalmente aparecieron en el comedor después de haberse aseado y cambiado tras el viaje, el corazón de Daisy se disparó, latiendo desbocadamente en su pecho y haciéndole difícil respirar.
La mirada de Matthew recorrió a todos los asistentes mientras hacía una ligera reverencia, imitando a Westcliff. Los dos lucían impecablemente arreglados y notablemente frescos. Uno podría pensar que sólo habían estado ausentes siete minutos en lugar de siete días.
Antes de ocupar su lugar a la cabecera de la mesa, Westcliff se acercó a Lillian. Puesto que el conde nunca había sido dado a las demostraciones públicas de afecto, asombró a todo el mundo, incluyendo a la propia Lillian, que él ahuecara su rostro entre las manos y la besara en los labios. Ella se sonrojó y dijo algo acerca de que el vicario estaba presente, haciendo reír a Marcus.
Entretanto, Matthew ocupó el lugar vacío al lado de Daisy.
—Señorita Bowman —dijo cortésmente.
Daisy no podía hablar. Dirigió su mirada hacia sus ojos risueños, y le pareció que las emociones brotaban de ella a borbotones. Tuvo que dejar de mirarle antes de cometer alguna tontería. Mantuvo una apariencia serena aunque era intensamente consciente de la cercanía de su cuerpo.
Westcliff y Matthew entretuvieron al grupo relatando cómo su carruaje se había quedado atorado en el fango. Afortunadamente les había ayudado un agricultor que conducía un carro tirado por un buey, a pesar de que en el proceso de liberar el vehículo, todos habían quedado cubiertos de barro de la cabeza a los pies. Y aparentemente el episodio dejó al buey de mal humor. Cuando acabaron de contar sus infortunios, todos los comensales reían.
La conversación volvió al tema del festival de Shakespeare, y Thomas Bowman se lanzó a relatar su visita a Stratford-on-Avon. Matthew hizo una pregunta o dos, pareciendo muy interesado en el tema.
Daisy se sobresaltó, cuando de pronto sintió el roce de su mano bajo la mesa. Matthew cerró los dedos sobre los suyos con suavidad, dejando sus manos unidas sobre el regazo de Daisy, mientras él continuaba la conversación con soltura, hablando y sonriendo. Daisy alcanzó su copa de vino con la mano libre y se la llevó a los labios. Tomó un sorbo, y luego otro, y casi se ahogó cuando Matthew jugó ligeramente con sus dedos debajo de la mesa. Las sensaciones que habían permanecido dormidas durante una semana revivieron al instante haciéndola vibrar.
Aunque no la miró, Matthew deslizó algo suavemente por su dedo anular, hasta encajarlo pulcramente en la base del dedo, y la soltó cuando un lacayo se dispuso a rellenar de vino sus copas.
Daisy bajó la mirada hasta su mano, parpadeando sorprendida al ver un brillante zafiro amarillo rodeado de pequeños diamantes. Como si fuera una flor de pétalos blancos. Cerró las manos con fuerza, inclinando la cabeza para ocultar un traicionero rubor de placer.
—¿Te gusta? —susurró Matthew.
—Oh, sí.
Eso fue todo lo que pudieron hablar durante la cena. Solamente eso. A pesar de lo mucho que tenían que decirse. Daisy se esforzó por soportar el ritual del oporto y el té tras la cena, sintiéndose agradecida de que, al parecer, todo el mundo, incluido su padre, deseaba retirarse temprano. Tan pronto el anciano vicario y su esposa se dispusieron a volver a casa, el grupo se dispersó con facilidad.
Saliendo con Daisy del comedor, Matthew le susurró:
—¿Tendré que escalar la fachada esta noche, o vas a dejarme la puerta abierta?
—La puerta —contestó Daisy sucintamente.
—Gracias a Dios.
Aproximadamente una hora más tarde, Matthew giró cuidadosamente la manilla de la puerta del dormitorio de Daisy y se deslizó dentro. El resplandor de una vela situada junto a la cama iluminaba la habitación, la llama bailaba a causa de la brisa que entraba por la puerta abierta del balcón.
Daisy estaba sentada en la cama leyendo, tenía el cabello peinado en una trenza que se deslizaba sobre su hombro. Vestida con un recatado camisón blanco con intrincados bordados en el canesú, se veía tan pura e inocente que Matthew se sintió algo culpable por acercarse a ella con el cuerpo estremecido por el deseo. Pero cuando ella levantó la vista del libro, sus ojos oscuros lo atrajeron irremediablemente y caminó hacia ella.
Daisy dejó a un lado el libro, la luz de la lámpara iluminaba su perfil. Su piel se veía tan suave y perfecta como el marfil pulido. Matthew sintió el anhelo profundo de acariciarla con sus manos.
Las comisuras de la boca de Daisy se curvaron en una sonrisa como si pudiera adivinar sus pensamientos. Apartó el cubrecama hacia un lado y al hacerlo, el zafiro amarillo brilló intensamente en su dedo. Matthew quedó momentáneamente sorprendido por la intensidad de su respuesta a esa imagen, una punzada de posesividad primitiva. Lentamente él obedeció a su gesto para que se acercara a la cama.
Se sentó sobre el borde del colchón observándola, sus sentidos saltaron cuando Daisy se recogió el camisón y gateó hasta sentarse en su regazo, sinuosamente como si fuera un gato. El perfume dulce de su piel llenó su nariz mientras su peso descansaba sobre sus muslos. Enlazando sus esbeltos brazos alrededor de su cuello, ella susurró en su oído.
—Te he echado de menos.
Las palmas de sus manos trazaron el mapa de su cuerpo; las suaves curvas, la delgada cintura, los firmes senos... A pesar de que él encontraba embriagadores los encantos femeninos de Daisy, no lo conmovían tan intensamente como su cálida y vivaz inteligencia.
—Yo también a ti.
Los dedos de Daisy jugaban con su pelo, ese toque ligero enviaba sacudidas de placer desde su nuca hasta su ingle.
—¿Viste a muchas mujeres en Bristol? Westcliff mencionó una cena, y una soirée ofrecida por vuestro anfitrión —le susurró con un murmullo provocativo.
—Yo no vi a ninguna mujer. —Para Matthew era difícil pensar en otra cosa que no fuera el deseo exquisito que empezaba a inundarlo—. Tú eres la única a la que siempre he deseado.
Ella le dio un golpecito en el puente de la nariz con un dedo juguetón.
—Sin embargo, no has permanecido célibe en el pasado.
—No —admitió Matthew, cerrando los ojos cuando sintió la caricia de su aliento contra su piel—. Es un sentimiento triste, desear que la mujer a la que abrazas sea otra. Poco antes de dejar Nueva York, me di cuenta de que cada mujer con la que había estado los últimos siete años se parecía a ti de algún modo. Una tenía tus ojos, otra tus manos, o tu pelo… creí que pasaría el resto de mi vida buscando pequeños detalles tuyos en otras mujeres. Creí que…
Daisy le silenció con su boca, absorbiendo su cruda confesión. Sus labios se separaron, y él no necesitó más invitación para besarla, introduciendo dulcemente la lengua hasta que poseyó su boca completamente. Sus senos rozaban su pecho con cada inhalación.
Inclinó a Daisy hacia atrás ligeramente, atrapando el dobladillo de su camisón y alzándolo. Ella le ayudó a desprenderse de la prenda, retorciéndose un poco para deslizarla sobre su cabeza. Ese grácil contoneo hizo palpitar su pulso a través de sus venas. Ella yacía sobre la cama desnuda, su sonrojo se propagaba cubriéndola como una capa de cera, cruzó los brazos contra su cuerpo con timidez. Matthew la observaba con avidez mientras se quitaba la ropa.
Acostándose a su lado, Matthew bromeó sobre su recato. Le acarició los hombros, la garganta, el contorno vulnerable de la clavícula... Gradualmente el calor de su piel traspasó la de ella, y su carne comenzó a arder bajo sus caricias expertas. Jadeando intensamente, ella enroscó su cuerpo flexible alrededor de él, y él la silenció con su boca, recordándole que las ventanas estaban abiertas y debía guardar silencio.
Matthew trazó con los labios un camino ardiente hacia sus senos, atrapando los suaves pezones e introduciéndolos en su boca. Oyendo los gemidos que ella emitía, él sonrió y trazó un círculo con la lengua alrededor de un pezón. Él jugó con ella hasta que Daisy se tapó la boca con la mano, gimiendo.
Finalmente el placer fue insoportable y Daisy se retorció enterrando un gemido atormentado sobre las sabanas.
—No puedo —susurró, temblando—. No puedo callarme.
Matthew rió suavemente y besó el centro de su columna vertebral.
—Pues no pienso detenerme —susurró, colocándola de espaldas—. Y piensa en el escándalo que provocarás si nos sorprenden.
—Matthew, por favor…
—Silencio. —Él dejó vagar su boca por su cuerpo sin restricción, besando, mordiendo tiernamente, hasta que ella se contorsionó inquieta. De vez en cuando ella se volvía, hundiendo sus dedos delgados en el colchón como si fueran las uñas de un gato. Él la persuadía para que se colocara de espaldas otra vez, susurrándole palabras cariñosas y promesas, besándola para silenciar sus protestas, mientras sus dedos jugaban con su carne abotargada. Cuándo ella estaba tensa como la cuerda de un violín y su piel brillaba por la transpiración, Matthew finalmente se acomodó entre sus muslos temblorosos.
Ella le dio la bienvenida cuando sintió la dureza de él introduciéndose íntimamente en su cuerpo… y luego gimió y se sonrojó mientras él buscaba el ritmo correcto. Él supo que lo había encontrado cuándo ella, instintivamente, alzó las rodillas para sujetar sus caderas.
—Sí, sujétame… —le susurró Matthew, acariciándola repetidas veces, mientras sus músculos interiores comenzaban a palpitar violentamente. Él nunca había conocido tal éxtasis como el que sentía empujando en su exquisita estrechez. La penetró más profundamente cuando ella elevó desvalidamente las caderas hacia su cuerpo. Él siguió cada movimiento de ella, dándole lo que necesitaba, buscando su placer.
Daisy se cubrió la boca con una mano de nuevo, abriendo mucho los ojos, Matthew le apartó la mano cogiéndola de la muñeca, y en su lugar la besó en la boca, introduciendo profundamente su lengua. Sus violentos estremecimientos provocaron su propio clímax, arrancando un profundo gemido de su pecho que le estremeció hasta el alma.
Cuando las últimas ondas de placer habían remitido, Matthew estaba inmerso en el letargo más profundo que había sentido en toda su vida. Sólo el pensamiento de que aplastaba a Daisy pudo convencerle para rodar a un lado. Ella hizo un sonido malhumorado y le siguió, buscando el calor de su cuerpo. Él la abrazó, acunando su cabeza en la curva de su brazo, y se las arregló para colocar la revuelta ropa de cama sobre ambos.
La tentación de dormir era apabullante, pero Matthew no se atrevía a permitírselo. No confiaba en despertarse antes de que la doncella viniera a abrir las cortinas por la mañana. Se sentía demasiado satisfecho, y sentir la forma pequeña de Daisy acurrucada contra él era algo demasiado tentador como para poder resistirse.
—Tengo que irme —susurró contra su pelo.
—No, quédate. —Volvió la cara hacia él, acariciando con sus labios la piel desnuda de su pecho—. Quédate toda la noche. Quédate para siempre.
Él sonrió y la besó en la sien.
—Lo haría. Pero creo que tu familia se enfadaría conmigo por deshonrarte antes de casarnos.
—No me siento deshonrada.
—Yo sí —repuso Matthew.
Daisy sonreía cuando contestó.
—Entonces tendré que casarme contigo. —Su pequeña mano se deslizó sobre su cuerpo, explorando—. Es una ironía, pero ésta será la primera vez que haga algo para complacer a mi padre.
Con un murmullo comprensivo, Matthew atrajo a Daisy contra él. Él conocía a su padre muy bien, era consciente del temperamento malhumorado del hombre, su intolerancia y sus exigencias imposibles. Entendía lo que le había costado a Bowman amasar una fortuna de la nada, los sacrificios que él había tenido que hacer. El señor Bowman había desechado todo lo que era un obstáculo para lograr sus metas. Incluyendo la relación con su esposa y sus hijos.
Por primera vez, a Matthew se le ocurrió que Bowman y su familia se beneficiarían de contar con alguien que actuase como mediador, que mejorara la comunicación entre ellos. Si eso dependía de él, encontraría la manera de conseguirlo.
—Tú —susurró contra su cabello— eres su mejor obra. Algún día él se dará cuenta de eso.
Él la sintió sonreír sobre su piel.
—Lo dudo. Pero es bonito que lo digas. No tienes que preocuparte por eso, ¿sabes? Acepté que mi padre era así hace mucho tiempo.
De nuevo Matthew estaba confuso por la profundidad de los sentimientos que ella le inspiraba, esa intensa necesidad de hacerla completamente feliz.
—Todo lo que tú necesites —susurró—, todo lo que algún día desees, lo conseguiré para ti. Solo tendrás que pedírmelo.
Daisy, que yacía cómodamente en sus brazos, sintió un agradable temblor atravesar todo su cuerpo. Ella tocó sus labios con sus dedos, trazando su contorno con suavidad.
—Quiero saber cuál fue el deseo que te costó cinco dólares.
—¿Eso es todo? —Él sonrió bajo las yemas de sus dedos—. Deseé que encontrases a alguien que te quisiera tanto como yo. Pero supe que no se haría realidad.
La luz de la vela iluminó las delicadas facciones de Daisy cuando levantó la cabeza para mirarle.
—¿Por qué no?
—Porque sabía que nadie podría quererte tanto como yo.
Daisy se inclinó sobre él hasta que su pelo cayó en una cortina oscura alrededor de ambos.
—¿Y tu deseo cuál fue? —preguntó Matthew, peinando con los dedos su melena.
—Que pudiera encontrar al hombre perfecto con el que casarme —contestó con una tierna sonrisa haciendo que su corazón se saltara un latido—. Y entonces apareciste tú.
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:36

Capítulo 15
Después de un largo sueño reparador, Matthew se aventuró a bajar a desayunar. Los sirvientes trajinaban de aquí para allá ocupados en la limpieza de los suelos de mármol y de madera. Algunos se dedicaban a las lámparas, cambiando las velas de los candelabros, mientras que otros pulían la plata.
En cuanto Matthew se acercó al comedor del desayuno, una doncella se ofreció a llevarle una bandeja, si lo deseaba, a la terraza trasera. Ya que prometía ser un día hermoso, Matthew aceptó la oferta rápidamente.
Sentado en una de las mesas exteriores, observaba una pequeña liebre marrón que saltaba a lo largo de las tierras cuidadosamente atendidas.
Su tranquila contemplación fue interrumpida por el sonido de las puertas cristaleras. Mirando con expectación, Matthew vio que en lugar de la doncella con la bandeja del desayuno, se trataba de la visita mucho menos bienvenida de Lillian Bowman. Ahogó un gemido, deduciendo inmediatamente que Westcliff le había hablado sobre sus esponsales con Daisy.
Sin embargo, parecía que el conde debía haber ejercido alguna influencia sobre su esposa. No era que Lillian se viera feliz, por supuesto… pero Matthew tomó como una buena señal que ella no se acercara con un hacha en la mano.
Todavía.
Lillian le hizo un gesto para que permaneciera en su silla cuando ella se acercó. Aunque él se puso en pie de todos modos.
Lillian mantuvo un rostro y una voz controlados cuando dijo:
—No hay ninguna necesidad de mirarme como si yo fuera una de las plagas que asolaron Egipto. Soy capaz de mantener una conversación sensata de vez en cuando. ¿Puedo tener unas palabras con usted?
Ella se sentó antes de que él pudiera apartar una silla para ella.
Mirándola con cautela, Matthew ocupó de nuevo su silla y esperó a que empezara a hablar. A pesar de la atmósfera cargada de tensión, casi sonrió cuando se dio cuenta de que veía a menudo la misma expresión que tenía Lillian, en la cara de Thomas Bowman. Lillian estaba determinada a salirse con la suya, aunque procuraría no hacer una escena, por muy satisfactorio que pudiera ser, sabía que no lograría nada con eso.
—Usted y yo somos conscientes —dijo Lillian con una calma forzada—, de que si bien no puedo impedir este matrimonio desastroso, puedo conseguir que las cosas sean muy desagradables para todo el mundo. Sobre todo para usted.
—Sí, soy consciente de ello. —La respuesta de Matthew no era sarcástica. A pesar de que él no contaba con su aprobación, sabía que el amor de Lillian por Daisy era incuestionable.
—Entonces quiero prescindir de las formalidades —dijo Lillian—, y tener una conversación de hombre a hombre.
Matthew tuvo que morderse los labios con fuerza para refrenar una sonrisa.
—Bueno —contestó con seriedad—, también yo. —Él pensó que probablemente Lillian llegaría a gustarle. Si al menos supiera a que atenerse con ella.
—La única razón por la que estoy dispuesta a tolerar la idea de que usted sea mi cuñado —continuó Lillian— es porque mi marido parece tener una buena opinión de usted. Y estoy dispuesta a tener en cuenta su criterio. Aunque él, por supuesto, no es infalible.
—Esta es quizás la primera vez que oigo a alguien hacer tal observación sobre el conde.
—Sí, bien… —Lillian lo sorprendió con una débil sonrisa—. Esa es la razón por la cual Westcliff se casó conmigo. Mi disposición a considerarlo como un mero mortal es un alivio después de toda esa incesante adoración de la que es objeto. —Sus ojos oscuros, más redondos y menos exóticos que los de Daisy, lo miraron de manera penetrante—. Westcliff me pidió que intentara ser imparcial en este asunto. Algo que no es fácil cuando el futuro de mi hermana está en juego.
—Milady —dijo Matthew con seriedad—, si puedo darle alguna garantía que pueda tranquilizar su mente…
—No. Espere. Déjeme decirle primero lo que opino sobre usted.
Matthew permaneció silencioso
—Usted siempre ha encarnado para mí lo peor de mi padre —dijo Lillian—. La frialdad, la ambición, el egocentrismo. Sólo que usted es peor, porque es capaz de disfrazarlo con mucha más destreza que él. Usted es lo que mi padre habría sido si él fuera apuesto y algo más sofisticado. Creo que al conquistarlo a usted, Daisy de algún modo, debe sentir que finalmente ha logrado complacer a mi padre. —Sus cejas se juntaron cuando prosiguió—. Mi hermana siempre ha estado dispuesta a amar a criaturas desfavorecidas… a los que van sin rumbo, a los inadaptados... Una vez que ella ama a alguien, no importa cuantas veces llegue a traicionarla o decepcionarla, de nuevo acoge a ese ser con los brazos abiertos. Pero usted no la querrá más que mi padre. Usted tomará lo que quiere, y le dará muy poco a cambio. Pero cuando inevitablemente le haga daño, seré la primera de una larga lista de personas dispuestas a matarle. Le aseguro que acabaré con usted. No habrá un lugar lo suficientemente alejado como para que no le encuentre.
—No hay duda de que es usted muy objetiva —dijo Matthew. Respetaba su brutal honestidad aun cuando él fuera el receptor de la misma—. ¿Puedo responder con la misma franqueza que usted acaba de mostrarme?
—Eso espero de usted.
—Milady, usted no me conoce lo suficiente como para evaluar cuánto me parezco a su padre. No es ningún crimen ser ambicioso, en particular cuando uno ha empezado de la nada. Y no soy frío, soy de Boston. Que quiere decir que no soy propenso a la demostración de mis emociones. En cuanto a ser egocéntrico, usted no tiene ningún modo de saber si hago algo en beneficio de los demás o no. Que me aspen si tengo que recitar una lista de mis buenas acciones para ganar su aprobación. —Él siguió mirándola con serenidad—. A pesar de su oposición, este matrimonio tendrá lugar, porque tanto Daisy como yo lo deseamos. Así que no tengo ninguna razón para mentirle. Podría decirle que Daisy me importa un bledo, y aún así obtendría lo que quiero. Pero el hecho es, que estoy enamorado de ella. Lo he estado durante mucho tiempo.
—¿Usted ha estado en secreto enamorado de mi hermana? —preguntó Lillian con un llameante escepticismo—. Vaya... qué conveniente.
—Yo no estaba seguro de que fuera amor. Todo lo que sabía era que tenía una persistente, una incisiva… preferencia por ella.
—¿Preferencia? —Lillian lo miró momentáneamente ultrajada, y luego lo sorprendió riendo—. Cielos, usted realmente es de Boston.
—Lo crea o no —refunfuñó Matthew—, yo nunca he deseado sentir eso por Daisy. Habría sido mucho más conveniente encontrar a alguna otra mujer. Debo estar completamente loco para estar dispuesto a tener a los Bowman como suegros.
—Touché —repuso Lillian mientras reía. Apoyando la barbilla en una mano lo miró fijamente. De pronto su voz adquirió un tono inquisidor que le erizó a Matthew el vello de la nuca—. Encuentro peculiar que un Swift de Boston utilice la expresión empezar de la nada… ¿He estado equivocada todos estos años al creer que usted procede de una familia acomodada?
Maldición, ella era inteligente. Matthew fue consciente de que había cometido un error y contestó precavido.
—La rama principal del linaje Swift es muy acaudalada. Yo soy uno de los proverbiales primos pobres, y esa es la causa por la cual me vi obligado a adquirir una profesión.
Las cejas de Lillian se elevaron ligeramente.
—Y los Swift adinerados, ¿fueron capaces de condenar a sus primos menos favorecidos a una pobreza abyecta, como usted ha manifestado?
—Una leve exageración por mi parte —dijo Matthew—. Pero estoy seguro de que a usted no le preocupa eso hasta el punto de desviarnos del tema principal.
—Cierto, en fin, creo que he logrado comprender su punto de vista señor Swift. —Lillian desocupó su silla, obligándolo a levantarse—. Una cosa más. ¿Cree que Daisy será feliz si regresa a Nueva York?
—No —contestó Matthew tranquilamente. Y vio un destello de sorpresa en sus ojos—. Es obvio que tanto usted como sus amigas son esenciales para su felicidad.
—¿Entonces… usted estaría dispuesto a tener su residencia permanente aquí? ¿Incluso si mi padre se opone?
—Sí, si eso es lo que Daisy quiere. —Matthew intento controlar, sin lograrlo, una repentina oleada de fastidio—. No tengo miedo del temperamento de su padre, milady, y tampoco soy una marioneta en sus manos. El hecho de que trabaje para él no significa que haya sometido mi libre albedrío y el pleno uso de mi cerebro. Puedo encontrar un empleo lucrativo en Gran Bretaña, tanto si trabajo para las Empresas Bowman como si no.
—Señor Swift —dijo Lillian sinceramente—, no sabe cuanto deseo creerle.
—¿Y eso significa… ?
—Supongo que significa que trataré de ser más amable con usted.
—¿Y cuándo piensa empezar? —disparó él.
Una esquina de su boca se curvó hacia arriba.
—La próxima semana, tal vez.
—Lo espero con impaciencia —refunfuñó Matthew, sentándose cuando ella se marchó.

Como era de esperar, Mercedes Bowman recibió las noticias de la boda de Daisy con Matthew Swift con poco entusiasmo. Habiendo conseguido para su primera hija un matrimonio tan brillante, era su deseo conseguir algo similar para la segunda. Para Mercedes tenía poca importancia que Matthew Swift adquiriera de pronto una fortuna que tenía intereses empresariales en los dos continentes. Le importaba aún menos que Daisy hubiera encontrado un hombre que parecía entenderla y disfrutar con sus excentricidades.
—¿A quién le interesa que sea bueno ganando dinero? —se había quejado Mercedes a sus hijas cuando ellas se sentaron en la sala Marsden—. En Manhattanville sobraban los hombres emprendedores con grandes fortunas. ¿Por qué vinimos aquí si no para encontrar a un caballero que dispusiera de algo más? Realmente era mi deseo, Daisy, que hubieras sido capaz de atraer a un hombre refinado y de buena estirpe.
Lillian, que alimentaba al bebé, contestó en un tono sardónico.
—Madre, aunque Daisy se casara con el príncipe real de Luxemburgo, no podría cambiar el hecho que los Bowman provenimos de un linaje común, y nuestra amada abuela era una lavandera del puerto. Esta preocupación por la nobleza es un poco excesiva, ¿no crees? Olvídate de ello y trata de alegrarte por Daisy.
La indignación hizo que a Mercedes se le hincharan las mejillas y su estrecha cara pareciera un fuelle soplando una chimenea.
—A ti no te gusta el señor Swift más que a mí —replicó ella.
—No —repuso Lillian con franqueza—, pero tengo que admitir, que estamos en minoría. Swift es apreciado por todos los habitantes del hemisferio norte, incluyendo a Westcliff y sus amigos, a mis amigas, a los criados, a los vecinos…
—Estás exagerando…
—… a los niños, los animales y una gran variedad de plantas —terminó Lillian sardónicamente—. Si las raíces pudieran hablar, no tengo dudas de que dirían que también les gusta.
Daisy, que estaba sentada en la ventana con un libro, levantó la mirada con una sonrisa repentina.
—Su encanto no se extiende hasta el corral —dijo ella—. Tiene un problema con los gansos. —Su sonrisa se hizo más amplia—. Gracias por aceptarlo, Lillian. Esperaba que hicieras una escena por la boda.
Su hermana mayor soltó un suspiro con pesar.
—Me he reconciliado con el hecho de que sería más fácil empujar un guisante con la nariz de aquí a Londres que impedir este matrimonio. Además, estarás mucho más cerca de mí en Bristol de lo que hubieses estado con lord Llandrindon en Thurso.
La mención de Llandrindon casi hizo llorar a Mercedes.
—Ese caballero comentó que había paseos encantadores en Thurso —dijo tristemente—. Y también retazos de la historia de los vikingos. Me hubiese encantado aprender cosas sobre los vikingos.
Lillian resopló.
—¿Desde cuándo has estado interesada en guerreros paganos con estúpidos sombreros?
Daisy levantó la vista del libro otra vez.
—¿Estáis hablando de la abuela otra vez?
Mercedes la miró con fulgor.
—Ya que al parecer no tengo más opción que aceptar este enlace, procuraré encontrar algún pequeño consuelo en el hecho de que al menos esta vez podré planificar una boda apropiada. —Nunca había perdonado a Lillian y a Marcus el haberse fugado a Gretna Green para casarse, privándola así de las magníficas celebraciones con las que siempre soñó.
Lillian sonrió con aire de suficiencia mirando a Daisy.
—No te envidio, querida.

—No será algo agradable —advirtió Daisy a Matthew ese mismo día algo más tarde, estaban sentados en el borde de un pequeño estanque al pie de un molino ubicado en las afueras del pueblo—. Planificará una ceremonia para informar al mundo de que debe de tener en cuenta a los Bowman.
—¿Solamente a los Bowman? —preguntó él—. ¿No se supone que yo debo ser el protagonista de la ceremonia?
—Ah, pero es que el novio es algo insignificante en una boda —dijo Daisy alegremente.
Su intención era divertir a Matthew, pero la sonrisa que él le devolvió, no alcanzó sus ojos. Él miró fijamente el estanque con una expresión distante.
El molino de agua con su rueda de doce pies había sido abandonado hacía mucho tiempo en favor de un molino más productivo y mejor ubicado, más cerca de Stony Cross. Con su encantador tejado de madera a dos aguas y su fachada de paredes entramadas, el molino poseía un encanto sencillo que realzaba el rústico paisaje.
Mientras Matthew arrojaba la caña de pescar en la charca efectuando un experto movimiento con su muñeca, Daisy metió los pies desnudos en el agua. De tanto en tanto el meneo de los dedos de sus pies invitaba a los peces de agua dulce a curiosear.
Ella estudió a Matthew mientras parecía meditar en algún asunto. Su perfil era fuerte y distintivo, tenía una nariz recta, con carácter, unos labios gruesos bien definidos, y una mandíbula severa y perfecta. Sintió el placer de verlo desaliñado, con la camisa humedecida, el pantalón lleno de hojas secas y su espeso cabello desarreglado con algún mechón colgando sobre la frente.
Había una dualidad fascinante en Matthew, algo que Daisy nunca había encontrado en otro hombre. En algunos momentos él era el hombre de negocios agresivo de mirada perspicaz que acumulaba datos y cifras con facilidad.
Otras veces se transformaba en un amante cálido, deshaciéndose de su cinismo como si de un abrigo viejo se tratara. En ocasiones se enzarzaba con ella en alegres discusiones sobre cuál de las culturas antiguas poseía la mitología más amplia, o cual había sido la verdura favorita de Thomas Jefferson. (Aunque Daisy estuviera convencida de que eran los guisantes, Matthew había abogado con insistencia por los tomates).
Tenían largas conversaciones sobre historia y política. Siendo un conservador Brahmin, era sorprendente que poseyera tan amplio conocimiento sobre las cuestiones de la reforma. Por lo general en su implacable ascenso en la escala social, los hombres emprendedores se olvidaban de los que habían quedado en peldaños inferiores. Daisy pensaba que eso hablaba a favor del carácter de Matthew, pues demostraba una preocupación genuina por aquellos menos afortunados que él.
En sus discusiones, comenzaron a diseñar proyectos provisionales para el futuro… Tendrían que encontrar una casa en Bristol lo suficientemente amplia. Matthew insistió en que tuviera vistas al mar, y una sala apropiada para ser una biblioteca, para los libros de Daisy, y, añadió risueño, que debía contar con un muro alto alrededor de la casa, así él podría violarla en el jardín sin ser visto.
Señora de su propio hogar… Daisy nunca había sido capaz de imaginarlo. Pero la idea de arreglar las cosas exactamente como que ella quería, en una casa que expresara sus propias preferencias, le comenzaba a parecer muy atractiva.
La comunicación entre ellos, sin embargo, no era del todo fluida. Por cada uno de los pensamientos que Matthew estaba dispuesto a compartir con Daisy, había muchos más que permanecían inaccesibles. A veces conversar con él era como deambular a lo largo de un encantador camino serpenteante con toda clase de paisajes interesantes, y de pronto darse de bruces con una pared de piedra.
Cuando Daisy presionó a Matthew para que hablara de su pasado, sólo consiguió que hiciera referencias vagas a Massachusetts y que le contara que había crecido cerca de Charles River. Retuvo con terquedad toda información sobre su familia. Hasta ahora no había hecho referencia a quiénes serían los miembros del clan Swift que asistirían a la boda. Probablemente no iba a estar completamente solo.
Parecía que Matthew no había existido antes de que comenzara a trabajar para su padre a la edad de veinte años. Daisy tenía muchas ganas de abrirse camino en su obstinada barrera de secretos. Era enfurecedor sentirse siempre al borde de un evasivo descubrimiento. Su relación parecía la encarnación de la teoría de Hegelian… que todo está siempre en proceso de transformarse en algo más, sin llegar a conseguirlo.
Devolviendo sus pensamientos al presente, Daisy decidió recuperar la atención de Matthew.
—Por supuesto —dijo de manera ocasional— no tenemos por que celebrar ninguna ceremonia de boda. Siempre podemos unirnos como se hacía siglos atrás. Regálale una vaca a mi padre, y ya estaremos casados. O quizás podemos realizar el antiguo ritual de unir nuestras manos con cintas, o la práctica griega en la cual yo me cortaría el cabello como sacrificio y se lo entregaría a Artemisa, seguido de un baño ritual en un manantial sagrado…
De repente Daisy se encontró tumbada sobre su espalda, el cuerpo de Matthew ocultaba parcialmente el cielo de su vista. Ella soltó una risita por la brusquedad con la cual él había soltado su caña de pescar y se le había echado encima. Sus ojos azules brillaban traviesos.
—Puede que considerara cambiarte por una vaca o unir nuestras manos con cintas —dijo—. Pero me niego a casarme con una novia calva.
Daisy disfrutó del peso de él presionando su espalda contra la hierba esponjosa, del olor de la tierra y el césped alrededor de ellos.
—¿Y que te parece el baño ritual? —preguntó ella.
—Eso es algo que puedes hacer. De hecho… —Sus largos dedos alcanzaron los botones delanteros de su vestido—… creo que deberías practicar. Te ayudaré.
Daisy se retorció y chilló cuando el comenzó a tirar de su vestido abierto.
—¡Esto no es un manantial sagrado, estamos en un viejo y fangoso estanque!
Pero Matthew persistió, divertido con sus esfuerzos por evitar que él le bajara el vestido hasta la cintura. A causa del intolerable calor, y a pesar de no ser correcto, Daisy no se había puesto corsé. Empujó con fuerza el pecho sólido como una roca de Matthew, que rodó hacia un lado arrastrándola con el. El mundo giró a su alrededor, enturbiando el cielo azul con nubes blancas. Se encontró apoyada sobre su pecho mientras inexorablemente le sacaba la camisola por la cabeza.
—Matthew — protestó ella, su voz sonó amortiguada por la prenda de lino.
Matthew arrojó la camisola a un lado. Sus manos la agarraron por debajo de los brazos, levantándola hacia él hasta que pendió tan desvalidamente como un gatito. Su aliento se aceleró cuando él miró fijamente sus pálidos pechos y sus rosados pezones.
—Bájame —insistió Daisy, ruborizándose ante su ávida mirada. Aunque ya había estado con él dos veces, todavía era demasiado inocente como para hacer el amor al aire libre.
Matthew obedeció, deslizándola sobre él hasta que su boca se cerró sobre un tenso pezón.
—No —logró decir ella—, eso no es lo que yo… Oh…
Él succionó sus pechos por turno, usando sus dientes y su lengua, jugando, acariciando. Después de una pausa para quitarle el resto de la ropa, la besó profundamente. Ella tiró de su camisa, sus dedos se movían torpes por la excitación.
Matthew se movió para ayudarla, quitándose la camisa y acercándola con cuidado hacia su pecho desnudo. La caliente fricción de su piel alejó de ella cualquier pensamiento coherente.
Rodeándole el cuello con los brazos, Daisy aplastó su boca sobre la suya, impaciente y apasionada.
Abrió los ojos sorprendida cuando oyó la risa sofocada de Matthew contra sus labios.
—Ten un poco de paciencia, cariño —susurró él—. Estoy tratando de ir despacio.
—¿Por qué? —preguntó Daisy, que sentía los labios calientes y extremadamente sensibles. Se pasó la lengua por el labio inferior, y Matthew bajó las pestañas siguiendo el movimiento de su lengua.
Su voz se convirtió en un murmullo.
—Porque sentirás más placer.
—No necesito más placer —dijo Daisy—. Esto es más de lo que puedo soportar.
Él sonrió con ternura. Acunando su mejilla con una de sus fuertes manos, acercó el rostro de Daisy al suyo. La punta de su lengua dibujó su labio inferior y se entretuvo durante un ardiente momento, haciéndola respirar de manera inestable. Finalmente su boca selló la de ella con un beso exuberante, abriéndola y acariciándola con su lengua.
Gradualmente él la tendió sobre su camisa. El fino paño conservaba la atractiva fragancia de su piel, y Daisy inspiró con placer el familiar aroma masculino. Sus ojos se cerraron ocultando el resplandor blanco del sol cuando su cuerpo cubrió el suyo. Él había desabrochado la parte superior de sus pantalones, la tela rozaba sus piernas produciéndole un hormigueo. Sintiéndose tremendamente excitada por la sensación de estar desnuda contra su cuerpo cuando el aún estaba vestido a medias, Daisy separó los muslos en cuanto el intentó acomodarse entre ellos.
—Quiero ser parte de ti —susurró él—. Quiero estar siempre contigo.
—Sí, sí… —Ella lo abrazó con sus brazos y sus piernas, envolviéndolo con su cuerpo flexible.
Él entró en ella despacio, y donde antes hubo dolor, ahora sólo existía el placer por la presión exquisita con la que Matthew llenaba su cuerpo. Marcando un ritmo lento y paciente, él se resistió a sus esfuerzos por apresurarlo. Daisy se retorció y luchó por tomar más de él, jadeando por el esfuerzo, y gimiendo cuando él apresó sus caderas con las manos y la frenó todavía más.
—Despacio —su voz era maliciosamente suave—. Sólo un poco de paciencia.
Ella lo necesitaba ahora. Su cuerpo palpitaba, sus sentidos ardían por las sensaciones.
—Por favor … —su boca presionó la suya, hasta que ella apenas pudo formar palabras—. Yo n-no puedo quedarme quieta mientras tu…
—Sí puedes.
Él todavía se mantenía dolorosamente dentro de ella mientras sus manos vagaban por su cuerpo investigando. Daisy se retorcía agitada debajo de él, su deseo se elevaba con cada caricia persuasiva, sus gemidos eran absorbidos por el juego sensual de sus labios. Con cada movimiento de su dureza dentro de ella el calor crecía hasta hacerse insoportable, hasta que ella se arqueó fuertemente contra él, levantando su cuerpo.
Matthew rió quedamente, y mantuvo el control del ritmo mientras la incitaba con largos embates. Su cuerpo entraba en el suyo, invadiéndolo y dándole placer despiadadamente.
—No hay ninguna prisa, Daisy. —Su voz se tornó ronca y espesa—. No hay ninguna razón para… sí, justo así… cariño, sí… —Dejó caer la cabeza sobre uno de sus hombros, su aliento le calentaba la piel.
Los músculos de sus brazos se hincharon cuando hundió los dedos en el césped a ambos lados de ella, como si quisiera clavarlos a ambos en la tierra.
Daisy parecía una criatura salvaje, sujeta contra la hierba por el ritmo básico de sus caderas. Su cuerpo elevado con un arco tenso, toda su carne anhelando más de el, sus sentidos centrados en un estremecimiento de satisfacción que comenzó donde sus cuerpos estaban unidos, extendiéndose hasta los dedos de los pies.
Matthew alcanzó su propia culminación, mientras su cuerpo temblaba rodeado por los esbeltos brazos de ella. Y cuando él apoyó la cabeza sobre su pecho, temblaba mientras respiraba con rapidez, por la corriente de placer que todavía se propagaba desde el lugar donde ella lo apretaba.
Daisy sabía que la amaba… ella podía sentirlo en cada latido de su corazón mientras lo sostenía contra ella. Él lo había admitido ante Westcliff, y ante Lillian, pero por alguna razón no se lo había dicho a ella.
Para Daisy, el amor no era una emoción a la cual deberían acercarse cuidadosamente. Ella quería lanzarse sin reservas, con confianza y honestidad puras… cosas para las que Matthew al parecer no estaba listo.
Pero algún día, se prometió a sí misma, no existiría ninguna barrera entre ellos. Algún día…
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:36

Capítulo 16
La fiesta del Primero de Mayo se celebraba en Stony Cros Park desde hacía siglos, en un principio la fiesta fue una celebración pagana del final del invierno y el regreso de la fertilidad a la tierra con la primavera. Era un acontecimiento muy popular en el que durante tres días había juegos, fiesta, baile, y todo tipo de festejos.
La burguesía local, los granjeros y los habitantes del pueblo, se mezclaban libremente durante la fiesta, a pesar de las protestas del clero y diversos puritanos que afirmaban que la celebración no era sino una excusa para fornicar y beber. Como Lillian le comentó con astucia a Daisy, al parecer cuantas más protestas había por los excesos del primero de mayo, más gente asistía.
La pradera estaba alumbrada con antorchas. Más allá una gran hoguera enviaba grandes penachos de humo a un cielo repleto de nubes. Había estado nublado todo el día, y el aire estaba cargado de humedad, lo que sin duda era indicio de que se avecinaba una tormenta. Afortunadamente, sin embargo, al parecer las deidades paganas habían frenado el aguacero, y las festividades tenían lugar de acuerdo a lo previsto.
Con Matthew a su lado, Daisy echó un vistazo a la fila de tenderetes situados a lo largo de la calle Mayor, llenos de telas, juguetes, sombreros, joyas de plata, y cristalería. No disponían de mucho tiempo, pues Westcliff les había advertido de que debían regresar a la mansión antes de medianoche.
—Después de esa hora, la fiesta tiende a desmadrarse —había señalado el conde—. Bajo la influencia del alcohol y ocultos detrás de una máscara, la gente tiende a hacer cosas que no serían capaces de hacer a la luz del día.
—¿Oh, y qué importancia tiene un pequeño rito de fertilidad aquí o allá? —se había mofado Daisy alegremente—. No soy tan inocente que…
—Regresaremos temprano —le había dicho Matthew al conde.
Ahora, mientras se abrían paso a través del abarrotado lugar, Daisy entendió a qué se refería Westcliff. Todavía era temprano, y ya parecía que el vino, que fluía copiosamente, había aflojado inhibiciones. Las personas se abrazaban, discutiendo, riéndose y jugando. Algunos colocaban coronas de flores en la base de los robles más antiguos, o derramaban vino en las raíces, o…
—¡Cielos! —dijo Daisy, absorta en una imagen desconcertante a lo lejos—, ¿qué están haciéndole a ese pobre árbol?
Las manos de Matthew rodearon su cabeza y apuntaron su cara con firmeza en otra dirección.
—No mires.
—Es alguna forma de culto al árbol o…
—Vamos a ver a los funambulistas —exclamó con repentino entusiasmo, guiándola hacia el otro lado del prado.
Caminaron lentamente en medio de faquires, prestidigitadores y volatineros, haciendo una pausa para comprar un odre de vino. Daisy bebió cuidadosamente del odre, pero una gota escapó por la comisura de sus labios. Matthew sonrió y comenzó a meter la mano en el bolsillo para buscar un pañuelo, luego pareció pensarlo mejor. En su lugar agachó la cabeza y sorbió con los labios la gotita de vino.
—Se supone que debes proteger mi reputación —dijo ella con una amplia sonrisa—, y en lugar de eso me conduces a la perdición.
Con el dorso de los dedos acarició suavemente sus mejillas.
—En realidad me gusta conducirte a la perdición —repuso—. Me gustaría conducirte directamente a ese bosque y… —sus palabras se perdieron cuando miró sus dulces ojos oscuros—. Daisy Bowman —susurró—, deseo…
Ella no llegó a saber lo qué deseaba, porque fue abruptamente empujada contra él por una multitud que se abría camino. Todo el mundo estaba decidido a ver a un par de malabaristas que hacían girar mazas y aros en el aire. Con los empujones el odre cayó de las manos de Daisy y fue pisoteado. Matthew la rodeó con sus brazos para protegerla.
—Se me ha caído el vino —dijo Daisy con pesar.
—Mejor así —le susurró al oído, con sus labios rozándola—. Se me podría haber subido a la cabeza. Y luego podrías haberte aprovechado de mí.
Daisy sonrió y se acurrucó contra su fortaleza, deleitándose con el calor reconfortante de su cuerpo.
—¿Son mis fantasías tan obvias? —le preguntó con voz ronca.
Él colocó sus labios debajo del lóbulo de su oreja.
—Me temo que sí.
Acercándola más a su cuerpo, Matthew la guió a través de la multitud hasta que alcanzaron la hilera de tiendas. Él le compró un cucurucho de nueces tostadas… un conejo de mazapán… un sonajero de plata para Merritt, y una muñeca de tela pintada para la hija de Annabelle. Cuando descendieron por la calle Mayor hacia el carruaje que les esperaba, Daisy fue detenida por una mujer ostentosamente vestida con pañuelos con piezas metálicas y joyas de bisutería.
La cara de la mujer le recordó a Daisy exactamente a las muñecas de manzana que ella y Lillian hacían cuando eran niñas. Tallaban caras en los lados de la fruta pelada que al secarse al sol se oscurecían destacando los surcos. Abalorios negros para los ojos y penachos suaves de lana cardada para el pelo… sí, esta mujer se veía exactamente igual.
—¿La buenaventura para la dama, señor? —le preguntó la mujer a Matthew.
Mirando a Daisy, Matthew levantó una ceja con escepticismo.
Ella sonrió, consciente de que el no creía en misticismos, supersticiones, o cualquier otra cosa que tuviera algo que ver con lo sobrenatural. Era demasiado práctico para creer en cosas que no pudieran probarse empíricamente.
—Sólo porque no creas en la magia —le dijo ella risueña— no quiere decir que no exista ¿No quieres echar un vistazo al futuro?
—Preferiría esperar a que llegue —fue su severa respuesta.
—Sólo un chelín, señor —presionó la adivina.
Matthew exhaló un suspiro al cambiar de mano los paquetes y meter la otra en su bolsillo.
—Este chelín —le dijo a Daisy—, estaría mejor gastado en las tiendas, en una cinta para el pelo o en pescado ahumado.
—Y eso lo dice alguien que tiró una moneda de cinco dólares en el pozo de los deseos…
—Aquello no tuvo nada que ver con esto —dijo él—. Sólo lo hice para llamar tu atención.
Daisy rió.
—Y lo conseguiste, pero... —lo recorrió con la mirada significativamente—. ¿Tu deseo se hizo o no realidad? —cogió el chelín, y se lo dio a la adivina—. ¿Cuál es su método de adivinación? —le preguntó a la mujer con interés—. ¿Tiene una bola de cristal? ¿Usa las cartas del tarot o lee las manos?
Como respuesta, la mujer sacó un espejo plateado de entre sus faldas y se lo dio a Daisy.
—Mire su reflejo —dijo con solemnidad—. Esta es la puerta hacia el mundo de los espíritus. Siga mirando, no aparte la mirada.
Matthew suspiró y levantó la mirada hacia el cielo.
Obedientemente Daisy clavó los ojos en el espejo, viendo la luz de las antorchas titilar a través de sus rasgos.
—¿Va a mirar usted también? —le preguntó a la mujer.
—No —contestó ella—. Sólo necesito ver sus ojos.
Después guardo silencio. Al otro lado de la calle, la gente entonaba canciones populares acompañándose por tambores. Mirando en sus propios ojos, Daisy distinguía diminutos destellos dorados de luz, como chispas brotando de una hoguera. Si se fijaba lo suficiente, casi podía convencerse de que el espejo plateado realmente era la puerta de acceso hacia algún mundo místico. Quizá era su imaginación, pero podía sentir la intensidad de la concentración de la adivina.
Con una brusquedad que sobresaltó a Daisy, la mujer le quitó el espejo de las manos.
—Algo no va bien —dijo tensamente—. No puedo ver nada. Le devolveré su chelín.
—No es necesario —contestó Daisy aturdida—. No es culpa suya que mi espíritu sea opaco.
La voz de Matthew fue tan afilada que pareció cortar el aire.
—Le estaríamos muy agradecidos si nos aclarara que ha querido decir —le dijo a la mujer.
—Ella no puede aclararlo —protestó Daisy—. Eso sería abusar.
Estudiando las arrugadas facciones de la adivina, Daisy pensó que parecía sinceramente disgustada. Sin duda algo la había molestado. Lo que era probablemente un indicio de que debían dejarla marchar. Pero si no averiguaba qué había visto, Daisy se conocía lo suficiente como para saber que la curiosidad la volvería loca.
—No queremos recuperar el chelín —dijo—. Por favor, debe decirme que ha visto. Si es algo malo, ¿no sería mejor saberlo?
—No siempre —dijo la mujer misteriosamente.
Daisy se acercó a ella, hasta que pudo percibir un olor dulzón, quizás de higos, y alguna esencia de hierbas… ¿laurel? ¿albahaca?
—Quiero saberlo —insistió.
La adivina le dirigió una larga mirada especulativa. Finalmente habló con gran renuencia.
—La dulzura que la noche da a un corazón, se convierte en amargura por la mañana. Una promesa hecha en abril… es un corazón quebrado en mayo.
¿Un corazón quebrado? A Daisy no le gustó cómo sonaba eso.
Sintió a Matthew acercarse a ella, con una mano le rodeó la cintura. Aunque no podía ver su expresión, ella sabía que era sardónica.
—¿Inspirarán dos chelines algo un poco más optimista? —preguntó él.
La adivina le ignoró. Guardándose el espejo en su falda, le dijo a Daisy,
—Haga un amuleto con dientes de ajo en una bolsa de tela. Y haga que él lo lleve como protección.
—¿Contra qué? —preguntó Daisy con inquietud.
La mujer ya se alejaba de ellos. Con sus voluminosas faldas ondeando mientras se encaminaba hacia el final de la calle en busca de más negocio.
Volviéndose hacia Matthew, Daisy miró su cara impasible.
—¿Contra qué podrías necesitar protección?
—Contra el clima. —Él volvió la palma de la mano hacia arriba, y Daisy notó que algunas gotas de lluvia, le salpicaban en la cabeza y los hombros.
—Tenías razón —dijo ella, reflexionado sobre el funesto vaticinio—. Debería haber comprado pescado ahumado con ese chelín.
—Daisy… —Su mano libre se deslizó hasta su nuca— ¿No habrás creído esa sarta de disparates, verdad? Esa arpía ha memorizado algunos versos, y recitaría cualquiera de ellos por un chelín. La única razón por la que nos dio un mal presagio fue porque no fingí creer en su espejo mágico.
—Si, pero... su preocupación parecía genuina.
—No había nada genuino en esa mujer, ni en nada de lo que dijo. —Matthew la acercó más a él, sin importarle que alguien pudiera verlos. Daisy levantó la vista hacia él, una gota de lluvia le salpicó en la mejilla, y otra cerca de la comisura de sus labios—. Nada de eso era real —dijo Matthew suavemente, sus ojos de un azul profundo como la medianoche. La besó con urgencia, allí, en medio de la calle, con el sabor de la lluvia entre sus labios—. Esto es real —susurró.
Daisy se apretó contra él, poniéndose de puntillas para acomodar su cuerpo a sus contornos firmes. Los paquetes amenazaron con caerse, y Matthew luchó por retenerlos mientras su boca consumía la de Daisy. Ella interrumpió el beso con una risita ahogada. El retumbar de un trueno hizo que la tierra vibrara bajo sus pies.
A su alrededor, la gente corría hacia el refugio que ofrecían las tiendas y los puestos.
—Te echo una carrera hasta el carruaje —le dijo a Matthew, y recogiéndose las faldas echó a correr.
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:37

Capítulo 17
Cuando el carruaje alcanzó el final del camino de grava, la lluvia ya caía en gruesas gotas, y el viento golpeaba el vehículo. Recordando la fiesta del pueblo, Matthew pensó divertido que muchos amoríos se verían frustrados por el aguacero.
El carruaje se detuvo, el techo del vehículo retumbaba por el impacto de la lluvia implacable. Normalmente un lacayo se acercaba hasta la puerta del carruaje con un paraguas, pero, sin duda, sería de poca ayuda ante la fuerza de ese diluvio.
Matthew se quitó su abrigo y envolvió a Daisy con él, levantándolo hasta cubrirle la cabeza y los hombros. Apenas servía como protección, pero la escudaría en el trayecto entre el carruaje y la puerta principal de la mansión.
—Te mojarás —protestó Daisy, recorriendo con la mirada las mangas de su camisa y su chaleco.
Él comenzó a reírse.
—No voy a deshacerme, no estoy hecho de azúcar.
—Ni yo tampoco.
—No señorita, usted sí que lo está —murmuró él, haciéndola sonrojarse. Él sonrió al verla mirando a hurtadillas por los pliegues del abrigo, como un mochuelo en el bosque—. Quédate el abrigo —insistió—. Sólo hay unas pocas yardas hasta la puerta.
La puerta del carruaje se abrió con brusquedad revelando a un lacayo que forcejeaba con un paraguas. Una racha de viento lo hizo volar. Matthew saltó fuera del carruaje mojándose inmediatamente por la lluvia. Él empujó al lacayo con brusquedad.
—Entre —gritó entre el estruendo de la tormenta—. Yo ayudaré a la señorita Bowman.
El lacayo inclinó la cabeza y se retiró precipitadamente hacia la casa.
Volviéndose hacia el carruaje, Matthew volvió al interior, sacó a Daisy, y la colocó con cuidado en el suelo. La condujo por el camino embarrado camino a las escaleras, no se detuvieron hasta que atravesaron el umbral de la casa.
El calor y la luz del vestíbulo los envolvió. Matthew llevaba la camisa mojada pegada al cuerpo, un temblor agradable lo recorrió ante la idea de sentarse delante del fuego de la chimenea.
—Oh, querido —dijo Daisy, sonriendo al apartarle de la frente un mechón de pelo que chorreaba agua—, estás empapado.
Una doncella se acercó presurosa con un cargamento de toallas. Dándole las gracias con una leve inclinación de cabeza, Matthew se secó el cabello y se enjugó el agua de la cara. Inclinó la cabeza para dejar que Daisy le alisara el cabello con los dedos.
Percibiendo que alguien se acercaba, Matthew echó un vistazo por encima su hombro. Westcliff entro en el vestíbulo. Tenía una expresión impasible, pero había algo en sus ojos, un aire de preocupación, que envió una corriente de aprensión a través de las venas de Matthew.
—Swift —dijo el conde quedamente—, hemos recibido unas visitas inesperadas esta tarde. Aún no han revelado el motivo que les ha hecho venir sin anunciarse, salvo que es un asunto que le concierne a usted.
Matthew sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo, como si cristales de hielo se hubieran formado entre sus huesos.
—¿Quiénes son? —preguntó Matthew.
—Un tal señor Wendell Waring, de Boston… y un par de agentes de policía de Bow Street.
Matthew no se movió mientras asimilaba en silencio las noticias. Una ola de desesperación lo traspasó.
Cielos, pensó. ¿Cómo le había encontrado Waring aquí en Inglaterra? Cómo… oh cielos, no tenía importancia, todo había terminado. Todos los años que le había robado al destino… sin duda ahora el destino se los cobraba. Su corazón retumbaba frenético en su pecho. No existía ningún lugar donde escapar, y aunque así fuera, la verdad es que estaba cansado de vivir con miedo.
Sintió la pequeña mano de Daisy en la suya, pero no le devolvió la presión de sus dedos. Clavó los ojos en el rostro de Westcliff. Lo que el conde vio en su mirada le hizo emitir un suspiro profundo.
—¡Maldita sea! —exclamó Westcliff—. Es algo malo, ¿no es cierto?
Matthew sólo inclinó la cabeza por respuesta. Apartó su mano de la de Daisy. Ella no trató de tocarle otra vez, el desconcierto se reflejaba en su rostro.
Después de observarle en silencio durante un momento, Westcliff enderezó los hombros.
—Bien, entonces... —dijo con decisión—, entremos y aclaremos esto. Sea lo que sea, estaré a su lado como amigo—.
Una risa breve e incrédula escapó de los labios de Matthew.
—Usted aún no sabe de lo qué se trata.
—No hago promesas en balde. Venga. Están en la sala principal.
Matthew inclinó la cabeza, serio y resuelto. Estaba sorprendido de poder actuar como si nada ocurriera, como si su mundo entero no estuviera a punto de derrumbarse. Tenía la sensación de que era solamente un observador. El miedo nunca le había hecho eso antes. Pero tal vez fuese porque nunca había tenido tanto que perder.
Daisy se adelantó a él, Westcliff la detuvo y le susurró algo. Dirigió al conde una rápida inclinación de cabeza, pareciendo tranquilizarse.
Matthew bajó la mirada. Mirarla le provocaba un dolor agudo en la garganta, como si le estuvieran clavando un estilete. Deseó que el entumecimiento volviera, y le aliviara ese dolor.
Entraron en la sala. Matthew se sintió como un condenado en el día del juicio final al ver a Thomas Bowman, Mercedes, y Lillian. Mientras su mirada recorría la estancia, escuchó el grito de un hombre:
—¡Es él!
De pronto, sintió un violento dolor de cabeza, las piernas le fallaron como si se hubieran vuelto de arena. La luz explotaba como un millar de diminutas estrellas mientras la oscuridad se cernía sobre él, pero su mente luchaba contra el desconcierto, intentando débilmente aferrarse a la consciencia.
Matthew descubrió de repente que estaba en el suelo, sintiendo la lana áspera de la alfombra bajo su mejilla. Algo húmedo goteaba de su boca. Tragó, notando un sabor salobre. Un suave gemido vibró en su garganta. Un dolor agudo se concentraba en su nuca. Lo habían golpeado con algún objeto duro.
Unas luces chisporroteaban detrás de sus ojos cuando sintió que lo levantaban, y tiraban de sus brazos. Escuchó gritos… de hombres enfurecidos, y un grito agudo de mujer… Matthew parpadeó para aclarar su visión, pero los ojos le lloraban a causa del dolor. Le ataron las muñecas con un objeto de hierro. Unas esposas, pensó, y el recuerdo de sentirse esposado lo llenó de pánico.
Gradualmente las voces se volvieron reconocibles.
—¿Cómo osan... —lord Westcliff estaba furioso—… entrar en mi casa y asaltar a uno de mis invitados? ¿Saben ustedes quién soy yo? ¡Quítenle eso ahora mismo, o los veré a todos ustedes pudriéndose en Newgate!
Otra voz le contestó:
—No, después de buscarlo durante tantos años, no pienso permitir que se escape.
Era la voz del señor Wendell Waring, el patriarca de una familia acaudalada de Nueva Inglaterra. El segundo hombre que Matthew más despreciaba en el mundo, el primero había sido el hijo del señor Waring, Harry.
Era curioso cómo un sonido o un perfume podía traer de vuelta el pasado tan fácilmente, sin importar cuánto había luchado Matthew por olvidarlo.
—¿Y adónde... —preguntó ásperamente Westcliff— ...cree usted que va a huir?
—Estoy autorizado para retener al fugitivo por cualquier medio de mi elección. Usted no tiene derecho a oponerse.
Era evidente que Wescliff no estaba acostumbrado a que alguien le dijera que él no tenía derecho a hacer algo, especialmente en su casa. Era aún más evidente que Westcliff estaba furioso.
La discusión se tornó mas violenta que la tormenta que en ese momento tenía lugar en el exterior, pero Matthew perdió el hilo de la conversación cuando sintió un toque gentil en su cara. Se sobresaltó y oyó el susurro de Daisy.
—No. Quédate quieto.
Daisy le limpió la cara con un paño seco, secándole los ojos y la boca, empujando hacia atrás su pelo húmedo. Él se sentó con las manos maniatadas en su regazo, luchando por reprimir un aullido de dolor, la miró a los ojos.
Daisy estaba pálida, pero notablemente tranquila. El desasosiego colocó dos franjas rojas en lo alto de sus mejillas, en contraste contra su piel pálida. Ella se arrodilló sobre la alfombra donde él estaba sentado para examinar las esposas que le apresaban las manos. Había una anilla de hierro cerrada alrededor de cada una de sus muñecas y estaban unidas entre ellas con una cadena, y unidas a otra cadena más gruesa que utilizaría un agente de policía para guiarlo.
Levantando la cabeza, Matthew registró la presencia de dos fornidos oficiales vestidos con el uniforme típico de la policía, pantalones blancos, frac negro de cuello alto, y un rígido sombrero de copa. Ambos guardaban silencio, mirándole con severidad, mientras Wendell Waring, Westcliff y Thomas Bowman discutían acaloradamente.
Daisy manipulaba nerviosamente la cerradura de las esposas. El corazón de Matthew se retorció dolorosamente al ver que ella introducía un alfiler para el cabello. Las habilidades de las hermanas Bowman con las cerraduras eran tristemente célebres, generadas por años de intentos frustrados por parte de sus padres por imponerles disciplina. Pero las manos de Daisy temblaban demasiado para que ella pudiera abrir una cerradura poco familiar, y obviamente no tenía sentido intentarlo y conseguir liberarle. Cielos... ojalá él pudiera alejarla de toda esa fealdad, de su horrible pasado…, de él mismo.
—No —susurró Matthew—. No vale la pena. Daisy, por favor.
—Aléjese ahora mismo... —dijo uno de los oficiales al ver lo que intentaba Daisy— ...del prisionero, señorita. —Dándose cuenta de que ella le ignoraba, el agente de policía dio un paso adelante levantando una de sus manos—. Señorita, le he dicho…
—No la toque —chasqueó Lillian, con tal ferocidad que causó un silencio momentáneo en la estancia. Incluso Westcliff y Waring se interrumpieron sorprendidos.
Mirando enfurecida al atónito agente de policía, Lillian se acercó a Daisy y la apartó de un codazo. Le habló a los agentes de policía con manifiesto desprecio.
—Antes de que se atrevan a tocarme, les aconsejo que consideren lo que podría ocurrir con sus carreras si se corre la voz de que maltrataron a la condesa de Westcliff en su propia casa. —Ella extrajo un alfiler de su cabello y ocupó el lugar de Daisy, arrodillándose junto a Matthew. En cuestión de segundos el cerrojo se abrió liberando sus muñecas.
Antes de que Matthew pudiera agradecérselo, Lillian se levantó y continuó con su acalorada perorata contra los agentes de policía.
—Sin duda son ustedes un par de oficiales de primera, aceptando las órdenes de un yanqui maleducado que abusa de la hospitalidad de la familia que les ofreció refugio en medio de una tormenta. Obviamente, son demasiado estúpidos para ser conscientes del apoyo financiero y político que mi marido presta a la nueva policía. Con sólo mover un dedo, él podría reemplazar al Ministro del Interior y al Magistrado Jefe de Bow Street en cuestión de días. Así que yo en su lugar…
—Le pido disculpas milady, pero no tenemos elección —protestó uno de los fornidos agentes—. Tenemos órdenes de conducir al señor Phaelan a Bow Street.
—¿Quién malditos infiernos es el señor Phaelan? —exigió Lillian.
Atemorizado por el elocuente juramento de la condesa, el agente de policía exclamó “aquél de allí”, señalando a Matthew.
Consciente de que era el centro de todas las miradas, Matthew adoptó una expresión impasible.
Daisy fue la primera en reaccionar. Cogió las esposas del regazo de Matthew y se acercó a la puerta, dónde se había reunido un pequeño grupo de sirvientes curiosos. Después de un pequeño intercambio de palabras en voz baja, regresó y ocupó una silla cerca de Matthew.
—Y yo creía que pasaría una tarde aburrida en casa... —dijo secamente Lillian, tomando asiento al otro lado de Matthew, dispuesta a defenderlo si era necesario.
Daisy se dirigió a Matthew con un murmullo.
—¿Ese es tu nombre? ¿Matthew Phaelan?
Él no podía contestar, cada músculo de su cuerpo estaba tenso por el rechazo que le producía ese apellido.
—Lo es —gritó Wendell Waring.
El señor Waring era uno de esos hombres desafortunados cuyas voces agudas resultaban inadecuadas para sus pesadas proporciones físicas. A pesar de ello, Waring poseía el porte y el aspecto de un hombre distinguido, con una gruesa mata de cabello plateado, patillas perfectamente cortadas y una poblada barba blanca. Él apestaba al viejo Boston, con su traje pasado de moda y el costoso, aunque gastado, abrigo de lana. Poseía un aire de confianza en sí mismo fruto de pertenecer a una familia con generaciones de graduados en Harvard. Sus ojos eran como piedras de cuarzo sin pulir, duros y fríos, pero sin brillo alguno.
Abalanzándose sobre Westcliff, Waring le arrojó un manojo de papeles.
—Esa es la prueba de mi autoridad sobre usted —dijo venenosamente—. Ahí tiene usted una copia de una solicitud diplomática de arresto provisional de la Secretaria de Estado Americana. Una copia de una orden del Secretario Británico del Interior, Sir James Graham, para el magistrado jefe de Bow Street, que autoriza el arresto de Matthew Phaelan, alias Matthew Swift. Además de la copia de una declaración jurada que atestigua…
—Señor Waring —le interrumpió Westcliff con una suavidad que de ningún modo mitigaba la amenaza implícita en su voz—. Usted puede enterrarme hasta el cuello con copias de todas las órdenes de arresto impresas desde el manuscrito de Gutenberg. Pero eso no significa que vaya a entregarle a este hombre.
—¡No tiene otra alternativa! Él es un criminal condenado que debe ser extraditado a los Estados Unidos, a pesar de sus objeciones.
—¿Que no tengo otra alternativa? —Los ojos oscuros de Westcliff se agrandaron, y un rubor cubrió su rostro—. ¡Juro que mi paciencia jamás ha sido probada como ahora! Esta propiedad en la que se encuentra ha estado en posesión de mi familia durante cinco siglos, y en esta tierra, en esta casa, yo soy la autoridad. Ahora, señor mío procederá a contarme de la manera más respetuosa posible, qué acusaciones tiene contra este hombre.
Era impresionante ver a Marcus, lord Westcliff, encolerizado. Matthew dudaba incluso de que Wendell Waring, quien tenía amistad con presidentes y hombres influyentes, hubiera conocido jamás a un hombre con más autoridad natural. Los dos agentes de policía miraron ansiosos a los dos hombres alternativamente.
Waring no miró a Matthew cuando respondió, como si su vista le resultara demasiado repulsiva para tolerarla.
—Realmente no conocen al hombre que tienen ante ustedes y se hace llamar Matthew Swift. Él ha engañado y traicionado a todos los que se han cruzado en su camino. El mundo será un lugar mejor cuando sea exterminado como la sabandija que es. Cuando llegue ese día…
—Discúlpeme, señor —le interrumpió Daisy, con una exagerada cortesía que rayaba la burla—, pero al menos yo, preferiría escuchar la versión simple de los hechos. No tengo ningún interés en oír sus opiniones sobre el carácter del señor Swift.
—Su apellido es Phaelan, no Swift —replicó Waring—. Y es hijo de un borracho irlandés. Fue abandonado en el orfanato Charles River cuando era un bebé después de que su madre hubiera muerto en el parto. Tuve la desgracia de entablar relación con Matthew Phaelan cuando le compré a la edad de once años para que ejerciera como compañero y ayuda de cámara de mi hijo Harry.
—¿Usted lo compró? —repitió ásperamente Daisy—. No sabía que los huérfanos podían ser comprados y vendidos.
—Le contraté, si lo prefiere —replicó el señor Waring, mirándola—. ¿Y quién es esta señorita descarada, que osa interrumpir a sus mayores?
Repentinamente Thomas Bowman se introdujo en el debate, su bigote se movía nerviosamente a causa de la ira.
—¡Es mi hija —rugió— y tiene mi permiso para hablar cuando lo desee!
Sorprendida por que su padre saliera en su defensa, Daisy le sonrió brevemente, dirigiendo de nuevo su atención a Waring inquirió:
—¿Cuánto tiempo estuvo el señor Phaelan a su servicio?
—Durante un período de siete años. Él atendía a mi hijo Harry en el internado, cumplía sus órdenes, cuidaba de sus efectos personales, y volvía a casa con él en vacaciones. —Clavó la mirada en Matthew, entornando los ojos acusadoramente.
Ahora que su presa estaba asegurada, la furia del señor Waring dio paso a una severa resolución. Parecía un hombre que había sufrido un calvario durante demasiado tiempo.
—No imaginábamos que estábamos abrigando a una serpiente en nuestro seno. Durante las últimas vacaciones que Harry pasó en casa, una fortuna en dinero en efectivo y joyas fue robada de la caja fuerte familiar. Uno de los artículos era un collar de diamantes que había pertenecido a los Waring desde hacía un siglo. Mi bisabuelo se lo había comprado a la Archiduquesa de Austria. El robo sólo pudo ser perpetrado por alguien de la familia, o por un sirviente de confianza que tuviera acceso a la llave de la caja. Todas las pruebas señalaron a una persona. Matthew Phaelan.
Matthew permanecía en silencio. Su actitud era serena pero sentía un caos en su interior. Lo contuvo con gran esfuerzo, sabiendo que no ganaría nada dejándose llevar por la desesperación.
—¿Y cómo sabe usted que la cerradura no fue forzada por un ladrón? —exclamó Lillian algo mas calmada.
—La caja fuerte tenía un mecanismo de seguridad —contestó Waring— que la bloqueaba en el caso de que la cerradura fuera manipulada con una ganzúa. Sólo una llave maestra o la llave original podían abrirla. Y Phaelan sabía dónde estaba la llave. De vez en cuando se le ordenaba sacar dinero o bienes personales de la caja fuerte.
—¡Él no es ningún ladrón! —Matthew oyó como Daisy replicaba colérica, defendiéndole antes de que él mismo pudiera defenderse—. Nunca sería capaz de robarle nada a nadie.
—Un jurado de doce hombres no estuvo de acuerdo con esa valoración —ladró el Waring, con renovada cólera—. Phaelan fue condenado por hurto mayor y sentenciado a prisión durante quince años. Huyó antes de que pudieran encerrarle, y desapareció.
Habiendo asumido que Daisy se alejaría de él al conocer la verdad, Matthew se percató asombrado de que ella arrastró su silla más cerca de el. Una de sus manos presionó ligeramente su hombro. No exteriorizó su reacción ante ese ligero toque, pero sus sentidos absorbieron ávidamente el contacto de sus dedos.
—¿Cómo me ha encontrado? —preguntó Matthew roncamente, obligándose a mirar a Waring. El tiempo había cambiado al hombre de forma sutil. Las arrugas en su cara eran un poco más profundas, y sus pómulos eran algo más prominentes.
—He tenido a hombres buscándole durante años —dijo Waring con un toque melodramático que sus colegas bostonianos seguramente habrían encontrado excesivo—. Sabía que no podría permanecer escondido indefinidamente. Se entregó una gran donación anónima al orfanato Charles River. Sospeché que usted estaba detrás de ello, pero fue imposible penetrar a través del ejército de abogados y testaferros. Luego pensé que usted podría intentar encontrar a su padre. Le seguimos la pista, y por el precio de unos cuantos tragos él nos dijo todo lo que necesitábamos saber, su nombre falso y su dirección en Nueva York. —La voz de Waring destilaba desprecio cuando añadió—: Le vendieron por el equivalente de cinco raciones de whisky.
Matthew contuvo el aliento. Sí... él había encontrado a su padre, y había decidido en contra de toda razón confiar en él. La necesidad de conexión con alguien, o algo, había sido demasiado abrumadora. Su padre era una ruina de ser humano, había quedado dolorosamente claro para el joven Matthew que no podría hacer nada por él, salvo encontrarle un lugar para vivir y pagar su manutención.
Cada vez que Matthew había logrado hacerle una visita en secreto, había botellas amontonadas por todas partes. “Si alguna vez me necesitas”, le había dicho a su padre, presionando una nota doblada en su mano, “búscame en esta dirección. No debes dársela a nadie ¿Entiendes?”. Su padre, bajo los efectos del alcohol, había dicho que sí, que entendía.
Si alguna vez me necesitas… Matthew había deseado desesperadamente ser necesario para alguien.
Éste era el precio que tendría que pagar por aquella debilidad.
—Swift —le preguntó Thomas Bowman—, ¿son ciertas las acusaciones de Waring? —su habitual vozarrón estaba teñido con una nota de pesar.
—No del todo —Matthew paseó la mirada por la habitación. Lo que él había esperado ver en sus rostros, condenación, miedo, cólera, simplemente no estaba allí. Incluso Mercedes Bowman, que no era exactamente una mujer compasiva, le miraba con lo que él casi podría jurar que era amabilidad.
Repentinamente se percató que se encontraba en una posición diferente a la que tenía años atrás, cuándo él era un hombre pobre y sin amigos. Él había estado armado sólo con la verdad, que había probado ser ciertamente insuficiente. Sin embargo, ahora él tenía dinero e influencia, además de aliados poderosos. Y sobre todo tenía a Daisy, que permanecía en silencio apoyada en su hombro, fortaleciéndolo y confortándolo internamente.
Los ojos de Matthew se estrecharon con desafío al enfrentarse con la mirada acusadora de Wendell Waring. Tanto si le gustaba como si no, Waring tendría que escuchar la verdad.
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:39

Capítulo 18
—Fui el ayuda de cámara de Harry Waring —comenzó Matthew bruscamente—. Y le serví fielmente, aunque siempre supe que él no me consideraba un ser humano. Desde su punto de vista los sirvientes éramos iguales a los perros. Existía sólo para su conveniencia. Mi trabajo consistía en asumir la culpa de todas sus fechorías, soportar sus castigos, reparar lo que él rompía, conseguir lo que él necesitaba. Incluso siendo tan joven, Harry era un derrochador arrogante que pensaba que podría salir impune de cualquier cosa, inclusive el asesinato, gracias a la posición de su familia…
—¡No consentiré que le difames! —exclamó el señor Waring fuera de sí.
—Usted ha tenido su oportunidad —bramó Thomas Bowman—. Ahora quiero oír a Swift.
—Ese no es su nombre…
—Déjele hablar —exclamó Westcliff con voz gélida, zanjando la cuestión.
Matthew dedicó al conde una breve inclinación de cabeza en señal de agradecimiento. Su atención se desvió hacia Daisy que se sentó en una silla a su lado. Ella acercó poco a poco el asiento hacia Matthew hasta que su pierna derecha quedó medio oculta bajo los pliegues de su falda.
—Fui con Harry al Boston Latin —continuó Matthew— y luego a Harvard. Dormía en los aposentos de los sirvientes en el sótano. Estudiaba los apuntes de sus amigos para las clases a las que Harry no asistía, y redactaba sus tareas…
—¡Eso es mentira! —gritó Waring—. Tú, que fuiste educado por las monjas de un orfanato, estás loco si piensas que alguien va a creerte.
Matthew se permitió una sonrisa burlona.
—Aprendí más de esas monjas de lo que Harry aprendió jamás de su larga lista de tutores. Harry solía decir que él no necesitaba una educación puesto que disponía de un poderoso apellido y de dinero. Pero yo no tenía ninguna de las dos cosas, y mi única oportunidad era aprender todo lo posible con la esperanza de ascender algún día.
—¿Ascender? —le preguntó Waring con manifiesto desdén—. No eras más que un criado, un criado irlandés, no tenías ninguna posibilidad de convertirte en un caballero.
Una media sonrisa cruzó la cara de Daisy.
—Eso es precisamente lo que él hizo en Nueva York, señor Waring. Matthew se ganó un lugar por sí mismo en el mundo de los negocios y en la sociedad; y ciertamente se ha convertido en un caballero.
—Bajo una identidad falsa —replicó Waring—. Este hombre no es más que un fraude, ¿acaso no lo ve?
—No —contestó Daisy, mirando directamente a Matthew, sus ojos oscuros brillaban—. Cuando le miro veo a un caballero.
Matthew quiso besar sus pies. En lugar de eso, apartó con esfuerzo la mirada y continuó.
—Hice todo lo que pude para mantener a Harry en Harvard, mientras él parecía firmemente decidido a ganarse la expulsión. Era aficionado a la bebida, al juego y… —Matthew vaciló al recordar que había señoras presentes—… a otras cosas —concluyó—. Sus vicios empeoraron. Sus gastos mensuales superaron con mucho su asignación, y sus deudas de juego aumentaron tanto que comenzó a preocuparse. Le dieron miedo las repercusiones que tendría que afrontar cuando su padre conociera la extensión de su problema. Como siempre, Harry, buscó la salida más fácil. Lo que explica lo que ocurrió aquellas vacaciones en las que la caja fuerte fue robada. Lo supe cuando Harry ya lo había hecho.
—Eso son sólo mentiras venenosas —explotó Waring.
—Harry me señaló con el dedo —dijo Matthew—, en lugar de admitir que se había visto obligado a robar la caja fuerte para cancelar sus deudas. Decidió usarme como chivo expiatorio para salvar su pellejo. Naturalmente su familia creyó en su palabra por encima de la mía.
—Tu culpabilidad fue probada en los tribunales —repuso Waring severamente.
—Nada fue probado —Matthew hervía de cólera, y respiró hondo para recuperar el control. Sintió la mano de Daisy buscando la suya, y la cogió. La agarró demasiado fuerte, pero al parecer no podía controlarse—. Aquel juicio fue una farsa —dijo Matthew—. Los informes se prepararon apresuradamente. Mi abogado de oficio se durmió, literalmente, durante la mayor parte del proceso. No se presentó ninguna prueba concluyente que me asociara con el robo. Un sirviente de uno de los compañeros de Harry me informó de que oyó cómo Harry y dos amigos más planearon incriminarme, pero estaba demasiado asustado para testificar. —Viendo que los dedos de Daisy se volvían blancos por la presión, Matthew se esforzó por relajarse. Acarició suavemente con el pulgar sus nudillos—. Tuve un golpe de suerte —continuó quedamente— cuando un reportero del Daily Advertiser escribió un artículo sobre las deudas de juego del pasado de Harry, y revelando que esas mismas deudas casualmente habían sido canceladas inmediatamente después del robo. Como resultado del artículo hubo una protesta pública por la obvia parodia del proceso judicial.
—¿Y aún así fue usted condenado? —preguntó Lillian indignada.
Matthew sonrió con amargura.
—La justicia puede ser ciega —dijo— pero adora el sonido del dinero. Los Waring eran demasiados poderosos, y yo tan sólo un sirviente pobre.
—¿Cómo lograste escapar? —preguntó Daisy.
La sombra de una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.
—Fue algo inesperado tanto para mí como para todos los demás. Permanecía encerrado en un furgón, estaba previsto que saliera hacia la prisión estatal antes del amanecer. El furgón se detuvo sin motivo aparente en una zona desierta de la carretera. Repentinamente la puerta se abrió, y fui sacado hacia el exterior por media docena de hombres. Asumí que iba a ser linchado. Pero me dijeron que eran ciudadanos compasivos decididos a enmendar un agravio. Me pusieron en libertad y los guardas del furgón no opusieron ninguna resistencia, me dieron un caballo, al llegar a Nueva York, vendí el caballo, y empecé una nueva vida.
—¿Por qué escogiste el apellido Swift? —preguntó Daisy.
—Para entonces ya había aprendido el inmenso poder que posee un nombre prestigioso. Y los Swift son una familia muy numerosa, con muchas ramas, creí que era algo que me ayudaría a pasar inadvertido.
Thomas Bowman habló entonces, con orgullo herido.
—¿Por qué me pediste un empleo? ¿Pensaste hacerme pasar por tonto?
Matthew le miró a los ojos, recordando su primera impresión de Thomas Bowman… un hombre poderoso dispuesto a darle una oportunidad, demasiado ocupado con su negocio como para pedir referencias. Astuto, obstinado, imperfecto, resuelto… la figura masculina más influyente en la vida de Matthew.
—Nunca —contestó Matthew sinceramente—. Siempre lo he admirado. Quería aprender de usted. Y… —sintió un nudo en la garganta—… siempre ha tenido usted mi respeto y mi gratitud, y también mi afecto.
La cara de Bowman enrojeció e inclinó la cabeza ligeramente, con los ojos brillantes.
Waring tenía la apariencia de un hombre desecho, su compostura destrozada como un vaso barato. Fulminó a Matthew con una mirada de odio.
—Estás tratando de manchar la memoria de mi hijo con tus mentiras —dijo—. No lo consentiré. Creíste que si viajabas a un país extranjero nadie podría…
—¿Su memoria? —Matthew le miró con sorpresa, aturdido—. ¿Harry está muerto?
—¡Por tú culpa! Después del juicio hubo rumores, mentiras, dudas que nunca desaparecieron. Los amigos de Harry le evitaban. La mancha en su honor arruinó su vida. Si hubieras admitido tu culpabilidad, si hubieras cumplido tu condena, Harry todavía estaría conmigo. Pero las infames sospechas crecieron con el paso del tiempo, y vivir bajo esa sombra le hizo beber y vivir imprudentemente.
—Por lo visto —dijo Lillian sarcásticamente—, su hijo ya se dedicaba a eso antes del juicio.
Lillian tenía un talento singular para empujar a las personas más allá de sus límites. Waring no fue una excepción.
—¡Este hombre es un criminal convicto! —Waring cargó contra ella—. ¡Cómo se atreve a creer en su palabra antes que en la mía!
Westcliff le alcanzó en tres zancadas, pero Matthew ya se había colocado delante de Lillian, protegiéndola de la furia de Waring.
—Señor Waring —dijo Daisy en medio del tumulto—, por favor contrólese. Seguramente es consciente de que está perjudicando su causa con ese comportamiento. —Su tranquila lucidez consiguió traspasar la furia del hombre.
Waring dirigió a Daisy una mirada extrañamente implorante.
—Mi hijo está muerto. Y Phaelan es el culpable.
—Aunque así fuera, eso no le devolverá a su hijo —dijo ella quedamente—. Tampoco honrará su memoria.
—Me traerá paz —gritó Waring.
La expresión de Daisy era seria, su mirada compasiva.
—¿Está seguro de eso?
Todos los presentes se percataron de que eso era algo que ya no le importaba. Waring estaba más allá de toda razón.
—He esperado muchos años y he recorrido miles de millas para llegar a este momento —dijo Waring—. No pienso renunciar. Usted ha examinado los documentos, Westcliff. Ni siquiera usted está por encima de la ley. Los agentes de policía tienen órdenes de usar la fuerza si fuera necesario. Usted me lo entregará ahora, esta noche.
—Creo que no. —Los ojos de Westcliff eran duros como una roca—. Sería una locura viajar en una noche como ésta. Las tormentas primaverales en Hampshire pueden ser violentas e imprevisibles. Usted pasará la noche en Stony Cross Park mientras considero qué debe hacerse.
Los agentes se mostraron vagamente aliviados por esa sugerencia, puesto que ningún hombre sensato querría aventurarse a través de un diluvio.
—¿Y dar a Phaelan la oportunidad de escapar de nuevo? —le preguntó el señor Waring desdeñosamente—. No. Usted lo pondrá bajo mi custodia.
—Tiene mi palabra de que no huirá —replicó Westcliff.
—Su palabra no es suficiente para mi —replicó Waring—. Es obvio que está usted de su parte.
La palabra de un caballero inglés lo era todo y por supuesto ponerla en duda era el peor insulto inimaginable. Matthew estaba asombrado de que Westcliff lograra contenerse. Sus tensas mejillas temblaban a causa de la afrenta.
—Buena la ha hecho usted —masculló Lillian, sonando bastante atemorizada. Incluso en las peores discusiones con su marido, ella nunca se había atrevido a dudar de su honor.
—Usted se llevará a este hombre... —le dijo Westcliff a Waring con un tono letal—... sobre mi cadáver.
En ese momento Matthew se percató de que la situación había llegado demasiado lejos. Vio la mano de Waring introducirse en el bolsillo de su abrigo, la tela se abultaba a causa de algún objeto pesado, y vislumbró la culata de una pistola. Por supuesto. Un arma era un seguro contundente en caso de que los agentes resultaran ser ineficaces.
—Espere —dijo Matthew. Él diría o haría lo que fuera necesario para evitar que sacara la pistola. Si eso llegaba a ocurrir, la confrontación se incrementaría hasta llegar a ser peligrosa para todos los presentes—. Iré con usted —clavó los ojos en Waring, queriendo tranquilizarlo—. El proceso se ha puesto en marcha. El cielo sabe que no puedo eludirlo por más tiempo.
—¡No! —gritó Daisy, arrojándole los brazos alrededor del cuello—. No estarás a salvo con él.
—Saldremos ahora mismo —le dijo Matthew a Waring, mientras cuidadosamente se deshacía del abrazo de Daisy y la escudaba con su cuerpo.
—No puedo permitirlo —repuso Westcliff.
Matthew le interrumpió con firmeza.
—Será lo mejor. —Quería al enfurecido Waring y a los dos agentes fuera de Stony Cross Park lo antes posible—. Iré con ellos, y todo se aclarará en Londres. Éste no es el momento ni el lugar para discutirlo.
El conde juró quedamente. Como buen estratega, Westcliff comprendió que por el momento estaba en desventaja. Ésta no era una batalla que pudiera ser ganada por la fuerza bruta. Requeriría dinero, muchos trámites legales, e influencias políticas.
—Iré a Londres con ustedes —dijo Westcliff con decisión.
—Imposible —repuso Waring—. El carruaje dispone de cuatro plazas. Lo ocuparemos tan sólo los agentes de policía, el prisionero y yo.
—Les seguiré en mi carruaje.
—Le acompañaré —dijo decidido Thomas Bowman.
Lord Westcliff apartó a Matthew a un lado, posando la mano en su hombro con una presión fraternal y le dijo quedamente.
—Conozco bastante bien al magistrado de Bow Street. Veré que comparezca ante él tan pronto como lleguemos a Londres y pediré que sea puesto en libertad de inmediato. Nos hospedaremos en mi residencia privada mientras esperamos una petición formal del embajador americano. Mientras tanto congregaré a un regimiento de abogados y utilizaré cada brizna de influencia política de que disponga.
Matthew apenas podía hablar.
—Gracias —logró decir.
—Milord —preguntó Daisy insegura—, ¿conseguirán extraditar a Matthew?
Las facciones de Westcliff se endurecieron con arrogante certeza.
—En absoluto.
Daisy dejó escapar una risa insegura.
—Bien —dijo—, voy a confiar en su palabra, milord, aunque el señor Waring no lo haga.
—Para cuando haya terminado con Waring… —masculló Westcliff, negando con la cabeza—. Discúlpenme pero debo avisar a los sirvientes para que preparen mi carruaje.
Cuando el conde salió, Daisy levantó la mirada hacia Matthew.
—Ahora comprendo tantas cosas —dijo ella—. Porque no querías contármelo.
—Sí —su voz era ronca—. Sabía que era algo muy malo. Sabía que te perdería cuando supieras la verdad.
—¿No pensaste que yo lo comprendería? —preguntó Daisy con seriedad.
—No sabes lo horrible que fue. Nadie me creía. Los hechos no importaban. Después de haber pasado por eso, creí que nadie tendría fe en mi inocencia.
—Matthew —dijo ella con sencillez—, siempre creeré en ti.
—¿Por qué? —susurró él.
—Porque te amo.
Las palabras lo devastaron.
—No tienes que decir eso. No…
—Te amo —insistió Daisy, agarrando su chaleco con las manos—. Debería habértelo dicho antes; quise esperar a que confiaras en mí lo suficiente como para dejar de ocultarme tu pasado. Pero ahora que ya conozco lo peor... —Hizo una pausa con una sonrisa sardónica—. Porque esto era todo ¿no es cierto? ¿No hay nada más que quieras confesar?
Matthew asintió con la cabeza, aturdido.
—Sí. No. Esto es todo.
Su expresión se volvió tímida.
—¿No vas a decirme que me amas?
—No tengo derecho a decirte eso —dijo él—. No hasta que esto se solucione. No hasta que mi nombre sea…
—Dímelo —exclamó Daisy, dando un tirón a su chaleco.
—Te amo —masculló Matthew. Maldita sea, que bien se sintió diciéndoselo.
Ella tiró fuertemente de él otra vez, esta vez como un gesto de posesión, una aseveración. Matthew se resistió, colocando las manos en sus codos, sintiendo el calor de su piel a través de la tela húmeda de su vestido. A pesar de lo inapropiado de la situación, su cuerpo pulsó con deseo. Daisy, no quiero dejarte…
—Iré a Londres contigo —la oyó murmurar.
—No. Quédate aquí con tu hermana. No quiero verte involucrada en todo esto.
—Ahora ya es un poco tarde para eso ¿verdad? Como tu prometida tengo algo más que un interés pasajero en el resultado.
Matthew inclinó la cabeza sobre la de ella, su boca rozó ligeramente su pelo.
—Será más difícil para mí si estás allí —dijo quedamente—. Necesito saber que estás a salvo aquí en Hampshire. —Apartándole las manos de su chaleco, las acercó a sus labios y las besó apasionadamente—. Ve al pozo mañana —susurró—. Voy a necesitar otro deseo de cinco dólares.
Los dedos de Daisy estrecharon los de él.
—Mejor uno de diez.
Matthew se apartó de ella al advertir que alguien se acercaba. Eran los dos agentes de policía, parecían malhumorados.
—Es obligatorio que los infractores de la ley lleven puestas las esposas durante el trasladado a Bow Street —dijo uno de ellos. Dirigió a Daisy una mirada severa—. Discúlpeme, señorita, pero ¿qué ha hecho con las esposas que le quitó al señor Phaelan?
Daisy volvió la mirada hacia él inocentemente.
—Se las di a una doncella. Me temo que es tremendamente despistada. Probablemente las ha extraviado.
—¿Por dónde deberíamos comenzar a buscar? —preguntó el oficial con un suspiro de impaciencia.
Con expresión impasible contestó:
—Le sugiero que empiece por los orinales.
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:40

Capítulo 19
A causa de su precipitada salida, Marcus y Bowman llevaban pocos efectos personales, aparte de una muda de ropa empaquetada deprisa y los más básicos artículos de aseo. Sentados uno frente al otro en el carruaje de la familia, apenas conversaron. El viento y la lluvia golpeaban el vehículo, y Marcus pensó con preocupación en el conductor y los caballos.
Era temerario viajar con este tiempo, pero Marcus estaría condenado si dejara que Matthew Swift… Phaelan… fuera llevado lejos de Stony Cross sin ninguna protección. Y era obvio que la búsqueda de venganza de Wendell Waring había alcanzado extremos irracionales.
Daisy había sido astuta en sus comentarios hacia Waring, haciéndole ver que acusar a alguien por los crímenes que Harry había cometido no le devolvería a su hijo, ni honraría su memoria. Pero en su mente, esta era la última cosa que Waring podía hacer por su hijo. Y quizás se había convencido de que encarcelar a Matthew demostraría la inocencia de Harry.
Harry Waring había tratado de sacrificar a Matthew para encubrir su propia corrupción. Marcus no podía permitir que Waring Wendell tuviese éxito donde su hijo había fallado.
—¿Duda usted de él? —preguntó Thomas Bowman de repente. Lo miró más preocupado de lo que Marcus lo había visto nunca. Sin duda esto era sumamente doloroso para Bowman, que amaba a Matthew Swift como a un hijo. Posiblemente aún más que a sus propios hijos. No era extraño que entre los dos se hubiese formado un fuerte lazo de unión. Swift, un joven huérfano de padre, y Bowman, quien necesitaba de alguien a quien dirigir y servir de mentor.
—¿Pregunta usted si dudo de Swift? No, en absoluto. Encontré su versión infinitamente más creíble que la de Waring.
—También yo. Y conozco el carácter de Swift. Puedo asegurarle que en todos mis negocios con él, siempre se comportó como un hombre de principios y demasiado honesto.
Marcus rió ligeramente.
—¿Puede alguien ser demasiado honesto?
Bowman se encogió, y su bigote se movió nerviosamente con reticente diversión.
—Bueno… la honestidad extrema a veces puede ser una desventaja en los negocios.
El restallido de un relámpago sonó peligrosamente cerca, provocando en la nuca de Marcus un pinchazo de advertencia.
—Esto es una locura —refunfuñó—. Tendrán que pararse en una taberna pronto, si todavía pueden hacerlo pasando la frontera de Hampshire. Algunas de los riachuelos locales tienen corrientes más fuertes que la de algunos ríos. Considerando la oleada de riadas, los caminos serán infranqueables.
—Dios, eso espero —dijo Thomas Bowman fervientemente—. Nada me complacería más que ver a Waring y a esos dos idiotas incompetentes siendo obligados a volver a Stony Cross Park con Swift.
El carruaje aminoró la velocidad y se paró abruptamente, mientras la lluvia aporreaba como miles de puños contra el exterior lacado.
—¿Qué sucede? —Bowman levantó la cortina tratando de ver algo a través de la ventana, pero no podía ver nada excepto la oscuridad y la lluvia que caía a cantaros sobre el cristal.
—Maldición —dijo Marcus.
Después de unos golpazos nerviosos, la puerta se abrió de un tirón mostrando la pálida cara del conductor. Con su sombrero de copa negro y la capa que se mezclaba con la penumbra, parecía una cabeza sin cuerpo.
—Milord — jadeó—, ha ocurrido un accidente ahí delante… debéis venir a ver…
Marcus saltó del carruaje, un golpe de fría lluvia lo golpeó con fuerza. Arrancó el farol del carruaje de su soporte y siguió al conductor hasta un riachuelo que cruzaba justo por delante.
—Cristo —susurró Marcus.
El carruaje que llevaba a Waring y a Matthew se había detenido sobre un sencillo puente de vigas de madera, uno de sus lados se había retorcido apartándose de la orilla y ahora estaba esquinado en diagonal al otro lado del río. La fuerza de la embravecida corriente había derrumbado parte del puente, dejando las ruedas traseras del carruaje medio sumergidas en el agua mientras los caballos luchaban en vano por salir. Balanceándose hacia adelante y hacia atrás en el agua como el juguete de un niño, el puente amenazó con separarse de la otra orilla.
No había ningún modo de alcanzar el carruaje varado. El puente se había separado del lado más cercano a ellos, y sería un suicidio intentar cruzar la corriente.
—Dios mío, no —oyó exclamar a Thomas Bowman con horror.
Sólo podían observar con impotencia cómo el conductor del carruaje de Waring luchaba por salvar a los caballos, desabrochando frenéticamente las correas de los ejes del carro.
Al mismo tiempo, la puerta más alta del carruaje que continuaba hundiéndose fue abierta a empujones, y una figura comenzó a trepar lentamente con evidente dificultad.
—¿Es Swift? —demandó Bowman, acercándose a la orilla tanto como se atrevió—. ¡Swift! —Pero su bramido fue tragado por el ruido de la tormenta, el rugido de la corriente y los fieros crujidos del puente que se desintegraba.
Entonces todo pareció suceder simultáneamente. Los caballos saltaron del puente a la seguridad de la orilla. Sobre el puente, se movían una o dos figuras oscuras, y con una lentitud glacial, casi majestuosa, el pesado carruaje desaparecía en el agua. Se hundió por la mitad, conservando su endeble flotabilidad durante un breve momento… pero entonces las luces del carruaje se extinguieron y el vehículo flotó sin rumbo, de costado, a la deriva en la furiosa corriente que lo arrastró río abajo.

Daisy había dormido sólo de manera intermitente, incapaz de detener la carrera de sus pensamientos. Se había despertado repetidamente durante la noche, preguntándose que le pasaría a Matthew. Temía por su bienestar. Sólo el conocimiento de que Westcliff estaba con él, o al menos cerca, la mantuvo razonablemente tranquila.
Seguía reviviendo los momentos en la sala cuando Matthew finalmente le había revelado los secretos de su pasado. Qué vulnerable y solo parecía. Qué carga había llevado todos estos años… y cuanto coraje e imaginación había necesitado para reinventarse a sí mismo.
Daisy sabía que no sería capaz de esperar en Hampshire por mucho tiempo. Quería ver a Matthew desesperadamente, tranquilizarle, defenderlo contra el mundo si fuera necesario.
Más temprano, esa tarde, Mercedes le había preguntado si las revelaciones sobre Matthew habían afectado su decisión de casarse con él.
— Sí —había contestado Daisy—. Estoy aún más decidida que antes.
Lillian se había unido a la conversación, admitiendo que estaba mucho más predispuesta a aceptar a Matthew Swift después de lo que habían aprendido sobre él.
—Aunque —había añadido—, sería bastante agradable conocer cuál va a ser tu futuro apellido de casada.
—¿Oh, qué es un apellido? —había citado Daisy, sacando una hoja de papel del escritorio y moviéndose nerviosamente con él.
—¿Qué estas haciendo? —le había preguntado Lillian—. ¿No me digas que vas a escribir una carta ahora?
—No sé que hacer —había admitido Daisy—. Pienso que debería enviarles un mensaje a Annabelle y Evie.
—Ellas lo averiguarán bastante pronto por Westcliff —dijo Lillian—. Y no estarán ni un poquito sorprendidas.
—¿Por qué dices eso?
—Con tu afición por las historias con giros dramáticos y personajes con pasados misteriosos, era una conclusión obvia pensar que no tendrías un noviazgo tranquilo ni ordinario.
—Sea como sea —había contestado Daisy irónicamente—, un noviazgo tranquilo y ordinario me parece muy atractivo en este momento.

Después de un sueño agitado, Daisy se despertó por la mañana cuando alguien entró en su dormitorio. Al principio creyó que era la criada que venía a encender la chimenea, pero era demasiado temprano. El amanecer aún no había llegado, y la lluvia había ido amainando hasta una llovizna plomiza.
Era su hermana.
—Buenos días —dijo Daisy con voz ronca, sentándose y desperezándose—. ¿Por qué estás levantada tan temprano? ¿El bebé está irritable?
—No, está descansando. —Su voz sonaba enronquecida. Llevando una pesada bata de terciopelo y su pelo en una trenza floja, se acercó a la cama con una taza de té caliente en la mano—. Toma.
Daisy frunció el ceño y obedeció, mirando como Lillian se obligaba a sentarse en el borde del colchón. Eso no era habitual.
Algo había pasado.
—¿Qué sucede? —preguntó con un sentimiento de pavor que descendía lentamente por su columna.
Lillian cabeceó hacia la taza de té.
—Eso puede esperar hasta que estés un poco más despierta.
Era demasiado pronto para que hubiera llegado cualquier noticia desde Londres, reflexionó Daisy. Esto no podía tener algo que ver con Matthew. Tal vez su madre estaba enferma. Tal vez algo terrible había pasado en el pueblo.
Después de tragar unos cuantos sorbos de té, Daisy se inclinó para poner la taza sobre la mesita de noche y le devolvió la atención a su hermana.
—Esto es todo lo despierta que voy a estar hoy —dijo ella—. Dímelo ahora.
Aclarando ásperamente su garganta, Lillian habló con una voz gruesa.
—Westcliff y padre han vuelto.
—¿Qué? —aturdida, Daisy la miró fijamente—. ¿Por qué no están en Londres con Matthew?
—Él tampoco está en Londres.
—¿Entonces todos regresaron?
Lillian forzó una pequeña sacudida con su cabeza.
—No. Lo siento. Me estoy explicando muy mal. Yo… te lo diré sin rodeos. Poco después de que Westcliff y padre dejaran Stony Cross, su carruaje tuvo que pararse debido a un accidente ocurrido delante, en el puente. ¿Conoces el viejo puente chirriante que hay que cruzar para llegar al camino principal?
—¿El que atraviesa el pequeño riachuelo?
—Sí. Bueno, el riachuelo no es tan pequeño ahora. Gracias a la tormenta, es un gran río impetuoso. Al parecer la corriente fue debilitando el puente, y cuando el carruaje de señor Waring trató de cruzar se derrumbó.
Daisy se quedó inmóvil, confundida. El puente se derrumbó. Ella se repetía las palabras, pero parecían tan imposibles de interpretar, como si pertenecieran a alguna antigua lengua ya olvidada. Con esfuerzo, ella puso en orden sus pensamientos.
—¿Se salvaron todos? —se oyó preguntar.
—Todos menos Matthew. —La voz de Lillian tembló—. Quedó atrapado en el carruaje cuando fue arrastrado río abajo.
—Él está bien —dijo Daisy automáticamente, mientras su corazón comenzaba a golpear como un animal salvaje enjaulado—. Él sabe nadar. Probablemente terminó río abajo sobre una de las orillas… alguien tiene que buscarlo…
—Están buscando por todas partes —dijo Lillian—. Westcliff está organizando una búsqueda a gran escala. Pasó la mayor parte de la noche buscando y volvió hace un momento. El carruaje se hizo pedazos río abajo. No había rastro de Matthew. Pero Daisy… uno de los guardias le confesó a Westcliff… —se detuvo y sus ojos negros brillaron con furiosas lágrimas—… reconoció… —continuó con esfuerzo—… que las manos de Matthew estaban atadas.
Las piernas de Daisy se movieron bajo las sábanas, dobló sus rodillas, plegándose. Su cuerpo quería ocupar tan poco espacio físico como fuera posible, retrocediendo ante esta nueva revelación.
—Pero, ¿por qué? —susurró—. No había ninguna razón.
La decidida mandíbula de Lillian tembló cuando trató de recuperar el control de sus emociones.
—Dados los antecedentes de Matthew, dijeron que había riesgo de fuga. Pero creo que Waring insistió en ello por rencor.
Daisy se sintió mareada por el latido ensordecedor de su propio pulso. Estaba asustada, y al mismo tiempo una parte de ella se sentía extrañamente aislada. Brevemente evocó una imagen de Matthew, luchando en las aguas oscuras, sus manos atadas, golpeando…
—No —dijo, presionando sus palmas contra el violento latido de sus sienes. Se sintió como si miles de agujas pincharan su cráneo. No podía respirar bien—. No tuvo ninguna posibilidad, ¿verdad?
Lillian negó con la cabeza y apartó la mirada, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, cayendo sobre la colcha.
Qué extraño, pensó Daisy, que ella no llorase también. Una calurosa presión crecía detrás de sus ojos, en lo más profundo de su cabeza, haciendo que le doliera el cráneo. Pero parecía que sus lágrimas esperaban algún pensamiento o palabra que provocase su liberación.
Daisy continuó presionando sus palpitantes sienes, casi cegada por el dolor de cabeza cuando preguntó:
—¿Estás llorando por Matthew?
—Sí —Lillian sacó un pañuelo de la manga de su bata y se sonó la nariz—. Pero sobre todo por ti. —Se inclinó sobre Daisy para estrecharla entre sus brazos, como si pudiera protegerla de todo daño—. Te quiero Daisy.
—Yo también —jadeó Daisy con voz apagada, lastimada y con los ojos secos, luchando por respirar.

La búsqueda continuó durante todo ese día y la noche siguiente, pero todos las rutinas habituales, las horas de dormir, comer y trabajar, habían perdido su significado. Sólo un incidente logró traspasar el pesado entumecimiento que oprimía a Daisy implacablemente, y fue cuando Westcliff rechazó su ayuda en la búsqueda.
—No servirías de ayuda a nadie —le había dicho Westcliff, demasiado agotado y molesto para ejercer su tacto habitual—. Es peligroso y difícil buscar ahí fuera con el agua tan alta. En el mejor de los casos, serías una distracción y, en el peor, podrías resultar herida.
Daisy sabía que él tenía razón, pero eso no evitó que se sintiese profundamente indignada y furiosa. El sentimiento, alarmante por su intensidad, amenazó con desintegrar su control, así que, apresuradamente, volvió a encerrarse en sí misma.
El cuerpo de Matthew podría no ser encontrado jamás. La fatalidad de tener que resignarse a ello era demasiado cruel e insoportable. De algún modo una desaparición era aún peor que la muerte, era como si él nunca hubiese existido realmente, no dejando nada sobre lo que llorar su pérdida. Daisy nunca antes había entendido por qué algunas personas tenían la necesidad de ver el cuerpo de un ser amado después de que hubiese muerto. Ahora sí lo entendía. Era el único modo de terminar con esa pesadilla viviente y quizás encontrar así la liberación en las lágrimas y el dolor.
—Sigo pensando que si él estuviese muerto yo lo sabría —le dijo a Lillian cuando se sentó en el suelo al lado de la chimenea de la sala. Un viejo chal la envolvía consolándola con su gastada suavidad. A pesar del calor del fuego, las capas de ropa y el tazón de té con brandy en sus manos, Daisy no conseguía entrar en calor—. Debería sentirlo. Pero no puedo sentir nada, es como si hubiese sido congelada viva. Quiero esconderme en algún sitio. No quiero pasar por esto. No quiero ser fuerte.
—No tienes que serlo —dijo Lillian en voz baja.
—Sí, debo serlo. Pues la única otra opción es dejar que me rompa en un millón de pedazos.
—Yo te mantendré unida. Cada uno de los pedazos.
Una débil sonrisa tocó los labios de Daisy mientras miraba fijamente la cara preocupada de su hermana.
—Lillian —susurró—. ¿Qué haría yo sin ti?
—Nunca tendrás que averiguarlo.

Fue sólo la insistencia de su madre y su hermana lo que indujo a Daisy a tomar unos pocos bocados de la cena. Bebió una copa entera de vino, esperando que la distrajera de las interminables vueltas que daba de su mente.
—Westcliff y padre deberían volver pronto —dijo Lillian con tensión—. No han tenido ningún descanso y es probable que tampoco hayan comido.
—Vayamos al salón —sugirió Mercedes—. Podemos distraernos con algún juego de cartas, o quizás podrías leer en voz alta uno de los libros favoritos de Daisy.
Daisy le dirigió una mirada de disculpa.
—Lo siento, no puedo. Si no os importa, me gustaría estar sola arriba.
Después de asearse y ponerse el camisón, Daisy echó un vistazo a la cama. Aunque estaba algo achispada y cansada, su mente rechazó la idea de dormir.
La casa estaba tranquila cuando fue a la sala Marsden, sus pies desnudos rozaban las sombras que cruzaban el piso alfombrado como oscuras enredaderas. Una única lámpara enviaba un resplandor dorado a través de la sala, captando la luz en cristales biselados que colgaban de la pantalla y salpicaban dispersos puntitos blancos sobre las paredes empapeladas con flores. Un montón de libros y publicaciones habían sido dejados sobre el sofá: revistas, novelas, y un delgado volumen de poesía humorística que ella le había leído a Matthew en voz alta, esperando ver las esquivas sonrisas en su rostro
¿Cómo fue que todo cambió tan rápidamente? ¿Cómo podía la vida tomar tan arbitrariamente a alguien y ponerlo sobre un camino radicalmente diferente y no deseado?
Daisy se sentó sobre la alfombra al lado del montón de libros y comenzó a revisarlos y a clasificarlos lentamente… unos para ser devueltos a la biblioteca, otros para llevárselos a los aldeanos el día de visita. Pero quizás no era prudente acometer esta tarea después de tanto vino. En vez de formar dos montones ordenados, los materiales de lectura terminaron desperdigados alrededor de ella, como tantos sueños abandonados.
Cruzando las piernas, Daisy se apoyó contra el sofá y descansó su cabeza sobre el borde tapizado. Sus dedos tropearon con la cubierta de tela de uno de los libros. Le echó un vistazo entrecerrando los ojos. Un libro siempre era una puerta a otro mundo… uno mucho más interesante y fantástico que la realidad. Pero ella finalmente había descubierto que la vida podría ser aún más maravillosa que una fantasía.
Y que el amor podía llenar de magia el mundo real.
Matthew era todo lo que ella siempre había deseado. ¡Y había tenido tan poco tiempo con él!
El reloj de sobremesa racionaba su tic-tac con avara lentitud. Cuando Daisy se apoyó contra el sofá medio adormecida, oyó el crujido de la puerta. Su perezosa mirada siguió el sonido.
Un hombre había entrado en la habitación.
Él se paró justo en la entrada, contemplando la visión de ella sobre el suelo, con todos los libros esparcidos a su alrededor.
De repente, Daisy levantó la mirada hacia su cara. Y se congeló de deseo, miedo y un terrible anhelo.
Era Matthew, vestido con ropas toscas, desconocidas, su presencia vital parecía llenar la habitación.
Temiendo que la visión desapareciera, Daisy se mantuvo mortalmente quieta. Los ojos le escocían por las lágrimas pero los mantuvo abiertos, deseando fervientemente que él se quedara.
Él se acercó a ella con mucho cuidado. Poniéndose en cuclillas, la contempló con preocupación y una inconmensurable ternura. Una de sus grandes manos se movió, apartando algunos libros hasta que el espacio entre sus cuerpos estuvo despejado.
— Soy yo, amor, —dijo él suavemente—. Todo está bien.
Daisy logró susurrar a través de sus resecos labios.
—Si eres un fantasma… espero que me atormentes para siempre.
Matthew se sentó en el suelo y alcanzó sus frías manos.
—¿Un fantasma entraría por la puerta? —preguntó él suavemente, atrayendo sus dedos hacia su cara rasguñada y maltratada.
El tacto de su piel contra sus palmas liberó un baile de dolorosa conciencia en ella. Con alivio Daisy sintió por fin el deshielo del entumecimiento, sus emociones desatándose, e intentó taparse los ojos. Su pecho pareció quebrase en sollozos incontrolados.
Matthew tiró de su mano y la atrajo firmemente contra él, murmurando en voz baja. Daisy continuaba llorando y él la abrazo más fuerte, pareciendo entender que ella necesitaba la dura, casi dolorosa, presión de su cuerpo.
—Por favor, dime que eres real — jadeó—. Por favor, dime que no eres un sueño.
—Soy real —dijo Matthew con voz ronca—. No llores con tanta fuerza, no hay… oh, Daisy, amor… —Él agarró su cabeza entre sus manos y presionó palabras consoladoras contra sus labios mientras ella luchaba para acercarse aún más a él. Él la apoyó con cuidado sobre el suelo, usando el tranquilizador peso de su cuerpo para subyugarla.
Sus manos entrelazadas con las de ella, sus dedos enredados. Jadeando, Daisy giró su cabeza para mirar fijamente su muñeca expuesta, donde la carne estaba hinchada y enrojecida.
—Tus manos estaban atadas —dijo con una voz ronca que no sonaba en absoluto como la suya—. ¿Cómo te liberaste?
Matthew inclinó la cabeza para besar la superficie surcada de lágrimas de su mejilla.
—El cortaplumas —dijo él sucintamente.
Los ojos de Daisy se ensancharon cuando siguió mirando fijamente su muñeca.
—¿Lograste sacar un cortaplumas de tu bolsillo y cortar las cuerdas mientras el carruaje se hundía en el río?
—Déjame decirte que fue mucho más fácil que luchar con un maldito ganso.
A Daisy se le escapó una llorosa risita ahogada, que rápidamente se convirtió en otro entrecortado sollozo. Matthew atrapó el sonido con su boca, sus labios acariciando los de ella.
—Comencé a cortar las ataduras a la primera señal de problemas —continuo él—. Y tuve unos minutos antes de que el carro se hundiera en el agua.
—¿Por qué los demás no te ayudaron? —preguntó Daisy enfadada, restregando la manga de su bata contra su cara húmeda.
—Estaban ocupados salvando sus propios pellejos. Aunque —Matthew añadió con pesar—, yo habría pensado que merecía un poco más de consideración que los caballos. Cuando el carruaje comenzó a moverse río abajo mis manos ya estaban libres. Los escombros golpeaban el vehículo reduciéndolo a palillos. Salté a la corriente y logré alcanzar la orilla, pero fui golpeado en el proceso. Me encontró un anciano que estaba fuera buscando su perro, y me llevo a su casa, donde él y su esposa cuidaron de mí. Perdí la conciencia y me desperté un día y medio más tarde. Para entonces, ellos ya se habían enterado de la búsqueda de Westcliff, y salieron para decirle donde estaba.
—Pensé que te habías ido —dijo Daisy con su voz rota—. Pensé que nunca más volvería a verte.
—No, no… —Matthew alisó su pelo y besó sus mejillas, sus ojos, sus labios trémulos—. Siempre volveré a ti. ¿Soy muy formal, recuerdas?
—Sí. Excepto por… —Daisy tuvo que tomar aliento pues sintió su boca bajando por su garganta—… los veinte años de tu vida antes de que yo te conociese, yo diría que eres tan formal que eres casi pre… —su lengua había bajado hasta el hueco ubicado en la base de su cuello—… predecible.
—Probablemente tendrás alguna queja sobre ese pequeño asunto de mi falsa identidad y la condena por hurto mayor. —Sus exploradores besos fueron ascendiendo hasta la delicada línea de su mandíbula, absorbiendo las vagabundas lágrimas.
—Oh, no, —dijo Daisy sin aliento. —Te p-perdoné incluso antes de saber lo que era.
—Mi dulce amor —susurró Matthew, olisqueando su cara, acariciándola con su boca y sus manos. Ella se aferró a él ciegamente, incapaz de estar lo suficientemente cerca. Él echó hacia atrás la cabeza y la miró fijamente de manera inquisitiva—. Ahora que todo el asunto ha mostrado su cara amarga, voy tener que limpiar mi nombre. ¿Me esperarás, Daisy?
—No.
Todavía sorbiendo las lágrimas, ella se dedicó a desabrochar los botones de madera de sus ropas prestadas.
—¿No?
Matthew esbozó una media sonrisa y bajo su mirada hacia ella con curiosidad.
—¿Has decidido que soy un problema demasiado grande?
—He decidido que la vida es demasiado corta… —Daisy gruñó mientras tiraba de la basta tela de su camisa—… para desperdiciar un solo día de ella. Malditos botones...
La manos de Matthew cubrieron las suyas, deteniendo su febril tarea.
—No creo que a tu familia le entusiasme mucho la idea de dejar que te cases con un fugitivo de la justicia.
—Mi padre te lo perdonará todo. Además, no serás un fugitivo para siempre. Tu caso será revocado una vez conocidos los hechos. —Daisy liberó sus manos y se agarró a él fuertemente—. Llévame a Gretna Green —imploró—. Esta noche. Así fue como se casó mi hermana. Y también Evie. Fugarse con un amante es prácticamente una tradición de las floreros. Llévame…
—Shhh… —Matthew la estrechó entre sus brazos, acunándola contra su sólido torso—. No quiero más fugas —susurró—. Finalmente voy a afrontar mi pasado. Aunque sería mucho más fácil solucionar mis problemas si el bastardo de Harry Waring no hubiese muerto.
—Todavía hay gente que sabe lo que pasó realmente —dijo Daisy con ansia—. Tus amigos. Y el criado que mencionaste. Y…
—Sí, lo sé. No hablemos de eso ahora. Dios sabe que tendremos tiempo de sobra en los próximos días.
—Quiero casarme contigo —insistió Daisy—. Pero no más tarde. Ahora. Después de lo que he tenido que pasar… pensando que te habías ido para siempre… nada más importa. —Un pequeño hipo interrumpió su última palabra.
Matthew alisó su pelo y emborronó un seco rastro de lágrimas con su pulgar.
—De acuerdo. De acuerdo. Hablaré con tu padre. No llores otra vez. Daisy, por favor.
Pero ella no podía detener las dulces lágrimas de alivio que se escapaban de las comisuras de sus párpados. Un nuevo temblor la asaltó desde la médula de sus huesos. Cuanto más luchaba contra ello, peor se ponía.
—Amor, ¿qué pasa? —Él pasó sus manos por sus temblorosos brazos.
—Tengo tanto miedo.
Él hizo un sonido bajo, involuntario y la acunó fuertemente, sus labios se movían sobre sus mejillas con una apasionada presión.
—¿Por qué, mi amor?
—Tengo miedo de que esto sea un sueño. Tengo miedo de despertarme y… —otro hipo—… y estar sola otra vez y descubrir que tú nunca has estado aquí y…
—No, estoy aquí. No me marcharé. —Él bajó por su garganta, abriendo su bata con lenta deliberación—. Déjame hacerte sentir mejor, amor, déjame… —Sus manos eran tiernas sobre su cuerpo, calmantes y placenteras. Cuando su palma se deslizó sobre su piel, su roce envió dardos de calor a través de ella, y un gemido quebrado se escapó de sus labios.
Oyendo el sonido, Matthew respiró forzadamente buscando autocontrol. No lo encontró. Sólo halló necesidad. Perdido en el deseo de llenarla de placer, la desnudó allí mismo, sobre el suelo, mientras sus manos acariciaban su fresca piel hasta que la pálida superficie se tiñó de un intenso rubor.
Temblando salvajemente, Daisy observó como la tenue luz brillaba sobre la oscura cabeza de él cuando se inclinó sobre su cuerpo, sembrando besos por lentos caminos… sobre sus piernas, su estómago desnudo, sus trémulos pechos.
En todas partes donde él la besaba el frío que la sacudía quedaba disuelto por el calor. Ella suspiró y se relajó con el mitigante ritmo que marcaban sus manos y su boca. Cuando hurgó para abrir su camisa, él se movió para ayudarla. La basta prenda fue arrojada lejos revelando su masculina piel satinada. De algún modo, tranquilizó a Daisy ver la sombra de los cardenales sobre su pecho, pues eran la prueba de que ella no podía estar soñando. Entonces presionó su boca abierta sobre una de las oscuras marcas, tocándolo con su lengua.
Matthew la trajo con cuidado hacia él, mientras su mano recorría la curva de su cintura y de su cadera con una sensualidad que hizo que sus muslos se pusieran de piel de gallina. Daisy se retorció entre el placer y la incomodidad cuando la lana de la alfombra raspó su hipersensible piel, causando puntos de dolor en sus nalgas desnudas.
Comprendiendo el problema, Matthew se rió quedamente y la subió encima de él, sobre su regazo. Transpirando y con la boca seca, Daisy presionó sus senos contra su pecho.
—No pares —susurró.
Matthew ahuecó su mano en su hormigueante trasero.
—Te rasparás contra la alfombra del suelo.
—No me importa, solamente quiero… quiero…
—¿Esto? —Él la colocó mejor en su regazo hasta dejarla sentada a horcajadas sobre él, con la tela de su pantalón tensa bajo sus muslos.
Avergonzada y excitada, Daisy cerró los ojos cuando lo sintió acariciar los intrincados pliegues de su cuerpo, cubriendo suavemente de humedad y sensaciones su carne ardiente.
Daisy sentía los brazos débiles cuando los deslizó alrededor de su cuello y envolvió los dedos de una mano alrededor de la muñeca de la otra. Sin el apoyo de su brazo en su espalda, ella no habría sido capaz de mantenerse derecha. Toda su conciencia estaba concentrada en el lugar donde él la tocaba, deslizando su nudillo alrededor de la diminuta cúspide sedosa y mojada…
—No pares —se oyó susurrar de nuevo.
Sus ojos se abrieron de golpe cuando Matthew movió lentamente dos dedos dentro de ella, y luego tres, mientras el deseo se retorcía en su interior como llamas alimentándose de ardiente miel.
—¿Todavía tienes miedo de que esto sea un sueño? —susurró Matthew.
Ella tragó convulsivamente y negó con la cabeza.
—Yo… yo nunca tuve sueños como este.
Los ojos de Matthew se arrugaron con diversión, y retiró los dedos, dejándola temblorosa y vacía. Ella gimió y dejó caer la cabeza sobre su fuerte hombro, y él la abrazó firmemente contra su pecho desnudo.
Daisy se aferró a él, su visión se nubló hasta que el cuarto fue un mosaico de luz amarilla y sombras negras. Sintió que él la levantaba, la giraba, con las rodillas presionando la alfombra cuando él la ayudó a arrodillarse delante del sofá. Su mejilla rozaba la suave tapicería, mientras sus labios se abrían para respirar forzadamente. Él la cubrió, con su cuerpo grande y sólido encajado detrás y alrededor de ella, y entonces él empujó dentro de su interior, y el acoplamiento entre ellos resultó apretado, resbaladizo y exquisito.
Daisy se puso rígida por la sorpresa, pero las manos de él se apoyaron sobre sus caderas, acariciándola con seguridad, alentándola para que confiara en él. Ella permaneció inmóvil, cerró sus ojos mientras el placer aumentaba con cada lento empuje que él acometía. Una de las manos de Matthew se deslizó por su abdomen, y sus dedos encontraron la carnosa elevación de su sexo y la acariciaron hasta que ella alcanzó una brillante cumbre deslumbrante, sorprendida por estremecimientos de puro alivio.
Mucho más tarde, Matthew la vistió con su camisón y la llevó por el oscuro vestíbulo hasta que entraron en su dormitorio. Cuando él la metió en la cama, Daisy le pidió entre susurros que se quedase.
—No, amor. —Se inclinó sobre su cuerpo tendido boca abajo, en la oscuridad—. Aunque me encantaría, no podemos ir tan lejos, más allá del decoro.
—No quiero dormir sin ti. —Daisy miró fijamente su cara en las sombras justo sobre la de suya—. Y no quiero despertar sin ti.
—Algún día. —Se inclinó para depositar un firme beso en su boca—. Algún día podré venir a ti en cualquier momento, de noche o de día, y te abrazaré tanto como quieras—. Su voz se hizo más profunda con la emoción cuando añadió—: Puedes contar con ello.

Abajo, el agotado conde de Westcliff descansaba sobre un sofá, su cabeza apoyada en el regazo de su esposa. Después de dos días de búsqueda implacable y muy poco sueño, Marcus estaba cansado hasta los huesos. Sin embargo, estaba agradecido de que la tragedia hubiese sido evitada y que el prometido de Daisy hubiese vuelto sano y salvo.
Marcus estaba un poco sorprendido por el modo excesivo que su esposa lo había mimado. En cuanto había llegado a la mansión, Lillian le había ofrecido emparedados y brandy caliente, había limpiado las manchas de suciedad de su cara con una toalla húmeda, había aplicado bálsamo sobre sus raspones y vendas a unos dedos cortados, e incluso le había quitado sus botas fangosas.
—Luces mucho peor que el señor Swift —había replicado Lillian cuando él había protestado que estaba bien—. Por lo que sé él ha estado descansando en una cama en una casita de campo durante los dos últimos días, mientras que tú has cabalgado por los bosques entre el fango y la lluvia.
—Él no estuvo exactamente descansando —corrigió Marcus—. Estaba herido.
—Eso no cambia el hecho que no has tenido ningún descanso y prácticamente nada para comer mientras lo buscabas.
Marcus se había rendido a sus atenciones, disfrutando en secreto del modo en que ella se cernía sobre él. Cuando Lillian estuvo satisfecha y él fue alimentado y vendado correctamente, acunó su cabeza en su regazo. Marcus suspiró de satisfacción, mirando fijamente el ardiente fuego del hogar.
Los delgados dedos de Lillian jugaban distraídamente en su pelo cuando comentó:
—Ha pasado mucho tiempo desde que el señor Swift fue a buscar a Daisy. Y todo está demasiado tranquilo. ¿No vas a subir a averiguar cómo están?
—Ni por todo el cáñamo de la China —dijo Marcus, repitiendo una de las nuevas frases favoritas de Daisy—. Dios sabe lo que podría interrumpir.
—Buen Dios. —Lillian pareció horrorizada—. No piensas que ellos están…
—No me sorprendería. — deliberadamente Marcus hizo una pausa antes de agregar—. Recuerda como solíamos ser nosotros.
Como pretendía, la observación desvió su atención al instante.
—Todavía somos así —protestó Lillian.
—No hemos hecho el amor desde antes de que naciera el bebé. —Marcus se sentó, llenando su mirada con la imagen de su joven esposa de cabellos morenos a la luz del hogar. Ella era, y sería siempre, la mujer más tentadora que había conocido nunca. La pasión contenida hizo que su voz sonara áspera cuando preguntó—: ¿Cuánto más debo esperar?
Apoyando el codo sobre el respaldo del sofá, Lillian descansó su cabeza sobre la mano y sonrió disculpándose.
—El doctor dijo que al menos otra quincena. Lo siento. —Y se rió cuando vio su expresión—. Lo siento muchísimo. Vayamos arriba.
—Si no vamos a acostamos juntos, no veo para qué —se quejó Marcus.
—Te ayudaré con tu baño. Incluso fregaré tu espalda.
Él estaba suficientemente cautivado por la oferta para preguntar:
—¿Sólo mi espalda?
—Estoy abierta a la negociación —dijo Lillian provocativamente—. Como siempre.
Marcus la llevó hacia fuera, la apretó contra su pecho y suspiró.
—En este momento tomaré todo lo que pueda conseguir.
—Pobre hombre. —Todavía sonriendo, Lillian giró su cara para besarlo—. Sólo recuerda que… por algunas cosas vale la pena esperar.

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Zubulubu
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 11th 2011, 10:40

Epílogo
Finalmente, Matthew y Daisy no pudieron casarse hasta finales de otoño. Hampshire estaba vestido con el color de las hojas secas, la nueva temporada de caza había comenzado, los perros se sacaban cuatro mañanas a la semana, y ya se habían recogido las últimas cestas de fruta de los árboles. El heno había sido segado, las codornices habían dejado los campos y su canto fue sustituido por la alegre melodía de los tordos y de los verderones amarillos.
Durante todo el verano y una buena parte del otoño, Daisy había tenido que soportar las continuas ausencias de Matthew, por sus frecuentes viajes a Londres para resolver sus asuntos legales. Con la ayuda de lord Westcliff la petición de extradición del gobierno americano fue denegada, permitiendo a Matthew quedarse en Inglaterra. Después de procurarse un par de abogados hábiles e informarles de todos los detalles de su caso, Matthew los envío a Boston para apelar al tribunal supremo.
Mientras esperaba noticias de ellos, viajó sin descanso, supervisando la construcción de la fábrica en Bristol, contratando empleados y estableciendo canales de distribución a lo largo de todo el país. A Daisy le pareció que Matthew no era el mismo desde que por fin se habían aclarado los secretos de su pasado … como si de alguna manera eso lo hiciera más libre, mas carismático y más seguro de sí mismo.
Siendo testigo de la energía ilimitada de Matthew y su creciente lista de logros, Simon Hunt le informó de que en cuanto se cansara de trabajar para la compañía Bowman, tendría un puesto en el Ferrocarril. Esto instigó a Thomas Bowman para proponerle a Matthew un porcentaje superior de los beneficios de la empresa de jabón.
—Seré millonario antes de cumplir los treinta —le había comentado Matthew a Daisy—. Si consigo permanecer fuera de cárcel, por supuesto.
Sorprendió a Daisy que toda su familia, incluso su madre, se hubiese unido en defensa de Matthew. Si lo hacían en beneficio de Daisy o en el de su padre, era algo que ella no tenía muy claro. Thomas Bowman, quien siempre había sido tan intolerante con todo el mundo, había perdonado a Matthew por engañarle en el acto. De hecho, Bowman parecía apreciarle sinceramente, como si de verdad fuera hijo suyo.
—Estoy segura —le había comentado Lillian a Daisy—, de que si Matthew hubiera cometido un asesinato a sangre fría, papá diría inmediatamente: “Bueno, sin duda el muchacho tendría una poderosa razón”.
Como descubrió que mantenerse ocupada hacía que el tiempo pasase más deprisa, Daisy ocupó su tiempo en encontrar una casa apropiada en Bristol. Finalmente se decidió por una casa grande situada a la orilla del mar que había pertenecido al dueño de un astillero y su familia. Acompañada de su madre y su hermana, que adoraban ir de compras mucho más que ella, Daisy compró muebles confortables y tejidos hermosos para confeccionar cortinas. Y por supuesto, se aseguró de comprar estantes suficientes para todos sus libros.
Matthew procuraba ver a Daisy cada vez que disponía de algunos días. Ya no había restricciones entre ellos, ni secretos o miedos. Tenían largas conversaciones mientras paseaban admirando el paisaje somnoliento del verano, encontrando un deleite interminable en su mutua compañía. Y en las noches en las que Matthew visitaba a Daisy en la oscuridad y hacía el amor con ella, él embargaba sus sentidos de un placer infinito y su corazón de alegría.
—He intentado mantenerme lejos de ti —le susurró una noche, abrazándola con ternura mientras la luz de la luna dibujaba sombras sobre las sabanas.
—¿Por qué? —preguntó Daisy, echándose sobre él hasta que quedó tumbada sobre la superficie musculosa de su pecho.
Él jugó con la oscura cascada que formaba su cabello.
—Porque no deberíamos volver a hacer esto hasta que estemos casados. Existe el riesgo de que...
Daisy le silenció con su boca, sin detenerse hasta que su aliento se aceleró y su piel empezó a arder. Ella levantó la cabeza y le sonrió con los ojos brillantes.
—O todo o nada —le dijo ella—. Así es como te quiero.


Finalmente llegaron noticias de los abogados de Matthew, un comité formado por tres jueces de Boston, examinó minuciosamente las actas del juicio, tras lo cual decidieron anular la sentencia, y cerrar el caso. También dictaminaron que el caso fuera archivado, frustrando por consiguiente cualquier esperanza que la familia Waring tuviera de apelar.
Matthew había recibido las noticias con serenidad, aceptando las felicitaciones de todo el mundo y agradeciéndole a los Bowman y a los Westcliff todo su apoyo. En privado, junto a Daisy, la compostura de Matthew se quebró, se sentía inundado de un inmenso alivio. Ella compartió con él la inmensa alegría de ser libre, en un momento íntimo que atesorarían por siempre entre los dos.


Y por fin llegó el día de su boda.
La ceremonia que se celebró en la capilla de Stony Cross Park fue inusualmente extensa, gracias al vicario, decidido a impresionar a todas las visitas ricas e importantes, muchos de ellos de Londres y cierta cantidad de Nueva York. El servicio incluyó un sermón interminable, un número inaudito de himnos.
Daisy esperó pacientemente ataviada con un vestido de raso color champagne, sus pies se movían con incomodidad dentro de sus zapatos nuevos. Apenas podía ver a causa del velo de tul adornado con perlas elaborado en Valenciennes.
La boda se había convertido en una prueba para su paciencia. Ella se esmeró por permanecer con una actitud solemne, pero al dirigir una mirada furtiva hacia Matthew, alto y hermoso vestido con una elegante levita negra y una corbata blanca almidonada… su corazón saltó de felicidad.
Después de pronunciar los votos, a pesar de la severa advertencia de Mercedes de que el novio no debía besar a la novia, pues esa costumbre no era muy popular entre los miembros de la nobleza… Matthew atrajo a Daisy hacia el y la besó con ansia en los labios delante de todo el mundo. Se escucharon un par de suspiros y algunas risitas entre la multitud.
Daisy levantó la mirada a los brillantes ojos de su marido.
—Es usted un descarado, señor Swift —susurró ella.
—Aún no has visto nada, —contestó Matthew con un murmullo, mirándola con ternura—. Reservo mi peor comportamiento para esta noche.

Los invitados se dirigieron al interior de la casa. Después de saludar a miles de personas, y sonreír hasta que le dolieron las mejillas, Daisy dejó escapar un largo suspiro. Tras la ceremonia tuvo lugar un banquete de bodas que podría alimentar a media Inglaterra, después llegaron los brindis y las felicitaciones persistentes. Cuando todo lo que ella quería era estar a solas con su marido.
—Oh, no te quejes —escuchó que le decía Lillian divertida—. Al menos una de nosotras tenía que tener una boda tradicional. Bien podías ser tú.
Daisy se dio la vuelta y vio a Lillian, Annabelle y Evie, de pie tras ella.
—No iba a quejarme —repuso—. Sólo estaba pensando que hubiera sido mucho más fácil fugarnos a Gretna Green.
—Eso habría sido muy poco original, querida, teniendo en cuenta que Evie y yo ya lo hicimos ante que tú.
—Ha sido una ceremonia preciosa —le dijo afectuosamente Annabelle.
—Y muy larga — respondió Daisy con pesar—. Llevo horas de pie sin parar de hablar y sonreír.
—Tienes razón —le dijo Evie—. Ven con nosotras, las florero vamos a celebrar una reunión.
—¿Ahora? —preguntó Daisy aturdida, recorriendo con la mirada los semblantes animados de sus amigas—. No podemos, tenemos que atender a los invitados.
—Oh, déjalos que esperen —repuso Lillian alegremente. Agarró del brazo a Daisy y la sacó del comedor principal.
Cuando las cuatro jóvenes salieron al vestíbulo para dirigirse al saloncito de mañana, encontraron a lord St. Vincent, que iba en dirección opuesta. Lucía elegante y deslumbrante con su traje de gala, se detuvo y miró a Evie con una tierna sonrisa.
—Tengo la impresión de que estáis escapando de algo —comentó.
—Así es —le dijo Evie a su marido.
Lord St Vincent deslizó el brazo alrededor de la cintura de Evie y le preguntó con un susurro:
—¿A dónde vais?
Evie meditó la respuesta por un momento.
—A alguna parte donde Daisy pueda empolvarse la nariz.
El vizconde le dirigió a Daisy una mirada dubitativa.
—¿Y sois necesarias las cuatro? Pero si es una nariz muy pequeña.
—Sólo serán algunos minutos, milord —contestó Evie— ¿Crees que podrás excusarnos delante de los invitados?
Lord St. Vincent sonrió burlón.
—Tengo un suministro interminable de excusas, cariño —la tranquilizó él.
Antes de soltar a su esposa, él la besó en la frente. Su mano se demoró un instante sobre su vientre. La sutil caricia pasó desapercibida para las demás.
Pero para Daisy no, ella supo de inmediato lo que significaba. Evie guarda un secreto, pensó, con una amplia sonrisa.
Llevaron a Daisy hasta el invernadero, dónde la luz otoñal brillaba intensamente a través de las ventanas, y los perfumes cítricos inundaban el aire. La despojaron de la corona de flores de azahar y del velo, Lillian los dejó sobre una silla.
Había una bandeja de plata colocada sobre una mesa cercana, con una botella de champagne enfriado y cuatro copas altas de cristal.
—Queremos hacer un brindis especial, querida —dijo Lillian, mientras Annabelle vertía el brillante líquido en las copas—. Por tu final feliz. Ya que has tenido que esperarlo más tiempo que el resto de nosotras, diría que te mereces la botella entera. —Sonrió abiertamente—. Pero vamos a compartirla contigo, de todos modos.
Daisy rodeó con sus dedos la copa de cristal.
—Debería ser un brindis por todas nosotras —dijo—. Después de todo, hace tres años las perspectivas de contraer matrimonio, para cualquiera de nosotras, eran pésimas. Apenas conseguíamos una invitación para bailar. Parece increíble lo bien que han resultado las cosas...
—A pesar de haber t-tenido cierto comportamiento indecoroso y algún escándalo que otro —replicó Evie con una sonrisa.
—Y hemos seguido siendo amigas —añadió Annabelle.
—Por la amistad —dijo Lillian, de repente su voz adquirió un tono ronco.
Y sus cuatro copas se unieron para compartir ese momento especial.



[center]FIN
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The princess nicknactica
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 12th 2011, 09:36

me gusto................... Smile
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 15th 2011, 20:16

Ahhhh!! Lloron
lloré, las floreros son mis favoritas!!!!
me encantó, encerio! Enamorada
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thanny*
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 16th 2011, 12:28

hola soy nueva lectora....y woao ame tu noveeee
asike debes seguirlaaaa porfissssssss
y porfa pasate por mi nove se llama
"solo un viaje de estudio o de amor??? es de nick y tu
y esta supen entrete Very Happy
bye
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nikifriky
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Marzo 16th 2011, 20:34

o por DIOS ahhhh estuvo genial....
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MensajeTema: Re: ♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~   Hoy a las 02:48

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♥~Escandalo en Primavera(Nick&tu)(Romantica&hot)♥~
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