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 Ardiente Verano (Nick y tu)

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andreru
Vecina De Los Jonas!


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Fecha de inscripción : 25/04/2011

MensajeTema: Re: Ardiente Verano (Nick y tu)   Enero 7th 2015, 17:09

CAPÍTULO 13
Al final resultó ser una suerte que la erección le impidiera perseguir a _______(tn) y confesar, ya que le dio
tiempo a pensar y planear. Se lo diría, pero poco a poco, de manera suave, sin asustarla. Primero le
mostraría sus intenciones como Nick, luego confesaría quién era.
Miró el despertador de la mesilla, eran las cuatro y media de la mañana y no había dormido más de
tres horas. Se levantó de su enorme cama, fue al cuarto de baño y, mientras se duchaba, trazó su plan.
—No quiero que vuelvas a acercarte a mí de esa manera —remarcó la palabra «esa»—. Bastante
tengo ya en la cabeza como para andar preocupándome por algo que no podrá ser jamás.
Ella estaba en la cocina, cuchillo en mano, preparando los bocadillos del almuerzo. Eran las cinco y
media de la mañana y Andrés y Abel estaban abajo acabando de preparar las cosas. Supuestamente era
Andrés quien debía subir a recoger los bocadillos, pero Nick se había adelantado. Esperaba hablar con
_______(tn) de lo sucedido, pero ella, sin molestarse siquiera en saludar, le había recibido con esa frase
incendiaria.
—No deberías preocuparte —afirmó él acercándose a ella y rodeándola con los brazos.
—Suéltame. ¿No me has escuchado? —inquirió moviendo nerviosa el cuchillo que aún tenía en la
mano.
—Te he oído —asintió él, agarrándola por la muñeca y quitándoselo—, pero no pienso hacerte caso.
—A ver, Nick, centrémonos —respiró profundamente, dando un paso atrás y alejándose de él—. No
puede haber nada entre nosotros; eres mi cuñado.
—Eso no es delito.
—No me apetece liarme con nadie y menos aún contigo —indicó _______(tn), cruzando los brazos sobre el
pecho.
—No estoy interesado en tener un «lío», quiero más —rebatió él alzando las cejas. ¿_______(tn) no quería
liarse con nadie? ¿Y qué coño hacía follando con él en la cabaña sin siquiera conocer su nombre?
—No puede ser, Nick —negó cabizbaja.
—¿Por qué? —inquirió, acercándose a ella y abrazándola de nuevo—. ¿Qué te impide tener una
relación seria conmigo?
—Yo jamás viviré en el pueblo y tú nunca lo abandonarás… ahí se acaba todo. No estoy dispuesta a
empezar algo que está abocado al fracaso. —Su mirada estaba teñida de confusión y pesar—. En el
pasado me sentí atraída por ti, no lo voy a negar. Eres un buen hombre y, en otro momento de mi vida,
quizá podría… No sé —admitió abatida—, pero no ahora. Tengo la cabeza hecha un lío. Hay alguien
que… No sé si llegaré a tener algo… serio, imagino que no, pero… No puedo pensar en otra persona.
Debo… aclarar mis sentimientos. Lo siento —dijo dando media vuelta y abandonando la cocina.
Nick la siguió con la mirada hasta que entró en su habitación y cerró la puerta. Escuchó cómo
echaba el cerrojo y después oyó la cama crujir bajo su peso.
«Mierda»

La había cagado, pero bien. Hasta el fondo.
Si pudiera, mataría a su puto rival. Patearía el hígado al cabrón que se había atrevido a usurpar su
lugar en el corazón de _______(tn). Pero no podía hacerlo, porque era él mismo.
No volvió a tener la oportunidad de estar a solas con ella, ni como Nick ni como su alter ego. _______(tn)
no acudió a la cabaña esa noche ni la siguiente. Esperaba que fuera por falta de tiempo y no porque no
quisiera verlo.
_______(tn) apenas le dirigió la palabra en los tres días que siguieron a aquella conversación, evitaba
mirarle o quedarse a solas con él. El exceso de trabajo que tenían que realizar ayudó bastante. Cada
mañana a las cinco en punto, Nick iba a recoger a Andrés. Abel, a esa hora ya estaba montando las cajas
y ella, en la cocina, se mantenía ocupada recogiendo el desayuno y preparando los bocadillos el
almuerzo. Durante la mañana, mientras ellos estaban en las tierras dejándose la espalda, su suegro y ella
montaban cajas. Después, una comida rápida, y empezaban a colocar los frutos.
_______(tn) aprendió muy rápido, aunque lo que más sorprendió y animó a Nick, fue verla disfrutar del
ambiente relajado y apresurado a la vez, que se creaba entre ellos. Cuando terminaban, cargaban
rápidamente las cajas en los coches; al final habían logrado convencerla para que les ayudara, y cada
tarde se dirigían a paso de tortuga hasta la cooperativa. _______(tn) tenía pánico a la carretera del pueblo
—«un camino de cabras», como ella lo llamaba—. Era cierto que las pendientes eran inclinadas y las
curvas muy cerradas, pero… no era para tanto. _______(tn) hacía un viaje al día, él dos. Cuando regresaban a
casa, Andrés se duchaba y salía pitando, impaciente por ir a pasear con Paula; Abel continuaba montando
cajas y _______(tn) permanecía encerrada en su cuarto alegando que estaba agotada. Y él no lo ponía en duda,
el trabajo era agotador. Pero sabía por su padre —convertido de buena gana en espía voluntario—, que
en cuanto él se iba, ella bajaba y ayudaba a Abel, se empeñaba en cocinar algo decente para el día
siguiente o, simplemente, ocupaba su tiempo en acompañar a su suegro jugando al tute en la terraza.
Cuando llegaba a la cabaña del bosque, Negro era el único que lo estaba esperado. Entraba, se tiraba
en la cama, y esperaba… A las diez de la noche, se levantaba y se marchaba a su casa; se daba una
ducha, pensaba en ella, se empalmaba, se masturbaba y se acostaba con los ojos abiertos como platos
buscando la manera de solucionar el desaguisado.
Parecía que _______(tn) había decidido ignorar a los dos hombres que se morían por tenerla. Aunque los
dos fueran uno en realidad.
Y así era.
_______(tn) no sabía qué quería. Por un lado añoraba las caricias de su amante misterioso, sus órdenes, la
excitación que se apoderaba de ella en su presencia; la seguridad que sentía cuando estaba con él. Pero
por otro, se sentía demasiado cercana a su cuñado. Ese beso en el jardín del castillo había hecho resurgir
todos sus recuerdos, sus anhelos; las noches deseando que fuera él y no su marido el que compartiera su
vida.
Estaba hecha un lío. No podía ir a la cabaña si en sus pensamientos estaba Nick, pero tampoco
podía acercarse a Nick excitada por el recuerdo del hombre sin rostro.
Durante el día se concentraba en sus tareas, pero jamás dejaba de pensar en ellos. Por la noche era
peor. En cuanto se quedaba dormida, ambos aparecían en sus sueños. Se mezclaban. Nick y el
desconocido se convertían en una sola persona. Se estaba volviendo loca.
—Ésta es la última —afirmó Nick cerrando el maletero del coche.

Ése sería el segundo viaje del día a la cooperativa y el último hasta dentro de un par de semanas. Ya
habían recogido todas las brevas y hasta que brotaran los higos disfrutarían de unos merecidos días de
descanso.
—¡Ya hemos acabado! No me lo puedo creer, ¡y justo para la Víspera! —exclamó Andrés, feliz—. Si
nos damos prisa, llegaremos a tiempo para ver a los gigantes y cabezudos.
—No sé yo… Vamos muy justos de tiempo —dudó Nick, mordiéndose los labios. Sabía que su
sobrino disfrutaba siguiéndolos—. ¿Por qué no te quedas en casa y te vas preparando? No hace falta que
vengas conmigo.
Andrés miró a su tío con seriedad. Lo quería muchísimo. Era una persona extraordinaria, pero a
veces se creía Superman.
—No digas chorradas, tío. Tardarás el triple si tienes que descargar y colocar tú solo todas las cajas.
No te preocupes, lo conseguiremos —dijo con una enorme sonrisa en los labios.
—No perdamos más tiempo entonces —se «despidió» Nick, montando en el coche. Un segundo
después el motor rugía y ellos se alejaban veloces por la carretera.
—No llegarán —afirmó Abel en tono pesimista.
—¿No crees que les dé tiempo? —preguntó _______(tn), preocupada.
—No. Son casi las seis menos cuarto, los cabezudos salen de la iglesia a las siete…
—Tardan poco más de una hora en ir y venir. Les da tiempo de sobra —rebatió _______(tn).
—Ya, pero tienen que atravesar todo el pueblo para llegar a casa y las calles estarán llenas de gente
esperando para ver el desfile. Además, cortan la calle principal media hora antes de empezar.
—Uff.
—Aunque hay una solución…
—¿Cuál?
—La casa de Nick —espetó Abel.
—¿Qué?
—Mi hijo vive a las afueras, a cinco o seis minutos de la iglesia. Si van directos a su casa no tendrán
que atravesar el pueblo y, con un poco de suerte, hasta podrán ver a los cabezudos salir por el portón. Y
si no les da tiempo, siempre podemos salir corriendo y coger a la procesión por el camino. La cuestión
es que su casa está mucho más cerca de la cooperativa que la mía y que, aunque lleguen más tarde de las
seis y media, como no está dentro del pueblo no van a encontrar ninguna calle cortada.
—Es una buena idea… Nosotros les esperaremos en casa y nos reuniremos con ellos…
—¿Vas a dejar que tu hijo vaya sucio y zarrapastroso el día de la Víspera? —exclamó Abel,
indignado. El Día de la Víspera y el Día de la Virgen todo el mundo se vestía de domingo. Su nieto no
iría con la ropa del campo. Jamás. Por encima de su cadáver.
—Pero si viene a casa, tú mismo has dicho que no le dará tiempo… —replicó _______(tn), confundida.
—Exactamente, por tanto la única opción posible es ir nosotros a casa de mi hijo con ropa limpia
para Andrés. —Ante la mirada alucinada de su nuera, Abel decidió explicarse mejor—. Es muy fácil,
cariño, nosotros vamos a casa de Nick y cuando Andrés y él lleguen, se pegan una ducha rápida y se
visten; Nick con su ropa y Andrés con la que le llevemos.
—Pero… A tu hijo no creo que le guste que andemos por su casa si él no está.
—Tonterías, somos de la familia.

No hubo manera de rebatir esa última frase. En menos que canta un gallo, _______(tn) se había puesto sus
mejores galas, recogido la ropa de Andrés, llamado a su hijo para explicarle el plan y tomado el camino
al hogar de Nick. Media hora después, la casa más hermosa que había visto nunca apareció ante ella.
Efectivamente estaba a las afueras del pueblo y situada en mitad de un prado cubierto de hierba que
era atravesado unos metros por delante de la casa por un pequeño arroyo. Una carretera diminuta, de un
solo carril y sin arcén, terminaba, o comenzaba según como se mirara, en la reja que delimitaba la
propiedad. Al otro lado de la carretera, el arroyo discurría por entre bancales repletos de pimientos y
tomates, contenido apenas por unas pocas piedras en sus márgenes, para continuar bordeando un pequeño
prado cercado por una valla de madera en el que pastaban tranquilamente varios caballos. Era un paisaje
idílico.
_______(tn) se desvió hacia el prado al ver a algunos potrillos correteando.
—¡Qué preciosidad! —exclamó, extasiada ante tanta belleza.
—Son muy bonitos —admitió su suegro—. Este año las yeguas están dando unos potros preciosos.
—¿Todos estos caballos son yeguas? —preguntó, recordando lo que le había contado su amante hacía
pocos días.
—Así es. Y la mayoría están preñadas —asintió Abel orgulloso.
_______(tn) observó detenidamente el espectáculo que se mostraba frente a ella. Yeguas bayas, pintas,
manchadas… pastaban ajenas a su curiosidad. Algunas se mantenían estáticas mientras sus potrillos
mamaban de sus grandes ubres y otras piafaban enfadadas, quizá regañando a algún potro travieso. En un
extremo del prado había una construcción de madera, un establo para que se guarecieran los animales,
supuso. Una yegua salió en ese momento. Era preciosa, alazana, de un rojo tan brillante que no cabía
duda de que su dueño la cuidaba con mimo. _______(tn) abrió los ojos como platos. Conocía a esa yegua. Era
Roja.
—¿Estas yeguas… son… son de Nick…? —preguntó con un destello de alarma en la mirada.
—Por supuesto que no —rio su suegro—. _______(tn), mi hijo tiene tierras y una buena casa, pero no tiene
tanto dinero como para tener una yeguada tan grande —se carcajeó—. Éstas pertenecen a varios hombres
del pueblo —explicó.
—Genial —asintió _______(tn) suspirando—. Vamos a dejar la ropa en la casa —indicó señalando la
mochila que llevaba en la mano. Quería alejarse lo más rápido posible de las yeguas. Era una estupidez,
pero temblaba sólo de pensar que el hombre de la cabaña pudiera aparecer de improviso para visitar a
Roja. Se sentía incapaz de enfrentarse a él y ver su rostro.
Abel se encogió de hombros y la siguió.
Atravesaron la verja de la casa y _______(tn) no pudo evitar detenerse para apreciar en todo su conjunto la
belleza de la construcción. Era una construcción de pueblo de tres plantas, al igual que la de Abel, pero
no se parecía en nada más. El hogar de Nick tenía las paredes blancas, enjalbegadas, con las esquinas y
los bordes decorados con piedras; el tejado, tan rojo como la sangre, cubría un porche enorme con una
barbacoa de piedra en un extremo. Las ventanas eran de madera y no tenía persianas, sino contraventanas.
La casa tenía el aspecto de llevar ahí mucho tiempo, pero a la vez parecía recién construida. _______(tn) dio
un par de pasos. La carretera que terminaba en la entrada se convertía, a partir de la reja, en un camino
de asfalto bordeado de jaras y tomillos. Algunos trozos de la verja apenas eran visibles entre los
arbustos de laurel que se apoyaban en ella. Aquí y allá, cerezos y almendros rompían la soledad de la

pradera que la rodeaba. _______(tn) imaginó esos mismos almendros en primavera, con sus flores rosadas… o
las, aún más hermosas, flores blancas del cerezo.
—¿Qué te parece? —preguntó su suegro.
—Preciosa. El jardín es divino…
—No es un jardín, muchacha. Es un prado. Nick compró el terreno hace ya varios años y, cuando
pudo, construyó la casa, con sus propias manos —matizó—. La ubicó a propósito en mitad de la pradera,
quería estar rodeado por la naturaleza —afirmó orgulloso—. Todos los árboles los ha plantado él. Los
arbustos de jara y tomillo los trajo desde la Luz.
—¿La Luz?
—Unas tierras que compró en mitad de la montaña hace un par de años. En fin, si esto te parece
bonito, espera a verla por dentro —sonrió Abel para sí mismo. Su plan había resultado mejor de lo
previsto. No sólo Andrés tendría tiempo de seguir a los gigantes y cabezudos, además su nuera estaba
deslumbrada por la casa de su hijo. Él, desde luego, pensaba dejarle muy claras todas las cualidades de
Nick que ella desconocía. Y eran muchas.
Al entrar en la casa _______(tn) volvió a quedarse petrificada. Estaba llena de luz.
—Como puedes ver, está orientada al sur. La luz entra desde el amanecer hasta que se hace de noche.
El suelo es tarima; Nick se empeñó en que era más cálido que la plaqueta. Yo, sinceramente, no lo veo
tan diferente.
_______(tn) observó el suelo, por supuesto que era mucho más cálido que la plaqueta normal y corriente,
pero lo que más le llamó la atención fueron las paredes. De un tono desigual, del color del atardecer en
verano.
—¿Te gustan? —preguntó Abel al reparar en su mirada.
—Sí.
—No es pintura normal —se jactó—, están estucadas. Nick probó y probó hasta que consiguió que
quedaran a su gusto.
—¿Las pintó él?
—Sí. Mi hijo es un artista —afirmó orgulloso—. Muchos de los muebles los ha hecho él mismo —
continuó alardeando.
—Abel.
—Dime _______(tn).
—¿Hay algo aquí que Nick no haya hecho? ¿Algo en lo que no sea un verdadero genio? —preguntó
irónica. Abel se mordió los labios, quizá se había pasado un poco.
—Hum… Los baños y la cocina se los hizo un albañil. La ducha esa de chorros tampoco la hizo él, y
en el plano de la casa y la construcción le ayudaron sus amigos —confesó entre dientes—; pero él la ha
diseñado entera. Y las chimeneas las ha construido con sus propias manos —aseveró satisfecho. Lo que
era cierto, lo era. Y punto.
_______(tn) se rio con ganas al ver a su suegro recular para al segundo después volver a alabar las virtudes
de su hijo. Ella no dudaba que Nick hubiera hecho todas esas cosas, tenía un don especial para trabajar
con las manos. Su sonrisa se borró de golpe al recordar que había pensado exactamente lo mismo de otra
persona hacía muy pocos días. «Chorradas», pensó para sí.
—Es una casa preciosa —declaró _______(tn) cuando Abel dio comienzo a la visita guiada.
—Sí que lo es. Y muy cómoda… Te lo digo yo, que vivo aquí durante el invierno —explicó,

abriendo una puerta y mostrándole una habitación sobria, con pocos muebles y una gran mecedora al lado
de la cama. _______(tn) sonrió al verla, debía de ser típica del pueblo, era idéntica a la de la cabaña—. Éste
es mi cuarto. Algo espartano, pero no me gustan las cosas recargadas.
—¿Vives aquí en invierno?
—Sí, y cuando Andrés viene para los Santos, y la Constitución, también se aloja aquí. —Salió del
cuarto y abrió otra puerta. Indudablemente ésa era la habitación de su hijo. Estaba decorada con pósters
de Fernando Alonso, Dani Pedrosa y Andrés Iniesta—. Aunque no lo parezca es una casa cálida, —
continuó explicando Abel a la vez que recorría el pasillo y le iba enseñando las distintas estancias, el
cuarto de baño, la cocina, el comedor, el cuarto de estar—. Como está orientada al sur, en invierno no
hace tanto frío como en la mía; eso por no hablar de la moderna calefacción y las dos chimeneas —
explicó sonriendo.
—Cierto, pero lo malo es que al estar orientada al sur, en verano hará mucho calor —expuso _______(tn).
No todo iban a ser virtudes, ¿no?
—No te creas, el arroyo refresca bastante el ambiente. De todas maneras, los días de mucho calor
Nick se va a dormir al monte, así que no creo que le preocupe mucho —comentó, dirigiéndose hacia
unas enormes escaleras situadas en un extremo del pasillo.
—¿Al monte?
—Sí, a La Luz —explicó Abel, ya en la planta de arriba. A un lado había una enorme terraza
acristalada, al otro una galería con cuatro puertas—. Es un sitio precioso, rodeado de encinas y robles, y
muy cerca del río. Por las noches hace hasta un poco de frío.
—Vaya. ¿Y duerme en mitad del monte, en un saco de dormir? ¿No es muy incómodo?
—¡Mamá! ya hemos llegado —escuchó en ese momento la voz de su hijo desde el prado exterior.
_______(tn) se asomó a la ventana, allí estaban los dos. El coche aparcado a un lado del camino y su hijo
corriendo risueño hacia la casa.
—¿Dónde está mi ropa? —gritó tan pronto abrió la puerta de casa.
—En el baño.
—¿En cuál?
—Eh… En el de abajo —contestó, gritando, _______(tn). Por lógica, si había más de un cuarto de baño, los
que no había visto tenían que estar en la segunda planta.
—¡Genial! ¡Tío, date prisa o no llegaremos a tiempo de ver salir los cabezudos!
_______(tn) sintió más que escuchó las fuertes pisadas de Nick subiendo las escaleras. Un segundo
después estaba frente a ella. Sucio, sudoroso, con el pelo revuelto, la cara tiznada de barro y,
absolutamente irresistible.
—Si no me dejas pasar, tu hijo se va a cabrear considerablemente.
—¿Cómo?
—Tengo que ducharme —advirtió Nick, señalando la puerta en la que se había apoyado _______(tn) al
verlo aparecer en el rellano.
—Ah, disculpa. —«¿Pero qué coño me pasa?», pensó para sí. Se había quedado mirándolo como una
idiota, como si nunca le hubiera visto hecho un zarrapastroso; pero la realidad era que jamás le había
visto en su propio hogar. Parecía que la casa y él se complementaban. Ambos eran firmes, fuertes,
regios… Se mostraban seguros y a la vez aportaban seguridad. Jamás una casa se había reflejado tanto de

la personalidad de su dueño. O quizá no. La cabaña del bosque también mostraba sin lugar a dudas cómo
era su amante; sencilla, agradable, inmersa en la naturaleza, firme, segura… «¡Mierda!», su cerebro ya
estaba mezclando otra vez a los dos hombres.
—Hija… ¿Estás bien? —preguntó su suegro tomándola del codo.
—Eh, sí, perdona, me he distraído.
—Te comentaba que quizá sería mejor esperar a los muchachos en la cocina —dijo tirando de ella—.
Nick tiene la costumbre de salir del cuarto de baño en porretas. Dice que le gusta andar así y que, como
es su casa, hace lo que se le antoja —comentó mordiéndose los labios. Su hijo era muy capaz de salir en
bolas aunque estuviera _______(tn) en mitad del pasillo.
Nuera y suegro estaban sentados en el comedor cuando se escuchó el sonido más atronador,
disonante, arrítmico y horroroso que _______(tn) había oído en su vida.
—¿Qué ha sido eso?
—La orquesta del pueblo —respondió Abel poniéndose en pie, colocándose bien la visera de la
boina y alisando con las manos las arrugas (imaginarias) de la camisa azul y el pantalón negro.
_______(tn) lo miró sorprendida, su suegro nunca había sido un hombre presumido ni coqueto, pero ese día
se había puesto de punta en blanco.
—¡Date prisa, tío, que ya suena la orquesta!
Andrés bajaba las escaleras a la carrera. Estaba guapísimo. El muchacho más guapo del mundo,
según la opinión nada objetiva de su madre. Tenía el pelo todavía mojado y un poco de punta, lo que le
daba aspecto de pillo. Vestía unos chinos, camisa de rayas y zapatos.
—Líbrame, Señor, de los niños impacientes; que ya me ocupo yo de llevar algodón en los oídos —
sentenció Nick, tapándose las orejas. Lo cierto es que la «orquesta» estaba haciendo retumbar los
tambores de nuevo.
_______(tn) se quedó obnubilada observándolo bajar las escaleras. Con seguridad, sin mirar los
escalones… Vestido con unos vaqueros que no deberían ajustarse tan bien a sus muslos. Llevaba una
camisa negra de manga larga remangada hasta los codos y un cinturón con una hebilla enorme de plata,
que lo único que conseguía era hacer que su mirada se dirigiera sin oponer resistencia a esa parte de su
anatomía. Parpadeó repetidas veces hasta que consiguió levantar la mirada hasta su rostro. Y volvió a
quedarse petrificada. La cara morena, los ojos claros, la nariz imponente; el pelo oscuro, largo hasta la
nuca, alborotado y húmedo por la ducha. Era el pecado hecho hombre.
—Hijo, ¿no podías haberte arreglado un poco más? —censuró Abel su ropa informal.
—¿Más? —gimió _______(tn) sin darse cuenta.
—¡Mamá! —le pegó un codazo Andrés—. ¡Córtate un pelo! —siseó entre dientes. Pero el aviso
llegaba tarde. Abel la miraba orgulloso y Nick sonreía, engreído.
—¿Nos vamos? —apuntó _______(tn), dirigiéndose a la puerta sin molestarse en esperar respuesta.
Nick observó ensimismado a _______(tn). Su trasero se movía cadenciosamente a cada paso que daba. Y,
joder, ¡qué manera de moverse! Ella también se había arreglado para la fiesta. Llevaba un vestido blanco
de estilo ibicenco, largo hasta los tobillos, con mucho vuelo en la falda y ajustado al pecho. Era una

mezcla inocente y sensual. Perfecta para volverle loco.
Los cuatro bajaban la calle casi corriendo en dirección a la iglesia. No muy lejos se oían los
tambores, platillos y la percusión de la orquesta avisando que los cabezudos y gigantes ya estaban en la
calle. Andrés no cesaba de pedirles que se dieran más prisa, mientras el pobre Abel resollaba dando
fuertes bastonazos en el suelo. _______(tn) iba tras su suegro, atenta a que no le diera un pasmo con tantas
prisas, y Nick cerraba la marcha pendiente de cada paso que daba _______(tn), de la falda blanca
semitransparente del vestido y del tanga que estaba seguro que llevaba aunque no podía verlo. Y por eso
mismo estaba seguro de que era un tanga, porque si fuera una braguita, se le marcaría… ¿o no?
_______(tn) se quedó estupefacta al ver por fin a los gigantes y cabezudos. O más exactamente a dos
personas con zancos y una túnica muy larga encima, que imaginó serían los gigantes, y a otras tres con una
enorme caja sobre la cabeza que imitaba los rasgos de la cara. Se giró para mirar a su cuñado.
—¿Estos son los gigantes y cabezudos de los que tanto habla Andrés? —Nick asintió, sonriendo.
_______(tn) volvió la vista al frente. Su suegro recuperaba el aliento apoyado en la esquina de una casa,
mientras su hijo se alejaba corriendo en dirección a un grupo de chicos. Todos iban bien vestidos y
peinados. Se notaba que se habían esmerado en hacer que su aspecto fuera el más adulto posible. Al
llegar hasta ellos le dio un abrazo a uno de sus primos, una palmada en la espalda a otro y se quedó
parado en seco. Se puso rojo como un tomate y a continuación bajó la cabeza y le dio un rapidísimo beso
en los labios a la chica rubia que se había acercado sonriente a él: Paula. Acto seguido el grupo salió
corriendo en pos de los dos gigantes y los tres cabezudos. Y no eran los únicos, toda la juventud del
pueblo se había reunido, ruidosa, risueña, y estridente.
—No lo entiendo —admitió _______(tn)—. ¿Por esto hemos corrido tanto?
—No son los cabezudos los que vuelven loco a Andrés, es el ambiente —susurró Nick en su oído—.
Siéntelo. Vívelo —ordenó, abrazándola por detrás y depositando un beso en su nuca.
_______(tn) le dio un ligero codazo en el estómago y se apartó de él.
—Qué estupidez —siseó.
Pero no era ninguna estupidez. La gente estaba eufórica. Seguía entre gritos a la orquesta, hablaban
unos con otros a voces, de punta a punta de la calle. Los niños corrían divertidos, esquivando a padres y
familiares que, francamente, tampoco intentaban contenerlos. Los abuelos se juntaban sonrientes y
mostraban su nueva boina, su bastón recién estrenado o sus nuevos tirantes. Las abuelas se juntaban en
corrillos y desgranaban con voz chillona lo que hacía y dejaba de hacer cada persona del pueblo. Y entre
toda esta marabunta, entre todo el bullicio y escándalo, alguien cogió a _______(tn) por el codo y la introdujo
en uno de los grupos de adultos que se agrupaban sobre la cera. Eran sus nuevos amigos, la gente con la
que hablaba en el kiosco y La Cueva, con quienes sin apenas darse cuenta había empezado a relacionarse
al principio del verano y que, ahora, consideraba buenos amigos.
Charló con ellos, rio, cotilleó, bailó al son atronador de la orquesta y corrió tras los cabezudos con
sus zapatos de tacón. Y en ningún momento fue capaz de dejar de sonreír… ni de sentir la presencia de
Nick tras ella.
Los cabezudos se detuvieron al llegar a la plaza del Ayuntamiento. Había llegado la hora del pregón.
El tío Agustín, actual alcalde del pueblo, contó maravillas que nadie entendió, pues su voz no conseguía
imponerse a las risas y conversaciones de los que en la plaza se reunían ni a los gritos alborotados de los
niños jugando en el pilón de la Fuente Nueva.
Nick aguantaba estoicamente. O al menos, eso pensaba él. Lo cierto era que, desde que _______(tn) se

había mezclado con la gente que seguía a los cabezudos, la cara le había cambiado. Sus rasgos,
normalmente distendidos y relajados, habían dado paso a un ceño muy fruncido, unos ojos entornados y
unos labios apretados en una sonrisa rígida. Cada año disfrutaba del día de la Víspera, le encantaba
reunirse con sus conocidos en la plaza del Ayuntamiento y conversar con ellos mientras el tío Agustín se
esforzaba por hacerse oír en un discurso que a nadie interesaba. Pero ese año no era así. Ese año estaba
furioso. Todos y cada uno de sus amigos solteros habían abrazado a _______(tn), le habían dado un par de
besos en la mejilla y la habían intentado mantener a su lado. Claro, que ninguno lo había conseguido
porque siempre había algún rival pendiente de ella. No era que en el pueblo no hubiera mujeres solteras,
las había, muchas y muy guapas, pero _______(tn) era la novedad. Y él estaba hasta los mismos cojones de
tanta tontería. Apretando más los labios, se acercó hasta donde estaban decidido a ocuparse
personalmente de la incómoda situación.
—¿Vendrás al baile esta noche? —preguntaba uno de ellos.
—No lo sé, la verdad. Llevamos unos días tremendos con la recogida y estoy agotada.
—Bueno, bueno, ya dormirás mañana. ¡Hoy toca baile! —aseguraba otro.
—La orquesta empezará a tocar a las diez, tienes el tiempo justo de cenar y bajar a la Soledad —
apunto David, abriéndose paso entre la gente.
—Joder, ¡el que faltaba! —siseó Nick entre dientes.
—¿Qué orquesta? —preguntó _______(tn), mirando con recelo a los músicos que seguían dándole a los
tambores, timbales y platillos.
—No sé, la que haya contratado el alcalde —contestó David—. O su sustituto —apuntó irónico
mirando a Nick—. Sea la que sea, no te preocupes, en cuanto empecemos a bailar te olvidarás de la
música —afirmó mirándola fijamente a los labios.
—¡Se acabó! —exclamó Nick muy, pero que muy enfadado.
_______(tn) se giró hacia él, alucinada por su estallido, pero no le dio tiempo a decir «esta boca es mía».
Nick la cogió en brazos, sin apenas esfuerzo, y comenzó a andar con fuertes y seguras zancadas,
apartando a codazos a la gente si era preciso.
—¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame ahora mismo! —siseó ella en su oído, agarrándose con fuerza a su
nuca debido a los bandazos y empujones de la gente que les rodeaba. Comprobó estupefacta que incluso
algunos tenían el descaro de palmear a Nick en la espalda, como si estuviera realizando una gran hazaña
—. ¡Suéltame! —gritó intentando golpearle con los pies descalzos, ya que había perdido los zapatos.
—No. —Fue la única respuesta que obtuvo de su cuñado.
—¿Pero qué?
No le dio tiempo a terminar la frase, Nick subió de un salto al pilón de la Fuente Nueva, la miró
fijamente a los ojos y, sin desviar la mirada, se dejó caer.
—¡Qué coño estás hac…! —empezó a gritar _______(tn) un segundo antes de que él se arrodillara en mitad
del pilón y la sumergiera por completo en el agua.
Y estaba helada. Tan helada como el agua del río. Como si en vez de agua fuera hielo. Los ojos se le
cerraron de golpe al igual que la boca. Los pezones se endurecieron debido al frío, la carne se le puso de
gallina. Cuando Nick se puso en pie, todavía con ella en brazos, estaba tan asombrada que no atinó a
decir nada; aunque tampoco hubiera podido hablar de haber sabido qué decir, porque en el mismo
momento en que el aire entró de nuevo por su garganta, Nick pegó sus labios a los de ella y le dio un

beso abrasador. Todo el frío que había sentido se convirtió en fuego recorriendo sus venas. Se perdió en
su sabor, en su tacto, en su aroma. Abrió los labios para él y sintió su lengua caliente y húmeda abrazarse
a la suya. Succionarla. Pegarse a ella, moverse contra ella. Todo dejó de existir a su alrededor, o casi
todo. Porque sin saber de dónde, a sus oídos llegaron sonidos. Gente hablando, riendo, susurrando y, por
encima de todo, la voz de pito del tío Agustín narrando las virtudes de las tradiciones y lo bonito que era
que los jóvenes de hoy en día siguieran demostrando su amor tirando a sus amadas a la Fuente Nueva.
Abrió los ojos asustada por lo que estaba ocurriendo, en teoría, sin su consentimiento. Apartó a Nick de
un empujón y salió a trompicones del pilón.
Una vez en tierra firme miró a su alrededor. El pueblo entero, todos y cada uno de sus habitantes,
estaban observando la escena. Algunos sonrientes, los más, divertidos; unos pocos con cara de decepción
y, David, con pinta de estar muy, pero que muy enfadado. Giró la cabeza y buscó a Nick. Seguía en
mitad de la fuente, con la camisa empapada pegándose a sus pectorales, los brazos relajados a los
costados y una sonrisa de suficiencia en los labios.
—¡Estás loco! —Fue lo único que se le ocurrió gritar.
—No —contestó él sin dejar de mirarla muy atentamente, como esperando su reacción…
—¡¿Por qué has hecho eso?! —le increpó, pero en esta ocasión no fue Nick quien contestó.
—Es la tradición. —_______(tn) se giró estupefacta al oír la voz de su suegro.
—Ahora todos saben que Nick te pretende. El honor les obliga a dejarte tranquila —apostilló el
alcalde desde el balcón del ayuntamiento.
—¿¡Qué!? Estáis todos locos… —miró a Nick, esperando que negara todas esas tonterías, pero
estaba muy ocupado… desabrochándose la camisa—. ¿Qué estás haciendo?
—Quitándome la camisa —explicó lo obvio.
—¿Por alguna otra tradición estúpida? —preguntó, con lo que esperaba fuera un tono burlón—.
¿Ahora qué? ¿Te vas a desnudar y dar de latigazos en la espalda para demostrarme tu amor? —_______(tn)
notó que su voz sonaba más aguda de lo normal. ¿Estaba perdiendo los nervios? No, ella jamás se ponía
histérica—. ¡Ponte esa camisa ahora mismo! —gritó cuando Nick se la quitó—. ¡Pero ya! Ah, no… No
te acerques. No se te ocurra acercarte… ¡¿Por qué coño no te pones la puta camisa?!
—Tu vestido mojado se transparenta —explicó tendiéndole la prenda mojada.
—¡Qué! —_______(tn) miró hacia abajo. Sus pezones se veían rosados bajo la tela del vestido. Miró a
Nick. Éste observaba al resto de los hombres del pueblo como si los quisiera matar por mirar lo que
sólo le pertenecía a él.
—Toma hijita, ponte mi camisa, está seca —Acudió a ella su salvador. Abel. Su suegro. El hombre
más atento, amable y agradable del mundo. Y también el único hombre del pueblo que estaba
(des)vestido con una camiseta interior el día de la víspera.
_______(tn) se la arrebató de las manos y se la puso rápidamente. Cuando se hubo abrochado los botones
—todos menos uno que no casaba con ningún agujero—, miró de nuevo a su alrededor. Nick ya había
salido de la fuente y se estaba poniendo otra vez la camisa. El resto de la gente o se estaba dispersando,
pensando que todo había terminado, o esperaba pacientemente que continuara el espectáculo. _______(tn)
concedió su deseo al segundo grupo.
—¡Parece mentira! —exclamó—. Ninguno de vosotros, mirones inútiles, ha tenido la educación ni la
decencia de darme algo con lo que cubrirme.
—Ejem —carraspeó Nick.

—¡Tú no cuentas! ¡Me has tirado al pilón! ¡¿Cómo has sido capaz?! Jodido estúpido de mierda. ¿Qué
coño pretendías? Imbécil. Idiota. Animal. Eres un puto salvaje estancado en la jodida edad media.
—Hija, creo que deberíamos ir a casa, tienes que cambiarte, te vas a quedar helada —musitó su
suegro asiéndola del codo.
—Sí, vayámonos a casa —contestó _______(tn), aturdida, incapaz de creer que ella, una persona seria y
cabal, estuviera dando ese espectáculo—. ¡Cómo te vuelvas a acercar a mí te arranco los huevos! —
advirtió a Nick un segundo antes de darse la vuelta muy dignamente, o al menos todo lo dignamente que
podía hacerlo una mujer descalza, empapada de pies a cabeza, con un vestido transparente y escasamente
tapada con la camisa azul de un anciano.
—Parece que no se lo ha tomado muy bien, primo —comentó David, burlón.
—No te preocupes, Nick —dijo uno de los hombres allí reunidos—. Mi mujer reaccionó todavía
peor y este año celebramos nuestras bodas de plata.
—Sí, lo importante es que has dejado clara tu postura —afirmó un jovenzuelo de la pandilla de su
sobrino—, así nadie más irá a por ella.
—No parece que mamá esté de acuerdo con esto —comentó Andrés, mirando a su tío alucinado.
—Sí, bueno, a muchas mujeres no les parece bien, pero en el fondo se sienten halagadas —comentó
un hombre, con pinta de entender mucho del tema en cuestión—. La tía Antonia estuvo un año lanzándole
castañas al tío Ernesto cada vez que pasaba por delante de su ventana… Y míralos ahora, ya tienen
bisnietos.
—Son cosas de chicas, ya sabes, se tienen que hacer las duras para que nosotros nos comamos más el
coco y todo eso, pero en el fondo les gusta —afirmó otro amigo de Andrés.
—Sí —asintió Nick—, pero muy, muy en el fondo —admitió para sí.
—Vamos muchacho, anímate —le susurró al oído su tío Agustín, el alcalde, que había bajado para
poder asistir al «espectáculo» en primera fila—. Ya era hora de que marcaras tu terreno, al fin y al cabo
llevas años enamorado de ella.
—¿Lo sabes? —preguntó Nick estupefacto. Jamás había dicho nada a nadie.
—A tu padre le gusta mucho mi orujo de hierbas —comentó el anciano sonriendo—, y a veces a mí
se me va la mano poniendo copas…
—¿Me estás diciendo que has emborrachado a mi padre?
—No. En absoluto. Pero algunas noches hace mucho frío, y estos viejos huesos necesitan un poco de
calor extra —comentó el alcalde como si nada.
Nick comprendió de golpe que todas aquellas noches de invierno que su padre llamaba avisando que
la partida se iba a alargar y se quedaría en casa del alcalde a dormir, no era exactamente la partida lo
que se alargaba.
—Vamos muchacho —le dio una fuerte palmada en la espalda—. Me parece que la fuente te ha
dejado los huevos helados. Te invito a un orujo.
Nick miró a su tío, intentando dilucidar si había entendido bien.
—Vamos, no te quedes ahí parado. No querrás que _______(tn) piense que los tienes pequeños.
—Joder con los viejos —siseó Nick, acompañando a su anciano y avispado tío.

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andreru
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MensajeTema: Re: Ardiente Verano (Nick y tu)   Enero 7th 2015, 17:11

CAPÍTULO 14
A las nueve de la noche del 25 de julio, festividad de La Virgen de la Puebla, _______(tn) reunió el aplomo y
la tranquilidad necesarios para pisar la calle. No fue falta de valor lo que impidió que saliera de casa
antes, fue falta de mesura. Estaba segura de que si se hubiera encontrado con Nick por la mañana, a
medio día o al principio de la tarde, le hubiera dado igual que estuvieran en mitad del pueblo o perdidos
en la montaña; le hubiera arrancado los ojos, la piel, el cabello, y quizá hasta le hubiera cortado la polla
para que los pobres perros tuvieran algo de comer. Pero ahora ya estaba tranquila. Más o menos.
—Como me lo encuentre y se le ocurra sonreír, a Dios pongo por testigo que le aplasto los huevos
con un martillo.
Había recorrido indignada toda la superficie de la casa una y otra vez mientras su hijo y su suegro la
seguían como perritos falderos. Malo era sentir en la nuca la sonrisa de Andrés, pero peor era escuchar
una y otra vez en boca de Abel las virtudes de seguir la tradición y lo tranquila que iba a estar a partir de
ese momento, ya que ningún varón del pueblo la iba a molestar puesto que había quedado sobradamente
demostrado que su hijo la pretendía. ¡Nick la pretendía! ¿Pero qué coño le pasaba a su suegro por la
cabeza? ¿No se daba cuenta de que era una broma estúpida? Porque si de algo estaba segura, era de que
lo ocurrido en la Fuente Nueva era una estupidez. Ni más ni menos. Una broma que la había dejado en
ridículo delante de todos los habitantes del pueblo. ¡Iba a matar a Nick!
Inspiró profundamente y traspasó el umbral de la casa. Cerró la puerta a su espalda y comenzó a
caminar hacia la Soledad. ¿Ningún «varón» iba a «pretenderla» porque estaba «cogida»? ¡Eso habría que
verlo! Pensaba ir a la fiesta, bailar hasta que le reventaran los zapatos y presenciar asombrada los fuegos
artificiales; o al menos fingiría estar asombrada. Tras haber asistido al desfile de dos gigantes y tres
cabezudos, dudaba que los fuegos la dejaran con la boca abierta. Fuera como fuera, pensaba demostrar a
todo el mundo que se lo estaba pasando en grande y que el ridículo del día anterior había pasado a la
historia. ¡Ja!
En cuanto dio el primer paso en el parque de la Soledad, escuchó la canción.
La orquesta aún no había comenzado a tocar, pero la música inundaba el parque. Habían enganchado
algún equipo de música a los altavoces del escenario y en esos momentos estaba sonando una canción que
parecía haber sido escrita para ella.
You know that I want you
And you know that I need you
I want it bad
Bad and bad.
I want your loving
And I want your revenge
You and me could write a bad romance.
Caught in a bad romance.

«Sabes que te quiero
sabes que te necesito
Lo quiero (demasiado)
Demasiado y demasiado.
Quiero tu amor
quiero tu venganza.
Tú y yo podríamos escribir un mal romance.
Atrapada en un mal romance.»
Desde luego Bad Romance de Lady Gaga le iba como anillo al dedo en esos momentos, porque era
justo así como se sentía cada vez que pensaba en el hombre de la cabaña. Inspiró profundamente, rotó
los hombros, se lamió los labios y dio el paso que le llevaría, supuestamente, a pasar una noche
perfecta.
Dejó a atrás el escenario y caminó decidida hacia el kiosco. Todas las personas a las que conocía
estarían allí reunidas. Sólo tenía que atravesar el parque, saludar a los conocidos de su suegro, que la
observarían complacidos por haber —supuestamente— cumplido con su estúpida tradición, y sonreír
afectuosa ante las miradas divertidas de los amigos de su hijo. Podía hacerlo. Dio un paso, dos, tres… y
atisbó por el rabillo del ojo su salvación. Sonrió como si le fuera la vida en ello, giró a la izquierda y
tomó el camino que rodeaba el parque. Era más largo, más sinuoso y más oscuro debido a las copas de
árboles que creaban sombras casi impenetrables; estaba bordeado de arbustos que de vez en cuando
hundían sus ramas en mitad del sendero haciéndola tropezar, y eso por no contar con los hoyos que, sin
previo aviso, aparecían en el suelo, pero casi nadie paseaba nunca por allí. O al menos casi nadie mayor
de dieciséis o diecisiete años, sin casa o coche propios para darse el lote y que tuviera una fuerte
necesidad de ello, y eso nunca solía suceder antes de que anocheciera.
Nick se quedó de piedra, o mejor dicho, se puso duro como una piedra en cuanto la vio. Si lo que
ella quería era echar un pulso a la tradición que afirmaba que después de ser tirada al pilón ningún
hombre la miraría, desde luego llevaba todas las de ganar. No creía que ningún habitante masculino del
pueblo, y ya puestos, del resto del mundo, pudiera resistirse esa noche a su encanto.
Llevaba una ceñida minifalda vaquera, tan diminuta que comenzaba en sus caderas y terminaba
apenas un par de centímetros por debajo de sus nalgas. ¡Todo el pueblo vería su culo! Bueno, tal vez
verlo no, pero imaginárselo sí. Sin ninguna duda. Completaban el conjunto un ajustadísimo top granate de
tirantes muy finos que ni siquiera se acercaba a cubrirle el ombligo y unos zapatos rojos de tacón de
aguja. Era la mujer más sexy del lugar. ¡Y estaba a la vista de todo el mundo!
Nick se puso en marcha. Estaba decidido a llegar hasta ella y hacer lo necesario para dejar claro a
todos que _______(tn) era coto privado de caza. Que era suya, aunque ella lo negara a voz en grito. Le
pertenecía. Y punto.
Apresuró la zancada hasta casi correr. Se negaba en rotundo a que atravesara La Soledad vestida de
esa guisa sin él a su lado. Por suerte, _______(tn) debió de pensar lo mismo, ya que giró a la izquierda y se
introdujo sin dudar en el sendero que rodeaba el parque. Nick arqueó las cejas pensativo. El sendero

estaba flanqueado por arbustos y árboles, nadie paseaba jamás por él, y por si fuera poco estaba lleno de
hoyos. _______(tn) iba con unos taconazos de miedo. Como caballero sin brillante armadura, no le quedaba
otra opción que acudir en su ayuda.
El camino era más intransitable de lo que en un principio había supuesto, pero _______(tn) no cejó en su
empeño. No tardaría mucho en llegar a la verja que rodeaba el castillo y después podría atravesar la zona
infantil, llena de inocentes niños que no sabían nada de fuentes ni tradiciones, y caminar unos pocos
metros hasta el kiosco. Por supuesto, una vez allí tendría que enfrentarse a las miradas de sus conocidos,
pero ya cruzaría ese puente en su momento. Estiró la espalda y continuó caminando, o al menos lo intentó,
ya que su pie se torció al pisar el enésimo hoyo y estuvo a punto de caer de bruces. Algo se lo impidió.
Más bien alguien. O mejor dicho, una parte de la anatomía de alguien.
Un brazo moreno y duro como una roca golpeó contra su estómago, sujetándola. _______(tn) recobró el
equilibrio e intentó girarse para agradecer la ayuda a su inesperado salvador, pero éste se lo impidió
inmovilizándole las manos con una de las suyas. Presa del pánico, abrió la boca para lanzar un alarido
que ni la mismísima Montserrat Caballé sería capaz de igualar, pero él también le tapó la boca.
Abrió los ojos como platos y antes de que a su agresor le diera tiempo a decir «Joder!», clavó con
fuerza el tacón de su zapato en lo que esperaba fuera el pie del hombre.
Lo era.
—¡Joder! —siseó una voz conocida en su oído—. Soy yo.
—¿Mmmmm? —preguntó _______(tn) con la boca todavía cubierta por la mano.
—¡Yo! —susurró Nick, pero luego se mordió los labios. ¿Quién de los dos era en ese momento?
Sopesó sus opciones y su pene decidió que parte de lo que pensaba hacer esa noche en el jardín del
castillo bien podía hacerlo en ese momento—. Soy yo… eh…
—¡Mmmmm grrr! —exclamó _______(tn), intentando soltarse.
—Tranquila, soy yo… Mmm… —«¿Cómo narices se referiría ella a él?»—. ¿Tu amante? —
preguntó.
—¡Mmm grrrr arrrrrrrggl —_______(tn) se removió enfadada contra él e intentó volver a pisarle. De
hecho, lo consiguió; lo cual hizo que la erección que luchaba por volver a ser la que era antes del primer
pisotón reculara rápidamente.
—¡Auch! —se quejó—. Soy yo, el vaquero, el ermitaño de la cabaña. —Se describió a sí mismo
como ella le había imaginado en alguna (divertida) ocasión, pero no le sirvió de nada. _______(tn) volvió a
patalear con fuerza—. Si me prometes no gritar dejaré de taparte la boca. —«Esto no me está pasando a
mí», pensó.
—Mm —contestó _______(tn), quedándose quietecita.
—Imagino que eso es un sí —dijo separando la mano de su boca cálida, suave… ¡y llena de dientes!
—. ¡Ay!
—¡Odio que me tapen la boca! ¡Lo odio! Joder.
—No quería que gritaras.
—No iba a gritar —mintió—. Sabía desde el primer momento quién eras —volvió a mentir. Lo cierto
era que no lo había sabido hasta que le escuchó decir «soy yo», y tampoco en ese momento tuvo claro si
era Nick o el desconocido de la cabaña. Al fin y al cabo todos los hombres tenían la misma voz cuando

susurraban.
—¡Seguro! —No se tragó la mentira.
—Lo que tú digas. Ahora, suéltame.
—No.
—¿No? Me tienes agarrada en mitad del parque la Soledad. ¿No crees que a la gente le parecerá
extraño? —ironizó.
—No estamos en mitad del parque, sino en un camino por el que nadie pasa nunca. Y no te tengo
agarrada, te tengo presa.
—¿Presa? —El hombre no exageraba. Le sujetaba las manos a la altura de su pecho con una de las
suyas y enterraba con fuerza su rostro entre el hombro y el cuello de _______(tn), impidiéndole girar la cabeza
debido a la presión que ejercía… Y a los tiernos mordiscos que a veces le daba.
—Sí. Y voy a hacer contigo lo que se me antoje —afirmó él, pegando su polla, casi recuperada del
susto, al dulce y femenino trasero.
—Y… ¿qué se te antoja? —susurró ella con voz ronca, entrando en el juego.
—Llevas demasiada ropa.
_______(tn) apenas tuvo tiempo de suspirar antes de sentir como la minifalda ascendía por sus muslos y se
arremolinaba alrededor de sus caderas, dejando un diminuto tanga negro a la vista de todo el mundo; si es
que hubiera alguien cerca, claro. Luego escuchó un «clic» y acto seguido sintió el filo de algo metálico
pegado a la ingle.
—¿Qué es eso?
—La solución a tu exceso de ropa.
El filo metálico se coló por debajo de las cintas del tanga y las fue cortando. Un segundo después los
restos de su preciosa, sexy y carísima ropa interior estaban tirados en el suelo. _______(tn) no sabía si gritar
de frustración por la pérdida o jadear para llevar aire a sus «remecidos» pulmones. A final la excitación
ganó la batalla.
Nick sonrió al oírla jadear. Acababan de comenzar. Sin dejar de sujetarla, dejó caer la navaja
automática al suelo y utilizó la mano que tenía libre para comprobar si ella hacía sus deberes. _______(tn)
sintió los dedos del hombre deslizarse entre sus muslos, presionar contra ellos. Abrió las piernas al
instante.
—Muy bien —susurró él, complacido.
Acarició con las yemas el pubis depilado, recorrió cada centímetro de piel con suaves caricias hasta
quedar satisfecho.
—Has hecho bien tus deberes, está tan suave como tus tetas —afirmó, subiendo la mano y pellizcando
los pezones por encima del top. _______(tn) no pudo evitar gemir.
Sus dedos atormentaron sin pausa los pechos, pasando de uno a otro cuando el pezón se endurecía y
erguía. Los pellizcó y acarició sin dejar de frotar la polla enfundada en los vaqueros contra el trasero
femenino mientras _______(tn) abría más las piernas y se pegaba a él todo lo que podía, gemía y jadeaba. Pero
no era suficiente.
—Suéltame.
—No.
—Por favor —suplicó.

—¿Qué harás si te libero? —Usaba a propósito expresiones que le recordaban que estaba presa entre
sus brazos.
—Tocarme —respondió ella, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.
—¿Tocarte? No lo creo —negó él tirando de un pezón.
—No.
—Sé lo que quieres. En cuanto te suelte bajarás la mano a tu coño mojado. —Acarició con las yemas
de los dedos el pezón irritado.
—No.
—Te acariciarás el clítoris, jugarás con él. —Sus dedos cosquillearon sobre los pezones.
—Sí.
—Te meterás los dedos. Uno al principio, dos cuando estés tan empapada que se puedan deslizar
hasta el fondo. Después querrás follarte con tres dedos hasta correrte. —Presionó con la palma de la
mano sobre los pezones, moviéndolos en círculos.
—Dios… Sí… —jadeó _______(tn), juntando las piernas con fuerza.
La mano que le atormentaba los pezones bajó veloz hasta pubis y se hundió en él, frotando el clítoris,
penetrando con los dedos en su vagina, presionando la palma contra su vulva. La respiración de la mujer
se aceleró, el estómago se le contrajo, las piernas le temblaron y, en ese preciso instante, la mano que
estaba a punto de llevarla al orgasmo desapareció.
—No… No pares ahora, ¡joder!
—No tienes poder para darme órdenes —susurró él en su oído a la vez que le daba un azote en el
trasero desnudo. _______(tn) cerró las piernas intentando calmar los espasmos de frustración que recorrían su
cuerpo.
Nick rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar el juguete con el que pensaba sorprenderla cuando se
hiciera de noche. Sería mucho mejor utilizarlo en ese instante.
—Abre las piernas —ordenó él.
—¿Qué…? —Una caricia recorrió sus muslos. Algo redondo y suave, muy suave.
—Abre las piernas. Ahora.
_______(tn) obedeció y un segundo después sintió una de esas cosas redondas presionar contra la entrada
de su vagina hasta penetrar en ella.
—Ahhh.
Sin apenas darle tiempo para recuperarse, una segunda cosa penetró en ella introduciendo la primera
más profundamente. Si no estaba equivocada, él acababa de introducirle unas bolas chinas. Sopesó entre
gemidos la nueva sensación. Era… estimulante. Mucho. Se sentía henchida, húmeda, excitada; a punto de
correrse. Jadeó cuando el pulgar del hombre se posó sobre su clítoris y comenzó a jugar con él a la vez
que el anular y el corazón presionaban la segunda bola introducida en su vagina. Las piernas le volvieron
a temblar y sus pulmones se quedaron sin aire.
—Te gusta. —No era una pregunta.
—Sí… —jadeó _______(tn).
—¿Qué te parece si me bajo los pantalones y te follo ahora mismo? —preguntó, apretando su
erección contra el delicado trasero.
—Sí…

—¿Sí? ¿Te parece bien? —inquirió frotándose contra ella.
—Sí…
—¿Seguro? Estamos en la Soledad. Cualquiera puede vernos —explicó a la vez que bombeaba contra
ella, por encima de la ropa.
—No… —jadeó _______(tn), poniéndose tensa.
—¿No, no nos verá nadie, o no, no quieres que te folle ahora mismo? —preguntó a la vez que el
pulgar imprimía más presión contra el clítoris, terso y resbaladizo.
—No… No, me folles…
—Cómo desees —aceptó sin dejar de hundir sus dedos en su coño. Las bolas chocaban una contra
otra tocándole el útero y haciéndola temblar— ¿Crees que es justo que tú te corras mientras que a mí no
me dejas follarte?
—No…
—Exactamente. No es justo. —Afirmó, retirando los dedos que acariciaban su clítoris y penetraban
su vagina—. Cinco minutos antes de que empiecen los fuegos artificiales, cuélate en el jardín del castillo
y camina en dirección norte hasta llegar a un árbol enorme y viejo que hay en el extremo más alejado de
la verja. Es un olmo negro. No tiene pérdida, no hay ningún árbol más grande en el jardín.
—Sí… —asintió _______(tn), moviendo las caderas y buscando los dedos que segundos antes la habían
abandonado.
—¿Qué tienes que hacer? —preguntó él.
—Ir al castillo y buscar un árbol.
—Un árbol grande.
—Muy grande —repitió ella, apretando su trasero contra enorme erección que despuntaba en la ingle
del hombre.
—No se te ocurra quitarte las bolas chinas ni acariciarte —ordenó él, separándose de ella, pero sin
soltarle aún las manos.
—No…
—Sólo yo puedo tocarlas. Sólo yo puedo tocarte.
—Sí.
—Cuando suene el primer chupinazo irás al jardín y buscarás el olmo, te abrazarás al tronco, con la
falda levantada, el culo desnudo, las bolas chinas bien dentro de tu coño y me esperarás.
—Dios.
—Lo harás.
—Sí.
—No lo olvides —advirtió él, soltándole las manos. Éstas cayeron sin fuerza a sus costados.
—No.
_______(tn) esperó su respuesta, pero sólo escuchó el sonido de pisadas alejándose. Respiró
profundamente intentando calmarse. El clítoris y la vagina le palpitaban insatisfechos, los pezones ardían
contra el top y todos los músculos de su cuerpo temblaban. No sabía si odiar a ese hombre por la
jugarreta que le había hecho, o caer de rodillas a sus pies y comerle la polla hasta que estuviera tan
desesperado como ella y la follara; claro que para eso era necesario que él estuviera presente.
Pasó unos minutos allí de pie, pocos o muchos no tenía ni idea, en mitad del sendero en sombras

esperando a que su cuerpo se relajara y dejara de temblar. El sudor se acumulaba en sus pechos y en su
espalda. Tenía el interior de los muslos empapado por la excitación y cada vez que intentaba dar un paso,
las bolas chinas se ocupaban de recordarle lo que iba a pasar un par de horas después. Al final consiguió
tranquilizarse, se irguió decidida, acarició su ombligo pensativa y comenzó a andar haciendo caso omiso
de la sensación de plenitud y los cosquilleos en su vagina. No sabía cuánto quedaba para la medianoche,
pero era consciente de que iban a ser unas horas muy largas.
Cuando consiguió llegar al kiosco, tras unas cuantas paradas para recuperar el aliento e intentar
calmar la excitación que le producía caminar, la orquesta ya estaba sobre el escenario. No los podía ver
desde allí, pero los acordes de los instrumentos y la voz chillona de la cantante resonaban en el parque y,
por si eso no fuera suficiente, había parejitas, de mayor o menor edad, bailando cada dos o tres metros.
Por supuesto, la mayor aglomeración de personas se daba en la pista de baile frente al escenario,
pero a la gente le importaba poco el lugar en el que estaban si les apetecía bailar, y así fue como tuvo que
esquivar a un corrillo de niños saltando al lado del tobogán, a una pareja de ancianos bailando muy
agarrados un pasodoble en mitad del camino y, unos minutos después, a un grupo de adolescentes
agarrados unos a otros bailando Paquito el Chocolatero frente a la barra del kiosco.
Cuando llegó al kiosco intentó sentarse en el murete con sus amigos, pero fue incapaz. En el momento
en que su trasero tocó la piedra, las bolas chinas se movieron en su interior haciendo que estuviera a
punto de retorcerse de placer.
Se levantó de golpe y sonrió a sus extrañados compañeros, que la miraban como si estuviera enferma.
Nick cabeceó complacido al verla saltar. No había estado muy seguro de que las bolas funcionaran
tal y como le explicó la dependienta del sex shop, pero al ver que _______(tn) tardaba más de media hora en
recuperarse y, sobre todo, tras ver su cara, no le cupo la menor duda. Tenía el rostro sonrosado, como si
tuviera mucho, muchísimo calor; no cesaba de lamerse los labios, incluso mordérselos. Se mostraba
inquieta, se acariciaba el estómago para al segundo después frotarse los bazos. Sus pies no dejaban de
danzar, daban un paso adelante, luego otro atrás, incapaz de quedarse quieta. Tragaba saliva con rapidez,
un hilo de sudor brillaba en su clavícula y descendía por la unión de sus pechos. Los pezones se
marcaban duros y erguidos a través del top. Esto último no le gustó nada a Nick, todo el mundo podía
verlos, de hecho todos sus amigos los miraban intentando disimular.
«_______(tn) es mía» quiso decirles, pero no hacía falta, había quedado sobradamente demostrado el día
anterior. Con una mueca depredadora en los labios, caminó decidido hasta el grupo.
—Hola. —Saludó colocándose al lado de su mujer y pasando un brazo por su cintura.
—Adiós —contestó _______(tn), soltándose y alejándose de él para situarse unos cuantos cuerpos más
allá, arropada entre dos amigas que sonrieron satisfechas. Los hombres arquearon las cejas y miraron a
Nick burlones, las mujeres alzaron la barbilla orgullosas y asintieron.
«Bueno —pensó él—, nada fuera de lo normal». Había asistido muchas veces a ese tipo de escenas
entre sus camaradas solteros, ahora casados, y lo cierto era que aunque hasta el día anterior le había
parecido una estupidez todo el tema de la Fuente Nueva, ahora lo veía con otros ojos. Por lo pronto,
ninguno de sus amigos intentó bailar con _______(tn). De hecho, entre todos ellos habían formado un círculo
alrededor de ella, impidiendo que hombres ajenos al pueblo se aceraran al «coto privado de caza». Las
tradiciones tenían su lado bueno.
_______(tn) aguantó como buenamente pudo. Los tacones le estaban machacando los pies, pero no se
atrevía a sentarse otra vez, estaba segura de que no podría evitar jadear. Por mucho que intentara

quedarse quieta, su cuerpo parecía tener otras intenciones y no paraba de dar pasitos adelante y atrás,
haciendo que las bolas se movieran en su interior. Sentía la vulva mojada e hinchada, el clítoris
palpitante y los pezones duros como piedras. Bueno, estos no los sentía, los veía claramente y no podía
hacer nada para evitarlo. Era una verdadera tortura. Una tortura excitante, sobrecogedora e inigualable.
Apenas prestaba atención a la conversación que se desarrollaba a su alrededor, pero no podía dejar de
mirar a Nick, de sentir sus ojos clavados en ella, devorándola. Miró el reloj de su muñeca, sólo faltaba
media hora para los fuegos artificiales. Si quería desaparecer disimuladamente, tenía que ponerse a ello
ya mismo, porque le daba la impresión de que Nick estaba dispuesto a no perderla de vista. De hecho su
mirada no era difícil de interpretar; decía, alto y claro, que la seguiría hasta el fin del mundo… y mas
allá.
_______(tn) chasqueó los dedos, frotó la palma de una mano contra el puño de la otra, se mordió los labios
con fuerza y sopló.
—Bueno, me voy a ver si veo dónde está mi suegro —dijo con una voz demasiado chillona—. Chao.
—Está sentado en La Cueva, al lado del escenario —expresó Nick.
—Voy a decirle hola.
—Vale —dijo él acercándose y tomándola del codo—. Te acompaño.
—No es necesario. Gracias, —Nick alzó las cejas pero no la soltó—. Si no te importa, me gustaría
recuperar mi brazo. Gracias.
—Me importa.
—Serás animal. Suéltame-ahora-mismo —susurró furiosa. No quería montar un espectáculo, pero si
no le dejaba otra opción, por Dios que lo haría.
—No.
—¿Cómo te atreves? —bajó aun más la voz, hasta que sólo él pudo oírla.
—Me atrevo a todo —siseó en su oído, pegándose a ella—. No voy a dejar que te pasees con esta
pinta por la Soledad tú sola. Ni lo sueñes.
—Serás… Retrogrado, Machista. Anticuado. Carcamal —soltó todos los epítetos que se le
ocurrieron, y con cada uno fue alzando un poco más la voz.
—Uyuyuy, la parejita ya está discutiendo —comentó una voz tras ellos—. Es una lástima, pero se
veía venir.
—Hola, primo —gruñó Nick sin soltar a su mujer.
—¿Qué narices quieres, David? —inquirió _______(tn) irritada. Había tenido tiempo de cavilar sobre lo
sucedido en la fuente durante toda la mañana y David se había llevado varios de sus pensamientos menos
agradables.
—¡Eh! Que yo no he hecho nada.
—Exactamente —explotó ella, dando un tirón que consiguió soltarla de los dedos de Nick—. No
hiciste nada. Me tiró a la Fuente y no te molestaste en impedirlo. ¡Menudo amigo estás hecho!
—Me pilló de sorpresa —se defendió David, que acababa de convertirse en el chivo expiatorio del
cabreo, excitación y confusión que poblaban la cabeza de _______(tn) en ese momento. Al fin y al cabo, podía
regañarle y mangonearle y él se mostraría adecuadamente contrito. «No como otros», bufó pensando en
Nick y en su postura de macho dominante.
—Tampoco te dignaste a darme tu camisa para que me tapara —aclamó indignada.

—Te la dio Abel.
—Exacto. Un anciano tuvo más cabeza, reflejos y decencia que tú —espetó clavándole el índice en el
pecho—. Aléjate de mi vista.
—Oh… pobre David. Parece que acabas de bajar a los infiernos —resopló Nick, divertido.
—Y tú. —_______(tn) apuntó a Nick con su índice—. Vete a la mierda.
Se dio la vuelta y comenzó a andar en ninguna dirección particular. Sólo quería alejarse y que la
dejaran en paz. Las bolas de su interior comenzaron a moverse rítmicamente con cada paso, su sexo
volvió a humedecerse y sus pezones se convirtieron en guijarros. La frente se le perló de sudor a la vez
que el estómago comenzó a cosquillearle y la vagina a palpitar. Se paró, incapaz de dar un paso más sin
ponerse a jadear, y se sujetó el abdomen con las manos.
«Mierda, mierda y más mierda.» Tenía que llegar al jardín del castillo, una vez allí podría relajarse,
o jadear, o gritar o lo que fuera que necesitara hacer, sin temer que nadie pudiera verla ni oírla.
—Buena idea —aprobó Nick abrazándola por la espalda y sobresaltándola.
«¿Lo he dicho en voz alta?», pensó _______(tn) por un instante. No, imposible.
—¡Es qué no me vas a dejar en paz! —clamó mirando al cielo. Ya era de noche. Faltaba poco para
los fuegos. Tenía que desaparecer.
—Bailemos.
—¿Qué?
—Estás parada en mitad de la pista de baile. La gente está mirando. Bailemos.
Sin darle otra opción, la obligó a girar hasta que sus pechos quedaron pegados a su torso. A través de
la fina camisa que él llevaba podía sentir sus pectorales. Los pezones respondieron ante el contacto. Un
fogonazo de placer recorrió sus venas, alojándose en su útero.
—Dios —jadeó, posando las palmas sobre el pecho del hombre, intentando separarse—. Para. No
quiero bailar.
—Por supuesto que quieres —declaró él, agarrándola firmemente por la cintura.
En ese instante la orquesta cambió de canción y atacó con una de las canciones más bailadas en
cualquier verbena nacional: Suspiros de España. Nick soltó una carcajada, apretó la cintura de _______(tn) y
comenzó a moverse con ritmo. Al momento se vieron rodeados por todo tipo de parejas, desde ancianos a
jovenzuelos, y _______(tn) se vio inmersa en un mar de cuerpos oscilantes que se movían al compás de la
música.
Nick aferró la mano derecha de la mujer con la izquierda suya y colocó la que le quedaba libre a la
altura de los omóplatos. Mantuvo esa posición siguiendo el compás durante apenas un par de minutos, los
suficientes para volverse loco por la necesidad de sentir la tibia carne femenina pegada a él. Inspiró
profundamente y desplazó con lentitud la mano que sujetaba el cuerpo femenino, hasta posarla abierta
sobre la suave piel del final de la espalda. Presionó con ella hasta que _______(tn) quedó totalmente pegada a
él.
Ella sintió en su vientre la dura erección que pugnaba contra los pantalones del hombre y se rindió.
Se rindió a él, a sus caricias, a su deseo.
Se movieron uno contra otro, los pies punta con punta, la mano derecha de _______(tn) asiendo desmayada
la masculina, la otra aferrada a la camisa del hombre. Giraron una y otra vez con los cuerpos tan pegados
que parecían uno solo. Sus labios jadearon al unísono sin dejar de mirarse fijamente a los ojos. La piel

de _______(tn) era suave y cálida al tacto, la de Nick estaba cubierta de sudor. Los rasgos del hombre eran
duros y contenidos, sus labios apretados fuertemente para impedir que gimieran desesperados. Las
facciones de la mujer eran dulces, relajadas, sus ojos se entornaban rendidos a la pasión. La mano de
_______(tn) se crispó contra el pecho de Nick. Todo su cuerpo tembló.
Él bajó la cabeza y posó sus labios sobre la tierna y dulce boca de _______(tn), bebiéndose los jadeos
incontrolados que escaparon de ella. La mano anclada en el final de la espalda la apretó con más fuerza,
hasta que sintió los espasmos que se adueñaban del estómago de la mujer. El pene le palpitó dentro de
los pantalones, se engrosó y alargó como nunca lo había hecho, lágrimas de semen brotaron de su glande,
humedeciendo el algodón de los boxers. Los testículos se tensaron, endurecidos y dispuestos para
descargar su preciado contenido. Apretó salvajemente sus labios contra los de _______(tn) mientras todo el
cuerpo femenino vibraba y sus largas uñas pintadas de rojo se hundían en su poderoso torso. La sujetó
con fuerza cuando le fallaron las piernas, separó sus labios de los tentadores de ella y la miró con
ternura, haciendo caso omiso del dolor que asolaba sus testículos, de la frustración con la que pulsaba su
polla. No iba a correrse en los pantalones como un chiquillo impúber. Esperaría. Sólo unos minutos más.
_______(tn) sería suya bajo las estrellas y los fuegos de artificio.
_______(tn) parpadeó confusa. Había tenido uno de los orgasmos más explosivos de su vida en mitad de la
pista de baile de la Soledad. Rodeada de gente. Entre los brazos de Nick. Y lo más aterrador de todo
era que, cuando el éxtasis había corrido raudo por todas sus terminaciones nerviosas y sus ojos se habían
cerrado incapaces de resistirlo, en su mente se había dibujado la imagen de un hombre… de dos
hombres. El rostro de Nick, los labios de su amante desconocido. Las manos de Nick, el cuerpo
desnudo del hombre de la cabaña… Miró a su cuñado confundida, dio un paso atrás, y otro, y otro más…
Se giró y salió corriendo de la pista de baile, chocando sin darse cuenta con las parejas que aún bailaban.
Nick permaneció erguido en mitad de la pista, ajeno a todo lo que rodeaba, pendiente de cada uno
de los pasos de su mujer. La observó cruzar a bandazos el parque, perderse entre los caminos que
llevaban al castillo y por último desaparecer a través de la reja que lo rodeaba. El cazador que había en
él, sonrió. Se sacó los faldones de la camisa de la cintura del pantalón, los colocó descuidadamente
esperando que disimularan su erección y fue tras ella.
_______(tn) miró aturdida a su alrededor. Estaba en el jardín del castillo. ¿Dónde le había indicado él que
se encontraran? Al lado de un olmo negro.
—¿Cómo coño es ese árbol? —preguntó al aire—. Grande, ha dicho que era el más grande del jardín.
Recorrió el lugar con la mirada, pero todos los árboles le parecieron más o menos igual de igual
tamaño. ¡Joder! La explanada del jardín era enorme. Él había dicho que fuera hacia el norte.
—¿Y por dónde narices se va al norte? —siseó entre dientes. Si estuviera en Madrid no tendría
ninguna duda, pero aquí, en ese preciso momento estaba totalmente desorientada—. Piensa.
Él había dicho que estaba en el extremo más alejado de la verja, por tanto caminaría dejando la verja
tras ella y buscaría un árbol grande y viejo.
Nick la observó titubear, girar la cabeza a un lado y, al final, caminar decidida hacia el sur. Sonrió y
decidió que para Navidad le regalaría una brújula. La siguió ocultándose entre las sombras, si andaba lo
suficiente acabaría llegando a un pequeño grupo de esbeltos álamos que esperaba les ocultaran lo
suficiente. Y si no era así, sinceramente le daba lo mismo. Estaba a punto de reventar, los pantalones le
oprimían dolorosamente el pene y a cada paso que daba los testículos mandaban pinchazos de dolor a su
ingle.

_______(tn) caminó con paso inseguro un par de metros, y al final decidió quitarse los zapatos. Posó sus
pies desnudos en el suelo y hundió sus pequeños dedos en la hierba fresca y húmeda. Un alivio
momentáneo para el fuego que recorría su cuerpo. Hacía escasos minutos que había estallado entre los
brazos de Nick y su piel estaba ardiendo de nuevo. A cada paso que daba las bolas se movían en su
interior, vibraban contra las paredes de su vagina, empujaban con firmeza su útero y ella lo único en lo
que podía pensar era en la polla del desconocido entrando con fuerza en su cuerpo.
—¿Donde estará ese puñetero árbol?
Tras varios minutos caminando, algún tropezón y muchos estallidos de placer recorriendo sus venas,
llegó a un grupito de arboles que no se veían especialmente grandes ni viejos. Los observó todo lo
atentamente que pudo entre las brumas del deseo y se decidió por uno.
—No creo que seas tú —dijo contra el delgado tronco—, pero no puedo dar un paso más —afirmó
levantándose la falda por encima de las caderas—. ¿Cuándo sonará el puñetero chupinazo? Necesito
tocarme —susurró, aferrándose con una mano al tronco mientras con la otra se acariciaba los muslos.
«Sólo un poquito», pensó—. Él no se va a enterar si lo hago —afirmó cuando sus dedos encontraron la
suave piel depilada de su pubis.
—Él sabe todo —susurró una voz tras ella. Él.
Su mano asió la de _______(tn), impidiéndole llegar hasta donde tanto necesitaba. Pegó su pecho a la
espalda femenina y su ingle al trasero. _______(tn) pudo sentir su tremenda erección a través de los vaqueros.
¿Por qué no se los había quitado?
—Eso no ha estado nada bien —la regañó él con voz ronca, dándole una fuerte palmada en las nalgas.
En contra de todo lo que siempre había pensado, esa palmada estuvo a punto de lograr que se
corriera. Había algo excitante en sentir la palma de su mano sobre el trasero. Las vibraciones que
ondulaban sobre sus nalgas recorrían el perineo y la vulva y terminaban sobre el clítoris. _______(tn) gimió y
apretó con fuerza los muslos, pegando más sus senos a la corteza del árbol, frotando los pezones duros y
erguidos contra ella.
—Ni se te ocurra —le advirtió él, pasando un brazo por su estómago y obligándola a separarse unos
centímetros del árbol, los suficientes para no rozar sus pechos contra el tronco.
La mano del desconocido se coló entre sus muslos fuertemente apretados, obligándola a abrirse para
él. En cuanto lo hizo, apuntaló con sus botas los pies desnudos instándola a separarlos más. _______(tn) no
opuso ninguna resistencia.
—No gires la cabeza —ordenó.
La mano seguía posada en sus muslos, acariciándolos. _______(tn) dobló las rodillas, intentando que
ascendiera hasta el lugar en donde estaba ardiendo. Él se limitó a darle un suave cachete. _______(tn) empinó
su trasero, rozándose contra él, intentando tentarle. Esta vez el hombre respondió. Se pegó más a ella y
pasó la mano que tenía libre por su estómago, deteniéndose a jugar con los dedos en su ombligo. Nada
más.
—¿A qué esperas? —preguntó frustrada.
—A que sea el momento justo —contestó él, inmóvil.
—¿Y cuándo será eso? —inquirió ella, frotando las nalgas contra su ingle.
—No te muevas —repuso él, quitando la mano de su estómago y dándole otro azote en el culo.
La impaciencia hacía temblar a _______(tn). Él estaba ahí, pesado a ella, duro como una piedra; su pene

largo y grueso apoyado contra su trasero— y no hacía nada.
Los músculos de su vagina se apretaban y aflojaban espasmódicamente contra las bolas, su vulva se
humedecía cada vez más, su clítoris latía y sus pezones se quejaban doloridos, y él no hacía nada. ¡Nada
de nada!
—No puedo más… por favor —rogó.
—Aún no —repitió él.
—¿Cuándo?
—¿No lo sabes? Qué mala memoria tienes.
_______(tn) cerró los ojos e intentó recordar todas sus indicaciones: el árbol, el jardín, la falda levantada,
el culo desnudo. Cuando sonara el primer chupinazo. De repente un ruido atronador resonó contra el
cielo nocturno, como si hubiera estallado el más grande de los cohetes. Las manos que se posaban sobre
su piel se alejaron de repente. Un segundo después oyó el sonido de algo rasgarse —un condón, supuso
—. Y poco más tarde el sonido metálico de la cremallera del pantalón.
Sonó el segundo chupinazo. Los dedos ásperos y callosos acariciaron el interior de los muslos,
asieron el cordón de las bolas chinas y con inquietante lentitud fueron tirando de él hasta que éstas
abandonaron la vagina con un sonido húmedo. _______(tn) jadeó al sentirlas rozar contra su vulva. Y después,
él se quedó inmóvil de nuevo.
Explotó el último cohete. Las manos de él se aferraron a su cintura. Sus pies separaron más los de
_______(tn). Su ingle se apoyó contra las impacientes nalgas femeninas y su pene se alojó en la unión entre sus
muslos.
Un fogonazo de múltiples y brillantes colores iluminó el cielo nocturno sobre sus cabezas.
La verga penetró de un solo empujón. Los dedos que asían su cintura se clavaron en la piel. Las
manos de _______(tn) se aferraron con fuerza a la corteza del árbol. Él comenzó a bombear, fuerte, rápido,
rudo. Sus enérgicos empujones desplazaron el cuerpo femenino hasta que sus pechos se apretaron
rítmicamente contra el tronco del árbol, pero apenas se dio cuenta. Todo su mundo se centraba en la polla
rígida y poderosa que entraba en ella vigorosa y potente, cada vez más violenta, más rígida… Con cada
empellón, las puntas de sus pies se alejaban de la húmeda hierba y sus sentidos se acercaban más al
Paraíso. Una de las manos que le asía la cintura le rodeó el estómago y se deslizó hasta su pubis. Los
dedos largos y morenos presionaron su clítoris, una vez, dos, tres… _______(tn) explotó. Un grito incontenible
abandonó sus labios y se confundió con el estruendo de los fuegos artificiales. El hombre empujó una vez
más, dos, tres… y se tensó inmóvil muy dentro de ella. El rugido que surgió de su garganta provocó
escalofríos de placer en su alma femenina.
_______(tn) sintió que sus rodillas fallaban. Los fuertes brazos del hombre la sujetaron. Salió de ella con
un gemido y permitió que los cuerpos de ambos se derrumbaran exánimes sobre la hierba. Uno al lado
del otro, el pecho fuerte y cálido contra la espalda esbelta y delicada.
Los dedos del hombre acariciaron la mejilla, dibujaron las líneas de su rostro y retiraron el pelo de
su cara.
—Mañana vendrás a la cabaña —ordenó.
El estruendo de los fuegos artificiales impidió que _______(tn) escuchara cómo el hombre se subía la
cremallera de los pantalones. Impidió que oyera sus pasos alejándose, pero no le importó. Sabía con
certeza ineludible que al día siguiente volvería a sentirlo dentro de ella. Junto a ella. Abrazado a ella.
_______(tn) traspasó el agujero de la reja poco después de que los fuegos artificiales dejaran de iluminar

el cielo. No sabía si había pasado mucho tiempo desaparecida ni le importaba en absoluto si así era. Lo
único que quería era despedirse de sus amigos —más por educación que por otro motivo—, e irse a casa
a dormir. Estaba agotada. Permanecer al borde del orgasmo durante dos horas era realmente cansado y la
sesión de sexo salvaje había sido el colofón final que la había dejado total e irremisiblemente extenuada.
Comprobó que toda su ropa —toda, menos el tanga— estuviera perfectamente colocada, se atusó el
pelo esperando que no estuviera muy despeinado y se puso los zapatos de tacón. Ya había dejado atrás el
jardín, no podía seguir caminando descalza por mucho que le apeteciera.
Se dirigió con pasos vacilantes hacia el kiosco; se despediría rápidamente de sus amigos alegando
que estaba muy cansada, y adiós muy buenas. Sólo esperaba que Nick no estuviera con ellos. Su cuñado
era capaz de leer sus pensamientos y llevaba escrito en el rostro lo que había pasado hacía escasos
minutos. No quería ni imaginar cómo se lo tomaría si llegaba a enterarse de que su «coto privado de
caza» había follado como una loca con otro hombre. Se le escapó una risita tonta al imaginar su reacción
y, acto seguido, se le contrajo el estómago por culpa de un repentino ataque de remordimientos. ¡Acababa
de follar con el desconocido a pocos metros de donde se encontraba Nick! Podría haberles visto. Se
detuvo en seco, repentinamente seria.
«¡Oh, Dios!», pensó llevándose las manos a la boca. Podía imaginar perfectamente su reacción. No se
enfadaría, ni armaría ninguna bronca, ni mucho menos haría el espectáculo. Eso sólo lo hacía ella.
Nick se sentiría profundamente herido. Le había declarado sus intenciones hacía sólo una semana:
quería tener una «relación seria» con ella. No, seguro que eso no lo había dicho ni pensado de verdad.
Para nada. Él sólo quería… La quería. Punto. La había besado hacía menos de una semana en el mismo
jardín en que acababa de follar con otro hombre, tras revelarle todas sus esperanzas, sus planes, sus
ilusiones; un segundo después de pedirle —a su manera brusca e indirecta— que se quedara en el pueblo
con él. La había vuelto a besar el día anterior, metidos hasta la cintura en la Fuente Nueva, proclamando
ante todo el mundo que estaba interesado en ella. Que, si la tradición no mentía, quería convertirla en su
mujer. Y, por si fuera poco, hacía menos de una hora que ella acababa de correrse entre sus brazos, en
mitad del baile, aferrada a su pecho y con sus labios bebiéndose sus gemidos.
«¡Qué he hecho!», gritó en su cabeza. «Si se entera de esto sufrirá… Y yo no podría soportar ver el
dolor en sus ojos», pero tampoco podría soportar no volver a encontrarse con el desconocido. Los amaba
a los dos.
«No. No amo a nadie», afirmó para sí a la vez que se abrazaba el estómago.
Ella no quería a Nick, no lo amaba, estaba segura. Tampoco amaba al desconocido con el que
acababa de hacer el amor. De follar. No estaba enamorada de ningún hombre. ¡De ninguno!
Dirigió la mirada hacia el kiosco. Sus amigos le estaban haciendo señas. Nick no estaba entre ellos.
Hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y giró en dirección a la salida del parque; tenía que
irse de ahí en ese mismo momento.
Necesitaba estar sola, pensar, reflexionar. Esconderse en su habitación.
Una mano la sujetó del codo. _______(tn) se volvió sobresaltada. No conocía al hombre que la agarraba.
—Perdona —dijo soltándola—. ¿Sabes dónde está El Vivo?
—¿El Vivo? No… Ni idea —respondió aturullada, ella no conocía a nadie con ese mote.
—¿Segura? Me han dicho que estaba contigo.
—¿Quién te ha dicho que El Vivo estaba conmigo? —preguntó _______(tn) asustaba. La vieja bruja había

dicho que ella pertenecía al «Vivo»
—Tus amigos —dijo el hombre—. Los que están sentados en el muro del kiosco —explicó al ver la
mirada confundida de la mujer.
—Se equivocan —afirmó _______(tn), empezando a asustarse. ¿Qué era lo que ellos sabían? ¿Los habrían
visto en el Jardín del castillo?
—Oh vaya… Perdona. Soy de Santa Cruz y he bajado a la fiesta pensando que lo vería y podríamos
hablar de algo importante, pero no lo encuentro. Tú eres _______(tn), ¿verdad?
—Sí.
—¿Estás segura de que no has visto al Vivo?
—No, lo siento. De hecho, ni siquiera lo conozco —explicó, deseando irse de una buena vez.
—¡Claro que sí! —exclamó él divertido dándole una palmadita en la espalda—. Vamos, no puedes
estar tan enfadada con él como para decir que no le conoces.
—¡Es que no le conozco! —gritó enfadada por las confianzas que se tomaba ese tipo.
—Ah, te habré confundido con otra _______(tn). —Ella asintió con la cabeza aceptando sus disculpas, pero
el tipo no parecía dispuesto a soltarla—. ¿Ayer te tiraron a la Fuente Nueva?
—Joder, las noticias vuelan.
—El… el que te tiró, mmm —frunció el ceño como si no recordara algo y luego continuó—, él es
moreno, alto, de ojos claros, pelo ondulado y un poco largo.
—Sí —respondió _______(tn) con un hilo de voz. Estaba empezando a asustarse. Ese tipo estaba como una
puta cabra. ¿A qué venían tantas preguntas? Miró a su alrededor, estaba rodeada de gente, eso la
tranquilizó un poco. No se atrevería a atacarla en mitad del parque.
—Pues ése es El Vivo.
—¿Nick?
—Sí, ése, joder. No me salía su nombre… En Santa Cruz le conocemos por «El Vivo».
—Ah… lo siento. No he visto a Nick desde hace un buen rato.
—¿Lo verás mañana?
—No lo sé —ese tipo la estaba colmando la paciencia. Ahora mismo tenía algo importante que
pensar… Nick y El Vivo eran la misma persona, claro que eso no quería decir nada… No podía
angustiarse sólo por las supercherías de una vieja loca que aseguraba que ella pertenecía al Vivo.
—Si lo ves, dile que me dé un toque al móvil. He intentado llamarle, pero no sé por qué no me lo
coge —«Yo sí lo sé —pensó _______(tn)—, porque eres un verdadero coñazo»—. Llevo buscándole desde
antes de que empezaran los fuegos y está desaparecido en combate. Y me tengo que ir ya. —Dejó de
hablar y la miró pensativo—. Hazme un favor, pregúntale cuándo puedo llevar la yegua a la cabaña para
que su semental la monte. ¿Vale? Encantado de haberte conocido —dijo plantándole un beso en la mejilla
y largándose con viento fresco.
_______(tn) se quedó petrificada en mitad del parque. Ese tipo quería que le preguntara al Vivo, que no era
otro que Nick, que cuándo podía llevarle una… yegua a su… cabaña… Y por si fuera poco, el tal Vivo
llevaba desaparecido desde antes de los fuegos.
La respiración de _______(tn) se tornó errática, los pulmones necesitaban más aire del que les llegaba.
Ante sus ojos comenzaron a aparecer puntitos negros.
—¡Basta! —exclamó haciendo que las personas a su alrededor se giraran.
Controló como pudo la respiración, intentó calmarse y, cuando estuvo segura de que no se iba a caer

redonda, echó a correr como alma que lleva el diablo hacia la casa de Abel.
Todas las luces de la casa estaban apagadas. Aun así, _______(tn) revisó cada habitación en busca de su
suegro, pero no estaba. Agotada y confundida decidió meterse en la cama y consultar con la almohada
todo lo que le había dicho el gilipollas ese. Y todo empezó a encajar en su mente: el tanga que apareció
de repente entre la colada, el mismo que se había olvidado en la cabaña; la yegua roja en el prado
contiguo a la casa de Nick; que el desconocido pareciera conocer tan bien a Andrés y a su suegro; que
se empalmara pensando que estaba dormida en «la habitación del centro», ¡joder!, ahora mismo estaba
tumbada en la cama de su habitación, la del centro de esa planta… Y más cosas. La yeguada que tenían
entre varios amigos; el veterinario que les salía gratis, joder, ¡Nick era veterinario! La casa con dos
chimeneas y una barbacoa en el porche; el amigo al que su amante desconocido había prometido que
Negro montaría a una de sus yeguas y que resultó ser el mismo idiota que la había vuelto loca con sus
preguntas sin sentido en la Soledad.
Se acurrucó en la cama, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos envolviendo las piernas. No,
seguro que no. Todo era un terrible malentendido, seguro que el tipejo ese de Santa Cruz se había
equivocado de persona, ni siquiera recordaba el nombre de Nick. Se había equivocado, no había otra
opción.
Horas más tarde oyó la puerta de la casa abrirse y los pasos sigilosos de su hijo al subir las escaleras
intentando pasar desapercibido. _______(tn) salió como una exhalación de su cuarto y se plantó frente a un
Andrés asustado.
—¡Se me estropeó el reloj! ¡No sabía que era tan tarde! No lo volveré a hacer, te lo prometo —
argumentó su hijo con los ojos abiertos como platos. Imaginaba que se ganaría una buena bronca por
llegar tan tarde, pero no que se la ganaría a las cinco de la mañana nada más entrar por la puerta y
todavía algo atontado por la cerveza que no debería haberse bebido.
—No pasa nada, cariño, no importa —afirmó su madre, estaba todavía vestida, la camiseta arrugada
sobre su estómago, la falda girada y el pelo hecho una maraña. Parecía una loca—. Dime… ¿Te has
fijado que al lado de la casa de Nick hay un prado con yeguas?
—Eh… sí. La yeguada. Es suya y de sus amigos.
—Vale. ¿Sabes si alguna de las yeguas es de tu tío?
—Sí. Roja.
—¿Un caballo rojo?
—Sí —contestó su hijo sonriendo—. Es roja y se llama Roja, a tío Nick no le gusta comerse el coco
con los nombres. Fíjate que a su semental le llama Negro. ¿Y a que no sabes de qué color es?
—Negro —contestó _______(tn) con un hilo de voz.
—Exacto —asintió riéndose, hasta que vio las lágrimas que caían por las mejillas de su madre—.
Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
—Sí. Perdona, cariño. Estoy un poco tonta. ¿Dónde está tu abuelo? —preguntó limpiándose las
mejillas.
—Eh… Se ha ido a la casa del tío Agustín. Me dijo que iba a pasar la noche allí. Que quería
comprobar si el orujo que hacía el tío estaba en su punto.

—Necesito hablar con él —dijo _______(tn) girando en redondo y bajando las escaleras.
—Mamá, son las cinco de la mañana, no es buena hora y no estás vestida para salir.
Asintió ante las palabras de su hijo y se dio la vuelta para quedarse parada en la mitad del salón,
como si no supiera qué hacer a continuación.
—Mamá… Vamos, te acompaño a la cama, ¿vale? Ya sabes lo que pasa en estas fiestas, los amigos
se reúnen, se toman unas copas y, cuando te quieres dar cuenta, estás medio mareada y la cabeza te da
vueltas. —_______(tn) miró a su hijo confundida. ¿Pensaba que estaba borracha?—. A mí me ha pasado lo
mismo —confesó preocupado por su reacción—, y ya ves… No pasa nada —afirmó—. ¿Verdad?
—No, cariño, no pasa nada. Mañana tendremos resaca, nada más. Buenas noches —se despidió
dándole un cariñoso beso en la mejilla. Andrés era lo mejor que le había pasado en la vida. Lo más
hermoso de todo lo que la rodeaba. Su hijo acababa de confesar que había bebido sólo para que ella se
sintiera mejor—. Te quiero con toda mi alma —le dijo acariciándole las mejillas con sus manos. Luego
se dio media vuelta y se encerró en su cuarto.
«Mañana será otro día», pensó.

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andreru
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Fecha de inscripción : 25/04/2011

MensajeTema: Re: Ardiente Verano (Nick y tu)   Enero 7th 2015, 17:13

CAPÍTULO 15
El sol del medio día taladró los parpados cerrados de _______(tn), alguien estaba levantando las persianas de
su habitación. Parpadeó confusa. Había pasado toda la noche dando vueltas en la cama; pensando,
llorando y golpeando la almohada enrarecida. La última vez que miró por la ventana estaba amaneciendo.
—Hija, es casi la una. Me parece que ya es hora de que te despiertes —comentó su suegro mirándola
cariñosamente. Sabía por Andrés que _______(tn) no había pasado buena noche o que quizá la había pasado
demasiado buena y ahora estaba pagando por ello, igual que su nieto, que en esos momentos estaba en la
cocina tomando café para intentar quitarse la resaca de encima.
_______(tn) miró a su suegro con los ojos entornados. Abel se sobresaltó al ver que los tenía enrojecidos y
que en sus mejillas había regueros de maquillaje, como si hubiera estado llorando.
—_______(tn), hija. ¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado, sentándose en la cama y acariciándole la
frente.
—¿Nick tiene alguna cabaña en un claro en medio del bosque? —preguntó ella sin molestarse en
responder.
—¿Eh? Sí, en La Luz.
—En La Luz… —_______(tn) recordó—. El sitio ése de donde sacó los arbustos para su casa.
—Sí.
—Y, ¿al lado de la cabaña hay un cercado para caballos?
—Sí. Allí es donde junta a Negro, ejem —carraspeó Abel—, su semental, con las yeguas.
—¿La cabaña es de madera y tiene pocos muebles, una mesa, un par de sillas, una cama y… una
preciosa mecedora en el porche, igual que la de tu habitación? —fue detallando _______(tn) a la vez que se
levantaba de la cama y empezaba a hurgar en sus cajones en busca de ropa.
—Eh… sí —asintió su suegro aturdido.
—Mamá, ¿cómo sabes todo eso? Nunca has ido allí —preguntó Andrés, entrando en la habitación.
—¿No? —inquirió _______(tn), sin saber bien qué contestar a su hijo.
—No. Tío Nick lleva todo el verano sin dejar que nadie vaya a La Luz, dice que quiere estar solo.
—¿Ah, sí? Me parece cojonudo, porque no pienso volver a subir allí nunca más —afirmó _______(tn), sin
percatarse de las miradas asombradas de su hijo y su suegro—. O tal vez no. Tal vez suba una última vez.
—Sus ojos destellaron. Estaba enfadada, muy enfadada—. Si no os importa, necesito arreglarme. V aoy
salir —dijo echándoles del cuarto sin contemplaciones.
Nick estaba medio inclinado sobre los asientos traseros del coche. La vieja camiseta yacía
abandonada junto a los pies calzados con botas que se apuntalaban en el suelo del establo. Los músculos
de su espalda ondulaban brillantes por culpa del sudor mientras los bíceps se marcaban por el esfuerzo.
—¡Joder! —siseó entre dientes—. Putas brevas…
Las manchas que las cajas habían dejado en el maletero y el suelo del 4×4 habían salido con
facilidad, pero las de los asientos le estaban resultando un hueso duro de roer. Salió por completo del

vehículo y estiró la espalda, estaba medio anquilosado de estar tanto tiempo agachado. Se limpió el
sudor de la frente con el brazo y salió afuera para remojarse bajo la bomba del agua. Dejó correr el
fresco líquido por la nuca, se lavó las axilas y el pecho, y acabó echándose el cubo por encima de la
cabeza. Dos veces. Luego volvió a llenarlo y se dirigió al establo para acabar de limpiar el puñetero
4×4.
Nada más entrar, un relincho de Negro le avisó de que tenía visita. Nick se giró extrañado, _______(tn)
jamás había ido tan pronto a la cabaña y sus amigos y familiares sabían de sobra que no quería a nadie
rondando por allí. Él mismo se había encargado de dejárselo bien clarito.
Se asomó a la puerta y volvió a ocultarse entre las sombras. _______(tn) atravesaba decidida el claro,
parecía enfadada. La observó extrañado entrar en la cabaña y dejar la puerta abierta. Cuando empezó a
abrir sistemáticamente las contraventanas y descorrer las cortinas, supo que su secreto había salido a la
luz.
Él, Nick, no estaba allí. No se lo podía creer. _______(tn) echó la cabeza hacia atrás y dejó que el cabello
que llevaba recogido en una coleta le hiciera cosquillas en la espalda. Se secó las palmas de las manos
en la falda y miró a su alrededor, todo seguía igual que la última vez que había estado allí. La cama, la
mesa, las cuerdas de cuero colgando del techo. Su estómago se contrajo al recordar; un segundo después
sus manos se apretaron en sendos puños.
—Hola —susurró tras ella la voz de él, de Nick.
_______(tn) se giró lentamente. Levantó la barbilla y le miró a los ojos fijamente. Ninguna sonrisa
iluminaba su rostro. Su boca estaba apretada en una línea tan fina que sus labios habían palidecido.
—Ya has descubierto quién soy. —No era una pregunta—. ¿Cómo lo has averiguado? ¿En qué he
metido la pata?
—Un amigo tuyo me dio ayer un mensaje para Nick. Quiere saber cuándo puede traer su yegua a la
cabaña para que tu semental la monte. No fue difícil atar cabos.
—Entiendo.
—No. No entiendes nada. No tienes ni la más remota idea… Me has engañado como a una idiota. Me
has mentido.
—Nunca te he mentido —negó él, sin tratar de acercarse a ella.
—Te has reído de mí.
—Jamás me he reído de ti.
—¿No? ¿Cómo le llamas tú a follar con tu cuñada haciéndote pasar por un desconocido?
—Nunca quisiste saber quién era yo.
—Si hubiera sabido quién eras desde el principio, jamás me hubiera acercado a ti.
—Lo sé. Pero viniste a mí, a mi claro del bosque, a mi casa, miraste a mis caballos apareándose y
permitiste que te tocara —le recordó Nick.
—Y luego te marchaste sin decir nada, sin dejarme ver tu cara. ¡Cabrón!
—Pero volviste… ¿no es cierto? —rebatió, con voz demasiado serena—. Volviste a la cabaña,
entraste en ella por voluntad propia y dejaste que te hiciera el amor una y otra vez. Me aceptaste entre tus
piernas, dentro de tu boca… y en algún sitio más —finalizó con una sonrisa seductora.
—¡Cállate, hijo de puta! —espetó _______(tn), sin moverse de su sitio. Se negaba a acercarse a él—. ¡No
sabía quién eras! ¡No tenía ni puta idea! ¡Debiste decírmelo!
—Si me hubieras preguntado, te lo hubiera dicho. Si hubieras querido ver mi cara, te hubieras

quitado la máscara. ¡Tú elegiste no saber quién era yo! —exclamó Nick, empezando a perder la
paciencia.
—Eres un cabrón retorcido. Jamás me habrías dicho nada. ¿Verdad?
—Pensaba decírtelo.
—Claro que sí —aceptó ella—, cuando te hubieras cansado de follarme —afirmó.
—Jamás me cansaré de hacerte el amor.
—Oh, qué tierno. ¡Vete a la mierda! No puedes ni imaginar cuanto te aborrezco en estos momentos —
siseó entre dientes—. No tienes ni la más remota idea de cuánto me repugna pensar que he follado
contigo.
—¿De veras? Yo pensaba que disfrutabas como una loca con mi polla bien dentro de tu coño —atacó
Nick, con los dientes apretados y las venas sobresaliendo en su cuello.
—No me lo recuerdes, hijo de puta —le espetó, cruzando los brazos sobre su pecho para que él no
viera cómo le temblaban las manos.
—¿Por qué no? Recuerdo perfectamente cómo te has corrido contra mis dedos —dio un paso hacia
ella—, contra mis labios —otro paso— con mi polla profundamente enterrada en todos los orificios de tu
cuerpo —un paso más. Sólo con extender su brazo podría tocarla.
—Por supuesto que sí —admitió _______(tn) con tono desafiante—. De hecho, estoy rabiosamente
satisfecha, he tenido los mejores orgasmos de mi vida con un desconocido.
—Con un desconocido, no. Conmigo —la corrigió Nick.
—En absoluto. Cada vez que me he corrido lo he hecho con un desconocido.
—No —contestó él con serenidad—. Cada vez que te has corrido lo has hecho conmigo. Aunque no
supieras mi nombre, era yo. Nadie más que yo. El único desconocido que te hace el amor soy yo —
finalizó algo alterado.
—No seas iluso. Cada vez que me has follado me he imaginado a un hombre distinto —mintió
descaradamente.
—No te creo.
—Piénsalo. ¿Por qué iba a conformarme con un solo desconocido, pudiendo tener a quién me diera la
gana? Ése era el juego, admítelo. Cada vez que he follado contigo he imaginado a un hombre distinto y
ninguno tenía tu rostro —asestó la puñalada mortal.
—Mientes —escupió Nick.
—Si tú lo dices —_______(tn) se encogió de hombros y, esquivándole, se dirigió a la puerta.
—Has hecho el amor conmigo —sentenció Nick, aferrándola de los hombros—. ¡Conmigo! Me
vieras o no. Lo supieras o no.
—No —replicó _______(tn) tranquilamente—. Tú has follado conmigo, yo me he follado a todo aquél que
se me pasara por la cabeza en ese momento —afirmó dando un tirón, intentando soltarse de su amarre.
Nick la miró fijamente a los ojos, en silencio, incapaz de creer lo que oía. Sus manos clavadas en
los hombros de la mujer.
—Suéltame —ordenó ella.
—Ni lo sueñes.
—¡He dicho que me sueltes, cabrón hijo de puta! —gritó _______(tn), perdiendo por fin el control.
Uno de sus pies voló hasta estrellarse contra la espinilla de Nick. Éste la soltó asombrado, _______(tn)

aprovechó su despiste y le estampó una sonora bofetada en la cara. Él no reaccionó. Volvió a abofetearle
otra vez, furiosa, y otra más. Cuando levantó el brazo para abofetearle por cuarta vez, Nick sujetó su
mano con su puño y la mantuvo alzada. _______(tn) no se lo pensó dos veces, le pegó con la que tenía libre. O
al menos lo intentó, ya que él paró el golpe con su antebrazo y, antes de que pudiera darse cuenta, le
sujetaba ambas manos con una de las suyas. La que tenía libre la aferró por la cintura, levantándola en
vilo, para llevarla hasta el centro de la cabaña. _______(tn) pataleó y forcejeó, pero no sirvió de nada. Bueno,
sí, sirvió para que las bailarinas que calzaban sus pies acabaran tiradas en el suelo.
Nick la soltó la cintura y, haciendo caso omiso de sus patadas, comenzó a atarle las muñecas con una
las cuerdas de cuero que colgaban del techo. Cuando hubo acabado dio varios pasos atrás.
_______(tn) se debatía con las manos a la altura de la cara, las muñecas juntas, atadas a la cuerda. Le miró,
rabiosa, y comenzó a morder los nudos.
Nick fue hasta las poleas que tensaban las cuerdas y las giró. Cuando terminó, _______(tn) estaba atada
con los brazos alzados, las piernas extendidas y ligeramente abiertas, apoyándose sobre las puntas de sus
pies desnudos en el suelo. Era la imagen más erótica y sensual que había visto en su vida. Su polla saltó
dentro de sus pantalones y él supo, exactamente, lo que iba a hacer.
—Abre bien los ojos —ordenó—. Te voy a hacer el amor hasta que mi cara quede grabada en tu
retina.
—Atrévete. Vamos. No tienes los cojones que hacen falta para lograrlo —le incitó sin dejar de lanzar
patadas al aire—. Por mucho que me folles cerraré los ojos y me imaginaré con otro.
—¡No me desafíes!
—Adelante… vamos… hazlo —gritó ella, mirándole a los ojos, asustada por su propia reacción. No
tenía miedo de Nick. No podía tenerlo. Al contrarío, estaba excitada. Muy excitada. Notaba las bragas
empapadas y los pezones endurecidos.
Nick se acercó furioso, dispuesto a hacerle el amor hasta que gritara su nombre, pero _______(tn) lo
recibió con una patada, y otra, y otra más. Nick se alejó pensativo y sonrió.
—¿Quieres jugar? Bien. Jugaremos.
Se dio media vuelta y se dirigió al aparador. Abrió las puertas y sacó la bolsa de deportes que
contenía trozos de cuero. Descartó varios hasta encontrar el que sería perfecto para sus planes. Luego se
acercó a _______(tn) sin desviar la mirada de sus agresivos pies. Cuando ella le soltó la enésima patada, la
paró con el antebrazo y, antes de que pudiera retirarla, aferró con fuerza el tobillo y giró hasta quedar a
espaldas de la mujer.
_______(tn) gritó de impotencia al ver que no podía atacarle en esa postura, con la pierna sujeta entre sus
manos. Gruñó cuando sintió el tibio cuero rodear su tobillo y comenzó a debatirse cuando él intentó
capturar el pie que aún estaba libre. Por supuesto no le sirvió de nada. Nick ató la cinta de cuero a
ambos tobillos, dejando varios centímetros de separación entre ellos, y luego la soltó y se colocó frente a
ella. Satisfecho. Seguro de sí mismo. Confiado.
_______(tn) forcejeó con las cuerdas que ataban sus tobillos y al final acabó por intentar darle una patada
con ambos pies a la vez. Nick alzó una ceja, desafiante, y dio un paso adelante. _______(tn) volvió a atacarle,
Nick le sujetó ambas piernas con un brazo y dio un último paso. El paso que lo dejó pegado a ella.
—¿Y ahora qué? ¿Piensas sujetarme a la vez que me follas? —le desafió de nuevo—. Lo veo un poco
complicado.
—¿Tú crees? Yo no lo veo tan difícil… De todas formas, no hará falta sujetarte. En cuanto te acaricie

dejarás de luchar.
—Adelante —siseó ella—. En cuanto me sueltes, te patearé los huevos.
—Inténtalo.
Le soltó las piernas de repente, haciendo que cayeran hasta tocar el suelo con las puntas de los dedos.
Antes de que ella pudiera reaccionar, uno de los pies de Nick pisaba las tiras de cuero que había entre
los tobillos atados, inmovilizándola. _______(tn) le miró asombrada… y muy excitada. Nick sonrió engreído
y, muy lentamente, levantó con su mano izquierda la camiseta que cubría los pechos dulces y tentadores.
Cuando los tuvo ante su vista, sonrió y metió los dedos por debajo del sujetador.
—¿Ves cómo no era tan complicado? —preguntó suavemente junto al oído de la mujer.
_______(tn) echó hacia atrás la cabeza y, antes de que él pudiera ni imaginar lo que pensaba hacer, le dio
un tremendo cabezazo. Nick dio un paso atrás y se llevó la mano a la sien.
—Vuelve a intentarlo si tienes huevos —le desafió, pateando con ambos pies el aire.
El hombre observó a la salvaje mujer que tenía frente a él. Altiva, Sensual. Enfadada… Excitada. O
al menos eso parecían decir los pezones, duros como piedras, que se marcaban orgullosos contra la tela
de la camiseta que había vuelto a caer sobre sus pechos. Quitó la mano de la sien dolorida y miró
indiferente las gotas de sangre que decoraban las yemas de sus dedos.
—No imaginaba que fueras tan salvaje —dijo con sonrisa felina—. Me gusta.
_______(tn) observó el hilillo de sangre que brotaba de la ceja de Nick y se arrepintió de inmediato de lo
que había hecho.
—¡Mierda! No lo he hecho a propósito…
—¿No? Pues para no haberlo hecho aposta, has tenido una puntería letal.
—No era mi intención… Lo siento —afirmó, compungida.
—¿Cuál era entonces tú intención al golpearme? ¿Hacerme una caricia? —se burló él, a pesar de que
sabía que estaba verdaderamente arrepentida.
—Desátame, te lo curaré.
—¿Tengo pinta de idiota? —Se desplazó lentamente por la estancia hasta quedar situado a su espalda
—. ¿Crees que te voy a soltar por un poco de sangre? No tienes ni idea de lo hermosa que eres. La mera
visión de tu cuerpo, aunque esté cubierto de ropa inútil, está haciendo estragos en mi cerebro. Y eso por
no hablar de mi polla —afirmó pegando la ingle a las nalgas de _______(tn). Ésta se intentó alejar dando un
bandazo, pero Nick volvió a pisar la cuerda que unía sus tobillos, inmovilizándola de nuevo—. Estoy
seguro de que si pudiera ver y tocar tus encantos, me pondría todavía más duro.
_______(tn) cerró los ojos excitada ante sus palabras. Él volvió a desplazarse hasta quedar situado frente a
ella. Pisó de nuevo la cuerda que unía sus tobillos y la agarró de la coleta, obligándola a echar la cabeza
hacia atrás.
—Golpéame ahora —desafió.
—¡Que te follen! —espetó _______(tn), sintiendo como su sexo volvía a humedecerse, empapando aún más
sus bragas.
—Cuando quieras. Estoy a tu entera disposición —replicó él.
—Lo siento, no puedo follarte. Estoy atada…
—Entonces seré yo quien te haga el amor —afirmó Nick.
Sin apartar la mirada de los ojos de su mujer, retiró la mano que la sujetaba por el pelo y esperó unos

segundos. _______(tn) se mantuvo inmóvil, sin intención aparente de volver a golpearlo, tal y como él intuía
que haría. Deslizó lentamente la mano por la clavícula, los pechos y el abdomen hasta tocar el dobladillo
de la camiseta. Con los ojos fijos en _______(tn), sujetó la tela con ambas manos y… tiró. La camiseta se rasgó
en dos mitades desiguales. _______(tn) jadeó sobresaltada. ¿Por miedo? No. La excitación era evidente en su
rostro, en su espalda arqueada, en sus labios húmedos y entreabiertos, en las manos que sujetaban con
fuerza el cuero que la tenía presa. Nick sonrió. Deslizó los dedos por debajo de las copas del sujetador.
_______(tn) cerró los ojos, sus pechos temblaron, impacientes por oír el sonido de la tela al rasgarse.
Nick arqueó una ceja y retiró suavemente el encaje, no tenía ninguna intención de romperlo. Colocó
con cuidado los pechos sobre el borde del sujetador. Estos quedaron levantados y expuestos, justo como
había imaginado mil veces. Sus dedos se posaron sobre la trémula piel y la acariciaron con delicadeza
sin llegar a tocar ningún punto demasiado sensible. _______(tn) bufó irritada. La sonrisa de Nick se extendió a
sus ojos. Tentó los pechos, los acogió en las palmas de sus manos, sopesó su tamaño, los amasó entre los
dedos… pero no tocó los pezones.
Devoró con la mirada a la tentadora mujer que estaba ante él; tan hermosa que dolía mirarla.
—Sigo pensando que llevas demasiada ropa encima —declaró.
Sus manos se movieron veloces. Aferró la cinturilla de la falda y, sin pensárselo dos veces, arrancó
el botón y de un tirón reventó la cremallera. La prenda cayó arremolinada sobre la bota que pisaba la
cuerda de cuero.
—Mucho mejor —afirmó, dando una patada a la arruinada falda.
Dio un paso atrás y se recreó en la erótica imagen que aparecía como un espejismo ante sus ojos. La
respiración agitada de _______(tn) hacía oscilar sus seductores y expuestos pechos, los brazos levantados
sobre la cabeza hacían que se alzaran sobre las copas del sujetador de encaje rosa. Su vientre, feo y
estirado por la postura en que estaba, mostraba un ombligo pequeño y tentador. Un poco más abajo, unas
braguitas de un azul más intenso en la entrepierna le mostraron todo lo que quería saber. Ella estaba
mojada. Por él.
—Parece que hoy no te has molestado mucho en vestirte —comentó burlón.
—¿Perdona? —_______(tn) lo miró como si se hubiera vuelto loco. Estaba atada, excitada, impaciente y
más caliente que una estufa en pleno invierno. ¿Y él le hablaba de ropa?
—Bragas azules… sujetador rosa… tsc tsc. Es una mala combinación de colores. No me gusta.
—Te jodes.
—En absoluto.
Antes de que _______(tn) pudiera parpadear, él había pisado otra vez la cuerda que unía sus tobillos,
introducido su poderoso muslo entre sus piernas y metido los dedos por debajo del elástico de las
bragas.
—Prefiero librarme de lo que me molesta —afirmó, rompiendo sin miramientos la prenda.
Antes de que las bragas llegaran a tocar el suelo, sus dedos se habían colado dentro de su vagina y el
pulgar pulsaba sobre el clítoris mientras la otra mano se aferraba a uno de sus deliciosos pechos a la vez
que sus labios mordían y succionaban el otro.
Ella era incapaz de moverse, no porque estuviera atada, que también, sino porque todo su cuerpo
estaba siendo asediado por sensaciones imposibles e incontenibles. Unos dedos entraban y salían de ella
sin compasión, presionando contra las paredes de su vagina; la palma de esa misma mano presionaba una
y otra vez contra su vulva mientras el pulgar trazaba círculos sobre su clítoris. Los dedos de la otra mano

pellizcaban y tiraban de sus pezones, haciéndolos arder de placer, alterando todas las terminaciones
nerviosas de su cuerpo, convirtiendo su piel en metal incandescente que, con cada caricia, casi
explotaba.
Casi.
Nick presionó más su boca contra los labios cerrados y firmes de la mujer, muy alejados de la
habitual suavidad con la que solían recibir sus besos. Gruñó contra ellos. Deseaba penetrarlos,
saborearlos, rozar los níveos dientes, acariciar el interior de las mejillas, frotar el cielo del paladar y,
por encima de todo, deseaba que ella respondiera con su propia lengua, que le lamiera y succionara, que
le mordiera hasta hacerlo sangrar si era preciso. Lo que fuera con tal de que abriera la maldita boca y lo
dejara entrar.
_______(tn) abrió los labios, inhaló una profunda bocanada de aire y; junto a ella, se coló la esencia única
de Nick; a bosque, a tierra mojada, a sudor. Su sabor penetró en ella a la vez que su lengua y no pudo
evitar responder a sus acometidas. Sus lenguas se enzarzaron en una violenta lucha, se frotaron y
saborearon, se juntaron y separaron con fuerza, imitando los movimientos de dos amantes en pleno
éxtasis.
Nick se separó bruscamente de ella, dejando que el aire se interpusiera entre sus cuerpos sudorosos.
—Ahora di que no soy yo el que te ha besado —siseó, sujetándola de la coleta para que no pudiera
girar la cabeza y evitar su mirada.
—¿Te conformas con un solo beso? —resolló burlona—. Bien. Tú me has besado— ahora. Pero
nunca me has follado —Nick tiró con fuerza de la coleta y ella sonrió satisfecha—. No ha sido tu rostro
el que he imaginado cada vez que me he corrido.
Todo resto de contención se esfumó de las facciones del hombre. Asedió feroz a sus labios, los
mordió y succionó hasta que quedaron hinchados. Dos dedos se introdujeron con más fuerza y
profundidad en la vagina, entrando y saliendo con violencia de ella. El pulgar pulsó con ímpetu contra el
clítoris, presionando y soltando, frotando la vulva, humedeciéndose y volviendo a presionar contra el
hinchado y terso botón. Los tirones en sus perones se hicieron más intensos, más largos, los pellizcos más
contundentes. Y _______(tn) no pudo apenas respirar. Todo su cuerpo era un volcán a punto de explotar.
A punto.
Echó la cabeza hacia atrás y observó las facciones del hombre al que había temido amar tantos años
atrás, del desconocido al que había empezado a amar hacía tan sólo unos días. Estaba tenso, las venas se
le marcaban en el cuello, las aletas de la nariz se hinchaban con cada respiración, los parpados
entrecerrados mostraban un deseo candente, imposible de contener. Pero que contenía.
—No lo intentes mas —jadeó—. Con tu rostro frente a mi cara soy incapaz de correrme —atacó
_______(tn) con crueldad.
La mano que torturaba sus pechos la sujetó veloz por la nuca, un tercer dedo se unió a los que
penetraban su vagina, su boca se deslizó contra su cuello y mordió con fuerza sobre la vena que palpitaba
en él. _______(tn) gritó, todo su cuerpo se tensó para a continuación convulsionarse mientras el desgarrador
sonido se convertía en un quedo jadeo que luchaba por llevar aire a sus pulmones.
—Al final parece que he conseguido hacer que te corras —gimió Nick, alejándose tambaleante de
ella.
Su cuerpo vibraba impaciente y frustrado; las yemas de los dedos hormigueaban por volver a sentir

su piel contra ellos, el pene latía furioso contra la tela de los vaqueros, su torso subía y bajaba con
fuerza, intentando llenar de aire los pulmones, todo su ser moría por estar dentro de ella, por tocarla, por
saborearla. Dio un paso atrás, y luego otro, y otro más. Separándose de ella, de la tentación. Intentando
dominarse más allá de lo que le permitía su fuerza de voluntad. Si se acercara un solo centímetro, si diera
un solo paso hacia ella, la follaría tan ferozmente como salvaje era la bestia que en ese momento rugía en
su interior.
_______(tn) lo observó retroceder, girarse y dirigirse hacia el aparador y apoyar las manos sobre él,
apretando los dedos contra la madera como si quisiera hundirlos en ella. Pasó un minuto, tal vez dos, y él
se irguió, abrió uno de los cajones y sacó una pequeña navaja automática. La misma con la que el día
anterior le había cortado las tiras del tanga.
_______(tn) no apartó la mirada. Comprobó enfadada que él había conseguido dominar su deseo. Lo vio
acercarse a ella, indolente, los brazos caídos a los costados, la mano sujetando firmemente la navaja y
esperó. Sabía perfectamente lo que iba a hacer… y ella no lo iba a consentir. Sí, ella había caído, pero él
caería con ella, y su caída sería más dura, más fuerte, más dolorosa.
Nick se agachó frente a ella, sujetó uno de sus tobillos y cortó la cuerda que lo unía al otro,
liberando sus piernas. Se irguió ante ella, sus ojos eran dos pozos de agua clara, turbulentos y a la vez
contenidos. Alzó la mano para cortar la cuerda que unía sus muñecas.
—No eres lo suficiente hombre para follarme sin taparme la cara. Te conformas con sobarme porque
sabes que eres incapaz de follarme si te miro a los ojos —siseó furiosa, intentando hacer que él perdiera
la cabeza de la misma manera que la había perdido ella.
—Cállate —gruñó él con la navaja inmóvil en el aire, al lado de la cuerda de cuero.
—Esta noche me masturbaré pensando en todos los hombres que imaginé follándome, serán sus caras
las que veré.
—¡Mientes! —gritó él. Su mano se abrió dejando caer la navaja. Las cuerdas continuaron intactas.
—No. No miento. No puedo mentir, de la misma manera que no puedo imaginar tu cara follándome,
porque jamás te he visto cuando lo has hecho.
Los labios del hombre se abrieron dejando escapar un rugido sobrehumano, sus manos se cernieron
sobre los muslos de la mujer, aferrándolos, abriéndolos con fuerza; obligándola a abrazar con las piernas
sus caderas, a pegar el pubis empapado de pasión contra la erección que palpitaba bajo los vaqueros.
—No tienes ni idea de lo que me estás haciendo —gruñó Nick, deslizando las manos por la espalda
femenina. Las piernas de la mujer siguieron fuertemente ancladas a sus caderas, aunque nada ni nadie las
obligaba a ello—. No sabes cuánto te he deseado.
—Por supuesto que no lo sé, nunca he podido ver tu rostro cuando me has deseado —afirmó _______(tn)
entre dientes.
No necesitó escuchar más, se desabrochó los botones de la bragueta con una sola mano, la misma
mano con la que asió con fuerza su propio pene y lo guió hasta la humedad cálida e impaciente de _______(tn).
La penetró de un solo empellón, anclando las manos en los sedosos muslos femeninos; incapaz de
contenerse, de tratarla con suavidad, de posponer su deseo. _______(tn) jadeó, su coño ciñó la polla con
ímpetu a la vez que sus piernas envolvieron con más fuerza al hombre que se sumergía en ella. Ninguno
de los dos estaba dispuesto a ser delicado o contenido. La espalda de _______(tn) se arqueó, sus pezones se
frotaron contra el pecho duro y velludo, sus labios se abrieron en un gemido ahogado a la vez que su
vagina se tensó y vibró contra el pene, que entraba y salía de ella salvaje e impetuoso. Pesado y

contundente. La verga se hinchó al sentirse comprimida hasta el límite, palpitó a punto de vaciarse.
—Di mi nombre —ordenó Nick, aferrando la coleta medio desecha, obligándola a alzar la cara y
mirarlo a los ojos.
—Ni lo sueñes —espetó ella, con la respiración entrecortada.
Una de las poderosas manos masculinas se deslizó por detrás del muslo de _______(tn) hasta tocar el
empapado perineo, lo acarició humedeciendo los dedos, y ascendió por la grieta entre las nalgas hasta
llegar al fruncido orificio.
—Dilo —volvió a ordenar, penetrando con un dedo el ano.
_______(tn) ahogó un gemido y negó con la cabeza incapaz de hablar.
Las caderas del hombre se alzaron violentamente, pujando contra el coño con más fuerza,
introduciendo más la polla a la vez que el dedo que penetraba el ano presionaba sin pausa contra las
paredes del recto.
_______(tn) aferró con desesperación la cuerda que sujetaba sus muñecas, sus piernas se apretaron contra
la cintura del hombre, los talones de sus pies se clavaron en sus muslos. Todo su cuerpo se agitaba
incapaz de contener el placer que la atravesaba de pies a cabeza para acabar estallando en su mismo
centro. Un grito comenzó a formarse en su garganta y entonces, él paró. Se quedó inmóvil dentro de ella.
La mano anclada al trasero hundió los dedos en las nalgas gemelas, impidiéndole moverse. La que
sujetaba su cintura la pegó a su estómago, inmovilizándola por completo.
—Di mi nombre —ordenó él, saliendo lentamente de ella.
—No —gritó _______(tn), intentando introducirlo de nuevo. No lo consiguió.
—Hazlo —gruñó él, apretando con fuerza los labios, aunque le costase la misma vida, aunque
muriera en ese mismo instante, ella iba a decir su nombre.
_______(tn) cerró los ojos y volvió a negar con la cabeza. Él volvió a introducirse en ella, tan lentamente
que estuvo a punto de gritar de frustración. La mano que sujetaba su trasero se abrió suavemente en
abanico, el anular presionó contra él sin penetrarlo. Sus cálidos labios lamieron las gotas de sudor que
caían por la clavícula y se perdían entre sus pechos. Todo el cuerpo de _______(tn) se tensó al borde del
orgasmo.
Sus labios se separaron de la piel, el dedo se alejó de su ano, el pene comenzó a escapar de su
vagina.
—Di mi nombre —susurró, mirándola a los ojos.
—Nick.
Entró en ella con fuerza, el dedo se hundió en su recto. Su mirada siguió clavada en _______(tn).
—Dilo otra vez.
—Nick.
Sus movimientos se hicieron más rápidos, más bruscos, más fuertes. Sus ojos claros quemaron los de
_______(tn).
—Otra.
—Nick. Nick. Nick —gritó, con el rostro del hombre grabado en su retina en el mismo momento
en que ambos caían en el abismo del placer.
Permanecieron uno junto a otro, unidos en cuerpo y alma durante una eternidad. Una eternidad que se
vio interrumpida cuando las piernas de la mujer soltaron la cintura del hombre, cuando él se separó de

ella y se arrodilló, cuando se irguió con la navaja en la mano y con dedos temblorosos cortó las cuerdas
que sujetaban las muñecas de su mujer.
Se observaron durante un momento que duró una eternidad. Una eternidad que terminó cuando la
mujer se ató las dos mitades desiguales de su camiseta en un nudo apresurado, cuando se agachó para
recoger su falda y ponérsela, cuando recorrió la estancia buscando las bailarinas que habían caído de sus
pies.
Una eternidad que se rompió en mil pedazos cuando la mujer alzó la barbilla y miró al hombre a los
ojos.
—Te estaré eternamente agradecida por este polvo. Ahora que he visto tu cara mientras me follas, no
me será difícil olvidarte.

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andreru
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MensajeTema: Re: Ardiente Verano (Nick y tu)   Enero 13th 2015, 02:46

CAPÍTULO 16
Nick permaneció inmóvil cuando _______(tn) pasó a su lado y salió de la cabaña. Continuó paralizado cuando
oyó sus suaves pisadas crujir sobre las tablas del porche. Escuchó impotente el ruido del motor al
arrancar y luego, con dedos temblorosos, se abrochó los botones del pantalón y abandonó la cabaña. No
saludó a Negro al pasar junto al cercado ni utilizó la bomba para extraer agua y lavarse, caminó con paso
firme y los puños cernidos hasta el establo, cogió la esponja que reposaba en el cubo de agua jabonosa,
abrió la puerta del 4×4 y continuó limpiando el coche como si la íntima, salvaje y esclarecedora
eternidad que acababa de pasar con _______(tn) no hubiera existido nunca.
Frotó la tapicería durante un minuto, dos, quizá tres y arrojó con fuerza la esponja empapada contra
las ventanas del coche. Salió dando un gran portazo y tiró el cubo lleno de agua de una tremenda patada,
golpeó las paredes del establo, arrancó las bridas y arneses que colgaban de las paredes, pateó las
puertas de los dos compartimentos para caballos y, por último, la emprendió a puñetazos contra una
inocente bala de paja que aguardaba al invierno en un rincón. Cuando consiguió templar su carácter,
abandonó el destrozado establo, impulsó la bomba y sumergió la cabeza bajo el chorro de agua, ante la
mirada indiferente de un semental negro como el ébano que mordisqueaba la hierba.
Con la cabeza empapada y el torso brillante por miles de gotitas, se agarró con una mano a la valla y
de un solo impulso saltó la barrera del cercado. Se aproximó al caballo, aferró con un puño sus crines y
montó sobre él de un salto.
Negro, quizá intuyendo las tumultuosas emociones que surcaban la mente de su dueño, se encabritó,
pataleó el aire poniéndose de manos y tomó impulso. Un segundo después, hombre y corcel volaban
sobre la valla y se perdían entre los árboles.
Nick no supo cuánto tiempo estuvo cabalgando hasta que al fin se detuvieron junto a la vera del río.
El caballo resopló y hundió el morro en las aguas cristalinas. Nick le dio una palmada en el lomo y
desmontó sin importarle que sus botas se mojaran al hundirse entre las piedras blancas y pulidas.
Abandonó la orilla con un par de zancadas, dejando que Negro refrescara sus potentes patas; sabía que su
equino amigo no lo abandonaría. Alzó la mirada al infinito, el sol brillaba con fuerza en el cielo. Calculó
su posición. No podían ser más de las cinco de la tarde.
—Suficiente —musitó antes de internarse de nuevo en el río, montar sobre Negro y dirigirse trotando
a la cabaña.
Hacía más de dos horas que _______(tn) se había marchado.
Hacía ciento veinte minutos había estado tentado de perseguirla e impedir que se fuera, pero en el
mismo momento que se le pasó por la cabeza supo que no podía hacer eso. No se comportaría como un
cabrón arrogante y autoritario. Ni como un animal salvaje dispuesto a todo por conservar a su hembra,
aunque eso estaba muy cerca de lo que había pasado esa mañana en la cabaña. No. Había reflexionado
largo y tendido durante el paseo a caballo.
Le daría tiempo suficiente de recomponerse, de tranquilizarse, de pensar en todo lo que había
sucedido entre ellos durante ese mes. De recordar cada una de sus caricias, de sus besos.
Suficiente.

Esas dos horas eran tiempo suficiente.
Ahora le tocaba a él. Iría a por ella. La convencería con palabras y actos de que la única manera de
ser feliz pasaba por compartir su vida con él. No había otra opción. No le dejaría otra opción. Y eso no
era ser un cabrón arrogante y dominante, no. Sólo era ser un hombre enamorado.
El motor del 4×4 rugió al subirse sobre la acera.
Nick entró decidido en la casa de su padre. Tenía algo que hacer y estaba resuelto a hacerlo. El
tenue frescor de la estancia atemperó el calor de sus mejillas, enrojecidas por la cabalgata al aire libre.
—_______(tn) no está. —Le llegó la voz de Abel desde un extremo de la habitación. Estaba sentado sobre
una silla, observándole atentamente con esos viejos ojos que, pese a la edad, o tal vez debido a ella,
veían demasiado.
Nick asintió con la cabeza. Iría a buscarla al bosque. Ahora que lo pensaba racionalmente, estaba
seguro de que _______(tn) no se atrevería a aparecer en el pueblo vestida como iba. O más bien desvestida. La
buscaría, la llevaría a la cabaña, le haría el amor y la vestiría con una de sus camisetas. Sonrió orgulloso
al pensar en ella ataviada con su ropa.
—Ha vuelto a Madrid —declaró Abel, volviendo del revés el mundo de su hijo.
—Imposible —negó Nick. Ella no huiría otra vez—. ¿Cuándo?
—Hace más de dos horas.
—No… —musitó. Se tambaleó, dio un paso atrás, extendió su mano hasta tocar la pared, apoyó la
espalda y se deslizó hasta acabar sentado en el suelo con las piernas dobladas, los codos sobre las
rodillas y la cabeza caída.
Abel se levantó al instante y se acercó a su hijo, pero antes de hacer nada, miró hacia la escalera.
—¡Andrés! —gritó. Su nieto se asomó en el descansillo al instante. Abel no había sido el único en
esperar impaciente el regreso de Nick—. Vete a casa de tío Agustín.
—Pero abuelo…
—Ahora —ordenó.
El muchacho miró irritado a los dos adultos y, sin molestarse en despedirse, salió al abrasador calor
dando un fuerte portazo.
—Cuéntamelo todo —exigió Abel, posando una mano sobre el hombro de su hijo.
Nick alzó la mirada y negó con la cabeza.
—No hay nada que contar. Me voy —dijo levantándose del suelo, dispuesto a ir por ella al fin del
mundo si era preciso.
—_______(tn) ha entrado como una exhalación en casa, nos ha dicho que había surgido un problema en su
trabajo y que tenía que regresar a Madrid. Luego ha metido en una maleta todo lo que había en su cuarto y
se ha marchado.
—Me parece muy bien —gruñó Nick dirigiéndose hacia la puerta.
—¿Te parece bien? _______(tn) se ha ido y te parece bien.
—Tendrá sus motivos, es mayorcita y puede hacer lo que le dé la real gana —afirmó entre dientes,
asiendo el tirador.
—Sus motivos… ¿Sabes cuáles son?
—Ni idea. Papá, tengo que irme, luego hablamos.

Unas manos, increíblemente fuertes a pesar de lo viejas y arrugadas que eran, lo cogieron por el
cuello de la camiseta y lo lanzaron de espaldas contra la pared.
—Explícame por qué mi nuera lo primero que ha hecho al despertarse esta mañana, con la cara
manchada de lágrimas y los ojos enrojecidos, ha sido preguntar por la cabaña en La Luz —exclamó
aferrando con más fuerza la camiseta—. Explícame cómo es posible que sepa que la mecedora de tu
porche es idéntica a la que hay en mi habitación.
—No lo sé —mintió Nick, cerrando los ojos y dando un cabezazo contra la pared.
—¡No me mientas! ¡Por lo más sagrado, no se te ocurra mentirme! Explícame por qué ha afirmando
que iba a ir a tu cabaña una última vez, cinco minutos antes de salir de casa esta mañana.
—¡No lo sé!
—¿No lo sabes? —preguntó Abel, soltándole y dando un paso atrás.
Nick negó y se giró de nuevo en dirección a la puerta de la casa.
—Explícame por qué mi nuera, la madre de mi nieto, la mujer que amas, ha regresado de tu cabaña
con la ropa destrozada, contando mentiras y decidida a irse del pueblo para no volver nunca más —pidió
Abel en voz baja, con la mirada fija en su hijo.
—Volverá.
—No lo creo. Cuando se fue hace cinco años estaba dolida y confundida. Hoy, no. Hoy sólo había
rabia en su mirada… Le ha dicho a Andrés que le llamaría para ver qué tal iban las cosas y que en
septiembre mandaría a alguien a por él. No tiene intención de volver.
—Dios… —musitó Nick, apoyando las palmas de la mano en la puerta y hundiendo la cabeza entre
ellas.
—Cuéntamelo, hijo —solicitó con voz suave Abel, posando sus arrugadas manos en los hombros del
hombre que gemía desesperado contra la puerta—. Cuéntale a este viejo lo que ha pasado.
Horas más tarde, padre e hijo estaban en la cocina con una jarra de café entre ellos. Abel, sentado
muy erguido, mientras negaba con la cabeza y tamborileaba con sus nudosos dedos. Nick, con los codos
apoyados en la mesa y la cabeza hundida entre los brazos mientras se frotaba la nuca. Por supuesto no le
había contado todo, ni remotamente; hay cosas que ningún hijo puede contar a su padre. Pero, como todos
los padres, Abel había adivinado con total y asombrosa precisión lo que se ocultaba tras los silencios de
su hijo.
—No es propio de ti esconderte —afirmó—. O quizá sí —reflexionó—. Siempre has ido con la
verdad por delante. Todos respetan tus opiniones porque jamás dices nada que no creas sinceramente;
pero con _______(tn) callas, te ocultas. Te da miedo.
—No digas tonterías —replicó Nick, irguiéndose en la silla.
—Te daba miedo lo que sentías por ella, lo pude ver en tu mirada el primer día que tu hermano la
trajo al pueblo. La quisiste para ti en ese mismo momento.
—Me pareció una niña de papá —refutó Nick.
—Sí —sonrió Abel recordando—. Una niña de papá con una hermosa sonrisa que te desafiaba con
cada palabra que decía. —Nick hizo una mueca. Su padre, como siempre, tenía razón—. Y en ese
preciso instante comenzaste a ocultarte. Alejándote de ellos, observándoles desde lejos. ¿Crees que no

me daba cuenta? Mi hijo menor, tan serio y responsable, se había enamorado de la novia de su hermano,
tan imprudente y desenfadado. Recuerdo que ese verano pensé que en cuanto _______(tn) y Ben regresaran a
Madrid terminarían su relación, no tenían nada en común excepto las ganas de divertirse de cualquier
jovenzuelo. También pensé que cuando eso sucediera, tú irías a la capital y la cortejarías —asintió para
sí, divertido—. Sueños de viejo. Me gustaba la chica, me gustaba mucho… para ti. Jamás para tu
hermano, sabía que no serían felices juntos. ¡Ah, qué gran jugarreta os hizo el destino! —exclamó
negando con la cabeza—. Siempre me he preguntado qué hubiera pasado si no se hubiera quedado
embarazada.
—Que sería mi mujer y Andrés mi hijo —afirmó Nick sin dudar.
—Pero no ha sido así. Desde aquella primera vez que la viste te has mantenido oculto; cuidándola
entre las sombras cuando estaba aquí, adorándola cuando no te miraba, esperando impaciente que llegara
el verano —negó con la cabeza—; sufriendo en silencio los cinco años que ha durado su huida. Y cuando
por fin regresa siendo una mujer libre, en vez de mostrarte ante ella y decirle lo que sientes, vuelves a
ocultarte y, de la forma más vil, la enamoras sin permitirle saber que eras tú. Engañándola. Qué error.
¡Qué gran error!
—¡Yo no he hecho eso! —gritó Nick, barriendo con el brazo todo lo que había sobre la mesa—.
Era… un juego. Un puto juego. No iba a durar tanto, no iba a llegar tan lejos.
—Pero llegó. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Ir a por ella —respondió, levantándose con tal fuerza de la silla que ésta cayó al suelo.
—Espera unos días —aconsejó el anciano— Déjale espacio para pensar, para recapacitar, para
asumir quién eres.
—Sabe quién soy.
—Sabe quién eres tú y también sabe que eres el desconocido, pero ahora tiene que aceptar que los
dos sois la misma persona.
Nick se pasó las manos por el pelo y luego levantó la silla caída. Miró a su alrededor pensativo y
asintió.
—Voy a la cabaña. Estaré allí un par de días, necesito pensar —dijo antes de salir de la cocina.
Desierto. Solitario. Vacío.
_______(tn) dio un puntapié a una piedra que interrumpía su paseo y siguió caminando. A lo lejos se oían
los motores de miles de coches circulando a gran velocidad por la autopista. Pero ella estaba allí, sola.
Caminando por la vacía calle de un pueblo casi desierto.
Levantó la vista del suelo y miró a su alrededor. Una desvencijada carretera con viviendas a ambos
lados, nada más. Un grupo de ancianas sentadas en sillas a la puerta de una casa. Unos pocos hombres
jugando al tute en el bar. Doscientos habitantes. Ni más ni menos.
—Antes el pueblo era más grande, pero los jóvenes emigraron y sólo quedamos los más viejos —
había dicho el camarero—. Si caminas un poco, podrás ver la atalaya árabe del siglo X. No has visto
nada igual en tu vida, te lo aseguro —aconsejó al servirle un café—. El cartel de la carretera dice que
esta es «El Casar de Talavera», pero es mentira. Este pueblo se fundó en el siglo XVI y desde entonces
es «El Casar del Ciego» —afirmó rotundo.
_______(tn) continúo caminando. Dejó atrás El Casar. Sus pies se hundieron en el mullido suelo y sus ojos

vagaron por los verdes prados buscando esa atalaya; se mordió los labios al recordar las palabras del
hombre. Vislumbró con claridad en todas y cada una de ellas el carácter abierto y hospitalario, sincero y
sobrio de los verdaderos serranos abulenses. Hombres curtidos, rodeados de montañas y valles, duros y
amables como la misma tierra que los rodeaba. Hombres valientes y prestos a aceptar cualquier desafío,
a mirar al frente y dar el siguiente paso sin permitirse dudar.
No como ella.
Una sombra alargada y de bordes irregulares le dio la bienvenida. La atalaya. Tendría unos diez
metros de altura y estaba semiderruida, pero aun así se mostraba imponente sobre el cerro que coronaba,
indiferente al paso de los años y al olvido. Firme ante los embates del viento, las nevadas y las heladas
del invierno.
No como ella.
Al primer soplo de viento había vuelto a huir. Había cogido sus cosas, montado en su coche y
escapado.
Como siempre. Como la cobarde que era.
Giró sobre sus pasos, avanzando decidida sin importarle que la hierba acariciara sus tobillos; que el
enebro y la retama se enlazaran cariñosas en la tela de su falda; que el roble y el olivo cabecearan
satisfechos ante sus pisadas firmes. Había tomado una decisión.
Cuando subió de nuevo en el coche su actitud había cambiado radicalmente, la rabia había quedado
olvidada y, en su lugar, la determinación y la seguridad se agitaban en sus rasgos.
Arrancó y aceleró, echando un último vistazo al pueblo; pensando en la lucha de Nick para
conseguir que Mombeltrán siguiera siendo lo que era: un sitio maravilloso donde vivir. Aunque no para
ella. Nunca para ella.
A las afueras de El Casar del Ciego, un cartel indicaba dos posibles caminos.
«Madrid, 125 km»
«Mombeltrán, 41 km»

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Nuev@


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MensajeTema: Re: Ardiente Verano (Nick y tu)   Mayo 31st 2015, 12:59

HOLA!! TE PASAS A LEER MI NUEVA WN ADAPTADA?

CASADA CON UN DESCONOCIDO [Nick & Tú] Hot

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MensajeTema: Re: Ardiente Verano (Nick y tu)   Hoy a las 02:38

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Ardiente Verano (Nick y tu)
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