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 Seduction (Joe y ___) ADAPTADA

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Tatu d'Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 9th 2014, 18:35

jaja amo esta novela!
q habra pasado con joe?
SIGUELAAAA
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 9th 2014, 19:49

yooo queria leer mas
es que esta genial
y q menso ese que no le haya hablado
pero q mal no no
espero que lo haga pronto
y de manera interesante bn me
despido cuídate bye
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ro$$ 100% fan$ griton@
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 10th 2014, 12:21

QUIERO LEER ANTES DE QUE ME CORTEN EL INERTERNET HOOOYYYY PLEASEE
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 10th 2014, 13:47

Capítulo 17
 
—Buenos días. —Sé que mi voz destila tristeza, pero estoy haciendo todo lo posible por evitarlo.
 
Tom levanta la vista de su copia de la Interiors Weekly y se baja las gafas hasta la punta de la nariz.
 
—Querida, ¿a qué viene esa cara tan larga? —pregunta. No tengo energías ni para fingir una sonrisa. Me dejo caer en la silla y Tom se acerca corriendo a mi mesa, en un nanosegundo—. Mira, esto te animará.
 
Me enseña una página de la revista que está leyendo y ahí, sentada como si tal cosa en el diván de terciopelo del Lusso, aparezco yo.
 
—Genial —suspiro.
 
Ni siquiera me molesto en leerlo. Tengo que borrar de mi mente todo lo relacionado con ese edificio.
 
—¿Mal de amores? —Me mira con compasión.
 
No, no es eso. Para eso hace falta que haya amor. Me enfurruño. Sabía que sería la última vez que lo veía. Cuando se marchó, supe que no volvería a verlo. No he estado mirando el teléfono cada diez minutos, no he estado dándole vueltas al asunto todo el rato y no estoy jugueteando con mi pelo mientras pienso esto. Admito a regañadientes... que lo echo mucho de menos. Qué ridículo. ¡Sólo era un polvo de despecho!
 
—Estoy bien —digo, y reúno las fuerzas necesarias para esbozar una sonrisa—. Es viernes, estoy deseando pillarme un pedo mañana por la noche.
 
Necesito una noche de fiesta.
 
—¿De verdad vamos a pillarnos un pedo? ¡Fabuloso!
 
Desvío la atención hacia la entrada de la oficina cuando oigo la voz aguda de Victoria.
 
—¡Ma-dre mí-a! No vais a creeros lo que acabo de ver. —Está a punto de desmayarse.
 
Tom y yo la miramos perplejos.
 
—¿Qué? —preguntamos al unísono.
 
—Estaba en Starbucks esperando mi capuchino doble con extra de chocolate, y de repente entra un tío... Me suena de algo, pero no sé de qué. Un tío que está como un tren. Pero bueno, estaba ahí de pie, a lo suyo, y de repente ha llegado una mujer pavoneándose y le ha tirado un frappuccino por encima. —Hace una pausa para respirar—. La mujer empieza a gritarle, a decirle que es un capullo egoísta y mentiroso, y se larga y lo deja ahí, empapado de café helado y nata. Ha sido superfuerte.
 
Me siento y contemplo a Victoria mientras recupera el aliento después de narrar casi sin respirar los sucesos del viernes por la mañana en Starbucks. Cuando voy yo nunca pasa nada.
 
—Parece que alguien ha sido un chico malo —sonríe Tom con malicia—. ¿Cómo estaba de bueno?
 
Pongo los ojos en blanco. Sin duda Tom habría ido a rescatarlo.
 
Victoria levanta las manos con las palmas hacia adelante.
 
—De portada de la Men’s Vogue.
 
—¿En serio? —dice Tom mientras se quita las gafas—. ¿Sigue allí?
 
Ella hace una mueca con su preciosa cara.
 
—No.
 
Esto es absurdo.
 
Patrick irrumpe a toda prisa en la oficina.
 
—Chicos, ¿hoy se trabaja o el viernes es día festivo? —Pasa a nuestro lado a toda velocidad en dirección a su despacho y cierra la puerta a sus espaldas.
 
—Venga, vamos a trabajar un poco, ¿no? —Los echo de mi mesa con un gesto de la mano.
 
—Ah, se me olvidaba —dice Tom tras dar media vuelta—. Van Der Haus ha llamado para decir que vuelve a Londres el lunes. Va a mandarte las especificaciones por correo electrónico y de momento nos ha enviado esto. ¿Está bueno? —Arquea una ceja de manera sugerente y me entrega un  sobre.
 
Es el gay más zorrón que he visto en mi vida, pero voy a complacerlo.
 
—Mucho —digo abriendo mucho los ojos para darle énfasis a mis palabras. Cojo los planos que me ofrece.
 
Me mira con recelo.
 
—¿Por qué siempre te dan a ti los clientes más sexy? —Se marcha hacia su mesa—. ¿Qué no daría yo porque un adonis entrase aquí y me aupara sobre su hombro.
 
Me apeno al escuchar el comentario de Tom respecto a la escenita de Joe la última vez que lo vi y saco el teléfono del bolso justo cuando empieza a sonar. No es más que un recordatorio del calendario. Mi cita en la peluquería, mañana por la tarde. Se me había olvidado. Al menos eso me anima un poco. Estaré bien guapa para nuestra gran noche de fiesta. Perfecto.
 
Reviso montones de presupuestos, fechas de entrega y requisitos de promotores antes de llamar a mis clientes actuales para comprobar que todo va bien. Y así es, excepto por el drama de las cortinas de la señora Peter. Recibo un correo de Mikael. Lo leo rápidamente y decido estudiarlo con más detenimiento el lunes.
 
Sally se acerca a toda prisa a mi mesa con una entrega.
 
—Eh... Creo que esto es para ti, ___. —Se mueve de un lado a otro con una caja en la mano—. ¿Lo quieres?
 
¿Qué? Sí, lo quiero. Si es una entrega para mí, claro que lo quiero. Esta chica tiene un problema de seguridad. Le cojo la caja de las manos.
 
—Gracias, Sally. ¿Puedes hacerle un café a Patrick?
 
—No sabía que quisiera uno.
 
Su expresión de pánico hace que me den ganas de hacerle yo a ella un café.
 
—Es que parece que está algo bajo de moral. Vamos a mimarlo un poco.
 
—¿Está bien? No estará enfermo, ¿verdad?
 
—No, pero creo que le vendrá bien un café —insisto mientras lucho con todas mis fuerzas por no perder la paciencia.
 
—Claro. —Se marcha corriendo. Su falda de cuadros se agita alrededor de sus zapatos de salón. No sabría decir qué edad tiene. Parece rondar los cuarenta, pero algo me dice que debe de tener mi edad. Abro la caja y veo todas las muestras de tela que había pedido para la Torre Vida. La meto debajo de la mesa. Ya les echaré un vistazo también el lunes.
 
Cerca de las seis de la tarde, asomo la cabeza por la puerta de Patrick.
 
No tiene buen aspecto.
 
—Patrick, me voy ya. ¿Estás bien?
 
Aparta la vista del ordenador y sonríe, pero sus ojos no brillan como de costumbre.
 
—Sólo estoy un poco pachucho, flor.
 
—Deberías irte a casa —digo preocupada.
 
—Sí, creo que eso es lo que voy a hacer. —Levanta su corpachón de la silla y apaga el ordenador—. Esa dichosa mujer me ha dado de comer algo en mal estado —masculla mientras coge su maletín.
 
—Lo he apagado todo. Sólo tienes que poner la alarma.
 
—Estupendo. Que pases un buen fin de semana, flor. Nos vemos el lunes. —Se pasa el dorso de la mano por la frente sudorosa. Algo no va bien.
 
—De acuerdo, nos vemos el lunes.
 
Estoy en mi dormitorio, lista para irme. Tengo el pelo perfecto. Llevo unas ondas grandes y naturales cortesía de Philippe, mi peluquero, y un vestido nuevo de Selfridges que compré por impulso para sentirme mejor, aunque me queda genial. Es negro, corto y muy entallado. Me he maquillado los ojos con un negro ahumado muy marcado y he escogido un tono nude para los labios. La verdad es que estoy bastante sexy.
 
Entro en la cocina y veo a Kate asomada a la ventana, fumándose un cigarrillo a escondidas. ¿En qué estará pensando ahora? Está tan mona como siempre, con un vestido de color crema con la espalda descubierta.
 
—¡Madre mía! —exclama—. Estás impresionante. —Baja de un salto de la encimera y mete los pies en los tacones dorados—. ¿Es lo bastante corto?
 
Enarco una ceja e inspecciono su vestido.
 
—Puta...
 
Ella ríe con ese gorjeo desenfadado que siempre me saca una sonrisa.
 
—Toma. —Me pasa una copa de vino. Se la agradezco y prácticamente me la bebo de un trago. Me hacía mucha falta—. Ya está aquí el taxi.
 
Dejo la copa vacía a un lado y sigo a Kate hasta el taxi. Estoy deseando que llegue esta noche para recuperarme, pero paso por alto el  hecho de que pretendo recuperarme de unos cuantos encuentros apasionados con un hombre apasionado, no de la ruptura de mi relación de cuatro años con Matt. Es curioso. La verdad es que en ningún momento sentí la necesidad de salir y ponerme hasta las orejas de alcohol cuando él y yo lo dejamos.
 
Entramos en el Baroque y de inmediato veo a Tom y a Victoria en la barra.
 
—¡Madre mía! —exclama Tom mirándome de arriba abajo—. ¡___, estás de muerte!
 
—Estás estupenda, ___ —añade Victoria.
 
Sólo es un vestido.
 
—Gracias —digo, y me encojo de hombros para quitarle importancia.
 
—¿Qué quieres tomar? —pregunta Kate.
 
Ya me he tomado una copa de vino, así que supongo que debería seguir con lo mismo. Dije que esta noche iba a beber.
 
—Un rosado, pero que sea Zinfandel, por favor.
 
Kate pide las bebidas y nos dirigimos a una mesa cerca del DJ. Tom viste su nueva camisa de color coral y unos vaqueros demasiado apretados. Sólo le falta tatuarse la palabra «gay» en la frente. Victoria está tan guapa como siempre. Todo el mundo se ha arreglado mucho para esta noche, incluida yo. ¿Por qué será?
 
Conforme el vino va entrando en mi cuerpo, mis preocupaciones comienzan a disiparse. Reímos y charlamos, y empiezo a sentirme normal otra vez. Me siento libre y me gusta. Mi madre siempre dice: «El alcohol te suelta la lengua, y quien mucho habla mucho yerra.» Acabo de descubrir que tiene razón, porque estoy totalmente desinhibida y he puesto a todo el mundo al día sobre los últimos acontecimientos. Teniendo en cuenta que quería olvidarme de todo, me estoy esforzando mucho por aferrarme a los recuerdos.
 
Tom está entusiasmado con todo el sexo de despecho que he tenido.
 
—¿Así que se largó y no lo has visto desde entonces? —pregunta afectado.
 
—Eso no mola nada —interviene Victoria.
 
Kate pone los ojos en blanco y mira a los dos como si fuesen tontos de remate.
 
—Pero ¿es que no lo veis? —resopla enfurruñada.
 
Tom y Victoria se contemplan el uno a la otra, y después a mí. Yo me encojo de hombros. ¿Qué no vemos? Kate niega con la cabeza.
 
—Parecéis idiotas. Es muy simple... él la quiere. Ningún hombre se comporta así por un polvo. Ya te lo dije, ___.
 
—Entonces ¿por qué ha desaparecido? —Victoria se inclina hacia adelante, totalmente fascinada por la explicación de Kate al comportamiento de Joe.
 
—¡No lo sé! Pero creo que es eso. He visto la química que había entre vosotros. Y era una pasada. —Kate se deja caer en su silla alta, totalmente exasperada.
 
Yo me echo a reír. No sé si es porque he tomado demasiado vino, pero ha sido... gracioso.
 
—Da igual. Sólo era un polvo y ya está.
 
Mi explicación no parece satisfacerlos, porque todos continúan contemplándome con cara de incredulidad. Creo que ni siquiera a mí me convence, pero han pasado cuatro días y he logrado resistir la insoportable tentación de llamarlo. Además, él tampoco me ha llamado ni ha vuelto a concertar una cita, así que eso lo dice todo. Voy a pasar página. Sólo estoy tremendamente cabreada conmigo misma por ceder ante su persistencia, lo que lo situaba en posición de dejarme, cosa que ha hecho.
 
—Oye, ¿podemos cambiar de tema? —les suelto—. He salido a divertirme, no a analizar los detalles de mi polvo de despecho.
 
Tom remueve su piña colada.
 
—¿Sabes qué? Todo sucede por una razón.
 
—¡Venga ya! ¡No empieces con todas esas chorradas! —lo reprende Kate.
 
—Pero es verdad. Creo firmemente en ello. Tu polvo de despecho es un escalón que te lleva hacia el amor de tu vida. —Me guiña un ojo.
 
—Y Matt fue un peldaño que duró cuatro años —señala Kate.
 
—¡Por los peldaños! —exclama Tom.
 
Kate se une al brindis.
 
—¡Y por los chupitos!
 
Apuro el vino y levanto la copa.
 
—¡Sí! ¡Por los chupitos! —grita Tom, y se marcha bailando hacia la barra.
 
Nos tambaleamos por la calle hasta nuestro siguiente destino: el Blue Bar. Los porteros nos dejan entrar, aunque uno de ellos mira la camisa de Tom con recelo. Tom y Victoria salen corriendo hacia la pista de baile en cuanto oyen a Flo Rida y a Sia cantando Wild Ones, y Kate y yo nos quedamos pidiendo las bebidas.
 
Pido una ronda, cojo los vasos de Tom y Victoria y los dejo en el estante que me señalan. Les encanta bailar, así que puede que tarden un rato. Cuando vuelvo con Kate a la barra, me la encuentro hablando con un tipo. No lo conoce. Lo sé porque ha activado todos sus mecanismos de flirteo.
 
Cuando me acerco, levanta la voz para que la oiga por encima de la música.
 
—___, éste es Greg.
 
Yo sonrío y le doy la mano. Parece bastante normal.
 
—Hola, encantada.
 
—Lo mismo digo. Éste es mi amigo, Alex —dice, y señala a un chico mono de pelo oscuro que está a su lado.
 
—¡Hola! —grito.
 
Él sonríe con seguridad.
 
—Te invito a una copa.
 
—No, gracias, acabo de pedir una.
 
Regla número uno: no aceptar jamás copas de un extraño. Dan me lo enseñó en cuanto empecé a salir.
 
—Como quieras —responde encogiéndose de hombros.
 
Kate y Greg se apartan de nosotros y nos dejan solos para que charlemos. La verdad es que no me apetece. He salido para olvidarme de los hombres en general. Y ahora me colocan a uno.
 
—¿A qué te dedicas? —me pregunta Alex.
 
—Al diseño de interiores, ¿y tú?
 
—Soy agente inmobiliario.
 
Me lamento por dentro. Tengo aversión a los agentes inmobiliarios, suelen ser comerciales engreídos y con un ego excesivo. Y Alex tiene todas esas características, además de hablar con una petulancia insoportable.
 
—Qué bien —digo. Ha perdido todo mi interés, aunque no es que haya tenido mucho en ningún momento.
 
—Sí, hoy me he ganado un extra considerable. Soy capaz de venderte hasta un cagadero. Vivo de lujo y en Londres, es una pasada. —Joder, menudo capullo—. ¿Quieres que salgamos un día?
 
«¡NO!»
 
—Gracias, pero tengo pareja. —Menos mal que este payaso no nos conoce ni a mí ni a mis manías. Me estoy tocando el pelo sin parar.
 
—¿Seguro? —pregunta, y se acerca y me acaricia el brazo.
 
Yo me aparto y planeo la huida.
 
—Seguro. —Sonrío dulcemente y busco a Kate con la mirada.
 
En lo que tardo en llevarme la copa a los labios, don Petulante desaparece de mi vista. Me lleva dos segundos entender lo que está pasando ante mis ojos pero, cuando lo hago, me quedo horrorizada.
 
Joe ha agarrado a Petulante del cuello y lo ha estampado contra una columna.


Capitulo especial para ro$$ 100% fan$ gritona... Espero que vuelvas a tener internet pronto
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 10th 2014, 17:56

Shocked Shocked Shocked Shocked 
AVER A VER COMO ESTA ESO DE QUE DON JOE SE APARECE
OSEA NO ¿A QUE HORAS CHINGAOS SE APARECE EL TIO POR DIOS!?
OSEA 4 DIAS SIN HABLAR Y APARECE COMO EL ADA MADRINA NO
PERO QUE LE PASA SE MERECE UNA BUENA GOLPISA
PERO CREO QUE A LA QUE VAN A GOLPEAR ES A LA RAYIS
JAJAJAJAJA POBRE NO NO MUERO POR SABER MAS!
SUBE MAS ANDALE SI bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce 
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 10th 2014, 18:52

ay ay madre miaaa en la mejor parteeee
siguelaaaa
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 16th 2014, 09:57

Dios, chicas. Deberan estar pensando que ya las deje abandonadas pero no es cierto, la verdad es que me han dejado mucha tarea y el lunes (o sea, mañana) empiezo con mis examenes asi que ya se imaginaran como andare. Pero aqui les dejo el capitulo


Capítulo 18
 
—¡No la toques! —le ruge Joe al pobre y estupefacto Petulante.
 
Lo ha cogido por sorpresa. Me siento mal; sólo estaba probando suerte. Podía apañármelas yo sola. ¿De dónde ha salido? Justo lo que necesitaba en mi noche de fiesta y supuestamente libre de hombres arrogantes. Me ha tenido cuatro días preguntándome de qué iba el asunto y ahora aparece, de repente, como un toro salvaje. ¿Aún le dura el cabreo del martes?
 
—Lo siento, tío. No pretendía ofender. Tu novia y yo sólo estábamos charlando, sin más —explica Petulante muerto de miedo.
 
«¿Novia? ¡Vaya!» Me gustaría decirle al pobre muchacho que el maníaco que lo está agarrando de la garganta ni siquiera es mi novio pero, viendo el humor de Joe, decido no arriesgarme a empeorar las cosas.
 
—Joe, suéltalo, no estaba haciendo nada.
 
Petulante me mira agradecido. Sabe que no es del todo cierto. Unos segundos más, y estoy convencida de que habría acabado tirándole la copa encima. Acaricio el brazo a Joe con suavidad en un intento de tranquilizarlo e ignoro su cálida dureza. Parece estar a punto de estallar de furia. Estoy cabreada. ¿Cómo se atreve a presentarse aquí y fastidiar mi noche de superación?
 
—¿Qué está pasando? —pregunta Kate a mi lado.
 
—Nada —respondo tajantemente—. Joe, suéltalo.
 
No parece escucharme. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No quiero verlo. Ya empiezo a perder la razón y ni siquiera me ha mirado todavía. Tampoco puedo largarme y dejar que el pobre Petulante soporte la ira injustificada de Joe. ¿Dónde coño se ha metido los últimos cuatro días?
 
Me siento tremendamente aliviada cuando Sam aparece en escena.
 
—Sam, por favor, tranquiliza al gilipollas de tu amigo. —Me vuelvo hacia Kate—. Vamos.
 
Los ojos de mi amiga se iluminan como un festival de fuegos artificiales con la inesperada llegada de Sam, que intenta convencer a Joe de que libere la garganta de Petulante mientras yo me marcho con Kate a la pista de baile.
 
—¿A qué ha venido eso? —pregunta.
 
—Olvídalo. ¿Qué ha pasado con Greg?
 
—Era un capullo. Venga, vamos a bailar.
 
Tom y Victoria nos reciben agitando los brazos en la pista de baile. La aparición de Joe me ha pillado desprevenida. ¿Es una coincidencia o sabía que estaría aquí? ¿Cómo iba a saberlo? Me lo estaba pasando genial y llevaba ya por lo menos una hora sin pensar en él, lo cual era todo un récord comparado con los últimos cuatro días. ¡Joder!
 
Aparto a Joe de mi mente y dejo que The Source y Candi Staton me trasladen a un lugar mejor. Me encanta esta canción.
 
Tras media hora y un montón de canciones fantásticas, sigo sin saber nada de Joe. Sam debe de habérselo llevado, o tal vez lo hayan echado los porteros. Da igual, el caso es que soy libre de continuar con la gran noche que estaba teniendo antes de que él apareciera. Le indico a Kate que voy al baño y sonrío cuando ella me responde con un meneo y echándose a reír.
 
Cuando salgo del cubículo, busco el carmín nude en el bolso para retocarme el maquillaje. Miro el teléfono y veo que tengo diez llamadas perdidas de Joe. ¿Qué? Está furioso. Pero ¿por qué cojones lo está? Toda la aflicción que sentía por su ausencia se ha extinguido debido a su comportamiento irracional. ¿Quién se cree que es? Paso de comerme la cabeza con esto. Borro las llamadas y vuelvo a la pista justo cuando los demás van de camino a la barra.
 
—¡Necesito beber! —dice Tom mientras se agarra la garganta de manera exagerada como síntoma de su tremenda sed.
 
Le toca pagar a Victoria. Mientras espero a que le sirvan la ronda, me inunda la ansiedad. Él está aquí. Lo sé.
 
Mi compañera me pasa la copa y abre la boca exageradamente.
 
—¡Qué fuerte!
 
Cojo el vino.
 
—¿El qué?
 
—Ese tío es el del Starbucks, el de la historia que os conté —explica, y lo señala con la cabeza por encima de mi hombro—. Está ahí. Os dije que estaba bueno.
 
Me vuelvo y veo que se refiere a Sam. Pero eso no es lo que más me llama la atención. Todos y cada uno de los vellos del cuello se erizan cuando veo a Joe apoyado en la misma columna contra la que ha aplastado al pobre Petulante hace menos de una hora. Me fulmina con su mirada severa. Sam y el otro chico de La Mansión, Drew, están ocupados charlando y bebiendo. Joe no participa en la conversación. No, está inmóvil, igual de cabreado que antes y perforándome con la mirada. De repente me viene a la mente la información que nos dio Victoria.
 
Me vuelvo hacia ella.
 
—¿Qué pasó?
 
Ella parece confundida. Entrega las bebidas a Kate y a Tom, que las cogen rápidamente y regresan a la pista.
 
—¿Qué pasó dónde? —pregunta con el ceño fruncido.
 
Pongo los ojos en blanco. A veces parece lela.
 
—En Starbucks. ¿Qué pasó?
 
—Ah. —Vuelve a centrarse—. La tía entró, empezó a dar voces y le tiró un café encima al pobre muchacho.
 
—¿Y él qué dijo?
 
—Ya no me acuerdo. Ella le gritó que era un egoísta y un mentiroso que la había engañado o no sé qué —responde con indiferencia. ¿Sam tiene novia? Tengo que decírselo a Kate, porque parece que le gusta bastante—. Oye, está con el tío que te sacó de la oficina.
 
—Sí, no digas nada, ¿vale?
 
Frunce el ceño.
 
—¿De qué?
 
—De lo del café. Y ya que estamos, ni una palabra a Patrick sobre la escena de la oficina del otro día.
 
Se encoge de hombros.
 
—Como quieras. ¡Me encanta está canción, ___! ¡Vamos!
 
Victoria se pierde bailando entre la multitud, pero yo soy incapaz de moverme. Siento su mirada clavada en mi espalda. Sé que debería marcharme, pero el efecto magnético que ejerce sobre mí hace que me vuelva hacia él. Tiene el móvil en la mano y lo sacude en el aire como indicándome que mire el mío. No sé por qué, pero lo hago. Saco el teléfono del bolso y, como era de esperar, su nombre ilumina la pantalla. Alzo la vista y veo que se lleva el teléfono a la oreja. Quiere que conteste.
 
La música del local está a todo volumen, pero pasa a un segundo plano y se reduce a un zumbido; el barullo de risas y voces disminuye hasta transformarse en un murmullo a mi alrededor. Sus ojos me absorben. Soy incapaz de moverme. Mis sentidos son presa de la presencia de Joe Jonas  y, al verlo, me viene a la cabeza el recuerdo de su voz, de su olor, de su tacto. El tremendo poder que tiene sobre mí actúa de abogado del diablo con mi inteligencia. Mi corazón palpita salvajemente y siento sus latidos irregulares en los oídos.
 
Se aparta el teléfono del oído, lo baja y sacude la cabeza. Empieza a caminar hacia mí. Sam mira en mi dirección al ver que Joe abandona el grupo. Drew también se vuelve. Ambos parecen incómodos al ver el evidente destino de su amigo.
 
Recobro momentáneamente los sentidos cuando veo que Sam lo agarra del brazo para detenerlo, pero Joe se libra de él de un empujón. La música y la actividad regresan a mi conciencia y rezo para que mis piernas escuchen a la parte sensata de mi cerebro y salgan pitando de aquí antes de que la parte idiota me permita caer presa de su magnetismo físico de nuevo. Dejo la copa en la barra y empiezo a moverme. Corro entre la gente y la aparto de mi camino a empujones; me encamino hacia la seguridad de los baños. No debo establecer ningún contacto con él. Es más que peligroso. Esta noche ha dejado bien claro por qué debo huir de él como de la peste.
 
Cierro la puerta del cubículo y me peleo con el pestillo mientras él empuja desde el otro lado para anular mis intentos de mantenerlo alejado de mí. La adrenalina me inunda. Durante un instante me parece que he conseguido bloquearle el acceso porque la resistencia al otro lado cesa, pero no lo suficiente como para que me dé tiempo a correr el pestillo del todo.
 
—___, o sales o entro yo. No quiero hacerte daño, pero si no dejas de rehuirme derribaré la puta puerta —dice con la respiración agitada.
 
Apoyo la espalda contra la puerta e intento llenarme los pulmones de aire. Miro a mi alrededor. No tengo escapatoria. Pensaba que sería seguro entrar en el baño de mujeres. No puedo mirarlo. Volveré a caer si me toca. ¡No quiero estar en esta mierda de situación! ¿Cómo coño me he metido en esto? Doy un brinco cuando el puñetazo que golpea la puerta resuena a través de mí.
 
—¡Maldita sea, ___! —¡Pum!—. ___, por favor.
 
Me estremezco con cada uno de sus golpes. Estoy jodida.
 
—¡Vete, por favor! —grito.
 
Su puño impacta de nuevo contra la puerta.
 
—Ni hablar. ¡___!
 
Tengo que largarme de aquí. No podrá retenerme en un lugar tan público. Tengo que marcharme. Tengo que acabar con esto... y con él. Se hace el silencio. Contengo la respiración. ¿Se ha ido? Aguardo unos minutos sin dejar de observar las paredes del reducido espacio y comprobando que no salta por encima. Se ha marchado. Idiota de mí, me relajo contra la puerta.
 
A los dos segundos noto un fuerte empujón y Joe irrumpe en el servicio. Apenas nos separan treinta centímetros cuando me vuelvo, y lo primero que advierto es su respiración entrecortada. La camisa negra se infla y desinfla con la agitación de su pecho. Bajo la vista hacia sus vaqueros. Si miro su atractivo rostro pasaré a estar en desventaja inmediatamente.
 
—___, mírame —me ordena con dureza. Yo me tapo los oídos con las manos y me siento sobre el retrete. Necesito bloquearlo—. ___, ¿por qué estás haciendo esto? —pregunta.
 
¿Cuánto tiempo voy a tener que estar así? Empiezo a canturrear para mis adentros y miro al suelo. Me agarra de las muñecas y me aparta las manos de las orejas. Su tacto me quema la piel. ¿Por qué cree que lo hago?
 
—No quiero hacer esto en los lavabos de un bar, ___.
 
—Pues no lo hagas. —Intento volver a taparme los oídos, pero, como siempre, él se impone—. Deja que me vaya, por favor.
 
Lentamente, se pone de cuclillas delante de mí, aún sin soltarme las muñecas.
 
—Jamás —susurra.
 
Empiezo a derramar lágrimas que impactan sobre mis rodillas desnudas.
 
—¿Por qué me haces esto? —le pregunto.
 
Me agarra de la barbilla y me la levanta para que no tenga más opción que mirarlo. Tiene los ojos vidriosos.
 
—¿Por qué hago qué?
 
Menudo capullo. Su insolencia no tiene límites. Me seco a duras penas la humedad de las mejillas con la mano libre y de repente me doy cuenta de que, una vez más, estoy llorando delante de él.
 
—No paraste de perseguirme y de bombardearme a llamadas y mensajes, me follaste todo lo que quisiste y después te pusiste histérico cuando cancelé nuestra cita. ¡Desapareciste hace cuatro días y no he sabido nada de ti desde entonces! —Doy un tirón y libero la otra mano—. Y ahora apareces y me jodes la noche de superación.
 
Ahora es él quien aparta la mirada, avergonzado.
 
—Esa boca —farfulla.
 
¿Esa boca? ¿Después de todo eso me dice que vigile mi lenguaje? Pero ¿de qué va?
 
—¡Vete a la mierda, Joe! —espeto.
 
Su rostro se vuelve de inmediato hacia mí.
 
—¡Esa boca!
 
Lo miro estupefacta y él frunce el ceño. La arruga de su frente se acentúa. No puedo con esto. He tenido cuatro días para reducir mis encuentros con este tío a una experiencia más y cuatro polvos de despecho. Estaba empezando a olvidarlo, más o menos. ¿Por qué ha venido a recordármelo todo? Sabía que tendría que haberme mantenido alejada. Ojalá pudiera darme una patada a mí misma.
 
Me pongo en pie y lo dejo agachado, pero entonces se agarra a mis piernas desnudas. Mi miedo a su tacto evocador está completamente justificado. Me pongo en guardia de inmediato. El calor que emana de las palmas de sus manos se extiende como un fuego salvaje por todo mi torrente sanguíneo, y no tengo manera de librarme de él. El retrete está detrás de mí y él bloquea la puerta.
 
—Suéltame, Joe —le digo entre dientes con toda la firmeza que me permiten mis temblorosas cuerdas vocales.
 
Él me mira.
 
—No.
 
—El martes no te costó tanto dejarme.
 
Desliza las palmas por la parte trasera de mis piernas, lo que hace que se encienda una chispa entre mis muslos, y se levanta.
 
—Estaba cabreado —contesta tranquilamente cuando ya se yergue sobre mí.
 
—Y sigues estándolo. ¿Sabías que iba a estar aquí? —pregunto. Él me mira, pero no contesta—. Lo sabías, ¿verdad? —insisto.
 
—Sam —responde sin ningún pudor.
 
—¿Sam qué?
 
Pone cara de póquer.
 
—Llamó a Kate.
 
—¡¿Y ella se lo dijo?! —grito desesperada. ¡Qué cerda! No puedo creer que me haya hecho algo así. Voy a tener unas cuantas palabras con ella en cuanto la pille.
 
—Ahora voy a besarte —dice usando el tono de mi perdición—.Tienes suerte, porque si estuviésemos en otra parte ahora mismo estaría recordándote... algo...
 
Ahogo un grito cuando da el paso que le hace falta para eliminar el espacio que nos separa. Tengo el retrete detrás, así que no puedo retroceder.
 
—Me gusta este vestido —murmura mientras me acaricia el brazo con la punta de un dedo—. Es demasiado corto, pero me gusta.
 
Se inclina y me acaricia el cuello con la cara al tiempo que emite un leve gruñido. Se me doblan las rodillas. Maldito sea este hombre. Y yo también.
 
Cierro los ojos involuntariamente y acerco la cabeza hacia su cálido aliento, que recae sobre mi cuello. Mi fuerza de voluntad se esfuma, sin más. Es imposible. Él es imposible.
 
Se agacha ligeramente. Me pasa el brazo por debajo del trasero y, sin ningún esfuerzo, estira las piernas y me levanta del suelo. Estoy pegada a su pecho y lo miro a los ojos.
 
«Fin del juego.» En un lavabo minúsculo, no tengo esperanza alguna de escapar.
 
—¿Tienes la más mínima idea de lo que me haces? —pregunta con voz ronca mientras me mira—. Estoy hecho un lío.
 
¿Que él está hecho un lío? ¡Ésa sí que es buena! Afloja ligeramente la presión sobre mí y hace que mi cuerpo se deslice por el suyo hasta que nuestros labios se encuentran. Se da la vuelta y me sujeta contra la puerta. No tengo tiempo para preocuparme por dónde nos encontramos; estoy demasiado ocupada buscando la fuerza de voluntad que necesito para detenerlo. Roza con la lengua la hendidura de mis labios cerrados y me tienta a abrirlos. Me enfurezco conmigo misma por acceder. Pero, a estas alturas, ya debería saber que es imposible negarle nada. Me dejo llevar por él, como hago siempre. Busco su lengua con la mía y me aferro con las manos a su cabello.
 
Con un gruñido suave y gutural, me agarra por el cuello con la mano que le queda libre para sujetarme mientras pega aún más su cuerpo al mío. Nuestras bocas se funden y nuestras lenguas chocan, ruedan y se apuñalan entre sí. Es un beso posesivo y dominante. He vuelto a la casilla de salida. Un solo beso y me he rendido. Soy blanda y débil.
 
Se aparta y me deja jadeando y sintiendo el violento furor de su pecho presionando contra mi esternón. Apoya la frente contra la mía y su aliento fresco invade al instante mis orificios nasales.
 
—Eso es —jadea con seguridad.
 
—Sí, ya has vuelto a atraparme.
 
Esboza una pequeña sonrisa y traza círculos con su nariz en la mía.
 
—Te echaba de menos, nena.
 
—Entonces ¿por qué te fuiste?
 
—No tengo ni idea. —Me da un beso largo en los labios y deja que me deslice hacia abajo por su cuerpo.
 
Noto su innegable excitación a la altura de la ingle. Está siendo bastante razonable, sobre todo teniendo en cuenta su actual estado de exaltación. Al mirarlo descubro que ha dibujado una sonrisa malévola en los labios.
 
—Debería obligarte a solucionar esto. —Se coloca la mano en la entrepierna y yo abro los ojos de par en par, estupefacta. Joder, lo haría con mucho gusto. Ha derribado todas mis defensas y ha anulado mi capacidad de pensar con sensatez. Tiene un efecto aterrador sobre mí—. Pero no voy a hacer que te arrodilles aquí. Ya haremos las paces como es debido después.
 
No sé si lo que siento es decepción o alivio. Abre la puerta y a continuación se aparta para dejarme pasar. Al hacerlo me topo de frente con dos mujeres con los ojos abiertos como platos que se ponen a hablar de cualquier cosa y a mirar a todas partes menos a mí. Pero entonces aparece Joe y son incapaces de ocultar su innegable interés. Se quedan quietas, con el pintalabios a medio aplicar, mirando con la boca abierta en el espejo el reflejo del tío tan tremendo que acaba de salir del baño detrás de mí.
 
Me vuelvo hacia él.
 
—Voy a retocarme la cara. Te veo fuera.
 
—Tu cara está perfecta tal y como está —me tranquiliza con voz suave.
 
No puedo evitar sonreír.
 
—No tardaré mucho.
 
Sin prestar atención a las mujeres del espejo, que siguen observándolo con la boca abierta, se acerca a mí y me besa la frente. Después las mira.
 
—Señoras. —Las saluda con la cabeza, ellas se derriten y él se marcha.
 
Me acerco al espejo para arreglarme la cara. Reina un silencio espectral mientras vuelvo a aplicarme los polvos compactos, el delineador y el lápiz de labios. En otras palabras: vuelvo a maquillarme de nuevo, porque, con las lágrimas, mi cara es un desastre. Y lo hago en medio de un silencio incómodo, mientras las dos mujeres intercambian miradas de curiosidad.
 
Cuando termino, me lavo las manos, sonrío dulcemente y me marcho para que puedan cotillear y babear todo lo que quieran. Joe me espera fuera. Me ofrece la mano con una sonrisa. Yo se la acepto, claro, y dejo que me guíe hacia la barra. Oteo la pista de baile mientras él avanza entre la gente abriéndose camino con el otro brazo extendido. Kate, Tom y Victoria siguen meneando el esqueleto.
 
—¿Qué quieres tomar? —pregunta. Me cobija bajo su brazo y llama inmediatamente la atención del camarero.
 
—Una copa de Zinfandel, por favor. —Me pego más a él. Nunca me parece estar lo bastante cerca.
 
Me observa con mirada inquisitiva y frunce los labios.
 
—¿Y tus amigos?
 
—Ah, Kate bebe vino, Victoria vodka con tónica y Tom piña colada.
 
Se le salen los ojos de las órbitas.
 
—¿Tom?
 
Sonrío.
 
—El gay, ya lo conoces.
 
Veo en su atractivo rostro que ya sabe a quién me refiero. Sacude la cabeza consternado, me suelta y se vuelve hacia el camarero, que espera pacientemente a que Joe pida las copas.
 
Kate y Tom se acercan a nosotros, riendo y mirándome. Le lanzo a Kate una mirada asesina, pero ella se limita a señalarse el pecho con el dedo como diciendo «¿Me echas la culpa a mí?».
 
—Joe ha pedido ya vuestras bebidas —les informo mientras sigo mirando a mi amiga con expresión acusadora. Ella me ignora.
 
—Vaya, guapo y caballeroso —dice Tom entusiasmado y mirando el culo a Joe con todo el descaro del mundo. No me extraña; además, esos vaqueros le marcan un trasero precioso.
 
Joe da las copas a Kate y a Tom, y yo me quedo pasmada cuando mi amiga se echa hacia adelante para propinarle un beso en la mejilla. Pero ¿qué coño le pasa a esta tía? Me sorprendo todavía más al ver que él le sonríe alegremente y le susurra algo al oído. ¿Qué está pasando aquí?
 
Ella se vuelve, me guiña un ojo y se lleva a Tom de nuevo a la pista. Joe me pasa mi copa de vino y abre su botella de agua. Me rodea la cintura con el brazo libre y me acerca a él. Lo miro de manera inquisitiva. ¿A qué ha venido eso? ¿Están conchabados?
 
—Hola, tío. —Sam llega corriendo con Drew y ambos aceptan las cervezas que les pasa Joe—. ___, ¿qué tal, guapa? —Se inclina para que le bese la mejilla y me muestra su hoyuelo. Es simpático, dulce y tremendamente guapo, pero después de lo que me ha contado Victoria tengo que estar atenta por el bien de Kate. Drew sostiene su botella y saluda, como siempre, de una manera cortés y distante.
 
Sonrío y me acerco al oído de Joe.
 
—Me voy con los otros. —Él está con sus amigos, y se supone que ésta iba a ser una noche de chicas (Tom no cuenta).
 
Baja la cara hacia mi cuello y me acaricia con la nariz, aprovechándose de mi postura.
 
—Estaré vigilando —me advierte al oído. Me da un mordisquito en el lóbulo y una palmada en el culo. El dolor ha disminuido, pero todavía tengo secuelas de mi aventura en la parte trasera de Margo.
 
Me aparto y hago pucheros de broma. Él me regala una enorme sonrisa y me guiña el ojo. ¿Estará vigilando a los posibles moscones o me estará vigilando a mí?
 
Lo dejo en la barra y me uno a los demás en la pista. Están bailando y bebiendo alegremente. Me río al ver a Tom, que está en su salsa y, justo cuando comienza Lovestoned, de Justin Timberlake, me reciben con vítores. Medio ebria, me acabo el vino de un trago y dejo la copa vacía en el estante de las bebidas. Si hay alguna canción capaz de sacarme de mi desesperación, aunque sólo sea por unos momentos, sin duda es ésta. Y el momento no podría ser más oportuno. Todo el mundo sin excepción sale a la pista, y cuando Justin grita «Hey», todos se vuelven locos.
 
Estoy bailando, riendo y disfrutando con Kate cuando, de repente, me agarran por la cintura y me dan la vuelta. Es Sam, que me sonríe y señala con la cabeza hacia algo que hay detrás de mí.
 
—Ahí viene. Espero que estés preparada para esto —dice.
 
—¿Para qué? —grito por encima de la música.
 
Sam amplía la sonrisa, la cual revela su hoyuelo en su máximo esplendor.
 
—Se cree que es JT.
 
No tengo ni idea de qué habla. Me agarra de los hombros, me da la vuelta y veo que Joe viene hacia mí. De repente temo que vaya a montar una escena y a sacarme a rastras de la pista de baile. No sé por qué, pero tiene la costumbre de cargarme sobre su hombro cuando le viene en gana.
 
Ralentizo los movimientos mientras él sigue avanzando. No sé cómo interpretar la situación. Luce una expresión oscura y sedienta, y su cuerpo, alto y esbelto, me tiene embelesada. Su manera de caminar me vuelve loca. Cuando lo tengo delante, todo lo cerca que puede llegar a estar sin tocarme, me quedo inmóvil por completo. Se me acelera la respiración. Desliza un brazo alrededor de mi cintura y me arrastra hacia su cuerpo. Yo levanto las manos automáticamente para agarrar sus bíceps flexionados. Apoya la frente contra la mía.
 
—Voy a tener que cargarme a muchos tíos como sigas bailando así. ¿Te gusta JT?
 
—Sí —exhalo.
 
Me derrite con esa sonrisa deliciosa reservada sólo para mujeres.
 
—A mí también. —Me besa en los labios y después, para mi sorpresa, me coge de la mano y me da una vuelta para volver a arrastrarme hacia sus brazos. No puedo creerme que vaya a bailar—. Y es la versión extendida.
 
¿Ah, sí? ¿Y eso qué significa? Miro a Sam, que pone los ojos en blanco y se encoge de hombros. Después vuelvo a mirar a Joe, que sonríe muy seguro de sí mismo. Sí, va a bailar. Vaya, esto podría ser interesante.
 
No sé si es culpa de haberme bebido mi peso en alcohol o del comportamiento gallito de Joe —probablemente sea por lo primero—, pero el caso es que de repente empiezo a descender por el cuerpo de Joe contoneándome obscenamente. Le recorro el cuerpo con las manos, de un modo bastante indecente, desde el pecho hasta los muslos. Aquí estoy, de cuclillas delante de él, con las palmas abiertas sobre la parte delantera de sus potentes muslos y mirando al hombre más atractivo que haya visto en la vida. Seguramente se me esté viendo todo el culo, pero me da igual. Tengo toda la atención puesta en el dios que me mira con ojos obscenos y prometedores. Yo le sonrío con descaro y acerco las manos a su entrepierna. Después empiezo a ascender por su cuerpo, todo lo pegada a él que puedo. Cuando tengo la cara a la altura de su entrepierna, paso la nariz por la cremallera de sus vaqueros y siento cómo se estremece. Se agacha, me agarra de los brazos y me levanta del todo. Mi corazón empieza a palpitar con fuerza cuando siento su respiración, larga, cálida y agitada, junto a mi oreja.
 
—Debería darte la vuelta y follarte hasta hacerte gritar. Ese vestido me está volviendo loco.
 
No tengo tiempo de decir: «¡Sí, por favor!» De repente me da una vuelta y empieza a imitar al propio Justin Timberlake. No doy crédito a lo que están viendo mis ojos. Joe Jonas baila, y baila muy bien.
 
¿Cuántos años tiene?
 
Se mueve a mi alrededor, con un ritmo impecable, y llama la atención de muchas mujeres que babean al verlo. Me fijo en los demás. Todos disfrutan como Joe, y yo me echo a reír. Río ante esos movimientos sexy, seguros y fluidos que han resultado ser una agradable sorpresa. No sabe moverse sólo en la cama. ¿Es que no hay nada que no se le dé bien? Se inclina hacia mí y me tienta con un movimiento de caderas. Después me hace dar una vuelta completa bajo su brazo, me aprieta contra su pecho y me clava las caderas en el vientre. Su erección sigue siendo obvia. Bajo la mano con todo el descaro del mundo para acariciarle el bulto que se esconde bajo los vaqueros y arqueo las cejas cuando veo que niega con la cabeza a modo de advertencia. Se me está pegando su atrevimiento.
 
Empieza a descender por mi cuerpo y ríe con malicia cuando me agarra de las caderas y yo doy un respingo. Sin dejar de mirarme, se pone de rodillas delante de mí y sigue moviendo esas gloriosas caderas al ritmo de la música.
 
Me lanza de un lado a otro por la pista de baile, y me siento adorada y venerada. Tiene toda la atención puesta en mí y sólo en mí. No existe nadie más, estamos solos él y yo. Me gusta. Me encanta que no tenga vergüenza; le importa un bledo lo que piensen los demás. Es seguro de sí mismo, masculino y desinhibido. Da gusto verlo, y soy consciente del hecho de que estoy cayendo. Me estoy enamorando perdidamente de este hombre. Y no creo que pueda hacer nada para evitarlo, sobre todo porque no deja que me aparte de él. Y, bien pensado, ¿de verdad quiero hacerlo?
 
Miro a los demás. Sam está haciendo girar a Kate por el suelo —ya me encargaré de esa zorra traidora en otro momento—, y Drew le está entrando a Victoria. Con lo fino que es, parece demasiado estirado para la pícara y a veces torpe Victoria, pero está claro que la bebida ha hecho que se suelte un poco, porque se está riendo y se ha quitado la chaqueta del traje. Tom está siendo él mismo y lo está dando todo como un poseso.
 
Vuelvo a centrar la atención en Joe y éste me agarra de las caderas. Me da un beso largo y lánguido en el estómago y me mira directamente a los ojos antes de ponerse de pie delante de mí y pegar los labios a los míos. Yo le rodeo el cuello con los brazos y suspiro en su boca.
 
—Parece que tengo competencia —murmura contra mis labios.
 
—No, tú ganas.
 
Él se retira y me ofrece su sonrisa pícara.
 
—Por supuesto que he ganado, señorita. —Me suelta y yo me echo el pelo hacia atrás y dejo que me guíe por la pista. Nos movemos en completa armonía. Es perfecto. Él es perfecto. Y ya no me acuerdo de por qué estoy cabreada. ¿Estoy cabreada?
 
Pero entonces el enérgico ritmo empieza a desacelerar y comienzan a sonar los suaves violines. Me cuesta respirar y el cuerpo de Joe me envuelve. Desliza el muslo entre mis piernas y nos mece a ambos entre los ecos de la versión extendida.
 
Miro su hermoso rostro mientras me canta y me sobreviene un aterrador instante de absoluta lucidez. Ya he caído.
 
«Joder, creo que estoy enamorada de este tío.»
 
Hay algo en él que me grita: «HUYE.» Pero no puedo. Para empezar, él no me deja. Y, además, creo que no quiero. Ha desaparecido durante cuatro días, pero ha vuelto, y estoy muy contenta de que lo haya hecho. Joder, con el estómago lleno de vino no es el mejor momento para plantearme estos asuntos tan complejos y arriesgados. Siento que me muevo en un terreno muy peligroso. No sé nada de este hombre, aparte de que es tremendamente rico, tremendamente apasionado y propietario de un hotel inmensamente pijo, pero, aparte de eso... nada. Ni siquiera sé qué edad tiene. Sin embargo, a pesar de la falta de información, me ha cautivado por completo.
 
Me acerco y poso los labios sobre los suyos. Al cabo de unos segundos, después de que él gima en mi boca y se apriete contra mí, nos vemos enredados en un abrazo profundo y apasionado.
 
Ha irrumpido en mi vida y me ha robado el corazón, y no puedo hacer nada al respecto.
 
La música comienza a apagarse, empieza otra canción y yo me dejo caer hacia atrás entre sus brazos. Él me sostiene la espalda y me sigue, negándose a romper el contacto de nuestros labios. Con un gruñido de desaprobación, se aparta de mí a regañadientes, pero me mantiene cogida en sus brazos. No es nada incómodo, y sujeta mi peso como si fuera ligera como una pluma.
 
Sus ojos cafés brillan y me penetran el alma y el corazón cuando acerca el rostro al mío hasta que nuestros labios se rozan ligeramente.
 
—Soy tuyo, nena.
 

Y... ese comentario causa estragos en mi mente ebria.
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 17th 2014, 17:41

Haaaaaaaaaaa yo quiero mas noveeeee andale siiii sube mas no m hagas estooo
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ro$$ 100% fan$ griton@
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 21st 2014, 22:44

no entiendo a joe
siguela porfa
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VaLeexD
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 22nd 2014, 06:42

Siigueelaa
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nasgdangerJONAS
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 22nd 2014, 10:51

hola!
nueva lectora Very Happy que novela, en serio que novela. me encanta *-* solo una cosa u.u que capítulos taan cortos...
ok, no! solo bromeo Razz jajajaja! espero que la sigas pronto! ya me enganche.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 22nd 2014, 16:24

Capítulo 19
 
Salgo de la pista de baile con la mano de Joe apoyada en la cadera. Va apartando a la gente con el otro brazo y me guía entre la multitud. Me lleva hasta una mesa alta, pero se han llevado los taburetes.
 
—Espera aquí. —Me deja junto a la mesa, me pone una mano en la nuca, tira de mí y me planta un beso en la frente—. No te vayas.
 
Dejo el bolso sobre la mesa y veo que desaparece entre la multitud. No tengo mucho tiempo para aclararme las ideas, lo cual, seguramente, sea algo positivo, porque no sé qué pensar. Kate y los demás aparecen entre la gente, riendo y sudando, con Sam y Drew detrás.
 
Sam ve que estoy sola.
 
—¿Y Joe?
 
Enarco las cejas.
 
—No lo sé —respondo, y señalo en la dirección por la que se ha marchado justo cuando reaparece entre la masa con un taburete sobre la cabeza.
 
Lo deja en el suelo.
 
—Siéntate —me ordena, y me levanta y me coloca sobre el asiento. Es un alivio, los pies me están matando—. ¿Pido algo? —pregunta. Todo el mundo asiente y le dice lo que quiere tomar; parece estresarse un poco cuando se inclina para escuchar los pedidos.
 
Sam se ofrece a ayudarlo.
 
—Yo te echo una mano.
 
—Sí, yo también. —Drew sigue a Joe y a Sam hasta la barra y me dejan sola con las miradas inquisidoras de mis amigos.
 
—¿Qué? —pregunto como si no lo supiera. De repente el vino se me sube a la cabeza.
 
Kate me mira con una ceja bien enarcada y se cruza de brazos. Que se vaya a la mierda. Si él está aquí es por su culpa.
 
—Te veo muy cómoda —espeta.
 
Tom se pasa la mano por las exageradas solapas de su camisa de color coral.
 
—¿Cómoda? Madre mía, nena. ¡Después de lo que acabo de ver te espera una larga noche de sexo apasionado, querida! —Levanta las dos manos y Kate y Victoria responden chocándole una cada una al unísono.
 
Lanzo una mirada asesina a Kate.
 
—Ya hablaremos tú y yo —la amenazo.
 
Ella inspira profundamente.
 
—Vaya, qué agresiva. Me gusta todo lo que este tío saca de ti.
 
Sí, ya ha dejado bien claro que le gusta este hombre, y quiero saber a qué han venido los cuchicheos de antes.
 
—¿Habéis visto cómo bailaba? —interviene Victoria.
 
—No lo hace mal —dice Tom con un mohín. Ay, Dios mío, alguien le ha robado el protagonismo en la pista de baile. Es posible que Joe se haya ganado un enemigo de por vida.
 
—A ti también se te ve muy cómoda. —Se la devuelvo a Kate, y señalo con la cabeza a Sam, que regresa entre la gente con tres bebidas en las manos.
 
—Sólo me estoy divirtiendo. —Se encoge de hombros.
 
Joder, eso espero. ¿Debo contarle lo del Starbucks?
 
—¿Y tú? —digo mirando a Victoria.
 
Ella me mira estupefacta.
 
—¿Yo qué?
 
—Sí, se te veía muy a gusto con Drew.
 
Tom levanta las manos exasperado.
 
—¡Esto es muy injusto! Quiero ir al Route Sixty. —Se vuelve hacia Victoria—. ¡Querida, por favor!
 
—¡No! —exclama ella, y no me extraña. Para una vez que es Victoria y no Tom quien liga y quien posiblemente acabe teniendo algo de acción...
 
Sam deja las bebidas sobre la mesa y Drew hace lo propio, rozando sospechosamente a Victoria con el cuerpo. Ella se echa a reír y se atusa el pelo. Necesita deshacerse de ese bronceado artificial.
 
Sam sonríe.
 
—Vino para Kate. —Hace una reverencia cuando le entrega la copa—. Vodka para Victoria y... No tengo ni idea de qué es esto, pero es una mariconada, así que debe de ser para ti —bromea, y le pasa a Tom la piña colada al tiempo que le guiña un ojo.
 
Tom se pone como un tomate y le hace un gesto a Sam con la muñeca floja. No me lo puedo creer. Es la primera vez que veo a Tom mostrar timidez. Vaya, no puedo dejar pasar esta oportunidad.
 
—¡Tom, tu cara hace juego con la camisa! —suelto, y empiezo a partirme de risa.
 
Todo el mundo se vuelve para mirarlo, lo que no hace sino intensificar su rubor y, por tanto, su humillación. Estallan las risas. Tom resopla unas cuantas veces y se larga.
 
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Joe cuando llega y deja mi vino y una botella de agua sobre la mesa. No puedo hablar. Todavía estoy recuperándome del ataque de risa. Me seco las lágrimas de los ojos.
 
—Acabamos de encontrar el talón de Aquiles de Tom —explica Kate al ver que soy incapaz de recobrar la compostura. Joe observa perplejo al grupo de hienas muertas de risa que se ha encontrado al volver. Sam se encoge de hombros y da unos tragos a su cerveza.
 
—Sam —digo ya algo más calmada.
 
—¿Sam? —Joe arquea una ceja.
 
Victoria interviene.
 
—¡A Tom le gusta Sam! —exclama con entusiasmo.
 
Joe sacude la cabeza y coge la botella de agua. Desenrosca el tapón y da un sorbo.
 
—Toma, bebe un poco.
 
Me pone la botella debajo de la nariz.
 
—No. —Arrugo la cara y la aparto de mí.
 
—Bebe un poco de agua, ___. Me lo agradecerás por la mañana.
 
—No quiero agua.
 
Me mira con el ceño fruncido y todo el mundo observa nuestra pequeña disputa. No pienso discutir ahora. Le aparto el brazo estirado y cojo el vino, levanto la copa en su cara y le doy un trago. En realidad, me lo bebo entero. Justo cuando voy a dejarla de nuevo sobre la mesa, me paro a mirar a Joe. Está cabreado: tiene los labios apretados y sacude la cabeza con desaprobación.
 
—No —repito con firmeza para dejar clara mi respuesta. Ya me ha fastidiado la noche de superación. No va a decirme también lo que tengo que beber.
 
—Adiós a la larga noche de sexo apasionado —dice Sam sonriendo con malicia, y Kate empieza a partirse de risa.
 
—Vete a la mierda, Sam —lo reprende Joe con un tono superserio. Está muy disgustado, pero yo estoy borracha y rebelde y me trae sin cuidado.
 
Sam levanta las manos y se aparta de inmediato. Al mismo tiempo, Kate aprieta los labios para aguantarse la risa y me lanza una miradita. Me encojo de hombros. Me pregunto si el Joe mandón y dominante le gustará tanto como el caballeroso.
 
Drew hace un gesto con la cabeza y él y Victoria se apartan a un rincón donde no podemos oírlos. Por lo general es algo engreído y rebosa seguridad en sí mismo, pero parece tímido mientras Victoria charla alegremente con él. Drew saca el móvil del bolsillo y empieza a teclear los números que ella le dicta. Cuando ha terminado, le muestra la pantalla para que los compruebe. Un hombre que no tiene intenciones de llamar no haría eso. Qué interesante.
 
Apenas soy consciente de la conversación que tiene lugar a mi alrededor pero, de repente, todo se nubla. No debería haberme tomado esa última copa. Y lo he hecho sólo por una chiquillada. Joe tiene razón, joder. Mañana me arrepentiré. El sonido de las voces se apaga y empiezo a ver doble.
 
Sí, misión cumplida... ¡voy pedo!
 
Joe me pone la mano en el cuello y me lo masajea por encima del pelo mientras charla con Sam. Cierro los ojos y agradezco su firme tacto mientras trabaja mis músculos. Es una sensación muy agradable. Si sigue haciéndolo me dormiré.
 
Cuando abro los ojos, Joe está delante de mí mirándome a los ojos ebrios y sacudiendo la cabeza.
 
—Venga, señorita, te llevaré a casa.
 
Lo golpeo con el brazo muerto.
 
—Estoy bien. —No va a fastidiarme mi noche de superación. Oigo que Kate y él intercambian unas palabras. Después, me levanta del taburete y me pone de pie.
 
—¿Puedes andar? —pregunta.
 
—Pues claro, no estoy tan borracha. —Sí que lo estoy. Y, por lo visto, también tengo ganas de discutir.
 
Todos desfilan ante mí y me dan un beso en la mejilla mientras Joe me sostiene. Qué patético. Tras asegurarse de que me he despedido de todos, me guía fuera del bar. Me avergüenza admitirlo, pero si no me estuviese sujetando de la cintura me caería de bruces.
 
El aire fresco me golpea y hace que me tambalee ligeramente, pero Joe evita que me caiga y, de pronto, siento el familiar confort de su pecho contra mi mejilla mientras me guía hacia su coche.
 
—No me vomitarás encima, ¿verdad? —pregunta.
 
—No —contesto indignada.
 
—¿Seguro? —Se echa a reír, y las vibraciones de su pecho me atraviesan.
 
—Estoy bien —balbuceo contra su camisa.
 
Parece mi padre. ¿Podría ser mi padre? No, ningún padre sobre la faz de la tierra baila o folla como Joe. ¡Vaya! ¡Mi mente ebria es una indecente!
 
—Vale, pero te agradecería que me avisaras un momento antes de hacerlo. Voy a meterte en el coche.
 
—Que no voy a vomitar —insisto.
 
Me mete en su coche y siento el cuero frío en la espalda y en las piernas cuando me deja encima del asiento. Se inclina sobre mí y me abrocha el cinturón. Su aliento fresco invade mis orificios nasales. Soy capaz de reconocerlo hasta en este estado. Cuando se aparta, veo dos Joes. Intento centrar la vista y acabo viendo una enorme sonrisa.
 
—Hasta borracha eres adorable. —Se agacha y me da un beso ligero en los labios—. Voy a llevarte a mi casa.
 
Parece que se han desconectado todas mis funciones excepto la capacidad de discutir.
 
—No voy a ir a tu casa —digo arrastrando las palabras.
 
—Sí que vas a venir —asevera.
 
Reconozco su tono severo a pesar del sopor etílico. Aunque tampoco es que le haga mucho caso. La puerta del copiloto se cierra de un golpe y Joe se sienta en seguida ante el volante.
 
—No voy a ir, llévame a mi casa.
 
—Olvídalo, ___. No voy a dejarte sola en tu estado. Fin de la historia.
 
—Eres un mandón —me quejo—. Quiero irme a casa. —Lo cierto es que no sé qué quiero hacer. ¿Qué más da dónde duerma esta noche? Pero mi ebria testarudez se empeña en acabar con todo atisbo de sensatez que pueda quedar en mi cerebro empapado de vino. ¡Quiero irme a mi casa y punto!
 
Él se echa a reír.
 
—Ve acostumbrándote.
 
—¡No! —Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos. He entendido esa frase lo suficiente como para desafiarla. Me sorprende conservar aún algo de coherencia.
 
—Eres encantadora, pero también te pones muy tonta cuando estás borracha —gruñe.
 
—Me alegro —repongo con arrogancia.
 
Arranca el coche y las vibraciones del motor empiezan a revolverme el estómago. Joe se ríe en voz baja.
 
—¿Joe?
 
—¿Qué, ___?
 
—¿Cuántos años tienes? —Qué pregunta más tonta. Aunque cejase en su empeño de ocultarme su edad, mañana no me acordaría.
 
Suspira.
 
—Veinticinco.
 
Estoy muy borracha y el traqueteo del coche está empezando a afectarme a pesar de tener los ojos cerrados.
 
—No me importa cuántos años tengas —farfullo.
 
—¿Ah, no?
 
—No. No me importa nada, te quiero igual.
 

Antes de perder la consciencia, oigo que inspira profundamente.


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nasgdangerJONAS
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 22nd 2014, 19:08

aaaaaaww tan linda tu :$
jajajaja lo ame! me encanta. gracias por el capitulo dedicado Very Happy jajajaja!
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 23rd 2014, 19:15

haaaaaa ame el capi dios mio k ia diga cuantos años tiene q no manche jajaja y ella q calzonuda es porfin pude leer tu bella.nove me encanta si q siii
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 24th 2014, 22:05

que dijo QUE?!!!!!!!!!!!!!!!
AY ÑIO MIO QUE DIRA JOE¡?
SIGUELAAA
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 1st 2014, 17:10

Capítulo 20 Parte 1
 
«¡Ay!»
 
La luz me bombardea los ojos sensibles y vuelvo a cerrarlos de nuevo. Qué horror. Me doy media vuelta y de inmediato soy consciente de que no estoy en mi cama. Abro los ojos de golpe y me siento. ¡Ay! ¡Au!
 
Me agarro la cabeza para intentar mitigar el dolor. No funciona. Sólo un disparo en el cerebro aliviaría estos pinchazos. No hay nada que cure esta resaca. Lo sé.
 
Miro a mi alrededor y reconozco la estancia al instante. Estoy en la suite principal del Lusso. Vale, no tengo ni idea de cómo he llegado aquí. Nunca había estado tan borracha como para no acordarme de las cosas. Pienso en lo que pasó anoche y recuerdo la escena que montó Joe con el pobre Petulante. Después estuve bailando. Y también recuerdo que discutí con él en los baños. Y que luego volví a bailar. Ah, y que Tom se cabreó, pero... nada más.
 
Me preguntaría cómo he acabado aquí, pero si Joe estaba en el bar no hace falta que me lo plantee. Cojo las sábanas y las levanto para mirar debajo. Tengo las bragas y el sujetador puestos, así que no creo que follásemos. Sonrío para mis adentros.
 
Madre mía, necesito un cepillo de dientes y un poco de agua urgentemente. Me incorporo con cautela y me quito las sábanas de encima. El delicioso olor corporal de Joe alcanza mis orificios nasales. Cada movimiento que hago me provoca un terrible dolor de cabeza y, cuando consigo levantarme, vestida sólo con la ropa interior, me tambaleo. Todavía estoy borracha.
 
—¿Cómo está mi borrachita esta mañana? —pregunta con aires de superioridad. ¿Por qué no impidió que siguiera bebiendo?
 
Se acerca a mí. Está tremendo con esos bóxeres blancos y con pelo de recién levantado. Yo debo de estar horrible con el pelo suelto y el maquillaje corrido.
 
—Fatal —confieso malhumorada. ¿Ésa es mi voz? Estoy afónica.
 
Él se echa a reír. Si pudiera coordinar mis movimientos, le daría un bofetón. Me rodea con los brazos, y yo agradezco el apoyo y hundo la cabeza en su pecho. Podría volver a dormirme perfectamente.
 
—¿Quieres desayunar? —Comienza a acariciarme el pelo.
 
Incluso sus suaves caricias me resultan insoportablemente estridentes, y sólo pensar en comida me dan ganas de vomitar. Debe de sentir mis arcadas y mis convulsiones, porque se echa a reír otra vez.
 
—¿Un poco de agua, entonces?
 
—Sí, por favor —musito contra su pecho.
 
—Ven aquí. —Me coge en brazos, me lleva al piso de abajo, a la cocina, y me coloca sobre la encimera con suavidad.
 
—¡Joder! ¡Qué fría está!
 
Se echa a reír y me suelta poco a poco, como si temiera que fuese a caerme. Quizá lo haga. Me encuentro fatal. Me agarro al borde de la encimera para sujetarme y me fijo, con los ojos entrecerrados, en que Joe tiene que abrir casi todos los armarios antes de dar con el que contiene los vasos.
 
—¿No sabes dónde tienes los vasos?
 
Rebusca en un cajón y saca un sobrecito blanco.
 
—Estoy aprendiendo. Mi asistenta me lo explicó, pero estaba algo distraído.
 
Rasga el sobre y vierte su contenido en un vaso. Se le mueven los músculos de la espalda cuando coge una botella de agua de la nevera; llena el vaso rápidamente y vuelve a mi lado.
 
—Es Alka-Seltzer. Te encontrarás mejor dentro de media hora. Bébetelo.
 
Intento cogerlo, pero mis brazos no se coordinan con mi cerebro. Sin que le diga nada, se cuela entre mis muslos y me pone el vaso en los labios. Me lo bebo todo.
 
—¿Más?
 
Niego con la cabeza.
 
—No pienso volver a beber en la vida —farfullo, y me dejo caer contra su pecho.
 
—Me harías muy feliz. Te vuelves muy beligerante cuando estás borracha. —Me acaricia la espalda.
 
—¿Sí? —No me acuerdo.
 
—Sí. Prométeme que no llegarás a ese estado cuando yo no esté para cuidarte.
 
—¿Discutimos? —pregunto. Recuerdo la disputa en el baño, pero hicimos las paces después de eso.
 
Él suspira.
 
—No, renuncié al poder temporalmente.
 
—Tuvo que costarte mucho esfuerzo —respondo con sequedad.
 
Alarga el brazo y me tira del tirante del sujetador.
 
—Pues sí, pero tú mereces la pena. —Me besa el pelo, se aparta y observa mi cuerpo semidesnudo—. Me gusta verte con encaje —comenta en voz baja al tiempo que pasa el dedo por la parte superior de mis bragas—. ¿Te apetece una ducha?
 
Yo asiento y le rodeo el cuerpo con los brazos y las piernas cuando me baja de la encimera.
 
Me lleva nuevamente en brazos a la planta superior del ático, al baño, y me deja en el suelo al lado de la ducha. Me suelta durante un instante y abre el agua. Me siento floja. Cuando lo tengo delante otra vez, vuelvo a dejarme caer sobre su pecho.
 
—Te arrepientes de haber bebido tanto, ¿no? —Me coge y me coloca sobre el mueble del lavabo—. Tengo bonitos recuerdos de ti sentada justo aquí.
 
Frunzo el ceño, pero entonces me doy cuenta de que nuestro primer encuentro sexual tuvo lugar aquí, la noche de la inauguración del Lusso. Alzo la vista y veo que me está mirando con sus ojos cafés.
 
—Por fin has conseguido justo lo que querías, ¿verdad?
 
Me coge la cara entre las manos.
 
—Iba a pasar antes o después, ___.
 
Coge su cepillo de dientes, pone un poco de pasta en él y lo pasa por debajo del grifo.
 
—Abre la boca —me ordena.
 
Empieza a cepillarme los dientes con suavidad mientras me sostiene la barbilla con la otra mano. Observo que se concentra en trazar leves movimientos circulares por toda mi boca, y de repente me viene a la cabeza ese instante en la pista de baile en el que me di cuenta de que estoy enamorada de este hombre. No estaba tan borracha cuando me vino a la mente aquella revelación. Mi objetivo de evitar precisamente esto se ha visto frustrado. Me he enamorado de este ser arrogante, persistente y divino.
 
«¡Mierda!» Cojo sus mejillas, cubiertas por una barba incipiente, entre las manos, y me mira. Tiene los labios ligeramente abiertos. Deja de cepillar, vuelve la cara hacia mi palma y la besa con ternura. Sí. Lo amo. Joder, ¿qué voy a hacer ahora?
 
—Escupe —dice con su cara todavía en mi mano.
 
La aparto y me inclino sobre el lavabo. Me vacío la boca de pasta de dientes y me vuelvo de nuevo hacia él. Me pasa el pulgar por el labio y me quita un poco de pasta que me había dejado. Después se lo chupa para limpiársela del dedo.
 
—Gracias —digo con voz cascada.
 
En sus labios se dibuja una media sonrisa.
 
—Lo hago tanto por mí como por ti. —Sonríe y se inclina y me da un beso suave y lento. Su lengua penetra en mi boca con ternura. Yo me derrito con un suspiro—. Uno no vale para nada cuando tiene resaca. ¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor? —Me baja del mueble y me deja de pie delante de él. Me coge del culo y me sostiene.
 
—¿Tienes una pistola? —le pregunto en serio. Así desaparecería mi dolor de cabeza.
 
Él se ríe con ganas.
 
—¿Tanto te duele?
 
—Sí, ¿por qué te hace tanta gracia?
 
—Tienes razón, perdona. —Se pone serio y me acaricia la mejilla con el dedo corazón—. Ahora voy a hacer que te sientas mejor.
 
¡Vaya! Parece ser que el alcohol no ha acabado por completo con mi libido, porque todas y cada una de mis deshidratadas terminaciones nerviosas acaban de volver a la vida. Debo de estar horrible, ¿y aun así él empieza a tontear conmigo? No estamos en las mismas condiciones. Él está apetecible y delicioso con ese pelo enmarañado de recién levantado y un olor almizclado mezclado con el aroma a agua fresca. Yo, en cambio, tengo una resaca de caballo y debo de parecer un espantapájaros, aunque a él no parece importarle.
 
Me acerca las manos a la espalda, me desabrocha el sujetador y me lo quita. Se inclina y le da un beso a cada pezón. Se me ponen duros al instante con el breve contacto de sus labios; mis pechos se transforman en pesadas cargas sobre mi torso. Ha conseguido que mi cuerpo olvide los efectos secundarios del alcohol y que ansíe, agitado, su tacto.
 
Cuando levanta la cabeza y me besa, subo las manos por sus brazos hasta que se hunden en su suave mata de cabello castaño. Dios, cuánto he echado esto de menos. Sólo han sido cuatro días, y me aterroriza el hecho de haberlo echado tantísimo en falta.
 
—Eres adictiva —musita contra mi boca—. Ahora vamos a hacer las paces como es debido.
 
—¿No las hemos hecho ya? —pregunto. Mi voz es un susurro ansioso.
 
—No oficialmente, pero vamos a solucionarlo, nena.
 
Una oleada de temblores me recorre el cuerpo cuando me besa la nariz con suavidad y se postra de rodillas delante de mí. Me sujeta las caderas con sus enormes manos y desliza el pulgar por debajo de mis bragas.
 
Me pongo tensa y espero, pero no hace ademán de quitármelas. Bajo la mirada y lo veo ahí, arrodillado, con la frente apoyada en mi regazo, y sumerjo los dedos en su cabello castaño oscuro. Nos quedamos así una eternidad, atrapados en nuestro pequeño ensueño. Me limito a mirarlo mientras me acaricia el vientre con la frente una y otra vez.
 
Finalmente inspira hondo y se acerca más. Me besa el ombligo y permanece ahí unos segundos hasta que empieza a deslizarme las bragas por las piernas. Me da unos golpecitos en el tobillo para ordenarme sin hablar que levante el pie, y hace lo mismo con el otro.
 
Sigue arrodillado delante de mí, con la cerviz inclinada, y sé que algo le ronda por la cabeza. Le tiro un poco del pelo para sacarlo del estado de ensoñación y alza la cara para mirarme. Empieza a levantarse con las arrugas de la frente muy marcadas. Abre las manos sobre mi trasero y vuelve a hundir la cabeza en mi estómago para besarlo de nuevo. Está actuando de una manera extraña.
 
—¿Qué pasa? —No puedo seguir guardándome la preocupación para mí.
 
Él me mira y sonríe, pero la sonrisa no le alcanza los ojos.
 
—Nada —dice de manera poco convincente—. No pasa nada.
 
Justo cuando estoy a punto de replicarle, entierra el rostro entre mis muslos y se me doblan las piernas.
 
—¡Hummm...! —Echo la cabeza hacia atrás y me agarro con más fuerza a su pelo. Con un inesperado lametón, bloquea todos mis sentidos y abandono las intenciones de insistirle.
 
Me agarra de las caderas y me hace dar un fuerte respingo. Él es lo único que me sostiene. Siento que su lengua caliente y entrenada traza círculos alrededor de mi hipersensible cúmulo de nervios y que lo rodea con movimientos precisos y lentos antes de hundirse en mi sexo. No se deja ni un milímetro por explorar.
 
—Necesito ducharme —protesto.
 
—Y yo te necesito a ti —gruñe pegado a mí.
 
Me derrito cuando aumenta la presión y me clava los dedos en las caderas. Me aprieto contra su boca. Es sólo cuestión de segundos que estalle en mil pedazos. La presión que se concentra en mi entrepierna me obliga a contener la respiración; el corazón se me sale por la garganta.
 
—Tienes un sabor delicioso. Dime que estás cerca.
 
—¡Estoy cerca! —jadeo sin aliento. Joder, ¡estoy muy cerca!
 
—Parece que te has levantado muy obediente.
 
Retira una mano de mi cadera y hunde dos de sus dedos en mi sexo. Acaba de ponerme en órbita.
 
—¡Joder! —grito—. ¡Por favor! —Debo de estar arrancándole el pelo.
 
—Esa... puta... boca —me reprende entre intensas y constantes caricias. No puede reñirme por decir tacos en estos momentos. Es culpa suya por ponerme en este estado.
 
Ensancha mi abertura con los dedos trazando círculos y empujando, mientras me masajea el clítoris y me lame los labios sensibles con la lengua. Es una placentera tortura a la que estaría sometida toda la vida, de no ser por esa creciente presión que exige liberarse.
 
—¡Joe! —grito con desesperación.
 
Con unas cuantas caricias más de sus dedos, de su pulgar y de su lengua, me lanza por el borde de un precipicio y desciendo en caída libre hacia la nada. El dolor que sentía en el cerebro deshidratado ha sido sustituido por chispas de placer. Estoy curada.
 
Me lame y me chupa lenta y suavemente, hasta que mi cuerpo se relaja y mis latidos empiezan a estabilizarse. Yo dejo las palmas de las manos sobre su cabeza y dibujo pequeños círculos sobre su pelo.
 
—Eres el mejor remedio para la resaca que existe —exhalo con un suspiro de satisfacción.
 
—Y tú eres el mejor remedio para todo —responde. Su lengua se desliza hacia mi estómago y asciende entre mis pechos mientras se pone de pie. Continúa trepando por mi cuello y me echa la cabeza hacia atrás con un gruñido para lamerme la garganta—. Hummm..., y ahora —dice, y me besa la barbilla suavemente—, voy a follarte en la ducha. —Me baja el mentón para que mi cara quede frente a la suya y me besa en los labios—. ¿Vale?
 
—Vale —accedo. Qué pregunta más tonta. Llevo cuatro días sin él. ¿Dónde estaba? Prefiero no preguntar. De todos modos, tampoco creo que me diera una respuesta. En lugar de eso, recorro despacio su maravilloso pecho con las manos y me fijo en la horrible cicatriz. Otra cosa que no creo que quiera contarme.
 
—Ni se te ocurra preguntar. ¿Qué tal va tu cabeza?
 
Aparto la mirada de la cicatriz y la elevo hacia él. Me observa con aire de advertencia. Será mejor que no me enfrente a ese tono o a esa cara.
 
—Mejor —contesto. Y es verdad. Su expresión se relaja y mira hacia sus bóxeres.
 
Capto la indirecta y le deslizo la mano por la cintura. Le acaricio el vello con el dorso de la mano y la paso por encima de su erección matutina. Lo miro a los ojos y veo que me estudia detenidamente. Cuando me acerco más a él, aprovecha la oportunidad para apoyar la frente en la mía y me regala ese aliento fresco que lo caracteriza.
 
El vapor de la ducha nos rodea y la condensación nos cubre; me doy cuenta de que su pecho empieza a humedecerse. Me aferro a su piel, le paso las manos por la parte trasera de los calzoncillos y acaricio con las palmas su extraordinario culo prieto.
 
—Me encanta esto —susurro mientras le masajeo las nalgas.
 
Él mueve la frente contra la mía.
 
—Es todo tuyo, nena.
 
Sonrío, arrastro las manos hacia la parte delantera de su cuerpo y le agarro la gruesa y palpitante excitación por la base.
 
—Y me encanta esto.
 
Él gruñe agradecido y me reclama los labios. Me toma la boca con posesión y me obliga a soltar su erección y a volver a agarrarme de su trasero. Me aprieta contra su pecho y siento el fuerte impacto de su dureza contra mi ingle. Empiezo a excitarme de nuevo. La necesidad de tenerlo dentro me obliga a interrumpir nuestro beso y a tirar de sus calzoncillos hasta que caen por sus piernas largas y esbeltas. Aparta una mano de mi culo para ayudarse y pronto sus bóxeres revelan una tremenda erección que me señala. Ansiosa, no para de dar sacudidas. La gota de humedad que le moja la punta me indica que se aproxima un momento de conmoción. Y así es. Pronto me agarra de la cintura y me aprieta contra su cuerpo agitado.
 
—Rodéame la cintura con los muslos —gruñe contra mi cuello mientras lo chupa y lo muerde. Yo obedezco sin vacilar y envuelvo su cuerpo ansioso con las piernas cuando me levanta y su excitación roza mi entrada hinchada obligándome a lanzar un grito de desesperación.
 
—Dios —jadeo.
 
Pega sus labios contra los míos y gime cuando nuestras lenguas se funden en una danza ceremonial. Le acaricio con la mano la barba incipiente mientras me sujeta con un brazo alrededor de la cintura y nos conduce a ambos hacia la ducha. Inmediatamente, me empotra contra las baldosas. Pega una mano contra la pared por encima de mi cabeza mientras me devora la boca y el agua cae a nuestro alrededor.
 
—Esto va a ser intenso, ___ —me advierte—. Puedes gritar.
 
Que Dios me ayude. Estoy ardiendo y no tiene nada que ver con el agua caliente que llueve sobre nosotros. Me agarro a su espalda y noto que retrocede, preparado para penetrarme. Relajo los muslos para darle espacio. Aparta la mano de la pared y se guía hacia mi abertura. Me mira a los ojos cuando la cabeza de su erección entra en mí, y tiemblo.
 
—Tú y yo —dice, y me busca los labios y me besa con ansia—. No nos peleemos más. —Y con un fuerte movimiento de caderas, embiste hacia arriba y me llena hasta el fondo. Con un rugido, apoya la mano de nuevo en la pared junto a mi cabeza.
 
—¡Dios! —grito.
 
—No, nena, soy yo —masculla entre potentes arremetidas que me empotran más y más contra las baldosas de la pared—. Te gusta, ¿verdad?
 
Le clavo las uñas en la piel para intentar agarrarme, pero el agua, que no deja de caer sobre su espalda, lo hace imposible.
 
—___...
 
—¿Qué? —Dejo caer la cabeza hacia atrás, jadeando y loca de placer, mientras cada embestida me empuja más hacia un éxtasis absoluto. Siento sus labios sobre mi garganta expuesta, que se deslizan en llamas sobre mi piel mojada.
 
—Me encanta follarte —gruñe contra mi cuello sin interrumpir su ritmo intenso y voraz—. ¿Lo recuerdas ya? —Ah, ¡se trata de un polvo recordatorio! No tiene de qué preocuparse. Es imposible que me olvide de algo así—. ¿Te has acordado ya, ___? —ruge acompañando cada palabra con un empujón.
 
—¡No lo había olvidado! —grito indefensa ante sus arremetidas de castigo contra mi cuerpo.
 
Le suelto la espalda sabiendo que él me sostendrá y acerco su rostro al mío. Aparto con las manos el agua que corre por su cara. Levanta la vista para mirarme.
 
—No se me había olvidado —grito mientras me percute con fuerza.
 
Sentir cómo se mueve dentro de mí, y sentir cómo tiembla con la intensidad del movimiento de nuestros cuerpos unidos, hace que tenga las emociones a flor de piel. Jadea e inclina la cabeza para reclamar mis labios. Es un beso con significado, y me derrito en él. Esto no ayuda en mi intento de dominar mis sentimientos. Gime en mi boca mientras le sujeto la cara y absorbo la pasión que emana de cada uno de los poros de su piel. Él sigue embistiendo con rapidez e insistencia.
 
Nuestra ansia mutua se apodera de nosotros y alcanzo el punto de no retorno. Cierro con fuerza los muslos alrededor de sus caderas estrechas y todos los músculos de mi cuerpo se contraen esperando la descarga que se avecina. Él vibra y farfulla palabras sin sentido contra mi boca.
 
«¡Joder!»
 
Echa la cabeza hacia atrás.
 
—¡Joder!
 
—¡Joe, por favor! —exclamo.
 
Esto comienza a rozar lo insoportable. No sé qué hacer. Es demasiado. Entonces levanta la cabeza y me mira, con las pupilas dilatadas y los párpados caídos. Me preocupa un poco.
 
—¿Más fuerte, ___?
 
¿Qué? Joder, va a partirme por la mitad.
 
—Contéstame —me exige.
 
—¡Sí! —chillo. ¿Es posible hacerlo más fuerte?
 
Emite un gruñido gutural y acelera sus embestidas con determinación, a un ritmo que no creía posible. Aprieto los muslos hasta sentir dolor, pero al hacerlo aumenta la fricción y, en consecuencia, el placer.
 
—¡Joe! —Supero el umbral, estallo a su alrededor con un alarido.
 
El intenso gruñido que escapa de sus labios indica que él me acompaña; se mantiene dentro de mí, hasta el fondo, y su cuerpo enorme tiembla contra el mío. Brama mi nombre y siento su cálida eyección dentro de mí. Apoyo la cabeza sobre su hombro. Mi corazón late a un ritmo frenético.
 
«¡Madre mía!» Me sostiene con un brazo, con la cara enterrada en mi cuello y apoyando el antebrazo en la pared. Se ha quedado sin aliento, y mis músculos envuelven de manera natural su miembro palpitante mientras se sacude suavemente dentro de mí. El agua sigue cayendo sobre nosotros, pero nuestra respiración entrecortada amortigua su sonido.
 
—Joder —resuella.
 
Suspiro. Sí, yo no lo habría dicho mejor. Ha sido más que intenso. Me tiembla hasta el cerebro, y sé que no seré capaz de ponerme de pie si me suelta.
 
Como si me leyera la mente, se vuelve, apoya la espalda en las baldosas y se deja caer resbalando por la pared. Me arrastra con él de manera que acabo sentada a horcajadas sobre su regazo en el suelo de la ducha. Tengo la cara pegada a su pecho y aún siento sus palpitaciones dentro de mí.
 
Estoy exhausta. La resaca ha desaparecido, pero se ha visto reemplazada por un agotamiento absoluto. Espero que no tenga prisa, porque no pienso moverme de aquí en un rato. Cierro los ojos y me relajo pegada a su magnífico cuerpo.
 
—Eres mía para siempre, señorita —dice con dulzura mientras me acaricia la espalda mojada con las dos manos.
 
Abro los ojos y un torrente de pensamientos invade mi cerebro convaleciente, pero hay uno que grita más fuerte: «Quiero serlo.» Pero no lo digo. Soy consciente de que el sexo es increíble y de que me quiere precisamente por eso, cosa que no me importaría si no estuviera tan convencida de que se acabará antes o después. El sexo a este nivel es algo demasiado intenso. No puede durar eternamente. Acabará enfriándose y eso será todo. Pero ahora, al darme cuenta de ello, me aterra pensar que terminará por romperme el corazón. Mi fuerza de voluntad es nula. No puedo resistirme a él.
 
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 1st 2014, 19:47

Chicas, se me estaba olvidando. Si mal no me acuerdo, les comente que ya habia salido el tercer libro y el punto es que ya lo termine (Me duro menos de una semana Sad ) pero queria comentarselos... si el segundo libro tiene muchas sorpresas, el tercero te quita el aliento. Principalmente, queria decirles porque recuerdo que muchas (me incluyo) hemos estado de: "¿Y por que es asi? ¿Por que esta tan obsesionado?" y a veces hace algunas cosas que nos desespera pero creanme que en mi punto de vista y ya me comentaran al final del tercer libro que les suba, tiene un punto tan impactante que cuando te enteras no te sorprende porque Jesse, o en este caso Joe, sea tan sobreprotector de Ava, o __. Solo queria comentarselos para pedirles que sean un poco mas pacientes con él y espero que se enamoren tanto de él como yo lo hice.


Gracias chicas. Ahora disfruten de todo lo que reste de este libro Very Happy 
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 1st 2014, 21:24

esta relacion esta en ese momento confuso donde ninguno esta claro de lo que son, los dos van pensando cosas distintas porque no han hablado de ello.
AMO A JOE ES TAAANNN GENIAL
siguuueeeelaaaaaaaa!!!!!
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 5th 2014, 21:20

capitulo perfectamente intenso perver y romántico xD jajajaja!
lo ame, me encanta la nove *-*
siguela pronto nena :Very Happy
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 7th 2014, 16:32

Siigueelaaa. La esperaa me estaa mataando.... jajajajja
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 8th 2014, 11:44

Capítulo 20 Parte 2


—¿Amigos? —pregunto, y apoyo los labios sobre su pecho y le beso alrededor del pezón.
 
—Amigos, nena.
 
Sonrío contra su torso.
 
—Me alegro.
 
—Yo también —dice con suavidad—. Mucho.
 
—¿Dónde te habías metido?
 
—Eso no importa, ___.
 
—A mí sí —replico sin agitarme.
 
—He vuelto. Eso es lo único que importa. —Me coge del culo y me acerca más a él. Sí, es verdad. Pero no por ello siento menos curiosidad. Y el hecho de que no me lo quiera decir la aviva todavía más. ¿Dónde estaba?
 
—Dímelo —insisto.
 
—___, olvídalo —dice con voz severa.
 
Suspiro, me despego de su pecho y lo miro apesadumbrada.
 
—Vale. Tengo que lavarme el pelo.
 
Me aparta los mechones mojados de la cara y me besa los labios.
 
—¿Tienes hambre ya?
 
La verdad es que sí. El polvo resacoso me ha abierto un apetito voraz.
 
—Muchísima. —Me levanto y cojo el champú—. ¿Esto es todo? —Observo la botella, y después a Joe—. ¿No tienes acondicionador?
 
—No, lo siento. —Se levanta también del suelo de la ducha, me quita el champú de las manos y me echa un poco en el pelo—. Yo te lo lavo.
 
Cedo a sus deseos y dejo que me lave el pelo. Me masajea la cabeza con suavidad. Tendré que lavármelo otra vez al llegar a casa porque necesito usar acondicionador, pero este champú huele a él, así que no me importa. Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás para deleitarme en los rítmicos movimientos de sus manos.
 
Antes de lo que me gustaría, me coloca debajo de la ducha para enjuagarme la espuma.
 
—¿Qué coño es esto? —farfulla.
 
—¿El qué? —Me vuelvo para ver a qué se refiere. Me agarra conmocionado y vuelve a colocarme de espaldas a él.
 
—¡Esto!
 
Miro por encima de mi hombro y lo veo contemplándome el trasero con la boca abierta. Se refiere a los restos de los moratones que me hice en mi pequeña aventura en la parte trasera de Margo. Por la expresión de horror de su rostro, cualquiera diría que tengo una enfermedad de la piel. Pongo los ojos en blanco.
 
—Me caí en la parte de atrás de la furgoneta.
 
—¿Qué? —inquiere con impaciencia.
 
—Estaba sujetando la tarta en la parte de atrás —le recuerdo—. Me di un par de golpes.
 
—¿Un par? —exclama mientras me pasa la palma por el culo—. ___, parece que te hayan usado como balón de rugby.
 
Me echo a reír.
 
—No me duele.
 
—Se acabó lo de sujetar tartas —sentencia—. Lo digo en serio.
 
—No seas exagerado.
 
Gruñe unas palabras ininteligibles, se arrodilla y me da un beso en cada nalga. Yo cierro los ojos y suspiro.
 
—Ya hablaré yo con Kate —añade, y sospecho que lo hará de verdad.
 
Se levanta otra vez, me vuelve para ponerme frente a él y me aparta el agua de la cara. Abro los ojos y lo veo mirándome. Su rostro no delata ninguna expresión, pero sus ojos son otra historia. ¿Se ha cabreado porque tengo unos cuantos moratones? La última vez que se enfadó por algo así desapareció cuatro días.
 
Se inclina, me besa la clavícula, asciende por el cuello acariciándomelo con la lengua y me muerde el lóbulo de la oreja con suavidad. Me estremezco al sentir su aliento cálido. Joder, ¡podría empezar otra vez!
 
—Después —susurra, y yo gimo de decepción. Con él nunca tengo suficiente—. Fuera —ordena. Me da la vuelta, me agarra de la cintura por detrás y me guía al exterior de la ducha.
 
Permanezco callada mientras dejo que me pase la toalla por todo el cuerpo y por el pelo para absorber el exceso de humedad. Está siendo muy dulce y atento. Me gusta. De hecho, me gusta demasiado.
 
—Ya está. —Se enrosca la toalla alrededor de la cintura sin secarse.
 
Quiero ponerme de puntillas y lamerle las gotas de agua que le empapan los hombros, pero me agarra de la mano y me conduce al dormitorio antes de que pueda llevar a cabo mis intenciones.
 
Observo la habitación. ¿Dónde está mi vestido? No puedo creer que tenga que pasar la vergüenza de salir de aquí con ese traje negro y corto. Tras inspeccionar el cuarto, miro a Joe. Me quedo atontada contemplando cómo se pone los pantalones.
 
—¿No te pones calzoncillos? —pregunto.
 
Se coloca bien sus partes y se sube la cremallera con una sonrisa pícara.
 
—No, no quiero obstrucciones innecesarias —dice con tono sugerente y seguro de sí mismo.
 
Frunzo el ceño.
 
—¿Obstrucciones?
 
Se mete una camiseta blanca e impoluta por la cabeza mojada y se cubre los magníficos abdominales. Sé que tengo la boca abierta.
 
—Sí, obstrucciones —confirma sin añadir más. Se acerca a mi figura desnuda, me agarra del cuello y acerca mi rostro al suyo—. Vístete — susurra, y me besa en los labios con fuerza. Tiene que dejar de hacer esto si no quiere que me ponga cachonda otra vez.
 
—¿Y mi vestido? —pregunto contra sus labios.
 
Me suelta.
 
—No lo sé —dice con desdén, y sale como si tal cosa de la habitación. ¿Qué? Tuvo que quitármelo él, porque yo habría sido incapaz de coordinar mis movimientos para desnudarme. Vuelvo al cuarto de baño a por mi ropa interior, al menos eso sí que sé dónde está. No. No lo sé. Mi sujetador y mis bragas han desaparecido.
 
Vale, le gustan los jueguecitos. Me acerco a su vestidor y cojo lo que espero que sea la camisa más cara de todo el perchero. Me la planto y bajo la escalera. Está en la cocina, sentado en la isla, metiendo los dedos en un tarro de mantequilla de cacahuete.
 
Me deslumbra con su sonrisa cuando me mira con los labios cerrados alrededor de un dedo cubierto de mantequilla de cacahuete.
 
—Ven aquí —me ordena. Estoy en el umbral de la puerta, desnuda excepto por una larga camisa blanca, y lo miro con el ceño fruncido.
 
—No —respondo, y veo que su sonrisa desaparece y sus labios forman una línea recta.
 
—Ven... aquí —repite subrayando cada palabra con intensidad.
 
—Dime dónde está el vestido —exijo. Me observa con los ojos entreabiertos y deja el tarro de mantequilla de cacahuete con firmeza sobre la encimera. Aprieta la mandíbula y empieza a golpetear con ímpetu la isla mientras me fulmina con la mirada.
 
—Te doy tres segundos —declara con voz sombría y cara seria. Enarco las cejas.
 
—¿Tres segundos para qué?
 
—Para mover el culo hasta aquí —contesta con tono feroz—. Tres.
 
Abro los ojos de par en par. ¿Va en serio?
 
—¿Qué pasa si llegas al cero?
 
—¿Quieres descubrirlo? —Sigue completamente impasible—. Dos.
 
¿Qué? ¿Que si quiero descubrirlo? Joder, no me está dando mucho tiempo para pensármelo.
 
—Uno.
 
«¡Mierda!» Corro como un rayo hacia sus brazos abiertos y me estrello contra su duro torso. La expresión de satisfacción que advierto en su rostro antes de enterrar la cabeza en su cuello no engaña. No sé qué habría pasado si hubiera llegado al cero, pero sé lo mucho que me gusta que me rodee con los brazos, así que no tenía mucho que pensar. Joder, qué sensación tan maravillosa. Restriego la nariz y la boca por sus pectorales y le acaricio la espalda con los dedos. Oigo sus lentos latidos. Exhala y se pone de pie. Me coloca sobre la encimera de la isla y se coloca entre mis muslos con las manos apoyadas sobre ellos.
 
—Me gusta tu camisa —dice al tiempo que me frota las piernas.
 
—¿Es cara? —pregunto con sorna.
 
—Mucho —sonríe. Ha captado mis intenciones—. ¿Qué recuerdas de anoche?
 
Vaya. Pues que estaba como una cuba y más caliente que una mona sobre la pista de baile y que creo que me di cuenta de que estaba enamorada de él. Pero no es necesario que sepa esto último.
 
—Que bailas muy bien —decido responder.
 
—No puedo evitarlo. Me encanta Justin Timberlake —dice restándole importancia—. ¿Qué más recuerdas?
 
—¿Por? —pregunto extrañada.
 
Suspira.
 
—¿Hasta cuándo recuerdas?
 
¿Adónde quiere ir a parar?
 
—No recuerdo llegar a casa, si es eso lo que quieres saber. Sé que estaba muy borracha y que fui una estúpida bebiéndome esa última copa.
 
—¿No recuerdas nada después de salir del bar?
 
—No —admito. Nunca me había pasado algo así.
 
—Es una lástima. —Sus ojos apesadumbrados observan los míos y parecen buscar algo en ellos, pero no sé qué.
 
—¿El qué?
 
—Nada. —Se inclina, me besa con ternura en los labios y me acaricia la cara con las palmas de las manos.
 
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto mirándolo directamente a los ojos.
 
Vuelve a pegar sus labios a los míos y me obliga a abrirlos pasando la lengua alrededor de mi boca lentamente antes de morderme el labio inferior y de introducirla con suavidad.
 
—Veintiséis —susurra, y empieza a darme besitos por toda la boca.
 
—Te has saltado el veinticinco —farfullo, y cierro los ojos con satisfacción.
 
—No. Anoche me lo preguntaste, pero no te acuerdas.
 
—Ah. ¿Después del bar?
 
Frota la nariz contra la mía.
 
—Sí, después del bar. —Se aparta y me acaricia el labio inferior con el pulgar—. ¿Te encuentras mejor?
 
—Sí, pero tienes que darme de comer.
 
Se echa a reír y me propina un beso casto en los labios.
 
—¿Ordena algo más su Señoría?
 
—Sí —respondo con altivez—. Devuélveme mi ropa.
 
Me mira con recelo y desliza la mano en dirección a mi cadera. La aprieta con fuerza y me obliga a dar un brinco sobre el banco al tiempo que lanzo un chillido.
 
—¿Quién manda aquí, ___?
 
—No sé a qué te refieres —digo entre risas mientras sigue haciéndome cosquillas en mi punto débil.
 
—Me refiero a lo bien que nos llevaríamos si aceptases quién manda aquí.
 
No puedo soportarlo más.
 
—¡Tú! ¡Tú mandas!
 
Me suelta inmediatamente.
 
—Buena chica. —Me agarra del pelo, tira de mí hacia su cara y me besa con pasión—. Espero que no se te olvide.
 
Me derrito en sus labios y acepto su supuesto poder con un largo suspiro. Se aparta de mí demasiado pronto para mi gusto y me deja sobre la encimera para regresar unos minutos después con mi ropa interior, mi vestido, mis zapatos y mi bolso. Le lanzo una mirada asesina mientras me lo entrega todo.
 
—No me mires así, señorita. No vas a ponerte ese vestido otra vez, eso te lo garantizo. Ponte la camisa por encima. —Contempla el vestido con desaprobación antes de marcharse a la cocina para hacer una llamada.
 
Me echo a reír. ¿Quién manda aquí? ¡Yo! ¡Yo mando! «¡Maníaco controlador!» Me pongo la ropa y registro el bolso para sacar las píldoras anticonceptivas, pero no las encuentro. Vacío todo el contenido sobre la isla y busco entre todos los trastos que llevo, pero no las cogí.
 
—¿Estás lista?
 
Me vuelvo hacia Joe, que está en la entrada de la cocina tendiéndome la mano.
 
—Un momento. —Vuelvo a meterlo todo en el bolso y doy un salto para tomar su mano.
 
—¿Has perdido algo? —pregunta, y me guía por el ático.
 
—No, me las habré dejado en casa. —Me mira con curiosidad—. Las píldoras.
 
Levanta las cejas.
 
—Menos mal que no está Cathy. Le daría un infarto si te viera con ese vestido.
 
—¿Quién es Cathy?
 
—Mi asistenta. —Vuelve a mirar mi vestido con desaprobación y empieza a abrocharme los botones de la camisa—. Mejor —concluye con una sonrisita de satisfacción.
 
Salimos del ascensor y me arrastra por el vestíbulo del Lusso. Clive nos mira perplejo.
 
—Buenos días, señor Jonas —lo saluda alegremente—. Ya tienes mejor aspecto, ___.
 
Joe saluda a Clive con la cabeza pero no se detiene. Yo me pongo como un tomate y sonrío con dulzura mientras corro para seguirle el ritmo a Joe. Qué vergüenza. Dudo mucho que tenga mejor aspecto que anoche. Tengo el pelo mojado, no me he maquillado y llevo la misma ropa que anoche con una camisa de Joe encima.
 
Me mete en el Aston Martin y me lleva a casa a la misma velocidad vertiginosa de siempre mientras Ian Brown acaricia mis oídos.
 
Una vez delante de casa de Kate, bajo del coche y él sale para despedirse en la acera. Me sigue con la mirada hasta que me tiene delante y me contempla con esos maravillosos ojos cafés. No quiero que se vaya. Quiero que me lleve de vuelta a su castillo de ensueño y que me retenga allí para siempre, en su cama, con él dentro. Soy esclava de este hombre. Me ha absorbido por completo.
 
Doy un paso hacia adelante, me aprieto contra su pecho e inclino la cabeza para mirarlo. Él está como si tal cosa, con las manos en los bolsillos y mirándome con los ojos brillantes cuando me pongo de puntillas y le rozo los labios con los míos. Al instante, se saca las manos de los bolsillos, me estrecha contra su pecho y me hunde la lengua en la boca, reclamando la mía con vehemencia. Y yo se la entrego sin rechistar. Le rodeo el cuello con los brazos y me dejo llevar mientras me aprieta y me lame la boca, devorándome por completo.
 
Perdida... estoy perdida.
 
Una vez satisfecho, se aparta con un gran suspiro que me deja sin respiración y deseando mucho más. Me vuelvo sobre las piernas tambaleantes y avanzo hasta el portal de Kate. Debería sonreír. Estoy muy contenta y satisfecha con todo el sexo que he tenido, pero siento una punzada difícil de ignorar en el estómago.
 
Me doy la vuelta para ver cómo se aleja con el coche, pero me lo encuentro detrás de mí, mirándome. Arrugo el ceño. ¿Qué hace? Como venga a por otro beso de despedida ya no lo suelto.
 
—¿Qué haces? —pregunto.
 
—Te esperaré dentro.
 
—¿Adónde voy a ir?
 
—Te vienes conmigo al trabajo —contesta como si ya debiera saberlo.
 
¿Se va a trabajar? Pues claro, los hoteles no cierran los fines de semana, pero ¿qué voy a hacer yo mientras él trabaja? Aunque, bien pensado, ¿qué más da mientras esté junto a él?
 
—Acabas de darme un beso de despedida.
 
Esboza una sonrisa.
 
—No, ___. Sólo te he besado —dice, y me aparta un mechón de pelo mojado de la cara—. Arréglate.
 
Ah, vale. No para de darme órdenes y yo las acato sin rechistar. Soy su esclava de verdad.
 
Entro en el salón, con Joe detrás, y veo a Kate y a Sam tirados en el sofá, convertidos en un amasijo de brazos y piernas, semidesnudos y comiendo cereales. Ninguno de los dos hace el más mínimo esfuerzo por intentar taparse.
 
—¡Eh, colega! —exclama Sam al levantar la vista y ver a Joe, quien, al comprobar que está medio desnudo, lo mira con desaprobación—. ¿Cómo te encuentras, ___? —me pregunta.
 
Pongo los ojos en blanco. «Pues... estaba fatal, pero después de que Joe me haya follado hasta perder el sentido me encuentro mucho mejor, gracias.»
 
—Bien —contesto. Miro a Kate y le indico con la mirada que se reúna conmigo en mi cuarto inmediatamente—. Me daré toda la prisa que pueda.
 
Dejo a Joe en el salón y me retiro a mi habitación, donde me paseo de un lado a otro mientras espero a Kate. Las palabras de Victoria me vuelven a la mente, y ahora no sé qué hacer.
 
Entra en mi dormitorio; tiene un aspecto horrible.
 
—¡Parece que alguien ha estado follando! —dice entre risas.
 
La miro con recelo. Hay algo que tengo que aclarar primero.
 
—¿Por qué le dijiste a Sam dónde estaba? —le reprocho.
 
Se queda perpleja.
 
—¿Estás enfadada conmigo?
 
—Sí... no... un poco. —Bueno, no estoy enfadada en absoluto. Anoche sí lo estaba un poco, pero ya no. Me sonríe con sorna—. No me mires así, Kate Matthews. ¿Qué ha pasado entre Sam y tú?
 
—Es un encanto, ¿verdad? —Me guiña un ojo—. Sólo nos estamos divirtiendo un poco.
 
Bueno, sea sólo eso o no, tiene que saberlo.
 
—Tienes que saber que Victoria vio que una tía enfurecida le tiraba un frappuccino por encima en Starbucks. —Me quito la camisa de Joe y el vestido por la cabeza y lo tiro al suelo.
 
Kate pone los ojos en blanco, recoge las prendas y las coloca sobre mi cama antes de dejarse caer sobre el edredón con la melena pelirroja rodeándole el pálido rostro.
 
—Ya lo sé. Es la loca de su ex novia.
 
—¿Te lo ha contado? —digo incapaz de ocultar mi sorpresa.
 
—Sí, no pasa nada.
 
—Ah. —No puedo creer lo tranquila que está. Todo le parece bien siempre, nada la irrita nunca.
 
Me mira.
 
—Tú no eres la única que se está llevando lo suyo —dice muy en serio. Me quedo boquiabierta—. Lo llevas escrito en la cara, ___.
 
—Me voy con Joe a su trabajo. —Cojo el secador e intento hacer algo con mi pelo desastroso.
 
—Diviértete —canturrea cuando sale de mi cuarto. Pongo la cabeza boca abajo y me seco del todo la mata de pelo negro mientras intento ignorar el hecho de que tengo prisa por volver con Joe.
 
Cuando vuelvo a levantar la cabeza frente al espejo, me lo encuentro apoyado en el cabezal de mi cama. Tiene los brazos cruzados por detrás de la cabeza. Ocupa prácticamente la totalidad de mi cama doble. Apago el secador y me vuelvo hacia sus ardientes ojos cafés. Quiero saltar sobre esa cama y sobre él.
 
—Hola, nena —dice mirándome de arriba abajo.
 
—Hola —respondo sonriendo y con voz insinuante—. ¿Estás cómodo?
 
Cambia de postura.
 
—No, últimamente sólo estoy cómodo con una cosa debajo de mí. —Mueve las cejas de forma sugerente.
 
Esa mirada y esas palabras hacen que me tiemblen las rodillas; remolinos de necesidad recorren cada milímetro de mi cuerpo. Lo miro mientras se levanta de mi cama y se aproxima lentamente. Una vez delante de mí, me da la vuelta y me pone de cara al armario. Estira el brazo por encima de mi hombro, rebusca entre mi ropa colgada y saca mi vestido camisero de color crema.
 
—Ponte esto —me susurra al oído—. Y ponte ropa interior de encaje.
 
Cierro los ojos con fuerza. Había pensado en ponerme unos vaqueros y una camiseta, pero no me importa en absoluto ponerme lo que sugiere. Estiro el brazo, le cojo la percha de las manos y gimo un poco cuando, al bajar el brazo, me roza un pecho al tiempo que adelanta las caderas contra mi trasero.
 
«¡Para, por Dios!»
 
—Date prisa —dice. Me da una palmadita en el culo, se marcha y me deja allí plantada, toda temblorosa, con la única posibilidad de aferrarme al vestido de color crema. Me obligo a volver a la realidad, sacudo el cuerpo y la cabeza ligeramente y acabo de arreglarme.
 
Saco todos mis bolsos y empiezo a buscar las píldoras, pero no las encuentro por ninguna parte. Kate está preparando té en la cocina, vestida sólo con una camiseta.
 
—¿Has visto mis pastillas? —pregunto mientras busco en un cajón donde guardamos todo tipo de trastos, desde pilas y cargadores de teléfono hasta pintalabios y laca de uñas.
 
—¿No están en tu bolso?
 
—No. —Cierro el cajón de golpe con el ceño fruncido.
 
—¿Has mirado ya en todos tus bolsos? —pregunta Kate, que sale de la cocina con dos tazas de té.
 
—Sí —contesto, y empiezo a buscar en los demás cajones de la cocina, aunque sé que es imposible que estén con los cubiertos o los utensilios.
 
—¿Qué pasa?
 
Alzo la vista y veo a Joe en la puerta.
 
—No encuentro las píldoras.
 
Pruebo, en vano, a buscarlas en el bolso otra vez, pero no están.
 
—Luego las buscas, vamos. —Me tiende la mano—. Me gusta tu vestido —comenta, y me mira de arriba abajo mientras camino hacia él. Claro que sí... lo ha elegido él.
 
Mete la mano por debajo del dobladillo y me acaricia entre los muslos con el dedo índice mientras contempla cómo cierro los labios de golpe y pego las manos a su pecho. Sonríe con satisfacción, desliza el dedo por debajo de la goma de mis bragas y me acaricia el sexo con suavidad. Lanzo un suspiro.
 
—Estás mojada —susurra, y traza círculos con el dedo lentamente. Tengo ganas de llorar de placer—. Después. —Retira el dedo y se lo lame.
 
Lo miro mal.
 
—Tienes que dejar de hacer eso.
 
—Jamás. —Se ríe y me saca de un tirón de la cocina—. Despídete de tu amiga.
 
—¡Adiós! —grito—. También es amiga tuya, ¿verdad? —Todavía no hemos hablado sobre la pequeña conversación que tuvieron Kate y él anoche en el bar. Me mira con cara de no entender a qué me refiero—: Anoche, en el bar, le susurraste algo al oído —digo como si tal cosa.
 
Abre la puerta de la calle y me insta a salir.
 
—Me echó la bronca por haber desaparecido y me disculpé. No suelo disculparme muy a menudo, así que no te acostumbres.
 

Me echo a reír. La verdad es que no le pega mucho lo de pedir perdón. Pero conmigo lo ha hecho. Aunque todavía no me ha explicado dónde se metió durante esos días.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 8th 2014, 16:13

siento que joe escondio las pildoras de ____
es taaaaan controlador O:
y es un tierno
me encanta siguelaa
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 16th 2014, 11:36

Capítulo 21


Salimos de la ciudad en su coche en dirección a Surrey Hills. De vez en cuando, lo sorprendo mirándome a mí en lugar de a la carretera. Y cada vez que lo hago me sonríe y me aprieta la rodilla, sobre la que ha llevado la mano durante la mayor parte del viaje. Empiezo a pensar en lo poco que sé de él. Es apasionado, bastante inestable, tremendamente seguro de sí mismo y exageradamente rico. Ah, y bestial en cuanto al sexo. Pero eso es todo lo que sé. Ni siquiera sé su edad.


—¿Cuánto hace que tienes La Mansión? —pregunto.


Me mira con una ceja enarcada y baja el volumen de la música con los mandos del volante.


—Desde que tenía veintiún años.


—¿Tan joven? —pregunto, y mi tono evidencia mi sorpresa.


Él me sonríe.


—Heredé La Mansión de mi tío Carmichael.


—¿Falleció?


Su sonrisa desaparece.


—Sí.


Vale, ahora quiero saber más.


—¿Cuántos años tienes, Joe?


—Veintisiete —responde totalmente impasible.


Suspiro.


—¿Por qué no quieres decirme tu edad?


Él me mira con una sonrisa burlona.


—Porque temo que creas que soy demasiado viejo para ti y salgas huyendo.


Lo miro con los ojos entornados desde el asiento del copiloto. No puede ser tan mayor. Quiero gritarle que no voy a irme a ninguna parte.


—Vale, ¿cuántas veces voy a tener que preguntártelo hasta que lleguemos a tu verdadera edad? —Ya lo intenté en otra ocasión y no sirvió de nada.


Sonríe.


—Muchas.


—Yo tengo veintiséis. —Pruebo con un toma y daca mientras lo observo detenidamente.


Me mira.


—Ya lo sé.


—¿Cómo lo sabes?


—Por tu carnet de conducir.


—¿Además del teléfono también has cotilleado en mi bolso? — pregunto indignada, pero él se limita a encogerse de hombros. Yo sacudo la cabeza consternada. Es una regla no escrita. Está claro que este hombre no tiene modales—. ¿Es que crees que eres demasiado mayor para mí? —Después de todo lo que me ha hecho, imagino que su respuesta es negativa pero, puesto que parece ser un problema tan grave, más me vale preguntar.


—No, en absoluto —responde con la mirada fija en la carretera—. El único conflicto que tengo es que sea un problema para ti.


Frunzo el ceño.


—No me supone ningún problema.


Vuelve su atractivo rostro hacia mí, con esos ojos ardientes y maravillosos.


—Entonces deja de preguntármelo.


Apoyo la cabeza en el respaldo, indignada, y me dedico a contemplar el paisaje rural. Su edad no me importa lo más mínimo, al menos de momento. Y no creo que haya nada que pueda hacerme cambiar de opinión al respecto.


Me vuelvo hacia él una vez más.


—¿Y tus padres?


Al ver la línea recta en que se convierten sus labios me arrepiento inmediatamente de haber formulado la pregunta.


—No tenemos relación —responde con tono desdeñoso.


Vuelvo a recostarme y no insisto. Su actitud despectiva despierta aún más mi curiosidad, pero también me obliga a cerrar la bocaza.


Nos detenemos al llegar a La Mansión y Joe pulsa un botón del salpicadero que hace que se abran las puertas. Al llegar al patio veo a John, el grandullón, que sale de su Range Rover con su traje negro de siempre y con sus enormes gafas de sol. Me saluda con la cabeza cuando salgo del coche y se acerca a Joe.


—¿Cómo va, John? —le pregunta. Después, me coge de la mano y me guía por los escalones hacia la entrada de La Mansión.


Me estremezco al recordar la última vez que estuve aquí. Salí huyendo y pensé que jamás volvería. Pero aquí estoy. Veo que Joe estrecha la mano al grandullón de John. Se ha transformado en el empresario que es.


—Todo bien —responde el otro con voz grave. Nos deja pasar a Joe y a mí primero. Después nos sigue hasta el restaurante. Me sorprende lo tranquilo que está para ser las diez de la mañana de un sábado en un hotel. ¿No es la hora del desayuno?


Joe se detiene y me mira.


—¿Qué quieres comer? —Incluso a mí me habla con voz de empresario.


—Cualquier cosa. —Me encojo de hombros. Me siento incómoda y empiezo a desear haberme quedado en el sofá tapada con el edredón y con una enorme taza de café. ¿Qué voy a hacer yo aquí mientras él trabaja?


Su expresión se suaviza.


—Pero ¿qué te apetece?


Bueno, eso es fácil.


—Salmón ahumado.


—¿Un sándwich? —pregunta, y yo asiento—. ¿Y un café?


—Por favor.


—¿Cómo sueles tomarlo?


—Capuchino, con doble de café, sin chocolate ni azúcar.


—Desayunarás en mi despacho.


Me encojo de hombros.


—Como quieras. —En cuanto pronuncio esas palabras, lo miro y veo un brillo de satisfacción en sus ojos, acompañado de una sonrisa victoriosa—. Ni una palabra —le advierto.


—No era una pregunta, ___. John, dame veinte minutos. Pete, ¿has tomado nota?


—Sí, señor.


—Bien. Sírvele a ___ el desayuno en mi despacho —ordena mientras me mira con esos ojos chocolate y abrasadores.


Me coge de la mano y me arrastra por La Mansión hasta su despacho. Tengo que correr para ir a su paso y, en cuanto cierra la puerta, tira mi bolso al suelo y me empotra contra ella. Ya tengo el vestido levantado hasta la cintura.


«¡Joder!» ¿No había venido a trabajar? Hunde la cara en mi cuello y yo lo agarro de la camiseta. Sabía que esto iba a pasar. En cuanto le he visto los ojos he sabido lo que estaba pensando. Es la ferocidad lo que me ha cogido por sorpresa. Empiece despacio o de prisa, el resultado es siempre el mismo: jadeo como una loca y estoy lista para suplicar.


—Sabía que no era buena idea traerte aquí. No voy a poder trabajar. —Su voz grave resuena contra mi garganta mientras la lame con ansia. Me recorre ambos lados del cuerpo con las manos hasta llegar a los pechos para amasarlos por encima del vestido.


—Si quieres me voy —exhalo—. ¡Mierda! —El abrupto movimiento de sus caderas me indica que no debería haber dicho eso.


Aumenta la presión de su cuerpo empujándome contra la puerta y su boca impacta contra la mía.


—Esa puta boca —me reprende entre rápidas e intensas caricias con la lengua—. No vas a ir a ninguna parte, señorita. —Me muerde el labio—. Nunca. ¿Estás mojada?


—Sí —jadeo mientras forcejeo con su camiseta. Me enciendo con sólo mirarlo.


Aparta las manos de mis pechos y las desliza hacia abajo. Oigo que se desabrocha la cremallera y entiendo de inmediato su comentario sobre la ausencia de obstrucciones. Me aparta las bragas a un lado.


No me da tiempo a prepararme para la intensidad y la velocidad que se aproxima. Me levanta una pierna hasta la cintura, se coloca y se hunde en mí empotrándome contra la puerta con un bramido. Yo grito.


—No grites —me ordena.


No me da tiempo a adaptarme. Me penetra repetidas veces, con fuerza, una y otra vez, y hace que toque el cielo de placer. Aprieto los labios para evitar gritar y dejo caer la cabeza sobre su hombro con delirante desesperación.


—¿La sientes, ___? —dice con los dientes apretados.


Señor, dame fuerzas, creo que voy a desmayarme. Me está follando con urgencia, como si estuviera loco, arremetiendo y jadeando a gran velocidad.


—¡Contesta a la pregunta! —grita. ¿Por qué él sí que puede gritar?


—¡Sí! ¡La siento!


Continúa aporreándome más y más hasta que estoy a punto de perder la cabeza de desesperación. Me queda poco para estallar, y la pierna sobre la que me apoyaba ha dejado de tocar el suelo con el ímpetu de los embates.


—¿Te gusta?


—¡Joder, sí! —grito con todo el aire de mis pulmones, y Joe me toma la boca con ansia.


—Te he dicho que no grites. —Me muerde el labio, y la presión me resulta casi dolorosa.


El ardor que se apodera de mi sexo crepita y estalla, me sume en un éxtasis febril y alcanzo el clímax con un sonoro alarido. Su boca atrapa mis gritos y yo pierdo la razón.


Me agito de manera incontrolable contra él, pero él continúa, grita con su propia explosión y siento que su erección se agita y se derrama dentro de mí.


Joder, ha sido intenso e increíblemente rápido. La cabeza me da mil vueltas. No puedo creer lo que hace conmigo este hombre. Es un puñetero genio. ¡Y en su despacho!


—Creo que voy a traerte al trabajo todos los días —suspira en mi cuello mientras sale de mí lentamente y me deja resbalar por la puerta—. ¿Estás bien?


—No me sueltes —resuello en su hombro. Soy incapaz de mantener el equilibrio.


Se echa a reír y me rodea la cintura con el brazo para enderezarme. Me aparto el pelo de la cara de un soplido y sus magníficos ojos aparecen en mi campo de visión.


Sonrío.


—Hola.


—Ha vuelto. —Pega los labios a los míos, me levanta y me lleva hasta el sofá. Me deja junto a él, se guarda el miembro en los pantalones y se abrocha la cremallera.


Mientras recoge mi bolso del suelo, me coloco bien el vestido y me derrumbo sobre el sofá con una sonrisa en la boca. Su capacidad para pasar de ser salvaje y dominante a tierno y atento me tiene hecha un lío. Pero adoro ambas personalidades. Es demasiado bueno para ser verdad.


Se acerca, se sienta a mi lado y me cobija bajo su brazo.


—He pensado que podrías acercarte a la nueva ala y empezar a esbozar algunas ideas.


—¿De verdad quieres que me encargue del diseño? —Mi voz suena confundida. No me importa, porque lo estoy. Pero es que pensaba que lo del diseño no era más que un cebo para llevarme a la cama.


—Pues claro que sí.


—Creía que sólo me querías por mi cuerpo —bromeo, y él me retuerce un pezón en represalia.


—Te quiero por muchas cosas, además de por tu cuerpo, señorita.


¿En serio? ¿Por qué más?


—Es domingo —digo, y me aparto de su abrazo—. No trabajo los domingos. Y, además, no tengo aquí mi equipo de trabajo.


Arruga la frente, me agarra y me sienta sobre su regazo refunfuñando.


—¿Papel y lápiz? —dice, y me mordisquea juguetonamente la oreja—. Podemos proporcionártelo, pero te lo descontaré de tus honorarios.


Lo cierto es que sí, unas hojas de papel y un lápiz me bastan de momento, pero es domingo. Se me ocurren mil cosas que podría estar haciendo y que preferiría hacer. Además, no es necesario que me desplace a la nueva ala para empezar a plasmar ideas.


Pero entonces pienso que a lo mejor quiere que me vaya de su despacho. Ya ha conseguido lo que quería y ahora le molesto. Y ni siquiera puedo coger mi coche y largarme. Llaman a la puerta y me bajo de su regazo.


—Adelante —ordena mientras me observa con una mirada inquisitiva que decido obviar.


El tío de pelo cano del restaurante entra con una bandeja y la deja sobre la mesita.


—Gracias, Pete —dice Joe sin apartar la mirada de mí.


—Señor. —Inclina la cabeza ante él y me sonríe amigablemente antes de marcharse.


—¿Me das unas hojas de papel? —pregunto mientras cojo la bandeja y me cuelgo el bolso al hombro.


—¿No vas a desayunar? —Se pone de pie con el ceño todavía fruncido.


—Me lo tomaré arriba. —«No quiero molestarte.»


—Ah, de acuerdo. —Se acerca a su mesa.


Hago todo lo posible por ignorar ese culo perfecto que se esconde bajo el pantalón vaquero cuando se agacha y abre un cajón para sacar un bloc de dibujo y un estuche de lápices de colores. ¿Para qué tiene eso? No es algo que uno tenga porque sí. Se acerca y me los entrega. Yo los cojo, los meto debajo de la bandeja y me dirijo hacia la puerta.


—Oye, ¿no se te olvida algo?


Me vuelvo y veo que su mirada curiosa se ha transformado en asesina.


—¿El qué? —pregunto. Sé a qué se refiere, pero no estoy de humor para alimentar su ego.


—Mueve el culo hasta aquí —dice reforzando la orden con un movimiento de cabeza.


Dejo caer los hombros ligeramente. Acabaremos antes si le doy lo que quiere y desaparezco de su vista. Llego hasta él y me esfuerzo al máximo por no poner buena cara, aunque fracaso estrepitosamente.


—Dame un beso —ordena con las manos en los bolsillos. Me pongo de puntillas, acerco los labios a los suyos y me aseguro de que no sea un simple pico. Él no responde—. Bésame de verdad, ___.


Mi tibio intento por satisfacerlo no ha colado. Suspiro. Tengo una bandeja en las manos, el bolso colgado del hombro y un cuaderno y un lápiz debajo de la bandeja. Esto no está siendo fácil, sobre todo porque él no colabora. Dejo la bandeja y el material de dibujo sobre la mesa, hundo las manos en su pelo y acerco su rostro al mío. No tarda ni un nanosegundo en reaccionar. Cuando nuestros labios se encuentran, me toma por completo. Me rodea la cintura con los brazos y se inclina ligeramente para compensar la diferencia de altura. No quiero disfrutarlo, pero lo hago, y demasiado.


—Mucho mejor —dice pegado a mi boca—. No me niegues nunca lo que te pido, ___. —Me suelta y me deja ligeramente mareada y desorientada. Alguien llama a la puerta—. Vete —ordena señalando a la puerta con la cabeza.


Recojo mis cosas y me marcho sin mediar palabra. Me ha cabreado. Estoy pisando un terreno muy peligroso, y lo sé. Este hombre tiene la palabra «rompecorazones» escrita por todo el cuerpo.


Abro la puerta del despacho y me encuentro al grandullón de John esperándome. Me saluda con la cabeza y se coloca detrás de mí para escoltarme hasta el piso de arriba.


—Conozco el camino, John —le digo. No es necesario que me acompañe hasta allí.


—Tranquila, mujer —truena, y continúa avanzando con pasos largos. Me sigue por la escalera.


Cuando llegamos a la vidriera que hay en la parte baja del tramo que lleva a la tercera planta, me paro a observar la amplia escalera. En la parte de arriba hay unas puertas de madera con unos preciosos símbolos circulares grabados en ellas. Están cerradas e intimidan bastante.


¿Qué habrá ahí arriba? Podría ser un salón de actos. Una puerta que se abre desvía mi atención de las inmensas e imponentes hojas de madera. Miro hacia el descansillo y veo a un hombre que sale de una habitación subiéndose la cremallera. Alza la vista y me pilla contemplándolo. Me pongo como un tomate y miro a John, que observa al tipo y sacude la cabeza de manera amenazadora. El hombre parece un tanto atemorizado, y yo acelero por el pasillo que da a la ampliación para escapar de esa situación tan incómoda. A John no parece afectarle. Nunca entenderé por qué los hombres creen que es aceptable salir de los aseos y de las habitaciones de los hoteles sin haber acabado de vestirse.


Entro en la última habitación. No hay muebles, así que me siento en el suelo y me apoyo contra la pared.


John asoma la cabeza por la puerta.


—Llama a Joe si necesitas algo —gruñe.


—Iré directamente.


—No, llámalo —insiste, y cierra la puerta.


Vale, y si necesito ir al baño ¿también tengo que llamar a Joe? Debería haberme quedado en casa.


Miro en torno a mí hacia la enorme habitación vacía y empiezo a dar bocados al sándwich de salmón. Aunque me cueste admitirlo, está delicioso. Intento recordar las especificaciones. ¿Qué dijo? Ah, sí, que tenía que ser sensual, estimulante y reconstituyente. No es lo que suelen pedirme, pero me las apañaré. Cojo el bloc, saco un lápiz del estuche y empiezo a dibujar camas grandes y lujosas y suntuosas cortinas para las ventanas. Concentrarme en el boceto es la mejor manera de que olvide de las preocupaciones que asedian últimamente mi pobre mente.


Unas horas después, tengo el culo dormido y un diseño de una habitación maravillosa. Deslizo el lápiz sobre el papel, y aplico sombras y retoques por aquí y por allá. Ha quedado muy sensual. Dijo que era fundamental que hubiese una cama grande, y el enorme lecho con dosel que he colocado en medio de la habitación transpira lujuria y sensualidad. Analizo el dibujo y me sonrojo ante mi propio trabajo. Joder, es casi erótico. ¿De dónde ha salido esto? Tal vez me haya influido todo el magnífico sexo que he practicado últimamente. La cama que domina la habitación es una réplica de una que vi en una tienda de artículos de segunda mano hace unos meses. Tiene unos postes gruesos de madera y un dosel reticular, y quedará fantástica con unas cortinas de seda dorada. No sé cómo decorar las paredes porque Joe sólo dijo que quería elementos decorativos grandes y de madera, probablemente algo parecido a lo que había en la suite en la que me acorraló.


La puerta se abre e interrumpe el hilo de mis pensamientos. Me encuentro con la cara de fastidio de Sarah en el umbral. Refunfuño para mis adentros. Esta mujer está en todas partes... en cualquier parte donde esté Joe.


—___, qué agradable sorpresa.


«¡Mentira!»


Cierra la puerta suavemente a sus espaldas y se dirige al centro de la habitación. Mi maldad me hace desear que tropiece con esos ridículos tacones. No me gusta nada esta mujer. Saca la zorra interior que hay en mí más que ninguna otra persona que haya conocido.


—Sarah. Yo también me alegro de verte. —Me agarro un mechón de pelo y empiezo a juguetear con él mientras me planteo los motivos de su visita. Me mira mientras sigo sentada en el suelo y veo que hoy tiene los labios rojos súper hinchados. Sin duda acaba de hacerse algunos retoques. Mi posición, sentada en el suelo, en contraste con la suya, hace que me sienta inferior a ella. Me levantaría si no tuviera el culo tan dormido y supiese que no voy a caerme de nuevo al hacerlo.


—Trabajando un domingo —comenta mientras observa la habitación vacía—. ¿Reciben todos tus clientes el mismo trato especial que le das a Joe?


¡Menuda zorra! De repente sus motivos están muy claros.


—No —sonrío—. Sólo Joe.


Mis malos pensamientos hacia ella están más que justificados. No sólo no le caigo bien, sino que me detesta con todas sus fuerzas. Puede que incluso llegue a odiarme. ¿Por qué?


—Es un poco mayor para ti, ¿no te parece? —Cruza los brazos por debajo de su generoso pecho y llego a la conclusión de que también se lo ha operado.


No quiero que sepa que no sé la edad de Joe. Seguro que ella sí la sabe. Y ese hecho me cabrea sobremanera.


—A mí no me lo parece —respondo con dulzura. Quiero levantarme del suelo para que esta barbie recauchutada deje de mirarme como si fuera superior a mí. ¿A ella qué le importa?


Su cara hinchada refleja la poca gracia que le hace mi presencia y eso, por extraño que parezca, hace que yo también me sienta incómoda por estar aquí. Debería haberme quedado en casa. No tengo por qué aguantar esto.


—Bueno, ¿y qué tiene mi Joe para hacer que renuncies a tu tiempo libre para trabajar?


«¿Mi Joe?»


—No creo que eso sea asunto tuyo.


—Tal vez. ¿Es por su dinero? —dice al tiempo que enarca una ceja que ya estaba ridículamente levantada. ¡Bótox!


—No me interesa la riqueza de Joe —respondo tajantemente. ¡Estoy enamorada de él!


—No, claro que no. —Se acerca a la ventana, con aire relajado y arrogante, y se vuelve hacia mí de nuevo, con una cara igual de fría que su voz—. Te lo advierto, ___. Joe no es la clase de hombre con el que una deba plantearse un futuro.


La miro directamente a los ojos e intento imitar su expresión y su tono gélido. No es difícil, siempre me sale de manera natural con esta mujer tan desagradable.


—Gracias por la advertencia, pero creo que soy lo bastante mayorcita para saber lo que me hago. —El corazón se me hunde hasta el estómago.


Ella se echa a reír con condescendencia. Es una risa de lástima que hace que me sienta fatal.


—Pequeña, sal de tu cuento de hadas y abre los o...


De repente, la puerta se abre y Joe entra a toda prisa. Me ve a mí tirada en el suelo y a Sarah junto a la ventana.


—¿Todo bien? —le pregunta a Sarah.


Yo me cabreo. ¿Por qué coño le pregunta a ella? Ella está perfectamente ahí de pie lanzándome sus advertencias. Es a mí, que estoy aquí sentada con el culo dormido, a la que debería preguntarle. Me quedo todavía más estupefacta cuando ella le regala una ridícula sonrisa falsa y se acerca a él, toda tiesa y sacando pecho.


—Sí, cariño. ___ y yo sólo estábamos hablando sobre las habitaciones nuevas. Tiene unas ideas fantásticas —dice, y le frota el hombro.


Quiero arrancarle las uñas postizas de los dedos. ¡Menuda perra mentirosa! Espero que él no se lo trague. Pero la sonrisa de satisfacción con la que le responde antes de volverse hacia mí me indica que sí lo ha hecho. ¿Está ciego o qué le pasa?


—Es muy buena —dice con orgullo. Está haciendo que me sienta como si fuera una puta cría.


—Sí, tiene mucho talento —ronronea Sarah sonriéndome con malicia


—. Os dejo. —Se pone de puntillas y lo besa en la mejilla mientras yo ardo de rabia—. ___, ha sido un placer volver a verte.


Reúno la educación suficiente para sonreír a esa bestia.


—Lo mismo digo, Sarah.


Espero que note mi tono falso. No había sido menos sincero en mi vida. Se marcha de la habitación y me deja a solas con Joe. ¿Qué hago aquí y qué papel desempeña esa mujer en la vida de Joe? Ha estado aquí todas las veces que he venido. Y también estaba en la inauguración del Lusso. ¿Conseguiré librarme alguna vez de esa víbora? Quiere que desaparezca, y sólo puede haber una razón: quiere a Joe. Me duele el corazón sólo de imaginármelo con otra persona y me entran ganas de matar a alguien. Nunca he sido celosa, ni insegura, ni dependiente. Pero siento que todos estos nuevos sentimientos afloran en mí y se apoderan de todo mi ser. Ha dicho que Joe no es la clase de hombre con el que una deba soñar. Y creo que eso ya lo sé yo.


—A ver qué has hecho, señorita. —Se sienta a mi lado y me coge el bloc—. ¡Vaya! Me encanta esa cama.


—A mí también —admito con hosquedad. El entusiasmo que sentía por mi idea se ha esfumado.


—¿Qué es todo esto? —dice señalando el dosel.


—Es un diseño reticular. Todas las vigas de madera se superponen y
crean ese efecto.


—¿Y se pueden colgar cosas de él? —pregunta con curiosidad.


—Sí, como telas o luces —respondo, y me encojo de hombros.


Abre la boca fascinado al captar el concepto.


—¿En qué colores habías pensado?


—Negro y dorado.


—Me encanta. —Pasa la mano por el dibujo—. ¿Cuándo podemos empezar?


¿Eh?


—Esto es sólo un boceto. Tengo que considerar varias ideas, hacer dibujos a escala, planes de iluminación y esas cosas. —No sé si voy a poder hacer todo eso. He entrado en un profundo estado de depresión después de que me haya echado de su despacho y de las advertencias de Sarah. Tengo que replantearme muy en serio qué hago aquí—. ¿Te importaría llevarme a casa?


Levanta la mirada bruscamente con los ojos cargados de preocupación.


—¿Estás bien?


Levanto el culo dormido del suelo y reúno las pocas fuerzas que tengo para fingir una sonrisa tan falsa como la de Sarah.


—Sí. Es que tengo que preparar unas cosas para mañana —digo mientras me aliso el vestido.


—¿No has dicho que no trabajabas los fines de semana?


—No es trabajo propiamente dicho.


—Ah. —Me mira con una medio sonrisa y me entran ganas de llorar.


«Llévame a mi casa para que pueda pensar sin que estés delante distrayéndome con esa cara y ese cuerpo tan hermosos.»


—Está bien. —Se levanta también del suelo y me devuelve el bloc—. ¿Estás segura? —insiste.


Yo mantengo mi sonrisa falsa.


—Estoy bien, ¿por qué no iba a estarlo? —Me esfuerzo por mantener la mano abajo al ver que la levanto de manera involuntaria para llevármela al pelo.


Me mira con recelo.


—Vamos, entonces. —Coge mi bolso y me agarra de la mano.


—La bandeja.


—Ya la recogerá Pete —dice, y me conduce fuera de la habitación y hacia el piso inferior.


Me gustaría soltarle la mano, pero no quiero darle motivos para que piense que no estoy bien. Es difícil, porque no lo estoy en absoluto. Cuanto más lo toco, más me encariño con él.


Cuando llegamos al vestíbulo, Joe echa un vistazo a su alrededor; parece agitado.


—Espérame aquí, voy a por las llaves y el móvil. Bueno, ve hacia el coche. Está abierto.


Frunzo el ceño cuando me acompaña hasta la puerta y se marcha corriendo en dirección a su despacho.


Bajo los escalones de La Mansión y recorro el suelo de gravilla de camino al DBS. Antes de llegar al coche, oigo las carcajadas de cierta bestia de morros hinchados y lengua viperina. Me pongo tensa de los pies a la cabeza, me vuelvo y la veo de pie en lo alto de los escalones junto a Joe.


—Vale, cariño. Luego nos vemos. —Y vuelve a besarlo en la mejilla. Me entran arcadas—. ¡Espero volver a verte, ___! —grita.


Su mirada gélida me fulmina. Joe se acerca, me devuelve el bolso y me coge de la mano de nuevo. Me siento en el coche y, en cuanto el motor arranca, Creep, de Radiohead, me inunda los oídos. Yo sonrío para mis adentros. Eso, como dice la canción, ¿qué coño hago aquí? Es una buena pregunta.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 16th 2014, 11:41

Capítulo 22
 
Me despido de Joe con un beso casto y lo dejo con una expresión de inquietud en su maravilloso rostro.
 
—Te llamaré —digo con tono de indiferencia, y salgo de su coche.
 
Tengo prisa por marcharme. Cierro la portezuela del vehículo y me apresuro a recorrer el camino hasta casa de Kate. No me vuelvo. Cierro la puerta rápidamente al entrar y me dejo caer contra ella.
 
—¡Hola! —Kate aparece en lo alto de la escalera envuelta en una toalla—. ¿Estás bien?
 
Ya no puedo seguir fingiendo.
 
—No —admito. No estoy bien para nada.
 
Ella me mira con una mezcla de confusión y compasión.
 
—¿Quieres un té?
 
Asiento y me despego de la puerta.
 
—Por favor, no seas demasiado amable conmigo —le advierto.
 
Las lágrimas amenazan con brotar, pero estoy decidida a controlarlas.
 
Sabía que esto iba a pasar. No creía que tan pronto, pero este desagradable dolor de corazón era algo inevitable. Ella sonríe con complicidad y me indica con la cabeza que la siga. Me arrastro hasta el piso de arriba y la encuentro en la cocina preparando el té.
 
Me dejo caer en una de las sillas dispares.
 
—¿Se ha ido Sam?
 
Se echa tres cucharadas de azúcar en su taza y, aunque me da la espalda, sé que está sonriendo.
 
—Sí —responde con demasiada naturalidad.
 
—¿Qué tal la noche?
 
Se vuelve, entrecierra los ojos azules y sonríe ampliamente.
 
—¡Ese tío es una bestia!
 
Yo resoplo ante su descripción de Sam. Sé de otro que también encaja en esa definición.
 
—¿Bien, entonces?
 
Vierte agua hirviendo en las tazas y añade leche.
 
—No está mal. —Se encoge de hombros—. Pero basta de hablar de mí. ¿Por qué te has ido esta mañana con aspecto de haber tenido una noche similar a la mía y vuelves unas horas después como si te hubieran pegado una paliza? —Se sienta y me pasa mi té.
 
Suspiro.
 
—No voy a volver a verlo.
 
—¿Por qué? —grita.
 
Su rostro pálido refleja estupefacción. ¿Por qué le sorprende tanto mi decisión?
 
—Porque sé que voy a salir escaldada de esto, Kate. Joe no es bueno para mí.
 
—¿Cómo lo sabes? —pregunta con incredulidad.
 
Muy sencillo.
 
—Es un hombre de negocios, maduro, rico a más no poder y muy seguro de sí mismo. No soy más que un juguete para él. Se aburrirá, me tirará a la basura y se buscará a otra. —Resoplo con sarcasmo—. Y créeme... no faltarán mujeres que se le echen a los pies. He visto las pasiones que despierta. Las he experimentado. Es increíblemente salvaje en la cama, y tremendamente bueno, lo que significa que tiene a sus espaldas un buen número de conquistas sexuales. —Respiro hondo mientras Kate me mira con la boca abierta—. Es un imán para las mujeres, y es probable que un mujeriego. Ya he tenido que soportar la reacción de Sarah. —Me dejo caer en la silla y cojo mi taza de té.
 
—¿Quién es Sarah?
 
—Una amiga, la que confundí con su novia. No me tiene ningún aprecio, y me lo ha dejado bien claro.
 
—¿En serio piensas saltar del barco sólo por unas cuantas palabras resentidas de una zorra despechada? ¡Mándala a la mierda!
 
—No, no es sólo eso, aunque no me apetece nada que me clave las garras en la espalda.
 
Pone los ojos en blanco.
 
—Querida amiga, ¡estás cegata!
 
—No, no lo estoy. Soy sensata —me defiendo—. Y tú no eres imparcial —le espeto. Ha dejado muy claro que le gusta Joe para mí, pero lo cierto es que no sé por qué es así—. ¿Por qué te gusta tanto?
 
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Porque tiene algo.
 
—Sí, que es peligroso.
 
—No, es por cómo te mira, como si fueras el centro de su universo o algo así.
 
—¡No seas idiota! Soy el centro de su vida sexual —la corrijo, y de repente pienso en el hecho de que probablemente no sea más que una de tantas mujeres a las que sólo les hace pasar un buen rato. La idea me resulta dolorosa, y es una razón más para alejarme mientras todavía siga medio intacta. ¿A quién quiero engañar? Ya estoy destrozada, pero, cuanto más tiempo deje que continúe esto, peor será.
 
—___, vives negándote a admitir la realidad —me reprocha sin mala intención.
 
—No me niego a admitir nada.
 
—Claro que sí —dice con firmeza—. Te has enamorado de él. Y salta a la vista el porqué.
 
—No me niego a admitir nada —repito. No sé de qué otra manera responder a eso. ¿Tanto se nota? Claro que lo hago. Puede que así el dolor sea más fácil de soportar—. Voy a echarme un rato. —Aparto la silla de la mesa y ésta chirría contra el suelo de madera. El sonido agudo me obliga a hacer una mueca. La resaca ha vuelto a apoderarse de mí.
 
—Vale —suspira Kate.
 
La dejo en la cocina y me retiro al santuario de mi habitación. Me dejo caer sobre la cama y me tapo la cabeza con la almohada. Detesto admitirlo, pero esa zorra de morros gordos tiene razón. No debo plantearme un futuro con Joe Jonas. Y ese pensamiento me rasga el corazón como si de un cuchillo se tratase.
 
Llego a la oficina para enfrentarme a una nueva semana. Me siento de todo menos bien. No he dormido nada, y sé perfectamente por qué.
 
—Buenos días, flor —me saluda Patrick desde su despacho. Parece que está mucho mejor.
 
—Hola. —Intento sonar alegre, pero fracaso estrepitosamente. No puedo ni reunir las fuerzas necesarias para fingir un poco de ánimo. Tiro el bolso bajo la mesa, me siento y enciendo el ordenador.
 
Al cabo de cinco segundos, mi escritorio empieza a protestar cuando Patrick lo usa de banco, como de costumbre. Tiene mucho mejor aspecto que el otro día.
 
—¿Cómo van las cosas con Van Der Haus? —pregunta. Patrick tiene especial interés en ese proyecto.
 
Meto la mano bajo la mesa y saco la cajita de muestras de telas que dejé ahí el viernes.
 
—Esto llegó el viernes —digo, y coloco unas cuantas sobre el escritorio—. Me ha mandado por correo electrónico las especificaciones y ya me había enviado los planos.
 
Patrick echa un vistazo a las telas. Todas tienen tonos neutros de beige y crema, algunas tienen textura y otras no.
 
—Son un poco aburridas, ¿no? —protesta con un dejo de desaprobación.
 
—A mí no me lo parece —repongo, y saco una preciosa muestra con rayas gruesas—. Mira ésta.
 
La mira con desdén.
 
—No me gusta.
 
—No tiene por qué gustarte a ti —le recuerdo. Él no se va a comprar un apartamento pijo en la Torre Vida—. Van Der Haus vuelve hoy de Dinamarca. Dijo que me llamaría para enseñarme el edificio. Y ahora voy a trabajar, si no te importa.
 
Patrick se pone de pie y yo adopto mi típico gesto de dolor cuando oigo crujir la mesa.
 
—Claro, continúa. —Me mira con recelo—. Tal vez no sea asunto mío, pero no pareces tú misma. ¿Te ocurre algo?
 
—No, estoy bien, de verdad —miento.
 
—¿Seguro?
 
«¡No!»
 
—Que sí, Patrick —digo, pero no consigo transmitir seguridad.
 
Mi teléfono empieza a brincar por el escritorio y Black and Gold, de Sam Sparro, inunda la oficina. Arrugo la frente y, al cogerlo, veo el nombre de Joe parpadeando en la pantalla. Ha vuelto a manipular mi teléfono. Mi corazón se acelera, y no de una forma agradable. No puedo hablar con él.
 
—Te dejo para que contestes, flor. ¡Y arriba ese ánimo, guapa! ¡Es una orden!
 
Patrick se marcha y yo silencio la llamada, pero, en cuanto se interrumpe, vuelve a sonar otra vez. La silencio de nuevo, dejo el móvil en la mesa y me pongo a trabajar. Abro el correo de Mikael. Es breve, pero contiene la suficiente información como para que empiece a elaborar mis diseños.
 
Quince minutos después, el teléfono aún sigue sonando, y yo estoy empezando a hartarme de la musiquita y de alargar la mano para silenciar el maldito aparato. Qué ilusa he sido al pensar que me lo pondría fácil. La alerta de mensaje de texto empieza a vibrar, pero en lugar de eliminarlo directamente —que habría sido lo más sensato— lo leo.
 
¡COGE EL TELÉFONO!
 
Ya estamos. Sam Sparro empieza a entonar de nuevo su canción y yo vuelvo a darle a silenciar. A este paso no voy a conseguir hacer nada hoy. Al momento, llega otro mensaje.
 
___, dime algo, por favor. ¿Qué he hecho?
 
Meto el móvil en el primer cajón de mi mesa e intento olvidarme de él. ¿Que qué ha hecho? En realidad nada, pero estoy segura de que lo hará si le doy la oportunidad. ¿O no? Ay, no lo sé. Pero mi instinto me dice que me aleje de él.
 
—Sal, si alguien me llama a la oficina dile que me llame al móvil, ¿de acuerdo? —Sé que probablemente ése será su próximo movimiento.
 
—De acuerdo, ___.
 
Empiezo a recoger unas cuantas ideas y a elaborar bocetos para Mikael. Todavía no he visto los apartamentos, pero sé más o menos lo que quiero hacer y, para mi sorpresa, estoy bastante emocionada.
 
A la hora de comer me acerco un momento al indio para comprar un sándwich y me lo como en la oficina. Sally me informa de que me ha llamado un hombre mientras estaba fuera, pero no ha dejado ningún mensaje. Claro, ya sé quién ha sido, pero estoy teniendo un día muy productivo y no pienso dejar que interrumpa mi ritmo, así que ignoro su persistencia. Victoria y Tom estarán fuera de la oficina todo el día visitando a clientes. Sin los dramas de la una ni las historias sórdidas del otro puedo trabajar sin distracciones, así que no voy a permitir que Joe se convierta en una.
 
Sigo haciendo caso omiso del teléfono, menos cuando Mikael llama para fijar una reunión para mañana. Finalmente estará en Dinamarca toda la semana, así que me reuniré con su asistente personal en la Torre Vida a las nueve de la mañana. Cuando dan las seis en punto, estoy satisfecha con la productiva jornada que he tenido y feliz de haberme puesto las pilas. Se me ha pasado el día volando.
 
Entro por la puerta casi a rastras y me encuentro la casa vacía. Estoy totalmente destrozada. Todavía siento los efectos del sábado por la noche, y de todo lo que pasó con Joe ayer. Odio las resacas. Suelen durarme más de lo normal. Esta noche no me tomaré la copa de vino de los lunes por la noche.
 
Me voy a mi cuarto y me desnudo para ducharme. El teléfono vuelve a sonar y alzo la vista al cielo para rogar que me dé fuerzas. No me lo va a poner nada fácil. Lo sé. Pero entonces me doy cuenta de que no suena Black and Gold. He estado soportando la dichosa canción todo el puñetero día y he silenciado el teléfono cada vez que sonaba. Me sorprendo gratamente cuando veo «Mamá móvil» parpadeando en la pantalla.
 
La escucho durante veinte minutos mientras me narra el itinerario completo del viaje de Dan desde Australia hasta Heathrow. Resumiendo: llegará el próximo lunes por la mañana, pasará la semana en Newquay y volverá a Londres el sábado. Tras comprobar que todo va bien por Newquay, me dirijo a la ducha. Sam Sparro empieza a sonar de nuevo y yo silencio el teléfono... otra vez. Si no lo oigo, no tendré la tentación de contestar.
 
Después de ducharme, me desplomo en la cama y me quedo dormida en cuanto toco la almohada.
 
—¡Despierta, dormilona! —La voz aguda de Kate me perfora los tímpanos. Me doy la vuelta y miro el reloj.
 
Presa del pánico, salto de la cama e intento serenarme un poco. ¡Son las ocho en punto! He dormido trece horas. Joder, creo que lo necesitaba.
 
—¿Por qué no me has despertado? —grito mientras me apresuro de camino a la ducha por el descansillo. Tengo que estar en la Torre Vida dentro de una hora para reunirme con la asistente personal de Mikael.
 
—Yo también me he dormido —responde Kate, alegre y pizpireta. ¿Por qué está tan contenta? No tardo en descubrirlo cuando me topo con el cuerpo medio desnudo de Sam saliendo del baño.
 
—¡Cuidado, mujer! —dice riendo, y me frena con las manos.
 
Aparto la vista de su magnífico físico.
 
—¡Perdón! —digo totalmente avergonzada. ¿Le gusta pasearse semidesnudo por apartamentos de mujeres?
 
Su sonrisa contagiosa revela su bonito hoyuelo mientras se aparta y me hace una reverencia.
 
—Todo tuyo.
 
Entro corriendo y cierro la puerta para ocultar mi rubor, pero no tengo tiempo de mortificarme con mi vergüenza. Me meto en la ducha, me lavo el pelo, corro por el descansillo enrollada en la toalla hasta la seguridad de mi dormitorio y me visto a toda prisa. Me alegro de haber arreglado la habitación. Ahora encuentro todo lo que necesito a la primera. Me pongo el vestido rosa palo y unos zapatos de color carne, me seco el pelo a toda prisa y me lo recojo. Me doy un toque de polvos, colorete y máscara de pestañas y ya estoy lista. No me había arreglado tan rápido en la vida.
 
Desconecto el teléfono del cargador y borro las cuarenta y dos llamadas perdidas de Joe antes de meterlo en el bolso. Vuelo hacia la cocina. Sam y Kate están sentados a la mesa. ¿Es que hoy no trabaja nadie?
 
Sam alza la vista de su cuenco de cereales y sonríe.
 
—¿Has visto a Joe? —pregunta.
 
Me paro en seco y lo miro. Aún me está sonriendo.
 
—No, ¿por qué me lo preguntas?
 
—¿Has estado en tu leonera toda la noche? —pregunta Kate totalmente confundida.
 
—Sí, llegué de trabajar sobre las seis y media y me fui directa a la cama. Y ya no es una leonera —la corrijo con orgullo—. ¿Por qué?
 
Kate mira a Sam, Sam mira a Kate y luego ambos me miran a mí. Los dos parecen confundidos y un poco preocupados.
 
—¿No lo has visto ni has hablado con él? —pregunta Sam con la cuchara a medio camino del cuenco y su boca.
 
—¡No! —contesto con tono de impaciencia. Pero ¿qué coño les pasa? No pienso volver a verlo ni a hablar con él en toda mi vida—. No estoy atada a su cintura —les espeto fríamente.
 
—Es que anoche me llamó cinco veces preguntando por ti —explica Kate.
 
—¡A mí diez! —interviene Sam.
 
Kate parece muy alarmada.
 
—Llegamos sobre las ocho y media y dimos por hecho que todavía estarías trabajando. Estaba muy nervioso, ___. Intentamos llamarte.
 
No tengo tiempo para estas tonterías. ¿Qué se cree que me ha pasado? Ese tío es un neurótico, y lo que yo haga con mi vida no es asunto suyo.
 
—Tenía el teléfono en silencio. Pero bueno, como veis, estoy vivita y coleando, así que si vuelve a llamar, decidle eso —resoplo—. Me voy, que llego tarde. —Doy media vuelta para salir de la cocina.
 
—Como dejó de llamar supuse que estabas con él —añade Kate cuando ya me marcho.
 
—¡Pues ya ves que no! —grito mientras bajo por la escalera.
 
Llego a la Torre Vida con el tiempo justo y algo aturullada. Me encuentro con una mujer menuda y rubia en el vestíbulo. Es de mediana edad y parece un duendecillo, tiene unas facciones muy afiladas y el pelo corto. El traje negro no pega con la palidez de su piel.
 
—Usted debe de ser la señorita ___ (TA) —dice al tenderme una mano macilenta—. Soy Ingrid. Mikael le dijo que vendría yo, ¿verdad? —Tiene un acento muy danés.
 
—Ingrid, llámame ___, por favor. —Le acepto la mano y se la estrecho suavemente. Parece muy frágil.
 
—Claro, ___. —Sonríe y asiente.
 
—Mikael me llamó ayer y me dijo que tenía que quedarse unos días más en Dinamarca.
 
—Sí, así es. Yo te enseñaré el edificio. Aún no han terminado las obras, así que será mejor que te pongas esto. —Me entrega un casco duro y amarillo y un chaleco de alta visibilidad.
 
Me pongo el equipo de seguridad y empiezo a pensar en el aspecto que debo de tener con mi vestidito rosa y con esto puesto. Por un momento temo que me haga ponerme también unas botas de punta de acero, pero cuando la veo pulsar el botón del ascensor mis preocupaciones desaparecen.
 
—Empezaremos por el ático. La disposición es muy parecida a la del Lusso. —Llega el ascensor y subimos en él—. Imagino que conoces ese edificio. —Sonríe y revela una boca llena de dientes perfectos.
 
Me cae bien.
 
—Sí, lo conozco. —Le devuelvo la sonrisa amistosa. «¡Mejor de lo que crees!» Me obligo a bloquear esos pensamientos de inmediato. «No debo pensar en él. No debo pensar en él», me repito una y otra vez mientras nos dirigimos al ático e Ingrid me explica las pequeñas diferencias entre el Lusso y la Torre Vida. No hay muchas.
 
El ascensor llega directamente al interior del ático. Ésa es una de las diferencias. En el Lusso hay un pequeño vestíbulo. El aparcamiento subterráneo es la otra.
 
—Ya hemos llegado. Tú primero, ___.
 
Sigo la dirección que me indica y entro en un espacio enorme que me resulta familiar. El tamaño de este ático debe de ser idéntico al del Lusso. Al estar vacío parece más grande, pero recuerdo que con el otro edificio me pasó lo mismo.
 
—Como ves hemos usado madera de roble. Todas las ventanas y las puertas están fabricadas a medida con madera sostenible. Seguro que Mikael ya te lo ha comentado en las especificaciones que te mandó. —La miro. Debe de haber captado mi expresión de no saber de qué me habla, porque se echa a reír y sacude la cabeza—. ¿No te lo mencionó en su correo electrónico?
 
—No —contesto, y rezo por haberlo leído entero y bien.
 
—Discúlpalo. Anda un poco despistado con lo del divorcio.
 
¿Divorcio? Vaya, ¿es eso lo que lo retiene en Dinamarca? Me parece algo inapropiado que me revele algo tan privado de la vida de Mikael. Todo el mundo parece demasiado abierto y sincero últimamente. ¿O acaso me estoy mostrando yo excesivamente cerrada y recelosa?
 
—Lo tendré en cuenta —sonrío.
 
Durante las horas siguientes, Ingrid me enseña todo el edificio. Yo hago fotografías de los espacios y voy tomando notas. La Torre Vida posee los mismos lujos que el Lusso ofrece a sus residentes: un gimnasio pomposo, conserje las veinticuatro horas y lo último en sistemas de seguridad. La lista continúa. Mikael y su socio saben cómo crear viviendas de lujo y modernas. Las vistas de Holland Park y de la ciudad son increíbles.
 
Regresamos al vestíbulo principal.
 
—Gracias por la visita, Ingrid. —Me quito el casco y el chaleco.
 
—Ha sido un placer, ___. ¿Tienes todo lo que necesitas?
 
—Sí. Esperaré noticias de Mikael.
 
—Dijo que te llamaría el lunes —comenta, y me estrecha la mano.
 
Nos despedimos y me marcho de la Torre Vida rumbo a la oficina. Por el camino llamo a mi médico de cabecera. Necesito que me recete más píldoras. No tengo ni idea de dónde las he metido. Me dan cita para las cuatro en punto de hoy mismo, lo cual es un alivio. No es que espere tener muchas relaciones sexuales en los próximos días. Ya he disfrutado de bastantes para una buena temporada.
 
—Buenas —saludo a Tom y a Victoria al entrar en la oficina.
 
Tom frunce el ceño y mira la hora.
 
—¡Ups! Llego tarde a mi cita con la señora Baines. ¡Se va a poner hecha una furia! —Se levanta de su asiento, se coloca la corbata de rayas azules y amarillas (que no quedaría tan mal si no la hubiese combinado con una camisa naranja), y se atusa el rubio tupé—. Volveré cuando haya amansado a esa vieja chalada. —Recoge su bandolera y se marcha danzando de la oficina.
 
—¡Adiós! —grito al llegar a mi mesa—. ¿Estás bien, Victoria? — pregunto. Está absorta—. ¡Victoria! —grito.
 
—¿Eh? Ah, perdón. Tenía la mente en otro sitio. ¿Qué decías?
 
—Que si estás bien —repito.
 
Ella sonríe alegremente y juguetea con su melena rizada y rubia por encima del hombro.
 
—Mejor que nunca.
 
Claro. Me pregunto si su buen humor tendrá algo que ver con cierto personaje engreído y elegante llamado Drew. No la he visto desde el sábado pero, por lo que recuerdo —antes de acabar como una cuba—, Drew y ella parecían estar haciendo buenas migas. ¿Es que a todo el mundo le ha dado por follar ahora?
 
—¿Y eso por qué? —pregunto con una ceja enarcada.
 
Ella suelta unas risitas como de niña pequeña.
 
—He quedado con Drew el viernes por la noche.
 
Lo sabía, aunque sigo sin ver lo de la simple de Victoria y el serio de Drew.
 
—¿Adónde iréis? —pregunto.
 
Se encoge de hombros.
 
—No me lo ha dicho. Sólo me ha preguntado si quería salir con él. —Su móvil suena y se disculpa agitando el aparato.
 
Centro la atención en mi ordenador y silencio el teléfono cuando empieza a sonar otra vez Black and Gold. Lo de estirar la mano y apretar el botón de la izquierda sin ni siquiera mirar se está convirtiendo en un gesto automático. Después de que suene tres veces seguidas, decido silenciar el teléfono del todo. Desde luego, no cabe duda de que es persistente.
 
—Me voy —anuncia Victoria al tiempo que se levanta de su asiento—. Volveré sobre las cuatro.
 
—Ya no te veré. Tengo cita en el médico a esa hora.
 
—¿Y eso? —Se vuelve mientras se marcha.
 
—He perdido las píldoras anticonceptivas —explico. Ella pone cara de saber lo que es eso y hace que me sienta mejor por ser tan descuidada.
 
Empiezo a ojear el correo electrónico y hago copias de algunos bocetos para enviárselas a mis contratistas.
 
A las tres en punto me levanto para preparar café. Siempre lo hace Sally, pero necesito apartar la vista de la pantalla del ordenador un rato.
 
—¿___? —me llama Sally. Asomo la cabeza por la puerta de la cocina y la veo agitando el teléfono de la oficina—. Te llama un hombre, pero no me ha dicho quién es.
 
El corazón se me sale por la garganta. Sé perfectamente quién es.
 
—¿Está en espera?
 
—Sí, ¿te lo paso?
 
—¡No! —grito, y la pobre e insegura Sally se estremece—. Perdona. Dile que no estoy.
 
—Ah, vale. —Confundida y con los ojos abiertos de par en par, aprieta el botón para recuperar la llamada de Joe—. Disculpe, señor. ___ no est... —Da un brinco. El teléfono se le cae sobre la mesa con un fuerte estrépito y se apresura en cogerlo de nuevo—. Lo... lo... lo siento, señor...—No para de tartamudear, lo que indica que Joe está gritándole al otro lado de la línea. Me siento muy culpable por hacerla pasar por esto—. Señor, por favor..., le... le... le aseguro que no... no está.
 
Se encuentra en su mesa, aterrorizada y mirándome con los ojos abiertos, mientras don Neurótico la agrede verbalmente. Le sonrío a modo de disculpa. Le compraré unas flores.
 
Deja el teléfono en la base y me mira consternada.
 
—¿Quién era ése? —pregunta. Va a echarse a llorar.
 
—Sally, lo siento muchísimo. —Cojo los cafés de la cocina (la única ofrenda de paz que tengo a mano en estos momentos), dejo el de Patrick en su mesa y salgo corriendo de su despacho antes de que pueda iniciar una conversación. Le llevo el café a ella y lo dejo sobre su posavasos—. Lo siento muchísimo —repito, y espero que mi voz refleje lo culpable que me siento.
 
Ella deja escapar un largo suspiro de exasperación.
 
—Me temo que alguien necesita un abrazo —dice entre risitas.
 
Me quedo de piedra. Esperaba que se echara a llorar toda nerviosa y, en lugar de eso, la aburrida de Sally acaba de hacer una broma. La chica tímida y del montón se parte de risa, y yo empiezo a reírme también a carcajadas y con lágrimas en los ojos hasta que me duele el estómago. Sally se une a mi histeria y ambas nos desternillamos en medio de la oficina.
 
—¿Qué pasa? —grita Patrick desde su mesa.
 
Agito la mano en el aire para restarle importancia. Pone los ojos en blanco y vuelve a centrarse en su pantalla mientras sacude la cabeza con resignación. No podría contárselo ni aunque estuviera en disposición de hablar. Dejo a Sally llorando de risa y me dirijo a los aseos para recomponerme. Ha sido buenísimo. Acabo de ver a esa chica desde una nueva perspectiva. Me gusta la Sally sarcástica.
 
Tras recobrar la compostura y retocarme el rímel corrido, aviso a Patrick de que me voy al médico.
 
—Lo siento, Sally, no puedo mirarte a la cara —le digo entre risas cuando paso por delante de su mesa para salir de la oficina, y oigo que ella se echa a reír de nuevo.
 

Me sereno y me dirijo a la estación de metro.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 16th 2014, 11:45

Chicas, como se daran cuenta... acabo de subirles dos capitulos. Uno porque era uno de los que tenia que subirles y el otro era para darles una disculpa... ayer estaba muy ocupada y no pude subirles... Perdon... les prometo que tratare de que subire mas pronto... Gracias y espero que no me abandonen
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Hoy a las 23:22

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Seduction (Joe y ___) ADAPTADA
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