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 Seduction (Joe y ___) ADAPTADA

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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 25th 2014, 16:09

Capítulo 9 HOT


Cierra la puerta tras él de una patada, me coloca sobre el mármol que hay entre las dos pilas del lavabo y se vuelve para cerrar el pestillo. Todavía tengo el vestido arremangado alrededor de la cintura y las piernas y las bragas totalmente al descubierto.


Observo aquel inmenso cuarto tan familiar y me detengo en la enorme bañera de mármol de color crema que domina el centro de la habitación. Sonrío al recordar el quebradero de cabeza que supuso organizar que una grúa la subiese hasta aquí a través de las ventanas. Fue una pesadilla, pero ha quedado espectacular. La ducha doble de mampara abierta que hay en la pared del otro extremo está cubierta de arriba abajo de cristal laminado y baldosas de travertino de color beige, y el mueble sobre el que me encuentro es de mármol italiano de color crema, con dos pilas integradas y grandes grifos en cascada. Un espejo de marco grueso y dorado minuciosamente tallado ocupa todo lo ancho del mueble, y junto a la ventana hay un diván. Es lujo en estado puro.


El ruido del pestillo al cerrarse interrumpe mi admiración hacia mi trabajo y atrae mi mirada hacia la puerta, donde Joe se ha quedado inmóvil, observándome. Mientras se acerca a mí, empieza a desabrocharse la camisa. Contemplo cómo se aproxima, con la boca relajada y los ojos entornados. Al pensar en lo que está a punto de suceder, el estómago me arde y mis muslos se tensan. Este hombre es totalmente imponente.


Cuando se desabrocha el último botón, se detiene ante mí con la camisa abierta. No puedo resistirme a recorrer con uno de mis dedos el centro de su torso duro y bronceado. Él mira hacia abajo y me sigue el juego. Coloca las manos a ambos lados de mi cadera y se abre paso entre mis muslos. Cuando me mira, las comisuras de sus labios esbozan una sonrisa y le brillan los ojos. Las pequeñas arrugas que se forman en su rostro suavizan la usual intensidad de su mirada.


—Ya no puedes huir —bromea.


—No deseo hacerlo.


—Bien —contesta atrayendo mi mirada hacia sus hermosos labios.


Mi dedo asciende por su pecho y su garganta hasta descansar sobre su labio inferior. Él abre la boca y me lo muerde de manera juguetona. Sonrío y continúo subiéndolo hasta acariciarle el cabello.


—Me gusta este vestido. —Recorre la parte delantera de mi cuerpo con la mirada y se detiene en la tela arrugada a la altura de mi cintura.


—Gracias.


—Aunque es un poco restrictivo —dice mientras tira de un trozo de tela.


—Lo es —coincido. La anticipación me está matando. «¡Arráncamelo!»


—¿Te lo quitamos? —Arquea una ceja y sus labios empiezan a curvarse.


Sonrío.


—Si quieres.


—¿O te lo dejamos puesto? —Esboza una amplia sonrisa al tiempo que levanta las manos.


Me derrito sobre el mármol del lavabo.


Desliza las manos por mi espalda.


—Aunque, bien pensado, yo ya sé qué se esconde bajo este bonito vestido. —Levanta las manos, agarra la cremallera y, mientras empieza a bajarla lentamente, me susurra al oído—: Y es mucho mejor que cualquier prenda. —Respiro con desesperada dificultad—. Creo que será mejor que nos deshagamos de él —concluye.


Me levanta del mueble, me deja en el suelo, me quita el vestido y lo deja caer también. Lo aparta a un lado con el pie sin quitarme los ojos de encima.


Frunzo el ceño.


—Me gusta ese vestido.


No podría importarme menos. Por mí como si lo hace pedazos para limpiar las ventanas con él.


—Te compraré uno nuevo.


Se encoge de hombros y vuelve a subirme al lavabo y a colocarse entre mis muslos. Presiona su cuerpo contra el mío y me agarra del trasero para atraerme hacia él, hasta que estamos bien pegados. Balancea la cadera sin dejar de mirarme.


Las palpitaciones de mi sexo rozan lo doloroso y creo que voy a perder la cabeza si continúa haciendo sólo eso. Quiero pedirle que acelere. Me está costando controlarme.


Me pasa las manos por detrás y me desabrocha el sujetador. Desliza los tirantes por mis brazos y lo lanza por detrás de él. Me inclino hacia atrás y me apoyo sobre las manos, dejando los pechos expuestos frente a él.


Mirándome a los ojos, levanta una mano y coloca la palma justo debajo de mi garganta.


—Siento los fuertes latidos de tu corazón —afirma en voz baja—. Te pongo muy nerviosa.


No voy a negar esa afirmación. Es verdad, y ya ni me molesto en tratar de resistirme.


Desliza la palma entre mis pechos hasta llegar a mi estómago mientras me observa, ardiente y delicioso.


—Eres demasiado hermosa —dice con rotundidad—. Creo que voy a quedarme contigo.


Arqueo la espalda y le acerco más mi pecho. Él sonríe y baja la boca para chuparme un pezón con fuerza. Cuando sube una mano para masajearme el otro pecho, emito un gemido y echo la cabeza atrás contra el espejo. Por Dios bendito. Este hombre es un genio. Su erección es dura como el acero y me aprieta entre las piernas obligándome a trazar círculos con la cadera para calmar la palpitación con un prolongado suspiro de placer. No sé qué hacer. Quiero saborear todo ese placer, porque es maravilloso, pero la necesidad de poseerlo se apodera de mí, la presión de mi entrepierna está a punto de estallar. Como si me estuviese leyendo la mente, desliza la mano entre mis muslos hasta dar con el borde de mis bragas. Uno de sus dedos traspasa la barrera y acaricia ligeramente la punta de mi clítoris.


—¡Joder! —grito al tiempo que me incorporo, lo agarro de los hombros y le clavo las uñas en los músculos definidos.


—Esa boca —me reprende antes de pegar sus labios contra los míos y hundir dos dedos dentro de mí.


Mis músculos se aferran a él mientras los mete y los saca. Creo que voy a morir, literalmente, de placer. Siento la rápida evolución de un orgasmo inminente y sé que va a hacerme estallar. Me agarro a sus hombros como si no hubiese mañana y gimo en su boca mientras él continúa con su asalto.


«Aquí viene.»


—Córrete —me ordena mientras aplica más presión sobre mi clítoris.


Me deshago en una explosión de estrellas. Le libero la boca y dejo caer la cabeza hacia atrás en un absoluto frenesí. Lanzo un grito. Él me agarra la cabeza y me la inclina hacia adelante para placarme la boca y atrapar mis últimos gritos. Estoy completamente extasiada, jadeando, temblando y sin fuerzas. Me desintegro entre sus manos, totalmente desinhibida y sin sentir ninguna vergüenza por lo que consigue hacer conmigo. Estoy loca de placer.


Su beso se relaja y su presión disminuye; me devuelve poco a poco a la realidad mientras posa tiernos besos por toda mi cara caliente y mojada. Ha estado demasiado bien. Demasiado bien.


Noto que me aparta un mechón de pelo de la cara y abro los ojos. Al hacerlo me encuentro con una mirada oscura y satisfecha. Me planta un beso en los labios. Yo suspiro. Noto como si toda una vida de presión acumulada se hubiese extinguido, así, sin más. Me siento relajada y saciada.


—¿Mejor? —pregunta mientras extrae los dedos de mi cuerpo.


—Hummm... —murmuro. No tengo fuerzas para hablar.


Arrastra los dedos por mi labio inferior y se inclina sobre mí. Me observa de cerca y me pasa la lengua por la boca, lamiendo los restos de mi orgasmo. Sus ojos penetran en mi interior mientras nos miramos en silencio. Mis manos le agarran la cara como por instinto y le alisan la piel recién afeitada. Este hombre es bello, intenso y apasionado. Y podría romperme el corazón.


Él sonríe levemente y se vuelve para besarme la palma de la mano antes de volver a fijar la vista en mí. Santo cielo, estoy perdida.


Alguien sacude el pomo de la puerta del baño desde fuera y nos arranca cruelmente a ambos de la intensidad del momento. Lanzo un grito ahogado. Joe me tapa la boca con la mano y me mira con expresión divertida. ¿Le parece gracioso?


—No oigo nada —dice una voz al otro lado, seguida de otro intento de abrir la puerta.


El terror hace que mis ojos estén a punto de salirse de sus órbitas.


Joe retira la mano y la sustituye por sus labios.


—Chis —me exhorta contra la boca.


—Joder, me siento sucia —me lamento apartándome de sus labios y dejando caer la cabeza sobre su hombro.


Es imposible que salga de aquí sin ponerme roja como un tomate. ¿Cómo voy a evitar que la culpabilidad se refleje en mi rostro?


—No eres sucia. No digas tonterías o me veré obligado a darte unos azotes en ese precioso trasero que has pasado por todo mi baño.


Levanto la cabeza de su hombro y lo miro confundida.


—¿Tu baño?


—Sí, es mi baño. —Sonríe con sorna—. Me gustaría que ese montón de extraños dejase de pasearse por mi casa —murmura.


—¿Vives aquí? —digo perpleja. No puede ser. Nadie vive aquí.


—Bueno, lo haré a partir de mañana. Oye, ¿toda esta mierda italiana vale de verdad el precio tan caro que le han puesto a este apartamento? — Me mira con expectación.


¿En serio quiere que le conteste a eso?


—¿Mierda italiana? —escupo sintiéndome totalmente insultada. Él se echa a reír y a mí me dan ganas de abofetearlo. ¿«Mierda italiana»? Este tío es un capullo ignorante. ¿«Mierda italiana»?—. No deberías haberte comprado el piso si no te gusta la mierda que contiene —le espeto airada.


—Puedo deshacerme de la mierda —bromea.


Mis cejas adoptan una expresión de incredulidad ante lo que acabo de escuchar. Me he pasado meses deslomándome para conseguir toda esta «mierda italiana» ¿y ahora este cerdo desagradecido pretende librarse de ella? Jamás me había sentido tan insultada, ni tan cabreada. Intento liberar las manos, atrapadas debajo de las suyas, pero no me deja. Le lanzo una mirada asesina.


Él sonríe.


—Relájate, mujer. No me desharía de nada de lo que hay en este apartamento —dice, y me besa con fuerza—. Y tú estás en él.


Vuelve a apoderarse de mi boca con ansia, posesivamente.


No voy a darle demasiadas vueltas a ese comentario. Mi libido acaba de reactivarse y no voy a intentar apaciguarla. Lo ataco con la misma fuerza. Le meto la lengua en la boca y empiezo a jugar con la suya. Joe me suelta las manos y éstas se apresuran de manera impulsiva hacia esos hombros firmes y musculosos que tanto me gustan.


Me rodea la cintura, libera mis labios, me levanta del mármol y me sostiene sobre él mientras con la otra mano busca mis bragas y las arrastra de un tirón por mis piernas. Vuelve a colocarme sobre el mueble, me quita los zapatos y los deja caer sobre las baldosas del suelo con un sonoro estrépito. Me uno a él en la fiesta de la piel desnuda, estiro la mano y le quito la camisa deslizándola por sus anchos hombros. Dejo su torso al descubierto en todo su esplendor. Es la viva imagen de la perfección. Quiero lamer cada centímetro de su cuerpo.


Bajo la vista y me quedo algo impactada al ver una cicatriz bastante fea que tiene en el estómago y que se extiende hasta su cadera izquierda. No la había visto antes. La luz en La Mansión era tenue, pero es una marca muy grande. Ya apenas se nota, pero es enorme. ¿Cómo se la hizo? Decido no preguntar. Podría ser un asunto delicado, y no quiero que nada estropee este momento. Podría quedarme aquí sentada mirándolo embobada eternamente. Incluso con esa cicatriz tan siniestra, sigue siendo hermoso.


Hago una pelota con la camisa y la tiro sobre mi vestido. Él me mira con una ceja enarcada.


—Ya te compraré una nueva —digo encogiéndome de hombros.


Él sonríe con picardía, se inclina hacia adelante, se apoya en el mueble y me besa los labios con mucha ternura. Alcanzo sus pantalones y empiezo a quitarle el cinturón. Lo desabrocho con rapidez y provoco que emita un sonido similar al de un látigo.


Él retrocede con una ceja enarcada.


—¿Vas a azotarme?


«¿Eh?»


—No —respondo vacilante.


¿Le gusta ese tipo de cosas? Añado el cinturón al montón de ropa del suelo y deslizo la mano entre sus firmes y estrechas caderas y la cintura de sus pantalones. Tiro de él hacia mí para tenerlo lo más cerca posible.


—Aunque, si quieres que lo haga...


¿He dicho yo eso?


—Lo tendré en cuenta —contesta con una media sonrisa.


Efectivamente, lo he dicho. Pero ¿qué me pasa?


Con los ojos fijos en los suyos, empiezo a desabrocharle el botón del pantalón y mis nudillos rozan su sólida erección provocándole una sacudida. Cierra los ojos con fuerza. Le bajo la cremallera lentamente, deslizo la mano por dentro de sus bóxeres y me abro paso a través de la masa de pelo rubio oscuro. Se estremece y levanta la mirada hacia el techo. Los músculos de su pecho se contraen y se relajan y no puedo evitar inclinarme hacia adelante y pasarle la lengua por el centro del esternón.


—___, deberías saber que una vez que te posea, serás mía.


Estoy demasiado embriagada por la lujuria como para darle importancia a ese comentario.


—Hummm... —murmuro contra su piel mientras dibujo círculos con la lengua alrededor de su pezón y saco la mano de sus calzoncillos. Agarro el elástico y los hago descender por su perfecta cadera. Su erección se libera como un resorte.


«¡Madre mía, es enorme!» La punta, hinchada y húmeda, me está señalando. La exclamación involuntaria que escapa de mi boca delata mi sorpresa. Fijo mis ojos en los suyos y descubro un atisbo de sonrisa formándose en sus labios. Eso demuestra, para mi vergüenza, que mi reacción no le ha pasado inadvertida.


Retrocede, se quita los zapatos y los calcetines y aparta los pantalones y los bóxeres de sus tobillos. Mi atención se centra en sus muslos fuertes y definidos. Empiezo a babear ante la imponente magnificencia que se yergue ante mí en todo su esplendor. No puedo evitarlo.


Haciendo acopio de lo que me queda de confianza, me inclino lentamente hacia adelante y empiezo a acariciarle la cabeza con el pulgar mientras observa cómo lo explora mi mano. Cuando le envuelvo la base con la mano, vacilante, veo que el contacto hace que se estremezca.


—Joder, ___ —resuella, y entonces me toma los labios y la boca con vehemencia mientras yo empiezo a acariciar su erección a un ritmo lento y constante, aumentando la velocidad cuando siento que su boca se aprieta cada vez más contra la mía. Su mano se oculta entre mis piernas y, con un leve roce de su pulgar sobre mi clítoris, me veo catapultada de nuevo al séptimo cielo de Joe. Dejo escapar un gemido en su boca. Él me muerde el labio.


—¿Estás lista? —me pregunta con urgencia.


Me limito a asentir, porque mi capacidad de hablar me ha abandonado.


Despega la mano de entre mis muslos y me aparta de su palpitante excitación. Con un movimiento estudiado, me coloca las manos en el trasero, me levanta y me penetra con su ansiosa prolongación.


«¡AU! ¡Joder!»


—¿Estás bien? —jadea.


—Un segundo. Necesito un segundo.


Lo rodeo con las piernas mientras grito de placer y de dolor. Sé que ni siquiera ha llegado a metérmela entera. Pero es enorme, joder.


Me muevo un poco y me apoyo contra la pared. El frío de las baldosas no me molesta lo más mínimo mientras intento adaptarme a la enormidad de Joe. Él apoya su frente en la mía. Deslizo las manos por su espalda empapada de sudor mientras él permanece quieto unos instantes para darme tiempo a acostumbrarme a la intrusión.


Jadea y se retira de mi cuerpo muy despacio para volver a entrar a un ritmo pausado y constante. Esta vez se adentra más en mí y su inmenso tamaño hace que la cabeza me dé vueltas.


—¿Crees que tienes espacio para más? —pregunta con ansiosa necesidad.


¿Más? Pero ¿cuánto más queda? «Puedo hacerlo, puedo hacerlo», me repito una y otra vez mientras me adapto a su tamaño y respiro para relajarme. Cuando noto que lo tengo controlado, empiezo a besarlo lentamente, arqueo la espalda y alzo los pechos contra su tórax. Entonces empujo hacia adelante, haciendo más profunda la conexión.


—___, dime que estás lista —susurra sin aliento.


—Estoy lista. —Jamás había estado tan preparada para algo en mi vida.


Tras mi respuesta, empieza a salir y a entrar en mí con más fuerza. Yo suspiro y muevo las caderas hacia adelante para aceptarlo mientras él gruñe de agradecimiento y repite sus rápidas embestidas una, y otra, y otra vez.


—Ahora eres mía, ___ —suspira mientras se hunde deliciosamente en mí. Yo inclino la cabeza hacia adelante para apoyarla contra la suya—. Toda mía.


Con un movimiento rápido, se retira y entra del todo. Yo grito. Ya no me duele y estoy disfrutando de cada segundo. Lo agarro de los hombros mientras aumenta las embestidas, se estrella contra mí y me golpea el cuello del útero. Aúllo de placer cuando reclama mis labios y me mete la lengua en la boca con avidez mientras nuestros cuerpos, empapados de sudor, colisionan y resbalan. Estoy a punto de estallar en mil pedazos. ¡Joder! ¡Nunca me corro con la penetración!


—¿Vas a correrte? —jadea en mi boca.


—¡Sí! —exclamo, y le clavo los dientes en el labio inferior. Él se queja. Sé que le he hecho daño, pero estoy fuera de control.


—Espérame —me ordena embistiéndome con más fuerza.


Grito y me agarro a él desesperadamente en un intento de retrasar el orgasmo, pero no funciona. ¿Cuánto le falta? No puedo más.


Después de tres ataques más, grita:


—¡Ahora!


Y yo estallo ante su orden, echo la cabeza hacia atrás y grito su nombre mientras siento que su líquido caliente se derrama en mi interior.


Él me agarra hasta que nuestros cuerpos quedan totalmente pegados y hunde el rostro en mi garganta.


—¡Jodddderrrrr! —gruñe contra mi cuello. El largo gemido de satisfacción que escapa de mis labios expresa a la perfección cómo me siento ahora mismo. Estoy totalmente satisfecha.


Él ralentiza las arremetidas para que ambos comencemos a descender de nuestras maravillosas nubes y yo lo retengo con fuerza. Mis músculos internos se contraen a su alrededor mientras él traza círculos suaves con la cadera.


—Mírame —me ordena suavemente. Inclino la cabeza para mirarlo y suspiro de felicidad mientras él analiza mis ojos. Vuelve a mover la cadera y me planta un beso en la punta de la nariz—. Preciosa —se limita a decir mientras me coge de la nuca y me acerca hacia él para que mi mejilla descanse sobre su hombro. Me quedaría así para siempre.


Mi espalda se separa de la fría pared y Joe me traslada hasta el lavabo, todavía dentro de mí, palpitando y dando sacudidas. Sale de mí y me coloca sobre el mármol. Me agarra la cara entre las palmas de las manos y se inclina para besarme. Sus labios permanecen pegados a los míos en una muestra de afecto absoluto.


—¿Te he hecho daño? —pregunta con la frente arrugada de preocupación.


Yo me deshago al instante. Quiero asfixiarlo entre los brazos, en serio. Lo abrazo con todo mi cuerpo, y me aferro a él como si mi vida dependiera de ello. Él entierra la cara en mi cuello y me acaricia la espalda. Es la sensación más relajante que he experimentado jamás. Ni siquiera tengo energía para sentirme culpable.


«¿Sarah? ¿Qué Sarah?»


Nos quedamos entrelazados, convertidos en un amasijo de brazos y piernas, con la respiración agitada y abrazándonos durante un buen rato. Quiero quedarme así para siempre. Podríamos hacerlo, al fin y al cabo el cuarto de baño es suyo. No puedo creerme que sea el propietario del ático.


Un rato demasiado corto después, se incorpora y me acaricia la cara con los nudillos.


—No me he puesto condón —dice con cara de estar arrepentido de verdad—. Lo siento, me he dejado llevar y ni siquiera lo he pensado. Tomas la píldora, ¿verdad?


—Sí, pero la píldora no protege de las ETS. —Soy una inconsciente. Este hombre es un dios que sabe lo que se hace. A saber con cuántas mujeres se ha acostado.


Él me sonríe.


—___, yo siempre uso condón. —Se inclina hacia adelante y me besa la frente—. Menos contigo.


«¿Eh?»


—¿Por qué?


Se aparta un poco y se mordisquea el labio inferior.


—Porque cuando estoy contigo pierdo la razón.


Se pone los calzoncillos y los pantalones y estira el brazo por encima de mí para coger una toalla de la estantería.


Me dispongo a reprenderlo, pero entonces recuerdo que es su casa. Todo lo que hay aquí es suyo, menos yo. Bueno, según él, yo también, pero eso no son más que cosas que se dicen cuando estás a punto de correrte. A veces la pasión nos hace decir tonterías. ¿Pierde la razón? Pues ya somos dos.


Abre el grifo, pasa la toalla por debajo y vuelve a colocarse delante de mí. Siento pudor aquí sentada, completamente desnuda. No estamos en las mismas condiciones. Cierro las piernas para ocultarme un poco, incómoda de repente por la ausencia de ropa. Pero él me mira y en su atractivo rostro se forma una expresión de perplejidad. Hace un mohín, me agarra de las piernas y me las separa ligeramente.


—Mejor —murmura.


Me levanta los brazos del regazo y se los coloca sobre los hombros. Después, con la toalla, empieza a limpiarme entre los muslos. Frota con suavidad, arriba y abajo, para eliminar sus restos de mi cuerpo. Es un acto tierno y tremendamente íntimo. Yo observo su rostro embelesada y advierto la pequeña arruga de concentración que se ha formado en su frente mientras se concentra en asearme.


Me mira con esos ojos cafés y brillantes y me dice:


—Quiero meterte en esa ducha y venerar cada centímetro de tu cuerpo, pero con esto tendrá que bastar. Al menos por ahora. —Se inclina para besarme y se queda brevemente pegado a mi boca. Creo que no me cansaría jamás de estos besos sencillos y afectuosos. Sus labios son suaves, y su aroma divino—. Venga, señorita. Vamos a vestirte.


Me levanta del mueble, me ayuda a ponerme la ropa interior y el vestido y me sube la cremallera. Entonces me posa los labios sobre el cuello y su boca suave y cálida hace que se me erice el vello y se me estremezca todo el cuerpo. No lo he eliminado de mi organismo. Al contrario. Malas noticias.


Recojo su camisa azul claro del suelo y la sacudo antes de pasársela.


—No había ninguna necesidad de arrugarla, ¿sabes? —Me sonríe mientras se la pone, se abrocha los botones y se la mete por dentro de los pantalones azul marino.


—Con la chaqueta puesta no... —De pronto recuerdo que la dejé caer al suelo en el dormitorio—. Oh —susurro con los ojos abiertos como platos.


—Sí. Oh. —Enarca una ceja y da un latigazo en el aire con el cinturón; el restallido me provoca un escalofrío y él sonríe con malicia—. Bueno, ¿lista para lo que tenga que pasar, señorita? —Me ofrece la mano y la acepto sin vacilar. Este hombre es un imán—. Yo diría que has gritado bastante, ¿no?


Lo miro con indignación mientras él me dedica su mejor sonrisa. Sacudo la cabeza y me miro en el espejo. Estoy ruborizada. Tengo los labios hinchados y rojos y el pelo aún recogido, aunque con algunos mechones sueltos y despeinados. Llevo el vestido arrugado. Necesito cinco minutos para arreglarme.


—Estás perfecta —me asegura como si sintiese el pánico que se está apoderando de mí.


¿Perfecta? No es ésa precisamente la palabra que yo usaría. ¡Estoy jodida! Literalmente.


Me arrastra hasta la puerta, quita el pestillo y sale sin ningún miedo. Yo soy más cautelosa. ¿Y si los invitados están todavía rondando por aquí? Veo su chaqueta aún tirada en el suelo. Joe la recoge al pasar.


Cuando llegamos a la escalera curvada, de repente me doy cuenta de que sigo cogida de su mano. Intento soltarme, pero él me sujeta con fuerza hasta hacerme esbozar una mueca de dolor. ¡Mierda! Tiene que soltarme. Mi jefe y mis colegas están aquí. No puedo pasearme por ahí cogida de la mano de este hombre desconocido. Bueno, ya no es tan desconocido para mí, pero ésa no es la cuestión. Intento liberar la mano de nuevo, pero él se niega a soltarla.


—Joe, suéltame la mano.


—No —responde tajantemente y sin siquiera mirarme a la cara.


Yo me detengo abruptamente a mitad de la escalera y echo un vistazo a la habitación inferior. Por suerte, nadie está mirándonos, pero no tardarán en vernos. Joe se vuelve y me observa desde unos escalones más abajo.


—Joe, no puedes esperar que desfile por aquí cogida de tu mano. No es justo. Suéltame, por favor.


Él contempla nuestras manos unidas, suspendidas entre nuestros cuerpos.


—No voy a soltarte —murmura con hosquedad—. Si lo hago, puede que olvides cómo te hace sentir. Puede que cambies de parecer.


Es absolutamente imposible que olvide lo que sentimos al estar piel contra piel, pero ésa no es la parte de la frase que me preocupa.


—¿Que cambie de parecer respecto a qué? —pregunto totalmente desconcertada.


—A mí —contesta.


¿A él? Todavía no he tomado ninguna decisión, así que no hay nada que cambiar. Tengo que centrarme en convencerlo de que me suelte la mano antes de que alguien nos vea. Voy a archivar ese comentario, como he hecho con las demás cosas raras que ha dicho arriba.


«¡Me cago en la leche!» Casi me caigo por la escalera cuando veo a Sarah cruzar la terraza. La realidad acaba de golpearme como un ariete. Seguro que al verla deja de comportarse de esta manera tan irracional. Su novia va a entrar en el apartamento. No es momento para tonterías. Lo miro con el ceño fruncido y empleo la fuerza bruta para arrancar mi mano de su garra. Casi me disloco el hombro en el proceso, pero funciona. Joe me mira enfadado, pero no me quedo allí para verlo. Me apresuro a descender la escalera hacia la enorme amplitud del ático. Con tan sólo vernos juntos, Sarah ya sospecharía. Esa mujer ha dejado claro que no le caigo muy bien. Y no la culpo. Me veía como una amenaza y, finalmente, sus temores se han cumplido.


Llego al final de la escalera y veo que Tom viene corriendo hacia mí entre la multitud moviendo los brazos frenéticamente.


—¡Por fin te encuentro! ¿Dónde estabas? Patrick te ha estado buscando por todas partes. —Me agarra de los hombros y me inspecciona de arriba abajo. Como siempre, es la reina del drama.


Al ver mi aspecto desaliñado, me mira con recelo. Noto que el calor de mis mejillas aumenta.


—Le estaba enseñando la casa al señor Jonas —contesto, con poca convicción, mientras hago un gesto con la mano por encima del hombro en dirección a Joe. Sé que está cerca, detrás de mí. Aún lo oigo mascullar. Y también lo huelo. Aunque, bueno, también podría deberse a que tengo su olor impregnado por todo el cuerpo. Me siento como si me hubiera marcado... o incluso reclamado.


Con las manos todavía sobre mis hombros, Tom mira a mis espaldas. Ahoga un grito y me acerca a él de un tirón para preguntarme al oído mientras me olfatea: —Nena, ¿quién es ese dios del Olimpo que me está gruñendo?


Yo me zafo de sus manos, me vuelvo y veo que Joe está fulminando a Tom con la mirada. Pongo los ojos en blanco ante su patético comportamiento. Tom es el tío más gay de Londres. No puede sentirse amenazado por él. ¡No debería sentirse amenazado por nadie!


—Tom, te presento al señor Jonas. Señor Jonas, éste es Tom. Es un colega. Y es gay —añado con un tono algo sarcástico. Sé que a Tom no va a importarle. Al fin y al cabo, no he dicho nada que no resulte evidente.


Miro a mi compañero, que esboza una amplia sonrisa, y después a Joe, que ha dejado de gruñir pero continúa igual de enfadado. Tom da un saltito, lo agarra de los hombros y le da un beso en el aire. Yo reprimo una carcajada al ver que a Joe se le salen los ojos de las órbitas y se le tensan los hombros.


—Es un auténtico placer —canturrea Tom mientras le toca los bíceps—. Oye, ¿haces pesas?


Se me escapa una risotada y tomo la inmadura decisión de dejar que Joe se las arregle solo con el descarado flirteo de Tom. Veo que me mira mientras me doy media vuelta para marcharme y que me lanza puñales con los ojos. Me da igual. Está actuando de una manera totalmente irracional.


Patrick se encuentra en la cocina, charlando con el promotor. Me hace un gesto para que me acerque y me pasa una copa de prosecco. Me parece que el coche va a quedarse a dormir aquí.


—Aquí está —anuncia Patrick mientras me pasa un brazo sobre los hombros y me abraza contra su enorme cuerpo—. Esta chica ha transformado mi empresa. Estoy muy orgulloso de ti, flor. ¿Dónde estabas? —pregunta. Le brillan los ojos y tiene las mejillas rojas, un claro síntoma de que ha bebido demasiado.


—Haciendo de guía turística por el apartamento —miento, y sonrío dulcemente mientras me aprieto contra él.


—No he parado de hablar de ti. Deben de dolerte los oídos —dice Patrick. «¡No, no precisamente los oídos!»—. Estaba comentándole al señor Van Der Haus que estarás encantada de trabajar en su nuevo proyecto.


¿Van Der Haus? Ah, el otro socio. Aún no lo conozco.


—Mi socio insiste en ello —asegura Van Der Haus con una amplia sonrisa.


Es muy elegante, alto, rubio platino, y luce un traje hecho a medida y zapatos de vestir. Es bastante atractivo... a pesar de estar en plena cuarentena (otro madurito...).


Me sonrojo.


—Lo haré con mucho gusto, señor Van Der Haus. ¿Qué tiene pensado para el nuevo edificio? —pregunto ansiosa.


—Por favor, llámame Mikael. Está casi terminado —comenta, y amplía su sonrisa—. Hemos pensado en un estilo escandinavo tradicional. Estamos volviendo a nuestras raíces. —Su dulce acento danés resulta muy sexy.


¿Escandinavo tradicional? Vale, eso me asusta un poco. ¿Se refiere a que voy a tener que comprar todo en Ikea? ¿No sería mejor que contratase a un escandinavo para esto?


—Suena interesante —respondo.


Me vuelvo para dejar la copa sobre la encimera y veo a Joe al otro lado de la habitación, con Sarah.


Madre mía. Está devorándome con la mirada, y Sarah está justo a su lado. Me doy de nuevo la vuelta hacia mis acompañantes, probablemente con el pánico reflejado en el rostro sonrojado.


—Eso creo —coincide Mikael—. He estado discutiendo el precio con Patrick. —Señala a mi jefe con la copa de champán—. Podemos empezar a redactar una lista de especificaciones, y así podrás comenzar a esbozar algunos diseños.


—Lo estoy deseando. —Me vuelvo de nuevo. Todavía siento la mirada de Joe clavada en mi espalda.


—No te decepcionará, Mikael —gorjea Patrick.


Él sonríe.


—Lo sé. Eres una joven con un gran talento, ___. Tienes una visión realmente impecable. Ahora, si me disculpáis... —Siento que me pongo todavía más colorada cuando nos estrecha la mano a Patrick y a mí—. Estaremos en contacto —dice, y sostiene mi mano un poco más de lo necesario. Después la suelta, se aleja y saluda a un hombre árabe.


Sigo cobijada bajo el brazo de Patrick cuando Victoria se acerca a nosotros y se apoya contra la encimera refunfuñando.


—Los pies me están matando —exclama.


Patrick y yo bajamos la mirada hacia sus zapatos de plataforma de quince centímetros con estampado de leopardo y ribetes de color rojo sangre. Son ridículos. Patrick me mira y sacude la cabeza antes de soltarme y anunciar que se marcha.


—Irene estará esperándome abajo. Ya tengo todas las fotos. —Sacude la cámara ante mis ojos—. Nos vemos el lunes por la mañana. —Nos da un beso a cada una—. Habéis hecho un trabajo fantástico esta noche. Enhorabuena. —Y saca su corpachón de la cocina con un ligero tambaleo.


«¿Un trabajo fantástico?», pienso avergonzada.


—Ah, ¡casi se me olvida! —exclama Victoria. Dejo de mirar el cuerpo oscilante de Patrick y me centro en ella—. Kate me ha dicho que no iba a estar toda la noche esperando a que aparecieras, y algo sobre comer helado. —Se encoge de hombros—. Que espera que te lo hayas pasado bien y que te verá en casa.


«¿Que me lo haya pasado bien?» ¡Menuda zorra sarcástica!


—Gracias, Victoria. Oye, creo que ya hemos terminado aquí. —Cojo una copa de champán más cuando el camarero pasa a nuestro lado. Ya no puedo conducir, así que de perdidos al río. Y, joder, la necesito—. Me voy a casa. Tú vete cuando quieras. Nos vemos el lunes. —Le doy un beso.


—Yo me quedaré un poco más con Tom. Quiere ir al Route Sixty a bailar un rato —dice mientras menea el trasero.


—Prepárate para acostarte a las tantas —le advierto. Una vez que Tom sale a la pista de baile, es imposible sacarlo de allí.


—¡No! Le he dicho que no puedo quedarme mucho rato. Tengo muchas cosas que hacer mañana. Y a duras penas puedo caminar con estos estúpidos zapatos.


—Buena suerte. Despídete de Tom de mi parte.


—Lo haré cuando lo encuentre. —Se aleja cojeando con sus exagerados tacones y me deja en la cocina, apurando mi última copa de champán.


Echo un vistazo a mi alrededor, pero no veo ni a Joe ni a Sarah. Me siento aliviada. No creo que pudiese mirar a esa mujer a la cara. Tengo que irme a casa y fustigarme por ser tan débil y tan fácil.


Me acerco al ascensor del ático e introduzco el código. Lo cambiarán mañana para que sólo lo sepa el propietario. Yo dejo escapar una carcajada repentina. Joe Jonas es el propietario. Ha sido un día muy largo. Y ahora que estoy sola noto que el esperado sentimiento de culpa comienza a apoderarse de mí. ¿Cómo he podido ser tan estúpida?


—¿Ya te marchas?


Se me tensan los hombros y me estremezco al oír la fría y desagradable voz de Sarah. Intento recobrar la compostura y me vuelvo para mirarla.


—Ha sido un día muy largo y estoy cansada —contesto, y al instante me avergüenzo por el doble sentido de mi comentario. Si ella supiera lo «largo» que ha sido el día...


Da un sorbo de prosecco sin dejar de mirarme con recelo.


—Eres una caja de sorpresas —ronronea.


Parece decirlo con sinceridad. ¿Es un cumplido? No, por favor, no seas amable conmigo. ¿Acabo de follarme a su novio en su cuarto de baño nuevo y ahora es amable conmigo? ¿O es que el aseo también es suyo? ¡Joder! Quiero que me trague la tierra y morirme. Soy un ser despreciable.


No sé qué decir.


—Gracias —respondo, y me vuelvo hacia el ascensor al oír que se abre. Tengo que largarme de este lugar.


—No era un cumplido —dice con rotundidad.


—Ya me lo imaginaba —contesto sin mirarla. Está claro que me había equivocado.


—Sabes que Joe ha comprado este ático, ¿verdad?


Quiero preguntarle si ella también va a vivir aquí, pero, obviamente, no lo hago.


—Sí, me lo ha comentado —respondo como si tal cosa mientras entro en el ascensor e introduzco el código—. Me alegro de verte. —Sonrío.


No sé por qué he dicho eso. No me alegro nada. Esta tía sigue sin gustarme en absoluto y ella ha dejado más claro que el agua que el sentimiento es mutuo. Y no la culpo.


Las puertas se cierran y yo me dejo caer contra los espejos de las paredes.


«¡Mierda!»
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 25th 2014, 17:00

mas mas mas mas mas mas andale siiiii yo quiero mas esta intenso esto jajajajajaja la amooo jajajaja mas porfis
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 25th 2014, 22:23

no entiendo quien es sarah en la vida de joe!
siguela por favoooorrrr!!!!
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 26th 2014, 11:45

Capítulo 10
 
¿Qué ha pasado con mi feliz vida de soltera? La he jodido pero bien...
 
Después de recoger mis cosas del vestuario del spa, las lanzo dentro de mi coche y deambulo hasta los muelles. Al llegar, me siento en un banco. Hay mucho bullicio, la gente va y viene, y todos parecen felices y contentos. Las plantas que se ven en las elaboradas farolas han florecido; rebosan de sus macetas y caen en cascada sobre el hierro ornamentado. Las luces del edificio se reflejan y parpadean en el agua, danzan sobre las pequeñas olas.
 
Suspiro y cierro los ojos mientras escucho el sonido del agua que chapotea suavemente alrededor de los botes. Es rítmico y relajante, pero no creo que nada pueda hacer que me sienta mejor en estos momentos. Saco el móvil del bolso para llamar a Kate. Después de varios tonos, le dejo un mensaje:
 
—Hola, soy yo. —Sé que mi voz suena desolada, pero no puedo fingir que estoy alegre si no lo estoy. Suelto un gruñido—. Ay, Kate... la he cagado muchísimo. Llegaré a casa en seguida.
 
Dejo caer la mano sobre el banco y llego a la conclusión de que soy una idiota redomada. ¿En qué estaba pensando?
 
El móvil vuelve a la vida en mi mano y descuelgo sin mirar la pantalla porque doy por hecho que es Kate.
 
—Hola.
 
—¿Dónde estás? —me preguntan suavemente desde el otro lado del teléfono.
 
No sé si lo que me hunde en la miseria es que no sea Kate o que sea Joe. No entiendo nada. Mi vida iba bastante bien, sin tíos ni compromisos, y ahora esto va a pesar sobre mi conciencia. Creo firmemente en el karma y, si existe de verdad, la llevo clara.
 
—Estoy en casa —vuelvo a mentir. Últimamente me sale de manera natural. Me pongo a juguetear con mi pelo, un claro síntoma de mi comportamiento de Pinocho.
 
—Vale —susurra y cuelga.
 
Vaya... Ha sido más fácil de lo que esperaba. Después de no haber cedido ante sus órdenes de permanecer cogida de su mano y de haberlo abandonado a su suerte entre las garras del gay más gay del planeta, imaginaba que se habría cabreado. Así que ya ha conseguido lo que quería y eso es todo. No sé muy bien por qué me siento tan abandonada. Era lo que me esperaba, y justo lo que me merezco. Su persistencia ha podido conmigo, pero ahora ya está fuera de mi organismo. Ya puedo volver a centrarme en mí y en mi vida. Y, si tengo suerte, Sarah jamás se enterará de esta leve indiscreción.
 
¿Leve? De leve nada.
 
Por lo que a mí respecta, Joe puede continuar con sus seducciones en serie y pasar a la siguiente afortunada. Seguro que Sarah lo descubre pronto, pero espero que no lo haga ahora. Lo último que necesito es una mujer despechada y con sed de sangre.
 
Después de permanecer sentada y en silencio durante un rato, me levanto de mala gana y paro un taxi. Hay un tiempo limitado para compadecerse de uno mismo. Necesito dejar esta noche atrás rápidamente. Tengo que olvidarme de ella, erradicarla de mi memoria y transformarla en experiencia. Este hombre es nocivo. Lo sé.
 
Entonces me doy la vuelta, levanto la mirada y veo que Joe está de pie a un par de metros de mí, observándome en silencio. ¿Cómo cojones voy a alcanzar alguno de mis objetivos si me acosa?
 
¿Dónde está Sarah?
 
Nos miramos a los ojos, todavía en silencio. Su rostro impasible estudia el mío. Y entonces rompo a llorar. No sé por qué, pero me tapo la cara con las manos mientras sollozo. A saber lo que debe de estar pensando. A continuación siento que su cuerpo cálido me envuelve, apoyo la cabeza en el hueco de su cuello e impulsivamente coloco los brazos por debajo de los suyos para acercarme a él. Permanecemos callados durante mucho rato. Nos quedamos ahí de pie, sin más, abrazándonos en silencio mientras me masajea la parte posterior de la cabeza con la palma de su enorme mano y me mantiene apretada contra su cuerpo con firmeza. Una pequeña parte de mí se pregunta dónde está Sarah, pero no me obsesiono con ello. Me siento protegida y segura, y sólo estoy vagamente alerta al hecho de que debería estar huyendo de estos brazos y no cobijándome en ellos. Debería tratarlos con precaución y no aceptar el consuelo que me están ofreciendo. ¿Por qué no puedo salir corriendo?
 
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —le pregunto cuando por fin cesan mis sollozos.
 
—El suficiente —murmura—. ¿A qué viene eso de que la has cagado muchísimo? —Me abraza con más fuerza—. Espero que no te estuvieras refiriendo a mí.
 
—Pues sí, me refería a ti. —Paso de inventarme una excusa, no tendría sentido hacerlo.
 
—¿En serio? —Suena sorprendido y un poco cabreado, pero momentos después continúa—: ¿Te vienes a casa conmigo?
 
Noto que se tensa ligeramente.
 
¿Acabo de decirle que me refería a él y quiere llevarme a su casa? ¿Y qué pasa con Sarah? Entonces está claro que no viven juntos.
 
—No —le contesto. Lo que he hecho ya es bastante malo.
 
—Por favor, ___.
 
—¿Por qué? —le pregunto.
 
Necesito saber a qué se debe su fascinación por mí, porque, si paso más tiempo con este hombre, podría meterme en más líos todavía. No puedo ir por ahí teniendo aventuras sórdidas con hombres mayores y comprometidos. Aunque, bueno, su edad está todavía por determinar. Hay algo extraño en este hombre, y rezuma problemas por todos los poros de su piel.
 
Me aparta de él para mirarme con su precioso ceño fruncido.
 
—Porque es lo correcto, porque tienes que estar conmigo. —Lo dice como si fuera la cosa más natural del mundo.
 
—¿Y con quién tiene que estar Sarah?
 
—¿Sarah? ¿Qué tiene que ver Sarah con todo esto? —Ahora parece muy confundido.
 
—Es tu novia —le recuerdo. Está claro que no tiene ningún tipo de consideración hacia la pobre mujer.
 
Abre los ojos de par en par.
 
—Por favor, no me digas que has estado pasando de mis llamadas y huyendo de mí porque pensabas que... —Me suelta—. Pensabas que Sarah y yo... —Da un paso atrás—. ¡Para nada, joder!
 
—¡Pues sí! —exclamo—. ¿No es tu novia?
 
Ahora sí que no entiendo nada. Sarah no podría haber dejado más claro cuál era su territorio, sólo le ha faltado mearle alrededor. Entonces ¿quién coño es? Si ya me gustaba poco, ahora mismo la detesto.
 
Joe se pasa las manos por el pelo.
 
—___, ¿qué demonios te ha hecho pensar algo así?
 
¿Me está tomando el pelo?
 
—Pues no sé, déjame pensar... —Sonrío dulcemente—. Puede que fuera el beso en el pasillo de La Mansión. O que viniese a buscarte a la habitación. O quizá lo fría que se muestra conmigo. —Tomo aire—. O puede que sea el hecho de que está contigo cada vez que te veo. —No puedo creérmelo. He estado mortificándome sin razón, y encima por una tía que ni siquiera me cae bien. ¡Menuda pérdida de energía!—. ¿Quién es? —pregunto completamente encolerizada.
 
Me coge de las manos y se agacha un poco hasta que sus ojos quedan a la altura de los míos.
 
—___, es una mujer simpática, nada más.
 
—¿Simpática? —me mofo—. ¡Esa tía no es simpática!
 
—Es una amiga —dice para tranquilizarme.
 
No quiero que me tranquilice, ¡quiero reventarle a Sarah esos morros rojos que tiene! ¡La tía sabía perfectamente lo que hacía! Está claro que no se conforma con ser su amiga.
 
Me acaricia la mejilla con la palma de la mano.
 
—Y ahora que ya hemos aclarado qué lugar ocupa Sarah en mi vida, ¿podemos hablar del tuyo?
 
«¿Qué?» Retrocedo.
 
—¿Qué quieres decir?
 
Los comentarios que ha hecho antes regresan a mi mente de repente. Todos los «eres mía», «voy a quedarme contigo» y «cambiarás de opinión».
 
Sonríe con picardía.
 
—Me refiero a en mi cama, debajo de mí.
 
Me pega contra su pecho y yo me relajo y me hundo en él con alivio. Eso suena muy bien. Acabo de añadir a mi lista de deseos tener una aventura tórrida con un hombre mayor, así que puedo tacharla ya. Sin compromisos ni ataduras. Por mí, estupendo. Aunque dudo que sacara nada de lo mencionado de este hombre.
 
—¿En La Mansión? —le pregunto. Está bastante lejos.
 
—No, me he comprado un apartamento, pero no puedo mudarme hasta mañana. Ahora estoy de alquiler cerca de Hyde Park. Te vendrás allí.
 
—Vale —respondo sin vacilar, aunque soy consciente de que no era una pregunta. Y vuelven a mi mente sus comentarios anteriores, en especial el último de ellos: «Tienes que estar conmigo.»
 
¿La decisión es suya o mía?
 
Suspira mientras aprieta más mi cabeza y mi torso contra él.
 
Sí, tienes que proceder con la máxima precaución, ___.
 
Viajamos en silencio, excepto por los tonos graves de la canción Teardrop, de Massive Attack, que salen del equipo de sonido de su coche. Muy adecuado después de mi berrinche. Paso la mayor parte del trayecto deliberando sobre mi decisión de ir a casa de Joe. Él toma aire en repetidas ocasiones, como si fuese a decir algo pero al final decidiera no hacerlo.
 
Aparca su Aston Martin en un aparcamiento privado, y salgo del vehículo. Abre el maletero, coge mis bártulos, me agarra de la mano y me conduce hasta el edificio.
 
—Estoy en el primer piso. Vamos por la escalera, es más rápido.
 
Me guía hasta una escalera a través de una salida de incendios de color gris y subimos un tramo de escalones.
 
Salimos a un pasillo estrecho. Parece un hospital. Joe saca la llave y abre otra puerta, la única que hay en todo el largo pasillo blanco y gris. Me hace pasar e, inmediatamente, me encuentro en una estancia amplia y diáfana. Está pintada de blanco de arriba abajo, y los muebles y la cocina son negros. Monocromía al máximo: una auténtica guarida de soltero. Resulta bastante frío y deprimente. Es odioso.
 
—Es una parada en boxes. Supongo que estarás ofendidísima. —Me sonríe con socarronería, sin duda alguna debida a mi cara de disgusto.
 
—Prefiero tu casa nueva.
 
—Yo también.
 
Me aventuro hacia el interior del apartamento y observo lo poco cálido y acogedor que es. ¿Cómo puede vivir aquí? No tiene ningún toque personal, ni cuadros ni fotografías. Me percato de que hay una tabla de snowboard apoyada contra un rincón, rodeada de un montón de artículos de esquí. En el estante de al lado, donde esperaría ver jarrones u otros objetos decorativos, hay un casco de moto y unos guantes de piel. Eso sí que no me lo imaginaba.
 
—No tengo nada con alcohol. ¿Quieres un poco de agua?
 
Se acerca paseando hasta el frigorífico, enorme y negro, y lo abre.
 
—Sí, por favor.
 
Me reúno con él en la zona de la cocina y saco un taburete negro de debajo de la encimera de granito negro de la isla. Joe se quita la chaqueta y la cuelga en el taburete de al lado, se vuelve hacia mí y me ofrece un vaso de agua antes de destapar su botella. Los pantalones le aprietan un poco y dejan intuir sus extremidades inferiores, largas y musculosas. Tiene los pies apoyados en el suelo y las piernas considerablemente dobladas a pesar de la altura del taburete. Los míos están apoyados en el reposapiés.
 
Bebe unos sorbos de agua y me mira por encima de la botella mientras jugueteo con el vaso. Me siento increíblemente incómoda. No debería haber venido. La situación se ha tornado incómoda y no sé muy bien por qué. Hay una razón, y sólo una, para que me haya traído aquí. Y, como la idiota que soy, le he seguido el juego.
 
Lo oigo suspirar. Deja la botella, me quita el vaso de las manos y lo deposita sobre la encimera de la isla. Agarra el asiento de mi taburete y lo arrastra hacia sí mientras lo gira para volverme de cara a él. Apoya las manos sobre mis rodillas y se inclina.
 
—¿Por qué llorabas? —me pregunta.
 
—No lo sé —le contesto con franqueza.
 
Todo el incidente me ha cogido desprevenida, la verdad. No había ninguna razón para que me pusiera a llorar delante de él. Me siento bastante estúpida.
 
—Sí, sí que lo sabes. Dímelo.
 
Pienso en qué debo decir mientras clava la mirada en la mía. Espera una respuesta. Una pequeña arruga se dibuja en su frente. Es un síntoma de concentración y preocupación. ¿Qué debo decirle? ¿Que acabo de salir de una relación de cuatro años con un tío que me puso los cuernos tanto como quiso? ¿Que durante las últimas cuatro semanas, desde que lo dejamos, he conseguido recuperar mi identidad y que no quiero que ningún hombre vuelva a arrebatármela? ¿Que mi confianza en los hombres es cero y que el hecho de que él sea, salta a la vista, un príncipe de la seducción supone un gran problema para mí? ¿O que muy en el fondo sé que esto puede terminar muy mal para mí... no para él?
 
Pero él no querrá escuchar todo ese rollo de chicas.
 
—No lo sé —repito en lugar de sincerarme.
 
Suspira y agrava el gesto mientras golpetea unas cuantas veces el granito con los dedos. Veo, casi literalmente, cómo se devana los sesos al tiempo que me mira mordiéndose el labio inferior.
 
—¿Me equivoco al pensar que tu mala interpretación de la relación que hay entre Sarah y yo no era la única razón por la que me esquivabas? —dice más como una afirmación que como una pregunta. Se desabrocha el Rolex y lo deja sobre la encimera.
 
—Puede ser.
 
Aparto la mirada de él, algo avergonzada... Aunque no sé por qué. ¿Cómo lo sabe?
 
—Menuda decepción —concluye, pero en su voz no detecto decepción, sino enojo. No es necesario que le diga que, muy posiblemente, podría colarme por él. Seguro que las mujeres se cuelan por él día sí, día también.
 
Retrocedo ligeramente cuando me agarra del mentón y me acerca a su rostro. El hueco que se forma bajo sus pómulos confirma mis sospechas. Está rechinando los dientes. ¿Se ha enfadado? Pero ¿qué demonios esperaba? ¿Que cayera rendida a sus pies y de paso se los besara? Está claro que es a lo que está acostumbrado. Sólo era sexo, ¿no? Los dos necesitábamos sacarnos al otro del organismo, vimos la oportunidad de hacerlo y la aprovechamos, eso es todo.
 
«¡Pero tú no te lo has sacado del organismo!» Joder, no creo que vaya a hacerlo en una buena temporada, si algún día lo consigo. Ya lo llevo bajo la piel.
 
—¿Qué querías que dijera? —lo increpo.
 
Me suelta el mentón, suspira frustrado y, antes de que me dé cuenta, me agarra y me echa sobre la encimera. El vaso de agua se estrella contra el suelo y el cristal se hace añicos estrepitosamente a nuestro alrededor. Me abre de piernas con los muslos, y ese movimiento hace que se me suba el vestido. Me ataca la boca con su lengua inexorable y la hunde profunda y ávidamente.
 
Ese asalto impulsivo me coge por sorpresa, pero no tengo fuerzas, ni físicas ni mentales, para detenerlo. Empieza a embestirme con las caderas mientras me consume la boca, y de inmediato siento escalofríos por todo el cuerpo y un calor húmedo entre las piernas. Me agarra el trasero para acercarme más a él y noto su entrepierna pegada a mí.
 
«¡Joder!» Gimo cuando mueve las caderas, sin experimentar la más mínima vergüenza al revelarle que estoy más caliente que una bombilla de mil vatios. Se aparta de mis labios y me mira con fijeza mientras respira con dificultad, con los ojos cafés cargados de ansia descarada. Sé que los míos lo miran del mismo modo.
 
—Vamos a dejar claras un par de cosas —dice con la respiración entrecortada mientras me levanta de la encimera y me sienta a horcajadas a la altura de su cintura. Me observa con intensidad—. Mientes como el culo.
 
Sí, eso lo sé. Mis padres me lo dicen continuamente. Me toqueteo el pelo cuando miento. Es un acto reflejo, no puedo evitarlo. A ver qué más quiere aclarar, porque me muero por seguir donde lo hemos dejado.
 
Se inclina y me besa, me acaricia suavemente la lengua con la suya.
 
—Ahora eres mía, ___. —Mueve las caderas y hace que me yerga y me tense para aliviar el implacable ardor que siento entre las piernas. Estamos cara a cara—. Serás mía para siempre —me informa con un golpe de caderas.
 
Le rodeo los hombros con los brazos y le beso los labios húmedos y exuberantes. Es mi manera de decirle que acepto. Estoy desesperada por volver a tenerlo. Estoy metida en un buen lío.
 
—Voy a poseer cada centímetro de tu cuerpo. —Subraya todas y cada una de sus palabras—. No habrá ni un solo milímetro de tu ser que no me haya tenido dentro o encima.
 
Lo dice con un tono sexual y tremendamente serio, lo que no hace sino aumentar un poco más el ritmo de mis latidos.
 
Pero ¿cada centímetro? ¿Debería investigar algo más esa afirmación? No tengo oportunidad de hacerlo. Me pone de pie en el suelo y me da la vuelta para bajarme la cremallera de mi pobre y maltratado vestido. Me quita el sujetador y lo tira a un lado con la misma celeridad.
 
Se inclina y me besa el cuello descubierto. Su aliento fresco y la calidez de su lengua me provocan un delicioso escalofrío. Dios, estoy tan excitada que tiemblo. Doblo el cuello y encojo los hombros para aliviar los escalofríos que me recorren todo el cuerpo.
 
Desliza la boca hasta mi oído: —Date la vuelta.
 
Obedezco. Me doy la vuelta y lo miro. Con expresión de pura determinación, me levanta y vuelve a colocarme sobre la isla. Apoyo las manos sobre sus hombros, pero él me las agarra y yo permito a regañadientes que me las baje y haga que aferre el borde de la encimera.
 
—Las manos se quedan ahí —dice con firmeza cuando me las suelta. Su orden está cargada de seguridad. Introduce los dedos por la parte superior de mis bragas y tira de ellas—. Levanta.
 
Cargo mi peso sobre los brazos y alzo el trasero del mueble para que pueda bajármelas por las piernas. Vuelvo a apoyarlo cuando me veo libre de las restricciones de mi ropa interior. Estoy desnuda por completo, pero él sigue totalmente vestido. Y no parece tener intenciones de quitarse la ropa de momento. Quiero verle el pecho. Suelto el borde de la encimera y levanto las manos hacia el dobladillo de su camisa.
 
Él da un paso atrás y sacude la cabeza despacio.
 
—Las manos.
 
Yo hago un mohín y vuelvo a dejarlas donde estaban. Quiero verlo, sentirlo. No es justo.
 
Se lleva las manos al botón superior.
—¿Quieres que me quite la camisa? —Su voz grave y ronca manda mi disciplina al traste.
 
—Sí —resuello.
 
—Sí, ¿qué? —Sonríe con malicia, y yo lo miro con los ojos entrecerrados.
 
—Por favor —mascullo con un hilo de voz, consciente de que disfruta viéndome suplicar.
 
Sonríe y empieza a desabrocharse los botones, con la mirada fija en mí. Me está costando un mundo no precipitarme hacia adelante y abrírsela de un tirón. ¿Por qué lo está alargando tanto? Sé lo que pretende. Quiere hacerme esperar. Le gusta torturarme.
 
Cuando por fin llega al último botón, echa los hombros atrás y se la quita. Por un breve instante, al ver cómo se tensan y relajan los músculos de su pecho cuando echa los dos brazos atrás, pienso que podría desmayarme.
 
Se quita los zapatos marrones de Grenson y los calcetines. Sólo le falta librarse de los pantalones para estar desnudo. Repaso con la vista su físico perfecto y la boca se me hace agua, hasta que llego a la horrible marca que tiene en el abdomen. Mi mirada se detiene en ella durante un instante, pero él vuelve a colocarse entre mis piernas y hace que me olvide de mi curiosidad. Me esfuerzo por controlar el impulso de agarrarlo. La presión que noto entre las piernas hace que me agite sobre la encimera para aliviar los tremendos espasmos que me mortifican. Él tampoco está relajado. Su inmensa erección, presa bajo sus pantalones, se me clava con fuerza en el muslo.
 
Apoya las manos sobre la parte superior de mis piernas y empieza a trazar círculos con los pulgares a tan sólo unos milímetros de mi sedienta intimidad. Estoy poseída por la más pura lujuria, y cada vez me cuesta más controlar la respiración.
 
Me aprieta los muslos.
 
—¿Por dónde empiezo? —musita, y levanta una mano y me acaricia el labio inferior con el pulgar—. ¿Por aquí? —pregunta. Yo separo los labios. Él me mira y me mete el dedo en la boca. Yo lo rodeo con la lengua y en sus labios empieza a formarse una diminuta sonrisa. Retira el pulgar y me acaricia la cara con él. Entonces, muy lentamente, me desliza la palma de la mano por el cuello hasta llegar al pecho y me lo agarra, posesivo—. ¿O por aquí? —Su voz ronca traiciona su calmada fachada. Me mira con una ceja arqueada y empieza a masajearme el pezón con el dedo. Gimo.
 
Si está esperando que diga algo, ya puede ir olvidándose. He perdido por completo la capacidad de hablar, sólo puedo emitir jadeos cortos y agudos.
 
—Son mías.
 
Me amasa el pecho con suavidad durante unos instantes más y después vuelve a acariciarme la piel sensible con la mano. Se pasa varios segundos trazando círculos grandes sobre mi vientre antes de continuar hacia abajo. Tengo que obligarme a respirar cuando el calor de su mano alcanza la parte interior de mi muslo. Estoy embriagada de deseo.
 
Justo cuando creo que va a reclamarme con los dedos, cambia rápidamente de dirección y me acaricia la cadera, lo que me sobresalta. Me agarra el culo.
 
—¿O por aquí? —Habla en serio. Yo me pongo rígida—. Cada centímetro, ___ —resuella.
 
Contengo la respiración. Me arden los pulmones cuando sonríe ligeramente y sus manos empiezan a deslizarse de nuevo hacia mi parte delantera. No lo alarga mucho más. Me coloca la palma de la mano entre las piernas.
 
—Creo que empezaré por aquí.
 
Suelto un suspiro de agradecimiento y una sensación de alivio me recorre todo el cuerpo. Me pone un dedo debajo de la barbilla y me obliga a mirarlo a esos maravillosos ojos que tiene.
 
—Pero he dicho cada centímetro —afirma con frialdad antes de apoyar la mano sobre la encimera junto a mi muslo. La otra continúa entre mis piernas.
 
¡Joder! No sé si estoy dispuesta a hacerlo. Matt lo intentó unas cuantas veces, pero siempre le dije que ni hablar. Solía decir que era la ruta más placentera... Sí, ¡para él! No tengo tiempo de pensar demasiado en ello. Joe recorre el centro de mi sexo con un dedo y me provoca grandes oleadas de placer que salen disparadas en mil direcciones diferentes. Yo me echo hacia delante y apoyo la frente en su hombro mientras la parte superior de mi cuerpo asciende y desciende al ritmo de los frenéticos latidos de mi corazón.
 
—Estás empapada —me dice con voz grave al oído mientras hunde un dedo dentro de mí. Mis músculos se tensan a su alrededor de inmediato—. Me deseas —dice con seguridad al tiempo que lo extrae y extiende toda la humedad por mi clítoris antes de atacar de nuevo con dos dedos.
 
Yo lanzo un grito.
 
—Dime que me deseas, ___.
 
—Te deseo —jadeo contra su hombro.
 
Oigo un gruñido de satisfacción.
 
—Dime que me necesitas.
 
Ahora mismo le diría todo lo que quisiera oír. Absolutamente todo.
 
—Te necesito.
 
—Vas a necesitarme siempre, ___. Me aseguraré de ello. Ahora, a ver si puedo hacerte entrar en razón a polvos.
 
¿En razón? ¿De qué coño habla?
 
Retira los dedos de mi interior, me levanta de la encimera y me hace girar lentamente en sus brazos. Busco con las manos la lisa superficie del granito. No me gusta esta posición.
 
—Quiero verte —me quejo, aunque sé que no tengo nada que hacer. Parece que le gusta ser el dominante.
 
Siento que su cuerpo se aproxima, el calor que emana hacia mí. Cuando su pecho firme presiona mi espalda, me pego a él y apoyo la cabeza en su hombro.
 
Acerca la boca a mi oído.
 
—Cállate y disfruta. —Aprieta la cadera contra la parte baja de mi espalda y lentamente la amolda a mi cuerpo mientras alarga los brazos y me agarra de las muñecas.
 
—No hables hasta que yo te lo diga, ¿entendido?
 
Asiento. ¡Ya no me cabe la menor duda de que le gusta tener el control!
 
Empieza a acariciarme los brazos lenta y suavemente con sus dedos expertos y me pone el vello de punta. Mi sangre parece lava. Mis pechos ansían su tacto cuando llega con las manos al extremo superior de mis brazos y asciende hasta los hombros. Cierro los labios con fuerza, pero se me escapa un gemido. No puedo evitarlo. No si me hace sentir así.
 
Me cubre los hombros con las manos por completo y empieza a trazarme círculos con los pulgares en el cuello, masajea la tensión que se acumula en él. Es una sensación que no puedo explicar. Todo mi cuerpo se relaja y mi mente se serena.
 
Baja la boca hasta mi cuello y me roza la piel con los labios antes de besarla suavemente.
 
—Tu piel es adictiva.
 
—Hummm... —ronroneo. Eso no es hablar.
 
Se ríe en voz baja.
 
—¿Te gusta? —pregunta mientras me regala suaves besitos por la mandíbula.
 
Vuelvo el rostro hacia él, lo miro directamente a los ojos y asiento de nuevo.
 
Me mantiene la mirada durante unos segundos, con expresión satisfecha, y me planta un tierno beso en los labios. Deja que sus manos se abran paso hacia mis caderas. Cierro los ojos con fuerza e intento con todas mis fuerzas no despegarme de él.
 
—Que no se te ocurra mover las manos —ordena con firmeza antes de soltarme.
 
Oigo que se quita los pantalones y sus manos vuelven a posarse sobre mis caderas. Da unos pasos atrás y lentamente las arrastra con él. Se me acelera el pulso y me agarro con más fuerza a la encimera para evitar moverme. Me estremezco cuando me apoya las manos en el cuello y siento que su erección se acerca a mi abertura. En un intento por estabilizar mi respiración, inspiro profundamente e intento relajarme mientras me deleito al borde de la penetración. Ésta es la peor clase de tortura que existe.
 
Se inclina hacia adelante, y su lengua, cálida y húmeda, me acaricia la espalda y recorre la línea de mi columna hasta acabar con un suave beso en el cuello.
 
—¿Estás lista para mí, ___? —pregunta contra mi piel, y la vibración de sus labios provoca temblores de placer en el centro de mi sexo—. Puedes contestar.
 
A pesar de mis ejercicios de respiración, sigue faltándome el aire.
 
—Sí —respondo prácticamente jadeando.
 
La bocanada de aire que escapa de su boca es de auténtico agradecimiento. Siento que me acaricia el culo con la mano mientras él se coloca en posición. Entonces, muy lentamente, atraviesa mi palpitante vacío y se sumerge en mí con movimientos suaves y controlados. A él también le cuesta respirar, y yo quiero gritar de placer, pero no estoy segura de si está permitido.
 
Joder, qué gusto. Bien pensado, ¿qué va a hacerme si lo desobedezco? Mi castigo también será el suyo. Vuelve a colocar una mano en mi cadera y se detiene. Yo me agarro aún con más fuerza a la encimera, hasta que los nudillos se me ponen blancos, y me descubro a mí misma moviéndome contra él, absorbiéndolo hasta el final.
 
—Joder, ___, me vuelves loco —gruñe, y me agarra el cuello con más fuerza, me sujeta en el sitio, mientras la otra mano abandona mi cadera para cogerme el pecho—. No puedo hacerlo despacio —jadea mientras me lo amasa. Se retira lentamente y avanza de nuevo, con una embestida rápida y enérgica que me obliga a dar un salto hacia adelante.
 
—¡Joe! —grito. Va a ser imposible que esté callada si continúa así. Por Dios, qué potencia tiene.
 
Se retira despacio.
 
—Silencio, ___ —me reprende, y ataca de nuevo dejándome sin aliento.
 
Intento seguir agarrada a la encimera, pero me sudan las manos y resbalan por el granito. Estiro y tenso los brazos para evitar que vuelva a empujarme hacia adelante; a duras penas logro estabilizarme antes de que vuelva a embestirme. Me martillea incansablemente, sin apenas dejarme espacio entre sus penetraciones, fuertes e implacables. No tiene piedad.
 
Me suelta el cuello y el pecho, me agarra de las caderas y tira de mí con fuerza para obligarme a recibir cada una de sus arremetidas, que me entran hasta el fondo. He perdido todo sentido de la realidad. No hay nada más, aparte de Joe, su apetito brutal y mi cuerpo ansioso de él. Es algo que no puede explicarse.
 
Aprieto el estómago cuando siento que el orgasmo se acerca, rápidamente provocado por el implacable ímpetu de Joe.
 
—Aún no, ___ —me advierte.
 
¿Cómo lo sabe? No puedo contenerlo durante mucho más tiempo. Voy a estallar en cualquier momento. Oigo que nuestros cuerpos sudorosos chocan con violencia y los gruñidos guturales de Joe sobre mí. Me concentro en sofocar la necesidad de dejarme llevar. Siento tanto placer que casi roza el dolor. Pero con la mente puesta en cualquier sitio excepto en mi cerebro, soy esclava de las necesidades de mi cuerpo.
 
Entonces sale de mí y me deja con las ganas. ¿Qué hace? Yo gimoteo al sentir que mi inminente descarga se retira. Me dispongo a gritarle, pero siento que empieza a deslizarme un dedo por el centro del trasero. Me tenso de los pies a la cabeza.
 
«¡Ay, no!»
 
—Puedes hacerlo, ___. —Desliza los dedos entre mis muslos y los introduce en mi interior, recoge la humedad y la arrastra hacia mi culo—. Relájate, lo haremos despacio.
 
¿Qué me relaje? ¡No puedo! Con lentitud, empieza a trazar círculos alrededor de mi abertura, y todos y cada uno de los músculos de mi trasero se contraen y rechazan automáticamente la invasión.
 
—Relájate, ___ —dice subrayando las palabras.
 
—Lo estoy intentando, joder —mascullo—. ¡Dame un poco de tiempo, coño!
 
¡Lo siento pero no pienso quedarme callada ahora! Oigo que se ríe suavemente mientras baja los dedos hasta mi clítoris y lo masajea, causándome enormes oleadas de placer.
 
—Esa boca —me reprende.
 
Me concentro en respirar hondo.
 
—¿No hace falta un poco de lubricante o algo? —jadeo.
 
—Estás empapada, ___. Con eso basta. No se te da muy bien seguir órdenes, ¿verdad? —Me mete el pulgar en el orificio y yo me muerdo el labio—. Relájate, mujer.
 
—Dios, esto va a dolerme, ¿verdad?
 
—Al principio sí. Tienes que relajarte. Una vez esté dentro de ti, te encantará, confía en mí.
 
«¡Joder! ¡Joder!»
 
Continúa masajeándome el orificio y yo dejo caer la cabeza, jadeando y sudando por los nervios. Me pone una mano en el cuello y me masajea los músculos tensos. Mientras intento auto motivarme mentalmente, su mano abandona mi cuello y aterriza en mi trasero. Me abre suavemente hasta que siento la húmeda cabeza de su erección empujando en mi abertura.
 
«¡Joder!»
 
—Tranquilízate. Deja que pase —murmura mientras mueve el miembro muy despacio alrededor de mi entrada.
 
«Respira, respira, respira.»
 
Entonces avanza y la inmensa presión que siento me hace echarme hacia adelante impulsivamente. Una de sus manos me agarra de los hombros y me obliga a permanecer donde estoy; la otra continúa guiándolo hacia mi  interior. La presión aumenta cada vez más y yo no dejo de temblar.
 
—Eso es, ___. Ya casi está.
 
Su voz es irregular y forzada. Noto el sudor de su mano sobre mi hombro cuando flexiona los dedos. Y entonces embiste hacia adelante con un gruñido ahogado, atraviesa mis músculos y se desliza hasta el fondo de mi lugar prohibido.
 
—¡Mierda! —grito. ¡Eso duele, joder!
 
—¡Dios, qué apretada estás! —resuella—. Deja de resistirte, ___. ¡Relájate!
 
Yo jadeo mientras me sumerjo en algún punto entre el dolor y el placer. La plenitud que siento es indescriptible, el dolor es intenso, pero el placer... Joder, no hay palabras para describir el placer, y esto no me lo esperaba. La opresión de mis músculos a su alrededor hace que sienta cada vena palpitante y cada sacudida de su erección. Mi cuerpo libera un poco de la tensión acumulada y un placer puro ocupa su lugar.
 
—Joder, qué bueno. Ahora voy a moverme, ¿de acuerdo?
 
Yo asiento, tomo aire y me agarro a la encimera de la isla. Su mano abandona mi hombro y desciende por mi espalda hasta unirse a la otra en mis caderas, pero esta vez no doy ningún brinco cuando me agarra. Estoy demasiado ocupada preparándome para lo que está por llegar.
 
—Muy despacito, ___ —jadea mientras sale lentamente de mí.
 
—¡Joder, Joe! —Como me diga que me calle, voy a enfadarme de verdad.
 
—Lo sé. —Empieza a entrar y a salir a un ritmo lento y controlado.
 
Me estoy deshaciendo de placer. Jamás lo habría imaginado. Siempre lo vi como algo sucio y obsceno. Pero no es así. Me está haciendo el amor, y me encanta. No puedo creérmelo. La intensidad de su reclamo sobre mí hace que se me formen nudos en el estómago. Si me rozara el clítoris ahora mismo me haría estallar.
 
—Eres increíble, ___ —gruñe con voz ronca mientras entra una vez más—. Podría pasarme así toda la puta noche, pero no aguanto más.
 
Me sorprendo a mí misma moviéndome contra sus sacudidas pausadas, invitándolo a acelerar el ritmo. Este placer inesperado es increíble, y estoy al borde de tener el orgasmo más intenso de mi vida. Ni siquiera puedo creerme que lo esté haciendo. Necesito más.
 
—Sigue. —Pronuncio la palabra que jamás creí que diría.
 
—Sí, nena. ¿Te falta mucho?
 
—¡No! —grito, y me empotro contra él. Oigo sus gemidos mientras me coloca una mano sobre el hombro y la otra entre las piernas—. ¡Más fuerte! —grito. Lo necesito.
 
—¡Joder, ___! —exclama, y me penetra con más ímpetu, agarrado de mi hombro y trazando círculos con el dedo sobre mi clítoris palpitante.
 
Lanzo la cabeza hacia atrás.
 
—¡Me viene! —grito.
 
—¡Espera! —me ordena.
 
Siento que su polla se hincha y se estira mientras continúa acelerando. Estoy ida de placer, casi delirante, y justo cuando creo que voy a desmayarme, brama:
 
—¡Ahora!
 
Y me dejo llevar.
 
La habitación empieza a dar vueltas y yo me pierdo. Me dejo caer sobre la encimera con los brazos estirados sobre la cabeza y arrastro a Joe conmigo. Pesa bastante, pero tengo el cuerpo aturdido por el placer. Sólo soy consciente de que su pecho húmedo y firme me aplasta contra el granito, de que su aliento cálido y entrecortado me acaricia el pelo y de que su pene vibrante continúa hundido en mi interior mientras sus espasmos se reflejan sobre mí. Mis músculos se contraen con cada uno de sus latidos y absorbo hasta la última gota de su simiente mientras él acaricia perezosamente los restos de mi orgasmo.
 
Estoy flotando.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 26th 2014, 12:51

no se cuido de nuevo vrdd? :/
esra buena buena
ya quiero que aclaren su estatus sentimental
quiero saber que clase de relacion quiere joeeee jajajajja
siguela pronto esta buenissiiimaaa
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 26th 2014, 13:56

:O wooooooo
que hermosa nove jajaja
ame el capi esta de la
nove sube mas por fis Smile esta
genialosa
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 27th 2014, 19:31

Hola chicas, se estaran preguntando porque estoy publicando un mensaje antes del capitulo y es porque el viernes pasado subieron el ultimo libro de la trilogia Sad y por lo que lei... hay muchas cosas que descubrir de Jesse Ward o, en este caso, de Joe... Ahora el capitulo... espero que les guste la novela tanto como a mi


Capítulo 11
 
—¿Estás bien? —me susurra al oído.
 
—¿Me está permitido hablar?
 
Joe hace presión hacia adelante y me aprieta el hueso de la cadera, lo que provoca que dé un respingo sobre la encimera de la isla.
 
—No seas listilla.
 
—Estoy bien, y bien jodida —suspiro.
 
—___, por favor, vigila esa boca —me advierte. Levanta los brazos y los deja caer sobre los míos; los acaricia con suavidad de arriba abajo.
 
—Pero es verdad. —Nunca me habían tratado así, aunque ha sido increíble.
 
—Ya, pero no hace falta que hables así. Odio que digas tacos.
 
Frunzo el ceño para mis adentros.
 
—Tú también lo haces.
 
—Yo sólo los digo cuando cierta señorita me saca de mis casillas.
 
Suspiro con resignación.
 
—Está bien.
 
Permanecemos tumbados, saciados para una eternidad, mientras recobramos el aliento. Estoy clavada bajo su cuerpo pesado y aplastada contra el granito. Agradezco el frío en la mejilla y observo que mi aliento cálido empaña la brillante superficie. Estoy alejada de la realidad y ahogándome en un torbellino de sensaciones. Me siento exhausta, física y emocionalmente, y todavía más perdida que antes.
 
—Joe.
 
—¿Hummm?
 
—¿Cuántos años tienes?
 
Él me aprieta los brazos.
 
—Veintidós.
 
Pongo los ojos en blanco. Si él tiene veintidós años, yo soy la reencarnación de la madre Teresa. Sonrío para mis adentros. Después de lo que acaba de pasar, eso es poco probable. Noto que empieza a moverse, y una sensación de vacío se apodera de mí cuando sale de mi cuerpo. Se inclina hacia adelante, me besa la espalda y empieza a separarnos, apartando gradualmente la piel de la mía. Tengo frío.
 
—Ven aquí —susurra al tiempo que me agarra de la cintura. Me fijo en que ya no lo hace de las caderas.
 
Coloco la palma de la mano sobre el granito y me incorporo con ayuda de su lenta persuasión. Joder, es como intentar despegar el yeso de una pared. Cuando por fin logro separar el cuerpo de la barra de desayuno, me vuelvo hacia él. Abro los ojos de par en par al ver que vuelve a estar duro. ¿Ya? ¡Si yo estoy agotada!
 
Me coloca sobre la encimera y se abre paso entre mis muslos, me coge los brazos, se los coloca sobre los hombros y vuelve a agarrarme de la cintura.
 
Me estudia los ojos.
 
—¿Estás bien?
 
Yo sonrío ante su atractivo rostro. ¿No es un poco tarde para preguntar eso?
 
—Sí.
 
—Bien. —Se inclina y me estrecha con fuerza entre sus brazos. Aspira el aroma de mi cuello—. No he acabado contigo todavía.
 
Le rodeo la cintura con las piernas y aprieto los muslos.
 
—Ya me he dado cuenta.
 
Es insaciable. Menos mal que sólo es sexo ocasional, porque no creo que pudiese aguantar esto de manera permanente. Acabaría exhausta, si no muerta.
 
—Es el efecto que ejerces sobre mí —me dice encogiéndose de hombros.
 
No puede ser sólo influencia mía, pero acepto el cumplido. Entierro la cara en su cuello e inhalo. Huele de maravilla.
 
—¿Tienes hambre? —me pregunta, y se aparta y me acaricia la mejilla con los nudillos.
 
La verdad es que no, aunque no he tenido tiempo de comer en todo el día. Decidí pasar de los canapés al champán; no quería que me pillasen con la boca llena si alguien quería hablar conmigo en el Lusso.
 
—Un poco —respondo.
 
—Un poco —repite, y en sus labios se atisba una sonrisa. Parpadea y yo sonrío—. Tienes una sonrisa muy abierta, me encanta.
 
Me besa las comisuras de los labios.
 
—¡Mierda! —En cuanto la palabra sale de mi boca, me arrepiento de haberla dicho.
 
—¡Esa boca! —me reprende muy serio—. ¿Qué pasa?
 
—Le dije a Kate que iba hacia casa —contesto. No ha llamado o, si lo ha hecho, no he oído el teléfono—. Será mejor que la llame. Necesita mi coche mañana para ir a visitar a su abuela en Yorkshire.
 
«¡Mierda! ¡Joder, joder, joder!», puedo decir todos los tacos que quiera en mi cabeza. Maldita sea. Mi coche está en el Lusso, y he bebido demasiado como para ir a buscarlo ahora. Tal vez Kate pueda recogerlo por la mañana con la llave de repuesto. No, no puede. La llave de repuesto todavía está en casa de Matt. ¡Joder! Tengo que ir a por mis cosas de una vez. Tendré que coger un taxi para ir a darle las llaves a Kate, y que ella recoja el coche por la mañana en el Lusso.
 
Me retuerzo para liberarme y él me suelta a regañadientes, con el ceño fruncido. Cojo el bolso, que está junto a la puerta de entrada, y busco mi móvil dentro para escribirle a Kate un mensaje y explicarle la situación. Añadiré una P.D. al final para informarla de que al final no tiene novia. Saco los vaqueros que llevo en la maleta.
 
—Tengo que irme.
 
—¿Irte? —brama.
 
Me estremezco.
 
—Sólo tengo unas llaves y Kate las necesita —le explico.
 
Sacudo los pantalones. No voy a molestarme en ponerme la ropa interior. Sólo voy un momento a casa. Meto una pierna por la pernera, doy unos saltitos y me preparo para meter la otra.
 
Avanza tan de prisa que ni siquiera me da tiempo a verle la cara.
 
—¡Eh! —exclamo cuando me levanta en el aire y me lanza sobre su hombro—. ¿Qué haces?
 
Tengo su culo firme y bronceado justo delante. Joe se vuelve y, sin mediar palabra, empieza a avanzar por el apartamento.
 
—¡Mierda! ¡Joe, suéltame! —De un tirón, me arranca los vaqueros de la pierna que he conseguido meter, los lanza al suelo y me da una palmada en el culo—. ¡Ay!
 
—¡Esa boca!
 
Oigo que la puerta golpea la pared de yeso cuando la abre de una patada y entramos en un dormitorio. Esta habitación también es blanca y negra. ¿Qué demonios está haciendo? ¿Es que no ha tenido suficiente? ¿He tenido yo suficiente? Cualquiera diría que sí.
 
Me baja del hombro sin ningún esfuerzo y vuelo ligeramente por el aire antes de aterrizar sobre un mar de suntuoso algodón blanco. Lo primero que percibo es que huele divinamente. Huele a él, a agua fresca y deliciosa.
 
No tengo tiempo de recuperarme de la desorientación. Está entre mis piernas en un nanosegundo. Su erección presiona mi entrada y me agarra de las muñecas con las manos a ambos lados de la cabeza. Sus brazos, completamente estirados, sostienen la parte superior de su cuerpo. Joder, qué rápido es. Todavía no sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí. No obstante, reconozco el sentimiento de anticipación que empieza a formarse en mi interior. Está claro que yo tampoco he tenido suficiente.
 
El resbaladizo extremo de su erección estimula la puerta de mi cuerpo y el corazón se me empieza a acelerar en el pecho mientras me concentro en sus ojos, que, por encima de los míos, me miran con una mezcla de rabia y de sorpresa. ¿Estará loco?
 
—¡No vas a ir a ninguna parte! —ruge.
 
Mueve las caderas y se hunde en mí por completo, presionándome hasta un punto increíble.
 
La penetración nos hace gritar al unísono. Lo tengo muy dentro, y mis músculos se aferran a cada milímetro de su miembro. Se mantiene quieto durante unos segundos, con la cabeza gacha y la boca laxa. Todos mis pensamientos relacionados con el coche han desaparecido para dejar sitio a la anticipación de lo que vendrá. Está claro que nunca me sacio de él.
 
Cuando se recompone, me mira y empieza a retirarse lentamente para cargar de nuevo con un fuerte gruñido.
 
Yo echo la cabeza atrás con un grito.
 
—¡Mírame! —Su voz es un rugido carnal que no debe ser desobedecido.
 
Vuelvo a posar la mirada en la suya mientras él se adentra en mí. Jadeo como un perro deshidratado.
 
—Mucho mejor. ¿Hace falta que te lo recuerde? —pregunta.
 
¿Que me lo recuerde? ¡Si se refiere a la agradable sensación de tenerlo dentro de mí la respuesta es sí! Muevo las caderas e intento que me roce. Estoy excitadísima.
 
Él me mira, expectante.
 
—Contéstame, ___.
 
—Por favor —exhalo. No puedo creerme que le esté suplicando. Bueno, la verdad es que sí. Puede hacerme y pedirme lo que quiera.
 
En su rostro se dibuja una sonrisa petulante. Entonces carga con más fuerza y velocidad.
 
—¡Eres mía, ___! —ruge. Yo cierro los ojos con un alarido de placer—. ¡Abre los putos ojos!
 
No tengo fuerzas para discutir. Los abro y él entra y sale de mi interior a un ritmo y con una fuerza descomunal. Es increíble. Nuestros cuerpos sudorosos chocan y me falta el aliento. Intento controlar la presión que se acumula entre mis piernas. No aparta ni un segundo los ojos de los míos a pesar de nuestros frenéticos movimientos corporales. Le rodeo la cintura con las piernas y levanto las caderas para dejar que me penetre aún más profundamente. Mi detonación se aproxima aún más. Las oleadas de placer que me provocan sus persistentes embestidas me acercan al clímax.
No sé qué va a ser de mí.
 
—Joder, ___, ¿estás bien? —dice entre gruñidos.
 
Me suelta las muñecas y oigo el golpe de sus puños contra el colchón.
 
—¡No pares! —grito, y levanto las manos hacia sus resbaladizos bíceps. Clavo las uñas en ellos para intentar agarrarme. Él grita y me percute todavía con más fuerza. Echo la cabeza hacia atrás, desesperada. Su fuerza y su control escapan a toda comprensión.
 
—Maldita sea, ___. ¡Mírame!
 
Vuelvo a enderezar la cabeza y nuestras miradas se cruzan de nuevo. Tiene las pupilas dilatadas hasta tal punto que apenas se ve el café de sus ojos. Frunce el ceño y gotas de sudor le resbalan por las sienes. Deslizo una mano hasta su nuca, le agarro del pelo empapado y tiro de él hacia mí hasta que nuestros labios chocan y nuestras lenguas danzan; mientras, él continúa con sus mortificantes estocadas.
 
No puedo aguantarlo más.
 
—Joe, me corro —jadeo contra sus labios. Me aferro a él con tanta fuerza que se me duermen las puntas de los dedos.
 
—¡Mierda! A la vez, ¿vale? —gruñe con los dientes apretados. Me aporrea con fuerza unas cuantas veces más, hasta que casi pierdo el sentido, antes de gritar—: ¡Ya!
 
Y lo libero todo: la tensión acumulada entre las piernas, el peso de mis pulmones y el furor de mi vientre. Todo sale despedido en una inmensa ola de presión y un sonoro alarido.
 
—¡Dios mío! —exclama mientras empuja con fuerza una última vez antes de dejarse caer sobre mí.
 
Siento su inyección abrasadora en mi interior, me derrumbo a su lado y cierro los ojos, exhausta. Él se apoya sobre los antebrazos, sin aliento y empapado de sudor, mientras se retira poco a poco, penetrando unas cuantas veces más con embestidas largas y calculadas. Mis músculos se contraen a su alrededor para ordeñar hasta la última gota de su eyaculación. No pienso con claridad. Este hombre me ha provocado cuatro orgasmos increíblemente intensos en menos de cuatro horas. ¡Eso es uno por hora! Mañana no podré andar.
 
Me quedo así, saciada y agotada, jadeando y dolorida por el esfuerzo. Empiezan a pesarme los ojos. Siento su frente contra la mía y los abro para ver que los suyos están completamente cerrados. Me muevo un poco debajo de él para atraer su atención, y siento que su erección en retroceso da una sacudida dentro de mí. Se obliga a abrir los ojos y levanta la cabeza para centrarse en mí. Analiza mi rostro, se acerca a mi boca y me da un beso en los labios maltratados con toda la ternura del mundo. Suspiro cuando deja caer el torso y se tumba sobre mi cuerpo. Su pecho, pesado pero bienvenido, descansa sobre mí, y yo acepto la carga y estiro los brazos para acariciarle la espalda con los dedos al tiempo que apoyo la barbilla en su hombro y miro al techo. Él se estremece ligeramente y entierra el rostro en mi cuello, posando los labios sobre mi yugular.
 
Jamás me había sentido tan bien. Sé que sólo es sexo, y los efectos secundarios que tiene, pero ésta es la sensación más agradable del mundo. Tiene que serlo. La ferocidad de este hombre es adictiva, su ternura es dulce y su cuerpo supera la perfección. Es la personificación de la masculinidad. Estoy metida en un buen berenjenal.
 
Sigo acariciándole la espalda. Me pesan los párpados. Siento todo su peso encima y tengo las puntas de los dedos dormidas debido a la fricción de las caricias. Noto su respiración pausada y regular contra mi cuello. Se ha dormido y estoy atrapada debajo de su cuerpo macizo. Cuando dejo de acariciarle la espalda, mueve las caderas ligeramente y se quita de encima con lentitud. Me deja un inmenso vacío que me hace desear haber aguantado su peso un rato más, o tal vez toda la vida.
 
Se apoya sobre los codos y me mira. Coge un mechón suelto de mi pelo y analiza el brillante rizo caoba mientras juguetea con él entre sus dedos índice y pulgar.
 
—Has hecho que me quede dormido —dice con voz ronca.
 
—Ya.
 
—Eres demasiado bonita —susurra, y vuelve a mirarme.
 
Tiene los ojos cansados. Estiro la mano para pasarle el pulgar por la frente y hundo los dedos en su pelo.
 
—Tú también —digo con ternura. La verdad es que es muy hermoso.
 
Él sonríe levemente, agacha la cabeza y me acaricia los pechos con la nariz.
 
—Ya se lo he recordado, señorita.
 
¡Ja! Lo sabía. Era un polvo recordatorio después de que el polvo para que entrase en razón fracasara. Bueno, no ha fracasado, aunque yo diría que más que para hacerme entrar en razón ha sido para hacerme perderla.
 
Se separa lentamente de mi cuerpo y vuelve a incorporarse. La sensación de frío que me invade al instante hace que desee tirar de él para que se tumbe de nuevo. Sí, me lo ha recordado muy bien. Me ofrece las dos manos. Se las acepto y dejo que tire de mí hasta que quedo a horcajadas sobre sus muslos. Me rodea la espalda con un brazo y me acuna contra su pecho mientras se vuelve y se sienta con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, conmigo de cara. Me pone las manos en la cintura y traza círculos con los pulgares sobre mis caderas. Hace que me estremezca.
 
Coloco las manos sobre las suyas para detener los movimientos.
 
Él me sonríe con picardía.
 
—Pasa el día conmigo mañana.
 
¿Cómo? Pensaba que sólo era sexo. Tal vez quiera pasarse todo el día en la cama conmigo. Joder, después de lo de esta noche voy a necesitar una semana para recuperarme, puede que más. Estoy, literalmente, jodida.
 
—Tengo cosas que hacer —digo con cautela. Tengo que ser prudente. Debo mantener esto a un nivel informal, o tal vez no volver a verlo jamás. Es el típico chico malo, aunque algo mayor. Es peligroso, enigmático y absolutamente adictivo. Soy consciente de ello, pero aun así temo engancharme.
 
—¿Qué cosas? —pregunta algo enrabietado.
 
La verdad es que no tengo nada que hacer. Sólo arreglar mi habitación. Parece una leonera, pero tengo muy poco espacio y demasiados efectos personales. Debería empezar a buscar otro sitio, pero me encanta vivir con Kate.
 
—Tengo que ordenar cosas —contesto, y le agarro las manos cuando veo que intenta volver a mover los pulgares de nuevo.
 
—¿Qué cosas? —Parece confundido.
 
—Kate me ha acogido en su casa temporalmente. Llevo allí cuatro semanas, y lo tengo todo manga por hombro. Tengo que empezar a organizarme para cuando me mude a otro sitio.
 
—¿Dónde vivías hace cuatro semanas?
 
—Con Matt.
 
Hace una mueca.
 
—¿Y quién coño es Matt?
 
—Relájate. Es mi ex novio.
 
—¿Ex?
 
—Sí, ex —me reafirmo, y veo que una ola de alivio inunda su rostro. Pero ¿qué le pasa?—. Joe, tengo que ir a por mi coche —insisto.
 
No puedo dejar que Kate conduzca a Margo hasta Yorkshire. Va dando bandazos y sacudidas. Para cuando llegue allí, le habrán salido almorranas. Tiene que asegurar las tartas en cajas de poliestireno, atarlas con correas y reducir la velocidad a cinco kilómetros por hora sobre los badenes.
 
—Tranquila. Te acercaré mañana por la mañana.
 
Entonces ¿voy a quedarme aquí?
 
—Se irá sobre las ocho. —Tal vez no le apetezca tanto si lo saco de la cama un sábado a primera hora de la mañana.
 
—De acuerdo —dice, y esboza una sonrisa malévola. Yo imito su sonrisa, traslado sus manos a mi cintura y me llevo las mías a la cabeza para quitarme las horquillas que me recogen el pelo. Me están dando dolor de cabeza. Empiezo a desprenderme de ellas y él me mira con el ceño fruncido.
 
Me detengo.
 
—¿Qué pasa?
 
—Te niegas a pasar el día conmigo, pero me pones esas preciosas tetas delante de la cara. No es justo, ___ —dice, y estira el brazo para tocarme un pezón, lo cual provoca que se endurezca al instante.
 
Yo protesto y me agarro el pecho.
 
—¡Oye! Tengo que quitarme las horquillas. Se me están clavando en la cabeza. —Me quito una y me la pongo en la boca.
 
Me observa con interés, se inclina hacia adelante, coge la horquilla entre los dientes y la escupe fuera de la cama. Entonces hunde la cara en mis tetas. Yo sonrío para mis adentros y le acaricio el pelo mojado, desoyendo la vocecita de mi cabeza que me dice que no me emocione demasiado. Inspira profundamente, se aparta y me da un besito en cada pezón. Luego me vuelve sobre su regazo.
 
—Déjame a mí. —Levanta las rodillas, de modo que quedo sujeta entre ellas y su pecho, con los antebrazos apoyados sobre sus rótulas.
 
Empieza a pasarme los dedos por el pelo y a localizar las horquillas. Las retira y me las da por encima del hombro.
 
—¿Cuántas te has puesto? —pregunta.
 
Me masajea el cuero cabelludo y encuentra una que se le había olvidado.
 
—Unas cuantas. —Me da la última—. Tengo mucho pelo que sujetar.
 
—¿Unos cuantos centenares? —pregunta asombrado—. Eres como un muñeco de vudú. Bueno, creo que ya están todas.
 
Coge las horquillas de mi mano y las deja en la mesita de noche. Después me acaricia los hombros y vuelve a darme la vuelta para colocarme contra su pecho, con la parte externa de mis piernas flexionadas apoyada contra la parte interna de las suyas.
 
Es tan cómodo, y a mí me pesan tanto los párpados... He tenido un día tremendamente ajetreado, y ha terminado con una maratón de sexo con este hombre cautivador sobre el que estoy apoyada. Quizá debería marcharme ya. Así evitaríamos ese incómodo sentimiento que seguramente se apoderará de nosotros por la mañana. Pero entonces siento que sus antebrazos me rodean el torso y mi cabeza cae automáticamente sobre su hombro. Estoy tan a gusto y tan cansada que no pienso moverme de aquí. Cada cierto tiempo me regala besos en el pelo, así que no tardo en quedarme traspuesta con el sonido de su respiración constante. Se me cierran los ojos. Estiro el brazo y empiezo a acariciarle la pierna.
 
—¿Cuántos años tienes? —farfullo, y siento que me estoy quedando dormida.
 
Su pecho da unas leves sacudidas que me indican que se está riendo.
 
—Veintitrés.
 

Yo dejo escapar un bufido de incredulidad, pero no tengo fuerzas para discutir con él. El cansancio me vence y me quedo dormida.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 27th 2014, 21:20

Wooooo yo kiero mas nove sta
bn genialosa me encanto en vd
osea q no sacaran lo q falta d el q chafa pero aun asi la amo jajajajajajajaja
bn me despido adios cuidate Smile bye tqm
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 28th 2014, 19:10

Capítulo 12
 
Me despierto exactamente en la misma postura en la que me había dormido, pero tapada con un edredón hasta la cintura. Joe sigue rodeándome el torso con los brazos y mis manos descansan sobre ellos. El intenso olor a sexo se percibe en el ambiente.
 
Necesito hacer pis.
 
Inspecciono la habitación en busca de un reloj. ¿Qué hora será? Oigo la respiración suave y serena de Joe junto a mi oreja. No quiero moverme para no despertarlo, pero necesito ir al baño urgentemente. Y podría marcharme antes de que él se despierte y me eche.
 
Despacio, empiezo a despegar sus brazos de mi cuerpo pegajoso. Él gruñe un poco entre sueños y hace que sonría para mis adentros. Me sorprende no estar arrepentida. No siento ningún tipo de remordimiento o culpa. Este hombre es nocivo para mi corazón, lo sé, pero tiene algo que... Su persistencia debería repelerme, pero no lo hace. No me arrepiento en absoluto. Pero tampoco deseo permanecer aquí más de lo debido. De eso nada. Pienso tomar las riendas de esta situación.
 
Justo cuando creía que estaba progresando, sus brazos se aferran a mí y me inmovilizan.
 
—Ni se te ocurra, señorita —gruñe con la voz áspera por el sueño.
 
Lo agarro de los antebrazos con las manos e intento que me suelte.
 
—Necesito ir al cuarto de baño.
 
—Me da igual. Aguántate. Estoy cómodo.
 
—No puedo.
 
—No te voy a soltar —dice rotundamente, y con un golpe me aparta la mano de su antebrazo mientras sigue sujetándome.
 
Yo dejo caer la cabeza sobre su hombro de nuevo, desesperada. Se vuelve hacia mí y me besa la mejilla con dulzura. La barba que le ha crecido durante la noche me rasca la cara. Es agradable, pero no es la reacción matutina que esperaba.
 
Cuando advierto que ha relajado los músculos ligeramente y que está ocupado besándome la mejilla, me dispongo a moverme, pero en cuanto nota que lo hago para huir me pone boca arriba con las piernas separadas y me agarra de las muñecas, una a cada lado de mi cabeza. Me mira con los ojos brillantes y llenos de júbilo. Sí, está orgulloso de sí mismo hasta el extremo y tiene un aspecto absolutamente glorioso con el pelo revuelto y la barba castaña oscura.
 
Su erección matutina presiona mi dispuesta abertura y solicita la entrada. Estoy indefensa. Mi cuerpo responde ante él y no me deja ni pensar. El dolor en la vejiga pronto se ve sustituido por un intenso ardor entre las piernas, y mi corazón se traslada a algún lugar situado entre mi esternón y mi garganta. Su olor al alba es una mezcla de sudor dulce y de ese aroma a agua fresca que tanto me gusta. Es una fragancia que me embriaga, y soy consciente de que apenas puedo respirar. Debe de pensar que soy demasiado fácil.
 
Y lo soy... con él.
 
Me frota la nariz con la suya.
 
—¿Qué tal has dormido?
 
¿Ahora quiere ponerse a charlar? Me saltan chispas en la entrepierna..., ¿y él quiere hablar?
 
—Muy bien —digo, y muevo las caderas de manera sugerente.
 
Enarca las cejas y se le forma una sonrisa en los labios.
 
—Yo también.
 
Espero, resignada, a que él tome la iniciativa. Esta vez quiere ir despacio, y me parece bien. Pero ¡podría darse un poco más de prisa!
 
Me observa con detenimiento mientras acerca lentamente su rostro al mío. Cuando por fin nuestros labios se rozan, gimo y abro la boca para invitarlo a entrar. Tiemblo de forma involuntaria cuando me lame la lengua suavemente con la suya, tomándose su tiempo, seduciendo mi boca con lentitud y retirándose de vez en cuando para besarme los labios con dulzura antes de continuar explorando. Me encanta este Joe sensible. Esto no tiene nada que ver con el amo dominante que me encontré ayer.
 
Cuando considera que ya me tiene cautivada, me libera las muñecas y me acaricia un costado con la punta del dedo índice. Es suficiente para hacer que pierda la razón y empiece a mover las caderas al tiempo que la presión que siento en el vientre desciende a gran velocidad hacia mi sexo.
 
Su tacto es adictivo. Él es adictivo. Soy totalmente adicta.
 
Le agarro el culo, duro como una piedra, con las palmas de las manos, y le aplico un poco de presión para apretar sus caderas contra las mías deliberadamente. Ambos gemimos en armonía en la boca del otro.
 
—Pierdo la razón por completo cuando estoy contigo, señorita — murmura contra mis labios.
 
Se aparta, me observa el rostro y se hunde lenta e intencionadamente en mí, centímetro a centímetro. Mis manos salen disparadas hacia su espalda y cierro los ojos con fuerza. Me ha llenado por completo.
 
Él permanece inmóvil y deja que me acople a su alrededor, con la espalda tensa y la respiración entrecortada. Sé que debe de estar costándole una barbaridad quedarse tan quieto.
 
—Mírame, ___ —susurra.
 
Abro los ojos y me encuentro con los suyos de inmediato. La expresión de su rostro confirma mis pensamientos: tiene la mandíbula tensa, la arruga de la frente más marcada que de costumbre y los ojos cafés en llamas. Muevo un poco las caderas para darle a entender que estoy bien y, tras mi invitación, empieza a retirarse con lentitud hasta que estoy segura de que va a salir, pero entonces, poco a poco, comienza a hundirse de nuevo hasta la parte más profunda de mi ser, y entra y sale, y entra y sale.
 
—Hummm... —gimo con un largo suspiro.
 
—Me encanta el sexo soñoliento contigo —exhala.
 
Las acometidas, medidas y deliberadas, me están haciendo perder el control, así que empiezo a levantar las caderas para recibir sus penetraciones, dejo que él entre más en mí y yo me excito todavía más. Es una sensación extraordinaria. No voy a aguantar mucho tiempo si sigue así.
 
—¿Te gusta, ___? —pregunta en voz baja. Sabe que sí.
 
Su mirada sigue clavada en la mía; me sorprende ver que soy capaz de mantener ese nivel de intimidad. Me resulta natural, y no me siento ni incómoda, ni violenta, ni angustiada. Es como si estuviésemos predestinados a estar así. Qué tontería.
 
—Sí —suspiro.
 
—¿Más rápido?
 
—No, me gusta así, por favor, sigue así. —Así es perfecto. El Joe dominante, agresivo y potente es increíble, pero en estos momentos esto es absolutamente perfecto.
 
Su mirada se pierde mientras me observa y continúa entrando y saliendo de mí con movimientos acompasados. Estoy a punto. Quiero besarlo, pero él parece conformarse con sólo mirarme. Le rodeo el trasero con las piernas y le acaricio suavemente los brazos arriba y abajo. Entonces se retira despacio, se detiene y es como si volviera en sí. Sus ojos sondean los míos.
 
—Basta de sexo soñoliento —murmura, y se hunde de nuevo hasta los más profundos confines de mi cuerpo sin darme tiempo a adaptarme.
 
Lanza un grito, se retira y repite el delicioso movimiento una y otra vez, se aparta lentamente y empuja con ímpetu. El placer me inunda como una fuerte tormenta y me hace perder la cabeza. Sus movimientos son exactos y controlados. Estoy llegando al límite. Le agarro del pelo y acerco su boca a la mía, le paso la lengua por el labio inferior, se lo muerdo con suavidad y dejo que se deslice entre mis dientes mientras lo estiro. Él vuelve a entrar y, con expresión tensa, me busca la boca y me besa con pasión.
 
—No voy a dejarte escapar nunca —me informa entre beso y beso.
 
Me siento abrumada. Joe es un potente afrodisíaco para mí. Mi mente y mi corazón están llenándose de sentimientos extraños respecto a este hombre.
 
—No quiero que lo hagas —respondo contra sus labios. De repente soy consciente de lo que he dicho y me siento confundida.
 
Él se para, detiene sus embestidas rítmicas justo cuando empezaba a deshacerme en sus brazos. Hago una mueca ante la falta de movimiento, y mi orgasmo queda suspendido en el limbo. Con toda su longitud aún dentro de mí, aparta la cabeza y me mira. Inmediatamente salgo de mis confusos pensamientos al ver la expresión de disgusto de su rostro.
 
Mierda, ¿he metido la pata al decir eso? Es sólo que me he dejado llevar por la pasión del momento. Aparto la mirada. La he cagado.
 
—Mírame, ___ —ordena. Yo vuelvo a mirarlo a regañadientes y veo que su expresión se ha suavizado un poco—. Vamos a tener esta conversación cuando estés serena y no loca de lujuria.
 
Saca de mi interior su gruesa erección hasta la punta y se coloca sobre mí.
 
Es verdad, pierdo la cabeza cuando estoy con él, sobre todo cuando me toma de esta manera. Me embriaga de placer y acabo diciendo tonterías.
 
Se pasa la lengua por el labio inferior y jadea mientras empuja de nuevo; su movimiento reactiva mi orgasmo. Siento que me arde la piel mientras bombea con lentitud y fuerza, hasta el fondo. Le cojo la cabeza con las manos y lo aproximo a mis labios para devorarlo mientras él continúa con sus deliberadas arremetidas y me acerca cada vez más a otro orgasmo orgásmico.
 
—Me voy a correr —farfulla—. Córrete conmigo, ___. Dámelo.
 
Y con tres estocadas más, dejo la mente en blanco y los fuegos artificiales empiezan a estallar en mi cabeza. Me corro bajo su cuerpo con un sonoro alarido.
 
—Eso es, nena —dice entre dientes, y se une a mi placer mientras yo sigo emitiendo gritos y gemidos largos y graves.
 
Su erección se expande y se agita dentro de mí antes de expulsar, chorro a chorro, su húmeda simiente en mi interior. Joe se desploma sobre mi cuerpo y sigue apretándome con fuerza, asegurándose de que se vacía hasta la última gota. Estoy exhausta. Ambos permanecemos entrelazados, jadeando y esforzándonos por respirar.
 
—No sé qué decir —me susurra al oído.
 
Yo empiezo a recobrar la conciencia. Todavía me estoy recuperando del orgasmo, pero lo he oído, alto y claro, y no sé muy bien cómo tomármelo. Creo que ambos hemos dicho demasiadas cosas ya. Mi propio comentario hace que me sienta un poco incómoda. Eso es lo que sucede cuando te dejas llevar por el momento. La lujuria, el deseo y la pasión se apoderan de tu mente y, antes de que te des cuenta, empiezas a soltar estupideces por la boca.
 
Tras unos minutos de silencio, estoy mucho más que incómoda, así que me revuelvo un poco debajo de él.
 
—¿Puedo usar ya el baño? —pregunto.
 
Él libera un suspiro largo y deliberado para dejarme clara su frustración. Aunque no sé muy bien por qué está frustrado. Acaba de tomarme.
 
Sale de mi cuerpo y se aparta de encima de mí, haciendo un tremendo y exagerado esfuerzo por dejarse caer sobre la cama. Yo me despego de las sábanas y, sin mediar palabra, camino sobre la moqueta blanca hasta el cuarto de baño y cierro la puerta tras de mí. Sé que ha observado cada paso que he dado. He sentido que sus ojos me aguijoneaban la espalda desnuda. La inevitable incomodidad se ha retrasado, pero ya está aquí. Y ha llegado con ganas.
 
Uso el retrete, me lavo las manos y me tomo unos momentos para prepararme psicológicamente antes de volver a abrir la puerta. Él sigue echado boca arriba, desnudo sin ningún pudor, y me clava la mirada de inmediato. No sé qué hacer.
 
Al final, vuelvo a entrar en el cuarto de baño, cojo una toalla blanca y suave del toallero, me envuelvo con ella y sujeto el extremo con la axila. Salgo del aseo, me dirijo directamente a la puerta del dormitorio y llego al espacioso salón. El suelo de la cocina está lleno de cristales que me recuerdan lo que pasó anoche cuando se abalanzó sobre mí de repente. Iba a ocurrir antes o después, lo hiciese o no, pero ahora la naturalidad de nuestros cuerpos al unirse ha disminuido y ha dejado espacio para una sola sensación: la incomodidad.
 
Veo mis bártulos junto a la puerta de entrada y busco mi teléfono.
 
«¡Mierda!» Son las siete y media. Se supone que Kate se marcha dentro de media hora. Le mandé un mensaje diciéndole que iba hacia casa y no he aparecido. Aunque ella ni siquiera ha llamado para ver dónde estoy. ¡Qué detalle!
 
—¡Joder! —exclamo entre dientes.
 
Me vuelvo y veo a Joe, todavía desnudo, mirándome con cara de enfadado. Pero ¿por qué coño está enfadado? Ahora soy yo la que está cabreada.
 
—¡Esa boca! —me reprende con el ceño fruncido.
 
Está muy mosqueado. Bueno, y yo también. ¡Conmigo misma! Cojo mi maleta y me dirijo hacia su cuarto de baño, aunque me paro para ir recogiendo mi ropa diseminada por el suelo.
 
—¿Puedo usar la ducha?
 
—¡No! —espeta.
 
Yo me echo a reír.
 
—No seas crío, Joe —le digo con tono condescendiente, y paso por delante de él, tan lejos como puedo, para volver al cuarto de baño. Sé que es mejor para mí no tocarlo.
 
Me dispongo a cerrar la puerta, pero él la detiene con el hombro y entra detrás de mí. Lo miro con desaprobación y me aparto para abrir el grifo de la ducha. ¿Está enfadado por lo que he dicho en la cama? No lo culpo. Yo también estoy enfadada conmigo misma. Tiene razones para estarlo. Debería mantener la boca cerrada mientras follamos. Aunque, bien pensado, él debería hacer lo mismo. También ha dicho unas cuantas tonterías.
 
Busco en mi maleta la camiseta que llevaba puesta ayer, dejo caer las chanclas al suelo embaldosado, tiro el estuche de maquillaje junto a la pila del lavabo y me cepillo los dientes. Durante todo ese tiempo, Joe permanece ahí, echando humo.
 
Cuando la habitación está llena de vapor, me quito la toalla con todo el pudor del mundo. Pero estoy enfadada, así que me importa una mierda. Abro la puerta de la ducha y me meto dentro para lavarme los cuatro asaltos de Joe Jonas. Si no fuese porque estoy toda pegajosa por el sudor y el semen que se extienden por todo mi cuerpo, ni siquiera me molestaría. Me habría marchado ya.
 
El agua caliente me relaja a pesar de la mirada encolerizada de mi espectador. Me lavo el pelo y dejo que el agua caiga sobre mí durante unos momentos más. Pero no tengo tiempo de disfrutar de una ducha calmante. Cuando abro los ojos, la puerta está abierta de par en par. El aire frío envuelve mi cuerpo desnudo. Joe me mira con una mueca de ira.
 
—¡No vas a ir a ninguna parte! —me ladra.
 
Yo lo miro, totalmente exasperada y con la boca abierta hasta el plato de la ducha. Ha hecho lo que ha querido conmigo desde que llegué aquí, ¿y todavía no está satisfecho?
 
—Por supuesto que sí.
 
—¡De eso nada!
 
—Joe, pero ¿qué problema tienes? —El agua caliente de la ducha cae sobre mí, el aire frío me envuelve y tengo a un tío bueno crispado delante.
 
—¡TÚ! —me grita.
 
—¿Yo?
 
Menuda cara tiene. Paro el agua y me abro paso junto a su enorme cuerpo; ignoro las chispas que recorren el mío al tocarlo. ¿Qué se ha creído que soy? ¿Un objeto que puede follarse a voluntad? Me envuelvo con una toalla y me coloco otra en la cabeza. Me froto con ella para eliminar la humedad. No tengo tiempo de secarme el pelo, y además dudo que don Irracional tenga un secador.
 
Noto que me agarra del brazo. Yo tiro de él con brusquedad para soltarme y sigo poniéndome la ropa interior, los vaqueros y la camiseta.
 
—No quiero que te vayas. —Su voz se ha suavizado.
 
—No seas idiota, Joe. No puedes encerrarme aquí como a una esclava sexual. Seguro que hay muchas mujeres rendidas a tus pies, búscate a otra. —No puedo creer que le esté hablando con tanta dureza. Sólo con imaginármelo con otra me entran ganas de matar.
 
Veo su mirada reflejada en el espejo. Tiene los ojos entrecerrados y hacen que me arda la piel.
 
—No quiero a ninguna otra mujer. Te quiero a ti.
 
Paro cuando estoy a medio aplicarme la crema.
 
—¿No has tenido ya suficiente de mí? —pregunto. Una gran parte de mi ser está deseando que diga que no, aunque sabe que las cosas acabarían mal si lo hiciera.
 
Alarga la mano y me acaricia la mejilla con los nudillos. Yo me apoyo contra ella involuntariamente, y cierro los ojos.
 
—Lo siento —dice con suavidad, y me rodea la cintura con el otro brazo para atraerme hacia su pecho y posar los labios junto a mi oído—. Perdóname.
 
Joder, pero ¿qué estoy haciendo? Este hombre es un imán. Absorbe todo mi sentido común y me convierte en una persona irracional. Me vuelvo para mirarlo y dejo que tome mi boca suave y vacilantemente.
 
Desliza la mano desde mi mejilla hasta mi nuca, y hunde los dedos en mi pelo mojado. Me acaricia la lengua y los labios con veneración. Ya he vuelto a caer en su red. Estoy completamente perdida.
 
Me libera la boca.
 
—Mucho mejor. —Me da un beso en la nariz—. ¿Aún quieres que te lleve?
 
Arqueo las cejas y sonrío abiertamente.
 
—¿A por mi coche?
 
Vuelve a pegar los labios a los míos y resopla.
 
—Me encanta esa sonrisa. Dame diez minutos.
 
Abre el grifo de la ducha y coge una toalla limpia del calentador.
 
—¿Puedo beber agua? —pregunto.
 

—Puedes hacer lo que quieras, nena —responde. Me da una palmada en el culo y se mete en la ducha.
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 28th 2014, 22:23

Hola k krees ame el capi esta hermoso
ya subi tres capis jajaa espero q t guste bn me despido adioa
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VaLeexD
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 29th 2014, 12:58

Siiii



Siigueelaaa
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Tatu d'Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Enero 29th 2014, 20:43

dios dios me he perdido capis suuuper buenos
me encanta esta novela!!
SIGUELAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 1st 2014, 16:45

Capítulo 13
 
Estoy de rodillas, recogiendo con cuidado los trozos de cristal del suelo de la cocina, cuando Joe sale de la habitación. Alzo la vista. Qué andares tiene. Avanza hacia mí vistiendo unos shorts beige, un polo de Ralph Lauren blanco —con el cuello levantado— y unas Converse azules. El vello café oscuro de sus piernas musculosas destaca sobre su ligero bronceado. No se ha afeitado, pero la barba de dos días no oculta sus atractivas facciones. Y yo de rodillas, con la boca abierta y hecha un desastre. Se detiene delante de mí y me sonríe. Parece más joven.
 
—Me temo que estoy en desventaja —bromeo.
 
Sus ojos resplandecen con deleite mientras se agacha delante de mí.
 
—Parece que tu desventaja juega en mi favor —dice, y me guiña un ojo.
 
Quiero saltar sobre él, pero llevo un montón de cristales en la mano, los dos estamos vestidos y es tarde. Tendré que aguantarme.
 
—Trae. —Junta las manos para que le pase los fragmentos de cristal—. No deberías haberlo recogido, podrías haberte cortado —me reprende.
 
Los dejo caer en sus palmas, me levanto del suelo y él lo tira todo a la pila de la cocina.
 
—Ya lo recogeré después.
 
Se pone sus Ray-Ban Wayfarer, coge las llaves y mis bártulos, me agarra de la mano y me guía hasta la puerta.
 
—¿Hoy trabajas? —pregunto.
 
—No, de día no hay mucho que hacer en La Mansión. —Me guiña de nuevo un ojo. Yo me derrito. Es un granuja, y me encanta.
 
Al abrir la puerta nos encontramos con un par de hombres desaliñados que llevan portapapeles y visten un mono azul. El logo bordado en sus uniformes dice: «B&C Mudanzas.»
 
—¿Señor Jonas? —pregunta el que parece un camionero. Sus dientes amarillentos indican que debe de fumar unos cincuenta cigarrillos y tomar unos veinte cafés al día.
 
—Las cajas que están en la habitación de invitados van primero. Mi asistenta llegará pronto para ayudarlos con el resto. —Tira de mí pasillo adelante y deja que el camionero y su desgarbado aprendiz hagan su trabajo—. ¡Cuidado con el equipo de esquí y de ciclismo! —grita tras volver la cabeza por encima del hombro.
 
—¿Tienes asistenta? —pregunto totalmente sorprendida. Y no sé por qué. El tío se ha comprado el ático del Lusso por la friolera de diez millones de libras. ¿Por qué no lo he imaginado antes? Está podrido de dinero.
 
—Es la única mujer sin la que no podría vivir —responde con frivolidad—. Se marcha a Irlanda la semana que viene a visitar a su familia. Entonces todo se desmoronará.
 
Llego a mi coche en un tiempo récord después de que Joe sortee el tráfico de la mañana. Los conductores parecen ser más permisivos si vas en un Aston Martin y les haces unos cuantos gestos con la mano. Mete mis maletas en el asiento trasero mientras yo compruebo mi móvil. Son las ocho y diez. Vale, llego tarde. Escribo un mensaje a Kate a toda prisa para decirle que voy de camino y que me espere. Me doy cuenta de que Joe me mira con fijeza. Incluso a través de las gafas de sol —que, por cierto, le quedan de muerte— siento que sus ojos cafés y potentes se me clavan en la piel.
 
Abro la puerta del conductor de mi Mini, me meto dentro y arranco el motor. Joe se agacha a mi lado antes de que pueda cerrar la puerta.
 
—Voy a llevarte a comer —me informa.
 
—Ya te he dicho que tengo cosas que hacer. —No voy a dejar que el Joe granuja me aparte de mi objetivo, aunque es bastante tentador.
 
—Pues a cenar.
 
—Luego te llamo. —He pasado toda la noche con él. Me ha follado hasta la extenuación, y yo necesito algo de tiempo para recuperarme.
 
Deja caer los hombros y frunce el ceño.
 
—¿Me estás rechazando?
 
—No, luego te llamo —contesto frunciendo también el ceño.
 
—Vale —espeta—. Pero hazlo. —Se inclina, me planta la mano en los vaqueros a la altura de la entrepierna y me besa apasionadamente en los labios. Sabe lo que se hace. Se aparta y me deja casi sin aliento—. Estaré esperando tu llamada —dice, y se marcha marcando su sugerente manera de andar.
 
Sin duda el beso quería decir: «Mira lo que te estás perdiendo.» Y ha funcionado.
 
—¿Cuántos años tienes, Joe? —grito.
 
Él se vuelve y sigue caminando de espaldas con una media sonrisa en los labios.
 
—Veinticuatro.
 
Yo dejo caer los hombros y emito un largo suspiro de frustración.
 
—¿Cuántas veces tengo que preguntártelo hasta llegar a tu edad real?
 
—Bastantes, señorita.
 
Se levanta un poco las gafas y me guiña un ojo antes de volverse de nuevo y seguir alejándose con sus andares sexy. Todo lo que hace me resulta tremendamente sexual, su manera de comportarse, tan seguro de sí mismo y tan viril. No me extraña que las mujeres caigan rendidas a sus pies. Es el sexo personificado. Y puedo dar cuenta de ello.
 
El motor cobra vida y su coche arranca como si estuviese en una carrera de adolescentes. Tal vez sí que tenga veinticuatro años. Desde luego, a veces se comporta como si así fuese.
 
Entro a toda velocidad por la puerta principal y subo corriendo la escalera. Kate está secándose el pelo en el descansillo. Parece estresada, lo que significa que llega tarde. Cuando me ve, apaga el secador y sonríe de oreja a oreja. Sé que me estoy poniendo como un tomate. Y no va a servirme de nada ponerme a la defensiva.
 
—¿Qué tal la noche? —me pregunta con una ceja enarcada. Ahora ya no parece tener tanta prisa. Los ojos le brillan de satisfacción, y yo no puedo evitar esbozar también una sonrisa.
 
—No ha estado mal —contesto. Me encojo de hombros mientras me agarro, sin darme cuenta, un mechón de pelo. Eso es quedarse muy corta. Ha sido más bien de infarto.
 
—¡Ja! —exclama—. Habla.
 
Me aparta los dedos del pelo y me mira con expectación.
 
—Vale, es un dios, no voy a mentirte. Y se ha comprado el ático.
 
—¡No me jodas! ¿Está buenísimo y es muy muy rico?
 
Sí, eso parece.
 
—¿No estabas preocupada por mí? Te dejé un mensaje en el teléfono.
 
No puedo creerme que no estuviera preocupada por mí.
 
—No he mirado el móvil. Pero, de todas formas, después de ver cómo te observaba lo único que me preocupaba era si hoy ibas a poder andar. —Se echa a reír, deja el secador en el suelo y se dirige hacia su habitación meticulosamente ordenada—. Y, si no me equivoco, me parece que te he visto cojear —insiste.
 
Estoy algo dolorida. Los cuatro asaltos de Joe Jonas me han pasado factura. La sigo hasta su cuarto y me dejo caer en su cama, que ya está hecha y sin una arruga.
 
—Joder, Kate. Se nota que tiene experiencia. —Al decirlo, pienso en las muchas conquistas que debe de haber habido antes que yo y hago una mueca de disgusto.
 
—Querías divertirte sin complicaciones. Y parece que lo has conseguido. ¡Choca esos cinco! —Me da un golpe en la mano y sale de la habitación—. ¿Y no tiene novia?
 
¿Quería divertirme sin complicaciones? ¿Y voy a divertirme sin complicaciones con esta relación?
 
—No, pero ella va detrás de él. Eso es todo lo que sé.
 
—Vaya, pues lo siento por ella. Tengo que pirarme ya. Volveré mañana por la tarde. ¿Qué vas a hacer mientras esté fuera?
 
Me levanto de su cama y estiro las sábanas antes de salir y cerrar la puerta de su inmaculado dormitorio.
 
—Voy a ordenar mis cosas. ¿Hay bolsas de basura?
 
—¡Aleluya! Están debajo de la pila. —Coge su bolsa de viaje y desciende la escalera hasta la puerta—. Puedes coger la furgoneta cuando quieras.
 
¿Está de coña? Necesitaría diez meses de gimnasio para desarrollar la fuerza que hay que tener en las piernas para pisar ese embrague. Me entran rampas sólo de pensarlo.
 
—No tengo pensado ir a ningún sitio. Conduce con cuidado.
 
Sobre las seis en punto estoy sentada en medio de mi habitación rodeada de bolsas de basura. He sido despiadada. Es evidente que la última vez que tiré cosas no me puse demasiado en serio, porque he reunido cuatro bolsas para donar. Todo lo que no me he puesto en los últimos seis meses está en alguna de esas cuatro bolsas. El resto está lavado y planchado y ya lo he doblado y guardado. Me siento purificada. Vacío la papelera en otra bolsa de basura. Las calas que Joe me envió están marchitas, arrugadas y descoloridas. Debería haberlas puesto en agua, pero la verdad es que no esperaba volver a verlo. Quería olvidarme de él. Imposible. Sonrío para mis adentros mientras cierro la bolsa y la saco al contenedor.
 
Me dejo caer sobre el sofá con una botella de vino y una tableta de chocolate de tamaño familiar, dispuesta a ponerme al día con la telebasura del sábado noche.
 
Unas horas después, miro el último trozo de chocolate y siento náuseas. Tengo que empezar a comprarlas de tamaño mediano. Me lo como y lo mastico sin ganas mientras hago zapping.
 
El sonido de mi móvil me obliga a levantarme del sofá, y mi corazón da un pequeño brinco. Podría ser Joe. Miro la pantalla y me lamento. Es Matt. ¿Qué quiere ahora? Es sábado por la noche, y ya está otra vez soltero para hacer lo que le plazca. Aunque, de todas maneras, tampoco es que nada le impidiera hacerlo cuando todavía estábamos juntos.
 
—Dime.
 
—___, ¿estás bien? —No parece estar borracho.
 
—Sí, ¿y tú? —¿Qué querrá?
 
—Bien, ¿qué tal fue ayer?
 
Mi copa de vino se detiene a medio camino de la mesa a mis labios. ¿Por qué de repente me siento interrogada? No es más que una pregunta cordial. ¿Qué debería contestar? ¿Que me tiré a su nuevo propietario en el ático y que después me fui a su casa? ¿Que me dio por el culo? ¿Que es mayor que yo, aún no sé cuánto, pero que es un auténtico adonis? ¿Que casi no puedo andar?
 
—Muy bien, gracias —respondo finalmente.
 
—Genial —gorjea, pero después se hace un silencio.
 
¿A qué viene este interés repentino por mi carrera? Cuando le dije que había conseguido el contrato del Lusso se limitó a preguntarme qué había de cena. Entonces lo oigo coger aire.
 
—___, ¿te apetece que vayamos a comer el martes? —No suena normal. Suena nervioso y tímido, no como el Matt engreído y pagado de sí mismo que yo conozco. ¿Qué hace en casa un sábado por la noche?
 
—Claro, ¿va todo bien?
 
—La verdad es que no. Ya hablaremos el martes, ¿vale?
 
—Vale —respondo vacilante. Espero que no haya pasado nada grave.
 
—Quedamos a la una en el Baroque, ¿te parece?
 
—Claro, nos vemos entonces. —Cuelgo. La verdad es que no parece estar nada bien. Puede que fuese una rata infiel y arrogante pero, aunque estoy mucho mejor sin él, no deja de importarme su bienestar de la noche a la mañana.
 
Apago el televisor, me dirijo a mi habitación recién ordenada y me meto rápidamente bajo las sábanas. Estoy agotada por completo. Meterme en la cama a estas horas un sábado por la noche es algo que no hacía desde hace mucho tiempo, pero después de mis recientes esfuerzos lo único que me apetece es dormir.
 
Me despierto al oír música y me desperezo en la cama. Me estiro con satisfacción, síntoma de que he tenido un sueño muy reparador. Me incorporo. ¿Qué es eso? Mi cerebro tarda un tiempo en espabilarse, pero, cuando lo hace, sigo oyendo la música. Me aparto el pelo de la cara. La música se detiene.
 
«¿Eh?» ¿Ha vuelto ya Kate? Miro el reloj. ¿Las nueve en punto?
Joder, no me levantaba tan tarde desde hace años. Vuelvo a desplomarme sobre la almohada con una sonrisa. Parece que Joe Jonas les va bien a mi vida sexual y a mi descanso.
 
Ya está esa música otra vez. El familiar sonido de la canción de Oasis Sunday Morning Call, cantada por Noel Gallagher, se me clava en los tímpanos. Me encanta esa canción. Frunzo el ceño, cojo el teléfono y veo que el nombre de Joe parpadea en la pantalla. Sonrío y contesto.
 
—¿Cómo lo has hecho? —Tengo la voz ronca de tanto dormir.
 
—¿El qué? —pregunta. No lo veo, pero sé que está esbozando esa sonrisa arrogante y sexy suya.
 
—Has manipulado mi teléfono —lo increpo.
 
—¿Dónde estás?
 
—En la cama. —«¡Recuperándome de ti!»
 
—¿Desnuda? —pregunta, con voz grave y sensual.
 
¡Ni hablar! No pienso iniciar una sórdida sesión de sexo telefónico. Sé por dónde van los tiros. Su voz me provoca ciertas reacciones.
 
—Pues no, la verdad.
 
—Yo podría ponerle remedio.
 
Me estremezco sólo con pensarlo. ¿Cómo es posible que mi cuerpo responda de esta manera estando al otro lado de la línea telefónica?
 
—¿Qué tal tu nuevo apartamento? —Tengo que cambiar el hilo de la conversación rápidamente.
 
—Lleno de mierda italiana.
 
—Muy gracioso. ¿Dónde estás?
 
Él suspira.
 
—En La Mansión. Dijiste que me llamarías. —Parece desairado.
 
Sí, dije que te llamaría, pero sólo han pasado unas veinticuatro horas... Y me incomoda bastante el hecho de que ya me muriera de ganas de hacerlo.
 
—Se me pasó el tiempo arreglando mi cuarto. —Es verdad. Y estoy muy orgullosa del resultado. Sólo paso por alto el hecho de que hice todo lo posible por mantenerme ocupada.
 
—¿Qué haces hoy? Quiero verte.
 
¿Qué? ¿Así, sin más? Joder, ¿no ha tenido suficiente? Es evidente que no, pero ¿es buena idea? Mierda, estoy deseando verlo. Soy demasiado joven para él. Y no me fiaría de él por nada del mundo. Con ese físico, esa confianza en sí mismo y ese talento en el ámbito del placer, es un peligro para un corazón roto. Necesito un hombre en el que confiar, alguien que me cuide y que beba los vientos por mí. Me río para mis adentros. Mis expectativas son demasiado altas, pero después de mis dos últimas relaciones pienso ceñirme a ese plan. Si Joe quiere verme, tendrá que ser bajo mis condiciones. No debe saber que estoy desesperada.
 
—No puede ser —digo con desdén—. Estoy muy ocupada. — ¡Haciendo nada! Joder, necesito verlo.
 
—¿Haciendo qué? —pregunta estupefacto.
 
¿Por qué no iba a estar ocupada? Tengo una vida.
 
—Muchas cosas.
 
—¿Te estás tocando el pelo por casualidad? —Su voz suena socarrona.
 
Me quedo inmóvil, con el pelo entre los dedos. ¿Cómo lo ha sabido?
 
—Te llamaré mañana —le informo. ¿Voy a hacerlo?
 
Justo cuando estoy a punto de colgar, oigo esa voz desagradable que tanto detesto. ¿Qué coño está haciendo ella ahí? Me molesta lo incómoda que me hace sentir. Aunque debería darme igual.
 
—___, espera un momento. —Debe de haber tapado el teléfono, porque ahora las voces suenan amortiguadas, pero no hay duda de que era ella. Me cabreo, lo cual es totalmente ridículo—. Sarah, dame un minuto, ¿quieres? —Parece algo enfadado—. ___, ¿sigues ahí?
 
Debería colgar.
 
—Sí. —¡Seré idiota!
 
—Vas a llamarme mañana —dice. Y es una afirmación, no una pregunta.
 
—Sí. —Cuelgo rápidamente.
 
No era así como quería que acabase la conversación. Prácticamente me ha ordenado que le llame, y yo he accedido. Eso no es llevar las riendas.
 

Me levanto enfurruñada de la cama y me meto en la ducha. Total, ¿qué voy a hacer hoy? Kate no está y la casa está impecable, como siempre. Tengo que buscarme algo que hacer para aplacar los celos irracionales que me han entrado.
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 1st 2014, 21:29

woooooooo!
ese chico no se cansa
no no no
espero que estes de lo mejor que crees
amo tu novela me gusta !
espero q subas mas!!!!
siiiiii ándale siii?
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ro$$ 100% fan$ griton@
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 1st 2014, 22:28

y ahora ? que sucedera con matt?
y esa Sarah tonta
ash siguela
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VaLeexD
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 2nd 2014, 14:16

jajaaj sigueelaaa
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 3rd 2014, 13:42

Capítulo 14


—¡Coño! —Kate está en la puerta de mi cuarto, con la boca y los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué ha pasado aquí?


Me meto la camisa negra por dentro de los piratas y me sorprende ver lo fácil que es encontrar mis tacones de ante negro y el cinturón dorado. Hoy estoy siendo muy ordenada.


—¿Qué tal tu abuela? —pregunto mientras me paso el cinturón por las trabillas del pantalón.


—Sigue senil. ¿Qué has hecho mientras no estaba? —pregunta al tiempo que ahueca una almohada de mi cama.


Yo señalo el cuarto con cara de «¿tú qué crees?», y omito el hecho de que Matt me ha llamado y yo he accedido a ir a comer con él. Ah, y también me reservo que Joe me llamó ayer y pasé de mal humor la mayor parte del día. ¡Qué tontería!


—¿A qué hora volviste? —pregunto. Me cansé de esperar y me bebí la mitad del vino reservada para ella después de llamarla y de que me dijera que estaba en un atasco en la intersección diecinueve de la M1.


—A las diez. Los trabajadores que volvían a la ciudad tenían todas las carreteras congestionadas. La próxima vez iré en tren. ¿Puedes quedar después de trabajar?


—Claro, ¿para qué?


—Tengo que entregar una tarta y necesito ayuda —dice.


—Vale. Recógeme en la oficina a las seis.


Cojo mi bolso negro del armario recién ordenado y empiezo a guardar en él las cosas del bolso que llevaba la semana pasada.


—Muy bien. ¿Has sabido algo del dios?


Levanto de inmediato la cabeza y veo que Kate está sonriendo de oreja a oreja, mientras, dobla la manta de mi cama. La miro con recelo y me acerco al espejo para ponerme el brillo de labios.


—¿Te refieres al señor? Me llamó ayer —revelo como si tal cosa y, al juntar los labios para extender bien el brillo, veo su reflejo en el espejo. Sigue sonriendo con sorna—. ¿Qué? —pregunto a la defensiva.


—¿Ya hemos determinado su edad?


Me echo a reír.


—No. No paro de preguntarle y él no para de mentirme. Está claro que le supone un problema.


—Bueno, el pobre está con una mozuela de veintiséis y todavía debe de estar dando gracias por la suerte que ha tenido. Tendrá treinta y cinco, como mucho.


—No está conmigo. Es sólo sexo —la corrijo con voz poco convincente. Cojo mi bolso y dejo a Kate alisando la cama. Me dirijo a la cocina, me sirvo un zumo y desconecto el móvil del cargador.


Kate llega a la cocina cuando me estoy tomando la píldora. Enciende la hervidora de agua.


—No hay nada mejor que un buen polvo con un adonis para superar una relación. Es tu polvo de recuperación.


Suelto una carcajada. Sí, eso es justo lo que es. Aunque tampoco es que necesitase distracción alguna para superar lo de Matt. Eso fue bastante fácil.


—Exacto —coincido—. Te veo después del trabajo.


Ella se apoya sobre la barandilla y yo bajo la escalera.


—¡A las seis en punto!


Es una mañana de lunes como otra cualquiera, pero lo raro es que hoy ha venido todo el mundo. Al menos uno de nosotros está siempre fuera de la oficina, visitando a algún cliente o algún emplazamiento en el que estemos trabajando. Estoy en la cocina con Patrick, poniéndolo al día sobre los avances en la nueva casa de la señora Kent.


—¿Le has preguntado alguna vez si quiere cambiar de estilo? Puede que sea eso lo que haga que no sienta la casa como su hogar. Puede que le ahorres una fortuna al señor Kent —ríe Patrick—. Aunque yo no me quejo, claro. Por mí puede mudarse todos los años que le queden de vida siempre y cuando siga contratándote a ti para que le apañes la casa.


Frunzo el ceño.


—¿Para que se la apañe? Hago mucho más que eso, Patrick. No sé. Insiste en que lo quiere todo moderno, pero no estoy segura de si es lo que encaja con ella. Creo que se aburre. Eso, o que le encanta estar rodeada de obreros —digo al tiempo que enarco las cejas y me echo a reír.


—Ah, pues puede ser —bromea también él—. Esa pájara tiene unos setenta años. Quizá debería buscarse un amante joven. El señor Kent tiene muchas jovencitas distribuidas por todo el mundo. Y lo sé de una fuente muy fiable. —Me guiña un ojo y yo le sonrío con cariño.


Sé que Patrick se refiere a su mujer, Irene. Se entera de todo lo que pasa. Ella misma se considera una entrometida, sabelotodo y cotilla. Si hay algo que no sepa, es que no tiene interés. No sé cómo Patrick la aguanta. Debe de ser agotador tener que escucharla a diario. Por suerte, sólo se deja caer por la oficina una vez a la semana, antes de ir a la peluquería. Asentir sin parar durante la media hora que se pasa poniéndonos al día sobre su ajetreada vida social —y la de los demás— es soportable. Yo hago todo lo posible por quedar con mis clientes los miércoles sobre las doce, que es cuando sé que Irene va a venir. Patrick es simpático y agradable; lo adoro. Irene es horrible. Me da pavor.


—¿Cómo está Irene? —pregunto por cortesía. La verdad es que me da igual.


Él levanta las manos con desesperación.


—Me saca de quicio. Esa mujer tiene la misma capacidad de concentración que un niño de dos años. Estaba obsesionada con el bridge, y ahora me dice que se ha apuntado a bailar kumba o no se qué. No consigo seguirle el ritmo.


—¿Quieres decir zumba?


—Eso. —Me señala con su barrita de chocolate digestiva—. Parece que está muy de moda.


Yo me echo a reír al imaginarme a Irene ataviada con unas mallas de leopardo y saltando con su generoso trasero arriba y abajo.


—Ah, Van Der Haus quiere verte el miércoles —me informa Patrick guiñándome el ojo—. Te quieren a ti, flor.


—¿En serio?


Él se echa a reír.


—Eres demasiado modesta, mi niña. He comprobado tu agenda y te lo he apuntado a las doce y media. Se hospeda en el Royal Park. ¿Te parece  bien?


—Claro. —No necesito comprobar si tengo un hueco porque Patrick ya se ha tomado la libertad de hacerlo por mí. Y si además evito tener que soportar las novedades de Irene de esta semana, mejor que mejor. Bajo el culo de la encimera de la cocina y me dirijo a mi mesa—. Voy a terminar unos bocetos y a mandar correos electrónicos a unos cuantos contratistas.


Su móvil empieza a sonar.


—¿Qué querrá ahora? —lo oigo farfullar.


Justo cuando me dispongo a ir al indio a por algo de comer, Tom aparece en mi mesa.


—¡Entrega para ___! —me grita, y deja una caja sobre el escritorio.


¿Qué es esto? No espero ningún catálogo.


—Gracias, Tom. ¿Qué tal fue el viernes?


Lanza un grito y sonríe.


—He conocido a un científico. Pero ¡madre mía!, es divino.


«¡No tan divino como el mío!» Me reprendo para mis adentros por tener esos pensamientos. ¿A qué ha venido eso?


—Entonces ¿fue bien? —insisto.


—Sí. Cuéntame, quién era ese hombre. —Pone las manos sobre mi  mesa y se inclina hacia mí.


—¿Qué hombre? —repongo demasiado de prisa. Retrocedo con la silla para poner algo de distancia entre la presencia interrogadora de mi amigo gay y cotilla y yo.


—Tu reacción lo dice todo. —Me mira con los ojos entrecerrados y yo me pongo como un tomate.


—Sólo es un cliente —digo, y me encojo de hombros.


La mirada inquisidora de Tom se desvía hacia mis dedos, que juguetean con un mechón de mi pelo. Lo suelto y agarro rápidamente un boli. Tengo que mejorar mi capacidad para mentir. Se me da fatal. Se pasa la lengua por el interior de la mejilla, se pone de pie y se marcha de mi mesa.


Pero ¿qué me pasa? ¡Sí! Me he tirado a un atractivo madurito de treinta y tantos. ¿O son cuarenta y tantos? Es mi polvo de recuperación.


Abro la caja y me encuentro una única cala encima de un libro envuelto en papel de seda.


Giuseppe Cavalli. 1936-1961


¡Vaya! Lo abro y veo una nota.


___:


ERES COMO UN LIBRO QUE NO PUEDO DEJAR DE LEER. NECESITO SABER MÁS.


UN BESO, J.


«¡Joder!» ¿Qué más quiere saber? No hay nada que saber. No soy más que una chica corriente de veintitantos años. Él sí que debería empezar a decirme algunas cosas, como su edad, por ejemplo. ¿Es normal enviarle regalos a la persona que te estás tirando? Tal vez para los maduritos sí lo sea. Ahora mismo no tengo tiempo de pensar en esto. Tengo un montón de correos electrónicos que responder, tengo que acudir a recibir unas entregas de muebles. Meto el libro en el bolso, guardo la cala en el primer cajón de mi mesa y me marcho al indio a por algo de comer antes de continuar.


A las seis en punto, Margo llega traqueteando y se detiene delante de la acera para recogerme. Me peleo con el tirador oxidado de la puerta y me encaramo al asiento tras apartar una docena de revistas de tartas y tirar al suelo unos vasos vacíos de Starbucks.


—Necesitas una furgoneta nueva —gruño.


Teniendo en cuenta lo ordenada que es Kate en casa, Margo está hecha un asco.


—Chis, vas a herir sus sentimientos —dice riendo—. ¿Qué tal el día? —me pregunta con cautela.


Tengo los hombros totalmente caídos. No he conseguido hacer nada en el trabajo. Me he pasado todo el día pensando en cierta criatura maravillosa de edad desconocida. Saco el libro y la nota del bolso y se los paso. Ella los coge y una expresión de incertidumbre baña sus bonitas y pálidas facciones cuando abre la tapa y la nota cae sobre su regazo. La recoge, lee lo que dice y me mira con la boca abierta.


—Lo sé —digo en consonancia con su cara de asombro.


Vuelve a leer la nota y cierra la boca hasta que su gesto se transforma en una sonrisa.


—¡Vaya! El señor nos ha salido profundo.


Me devuelve el libro y se adentra en el tráfico.


—Eso parece. —Mi mente se traslada a nuestras conversaciones íntimas, pero me obligo a dejar de pensar en ello de inmediato.


—¿Hasta qué punto es bueno en la cama? —pregunta Kate como si tal cosa, sin apartar la vista de la carretera.


Me vuelvo hacia ella de inmediato, pero no me devuelve la mirada.


—Más de lo que puedas imaginar —respondo. ¡El mejor, fantástico, alucinante! ¡No pararía de hacerlo con él jamás!


—¿Va a convertirse en una relación de despecho?


Suspiro.


—Sí, creo que sí. Y no sólo por el sexo.


Estira el brazo, me aprieta la rodilla y sonríe con condescendencia. Entiende perfectamente por lo que estoy pasando.


Aminoramos la marcha en la entrada de una calle residencial y Kate detiene la furgoneta.


—Vale, vete atrás —ordena.


—¿Qué?


—¡Vete atrás, ___! —repite la orden dándome palmaditas en la pierna.


—¿Para qué? —Sé que estoy frunciendo el ceño. ¿Para qué narices quiere que me vaya a la parte de atrás?


Kate señala la calle y entonces lo entiendo todo. La miro con los ojos abiertos de par en par.


Al menos tiene la decencia de parecer algo arrepentida.


—La he protegido, acolchado y sujetado, pero esta calle es una puta pesadilla. Me ha llevado dos semanas hacer esta tarta. Si le pasa algo, estoy jodida.


Desvío mi expresión boquiabierta de Kate y miro la vía de tres carriles con coches aparcados a ambos lados. Sólo el del medio permite que circule el tráfico. Pero no es eso lo que me preocupa, sino los horribles badenes de caucho negro que hay cada veinte metros. Madre mía, voy a dar más vueltas que un penique en una secadora.


—¿No podemos llevarla en brazos? —pregunto con desesperación.


—Tiene cinco pisos y pesa una tonelada. Tú sujeta la caja. Todo irá bien.


Resoplo y me desabrocho el cinturón.


—No puedo creerme que me estés haciendo esto —protesto mientras paso a la parte trasera de la furgoneta para sujetar la enorme caja de la tarta entre los brazos—. ¿No podías montarla allí?


—No.


—¿Por qué?


—Porque no. ¡Tú sujeta la puta tarta! —grita con impaciencia.


Me agarro a la caja con más fuerza, separo las piernas para mantener el equilibrio y apoyo la mejilla contra ella. Estamos en la entrada de la calle con el motor en marcha y parece que nos hayan sacado de una escena cómica.


—¿Lista? —pregunta.


Oigo que mete la primera marcha con un fuerte tirón.


—Venga, arranca de una vez, ¿quieres? —le espeto. Ella sonríe y el vehículo empieza a traquetear hacia adelante. Detrás, un coche empieza a hacer sonar el claxon con impaciencia.


—¡Vete a la mierda, gilipollas! —grita Kate al tiempo que nos topamos con el primer badén.


Mis pies dejan de tocar el suelo y aplasto la cara contra la caja. Cuando vuelvo a bajar, se me resbalan los tacones.


—¡Kate! —chillo, y aterrizo sobre mi trasero.


—¡No sueltes la caja!


Vuelvo a ponerme de pie a duras penas sin soltar la tarta, pero entonces las ruedas traseras rebotan al subir el montículo.


—¡Más despacio!


—¡No puedo! ¡Si no, no los sube! —exclama, y llega a otro badén.


—¡Joder! —Vuelvo a salir volando por los aires y aterrizo con un fuerte golpe seco—. ¡Kate!


Se está partiendo de risa, lo que no hace sino cabrearme todavía más.


—¡Lo siento! —grita.


—¡Mentirosa! —digo entre dientes cuando vuelvo a levantarme.


Me quito los tacones para intentar tener más equilibrio.


—Mierda.


Me aparto el pelo de la cara.


—¿Qué pasa?


—¡No pienso dar marcha atrás, caballero! —sisea.


Un Jaguar viene hacia nosotras y, con sólo una vía disponible y sin sitio para parar, no hay nada que hacer. Una orquesta de fuertes pitidos empieza a sonar a nuestro alrededor. Kate continúa hacia adelante, y yo sigo dando vueltas en la parte trasera de Margo.


—Te voy a embestir —le advierte al del Jaguar mientras aprieta el claxon varias veces—. ¿Qué tal la tarta?


—¡Bien! ¡No dejes que nos gane! —grito, y vuelvo a aterrizar sobre mi trasero—. ¡Mierda!


—¡Aguanta! ¡Sólo quedan dos!


—¡Nooo!


Tras dos sacudidas más y, probablemente dos moratones más en el culo, aparcamos en doble fila y descargamos la estúpida tarta de cinco pisos. El del Jaguar no para de pitar, de insultarnos y de hacernos gestos con la mano, pero no le hacemos ni caso. Aún descalza, ayudo a Kate a trasladar la tarta hasta la inmensa cocina de la señora Link, que va a celebrar el decimoquinto cumpleaños de su hija por todo lo alto. Dejo a Kate a su aire y regreso a la furgoneta para esperarla. Hago como que no oigo los persistentes pitidos de los coches y busco los zapatos en la parte trasera. Podrían estar en cualquier parte.


Noel Gallagher invade mis tímpanos con Sunday Morning Call desde el asiento del copiloto y mi corazón, que ya está agitado por el reciente esfuerzo, empieza a martillearme con fuerza el pecho. Abandono la búsqueda de los tacones y gateo hasta la parte delantera para responder a la llamada. Decido ignorar los motivos por los que tengo tantas ganas de hablar con él.


—Hola —jadeo, y salgo de Margo y me desplomo contra un lateral del vehículo. ¡Estoy exhausta!


—Vale, esta vez no he sido yo quien te ha dejado cansada, así que ¿te importaría decirme quién te tiene jadeando como si no hubieses parado de follar en una semana? —Sonrío. Su voz me causa mucha alegría después del desastre de los últimos veinte minutos—. ¿Qué son todos esos pitidos? —pregunta.


—He venido con Kate a entregar una tarta y estamos bloqueando la carretera —explico, pero me distrae un hombre de negocios rechoncho, medio calvo y de mediana edad que se acerca con cara de pocos amigos.


—¡Aparta la furgoneta, pedazo de imbécil! —brama mientras hacen aspavientos con los brazos.


«Mierda. ¡Kate, date prisa!»


—¿Quién coño es ése? —grita Joe desde el otro lado de la línea.


—Nadie —contesto.


El gordo pelón da una patada a la rueda de Margo.


—¡Apártate, zorra!


Maldita sea, es un hombre de mediana edad con alopecia y está muy cabreado.


Joe gruñe.


—Dime que no ha dicho lo que acabo de oír. —Su voz se ha tornado agresiva.


—Tranquilo. Kate ya viene de camino —miento rápidamente.


—¿Dónde estás?


—No lo sé, en alguna parte de Belgravia. —La verdad es que no me he fijado mucho. Estaba demasiado ocupada rodando por Margo como para fijarme en los nombres de las calles.


El gordo calvo me empuja.


—¿Estás sorda, zorra estúpida?


Mierda, va a atizarme. Joe hiperventila al otro lado del teléfono y, de repente, desaparece. Miro la pantalla y veo que ha finalizado la llamada. Levanto la vista y miro hacia los escalones que llevan a casa de la señora Link, pero la puerta está totalmente cerrada. Don Calvorota me empuja dentro de la furgoneta.


—Por favor, deme cinco minutos —le ruego al capullo iracundo. Si Kate estuviera aquí, ya habría mordido el suelo.


—¡Mueve esta puta chatarra, gilipollas! —me ruge en la cara. Yo retrocedo.


Corro hasta la acera, pisando todas las piedrecitas sueltas que hay por el camino, y subo la escalera hasta la entrada principal de la señora Link.


—¡Kate! —llamo con urgencia, y me vuelvo y sonrío dulcemente al calvorota agresivo. El hombre me espeta otro aluvión de improperios. Está claro que necesita unas sesiones de control de la ira—. ¡Kate! —vuelvo a gritar mientras aporreo la puerta de nuevo. Los cláxones no paran de sonar, y tengo al hombre más enfadado con el que me haya topado jamás insultándome sin parar. ¡Me duele el culo y las putas piedras me están apuñalando los pies!—. ¡¡¡KATE!!! —Vale, ahora también me duele la garganta.


Entonces me paro a pensar. ¿Ha dejado las llaves en la furgoneta? Bajo los escalones y regreso para comprobar el contacto; rodeo la furgoneta por detrás para esquivar al calvo.


Pero parece ser que no está dispuesto a dejar que me libre de él, así que choco contra su cuerpo gordo y sudoroso cuando llego a la puerta del conductor.


—¡Ay! —grito, y me alcanza una bocanada de rancio olor corporal.


Me agarra del brazo y me aprieta con fuerza.


—Como no muevas este puto trasto ahora mismo voy a darte hasta hartarme.


Me apoyo contra la furgoneta y él sigue apretando hasta que me duele tanto que siento ganas de llorar. ¡Es un puto psicópata! Va a darme una paliza en una preciosa calle arbolada del pijo barrio de Belgravia; saldré en todos los informativos matinales de mañana. No pienso volver a hablar a Kate en la vida. Los ojos se me llenan de lágrimas de terror y sigo pegada a la puerta de Margo sin saber qué hacer. Es un tipo muy agresivo, seguro que maltrata a su mujer.


—¡Quítale las manos de encima!


El rugido que inunda el aire bloquea el sonido del tráfico de Londres y los pitidos de los coches. También hace que se me doblen las rodillas de alivio. Me vuelvo hacia la voz más oportuna que jamás hubiera esperado oír y veo a Joe corriendo por la carretera vestido con un traje y con cara de asesino.


«¡Gracias a Dios!» No sé de dónde ha salido, y lo cierto es que me da igual. Siento un alivio tremendo. Nunca me había alegrado tanto de ver a nadie en mi vida, y el hecho de que sea un hombre al que conozco desde hace apenas una semana debería significar algo para mí.


La cabeza gorda y espantosa de don Calvorota se vuelve hacia Joe y una expresión de pánico profundo se apodera al instante de sus sudorosas facciones. Ha dejado de apretar. Me suelta, se aparta de Margo y empieza a evaluar la montaña alta y musculosa que avanza como un rayo hacia nosotros. Su feo rostro delata su intención de salir pitando, pero no lo consigue. Joe lo golpea antes de que logre mover sus cortas piernas y lo hace salir volando por los aires hasta que aterriza contra el asfalto.


¡Madre mía! Me equivocaba. El calvorota no es el hombre más agresivo que haya visto en la vida. Joe le propina un puñetazo en la cara y a continuación le da una patada en el estómago. El hombre lanza un grito.


—Levanta ese culo gordo del suelo y discúlpate. —Lo alza de la carretera y lo planta delante de mí—. ¡Discúlpate! —ruge.


Miro al calvo, que no para de resollar. Tiene la nariz rota y la sangre le gotea sobre el traje. Sentiría pena por él si no supiera que es un capullo asqueroso. ¿Qué clase de hombre trata así a una mujer?


—Lo... lo siento —tartamudea totalmente aturdido.


Joe lo sacude sin dejar de agarrarlo de la chaqueta.


—Como vuelvas a ponerle un dedo encima, te arrancaré la cabeza — le advierte con voz amenazadora—. Y ahora, lárgate.


Suelta con violencia al hombre magullado, me agarra y me estrecha contra su pecho.


Yo me desmorono y empiezo a temblar y a llorar sobre el costoso traje de Joe, que me cobija en su torso firme y cálido.


—Debería haber matado a ese cabrón —gruñe—. Oye, deja de llorar o me cabrearé.


Me acaricia la cabeza con la palma de la mano y suspira sobre mi cabello.


—¿De dónde has salido? —musito contra su pecho. No me importa, me alegra inmensamente que esté aquí.


—Estaba por aquí, y no era muy difícil encontrarte con todo este jaleo. ¿Y Kate?


Eso, ¿y Kate? Se ha desatado el caos y ella sigue sin aparecer. ¡Voy a matarla! Cuando me haya recompuesto en brazos de Joe, voy a matarla.


—Huy, ¿qué pasa aquí?


Saco la cabeza de mi escondite y veo a Kate delante de Margo, totalmente desconcertada.


—Creo que será mejor que muevas la furgoneta, Kate —le aconseja Joe con diplomacia. Ni siquiera ha derramado una gota de sudor.


—Ah, vale —responde, ajena por completo a la situación.


Joe se aparta y me observa de arriba abajo.


—¿Y tus zapatos? —pregunta con el ceño fruncido. Los ojos se le vuelven a ensombrecer de ira al pensar que los he perdido en la reyerta con el calvorota.


—Están dentro de Margo —digo, y me sorbo los mocos—. En la furgoneta —explico al ver que no sabe a qué me refiero.


Me coge en brazos, me lleva hasta la acera y me deja junto a la pared de la casa de la señora Link.


—Ni siquiera voy a preguntarte cómo han llegado hasta ahí.


—¡Yo los cojo! —grita Kate. Más le vale. Viene corriendo con los tacones en la mano—. ¿Qué ha pasado?


—¿Dónde estabas? —le pregunto secamente.


Pone los ojos en blanco.


—Me ha obligado a subir a ver el vestido para la fiesta. Era demasiado pequeño, ha sido horrible. Han tardado diez minutos en embutirla en él. —Se detiene y mira a Joe, que ha ido a coger mi bolso del asiento delantero de Margo—. ¿Qué ha pasado? —pregunta susurrando —. Parece furioso.


—El del Jaguar me ha agredido —contesto. Me sacudo la gravilla de las doloridas suelas de los pies y me pongo los tacones—. Estaba hablando con Joe justo cuando ha empezado todo. No sé de dónde ha salido.


—___, lo siento mucho. —Se apoya contra la pared y me rodea con el brazo—. Menos mal que estaba por aquí el señor, ¿eh? —Advierto el tonillo de insinuación de su voz.


—Kate, mueve la furgoneta antes de que estalle una guerra. —Joe se acerca con mi bolso y yo me incorporo. Me duelen mucho las plantas, así que vuelvo a sentarme. Hago una mueca de dolor. Vaya, el culo también me duele. Joe pone mala cara al ver mis gestos—. ___ se viene conmigo —dice observando cómo muevo mi dolorido trasero.


—¿Ah, sí? —pregunto.


Enarca las cejas.


—Sí —responde con un tono que no da pie a objeciones.


—Tranquilo, puedo irme con Kate —sugiero de todos modos. Probablemente ya haya interrumpido con mi escenita vespertina lo que fuera que estuviera haciendo.


—No, te vienes conmigo. —Subraya cada una de las palabras y sus labios forman una línea recta.


Vale. No voy a discutir por esto.


Kate nos mira como si estuviera viendo un partido de tenis y finalmente se levanta.


—Te veo en casa. —Me da un beso en la sien y otro bien grande a Joe en la mejilla. A él se le salen los ojos de las órbitas, y yo me quedo boquiabierta.


¿A qué ha venido eso? Se aleja hacia Margo, sin ninguna prisa, se vuelve, sonríe y me guiña un ojo. Le lanzo una mirada de advertencia que ignora por completo.


Me vuelvo hacia la bestia alta y atractiva que tengo delante de mí — con un aspecto de lo más apetecible con un traje gris y una camisa blanca inmaculada— y veo que me está mirando con los ojos cafés entornados.


—¿Qué te duele? —pregunta.


Me levanto y hago otra mueca cuando mis pies acusan el peso de mi cuerpo.


—El culo —digo mientras me froto el maltratado trasero y estiro la mano para cogerle el bolso—. Estaba sujetándole la tarta a Kate en la parte de atrás de la furgoneta.


—¿No llevabas puesto el cinturón?


—No, no hay cinturones en las partes traseras de las furgonetas, Joe.


Él sacude la cabeza, me levanta, me acuna entre sus fuertes brazos y echa a andar por la calle. Yo exhalo con intensidad y le dejo hacer lo que quiera. Apoyo la cabeza contra su hombro y le rodeo el cuello con los brazos.


—No me has llamado. Te dije que me llamaras —me reprende con un gruñido.


Suspiro con resignación.


—Lo siento.


—Yo también —dice suavemente.


—¿El qué?


—No haber llegado antes.


—¿Cómo ibas a saberlo?


—Bueno, si me hubieras llamado, habría sabido que ibas a hacer una tontería y te lo habría prohibido. La próxima vez, haz lo que se te manda.


Frunzo el ceño apoyada en su hombro y él me mira como si se hubiese percatado de mi reacción ante su regañina. Sonríe y me acaricia la frente con los labios. Cierro los ojos. Es innegable. No cabe duda de que hay algo entre nosotros. Y está haciendo que me replantee la idea de seguir soltera.


Cuando llegamos al final de la calle, alzo la vista y veo el Aston Martin de Joe abandonado en un punto desde el que está claro que no podía avanzar a causa del atasco. Unos cuantos peatones revolotean a su alrededor admirando el vehículo. Me deja en el asiento del copiloto y cierra la puerta. Pasa por delante del coche, se sienta tras el volante, arranca y deja atrás todo el caos. Yo me acomodo y admiro su perfil mientras él sortea el tráfico. Lo ha dejado todo para venir corriendo a rescatarme. Mentiría si dijera que no agradezco lo que ha hecho.


Me mira y me pone una mano en la rodilla.


—¿Estás bien, nena?


Sonrío. Siento que cada minuto que paso con él me muero por sus huesos un poco más. Y no sé si eso es bueno o malo. Maldito seas, Joe Jonas, de edad desconocida.


Detiene el coche delante de casa de Kate. No me sorprende ver que Margo no ha llegado todavía. Este tío conduce como un loco. Salgo del coche y no tarda en cogerme en brazos y llevarme por el camino hasta la entrada.


—Puedo andar —protesto, pero hace como que no me oye.


Al llegar a la puerta, me coge las llaves de la mano, abre y la cierra de una patada una vez que entramos. Empiezo a revolverme y me deja en el suelo, me rodea la cintura con una mano y me atrae hacia él.


Me levanta hasta que mis pies dejan de tocar el suelo y mis labios alcanzan los suyos. Suspiro, le rodeo el cuello con los brazos y dejo que su lengua entre en mi boca lenta y suavemente. La llevo clara si creo que puedo resistirme a él. Pero bien clara.


—Gracias por el libro —le digo pegada a su boca.


Se aparta, me mira y sus ojos cafés brillan de júbilo.


—De nada —responde, y me da un beso casto en los labios.


—Gracias por salvarme.


Entonces esboza esa sonrisa descarada y arrogante.


—Cuando quieras, nena.


La puerta de casa se abre de repente y Kate irrumpe con una prisa exagerada; nos pilla abrazados.


—Perdón —se disculpa, y sube corriendo al piso por la escalera.


Joe se ríe y mueve las caderas contra mí, lo cual despierta un delicioso ardor en mi vientre. Mi respiración se intensifica cuando apoya su frente contra la mía. Libera un largo suspiro y su aliento fresco me invade la nariz.


—Si estuviéramos solos, te pondría ahora mismo contra esa pared y te follaría viva. —Vuelve a adelantar la cadera. El ardor desciende hasta mi sexo y me obliga a gemir. Maldigo mentalmente a Kate.


—Podemos hacerlo en silencio —susurro—. Te dejo que me amordaces.


Él sonríe con malicia.


—Créeme, ibas a gritar tanto que ninguna mordaza lo ocultaría. —Me estremezco físicamente al pensarlo—. Mañana —dice con firmeza—.Quiero solicitar una cita.


¿Qué? ¿Una cita para follarme? Esto... ¡no hace ninguna falta solicitar cita!


Se echa a reír. Debe de haber notado mi confusión.


—Quiero que vuelvas a La Mansión para darte la información que necesitas para empezar a trabajar en serio en algunos diseños.


Abro la boca y él se inclina, me mete la lengua dentro y me ataca con vehemencia. Dejo que me haga lo que quiera, y me tiemblan las rodillas cuando menea de nuevo esas benditas caderas.


Se aparta jadeante, con los ojos cerrados con fuerza.


—No pido cita para follar contigo, ___. Eso lo haré cuando me plazca.


«Ah, vale.»


Da la sensación de que hace acopio de todas sus fuerzas antes de soltarme y dejarme donde estoy. Me siento abandonada y débil. Aparta su mirada sombría de la mía y la dirige hacia la escalera. Sé que él también está maldiciendo a Kate por estar en casa. No puedo creer que acabe de tentarme con esos movimientos deliciosos para luego dejarme así. He pasado de hacerme la dura a suplicar mentalmente.


—En La Mansión, a las doce —exige, y me acaricia la mejilla con el dedo. Yo asiento—. Buena chica.


Sonríe, me posa los labios en la frente, da media vuelta y se marcha.


Yo me quedo ahí plantada contra la pared, tratando de recobrar el aliento.


—¿Se ha ido ya el señor?


Alzo la mirada y veo a Kate apoyada en la barandilla y moviendo una botella de vino. Sí, por favor. Es justo lo que necesito.
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 3rd 2014, 18:08

Wooooooooo ame el capi yo quiero massss
siii??
Sta gebial bn m despido
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Tatu d'Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 4th 2014, 18:35

ahhh es taaan buena!!!
me encanta
SIGUELAAAAAAAAAAAAAAAA
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ro$$ 100% fan$ griton@
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 7th 2014, 14:23

estas desaparecia,
sube capitulos por favor Sad
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 7th 2014, 15:47

yoooooo quiero leer mas noveee!!!!!!!
ándale isiiiiii?
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 7th 2014, 17:25

Capítulo 15
 
A la mañana siguiente, inicio la jornada laboral estrepitosamente mal, y lo digo de manera casi literal. Acabo tirada en el suelo de madera, rodeada de cajas, y Tom corre hacia mí con el horror reflejado en su cara de bebé.
 
—Madre mía, ¿estás bien? —Se agacha para ayudarme a levantarme y me alisa la falda negra ceñida antes de pasar a la blusa sin mangas—. Lo siento muchísimo. Iba a llevarlas al almacén.
 
Revolotea a mi alrededor como una mamá gallina, barboteando sobre libros de salud, de seguridad y de prevención de accidentes.
 
—Tom, estoy bien. ¡Quítame las manos de las tetas!
 
Al instante, retira de mis pechos las manos nerviosas entre risitas.
 
—¡Qué pechos tan hermosos tienes, Caperucita!
 
—Si no fueras gay ya te habría dado una bofetada —le advierto.
 
—Ya, pero lo soy —responde con orgullo mientras empieza a recoger las cajas.
 
—¿Qué hay en esas cajas?
 
—Muestras. Sally recibió la entrega. Lo lógico sería que las hubiera guardado en el armario. Esa chica es una inútil —protesta.
 
Rastreo la oficina y veo a Sally peleándose con la fotocopiadora. La verdad es que vive en su propio mundo.
 
—Buenos días —oigo cómo saluda a Victoria antes de verla—. Tom, no pienso volver a salir contigo —le recrimina mientras se sienta en la silla.
 
Los miro a los dos y me quedo esperando una explicación, pero parece que ninguno está dispuesto a dármela.
 
—¿Qué pasa? —pregunto.
 
Tom se encoge de hombros con expresión de culpabilidad y Victoria inspira hondo para empezar a detallar sus quejas punto por punto:
 
—¡Volvió a dejarme tirada! —exclama, y dirige a Tom una mirada acusadora.
 
Dejo el bolso junto a mi mesa y observo a Victoria mientras lanza todo tipo de acusaciones a Tom, que parece sentirse muy culpable.
 
—No vuelvas a pedirme que salga contigo en la vida —espeta, y lo señala con el bolígrafo—. ¡El viernes te largaste con el científico y anoche ni siquiera tuviste la decencia de irte a casa con el mismo hombre!
 
—¡Tom! —exclamo con sarcasmo—. ¿No decías que el científico era tu alma gemela?
 
—Puede que aún lo sea —se defiende con un tono de voz muy agudo—. Sólo estoy probando muestras antes de decidir en qué debo invertir.
 
Victoria resopla y gira su silla para darle la espalda. Con mucho cuidado, apoyo el culo sobre el asiento suave y acolchado de la mía, que en estos momentos me parece de hierro, y hago una mueca de dolor. Saco el móvil del bolso y veo que tengo un mensaje de Kate.
 
Me he ido temprano. No he querido despertarte por si estabas soñando con «señores» ;-) ¿Nos vemos en el Baroque a las 13? Tengo que estar de vuelta a las 14.30 :*
 
Así es. Y despierta también sueño con él. Empiezo a contestarle para rechazar su invitación —he quedado con un dios—, pero me detengo a mitad del mensaje. Se supone que había quedado con Matt para comer. Me desmorono en la silla. Tengo la cabeza en otra parte en estos momentos, y no voy a engañarme a mí misma acerca de la razón. Empiezo a darme golpecitos en un incisivo con la uña e intento pensar en cómo salir de ésta. ¿Conclusión? No puedo, así que escribo primero a Kate.
 
Lo siento. Estoy muy, muy, muy ocupada. Nos vemos en casa. Un beso. A.
 
No puedo creerme que me toque el pelo incluso cuando escribo una mentira. Se pondría hecha una fiera si se enterase de que he quedado con Matt. Empiezo a golpetearme el diente de nuevo. No sé a cuál de los dos debería dejar tirado. Matt parecía muy deprimido, y me dijo que no estaba bien. Joe quiere que vuelva a La Mansión para empezar con el diseño y es posible que pase algo más... Esa mera idea hace que apriete los muslos. Cojo el teléfono y llamo a Matt.
 
—Hola —me saluda, y suena más contento de lo que me esperaba. Aunque seguramente no por mucho tiempo.
 
—Oye, me ha surgido algo. ¿Podemos quedar otro día? —Contengo la respiración y me muerdo con fuerza el labio inferior mientras espero su respuesta, y sí, me estoy tocando el pelo. Pese a que en realidad no estoy mintiendo. Me ha surgido algo.
 
—¡___, por favor! —me ruega. Me suelto el mechón al instante. El Matt arrogante y seguro de sí mismo ha vuelto a desaparecer y ha sido sustituido por un extraño tímido e inseguro—. Necesito hablar contigo, de verdad.
 
Me dejo caer en la silla, totalmente derrotada. ¿Cómo negarme si me lo pide así? Debe de estar pasándole algo terrible.
 
—Vale —suspiro—. Nos vemos en el Baroque.
 
—Genial, nos vemos entonces —contesta de nuevo con tono seguro.
 
Me mantengo ocupada enviando correos electrónicos y comprobando los progresos de los contratistas. Pero al mismo tiempo pienso en mil excusas que darle a Joe. Menos mal que no tengo que dárselas cara a cara, porque mi manía de juguetear con el pelo me delataría al instante.
 
Patrick aparece a las once con un café de Starbucks. Quiero besarlo.
 
—Capuchino, doble y sin azúcar ni chocolate para ti, flor. —Me besa la mejilla y me deja el vaso en la mesa—. No olvides tu cita con Mikael mañana. —Se sienta en mi escritorio y yo aguanto la respiración al oírlo crujir.
 
—Tranquilo. —Le muestro mi agenda para que vea que lo tengo marcado y con letras bien grandes.
 
—Así me gusta. ¿Qué tal te fue en La Mansión?
 
Me pongo colorada al instante. No le conté a Patrick mi segunda visita al hotel, pero sólo tenía que pasar las páginas de mi agenda para verla, y es evidente que ya lo ha hecho.
 
—Bien —contesto con una voz unos tonos más aguda de lo normal y con la cara roja como un tomate. Rezo para que acepte mi abrupta y monosilábica respuesta y me deje en paz.
 
—Vaya, vaya. Ya me contarás. —Se levanta de la mesa y se marcha para repartir el resto de los cafés.
 
Instintivamente, compruebo la mesa por debajo, por si hay astillas o se ha soltado algún tornillo. Suspiro de alivio por haberme librado del interrogatorio y porque mi escritorio sigue ileso. He estado tan despistada que ni siquiera se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que
Patrick se hubiese enterado de mis actividades extracurriculares con el señor Jonas. Podría meterme en un buen lío.
 
Mi teléfono me informa de que tengo un mensaje. Lo cojo al instante y leo la respuesta de Kate:
 
Compra el vino. Un beso.
 
Miro la hora en el ordenador. Las once y cuarto. Debería estar saliendo ya para reunirme a las doce con el señor Jonas. Muy a mi pesar, busco su teléfono, pero, en lugar de llamarlo, me entra el canguelo y le mando un mensaje:
 
Me ha surgido algo importante. Ya quedaremos. Luego te llamo. Un beso. A.
 
Apenas dejo el teléfono sobre la mesa y me suelto el pelo, la puerta de la oficina se abre y entra una repartidora con un montón de calas. Es la misma chica que fue al Lusso. Tom señala mi mesa y de pronto me siento invadida por un torrente de culpabilidad. Me hundo aún más en la silla, hecha polvo. Acabo de dejarlo plantado y él me manda flores. Bueno, técnicamente no lo he dejado plantado. Sólo he aplazado una reunión de negocios. Lo entenderá. Acepto las flores, firmo los papeles de la chica y después encuentro la nota.
 
ESTOY DESEANDO QUE LLEGUE MI CITA.
TÚ TAMBIÉN DEBERÍAS SENTIR LO MISMO.
UN BESO, J.
 
 
Dejo caer los brazos sobre el escritorio y entierro la cabeza entre ellos. Me siento como una auténtica mierda. Después de todo lo que hizo ayer por mí, de que golpeara a ese calvorota capullo, de que me rescatase de una agresión... ¿y voy yo y hago esto? Soy una auténtica imbécil, y lo he dejado plantado por mi ex. Soy una estúpida. Joder, como Kate se entere estoy muerta. No obstante, tengo que decirle que deje de mandarme flores al trabajo. Patrick no tardará en empezar a hacerme preguntas.
 
Salgo del trabajo a la una menos cuarto para ir a reunirme con Matt de haberme comportado todavía peor y haber ignorado diez llamadas de Joe. Sé que sólo he empeorado las cosas, pero no he visto su primera llamada porque estaba en el baño y no he podido contestarle a la segunda porque estaba hablando con un cliente por el fijo, así que ha empezado a llamar sin parar, por lo que deduzco que no está muy contento. Y ha conseguido que me harte de una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.
 
Cuando llego, la barra está llena, pero veo a Matt en un rincón, ya con unas bebidas sobre la mesa.
 
Se levanta en cuanto me ve con una amplia sonrisa.
 
—¡___! —Me agarra y me abraza contra su pecho, cosa que me pilla por sorpresa.
 
Jamás me había abrazado de esta manera, ni siquiera cuando estábamos juntos. Se aparta y me da un beso en la mejilla que alarga un poco más de lo necesario.
 
—Gracias por haber venido. Te he pedido vino, que sé que te encanta. ¿Te parece bien?
 
—Claro —sonrío. Una copita no me hará daño. Me aparto de él y me siento en la silla de enfrente—. ¿Va todo bien? —pregunto nerviosa y con la voz cargada de toda la aprensión que siento en realidad.
 
—Estás muy guapa —comenta sonriendo alegremente—. ¿Quieres comer algo?
 
—No, estoy bien —respondo, y frunzo el ceño—. Matt, ¿qué es lo que tienes que contarme? Dijiste que no estabas bien.
 
Se muestra nervioso y su comportamiento me resulta sospechoso. Estoy empezando a sentirme tremendamente incómoda. Doy un sorbo al vino y observo por encima de la copa cómo juega con el borde del vaso de su pinta de cerveza. ¿Qué lo reconcome? Al final toma aire, se inclina sobre la mesa y coloca una mano encima de la mía. Me quedo inmóvil a mitad del sorbo y bajo la mirada hacia su mano.
 
Entonces me doy cuenta. «¡Mierda!» Lo miro con los ojos abiertos y horrorizados y rezo para que me diga que Henry, el pececillo de colores, ha muerto. Por favor, que sea eso y no lo que creo que va a ser.
 
—___, quiero volver contigo —dice de forma clara y concisa.
 
La verdad es que no me lo esperaba, al menos hasta hace diez segundos. Pero ¿qué narices le pasa?
 
Mi copa continúa pegada a mis labios cuando continúa:
 
—He sido un gilipollas. No me merezco una segunda oportunidad...
 
Yo resoplo.
 
—¿Una «segunda» oportunidad?
 
Deja caer la cabeza, derrotado.
 
—Vale, sí, ya sé a qué te refieres. —Levanta la cabeza y veo su expresión llorosa y sincera—. No volverá a pasar, te lo prometo.
 
¿Me está tomando el pelo? ¿Cuántas veces he oído toda esta mierda? Es infiel por naturaleza.
 
—Matt, lo siento, pero eso no va a pasar —le digo con voz tranquila y pausada.
 
Él abre los ojos, sorprendido. Sacudo la cabeza ligeramente para reafirmar mis palabras.
 
En cuestión de tres segundos, su rostro pasa de triste y afligido a oscuro y receloso.
 
—Es por ella, ¿verdad? —me espeta desde el otro lado de la mesa. No hace falta ser ningún genio para saber a quién se refiere—. En cuanto abre esa bocaza, tú la escuchas. ¿Cuándo vas a empezar a pensar por ti misma?
 
Me quedo pasmada. Lo cierto es que Kate no dijo ni una palabra a lo largo de cuatro años. Me dejó claro que no le gustaba Matt, pero jamás interfirió en nuestra relación. Yo traté de mantenerlos a distancia. Ella nunca intentó influenciarme. Sólo estaba ahí, como una verdadera amiga, cuando las cosas se torcían. Y lo hacían... muy a menudo. Retiro la mano de debajo de la suya y le doy otro trago al vino para relajarme. No merece mi tiempo. Ya malgasté cuatro años con él y no va a robarme ni un segundo más. No puedo creer que haya dejado tirado a Joe para venir aquí.
 
—¿No vas a decir nada? —sisea con la mirada llena de rencor y desdén.
 
Tengo ganas de pegarle, pero consigo dominar la ira.
 
—Matt, ya lo he dicho todo, tengo que irme. ¿Era ése el único motivo para arrastrarme hasta aquí?
 
Él da un respingo y enarca las cejas casi hasta el nacimiento del pelo.
 
—¿No estás preparada para volver a intentarlo?
 
—No —respondo llanamente. Jamás había tomado una decisión con tanta facilidad.
 
Se pone en pie de un salto, iracundo, y derrama la cerveza en el proceso.
 
—Me necesitarás antes que yo a ti.
 
Me río en su cara.
 
—¿Que yo voy a necesitarte? —Trato de controlar el ataque de risa—. Sí, por eso estás aquí suplicándome que volvamos y yo te he mandado a la mierda. ¿Qué pasa, Matt? ¿Ya no te quedan más mujeres que tirarte?
 
Lo miro mientras se alisa el traje negro y barato que lleva puesto y se pasa la mano por el pelo castaño y lacio. Es curioso, ya no lo encuentro atractivo. En realidad me da repelús. ¿Qué veía en él? Estaba con él por costumbre, nada más. Una mala costumbre.
 
—¡Lo sabía! —La voz aguda de Kate hace que me tense—. ¡Sabía que estabas viéndolo! —Al volverme, veo su precioso rostro normalmente pálido rojo de ira.
 
—Vaya, ha venido a unirse a la fiesta —suelta Matt en voz alta para que lo oiga—. No puedes dejar de meter las narices donde no te llaman, ¿verdad?
 
Miro hacia la barra y veo que la gente ha empezado a observarnos, especialmente a Matt, que ha tirado el vaso de cerveza al suelo. Si me dejan, le ahorraré saliva a Kate y le contaré lo que acaba de suceder. Aunque supongo que, después de cuatro años con la «bocaza» cerrada, debería dejar que se desahogara.
 
Se acerca a él en actitud desafiante. Matt la mira con cara de pocos amigos cuando se le encara.
 
—Ella no te quiere, pedazo de mierda engreída. —Su tono es controlado y penetrante—. Está con otro, así que vuelve al agujero del que has salido.
 
¡Mierda! ¿Por qué ha tenido que decirle eso? Matt me mira en busca de una confirmación, pero yo no se la ofrezco. Suelta unos cuantos improperios airados y se larga del bar con una pataleta.
 
Kate se deja caer sobre la silla delante de mí y me mira con los ojos azules entornados. Me pongo a la defensiva inmediatamente.
 
—Me dijo que no estaba bien. ¡Pensaba que se había muerto alguien!
 
Ella sacude la cabeza.
 
—Estoy furiosa contigo.
 
Resoplo y cojo la copa de vino para darle un buen trago.
 
—Yo también estoy furiosa conmigo misma. Pero no tenías por qué haberle dicho eso. ¿Por qué lo has hecho?
 
Ella sonríe con malicia.
 
—Porque ha sido divertido. ¿Has visto qué cara ha puesto?
 
Sí, no se me olvidará en la vida. Pero, aun así, le ha dicho algo que no es cierto. No estoy con nadie. Estoy acostándome con alguien, que es muy diferente. Mi móvil empieza a sonar y lo busco por el bolso. Es la undécima llamada de Joe.
 
—¿Quién es? —pregunta Kate, y acerca la cabeza para ver la pantalla.
 
—Joe.
 
Frunce el ceño.
 
—¿No le contestas?
 
Me inclino sobre la silla y dejo que siga sonando.
 
—Lo he dejado plantado para venir a ver a Matt —refunfuño.
 
Kate abre la boca de asombro.
 
—___, a veces pareces tonta. No te ofendas, pero cuando estabas con él te volviste tan aburrida que me planteé dejar de ser tu amiga.
 
Su comentario me duele.
 
—Ya te vale, ¿no?
 
Ella se echa a reír.
 
—La verdad duele, ¿verdad?
 
—Pues sí, así es.
 
—Pero bueno, has salido airosa de la situación, así que voy a dejarlo correr. —Se echa hacia adelante para decirme—: Diviértete. Además, él me gusta.
 
Sí, ya lo ha dejado bastante claro, y él no es aburrido. Pero sé que esto no puede acabar bien. Un empleado se acerca con un recogedor y un cepillo. Le sonrío a modo de disculpa, pero el teléfono empieza a sonar de nuevo y me interrumpe. Vuelvo a ignorarlo... una vez más. Necesito tiempo para pensar en todo esto. Ayer estaba tan afectada que dejé que un pecho firme, una voz suave e hipnotizadora y unos labios exuberantes me nublasen el pensamiento. ¿A quién quiero engañar? Cada vez que estoy con ese hombre pierdo la capacidad de pensar. Me abruma con su intensidad y me arrebata el sentido común.
 
—Vaya, ¡un tío bueno a las tres! Y está mirando. ¿Cómo tengo el pelo? ¿Tengo cobertura de tarta en la cara? —Kate empieza a frotarse las mejillas con las palmas de las manos.
 
Me vuelvo en esa dirección y veo al tipo de la barra de La Mansión. ¿Cómo se llamaba? ¿Drew? No, Sam. Levanta la botella de cerveza y me saluda con una amplia sonrisa dibujada en el rostro descarado. Le respondo levantando la mano y miro a Kate.
 
—¿Lo conoces? —pregunta incrédula.
 
—Es Sam, estaba en La Mansión. Es amigo de Joe.
 
—¡Joder! Joe pertenece a una banda de tíos buenos. —Se echa a reír, con los ojos abiertos como platos a causa de la emoción—. ¿Cómo es que nunca me has hablado de ese lugar? —inquiere—. La próxima vez que vayas iré contigo —dice decidida, y sé que no bromea—. Viene hacia aquí. ¡Preséntamelo, por favor!
 
Sacudo la cabeza. Para ella no es más que otra primera cita a la que hincarle el diente. Un momento... De repente me entra el pánico. ¿Me habrá visto con Matt? Espera... ¿por qué me preocupa eso?
 
—Hola, ___, ¿qué tal?
 
Sam llega a la mesa, todavía sonriendo y con ese hoyuelo en la cara. La verdad es que es muy mono, tiene el pelo desaliñado y los ojos brillantes. Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta, como la otra vez. Debe de irle el estilo informal.
 
—Bien, Sam, ¿y tú? —Apuro el vino. Me tomaría otra copa, pero no creo que a Patrick le hiciera mucha gracia que volviera a la oficina medio borracha—. ¿Llevas mucho rato aquí? —pregunto como si tal cosa.
 
—No, acabo de llegar. ¿Qué tal Joe? —inquiere con una sonrisa maliciosa.
 
¿Qué le hace pensar que sé la respuesta a esa pregunta? ¿Se lo ha contado él? Noto que empiezo a ponerme colorada, aunque he llegado a la rápida conclusión de que me está tomando el pelo. Es su amigo, así que seguro que sabe cómo está. Me encojo de hombros, porque la verdad es que no sé qué contestar. No tengo ni idea de cómo está porque no he acudido a nuestra cita. Cuando me despedí ayer de él, estaba calentando todos mis motores sexuales y yo jadeaba como una desesperada. Imagino que ahora se sentirá algo cabreado por el hecho de que no haya acudido. ¡Ja! ¿Y qué va a hacer? ¿Despedirme? Quizá debería. Me ahorraría todos estos quebraderos de cabeza. De repente noto un fuerte golpe en la espinilla y, al alzar la vista, veo que Kate me mira con el ceño fruncido.
 
—Ah, Sam, ésta es Kate. Kate, Sam. —Muevo la mano entre ambos y me fijo en que el semblante de Kate se torna angelical. Le ofrece la mano a Sam, que sonríe antes de estrechársela.
 
—Un placer conocerte, Kate —dice con cortesía y pasándose la otra mano por las ondas engominadas.
 
—Lo mismo digo. —Arquea una ceja.
 
¡No me lo puedo creer! Está flirteando con él. Sonríe con timidez ante los cumplidos que él le hace a su cabello rojo y salvaje mientras siguen agarrados de la mano. El teléfono me avisa de que tengo un mensaje. Para huir del evidente cortejo que tengo delante, lo abro y lo leo con un ojo cerrado.
 
Más vale que tengas una BUENA razón para dejarme plantado. Espero que se esté muriendo alguien. Estoy muy cabreado, señorita. Esta vez NO hay beso.
 
¡Vaya! Está preocupado. Mi corazón da un inesperado brinco de aprobación, pero al instante me obligo a salir de mi patética burbuja de satisfacción y me recuerdo que no tengo que rendirle                                                                                                                                                                                    cuentas de nada. Está claro que le gusta que lo obedezcan. Además, no lo he dejado plantado. Sólo he retrasado una reunión de negocios. Me va a estallar la puñetera cabeza. Pero ¿qué me pasa? Dejo el teléfono sobre la mesa y, al alzar la vista, veo a Kate interpretando el mejor acto de flirteo que haya visto en la vida. No conoce la vergüenza, y siguen cogidos de la mano.
 
Ella deja de mirar a Sam y me mira a mí.
 
—¿Era de Joe? —pregunta descaradamente.
 
Le doy una patada por debajo de la mesa y noto que Sam me mira. La voy a matar.
 
—¿Joe? —pregunta Sam—. Acaba de llamarme. No tardará en llegar.
 
«¿Qué?»
 
Kate se echa a reír como una hiena, y yo le propino otra patada por debajo de la mesa. ¿Le habrá dicho Sam que yo estaba aquí?
 
—Tengo que irme —digo, y me levanto—. Kate —sonrío dulcemente mientras ella controla la risa—, ¿tú no tenías que hacer algo a las dos y media?
 
—No —responde también sonriendo e incluso superando mi nivel de dulzura. Es de lo que no hay.
 
La miro con recelo y recojo mi bolso y mi teléfono.
 
—Bueno, pues luego nos vemos. Me alegro de volver a verte, Sam.
 
Le suelta la mano a Kate y me besa en la mejilla.
 
—Sí, lo mismo digo, ___. Un placer.
 
Me dispongo a marcharme, pero entonces doy media vuelta con una expresión totalmente plana e indiferente.
 
—Por cierto, Kate. Dan vuelve la semana que viene. —Le suelto la bomba y espero la explosión. No tarda ni un nanosegundo en abrir la boca de asombro.
 
¡Toma! Le lanzo una mirada para advertirle que no debe jugar conmigo y me largo llena de satisfacción. Aunque me dura poco. Joe está justo detrás de mí, mirándome como un perro rabioso. Me encojo al instante.
 
—¿Quién ha muerto? —ladra.
 
Está muy cabreado.
 
—Estaba trabajando —me defiendo nerviosa.
 
Me mira con el ceño fruncido.
 
—¿Y eso te impide contestar el teléfono? —Su voz destila desaprobación.
 
Vale, puede que el que no contestase a sus llamadas sea una razón de peso para estar enfadado.
 
Me vuelvo y veo a Kate y a Sam observando en silencio nuestro pequeño altercado. Mi amiga empieza a mirar en todas direcciones menos en la nuestra. Sam apenas logra dominar su expresión de sorpresa y fracasa en su intento de fingir desinterés. Suspiro y miro a Joe, que aún parece estar a punto de golpear algo.
 
—He de volver al trabajo —digo. Lo esquivo y salgo del bar. Su reacción me parece exagerada y roza peligrosamente la posesión y la manipulación, y yo no quiero ni una cosa ni la otra.
 
Salgo a Piccadilly y sorteo la multitud que se forma a la hora de comer. Sé que me sigue. Siento su mirada café y penetrante clavada en mi espalda.
 
Cuando giro hacia Berkeley Street, el gentío disminuye y me vuelvo. Está increíblemente guapo con ese traje gris pizarra y esa camisa azul claro. Resoplo para mis adentros y acelero el paso. Si consigo llegar a la oficina, estaré a salvo de su cólera. No va a montarme una escenita en el trabajo, ¿verdad? Aunque no parecía que le importase mucho montármela delante de Kate y de Sam. ¿Me arriesgo? Este tío es muy inestable. Pero ¿por qué se comporta de esta manera? Sólo nos hemos acostado, no nos hemos casado.
 
Acelero el paso y cruzo las puertas de la oficina pero, en cuanto llego a mi mesa, me arranca de allí entre quejas y me arrastra de nuevo hacia la calle.
 
—Pero ¿qué coño haces? —vocifero. Él pasa de mí y sigue avanzando hacia la puerta.
 
Me agarro al final de su espalda y, al alzar la vista, veo que Tom, Victoria y Sally contemplan con la boca abierta cómo me transporta hasta el exterior. Por favor, que Patrick no esté.
 
—¡Joder, Joe! ¡Suéltame!
 
Deja que me deslice por la parte delantera de su cuerpo, y lo hace lentamente, con la intención de que note los duros músculos de su magnífico pecho. Me detiene antes de que toque el suelo con los pies. Me sostiene por la cintura para que mis labios queden a la altura de los suyos y su flagrante erección me roce justo en el lugar adecuado. ¿Está cabreado y cachondo?
 
Se me escapa un gemido traicionero cuando se aprieta contra mí con ese aliento cálido y fresco. Se supone que tengo que estar cabreada, y, sin embargo, aquí estoy, retenida en contra de mi voluntad —más o menos— y deseando desnudar a mi captor delante de todos mis colegas, que se han pegado al cristal de la puerta de la oficina peleándose por las mejores vistas.
 
—Esa boca. Me has dejado plantado. —Aprieta sus labios contra los míos y se aparta. Su mirada se suaviza mientras me mira y espera una explicación.
 
Ahora no puedo decirle por qué he cancelado la cita. Supongo que se subiría por las paredes.
 
—Lo siento —suspiro. ¿Aceptará mis disculpas?
 
He de volver a la oficina y aclararme las ideas. No, he de volver a casa y aclararme las ideas, a ser posible con una botella de vino.
 
Él sacude la cabeza suavemente y me ataca la boca con vehemencia en mitad de Bruton Street. Hundo los dedos en su pelo y me rindo a esos labios tremendamente adictivos sin darle demasiadas vueltas. No tiene ninguna vergüenza y parece ajeno por completo al ajetreo de peatones que se apresuran de un lado a otro a la hora de comer y que, con toda seguridad, se quedan mirando cómo me devora. Me tiene absorbida. Presiona la entrepierna con fuerza contra mí y gimo. Este beso es para demostrarme lo que me he perdido, y estoy empezando a odiar a Matt por ello.
 
—No vuelvas a hacerlo —me ordena con un tono que no acepta réplica. Me suelta y toco el suelo con los pies. La repentina falta de sujeción hace que me tambalee hacia adelante.
 
Me coge del brazo para enderezarme y una puñalada de dolor me recorre el cuerpo y rompe el embrujo. Respiro hondo. Me suelta y se aparta de mí. Sus dulces ojos cafés se inundan de rabia al ver los moratones que luzco en el brazo por cortesía del calvo gilipollas. Mientras los observa, la mandíbula empieza a temblarle y se le hincha el pecho.
 
Sólo pienso en la suerte que tuvo el calvorota de que estas magulladuras no se vieran ayer.
 
—Estoy bien. —Me cubro con la mano con la esperanza de que, al ocultar la zona que lo altera, abandone el estado de furia.
 
Parece un loco homicida. ¿Está cabreado porque tengo unos moratones?
 
—Tengo que volver al trabajo —digo con un hilo de voz, algo nerviosa.
 
Aparta la mirada de mi brazo y vuelve a fijarla en mis ojos. Me mira como si yo fuera lo que lo altera. Un destello de irritación cruza su atractivo rostro cuando levanta la mano para frotarse las sienes con las puntas de los dedos. Entonces suspira agobiado.
 
Finalmente, sacude un poco la cabeza y se marcha sin mediar palabra. Me deja ahí plantada sobre la acera, preguntándome qué coño ha pasado. Agacho la cabeza y miro desesperadamente al suelo, como si fuese a encontrar la respuesta escrita con tiza en los adoquines.
 
¿Ya está? ¿Se ha acabado? Su expresión decía que sí. No sé muy bien cómo me siento al respecto. De repente me está clavando las caderas y haciéndome gemir, y al segundo siguiente me mira con toda la rabia del mundo. ¿Qué se supone que debo pensar? No tengo ni idea. Me obligo a salir de mi ensimismamiento y regreso a la oficina. Reina un silencio incómodo. Todo el mundo finge estar ocupado.
 
—¿Estás bien? —pregunta Tom, que pasa despacio junto a mi mesa.
 
Levanto la mirada y veo su expresión cotilla de siempre teñida de un aire de preocupación.
 
—Estoy bien. Ni una palabra de esto a Patrick —digo con más dureza de la que pretendía.
 
—Claro, tranquila. —Levanta las manos en señal de defensa.
 

«¡Joder!» Lo último que necesito es que Patrick se entere de que me han pillado con un cliente. Debería haber sido más fuerte y haberme resistido a sus insinuaciones. No me gusta nada cómo me siento ahora mismo. Creo... creo que me siento... ¿abandonada?
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 7th 2014, 19:12

wooooo
quiero mas ándale sii?
es que esta hermosa yo quiero leer mas!!!
esta genial!!!!!!!!
me encanto y enamoro bien me voe adiós cuídate
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ro$$ 100% fan$ griton@
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 8th 2014, 21:02

no emtiwndo a joe
siguela
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 9th 2014, 13:27

Capítulo 16
 
Entro prácticamente a rastras por la puerta principal, agotada y exhausta.
 
Kate está en la cocina fumándose un cigarrillo en la ventana.
 
—Tienes que dejar esa mierda —le digo con desprecio.
 
No fuma mucho, sólo un par de vez en cuando, pero es un mal hábito de todas formas.
 
Le da una última calada y lo tira por la ventana antes de bajarse rápidamente de la encimera.
 
—Me ayuda a pensar —se defiende.
 
Sí, siempre que la pillo fumándose un cigarro a escondidas me viene con el mismo cuento. Ahora se supone que debería preguntarle en qué está pensando, pero ya sé la respuesta a la pregunta.
 
—¿Y el vino?
 
Me quita el bolso de las manos, lo abre del todo y me mira con disgusto. He cometido un pecado capital: se me ha olvidado el vino.
 
Me encojo de hombros. Tenía la cabeza en otras cosas.
 
—Lo siento.
 
—Voy a la tienda, tú cámbiate. ¿Te apetece cenar fish and chips?
 
Coge el monedero de la mesa mientras mete los pies en las chanclas.
 
—Sólo patatas.
 
Recorro el pasillo hasta mi habitación. Estoy completamente desanimada.
 
Me siento con Kate en el sofá y picoteo patatas fritas de mi plato. No tengo nada de hambre y apenas presto atención a la reposición de «Friends». Tengo la cabeza hecha un lío y estoy furiosa conmigo misma por permitirlo.
 
—Venga, escúpelo —me exige Kate.
 
Vuelvo la cabeza hacia mi temperamental amiga con una patata frita a medio camino de la boca. Soy una idiota por pensar que iba a poder disfrutar en paz de mi taciturno estado de ánimo. Me encojo de hombros para indicarle que no estoy de humor para hablar, me meto la patata en la boca y la mastico sin ganas. Hablar de ello sería como admitir que estoy así por eso, y por «eso» me refiero a un hombre.
 
—Él te gusta.
 
Pues sí. Me gusta. Y no quiero que me guste, pero así es.
 
—Sólo me traerá problemas. Ya lo has visto hoy —refunfuño.
 
En un alarde de dramatismo, pone los ojos en blanco y se deja caer sobre el respaldo del sofá.
 
—Lo has dejado plantado por tu ex novio. —Deposita el plato en la mesita de café que tenemos delante del sofá—. ___, ¿qué esperabas?
 
La miro con el ceño fruncido.
 
—Él no sabe por qué lo he dejado plantado. Sólo sabe que no he aparecido.
 
—Bueno, entonces está claro que no le gusta que lo dejen plantado — ríe—. Por cierto, estoy muy cabreada contigo.
 
De repente se pone muy seria.
 
¿Qué he hecho? Ah, ya. Debe de referirse a mi pequeña bomba sobre Dan.
 
—¿Preferías que no te dijera nada? —le pregunto.
 
—¡No me has avisado con bastante tiempo para que pueda irme de la ciudad! —gime.
 
¡Ay, madre, cuánto drama!
 
—¡Estás haciendo una montaña de un grano de arena! No tienes por qué verlo.
 
—No, claro que no. ¡Y no pienso hacerlo!
 
—Pues entonces perfecto, ¿no?
 
Intento cambiar de tema.
 
—¿Qué tal con Sam? —Arqueo las cejas.
 
—¿A que está buenísimo? Joe volvió al bar, con cara de pocos amigos por cierto, así que los dejé allí. Me ha pedido el teléfono.
 
—¡Eres un putón, Kate Matthews!
 
—¡Ya lo sé! —chilla—. ¿Y cómo ha quedado la cosa con el señor?
 
Me observa con prudencia, evaluando mi reacción a su pregunta.
 
—Seguía enfadado conmigo y se largó cabreadísimo —contesto al tiempo que me encojo de hombros.
 
Kate sonríe.
 
—Es un poquito intenso.
 
Me echo a reír.
 
—¿Un poquito? ¡Soy incapaz de pensar con claridad cuando lo tengo cerca! Cuando me toca es como si se hiciera con el control de mi mente y mi cuerpo. Da miedo.
 
—¡Joder!
 
—Eso digo yo, ¡joder!
 
Se vuelve de nuevo hacia el televisor.
 
—Me gusta —dice en voz baja como si le diera miedo admitirlo, como si fuera malo que le gustase—. Sólo lo comento para que lo sepas. — Se encoge de hombros pero no me mira—. Es rico, está súper bueno y es evidente que le gustas mucho. Un hombre no se comporta así si lo único que busca es un polvo, ___.
 
Puede que tengas razón, pero eso no cambia el hecho de que se ha esfumado y no ha vuelto a llamarme desde entonces. Y quizá sea lo mejor.
 
—¿Te apetece que salgamos de fiesta el sábado? —le pregunto.
 
Es una pregunta estúpida porque conozco perfectamente la respuesta.
 
Me mira con cara de pilla y yo le sonrío.
 
Al día siguiente, llego tranquilamente al hotel Royal Park a las doce y cuarto lista para reunirme con Mikael Van Der Haus. Me acompañan hasta una sala de espera acogedora con unos sillones muy caros. Los cuadros que decoran las paredes tienen los marcos dorados y una chimenea tallada preside la habitación. Es majestuosa. Me ofrecen té, pero prefiero beber agua. Hace muchísimo calor y el vestido negro de tubo se me está pegando al cuerpo.
 
Veinte minutos después, el señor Van Der Haus hace su aparición con un aspecto impecable. Es muy atractivo. Me sonríe sin reparos con su perfecta dentadura blanca. ¿Qué me pasa últimamente con los hombres mayores? Bloqueo a toda prisa esos pensamientos.
 
—___, por favor, acepta mis disculpas. Detesto hacer esperar a una dama.
 
Su suave acento danés es casi imperceptible pero muy sexy.
 
«¡Para!» Me levanto cuando se acerca a mí y le tiendo la mano con una sonrisa. Él la estrecha, pero me deja estupefacta cuando se inclina y me besa en la mejilla. Vale, ha estado un poco fuera de lugar, pero voy a pasarlo por alto. Puede que sea algo normal en Dinamarca. ¡Ja! Será mejor que no me olvide de lo que pasó la última vez que un cliente varón me besó en nuestra primera reunión.
 
—No se preocupe, señor Van Der Haus. He llegado hace poco —lo tranquilizo.
 
—___, éste es nuestro segundo proyecto juntos. Sé que has tratado con mi socio en el Lusso, pero yo voy a involucrarme mucho más en la Torre Vida, así que, por favor, llámame Mikael. Detesto las formalidades. —Toma asiento en el sofá que tengo delante y cruza las largas piernas—. Estoy deseando contrastar ideas contigo pronto.
 
¿Eh? ¿Es que acaso no he venido para eso?
 
—Sí, la verdad es que no he tenido ocasión de estudiar el proyecto todavía. Esperaba que me dieras la información y una semana para poder exponerte algunas ideas.
 
—¡Por supuesto! —Ríe—. He sido muy descortés al hacerte venir avisándote con tan poco tiempo, pero vuelvo a Dinamarca el viernes. Tengo tu dirección de correo electrónico. Te enviaré los detalles. Has hecho un trabajo fantástico en el Lusso. Es muy tranquilizador colaborar con gente competente.
 
Me sonríe.
 
¿No va a darme ninguna especificación ahora? Pero si he venido a eso, ¿no?
 
—Si te parece, podemos hablarlo ahora un poco —le propongo.
 
Me observa en silencio durante un momento antes de inclinarse hacia adelante.
 
—___, espero que no pienses que soy demasiado atrevido, pero, verás... ¿Cómo expresarlo? —Se da golpecitos con los dedos en la barbilla. Estoy un poco preocupada—. Me temo que te he traído hasta aquí con falsos pretextos.
 
Ríe nerviosamente y se revuelve en su asiento.
 
—¿Qué quieres decir? —pregunto confundida.
 
Y de repente lo entiendo todo. «¡Ay, no! ¡No, no, no!» Me echo hacia atrás en mi asiento, con el cuerpo tenso de los pies a la cabeza, y ruego al Todopoderoso que le infunda un poco de cordura antes de que diga lo que creo que va a decir.
 
—Quería pedirte que cenaras conmigo. —Me mira expectante y seguro que advierte mi cara de horror. Estoy más roja que un tomate—. Mañana por la noche, si te parece bien, claro —añade.
 
«¡Mierda!» ¿Qué le digo? Si le digo que no, es posible que cancele su acuerdo con Rococo Union y que Patrick pierda el trabajo. Pero ¿por qué últimamente todos los hombres caen rendidos a mis pies? Los hombres maduros, para ser más exactos. Es bastante mayor que Joe. O al menos eso parece. Es muy guapo, pero, por Dios, debe de sacarme unos veinte años. Me río para mis adentros. Al menos éste no me ha encerrado en una suite. ¿Qué hago?
 
—Señor Van Der Haus...
 
—Mikael, por favor —me interrumpe con una sonrisa.
 
—Mikael, no creo que mezclar los negocios con el placer sea buena idea. Es mi política, aunque me siento muy halagada.
 
Me río de mi propia osadía. ¿Desde cuándo me ha supuesto eso un problema últimamente? ¿Y por qué he hablado de placer? He dado por hecho, y sugerido a la vez, que sería placentero cenar con él. Tal vez no lo habría sido; o quizá sí, y mucho. ¡Ay, Dios! Me lanzo mentalmente contra la preciosa chimenea.
 
—Vaya, es una lástima, ___ —suspira.
 
—Sí, sí que lo es —coincido, y regreso a la realidad cuando levanta la cabeza con expresión de sorpresa.
 
Vuelve a inclinarse hacia adelante.
 
—Admiro tu profesionalidad.
 
—Gracias. —De nuevo estoy completamente roja.
 
—Espero que esto no afecte nuestra relación profesional, ___. Tengo muchas ganas de trabajar contigo.
 
—Yo también tengo muchas ganas de trabajar contigo, Mikael.
 
Se levanta del sillón y se acerca a mí con la mano extendida. ¡Gracias a Dios! Yo le ofrezco la mía y dejo que me la estreche con suavidad. En serio, ¿me ha hecho venir sólo para pedirme que cene con él? Podría haberme llamado.
 
—Te enviaré lo acordado en cuanto tenga la oportunidad. Y cuando vuelva de Dinamarca me gustaría enseñarte el edificio. Hasta entonces, puedes ir preparando unos cuantos bocetos. Te he mandado los planos a la oficina y te enviaré las especificaciones por correo electrónico.
 
—Gracias, Mikael. Que tengas buen viaje.
 
—Adiós, ___.
 
Sale de la estancia caminando sobre sus largas piernas.
 
Vaya, qué situación tan incómoda. Continúo sentada y apuro el vaso de agua mientras doy vueltas al caos emocional en el que estoy sumida. Si Joe fuera tan cortés como Mikael, ahora no me sentiría tan mal. Lo de no mezclar los negocios con el placer nunca ha sido mi política pero, básicamente, porque nunca había necesitado tener una al respecto. En tan sólo dos semanas se me han declarado dos clientes ricos y atractivos. A uno lo he rechazado, pero con el otro he caído de pleno. Y como resultado estoy hecha un lío. No mezclar los negocios con el placer es mi nueva norma, y pienso cumplirla. Aunque en realidad tampoco creo que vaya a hacerme mucha falta, porque Mikael ha aceptado mi negativa con amabilidad y Joe no ha vuelto a llamarme desde que me abandonó. ¿Me abandonó?
 
Sobre las dos y media estoy de vuelta en la oficina. No le comento nada a Patrick de lo rara que ha sido la reunión con Mikael Van Der Haus, sobre todo porque me preocupa que, por el bien del negocio, me obligue a ir a cenar con él. Patrick daría por sentado que sería una cena de negocios, pero Mikael ha dejado perfectamente claro que no tenía nada que ver con eso. Me limito a decirle lo de los correos electrónicos, los bocetos y sus intenciones de mostrarme el edificio a su regreso de Dinamarca. Eso parece contentarlo.
 
Saco el móvil del bolso y veo que no tengo ninguna llamada perdida. Hago caso omiso de la puñalada de decepción que siento y empiezo a anotar algunos comentarios sobre diseño escandinavo. Sé que el mío se basará en la vida fácil, blanca y pura, pero me reconforta el hecho de que sea algo tranquilo y cálido, y no vacío y frío.
 
Suena el teléfono y lo cojo con demasiada rapidez. Es Kate.
 
—Hola —digo con una voz exageradamente alegre. No sé por qué me molesto. Ella lo nota de inmediato.
 
—¿Fingiendo indiferencia, tal vez? —pregunta.
 
—Sí.
 
—Ya me imaginaba. ¿No sabes nada de él?
 
—No.
 
—Día de monosílabos, ¿eh?
 
—Sí.
 
Ella suspira profundamente al otro lado de la línea.
 
—Bueno. ¿Les has preguntado a Victoria y al Gran Gay si van a salir el sábado por la noche?
 
—No, pero lo haré. Acabo de volver de una reunión muy extraña. —Abro el primer cajón de mi mesa para coger un clip y veo la cala aplastada bajo mi grapadora.
 
—¿Extraña por qué? —pregunta intrigada.
 
—He ido a ver al promotor del Lusso, bueno, a uno de ellos. Me ha preguntado si quería cenar con él. Ha sido muy incómodo. —Cojo la cala y la tiro a la papelera de inmediato.
 
Ella se echa a reír.
 
—¿Cuántos años tiene éste?
 
Su insinuación me irrita.
 
Es mucho mayor que Joe. Cuánto, no lo sé, pero no hay duda de que es más viejo. Es probable que jamás lo sepa con exactitud.
 
—Unos cuarenta y pico, creo, pero es muy atractivo, del tipo escandinavo. —Me encojo de hombros y muevo el ratón por la pantalla sin ningún objetivo en concreto. Está claro que no está a la altura de Joe, pero es atractivo.
 
—Te has convertido en un imán para maduritos. ¿Vas a ir?
 
—¡No! —chillo—. ¿Para qué?
 
—¿Y por qué no? —No la veo, pero sé que tiene una ceja enarcada.
 
—No, no puedo porque tengo una nueva política: no mezclar los negocios con el placer.
 
—¡APARTA! —grita, y me hace dar un brinco en la silla—. Perdona, un capullo estaba cortándome el paso. Así que nada de mezclar los negocios con el placer, ¿eh?
 
—Exacto. ¿Estás hablando por teléfono mientras conduces, señorita Matthews? —la reprendo. Sé que Margo no tiene manos libres.
 
—Sí, será mejor que cuelgue. Nos vemos en casa. Y no olvides comentarles al Gran Gay y a Victoria los planes del sábado.
 
—¿Qué planes? —pregunto antes de que cuelgue.
 
—Pillarnos un pedo, en el Baroque, a las ocho en punto.
 
Pillarnos un pedo. Sí, es un buen plan.
 
Salgo de la oficina a las seis con Tom y Victoria.
 
—¿Os apetece salir el sábado, chicos?
 
Tom se detiene súbitamente y levanta las palmas de las manos con una expresión de absoluta sorpresa en su cara de niño.
 
—¡Dios mío, sí! A mediodía me he comprado una camisa de color coral maravillosa. ¡Es divina!
 
Victoria ríe, le da una palmada en el culo y lo empuja hacia adelante.
 
—¿Adónde vamos? —pregunta.
 
—Al Baroque, a las ocho —contesto—. Y ya veremos qué nos depara
la noche.
 
—¡Me apunto! —canturrea Victoria—. Pero nada de ligues gays, Tom. Me toca follar a mí —gruñe.
 
Tom frunce el ceño.
 
—¿Y yo qué?
 
—Tú ya has tenido bastante. Es mi turno —le espeta—. Además, ¿qué ha sido del científico?
—Lo cierto es que la ciencia es muuuy aburrida —refunfuña.

Nos despedimos en el metro de Green Park. Cojo la línea Jubilee hacia la Central. Victoria y Tom cogen la de Piccadilly.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Hoy a las 03:24

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Seduction (Joe y ___) ADAPTADA
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