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 Seduction (Joe y ___) ADAPTADA

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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Octubre 26th 2014, 10:48

Capítulo 19
 
Joe aparca derrapando en el exterior de La Mansión, donde John nos espera en la escalera. Sólo hay unos pocos coches, incluido el mío. Había olvidado que lo dejé aquí.
—Venga, quiero terminar cuanto antes para poder tenerte unas horas sólo para mí. —Me coge de la mano y echa a andar.
—Pues  llévame  a casa  —refunfuño,  ganándome  un suave  gesto  de reproche.
—Te estoy ignorando —murmura.
—__.  —John  nos  saluda  con  una  inclinación  de  la  cabeza  y nos sigue.
—¿Todo bien? —pregunta Joe mientras me conduce hasta el bar. Está vacío,  excepto  por  el  personal  que  revolotea  nerviosamente  por  el lugar.
Me sienta en un taburete y él toma a su vez asiento delante de mí. Deja mi mano sobre su muslo. Localizo a Mario, que está secando copas con un paño.
—Todo bien —murmura John—. Los del catering están en la cocina, y el grupo de música vendrá a las cinco. Sarah lo tiene todo bajo control. —Hace un gesto para llamar a Mario, y el vello de todo mi cuerpo se eriza al oír que menciona el nombre de Sarah.
—Genial, ¿dónde está? —pregunta Joe.
—En tu oficina, terminando las bolsas de regalos.
¿Bolsas  de regalos?  ¿Qué se mete en una bolsa de regalo para una fiesta en un club de sexo? Ay, Dios, no quiero ni pensarlo.
 
Mario se acerca y hace volar el paño sobre su hombro. Su sonrisa cálida hace que se la devuelva al instante. Es un hombre de lo más dulce.
—¿Te apetece una copa? —Joe me aprieta la mano que tengo en su muslo.
—Sólo agua, por favor.
—Que sean dos, Mario —dice, y luego se vuelve hacia mí—. ¿Qué quieres comer?
Eso es fácil.
—Filete —digo entusiasmada con los ojos brillantes. El filete que tomé aquí es el mejor que he comido nunca.
Sonríe.
—Mario,  dile  a  Pete  que  tomaremos  filete  con  patatas  nuevas  y ensalada. Comeremos en el bar.
—Por supuesto, señor Jonas. —Mario asiente feliz, mientras coloca dos botellas de agua y un vaso sobre la barra.
—¿Podrías quedarte aquí un momento mientras voy a comprobar algunas  cosas? —me pregunta Joe mientras suelta mi mano, coge una botella y me sirve un poco de agua.
Levanto una ceja en señal de desaprobación.
—¿Vas a dejar a Mario vigilándome?
—No —dice despacio, dirigiéndome  una mirada rápida y cautelosa. Oigo la risa atenuada de John—. No es necesario, ¿o sí?
—Supongo que no. —Me encojo de hombros y miro el bar—. ¿Dónde está todo el mundo?
Se pone de pie y coloca la mano en mi muslo.
—Cerramos el día de nuestro aniversario. Hay muchas cosas que preparar. —Me besa en la frente y coge su botella de agua—. ¿John?
—Cuando quieras —responde él. Me aparta el pelo de la cara.
—Volveré tan pronto como pueda. ¿Seguro que aquí estarás bien?
—Estoy bien —respondo, haciéndole un gesto para que se vaya.
Me dejan en el bar rodeada por del caos del personal. Están todos abrillantando  las  copas  como  locos  y reponiendo  los  contenidos  de  las neveras. Siento que debería echar una mano, pero en ese momento suena mi teléfono en el bolso y lo saco. Aparece el nombre de Ruth Quinn en la pantalla iluminada. Debería pasar de contestar, es mi día libre, pero ésta podría ser la oportunidad para cancelar lo de ir de copas con ella.
—Hola, Ruth.
—__, ¿cómo estás?
Suena amistosa, demasiado amistosa.
—Bien, ¿y tú?
—Genial. Recibí tus presupuestos y los diseños. ¡Son maravillosos!
—Me alegro de que te gusten, Ruth. —Supongo que será un placer trabajar con alguien tan entusiasta.
—Ahora que me has enseñado lo bien que podría quedar el desastre de la planta baja, estoy impaciente por empezar.
—Genial. Entonces, supongo que  has  recibido la  factura  por  mis honorarios. En cuanto esté pagada podremos arrancar.
—La recibí. Os haré una transferencia. ¿Tienes los datos de la cuenta bancaria? —pregunta.
—Ahora mismo no puedo dártelos. ¿Te importaría llamar a la oficina? Es mi día libre y no los tengo a mano.
—Uy, lo siento. No lo sabía.
—Descuida, Ruth. Ha sido una cosa de última hora. No te preocupes—le aseguro.
—¿Estás haciendo algo divertido? —pregunta. Sonrío.
—Estoy en ello. Disfrutando un poco de mi novio. —Eso ha sonado raro.
—Vaya...
Se hace el silencio.
—¿Ruth? ¿Estás ahí? —Miro el teléfono para ver si se ha cortado la llamada. Pero no—. ¿Hola?
—Perdona. Es sólo que dijiste que no había ningún hombre —ríe.
—Quería decir que no había problemas con hombres.
—¡Entiendo! Bien, te dejo disfrutar entonces.
—Gracias. Te llamo la semana que viene y lo retomamos.
—Genial. Adiós, __. —Cuelga, y en seguida me doy cuenta de que no ha sacado el tema de las copas. Bueno, tampoco concretó el día.
Devuelvo el teléfono a mi bolso y localizo a Mario caminando  con una caja llena de ingredientes para cócteles y fruta fresca.
—Señorita __, ¿se encuentra usted bien? —me pregunta.
—Estoy bien, Mario. ¿Y tú?
Deja la caja más grande sobre la barra y yo lo ayudo tirando de ella hacia mí.
—Muy bien, ¿podría hacer usted de...? —frunce el ceño—, ¿cómo se
dice?... ¿Mi conejillo de Indias?
—¡Claro! —Lo digo con demasiado entusiasmo. Me encanta todo ese rollo de mezclar, agitar y probar.
Sonríe y me pasa una tabla de cortar y un cuchillo de cocina.
—Usted corta —me informa pasándome una cesta con frutas variadas de la caja.
Selecciono una fresa, le quito el pezón y la corto en dos.
—Sí,  así  está  bien.  —Mario  asiente  mientras  empieza  a  verter distintos líquidos en una gran coctelera plateada.
Yo me las apaño con todo el montón de fresas  y las coloco  en un recipiente con tapa. Luego me pongo con los limones. Mario canturrea en voz baja una canción estilo ópera italiana mientras seguimos sentados en el bar. De vez en cuando, dejo mis tareas de pinche de frutas para observarlo medir, verter y hacer malabarismos con los útiles de coctelería.
—Ahora viene la parte buena —sonríe mientras le pone la tapa a la coctelera plateada y comienza a agitarla.
Le da la vuelta, la agarra y la lanza por encima de su cabeza. Gira sobre sí mismo y la coge al vuelo. Me deja alucinada con la demostración de sus habilidades como barman. Nunca me lo habría imaginado. Deja la coctelera a un lado de la barra y vierte el contenido rosa en un vaso alto con una hoja de menta y una fresa.
—Voilà! —canta ofreciéndome el vaso.
—¡Caray! —Me relamo al ver el vaso con el borde cubierto de azúcar—. ¿Cómo lo has bautizado?
—¡Es el «sublime de Mario»! —Su voz se torna más aguda hacia el final del nombre. Está muy orgulloso—. Pruébelo. —Empuja el vaso hacia mí y me acerco a olerlo.
 
Huele muy bien pero recuerdo la última vez que Mario se empeñó en que probara uno de sus cócteles: me quemó el gaznate. Cojo el vaso tímidamente mientras él asiente con ganas. Me encojo de hombros y bebo un sorbito.
—Bueno, ¿verdad? —Me deslumbra con su cara de felicidad y empieza a tapar todos los contenedores de fruta.
—Sí. —Le doy otro sorbo. Está delicioso—. ¿Qué lleva?
Se echa a reír y niega con la cabeza.
—Ah, no, no. Eso no se lo cuento a nadie.
—¿Qué tienes ahí? —La voz ronca de Joe me llega desde atrás y me doy la vuelta en el taburete. Está detrás de mí, con la arruga en posición.
Levanto el vaso y sonrío.
—Deberías probarlo. ¡Ay, mi madre, está riquísimo! —Levanto la mirada al cielo para enfatizar mis palabras.
Él se echa hacia atrás y frunce más el ceño.
—No, gracias. Te  creo —dice sentándose a  mi  lado—. No bebas mucho —añade mirando el vaso con expresión de reproche.
Mi cerebro se pone en marcha y de pronto me doy cuenta de lo que acabo de decir. Qué estúpida soy.
—¡Lo siento! ¡No sé en qué estaba pensando! —Mentalmente,  salto por encima de la barra y me meto en la papelera.
Mario debe de haber notado la tensión, porque no tarda en desaparecer y dejarme a solas con Joe. Dejo el vaso sobre la barra. El delicioso cóctel ya no me sabe tan dulce.
—Eh. —Me hace bajar del taburete y me sienta en su regazo. Hundo la cara debajo de su barbilla. No puedo ni mirarlo. Pero qué tonta soy—. No pasa nada. No te atormentes, señorita. —Se echa a reír.
A juzgar por su expresión facial, sí pasa algo. ¿O tal vez lo que le ha molestado ha sido que yo bebiera? Se echa hacia atrás para verme bien y me levanta la barbilla. Su mirada se suaviza.
—Deja de darle vueltas y bésame.
Obedezco y me agarro a su nuca para tenerlo más cerca. Me relajo por completo en sus brazos y me empapo de él, gimiendo de gusto en su boca. Noto que sonríe.
—Lo siento —vuelvo a repetir. Si es que soy una lerda.
—He dicho que ya está —me advierte—. No sé por qué te preocupas tanto.
¿No lo sabe? Lo que me preocupa es la mirada de reproche que le ha lanzado al alcohol.
—¿Ya lo has solucionado todo? —pregunto.
—Sí. Ahora a comer y luego a casa a darnos un baño y a retozar un rato. ¿Trato hecho? —Me mira, expectante.
—¡Trato hecho! —Lo cierto es que este trato ha sido fácil.
—Buena chica. —Me da un beso casto y me sienta en mi taburete—. Aquí llega nuestra comida.
Hace un gesto hacia el otro lado del bar y veo que Pete se acerca con una bandeja. La deja sobre la barra.
—Gracias, Pete —dice Joe.
—Como siempre, el placer es mío. Que lo disfruten. —Me dedica una sonrisa agradable. De hecho, todos los que trabajan para Joe, a excepción de cierta persona, son encantadores. Bah, no voy a dejar que me arruine mi día en el séptimo cielo de Joe.
Desenvuelvo mi cuchillo y mi tenedor y me lanzo a por la colorida ensalada que lleva esa exquisita vinagreta. Necesito la receta.
—¿Está bueno?
Levanto la vista del plato con la boca llena de ensalada y Joe se mete el tenedor  en  la  boca.  Gimo  de  alegría.  Podría  comer  sólo  esto durante el resto de mi vida. Me sonríe.
—Joe, ¿te parece bien si el grupo se instala en una esquina del salón de verano?
Se me tensa la espalda al oír la voz chillona de Sarah.
«¡Piérdete!»
 
Acabo de perder el apetito y mi humor está en números rojos. Dios, cómo detesto a esa mujer, y ahora que Joe ha admitido que se acostó con ella, lo que quiero es partirle la cara.
—Me parece perfecto. ¿No lo habíamos hablado ya? —Joe se vuelve un poco sobre su taburete para no darle la espalda. Yo ni siquiera me muevo.  Me quedo  de cara  a la barra,  escarbando  en la ensalada  con el tenedor.
—Sí, sólo quería confirmarlo. ¿Cómo estás, __?
Miro mi plato con asco. Si de verdad quiere saberlo, se lo digo. Joe me observa,  esperando  a que sea educada  y conteste  a la arpía. Giro el taburete y me planto una sonrisa grande y falsa en la cara.
—Muy bien, gracias, Sarah, ¿y tú?
Su sonrisa es aún más falsa que la mía. Me pregunto si Joe se ha percatado.
—Fenomenal. ¿Tienes ganas de que llegue la hora de la fiesta?
—Sí, muchas —miento. Tendría más ganas si supiera que ella no va a estar.
Joe  interviene  y  me  libra  de  tener  que  seguir  intercambiando cortesías.
—Yo me voy a marchar. Volveré a las seis. Asegúrate de que arriba todo está en orden.
Vale, ya no hay manera de que me termine la comida. Me voy a pasar toda la noche viendo a la gente subir la escalera para visitar el salón comunitario.
—Las habitaciones y el salón comunitario estarán cerrados hasta las diez y media. —Joe señala la entrada del  bar con el  tenedor—. Sin excepción —añade, muy serio.
—Por supuesto —afirma Sarah—. Bueno, os dejo a lo vuestro. Hasta luego, __.
Me vuelvo ligeramente y le sonrío:
—Adiós.
 
Me devuelve la sonrisa pero, después de lo de anoche, es evidente que nos  detestamos  mutuamente,  así  que  toda  esta  falsa  cortesía  no  tiene sentido.  Regreso  a mi ensalada  en cuanto  puedo.  No me cabe la menor duda de que está siendo tan amable por Joe. No creo que lo engañe.
—¿Por qué no te hace ilusión la velada? —me pregunta Joe mientras sigue comiendo.
—No es verdad —digo sin mirarlo. Suelta un hondo suspiro.
—__, deja de tocarte el pelo. Lo estabas haciendo cuando Sarah te ha preguntado y lo estás haciendo ahora. —Me da un pequeño golpe con la rodilla y suelto el mechón de pelo al instante.
Dejo el tenedor en el plato.
—Lamento que no me haga ilusión asistir a una fiesta donde cada vez que alguien  me mire o me hable  estaré  pensando  que lo que de verdad quiere es arrastrarme al piso superior y echarme un polvo.
Doy un salto cuando Joe golpea la barra con el cuchillo y el tenedor.
—¡Por el amor de Dios! —Aparta el plato de un manotazo, fuera de mi campo de visión. Empieza a masajearse  las sienes—. __, vigila esa boca —gruñe, hastiado.
Me coge de la mandíbula y tira de ella. Sus ojos cafés resplandecen de ira.
—Nadie va a hacer tal cosa porque todos saben que eres mía. No digas esas cosas, que me vuelven loco de rabia.
Su tono severo hace que me achique un poco.
—Lo siento. —Sueno gruñona, pero es la verdad. Podrán pensar  lo que quieran, ¿o acaso puede leerles el pensamiento?
—Por favor, intenta mostrar mejor predisposición. —Me suelta la mandíbula y me acaricia la mejilla—. Quiero que te lo pases bien.
Su expresión suplicante me  da  ganas de  patearme el  culo. Se  ha gastado vete a saber cuánto en los vestidos que me ha regalado y esta noche es muy especial para él. Soy una zorra desagradecida. Me siento en su regazo, de cara a él. Por supuesto, le importa un pimiento que mis piernas le estén rodeando la cintura y que estemos sentados en el bar.
—¿Me perdonas? —Le muerdo el labio inferior con descaro y le doy un beso de esquimal.
—Eres adorable cuando te enfurruñas —suspira.
—Tú  siempre  eres  adorable  —le  devuelvo  el  cumplido  y nuestros labios se funden—. Llévame a casa —le digo pegada a su boca.
Gime.
—Trato  hecho.  Levanta.  —Se  pone  de pie  conmigo  y yo aflojo  el abrazo de hierro de mis muslos alrededor de sus caderas.
—¡Ay, no! —exclamo.
—¿Qué? —Me mira preocupado.
—Tengo que comprar whisky para Clive.
—¿Por qué? —Frunce el ceño.
—Como ofrenda de paz. ¿Podemos parar en algún sitio de camino a casa?
Pone los ojos en blanco y me coge de la mano.
—Clive ha sacado una buena tajada de esto, y ni siquiera cumplió con su parte —dice Joe, encaminándose hacia la salida de La Mansión.
Me despido con la mano de Mario y de Pete y ellos me devuelven el saludo.
—¿Cuánto le pagaste?
—Al parecer, no lo bastante como para que hiciera bien el trabajo. — Me mira y sonrío para que me dedique su sonrisa arrebatadora—.  No me mires así cuando no estoy en condiciones de hacerte  mía, __. Sube al coche.
Trago saliva ante su falta de pudor.
—Y ¿qué hay del mío? —digo observando mi Mini.
—Haré que alguien lo lleve a casa —responde  mientras  me abre la puerta del acompañante.
 
Es un alivio cuando por fin llegamos al Lusso. Por lo visto a Clive le gusta el whisky muy caro y muy raro. Encontramos el Glenmorangie que me pidió en una tienda especializada en Mayfair y casi nos peleamos para pagar. Al final, Joe ha cedido. Se ha enfurruñado como un crío pero ha cedido.
—Clive, tu Glenmorangie Port Wood Finish —digo entregándole la botella.
La cara se le ilumina como si fuera Navidad, coge la botella y acaricia la etiqueta.
—¡No puedo creer que lo hayas encontrado! Creía que sólo se podía conseguir por internet.
Lo miro incrédula y es difícil no ver la expresión de recelo de Joe. Hemos estado en tres supermercados y dos licorerías intentando encontrar esa dichosa botella, ¿y él sabía desde el principio que nos iba a ser casi imposible de encontrar? Dejo a Clive acariciando su whisky y me subo al ascensor con Joe.
—Deberías haberle comprado a ese aprovechado la oferta especial del supermercado —gruñe introduciendo el código. Todavía no lo ha cambiado, pero yo no pienso recordárselo más.
—¿Estará Cathy? —pregunto. Espero que no.
Quiero acurrucarme entre sus brazos y quedarme así un buen rato, pero  después  del  viaje  a  Londres  en  busca  de  la  botella  de  whisky imposible ya no tenemos tanto tiempo como a mí me gustaría. Sé que eso es lo que tiene a Joe de mal humor.
—No, le dije que se marchara al acabar —dice, cortante. Está hecho un cascarrabias.
 
Llegamos al vestíbulo y Joe hace malabares con mis bolsas para meter la llave en la cerradura. Abre la puerta, lo sigo y le quito las bolsas.
—¿Qué haces? —pregunta con el ceño fruncido.
—Me las llevo al cuarto de invitados. No puedes ver mi vestido —replico encaminándome ya hacia la escalera.
—Déjalas en nuestro dormitorio —me grita. ¿Nuestro dormitorio?
—Imposible  —grito  a mi vez, desapareciendo  en mi habitación  de invitados favorita.
 
Saco el vestido de la bolsa y lo cuelgo detrás de la puerta. Suspiro y retrocedo para poder verlo bien. O se corre en el acto o se desintegra, una de dos.
Desembalo el corsé, los zapatos y el bolso y dejo los demás vestidos para más tarde. Llaman a la puerta.
—¡No entres! —chillo corriendo hacia la puerta y abriéndola sólo un poco. Joe está riéndose y lleva las manos en los bolsillos.
—¿Es que vamos a casarnos?
—Quiero que sea una sorpresa.— Le hago un gesto para que se vaya—. Tengo que pintarme las uñas. Vete. —Me quería con buena predisposición, pues ahora que no se queje. Levanta las manos.
—Vale,  te espero  en la bañera.  No tardes. Ya he perdido  una hora buscando el puto whisky —gruñe.
Cierro la puerta, saco el neceser de maquillaje de mi bolso y el correo que Clive me ha dado esta mañana. Lo dejo en la cómoda que hay junto a la puerta y me instalo en la cama para prepararlo todo para la fiesta.
 
 
Entro en el cuarto de baño y veo que Joe ya está sumergido en agua caliente y burbujeante pero no parece contento. Me saco el vestido por la cabeza,  el  sostén  y  las  bragas  y  su  expresión  pasa  del  enfado  a  la aprobación en cuanto me meto en la bañera.
—¿Dónde estabas?
—Esperando a que se me secaran las uñas —digo mientras me instalo entre sus piernas y me apoyo en su pecho firme.
Hace un ruidito feliz y entrelaza nuestras piernas. Me envuelve en sus brazos y hunde la nariz en mi pelo.
—¡Ya he perdido dos horas de estar contigo! Dos horas que no voy a poder recuperar —masculla, resentido—. Se acabó el pintarse las uñas y el ir a buscar botellas de whisky raro.
—Vale. —Estoy de acuerdo. Yo sé dónde preferiría  estar—. Se me olvidaba, Clive me ha dado tu correo esta mañana. Me lo he metido en el bolso y se me ha olvidado, perdona.
—No pasa nada. —Intenta  que no me preocupe—.  Me encanta,  me encanta, me encanta tenerte toda mojada y resbaladiza sobre mí.
Me coge las tetas con las manos y me muerde el cuello.
—Mañana nos vamos a pasar todo el día en la cama.
Sonrío para mis adentros y deseo en silencio que ojalá pudiéramos hacerlo ahora mismo, pero entonces noto su corazón palpitando contra mi espalda y pienso en el comentario que hizo sobre el latir de su corazón.
—¿Qué fue lo primero que pensaste al verme?
Permanece unos instantes en silencio.
—Mía —gruñe, y me muerde la oreja. Me retuerzo y me echo a reír.
—¡No es verdad!
—Joder si lo pensé... Y ahora eres toda mía. —Me vuelve la cara para besarme con dulzura—. Te quiero.
—Lo sé. ¿No se te ocurrió nunca que podías invitarme a cenar en vez de acosarme, hacerme preguntas inapropiadas y prepararme una encerrona en una de tus cámaras de tortura?
Mira a la nada pensativo.
—No. No podía ni pensar. Me tenías confuso —niega con la cabeza.
—¿Confuso sobre qué?
—No lo sé. Provocaste algo en mí. Era perturbador. —Se echa hacia atrás y apoyo la cabeza en su pecho.
¿Qué  le provoqué  exactamente?  ¿Un latido?  Diría  que esa frase  es muy rara, pero él también  provocó  algo en mí y también  era algo muy perturbador.
—Me regalaste una flor —digo en voz baja.
—Sí, estaba intentando ser un caballero.
Sonrío.
—Y cuando  volviste  a verme,  ¿me  preguntaste  cuánto  iba  a gritar cuando me follaras?
—Esa boca,   __.  —Se echa a reír—. No            sabía qué hacer. Normalmente sólo tengo que sonreír para conseguir lo que quiero.
—Deberías haber intentado ser menos arrogante.
No me gusta la idea de Joe sonriendo y consiguiendo lo que quiere.
¿A cuántas les habrá sonreído?
—Tal vez. Dime qué pensaste tú. —Me da un pellizco y sonrío para mis adentros. Podríamos tirarnos aquí la vida entera—. Venga, dímelo — insiste, impaciente.
—¿Para qué? ¿Para que se te hinche aún más el ego? —me burlo, y me castiga haciéndome cosquillas. Me retuerzo y salpico agua fuera de la bañera—. ¡Para!
—Dímelo. Quiero saberlo.
Respiro hondo.
—Casi me desmayo —admito sin pudor—. Y entonces vas tú y me besas. ¿Por qué lo hiciste? —pregunto, recelosa, sintiendo un escalofrío.
—No lo sé. Simplemente pasó. ¿Estuviste a punto de desmayarte?
No le veo la cara pero apostaría la vida a que en su hermoso rostro brilla su sonrisa arrebatadora.
Echo la cabeza atrás. Sí, justo lo que yo decía. Pongo los ojos en blanco.
—Pensé que eras un           cerdo arrogante, un           sobón con modales inapropiados que hacía comentarios de mal gusto.
Todavía me cuesta creer lo ciega que estaba con respecto a dónde me encontraba, pese a que las pistas que me dio Joe indicaban a las claras que  La  Mansión  no  era  un  hotel.  Estaba  demasiado  ocupada  luchando contra las reacciones no deseadas que provocaba en mí, luego cediendo a mis impulsos y más tarde luchando otra vez.
 
Me acaricia los pezones en círculos con la punta de los dedos.
—Necesitaba  seguir  tocándote  para  ver  si  me  estaba  imaginando cosas.
—¿Qué cosas?
—Mi cuerpo temblaba cada vez que te tocaba. Y sigue haciéndolo.
—El mío también —confieso. Es una sensación increíble—. ¿Eres consciente del efecto que causas en las mujeres? —Extiendo las manos sobre la parte superior de sus muslos.
—¿Parecido al que tú causas en mí?
Entrelaza los dedos con los míos.
—¿Dejan de poder respirar durante unos segundos cada vez que me ven?
Me besa la sien e inhala con fuerza.
—¿Quieren  meterme  en  una  vitrina  para  que  nada  ni  nadie  pueda hacerme daño?
Casi me quedo sin respiración. Suspira hondo y subo y bajo sobre su pecho.
—¿Creen que la vida se acabaría si yo no estuviera?  —termina con dulzura.
Se me saltan las lágrimas  y lucho para recobrar  el aliento. Vale, la primera, seguro, pero las otras dos creo que probablemente están reservadas sólo para mí. Son palabras muy fuertes teniendo en cuenta que sólo hace un mes que nos conocemos. Al principio  pensaba  que sólo le interesaba una cosa y ya está, pero sus acciones me decían algo distinto, incluso cuando yo no me daba cuenta. El hombre era de lo más persistente, y doy gracias de que lo fuera. Ahora su negocio y sus problemas con la bebida son irrelevantes. Sigue siendo Joe y sigue siendo mío.
Me doy la vuelta y me deslizo hacia arriba por su pecho. No me quita el ojo de encima hasta que estamos a la misma altura.
—Me has quitado las palabras de la boca —digo con dulzura.
Necesito que sepa que no es el único de esta relación que se siente posesivo y protector más allá de lo razonable. Es una locura, este hombre tan grande y dominante que me ha hecho suya del todo, que consigue que me rinda sin preguntas y sin dudar ni un instante. Le he dado el poder para destruirme por completo. Me importa tanto como sé que yo le importo a él. Simplemente es así.
—Te quiero muchísimo —digo con convicción—. Tienes que prometerme que nunca vas a dejarme.
Se burla.
—Nena, no vas a librarte nunca de mí.
—Estupendo. Bésame.
—¿Me estás dando órdenes? —Está a punto de reírse y le brillan los ojos.
—Sí. Bésame.
 
Entreabre los labios a modo de invitación y se acerca a mi boca. Me pierdo en él. Ojalá no tuviéramos que ir a ninguna parte. Saboreo el calor de su aliento mentolado y saludo a su lengua con la misma pasión que ella a mí mientras él me acaricia la espalda mojada con las manos.
—Sé que te haría muy feliz que nos quedásemos aquí toda la noche, pero tenemos que ir pensando en movernos. —Me planta las palmas en las nalgas y me levanta para poder acceder a mi cuello.
—¿Y si nos quedamos?  —suplico.  Me deslizo arriba y abajo y me restriego contra él, que aprieta para entrar.
Coge aire.
—Vas a tener que dejarme salir porque, si me quedo aquí, no vamos a ir a ninguna parte. —Me besa con premura y me sube para que me siente sobre los talones delante de él.
—Pues quédate —digo con un mohín mientras lo aprieto contra mí y me abrazo a su cuello. Me siento en su regazo y no hace nada para detenerme—. Quiero marcarte —digo, sonriendo, y me aferro a su pectoral con los labios.
Él gruñe y se tumba.
—__, vamos a llegar tarde —replica sin preocuparse en absoluto. Aprieto los dientes contra su piel y succiono—. Joder, no sé decirte que no—gime levantándome para colocarse debajo de mí.
 
Deja que me la meta y los dos suspiramos. Lo muerdo más fuerte y empiezo a moverme arriba y abajo, despacio, a un ritmo controlado. Me coge de la cintura y la mueve en círculos y me sube y me baja para marcarme la cadencia.
—Quiero verte la cara —me ordena.
Dejo de morderlo y lo beso antes de acercarle la cara.
—Mucho mejor —sonríe.
Me derramo sobre él. Le aparto el pelo húmedo de la frente y enrosco los dedos en su nuca. Nuestros movimientos son sincronizados mientras el agua chapotea a nuestro alrededor y nos miramos fijamente. La presión en mi entrepierna  entra en ebullición  poco a poco hasta que él levanta  las caderas de repente y mis manos corren a aferrarse al borde de la bañera. Resoplo y él me sonríe antes de repetir el movimiento.
—Otra  vez  —ordeno  impulsivamente ante  la  inminencia de  mi orgasmo. Grito y echo la cabeza atrás cuando Joe obedece. Una de las manos con las que me sujetaba de la cintura se desplaza a mi nuca.
—¿Más? —pregunta con voz ronca. Echo la cabeza atrás de nuevo.
—Sí  —consigo  decir  antes  de  que  vuelva  a  levantar  las  caderas. Cierro los ojos.
—Nena,  mírame  —me advierte  deslizando  la mano de vuelta  a mi cintura.
 
Abro los ojos y veo que él tiene la mandíbula tensa y las venas del cuello hinchadas. Me levanta una y otra vez. Grito intentando no cerrar los ojos.
—¿Te   gusta? —pregunta   recompensándome con  otra  subida de caderas.
—¡Sí! —Tengo los nudillos blancos de agarrarme con tanta fuerza.
—No te corras, __. No he terminado.
Me concentro para controlar mi orgasmo, que está a la vuelta de la esquina.  Los movimientos  firmes  y contenidos  de Joe no son de gran ayuda. Echa la cabeza atrás pero no me quita ojo. Me levanta, tira de mí y mueve las caderas en círculos una y otra vez. Gemimos juntos y me duele la cabeza de tanto mantener el contacto visual. Quiero echarla hacia atrás y correrme, pero tengo que esperar a que me dé permiso. No sé si podré aguantar mucho más.
—Buena chica —me alaba mientras me sujeta con más fuerza de la cintura. Me mueve en círculos sobre sus caderas—. ¿Lo notas, __?
—Te vas a correr —jadeo al notar su polla expandiéndose dentro de mí.
Sonríe.
—Cógete los pezones.
Suelto el borde de la bañera y me pellizco los pezones para que se endurezcan más. Los retuerzo con los dedos bajo su atenta mirada.
—Más fuerte, __ —me ordena, y me castiga con otra embestida de sus  caderas.  Grito  y  pellizco  con  más  fuerza.  La  punzada  de  dolor  va directa a mi sexo.
—¡Más fuerte! —grita clavándome los pulgares en la cintura.
—¡Joe!
—Aún no, nena. Aún no. Contrólalo.
Trago  saliva  y tenso  todos  los  músculos  de  mi  cuerpo.  Me  quedo rígida. No sé cómo lo hace. Su cara refleja el esfuerzo, tiene la mandíbula apretada y siento palpitar su polla. Posee un autocontrol increíble. Voy en barrena  hacia  un orgasmo  épico.  La  fuerza  con  la  que  me  pellizco  los pezones aumenta a medida que se acerca. Entonces desliza una mano hacia el interior de mis muslos y me acaricia suavemente. Las subidas y bajadas de sus caderas hacen que la fricción de sus dedos se ajuste al ritmo de sus lentas estocadas.
Empiezo a sacudir la cabeza, desesperada.
—¡Joe, por favor!
—¿Quieres correrte?
—¡Sí!
Me acaricia el clítoris con el pulgar.
—Córrete —ordena con otra subida de caderas que me deja delirante. Mi cuerpo explota y grito, un grito desesperado que hace eco en el cuarto de baño.
Maldice en alto, me levanta y me deja caer sobre él sin cesar. Es tan inesperado  que  me  hace  gritar.  Me  penetra  con  furia  y caigo  sobre  su pecho, temblando incontroladamente. Siento que me levanta como un peso muerto, y me deja caer otra vez mientras alza las caderas. Se abraza a mí y sus muslos de acero chocan contra mi cuerpo lánguido.
—¡Dios! —exhala con fuerza salpicando agua a nuestro alrededor—. __, mañana te voy a esposar a la cama —gime—. Bésame.
Consigo  levantar  la  cabeza  de  su  pecho  y  encuentro  sus  labios mientras él sigue moviendo las caderas en círculos para extraer cada gota de placer de nuestros cuerpos. Podría caer dormida ya mismo.
—Llévame a la cama —susurro contra su boca. No hay forma de librarse de lo de esta noche, eso ya lo sé.
—Te estoy ignorando —me contesta, muy serio.
Le sujeto la cara con las manos  para que no la mueva  mientras  la cubro  de  besos en un intento desesperado por convencerlo de que deberíamos quedarnos en casa.
—Quiero quererte —susurro llevando las manos a su nuca para poder enroscarlas en su pelo. Yo sólo quiero quedarme en casa.
—Déjalo estar, nena. Odio decirte que no. Sal. —Me aparta para salir y refunfuño cuando sale de la bañera.
¿Odia decirme que no? Sólo cuando le ofrezco mi cuerpo.
—Esta  noche  quiero  que lleves  el pelo suelto  —dice  cogiendo  una toalla.
Salgo de la bañera y abro el grifo de la ducha.
—A lo mejor lo llevo recogido  —replico  metiéndome  debajo de la ducha para lavarme el pelo. Lo cierto es que pensaba llevarlo suelto, pero me apetece ser insolente.
Chillo cuando me da un azote en el culo con la palma de la mano. Me aclaro el champú y abro los ojos. Hay un hombre resplandeciente  y muy disgustado mirándome.
—Calla —dice con ese tono de voz que me empuja a llevarle la contraria—. Lo vas a llevar suelto.
Me besa en los labios.
—¿Sí?
—Sí —suspiro.
—Ya lo sabía yo. —Sale de la ducha—. Arréglate aquí. Yo me voy a otra habitación.
—¡No vayas a la habitación crema! —grito, presa del pánico—. ¡No vayas a la habitación crema!
—No se preocupe, señorita.
Sus hombros salpicados de gotas de agua salen del cuarto de baño y termino de ducharme.
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kathe hernandez
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Octubre 27th 2014, 12:29

oooooo chica siguela pronto esta buenisima Wink
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Octubre 27th 2014, 19:09

Esta buenizima...... debes continuarla...... muero por saber como se pondra joe con es vestido
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 3rd 2014, 14:42

nena hola!!! como stas?
espero que estes bien,
que crees he vuelto! hehehe
espero que no estes molesta conmigo
ya subi novela por si gustas pasar a leerla prometo que si veo unas dos firmitas
subo capi Very Happy jejejejeje y doble

solo tu sube uno por favor!
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 7th 2014, 08:05

Capítulo 20
 
Me estoy mirando al espejo de cuerpo entero con un nudo en el estómago. Me he secado el pelo con secador, está ondulado y brillante. Mi maquillaje es delicado y natural y ya me he puesto el vestido. Tiene un tacto increíble pero estoy que me subo por las paredes. No sé si es por el lugar al que voy o por si estoy teniendo un pequeño ataque de ansiedad de pensar que puede que a Joe no le guste el vestido.
 
Me vuelvo para ver el escote de  la espalda, que parece más pronunciado  que en la tienda. ¿Se enfadará?  Estuvo a punto de tener un infarto cuando me vio con el vestido de verano con la espalda al aire.
Soplo para apartarme  el pelo de la cara y me echo un poco más de desodorante.  Me estoy asando, sin duda son los nervios. Me pongo mis pendientes de oro blanco; son unas bolitas sencillas, el encaje no permite otra cosa. Meto el brillo de labios y la polvera en la cartera junto con el teléfono. Llaman a la puerta y el corazón se me sale del pecho. Tengo un nudo en el estómago.
—__, cariño, tenemos que irnos —dice en voz baja desde el otro lado. No intenta entrar, y ese gesto, junto con la dulzura de su voz, me indica que puede que él también esté nervioso. ¿Por qué? Porque normalmente entraría a la carga, sin llamar y sin decir nada.
—¡Dos minutos! —grito. Mi voz es aguda y temblorosa.
Me rocío con mi perfume favorito de Calvin Klein. No hay gruñidos ni  gritos  impacientes.  Debería  mover  el  culo.  Me  deja  para  que  me tranquilice un poco.
 
Respiro hondo un par de veces, cojo la cartera y echo los hombros atrás. Qué mal. Estoy súper nerviosa. Tengo que ver a todos los socios de La Mansión y no me apetece nada. Las mujeres me han dejado claro que les he aguado la fiesta. No creo que vayan a cambiar de opinión sólo porque lleve un vestido de alta costura o porque oficialmente sea la novia de Joe. ¿La novia? Suena muy tonto, pero ¿qué otra palabra puedo usar? Además, él es demasiado mayor para llamarlo novio. No suena nada bien.
Vale. Recojo un poco el bajo del vestido y admiro mis zapatos antes de salir del dormitorio en dirección a la escalera.
Veo la sala de estar y oigo las fascinantes notas de Nights in White Satin de Moody Blues que caen sobre mí desde los altavoces integrados.
Sonrío para mis adentros y entonces lo veo.
Freno en seco en lo alto de la escalera y procuro recobrar el aliento. Es como volver a verlo por primera vez. Está impresionante  con el traje negro, la camisa blanca almidonada y la corbata negra. Se acaba de afeitar y puedo ver su hermoso rostro. También se ha peinado. Dios, esta noche voy a fastidiar los planes de muchas.
Aún no me ha visto. Camina despacio de un lado a otro, con las manos en los bolsillos y mirando al suelo. ¿Mi donjuán chulo, orgulloso y pagado de sí mismo está nervioso?
 
En silencio, observo cómo se sienta, junta las manos y traza círculos con los pulgares en el aire. Vuelve a levantarse y a pasear de un lado a otro. Sonrío y, como si notara mi presencia, se vuelve y recibo de pleno el impacto de ver a mi hombre de frente, en todo su esplendor. Me quedo sin aliento y tengo que sujetarme a la barandilla para no caerme.
Abre un poco más los ojos.
—Madre  mía  —dice,  y  oscilo  sobre  los  talones  bajo  su  intensa mirada.
Joe se acerca a la escalera sin apartar la mirada de mí. Bajaría para reunirme con él, pero mis estúpidas piernas están paralizadas  y no logro convencerlas  de  que  se  muevan. Es posible que tenga que bajarme en brazos.
 
Sube la escalera sin que nuestros ojos se separen y, cuando llega hasta mí, me tiende la mano con una sonrisa. Respiro hondo, cojo la falda de mi vestido y pongo la mano en la suya. Lo dejo que me guíe por la escalera. Mis piernas parecen un poco más fuertes ahora que él me lleva de la mano.
Llegamos abajo y se vuelve. Recorre con la mirada mi cuerpo cubierto de encaje. Da una vuelta a mi alrededor  para ver la espalda y cierro los ojos,  rezando  para  no  haber  cometido  un  error  monumental  al  haber elegido un escote trasero tan pronunciado. Coge aire y siento su dedo cálido en lo alto de la nunca. Lo desliza despacio por mi columna vertebral y un millar de escalofríos viajan por mis terminaciones nerviosas. Acaba en la base de mi columna y siento el inconfundible calor de su boca sobre mi piel cuando me besa en el centro de la espalda. Sus labios tibios me relajan. Si fuera a explotar, ya lo habría hecho.
Lentamente, vuelve a colocarse delante de mí.
—No puedo respirar —susurra cogiéndome de           la cintura y atrayéndome hacia su boca. Es como si me hubiera vuelto tan delicada como el encaje que cubre mi cuerpo.
Qué alivio. El nudo del estómago ha desaparecido. Ahora sólo tengo que preocuparme de la infinidad de mujeres que se arrodillarán ante él. Se aparta y me besa el bajo vientre. Tiene una erección de campeonato. Ahora no querrá que me desvista, ¿o sí?
—Me gusta muchísimo tu vestido —dice, sonriente—. Éste no te lo probaste. Me acordaría. —Lo contempla, admirado.
—Siempre encaje —repito sus palabras y nuestras miradas se funden.
—¿Escogiste este vestido para mí? —me pregunta con ternura. Asiento,  da un paso atrás y se mete las manos  en los bolsillos.  Se muerde el labio y ahí están los engranajes, trabajando mientras él me mira con aprobación.
—Igual que yo he elegido esto para ti —dice mientras se saca la mano del bolsillo y veo una delicada cadena de platino colgando de su dedo.
Casi  me  atraganto  con  mi  propia  lengua  cuando  mis  ojos  ven  la exquisita joya. La vi en una vitrina de cristal esta mañana mientras pasaba con Zoe por la sección de joyería. Me lo señaló y me cautivó al instante, con sus delicadas capas de platino y un diamante cuadrado suspendido al final. Casi me da un ataque al ver el precio escrito en letra muy pequeña.
Lo miro a los ojos.
—Joe, ¡ese collar vale sesenta mil libras! —suelto. No se me olvidará nunca. Conté los ceros varias veces.
«¡Ay, Dios!»
 
Me  entra  muchísimo  calor  de  repente  y  mis  ojos  van  de  Joe  al diamante que le cuelga del dedo. Sonríe y se me acerca por detrás, me echa el pelo sobre el hombro. El corazón me da volteretas mortales en el pecho. Acerca el collar a mi cuello y lo deja caer sobre mi esternón. Siento una carga enorme en el pecho. Estoy empezando a temblar.
Sus manos rozan mi espalda cuando abrocha el cierre y luego me desliza las palmas por los hombros y me da un beso en la nuca.
—¿Te gusta? —me susurra al oído.
—Sabes que sí, pero... —Toco el diamante y al instante quiero un paño de terciopelo para limpiarle mi huella dactilar—. ¿Te lo dijo Zoe? — Quiero vomitar. Sé que se dedica a las ventas, pero decirle a Joe que me quedé prendada de un carísimo collar de diamantes es aprovecharse de la situación. ¿Sesenta mil libras? ¡Virgen santa!
—No, yo le pedí a Zoe que te lo enseñara. —Me da la vuelta entre sus brazos  y  acaricia el collar con el dedo y luego mi  pecho—.  Eres increíblemente hermosa.
Me da un tierno beso en los labios. ¿Él se lo pidió? Me entra la risa nerviosa.
—¿Es a mí o al diamante?
—Sólo  tengo  ojos para ti —me  dice con la ceja  levantada—.  Para siempre.
Dejo de reírme.
—Joe, ¿y si lo pierdo? ¿Y si...? —Me hace callar con sus labios.
—Cállate, __. —Vuelve a cubrirme la espalda con el pelo—. Está asegurado y es un regalo que quería hacerte. Si no te lo pones, me enfadaré mucho, ¿entendido?
Su  tono  no  admite  discusión,  pero  estoy  abrumada  y  mucho  más nerviosa  que antes ahora que el collar  forma parte de la ecuación  de la fiesta. No voy a volver a ir en metro ni a pasear de noche, eso fijo, no con esta cosa colgando del cuello. Además, dudo que pueda hacer ninguna de esas cosas si Joe se sale con la suya (y eso es lo que va a pasar).
Respiro hondo y apoyo las manos en su pecho.
—No sé qué decir. —Me tiembla la voz, igual que el cuerpo.
—Puedes decir que te encanta. —Las comisuras le bailan—. Puedes darme las gracias.
—Me encanta. Muchas gracias. —Le doy un beso.
—De nada, nena. Aunque no es tan hermoso como tú. Nada lo es. — Me  coge   las  manos—. Mi trabajo aquí ha terminado. Vamos, has conseguido que tu dios llegue tarde.
Me lleva a la puerta principal y apaga la música. Coge las llaves y vamos al ascensor. Ya han reparado el espejo.
Se abren las puertas, entramos e introduce el código. Me mira y me guiña el ojo.
—Eres demasiado guapo —digo con cierta melancolía, pasándole el pulgar por el labio inferior para quitarle los restos de pintalabios—. Y todo mío.
Coge mi mano y me besa la punta del dedo.
—Sólo tuyo.
 
Cruzamos el vestíbulo del Lusso. Clive nos mira dos veces y abre la boca de par en par. Joe me pasa el brazo por los hombros y sé que es una señal de lo que nos espera esta noche. Por mí, fenomenal, porque no tengo intención de apartarme de su lado.
Me ayuda a subir al DBS y viajamos a La Mansión a toda velocidad. Lo  he  hecho  llegar  tarde  a  su  fiesta  de  aniversario  pero  no  parece importarle. Me mira de vez en cuando y sonríe cuando me pilla mirándolo.
Le pongo la mano sobre el muslo y me relajo cuando él pone la suya en el mío y me da un apretón cariñoso. Ahora mismo estoy muy enamorada de él y, por primera vez, me ilusiona esta velada. Joe, el amante de la diversión,  tiene  ganas  de  fiesta,  y es  en esos  momentos  cuando  veo  la personalidad afable que todo el mundo dice que tiene. No ignoro el hecho de que sólo veo a ese Joe cuando las cosas van como él quiere, o cuando hago lo que me ordena y él se sale con la suya o consigue lo que desea, pero cuando él está así es cuando yo soy más feliz y cuando me siento más contenta. Estoy en mi salsa en el séptimo cielo de Joe.
 
 
No me sorprende  ver a John en la escalera  de La Mansión  cuando aparcamos. Joe me ayuda a salir del coche y me lleva a la entrada, donde John está dando instrucciones  a una docena de hombres con uniforme de aparcacoches. Joe le lanza las llaves, él las coge y se las pasa a uno de los aparcacoches y lo informa de que sólo tiene que mover el Aston Martin de Joe si es estrictamente necesario.
Saludo a John con la mano. Me sonríe al pasar y veo su diente de oro. Lleva su traje negro de costumbre, sólo que ha cambiado la camisa negra por una camisa  blanca  y pajarita.  Lleva  las gafas  de sol  puestas,  como siempre. Está muy elegante. Es el tío más guay del universo.
 
—¡Por fin! —La voz de pánico de Sarah es lo primero que oigo al entrar en La Mansión.
Se acerca contoneándose.  No puede moverse mucho porque lleva un ajustado vestido rojo de satén que podría ser su segunda piel. Debe de haberse embutido en él. Ya no me cabe ninguna duda sobre la condición de sus pechos. Los lleva bien altos, con un escote palabra de honor. Si bajara la cabeza, podría besárselos ella misma.
Detiene su  marcha acelerada hacia  Joe  y  me  da  un  repaso que termina en mi cuello, donde su mirada se queda fija. Ha visto el collar, porque es difícil no verlo, pero no le fascinan su belleza o su brillo (¡qué va!), sino que está pensando en quién lo ha comprado y, a juzgar por la mueca que hace con su cara llena de bótox, ha dado en el clavo.
Instintivamente, cojo el diamante, como si lo estuviera protegiendo de sus ojos pequeños y brillantes. Me mira con envidia y entonces repara en mi cuerpo cubierto de encaje. Enderezo la espalda y sonrío con dulzura.
—Ya estoy aquí —gruñe Joe, colocándome a su lado.
 
Entramos en el bar, donde Mario está dando instrucciones al personal. La estancia es ahora tres veces más grande, y caigo en la cuenta de que las puertas que dividen el bar y el restaurante están abiertas y hay decenas de mesas altas de bar con sus taburetes distribuidas por las dos salas.
—Siéntate  aquí. —Joe  me muestra  un taburete  junto a la barra y llama a Mario antes de acomodarse junto a mí.
Sarah señala una lista que lleva en la mano.
—¿No podemos repasar...?
—Sarah, dame un minuto —la corta Joe sin dejar de mirarme. Me lo comería a besos—. ¿Qué quieres beber?
Noto el aire gélido que desprende Sarah, ahí de pie como una maceta, esperando a que Joe termine de atenderme antes de prestarle la atención que ella quiere. Tal vez tarde en decidirme. ¿Puedo tomar alcohol? Dijo que podía beber si él estaba cerca.
Aparece Mario, hecho un pincel, con su chaqueta blanca y su pajarita. Lleva  la raya al lado y ni un pelo fuera de su sitio, ni siquiera  los del bigote. Sonríe y recuerdo el suculento cóctel que me ha preparado antes.
—Tomaré un sublime de Mario, por favor —le sonrío. Él se ríe a gusto.
—¡Sí! —exclama detrás de la barra—. ¿Y usted, señor Jonas?
—Sólo agua, Mario —responde Joe acercándose para besarme.
Sarah me está taladrando con la mirada, así que, cómo no, obedezco y dejo  hacer  a  Joe.  No  es  que  necesite  a  Sarah  para  eso.  Joe  hace  y deshace a su antojo cuando quiere y donde quiere.
—Un gin-tonic de endrinas, Mario —suelta entonces ella, y resopla mientras Joe se dedica a mí.
Esa mujer le importa un comino, y me siento mucho más cómoda ahora que lo sé. Ni siquiera es una amenaza real.
—Joe, de verdad que te necesito en la oficina —insiste.
Él gruñe y mentalmente deseo que la pise como a un felpudo.
—¡Sarah, por            favor! —masculla poniéndose de            pie—.  Nena, ¿prefieres quedarte aquí o venir conmigo?
No la estoy mirando, pero sé que ha puesto cara de asco y, aunque me encantaría  tocarle las narices un poco más, estoy muy contenta aquí con Mario y mi sublime.
—Vete, yo estoy bien aquí.
Coge su botella de agua y me besa en la frente.
—No tardo nada.
 
Echa a andar y Sarah tiene que seguirlo corriendo sobre sus tacones de dieciséis centímetros para no perderlo, no sin antes coger su gin-tonic de la barra con un gruñido. La ignoro y acepto la copa que me ofrece un Mario sonriente.
—Gracias, Mario. —Le devuelvo la sonrisa, doy un trago y gimo de gratitud.
—Señorita __, ¿me permite que le diga lo preciosa que está usted esta noche? —me sonríe con afecto y me sonrojo un poco.
—Mario, ¿me permites que te diga lo elegante y seductor que estás esta noche? —Levanto mi copa por el pequeño italiano al que tanto cariño le he cogido.
Él  da una  palmada  sobre  la barra  y se echa  a reír.  Luego  mira  el diamante  que  cuelga  de  mi  cuello  antes  de  observarme  con  una  ceja arqueada.
—La quiere mucho, ¿verdad?
Me encojo de hombros un poco avergonzada.  De repente me siento incómoda con el italiano afable. No quiero que todo el mundo piense lo inevitable, como hizo Sarah.
—Es sólo un collar, Mario. —Sí, un collar de sesenta mil libras, pero nadie tiene por qué enterarse de ese pequeño detalle.
Lo cojo otra vez. De vez en cuando, tengo que comprobar que sigue ahí, aunque noto el peso perfectamente.
—Veo que también usted quiere mucho al señor Jonas—añade sonriéndome mientras me rellena la copa—. Eso me hace feliz.
¿De verdad? Un vaso roto lo distrae y se va, agitando los brazos y gritando en italiano.
 
Estoy  muy  a  gusto  en  la  barra,  viendo  cómo  los  empleados  se preparan para la velada. Se sirve champán en cientos de copas y Mario no para de limpiar la barra. Grita órdenes aquí y allá para gestionar a su gente. Es como una demostración precisa de organización, sabe lo que se hace. El pequeño italiano es un perfeccionista y lo quiere todo impoluto. La enorme sala está decorada con gusto, todo está en su sitio, perfecto hasta el más mínimo detalle. Los candeleros cuelgan bajo e iluminan lo justo con una luz aterciopelada.  Las palabras «sensual» y «estimulante» me vienen a la cabeza. Son palabras que ya he oído antes.
Aparece Pete con una bandeja de canapés.
—Señorita  __,  está  usted  espectacular  esta  noche  —dice,  y  me ofrece la bandeja—. ¿Un canapé?
Huelo el delicioso salmón y veo las tostadas cubiertas  de crema de queso.
—Ay, Pete. —Me llevo la mano al estómago—. Aún estoy llena.
No tengo ni idea de cómo voy a aguantar una cena de tres platos. Voy a reventar el vestido.
—Pero  si  apenas  ha  tocado  la  comida  —replica  mirándome  con desaprobación, y luego sigue con su trabajo—. Que disfrute de la velada.
—Tú también, Pete —le contesto.
De inmediato  me siento idiota por haberle dicho a un empleado  de Joe que disfrute de una noche de trabajo duro, pero tiene razón: no me he terminado  la  comida.  Ha  sido  porque  perdí  el  apetito  cuando  apareció Sarah,  y  es  probable  que  por  esa  misma  razón  tampoco  tenga  hambre ahora.
Me vuelvo hacia la barra y veo que me han rellenado la copa. Busco a Mario y lo veo al otro lado, colocando unos taburetes en su sitio. Me ve y me sonríe mientras levanto la copa y frunzo el ceño. Me ignora y sigue trasladando taburetes. Tengo que ir con cuidado. Me he tomado dos copas del sublime de Mario y no tengo ni idea de lo que lleva. No puedo acabar tirada por los suelos cuando todavía está llegando gente.
—¡__!
Me pongo en pie de un salto en cuanto oigo el grito excitado de Kate.
—¡Vaya! —Derrapa delante de mí con los ojos fuera de las órbitas—. ¡La hostia!
—Lo sé —gruño—. La cosa esta me tiene muerta de miedo. Debería estar en una caja fuerte. —Cojo el diamante y jugueteo con él otra vez. Kate me da un manotazo para poder tocarlo.
—¡Caray! Esto es una cosa muy seria —dice, suelta el diamante y se aparta para verme bien—. ¡Mírate! A alguien la han mimado mucho hoy.
Me echo a reír. Kate se queda corta.
—Deja que te vea. —La cojo de las manos y se las llevo a un lado—. Me encanta tu vestido. —Hago que dé una pequeña vuelta.
Como siempre, está fabulosa. Lleva un vestido largo de color verde y los rizos rojos y brillantes recogidos en lo alto de la cabeza.
—¿Te apetece una copa? Tienes que probar esto. —Cojo la mía y se la muestro—. Siéntate. ¿Dónde está Sam?
Se encarama al taburete y pone los ojos en blanco.
—No deja que ninguno de los aparcacoches  toque el suyo. Cree que son todos unos inútiles que no saben controlar un Carrera —se ríe—. ¿Y Joe?
Mi sonrisa desaparece.
—Sarah se lo ha llevado no sé adónde.
Echo un vistazo al reloj, hace casi una hora que se ha ido.
—¿Sabes?, anoche vi un Porsche Carrera con cierta pelirroja a bordo, camino de La Mansión —digo como si nada mientras le doy un sorbo a mi copa y espero su reacción.
Mi feroz amiga me lanza una mirada fiera.
—Sí, __. Ya me lo has dicho —replica, altanera—. ¿Y esa copa?
Meneo la cabeza pero no insisto.
—¿Mario? —lo llamo, y él me indica con la mano que me ha oído—. Te presento a mi amiga Kate. Kate, él es Mario.
—Nos conocemos —le sonríe ella.
—¿Qué tal está usted, Kate? —Mario le dedica una de          sus encantadoras sonrisas.
—Estaré mejor cuando me traigas uno de ésos. —Señala mi copa y él se echa a reír antes de coger la jarra de cristal del sublime.
Claro que se conocen.  Cómo envidio su forma de ser, tan relajada. Mario vuelve con la jarra y tapo la copa con la mano cuando intenta volver a llenármela. Se encoge de hombros y masculla algo en italiano intentando reprimir una sonrisa. Finge estar muy ofendido.
—¿Dónde está la fiesta?
Nos volvemos y vemos a Sam con las piernas y los brazos extendidos en la entrada del bar. Va mucho más elegante que de costumbre (siempre lleva bombachos y una camiseta). Se arregla la chaqueta del traje y entra en la sala con toda la confianza del mundo. Pide una botella de cerveza. Va bien vestido pero su pelo sigue pareciendo una fregona despeinada de rizos castaños. Tampoco faltan su sonrisa picarona y sus hoyuelos.
—¡Señoritas! ¿Saben que están realmente deslumbrantes esta noche? —Me da un beso en la mejilla y un buen morreo a Kate. Ella lo aparta de un manotazo, riéndose—. ¿Y mi hombre? —pregunta buscando por el bar.
Quiero corregirlo y puntualizar que Joe es mi hombre, pero creo que sería demasiado atrevido. Me río para mis adentros.
—En su oficina —digo tomando otro sorbo. Me estoy conteniendo, pero esto está delicioso y entra como si nada. Me siento mejor ahora que Kate está aquí. Así me distraigo y no pienso que Joe sigue desaparecido.
 
 
Una hora más tarde el bar está lleno y todavía no tengo noticias de Joe. Suena música de jazz y se oyen conversaciones felices de fondo. Los hombres llevan esmóquines caros, y ellas se han puesto sus mejores trajes de noche y vestidos de cóctel. No ignoro que parezco ser el tema de conversación favorito de muchos grupos, sobre todo entre las mujeres, que disimulan  fatal.  Lo que más me molesta  es que mi mente  inquisitiva  e irracional  se  pregunta  con  cuántas  de  estas  mujeres  se  habrá  acostado Joe. Es una idea deprimente, y no creo que consiga quitármela nunca de la cabeza.
Voy por el tercer vaso de sublime y bebo a sorbitos. Drew ha llegado y está como siempre: aseado, pulcro y preciso. Exhalo y me relajo cuando dos manos me cogen por las caderas y percibo de inmediato  el aroma a menta. ¿Dónde se había metido?
Apoya la barbilla en mi hombro.
—Te he dejado sola.
Giro el cuello para poder verlo.
—Sí. ¿Dónde has estado?
—No podía dar dos pasos sin que alguien se me acercara. Ahora soy todo tuyo, te lo prometo. —Se inclina hacia adelante para estrecharles  la mano a los chicos y luego le da a Kate un beso en la mejilla.
Apuesto a que todos esos «alguien» eran mujeres.
—¿Lo estáis pasando bien? —les pregunta mientras le indica a Mario que le traiga otra botella de agua.
—Lo pasaremos bien después de cenar—dice  Sam,  sonriente, mientras brinda con Drew.
Sé lo que quiere decir, y recuerdo que Joe ha dado instrucciones para que los pisos de arriba permanezcan cerrados hasta las diez y media. Ahora ya sé por qué: para mantener fuera a otros como Sam. Me asalta un pensamiento que me preocupa mucho. Mierda, ¿desaparecerá  Kate arriba esta noche? La miro con los ojos muy abiertos pero no me devuelve la mirada. Sabe lo que estoy pensando, lo sé por cómo intenta esconder la cara.
—Diez y media —dice Joe, muy serio.
 
Me baja del taburete, se sienta y luego me sienta sobre sus rodillas y hunde la cara en mi pelo. Sam y Drew comparten una mirada de reproche, y Kate sigue sin querer mirarme.
—Quiero tumbarte sobre la barra y tomarme mi tiempo para quitarte todo el encaje —me susurra al oído. Me tenso y le ruego en silencio que se calle antes de que obedezca y me suba a la barra por él. Me restriega la entrepierna en el trasero.
—¿Qué llevas debajo del vestido?
—Más encaje —digo en voz baja con una sonrisa. Me ruge al oído. ¿Por qué habré dicho eso? Necesito que no hablemos de sexo.
—Me estás matando. —Me muerde la oreja y me dan escalofríos.
—Para —lo aviso, poco convencida. Tardaría una semana en quitarme y ponerme  el  vestido.  De  hecho,  no creo  que  deje  que  me  lo quite  él. Perderá la paciencia, me lo romperá y no podré volver a ponérmelo.
—Nunca.  —Hunde  la lengua  en mi  oreja  y cierro  los  ojos  con un suspiro.
—¡Eh,  pareja!  —Kate  le da a Joe  un manotazo  en el  hombro—. ¡Bájala!
—Eso,  a nosotros  nos  reprimes  nuestras  necesidades  sexuales  pero luego te sientas ahí a magrear a tu chica —se queja Sam.
Joe lo mira en absoluto contento.
—Si intentas detenerme,  cierro el chiringuito  ahora mismo y me la llevo a casa —suelta él.
—Estás avasallando a tus amigos —me río, y todos se ríen conmigo. Joe vuelve a morderme la oreja.
—¿Quién es ésa? —pregunto.
—¿Quién? —Su cara emerge de mi cuello y señalo con la cabeza hacia una mujer que hay en la entrada del bar con un vestido recto de color crema. Tiene treinta y pocos años, lleva el pelo negro a lo garçon y es muy guapa. No le habría prestado atención, de no ser porque nos está mirando fijamente y está sola.
Se nos acerca y Joe se pone tenso. Sam y Drew se callan al instante, lo que aún me pone más nerviosa. ¿Quién demonios es?
 
Llega  junto  a nosotros  y se detiene  sin dejar  de mirar  a Joe.  La tensión se puede cortar con un cuchillo.  Miro a Kate, que tiene el ceño fruncido y observa a la mujer que está en silencio delante de nosotros. De repente, me ponen de pie y me sientan en el taburete pero sin Joe debajo de mí.
—¿Vamos a mi despacho, Coral? —pregunta Joe con demasiada ternura y demasiado cuidado para mi gusto.
Ella asiente y entonces veo que está a punto de echarse a llorar.
—Ven. —Joe  se vuelve  hacia  mí con una sonrisa  de disculpa,  le pone la          mano   en  la             cintura y  se la lleva. Me deja aquí sentada preguntándome qué coño pasa mientras mentalmente le ordeno que le quite la mano de la espalda.
John les dedica un saludo con la cabeza cuando pasan por la entrada del bar y anuncia a todos los presentes que la cena está servida. Hay un ajetreo de cuerpos que se dirigen al salón de verano. Las mujeres me miran con curiosidad al pasar. No           les hago caso: estoy            muy ocupada preguntándome qué estará haciendo Joe con la mujer misteriosa.
Se ha hecho el silencio en nuestro pequeño grupo, y es Kate quien lo rompe.
—¿Quién era ésa?
Me ayuda a bajar del taburete.
Miro a Drew y a Sam, que se encogen  de hombros  y niegan  saber nada, pero por lo incómodos  que parecen  estar de repente  sé que saben perfectamente quién es Coral.
—Ni  idea.  No  la  había  visto  nunca  —digo  con  el  ceño  fruncido siguiendo  a la  marabunta  de  gente  que  se  dirige  al  salón  de  verano—. Aunque parece ser que Joe la conoce.
 
Encontramos nuestra mesa y es un gran alivio ver que me han sentado con Kate, Sam, Drew y John. Sarah también está en nuestra mesa, cosa que no mola nada. Se nos une otro hombre al que no conozco. Se llama Niles y parece un chico muy formal, no la clase de hombre que una espera encontrarse en La Mansión. Pero ¿cuál es la clase de hombre que va a La Mansión?
Los sillones y las mesas del salón de verano han desaparecido y su lugar lo ocupan ahora mesas redondas para entre ocho y diez comensales. Hay tantas que me pierdo al llegar a treinta. La paleta de colores es negro y oro. Me pregunto si es casualidad.
Hay velas por todas partes que ensalzan el ingrediente principal: la sensualidad. Fue una de las cosas que me especificó Joe cuando yo no era consciente de las actividades de La Mansión. Fue una petición rara, pero ahora son omnipresentes allá donde pongo el ojo.
Hay un grupo de música en un rincón pero son cuatro saxofonistas quienes amenizan  la cena. La silla que hay a mi lado está vacía y en la siguiente se ha aposentado Sarah. Imagino que fue ella la que organizó las mesas  y  lo  mucho  que  se  cabrearía  cuando  no  tuvo  más  remedio  que sentarme al otro lado de Joe.
Por cierto, ¿dónde está Joe?
 
Kate coge una bolsita dorada y me la enseña. Deben de ser las bolsas de regalo. Decido que no voy a mirar lo que hay dentro de la mía. Cuando Kate husmea en la suya y la cierra de golpe con unos ojos como platos, sé que  he  tomado  una  buena  decisión.  Sam  intenta  quitársela  pero  ella  lo espanta de un manotazo. Sam gruñe y coge el equivalente en negro que hay en los sitios de los caballeros.  Hace lo mismo que Kate pero, en vez de poner cara de susto, la mira a ella con una sonrisa de oreja a oreja, y ahora es ella la que intenta quitarle la bolsa. Él la aparta.
Sirven un primer plato de vieiras, tan fantástico, que me olvido por un rato del paradero de Joe. La comida de La Mansión es excelente.
—__, me han dicho que tú te encargaste de los interiores del Lusso —señala  Niles desde el otro lado de la mesa—.  Impresionante  —sonríe levantando la copa.
—No le vino mal a mi portafolio —digo sin darle importancia.
—Qué modesta —se ríe.
—Es muy buena —interviene Kate—. Está trabajando          en la ampliación del piso de arriba —Kate señala el techo con el tenedor con un gesto impropio de una señorita.
—Ya veo. ¿Fue así como conociste a Joe? —pregunta Niles un poco sorprendido.
—Sí —confirmo con educación pero sin extenderme. No me siento cómoda hablando de Joe y de mí, especialmente con Sarah y su rostro de piedra a menos de un metro de distancia. Quiero hablar de otra cosa que no sea Joe y olvidarme de mis cavilaciones.
Niles deja el tenedor en el plato y se limpia la boca con la servilleta.
—Yo soy proveedor de Joe —dice con una sonrisita.
Consigo no hacerle la pregunta más tonta del mundo. No es proveedor de comida o bebida. No. Niles ofrece otra clase de elementos esenciales: esenciales para los pisos superiores de La Mansión. Asiento y no digo nada porque tampoco quiero llevar la conversación por esos derroteros.
Sarah se anima a participar y le pregunta a Niles por su reciente viaje a  Ámsterdam.  Se  lo  agradezco,  aunque  no  tardo  en  dejar  de  prestar atención a lo que dicen.
 
Observo a Kate, que me lanza una mirada guarra y señala a Sarah con una  inclinación  de  la  cabeza  mientras  se  sujeta  las  tetas  la  mar  de sonriente. Intento no reírme pero no puedo evitar que me haga gracia su descaro. Le da todo igual. La adoro.
Me termino mi sublime y acepto la copa de vino blanco que me ofrece el camarero. Bebo un sorbo y me río cuando Drew le clava el tenedor a su última vieira, que sale volando y aterriza en el centro de la mesa. Se cabrea mucho con el molusco escurridizo e intenta  recogerlo.  Gruñe y trata de hincarle el tenedor, pero al final se rinde y todos en la mesa, excepto Sarah, están encantados con el espectáculo. Se levanta para hacer una reverencia que restituya su reputación de hombre fino. Ha sido tan divertido que no se parecía en nada al Drew que yo conozco.
Nos  retiran  el  entrante  y  sirven  salmón  con  verduras  de  lo  más coloridas. Doy gracias de que la cena sea relativamente  ligera. No puedo comer mucho más y, con Sarah al lado, mi apetito no mejora. No me ha dirigido la palabra  desde que nos hemos sentado a cenar, y tampoco  ha preguntado  por  el  paradero  de  Joe.  Ella  sabe  dónde  está.  Le  dice  al camarero que se lleve el plato sin tocar de Joe y que le reserven el plato principal. Si Kate no estuviera, me pondría de muy mal humor.
—¿No has traído a Victoria? —le pregunta Kate a Drew, que contesta sin una pizca de sorpresa.
—Es  muy  dulce,  pero  requiere  mucho  trabajo.  —Bebe  un  par  de tragos de vino y se reclina en la silla—. Estoy muy bien donde estoy en este momento. —Levanta la  copa y todo el  mundo se  une al  brindis, incluso yo, a pesar de que no estoy muy contenta con donde estoy en este momento.
Drew sigue:
—Además, no me dejaba meterle mano sin apagar la luz.
Casi escupo el vino sobre la mesa y me da la risa, un ataque de risa.
—¡Te lo dije! —chilla Kate tirándome una servilleta.
La cojo y empiezo a limpiarme el vino que me cae por la barbilla.
 
Todavía nos estamos riendo.
Drew nos mira a Kate y a mí y una sonrisa se dibuja en las comisuras de su serio rostro.
—Uno tiene que poder ver para lo que yo tenía en mente.
—¡Basta! —aúllo intentando controlar la risa.
Miro  a  Sarah,  que  me  lanza  una  mirada  asesina.  La  ignoro  y  me resisto a la tentación de estamparle la cara contra el plato de salmón.
Me siento muy erguida (igual que Sarah) cuando veo a Joe y a la mujer misteriosa en el pasillo que lleva a su despacho. John debe de haber notado  nuestra  reacción,  porque  se levanta  de la mesa  y se aproxima  a ellos. Intercambian unas pocas palabras antes de que John se encargue de la mujer y la saque del salón de verano.
Joe recorre el salón con la vista hasta que encuentra mi mirada y se acerca  a  nosotros.  A medida  que  avanza  entre  las  mesas,  lo  detienen docenas de veces varios hombres y mujeres, pero no se queda a charlar con ellos, sino que se limita a estrecharles la mano a los hombres y a darles un beso en la mejilla a las mujeres y sonreírles con educación antes de seguir buscándome.  ¿Por  qué  no  puede  estrecharles  la  mano  también  a  las mujeres? Al final consigue llegar hasta mí, sentarse a la mesa y darme un apretón en la rodilla. Sam lo vitorea al llegar y le sirve agua en la copa para el vino. Kate frunce el ceño, mirándome, y Sarah deja de darle conversación a Niles e intenta hablar con Joe.
Él se vuelve hacia mí con una mirada muy triste.
—¿Me perdonas?
—¿Quién era ésa? —pregunto en voz baja.
—Nadie por quien debas preocuparte. —Señala con la cabeza mi plato medio vacío—. ¿Qué tal la comida?
¿Nadie por quien deba preocuparme? Ahora sí que me preocupo. Pero ¿es el mejor momento para hablar de esto?
—Muy  buena.  Deberías  probarla.  —No  digo  más,  y  busco  un camarero pero soy demasiado lenta. Parece que Sarah ya se ha hecho cargo.
El plato de salmón aparece delante de Joe, que se apresura a hincarle el diente sin retirar la mano de mi rodilla, cortando y pinchando con una sola mano. Me preparo para dejar estar el asunto por ahora. No es ni el momento ni el lugar, pero quiero saber qué ha pasado.
John vuelve a la mesa y le dedica a Joe su típica inclinación de cabeza. Lo miro con curiosidad, él me ve y entonces me besa a propósito.
 
Le  devuelvo   los  besos  no  muy  convencida,   consciente   de  que  está intentando distraerme de nuevo.
Se aparta y me mira, inquisitivo.
—¿Me estás ocultando algo? —me pregunta, cortante.
—Sí,  ¿y tú?  —contraataco,  en absoluto  impresionada  por  cómo  se toma mi preocupación.
—Eh  —masculla,  bastante  alto,  teniendo  en  cuenta  lo  cerca  que estamos y que hay gente—. ¿Con quién te crees que estás hablando? —me pregunta con una mirada asesina mientras me aprieta la rodilla con fuerza.
Sacudo la cabeza.
—A ver cómo reaccionarías  tú si un hombre misterioso me apartara de tu lado durante más de una hora. —Lo miro directamente a los ojos y veo a Sarah sonreír detrás de él. Que se la folle un pez. No estoy de humor para aguantarla.
La expresión de Joe se suaviza y relaja un poco la mandíbula. Me suelta la rodilla y me acaricia allá donde se unen mis muslos. Me tenso. Sé lo que está haciendo.
—Por favor, __, no digas cosas que me cabrean hasta enloquecer. — También ha suavizado el tono pero detecto una pizca de enfado—. Te he dicho que no te preocupes, así que no deberías preocuparte y punto.
—Deja  de  besar  a  todas  las  mujeres  —le  espeto,  y me  vuelvo  en dirección a la mesa e ignoro su ardiente caricia a través del vestido. Me hierve la sangre de lo posesiva que me siento. Me estoy volviendo peor que él, y esta conversación no lleva a ninguna parte, al menos no aquí y ahora.
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 15th 2014, 14:48

Lo ciento por no comentar pero las clases me absorven...
Bueno esta increible la novela y quiero saber si joe le dira quien es esa mujer....
Bueno siguela pronto... Smile
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 17th 2014, 10:01

Capítulo 21
 
Una vez servidos los postres y los cafés, y con mis mejillas doloridas por las payasadas de Kate y Sam a la mesa, John se levanta y anuncia, con su voz atronadora de siempre, que todos deberíamos  abandonar  la sala para que retiraran las mesas y la prepararan para recibir a la banda.
Joe se incorpora  y me ayuda a hacer lo propio en un esfuerzo de colmarme de atenciones. Yo lo rechazo con petulancia. Está haciendo todo lo posible por distraerme de mi enfurruñamiento.  Cuando me alejo de la mesa, me agarra del hombro y me da la vuelta hasta que estamos frente a frente.
 
Me atraviesa con esos ojos cafés llenos de desaprobación.
—¿Vas a comportarte como una niña malcriada toda la noche, o tengo que llevarte arriba y follarte hasta que entres en razón?
Su  animosidad  me  hace  retroceder  cuando  veo  que  mira  a  mis espaldas  y sonríe  saludando  a alguien  que  está  detrás  de  mí.  Vuelve  a centrarse en mi persona y su sonrisa desaparece al instante. Su reacción a mi agravio me ha cogido por sorpresa. Me pasa la mano por detrás y me coge  del  culo con una palma  firme,  me aprieta  contra  su entrepierna  y empieza a mover esas malditas caderas despacio y con fuerza. Maldigo a mi cuerpo traicionero por tensarse, y mis manos ascienden como un acto reflejo y lo agarro de los hombros.
Se acerca a mi oído.
—¿Sientes eso? —dice apretando con más fuerza.
Mi esfuerzo por contener un gemido de placer es en vano. No quiero calentarme aquí porque no pienso dejar que me tome en este lugar. Jamás.
—Responde a la pregunta, __. —Me muerde el lóbulo y lo desliza entre los dientes.
Lo agarro con más fuerza de los hombros.
—Lo siento —digo con un hilo de voz entrecortada.
—Bien. Pues es tuya. Toda entera. —Aprieta con más fuerza y se me clava más todavía—. Así que deja de estar de morros. ¿Entendido?
—Sí —suspiro contra su hombro.
Me suelta y da un paso atrás y enarca las cejas esperando mi confirmación. ¿Siempre va a tener esta influencia sobre mí? Estoy temblando y replanteándome seriamente mi voto de evitar practicar sexo en La Mansión. Podría llevármelo arriba sin problemas, a una de las suites privadas, y dejar que me devorara viva.
 
Echo un vistazo a sus espaldas y me encuentro con la mirada viperina de Sarah y, como marcando patéticamente mi propiedad, me pego al pecho de Joe de nuevo y lo miro con ojos arrepentidos.
Él asiente a modo de aprobación  y se inclina  para posar los labios sobre los míos.
—Mucho mejor —dice contra mi boca. Me da una vuelta y empieza a guiarme afuera del salón de verano—. No llevo nada bien todas las miradas de admiración que atraes —comenta  colocándome  una mano firme en la zona lumbar.
Yo me mofo. Debe de estar de broma. Me encuentro rodeada de mujeres, y estoy convencida de que todas desean que desaparezca. Soy una intrusa en su fiesta.
—Tú no te quedas corto llamando la atención —susurro mientras pasamos junto a una morena atractiva.
Ella sonríe alegremente a Joe y le acaricia el brazo.
—Joe, estás tan fantástico como siempre —le dice con entusiasmo. No puedo evitar la breve carcajada de sorpresa que escapa de mi boca.
Tiene  mucha  cara,  y  me  ofende  sobremanera  que  piense  que  voy  a quedarme tan tranquila mientras ella flirtea descaradamente con él. Estoy a punto  de  detenerme  para  ponerla  en  su  sitio,  pero  Joe  me  obliga  a continuar y evita que cumpla mi propósito. No me puedo creer que tenga tanta poca vergüenza.
—Natasha, tú siempre tan descarada —responde él irónicamente mientras me coloca el brazo sobre el hombro y me da un beso casto en la mejilla al sentir mi irritación.
Ella sonríe arteramente y me mira con recelo con esos ojos de zorra que tiene. ¿Se habrá acostado con ella también? Siento cómo mi recién descubierto sentido de la posesión empieza a arder en mi interior. No me imagino pasando mucho tiempo aquí si  ésta es la reacción que voy a obtener cada vez que lo haga. Y no es que me muera de ganas, la verdad, pero tratándose del lugar de trabajo de Joe, estaría bien poder venir y estar  cómoda,  en  vez  de  sentir  que  estoy  ofendiendo a  un  millón  de mujeres atractivas. Y ésa es otra cuestión: ¿acepta Joe sólo a socias que son de un ocho para arriba en la escala del físico? Cuanto más tiempo paso aquí, más creo que debería dejar de trabajar. Quiero pasar cada segundo pegada a Joe para darles en los morros a todas estas putas descaradas y desesperadas. Me estoy hundiendo mentalmente otra vez.
 
Al llegar  al bar, el taburete  en el que siempre  suelo sentarme  está ocupado por un hombre. No tarda en abandonarlo al vernos aparecer, y alza su copa a modo de saludo. Joe me levanta y me coloca en el asiento, y Mario  se acerca  al  instante,  dejando  que  otro  camarero  se encargue  de atender a los socios de La Mansión.
—¿Qué quieres beber? —Joe se apoya en su taburete, delante de mí, y me estrecha la mano entre las suyas—. ¿Un «sublime»? —pregunta enarcando las cejas.
Me vuelvo hacia Mario.
—Por favor, Mario —digo, y él me ofrece su encantadora sonrisa de siempre, aunque parece algo más agobiado que antes. No me extraña, no ha parado en toda la noche.
—Yo quiero otro —dice Kate, que se acerca y se asoma por encima del hombro de Joe resoplando—.  ¡Estos zapatos me están matando! —protesta con una expresión de auténtico dolor—. En serio. El que inventó los tacones era un hombre, y lo hizo con la intención de facilitaros la tarea de placarnos y cargarnos sobre vuestros lomos para llevarnos a la cama.
Joe inclina la cabeza hacia atrás y se echa a reír con ganas cuando Sam y Drew llegan también.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Sam al ver a Joe partiéndose de risa.
Me mira a mí, mira a Kate, y ambas nos encogemos de hombros con una amplia sonrisa. Kate le propina a Joe unas afectuosas palmaditas en el hombro. No puedo evitar participar en la diversión de Joe ante el sarcástico comentario de Kate. Cuando se ríe así, unas arrugas coronan sus brillantes ojos cafés y sus sienes. Se pone guapísimo.
—Perdonad, ¿qué queréis beber? —pregunta entonces, serenándose y guiñándome un ojo.
Yo me derrito en el taburete y le envío un mensaje telepático para pedirle que me lleve a casa. El disfrute en el séptimo cielo de Joe se ha reanudado. Me encuentro en mi salsa.
Drew y Sam piden sus bebidas a Mario, pero él ya va de camino a la nevera para sacar sus cervezas. Recojo todas nuestras copas, le paso la suya a Kate y la pillo asintiendo por encima de mi hombro. La miro con enfado. Ella repite el gesto de la cabeza y me doy cuenta de que me está haciendo una señal: quiere fumar. Me acerco a Joe y él interrumpe su conversación con los chicos para prestarme atención.
—¿Qué pasa, nena? —Parece preocupado.
—Nada, voy al baño un momento. —Me bajo del taburete y cojo mi bolso de la barra—. No tardaré.
—Vale. —Me besa la mano.
Me marcho y me reúno con Kate.
—Necesito un piti —espeta con urgencia.
—¿En serio? Creía que querías llevarme arriba —digo mientras ella me dirige afuera. Mi naturalidad con respecto al piso de arriba debe de ser resultado del sublime de Mario—. Necesito ir al baño urgentemente, ahora te veo.
—¡En  la  puerta  principal!  —grita,  y  se  marcha  en  dirección  al vestíbulo mientras yo me dirijo a los aseos.
 
El lavabo de mujeres está vacío, y me meto en uno de los escusados. Todavía  no he intentado  usar  el  retrete  con  este  vestido  puesto.  Podría llevarme un tiempo. Me subo la falda hasta la cintura con relativa facilidad y  me  aseguro  de  sostenerlo  bien  antes  de  sentarme.  No  sé  de  qué  me preocupo,  el suelo está impoluto. La puerta se abre y oigo unas cuantas voces que conversan alegremente.
—¿La habéis visto? Es demasiado joven para nuestro Joe.
«Oh, oh...»
Me quedo helada a media micción y contengo la respiración. ¿«Nuestro  Joe»?  ¿Lo  compartían?  Me  relajo  en  el  retrete  y  vacío  la vejiga. Ahora que he empezado, no puedo parar.
—Está enamorado de ella. Joder, ¿habéis visto el diamante que lleva colgado al cuello? —dice con fascinación la voz número dos.
—Como para no verlo. No cabe duda de que está loco por ella —interviene la voz número tres.
¿Cuántas son? Termino de hacer pis y empiezo a bajarme el vestido y a plantearme qué debo hacer. Lo que quiero es salir y dejarles claro que no estoy con él por el dinero.
—Vamos, Natasha. Joe es un dios del Olimpo. El dinero no es más que un añadido —dice la voz número dos, y ahora ya sé que la número tres es la de Natasha, la zorra descarada. ¡Y él es mi puto dios del Olimpo!
—Vaya, parece que todo nuestro esfuerzo ha sido en vano. Había oído rumores, pero no me lo creía hasta que lo he visto con mis propios ojos.
Parece que nos hemos quedado sin nuestro Joe —bromea la voz número uno.
Sigo  de  pie  en  el  escusado,  deseando  que  se  marchen  para  poder escapar, pero entonces oigo que empiezan a sacar los pintalabios para retocarse el maquillaje.
—Es una lástima, ha sido el mejor polvo que he tenido nunca y jamás volveré a catarlo —dice la voz número tres, es decir, Natasha.
Monto en cólera. Sí se ha acostado con ella. Miro al techo intentando calmarme desesperadamente,  pero es imposible, sobre todo con esas tres putas ahí fuera ensalzando las habilidades sexuales de mi dios.
—Lo mismo digo —añade la voz número uno, y me quedo boquiabierta, esperando a que la voz número dos acabe de rematarme.
—Bueno, pues no sé vosotras, pero yo creo que es demasiado bueno como para dejar de intentarlo.
No puedo seguir escuchando esta mierda. Tiro de la cadena y las tres se quedan en silencio. Compruebo que el vestido no se me haya enganchado en el corpiño, abro la puerta y salgo como si tal cosa. Sonrío con cortesía  a las tres  mujeres,  todas  con alguna  especie  de maquillaje suspendido  delante  de sus  rostros.  Me  miran  totalmente  desconcertadas mientras me acerco al espejo del otro extremo del aseo. Me lavo las manos tranquilamente, me las seco y me aplico brillo de labios, todo en absoluto silencio y bajo las miradas recelosas de las tres zorras. Paso por delante de ellas y salgo del baño sin decir ni una palabra y con la dignidad intacta.
El corazón me late a mil por hora y me tiemblan un poco las piernas, pero consigo llegar al vestíbulo. Ha sido horrible y, aunque sé que Joe ha tenido sus aventuras, lo cierto es que no me había planteado el alcance de éstas. Oír a esas mujeres hablar así sobre él me fastidia. Ha estado con muchísimas mujeres. Creo que yo también necesito un cigarrillo.
Sé que estoy gruñendo en voz alta cuando veo a Sarah salir por la puerta de lo que suele ser el restaurante. Lleva toda la noche esperando este momento  y,  después  de  lo  que  acabo  de  soportar,  me  siento  menos tolerante hacia ella que de costumbre. En cuestión de minutos (o, mejor dicho, segundos), me veo frente a la cuarta mujer con la que Joe se ha acostado. Estoy angustiada y no tengo humor para aguantar las ponzoñosas palabras de Sarah, y además tampoco quiero pelearme con ella con este vestido tan caro.
—Sarah,  has  hecho  un  trabajo  excelente  esta  noche  —digo  con cortesía. Empiezo yo con los cumplidos para dejar clara mi intención de que nuestro encuentro sea civilizado, aunque tengo que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad.
Ella cruza uno de los brazos por debajo de su pecho ya levantado de por sí, realzándolo todavía más mientras sostiene su gin-tonic de endrinas delante de la boca. Su postura y su lenguaje corporal indican superioridad, y me preparo para la inevitable advertencia.
—¿Has cogido tu regalo de la mesa? —pregunta con una sonrisa.
Me deja descolocada. Ha cambiado el tono. Pensaba que ya habíamos superado la falsa cortesía, especialmente cuando Joe no está presente.
—Lo cierto es que no —respondo con recelo. Después de ver la cara que ha puesto Kate, no lo quería.
Ella amplía la sonrisa.
—Vaya, qué lástima. Había algo ahí que podría haberte resultado muy útil.
—¿El qué? —digo sin poder ocultar mi curiosidad. ¿A qué juega?
—Un vibrador. Vi que el tuyo estaba hecho pedazos en el suelo de la habitación de Joe.
—¿Disculpa? —espeto con una risotada de incredulidad.
Ella sonríe con malicia y yo empiezo a temer lo que está a punto de decir.
—Sí, cuando lo rescaté el miércoles por la mañana, después de que lo dejaras esposado a su cama —dice sacudiendo la cabeza—. Eso no fue muy inteligente por tu parte.
 
Se me cae el alma a los pies y veo cómo se deleita observando  mi reacción  ante  la  información  que  acaba  de  proporcionarme.  ¿Llamó  a Sarah?  Estando  desnudo,  esposado  a la cama  y con un vibrador  al lado decidió llamar a Sarah para que fuera a liberarlo
«¿Qué?»
Pensaba que había sido John. ¿Por qué di eso por hecho? Ni siquiera puedo pensar en aquello. Ahora mismo sólo puedo mirar a la desagradable criatura que tengo delante, gozando con suficiencia de mi desgracia. Lo voy a matar, pero antes pienso borrarle a ella esa sonrisa asquerosa de esa cara hinchada de bótox que tiene.
—¿Has oído hablar de la cinta adhesiva para la ropa interior, Sarah? —pregunto con frialdad. Ella se mira los pechos y yo empiezo a avanzar hacia ella. Pienso aplastarla.
—¿Disculpa? —dice riendo.
—Cinta  adhesiva  para  las  tetas.  Sirve  para  que  no  se  te  vean  los pechos o... —Sacudo la cabeza—. Aunque, claro, precisamente  ésa es tu intención, ofender la vista de todo el mundo con tu pecho exagerado. —Me detengo  delante  de  ella—.  Menos  es  más,  Sarah,  ¿has  oído  ese  dicho alguna vez? Te vendría bien recordarlo, sobre todo a tu edad.
—¿__?
«¡No! ¡No, no, no!»
 
Me vuelvo y veo a Joe con el entrecejo fruncido. Me alegro, porque debería estar preocupado. Oigo que los tacones de Sarah se alejan y entra en el restaurante. Sí, ha soltado la bomba y se ha largado para que no le salpique la metralla.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta con una mezcla de confusión y preocupación reflejada en el rostro.
Ni siquiera sé qué decir. Miro alrededor del vestíbulo de La Mansión y veo que muchos socios empiezan a subir al piso de arriba. Deben de ser más de las diez y media.
—¿__?
Vuelvo la vista hacia Joe y compruebo que empieza a caminar hacia mí. Retrocedo y él se detiene.
—Me voy —digo, decidida.
No puedo quedarme aquí a escuchar a todas esas mujeres alardeando sobre sus encuentros sexuales con él y juzgando por qué estamos juntos. Tampoco pienso quedarme a ver cómo desaparece con otra sin dar explicaciones. Y desde luego no tengo intención de aguantar las humillaciones  de Sarah. Doy media vuelta y me dirijo con determinación hacia la inmensa doble puerta de la entrada para salir de este infierno. El corazón me va a mil por hora y las lágrimas  de frustración  empiezan  a brotar.
—¡__! —lo oigo gritar, y después oigo sus fuertes pisadas tras de mí.
 
No sé qué planeo hacer una vez fuera. Sé que me alcanzará, y sé que no me dejará marcharme. Robaré un coche. No me importa haber bebido demasiado. La escenita del aseo ha sido horrible, pero lo de Sarah me ha destrozado. No puedo seguir sometiéndome a esta tortura. Está acabando con mi sensatez y transformándome en un monstruo celoso y resentido. No debería haber venido aquí.
 
—¡__, mueve el culo hasta aquí ahora mismo!
Llego a los escalones y me topo con Kate.
—¿Dónde estabas? —pregunta, y abre los ojos como platos al ver que Joe corre detrás de mí.
—Me  voy —contesto  mientras  me recojo  el vestido  para  bajar  los escalones.
Kate observa cómo me marcho a toda prisa con una expresión de no entender  nada  reflejada  en  su  pálido  rostro.  Desciendo  con  una  prisa absurda  y  me  estrello  contra  el  firme  pecho  de  Joe,  cubierto  con  la chaqueta de su traje. ¡Ese maldito pecho! Me levanta y me coloca sobre su hombro sin hacer el más mínimo esfuerzo.
—¡Tú no vas a ir a ninguna parte, señorita! —ruge, y empieza a subir de nuevo los escalones hacia La Mansión.
Me aparto el pelo de la cara y apoyo las manos sobre su zona lumbar para intentar liberarme.
—¡Suéltame!  —grito frenéticamente  mientras me retuerzo, pero me tiene bien cogida y sé que preferiría morir antes que soltarme—. ¡Joe!
Kate  nos  observa  pasar  con  la  boca  abierta,  tira  la  colilla  de  su cigarrillo al suelo y nos sigue.
—¿Qué está pasando?
—¡Es un gilipollas! ¡Eso es lo que está pasando! —grito atrayendo la atención de los aparcacoches, que dejan lo que están haciendo y observan en silencio cómo me llevan a hombros de vuelta al edificio—. ¡Joe, suéltame!
—¡No!  —grita,  y continúa  avanzando  hacia  el vestíbulo  y hacia  el salón de verano. No te preocupes, Kate. Sólo tengo que tener una charlita con __ — dice tranquilamente  mientras me agarra con más fuerza ante mi continua resistencia.
Alzo  la  vista  y  veo  a  mi  amiga  plantada  en  la  entrada  del  bar mirándome y encogiéndose de hombros. Quiero gritarle, pero sé que ella poco puede hacer para convencer a Joe de que me suelte. Me lleva a través del salón de verano, donde se han retirado todas las mesas y se ha preparado una pista de baile. La banda interrumpe sus pruebas de sonido y observa cómo Joe avanza conmigo sobre su hombro. Levanto la cabeza y veo a John, que viene del despacho de Joe, y se echa a reír sacudiendo la cabeza. No tiene ninguna gracia. Pasamos por su lado en el pasillo pero no dice nada. Sólo se aparta y nos deja el camino libre, como si fuese algo de lo más cotidiano. Supongo que así es.
 
Joe cierra la puerta de su despacho de una patada y me deja en el suelo, con el rostro descompuesto de rabia, lo que no hace sino aumentar mi propia ira. Me apunta con un dedo.
—¡No vuelvas a huir de mí! —ruge. Me estremezco.
Levanta los brazos con frustración, se acerca al mueble bar y yo me dirijo a la puerta de nuevo. ¿Beberá  si me marcho?  En estos momentos estoy demasiado furiosa como para que me importe. Agarro la manija de la puerta pero no continúo. Joe me alcanza y me levanta. Me deja de nuevo en el suelo y prácticamente le da una patada a un aparador hasta que bloquea la salida.
—¿A qué  coño  estás  jugando?  —Me  agarra  de  los  hombros  y me sacude con suavidad—. ¿Qué pasa?
Recupero la posesión de mi cuerpo y me aparto de él. Él gruñe pero me deja estar. De todos modos, ya no puedo ir a ninguna parte.
Me vuelvo y le lanzo la peor de mis miradas.
—¡No puedo creer que te abalances sobre cualquier hombre que me mire y en cambio te parezca de lo más normal meter a otra mujer en tu cuarto estando desnudo y tumbado en la cama! —chillo. ¡Estoy furiosa!—. ¡Creía que te había soltado John!
Baja ligeramente la            mirada mientras asimila lo que acabo de reprocharle.
—¡Pues no fue así! —grita—. Él estaba aquí, no pude localizar a Sam, y Sarah andaba cerca. ¿Qué querías que hiciera?
Lo  miro  con  la  boca  abierta  de  incredulidad.  ¿Cómo  se  atreve  a enfadarse conmigo?
—¿Y no se te ocurre otra cosa que llamar a una mujer?
—¡No deberías haberme esposado a nuestra puta cama!
—¡A TU cama! —subrayo. Abre los ojos con furia.
—¡NUESTRA!
—¡Tuya! —rebato puerilmente.
Él echa la cabeza hacia atrás y maldice mirando al techo. Me da igual. No pienso dejar que le dé la vuelta a la tortilla y me haga sentir culpable a mí.
—Y,  ya  que  estamos,  acabo  de  tener  el  placer  de  escuchar  a  tres mujeres que compartían impresiones sobre tus habilidades sexuales. Me ha encantado. Ah, y Zoe ha tenido la amabilidad esta mañana de informarme sobre lo frecuentada  que está tu cama. ¿Y quién coño era esa mujer? — Intento recobrar un poco la compostura, pero me cuesta. No paro de imaginarme a Joe entreteniendo a otras mujeres, y eso me está emponzoñando la mente. Es ridículo. Tiene treinta y siete años. Se acerca a mí.
—Ya sabes que tengo un pasado, __ —dice con impaciencia.
—Sí, pero ¿te has follado a todas las putas socias de La Mansión?
—¡Esa puta boca!
—¡Vete a la mierda! —Me acerco al mueble bar, cojo la primera botella de alcohol que encuentro (que parece ser de vodka) y me sirvo un chupito.
Con  las  manos  temblorosas,   levanto  el  vaso  e  ingiero  todo  el contenido de un trago. De repente me pregunto por qué tiene alcohol en su despacho si pretende evitar beber. Me arde la garganta y me estremezco mientras dejo el vaso de un golpe sobre el mueble de madera pulida. No soy tan idiota  como para servirme  otro. Me quedo ahí plantada  con las manos sobre el armario mirando la pared.
Él tampoco dice nada.
Me  duele  la  garganta  y  me  siento  totalmente  fuera  de  control, consumida por los celos y el odio.
—¿Cómo te sentirías tú si otro hombre me viera totalmente desnuda y esposada a una cama? —pregunto con un tono imparcial.
La respiración  pesada que recorre la corta distancia  que nos separa hasta rozarme cálidamente la espalda me da la respuesta.
—¡Me darían ganas de matarlo! —ruge. Me lo imaginaba.
—¿Y cómo te  sentirías si  oyeras  a  alguien comentando cómo es hacerlo conmigo y diciendo que no iban a dejar de intentar llevarme a la cama de nuevo?
—¡Basta!
Me vuelvo y lo veo observándome detenidamente, con la barbilla temblorosa.
—Aquí ya no tengo nada que hacer —digo, y me dirijo hacia la puerta.
El  aparador  parece  pesado,  pero no tengo  ocasión  de comprobarlo. Joe se interpone en mi camino y detiene mi progreso. Respiro hondo y lo miro.
—Que sepas que no voy a irme, pero sólo porque no puedo. Voy a salir ahí y me voy a tomar algo, y mañana por la noche saldré de fiesta con Kate. Y tú no vas a impedírmelo.
—Eso ya lo veremos —responde, muy seguro de sí mismo.
—Por supuesto que lo veremos.
Empieza a mordisquearse el labio clavando su mirada en la mía.
—No puedo cambiar mi pasado, __.
—Lo sé. Y no parece que yo pueda olvidarlo tampoco. ¿Te importa apartar el mueble, por favor?
—Te quiero.
—Quita el aparador de ahí, por favor.
—Tenemos que hacer las paces —dice con expresión socarrona. Se me salen los ojos de las órbitas.
—¡No! —grito, ofendida por su intención de que lo perdone echando un polvo rápido.
Avanza un paso y yo doy otro hacia atrás.
—No tienes escapatoria, __ —me advierte con voz calmada. Yo retrocedo  otro  paso  y observo  cómo  me  mira  detenidamente—.  ¿Vas  a resistirte?  —Enarca  una ceja  admonitoria  y yo sigo retrocediendo  hasta que mi espalda choca contra el mueble bar y me agarro al borde.
Si  me  pone  las  manos  encima   estaré  perdida,   y  quiero  seguir enfadada.  Necesito  seguir  estándolo.  Pretende  cegarme  con su tacto una vez más.
Me alcanza y coloca las manos sobre las mías. Mi cara está a la altura de su cuello y de su mentón. Intento bloquear mi sentido del tacto, pero fracaso estrepitosamente. Sé que no me dejará salir de su despacho hasta que hayamos hecho las paces.
—Mañana volveré a casa de Kate —digo, desafiante. Necesito tiempo para superar estos celos irracionales. Por lo visto, Joe Jonas también ha despertado en mí cualidades bastante desagradables.
—Sabes que no vas a hacer eso, __. Pero el hecho de que lo digas me pone furioso.
—Sí lo voy a hacer —respondo. Sé que lo estoy provocando, pero necesito que sepa que esto me afecta.
Se inclina hasta que sus ojos quedan a la altura de los míos.
—Muy furioso, __ —me advierte suavemente—. Mírame —me ordena a continuación.
Gimo.
—No. —Si lo hago, estaré perdida y Joe se anotará un tanto.
—He dicho que me mires.
Niego ligeramente con la cabeza y él exhala un suspiro.
—Tres —empieza a contar claramente.
Mis  ojos  ascienden  hacia  los  suyos  de  manera  instintiva,  pero  no porque haya empezado la cuenta atrás y no quiera que llegue hasta cero. Es porque no entiendo nada. He cumplido su orden de manera involuntaria, y ahora estoy mirando de lleno esos ojos café oscuro cargados de lujuria.
—Bésame —me exhorta.
Aprieto los labios, niego con la cabeza e intento liberar mis brazos.
—Tres...   —empieza de nuevo, y yo me quedo helada y abro inmediatamente la boca. Roza mis labios con los suyos levemente—. Dos...
No es justo. Podría besarme, pero sé que no va a hacerlo. Quiere que me rinda y yo intento resistirme desesperadamente, aunque mi cuerpo traicionero desea tenerlo.
—Uno... —Sus labios vuelven a rozar los míos.
Aparto la cabeza y me retuerzo intentando zafarme de él.
—No, no vas a liarme, Joe.
Deja escapar  un gruñido de frustración  y me suelta. Yo levanto las manos y lo empujo. Empezamos a forcejear y lo golpeo para apartarlo de mí mientras él intenta agarrarme de las muñecas.
—¡__! —chilla mientras me sujeta con fuerza y me da la vuelta. No sé por qué me molesto.  Sé que tengo  las de perder,  aunque  él me está tratando con mucho cuidado—. ¡Para de una puta vez!
No le hago caso, la rabia y la adrenalina alimentan mi tenacidad para seguir resistiéndome contra él.
—¡Joder! —grita. Me obliga a echarme al suelo y me retiene debajo de su cuerpo—. ¡Basta ya!
Jadeo debajo de él. Me duelen todos los músculos y el corazón se me va a salir del pecho. Abro los ojos y veo que me observa perplejo. No sabe qué hacer conmigo. Estoy perdiendo el control.
Nos quedamos mirándonos, jadeando tras el esfuerzo de nuestro combate físico. Y entonces los dos nos inclinamos hacia adelante hasta que nuestras bocas se unen con fuerza y nuestras lenguas batallan con urgencia.
Joe  gana.  Gime,  me  suelta  las  muñecas  y  me  agarra  del  pelo mientras  me  toma  la  boca  con  tanta  fuerza  como  yo  a  él.  Es  un  beso posesivo. Yo refuerzo mi reclamo e intento hacerle entender que mis sentimientos  hacia él son tan fuertes que el hecho de imaginármelo  con otras mujeres  hace que me vuelva  tan loca de celos  como él. Posa una mano sobre mi pecho y me lo agarra con fuerza por encima de la tela del vestido. Me lo pellizca y me lo aprieta entre gruñidos.
La lengua y los labios empiezan a dolerme, pero ninguno de nosotros tiene  intención  de  parar.  Ambos  estamos  tratando  de  dejar  algo  claro. Deslizo las manos desde sus bíceps hasta su cabeza, lo agarro del pelo y lo presiono todavía más contra mí. Estoy ardiendo completamente mientras me retuerzo en el suelo debajo de él, marcando con éxito mi propiedad. Y entonces rodamos, mis labios se apartan de los suyos y descienden hacia su torso trajeado hasta que alcanzo la cremallera de sus pantalones. Se la bajo, me apresuro a liberarlo y, una vez libre, le envuelvo la verga con la mano sin demora.
Estoy embriagada  de frenesí, le cubro el miembro con la boca y lo absorbo entero, sin cuidado, sin suaves lametones ni caricias juguetonas. Lo ataco de manera frenética y desesperada.
—¡Joder! —exclama cuando siento que me toca el final de la garganta —. ¡Joder, joder, joder!
No me dan arcadas y me lo meto en la boca una y otra vez, sin parar, apretando  en  la  base  de  su  miembro  y  agarrándole  con  firmeza  los testículos.
—¡JODER! —Levanta las caderas—. ¡__! —Me agarra del pelo. No sé si me suplica o me reprende.
Me concentro en reforzar mi desesperación por él y continúo lo más de prisa y crudamente que puedo, sintiendo la sedosidad de su piel dentro de mi boca. La fricción de la velocidad de mis movimientos nos calienta a ambos.
—No dejes que se salga, __ —me ordena, y recibe con sus caderas cada embate de mi cabeza. Me duelen las mejillas, pero no paro.
Y entonces siento que se expande en mi boca, su respiración se vuelve irregular y me agarra el pelo con más fuerza. Gimo a su alrededor, le aprieto con más firmeza las pelotas y deslizo la mano por debajo de su camisa para agarrarle el pezón y pellizcárselo con fuerza.
 
Brama. Eleva la pelvis y me aprieta la cabeza contra él. La punta de su verga me golpea la pared de la garganta.
Y entonces se corre. Yo me lo trago. Ambos gemimos.
—Joder, __ —jadea retirándose de mi boca y pegándome contra su cuerpo—. Joder, joder. —Me toma los labios de nuevo y me pasa la lengua por la boca para compartir  su esencia salada—. Deduzco que eso quiere decir que lo sientes —resuella mientras me lame con la lengua.
¿Acaso cree que esto ha sido un modo de pedir disculpas?  ¿Que si siento el qué? ¿Ser una loca irracional y posesiva... como él?
—No —afirmo. Y es verdad.
Nuestras lenguas permanecen pegadas y seguimos jadeando y acariciándonos el uno al otro.
Vuelvo a bajar el brazo y le agarro el miembro semierecto sin dejar de acariciarlo  mientras  ambos  seguimos  comiéndonos  la boca...  de manera agresiva.  No estoy  preparada  para  parar.  Él  se aparta,  jadeando,  con  el pecho agitado, pero yo no me detengo. Pego mis labios doloridos de nuevo contra   los  suyos  y  hundo  la  lengua   en  su  boca  mientras   continúo ordeñándole frenéticamente la polla.
—__, para. —Me quita la mano de su entrepierna  y aparta la cara para romper nuestro contacto.
Pero esta vez tampoco paro. Forcejeo con él cubriéndolo de besos con urgencia. Nunca antes me había rechazado.
—¡__! ¡Por favor! —Pierde la paciencia, me pega de nuevo al suelo y me aprisiona bajo su cuerpo.
Los ojos se me llenan de lágrimas. Estoy más desesperada que todas esas mujeres. No llevo esto nada bien. Un sollozo escapa de mis labios y aparto la cara muerta de vergüenza.
—Cariño, no llores —me ruega con suavidad, tirando de mi cara de nuevo hacia la suya y apartándome el pelo. Después me mira casi con compasión—. Lo he entendido —susurra, y me pasa el pulgar por debajo del ojo—. No llores. —Me acaricia los labios con los suyos—. Para mí sólo existes tú.
Parpadeo para evitar que me caigan más lágrimas.
—No puedo con esto —digo, y estiro la mano para tocarle la cara—. Me siento violenta —admito. No puedo creer que acabe de confesarle eso, y me sorprende el hecho de que sea cierto—. Eres mío —digo con un hilo de voz.
Él asiente. Lo ha entendido.
—Soy sólo tuyo. —Se lleva mi mano a los labios y me besa la palma con firmeza—. No les hagas caso. Sólo están sorprendidas. Se sienten despechadas al ver que les ha ganado la partida una belleza joven y despampanante de ojos oscuros. Mi belleza.
—Y tú eres la mía —afirmo bruscamente.
—Siempre, __. Cada milímetro de mi cuerpo es tuyo. —Mueve un poco  el  cuerpo  y  deja  caer  todo  su  peso  sobre  mí,  cubriéndome  por completo.  Me  agarra  la  cara  con  las  palmas  de  las  manos  y  me  mira fijamente con esos ojos cafés que tiene—. __, tú me perteneces. —Posa los labios sobre los míos—. ¿Entendido?
Afirmo con la cabeza, aunque me siento débil y necesitada.
—Buena chica —susurra—. Eres mía, y yo soy tuyo.
Asiento de nuevo, por miedo a llorar si abro la boca. Pensaba que ya no podía quererlo más.
Me acaricia las mejillas con las palmas de las manos y recorre con la vista cada milímetro de mi rostro.
—Sé que esto te resulta muy difícil.
—Te quiero. —No sé ni cómo he conseguido articular las palabras.
—Lo sé. Y yo a ti. —Se sienta y luego me ayuda a incorporarme—. Más  tarde  haremos  las paces  como  es debido.  No quiero  estropearte  el vestido.   —Sonríe   levemente   y  me  da  la  vuelta—.   Hemos   de  tener paciencia, y ambos sabemos que tengo muy poca en lo que se refiere a ti. —Me da la vuelta otra vez y me frota la nariz con la suya—. ¿Te sientes mejor?
—Sí.
—Bien. Vamos.
Me coge de la mano y me dirige hacia la puerta. Me la suelta brevemente para colocar el aparador en su sitio, luego la reclama de nuevo y me lleva de regreso a la fiesta. Me siento mucho mejor. Lo ha entendido.
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 18th 2014, 16:23

Qe intensooo.... siguela. Smile
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 21st 2014, 15:14

Cuando la continuaras??
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 23rd 2014, 13:12

Capítulo 22
 
La banda ha empezado a tocar y la gente está reunida en el salón de verano.
—¿Motown? —pregunto, algo sorprendida, mientras Joe tira de mí entre las pocas mesas que quedan montadas.
—Es  una  gran  banda.  ¿Quieres  bailar?  —Me  mira  con  una  media sonrisa y entonces recuerdo que mi hombre se mueve de maravilla.
—Después —digo, sin embargo. Soy consciente de que Kate debe de estar  preguntándose   qué  ha  pasado  y  dónde  estoy.  Él  asiente  y  me acompaña hasta el bar.
Mi taburete está libre y me coloca sobre él. Kate,  Drew  y  Sam  siguen  ahí,  y  parece  que  el  alcohol  les  está sentando bien.
—¿Dónde  os habíais metido? —inquiere  Kate, asegurándose  de que mi hombre está distraído.
—En el despacho  de Joe, discutiendo  sobre cierta mujer a la que llamó  para  que lo liberara  cuando  lo dejé  esposado  a la cama  —suelto tranquilamente, vigilando a Joe para comprobar que no está escuchando. Está demasiado ocupado pidiéndole a Mario las bebidas.
—¿Y lo dejaste ahí? —La cara de Kate es una mezcla  de pasmo y diversión.
—Sí. —No se lo había contado—. Estaba muy enfadado.
—No me extraña. ¿Y llamó a Sarah para que lo soltase?
—Sí —digo con los dientes apretados—. Y se ha acostado con ella.
—Vaya.  —Kate  junta los labios—.  ¿Y por qué la llamó a ella? —pregunta abriéndose un hueco entre Joe y yo para estar delante de mí.
—No pudo encontrar a nadie más. John estaba aquí y Sam debía de estar ocupado también con otra cosa.
—¿Qué día fue?
—El miércoles. —Enarco las cejas y observo  cómo retrocede mentalmente al miércoles por la mañana. De repente su cara adopta una expresión de culpabilidad y sé que ya ha caído. Ni siquiera voy a molestarme en preguntarle por qué Sam no podía ir a rescatar a Joe. Sarah se lo ha pasado en grande informándome. Eso, unido a la agradabilísima          experiencia de oír cómo tres mujeres compartían impresiones sobre las habilidades de Joe en la cama, han colmado mi vaso —refunfuño.
—Qué  fuerte.  —Kate  me  mira  con  compasión—.  Pero  eso  ya  es historia, __.
—Ya lo sé. —Sacudo la cabeza con disgusto—. Kate, tengo muchas cosas que contarte. ¿Salimos mañana por la noche? Necesito desahogarme un poco.
Ella asiente y de pronto suelta un grito cuando Joe la levanta y la deja a un lado para tener acceso a mí. Kate le da una palmada juguetona en el hombro entre risas.
—Bebe. —Me pone un vaso de agua debajo de la nariz y me lo bebo sin rechistar. Veo cómo sonríe mientras lo hago y después le devuelvo el vaso. Él asiente sorprendido y sustituye el vaso vacío por otro que contiene un sublime de Mario—. ¿Ves lo fácil que es todo si haces lo que se te dice? —pregunta.
Lo miro con recelo y sacudo la cabeza ante semejante impertinencia. Sí, es verdad, pero sus exigencias no son siempre tan simples como beber un vaso de agua. Se vuelve para charlar con Drew y Sam, pero mantiene una mano firme sobre mi rodilla.
—Anda, mira —susurra Kate.
 
Sigo la dirección  de su mirada y veo que Sarah está riendo con un grupo  de  hombres  y acariciando,  tocando  y básicamente  manoseando  a cada uno de ellos a la menor oportunidad. Sus ojos pequeños y brillantes reparan en mí y me lanza una petulante mirada de satisfacción, hasta que siento los labios de Joe sobre mi mejilla. La dejo muriéndose de rabia de ver que su plan no ha funcionado y centro la atención en Joe. Él me guiña un  ojo,  me  pone  de  pie,  me  levanta  los  brazos,  los  coloca  sobre  sus hombros, desliza las manos por mi espalda, me estrecha contra sí y apoya la frente contra la mía. Está  intentando  infundirme  seguridad,  cosa  que agradezco.
—¿Estás bien? —pregunta.
Yo sonrío y me aparto un poco para ver su hermoso rostro.
—Perfectamente.
—Bien.
Damos un brinco al ver un estallido de luz y nos volvemos. Kate está ahí apuntándonos con una cámara de fotos. Joe me coge en brazos y yo echo la cabeza hacia atrás riendo, consciente de los continuos disparos y fogonazos de la cámara.
Me besa el cuello.
—Sonríe, nena.
Levanto de nuevo la cabeza y me encuentro con sus relucientes ojos cafés  repletos  de...  felicidad.  Lo hago  feliz.  Hago  que  tenga  ganas  de vivir. Que quiera dejar atrás esta clase de vida. Sonrío, hundo los dedos en su pelo y acerco sus labios a los míos.
—¡Vale! —exclama Kate—. ¡Ya es suficiente!
Joe me tiene y me toma donde quiere, sin importarle  en absoluto quién nos vea o dónde nos encontremos.  Me baja de nuevo y me coloca sobre  el  taburete. 
 
Me  da la bebida  y vuelve  a su conversación  con  los hombres, como si no  acabara de silenciar a toda la sala con esa demostración de amor exagerada y fuera de lugar. Sin embargo, no me sonrojo. No me importa ni me avergüenza en lo más mínimo.
Miro al otro lado del bar y veo a Sarah echando humo.
—Me detesta, Kate.
—¡Que le den! —espeta mi amiga—. ¿A ti te importa?
—No. Pero me fastidia no tener más remedio que aceptar el hecho de que Joe vendrá todos los días y que ella estará aquí. —¿La despediría si yo se lo pidiera?
Kate desaparece de delante de mí cuando Sam la agarra y se la lleva fuera del bar. Me yergo en el taburete y observo ansiosa si se la lleva hacia la izquierda, hacia la escalera, o hacia la derecha, hacia el salón de verano. Van hacia la derecha. Suspiro, tremendamente aliviada. No quiero ni imaginármelo.
—¡__, vamos a bailar! —grita mientras desaparece de mi vista. Iré con ella en seguida.
 
Llama  mi atención  un hombre  que se acerca  a Joe y le tiende  la mano. Su cara me suena. Joe se la acepta y se la estrecha afablemente al tiempo que se vuelve y me mira de soslayo. Me he dado cuenta de que, según van bebiendo más, cada vez más gente se acerca a conversar con Joe, sobre todo mujeres. Charlan brevemente y el tipo señala con su copa en mi dirección. Joe me mira y se acerca con él. Estará a mitad de la cuarentena y se ha quitado la chaqueta. Parece algo achispado.
—__, éste es Chris. —El tono de Joe me sugiere que preferiría no tener que presentármelo—. Era el agente inmobiliario en funciones del Lusso.
Claro. Sabía que lo conocía de algo. Él me ofrece una sonrisa babosa y le cojo manía al instante. Mi aversión por los agentes inmobiliarios no ha disminuido, ni siquiera tratándose de uno tan exclusivo. Todos son iguales, vendan chabolas o áticos de lujo.
—Hola. —Le tiendo la mano de mala gana y me la estrecha. Tiene la palma sudorosa y siento deseos de correr a los aseos para lavármela inmediatamente—.  Me alegro de conocerte. —Finjo una sonrisa sincera y advierto que Joe sonríe al ver que empiezo a juguetear con mi pelo.
—Es un auténtico placer —responde Chris. No me suelta, y lanzo una mirada nerviosa a Joe cuando el tipo se aproxima más sosteniéndome con fuerza la mano—. Me encanta  tu vestido. —Me mira de arriba abajo, y hace que me incline hacia atrás ligeramente.
Es un hombre muy atrevido. O eso, o tremendamente estúpido. Joe está  junto  a él  en un nanosegundo  y los  músculos  de  su mandíbula  se mueven a toda velocidad. Está temblando físicamente.  En serio, siempre son  los  agentes  inmobiliarios.  Chris  desaparece  pronto  de  mi  espacio personal tras recibir un brusco tirón en el hombro. Permanece atrás, donde Joe lo ha dejado, y observa cómo se acerca a mí, me levanta, se sienta en mi taburete y me coloca sobre sus muslos.
—Chris,  te  recomiendo  que  tengas  cuidado  con  dónde  pones  las manos y los ojos. De lo contrario  me veré obligado  a partirte  las putas piernas, ¿entendido? —dice Joe tranquilamente, aunque el tono de su voz está cargado de tensión.
Chris  retrocede  con  una  expresión  de  inquietud  justificada  en  el rostro.
—Joe, discúlpame. Creía que era un blanco más —farfulla.
—¿Perdona? —le espeto. ¿Está de broma?
Joe se tensa detrás de mí y el pánico me invade. Si no lo retengo en el taburete,  Chris morderá el polvo antes de dos segundos. Le pongo la mano sobre la pierna y se la aprieto ligeramente. Su cuerpo emana un intenso calor y los latidos de su  corazón me golpean la espalda. Me encantaría ver cómo pone en  su  sitio  a  este  cerdo impertinente, pero también me gustaría acabar la noche sin tener que cubrirle la mano con una bolsa de hielo.
Se levanta ligeramente del taburete y me aprieta contra su pecho.
—¡Te aconsejo que te largues ahora mismo! —ruge.
Yo me pego contra él y le lanzo a Chris una mirada de «vete o sabrás lo que es bueno». Él retrocede sin apartar la mirada, y no creo que vuelva en una buena temporada.
Giro la cabeza y observo a Joe con una mirada interrogativa.
—¿Tienes ganas de matarlo? —pregunto.
Me mira con el ceño fruncido y después con una expresión de agobio.
—Muchas.
—¿Todas las mujeres son «blancos»? —Esto es nuevo. Él se encoge de hombros.
—Los socios de La Mansión son sexualmente muy abiertos.
Ah,  genial.  Miro  a  mi  alrededor  y  veo  que  cada  vez  hay  menos multitud  en el  bar  desde  que  la banda  ha empezado  a tocar  y que  han abierto arriba. Las personas que me rodean parecen normales y corrientes, pero todos están aquí por un motivo, y no tiene nada que ver con las pijas instalaciones  deportivas  que alberga  La Mansión.  Una cosa está clara, a juzgar por los cochazos que suele haber aparcados fuera: todos son tremendamente ricos.
—¿Cuánto cuesta ser socio? —pregunto. Mi curiosidad está sacando lo mejor de mí.
Me hunde la cara en el cuello.
—¿Por qué? ¿Quieres apuntarte?
—Puede —respondo a la ligera. Me muerde el cuello.
—No te pega ser sarcástica, señorita. —Me sube un poco más sobre su regazo—. Cuarenta y cinco.
—¿Al mes? No está mal. Se echa a reír.
—No, cuarenta y cinco mil al año.
«¡¿Qué?!»
—¡Joder!
Me atrapa el lóbulo entre los dientes y empieza a mover las caderas contra mi culo.
—Esa boca.
Yo gimo un poco al notar su dura erección. Cuarenta y cinco mil libras al año es una cantidad absurda de dinero. Esta gente debe de ser idiota o estar muy desesperada pero, si miro a mi alrededor, lo cierto es que no hay nadie especialmente feo. Todos tienen pinta de poder acostarse con quien quieran.
—Oye, ¿y Kate paga eso? No es que ande justa de pasta, pero es muy cuidadosa con su dinero.
—¿Tú qué crees? —pregunta con una sonrisita.
No lo sé. ¿Le  habrá  perdonado  la cuota  anual  por  ser  amiga  mía? ¿Haría algo así?
De repente caigo en la cuenta.
—Sam —digo—. Lo ha pagado Sam.
—A precio de amigo, claro.
¿Cobra cuotas especiales a los amigos que se unen a su club sexual? Me siento como si fuera de otro planeta en estos momentos. No concibo ese tipo de cosas,  y aquí  estoy,  comiendo  y bebiendo  con esta  gente  y saliendo con el propietario. ¿Quién lo habría imaginado?
—Habría preferido que te hubieras negado —refunfuño. Puede que Kate sea una persona bastante centrada, pero no puedo evitar pensar que va directa al desastre.
—__, lo que Sam y Kate hagan es cosa suya.
Me enfurruño.
—¿Cuántos socios hay? —Siento un auténtico interés por saber cómo funciona La Mansión y por el estilo de vida que ha escogido esta gente.
Me apoya la palma de la mano en la frente y tira de mí hacia atrás hasta que mi cabeza descansa sobre su hombro.
—Estás  siendo  muy  cotilla  para  detestar  este  lugar.  —Me  besa  la mejilla.
Yo me encojo de hombros como sugiriendo  que me da igual si me responde o no, pero lo cierto es que estoy sorprendentemente interesada. Se ha hecho muy rico con esto, incluso a pesar de que lo consiguiera gracias a su tío Carmichael.
—No soy cotilla.
Se ríe ligeramente.
—En  el  último recuento, creo  que  Sarah  dijo  que  eran  unos  mil quinientos, pero no todos participan de manera activa. Algunos sólo vienen una vez al mes, otros conocen a alguien e inician una relación, y otros se dan un descanso de vez en cuando.
«¡Joder!»
Hago cálculos y eso asciende a una barbaridad de millones.
—¿Y el restaurante y el bar están incluidos?
—¡No! —dice, escandalizado. No entiendo por qué. Por cuarenta y cinco mil libras al año yo querría algo más que una invitación a practicar sexo con cualquiera—.  El bar y el restaurante  son una sociedad distinta. Algunos socios desayunan, comen y cenan aquí cuatro o cinco veces a la semana. No ganaría mucho dinero si las comidas y las bebidas estuvieran incluidas en la cuota. Tienen cuentas que saldan mensualmente. Vuélvete, quiero verte.
Me insta a levantarme y me pone entre sus muslos. Me lleva el pelo hacia atrás, me coloca bien el diamante y me coge las manos.
—¿Quieres ver el piso de arriba? —pregunta, y empieza a mordisquearse el labio.
Yo retrocedo un poco. Sé que no se refiere a las suites. Ya las he visto, o al menos una de ellas. Se refiere al salón comunitario, y también lo he visto, pero estaba vacío y lo estaban limpiando cuando entré en él por accidente. ¿Quiero verlo?
«¡Joder!»
La  verdad  es  que  sí. No sé  si  es  que  el  sublime  de  Mario  me  ha infundido valor o si es por pura casualidad, pero quiero saberlo todo.
—Vale —digo en voz baja antes de arrepentirme, y él asiente ligeramente, como si cavilara.
 
Se levanta y dejo que me guíe hasta la escalera del vestíbulo. Alzo la vista hacia el inmenso descansillo y oigo cómo la gente entra y sale de las habitaciones. Dejo que Joe tire de mí hacia arriba. Sé que me está dando tiempo  para  retractarme, y quiero decirle que se dé prisa antes de que termine haciéndolo. Llegamos arriba y empezamos a recorrer el descansillo hasta que llegamos a la vidriera. Hay gente pululando por todas partes,  todos completamente  vestidos;  algunos  están de pie fuera de las habitaciones, otros sólo están charlando. Es extraño.
—Tenemos que seguir con eso la semana que viene —dice Joe señalando a la ampliación del pasillo abovedado. Y ahora entiendo por qué—. ¿Lista? —pregunta.
Se vuelve hacia mí y sé que está observando si miro la doble puerta que da al salón comunitario. Sus ojos atraen los míos como si fueran imanes. Y lo son. Y su mirada café y profunda me atraviesa. Sabe que todo lo relacionado con este lugar hace que me sienta tremendamente incómoda. ¿Cómo no iba a saberlo? Se lo he dejado bastante claro, pero no parece molestarle que encuentre su establecimiento sórdido y oscuro. No lo ofende. Es como si aprobara mi reacción y mi aversión.
Se acerca a mí, sin interrumpir el contacto visual, hasta que estamos frente a frente.
—Sientes curiosidad —murmura.
—Sí —confieso sin vacilar—. Así es.
—No tienes por qué sentirte tan inquieta. Estaré contigo y te guiaré. Si quieres marcharte, dilo y nos iremos.
Para mi sorpresa, su intento de infundirme seguridad está funcionando. Me aprieta la mano y me siento más tranquila y más cómoda mientras tira de mí suavemente hacia la escalera. Pongo los pies en marcha y me dejo llevar. Mi corazón se va acelerando poco a poco conforme nos acercamos.
—Habrán empezado ya varios actos. Algunos serán moderados y otros no tanto. Es importante que recuerdes que todo lo que tiene lugar aquí es porque ambas partes han accedido. El hecho de que estés en esta sala no implica necesariamente que desees participar en ninguno de esos actos. — Baja  la  vista  y  sonríe  con  malicia—.  Y nunca  lo  vas  a  hacer.  Me  he propuesto dejar claro a todos los hombres cuáles serán las consecuencias si se acercan a ti. —Vuelve  a mirarme—.  Puede que tenga que enviar una nota para recordárselo —masculla.
Una  pequeña  carcajada  escapa  de  mis  labios.  No  me  cabe  duda. Esboza una leve sonrisa socarrona y mi amor por él se intensifica aún más.
Dejo que me guíe a través de la puerta doble de madera oscura abierta hacia el salón comunitario.
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 24th 2014, 15:36

:O... esto terminara de manera muy intensa y en una cama...... siguela.....
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 26th 2014, 17:25

Siguela..... por favor
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 28th 2014, 09:16

Chicas, hago este anuncio rapido... Hay un capitulo, en este libro que me preocupa muchisimo. No se si me permitirian subirlo sin tener que cancelar la novela y no quiero dejarlas a medias... asi que necesito opiniones sinceras. ¿Les parece que elimine esas escenas y solo ponga lo que pasa? Se que ya no quedaria bien la novela pero en serio no quiero que la cancelen, mientras tanto andare investigando si puedo o no subirlo... Disfruten del capítulo

Capítulo 23
 
Cuando  la  habitación  entera  aparece  ante  mi  vista,  me  concentro  en mantener estable la respiración. Me resulta difícil. La música de fondo que inunda mis oídos es la esencia absoluta del sexo y no hace sino aumentar el ritmo de mis latidos.
La enorme  sala  es tan hermosa  como  la recordaba,  con todas  esas vigas expuestas y los candelabros dorados tenuemente iluminados. Las cortinas  austríacas están echadas sobre las ventanas de guillotina georgianas, y eso, unido a la escasa luz de los candelabros, proporciona el elemento clave; es sensual y erótico, pero no de una manera sórdida. No sabría decir exactamente  por qué. Me encuentro rodeada de gente semi o completamente desnuda e, irónicamente, yo estoy admirando la decoración.
«Joder. ¡Hay gente desnuda por todas partes!»
Joe saluda a muchas personas conforme avanzamos por la habitación. Las mujeres se embelesan y se ponen derechas al advertir su presencia, a pesar de que él me agarra de la mano con fuerza. Me siento fuera de lugar, principalmente porque estoy totalmente vestida. Lo miro y veo  lo  poco  que  le  afecta encontrarse en este entorno. ¿Por  qué  iba  a afectarle? Él está acostumbrado a esto. Ante mi vista se están desarrollando varias escenas, y todas ellas me confunden, pero a la vez me cautivan por completo. Es difícil no mirar.
Joe me sonríe y me da un pequeño apretón en la mano.
—¿Estás bien? —pregunta tras detenerse y volverse para mirarme. Asiento  y le ofrezco  una leve sonrisa. Al sentir  que me acaricia  el pulgar con el suyo, bajo la vista hacia nuestras manos unidas. Ha eliminado literalmente toda la ansiedad que sentía con su tacto. Vuelvo a mirarlo a la cara. Él también observa nuestras manos. Continúa acariciándome y se vuelve hacia una mujer joven, que no llegará a los treinta años, amarrada a una pesada estructura de madera, como la de la ampliación. Tiene los ojos vendados con un paño de seda negro y la boca ligeramente abierta.
Delante de ella se encuentra un hombre desnudo de cintura para arriba con las piernas ligeramente separadas que sostiene una fusta. Sus ojos reflejan lujuria y apreciación conforme recorre lentamente las curvas de sus senos con la punta. Ella se estremece ante su tacto.
 
Joe mueve un poco la mano y lo miro, pero tiene la vista fija en la escena que acontece ante nosotros. Vuelvo a centrarme en la mujer atada mientras el hombre le pasa la fusta por la parte delantera, entre sus pechos y hacia su abdomen. Le rodea el ombligo con la punta con movimientos estudiados y meticulosos. Ella está gimiendo.
Cambio de postura y Joe me mira con curiosidad. No le hago caso y observo  cómo  el  hombre  continúa  con  su  práctica  hasta  que  la  fusta alcanza  el  punto  en  el  que  se  unen  los  muslos.  Ella  exhala  un  fuerte gemido. Él pega la boca contra la suya para absorber sus sonidos. Deja la fusta y la sustituye por sus dedos. Le separa los labios e inicia una lenta fricción,  arriba  y abajo,  aumentando  su placer  y sus gemidos.  La joven arquea el cuerpo y tira de las ataduras que la retienen sujeta a la estructura indicando que ya está cerca.
Estoy sudando, siento algo de claustrofobia y el ritmo de mi corazón se ha acelerado aún más. Su compañero responde a sus sonidos acelerando sus caricias y besándola con más fuerza. El sonido de sus lenguas combatiendo se vuelve desesperado y, con un grito ahogado, ella alcanza el clímax y su cuerpo tensa las ataduras mientras él continúa acariciándola lentamente para agotar hasta la última chispa de placer. Ella se desploma y deja caer la barbilla sobre el pecho. Suelta un leve grito de sorpresa y Joe me  aprieta  la  mano  en  consonancia.   Ha  sido  muy  intenso,  y  estoy totalmente asombrada. No somos los únicos que observan la erótica escena que se desarrolla ante nosotros, pues ha atraído el interés de bastante gente, que se ha reunido alrededor de la pareja. Miro a mi alrededor y reconozco a varias personas que estaban en el bar y en la cena, sólo que ahora están desnudos  o en  paños  menores.  Hay  que  tener  mucha  seguridad  en  uno mismo para frecuentar el salón comunitario.
Joe tira de mi mano para captar mi atención y lo miro, pero sólo me señala la escena con la cabeza. Ahora el  hombre besa a la joven con agradecimiento. Recoge la fusta del suelo y se acerca lentamente a la espalda de la mujer arrastrando el artefacto por el suelo. Ella no puede verlo, pero su cuerpo se tensa de nuevo y levanta la cabeza, jadeando, al intuir sus intenciones. Él empieza a acariciarle la espalda pasándole las puntas de los dedos arriba y abajo por la columna y después por las nalgas de su trasero. Ella murmura de satisfacción, y creo que yo también lo he hecho. Joe me mira. Me ha oído.
«¡Joder!»
 
El hombre acaricia sus nalgas firmes y perfectas, las frota y las amasa con la palma de la mano, y gruñe al ver cómo ella arquea la espalda y la relaja de nuevo. Tras unos cuantos minutos manipulando y frotando su culo firme, retira la mano y la mujer se pone tensa.
Sabe lo que va a pasar. Yo sé lo que va a pasar, y el aumento en la presión con la que Joe me sostiene la mano confirma que él también lo sabe, pero no puedo apartar la vista. El hombre levanta la fusta y, con un rápido movimiento, azota una de sus nalgas. Ella grita. Me estremezco ante el alarido, aparto la mirada de la escena y hundo el rostro en la inmensidad del pecho de Joe. Antes de que me dé cuenta, su mano sujeta mi cabeza y la aprieta contra su hombro para  pegarme  más todavía  a su cuerpo.  La presión de su mano alrededor de la mía se intensifica y oigo otro golpe. Me suelta la mano y me envuelve la espalda. Mis brazos quedan aprisionados entre nuestros torsos. Su cuerpo me protege por completo y, a pesar del ambiente que me rodea y de lo que está sucediendo, éste es el lugar más reconfortante en el que he estado jamás.
—Esto no va contigo, continuemos —me susurra al oído.
¿Continuar, adónde? ¿Y eso sí que irá conmigo? Siento tristeza cuando separa su enorme  cuerpo del mío, pero dejo que me tome de la mano  y me  guíe.  Oigo  el  golpe  de  la  fusta  de  nuevo,  una  y otra  vez, mientras abandonamos la zona, y cierro los ojos con fuerza con cada golpe, conteniendo el aliento. Soy incapaz de asimilar lo que acabo de presenciar.
¿Placer y dolor? ¡Sólo placer, por favor! Esa parte no estaba  mal, pero entonces recuerdo la vez que Joe me esposó y las fuertes palmadas que me daba  en el  culo  mientras  se hundía  en mí. No voy a fingir  que  no disfruté de aquel polvo de castigo.
—¿Qué es esa música? —pregunto cuando doblamos una esquina y nos acercamos a un grupo de personas.
Me mira con una sonrisa.
—Enigma. ¿Por qué? ¿Te pone cachonda?
—No —bufo. ¡Aunque lo cierto es que sí!
En realidad me está excitando todo esto, pero no voy a admitirlo, aunque mi dedo, que juguetea frenéticamente con mi pelo, me delata. Joe se echa a reír, me baja la mano y me coloca delante de una mujer y de tres hombres.
Se agacha hasta estar a mi altura.
—Para que quede claro. Nosotros no vamos a hacer esto nunca.
 
Lo miro y él me guiña un ojo. Es amargamente adorable, y agradezco la aclaración, porque no pienso compartirlo con nadie.
—¿Y lo otro? —digo con fingido desinterés, intentando no sonar esperanzada. Y creo que cuela.
Me mira directamente a los ojos.
—No voy a compartirte con nadie, __. Ni siquiera con sus miradas.
Parece  ofendido,  y  sonrío,  pero  no  me  refería  a  hacerlo  aquí  en concreto.  Hay  suites  privadas.  Joder,  pero  ¿qué  me  pasa?  Centro  la atención de nuevo en la escena que tenemos delante.
Hay una mujer tumbada sobre una mullida colcha de pieles. Tiene las manos atadas holgadamente con una tira de cuero suave. Al mirar a Joe, se  pasa  la  lengua  por  los  labios.  Dejo  escapar  una  carcajada  ante  su descaro. ¿Otra más? Está totalmente desnuda y sus ojos están cargados de deseo cuando desvía la mirada de Joe a los tres hombres desnudos que se ciernen sobre ella. Es obvio que desea que él también participe,  y estoy convencida de que lo que estoy a punto de ver está dedicado a él.
Los  tres  hombres  adoptan  posiciones,   se  arrodillan   en  distintos lugares  alrededor  de su cuerpo echado  y le ponen las manos encima  en diferentes lugares. Ninguno de ellos va a la misma zona. Todos saben el lugar de su cuerpo que les corresponde.
Uno desciende la cabeza hasta su pecho y empieza a rodearle el pezón con la lengua hasta endurecérselo. Después sella la aureola con la boca y absorbe mientras masajea el montículo de debajo con las manos.
Otro  hombre  está  realizando  la  misma  práctica  sensual  en  el  otro pecho, trabajando al unísono con el otro miembro, como si supieran perfectamente  cómo complacerla.  Los  suspiros  y las exhalaciones  de la mujer indican que su empeño funciona. Mis propios pezones se erizan y se endurecen,  y me aparto  un poco al  darme  cuenta  de que Joe  me está observando. Lo miro y él desvía la mirada, pero en su rostro se atisba una sonrisa maliciosa. Sabe que estoy excitada. Siento vergüenza y vuelvo a centrarme en la escena, esperando que mi cuerpo se comporte. El tercer hombre se ha unido y la está acariciando entre los muslos.
«¡Joder!»
Su propia humedad permite que los dedos se deslicen por la entrada de su cuerpo con facilidad. El hombre retira la mano, estira el brazo y le pasa los dedos mojados por el labio inferior. La lengua de la mujer sale disparada para lamerlos. Después desliza los dedos hasta su barbilla y empieza a descender por el centro de su cuerpo hasta llegar a su sexo. Ella eleva la pelvis en respuesta y lanza un grito de frustración cuando él retira la mano. El hombre apoya el brazo libre sobre su vientre para evitar sus movimientos y hunde dos dedos en su cuerpo, sonriendo ante sus intentos de liberarse.
Observo  la  escena  totalmente  hipnotizada  mientras  ella  capta  la atención  del  público  con  unos  gemidos  intermitentes  que  indican  a los hombres  que la están haciendo una mujer muy feliz, y me sorprendo  al sentirme tremendamente excitada. Esos hombres la están colmando de atenciones, y el único placer que reciben es el que ella obtiene.
Sé que Joe me está observando de nuevo y soy incapaz de mirarlo a la cara.
Justo entonces, el tipo que está entre sus muslos hace un gesto, una señal silenciosa, a los hombres que trabajan en sus pechos, y todos dejan de tocarla a la vez. Ella grita ante la pérdida de contacto, pero lanza un alarido de placer cuando le levantan las piernas, le separan las rodillas y una boca se hunde en sus pliegues hinchados. Instintivamente, cruzo las piernas y siento que Joe relaja un poco la mano antes de volver a apretármela con fuerza.
Otro  de  los  hombres  reclama  entonces  su  boca  con  avaricia,  y  el tercero  vuelve  a centrarse  en sus pechos.  Recoge  con las manos  ambos montículos,  juguetea  con ellos y los pellizca.  Su lengua  traza  una línea entre ellos y finalmente divide la atención entre los dos a intervalos constantes. Los tres la miran con frecuencia a la cara y ella los recompensa con una mirada de pura satisfacción,  lo que parece  estimularlos  todavía más. Está siendo adorada por tres hombres magníficos y, a no ser que seas una monja, es inevitable excitarse.
De pronto, su cuerpo se tensa visiblemente, señal de que está a punto de tener un orgasmo. Yo me tenso al instante también. La tensión aumenta cuando ellos advierten que está cerca y de repente todo se acelera. El hombre que está en su boca atrapa sus gemidos con un beso intenso, y el otro le separa aún más las rodillas para acceder mejor a ella. Trabajan en equipo con la intención de hacerla estallar.
Y entonces ella se deshace en un sonoro alarido, amortiguado ligeramente por la boca de uno de los hombres. Siguen trabajando durante su orgasmo,  ralentizando la  fricción  y  la  velocidad de  sus  caricias  y lametones. Ella se relaja y se queda en silencio mientras los hombres vuelven a acariciar  su cuerpo con la boca y las manos. El que está a la altura de su boca deja sus labios, le desata la tira de cuero, le libera las manos y sonríe al ver que ella se frota las muñecas ligeramente. Al cabo de unos minutos, se tumba sobre la colcha de pieles. Sus acciones simbolizan la satisfacción personificada, y su mirada vuelve a posarse en Joe.
Sacudo la cabeza con incredulidad. ¿Por qué no se levanta y saluda al público? A pesar de su engreimiento, ha sido bastante increíble y la escena me ha hechizado, aunque ahora me siento bastante violenta. Joe ha estado ahí, ha hecho esas cosas, y lo ha hecho con muchas mujeres. Algunas de ellas  están  en esta  habitación.  ¿Con  cuántas  y hasta  dónde  ha  llegado? Joe dobla la muñeca y me doy cuenta de que le estoy agarrando la mano con fuerza. Lo miro a la cara y relajo la presión.
Él me observa atentamente,  como adivinando  mis pensamientos.  Se vuelve por completo hacia mí y me coge de la otra mano.
—Tú no eres  exhibicionista,  __, y eso hace  que te quiera  más si cabe. Eres mía, y sólo mía, y yo soy sólo tuyo. ¿Entendido? —dice con una voz cargada de preocupación. Sabía lo que estaba pensando.
De repente me deshago, mi corazón se detiene durante un instante demasiado  largo y me tambaleo ligeramente hacia adelante. Joe me estrecha contra sí y apoyo la frente  en su hombro.  Su cuerpo  es firme, cálido, y es mío.
—Joder  —susurra  mientras  su pecho se hincha con una respiración profunda—. No tienes ni idea de cuánto te quiero. —Me besa la cabeza—. Vamos, quiero bailar contigo. —Se aparta y me cobija bajo su brazo para dirigirnos  hacia  la  puerta.  Después  de  ver  todo  esto,  ¿quiere  bailar conmigo? Se inclina hacia mí—. Me apuesto lo que sea a que estás mojada —dice suavemente. Me quedo sin aliento y él se ríe para sus adentros—. Sólo para mí —me recuerda. Ni que fuera necesario.
 
Miro por encima del hombro y me quedo pasmada. La mujer se ha puesto de rodillas, y uno de los hombres se inclina sobre su espalda y la penetra por  detrás  mientras que  otro  se  arrodilla delante de  ella  y  le introduce el pene en la boca silenciando sus aullidos. Abro los ojos como platos ante ese cambio tan radical. Los dos la percuten, cada uno desde un extremo de su cuerpo, y el tercero empieza a rondar el amasijo de cuerpos postrados. ¿Qué diablos se dispone a hacer?
«¡No puede ser!»
Observo sobrecogida cómo coge algo de un mueble cercano y se arrodilla detrás de ella. El otro hombre sale de su cuerpo y le separa las nalgas para proporcionarle acceso a su culo. Tengo que irme de aquí. He de marcharme ahora mismo, pero me quedo paralizada al ver que le introduce algo. No tengo ni idea de qué es, pero es grande y sólo se lo mete hasta la mitad.  No  puedo  apartar  la  vista.  Después  se  retira  y deja  que  el  otro hombre  vuelva  a  penetrarla  lanzando  un  grito  antes  de  colocarse  boca arriba debajo de la mujer. Le agarra un pecho con una mano, levanta la cabeza, le toma el otro con la boca y se lleva la mano libre a la polla.
Madre mía. Joe tira de mi mano. Lo miro y veo una expresión de cautela en su rostro. Mi cara debe de ser un poema. Por favor, no puede ser que él también haya hecho eso.
—Vamos, ya has visto suficiente —dice, y tira de mí hacia la puerta que me alejará de todo esto. Joder, mi pobre e inocente cerebro acaba de ver la realidad de este lugar.
—¿Joe?
—Calla, __. —Sacude la cabeza sin mirarme. Sabe lo que estoy pensando.  Vuelvo a sentirme  violenta,  más que antes si cabe—. Sólo te necesito a ti —dice, negándose todavía a mirarme a los ojos.
—¿Tú has...?
—Te he dicho que te calles. —Continúa arrastrándome,  y decido no insistir. Dudo que me diera una respuesta. No quiero ni imaginármelo así.
 
Cuando llegamos a la puerta, Natasha interrumpe nuestra huida. Está desnuda, excepto por un par de bragas de seda microscópicas. Se acerca a nosotros con las tetas bamboleando. No sé adónde mirar.
—Llevas demasiada ropa, Joe —ronronea.
¿Qué?  Después  de  lo  que  acabo  de  soportar,  sin  duda  pretende llevarme al límite. Siento ganas de abofetearla. Mi mano forma un puño y se me tensa la mandíbula, pero Joe desvía nuestro camino y la sortea.
—Haz el favor de tener un poco de respeto, Natasha —le suelta.
Mi ira se torna complacencia con la tajante respuesta de Joe ante la impertinencia de Natasha            conforme salimos del salón comunitario dejándola ahí plantada.
—Yo también quiero enviar una nota recordatoria —digo de forma sarcástica mientras me guía de vuelta al  piso inferior por  la escalera. Alguien tiene que poner a esas mujeres en su sitio. Son una panda de perdedoras maliciosas y desesperadas.
Él se echa a reír.
—Como quieras, __.
¿En serio? Eso nos ahorraría tener que abordarlas a todas y cada una de  ellas  por  separado  lanzándoles  advertencias.  Puede  que  le  tome  la palabra, y también puede que elabore otra nota recordatoria para los empleados  con  el  mismo  asunto.  Aunque  de  ésas  sólo  necesitaría  una copia. ¿Cuántas copias necesitaría para las socias femeninas?
—¿Quieres tomar algo? —pregunta Joe cuando nos acercamos a la barra.
—Sí, por favor. —Intento que no se note que estoy herida, pero fracaso estrepitosamente.
Me mira con su expresión pensativa y empieza a morderse el labio. Se arrepiente de haberme llevado arriba. Y yo también me arrepiento de haber subido. Eso no me ha ayudado en mi intento de superar el pasado de Joe.
—¿Por qué me has llevado allí? —pregunto. Él sabía lo que iba a ver. Yo no sé qué era lo que esperaba, pero desde luego eso no.
—Quieres que sea más abierto contigo.
Tiene razón. Y también me arrepiento de eso. Nunca podré borrar esas imágenes de mi mente, aunque no veo a unos extraños arrodillados o dando placer. Sólo veo a Joe. Siento náuseas, pero me lo he buscado.
—No quiero volver ahí jamás.
—Entonces no lo harás —responde inmediatamente.
—Y tampoco quiero que vuelvas tú. —Estoy siendo poco razonable pidiéndole que evite el epicentro de su negocio.
Él me observa con detenimiento.
—No tengo ninguna necesidad de subir ahí. Lo único que necesito lo tengo en estos momentos al alcance de la mano, y quiero que siga siendo así.
Asiento y recorro su cuerpo con la mirada.
—Gracias —digo en voz baja sintiéndome culpable por exigirle esto, y más culpable todavía por el hecho de que haya accedido sin ofrecer ningún tipo de resistencia.
Me aparta el pelo de la cara con suavidad.
—Ve a buscar a Kate y yo iré a encargar las bebidas.
—Vale.
—Vamos. —Me da la vuelta y me insta a marcharme.
Atravieso el salón de verano y evito pasar por el aseo, aunque tengo ganas de orinar. La pista de baile está llena, y veo a Kate al instante. Su pelo rojo destaca entre la multitud. Entro en la pista justo cuando empieza a  sonar Love man, de Otis Redding,  y Kate chilla, entusiasmada  por mi llegada y por la canción.
—¡¿Dónde estabas?! —grita por encima de la música.
—Visitando el salón comunitario —digo encogiéndome de hombros, pero entonces  la terrible  imagen  de Kate  participando  en alguna  de las escenas que se desarrollan en esa estancia invade mi mente. ¡No, por favor!
Sus grandes ojos azules se abren de par en par a causa del asombro, y en su rostro pálido se forma una enorme sonrisa. Eso no ayuda a borrar de mi mente esos pensamientos espantosamente insoportables. Me coge de la mano y yo me agarro el vestido para unirme a ella. Sam y Drew están muy borrachos  y  bailan  dándolo  todo  y  atrayendo  la  atención  de  muchas mujeres   en  la  pista   de  baile.  A  Kate   no  parece   importarle.   Sigue cogiéndome de la mano y pone los ojos en blanco al ver a su compañero descarriado con su descarada sonrisa de siempre. Está tan tranquila y tan segura  como de costumbre,  pero Sam, por lo visto, no tanto.  Pronto  se aproxima y la aparta de un hombre que baila demasiado cerca de ella para su gusto.
De repente doy un brinco y casi me da un ataque de pánico cuando una espalda se pega contra la mía, pero entonces me invade su olor y vuelvo la cara hacia la barbilla que descansa sobre mi hombro.
—Hola, preciosa mía.
—Me has asustado.
—¿Cómo has sabido que era yo? —pregunta.
—Por instinto —respondo sonriéndole. Él me devuelve la sonrisa.
—Vamos a bailar.
Se agacha y me levanta ligeramente el vestido. Después se pega a mi espalda y me lleva consigo. Empieza a mover las caderas lentamente, con la palma de la mano pegada a mi vientre, y me guía por la pista. Muevo las caderas yo también y bailamos sincronizados y al ritmo de la banda, que está haciendo una versión increíble de la famosa canción. Echo la cabeza hacia atrás y me río al ver su brazo suspendido en el aire, subiendo y bajando mientras aprieta las  caderas contra mí. Nuestros movimientos circulares se aceleran y deceleran al ritmo de la música, y yo me balanceo de un lado a otro y hacia adelante y hacia atrás.
Kate y Sam están pegados como lapas, y Drew agarra a una mujer que lo estaba pidiendo a gritos.
Coloco la mano sobre la que Joe tiene pegada a mi estómago y dejo que haga lo que quiera, sin reservas y sin preocuparme por las decenas de mujeres que nos rodean, quienes, conscientes de pronto de la presencia de Joe en la pista, han empezado a dar lo mejor de sí en cuestiones de baile. Sus intentos  por llamar  su atención  son totalmente  en vano. Su barbilla descansa con firmeza sobre mi hombro mientras sigue golpeándome con sus gloriosos movimientos  rotatorios  y  sin  importarle  lo  más  mínimo quién nos esté mirando. Está centrado en mí.
—Joder, te quiero —me dice al oído. Entonces me besa la sien, me agarra de la mano y me hace dar una vuelta para atraerme de nuevo contra su pecho.
Los bailarines aplauden y la banda empieza a tocar Superstition de Stevie Wonder. Kate suelta un alarido detrás de mí.
—¿Seguimos bailando? —Joe enarca una ceja con una sonrisa segura y empieza a moverme de un lado a otro.
—Vamos a beber —ruego.
—No puedes seguirle el ritmo a tu dios, dulce seductora —dice con voz grave.
Somos los únicos que estamos abrazados.  Todo el mundo a nuestro alrededor está entregado a la última oferta de la banda. Joe tiene razón: son muy, muy buenos.
Me pasa la nariz  por un lado de la cara  y empieza  a trazar  lentos círculos con ella.
—¿Eres feliz?
—Hasta la locura —respondo sin vacilar. Es la pregunta más fácil que jamás  haya  tenido  que  responder.  Lo  pego  aún  más  contra  mí.  Hay demasiado espacio entre nosotros.
—Entonces, mi misión aquí ha terminado.
Hunde el rostro en mi cuello e inspira profundamente. Yo sonrío de pura dicha mientras me abraza con fuerza, cobijándome entre sus brazos. Jamás había sido tan feliz, y sé que no podría serlo con nadie más. Puedo superar lo de su pasado.
—Tu dulce seductora se muere de sed —digo tranquilamente. Siento cómo ríe contra mi cuello.
—Dios no lo quiera —dice, y me suelta por obligación—. Vamos, no quiero que me acusen de desatenderte. —Me da la vuelta entre sus brazos y empieza a guiarme fuera de la pista de baile.
Cuando llegamos al final, de repente soy consciente de que la cálida palma  de  Joe  se  ha  despegado  de  mi  zona  lumbar  y me  vuelvo  para buscarlo. Al instante veo el rostro alarmado de mi hombre cuando cuatro mujeres (dos de las cuales son la voz número uno y número tres del baño) lo agarran y lo acarician mientras lo arrastran de nuevo hacia la pista de baile. Esas furcias  no tienen ningún tipo de respeto. Kate, Sam y Drew observan la escena con la  incredulidad reflejada en sus ebrios rostros mientras  las  mujeres  se  coordinan  para retener a su presa. Joe está atrapado y, como no empiece a abofetearlas, no irá a ninguna parte. Su cara de agobio es el resultado de la ansiedad que siente por el hecho de que yo esté viendo cómo pelea          contra            esa manada de lobas que intenta secuestrarlo. Y después de nuestro reciente encuentro en su despacho, sabe que no es el único que tiene instintos homicidas. A saber lo que haría él si la situación fuese al revés. La pista de baile se convertiría en un mar de sangre.
Me  acerco  tranquilamente  a  ellos,  y  Joe  me  observa  y  deja  de resistirse. Su repentina sumisión hace que las mujeres cesen en su sediento frenesí. Le tiendo la mano y él la toma inmediatamente. A continuación, todas  apartan  las  manos  del  cuerpo  de  mi  hombre  y  observan  cómo reclamo con calma lo que es mío. Tiro de él y las miro a todas ellas con desdén. Se han quedado mudas. No digo nada, aunque su descaro hace que me hierva la sangre. Me doy la vuelta y saco a Joe de la pista. Oigo unos cuantos gritos de sorpresa y un chillido de júbilo de Kate, pero no vuelvo la mirada. Estoy disfrutando el hecho de que, por primera vez, soy yo la que está  dirigiendo  a  Joe.  Esto  no  había  pasado  jamás,  y  tampoco  dura mucho. De repente me coge y me lleva en brazos el resto del camino hasta la barra.
—Me encanta cuando te pones posesiva —dice, satisfecho—. Dame un beso.
Quiero dejar claro que sólo me peleo con alguien cuando es necesario, pero sé que sería absurdo hacerlo si se diera la situación. Enrosco los brazos alrededor de su cuello y me ahogo en su boca mientras siento que un montón de ojos nos miran. Puede que, después de todo, no haga falta enviar ninguna nota recordatoria.
Me coloca sobre mi taburete de siempre y llama a Mario, que saca mi bebida al instante de debajo de la barra junto con dos botellas de agua.
 
 
Cojo una de las botellas y empiezo a beberme el agua antes de que Joe tenga ocasión de ordenármelo.
Se  apoya  en  el  taburete  de  al  lado  y  me  ofrece  una  sonrisa  de aprobación.
—Mario, ¿cómo vamos de existencias? —pregunta mientras vuelve a levantarse   y  se  inclina  sobre  la  barra  para  mirar  una  larga  fila  de interminables puertas de cristal. Echo una ojeada y veo que las estanterías están cada vez más vacías.
—Bueno, señor Jonas, al parecer, esta noche los socios tienen mucha sed. —Ríe y quita algunas botellas vacías de los dispensadores—. Mañana haré inventario. Nos llega un pedido el domingo.
—Buen chico —dice Joe, y vuelve a sentarse en el taburete con los pies apoyados en el reposapiés del mío—. ¿Estás bien? —Estira el brazo y me coloca bien el diamante.
Bostezo y asiento.
—Sí.
Sonríe.
—Te llevaré a casa. Ha sido un día largo.
Recibo  de  buen  grado  su  sugerencia.  Ha  sido  un  día  larguísimo. Marcar el terreno es agotador.
John entra en el bar, coge a Joe del hombro y me saluda con una inclinación de la cabeza.
—¿Todo bien, muchacha? —ruge, y yo asiento.
De repente he perdido la capacidad de hablar. Estoy exhausta.
—Voy a llevarla a casa. ¿Todo bien arriba?
—Sí, todo bien —confirma John. Vuelve a saludarme con la cabeza y yo bostezo otra vez—. Pediré tu coche. Llévala a casa. —Saca el teléfono y da  unas  cuantas   instrucciones   breves  y  precisas   y  luego  asiente  en dirección a Joe.
—Tengo que despedirme de Kate —consigo musitar a pesar de mi agotamiento. Me dispongo a bajarme del taburete, pero Joe me pone la mano en la rodilla para detenerme.
Y entonces John suelta una de sus profundas risas de barítono, que te hace temblar de pies a cabeza.
—Creo que acabo de ver cómo desaparecía con Sam en el piso de arriba —anuncia.
«¿Qué?»
Joe se contagia del humor de John.
—¿Quieres subir a despedirte?
—¡No! —Sé que mi cara refleja una repulsión absoluta, y ambos ríen aún con más ganas.
¿Presenciar  cómo  Kate  y Sam  copulan?  No, gracias.  Joder,  ¿se les unirá alguien más? ¿Dónde está Drew? Me obligo a bloquear esos pensamientos tan desagradables.
—Llévame a casa —digo.
 
Me entra un escalofrío y me apoyo sobre mis pies cansados. A pesar de todo, estos  zapatos  son tremendamente  cómodos,  teniendo  en cuenta que los llevo puestos desde hace más de siete horas.
Joe y John intercambian unas cuantas palabras, pero mi cerebro impide que mis oídos escuchen.  Sin embargo,  sí que oigo que le dice a John  que  no lo espere  mañana,  lo que  significa  que  voy a quedarme  a dormir hasta las tantas en su casa, y pienso montar una escenita digna de un Oscar como me despierte con las primeras luces del alba con mi equipo de footing.
Me despido de Mario y de John y apoyo la cabeza sobre el hombro de Joe. Él me dirige al exterior de La Mansión, me mete en su coche y se sienta al volante.
—Ha sido un día fantástico  —farfullo  medio  dormida  mientras  mi cuerpo se acomoda contra la piel suave y fresca. Y es verdad, si dejamos a un lado lo de esas zorras desesperadas.
Me apoya la palma en el muslo y me lo acaricia suavemente.
—Para mí también, nena, gracias.
—¿Por  qué  me das  las  gracias?  —digo  bostezando  y sintiendo  los párpados pesados. Me he comportado como una niña malcriada ávida de atención.
—Por dejar que te lo recordara —responde tranquilamente.
Lo miro con mis ojos cansados y sonrío mientras él arranca el coche y empieza a acelerar. Cierro los ojos y cedo ante mi extenuación. Sí, me lo ha recordado, y me alegro de haber dejado que lo hiciera.
 
 
—Buenas noches, Clive. —Siento las vibraciones de la voz de Joe en mi cuerpo, que está pegado con firmeza contra su pecho. Estoy cansadísima.
—Señor Jonas, ¿quiere que le llame el ascensor?
—No, tranquilo. Gracias.
En mi estado comatoso,  me pregunto si Clive vive aquí. Se supone que hay dos conserjes, pero nunca he visto al otro. Oigo cómo se cierra la puerta del ático de una patada y, antes de que me dé cuenta, estoy tumbada sobre la cama. Creo que ni siquiera voy a quitarme el vestido. Me acurruco de lado.
—Venga, vamos a quitarte ese vestido. —Me pone boca arriba.
—Déjalo —gruño medio dormida. No tengo energía. Se echa a reír.
—No voy a acostarme contigo vestida, señorita. Jamás. Ven aquí. — Me incorpora tirando de mis manos y me quedo con las piernas colgando fuera de la cama para que me quite los zapatos—. Arriba. —Tira de mí suavemente para levantarme y me da la vuelta—. ¿Cómo se quita esto? — pregunta pasándome las manos por la espalda y por los costados.
Levanto la mano por encima del hombro y señalo la cremallera escondida. La coge y la baja lentamente a lo largo de mi espalda y después me quita los tirantes.  Una vez libre del vestido, me dejo caer contra su pecho.
—Creo que esto sí que te lo voy a dejar puesto. —Su tono sugerente me espabila un poco mientras me pasa las manos por los laterales del corsé de encaje fino y por las caderas—. ¿Te cepillo los dientes?
—Por favor. —Empiezo  a avanzar  hacia el cuarto de baño con sus manos en mi cintura.
Me sienta sobre el mueble  del lavabo, echa pasta de dientes  en mi cepillo y lo pasa por debajo del grifo.
—Abre  —me  ordena,  y abro  la boca  para  que  tenga  acceso  a mis dientes.
 
Empieza a cepillármelos con cuidado, trazando círculos lentamente y con paciencia, mientras me sostiene la mandíbula. En su frente se dibuja su arruga de concentración y sus ojos brillan de contento, y sé que es porque está realizando una de las tareas del trabajo que se ha auto asignado: cuidar de mí.
—Escupe —me ordena tras sacarme el cepillo.
Vacío la boca y dejo que me limpie los restos de pasta de los labios con el dedo. Me mira mientras se mete el pulgar en la boca y se lo chupa. Estoy cansada, pero no tanto. Me abro de piernas, lo agarro de la camisa, tiro de él y lo pego contra mí con todas mis fuerzas.
Él me sonríe.
—Parece que te has despertado. —Me coge la cara con las dos manos y me planta un beso tierno en los labios.
No me he espabilado del todo, pero me ha puesto una de las manos en el lugar adecuado y sé que voy a hacerlo.
—Eres tú. Es instintivo. —Todavía sueno medio dormida.
—Pensaba que nunca diría esto, pero esta noche no voy a tomarte.
Me rodea la nariz con la suya y yo muevo las caderas hacia adelante para estimularlo. Ahora soy yo la que se está comportando como una zorra desesperada.
Se aparta y me lanza una mirada severa con una ceja enarcada.
—No —dice, y me aparta las manos de su rostro—. ¿Quieres quitarte el maquillaje?
No me lo puedo creer.
—¿Me estás rechazando? —pregunto, desconcertada. ¿Acaso hay unas reglas para él y otras para mí? Su rechazo ha acabado de despertarme del todo.
Empieza a morderse el labio y me mira con curiosidad.
—Supongo. ¿Quién iba a decirlo, eh? —Se encoge de hombros y moja una toalla con agua caliente—. A ver esa preciosa  cara. —Lo miro y él pasa el paño húmedo por mi expresión ceñuda.
—Creía que íbamos a hacer las paces como era debido. —Me siento despreciada, y se refleja en mi tono.
Se detiene y sus labios se curvan hacia arriba.
—¿No somos amigos ya?
—No.
—¿Ah, no? —Arruga la frente—. ¿Te acurrucarías contra alguien que no fuera amigo tuyo?
Aprieto los labios, planto las manos sobre su firme trasero y lo acerco hacia mí.
—Puede que lo hiciera, si mi no amigo me promete que haremos las paces por la mañana.
Él ríe ligeramente.
—Trato hecho. Vamos a acurrucarnos. —Me levanta del mueble del lavabo—. Me encanta verte con encaje, pero me gustas todavía más desnuda y encima de mí. Vamos a quitártelo.
 
 
Me lleva al dormitorio, me deja en el suelo, me desabrocha todos los corchetes en el centro de mi espalda y deja que el corsé caiga al suelo antes de deslizarme las bragas por las piernas.
Da un paso atrás, empieza a desnudarse también y me señala la cama con la cabeza. Me meto y me acomodo. El cansancio previo vuelve a apoderarse de mí en cuanto apoyo la cabeza en la almohada. Joe se mete también y deja que me acurruque contra su pecho, que es mi lugar favorito en este mundo. Sus brazos rodean mi cuerpo y empiezo a dormirme así, sin más.
—Mañana  iremos a casa de Kate a por tus cosas. —Se revuelve un poco  y  me  pega  todavía  más  a  su  cuerpo—.  El  lunes  hablaremos  con Patrick, y creo que deberías decirles a tus padres que soy más que un amigo.
Asiento  entre murmullos  ininteligibles.  Mudarme  aquí  oficialmente no me parece ningún problema, pero me preocupa la reacción de Patrick y de mis padres. En realidad, lo de Patrick tampoco me preocupa demasiado, a pesar de la situación con Mikael, que aún no sé cómo voy a solucionar. La opinión de mis padres, en cambio, sí que es un problema. Para el resto del mundo, Joe podría parecer un tirano controlador, y en cierta medida lo es, pero también es muchas otras cosas. No estoy segura de si mi madre y mi  padre  serán  capaces  de ver  más  allá  de su evidente  necesidad  de dominarme y controlarme. No lo verían muy sano, pero ¿acaso no lo es si es  consentido?   Y  no  lo  acepto   por  estar   asustada   ni por  sentirme vulnerable, sino porque lo amo sin medida y porque las veces en las que me dan ganas de gritar de frustración, o incluso de estrangularlo, quedan totalmente eclipsadas con momentos como éste. Es verdad que resulta imposible,  y me enfrento  a él hasta  cierto  punto, pero no soy tan ilusa como para pensar que soy yo la que lleva los pantalones en esta relación. Sé perfectamente por qué se comporta de esta manera conmigo. Sé que teme que desaparezca de su vida, pero yo vivo con el mismo miedo. Y no tengo claro si los temores de Joe son infundados, no después de que haya descubierto su pasado.
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Noviembre 30th 2014, 07:20

Que padre capitulo siguela pronto... Smile
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Diciembre 11th 2014, 08:51

Capítulo 24
 
—Buenos días.
 
Abro los ojos; la luz natural me ciega y la música erótica que sonaba en el salón comunitario invade mis oídos. El atractivo rostro de Joe flota sobre el mío, cubierto por la barba de un día. Tiene un aspecto delicioso.
Muevo los brazos para intentar agarrarlo, pero no responden. «Pero ¿qué coño...?»
 
En su rostro se forma una sonrisa oscura y maliciosa y al instante soy consciente de lo que ha hecho. Levanto la vista y veo que tengo las manos esposadas a la cabecera de la cama.
—¿Pensabas ir a alguna parte? —pregunta.
Lo miro a los ojos y veo que los tiene cargados de deseo, enmarcados por sus largas pestañas. Debería habérmelo imaginado.
—¿Qué vas a hacer? —Tengo la voz áspera por más de un motivo.
—Vamos a hacer las paces —dice con una media sonrisa—. Querías hacer las paces, ¿no? —Enarca una ceja con confianza.
—¿Un polvo soñoliento? —repongo, probando suerte. Sé que no voy a salirme con la mía. No soy tonta.
—No. De eso, nada. Todavía no he pensado qué nombre voy a ponerle a éste —dice. Alarga el brazo hacia la mesilla de noche y coge la bolsa de seda dorada que nos regalaron en la cena del aniversario.
No  recuerdo  haberla  traído,  pero  tampoco  recuerdo  cómo  llegué  a casa. Me trajo Joe, y supongo que también cogió él la bolsa.
Se sienta  a horcajadas  desnudo  sobre  mis  caderas  y la deja  en mi vientre.
—A ver qué tenemos aquí —murmura metiendo la mano.
Me muevo un poco intentando ponerme cómoda, bueno, lo más cómoda que puedo, teniendo en cuenta que mis brazos están separados y sujetos a la cabecera por unas esposas. Joe saca un vibrador dorado.
—No necesitamos esto. —Lo mira con cara de asco y lo tira hacia atrás por encima de su hombro. Oigo cómo golpea el suelo de la habitación—. ¿Qué más hay? —se pregunta. Extrae una pequeña caja y la tira hacia atrás también, con una cara más agria todavía—. Eso tampoco nos hace falta.
—¿El  qué? —pregunto,  pero hace como que no me oye y continúa hurgando en la bolsa.
 
A continuación saca un tanga plateado de seda y lo inspecciona detenidamente antes de descartarlo también.
—No es de encaje —murmura, y vuelve a rebuscar en la bolsa. Observo  cómo  se divierte,  sentado  sobre  mis caderas  con gesto  de concentración.  No  parece  impresionado.  Saca  una  tarjeta,  la  lee  y bufa antes de romperla y tirarla junto al resto de artículos ofensivos al suelo.
—¿Qué era eso? —pregunto, muy intrigada. Me mira un momento.
—Nada que vayas a necesitar —gruñe.
—¿El qué?
—Un vale para ponerte bótox —masculla. Me echo a reír y él me ofrece una sonrisa malévola. No hay duda de que fue Sarah quien organizó las bolsas. Ojalá no lo hubiera  roto; podría haberlo  aprovechado  ella—. Estos regalos son una mierda —espeta antes de sacar un último objeto y de tirar  la bolsa  al  suelo  con el  resto  del  contenido—.  Bueno,  esto sí que parece interesante —murmura, y sostiene un anillo de goma negra unido a un artilugio con forma de bala pequeña de metal.
—¿Qué es eso? —inquiero.
Lo sostiene en el aire y lo observa antes de mirarme a mí. Sonríe y se inclina hacia adelante. Me coloca una almohada debajo de la cabeza y me da un beso casto en los labios.
—Quiero que lo veas bien —susurra. Vuelve a colocarse  sobre mis caderas y eleva la pelvis hasta estar de rodillas.
¿Qué hace? Coge el aro de goma negro, empieza a deslizarlo por su erección y de repente lo entiendo todo.
—¡De eso, nada! ¡Si yo no puedo usar artefactos que funcionen con pilas, tú tampoco! —grito, irritada, pero Joe no me hace caso—. ¡Eh! — grito de nuevo.
Mantiene la vista fija en sus manos, tira del aro hasta la base de su erección y coloca bien la bala en el tronco. Dejo escapar un bufido y echo la  cabeza hacia atrás para apoyarla en la  almohada mirando al  techo.
¡Quiero hacerlo! Incluso sin mirar a la divina criatura que tengo encima de mí, en lo único que puedo pensar es en cosas eróticas con la música sonando de fondo.
—Mírame —ordena, pero yo mantengo la vista fija en el techo. Siento cómo el colchón se hunde junto a mi cabeza cuando apoya el puño en él. Me agarra de la mandíbula con la otra mano—. Mira. —Es ese tono que me impide desobedecer. Me sacude el mentón ligeramente y mis ojos descienden hacia los suyos. Sus pozos cafés brillan de lujuria y sus labios se  separan—.  Bésame,  __.  —Baja  la  cabeza  y  yo  elevo  la  mía  para pegarlo a mí sin demora.
Ataca mi boca con avidez, la conquista con su lengua y gruñe de satisfacción. Sé que voy a acabar jadeando y temblando y que no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
 
Ese beso animal  provoca  que mis sentidos  se saturen  con ansia  de más, y de repente se aparta y sollozo.
—Vas a mirar —dice, y me muerde el labio.
—¡Apaga la música! —espeto, un poco desafiante.
Me agarra de la cadera y me lanza una mirada de advertencia.
—¿Por qué? ¿Te estás poniendo cachonda?  —No lo dice en broma. Anoche se percató de mi reacción ante la música y ahora la está usando en mi contra.
Esto va a ser una tortura.  Se aparta  de mi rostro  y se aferra  a mi pezón, absorbiéndolo con fuerza. Arqueo el cuerpo, gimo, cierro los ojos y busco dónde ocultar mi rostro. Es imposible.
—¡Abre los ojos! —ladra, y me aprieta la cadera de nuevo.
Los  abro  al  instante  mientras  él  pasa  a  mi  otro  pecho  y vuelve  a repetir   su  acción,   lamiendo,   mordiendo   y  estirando   mis  pezones   al máximo.  Me  esfuerzo  por  mantener  los  ojos  abiertos  y  no  tensar  las piernas. Quiero flexionarlas,  pero las suyas me aferran y evitan que me mueva.
¡Joder!
—Eres cruel —gimo. Lo miro y encuentro una mirada de satisfacción. Se está vengando a gusto.
Se pone de rodillas, se agarra la erección con una mano y enciende el artilugio con forma de bala con la otra. Oigo que se activa una vibración constante y él abre la boca.
—¡Vaya! —exclama.
Cierro los ojos sólo una milésima de segundo y él me coge de la cadera de nuevo obligándome a abrirlos una vez más. Respiro hondo y desciendo la mirada desde sus ojos hasta su pecho, hasta su cicatriz y hasta la mata de pelo que cubre su entrepierna. Se está sacudiendo el miembro arriba y abajo. Sus muslos se tensan. Grito de desesperación  por querer tocarlo. Ahora sé cómo se sintió él, y no es en absoluto agradable. Quiero tocarlo. Lo necesito sobre mí y no puedo tenerlo. Me siento impotente.
 
Mueve el puño y aprieta hacia atrás, retirando el prepucio y descubriendo el capullo húmedo y brillante.
—Qué gusto, nena —dice con voz grave, y una chispa se enciende en mi entrepierna—. ¿Quieres ayudarme?
Mi mirada recorre su cuerpo de nuevo hacia sus ojos.
—Vete a la mierda —respondo tranquilamente, sin preocuparme por mi lenguaje. No puede castigarme de una manera peor que ésta.
—Esa boca —dice a duras penas con un gemido, y yo lucho contra las esposas—. Vas a hacerte daño, __. Deja de resistirte —dice con la voz quebrada, mientras sigue deslizando el puño por su sólida extensión.
Tal vez si me resisto lo suficiente acabe liberándome. Le preocupará que  me  haga  daño.  Todo  el  mundo  sabe  lo mucho  que  le preocupa  mi seguridad. Me retuerzo un poco más.
—¡Para!  —ladra,  y de repente  empieza  a frotarse  a más velocidad. Esto me está matando pero, joder, me encanta verlo así, arrodillado sobre mí,  masturbándose.  Todos  los  músculos  de  su  pecho,  sus  brazos  y sus muslos se tensan más todavía, y la vena de su cuello se hincha.
—Por favor —ruego. Necesito tocarlo.
—No  es  agradable,  ¿verdad?  —pregunta—.  Acuérdate  de  esto  la próxima vez que pretendas impedir que te toque.
—¡Lo haré! Joe, por favor, suéltame. —Cierro los ojos con fuerza, gritando en mi cabeza para bloquear la música.
—¡Abre los malditos ojos, __!
—¡No! —Empiezo  a mover la cabeza con fuerza de un lado a otro. Ésta es la peor de las torturas. Nunca en la vida volveré a impedir que me toque. Jamás. Siento cómo desliza los dedos por mi sexo, recogiendo mi humedad y abriéndolo. Después me introduce el dedo con dureza. Abro los ojos como platos—. ¡Por favor!
Su rostro se descompone mientras continúa masturbándose.
—Vas a mirar —reafirma, y empieza a frotarse con más fuerza y a más velocidad—. ¡Joder! —De repente avanza, me coloca las rodillas a ambos lados de mi cabeza y la entrepierna delante de la cara—. ¡Abre la boca! —ruge, y obedezco inmediatamente sin vacilar. Se agarra con la mano libre a la cabecera y empieza a frotarse de nuevo con el puño hacia adelante y hacia atrás—. ¡Joder, joder!
 
Baja la cabeza y dirige su miembro hacia mi boca ansiosa y se corre en mi lengua. Su semen salado desciende por mi garganta. Aprovecho la ocasión para rodearlo con los labios y poder tocarlo.
Su pecho se eleva y luego empieza a relajarse. Las vibraciones de la bala recorren su verga y me hacen cosquillas en los labios mientras le doy lametones. Su polla da una sacudida al sentir mi lengua y yo lamo, chupo y absorbo  su  contenido  mientras  él  sigue  sacudiéndose  encima  de  mí  e intenta estabilizar la respiración. Abre los ojos y me mira antes de apartar el cuerpo. La vibración se detiene, y entonces oigo un leve golpe seco que me indica que el artilugio ha sido relegado al suelo.
Se acomoda entre mis muslos y me mira con expresión abstraída mientras acaricia la parte interior de mis brazos. ¿No piensa soltarme? Las eróticas notas de Enigma siguen inundándome los tímpanos y no ayuda a mi estado a punto de estallar.
—Puede que te deje así para siempre. —Pega los labios a los míos y me pasa la lengua por la boca—. Así sabré dónde estás todo el tiempo.
—Creo que eso sería acercarnos demasiado a la esclavitud sexual —susurro  contra  su  boca.  No  puede  estar  tan  loco  como  para  tenerme esposada de manera permanente.
—¿Y cuál es el problema?
—Que me gustaría pensar que me quieres por algo más que por mi cuerpo.
—Ah, te quiero por muchas otras cosas. —Recorre toda mi cara con los labios  arriba  y abajo  y vuelve  a  hundirme  la  lengua  en  la  boca—. Quiero que seas mi esposa. «¡¿Qué?!»
 
Casi le muerdo la lengua a causa del shock. Continúa tomándome la boca, como si  no  acabara de  decir  lo  que  acaba  de  decir  después de eyacular en mi boca y de tenerme inmovilizada.
Por fin se aparta y observa mi rostro estupefacto.
—Cásate conmigo —me ordena con voz suave.
—¡No puedes pedirme eso teniéndome esposada a la cama! — respondo. Joder, ¿y si digo que no? ¿Me echará un polvo para hacerme entrar en razón, ya que estamos?
¡Seguro que sí!
—¿Necesitas que te haga entrar en razón? —dice tranquilamente, y vuelve a tomar mis labios.
Estoy completamente pasmada. ¡No puede sacarme un sí a polvos tratándose de algo tan serio! Me echo a reír para mis adentros porque lo cierto es que sí que puede y que seguramente va a hacerlo.
Se aparta, baja la mirada y suspira.
—Era una broma, muy inoportuna. —Se muerde el labio y su cerebro empieza a dar vueltas dentro de esa hermosa cabeza que tiene.
Finalmente  vuelve a mirarme,  yo trato de cambiar  mi expresión  de pasmo, pero es difícil. Me ha esposado a la cama, se ha masturbado sobre mí, se ha corrido en mi boca y después me ha pedido que me case con él. Este hombre está loco de atar. Estoy tumbada debajo de él, completamente estupefacta, y no me viene a la cabeza ninguna respuesta apropiada.
—Me absorbes por completo, __ —dice—. No sé vivir sin ti. Soy totalmente adicto a ti, nena —añade con voz suave e insegura. Mi ex mujeriego dominante y seguro de sí mismo está nervioso—. Me perteneces. Cásate conmigo.
Lo miro directamente a su hermoso rostro, todavía absolutamente sorprendida.  Esto  no  me  lo  habría  esperado  jamás.  Hace  tan  sólo  unas horas que he decidido mudarme aquí, aunque Joe, en su locura, me obligó a mudarme hace una semana. No para de morderse el labio frenéticamente y me observa  mientras  yo intento  asimilar  lo que  está  pasando.  Tengo veintiséis años y él treinta y siete. ¿Por qué estoy pensando en la diferencia de edad ahora? Hasta el momento nunca me ha importado. En cambio, lo que sí debería preocuparme es su personalidad más que difícil. Ni siquiera voy a plantearme que vaya a cambiar si accedo a casarme con él. Nunca lo hará, forma parte de su persona, del hombre al que amo.
—De acuerdo —digo de pronto. Las palabras escapan en un susurro de mi boca sin pensarlo mucho. Es el paso siguiente  que tenemos que dar. Puede que sea un poco prematuro, pero me lo pida hoy o dentro de un año, la respuesta será siempre la misma—. Eres mi vida —añado para reafirmar el amor que siento por él. Quiero estar pegada a él eternamente, a pesar de su compleja personalidad. Lo amo. Lo necesito.
Mi expresión de sorpresa se ha mudado al rostro de Joe, y su mente da tantas vueltas que creo que la cabeza va a empezar a echarle humo.
—¿Sí? —pregunta con voz suave.
—Es instintivo —digo encogiéndome de hombros, y entonces soy consciente de que sigo esposada a la cama—. No hace falta que me hagas entrar en razón. ¿Te importaría soltarme ya?
El pánico lo invade. Se incorpora para coger la llave de la mesilla de noche y me libera rápidamente.  Me froto las muñecas  para resucitarlas, pero apenas me da tiempo. Joe me arrastra bajo su cuerpo y me abraza con fuerza. ¿Creía que iba a decir que no?
¡Joder, joder! Acabo de acceder a casarme con este ex mujeriego neurótico  y controlador  al  que  sólo  conozco  desde  hace  unas  semanas. Madre mía, a mis padres les va a dar algo.
 
Se deja caer de nuevo sobre la cama, me arrastra consigo y hunde el rostro en mi cuello. Sigo agarrándome con fuerza y no tengo ni el valor ni las ganas de decirle que afloje un poco. No pienso ir a ninguna parte. Ya no.
—Voy a hacerte inmensamente feliz —dice con la voz entrecortada. Me retuerzo un poco para liberarme, pero él mantiene el rostro en el mismo sitio sin moverse. Me esfuerzo un poco más y consigo apartarme lo suficiente hasta verle los ojos. Los tiene húmedos.
—Ya me haces feliz. —Le acaricio  la cara y le paso el pulgar  por debajo del ojo para recoger una lágrima derramada—. ¿Por qué lloras? — pregunto luchando contra el nudo que se me ha formado en la garganta y que hace que mi propia voz suene temblorosa.
Él sacude la cabeza con suavidad y se pasa las manos rápidamente por la cara.
—¿Ves lo que me haces? —Me agarra la cara y me la acerca a la suya hasta que estamos frente a frente—. No puedo creer que estés en mi vida. No puedo creer que seas mía. Eres tan... importante para mí, nena. —Sus ojos me recorren el rostro y sus manos me palpan las mejillas como para comprobar que soy real.
—Tú también eres muy importante para mí —respondo en voz baja. Espero que sea consciente de hasta qué punto. Para mí lo es todo..., es todo mi universo.
Sonríe suavemente.
—¿Ya somos amigos?
—Siempre. —Le devuelvo la sonrisa.
—Bien, mi misión aquí ha terminado. —Se coloca entre mis muslos y empieza a hundirse en mí lentamente—. Ahora vamos a echar un polvo soñoliento de celebración. —Coge el mando a distancia y apaga la música—. Quiero oír cómo te corres conmigo. —Abre la boca y gime. Yo acepto sus labios y él me agarra de las manos, sosteniéndolas  por encima de mi cabeza. Retrocede y empuja hacia adelante.
—El  de  antes  era  un  polvo  de  petición  de  matrimonio   —digo alrededor de su boca, y noto cómo sonríe contra mis labios, pero no dice nada ni me regaña por mi lenguaje.
Continúa entrando y saliendo a un ritmo pausado, hundiéndose profundamente, moviendo las caderas suavemente y volviendo atrás. Recupero  mi  anterior  estado  de  excitación  y los  remolinos  de  calor  se reactivan en mi cuerpo y se preparan para liberarse. Sus suaves embates embrujan mi cuerpo, como de costumbre.
Se aparta de mi boca y continúa con sus exquisitas arremetidas.
—Vas a convertirte en la señora Jonas. —Su aliento fresco me calienta el rostro mientras me mira.
—Así es. —Eso se me hará raro.
—Serás mía para siempre.
—Ya lo soy. —Ese barco ya hace tiempo que zarpó.
Cierra  los  ojos  con  fuerza  y yo  siento  la  llegada  inminente  de  su orgasmo en mi interior, lo que me empuja también a mí al clímax.
—Te adoraré todos los días durante el resto de mi vida —suelta—. ¡Joder!
—Joder  —suspiro,  y  me  tenso  debajo  de  él,  mientras  mi  sexo palpitante se acelera con rápidas y continuas pulsaciones.
Bombea una y otra vez y me besa con desesperación mientras gruñe con cada embestida,  sosteniéndome  todavía  las manos por encima  de la cabeza. Deja escapar un grito y yo envuelvo las piernas alrededor de sus caderas para acercarlo más a mí, lo que me empuja a una vertiginosa caída libre de intensos temblores cuando un relámpago de placer recorre todo mi cuerpo y me deja jadeando y sudando debajo del suyo. Él hunde la cabeza contra mi cuello con la respiración agitada y entrecortada.
—No puedo respirar —dice soltándome las manos. Inmediatamente envuelvo su fuerte y cálida espalda con ellas y me quedo atrapada debajo de él. Eleva la cabeza y su cara repta por la mía hasta que encuentra mis labios—. Te amo con locura, nena. Me alegro de que hayamos hecho las paces.
Sonrío, él se tumba y hace que me dé la vuelta hasta colocarme a horcajadas sobre su cintura. Apoyo las manos en su pecho y me las cubre con la suyas mientras yo trazo vagos círculos con las caderas.
—Lo sé. Pero si voy a casarme contigo, vas a tener que responderme a algunas  preguntas  —digo con una voz asertiva  equivalente  a su tono de «No te atrevas a desafiarme». No sé si funcionará, pero por probar que no quede.
Arquea las cejas.
—No me queda otra, ¿verdad?
—No —aseguro con altanería.
Hay cosas que necesito saber. Y no me refiero a sus conquistas sexuales pasadas. Saber exactamente con cuántas mujeres ha estado no me va a servir de nada, salvo para ponerme terriblemente celosa.
—Está bien. Dispara. ¿Qué quieres saber? —Suspira pesadamente y yo pongo cara de pocos amigos—. Perdona. —Al menos tiene la decencia de  mostrarse   arrepentido.  Mantiene las manos sobre las mías, que descansan sobre su pecho.
—¿Quién era la mujer de anoche?
—Coral  —responde  directamente  y sin vacilar, como si esperara  la pregunta.
Pongo los ojos en blanco.
—Ya sé que se llama Coral. Pero ¿quién es?
—Es la esposa del enano capullo al que expulsamos de La Mansión el día que descubriste el salón comunitario.
Anda. Me remonto mentalmente  a aquel día funesto y recuerdo a la criatura insidiosa y despreciable  que no paraba de lanzar improperios  de que me iba a follar como Joe había hecho con su mujer y de que iba a dejar un reguero de mierda.
—¿Tuviste una aventura con ella? —espeto al darme cuenta de la obviedad.
—No. —Niega con la cabeza con el ceño fruncido—. Vinieron a verme porque buscaban a alguien para que participara en un trío.
Me estremezco un poco. No es necesario que siga profundizando en eso. Él mismo se ofreció.
—¿A ti?  —susurro.  Él  asiente,  casi  avergonzado—.  ¿Por  qué  lo hiciste?
—Ella me lo pidió.
—Se enamoró de ti.
Abre los ojos un poco más al oír mi conclusión. Es evidente. Se revuelve incómodo debajo de mí.
—Supongo que sí.
Vaya.  Eso  acaba  de  generar  nuevas  preguntas.  No  me  sorprende mucho que se enamorara de él. Lo que quiero saber es la razón de su visita a La Mansión anoche y por qué pasó Joe tanto tiempo en su despacho con ella.
—¿Qué quería ayer? Desapareciste mucho rato.
Inspira profundamente y me atraviesa con una mirada decidida.
—Ha dejado  a Mike...  por mí. Y no sé por qué. Nunca  le he dado motivos para pensar que le correspondía. —Se detiene un instante y evalúa mi reacción. No estoy segura de cómo me siento. Todavía no me ha dicho qué hacía ella en La Mansión. Suspira y continúa—: Él la ha echado de casa, se ha quedado con su coche y le ha quitado todas las tarjetas. No tiene nada.
—¿Y fue a pedirte ayuda? —pregunto.
—Sí.
—¿Y qué le dijiste?  —No sé si me va a gustar  la respuesta  a esta pregunta.
—Le dije que haría lo que pudiera.  —Empieza a morderse el puto labio.
Estaba en lo cierto. No me gusta la respuesta. ¿Qué puede hacer él? Ayudándola sólo la alentará y le dará esperanzas de que las cosas pueden ir a más. Inclino la cabeza ligeramente.
—¿Tiene esto algo que ver con la policía?
Ríe ligeramente. No entiendo por qué, no tiene gracia.
—Mike está jugando sucio. Denunció a la policía que la mitad de mis empleados son inmigrantes ilegales. Pero eso se solucionó bastante rápido y no pasó nada. Sólo se trató de un pequeño contratiempo.
—¿Por qué no me contaste todo esto en lugar de dejar que diera rienda suelta a mi imaginación?
Frunce el ceño.
—¿Para qué iba a preocuparte con algo tan trivial?
Entiendo su postura pero, aun así, debería habérmelo contado, sobre todo si implicaba a otra mujer que ansiaba tener a mi hombre imposible. Le sostengo la mirada mientras continúa acariciándome las manos con los pulgares.
—Entonces ¿participaste en el trío y eso fue todo?
—Sí. —Se revuelve y aparta la mirada.
—Me  estás  mintiendo.  —Aprieto  los  dientes—.  Hubo  algo  más, ¿verdad?
—No exactamente. —Se revuelve de nuevo, todavía sin mirarme a la cara—. ¿Es necesario seguir con esto? —pregunta, irritado—. Ella se equivocó al pensar que yo quería algo más. No era así. Fin de la historia.
—Pero tuviste una aventura con ella.
—¡Sí!, ¿vale? Sí que la tuve, pero era sólo sexo, nada más. —Sus ojos cafés se tornan feroces—. Dejémoslo estar ya.
—Una vez me dijiste que nunca habías querido follarte a ninguna mujer más de una vez, sólo a mí. —Jamás olvidaré ese comentario y, por estúpido que suene, después de todos los tantos que Joe se ha anotado conmigo en  su  cama gracias a  él,  me  gustaría pensar  que  sólo se  ha acostado más de una vez conmigo.
—Yo nunca dije que no me hubiera acostado con ninguna mujer más de una vez. Lo que dije es que nunca he querido estar con una mujer más de una vez. No era más que un medio para lograr un fin. Me lo ofrecía en bandeja.
—Entonces ¿te has follado a más mujeres más de una vez? —digo, herida. Qué ridículo. Era un mujeriego hedonista antes de conocerme. Y sé que estoy pisando un terreno que, sin lugar a dudas, va a despertar unos celos atroces en mí.
—¡__, vigila ese lenguaje!
—¡No! ¡No cuando me estás contando que te has follado a otras mujeres! No soy la única a la que te has follado más de una vez, ¿verdad?
Me gruñe y yo lo miro con el ceño fruncido.
—No —admite, y me sigue acariciando  las manos con los pulgares, aunque más de prisa—. Pero tienes que entender que ninguna de ellas ha significado  nada  para mí. Sólo  las  usaba,  las  trataba  como  objetos.  No estoy  orgulloso  de  ello,  pero  es  la  verdad. Y eran  conscientes  de  la situación, __. Todas querían algo más, pero sabían que no podían esperarlo. Ahora, en cambio, han visto que sí que puedo ser un hombre de una sola mujer.
Me están entrando náuseas. Sabía que esta conversación iba a revolverme el estómago. ¿Y cuántas de ellas van a aparecer reclamando a mi obseso controlador y neurótico? La mujer de Mikael ya lo ha hecho, y ahora también Coral.
—Sigue enamorada de ti —digo en voz baja. Ésa es la otra razón por la que Coral estaba en La Mansión anoche—. No puede tenerte. Ninguna de ellas puede —añado para que sea consciente de que sé que vendrán más. Siento como si me estuviera preparando para la guerra.
Su mirada se relaja y en su boca se forma una media sonrisa.
—No puede, ya se lo he dicho. Ninguna de ellas puede. Soy sólo tuyo.
—Y tampoco quiero que ayudes a Coral. No es justo que esperes que me parezca bien.
—__, no puedo darle la espalda. —Parece sorprenderle lo que le exijo. Me quedo estupefacta. ¿Qué pasa? ¿De repente tiene conciencia?
—Está bien. Entonces yo seguiré trabajando para Mikael. —No sé por qué acabo de decir eso. Soy una estúpida. Su mirada ha pasado de suave y tranquilizadora a tornarse oscura y severa. ¿Cuándo aprenderé?
—Espero que retires eso. —Su pecho comienza a agitarse debajo de mí, y su mandíbula se tensa hasta el punto de partirse. Así es exactamente como me hace sentir a mí que él ayude a Coral.
—No —espeto. Estoy tentando mi suerte.
—Tres —empieza.
—¡De eso, nada! —Hago ademán de bajarme de su cuerpo, pero me agarra las manos con fiereza y me lo impide.
—Dos.
—¡No!  ¡No voy a aceptar  una cuenta  atrás en este asunto!  De eso, nada, Jonas. ¡Puedes coger el cero y metértelo por el puto culo! —Intento liberarme y mi cabreo va aumentando conforme más fuerte me sujeta.
—¡ESA BOCA! —De un tirón, me pone boca abajo sobre la cama y me cubre con su cuerpo—. Uno.
—¡Que te den! —No pienso retractarme.
—Cero, nena. —Desplaza los dedos directamente a mis caderas y los clava justo en mi punto débil con fuerza.
Lanzo  un  grito  y  me  sume  en  un  infierno  con  sus  incesantes cosquillas. Joder, no para, y  de  repente siento que la  vejiga me  va  a reventar.
—¡Vale, vale! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —No puedo soportarlo más.
Para inmediatamente y me da la vuelta. Su cuerpo sigue atrapándome contra la cama.
—Bésame —me ordena, y se inclina un poco hasta que sus labios planean sobre los míos.
 
Levanto la cabeza y lo beso con pasión mientras exhala en mi boca un sonido gutural de pura satisfacción. Estoy furiosa. Estoy furiosa con él por hacer  como  si no tuviera  de qué preocuparme  con Coral.  Estoy  furiosa porque ha accedido a ayudarla. Estoy furiosa porque ella está enamorada de él. Estoy furiosa porque muchas otras mujeres también lo quieren, y estoy furiosa conmigo misma por ceder a sus órdenes.
Me muerde el labio y lo arrastra entre sus dientes.
—Para mí sólo existes tú, __. Te quiero.
—Sólo yo.
—Buena chica. —Me regala una sonrisa, mi sonrisa—. Y ahora que te he follado tengo que alimentarte.
Quiero corregirlo. En realidad, me  ha  esposado a  la  cama, se  ha masturbado sobre mí, se ha corrido en mi boca y me ha exigido que me case con él.
—¿Va a venir Cathy? —pregunto.
—No, tiene los fines de semana  libres. Arriba. —Me agarra de los brazos y me incorpora.  Se levanta de la cama, recoge los artilugios  que antes ha tirado al suelo y vuelve a meterlos en la bolsa dorada de seda.
Observo cómo desaparece en el vestidor y sale unos instantes después ataviado con los pantalones de pijama verdes de cuadros, mis preferidos, y sin camiseta. Me recuesto para admirar su cuerpo.
—¿Piensas pasarte todo el día ahí tumbada?
Alzo la vista y veo que me está mirando. Cruza los brazos sobre su pecho y flexiona los músculos. Me paso la lengua por el labio inferior.
—Prometiste que nos levantaríamos tarde —le recuerdo.
Se acerca,  me coge del tobillo y tira de mí hasta el extremo  de la cama. Apoya sus rígidos brazos, hunde los puños en el colchón a ambos lados de mi cabeza y me dice:
—Dime que somos amigos.
—Somos amigos —susurro. ¿No había quedado claro ya?
—Dime que me quieres. —Frota su nariz contra la mía.
—Te quiero.
Sus ojos cafés brillan y sus labios forman una sonrisa.
—Dime que vas a casarte conmigo.
—Voy a casarme contigo.
—Estoy ansioso. Bésame. —Su tono ronco hace que la cabeza me dé vueltas.
 
Le rodeo  el  cuello  con las  manos  y lo beso  con adoración.  Siento cómo sonríe pegado a mi boca mientras  se levanta  de la cama con mis brazos a su alrededor. Mis muslos rozan sus caderas y me agarro a él con las piernas. Sigo besándolo mientras me lleva al cuarto de baño y cuando despega mis piernas de su cuerpo con la mano libre gruño disgustada y él se echa a reír.
—Lávate  los  dientes.  Voy  a  preparar  el  desayuno.  —Se  lleva  las manos al cuello y me aparta los brazos.
—¿Necesito lavármelos? —pregunto, un poco herida.
—No, pero pensaba que quizá querrías hacerlo.
Me da la vuelta, me pone de cara al espejo y me besa en el hombro. Después me da una palmada en el culo y sale del baño.
 
¿Así que voy a casarme con él? Tengo que hablar con mis padres, y pronto.  Me  estoy  temiendo  la  conversación.  Observo  mi  imagen  en  el espejo. Mi pelo oscuro es una masa de ondas enmarañadas. Tengo los ojos brillantes, los labios rosados y las mejillas encendidas. No estoy mal.
Sin darme cuenta, cojo el cepillo de dientes, vierto un poco de pasta sobre las cerdas y medito sobre lo bien que me siento. Nunca me había sentido tan fresca y vital. Sólo hay un motivo para eso, y se llama don Imposible. Joder, a Kate le va a dar algo, y no quiero ni pensar lo que mis padres van a pensar de todo esto. Después de lo de Matt, mi madre me dijo que no me prendara  demasiado  del primer  hombre  que me mostrara  un poco de atención. No creo que le haga mucha gracia que, de hecho, vaya a casarme con el primer hombre que me ha prestado algo de atención. Definitivamente tengo que decírselo con mucho tiento.
Comienzo a cepillarme alegremente los dientes mientras me aparto un mechón de pelo suelto de la cara con la otra mano. Algo llama mi atención de inmediato.
«¿Qué coño es eso?»
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Diciembre 12th 2014, 06:41

Que sera???? :O....
Esta bien padre por favor siguela pronto sii.... Very Happy
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Diciembre 12th 2014, 06:42

Que sera???? :O....
Esta bien padre por favor siguela pronto sii.... Very Happy
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ale-Jonas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Diciembre 12th 2014, 06:42

Que sera???? :O....
Esta bien padre por favor siguela pronto sii.... Very Happy
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Diciembre 30th 2014, 12:29

Capítulo 25
 
Escupo  pasta de dientes  por todo el espejo  al dejar  escapar  un grito de sorpresa. El cepillo se me cae de las manos y forma un pequeño estrépito en el lavabo. Me miro la mano izquierda, que de repente siento pesada, y me agarro al borde del mueble  para no caerme  al suelo. Parpadeo  unas cuantas veces y sacudo la cabeza. Debería dejarlo pasar, tal vez estoy alucinando o algo. Pero no. Delante de mí, cegándome, tengo un diamante tremendamente enorme, que luce orgulloso en mi dedo anular.
—¡Joe!  —chillo,  y empiezo  a desplazarme  a tientas  sin soltar  el borde del mueble hasta que estoy lo bastante cerca del diván como para dejarme caer sobre él.
Hundo la cabeza entre las piernas para intentar controlar la respiración, así como los frenéticos latidos de mi corazón. Creo que voy a desmayarme.
 
Oigo  cómo  cruza  la  puerta  del  baño  a  la  carrera  pero  no  consigo levantar la cabeza.
—__,  nena,  ¿qué  pasa?  —Parece  aterrado.  Se  postra  de  rodillas delante de mí y me apoya las manos en los muslos.
Soy  incapaz  de  hablar.  Tengo  un  nudo  en  la  garganta  del  mismo tamaño que el diamante de mi mano izquierda.
—¡__, por el amor de Dios! ¿Qué ha pasado?
Me levanta la cabeza con suavidad y me busca la mirada. Su rostro está  cargado  de  desesperación,  mientras  que  el  mío  está  cubierto  de lágrimas. No sé qué me ha llevado a decir que sí, pero con la repentina aparición de este anillo en mi dedo acabo de ser tremendamente consciente de la realidad de lo que está sucediendo.
—¡Por favor! ¡Háblame! —ruega con desespero.
Trago saliva en un intento de escupir algunas palabras, pero no funciona, así que recurro a levantar la mano. Joder, pesa una barbaridad.
Observo a través de mis ojos húmedos cómo se forman arrugas en su frente y desvía su mirada confundida de mis ojos a mi mano.
—Vaya, por fin lo has visto —dice secamente—. Sí que has tardado. Joder, __. Acaban de darme mil infartos. —Me coge la mano y pega los labios en ella al lado de mi nuevo amigo—. ¿Te gusta?
—¡Joder!  —grito  sin  poder  creerlo.  Ni  siquiera  voy  a  preguntar cuánto ha costado. Esto es demasiada responsabilidad.  Un suspiro escapa de mis labios mientras me llevo rápidamente la mano al pecho en busca de mi otro amigo.
—Está a salvo. —Me coge la mano y me la baja hasta colocarla sobre la otra en mi regazo desnudo. Suspiro de alivio mientras él me acaricia el dorso de ambas con los pulgares y sonríe—. Dime, ¿te gusta?
—Sabes que sí. —Miro el anillo. Es de platino, sin lugar a dudas, un aro plano  coronado con un reluciente diamante cuadrado. Me están entrando sofocos—. Un momento. —Lo miro con la frente arrugada por la confusión. Puede que vaya a necesitar el vale del bótox después de todo—. ¿Cuándo me lo has puesto?
Sus labios forman una línea recta.
—Justo después de esposarte.
Abro unos ojos como platos.
—Demasiado seguro estabas.
Se encoge de hombros.
—Uno puede ser optimista.
¿Lo dice en serio?
—Yo llamo engreimiento a eso que tú llamas optimismo.
Sonríe.
—Llámalo como quieras. Ella ha dicho que sí. —Se abalanza sobre mí, arrastra mi cuerpo desnudo al suelo frío y duro del baño y entierra el rostro entre mis tetas. Me echo a reír mientras él me fuerza.
—¡Para!
—¡No! —Me muerde una teta y empieza a absorberla en su boca—. Voy a hacerte un chupetón —farfulla alrededor de mi piel.
Incluso  si  pudiera  detenerlo  no lo haría.  Lo  dejo  que  haga  lo  que quiera y hundo los dedos en su pelo. Me quedo con la boca abierta una vez más al ver de nuevo el anillo. No me puedo creer que me lo haya puesto antes de preguntarme, el muy arrogante. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta hasta ahora?
Estaba distraída...
—Ya está —anuncia, e imprime un beso casto sobre su marca—. Ya estamos empatados.
Desciendo la mirada hacia el círculo perfecto que acaba de hacerme en el pecho y después a Joe, que observa su obra con satisfacción.
—¿Contento? —pregunto.
—Sí. ¿Y tú?
—Encantada.
—Bien, mi misión aquí ha terminado. Siguiente trabajo: alimentar a mi seductora. Arriba. —Me pone en pie—. ¿Tardarás mucho en bajar?
—Unos cinco minutos más o menos.
—Más o menos —repite con tono burlón, y se inclina para morderme la oreja—. Date prisa. —Me da una palmada en el culo y vuelve a dejarme sola.
Una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro sonrojado. He dicho que sí. Y no tengo ninguna duda. Ninguna. Mi sitio está con Joe, lo tengo claro. Qué locura.
 
Termino de cepillarme los dientes, me doy una ducha rápida y me afeito las piernas. Cojo su camisa de la puerta y me la pongo con unos shorts deportivos. Atravieso el descansillo y recuerdo el correo que todavía no le he dado. Me desvío hacia la habitación color crema, cojo el correo y bajo la escalera, pasando por alto el hecho de que hace apenas unos veinte minutos que me ha dejado en el baño y ya lo echo de menos.
 
Está en la cocina, con el dedo en el tarro de mantequilla de cacahuete, mientras observa concentrado la pantalla de su portátil. Miro con el mismo asco de siempre el bote de mantequilla de cacahuete y con el mismo embelesamiento  de siempre a ese hombre tan hermoso y me siento en el taburete frente a él.
—Toma. Se me olvidó darte esto. —Le paso el correo y me sirvo un poco de zumo de naranja.
—Ábrelas tú.
De repente veo las llaves de mi coche sobre la encimera.
—¿Mi coche está aquí?
—Lo  ha traído  John  —dice,  y continúa  observando  la pantalla  del ordenador. Sonrío para mis adentros al imaginar al grandullón de John conduciendo mi Mini—. ¿Eres religiosa? —pregunta de pronto como si tal cosa.
Arrugo la frente mientras me bebo el zumo.
—No.
—Yo tampoco. ¿Prefieres alguna fecha en particular?
—¿Para qué? —inquiero. Parezco confundida, y lo estoy. Levanta la vista y me mira con el ceño fruncido.
—¿Quieres convertirte en la señora Jonas en alguna fecha en concreto?
Vaya.
—No sé —digo encogiéndome de hombros—. ¿El año que viene? ¿El otro?
Cojo  una  tostada  y  empiezo  a  extender  la  mantequilla.  Sólo  hace media hora que me lo ha pedido; necesito espabilarme un poco todavía. Ya tendremos tiempo para decidir eso, y aún tengo que hablar con mis padres.
El tarro de mantequilla  de cacahuete cae de repente sobre la isla de mármol con un fuerte impacto y doy un brinco.
—¡¿El  año  que  viene?!  —exclama  Joe  con  un  gesto  de  puro disgusto.
—Vale, pues el otro. —Supongo que el año que viene es un poco pronto.  Parto  la  tostada  por  la  mitad  y le  doy  un bocado  a una  de  las esquinas.
—¿El otro? —dice con indignación.
Lo miro y veo su hermoso semblante desfigurado de incredulidad. La verdad es que me da igual. El siguiente, entonces, lo mismo me da. Me encojo de hombros y continúo masticando la tostada.
Frunce el ceño, cabreado.
—Nos casaremos el mes que viene —espeta. Coge el tarro de nuevo y mete el dedo con agresividad—. El año que viene... —farfulla sacudiendo la cabeza.
Casi me atraganto con la tostada, y empiezo a masticar frenéticamente para vaciar rápidamente la boca. ¿El mes que viene? ¿Se ha vuelto loco?
—¡Joe, no puedo casarme contigo el mes que viene!
—Puedes y lo harás —dice sin mirarme.
Me paro a pensar un momento. Aún no les he dicho a mis padres que estoy  viviendo  con  él,  y  menos  todavía  que  vaya  a  casarme.  Necesito tiempo.
—No, no puedo —repongo, medio riendo. Debe de estar de broma.
Me mira con ojos feroces y vuelve a dejar el tarro con un golpe. Doy otro brinco.
—¿Perdona? —inquiere, realmente estupefacto.
—Joe, mis padres ni siquiera te conocen. No puedes esperar que los llame y que les dé una noticia como ésa por teléfono. —Ruego para mis adentros que sea razonable. He visto esa cara muchas otras veces y siempre indica que no va a ceder.
—Iremos a visitarlos. No voy a andarme con tonterías, __.
Bebo nerviosa otro trago de zumo mientras él sigue atravesándome con la mirada. La idea de presentárselo a mis padres me llena de temor. ¿A qué les digo que se dedica? Su sugerencia de decirles que regenta un hotel no colará eternamente.
Vacilo bajo su dura mirada, pero he de mantenerme firme en esto.
—No estás siendo razonable —protesto con voz tranquila.
De todos modos, no se puede organizar una boda en un mes. Le doy otro mordisco a mi tostada y absorbo el resentimiento que emana de cada poro de mi hombre exigente.
—¿Me amas? —pregunta de repente. Lo miro con el ceño fruncido.
—No preguntes tonterías. —A veces se pone imposible.
—Bien —gruñe con total irrevocabilidad mientras vuelve a centrar la atención en el portátil—. Yo también te amo. Nos casaremos el mes que viene.
Dejo caer la tostada con exasperación.
—Joe, no voy a casarme contigo el mes que viene. —Me levanto del taburete, acerco mi plato a la basura y tiro la mitad de mi desayuno. Se me ha quitado el apetito.
—Ven aquí —gruñe a mi espalda.
Me vuelvo para mirarlo y veo de nuevo su expresión de fiereza. ¿Qué problema  hay en  esperar?  Sólo  serán  un  año o  dos.  No  pienso  huir  a ninguna parte.
—No —le contesto. Abre los ojos como platos—. Y no vas a conseguir que acepte  con un puto polvo. Olvídalo. —No pienso ceder. Dicen que se debe empezar  como se pretende continuar. Sé que no las tengo todas conmigo, pero haré todo lo posible por mantener mi postura.
—Esa boca, __. —Su rostro se torna severo y sus labios forman una línea recta mientras me atraviesa con la mirada—. Tres.
—¡No! —Me echo a reír—. ¡Ni se te ocurra! —Empiezo          a inspeccionar la cocina buscando una vía de escape, pero él está más cerca de la salida que yo, así que no podré evitar que me atrape.
—Dos. —Se levanta y empieza a frotarse las manos.
—¡No!
—Uno.
—¡Joe,  vete  a  la  mierda!  —Me  reprendo  a  mí  misma  por  mi lenguaje,  que seguramente  no ha hecho sino alimentar  su enfado.  Decir tacos y desafiarlo no es una buena combinación.
—¡Esa boca! —ladra—. Cero. —Empieza a rodear la isla en dirección hacia mí, y yo comienzo a girar por instinto hacia el otro lado—. Ven aquí —dice con los dientes apretados, y se detiene un momento antes de venir a por mí en la otra dirección.
Me aseguro de estar siempre al otro lado de la isla.
—No. ¿Qué prisa hay? No voy a irme a ninguna parte. —Intento que entre  en  razón.  Sé  que  en  cuanto  me  ponga  las  manos  encima  habré perdido.
—Ya, claro. ¿Por qué lo estás retrasando, entonces? —dice mientras continúa persiguiéndome con calma.
—No lo estoy retrasando. Se tarda más o menos un año en organizar una boda.
—No la nuestra. —Empieza a avanzar de prisa con expresión amenazadora  y yo corro en la dirección opuesta—. Deja de huir de mí, __. Sabes que me pone muy furioso.
—¡Pues  sé  razonable!  —Casi  me  echo  a  reír  cuando  de  repente cambia de dirección y yo tiro hacia el otro lado.
—¡__!
—¡Joe! —lo imito burlonamente calculando las posibilidades que tengo de llegar al pasillo y de subir la escalera sin que me atrape. No son muchas.
—¡Ya está bien! —grita, y echa a correr hacia mí.
Salgo pitando en dirección  al pasillo. Sé que no lograré  llegar  a la escalera, así que pongo rumbo hacia el gimnasio e intento cerrar la puerta de cristal. Él está pegado al otro lado, empujándola contra mí, pero con cuidado para no hacerme daño. Podría tirarme al suelo si quisiera con un golpe de su meñique.
—Suelta la puerta —grita.
—¿Qué vas a hacer?
Al instante disminuye la presión contra la puerta y me mira a través del cristal con aire de preocupación.
—¿Tú qué crees que voy a hacer?
—No lo sé —miento. Sé perfectamente lo que va a hacer. Va a echarme un polvo para hacerme entrar en razón.
Las manos pegadas a la puerta evitan que me lleve los dedos al pelo.
 
Su inquietud parece aumentar y la presión disminuye aún más. Aprovechando la situación, cierro la puerta y corro el pestillo.
Se queda con la boca abierta.
—No me puedo creer que hayas hecho eso. —Intenta abrir y yo retrocedo—. __, abre —ordena. Niego con la cabeza. Su pecho desnudo empieza a agitarse con violencia—. __, ya sabes cómo me hace sentir no poder tocarte. Abre la puerta.
—No. Dime que vamos a hablar sobre «nuestra» boda de manera razonable.
—Eso hacíamos. —Intenta abrir de nuevo y la puerta tiembla—. __, por favor, abre.
—No, no estábamos hablando de ello, Joe. Tú me estabas diciendo cómo iba a ser. Nunca antes habías tenido una relación de pareja, ¿verdad?
—No. Eso ya te lo he dicho.
—Se nota. Se te da como el culo.
Me mira con sus ojos cafés y ansiosos.
—Te quiero —dice suavemente, como si eso lo explicara todo—. Abre la puerta, por favor.
—¿Vamos  a hablarlo?  —pregunto.  Nunca  había  tenido  tanto  poder sobre   él.  Sé  lo  mucho   que  detesta   no  poder tocarme   y  me  estoy aprovechando de su debilidad, pero es la única que le conozco, así que si tengo que usarla, lo haré, sobre todo en asuntos de esta magnitud.
Se muerde el labio inferior con nerviosismo mientras reflexiona sobre mi exigencia. Suspira.
—Está  bien. Abre la puerta. —Pone  la mano sobre la manija,  pero entonces  me viene  otra  cosa  a la mente,  algo que podría  provocar  otra cuenta atrás más tarde. Será mejor que mate dos pájaros de un tiro.
—Voy a salir con Kate esta noche —le digo, desafiante. Él abre unos ojos como platos, tal y como imaginaba.
—¿Qué?
—Anoche te dije que iba a salir con Kate —le recuerdo.
—¿Y? Abre la puerta.
—No puedes evitar que vea a mi amiga. Si me caso contigo no es para que controles cada uno de mis movimientos. Voy a salir con Kate esta noche, y tú me dejarás hacerlo... sin montarme una escena —digo con voz tranquila y asertiva mientras, por dentro, me preparo para un polvo que me haga entrar en razón que supere todos los anteriores.
—Te estás pasando, señorita. —Aprieta la mandíbula y yo exhalo un suspiro de agotamiento.
¿Me  estoy  pasando  porque  quiero  salir  con  mi  amiga?  Le  doy  la espalda y me acerco al banco de pesas, me siento y me pongo cómoda. No pienso abrir la puerta hasta que ceda, así que puede que tenga que pasarme aquí un buen rato.
—__, ¿qué  haces?  Abre  la  maldita  puerta.  —Observo  cómo  la sacude  con  violencia.  Joder,  lo  amo,  pero  tiene  que  dejar  de  ser  tan irracional y tan protector.
—No voy a abrir la puerta hasta que empieces a ser más razonable. Si quieres casarte conmigo, tendrás que relajarte.
Me mira como si fuera estúpida.
—Es razonable que me preocupe por ti.
—Joe, tú no te preocupas, te torturas.
—Abre la puerta. —Vuelve a sacudir la manija.
—Voy a salir con Kate esta noche.
—Vale, pero no vas a beber. ¡Abre la puta puerta!
Ah, sí, también deberíamos hablar de eso, pero creo que ya le he dado suficientes disgustos en una sola mañana. Está muy agobiado, lo cual es bastante absurdo porque estoy justo aquí delante. Me levanto y empiezo a acercarme a la puerta. Quito el pestillo y me quedo delante de él antes de que le dé algo. Corre hacia mí y me estrella contra su pecho. Después nos baja al suelo sobre una de las colchonetas.
Me aprisiona con su cuerpo y respira con fuerza en mi cabello.
—Por favor, no vuelvas a hacerme esto —ruega, y de repente me siento tremendamente culpable. La ansiedad que siente cuando hago estas cosas es la parte más irracional de su manera de ser—. Prométemelo.
—Es la única manera que tengo de hacer que me escuches. —Intento apaciguarlo acariciándole la espalda mientras siento los fuertes latidos de su corazón contra mi pecho.
—Te escucharé. Pero no vuelvas a interponer barreras físicas entre nosotros.
—No puedes estar conmigo todo el tiempo.
—Lo sé, pero cuando no lo esté será bajo mis propias condiciones.
Me echo a reír y me llevo las manos a la cabeza.
—¿Y qué hay de mí?
Se aparta ligeramente hacia atrás y me mira con el ceño fruncido.
—Te escucharé —masculla a regañadientes—. Estás siendo una futura esposa muy desafiante —dice, y entierra de nuevo la cabeza en mi cuello enfurruñado.
No ha pillado por dónde iba. Aunque no me molesto en rebatirle eso. Esperaba que me empotrara contra la pared y que me follara hasta que sólo me quedara un hálito de vida después de mi rebeldía, así que el hecho de que esté aquí  abrazándome me sorprende bastante. Puede que haya encontrado mi herramienta de negociación.
Se sienta y me coloca sobre su regazo.
—¿Por qué no os venís a La Mansión a tomar algo?
—¡De eso, nada! —exclamo.
—¿Por qué no? —Parece sentirse insultado.
—¿Para que estés controlándome?
—Es lógico. Así puedes beber, y yo me aseguro de que estás bien, y después puedo traerte a casa.
Hace que suene lo más lógico del mundo, pero no pienso caer en la trampa. Si accedo no volveré a pisar un bar en la vida.
—No. Fin de la historia —digo con firmeza.
Hace un mohín y yo sacudo la cabeza  para reafirmar  mi respuesta. Además, la tía esa estará allí, mirándome mal y soltando sus comentarios desagradables. De eso, nada.
—Eres imposible —dice, frustrado, y se levanta conmigo en brazos. Me pone de pie y me da un beso inocente—. Voy a ducharme. Acompáñame. —Enarca una ceja sugerentemente y me sonríe con malicia. Que me exija cosas como ésta no me molesta tanto.
—Yo ya me he duchado.
—Pues vuelve a ducharte conmigo.
—Subiré dentro de un minuto. Tengo que llamar a Kate. —Me aparto de él y me dirijo a la cocina—. ¿Y mi teléfono?
—Cargándose. ¡No tardes! —me grita. Encuentro el móvil y llamo a Kate.
—¿Sí? —responde con voz ronca al otro lado de la línea. Parece resacosa.
—Hola. ¿Te encuentras mal? —pregunto.
—No, cansada. ¿Qué hora es?
Miro el reloj del horno.
—Las once.
—¡Mierda!  —exclama,  y oigo  ruidos  de fondo—.  Samuel,  eres  un capullo. ¡Llego tarde! ¡__, debería estar en Chelsea entregando una tarta! Luego te llamo.
—Oye, ¿vamos a salir hoy al final? —digo antes de que me cuelgue.
—Claro. ¿Te dan permiso? —bromea.
—¡Sí! Te recojo a las siete.
—¡Vale! Hasta luego.
Cuelgo, y mi teléfono me alerta inmediatamente de que tengo un mensaje  de  texto.  Lo  abro  y  en  ese  instante  el  video portero  del  ático empieza  a sonar. Mientras me acerco al dispositivo  inalámbrico  que me conectará con Clive, ojeo la pantalla.
Se me hiela la sangre. Es de Mikael.
No quiero leerlo, pero el pulgar pulsa la tecla y abre el mensaje antes de que logre convencer a mi cerebro de que lo borre sin leerlo.
 
No podré quedar el lunes. Regreso a Dinamarca temporalmente. Te llamaré a mi vuelta para reorganizar nuestra reunión.
 
El corazón se me sale por la boca y me ahoga. De repente el teléfono empieza a vibrar en mi mano. ¿Qué hago? Ni siquiera se me pasa por la cabeza comentárselo a Joe. Sé que montará en cólera. Elimino el mensaje inmediatamente. De lo contrario, conociendo su mala costumbre de fisgonearme  el  móvil,  seguro  que  lo  encuentra.  Tampoco  contesto.  Al menos, tengo un poco más de tiempo para pensar sobre el tema y hablar con Patrick. ¿Cuánto pasará fuera? ¿Cuánto tiempo tengo para prepararme para esa reunión? Me planteo contestarle y decirle que sé lo de su mujer y Joe, pero el video portero suena de nuevo y me sobresalta.
Contesto a Clive.
—__, ha llegado una entrega para ti. Subiré dentro de un minuto.
Cuelga sin darme tiempo a preguntar qué o de quién es. Vuelvo a la cocina, ansiosa y nerviosa, y empiezo a buscar en mi teléfono la opción de cambiar el PIN para evitar que Joe intercepte más mensajes que Mikael pueda enviarme. Sospechará cuando descubra que lo he bloqueado, pero prefiero lidiar con el hecho de que se sienta ofendido a enfrentarme a un huracán de un metro noventa azotando toda la casa. Sabe que no me gusta que me coja el teléfono, así que no me costará mucho restarle importancia. No tengo elección.
 
Me dirijo hacia la puerta. Ya me encargaré de esto el lunes por la mañana,  cuando  Jesse  no esté  tan cerca  de mí  y de mi  teléfono.  Hasta entonces,  tengo  que  fingir  que  estoy  tranquila  y  relajada,  y  tengo  que hablar con Patrick sin falta.
Abro la puerta, oigo la llegada del ascensor y el inconfundible sonido de los gruñidos de Clive, y me encuentro al conserje levantando caja tras caja y bolsa tras bolsa.
—__, tienes un grave problema. Creo que eres adicta a las compras o algo así. ¿Lo meto todo en el piso? —resopla.
—Eh..., sí.
Miro y veo bolsas de Harrods y cajas de regalos por todas partes. Pero ¿qué coño...? Me quedo como un pasmarote y sujeto la puerta con la boca abierta mientras Clive lo saca todo y lo mete en el ático.
No puedo creer que haya hecho esto. Debería haber sospechado que tramaba algo cuando me ha dejado salirme con la mía tan fácilmente. O, mejor dicho, cuando me ha hecho creer que me salía con la mía. Ese tío debió de gastarse una fortuna absurda ayer.
Clive deja la última bolsa y se dirige de nuevo hacia la puerta.
—Eso es todo. ¿Dejaste algo?
Miro desconcertada hacia la espalda de Clive.
—¿Cómo?
Se vuelve y frunce el ceño.
—En la tienda. ¿Los dejaste sin existencias?
—Eh..., sí. Gracias, Clive.
—Ah,  ha  venido  una  joven  —me  informa,  pero  cierra  la  boca  de repente al darse cuenta del error que acaba de cometer.
Eso me saca inmediatamente de mi estado de aturdimiento.
—¿Ah, sí? —espeto.
Sus viejos ojos están abiertos como platos.
—Eh..., bueno, no sé... —farfulla, y empieza a retroceder—. Ahora que lo pienso creo que venía buscando a otra persona. No estoy seguro. — Le da la risa nerviosa—. Cosas de la edad.
—Sí, venga ya, Clive. ¿Tenía el  pelo corto y  negro? —pregunto. Calificó de «madurita» a la mujer rubia de pelo ondulado que resultó ser la mujer de Mikael (o ex mujer).
—No estoy seguro, __.
La verdad es que me da lástima. El pobre hombre no tiene por qué pasar por esto.
—Mantendremos esto en secreto, ¿de acuerdo?
—¿Sí? —dice, y parece aliviado.
—Sí. No le cuentes a Joe nada sobre esa joven, y yo no le hablaré a nadie sobre las costumbres de nuestros vecinos.
Deja escapar un grito ahogado. Sí. Me gusta jugar sucio, viejo. Entro en  casa  y  cierro  la  puerta  en  sus  narices.  Bastante  tiene  ya  mi  pobre cerebro. No voy a contárselo a Joe. No quiero que hable con Coral, ni que la ayude, ni que la vea. Tengo un montón de inseguridades y de temores, estoy intentando superar unos celos inmensos y acabo de comprometerme a pasar una vida entera así. He accedido a casarme con él. ¿Acaso  soy idiota?
 
El teléfono de Joe empieza a sonar en la cocina y sigo la melodía hasta que me encuentro delante de la isla mirando la pantalla. Sabía quién era antes de mirarla. Para bien o para mal, respondo, haciendo caso omiso de los gritos de mi conciencia, que me dicen que soy una hipócrita.
—¿Coral? —digo, alto y claro. Ella guarda silencio, pero no cuelga—. Coral, ¿qué quieres?
—¿Está Joe? —pregunta con timidez, y me quedo sorprendida al ver que sigue  sin  colgar.  Entonces  me  doy  cuenta  de  que  esperaba  que  lo hiciera al oír mi voz. Puede que sólo quisiera que fuera consciente de que lo sé, no estoy segura, pero sin duda tiene agallas.
—Se está duchando.  ¿Puedo ayudarte  yo? —digo con tono amable, pero con una pizca de irritación.
—No, necesito hablar con él. —Ella no se muestra amistosa. Parece sentirse insultada.
—Coral, quiero que dejes de molestarlo. —Tengo que ser clara, ahora que parece que Joe ha desarrollado una conciencia.
—Eres __, ¿verdad? —pregunta. No sé cómo calificar su tono.
—Sí. —Intento mantener la serenidad, pero no tengo ni idea de adónde se dirige esta conversación, y estoy empezando a ponerme de los nervios.
—__, va a hacer que lo necesites, y después te abandonará. Aléjate de él ahora que aún puedes —dice, y cuelga.
 
Me quedo ahí plantada con el teléfono de Joe todavía suspendido junto a mi oreja, mirando hacia todas partes totalmente saturada de nuevo. No puedo alejarme. Ni ahora ni nunca. Además, él no me lo permitiría. Y no quiero hacerlo. Intento convencer a mi cerebro de que sólo está celosa, de que todas esas mujeres se sienten despechadas porque Joe las rechazó a todas, las utilizaba y las dejaba cuando se aburría o se cansaba de ellas. Ésa es la razón más lógica. Sé cómo me sentí los días que estuve sin él, y si es así como se sienten todas esas mujeres, lo entiendo perfectamente. Y me sabe mal por ellas, pero yo no tengo la culpa de que no puedan asumir el hecho de que haya cambiado su manera de ser por mí; no por ninguna de ellas..., sino por mí. Ha dejado de beber por mí. Ha dejado sus correrías sexuales por mí. Todo eso forma            parte de su pasado,             un pasado desagradable, pero pasado al fin y al cabo. Todo quedó atrás, y no puedo recriminárselo.
Me pongo derecha para mostrarme a mí misma mi determinación. No pienso  alejarme  de  él  jamás.  Ha  hecho  que  lo necesite,  pero  sé que  él también me necesita a mí. No pienso irme a ninguna parte.
 
Dejo  el  teléfono  sobre  la  encimera,  regreso  a  la  sala  de  estar  y recuerdo al instante lo que ocupaba mi mente antes de la llamada de Coral. Me quedo de pie cruzada de brazos, mirando la montaña de bolsas y cajas que tengo delante. No sé si emocionarme o ponerme furiosa. No respeta nunca mis opiniones ni mis deseos, con su manera de ser neurótica e imposible, y ahora empiezo a temer que yo también me estoy volviendo así. Saca lo peor de mí, y sé perfectamente que yo saco lo peor de él. John también lo dijo. ¿Un Joe Jonas tranquilo y despreocupado? Ese hombre no existe.  Bueno, sí, cuando lo obedeces sin rechistar.   Anoche          lo comprobé, pero en momentos como éste se me olvida que puede ser ese hombre.
 
Me arrodillo en el suelo y, a regañadientes,  cojo una de las bolsas y miro dentro con cautela, como si fuese a saltarme algo encima. ¿Qué? Esto no estaba en el montón de cosas que quería. Saco un vestido de seda azul marino de Calvin Klein. Estaba en el  montón de cosas que tenía que pensarme. Abro una caja y veo un vestido de tubo en negro y crema de Chloé. Esto estaba en el montón de cosas que no quería. Se pasaba demasiado del presupuesto que me había marcado.
Qué  mal.  Lo  han  mezclado todo.  Me  acerco  otra  bolsa  y  dentro descubro un par de vaqueros anchos de Diesel. Vale, esto no estaba en ningún montón. Sigo inspeccionando todas las bolsas y cajas y también encuentro lencería de encaje de todos los diseños y colores imaginables.
A saber cuánto rato después, me veo sentada en el suelo, rodeada de una montaña de ropa, zapatos, bolsos y accesorios. Todos los artículos que me probé  están aquí, menos  el traje  de fiesta.  Todo lo que había  en el montón de cosas que quería, en el de cosas que no quería y en el de cosas que tenía que pensarme, además de muchas otras que no me había probado. Debe de ser un error, porque está incluso el vestido escotado de Chloé, y Joe  jamás  me  habría  comprado  algo  así  voluntariamente.  Aunque  la verdad es que me encanta.
 
¡Madre  mía!  Me  dejo  caer  sobre  la ropa  y me  quedo  mirando  los techos altos del ático. Esto es demasiado;  el traje, el collar, el anillo, y ahora  todo  esto.  Me  siento  totalmente  abrumada,  y  algo  asfixiada.  No quiero todo esto. Sólo lo quiero a él, sin el pasado, sin las demás mujeres y sin Mikael dando por saco.
—Hola,  nena.  —El  rostro  atractivo  y  húmedo  de  Joe  aparece flotando ante mis ojos—. Te estaba esperando.  ¿Qué hacías? —dice con voz tristona.
Rebufo  y  señalo  el  mercadillo  de  ropa  de  marca  que  tengo  a  mi alrededor.  ¿Es que acaso  no la ve? Mira en la dirección  que indico  sin inmutarse  al  ver  los  montones  y  montones  de  ropa  femenina  que  me rodean.
—Ah, ¿ya ha llegado? —se limita a decir. Echo los brazos hacia atrás exasperada y él exhala imitando mi gesto dramático antes de echarse a mi lado—. Mírame —me ordena con voz suave. Me vuelvo hacia su rostro y una bocanada de su aliento fresco golpea mi cara—. ¿Qué problema hay?
—Esto es demasiado —protesto—. Sólo te quiero a ti.
Sonríe y sus ojos brillan de placer.
—Me alegro, pero nunca he tenido a nadie con quien compartir  mi dinero, __. Por favor, dame ese gusto.
—La gente va a pensar que me caso contigo por tu dinero —replico. Ya he oído algo parecido.
—Me  importa  una  mierda  lo  que  la  gente  piense.  Sólo  lo  que pensemos tú y yo. —Se pone de lado y me tira de la cadera para que haga lo propio de cara a él—. Así que cállate.
—No te va a quedar dinero si sigues gastándotelo como lo hiciste ayer —gruño. Si Zoe trabaja a comisión, probablemente pueda retirarse después del despilfarro de Joe.
—__, he dicho que te calles.
—Oblígame —lo desafío con una media sonrisa.
Y lo hace.
Se echa sobre mí y me devora entre media tienda de ropa de mujer de Harrods.
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Diciembre 30th 2014, 16:54

o.o no puedo creerlo
esta de lo mas genial la novela me gusta Very Happy cada
dia se pone mejor
pero neta que diablos les pasa
el un mandon de lo peor ella se esta volviendo neurótica
y bueno las tipas unas vil canallas la verdad pero en
fin se nota que todo el mundo esta locoo!!1
jajajajajajaja y asi también nosotras pero ya quequis hahahaha
bn me despido cuídate
Feliz año nuevo!!1 wii
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 2nd 2015, 15:23

Chicas, una enorme disculpa...No he podido subir capítulo porque como les dije antes... Mi escuela había entrado en huelga y ahora regrese pero la intención es que acabemos tres semestres en un año así que ando como loca, entregando trabajos y estudiando para un montón de exámenes pero ya tengo un momento de paz. Espero que disfruten el capítulo y prometo buscar muchos ratos para subirles

Capítulo 26 Parte 1
 
Entro en el dormitorio tras una ducha fresca y sacudo la cabeza al ver a Joe tumbado boca arriba en medio de la cama, vestido sólo con unos bóxeres  blancos ajustados y dejando patente con la expresión  que no le hace gracia  que salga. Me siento delante del espejo de cuerpo entero y empiezo a secarme el pelo. Nos hemos pasado todo el día trasladando la montaña de ropa y accesorios al piso de arriba. Ahora tengo mi propio lado en el inmenso armario vestidor, y también tenía a un hombre muy feliz, hasta que he empezado a prepararme para mi noche de fiesta con Kate. El buen humor no le ha durado mucho, pero Tom y Victoria van a salir con nosotras también, y tengo muchas cosas que contarle a Kate, así que estoy deseando que llegue la hora,  y Joe va a tener que aprender a compartirme.
 
Termino de secarme el pelo, apago el secador y oigo un montón de resoplidos y bufidos provenientes de la cama. Se está comportando como un crío, así que no hago caso y me dirijo al cuarto de baño para ponerme crema y maquillarme. Cuando me estoy aplicando la máscara de pestañas, entra  como  si  tal  cosa  y  se  tumba  sobre  el  diván  dejando  escapar  un dramático  suspiro.  Reclina  con  descaro  su  cuerpo  definido  y  cruza  los brazos por detrás de la cabeza, lo que acentúa todavía más los magníficos músculos de su cuerpo. Intento hacer como que no está, pero ver cómo se pasea  con unos  bóxeres  blancos  ajustados  de Armani  es algo  difícil  de ignorar. Lo está haciendo adrede.
Salgo corriendo  del baño para ponerme  la ropa interior  y vestirme. Eso podría llevarme un tiempo, sobre todo bajo la mirada crítica de Joe, pero todavía no he llegado a mi recién asignado cajón de la ropa interior cuando me agarra y me tira sobre la cama, sin la toalla. Debería haberlo imaginado; va a placarme para marcarme y no me dejará salir hasta que su esencia esté por todo mi cuerpo. Ya ha hecho esto antes.
 
Me pone de rodillas con las piernas separadas y me agarra de la cintura.
—No te vas a correr —gruñe. Acerca los dedos a mi sexo y empieza a moverlos para prepararme.
La repentina invasión me obliga a hundir la cara en la ropa de cama para amortiguar el grito. Va a dejarme al borde del orgasmo otra vez, lo sé.
—Esto es para mi propio beneficio, no para el tuyo —asegura entre dientes.
Empieza   a  trazar   círculos   alrededor   de  mi  ano  y  yo  gimo  de desolación contra la cama. Esto es una auténtica tortura. Sabe perfectamente lo que se hace. Mi cuerpo entero se tensa ante su tacto.
—Relájate, __. No quiero hacerte daño. —Me mete los dedos y, por acto reflejo, mis músculos se tensan para evitar su invasión.
Lanzo un grito.
—¡Relájate! —chilla, y yo espero que mi cuerpo lo obedezca, pero no lo hace. Se resiste ante el hecho inevitable de que Joe parará antes de que estalle. No quiero salir esta noche con una presión insoportable entre las piernas. Quiero estar saciada y relajada, y él puede hacer que lo esté. ¡El puto culo! Siento que se coloca en la entrada.
Me quejo.
—Maldita sea, __ —dice con exasperación—. Deja de resistirte.
—Vas a dejarme a medias, ¿verdad? No vas a dejar que acabe —jadeo, desesperada.
—Eso pretendo, nena. —Me da una palmada en el trasero—. ¡Relájate!
—¡No  puedo!  —Una  oleada  de dolor  se extiende  por  mi  cuerpo  a causa del rápido manotazo. Él grita de frustración ante mi inconformidad y acerca la mano a mi vulva para acariciarme con los dedos.
—¡Ahhhhh!
Me relajo al instante. El tacto de sus dedos hace estallar  todos mis sentidos y me obliga a echarme hacia adelante. Está pulsando el botón con el que tiene contacto directo. Me ahogo en una oleada de inmenso placer y empiezo a acercarme a un intenso clímax a toda velocidad. Intento retener su mano, pero aparta los dedos.
—¡No! —grito de pura frustración.
—Sí.
Vuelve a meterme los dedos y a rozarme con el pulgar la punta del clítoris, obligándome a empujar hacia atrás en un intento desesperado de obtener más fricción. Vuelve a sacarlos y extiende toda mi humedad por la raja de mi trasero.
—¡No, Joe! —Siento cómo su firme polla empuja contra el orificio—. ¡Por favor!
—Sabes que te encanta, __. —Empuja y me penetra a un ritmo lento y controlado—. ¡JODER!
Quiero gritar de rabia y de frustración, pero eso no evita que empuje hacia atrás para recibirlo hasta el final. Sé que no voy a correrme, pero no lo puedo evitar.
Joe jadea, me agarra de la cintura  y se clava muy adentro  en mi interior dejándome sin respiración.
—¡Joder!  —grito  cuando  me  llena  por  completo.  Empuja  hacia adelante y constato que piensa cumplir su palabra.
—Joder,  __  —jadea—.  Me  encanta  estar  dentro  de  ti,  nena.  — Empuja más aún y deja escapar un largo gemido mientras yo me concentro en controlar mi respiración entrecortada—. Cógete a la cabecera.
Respiro hondo y levanto los brazos para agarrarme a una de las barras de  madera.  Suelto  un  alarido.  El  cambio  de  posición  permite  que  me penetre más profundamente.  Se queda quieto mientras sigo sus órdenes y me acaricia la espalda con suavidad. Los fuegos artificiales que amenazan con estallar en mi sexo comienzan a tornarse dolorosos.
—¿Estás bien cogida?
—¡Sí! —respondo secamente, con lo que me gano una nueva palmada en el trasero.
Voy  a  gritar  de  frustración,  y  eso  que  ni  siquiera  ha  terminado conmigo. ¿Por qué coño no detengo esto?
Oigo  que  contiene  la  respiración  y  empieza  a  salir.  La  presión disminuye ligeramente, pero entonces me empuja hacia adelante y vuelve a hundirse en mí con una potente estocada. Grito de nuevo.
—¡Agárrate bien, __! —Repite el delicioso movimiento y yo tenso las manos y apoyo la frente sobre mi antebrazo.
—¡Por favor, Joe! —le ruego.
—Te gusta, ¿verdad? —pregunta con voz lujuriosa y sedienta.
—Sí.
—Te gusta que folle con fuerza, ¿verdad, __?
—¡Sí!
—Sí, sé que te gusta.
Levanta las manos de mis caderas y me agarra de los hombros antes de embestirme de nuevo una y otra y otra vez, gritando de placer con cada arremetida. Entonces baja la mano hasta mi sexo y acaricia mi tembloroso clítoris con los dedos.
Yo grito, clavo los dientes en mi brazo de desesperación y la cabeza empieza a darme vueltas con una mezcla de placer infinito y de dolorosas puñaladas.
 
Siento que estoy cerca del clímax y, en un furioso intento de conseguirlo, empujo hacia atrás contra él con incesantes movimientos.
—De eso, nada —ruge. Aparta los dedos y saca la polla de mi culo. Grito de rabia y él me quita las manos de la cabecera, me da la vuelta y me tumba sobre la cama. Se sube a horcajadas sobre mi estómago, me atrapa los brazos a ambos lados del cuerpo con las rodillas y empieza a frotarse la verga con la mano arriba y abajo. No quiero mirar.
—¡Abre los ojos, __! —grita, y me agarra de la cadera, provocando que deje escapar un grito y que me retuerza debajo de él.
—¡Eres un cabrón! —le digo mientras le lanzo la peor de mis miradas—. ¡Pienso cogerme el pedo del siglo esta noche!
—No lo harás.
Continúa  masturbándose  encima  de mí mientras  miro, con los ojos oscuros y cargados de excitación. Los músculos de su cuello empiezan a tensarse. Aprieto los labios. ¡No pienso abrir la boca!
Se inclina hacia adelante, se agarra con la mano libre a la cama y se corre sobre mis pechos con un alarido que resuena por toda la habitación. Jadea encima de mí y decelera sus movimientos mientras yo me retuerzo en vano. Me ha cubierto las tetas con su semen de advertencia,  llevo el pelo revuelto,  probablemente  tenga que volver a maquillarme,  y estoy a punto de estallar por la inmensa presión que siento entre las piernas. No me siento en absoluto contenta.
—¿Quieres correrte? —pregunta mirándome a los ojos con la frente repleta de sudor.
—¡Voy  a  salir!  —ladro  para  dejar  claro  que  no  pienso  volver  a negociar sobre eso. ¡Ni hablar!
—Eres muy testaruda. —Se agacha y me pasa la palma de la mano por todo el pecho, extendiendo su esencia por cada milímetro de mi torso—. Mi  misión aquí  ha  terminado —dice  con  una  media  sonrisa  antes  de inclinarse y pegar los labios a los míos.
Abro la boca de manera involuntaria y acepto los ansiosos lametones de su lengua, gimiendo y suplicando más, pero entonces se retira y yo sacudo la cabeza de un lado a otro y me pongo boca abajo. Se echa a reír y me da una palmada en el culo antes de levantarse de la cama.
—No te duches.
—¡No me da tiempo! —le grito a la espalda mientras se recoloca los calzoncillos.
 
Grito y me revuelvo en la cama durante unos instantes. No sé qué voy a conseguir con eso, aparte de despeinarme y lograr que se me corra todo el maquillaje. No puedo creer lo que acaba de hacer. Pero ¿qué digo? Claro que puedo creerlo. Este tío es irracional e imposible.
¡En  fin!  Salto  de  la  cama  y me  dispongo  a arreglarme.  Mis  rizos secados  al aire se han transformado  en una maraña  morena  y tengo las mejillas sonrojadas. Cualquiera diría que acabo de echar un polvo, lo que es  irónico,  porque  no  ha  sido  así.  Al  menos  no  en  el  sentido  más satisfactorio.  Aprieto  los  muslos,  gruño  y cojo  una  toalla  pequeña  para secarme  los restos de Joe del pecho. Es imposible  limpiar  el inmenso chupetón que  me  ha  hecho  antes en  la  teta.  No  podré  ponerme  nada escotado esta noche, y no sólo por esa mancha roja.
¡Maldito controlador!
 
 
 
Vuelvo a maquillarme, me visto y bajo la escalera con todo el sigilo de que soy capaz. Pienso dirigirme directamente a la puerta y, con un poco de suerte, tardará un rato en darse cuenta de que me he ido. Inspecciono el espacio diáfano del ático y no lo veo, así que me acerco de puntillas a la cocina y asomo la cabeza por el pasillo. ¿Dónde está?
—¡Ni de coña vas a salir con eso puesto!
Mis piernas ponen de inmediato la quinta marcha al oír su alarido y corro   hacia       la puerta. Doy un portazo al salir para entorpecer su persecución y rezo para que el ascensor esté abierto. Doy gracias a todos los santos, entro y pulso el código inmediatamente. Las puertas se cierran justo cuando veo el rostro furioso de Joe a través de la minúscula rendija. Lo saludo con descaro y me vuelvo para mirarme al espejo. Vale, el vestido gris de Chloé es bastante provocativo, pero me hace unas  piernas fantásticas, aunque esté  feo  que  yo  lo  diga. Él  se  lo  ha buscado.
 
La  puerta  del  ascensor  se  abre  y  atravieso  a  gran  velocidad  el vestíbulo con el suelo de mármol mientras busco las llaves en mi bolso. Necesita ponerse algo de ropa y esperar a que el ascensor vuelva a subir hasta el ático, así que tengo tiempo.
—¡Hola, Clive! —canturreo mientras paso por delante de él y salgo del  edificio.  Pulso  el  botón  en  el  mando  del  coche  y  corro  por  el aparcamiento.
Lo oigo antes  de verlo.  Me vuelvo  y veo cómo  sale  corriendo  del vestíbulo  del  Lusso  con  cara  de  pocos  amigos.  Aprieto  los  labios  con fuerza  para evitar  reírme.  Parece  que vaya a matar  a alguien. Se dirige hacia         mí a toda  velocidad, descalzo      y magníficamente desnudo, a excepción de los calzoncillos blancos. Permanezco donde estoy. Sabía que no conseguiría salir con este vestido. Me alcanzaría aquí o en el bar, iba a arrastrarme hasta casa y a ponerme algo que fuera más de su gusto.
 
Me  agarra,  me  carga  sobre  los  hombros,  levanta  la  mano  para sujetarme  el  vestido  de  manera  que  no  se  me  vea  el  culo  y  vuelve  a llevarme de nuevo al Lusso.
—Maldita suerte la mía, que he ido a enamorarme perdidamente de la mujer más imposible de todo el maldito universo. Buenas tardes, Clive.
—Señor Jonas —saluda el conserje sin prestarnos mucha atención—. Hola, __.
—¡Hola, Clive! —canturreo entre risas. Joe entra en el ascensor e introduce el código mientras masculla entre dientes.
—¿Todavía  no has cambiado  el código?  —Le  paso la palma  de la mano por la espalda, se la meto por debajo de los calzoncillos y le doy un pequeño apretón.
—Cállate, __ —me ordena.
—¿Somos amigos?
—¡No! —Me da una palmada en el culo y yo grito—.  No juegues conmigo, preciosa. A estas alturas deberías saber que yo siempre gano.
—Lo sé. Te quiero.
—Yo también te quiero, pero eres terriblemente puñetera.
 
Paramos tardísimo frente a la casa de Kate, después de haber conseguido que Joe haya aprobado que salga con un vestido de color rosa palo de Ponte y unos zapatos a juego, aunque casi me esposa a la cama de nuevo al ver que me había dejado el anillo de compromiso sobre la mesilla de noche. Había olvidado ponérmelo, pero él        se ha encargado de colocármelo de nuevo. Al menos he conseguido convencerlo de dejar el collar en la caja fuerte. Ya me siento bastante incómoda con este pedrusco enorme en el dedo. Si me pusiera también el collar, acabaría al borde de un ataque de nervios.
 
 
Kate sale corriendo de casa y Joe baja del coche para que ella suba atrás.
—¡Vaya!  Éste  me  gusta  mucho  más  que  el  Porsche  —dice,  y  se acomoda en el asiento trasero—. No le digáis a Samuel que he dicho eso. Bueno, enséñamelo.
—¿Qué? —Me vuelvo para mirar a la cara a mi exaltada amiga. Ella se queda helada y mira a Joe con temor.
—Mierda.
—No pasa nada —la tranquiliza. Lo miro con la boca abierta.
—¿Ella lo sabía?
—Necesitaba uno de tus anillos para saber la medida. —Se encoge de hombros y centra la atención en la carretera.
Kate suspira de alivio.
—¿Lo sabías? —le digo con tono recriminatorio.
—Sí. ¿Ha sido romántico? Enséñamelo. —Me hace un gesto para que le muestre la mano.
 
Me echo a reír con ganas. Joe me mira con el rabillo del ojo y con los labios apretados  formando una línea recta mientras va esquivando  el tráfico.
—Sí, ha sido romántico —resoplo. «Si te parece que es romántico que te esposen  y te  obliguen  a tragarte  el  semen,  entonces  lo ha  sido.»  Le muestro la mano.
—¡Joder! —Me la agarra con las dos suyas y se acerca el diamante a la cara—. Menudo pedrusco. ¿Cuándo es la boda? —Me suelta la mano, coge su bolso y saca un espejito—. Joder, __, ¿se lo has dicho ya a tus padres?
Kate ha tocado sin querer dos temas peliagudos. Discutiremos la fecha de la boda como adultos en breve, y en cuanto a mis padres..., bueno, todavía no sé qué hacer.
—No lo sé, y no —contesto.
Joe se revuelve en su asiento y me mira con disgusto. Yo hago como si nada. No voy a entrar en eso ahora. Me vuelvo y miro a Kate.
—¿Qué tal anoche? —pregunto tranquilamente.
—Genial —contesta sin dar más detalles, y continúa mirando el espejo.
—¿A qué hora os fuisteis? —insisto.
—No  me  acuerdo.  —Hace  un mohín  frente  al  espejo  y desvía  sus enormes ojos azules en mi dirección—.  ¿Este interrogatorio  tiene alguna razón de ser?
Joe se ríe por lo bajo.
—Creo que __ quiere  saber  si os divertisteis  en el piso de arriba después  de  que  nosotros  nos  fuéramos  —aclara.  Le  lanzo  una  mirada asesina y él arquea una ceja. ¿Hace falta ser tan directo?
Kate le da unas palmaditas en el hombro.
—Eso, amigo mío, no es asunto vuestro. Bueno, sí lo es, pero no. —Se echa a reír de nuevo y yo me quedo estupefacta.
Me vuelvo y niego con la cabeza, consternada. Estoy rodeada de chalados.
 
 
Joe se detiene delante del Baroque y sale del coche para dejar que Kate baje.
—¡Voy pidiendo las bebidas! —anuncia ella, y entra danzando en el bar.
Joe espera a que me aproxime a la acera. Está enfadado otra vez y no se me escapa el detalle de que acaba de hacerle un gesto al portero.
Cuando estoy lo bastante cerca, me estrecha contra su pecho y absorbe la esencia de mi cabello.
—No bebas.
—No lo haré.
Se aparta y apoya la frente en la mía.
—Lo digo en serio.
—No voy a beber —le aseguro. No pienso discutir. Si lo hiciera sólo conseguiría que volviera a meterme en su coche de regreso al Lusso en un abrir y cerrar de ojos.
—Pasaré luego a recogerte. Llámame.
Me aparta el pelo de la cara y me besa intensamente para marcar su propiedad. Llevo un diamante enorme en la mano, creo que eso ya lo dice todo. Parece tan abatido que casi  me dan ganas de irme con él, pero tenemos que superar esa ansiedad tan irracional que siente cuando estoy en otra parte que no sea con él.
Le cojo la cara y beso su mejilla cubierta por una barba de dos días.
—Te llamaré. Ve a correr o algo —digo.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Febrero 2nd 2015, 15:24

Capítulo 26 Parte 2


Lo dejo en la acera y rezo para mis adentros para que vaya a casa, se ponga  el  chándal  y dé  doce  vueltas  por  los  parques  reales.  Sonrío  con dulzura al portero mientras entro y él me saluda con la cabeza y también me sonríe como si lo supiera todo. ¡Esto es absurdo!
Kate está en la barra con Tom y Victoria, que ya tienen sus bebidas. Ella está algo menos cabreada, y Tom parece encantado de verme. Lleva una ridícula camisa de rayas rosa y amarillas.
—¡__! —exclama—.  ¡Vaya, qué vestido tan fabuloso! —canturrea mientras me lo acaricia.
—Gracias.  —Sabe  Dios cuál habría  sido su reacción  si me hubiera dejado puesto el gris.
—¿Qué  quieres  beber, __?  —pregunta  Victoria  por  encima  del hombro.
—¡Vino! —exclamo, desesperada, y los tres se echan a reír.
Nos sentamos a una mesa y le doy tranquilamente  el primer sorbo a mi copa de vino. Dejo escapar un suspiro de placer y cierro los ojos agradecida. Está riquísimo.
—¡Santo  cielo!  ¿Qué  diablos  es  eso?  —Tom  se  abalanza  sobre  la mesa, me agarra la mano y empieza a babear encima de mi nuevo amigo—. ¿El adonis?
Me encojo de hombros.
—Estoy loca por él.
—Pero si sólo lo conoces desde hace..., ¿cuánto? ¿Un mes? —El tono de Victoria me encoleriza—. Y además regenta un club de sexo.
—¿Y? —espeto, totalmente a la defensiva.
—Y nada, sólo era un comentario —recula resoplando ante mi hostilidad, y vuelve a dejarse caer sobre su butaca.
 
—¿Y cuándo ha ocurrido esto? La última vez que lo vi sólo estabas acostándote con él —dice Tom recordando mis palabras.
—Bueno, pues ahora voy a casarme con él. —Recojo la mano y me refugio en mi copa de vino.
Soy consciente del exhaustivo interrogatorio que me espera tanto por parte de mis padres como de Dan. No necesito el de mis amigos también. Ah, y Dan vuelve mañana. Con todo lo que ha acontecido los últimos días, se me había olvidado por completo. Una oleada de culpabilidad me invade por haber pasado por alto el regreso de mi hermano, pero pronto es sustituida por una punzada de emoción y, después, igual de rápido, por el temor. ¿Qué opinará de todo esto? Miro por encima de mi copa y veo que Kate me sonríe para infundirme seguridad.
—Simplemente ha pasado —musito.
—¿Cómo está Drew? —dice Kate dirigiéndose a Victoria.
No sé si es una pregunta adecuada. Visto el mal humor que se gasta Victoria y tras saber que Drew la había invitado a La Mansión, sumado al hecho de que ella no lo acompañaba anoche, no creo que la respuesta vaya a ser muy positiva, pero agradezco el intento de desviar la conversación de mi amiga.
—Y yo qué sé —responde  ella con altanería—.  No pienso volver a verlo. He quedado con otra persona.
—¿Esta noche? —pregunta Tom, perplejo, inclinándose sobre la mesa con expresión acusadora.
—Sí —responde ella.
Tom resopla y vuelve a su silla.
—¡Vale, pues muchas gracias! ¡Vas a dejarme tirado! —exclama.
Miro a Kate, y veo que tiene la misma expresión que creo tener yo: divertida.
A Victoria casi se le salen los ojos de las órbitas al ver el cabreo de Tom.
—¡Tú  no  tienes  ningún  problema  en  dejarme  tirada  cuando  se  te ofrece un poco de acción! —le reprocha con razón.
Tom ha dejado a Victoria tirada en numerosas ocasiones cuando otro tío le ha lanzado una mirada prometedora.
—Aun así, la semana tiene siete días, podrías haber elegido otro. ¿Y de quién se trata? —Remueve su piña colada y hace todo lo posible por aparentar aburrimiento.
—El amigo de un amigo —dice.
Me alegra ver que parece sincera y que ha superado su historia con el airoso Drew. Esa relación no tenía ningún sentido.
—Ah, ahí está. —Se levanta—. ¡Nos vemos!
Se dirige hacia un tipo bastante normalito de mediana estatura que está en la barra y ambos se saludan con un beso incómodo en la mejilla y un  apretón de  manos. Ella  le  dice  algo al  oído y  él  asiente antes  de marcharse.          Hacen            bien. De lo contrario, estaríamos toda  la noche observando el progreso de la cita y Tom no pararía de criticarlos.
—Vaya —resopla él—. ¿Qué os ha parecido?
 
Nos pasamos la siguiente hora riendo, charlando de todo un poco y bebiendo. Es estupendo. Esto me recuerda por qué tengo que discutir con mi hombre imposible sobre este asunto. Necesito a mis amigos, sobre todo a Kate. Con Tom aquí, todavía no he tenido la ocasión de ponerla al día sobre Mikael y Coral ni de interrogarla  sobre La Mansión y sus últimas visitas allí.
—¿Y cómo está Sam? —Tom centra la atención en Kate.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Todavía quieres tirártelo? —bromea guiñándome el ojo.
Tom se pone rojo como un tomate y le lanza a Kate una mirada de odio muy afeminada. Me sorprende que esté tan pillado por el joven tranquilo, relajado y adicto a la diversión que es Sam.
—No —refunfuña, y cruza las piernas en un gesto totalmente gay—. Sólo preguntaba por educación. ¿Cómo está Joe?
Tengo la copa pegada a los labios, lista para inclinarla y dar un trago, cuando formula la pregunta. No puedo evitar el tema de que voy a casarme con él durante toda la noche. Todo el mundo sabe que es un tipo imposible, pero sólo conmigo. Los que están presentes en esta mesa (y también otros que no están) lo han visto en acción alguna vez.
—¿Por qué? ¿También te lo quieres tirar a él? —salta Kate en tono de burla. Yo empiezo a descojonarme y Tom la mira con la boca abierta.
Nos observa muy disgustado.
—¿Es la noche de meterse con Tom o qué?
—Eso parece —digo, y levanto mi copa—. Tom, Joe te absorbería... hasta la... médula —digo, muy seria.
—¡__! —exclama.
—¡Venga  ya! Yo  tengo  que  escuchar  tortuosas  historias  sobre  tus encuentros sexuales.
Kate se echa a reír.
—Si vais a empezar a hablar de la vida sexual de Tom, yo me voy a fumarme un piti. —Se levanta de la mesa y se dirige a la zona de fumadores.
—Necesito ir al servicio —gruñe Tom.
Se  marcha a  los  aseos  y  me  deja  ahí  observando a  la  gente, un pasatiempo que suele gustarme, pero entonces Matt aparece en mi campo de visión y me agacho ligeramente.
«¡Mierda!»
 
De repente, el anillo me arde en la carne del dedo y empiezo a sudar. No respondí al mensaje que me mandó pidiéndome  disculpas y ahora sé que el muy capullo ha vuelto a llamar a mis padres. Justo cuando creía que había conseguido esquivarlo, sus ojos pequeños y brillantes se clavan en mí y me hundo en el taburete mientras se acerca. Oteo el bar, preocupada por si el portero me está vigilando. Vuelvo a mirar a Matt y veo que el ojo morado se le está curando. Aplaudo a Joe mentalmente y de repente me arrepiento de no haber cedido a sus deseos y haberme quedado en casa con él.
—__ —me saluda alegremente como si nada hubiera pasado, como si no hubiese estado diciéndoles a mis padres un montón de sandeces, entre ellas, que Joe es alcohólico, lo que me recuerda al instante que sabe que tiene un problema.
 
Un momento. Joe no es alcohólico. Bloqueo la parte de mi cerebro que intenta convencerme de que quizá esté negando la evidencia.
—Matt, creo que será mejor que te largues —digo con firmeza.
—¿Qué? —Parece realmente confuso—. __, por favor, escúchame. Lo siento muchísimo, de verdad. Me comporté como un auténtico capullo. Me lo merecía todo.
Se revuelve incómodo y mira su vaso de cerveza vacío.
—Si estás saliendo con otra persona, lo asumo —dice tranquilamente—. Me destroza pensarlo, pero lo acepto.
Mantengo  las  manos  ocultas  debajo  de  la  mesa  para  esconder  el anillo. Tengo que preguntárselo, no puedo evitarlo.
—¿Cómo sabes lo de Joe? 
Levanta la mirada del vaso.
—Entonces ¿aún estás con él?
—Eso no es asunto tuyo, Matt. ¿Y por qué llamaste a mis padres para contarles toda esa mierda?
—¿Es mierda? —replica.
—¿Con quién has hablado?
—Con nadie. —No me mira a los ojos, pero entonces apoya los codos sobre la  mesa y se  acerca demasiado—. __, aún quiero que vuelvas conmigo.
 
Me pongo tensa y desvío la mirada hacia la entrada para comprobar que no me están espiando. ¿Qué le contesto? Acaba de decirme que lo aceptaba todo. ¿Cuántas veces tengo que repetirle que no tiene nada que hacer?
Me entran ganas de besar a Tom cuando vuelve de los aseos y le lanza a Matt una mirada lasciva. Él se aparta de golpe de la mesa cuando lo ve aparecer y tira mi bolso al suelo. Su nivel de intolerancia hacia mi amigo gay no ha mejorado. Salto de mi taburete.
—¡Ay,   querida! —Tom se  agacha y  me  ayuda a  recoger mis posesiones  desperdigadas—.  ¡Sigue  estando  bueno!  —me  susurra  en  el suelo.
—No, no lo está. —Pongo cara de asco.
Ahora  mismo  me  parece  que  Matt  está  de  todo  menos  bueno.  Me crispa los nervios. Me levanto y veo que se aleja con la mano levantada como diciendo «Nos vemos luego».
—Uy, ¡¿adónde va?! —exclama  Tom dando una fuerte patada en el suelo.
—Espero que a tirarse por un precipicio —mascullo sin piedad entre dientes.
Me acabo  el vino de un solo trago.  Después  de ver  a Matt  no me vendría mal tomarme otra.
—¡Matt está aquí! —Kate se lanza sobre su taburete—. Y lleva un ojo morado. ¡Bravo por Joe!
—En fin, ha sido un placer, chicas, pero necesito un poco de acción esta noche y no creo que vaya a encontrarla aquí. —Tom ojea con disgusto el local lleno de hombres heterosexuales—.  Me voy al Route Sixty. ¿Os venís? —pregunta, esperanzado.
—¡No! —gritamos Kate y yo al unísono, y nos quedamos partiéndonos de risa mientras Tom se marcha del bar en busca de acción.
—¿Te ha dicho algo esa serpiente?  —pregunta Kate cuando deja de reírse.
—Lo ha intentado.
Estoy a punto de acercarme a la barra cuando Tom vuelve corriendo y se estrella contra la mesa. No para de resoplar y Kate y yo lo miramos extrañadas.
Finalmente, su respiración se estabiliza.
—¡No os vais a creer a quién acabo de ver!
—¿A quién? —pregunta Kate antes de que yo tenga oportunidad de articular palabra.
—A Sally. —En su rostro aparece una enorme sonrisa y mira hacia atrás por encima de su hombro antes de volverse de nuevo hacia nosotras—. Lleva  minifalda  y escote.  Una minifalda  muy corta y estrecha  y un escote muy pronunciado. ¡Tiene una cita!
—¿Qué? —digo, algo sorprendida, pero no por la ropa. Me sorprende porque el jueves parecía que iba a suicidarse.
—¿Qué?  ¿La  simplona  de  Sally?  ¿La  aburrida  de  la  oficina?  —pregunta Kate.
—Sí —confirmo—. Tom, deja en paz a la chica. —Vuelvo a coger mi copa y recuerdo que iba a ir a por otra.
—¡Voy a hacerle una foto! —Tom sale de nuevo del bar sacándose el teléfono del bolsillo.
—Voy a por otra ronda. —Me levanto del taburete y cojo el monedero—. ¿Lo mismo?
—¿Hace falta que me lo preguntes? —Kate pone los ojos en blanco y sacude el vaso vacío.
 
Me acerco a la barra colándome entre la gente y mientras espero mi turno atraigo la atención de un baboso fornido que lleva una coleta. Ignoro su mirada lasciva y pido las copas.
—Hola, ¿te invito a algo?
Lo miro y sonrío con cortesía.
—No, gracias.
—Venga, sólo una copa —insiste, y se acerca aún más.
—No. Acabo de pedir una, pero gracias.
El camarero deja una copa de vino sobre la barra.
—Tengo que ir un momento al almacén, se ha acabado la botella. —Y me deja ahí plantada en la barra con el de la coleta babeándome encima. Pongo los ojos en blanco, pero el camarero no parece darse cuenta.
—¿Y si quedamos algún otro día? —Ahora está muy pegado a mí.
—Estoy comprometida con alguien —digo mirando hacia atrás. Es imposible que no haya visto el diamante descomunal que llevo en el dedo. Doy un sorbo al vino.
—¿Y?
Me vuelvo hacia él.
—Y... estoy comprometida con alguien. —Le enseño el anillo y él asiente, pero no se da por vencido. Creo que acabo de hacer que el reto le parezca más interesante.
—Pero él no está aquí, ¿verdad?
—No, por suerte para ti, no —respondo secamente,  y me vuelvo de nuevo hacia la barra. Me siento tremendamente aliviada cuando veo que el camarero se acerca.
 
Me sirve el vino de Kate, le entrego  un billete  y espero que se dé prisa.  La  mirada  lasciva  del  musculitos  este  me  está  poniendo  de  los nervios. Doy otro largo trago al vino e intento hacer como que no está. Me pongo  iracunda  cuando  el camarero  me indica  que no tiene  cambio.  Se aleja hasta el otro extremo de la barra y empieza a mirar en distintas cajas.
El de la coleta se aproxima aún más a mí.
—Si fueras mía, yo no te perdería de vista.
¡Joder!
—Oye, he intentado ser amable. ¡Apártate!
—Creo que podríamos pasar un buen rato juntos —insiste, y me pasa un dedo por el brazo.
Doy un brinco y me enfurezco conmigo misma por mostrar mi exasperación,  pero el regreso del camarero me distrae. ¡Menos mal! Me entrega el cambio, cojo corriendo la copa de Kate y me dispongo a escapar de  este  pulpo.  Me  vuelvo  demasiado  bruscamente  y  se  me  caen  las monedas al suelo.
«¡Mierda!»
Dejo las copas de nuevo sobre la barra, recojo las monedas que tengo a mano y dejo el resto que pueda haber. No estoy tan desesperada. Cojo las bebidas y entonces el tacón se me tuerce, lo que me obliga a tambalearme un poco.
—¡Mierda!  —maldigo. Ahora va a pensar que estoy borracha y que soy presa fácil.
Al darme la vuelta me encuentro al capullo de frente.
—¿Estás un poquito piripi, guapa? —dice en tono burlón.
—¡Vete a la mierda! —He intentado ser paciente.
—Vaya, qué carácter. —Se echa a reír y yo me largo y pienso en la suerte que tiene de que Joe no se encuentre aquí. De lo contrario ya estaría hecho papilla en el suelo.
Consigo llegar hasta Kate y coloco las bebidas sobre la mesa con tanta efusividad que derramo gran parte del contenido. Sacudo la cabeza ligeramente y me siento en mi taburete, tambaleándome de nuevo. Mi amiga me mira con el ceño fruncido.
—Son los zapatos —mascullo.
—¿Estás bien? —Kate se inclina hacia adelante, preocupada.
—Sí,  estoy  bien  —le  aseguro.  No estoy  borracha.  Éste  es sólo  mi tercer vino.
—¿Quién era ese gilipollas? —dice señalando con la vista al musculitos mientras bebe un sorbo de su nueva copa de vino.
—Pues eso..., un gilipollas —respondo tajantemente—. Pero olvidémonos de él, tienes cosas que contarme.
—¿Ah, sí? —espeta.
—Sí, y ni se te ocurra darme largas. ¿Qué está pasando? 
Kate bebe otro trago de vino y evita mirarme a los ojos.
—No sé de qué me hablas.
Empiezo a impacientarme con la actitud de mi amiga. Ella jamás dejaría que evitara su interrogatorio, y yo nunca lo haría. Nos lo contamos todo.
—Hablo de Sam, de ti y de La Mansión.
—¡Fue divertido! —suelta.
—¡No! ¿Cómo eres capaz?
—Sólo me estoy divirtiendo, __. ¿Qué eres? ¿La policía sexual? 
Reculo un poco.
—Entonces, ¿todo va bien?
—¡Claro!
—¿Sabes qué? Si yo fuera tú, estaría tocándome el pelo —digo enfurruñada, y doy un largo trago al vino. ¿Cómo puede estar bien? Esta chica es imposible—. Vale, entonces ayúdame tú a mí. Visto que te niegas a abrirte conmigo, voy a contarte mis mierdas, porque yo valoro tu opinión —digo, y sonrío falsamente.
Ella ignora mi pulla y arquea las cejas.
—Parece algo serio.
—Lo es. ¿Te acuerdas del promotor del Lusso? ¿El que quería invitarme a cenar?
Kate asiente.
—Sí, el danés que tenía un atractivo escandinavo.
—Sí, Mikael. Pues resulta que Joe se acostó con su mujer. Se están divorciando.
—¿En serio? —Kate se inclina hacia adelante.
—Sí, y ahora se ha propuesto hacer pagar a Joe por ello, y parece que ha decidido que yo soy la mejor manera de conseguirlo. Tengo que reunirme con él, y sé que no va a ser una reunión de trabajo.
—¡Joder!
—Sí, y la mujer también ha estado dando por saco.
—¿Qué vas a hacer?
Niego con la cabeza y le doy otro sorbo al vino.
—No lo sé, como tampoco sé qué voy a hacer respecto a esa mujer, la que se presentó en la fiesta del aniversario de La Mansión.
—¿Quién es? —Kate tiene los ojos como platos. No me sorprende, es demasiada información de golpe.
—Coral. ¿Te acuerdas  de aquel tipo desagradable  que estaba en La Mansión el día que descubrimos el salón comunitario?
—¡Sí! El tipo al que Joe golpeó. Daba miedo, __. 
Me echo a reír. No me extraña.
—Pues era su marido. Ella le pidió a Joe que hiciera un trío con ellos. Pero se enamoró de él y dejó a su marido, y ahora no tiene nada. Quiere a Joe. Se presentó en el Lusso y lo llamó por teléfono. A él no le he dicho nada, pero contesté a la llamada e intentó convencerme de que lo dejara.
—¡Qué fuerte! —Kate se deja caer de nuevo sobre su taburete y yo doy otro trago.
Al contarlo en voz alta suena absurdo, ridículo e irreal.
—Entonces ¿Joe participó en un trío? —pregunta. Hago un mohín tras mi copa de vino.
—Sí, eso parece. —No me lo había planteado. Estaba demasiado ocupada intentando aclarar mis sentimientos con respecto al hecho de que Coral estuviera enamorada de mi novio..., mi prometido..., bueno, lo que sea—. ¡Joder! —exclamo mirando a Kate con la boca abierta.
Ella asiente despacio.
—¿Acabas de pensar lo mismo que yo?
Dejo el  vino sobre la  mesa. Mi  mirada desciende desde los  ojos abiertos y azules de Kate hasta el suelo y vuelve a ascender. Pero entonces me echo a reír.
—¡No! Vi la cara que ponía mientras Tom lo manoseaba la noche de la inauguración del Lusso. Es imposible que sea bisexual. Ni hablar. — Vuelvo a coger el vino—. Puede haber tríos de dos hombres y una mujer sin que los hombres tengan que tocarse, ¿no?
 
Doy otro gran trago y recuerdo la escena en el salón comunitario. Los hombres no tenían ningún contacto entre sí. La escena opuesta, una en la que intervienen  dos mujeres y un hombre, empieza a abrirse paso en mi cabeza, riéndose de mí. Me paso el dorso de la mano por la frente. Estoy sudando. No me encuentro bien. Alzo la vista y veo que la cara de Kate se ilumina al ver que alguien se acerca. No hace falta que me vuelva para saber de quién se trata.
—¡Señoritas!
Miro hacia arriba y veo a Sam sonriendo de oreja a oreja. ¿Qué está haciendo aquí? Se supone que ésta es una noche de chicas, y Kate todavía no me ha dado su parecer respecto a mi desastrosa situación.
Hunde  la  lengua  en  la  oreja  de  mi  amiga  y  yo  resoplo  para  mis adentros. Kate jamás dejaría que un hombre invadiera su tiempo de chicas. Levanto el vino y apuro lo que queda, observando  con el rabillo del ojo cómo Sam saluda a Kate y ella lo acepta alegremente. Como mañana me cuente que sólo se está divirtiendo con él y que no hay nada más pienso decirle cuatro cosas bien dichas.
—Voy al servicio —los informo.
—Vale —responde ella, distraída.
 
Me dirijo hacia la entrada, me llevo la mano a la frente y me froto la sien en un intento de aliviar  las repentinas  punzadas.  Mientras  me abro paso entre la multitud, el sonido a mi alrededor se transforma en un leve zumbido, y noto que la cabeza comienza a darme vueltas. Camino a través de las borrosas congregaciones  de gente y estoy a punto de desmayarme cuando veo que Joe está a tan sólo unos metros de mí, en la entrada del bar.
«¡Mierda!»
Me quedo helada. Sabía que no iba a ser capaz de dejarme disfrutar de unas  merecidas  copas  de  vino.  Tengo  la  vista  nublada,  pero  en  sus atractivos rasgos distingo perfectamente su expresión de ira. No sé por qué. No estoy borracha. Me he bebido unas pocas copas y las he disfrutado. Es él quien tiene problemas con el alcohol, no yo.
Y, con eso en mente, me tambaleo ligeramente de nuevo. Puede que esto se esté sumando a las copas que tomé anoche.
Nos quedamos ahí plantados, mirándonos el uno al otro durante unos instantes, y entonces empieza a avanzar hacia mí. Siento que me flaquean las piernas y me agarro a una mesa. Lo último que veo antes de perder el conocimiento es que su expresión de ira se transforma en completo terror.
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 2nd 2015, 20:10

HELLO!

como estas¡?
espero que bien muero por ver q mas pasa
mmm será a caso que estará embarazada Surprised
o se comío la torta antes el recreo Razz jajajaja
amo la novela spero que subas mas
ese inche cejon como la hace enojar jajajaja
pobre pero ella no se queda atrás

me disculpo por no haber podido
subir novela antes es que ultimament no
esto0y mucho tiempo en la compu como antes
pero espero hacerlo de perdida una vez a la semana
Razz jajaja bn me despido cuídate tq
sube prontiko si?
adiós.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 3rd 2015, 14:32

Capítulo 27
 
—Joe, relájate. Sólo se ha tomado tres copas de vino. No estaba borracha.
 
Mi mirada se ve atraída por una luz fluorescente  y brillante  que se encuentra  por todas partes. Me siento como si me hubiesen  golpeado  la cabeza con una barra de hierro varias veces. ¿Dónde coño estoy? Cierro los ojos de nuevo y levanto los brazos para apartarme un mechón de pelo que me hace cosquillas en la mejilla. El suave contacto de mi mano sobre mi cabeza me provoca agudas puñaladas en el cerebro.
—¿__? —dice con voz tranquila agarrándome las manos con fuerza—. __, nena, abre los ojos.
 
Hago todo lo que puedo,  pero me resulta  tremendamente  doloroso.
¡Joder!  ¿Qué  coño  me  pasa?  ¿Tengo  la  peor  resaca  de  mi  vida?  No recuerdo haber bebido tanto.
—¡¿Quiere alguien contarme qué COÑO está pasando aquí?! —ruge. Abro los ojos de nuevo y miro el extraño espacio que me rodea. Lo único que me resulta familiar es esa voz iracunda que      percibo curiosamente reconfortante, aunque me está haciendo polvo la cabeza. Levanto la mano y me agarro el cráneo dolorido.
—¿__, nena?
 
Entorno los ojos intentando centrarme y me encuentro con los suyos, cafés y llenos de preocupación.  El calor de su palma acariciándome  la cabeza me hace gruñir. Me hace daño.
—Hola —chirrío. Tengo la garganta seca y rasposa.
—¡Joder, menos mal! —Me llena la cara de besos y yo lo aparto. No puedo respirar.
—__, chica, ¿estás bien?
Sigo el sonido de la otra voz familiar y veo a Sam inclinándose sobre mí, más serio que nunca. ¿Qué está pasando?
—¡¿A ti te parece que está bien?! —le grita Joe—. ¡Joder!
—¡Tranquilízate!
También reconozco esa voz. Desplazo mis ojos sensibles por la habitación y veo a Kate sentada en una silla enfrente de mí.
—¿Dónde estoy? —pregunto a pesar de la sequedad en mi garganta. Necesito beber agua.
—Estás en el hospital, nena. —Me acaricia la cara y me besa la frente de nuevo.
¿Qué coño hago en el hospital? Intento incorporarme, pero Joe me lo impide presionándome contra la cama con todas sus fuerzas.
—Necesito ir al servicio —gruño tratando de zafarme de él.
Aparto sus persistentes brazos de un golpe y me siento, levantando al instante las manos para agarrarme  la cabeza cuando toda la fuerza de la gravedad recae sobre mi cerebro. ¡Joder! Sí que es la peor resaca de mi vida. Gruño y cruzo las piernas delante de mí, apoyo los codos sobre las rodillas y la cabeza en las manos.
—Yo la acompaño —se ofrece Kate—. Vamos, __.
—¡De eso, ni hablar!
Pongo los ojos en blanco al oír esa voz irracional que tanto amo y espero a que Kate le replique, pero no lo hace.
—Estoy bien —digo, irritada. Puedo ir al puto cuarto de baño sola.
Me vuelvo  hacia  un lado de la cama  y bajo los pies  al suelo.  Los tacones han desaparecido.
—A mí no me lo parece, señorita. —Él me coge en brazos desde el borde de la cama—.  ¿Qué ha sido de los baños en las habitaciones?  — masculla, y me saca al pasillo.
Aquí la luz es aún más brillante.  Entorno los ojos ante la cegadora invasión.
—¡Vaya! ¿Ya ha vuelto en sí? —oigo que dice una enfermera.
—Voy a llevarla al servicio —ladra Joe, y continúa avanzando hacia los aseos más cercanos.
—Caballero, por favor, necesitamos una muestra de orina.
Joe se detiene momentáneamente antes de continuar su camino. Una vez en el baño, me deja de pie y me sostiene mientras que con la otra mano coge un poco de papel, lo rocía de spray antibacteriano y limpia el asiento mascullando improperios sobre la salud pública y el servicio de limpieza. Me levanta el vestido, me baja las bragas y me ayuda a sentarme en el váter mientras aguanta un recipiente de plástico debajo de mí.
No siento vergüenza ni pudor. Relajo los músculos de la vejiga y suspiro de alivio conforme disminuye la presión. No puedo creer que esté sentada sobre su brazo mientras él sujeta un orinal debajo de mí.
—¿No tienes miedo escénico? —pregunta con voz suave.
Abro los ojos y veo que está en cuclillas delante de mí, sosteniendo mi muslo con la palma libre. Parece preocupado y cansado.
—Me has follado por el culo. Esto no es nada en comparación.
—__, ¿quieres hacer el favor de vigilar tu puto lenguaje? —suspira, aunque su voz destila alivio.
 
Estoy tentada de decirle que coja el spray antibacteriano y me rocíe la boca con él, pero me encuentro demasiado ocupada devanándome los sesos intentando  entender  cómo  he  acabado  en  el  hospital.  Lo  último  que recuerdo es a Joe de pie en la puerta del bar, con cara de pocos amigos. Sé que me preocupó su expresión cuando corría hacia mí, y que me cabreó que fuera incapaz de no dejarme tranquila ni por una noche.
Cojo un poco de papel rasposo y me limpio.
—Ya he terminado.  ¿Te he meado encima?  —pregunto  sin que me importe mucho mientras me pongo de pie y le doy a Joe el tiempo suficiente para que saque el orinal antes de volver a caer sobre el asiento.
Deja el cuenco sobre la cisterna del váter.
—No, dame las manos.
Las extiendo y me las frota con el spray antibacteriano.  Me levanta, me sube las bragas, me baja el vestido y vuelve a cogerme en brazos para llevarme de vuelta a la cama del hospital.
—Está  en  la  cisterna  del  váter  —espeta  cuando  pasamos  junto  al puesto de enfermeras.
Lo suelto  a regañadientes  cuando  me deja de nuevo sobre la cama dura e incómoda.
—__, ¿qué te ha pasado? —La voz de Kate está cargada de preocupación, algo extraño en ella.
—No lo sé —contesto, y apoyo la espalda contra la cabecera. Tengo mucho sueño otra vez.
—¡Yo sí! —exclama Joe mirándome con ojos acusadores.
Reúno todas mis escasas energías para lanzarle una mirada asesina.
—¡No estaba borracha!
—¡Claro, te desmayaste porque estabas sobria, ¿no?! —grita.
Su berrido atraviesa mis sensibles tímpanos y hago una mueca de dolor. Cuando abro los ojos veo que al menos tiene la decencia de parecer arrepentido.
—¡No le grites! —me defiende Kate, cosa que agradezco.
 
Le lanza una mirada asesina, se mete las manos en los bolsillos de los vaqueros y empieza a pasearse por la habitación. Sam se aparta de su camino. Está demasiado callado tratándose de él.
—Sólo bebió un par de copas de vino. Se ha bebido dos botellas en otras ocasiones  y no ha perdido el conocimiento.  —Kate  se sienta a mi lado y me acaricia el brazo—. ¿Habías comido algo antes?
Pienso.
—Sí —contesto. Joe me estuvo dando de comer todo el día, entre que llevábamos la ropa arriba y me marcaba.
Él deja de pasearse y empieza a morderse el labio con ímpetu.
—¿Estás embarazada? —pregunta mirándome           atentamente            y volviendo a morderse el labio de nuevo.
«¿Qué?»
—¡No!  —exclamo  atónita  ante  su  atrevimiento,  pero  entonces  me quedo helada.
«¡Ay, Dios mío!»
Las píldoras. ¡No he ido a por ellas! Siento que voy a desmayarme de nuevo. Y de repente tengo mucho calor. ¡Pero qué estúpida soy! He estado follando como una coneja sin ningún tipo de protección. ¿Cómo ha podido pasar? Miro a Joe e intento parecer lo más sincera que puedo.
 
Él me observa con recelo.
—¿Estás segura?
—¡Sí! —Hago un gesto de dolor al oír la estridencia de mi propia voz y tenso el brazo para evitar el acto reflejo que siempre me delata. Joe y el resto  de  los  presentes  en la  habitación  darán  por  hecho  que  estoy  a la defensiva. No es así, estoy muerta de miedo.
—Sólo era una pregunta —dice, y empieza a pasearse de nuevo.
—¿Qué recuerdas? —pregunta Kate mientras sigue acariciándome  el brazo.
 
Reflexiono sobre toda la noche, pero me cuesta hacer memoria. En lo único que puedo pensar es en cuánto hace que no me tomo las pastillas y en las probabilidades que hay que esté preñada. Intento dejar a un lado la preocupación y recordar algo, lo que sea, de lo que sucedió anoche. Recuerdo lo de Matt, pero no pienso contárselo. Entonces me viene a la mente  el  musculitos  baboso  de  la  coleta,  pero  eso  tampoco  voy  a contárselo. Me encojo de hombros. No hay mucho que pueda decir sin que Joe se ponga hecho una furia. Por favor, no, no puedo estar embarazada.
—Venga, chica. —Sam me coge de la otra mano y empieza a acariciarme la palma con el pulgar—. Intenta hacer memoria.
—No recuerdo nada           raro —digo de manera clara y concisa, resistiendo todavía la tentación de juguetear con mi pelo—. ¿Por qué estáis haciendo una montaña de esto? —Apoyo la cabeza de nuevo sobre la almohada  y me arrepiento al instante. Siento como si tuviera un rodamiento de hierro traqueteando dentro.
Joe se acerca al lado de la cama donde se encuentra Sam y le gruñe, lo aparta  y me agarra  de la mano. Me mira con los ojos entornados  de furia.
—¡__, son las cuatro de la mañana! —Cierra los ojos para recobrar la  compostura  (como  si  la  hubiese  tenido  en  algún  momento)—.  ¡Has estado inconsciente casi siete horas, así que no me digas que no haga una montaña de esto!
¿Siete horas? ¡Joder! Me he desmayado otras veces, pero sólo durante unos minutos. Siete horas es como toda una noche de descanso. Todas las cabezas  de  la  habitación  se  vuelven  hacia  la  puerta  al  oír  llegar  a  la enfermera. ¿Siete horas?
Nos dirige una mirada de desaprobación.
—Sólo se permite un acompañante en la habitación. Tenéis que marcharos.
 
Miro a Kate y ella mira a Joe, quien la ignora  por completo.  Es evidente que no piensa moverse de aquí. Le dirijo a mi amiga una mirada de disculpa de parte de don Controlador y ella sacude la cabeza y esboza una pequeña sonrisa indicando que no pasa nada.
—Vamos  a por algo de comer.  —Mira  a Sam  y él asiente  ante su sugerencia.
Me siento fatal. ¿Llevan toda la noche aquí sólo porque a mí me ha dado un jamacuco?
 
La enfermera  acompaña  a Kate y a Sam a la salida y se acerca  de nuevo a la cama para realizar sus observaciones.
—¿Quieres una taza de té?
—Sí, por favor —respondo, agradecida. Estoy seca.
Luego mira a Joe, pero él niega con la cabeza. Creo que preferiría un coñac. Apoya los codos en el borde de la cama, atrapa mi mano entre las suyas y descansa la frente sobre los dedos.
No digo nada. Me ha  entrado mucho sueño otra vez, y no tengo fuerzas para lidiar con los interrogatorios de Joe. Apoyo la cabeza y me duermo. Podría estar embarazada, y la idea me aterra. Va a ponerse hecho una furia.
 
—Me han dicho que ya se había despertado.
Abro los ojos y me encuentro a un hombre indio vestido con una bata blanca delante de la cama.
—Hola —grazno.
—Soy el doctor Manvi. ¿Cómo se encuentra, __? —Habla un inglés perfecto, sin el más mínimo acento.
—Bien —suspiro, cansada—. Me duele mucho la cabeza, pero aparte de eso estoy bien.
Joe gruñe a mi lado, y lo miro con exasperación. Quiero irme a casa.
—Me alegro. —El doctor Manvi me inspecciona los dos ojos con una luz y vuelve a guardarse la especie de linterna en el bolsillo—. __, ¿qué recuerdas de anoche?
¡Otro con la maldita preguntita!
—No mucho. —Joe me aprieta la mano con más fuerza y me vuelvo hacia él. Su ira sigue siendo evidente. Me encuentro fatal. Esto es lo que menos necesito en estos momentos.
El doctor mira a Joe.
—¿Quién es usted?
—Su marido —responde él de manera tajante sin apartar la mirada de mí.
 
Abro los ojos de par en par pero él ni se inmuta, del todo tranquilo  ante  mi  evidente  regaño  silencioso.  Se  ha  olvidado  de  añadir  lo  de «futuro».
—Vaya.  —El  médico  repasa  mi  historial—.  Aquí  dice  «señorita ___ (TA)».
—Nos casamos el mes que viene. —Me atraviesa con la mirada, incitándome a desafiarlo, pero no tengo energías. Apoyo la cabeza amargamente sobre la cama.
—Ah,  de  acuerdo.  —El  doctor  Manvi  parece  satisfecho  con  la explicación de Joe. No puede importarme menos—. Hemos realizado un análisis de orina rutinario. —Coge una silla y la arrastra por el suelo de goma, lo que me arranca otro gesto de dolor—. ¿Cuándo tuvo el último período? —El hombre me mira con ojos compasivos, y yo siento ganas de arrastrarme por  la habitación y meterme en el  contenedor de residuos sanitarios.
—Hace una semana, más o menos —respondo           tranquilamente mirando al techo. No me hace falta mirar a Joe para saber que está crispado.
—Bien, de acuerdo, solemos realizar de manera rutinaria un test de embarazo  para determinar  qué provocó  el desvanecimiento.  —Hace  una pausa, y yo me preparo para los estragos que va a causar en la habitación el huracán Joe—. No está embarazada.
Levanto la cabeza.
—¿En serio?
—Bueno, al menos eso parece, pero si sólo hace una semana desde su último período, podría ser demasiado pronto para saberlo con certeza. —Sonríe amablemente, aunque eso no me tranquiliza en absoluto—. ¿Toma la píldora anticonceptiva, __?
—Sí —respondo prácticamente chillando.
—Entonces   podemos decir con total seguridad que no está embarazada.
«¡Mierda!»
—__,  es  importante  que  intente  recordar  algo  de  lo  que  sucedió anoche, con quién habló, con quién estuvo.
Joe me transmite su hostilidad a través de las manos, increpándome.
—¿Qué? —interviene—. ¿Qué está intentando decir?
Ni siquiera me molesto en reprenderlo  por su falta de respeto, y el doctor Manvi continúa, haciendo la vista gorda.
—Hemos  realizado  un test  más  exhaustivo,  teniendo  en cuenta  sus síntomas.
—¿Síntomas? ¿Qué síntomas? —pregunto, totalmente confundida. El médico inspira hondo y cambia de postura en la silla.
—Hemos hallado restos de Rohypnol en su orina —anuncia con pesar.
—¿QUÉ? —ruge Joe.
 
Abro los ojos de par en par y el corazón empieza a palpitarme  con fuerza. ¿Ésa no es la droga de los violadores? ¡Joder!
Joe se pone de pie bruscamente soltándome la mano. Nerviosa, alzo la vista y veo que está temblando y sudando, transpirando ira.
—¿Ésa no es la droga de los violadores? —le grita al pobre médico.
—Sí. —El doctor Manvi confirma nuestros temores.
El pánico me invade ante el diagnóstico del médico. Esto es terrible. Joe empieza a pasearse por la habitación y echa la cabeza hacia atrás.
—¡Me cago en la puta! —grita. Veo cómo su camisa negra se infla y se desinfla con violencia cuando se agarra a un mueble de metal cercano.
—__,  le  aconsejo  que  lo  notifique  usted  a  la  policía.  Tiene  que contarles todo lo que recuerde. —Se vuelve hacia Joe—. Señor, ¿podría confirmar si estuvo sola en algún momento?
Mi mente empieza a repasar la noche. Creo que no lo estuve. Joe se lleva las puntas de los dedos a la sien y comienza a pasearse de nuevo. Va a estallar.  Va a ser como  un tornado  que asolará  el  hospital.  De repente, decirle que podría estar embarazada me parece mejor que esto.
 
El médico vuelve a mirarme al no obtener respuesta por su parte.
—Tenemos que examinarla para determinar si la violaron.
—¿Qué? —espeto. ¡Joder!
—No estuvo sola —responde Joe, más tranquilo de lo que yo esperaba—.  Vi  cómo  perdía  la conciencia  y fui  corriendo.  —Se  vuelve hacia mí con ojos atormentados. Me siento vacía de emociones. Creo que estoy en shock.
—¿Está seguro de esto?
—Sí —gruñe Joe.
—Señor, aun así me gustaría examinarla, por si tiene algún cardenal o algún arañazo.
—La he mirado de arriba abajo. No tiene ninguna marca. —Joe se dirige con pasos pesados al otro extremo de la habitación y abre la puerta—. Kate —llama.
 
Oigo un breve  intercambio  de palabras  abruptas  y amortiguadas  al otro lado de la puerta. No me cabe duda de que Joe está exigiendo respuestas. El médico me mira confuso, y después mira a Joe, mientras yo continúo intentando acordarme de algo.
Vuelve de nuevo a mi lado.
—Nena, Kate dice que salió a fumar, pero que Tom estaba contigo. ¿Te acuerdas de eso?
—Sí  —respondo  rápidamente.  Me  acuerdo  perfectamente—. Pero Tom se fue al servicio mientras Kate estaba fumando —añado.
—Vale, ¿y recuerdas qué sucedió durante el  tiempo que estuviste sola? —insiste.
—Sí. —No voy a decirle por qué lo recuerdo. Joder, mencionar a Matt sería un tremendo error—. ¿Por qué? —pregunto.
—Porque, __, no quiero que nadie te toque si no es necesario, así que, por favor, haz memoria. —Me aprieta las manos—. Antes de que yo llegara, ¿estabas bien? ¿Te acuerdas de todo?
—Sí.
—Bien  —interviene  el  doctor  Manvi—.  Pero,  señorita,  aun así  me quedaría más tranquilo sin accediera a que la examinásemos.
—No, sé que no pasó nada. No tengo ninguna magulladura ni ningún corte.
—Si está completamente segura, no puedo forzarla.
—¡Por supuesto que no puede forzarla! —silba Joe. Joder, quiero salir de inmediato de aquí.
—No pasó nada. Lo recuerdo todo hasta que él llegó. —Miro a Joe—. Me acuerdo de todo —repito con voz temblorosa. Estoy temblando.
Me acaricia la mejilla con la palma de su mano.
—Lo sé. Te creo.
—De  acuerdo.  Sus  constantes  vitales  están  bien  —me  informa  el doctor  Manvi—.  Le  dolerá  la  cabeza  un  rato,  pero  eso  es  todo,  se recuperará. En cuanto tenga lista el alta podrá irse.
—¿Cuánto tiempo tardará? —pregunta Joe, furioso de nuevo.
—Señor, estamos en el centro de Londres y es sábado por la noche. No tengo ni idea.
—Voy a llevármela  a casa ahora mismo  —dice  Jesse con absoluta determinación.  Lo miro y al instante sé que es inútil discutir, no si uno desea seguir viviendo. El doctor Manvi me mira y yo asiento.
Se levanta de la silla.
—Está  bien —dice  prácticamente  suspirando.  Es obvio que no está conforme.
 
Me dejo caer en trance mientras el médico habla con Joe. No oigo nada. Parece todo muy distante. ¿Cómo ha podido pasar esto? No perdí mi bebida de vista ni un instante. Tampoco acepté la copa que me ofrecieron. Tuve mucho cuidado. Joder, ¿qué habría pasado si llego a irme al servicio unos  segundos  antes  y  no  hubiera  visto  a  Joe  en  la  puerta?  Podría haberme quedado inconsciente y ajena a todo lo que me rodeaba. Me podrían haber  violado. De  repente  empiezo a  sollozar  sin  esperarlo y finalmente rompo a llorar.
—Nena, no llores, por favor. —Siento cómo su calidez me atrapa y me estrecha con fuerza mientras mi cuerpo se agita debajo de él—. Nena, me volveré loco si lloras.
Sollozo sin parar mientras me reconforta mascullando maldiciones y ruegos sobre mi cabeza.
—Lo siento mucho —exclamo  entre sollozos.  No sé qué es lo que siento, tal vez haberlo desafiado y haber salido de todos modos. La verdad es que no lo sé, pero siento remordimientos.
—__,  cállate,  por  favor  —me  suplica  mientras  me  sostiene  con fuerza y me acaricia el pelo. Percibo el frenético ritmo de sus latidos bajo mi oreja.
Cuando por fin me recompongo un poco, me seco las lágrimas y me sorbo los mocos. Debo de estar hecha un asco.
—Estoy bien —digo. Respiro profundamente unas cuantas veces para tranquilizarme y lo aparto—. Quiero irme a casa. —Parezco una niña malcriada.
Empiezo a bajarme de la cama, pero de repente me detiene un muro feroz, alto, fuerte y de ojos cafés. Me coge en brazos y se dirige hacia la puerta, topándose con Kate por el camino.
—Coge sus cosas —le ordena al pasar por su lado.
—¿Qué ha ocurrido? —Sam se levanta de la silla del pasillo.
—La han drogado —informa Joe tajantemente. No se detiene a dar más explicaciones.
—¡Joder! —dice Sam, consternado. Oigo los tacones de Kate siguiéndonos.
—¿Qué? ¿Para violarla?
—Sí, ¡para violarla! —grita Joe mientras continúa avanzando por el pasillo conmigo en brazos—. Voy a llevármela a casa.
Cuando salimos del edificio ya es de día. La invasión de luz natural me  obliga  a  entornar  los  ojos.  Me  mete  en  el  DBS  y  me  abrocha  el cinturón. Hago una mueca de dolor cuando la puerta se cierra y percibo un murmullo de voces fuera del vehículo. Oigo unos golpecitos suaves en la ventanilla y, cuando me vuelvo, veo a Kate haciéndome un gesto para que la llame. Asiento y apoyo la cabeza contra el cristal mientras Joe sube al coche y deja mis zapatos y mi bolso a mis pies. Cierro los ojos de nuevo y me quedo dormida.
 
—Arriba. —Abro los ojos y veo que Joe me saca del coche y me lleva en brazos a través del vestíbulo del Lusso.
—¿Señor  Jonas?  —El  conserje  aparece  junto  a  nosotros  mientras Joe se dirige al ascensor  que sube hasta el ático—. ¿Va todo bien? — pregunta, preocupado. No es raro verme siendo transportada en sus brazos, así que imagino que debo de tener un aspecto espantoso,  y sé que Joe también.
—Estoy bien, Clive. —La puerta del ascensor se cierra y el hombre se queda perplejo y preocupado al otro lado.
Apoyo la cabeza contra la firmeza de Joe y, lo siguiente que sé es que me está metiendo en su inmensa cama. Tengo vagos recuerdos de que me quita el vestido mientras gruñe con desaprobación. Me doy la vuelta al verme libre de ropa y dejo escapar un suspiro de alivio cuando percibo el olor que más me gusta en este mundo: un olor a agua fresca y mentolada. Sé que estoy de vuelta en el lugar al que pertenezco.
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Marzo 3rd 2015, 15:45

omg! no puedo creerlo
de seguro fuese ese tipo que quería tirársela en el
antro no no inche viejo quiero golpearlo por jilipollas
perdóname es q me he enojado y haaaa!
pero bueno espero con ancias el siguiente capi si q si
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Hoy a las 05:59

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Seduction (Joe y ___) ADAPTADA
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