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 Seduction (Joe y ___) ADAPTADA

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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 7th 2014, 20:51

Omj ame los capis stamn geniales
espero con.ansias mas
Sube mas, pronto porfis
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 14th 2014, 10:15

Hola de nuevo, hemosas y fieles lectoras... ¿Quien tiene curiosidad de saber la edad de Joe? jejejeje En estos capitulos se desvelara el secreto... (Cuando lo lei por primera vez  study  ...  hice fiesta  Canta ) jejeje 
Bueno, ahora les pongo el capitulo... 


Capítulo 8
 
Me desperezo  y de inmediato  soy consciente  de que Joe no está en la cama. Me incorporo a medias sobre los codos y lo veo sentado en el diván, con la cabeza gacha.
«¡Oh, no!»
 
Vuelvo a tumbarme sin hacer ruido y cierro los ojos. Con un poco de suerte, puede que no se haya dado cuenta de que me he despertado. Tras unos instantes en silencio, noto que la cama se hunde pero sigo sin abrir los párpados, rogándole en silencio que me deje en paz.
Finjo estar dormida durante una eternidad y él no hace nada por despertarme, así que abro los ojos con cuidado y veo dos estanques cafés fijos en mí. Gruño, y una pequeña sonrisa baila en las comisuras  de sus labios. Me pongo boca abajo y me tapo la cabeza con una almohada. Él se ríe a mandíbula batiente, me quita la almohada y me pone boca arriba.
—Buenos días —canturrea, y hago una mueca de asco ante su alegría y su felicidad de antes del amanecer.
—Por  favor,  no me  obligues  a ir  —suplico  con  mi  expresión  más solemne.
—Arriba  —dice,  y  tira  de  mi  mano  con  la  suya  sana  hasta  que consigue que me siente.
 
Protesto,  gimoteo  y lloriqueo  todo  lo que  puedo  contra  su idea  de cómo empezar el día, y luego casi me echo a llorar cuando me da mi ropa de correr, esa que me compró tan generosamente, lavada y planchada.
—Quiero sexo soñoliento —protesto—. Por favor.
Me saca de la cama, coge mis bragas de encaje y me da golpecitos en los tobillos para que los levante.
—Te vendrá bien —afirma, convencido.
Le vendrá bien a él. Corre distancias de locos todos los días. Yo soy más de correr un par de kilómetros cuando siento que necesito perder un par de kilos.
—¿Qué estás insinuando? —Lo miro mal.
Él sigue en cuclillas delante de mí. Pone los ojos en blanco y me hace un gesto para que levante el pie y pueda ponerme mis bragas de Little Miss.
—Cállate, __. En realidad, ahora mismo estás demasiado delgada —me regaña.
La verdad es que lo estoy.
Le  dejo  que  me  ponga  los  pantalones  cortos,  la  camiseta  y  las deportivas.
—Es una tortura —refunfuño.
—Ve a lavarte los dientes. —Me da una palmada en el trasero y voy al cuarto de baño, arrastrando los pies y echando la cabeza atrás para dejar bien claro que lo estoy haciendo de muy mala gana.
 
Me cepillo los dientes, saco una goma del pelo del bolso y bajo la escalera. Está en la puerta, esperándome.
—Soy  un  lastre  —gimoteo  mientras  me  hago  una  coleta.  Él  iría mucho más de prisa sin mí y yo podría dormir hora y media más—. Nunca conseguiré hacer veintidós kilómetros.
Me coge de la mano, me saca del ático y me lleva al ascensor.
—Para mí no eres un lastre. Me gusta tenerte a mi lado. —Introduce el código y descendemos al vestíbulo. A mí también me gusta estar con él, pero no a las cinco de la mañana y correteando por medio Londres.
—Tienes que cambiar el código. —Se lo vuelvo a recordar.
Me mira, con los ojos brillantes.  Le falta menear  la cola como un perrito. Me dan ganas de pegarle por estar tan despierto y tan alerta.
—Gruñona —me espeta, y en ese preciso instante decido que no voy a volver a recordárselo.
Salimos al sol del amanecer. Los pajaritos cantan y los camiones de reparto zumban. Son los mismos sonidos que la última vez que me preparó una sesión de tortura antes de que las calles estuvieran despiertas.
Empiezo  a  estirar  sin  que  Joe  me  diga  nada.  Me  mira,  sonríe  y procede a hacer lo propio. Quiero ser una cascarrabias pero está demasiado bueno con sus pantalones cortos negros y la camiseta de tirantes blanca y ajustada. La sombra de su barba sin afeitar tiene el largo perfecto.
—¿Listo?  —Avanzo  hacia  la  salida  para  peatones.  Introduzco  el código y empiezo a  correr en dirección al  Támesis. Ya me encuentro mejor.
—Piensa —me dice poniéndose a mi altura y corriendo al mismo paso que yo— que podríamos hacer esto todas las mañanas.
Me atraganto al tomar aire. ¿Veintidós kilómetros todas las mañanas? Ya puede olvidarse. Está como una regadera.
 
Corremos a un ritmo constante y vuelvo a tomar nota de las ventajas de salir a correr  a estas horas. Todo está muy tranquilo  y te despeja  la mente. Miro a mi apuesto hombre de vez en cuando con la esperanza de que muestre algún signo de fatiga. No obstante, me llevo una decepción tras otra. Es una máquina. Tomo nota mental de tener mi iPod a mano para la próxima vez que me saque de la cama con el lucero del alba.
Llegamos a St. James’s Park y avistamos a los corredores matutinos; son  todo  mujeres  que  empiezan  a  darse  tironcitos  de  la  camiseta  y  a enderezar la espalda. Ya. ¿Cuántas de ellas saldrán a correr a esta hora por costumbre?
Joe saluda a muchas y ellas le sonríen y le dedican una caída de ojos con pestañas postizas. Quiero vomitar o matarlas a patadas. ¿De verdad es necesario salir a correr con auriculares pijos y riñoneras cargadas de barritas energéticas?
Todas me clavan la mirada y sé que él me mira para comprobar que estoy  bien.  Por ahora  voy aguantando,  pero como  le dé por correr  más rápido no respondo.
 
Recorremos Green Park y nos dirigimos a Piccadilly. Pasamos por el lugar donde caí redonda la última vez. Miro el sitio en el que me sentaba todas las mañanas, arrancando briznas de hierba y secándome el rocío de los pantalones. Puedo verme como era, una mujer a medias, pálida y sin nadie que se preocupara por ella.
—Eh.
Salgo de mi ensimismamiento y miro a Joe, que parece preocupado. Seguro que puede leerme el pensamiento.
—Estoy bien —digo sacudiendo la cabeza y dedicándole una sonrisa tranquilizadora.
Me olvido de mis pensamientos tristes y me doy un aplauso mental. Voy a conseguirlo. Joe me da un codazo cariñoso y veo que me observa con admiración. Él ni siquiera ha sudado. Hago mis cálculos mentales: habremos corrido dos tercios del total. La idea de tener que correr otros seis  o  siete  kilómetros...  Me  entra  la  famosa  pájara,  otra  vez.  Mis pulmones se quedan sin aire y mi cuerpo entra en combustión con ellos.
No va a poder conmigo.
Lucho durante unos cientos de metros y, cuando accedemos al parque por la siguiente entrada, me desplomo sobre la hierba húmeda... otra vez. Consigo meter un poco de valioso aire en mis pulmones ardiendo y jadeo como un perro en celo. Seguro que parece que tengo un ataque de asma.
 
 
A través de mi visión borrosa veo a Joe acercarse y quedarse de pie a mi lado. Me protejo los ojos del sol de la mañana y lo enfoco.
—Lo he hecho mejor que la última vez —resoplo, jadeante. Sonríe.
—Mucho mejor, nena.
Se pone de rodillas y me levanta una pierna. Me da un masaje circular en el gemelo que me hace rugir. Él se echa a reír.
—Estoy muy orgulloso de ti. Dentro de unos días lo harás como si nada.
«¿Qué?» Los ojos casi se me salen de las órbitas pese a que los tengo cerrados. Si albergara suficiente aire en el cuerpo, tosería en desacuerdo. ¿Es que este hombre no sabe lo que es ir poco a poco?
 
Me tumbo en la hierba mientras él hace magia en mis doloridos músculos.  Podría  quedarme  aquí  tumbada  todo el día, pero no tarda  en hacer que me siente y me pone un billete de veinte delante de las narices.
—He venido preparado. ¿Café?
Señala con la cabeza un Starbucks que hay en la acera de enfrente. Me lo comería a besos. Lo rodeo con los brazos en señal de gratitud por haber sido tan precavido. El masaje que me ha dado me ha devuelto a la vida, y ahora voy a poder tomarme un café de Starbucks. La carrera ha valido la pena. Se echa a reír y se pone de pie conmigo todavía abrazada a su cuello.
—Estira  las piernas  —me ordena  con dulzura  deshaciéndose  de mi abrazo.
Protesto en el acto y recuerdo la última vez que me dijo que estirara después de salir a correr y no lo hice. Estaba demasiado distraída con sus exigencias  de que trabajara única y exclusivamente en el proyecto de La Mansión. Como  resultado, me pasé el día llevándome el pie al trasero, intentando que me dolieran menos las agujetas.
Observa de pie cómo estiro cada grupo muscular. Se lo ve contento y le brillan los ojos. No hay ni rastro de la arruga de la frente.
—Vamos. —Me coge de la mano y caminamos hacia Starbucks.
 
Como es tan temprano, nos sirven en seguida. Tengo hambre, pero si como algo voy a recuperar las calorías que acabo de quemar. Aunque todo huele delicioso y a recién hecho.
—¿Te apetece comer algo? —me pregunta Joe. Debe de haber visto cómo miraba la bollería.
—No   —respondo a toda velocidad apartando la vista de las tentaciones del expositor, que han conseguido que se me haga la boca agua.
Sonríe y me coge cariñosamente de la nuca, me atrae hacia sí y me da un beso en la frente antes de centrar  la atención  en la dependienta,  que babea más que yo.
—Un capuchino doble sin chocolate, un café solo y dos magdalenas de  arándanos,  por  favor  —le  sonríe,  y  la  chica  le  devuelve  una  risita nerviosa. Joe me mira—. Ve a coger sitio.
—Te he dicho que no tenía hambre.
—__, tienes que comer algo y punto.
Meneo la cabeza pero no discuto, sino que encuentro una mesa junto a la ventana y me dejo caer en el sillón de cuero. Es la forma perfecta de empezar el día: correr dieciséis kilómetros. La verdad es que mi preferida es empezar con sexo soñoliento.
Comienzo a pensar en el hecho de que Joe me suplicó que fuera con él a la fiesta de La Mansión. ¿Qué clase de fiesta va a ser? Me imagino a gente medio en pelotas, todos a lo suyo, música erótica y luces tenues. Ah, y artefactos, rollo jaulas y cruces, ganchos, cuero..., látigos.
«¡El puto infierno!»
¡Sería  como  una  orgía  descomunal   con  un  montón  de  juguetes guarros! Jesús, María y José. No sólo es que no quiera ir, es que tampoco me entusiasma la idea de que vaya Joe. Me entra un ataque de celos en cuanto imagino a todas las mujeres babeando por él, intentando seducirlo con promesas de sexo pervertido. No hay duda de que le va la marcha y de que se le da muy bien. Dios, está muy acostumbrado a toda esa mierda. Vale,  me están  entrando  todos  los males  en Starbucks  y, de nuevo,  me acuerdo  de que Joe  tiene  muchísima  práctica...  con el sexo...,  con los juguetes... y con...
«¡Para!»
Qué idea más deprimente. Vi la mirada de esas mujeres cuando estuve en La Mansión. Yo era la intrusa, y ya me imagino el recibimiento que me espera si voy a esa fiesta. Seguro que no va a ser tan cálido como en mis anteriores visitas. De  hecho, sería la aguafiestas, la petarda que va a fastidiarles la orgía. Es horrible.
—¿Soñando despierta?
Aparto la mirada de la abundante vegetación del parque que hay en la acera de enfrente y la clavo en los estanques cafés de mi señor de La Mansión. Esbozo una sonrisa nada convincente. De pronto, estoy muy deprimida y me siento muy poca cosa. Además, los celos y el rencor me consumen como nunca lo habían hecho.
 
Me mira con recelo mientras deja los cafés y las magdalenas sobre la mesa. Se sienta delante de mí y se sirve. Empiezo a pellizcar el copete de mi magdalena y remuevo mi café. Sé que me mira pero no logro reunir las fuerzas  suficientes  para  fingir  que  estoy  bien.  No lo estoy.  Ni  siquiera hemos  hablado  de La Mansión.  La verdad  es que no hemos  hablado  de nada.
—No voy a ir a la fiesta —digo por encima de mi capuchino—.  Te quiero pero no puedo ir —digo esto último con la esperanza de que suavice el golpe. Mi señor no sabe aceptar un no por respuesta, al menos no si proviene de mí.
Tras unos instantes  en silencio,  lo miro para ver qué cara se le ha quedado. No hay signos de enfado, ni de mal humor, pero su arruga de la frente ha hecho acto de presencia y se está mordiendo el labio inferior, lo que me dice que esto es muy importante para él. Si me suelta otra perla como la de anoche en la bañera, me echaré a llorar.
—No va a ser como te imaginas, __ —dice con calma.
—¿Qué quieres decir? —pregunto con el ceño fruncido. ¿Cómo sabe cómo imagino que va a ser?
Bebe un sorbo de café y deja el vaso de papel sobre la mesa antes de inclinarse  hacia  adelante  en el  sillón  con  los  codos  apoyados  sobre  las rodillas.
—¿Alguna vez La Mansión te ha dado la impresión de ser un sórdido club de sexo?
—No —reconozco.
Ni siquiera me di cuenta de que era un club de sexo hasta que estuve cotilleando con Kate y me encontré en el tercer piso. Parece un hotel superpijo y con spa. Bueno, por lo que yo vi, que no fue mucho, más que nada porque estaba cegada por este hombre que ahora tengo sentado enfrente.
—__, no va a haber gente desnuda haciéndote proposiciones. Nadie va a arrastrarte por la escalera hacia el salón comunitario. Hay reglas.
«¿Reglas?»
—¿Qué clase de reglas?
Sonríe.
—Los  únicos  lugares  donde  está  permitido  quitarse  la  ropa  son  el salón comunitario y las suites privadas. La planta baja, el spa y las áreas deportivas  son  como  las  de  cualquier  otro  hotel  de  lujo.  No  dirijo  un burdel, __. Los socios pagan mucho dinero para disfrutar de todo lo que La Mansión ofrece, no sólo por el privilegio de practicar sus preferencias sexuales con personas que comparten sus gustos.
Sé que me estoy poniendo como un tomate y tengo ganas de darme una bofetada.
—¿Cuáles son tus preferencias sexuales? —pregunto en voz baja. Con todo lo que podría preguntar, ¿por qué voy y le pregunto justamente eso?
¿Qué  coño  me  pasa?  Debería   estar  interrogándolo sobre  cruces gigantes de madera que cuelgan de las paredes y rejas de oro que penden del techo, o sobre hileras de látigos y cadenas suspendidas de las vigas.
 
Me dedica su sonrisa arrebatadora y se mete un trozo de magdalena en la  boca.  Lo  mastica  despacio  a  propósito,  mientras  observa  cómo  me derrito ante su potente mirada.
—Tú —afirma con rotundidad.
—¿Sólo yo?
—Sólo tú, __. —Su voz es ronca y decidida, y no puedo evitar que las comisuras de mis labios se eleven por un segundo. Acaba de multiplicar su magnetismo sexual por diez. Podría abalanzarme sobre él aquí mismo.
—Así me gusta.
 
Tomo el primer bocado de verdad de la magdalena, más que satisfecha con su  contestación. Sólo yo. Me gusta esa respuesta. ¿De verdad me importa lo que ocurra en La Mansión si Joe no participa? Sólo tengo que olvidar que antes sí participaba, aunque... ¿Hasta qué punto? Y ¿es obligatorio que yo lo sepa? Nos miramos un momento. Él se pasa el índice por el labio inferior y yo me maravillo de lo sexy que está cuando hace eso.
—¿Vendrás? —me pregunta; no me lo ordena. Está siendo muy razonable, tratándose de  él—. Por  favor... —añade con  una  mueca de esperanza.
Jo, es que no sé decirle que no a este hombre.
—Sólo porque te quiero.
Su mueca se transforma en una sonrisa de las que quitan el aliento y yo me derrito en el sillón.
—Repítelo.
—¿Qué? —Frunzo el ceño—. ¿Que sí que voy a ir?
—No, claro que vas a ir. Dime otra vez que me quieres.
—Ya lo sabes. —Me encojo de hombros—. Te quiero.
Sonríe.
—Lo sé pero me encanta oírtelo decir. —Levanta su cuerpo glorioso y me tiende la mano.
La cojo y me golpeo contra su pecho cuando tira de mí.
—Si hubieras seguido corriendo, estaríamos en casa y yo ya estaría perdido en tu interior.
Mentalmente, coso a patadas mi culo de corredora de mierda. Debería haber seguido. Se tardan quince minutos en llegar al Lusso en taxi, y estoy deseando que llegue el bis de mi rutina de ejercicio matinal. Me besa en los labios un rato y luego me carga sobre sus hombros y empieza a andar hacia la calle.
Con el rabillo  del ojo veo a la joven que ha atendido  a Joe, que observa con envidia cómo mi adonis me saca en brazos del establecimiento. Sonrío para mis adentros. Es todo cuanto una mujer puede desear, y es mío. Nadie me lo va a quitar, así que si tengo que ir a una estúpida fiesta de aniversario para ahuyentar  a las leonas que se mueren por hincarle el diente, que así sea. Pasaré por encima de quien haga falta.
 
Me deposita en el taxi y me tortura sin piedad de camino a casa. Su erección de acero salta a la vista bajo los pantalones cortos, y yo no sé qué hacer para disipar la tensión que se apodera de mí entre mis muslos.
—Buenos días, Clive —dice Joe a toda velocidad mientras tira de mí.
 
Menos mal que llevo puestas las deportivas, porque parece que está haciendo un sprint. No se detiene cuando Clive le devuelve el saludo. Me mete en el ascensor, introduce el código en el teclado y me empuja contra la pared de espejos. Ataca mi boca con avidez.
—¡Es posible que, en el futuro, tenga que follarte antes de salir a correr! —ruge en mi boca. Su tono primitivo me parte en mil pedazos bajo su cuerpo duro.
Tengo las manos en su pelo y él acerca aún más la boca a la mía. Nuestras lenguas libran una batalla campal. Esto va a ser visto y no visto. Hemos dejado atrás el territorio del sexo soñoliento y, si las puertas del ascensor no se abren pronto, lo vamos a hacer aquí mismo.
Las puertas se abren como si pudieran leerme el pensamiento y me hace entrar en el ático andando hacia atrás; nuestras bocas siguen fundidas y nuestras lenguas se baten en duelo. No sé cómo lo hace, pero consigue abrir  la  doble  puerta  de  entrada  sin  separarse  de  mí  y  ya  me  está arrancando la ropa antes de que ésta se haya cerrado. Quiere estar dentro de mí cuanto antes, lo cual me parece perfecto. Ha sido la carrera en taxi más larga que he tenido que soportar en toda mi vida.
 
Me deshago de las bragas de un puntapié en cuanto él me las baja y empiezo a quitarle la camiseta por encima de la cabeza. Su boca se separa de la mía justo el par de segundos  que necesito  para deshacerme  de la camiseta y vuelve a chocar contra la mía. Joe avanza con decisión y me lleva,  andando  hacia  atrás,  hacia  la  pared  que  hay  junto  a  la  puerta principal.
Me vuelve de espaldas.
—De  rodillas.  Pon  las  manos  contra  la  pared  —me  ordena  con urgencia.
Obedezco  al instante mientras él se libra de las deportivas  y de los pantalones cortos. Me pongo de rodillas y apoyo las palmas de las manos en  la  pintura  fría,  jadeante  e  impaciente.  Me  coge  firmemente  de  las caderas y doy un respingo, pero no me suelta. Tira un poco de mis caderas, me abre de piernas y se coloca detrás de mí.
—No te corras hasta que yo lo diga, ¿entendido?
Asiento y cierro los ojos intentando prepararme para la sobrecarga de potencia que mi cuerpo está a punto de recibir con los brazos abiertos. A estas alturas  ya debería  saber  que, cuando se pone así, no hay ejercicio mental capaz de prevenirme para lo que viene.
Noto la punta de su polla haciendo presión en mi entrada y, en cuanto la encaja,  empuja  hacia  adelante  con  un grito  incoherente.  No me  deja respirar ni un resquicio para ajustarme o aceptarlo. Inmediatamente, tira de mí hacia él y empieza a entrar y a salir a toda potencia, sin piedad. Está poseído.
«¡Joder, joooodeeeer!»
Abro  los  ojos,  sorprendida,  y  recoloco  las  manos  en  la  pared, buscando estabilidad desesperadamente mientras él sigue penetrándome como un salvaje.
—¡Por Dios, Joe! —grito ante la deliciosa invasión de mi cuerpo.
—¡Sabías lo que te esperaba, __! —ruge volviendo a la carga—. Que no se te ocurra correrte.
 
Intento pensar en cualquier cosa menos en la rápida e inmensa acumulación  de placer que crece en mi entrepierna,  pero sus embestidas salvajes e incansables no me ayudan en absoluto. Como siga a este ritmo, no voy a poder aguantarme.
—¡Joder!  —grita,  frenético—.  ¡Me  vuelves  loco!  —enfatiza  cada palabra  con  una  embestida  potente  y  precisa.  Estoy  sudando  más  que durante la carrera de dieciséis kilómetros.
Sus manos abandonan mis caderas y trepan por mi espalda hacia mis hombros, y echo atrás la cabeza cuando me agarran, firmes y ardientes, de la nuca. Estoy delirando de placer. Las señales delatoras de que él también se está poniendo tenso viajan por sus brazos, directas a mis hombros. Qué alivio. He pasado el punto de no retorno pero no puedo correrme hasta que él me lo diga. ¿Qué haría si lo desobedeciera y me entregara a mi orgasmo inminente?
Sigue sacudiendo y golpeando las caderas contra mis nalgas y, con un rugido que me rompe los tímpanos, me penetra con tanta fuerza que se me saltan  las  lágrimas.  Acto  seguido,  se  queda  quieto  y  se  apoya  en  mi espalda, cosa que me empotra más aún contra la pared. Mueve las caderas en círculos, muy dentro de mí. Estoy temblando, tengo el cuerpo al límite. Me coge  de la coleta  y tira de ella hasta  que tengo  la cabeza  sobre  su hombro. Lleva la mano lastimada a mi ombligo y luego al interior de mis muslos.
Tira otra vez de mi pelo hasta que vuelvo la cara. Mi visión borrosa se topa con algo café oscuro.
—Córrete —me ordena. Desliza el dedo por el centro de mi sexo y su lengua arrasa mi boca.
Sus palabras desatan un tsunami de placer en mi entrepierna  que se apodera  de cada centímetro  de mi ser y exploto con un gemido largo y satisfecho en su boca.
No puedo moverme. Me hundo en su abrazo y lo dejo que me acaricie durante mi orgasmo.
—Eres un dios —farfullo contra sus labios. Noto que sonríe.
—Eres muy afortunada.
—Y tú, un dios arrogante.
Sale y me da la vuelta entre sus brazos. Lo ayudo a maniobrar y le rodeo el cuello con las manos.
 
 
—Tu dios arrogante quiere pasar el resto de su vida profesándote su amor y cubriéndote con su cuerpo. —Se pone de pie y me lleva consigo.
Estoy encantada, pero también intento ignorar la diminuta parte de mi cerebro  que trata de recordarme que con el cuerpo y el amor de Joe también van incluidos don Controlador y don Difícil.
—¿Qué hora es? —pregunto besándolo a la luz matutina.
—No lo sé. —Sigue cubriéndome de besos y yo empiezo a andar hacia atrás, en dirección a la cocina, para intentar mirar la hora en el reloj. Me sigue, todavía abrazado a mí y dándome besos por todas partes.
Veo el reloj con el rabillo del ojo.
—¡Mierda!
—¡Oye! ¡Cuidado con esa puta boca!
Me libero de su abrazo y comienzo a subir la escalera corriendo.
—¡Son las ocho y cuarto! —grito subiendo los escalones  de dos en dos. ¿Cómo ha pasado tan rápido la mañana? Mi dios arrogante es toda una distracción. Voy a llegar tardísimo.
 
Me meto en la ducha y me libro de los restos de sudor y de semen a toda velocidad. Me estoy aclarando el pelo frenéticamente cuando noto que las manos de Joe me acarician la barriga. Me enjugo el agua de los ojos y lo veo a mi lado, esgrimiendo su sonrisa especial, sensual y arrebatadora.
—Ni se te ocurra —le advierto. No me va a distraer más.
Pone morritos y lleva las manos a mis hombros. Tira de mí hacia su boca.
—Llego tarde —discuto débilmente, intentando resistirme a las ganas que me están entrando de confraternizar  con él, que sigue besándome en los labios.
—Quiero pedir cita —dice lamiéndome el labio inferior y arrimando la entrepierna a mi estómago.
—¿Para follarme? No hace falta cita —bromeo intentando apartarme de él.
Ruge y me abraza con fuerza.
—¡Esa boca! Ya te lo he dicho. No necesito pedir cita para follarte. Lo hago cuando quiero y donde quiero. —Me restriega otra vez la entrepierna y es entonces cuando sé que tengo que escapar antes de que me devore de nuevo.
—Tengo que irme.
Me zafo de su abrazo, salgo de la ducha a toda prisa y lo dejo ahí, triste como un colegial. Acaba de follarme,  aunque la verdad es que yo también tengo ganas de repetir.
 
Me lavo los dientes y voy al dormitorio. Me siento delante del espejo de cuerpo entero y saco mi neceser  de maquillaje  y el secador  de pelo. Empiezo  a  secármelo  a  toda  velocidad  y me  hago  un  recogido  rápido. Ahora, a por el maquillaje.
 
Joe sale del baño en toda su gloriosa  desnudez  y sin un ápice de pudor. Le lanzo una mirada furibunda a su espalda desnuda y obligo a mis ojos a volver a centrarse en el maquillaje. Me está distrayendo a propósito. Me acerco al espejo y me aplico la máscara de pestañas. Cuando me aparto, Joe está a mi lado, mirándose al espejo. Levanto la vista y me doy en las narices con la punta de su hombría semi erecta. No puedo apartar la vista. Estoy encantada. Mi ávida mirada asciende por su cuerpo desnudo y lo encuentra mirándose al espejo y peinándose el pelo hacia un lado con una especie de cera. Sabe muy bien lo que se hace.
Respiro  hondo  para  serenarme  y  me  dedico  a  maquillarme,  pero entonces él empieza a frotarse contra mí. Su pierna fuerte y firme apenas me roza  la piel  del  brazo.  Siento  un escalofrío  y levanto  la vista.  Está intentando aguantarse la risa y fingir que la cosa no va con él. Qué cerdo.
 
Mira  mi  imagen  en  el  espejo.  En  sus  ojos  brillan  toda  clase  de promesas. Entonces se agacha detrás de mí y me rodea con su cuerpo. Se sienta un poco más hacia adelante, apretándose contra mí, enroscando los brazos en mi cintura y apoyando la barbilla en mi hombro. Le sostengo la mirada en el espejo.
—Eres preciosa —susurra.
—Tú  también  —respondo,  y  me  tenso  un  poco  cuando  noto  su erección en mi culo.
Lucha por contener la risa. Sabe perfectamente lo que está haciendo.
—No vayas a trabajar.
Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano.
—Por favor, no me pidas eso.
Me pone morritos.
—¿No te apetece que nos metamos en la cama y te dedique mis atenciones especiales durante todo el día?
 
No se me ocurre nada mejor que eso pero, si cedo, estaré sentando un precedente que me va a acarrear muchos problemas en el futuro. No puede tenerme dedicada a él en exclusiva todo el tiempo, aunque sé que él cree que eso sería lo más natural del mundo.
—Tengo  que trabajar.  —Cierro  los ojos  cuando  sus labios  deciden conquistar mi oreja.
—Tengo que tenerte. —Su lengua traza círculos en mi lóbulo. ¡Dios, tengo que huir ahora mismo!
—Joe, por favor. —Me retuerzo entre sus brazos. Su reflejo me lanza una mirada furiosa.
—¿Me estás diciendo que no?
—No. Te estoy diciendo que luego. —Intento razonar y me retuerzo con más fuerza  para  poder  darme  la vuelta.  Lo empujo,  se tumba  boca arriba y yo aterrizo sobre él, sobre sus labios. —Necesito trabajar, por Dios.
—Trabaja en mí. Seré un cliente muy agradecido.
Me aparto y sonrío.
—¿Quieres decir que en vez de partirme el espinazo para mantener a mis clientes contentos con mis diseños, planes y fechas de entrega, debería simplemente acostarme con ellos?
Se le ensombrece la mirada.
—No digas esas cosas, __.
—Era una broma. —Me echo a reír.
 
De repente estoy con la espalda pegada al suelo, debajo de él, inmovilizada por su peso.
—¿Acaso me estoy riendo? No digas cosas que hagan que me ponga como un energúmeno.
—Lo  siento  —digo  de  inmediato.  Necesito  vivir  con  su tolerancia cero a los chistes sobre otros hombres y yo.
Niega con la cabeza y se levanta, camino del armario vestidor. Me siento           y aprovecho que ya no hay distracciones para terminar de maquillarme. Lo he hecho enfadar de verdad. Una imagen inesperada y que no me gusta un pelo de Joe con otra mujer me viene a la cabeza. Ahora soy yo la que niega con la cabeza. Es como si mi subconsciente me estuviera dando a probar mi propia medicina. Hago una mueca de asco y tiro el eyeliner al neceser de maquillaje. Ha funcionado. La piel me hierve de lo posesiva que me siento.
Me embadurno en manteca de coco, me pongo ropa interior de encaje y mi vestido rojo recto y sin mangas.
—Me gusta ese vestido.
 
Me vuelvo y mis ojos reciben el impacto total de una hermosa bestia con traje azul marino. Suspiro de admiración. Es demasiado perfecto y no se ha afeitado. Babeo. Parece que se le ha pasado la pataleta.
—Me gusta tu traje —contraataco.
Sonríe y termina de arreglarse la corbata gris. Se baja el cuello de la camisa. Si yo fuera cualquier otra mujer y me enterara de la existencia de La Mansión y de que su propietario es un dios, también me haría socia.
Me está distrayendo otra vez. Lanzo el bolso sobre la cama, saco el móvil, me pongo brillo de labios y cojo mis zapatos bajo su atenta mirada. En vano, busco de nuevo mis píldoras pero sé que no las voy a encontrar.
—¿Se  te  ha  perdido  algo?  —Se  echa  un poco  más  de  loción  para después del afeitado.
Dios, esa fragancia.
—Mis píldoras —gruño con la cabeza casi dentro de mi bolso gigante. Repaso con los dedos las costuras del forro, por si hay algún descosido.
—¿Otra vez?
Levanto  la  cabeza  y le  pido  disculpas  con  una  sonrisa.  Me  siento como una idiota y no me apetece nada volver a visitar a la doctora Monroe. Necesito solucionar esto antes de que pasen más días sin tomármelas.
—Te  veo  luego.  —Me  da  un  casto  beso  en  la  mejilla  y  me  deja buscando  agujeros  en el forro del  bolso.  Esto es una pesadilla.  Tal  vez debería pedir la inyección y ahorrarme todo este apuro.
De repente  me quedo petrificada,  con el ceño fruncido y mi mente apretando el gatillo... ¿Y si...?
 

No, no sería capaz. ¿Por qué iba a hacerlo?
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 07:09

apuesto lo que a que el las sconde dsd q las empeso a perder ha estado con el asi q lo mas lojico haya sido el porfis sube mas
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:09

Nueva Lectora <3
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:10

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:10

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:11

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:11

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:12

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:12

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:12

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:13

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 18th 2014, 15:14

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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 25th 2014, 08:20

Welcome OrgasmoJonaS<3. Subire en tu honor otro capitulo... Tambien queria comunicarles que en una semana tendre que regresar a la escuela y subire todos los sabados para que no se queden sin novela mucho tiempo... Ahora, 3... 2... 1... Disfruten el capitulo Smile (Muy Jesse/Joe)



Capítulo 9
 
Avanzo por el vestíbulo y veo que Clive está cepillando  el cuello de su uniforme sobre el mostrador de mármol. Lo está dejando reluciente.
—Buenos días —digo.
—Buenos días, __ —responde la mar de contento. Le devuelvo el saludo con una sonrisa exagerada.
—Clive,  no  podrías  dejarme  ver  los  vídeos  de  las  cámaras   de seguridad del domingo, ¿verdad?
—¡No!  —exclama.  De  repente  está  muy  ocupado  tecleando  a toda velocidad.
Le clavo una mirada de sospecha pero él no levanta la vista del ordenador. Esto es increíble. Joe se me ha adelantado. Sabía que se los iba a pedir a Clive.
—¿Ha hablado Joe contigo?
—No. —Niega con la cabeza y sigue sin querer mirarme.
—Claro que no —suspiro, doy media vuelta y salgo del vestíbulo. El señor es muy astuto y yo tengo la mosca detrás de la oreja.
—¡__! —Clive corre detrás de mí—. Han llamado de mantenimiento. Ya han hecho el pedido de la puerta pero, como la tienen que enviar desde Italia, tardará en llegar. —Camina a mi lado.
—Deberías llamar a Joe y comunicárselo a él. —Sigo andando y él no se separa de mí.
—Ya lo hice, __, y el señor Jonas me dijo que tengo que consultar contigo todo lo que esté relacionado con el ático.
Freno en seco. ¿Que ha dicho qué?
—¿Perdona? —sueno confundida. Clive parece nervioso.
—El señor Jonas... me dijo... eh... que ahora vivías aquí y que tenía que informarte de cualquier cosa relacionada con el ático.
—Ah, ¿eso te ha dicho? —Aprieto los dientes. No debería tener ese tono  de  amenaza,  no  es  culpa  de  Clive—.  Hazme  un  favor,  Clive. Telefonea al señor Jonas y dile que yo no vivo aquí.
Clive me mira como si acabara de decirle que tiene dos cabezas. Estoy que echo humo. Utiliza un polvo de entrar en razón, seguido de un polvo de recordatorio, para  hacer  que  me  mude  aquí,  y  ¿ahora  espera  que  me convierta en su chacha? Ni por todos los polvos de entrar en razón y los polvos de recordatorio juntos.
—Por supuesto, __... Ahora mismo... lo hago.
—Estupendo —exploto, y salgo del edificio.
 
Me paro y busco las gafas de sol y las llaves del coche en el bolso, hecha  una  furia.  ¿Cómo  se  atreve?  Bufo  para  mis  adentros  hasta  que encuentro las gafas. Me las pongo y Angel de Massive Attack empieza a resonar en mis oídos.
—¡No! —grito.
Ahora todavía estoy más cabreada. Sabe cómo me siento respecto a esa canción. Cojo el teléfono para aceptar la llamada.
—¡Deja de toquetear mi teléfono!
—¡No! ¡Me recuerda a ti! —grita—. ¿Qué coño quiere decir eso de que no vives aquí?
—¡Que no soy tu puta chacha! —le devuelvo el grito.
—¡Cuidado con esa puta boca!
—¡Que te jodan! —Soy como una camionera.
—¡Esa boca!
Estoy en la puerta del Lusso, echando humo. Si cree que voy a ser una ama de casa diligente  y obediente,  va listo. ¡El muy ladino!  Levanto  la vista y veo a John apoyado en su Range Rover. Lleva las gafas de siempre puestas pero puedo ver que tiene arqueada una ceja. Esto le parece la mar de divertido.
—¿Qué hace John aquí? —le espeto.
—¿Ya estás más tranquila?
—¡Contéstame! —le grito.
—¿Con quién coño te crees que estás hablando?
—¡Contigo! ¿Me estás escuchando? ¿Por qué está aquí John?
—Para llevarte al trabajo.
—No necesito un chófer, Joe —suavizo un poco mi tono. Qué poco digno de mí, gritar y maldecir como una hooligan borracha, delante de uno de los complejos residenciales más nuevos y prestigiosos de Londres. John sonríe. Esto es nuevo. Nunca lo había visto dar señales de tener sentido del humor.
—Estaba por el barrio y pensé que sería más cómodo que pasarte una hora intentando aparcar. —Él también ha suavizado el tono.
—Bueno, pues al menos podrías contarme las cosas que van a pasar y que tienen que ver conmigo —le escupo por teléfono, y cuelgo.
«¡Cerdo controlador!»
 
Me dirijo hacia John y el móvil empieza a sonar por el camino otra vez.  Voy  a cambiar  esa  dichosa  melodía.  Le  enseño  la pantalla  a John cuando paso junto a él y vuelve a sonreír.
—Dime, amor —bromeo con bastante osadía. Me estoy cavando mi propia tumba, lo sé, pero ahora mismo no puede tocarme, así que no hay peligro de que intente echarme un polvo para ponerme en mi sitio.
—No te pongas sarcástica, __, no te pega.
Me monto en el Range Rover y me abrocho el cinturón de seguridad.
—Te gustará saber que voy hacia la oficina con John. —Miro a este último y él asiente—. ¿Quieres que te lo confirme? —pregunto—. John, saluda. —Le pongo el móvil delante de las narices.
—Todo bien, Joe —dice despacio. Sonríe de verdad y veo un diente de oro. Se lo está pasando pipa.
Me pego el móvil de nuevo a la oreja.
—¿Contento?
—¡Mucho! —exclama—. ¿Alguna vez has oído hablar de un polvo de represalia?
Sólo de oírlo me dan escalofríos. Miro a John, que sigue sonriendo.
—No. ¿Me vas a hacer una demostración? —pregunto con calma.
—Si tienes suerte. Te veo en casa —dice, y cuelga.
 
Dejo el móvil en el bolso. Hay espirales de anticipación dando vueltas en mi entrepierna. Me ha hecho correr dieciséis kilómetros, me ha servido mi café favorito,  me ha follado hasta hacerme  perder  el sentido,  me ha hecho  promesas  guarras  por  teléfono  y ni  siquiera  he  llegado  aún  a la oficina.   Por si fuera poco, me está distrayendo de un montón de pensamientos  desconcertantes.  Se está guardando algo, otra vez, y no me puedo creer que le haya dicho al conserje que ahora yo soy la señora de la casa. En el futuro, necesito evitar los polvos de entrar en razón, y también necesito pensar cómo voy a abordar ese pequeño asunto. Es demasiado pronto para que me vaya a vivir con él. Miro a la bestia parda que tengo sentada a mi lado.
—¿De verdad estabas por el barrio?
John deja de emitir su zumbido característico.
—¿Tú qué crees?
Justo lo que me imaginaba.
—¿Qué  edad  tiene  Joe?  —pregunto  como  si  nada.  No  tengo  la menor idea de por qué he elegido un tono casual. Es ridículo que no sepa qué edad tiene.
—Treinta y dos —contesta con rostro inexpresivo.
¿Treinta y dos? Ésa es la edad que dijo Joe anoche que tenía. Miro a John, que vuelve a emitir su ruidito característico. ¡No me lo creo! Joe se lo ha dicho.
—No tiene treinta y dos años, ¿a qué no?
John vuelve a sonreír y a mostrar su diente de oro.
—Dijo que me lo preguntarías.
Meneo la cabeza. En eso voy perdiendo. Así que, como a John le caigo bien y parece estar de buen humor, decido que puedo abordar otros asuntos.
—¿Siempre ha tenido un carácter tan difícil?
—Sólo contigo, muchacha. En realidad, se lo toma todo con bastante calma.
 
¿Que se lo toma todo con calma? Espera, que me río. Recuerdo que Sam  dijo lo mismo y que John mencionó  que yo había  sacado  a la luz algunas  cualidades  bastante  desagradables  en  Joe.  Me  río  para  mis adentros. Joe también ha sacado a la luz cualidades  feas en mí. Suelto más tacos que un camionero.
—Es evidente que saco lo peor de él —gruño.
—No seas tan dura con él, muchacha. —John intenta quitarle importancia.
—¿Quieres vivir con él y con su forma imposible de ser? —pregunto, exasperada.
—Entonces  ¿te  has  mudado  a  su  casa?  —Sus  cejas  aparecen  por encima de las gafas de sol y se vuelve hacia mí. No me había dado cuenta de lo que acabo de decir. Espero que John no llegue a la misma conclusión que Sarah: que voy detrás del dinero de Joe.
De pronto siento la necesidad de defenderme.
—Me lo pidió y prácticamente me obligó a decir que sí. —No le voy a contar los detalles de cómo lo hizo—. Pero no estoy muy segura. Es un poco pronto. De eso iba nuestro pequeño intercambio. No le gusta que le digan que no. —Sacudo el teléfono delante de John.
«¡Su dinero me importa una mierda pinchada en un palo!»
Las comisuras de los labios de John dibujan una sonrisa y empieza a asentir, pensativo.
—Es muy particular contigo.
Suelto una carcajada de asentimiento y niego con la cabeza, pensativa. Es muy particular conmigo. Da miedo.
—¿Cuánto hace que lo conoces? —La ocasión la pintan calva. Podría cerrar el pico y no volver a hablar.
—Demasiado tiempo —se ríe, y es una risa profunda, desde las tripas, y le salen papadas nuevas cuando su cuello se retrae. Me pregunto cuántos años tendrá. Es el puto misterio de las edades. Debe de estar a punto de cumplir los cincuenta.
—Apuesto a que has visto de todo en La Mansión —farfullo.
Tengo más clara la labor de John desde que sé que el lugar no es un hotel ni el cuartel general de la mafia. No me gustaría cabrear a la montaña que tengo sentada a mi lado, tamborileando  con las manos en el volante. Hace que incluso eso parezca un gesto amenazador.
—Forma parte de mi trabajo —responde tan tranquilo. Ah, lo que me recuerda:
—¿Por qué fue el otro día la policía?
John me mira con un semblante casi de amenaza y me achico un poco.
—Un idiota que hacía el tonto. No hay por qué preocuparse, muchacha —dice, y vuelve a centrarse en la carretera.
No estaba preocupada,  pero ahora sí lo estoy. John acaba de darme exactamente la misma explicación de mierda que me dio Joe, y el hecho de que me haya dicho que no me preocupe me preocupa. ¿Qué está pasando aquí? Información. Necesito algo de información. Me deja en mi oficina y se despide de mí con una inclinación de la cabeza.
 
 
—¡Buenos días, __! —Sally está contenta.
Ah, sí. Se me había olvidado que Sally se ha transformado. Lleva puesta la misma camiseta que ayer, sólo que de otro color. La de hoy es roja. Me gusta la Sally chispeante. Espero que no le rompan el corazón.
—Hola, Sally, ¿qué tal estás?
—Muy bien, gracias por preguntar. ¿Te apetece un café?
—Sí, por favor.
—¡Marchando! —Me lanza una sonrisa adorable y se va a la cocina.
 
Caigo en la cuenta de que lleva las uñas pintadas. Eso también es una novedad, y no es beige ni transparente.  ¡Es rojo carmesí!  Debe de estar preparándose para su cita.
Enciendo el ordenador, me pongo con unos presupuestos y preparo un montón de facturas para Sally. Abro el correo y veo que tengo la bandeja repleta de mensajes, casi todos son basura, así que empiezo a borrarlos.
A las diez y media se abre la puerta de la oficina. Cuando levanto la vista no me sorprende en absoluto ver un abanico de calas en los brazos de la chica del Lusso. Sabía que iba a hacer caso omiso de lo que le pedí. Pone los ojos en blanco y me encojo de hombros a modo de disculpa. Tras el intercambio de flores y firmas, busco la tarjeta.
 
¿TIENES GANAS DEL POLVO DE REPRESALIA? TU DIOS.
BSS.
 
Sonrío y le mando un mensaje. Me había prometido no contactar con él después de cómo me ha distraído esta mañana, pero ese plan ya se ha ido a la porra, con lo de ser su chacha y la aparición del grandullón de John. Además, tengo muchas ganas de echar ese polvo de represalia.
 
Sí, y sé que tú también. Bss, tu _ (inicial).
 
Me pongo a currar. No hay nadie en la oficina  excepto  Sal. Es mi oportunidad para sacar un montón de trabajo adelante. Cruzo la calle a la hora  de  la  comida  para comprar un bagel y comérmelo  delante  del ordenador. Mi móvil me indica que tengo un mensaje en cuanto aterrizo en la silla.
 
Me  gusta  tu frase  de despedida.  No  la olvides.  Siempre  lo serás.  Te  veo  en  casa,  a las siete... más o menos. Bss, J.
 
Estoy en el séptimo cielo de Joe. Decido llamar a Kate mientras me tomo un descanso para comer.
—¡Hola, hola! —canturrea por el teléfono. ¿Por qué está tan contenta? Ay, Dios, espero que no haya vuelto a ir a La Mansión. No voy a preguntárselo. Prefiero no saberlo.
—Hola, ¿te encuentras bien?
—¡Todo bien! ¿Cómo está el novio favorito de mi amiga? —Se echa a reír.
—Está  bien  —contesto  secamente.  Sólo  lo  quiere  tanto  porque  le compró a Margo Junior.
—Oye, estoy de camino a Brighton para           entregar una            tarta. ¿Comemos juntas el jueves? Mañana tengo un día de locos. Debo ponerme al día en el trabajo.
—Te han estado distrayendo, ¿no, pillina?
—¡Diversión! —me suelta—. ¿Comemos juntas o no?
—Vale —contesto. Eso de que esté tan sensible me tiene muy mosqueada—. El jueves a la una en el Baroque —confirmo.
—¡Perfecto! —Y cuelga.
¡Rayos! Creo que le he tocado la fibra sensible. ¡Diversión, y un cuerno! Está dándome evasivas y quitándole importancia. Quiero saber qué está pasando, pero me prometo no volver a preguntar en el futuro. ¿Qué se trae entre manos?
Se abre la puerta de la oficina y entra Tom.
—¡Tom, tenemos que hablar sobre tu indumentaria!
Se mira la camisa de vestir verde esmeralda y la corbata rosa fucsia. Los colores que no casan son una ofensa terrible en el mundo de Tom.
—Fabulosa, ¿verdad? —Se acaricia la corbata.
Pues no. De hecho, es bastante desagradable. Sé que, si estuviera buscando un diseñador de interiores y Tom apareciera en mi puerta, se la cerraría en las narices.
—¿Dónde está Victoria? —pregunto.
—Tenía  una visita en Kensington.  —Lanza  su mariconera  sobre su mesa, se quita las gafas y se las limpia con la corbata.
—¿Has averiguado qué salió mal? —insisto.
—¡No! —Se deja caer en su silla—. Se pasó el día triste y cabizbaja. —Se inclina hacia adelante y recorre la oficina con la vista—. Oye, ¿qué crees que le pasa a nuestra Sal?
Vaya, se ha dado cuenta. La verdad es que es difícil no notarlo.
—Tuvo una cita —susurro en voz bastante alta.
Se pone las gafas con un gesto dramático que sugiere que necesita verme bien la cara, dada la gravedad de la noticia. Es absurdo. Tom se las pone  sólo  porque  es  un  adicto a  la  moda  y  para  parecer  profesional.
¿Profesional? Debería tirar a la basura esa camisa y también la corbata. Me están deslumbrando.
—¡No! —Se queda con la boca abierta.
—¡Sí! Y esta noche tendrá la segunda cita —asiento. Abre unos ojos como platos.
—¿Te imaginas lo aburrido que debe de ser él?
Retrocedo. De pronto me siento muy culpable por entablar esta clase de conversación con él.
—No seas capullo, Tom —lo riño.
 
Sally cruza la oficina y dejamos de cotillear en el acto. Tom levanta las cejas y sonríe mientras la sigue con la mirada hasta la fotocopiadora. Si lo tuviera a tiro, le patearía el culo.
Se vuelve hacia mí y ve la expresión de desaprobación en mi rostro. Levanta las manos.
—¿Qué? —susurra.
Meneo la cabeza y vuelvo a centrarme en mi ordenador, pero la tranquilidad dura poco.
—Así  que  —oigo  que  dice  Tom  desde  su  mesa—  me  ha  dicho Victoria que te has ido a vivir con el señor Jonas.
Mi cara es de absoluta sorpresa cuando levanto la vista del ordenador y lo veo hojeando un catálogo como si nada. ¿Cómo se ha enterado? Está claro... Drew. Victoria  y él salieron juntos el viernes por la noche, pero ¿qué ha ocurrido desde entonces para que ella esté de tan mal humor? No quiero tener esta conversación. A Tom le pirra el drama, y mi vida es todo un drama en este momento.
—No me he ido a vivir con él, y necesito que guardes silencio, Tom.
Sigo borrando correos basura. Pero él no pilla la indirecta.
—Debe de ser chulo, vivir en el ático de diez millones de libras que tú misma has diseñado —farfulla pensativo mientras pasa páginas.
—Chitón. —Le lanzo una mirada asesina cuando levanta la vista del catálogo que ni siquiera está leyendo. Esta vez sí que capta la indirecta y se pone a trabajar.
 
No sé cómo contárselo a Patrick. El caso es que no pinta nada bien: estoy saliendo con un cliente. Lo último que necesito es  que Tom  lo proclame a los cuatro vientos.
Me centro en mi ordenador y termino de vaciar la bandeja de entrada de correos basura antes de empezar a preparar los plazos de los pagos de la señora Quinn junto con algunas ideas para los diseños.
 
Son las cinco de la tarde y estoy dándole golpecitos a la mesa con el bolígrafo, sumida en mis pensamientos, y se me ocurre una idea fantástica.
¡Dios  mío,  soy genial!  Salto  de la silla  y recojo  los  dibujos  y las carpetas que hay sobre mi escritorio. Cojo mi bolso, las flores, y me dirijo a la salida.
—He terminado. ¡Hasta mañana, chicos! —me despido mientras salgo a todo gas por la puerta de la oficina. Tengo media hora. Puedo hacerlo. Cojo el metro hacia mi estación de destino.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 25th 2014, 08:21

Capítulo 9 Parte 2


Corro hacia el Lusso desde la parada de metro. Necesito estar duchada y lista antes de que Joe vuelva a casa. Evito toda conversación con Clive y salto al ascensor, jadeante de tanto correr. Mi pobre cuerpo lleva una buena paliza hoy.
Entro en el dormitorio, tiro las flores y el bolso sobre la cómoda y desempaqueto mis compras. Las guardo en el arcón de madera y me meto en la ducha, con ganas de prepararme para la noche que me espera. Voy con  mucho  cuidado  para  no mojarme  el  pelo.  Me  lavo  con  frenesí  los restos de la jornada y me afeito las piernas, aunque no con tanto frenesí. Salgo de la ducha y cojo una toalla.
Me vuelvo y me doy de bruces con unos pectorales duros, desnudos y familiares.
«¡Mierda!»
—¿Te he cogido por sorpresa? —dice en voz baja y amenazadora. Levanto la vista despacio y veo que entorna sus ojos café oscuro en una expresión muy seria. El Joe dominante ha llegado y me ha fastidiado los planes.
—Un poco —reconozco.
—Me lo imaginaba. Tenemos un pequeño asunto pendiente y vamos a resolverlo ahora mismo.
Me quedo petrificada en el sitio, goteando y agarrada a la toalla.
Que me haya pillado así me destripa todos los planes, pero mi decepción no evita la punzada de placer que sale disparada desde lo más profundo de mi vientre hasta       mi entrepierna. Su figura esbelta y amenazadora, junto con su respiración profunda, me dice que no estoy en posición de protestar. Pero no puedo contenerme.
—¿Y si digo que no? —susurro. Ni muerta le diría que no. Es un farol, y es probable que él lo sepa.
—No lo harás.
Está tan seguro de sí mismo que mi corazón empieza a bombear la sangre en mis venas aún más rápido.
—Puede que sí. —Ni de coña, y la vocecita con la que lo he dicho lo confirma.
 
Se pega a mí. La cabeza caliente y resbaladiza de su erección explora mi bajo vientre y yo doy un respingo. En sus ojos arden oscuras promesas mientras espero a que haga el siguiente movimiento. Los músculos de mi vagina se convulsionan por la anticipación.
—No te andes con jueguecitos, __. Ambos sabemos que nunca vas a decirme que no. —Recorre mi brazo con la punta del dedo, sigue por mi hombro y mi cuello hasta llegar al hueco que hay debajo de la oreja.
Cierro los ojos. Ya me tiene. Otra vez.
 
—¿Crees  en el destino, __? —Su voz es suave como la seda pero segura y seria.
Abro los ojos y frunzo el ceño. ¿Qué trama ahora? Nunca he pensado que las cosas sucedan por una razón. ¿Adónde quiere llegar?
—No —contesto con sinceridad.
—Yo sí. —Me coge el coño con la mano y su tacto ardiente hace que me tense aún más—. Creo que tú estás destinada a estar aquí conmigo, por eso, que fueras a decirle al conserje que no vives aquí me... jode... vivo. — Enfatiza las últimas tres palabras, que suenan altas y claras. Vaya,         me había hecho creer que habíamos hecho las paces enviándome flores. ¿Así que sigue enfadado por lo de esta mañana?
 
Me coge el pezón con el pulgar  y el dedo anular  de la otra mano. Empieza a retorcerlo y a alargarlo y se endurece más aún. Cierro los ojos. Dos oleadas de placer me parten por la mitad. Lentamente, me penetra con dos dedos.
—¡Ah, Dios! —gimo echando la cabeza atrás. La toalla se ha quedado en los hombros de Joe.
Aprovecha que tiene acceso a mi cuello y me besa en el centro, una caricia firme y húmeda que llega hasta mi  barbilla. Sus dedos siguen deslizándose en amplios y torturadores círculos por      mi interior, estirándome. Me está preparando para él.
—Voy a follarte hasta hacerte gritar, __. —Su voz ronca me enloquece todavía más. Estoy segura de que me hará gritar. Parece estar muy enfadado, aunque no sé si debo tener miedo o no. ¿No bastaría con un polvo de recordatorio para solucionar este pequeño asunto?
 
Tira de mi barbilla para poder tenerme cara a cara. Él posee el control pero está frenético.  No sé cómo tomármelo.  En la única cosa en la que parezco poder concentrarme  es en el fuego incontrolado  que se extiende por  mi  cuerpo  y  que  arrasa  entre  mis  muslos  con  golpes  fuertes  y decididos.
—Ponte de rodillas a los pies de la cama, de cara a la cabecera. 
 
Obedezco  de  inmediato.  Voy  a la  cama,  me  arrodillo  y me  siento sobre los talones. ¿Qué habrá planeado?
Noto su pecho en mi espalda, me coge las manos y las abre, luego las lleva a mis pechos y con las palmas traza círculos sobre mis pezones, de forma que apenas rozan la punta. Echo el pecho hacia adelante con tal de aumentar el contacto, pero él aparta un poco más mis manos. Protesto con un grito incongruente.
Acerca la boca a mi oído.
—¿Confías en mí?
La  pregunta  me  pilla  por  sorpresa.  Pues  claro  que  sí. Más  que  en nadie.
—Te confiaría mi vida —confirmo. Él ruge en señal de aprobación.
—¿Te han esposado alguna vez, __?
«¿Qué?»
 
Antes de que haya podido procesar lo que está pasando, me lleva las manos a la espalda y cierra unas esposas alrededor de mis muñecas. ¿De dónde coño han salido? Intento mover los brazos y oigo el sonido del metal tirante.
—No muevas los brazos, __ —me reprende, y deja mis manos en lo alto de mi trasero.
«¡Por el amor de Dios!»
En mi vida he soltado tantos tacos para mis adentros. ¡Esto es tan inesperado que ha mandado a paseo mi polvo de la verdad! Joe nunca antes había usado juguetes. Quiero y no quiero parar esto, pero no parezco capaz de articular las palabras.
 
Me quedo quieta y hago todo lo que puedo para relajar los brazos mientras me  pregunto si  ya  habrá  hecho esto  mismo antes. Me  río  a carcajadas para mis adentros. Pues claro que lo ha hecho, soy tonta. ¿Cómo es que no lo vi venir?
Se introduce en mí.
—Buena chica —dice al tiempo que me quita las horquillas del pelo y peina mis largas ondas con sus dedos, dejándolas  caer sobre mi espalda desnuda.
Me  estremezco  tratando  de  controlar  mi  respiración  irregular.  Mi corazón  late  a  toda  velocidad  en  mi  pecho  y  nada  va  a  bajarme  las pulsaciones. Estoy           en territorio             desconocido. Nunca, jamás, me he permitido considerar la posibilidad de dejarme maniatar y quedar a merced de un hombre. Es toda una ironía. Con o sin esposas, estoy a merced de Joe.
 
Arrastra la punta del dedo por mi columna vertebral, hasta mi culo, y luego entre las nalgas. Ah, demonio, ¿era eso lo que buscabas? La última vez lo disfruté pero no estaba esposada.
Me  rodea  el  vientre  con  un  brazo  y  con  el  otro  me  sujeta  por  la espalda.
—Abajo —dice con dulzura apoyando mi cuerpo sobre el colchón. Tengo la cara pegada a las sábanas de los pies de la cama y Joe está detrás de mí. Me siento completamente expuesta y vulnerable.
—¿Sabes lo increíble que estás así? —Lo dice con un tono mayúsculo de aprobación.
Lo creo, pero paso de comprobarlo por mí misma. Esto no es para mí, pero tampoco puedo detenerlo.
—No voy a metértela por el culo. —Me da un beso en la parte baja de la espalda y entonces noto su polla, dura como una piedra, contra mi piel húmeda y sensible. Qué alivio. No creo que hubiera podido con eso y con las esposas a la vez. Y entonces empieza a presionar contra mi coño. Me agarra con fuerza de las caderas y doy un respingo.
—No te muevas —masculla con la mandíbula apretada.
Me obligo a mantenerme inmóvil. Noto          que entra en mí e instintivamente me tenso alrededor de su deliciosa invasión. Comienzo a jadear.
—¿La quieres toda? —Su voz es grave y tentadora. No la reconozco, pero estoy desesperada por una penetración total.
—Sí —respondo. Que Dios me ayude.
 
Retira su erección medio sumergida y yo gimo por haber perdido la sensación de plenitud. La necesito toda. Por impulso, echo el culo atrás y siento una estocada potente y un golpetazo de su mano en mi nalga.
—¡Joder!  —grito.  La  punzada  se  extiende  por  mi  nalga  y  mis hombros se tensan contra la cama.
«Pero ¿qué coño...?»
Vuelve a penetrarme, pero esta vez sólo hasta la mitad.
—Esa boca —espeta—. ¡No te muevas!
Empiezo a jadear cuando el dolor se mezcla con la deliciosa invasión a medias.
—¡Joe! —suplico.
—Lo sé.
Desliza la palma de su mano por mi nalga y sale de nuevo. Cierro los ojos y aprieto los dientes, obligando a mi cuerpo a seguir las instrucciones de mi cerebro y a relajarse.
—No puedo hacerlo —lloriqueo contra el colchón mientras tiro de las esposas.
Es demasiado, y sin avisar. ¿O me había avisado? No lo sé. Sé cómo es y que es un animal en la cama, y eso me encanta, pero también puede ser romántico, dulce y cariñoso. ¿Esto qué es? ¿El siguiente nivel?
—Sí  que  puedes, __.  Recuerda  con  quién  estás.  —Embiste  hacia adelante, se mete en mí y me deja sin aire en los pulmones.
Grito. Estoy ronca al instante. Sale, lentamente, controlado.
—¿Qué  te  dije  que  iba  a  hacer,  __?  —pregunta  con  un  gruñido mientras me penetra con furia de nuevo.
No puedo hablar. No me queda aire en los pulmones, y él se mete tan adentro que mi cerebro ha entrado en cortocircuito. No es capaz de ningún proceso cognitivo y mucho menos de hablar. Repite el movimiento que me ha dejado sin sentido.
—¡Contéstame! —ruge, y vuelve a darme un azote en el culo.
—¡Gritar! ¡Dijiste que ibas a hacerme gritar! —Me atraganto con las palabras cuando vuelve a penetrarme.
—¿Estás gritando?
—¡Sí!
Ruge y vuelve a embestirme, una y otra vez, y otra, y otra vez más, y yo entro en órbita.
—¿Te gusta, nena?
¡Joder, sí! El escozor de los azotes y de su polla incansable me han llevado a un nuevo y desconocido nivel de placer.
—¡¿Dónde vives, __?! —grita con otra estocada brutal.
Quiero llorar. Quiero llorar de sorpresa, llorar de dolor, llorar de felicidad...  Llorar  de  placer  puro  y  duro.  Mi  cerebro  está  totalmente colapsado y mi cuerpo se pregunta qué diablos está pasando. No veo tres en un burro y no sé ni cómo me llamo. Esto es una salvajada, es intenso y alucinante, pero otros  pensamientos menos agradables            luchan por imponerse  y se abren camino en mi cerebro, que está hecho papilla. ¿A cuántas mujeres les habrá hecho esto? ¿Cuántas mujeres habrán tenido el placer de recibir un polvo de represalia? Me dan ganas de vomitar.
—¡__! ¿Dónde coño vives? —Entra y sale con cada palabra.
Estoy mareada. Atontada por una felicidad completa, total e intensa.
—¡Que no tenga que preguntártelo otra vez!
—¡Aquí! —grito—. ¡Vivo aquí!
—Que te quede claro, joder —dice, y vuelve a darme un azote en el culo para enfatizar las palabras.
 
Se aferra a mis caderas de nuevo y tira de ellas hacia atrás con cada dura embestida  de castigo.  Empiezan  a saltar  chispas.  La presión en mi sexo va a detonar a lo bestia. Grito de placer y de desesperación. Esto se pasa tres pueblos de severo. Mañana no voy a poder andar. ¿Acaso es parte de su plan para retenerme en casa? Porque va a funcionar.
La palma de su mano golpea con fuerza de nuevo mi culo y el último y doloroso azote me catapulta directamente al orgasmo más fuerte y más desgarrador que he tenido nunca. Grito... Muy fuerte. Resuena en el dormitorio. Un grito afónico, desesperado, electrizante y satisfecho.
—¡Joder!  —ruge Joe. Noto cómo se tensa y empieza  a mover las caderas en círculos contra mi culo. Gime. Gimo.
Estoy temblando de pies a cabeza. Son temblores como Dios manda, sensacionales, ondulantes, incontrolables.
Una de mis muñecas queda libre de las esposas y estiro el brazo por encima de la cabeza cuando él se colapsa sobre mí y me aplasta con su peso. Sigue en mi interior, palpitando y agitándose mientras mueve las caderas en círculos, extrayendo hasta la última gota de placer que hay en mí.
 
La revelación me tiene perpleja. ¡Soy una guarra y me va el sexo raro!
 
La combinación  de dolor y placer  me ha dejado K.O. y, a pesar de mis reservas, me alegro de no haberlo parado. Más allá de cualquier duda, se ha demostrado que nunca podré decirle que no.
Me pasa los brazos por encima de los míos y me cubre la nuca de pequeños besos mientras gime y sigue moviendo las caderas, mucho más despacio ahora.
—¿Amigos?  —me  susurra  al  oído  mordiéndome  el  lóbulo.  Su voz dulce y aterciopelada no tiene nada que ver con el brutal señor del sexo al que acabo de conocer.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunto.
Sigo estando sorprendida. He descubierto muchas de sus habilidades sexuales, pero ésta me ha dejado alucinada. No me puedo creer que no lo viera venir. Si eso hubiera sido un polvo de entrar en razón, le habría dicho a todo que sí, pero eso mejor me lo callo.
Arrastra el lóbulo de mi oreja entre sus dientes.
—Dime que estamos en paz.
—Estamos en paz —suspiro—. Dime por qué has hecho eso.
Me quita las esposas de la otra mano. Es un gran alivio. Sale de mí, me da la vuelta  y sujeta  mis muñecas  a ambos  lados de mi cabeza.  Lo miro,  esperando  una  respuesta,  pero  no  parece  que  me  la  vaya  a  dar.
¿Debería cerrar el pico?
Tarda en contestar.
—Me  gusta  oírte  gritar  —sonríe—.  Y me  gusta  saber  que  soy  yo quien te hace gritar.
¡Ja! Misión cumplida.
—Me he quedado afónica —gimoteo. Me besa en los labios.
—¿Tienes hambre?
—No.
No tengo hambre, y tampoco voy a moverme de la cama. Ni siquiera son las ocho.
—Voy a traerte un vaso de agua y luego nos acurrucamos un rato, ¿trato hecho? —pregunta acariciándome la nariz con la suya.
—Trato hecho.
¿Acurrucarnos? ¿Está de broma? ¿Después de lo que acabamos de hacer? Este hombre es como la versión sexual de Jekyll y Hyde.
 
Me besa en los labios antes de despegarse de mí. Me arrastro por la cama  hacia  la  cabecera,  me  instalo  boca  abajo  y  me  deleito  con  su fragancia, que impregna las sábanas. Estoy muerta y me duele un poco el culo.  Si  no estuviera  tan tranquila  y satisfecha,  me  cabrearía  mogollón porque me ha ganado la partida. Él no lo sabe, pero acaba de desbaratar mis planes para la velada. Estoy demasiado cansada para echarle un polvo de la verdad.
Me vuelvo  boca  arriba,  miro  el  techo  y lucho  por  librarme  de los pensamientos   no  deseados   que  asaltan  mi  mente  exhausta.  ¿Cuántas mujeres? He optado por no querer saber la respuesta a esa pregunta, la que siempre aparece, sin invitación y sin sentido, en mi cabeza. Pero la curiosidad  se hace  cada  vez  más  fuerte  y más  difícil  de ignorar.  Si  no estuviera tan hecha polvo, le prestaría más atención a esa idea, pero estoy molida, así que cierro los ojos y mentalmente le doy las gracias a Joe por haberme  dejado  sin  energía  para  satisfacer   mi  ataque  de  curiosidad absurda.
—Nena, ¿es que te he follado hasta dejarte inconsciente?
 
La cama se hunde y siento su cuerpo, duro y cálido, junto a mí. Me pongo de costado.
—¿Fresas? —Me pasa la fruta, fresca y carnosa, por el labio inferior y abro la boca para darle un mordisco—. ¿Está buena?
—Muy buena —digo con la boca llena de fresa madura. Esto sí que me apetece.
Empieza  a mordisquearse  el  labio  inferior. Ay, no. ¿En  qué  estará pensando? Mastico más despacio al ver que mira a un lado y a otro. Al final, lo suelta.
—No lo decías en serio, ¿verdad? ¿Cuando dijiste que no vivías aquí? 
Dejo de masticar y miro el rostro preocupado que tengo delante. La arruga de la frente aparece encima de sus cejas.
—Quieres que viva contigo pero ni siquiera me dices cuántos años tienes. —Levanto las cejas. No puede ser que no vea lo raro que es eso. Y hay otras muchas cosas, cosas que estoy intentando ignorar con todas mis fuerzas (aunque estoy fracasando miserablemente), pero por ahora voy a centrarme en ese detalle insignificante.
—¿Qué cambiaría mi edad? —pregunta metiéndose una fresa en la boca.
 
 
Meneo la cabeza y lo observo masticar.
—Bueno... —Trago—. ¿Qué les digo a mis padres cuando me lo pregunten? De hecho, ¿qué le digo a mi familia cuando me pregunten cuál es tu profesión?
¿Profesión? ¿Existe un nombre para lo que hace Joe?
 
Los engranajes se ponen en marcha. Se encoge de hombros y me mete otra fresa en la boca.
—Diles que soy el dueño de un hotel.
Acepto su ofrenda pero sigo hablando, no voy a rendirme fácilmente.
—¿Y si quieren ir a ver tu hotel? —farfullo mientras mastico.
—Pues que vengan a verlo —sonríe—. Tú pensabas que era un hotel. 
Le lanzo una mirada asesina.
—Porque  hacías  que un empleado  me siguiera  a todas partes  y me encerrabas en tu despacho para que nadie pudiera hablar conmigo. ¿Vas a hacer lo mismo con mis padres?
—Se lo enseñaré un día de poca actividad —responde, tan pancho.
 
¿Acaso ya lo había pensado?  No me puedo creer que esté hablando sobre  la posibilidad  de presentárselo  a mis  padres.  No soy capaz  ni  de imaginar lo que mis padres pensarían de Joe. Sí, puede ser encantador, pero se supone que yo soy joven y estoy soltera y libre de ataduras después de haber pasado siete años en dos relaciones de mierda, y dudo mucho que él consiga contener su manía de pasar por encima de todo el mundo, por mucho que sean mis padres.
—¿Y si quieren  hospedarse  en el hotel? —contraataco—.  Viven en Newquay, así que se quedarán en un hotel si vienen de visita.
Se echa a reír.
—¿Les reservo el salón comunitario?
Le pego un puñetazo en el estómago, cosa que sólo hace que se ría a carcajadas. Me molesta que mi planteamiento le haga tanta gracia, pero empiezo a ver fragmentos del Joe que se toma la vida con calma, ese del que me habla todo el mundo. Aunque la verdad, de momento me cae fatal.
—Me alegro de  que  mis  preocupaciones te  hagan tanta  gracia, y todavía no me has contestado a lo de tu edad. —Cojo una fresa y me la meto en la boca.
Se recupera del ataque de risa y me mira muy serio.
—__, estás buscando cualquier excusa para escabullirte. —Me pasa el dedo por el labio inferior—. Si tus padres preguntan cuántos años tengo, invéntate la respuesta. Diles la edad que más te guste. Si vienen de visita, se  quedarán  aquí.  Hay  cuatro  habitaciones  más,  todas  con  baño.  No  te resistas tanto. ¿Ya has terminado? —dice finalmente levantando una ceja expectante. «Maldito seas, Joe Jonas.»
—¿Vas a pasar por encima de mis padres?
—Sólo si se interponen en mi camino —responde, muy serio.
Me da un ataque en el acto. Mi madre no se corta a la hora de expresar su opinión, y mi padre, un gigante de buen corazón, puede ponerse como una fiera cuando se trata de sus hijos. No son buenas noticias.  Necesito evitar que llegue el momento de presentarlo a mis padres todo el tiempo que pueda. A ser posible, que no llegue nunca.
—¿Por qué fue la policía a La Mansión? —Es otra de las cosas a las que he estado dándoles vueltas en la cabeza.
Pone los ojos en blanco.
—Ya te lo he dicho, fue cosa de un idiota que hacía tonterías.
—¿Qué clase de tonterías?
—__, no tienes por qué preocuparte, y punto. —Me da otra fresa y la cojo de mala gana. Está intentando que deje de hacerle preguntas a base de mantenerme la boca llena. Aunque eso no me detiene.
—¿Y qué hay de la mujer misteriosa?
—Sigue siendo un misterio —responde con brevedad y astucia.
—Entonces ¿has hablado con Clive? —Ahora ya lo estoy molestando.
—No, __, no he tenido tiempo. —Está muy molesto. Sí que le ha preguntado a Clive, de hecho, le ha dicho que cierre el pico. Yo también necesito ser lista. Hablaré con los de seguridad. Le lanzo una mirada furibunda pero él prosigue—: ¿Cuándo te llevo de compras?
«¿Qué?»
Ha visto mi cara de susto porque su expresión de enfado desaparece al instante.
—Te debo un vestido, y la fiesta de aniversario está al caer. Pensé que podríamos matar dos pájaros de un tiro.
—Tengo muchos vestidos —farfullo. Ir de compras con Joe está a la cabeza de mi lista de cosas que debo evitar. Saldría de la tienda vestida como un esquimal.
—¿Vas a llevarme hoy la contraria en todo, señorita? —Me mira con sus ojos cafés y yo le devuelvo la mirada de enfado, pero estoy demasiado cansada para discutir.

Me acurruco contra su pecho. Es un capullo arrogante y difícil, pero estoy enamorada de él hasta la médula y no hay nada que pueda hacer al respecto.
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albitahdejonass:$
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Julio 25th 2014, 16:31

Ohhhhhhhhh quiero saber su edad YA! tanto misterio me mata.... sigue yaaaaa sigue siguee
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 3rd 2014, 22:34

Hi como stas? Spero que bien no seas malita
Sube mas andale si?? Es q esta genial!!!
😏😎
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 4th 2014, 10:02

¿Quien quiere conocer la edad de Joe Jonas?  cheers  Por fin el secreto sera revelado. Espero que les encante el capitulo como a mi Very Happy 


Capítulo 10
 
Abro los ojos y me encuentro pegada al pecho de Joe. Aún no es de día, lo que significa que es muy, muy temprano, y él no está despierto, por lo que aún no deben de ser ni las cinco. Mi cerebro se despabila al instante y comienzo  la  tarea  de  liberarme  de  su  cuerpo  sin  despertarlo.  Es  muy difícil. Parece  abrazarse  a mí con la misma fuerza tanto dormido  como despierto.
Me  aparto   de  él    con  toda  la  suavidad   del  mundo,  parando  y poniéndome tensa cada vez que se revuelve o que suspira en sueños. Tengo el cuerpo rígido cuando me arrastro al borde de la cama. Una vez libre, respiro.  He  estado  conteniendo  la  respiración  un  buen  rato.  Miro  a  mi apuesto hombre, que lleva barba de dos días. Quiero volver a la cama con él pero me resisto a la tentación. Lo que tengo planeado me anima a dejarlo durmiendo como un bendito mientras yo me voy de puntillas a buscar mi bolso para coger mi móvil.
Son las cinco en punto. ¡Mierda! Vale, tengo que ser rápida o pronto estará despierto y arrastrándome por las calles de Londres para que corra una  de  sus  insoportables  maratones.  Salgo  del  dormitorio  a  hurtadillas como una ladrona, en pelotas, recupero mi paquete del arcón de madera y saco el contenido. La bolsa de papel hace ruido y aprieto los dientes. Me quedo helada en el sitio cuando Joe se vuelve boca arriba en la cama y deja escapar un gemido.
Permanezco inmóvil como una estatua hasta que estoy segura de que se  ha  vuelto  a  dormir  del  todo  y  entonces  me  aproximo  a  la  cama, caminando descalza y de puntillas sobre la gruesa moqueta.
«¡Muy bien, señor Jonas!»
Le cojo la muñeca con cuidado y la levanto; me cuesta: su brazo pesa mucho. Me las apaño para ponerlo bien y esposarlo a la cabecera de la cama. Luego doy un paso atrás para admirar mi obra. Me ha salido de perlas. Aunque se despierte, ahora ya no va a ir a ninguna parte.
Recojo el otro par de esposas y rodeo la cama hasta el otro lado. Tengo que arrodillarme sobre el colchón para llegar a su brazo, pero ahora ya no me preocupa tanto despertarlo porque al menos le he inmovilizado uno, aunque está claro que esto saldrá mejor si no puede ponerme ninguna de las dos manos encima.
 
Con cuidado,  le hago pasar  el  brazo  por encima  de la cabeza  y le pongo las esposas  en la muñeca  de la mano herida. Tiene mucho mejor aspecto  pero  me  preocupa  que  pueda  lastimarse  si  intenta  quitarse  las esposas a la fuerza.
Doy un paso atrás, orgullosa. Ha sido más fácil de lo que pensaba, y Joe sigue durmiendo como un tronco. Prácticamente bailo hacia la bolsa para terminar con mis preparativos  y ponerme la ropa interior de encaje negro que me agencié durante mis compras de última hora.
Ay,  Dios,  se  va  a  cabrear  de  lo  lindo.  Vuelvo  junto  a  mi  dios, espatarrado,  maniatado  y  desnudo,  y  me  siento  a  horcajadas  sobre  sus caderas. Se revuelve  y me echo a reír para mis adentros  de satisfacción cuando noto que empieza a ponérsele dura debajo de mí. Me siento pacientemente y espero.
Sus  preciosas  pestañas  no  tardan  en  comenzar  a  moverse  y  sus párpados cobran vida. Sus ojos encuentran los míos de inmediato y tengo su erección matutina, ya del todo firme, debajo de mí.
—Hola, nena. —Tiene la garganta áspera y guiña los ojos intentando enfocarme.
Recorro  su torso  con  la  mirada.  Sus  músculos  están  tensos  por  la posición de los brazos.
—Hola. —Le dedico una sonrisa radiante  y lo observo atentamente mientras recupera del todo la conciencia.
Entonces mueve los brazos y el metal de las esposas suena contra la cabecera de madera. El repentino tirón de sus muñecas hace que abra los ojos de par en par, y yo contengo la respiración sin perder de vista su rostro somnoliento. Frunce el ceño y se mira las muñecas. Sacude otra vez los brazos.
—Pero  ¿qué  coño...?  —Todavía  habla  con  la  voz  ronca.  Me  mira. Tiene los ojos abiertos y la mirada perpleja—. __, ¿por qué demonios estoy esposado a la cama?
Lucho por contener una sonrisa.
—Voy a introducir un nuevo tipo de polvo en nuestra relación, Joe —le explico con calma.
—¡Esa boca! —Tira de sus muñecas de nuevo y vuelve a mirarse las manos atadas.
De pronto se da cuenta de lo que está pasando y sus hermosos ojos me clavan la mirada.
—Éstas no son mis esposas —dice con tiento.
—No, y hay dos pares. Estoy segura de que te has dado cuenta. —No puedo creerme lo calmada que estoy. La estoy liando—. Bien, como estaba diciendo, he inventado un nuevo tipo de polvo, y ¿adivina qué? —pregunto con una ligera emoción en la voz. Estoy tentando mi suerte.
Esta vez no me riñe, sino que arquea una ceja nerviosa.
—¿Qué?
Uf, podría comérmelo a besos.
—Lo  he inventado  especialmente  para  ti. —Me  restriego  sobre  él, calentándolo; su pecho se expande y tensa la mandíbula—. Te quiero.
—¡Por Dios bendito! —ruge.
Apoyo las manos en su pecho y me acerco a su cara. Me observa descender.  Tiene  los  ojos  brillantes  por  la anticipación  y se le escapan pequeñas bocanadas jadeantes por los labios entreabiertos.
—¿Cuántos  años  tienes?  —susurro  acariciándole  los labios  con los míos.
Levanta la cabeza intentando buscando un mayor contacto pero yo me aparto. Me lanza una mirada asesina y deja caer la cabeza.
—Treinta  y  tres  —jadea,  y  luego  gime  de  desesperación  cuando vuelvo a mover las caderas en círculos encima de él.
Acerco  la  boca  a  su  cuello  y  luego  la  desplazo  hasta  su  oreja, lamiendo y besando su piel.
—Dime la verdad —susurro antes de morderle el lóbulo de la oreja con cuidado.
Resopla.
—¡Joder, __! No voy a decirte cuántos años tengo.
Me siento sobre su pecho y niego con la cabeza.
—¿Por qué?
Sus labios forman una línea recta y cabreada.
—Quítame las esposas, quiero tocarte.
«¡Ajá!»
—No.
Vuelvo a mover las caderas, frotando justo en el lugar adecuado. No es que a mí no me haga efecto, pero hoy tengo que mantener el control.
—¡Joder! —Tira de las manos y sacude las piernas, lo que me hace dar un salto hacia adelante—. ¡Quítame las esposas, __!
Me preparo.
—¡No!
—¡Por el amor de Dios! —ruge—. ¡No te atrevas a jugar conmigo, señorita!
Uy, se ha enfadado.
—No creo que estés en posición de decirme lo que tengo o no tengo que hacer  —le recuerdo  con toda mi chulería.  Se queda  quieto  pero su respiración es lenta, profunda y muy frustrada—. ¿Vas a dejar de ser imposible y me lo vas a decir?
Me lanza una mirada asesina.
—¡No!
Hay que ver lo capullo y lo cabezota que puede llegar a ser. Esto es absurdo, pero no quiero que me tenga en la ignorancia ni un día más.
—Muy bien —digo con calma.
 
Me agacho sobre su pecho y le cojo la cara entre las manos. Me mira, esperando a ver qué voy a hacer. Le cubro la boca con la mía, la abre y su lengua entra como un dardo en busca de la mía.
Me aparto.
Ruge de frustración.
Salto  de  su regazo  y, con  toda  la  maldad  del  mundo,  le  doy  a su erección un lametón largo y lento, desde la base hasta el glande.
—¡Aaaah, por el amor de Dios!
Sonrío y me siento sobre mis talones entre sus piernas antes de buscar mi  arma  de  destrucción  masiva  y  sostenerla  delante  de  él.  Levanta  la cabeza y casi se le salen los ojos de las órbitas cuando ve lo que tengo en la mano.
—¡No, __, no! ¡Te juro por Dios que...! —Deja caer la cabeza sobre la cama—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Joder!
Sonrío y enciendo el vibrador adornado con diamantes que Joe odió al instante en nuestro día de compras en Camden. No quiere compartirme con nada ni con nadie. El juguete empieza a zumbar y Joe gime y deja caer la cabeza a un lado.
Esto le va a doler.
—¡Caramba! —suelto cuando siento la fuerza del vibrador en la mano—. Esta máquina sí que es potente —digo en voz baja.
Cierra los ojos con fuerza y tensa los músculos de la mandíbula.
—¡Quítame las esposas, __! —masculla con los dientes apretados. No podía esperar una respuesta mejor. Haré que me diga cuántos años tiene aunque tenga que mantenerlo así toda la mañana. De hecho, espero que aguante un rato. Creo que voy a disfrutarlo.
Apago el vibrador, lo dejo sobre la cama y abre los ojos lentamente. Espero a que encuentren los míos.
—¿Vas a decirme cuántos años tienes? —pregunto con total compostura.
—De eso, nada.
—¿Por  qué te empeñas  en ser un capullo  cabezota?  —inquiero.  Es difícil  disimular  mi  tono  de  enfado.  No  quiero  que  crea  que  me  está sacando  de quicio,  pero incluso  ahora se está comportando  de un modo imposible.
—¿No soy tu dios cabezota? —replica con una pequeña sonrisa de satisfacción.
Le voy a borrar  esa sonrisa  de la cara.  Me pongo  de rodillas  y le sostengo la mirada mientras me meto los pulgares por el elástico de las bragas de encaje.
—Esta mañana te estás comportando como un verdadero capullo.
Muy  despacio,  me  bajo  las  bragas  hasta  las  rodillas  y él  sigue  su recorrido con la mirada cargada de deseo. Su erección palpita y tiembla a intervalos regulares.
—¿No te apetece echarme una mano? —Mi voz es dulce y seductora, y lentamente me chupo los dedos y los deslizo desde mi vientre hasta mis muslos.
Vuelve a tensar la mandíbula en cuanto me ve meterme la mano entre las piernas.
—__, quítame las esposas para que pueda follarte hasta hacerte ver las estrellas. —Lo dice con calma, pero sé que ahora mismo no está precisamente tranquilo.
Deslizo los dedos hasta mi clítoris, jadeo y lo rozo con suavidad. No es Joe, pero esto me gusta.
—Dime lo que quiero saber.
—No. —Deja caer la cabeza de nuevo sobre la cama—. Quítame las esposas.
Niego con la cabeza por lo testarudo que es mi hombre y deslizo las manos hasta sus caderas.
¿Hasta que vea las estrellas?... Él sí que va a ver las estrellas. Le beso el bajo vientre, junto a la cicatriz, y dibujo unos pocos círculos con la lengua, muy despacio, antes de trepar por su cuerpo y quitarme las bragas por el camino. Lo miro pero se niega a abrir los ojos, así que le beso las comisuras de los labios. Funciona. Vuelve la cabeza al instante y abre la boca. Me restriego  contra  su entrepierna  y, como estoy tan mojada,  me deslizo arriba y abajo con suavidad.
—__, por favor...
—Dímelo. —Le muerdo el labio inferior y lo suelto poco a poco, pero él se limita a negar con la cabeza.
Separo nuestras bocas fundidas.
—Bien, como quieras.
Me levanto, vuelvo a sentarme entre sus muslos y cojo mi arma de destrucción masiva.
—Suelta  eso. —Su tono es de advertencia  seria pero no le hago ni caso.
Lo enciendo otra vez sin decir nada.
—¡__, que lo apagues, por Dios! —La ira ha vuelto.
Le sostengo  la mirada  mientras  me llevo lentamente  el vibrador  al punto en el que se unen mis muslos.
—¡No! —Echa la cabeza hacia atrás. Lo está pasando fatal.
No  me  puedo  creer  que  esté  dispuesto  a  seguir  sufriendo.  Podría pararme en un abrir y cerrar de ojos. Maldita sea, quiero que me mire. De repente, cambio la trayectoria del vibrador y se lo paso suavemente por su preciosa polla pulsante. Da un saltito. La cama se mueve.
—¡Joder, __! ¡Joder, joder, joder!  —grita,  pero todavía  cierra  los ojos con fuerza. No puedo obligarlo a que me mire, pero me va a oír. Me acerco el vibrador y dejo la cabeza pulsante sobre mi clítoris. «¡La hostia!»
Trago  saliva,  me  tiemblan  las  rodillas  y  doy  un  respingo  ante  su increíble potencia, que produce placenteras punzadas en mi sexo.
—Ay, Dios... —gimo, y aumento un poco la presión. Es muy, muy agradable.
Abre los ojos y bufa como un toro. Las gotas de sudor han formado un río en la arruga de la frente. Está sufriendo de lo lindo. Me siento casi culpable.
—__, todo tu placer proviene de mí.
—Hoy no —susurro cerrando los ojos con un suspiro.
—¡__!  —ruge  tirando  de  las  esposas,  que  resuenan  contra  la cabecera de la cama—. ¡Joder! ¡__, te estás pasando!
Sigo con los ojos cerrados.
—Mmm. —Tiemblo un poco, las vibraciones consistentes  me hacen cosquillas en el clítoris.
—¡Tengo  treinta y siete años! ¡Joder, mujer! ¡Tengo treinta y siete años!
Abro unos ojos como platos. «¡Madre mía!» La mandíbula me llega al suelo de la sorpresa y se me cae el vibrador. ¿De  verdad  me lo ha dicho?  ¡Ha funcionado!  Quiero  hacer  un pequeño baile de celebración y gritar a los cuatro vientos que lo he conseguido. ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? No voy a engañarme a mí misma: nunca volverá a funcionar porque seguramente dormirá con un ojo abierto el resto de su vida. Quizá debería aprovecharme  de su estado y extraerle más respuestas. Por ejemplo, cómo se hizo la cicatriz, con cuántas mujeres se ha acostado y qué hacía la policía en La Mansión. Ah, y también quiero saber sobre la mujer misteriosa y sobre Sarah...
 
Me clava la mirada y con eso me basta para despertar de inmediato de mi baile de celebración mental. Me entra el pánico.
—Quítame...  las...  putas...  esposas  —dice  lentamente,  enfatizando cada palabra con un siseo.
Maldita sea. Mira que he planeado hasta el último detalle el polvo de la verdad... Sólo que no he pensado en lo que iba a pasar después. Parece muy cabreado y ahora tengo que soltarlo. ¿Qué hará? Elaboro una lista con mis opciones. No tardo nada, porque sólo tengo dos: soltarlo y aceptar mi castigo o dejarlo esposado a la cama para siempre.
Lo  observo  con  los  ojos  muy  abiertos  y  recelosos  y  él  me  lanza miradas  como  cuchillos.  ¿Qué  hago?  Apoyo  las  manos  en  sus  fuertes muslos y me acerco hasta que su cara está a mi altura. Tengo que hacer que se le olvide un poco el cabreo. Le paso las manos por el pelo y lo beso en la boca.
—Te sigo queriendo —susurro a medio beso. ¿Tal vez necesita que se lo recuerde? Once años de diferencia tampoco es tanto. ¿Qué problema hay? Sigue siendo mi dios apuesto y arrebatador.
Gime mientras le doy a su boca un poco más del tratamiento especial.
—Estupendo, ahora quítame las esposas.
Le beso el cuello y se lo acaricio con la nariz.
—¿Estás enfadado conmigo?
—¡Estoy como un loco del cabreo que tengo, __!
Me incorporo  y lo miro bien.  Sí  que se lo ve enfadado.  Me estoy asustando por momentos. Le dedico mi sonrisa más pícara.
—¿No podrías estar como un loco enamorado?
—Eso también. Quítame las esposas —repite, y me mira expectante. Cambio de postura y me estremezco cuando su erección roza mi sexo.
Palpita y el glande húmedo se desliza hacia mi interior.
Joe arquea la espalda.
—Maldita sea, __. ¡Quítame las esposas! —grita como un energúmeno.
Y ahora ya sé lo que voy a hacer... No pienso quitarle las esposas. Me levanto de la cama y me quedo de pie a su lado.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunto, nerviosa.
—Quítamelas —ruge; parece que está a punto de matar a alguien.
—No hasta que me digas lo que vas a hacer.
Respira hondo y su tórax se expande.
—Voy  a follarte  hasta  que  me  supliques  que  pare  y luego te haré correr veintidós kilómetros. —Levanta  la cabeza y me apuñala con unos fieros ojos cafés—.  ¡Y no vamos a parar para darte un masaje ni para tomar café!
¿Qué? Acepto el polvo pero no voy a correr a ninguna parte, excepto para salir pitando de su ático. Ayer ya me hizo correr dieciséis kilómetros. Ésa será su forma de recuperar el control: obligarme a hacer algo que no quiero  hacer  de  ninguna  manera,  y  la  verdad  es  que  paso  de  correr veintidós kilómetros.
—No quiero salir a correr —digo con toda la calma de que soy capaz—. Y no puedes obligarme.
Arquea las cejas.
—__, necesitas que te recuerde quién manda en esta relación.
Me aparto, asqueada, y miro de reojo sus muñecas esposadas antes de volver a dirigirme a él.
—Perdona, ¿quién dices que manda aquí? —Me sale con un tono de burla que de verdad no sentía. Estoy jugando con fuego, pero es este último comentario el que me pone en serio peligro.
El sarcasmo sólo sirve para que se enfurezca todavía más, si es que eso es posible.
—¡__, te lo advierto!
—No me puedo creer que te lo estés tomando tan a la tremenda. ¡En cambio, no pusiste pegas cuando me esposaste a mí!
—¡Porque yo tenía el control!
¡Ah!  ¿Así  que  todo  esto  es  porque  quiere  tener  el  control?  Qué estupidez.
—Estás obsesionado con controlarlo todo —digo saliendo de la habitación.
—¡Sólo contigo! —grita él a mi espalda—. ¡__!
 
Cierro  de  un  portazo  la  puerta  del  cuarto  de  baño  y  me  quito  el sujetador.  ¡Menudo  cerdo,  arrogante  y controlador!  Me ha fastidiado  la satisfacción de que mi polvo de la verdad haya funcionado. Me meto en la ducha mientras lo oigo gritar mi nombre sin cesar. Si no me sintiera tan ofendida, me echaría a reír. En verdad no le gusta nada no poder tocarme, como tampoco le gusta nada verse despojado del poder.
Me ducho y me lavo los dientes a mi ritmo. Es muy temprano. Tengo tiempo de sobra.
Cuando vuelvo al dormitorio, Joe se ha calmado un poco pero sigue habiendo mucha rabia en su expresión cuando me mira.
—Nena, ven y quítame las esposas, por favor —me ruega.
Su repentino  cambio  de  humor  me  pone  en guardia.  Conozco  este juego y no voy a picar. En cuanto lo haya soltado irá a por mi yugular, me pondrá  a  la  fuerza  la  ropa  de  correr  y  me  arrastrará  por  las  calles  de Londres. No niego que me encantaría estar entre sus brazos en este mismo instante,  pero  no me  emociona  la idea  de que  me  torturen  haciéndome correr veintidós kilómetros. Por desgracia, son parte del trato.
Me siento delante del espejo de cuerpo entero y empiezo a arreglarme el pelo. De vez en cuando miro su reflejo. Me está observando,  pero se limita a lanzarme miradas asesinas y, cuando lo pillo, echa la cabeza hacia atrás como un colegial tristón. Me río para mis adentros.
Me maquillo y me embadurno con mantequilla de coco. Me pongo el conjunto de encaje color crema que Joe me regaló. Lo oigo lloriquear. Sonrío satisfecha y orgullosa. Más me vale disfrutarlo. No sé por cuánto tiempo tendré el poder. Me pongo la blusa con volantes en el escote, unos pantalones de pitillo negros y tacones del mismo color.
Estoy lista. Me acerco a mi hombre esposado y le doy un beso en la boca  entreabierta.  No  sé  por  qué  estoy  haciendo  esto.  Mi  valor  es admirable.
 
Suspira  y  levanta  las  rodillas  hasta  que  las  plantas  de  sus  pies descansan sobre la cama.
Le cojo la polla, todavía erecta. Me muero por ella, aunque tendrá que atraparme primero.
Da un respingo.
—¡__, te quiero como no te puedes llegar a imaginar, pero si no me quitas las esposas te voy a estrangular! —Su voz es una mezcla de dolor y placer.
Sonrío y le doy un beso casto en los labios antes de besarlo desde el pecho hasta la polla tiesa. Sigo con el glande y termino trazando espirales. Luego me la meto entera en la boca.
—¡__, por favor! —gime.
Abandono su polla y saco la llave de las esposas de un cajón de la cómoda. Deja escapar un suspiro de alivio cuando me acerco a él. No sé por qué, pero no voy a soltarlo del todo. Libero su mano lastimada, que cae sobre la cama. Una punzada de culpabilidad me asalta cuando flexiona los dedos con cuidado e intenta que la sangre vuelva a circular. Me acerco a la cómoda y dejo la llave encima.
—Pero ¿qué haces? —pregunta con el ceño fruncido.
—¿Dónde está tu móvil?
—¿Por qué? —Es evidente que está confuso.
—Lo vas a necesitar. ¿Dónde está?
—En mi chaqueta. __, dame la llave. —Está volviendo a perder la paciencia.
Encuentro la chaqueta en el suelo, donde la tiró anoche antes de abalanzarse sobre mí. Cojo el móvil del bolsillo y lo dejo sobre la mesilla de noche, fuera de su alcance, pero por muy poco. No quiero que llame para pedir ayuda antes de que yo pueda escapar.
 

Cojo mi bolso, salgo del dormitorio y dejo a un hombre con una erección tremenda y muchas ganas de hacerme suya. Me las va a hacer pagar todas juntas, pero al menos le he quitado las esposas de una mano. Vale, es la mano que tiene lastimada, pero se las apañará... si no la fuerza demasiado.
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 11th 2014, 15:00

37! 37! Mira que es exageradoo! Me imagine que tenia mas nose porque... mmmmmm esta xica es mala mala jajajajajaj pobrecillo. Siguelaaaaaa!!!! Me ha encantado averiguae porfiin su edad, ya era hora!
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 16th 2014, 11:37

Capítulo 11
 
—Hola, flor. —Patrick sale de su despacho justo cuando estoy sentándome ante mi mesa—. Has llegado puntual y despierta esta mañana.
Se acomoda en el borde de mi escritorio y pone su habitual cara de disgusto cuando éste lanza su crujido habitual de protesta.
—¿Tienes algo que contarme?
—No mucho. —Enciendo el ordenador—. Tengo una cita con el señor Van Der Haus a la hora de la comida para revisar mis diseños.
—Muy bien. ¿Qué tal con el señor Jonas? —pregunta inocentemente—. ¿Has tenido noticias suyas?
«¡Sí, de hecho, acabo de esposarlo a la cama!» Me pongo roja como un tomate.
—Eh...,  no.  No  estoy  segura  de  cuándo  volverá  de  su  viaje  de negocios.
Todavía colorada, aparto la mirada de Patrick y abro mi correo electrónico mientras mentalmente rezo para que cambie de tema.
—Han pasado casi dos semanas, ¿no? —pregunta. Sospecho que tiene el ceño fruncido, pero no puedo mirarlo para confirmarlo—. Me pregunto por qué tarda tanto.
Toso.
—No tengo ni idea.
Patrick se levanta de mi mesa, que emite un largo crujido.
—No puede estar tan ocupado —gruñe—. Por cierto, Sally no se encuentra bien y no va a venir a trabajar —dice al salir de mi despacho.
¿Sally está enferma? No es propio de ella. ¡Uy! Anoche fue la segunda cita. O fue muy bien y ha dicho que está enferma para poder pasarse todo el día en la cama con el chico misterioso, o fue muy mal y ha dicho que está enferma para pasarse el día echa una mierda en la cama con una caja de pañuelos de papel. Me siento fatal pero sospecho que es lo segundo. Pobre Sal.
 
Me hundo en la silla con un suspiro y salto al oír Angel atronando en mi bolso. Madre mía. Ya se ha soltado. No voy a contestar. La llamada termina, pero vuelve a sonar de nuevo un segundo después, pero esta vez es mi tono de siempre. Saco el teléfono del bolso y atiendo la llamada de la señora Quinn.
—Buenos días, señora Quinn —saludo con tono alegre.
—Hola, __. Por favor, llámame Ruth. Llamaba para ver qué tal van las cosas. ¿Has conseguido poner el proyecto en marcha?
—Sí, he preparado un presupuesto desglosado de mis servicios, Ruth, y tengo listos unos cuantos bocetos para mandarte.
—Estupendo.   —Parece   entusiasmada—.   Tengo  muchas  ganas  de verlos. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Bueno,  si  estás  de  acuerdo  con  el  presupuesto  y  te  gustan  los bocetos, podemos empezar a preparar los diseños.
—¡Genial! ¡No sabes la ilusión que me hace!
Sonrío. Sí, eso es obvio.
—Vale. Te mando el presupuesto y los bocetos a última hora de hoy. Adiós, Ruth.
—Gracias, __.
 
Cuelga y me pongo a escanear los bocetos de inmediato. Me encanta trabajar para gente a la que su casa le apasiona tanto como a mí.
 
Son  las  diez  en  punto.  Llevo  un  par  de  horas  en  la  oficina  y  he adelantado un montón de trabajo. Cojo el teléfono fijo para llamar a Stella, la mujer que me hace las cortinas, para hablar sobre los nuevos textiles de la señora Stiles. La conversación  es muy agradable.  Es un poco hippy y naturista,  a juzgar  por las fotografías  que cuelgan  de las paredes  de su taller, pero hace magia con las telas. Me hace feliz cuando me dice que acaba de embalarlas y que están listas para que vaya a recogerlas. Falta una semana para la fecha que le di a la señora Stiles, así que estará encantada.
Cuelgo y doy vueltas en mi silla. Casi me da un ataque cuando veo a mi dios arrogante, que me observa con las cejas arqueadas y maliciosas. Su bello  rostro  luce  su  clásica  sonrisa  arrebatadora. Me  pongo  en  alerta máxima al instante.
«¡No, no, no!»
Está para comérselo. Lleva un traje gris y una camisa azul claro, con el cuello desabrochado y sin corbata. Se ha afeitado la barba de dos días y se ha peinado. Me alegra la vista pero mi mente es un revoltijo de incertidumbres.
—Me alegro mucho de verte, __ —dice con calma; se acerca y me tiende la mano. Las mangas de su chaqueta se quedan atrás y revelan su Rolex de oro.
«¡Mierda!»
 
Me quedo helada cuando veo una colección de marcas rojas alrededor de su muñeca que la cadena de oro de su reloj no logra ocultar. Y es su mano herida. Obligo a mi mirada aterrorizada a dirigirse a su cara y él me comprende y asiente. Me doy de patadas mentalmente. Le he hecho daño. Me siento fatal. No lo culpo por estar tan enfadado.
Le doy la mano pero no se la estrecho. No quiero hacerle más daño.
—Lo siento mucho —susurro con remordimiento. Mi deseo irracional de saber su edad le ha dejado huella. Me va a castigar a lo grande. Me lo he buscado.
—Lo sé —responde con frialdad.
—¡Señor Jonas! —La voz alegre de Patrick invade mis oídos mientras se acerca a mi mesa desde su despacho. Suelto la mano de Joe—. ¡Cuánto tiempo! Le acababa de preguntar a __ si había tenido noticias suyas.
—Señor Peterson, ¿cómo está? —Joe le dirige una sonrisa capaz de derretir  a  una  piedra,  una  de  esas  que  normalmente  reserva  para  las mujeres.
—Muy bien. ¿Qué tal su viaje de negocios? —pregunta Patrick.
La mirada de Joe se cruza un instante con la mía antes de volver a enfrentarse a la de Patrick.
—He conseguido los bienes que quería.
«¿Bienes?»
—¿Ha recibido mi depósito? —pregunta a continuación Joe. A Patrick se le ilumina la cara.
—Sí, todo perfecto, gracias —confirma. No le comenta al señor Jonas que es demasiado para ser un pago por adelantado.
—Muy  bien.  Como  ya  le  dije,  estoy  deseando  empezar  con  el proyecto. Mi inesperado viaje de negocios nos ha retrasado. —Hace énfasis en lo de «inesperado».
—Por supuesto. Estoy seguro de que __ cuidará bien de usted. — Patrick me pone la mano sobre un hombro con cariño y Joe no le quita la vista de encima.
«¡No, por favor! ¡No avasalles a mi jefe!»
—De eso estoy seguro —farfulla con la mirada todavía clavada en la mano de Patrick, que no se ha movido de mi hombro.
Tiene sesenta años, el pelo blanco, y le sobran como treinta kilos. No puede ser que tenga celos de mi jefe, que es como un oso de peluche. Le lanza una mirada a Patrick.
—Iba a preguntarle  a __ si le gustaría  salir a desayunar  para que repasemos un par de cosas, si no le parece mal.
Eso último no es una pregunta. «Pues sí, está pasando por encima de mi jefe.»
—¡Adelante! —exclama Patrick la mar de contento.
«¿Y a mí no me pregunta?»
—Lo cierto es que he quedado para comer con un cliente —digo señalando la página de mi agenda, de la que ha desaparecido el rotulador negro con el que Joe las marcó todas.
 
Quiero posponer el  enfrentamiento todo lo posible. No me siento cómoda  con  esa  mirada  taimada  suya.  Se  lo  está  pasando  pipa,  pero entonces  ve mi agenda nueva, frunce el ceño y le tiemblan  un poco los músculos de la mandíbula.
¡Sí, quité la otra! Más le vale no pensar  siquiera  en sabotearme  la agenda nueva.
—Aún queda mucho para el mediodía —señala Joe, y yo agacho la cabeza—.   No  tardaremos   —añade  con  una  voz  ronca  y  cargada  de promesas que también tiene un toque de amenaza.
—¡Solucionado!  —exclama Patrick, feliz, de camino a su oficina—. Ha sido un placer volver a verlo, señor Jonas.
Me siento  y me doy golpecitos  con la uña en los dientes  mientras intento encontrar el modo de escaquearme. Imposible. Aunque tuviera una buena razón, sólo estaría retrasando lo inevitable. Miro al hombre al que amo  más  allá  de  lo  razonable  y  me  echo  a  temblar.  Está  demasiado tranquilo,  nada que ver con la bestia parda que he dejado esposada  a la cama esta mañana.
—¿Nos vamos? —pregunta metiéndose las manos en los bolsillos.
 
Recojo mi móvil de la mesa, lo meto en el bolso junto con la carpeta de la Torre Vida. Voy a tener que ir directa al Royal Park para reunirme con Mikael después de mi «reunión» con J0e.
Me abre la puerta y Tom entra como un rayo antes de que yo haya podido salir. Abre unos ojos como platos al ver quién está sosteniendo la puerta abierta.
—¡Señor Jonas! —exclama antes de lanzarme una mirada curiosa. Es ridículo que le hable a Joe con tanta formalidad. Ha salido de copas y ha estado bailando con él.
—Tom —lo saluda Joe con la cabeza, muy profesional.
—Voy a un desayuno de negocios con el señor Jonas —digo con una inclinación de cabeza y una mirada delatora. Joe se ríe ligeramente.
—Ah, ya veo. Conque un desayuno de negocios, ¿eh? —Tom se parte de risa. Me encantaría  darle una patada  en la espinilla.  Se vuelve  hacia Joe  y  le  ofrece  la  mano—.  Espero  que  disfrute  de  su  desayuno  de negocios.
Cuando  Joe  le  estrecha  la  mano,  Tom  le  guiña  el  ojo,  y en  ese momento decido que la próxima vez que vea a Tom le voy a pegar una patada en la espinilla.
 
Salgo a la calle a toda prisa. Es un alivio estar lejos de la oficina y de la posibilidad  de que alguien se chive, pero estoy nerviosa porque ahora estoy, básicamente, a merced de Joe. Sé que el hecho de que haya gente no  va  a  evitar  que  me  aprisione  contra  la  primera  pared  libre  que encontremos.
Caminamos  uno  al  lado  del  otro  hasta  llegar  a  Piccadilly.  No  sé adónde vamos pero lo sigo. No intenta cogerme de la mano y tampoco abre la boca. Me estoy poniendo  de los nervios.  Lo veo muy serio y no me devuelve la mirada, aunque sé que sabe que lo estoy observando.
—Perdone, ¿tiene hora? —le pregunta a Joe una mujer de negocios madurita.
 
Él se saca la mano del bolsillo y mira el reloj. Hago una mueca al ver las marcas en su muñeca. La mano sigue amoratada  por la paliza que le pegó a su coche, y yo no he hecho más que empeorarlo.
—Son las diez y cuarto. —Le lanza su sonrisa, la que se reserva para las mujeres, y ella se derrite en el asfalto delante de él.
La mujer le da las gracias y yo me pongo tan celosa que me hierve la sangre. La muy sinvergüenza se aproxima más a la edad de Joe que yo. No me creo que no lleve encima un móvil en el que consultar la hora. Todo el mundo tiene móvil hoy en día. Además, ¿por qué no se lo ha preguntado al tipo gordo, calvo y de mediana edad que tenemos delante? Pongo los ojos en blanco y espero a que Joe decida seguir caminando.
 
Se pasa unos instantes destrozando a la mujer con su sonrisa aplastante, asegurándose de que recibe un pleno impacto. Luego echa a andar y yo lo sigo. Miro atrás y veo que la mujer no nos quita ojo de encima. ¿Cómo se puede ser tan descarada y estar tan desesperada? Me río para mis adentros. Yo también estoy desesperada cuando se trata de Joe, y también me vuelvo descarada.
 
Cruzamos la calle y nos acercamos al Ritz. Me quedo atónita cuando se abren las puertas y Joe me hace un gesto para que entre. ¿Vamos a desayunar en el Ritz?
No digo nada de camino al restaurante, donde nos hacen tomar asiento en un sitio de lo más elegante y obsceno. Este lugar no le pega a Joe. Y a mí, aún menos.
—Tomaremos  huevos  benedictina,  los  dos, con salmón  ahumado  y pan integral; un capuchino doble sin chocolate y un café solo. Gracias. — Joe le devuelve la carta al camarero.
—Gracias, señor —responde él. Luego coge mi servilleta de tela cara y me la coloca en el regazo. Repite el mismo movimiento, con el mismo cuidado, con la de Joe. Y a continuación se va.
 
Miro el lujoso entorno, lleno de gente rica y de buena familia. Estoy incómoda.
—¿Qué  tal  el  día?  —me  pregunta  él  como  si  nada,  sin  rastro  de emoción en la voz. Todavía me hace sentir más incómoda, y la pregunta me lleva a su presencia amenazadora al otro lado de la mesa pija. Se quita la servilleta del regazo y la deja sobre la mesa. Me mira impasible.
¿Qué diablos le contesto? Está siendo un día muy raro, y eso que no son ni  las  once.  Por  ahora,  he  averiguado  qué  edad  tiene,  he  usado  un vibrador, lo he esposado a la cama y lo he dejado allí, y ahora estoy desayunando en el Ritz. Desde luego, no es mi típico día en la oficina.
—No estoy segura. —Soy sincera porque tengo la sensación de que habrá más rarezas que añadir a la lista.
Baja la mirada y sus largas pestañas abanican sus pómulos.
—¿Quieres que te cuente cómo va mi día?
—Como quieras —susurro.          Mi voz            está cargada de todo el nerviosismo que tengo en el cuerpo.
Ni siquiera estoy segura de que no vaya a montar una escena en el hotel más pijo de Londres delante de los pijos más re-pijos de la ciudad.
Se apoya en el respaldo de la silla y me lanza una potente mirada café.
—Bueno, una pequeña coqueta desobediente ha retrasado mi carrera matutina porque me ha esposado a la cama y me ha torturado para sonsacarme información. Luego me ha abandonado, dejándome indefenso y necesitándola desesperadamente.  —Empieza a jugar con el tenedor y yo me encojo bajo su mirada. Respira hondo—. Al final he conseguido coger el móvil que me había dejado... apenas... fuera de mi alcance. —Hace un gesto de pinza con el pulgar y el índice—, y luego he tenido que esperar a que un empleado viniera a liberarme. He corrido veintidós kilómetros en mi  tiempo  libre  para  soltar  las  frustraciones  y  el  malestar  que  me  ha causado, y ahora estoy mirando su bonito rostro y tengo ganas de tumbarla boca abajo sobre esta mesa tan elegante y follármela sin parar durante una semana entera.
Trago  saliva.  Lo que  acaba  de decir  en el  restaurante  del  Ritz  sin preocuparse por quién pueda estar escuchando... Dios mío, ¿qué habrá pensado John de mí? Espero   que se            haya reído. Parece que el comportamiento  y la forma en la que Joe reacciona  conmigo le hacen mucha gracia.
 
El  camarero  nos sirve  los cafés,  los dos asentimos  y le damos  las gracias antes de que se retire.
Cojo  mi  cucharilla  pija  de  plata  (creo  que  de  ley)  y  empiezo  a remover lentamente mi café.
—Has tenido una mañana  la mar de entretenida  —digo con calma. ¿Por qué habré dicho eso?
Levanto la vista, nerviosa, y me lo encuentro intentando reprimir una sonrisa. Qué alivio. Tiene ganas de reírse pero también  le apetece  estar enfadado conmigo. Suspira.
—__, no vuelvas a hacerme eso.
Me desintegro en mi trono amarillo.
—Estabas muy enfadado —digo, y suelto un largo y profundo suspiro.
—Lo estaba, estaba mucho más que enfadado. Estaba como loco, __. —Se masajea las sienes en círculos intentando borrar el recuerdo.
—¿Por qué?
Se detiene en mitad del masaje.
—Porque no podía tocarte. —Lo dice como si fuera tonta. Capta mi mirada confusa porque se lleva los dedos a la frente y apoya el codo sobre la mesa—. La idea de no poder tocarte hizo que me entrara el pánico.
«¿Qué?»
—¡Pero si estaba en la habitación! —exclamo un pelín demasiado alto. Miro alrededor para asegurarme de que no he llamado la atención de la clientela pija.
Me lanza una mirada asesina.
—¡Cuando te fuiste no estabas en la habitación!
Me inclino hacia él.
—Me fui porque me amenazaste. —Ésta no es una conversación que uno deba tener en medio del pijerío del Ritz.
—Claro, porque me cabreaste, me volviste loco. —Me mira con los ojos muy abiertos—.  ¿Cuándo compraste  las esposas? —me pregunta en tono acusador, y da un golpe sobre la mesa con las palmas de las manos que hace callar a los demás comensales.
Me hundo en mi trono y espero a que retomen sus conversaciones.
—Ayer, al salir del trabajo. Tu puto polvo de represalia me chafó los planes —gruño.
—Esa boca... ¿Cómo que te chafé los planes? —pregunta, incrédulo—.  __,  en  ninguno  de  mis  planes  entraba  que  me  maniataras  y  me tuvieras a tu merced. En realidad, tú me has chafado los planes a mí.
Dejamos  de hablar  de planes,  de polvos  de represalia  y de esposas cuando el camarero se acerca con nuestros huevos. Me sirve primero a mí y luego a Joe.
 
Gira los platos para que la presentación, que es una obra de arte, luzca al máximo y nosotros podamos admirarla antes de atacarla con cuchillo y tenedor. Le sonrío para darle las gracias.
—¿Se le ofrece algo más, señor? —le pregunta el camarero a Joe.
—No, gracias.
El camarero se va y nos deja para que retomemos nuestra conversación inapropiada.
Hundo el cuchillo en mi plato. Es demasiado bonito para comérselo.
—Deberías  saber  que tu pequeña  coqueta  está muy orgullosa  de sí misma —digo pensativa  mientras  me llevo a la boca la tostada  integral más deliciosa del mundo, cubierta de salmón y salsa holandesa.
—Apuesto a que sí. —Levanta las cejas—. ¿Es consciente de que estoy locamente enamorado de ella?
 
Me derrito en el acto. Estoy en el Ritz, disfrutando de una comida increíble, y tengo delante al hombre más apuesto y arrebatador que he visto en mi vida, mi hombre apuesto y arrebatador. Es todo mío. Estoy tomando el sol en el séptimo cielo de Joe.
—Creo que sí.
Se centra en su plato.
—Más le vale creérselo de verdad —dice, muy serio.
—Lo sabe.
—Mejor.
—Además, ¿qué problema hay? —pregunto—. Treinta y siete años no es nada.
Me mira un instante. Casi parece avergonzado.
—No lo sé. Tú tienes veintipico y yo tengo casi cuarenta.
—¿Y? —Lo miro atentamente.  Es obvio que se siente acomplejado por su edad—. Te preocupa más a ti que a mí.
—Puede ser. —Lucha por contener una sonrisa. Se siente aliviado al ver que a mí no me importa en absoluto. Sacudo la cabeza y me dedico a comer. Mi donjuán arrogante se siente inseguro, pero eso sólo hace que lo quiera más aún.
 
Comemos tranquilos y en silencio. El camarero nos visita a intervalos regulares para comprobar que todo está a nuestro gusto. ¿Cómo podría no estarlo? Cuando terminamos, recoge los platos con maestría y Joe le pide la cuenta.
—¿Cuándo vamos a comprar el vestido? —pregunta antes de beber un sorbo de café.
Suelto un leve bufido, exasperada. Se me había olvidado. Sé que, si desobedezco, me echará a patadas del séptimo cielo de Joe. Me encojo de hombros.
—No hace falta que me acompañes  —repongo;  puedo pasarme  por House of Fraser en cualquier momento.
—Quiero ir. Recuerda que te debo un vestido. —Sonríe, y la masacre del vestido me viene a la memoria. Sólo quiere venir para poder aprobar la selección,  lo que significa  que acabaré  con pantalones  de esquí y jersey ancho de cuello alto.
—¿El viernes a la hora de comer? —Intento parecer animada, pero fracaso miserablemente.
La arruga de la frente se acentúa.
—¿No te parece que es muy poco tiempo?
—Encontraré algo —digo mientras me termino el café más delicioso que he probado nunca.
—Apúntame en tu agenda. Quiero el viernes por la tarde, toda la tarde.
—¿Qué? —Me están saliendo arrugas en la frente.
 
Saca  un fajo  de  billetes  del  bolsillo  y mete  cinco  de  veinte  en  la cartilla de cuero que ha dejado el camarero antes de irse. ¿Cien libras por un desayuno? ¡Cuesta lo mismo que mi vestido nuevo!
—El viernes por la tarde tienes una cita con el señor Jonas. A la una, más o menos. —Los ojos le brillan de felicidad—.  Iremos a comprar un vestido y podremos arreglarnos sin prisas para la fiesta.
—¡No  puedo  dedicarle  toda  la  tarde  a  una  sola  cita!  —espeto, incrédula. Don Imposible ha vuelto.
—Claro que puedes, y es justo lo que vas a hacer. Le estoy pagando más que suficiente a tu jefe. —Se levanta y se acerca a mi lado de la mesa—. Tienes  que decirle  a Patrick  que estás  viviendo  conmigo.  No voy a andarme de puntillas con él mucho tiempo.
¿Estoy viviendo con él? Tomo la mano que me ofrece y me pongo de pie. Lo dejo que me conduzca afuera del restaurante. No, no va andarse de puntillas. Va a pasarle por encima.
—Eso me complicará las cosas en el trabajo. —Intento hacerlo razonar—.  No  le  va  a  gustar,  Joe,  y no  quiero  que  piense  que  estoy haciendo la vaga en vez de trabajar cuando me reúno contigo.
—Me importa un bledo lo que piense. Si no le gusta, te retiras —dice sin dejar de andar, arrastrándome detrás de él.
¿Que me retire? Adoro mi trabajo, y también adoro a Patrick. Está de coña.
—Vas a pasarle por encima, ¿verdad? —digo con tiento. Mi hombre es como un rinoceronte.
 
El aparcacoches le da las llaves a Joe y él le tiende un billete de cincuenta libras. ¿Cincuenta? ¿Por aparcarle el coche y devolvérselo? Vale que es un Aston Martin, pero aun así...
Se  vuelve,  me  coge  la  cara  con  las  manos  y  me  da  un  beso  de esquimal.
—¿Amigos? —Su aliento mentolado es como una apisonadora.
—Sí —me someto, pero a juzgar por los últimos minutos de conversación, no espero que lo seamos por mucho tiempo. ¿Retirarme?—. Gracias por el desayuno. Sonríe.
—De nada. ¿Adónde vas ahora?
—Al Royal Park.
—¿Cerca de Lancaster Gate? Yo te llevo. —Me da un beso apretado en los labios y me acerca suavemente las caderas hacia sí.
Trago saliva.
¡No puede hacerme esto en la puerta del Ritz! Se ríe ante mi estupefacción  antes  de  llevarme  al  coche.  El  aparcacoches  me  abre  la puerta, le sonrío con dulzura y luego tomo asiento. Joe se desliza detrás del volante  y me da un apretón  rápido  en la rodilla  antes  de internarse zumbando entre el tráfico de media mañana de Londres, como siempre, a velocidad de vértigo. Me pregunto cuántos puntos le quedan en el carnet.
Así que acabo de tener un desayuno de negocios con el señor Jonas en el que sólo hemos hablado de locuras...
—¿Qué le digo a Patrick? —Me vuelvo para mirarlo. Joder..., es tan guapo.
—¿Sobre qué? ¿Sobre nosotros? —Me mira un instante. La arruga de la frente  ya está en su sitio. Se encoge  de hombros—.  Dile que ya nos hemos  puesto  de  acuerdo  sobre  tus  honorarios  y  que  te  quiero  en  La Mansión el viernes para terminar los diseños.
—Haces que parezca muy fácil —suspiro echándome  hacia atrás en mi asiento mientras miro el parque al otro lado de la ventanilla.
Pone su mano sobre mi muslo y me da un apretón.
—Nena, haces que parezca muy complicado.
 
Joe derrapa a la salida del Royal Park y hace un gesto a un aparcacoches que lo mira con cara de felicidad cuando se acerca a recoger el vehículo.
—Te veo en casa.
Me envuelve la nuca con la palma de la mano, me acerca hacia sí y se toma su tiempo para despedirse. Lo dejo hacer. Me lo tiraría aquí mismo. El aparcacoches no se va, sino que mira con ojos golosos el DBS.
—Más o menos a  las seis —le confirmo mientras él  me besa la comisura de los labios.
Sonríe.
—Más o menos.
Sé que no es el mejor momento para sacar el tema, pero me va a estar carcomiendo el resto del día. No lo habrá dicho en serio, ¿verdad?
—No puedo retirarme a los veintiséis.
Se  reclina  en  su  asiento.  Los  estúpidos  engranajes  se  ponen  en marcha. Me preocupo: lo decía en serio.
—Ya te lo he dicho, no me gusta compartirte con nadie.
—Eso  es  ridículo  —exploto.  Reacción  equivocada,  a juzgar  por  la mirada furibunda que cruza por su cara.
—No me llames ridículo, __.
—No te estaba diciendo ridículo a ti, se lo decía a esa loca idea tuya porque  es  ridícula  —refuto  con  calma—.  Nunca  voy  a  dejarte.  —Le acaricio la nuca. ¿De verdad necesita que se lo vuelva a repetir?
Su labio inferior desaparece entre los dientes y se queda mirando el volante del DBS.
—Eso no va a detener  a quienes  intenten  apartarte  de mi lado. No puedo permitir que eso suceda. —Me lanza una mirada torturada que me abre un agujero enorme en el estómago.
—¿Y ésos quiénes son? —pregunto con un claro tono de alarma. Niega con la cabeza.
—Nadie  en  particular.  __,  no  te  merezco.  Eres  una  especie  de milagro. Eres mía y te protegeré como sea, haré lo necesario para eliminar toda amenaza. —Agarra el volante con las manos, que se le ponen blancas de  apretarlo  con  tanta  fuerza—.  Vale,  necesito  dejar  de  hablar  de  esto porque me pongo violento.
 
Miro  a  mi  hermoso  hombre  controlador,  mi  neurótico,  y  desearía poder  darle  las garantías  que necesita.  Mis  palabras  no bastarán  nunca. Ahora me doy cuenta. También me doy cuenta de que lo que en verdad quiere decir es que eliminará a cualquier hombre que suponga una amenaza para él, no para mí.
Me quito el cinturón de seguridad y me siento en su regazo, como si el aparcacoches  no estuviera. Total, sigue babeando con el DBS. Acerco su cara  a la mía,  la cojo  por  las  mejillas  y lo beso.  Gime,  me agarra  del trasero y me acerca a sus caderas. Quiero que me lleve al Lusso ahora mismo, pero no puedo darle plantón a Mikael.
Nuestras lenguas se entrelazan, se acarician, se apartan y se unen de nuevo una y otra vez. Necesito tanto a este hombre que me duele, es un dolor constante y horrible, y ahora sé que él siente lo mismo por mí.
Me aparto. Tiene los ojos cerrados. Lo he visto antes así y, la última vez que lo vi así, fue porque tenía algo que contarme.
—¿Qué pasa? —pregunto, nerviosa.
Abre los ojos como si se acabara de dar cuenta de que su cara lo delataba.
—Nada. —Me aparta un mechón de la cara—. Todo va bien.
Me tenso en su regazo. Eso también me lo ha dicho antes, y la verdad es que nada iba bien.
—Hay algo que quieres contarme —lo digo como si fuera un hecho.
—Es verdad. —Deja  caer la cabeza  y se me revuelve  el estómago, pero entonces la levanta y me mira—. Te quiero con locura, nena.
Retrocedo un poco.
—Eso no es lo que quieres decirme. —Mi tono es de sospecha.
Me dedica su sonrisa sólo para mujeres y me derrito en su regazo.
—Lo es, y seguiré diciéndotelo hasta que te canses de oírlo. Para mí es una novedad. —Se encoge de hombros—. Me gusta decírtelo.
—No me cansaré de oírlo, y no se lo digas a nadie más. Me da igual lo mucho que te guste.
Sonríe. Es una sonrisa de niño travieso.
—¿Te pondrías celosa?
Resoplo.
—Señor Jonas, no hablemos de celos cuando acaba de jurar que va a eliminar toda amenaza —digo, cortante.
—Está bien. —Me aprieta contra sí y levanta la pelvis. Mi sexo se despierta con un latido perverso—. Mejor vamos a pedir una habitación — susurra moviendo una vez más sus exquisitas caderas.
Me bajo de su regazo,  ansiosa  por escapar  de sus caricias,  que me atontan, antes de que me dé por arrancarle el traje.
—Voy a llegar tarde a mi reunión. —Cojo el bolso y le doy un beso breve—.  Cuando  llegue  a casa,  confío  en  que  estés  esperándome  en  la cama.
Me regala una sonrisa satisfecha.
—¿Me está dando usted órdenes, señorita ___ (TA)?
—¿Va a decirme que no, señor Jonas?
—Nunca, pero recuerda quién manda aquí.
Intenta cogerme pero le doy un manotazo y salto del coche antes de que me haga perder la razón. Meto la cabeza.
—Tú, pero te necesito. Por favor, ¿podrías esperarme desnudo para cuando llegue?
—¿Me necesitas? —pregunta con una mirada triunfal.
—Siempre. Nos vemos en tu casa.
Cierro la puerta y lo oigo gritar «nuestra» mientras me alejo.
 
De pronto soy consciente  de que alguien me está taladrando  con la mirada. Me vuelvo y veo que el aparcacoches sonríe de oreja a oreja. Me sonrojo a más no poder y subo los escalones de la entrada del hotel. Estoy contenta y a gusto en el séptimo cielo de Joe. Oigo que me ha llegado un mensaje y busco el móvil en el bolso. Es de Joe.
 
Te extraño, te quiero, yo también te necesito. Bss, J.
 
Me echo a reír. ¿Cómo lo ha escrito tan de prisa? Si no hace ni tres segundos que se ha ido. Meto el móvil en el bolso y recorro el vestíbulo del Royal Park.
Me conducen al mismo reservado en el que Mikael y yo nos reunimos la última vez y él ya está esperándome. Tiene los tableros de inspiración esparcidos por la mesa y los está estudiando. Hoy parece más informal. Se ha quitado la  chaqueta,  se  ha  aflojado  la  corbata  y lleva  el  pelo  rubio perfecto.
Levanta la vista al oír que alguien se acerca.
—__, me alegro de volver  a verte. —Su voz y su acento  son tan suaves como siempre.
—Igualmente, Mikael. ¿Has recibido los bocetos? —Señalo con la cabeza los tableros y dejo el bolso en uno de los sillones de cuero verde.
—Sí,  pero el  problema  es que me encantan  todos.  Eres  demasiado buena. —Me ofrece la mano y se la acepto.
—Me alegro. —Le dirijo una amplia sonrisa y él me estrecha la mano con suavidad.
Me suelta y se vuelve hacia la mesa.
—Aunque me decanto por esto. —Señala el de tonos blancos y crema, mi favorito.
—Yo también escogería ése —digo, contenta—. Creo que es el que mejor resume tus aspiraciones.
—Es verdad —me sonríe con dulzura—. Toma asiento, __. ¿Te apetece beber algo?
Me siento en un sillón.
—Agua, gracias.
Le hace una seña al camarero que está en la puerta antes de sentarse en el sillón que hay a mi lado.
 
—Perdona que haya retrasado tanto nuestra reunión. Las cosas en casa se complicaron un poco más de lo que esperaba.
Ah. Debe de estar hablando de su divorcio. No puedo imaginarme que las cosas  vayan como la seda cuando  uno es tan rico como Mikael.  Su esposa querrá sacarle hasta el último céntimo. ¿Qué otra cosa podría ser? Pero me callo. Sospecho que Ingrid se fue de la lengua. No quiero que la despida. Me cae bien.
—No pasa nada. —Sonrío  y me centro en los tableros—.  Entonces ¿nos quedamos  con éste? —Pongo la mano sobre la gama de blancos  y cremas.
Se inclina hacia adelante.
—Sí, me gusta la calidez y la simplicidad. Eres muy lista. Uno podría pensar que es insípido y frío, pero no es así en absoluto.
—Gracias. Todo depende de las telas y de los tonos.
Sonríe. Tiene los ojos azules muy brillantes.
—Sí, supongo que así es.
Pasamos varias horas hablando de fechas, plazos y presupuestos.  Es muy fácil tratar con él, cosa que supone un gran alivio, y más después de que en nuestra última reunión me invitara a cenar. Me preocupaba que las cosas fueran raras entre nosotros, pero no. Se ha tomado bien mi negativa y no ha vuelto a mencionar el asunto.
—Y todos los materiales serán sostenibles, ¿sí? —Pasa su largo índice por los dibujos de una cama con dosel de la que habíamos hablado y de la que yo he hecho los bocetos.
—Por supuesto. —Mentalmente le doy las gracias a Ingrid por el dato que Mikael olvidó darme y que resultaba ser tan importante. Le muestro las otras piezas de mobiliario que he dibujado—. Todo es sostenible, como especificaste. Entiendo que en Escandinavia se toman muy en serio la deforestación.
—Cierto —se ríe—. Todos tenemos que aportar nuestro granito de arena por el medio ambiente. Tuvimos mala prensa por el Lusso.
Imágenes de doce supermotos y un DBS que chupa gasolina como una esponja  inundan  mi  mente.  Apuesto  a  que  Mikael  conduce  un  Prius híbrido.
—Lo sé.
Me mira a los ojos y yo sonrío tímidamente.
—Disculpa, tengo que  ir  al  servicio —digo, cojo mi  bolso y  me levanto.
 
Paso cinco minutos en el baño retocándome el maquillaje y usando los servicios. Me gusta cómo se está desarrollando la reunión y tengo ganas de volver a la oficina y empezar  con el diseño final. Me atuso el pelo, me pellizco las mejillas y salgo del lavabo de señoras. Cruzo el vestíbulo del hotel y vuelvo al reservado.
Al entrar, casi me atraganto cuando veo a Joe de pie junto a Mikael, tan campante, mirando mis diseños.


Pero ¿qué coño hace aquí?
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albitahdejonass:$
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 24th 2014, 15:54

Aii tan controlador él.....siguelaaaa!!!!!!
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CristalJB_kjn
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 25th 2014, 17:33

Omj yo quiero mas novela siii 😀😀😀😀😀😀 es que esta hermosa me gusta sube mas perdon x la tArdanza pero la scuela y el trabajo matan
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ro$$ 100% fan$ griton@
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 27th 2014, 22:02

por favoorrr siguelaaaaaa
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CristalJB_kjn
Amiga De Los Jobros!


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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 28th 2014, 22:59

Mas andale por din aleluya me pude meter desde el lunes me keria meter y no pude pero al parecer ya me dejaron!
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albitahdejonass:$
Vecina De Los Jonas!


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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Agosto 30th 2014, 10:18

Vaaaaaa!!! Siiigue sigue sigue sigueee!!!!!
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MensajeTema: Re: Seduction (Joe y ___) ADAPTADA   Hoy a las 21:14

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Seduction (Joe y ___) ADAPTADA
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