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  ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]

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eschio
Amiga De Los Jobros!


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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 12th 2013, 13:10

—Nick, te lo he contado porque pensaba que era una anécdota divertida, pero me arrepiento de haberlo hecho.
Él me fulminó con la mirada.
—¿Quieres decir que la próxima vez no me lo contarás?
—Seguro que no vuelve a pasar. Venga, ha sido una tontería.
Él volvió a gruñir, y se detuvo de repente.
—¿Llevabas ese vestido?
—Sí.
Nick siempre había sido un maestro de la expresividad, con palabras o sin ellas, así que su resoplido burlón dejó claro lo que pensaba.
—Pues no me extraña que intentara ligar contigo.
La ropa que solía ponerme para ir a trabajar era lo menos sexy que uno podía llegar a imaginarse... y lo mismo podía decirse de mí. La Sexy ______ de los Beatles no tenía nada que ver conmigo.
—No me gusta que otros hombres intenten ligar contigo, eso es todo —me dijo él, con un poco más de calma.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla.
—No tienes nada de qué preocuparte.
No me resultó tan fácil apaciguarlo.
—¿Es que no llevabas la alianza?
Aquélla fue la gota que colmó el vaso. Me crucé de brazos, y le dije:
—¡Sí, sí que la llevaba! ¡Deja de portarte como si hubiera salido a provocar!
La anécdota me había parecido divertida y había servido para alimentar mi ego, pero quizás no debería habérsela contado a Nick; dadas las circunstancias, no era de extrañar que a menudo se mostrara taciturno, pero antes tenía mucho más sentido del humor. Era muy duro recordar que no era el mismo hombre al que había seducido con una cinta de seda metida en un libro.
En vez de contestar, volvió a su ordenador y me ignoró por completo, así que agarré la bolsa con la taza y salí de la habitación. Me pregunté si habría aceptado la invitación si el tipo hubiera sido guapo, si me habría ido sin más con un desconocido con el que acababa de toparme en una tienda, si habría ido con él a su casa, a un hotel, a un coche, a un callejón, para que me apretara contra la pared y uniera su cuerpo con el mío en una pasión anónima.
Según Joe, ese tipo de cosas pasaban a diario, al menos a él. Pero nunca había intentado ligar conmigo, así que me limitaba a escucharlo mes tras mes y a preguntarme qué sentiría si me lo propusiera y yo le contestara que sí.
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 12th 2013, 13:14

Capítulo 4
 
—El día de San Valentín es el grano en el trasero del año.
Solté una carcajada cuando mi paciente hizo aquel comentario. La conocía lo suficiente para saber que estaba bromeando para intentar ocultar su inseguridad, pero el comentario tenía gracia de todos modos.
—¿Por qué lo dices, Elle? —le pregunté, mientras servía dos tazas más de té.
—Es la fiesta de un mártir —dijo, mientras añadía leche y azúcar a su taza.
Algunos pacientes se avergüenzan de mí, o de tener que venir a mi consulta, pero otros me aceptan de una forma incondicional que puede llegar a comprometer nuestra relación profesional. Elle era una mujer brillante, divertida y compasiva con la que había logrado alcanzar el equilibrio perfecto. Nuestra relación era amistosa sin que llegáramos a ser amigas, porque ella era la única que hablaba de sus problemas, pero nuestras sesiones habían adquirido un tono distendido, como si en vez de ser una terapeuta y su paciente fuéramos dos colegas. Había tardado mucho tiempo en sentirse cómoda conmigo, pero su actitud demostraba que por fin lo había logrado.
Añadí una rodaja de limón a mi taza, y le dije:
—Es verdad, pobre San Valentín. Pero ya no es como antes, ¿verdad?
Elle suspiró, y enarcó una ceja en un gesto típico suyo.
—Claro que lo es. La búsqueda del regalo perfecto, la desesperación si no se encuentra algo apropiado, la depresión de no tener a nadie a quien regalarle algo, o de tener a alguien que no es la persona a la que una desea de verdad...
—Ya veo que estás un poco nerviosa con lo de ese día en concreto —al margen de la simpatía que sentía por ella, Elle había ido a verme para hablar, y mi papel consistía en escuchar. No tenía importancia que no siempre hiciera caso de mis consejos, porque no siempre eran los adecuados.
Supe que había dado en el clavo por la forma en que tamborileó con los dedos en la silla, pero no la presioné. Algunos de mis colegas preferían un acercamiento más antagonista, y decían que mis métodos pertenecían a la escuela de la psicología «blandengue y poco contundente». A veces funcionaba y otras no, pero yo me esforzaba al máximo.
—No es que no lo quiera, estoy muy enamorada de él —me dijo Elle, con voz suave pero firme.
Un año atrás, ni siquiera habría admitido aquello.
—Entonces, ¿qué es lo que pasa?, ¿te da miedo comprarle algo? —le pregunté con una sonrisa.
—Es que es mucha presión, y creo... creo que quiere preparar algo importante.
—Quieres decir que piensa ir más allá de las flores y los bombones, ¿no?
—Sí.
—Ya hemos hablado de esto, de cómo van evolucionando las relaciones. Es parte del cambio.
Elle soltó una carcajada carente de humor.
—Ya lo sé, doctora Danning. Ya lo sé.
Elle llevaba un año con su novio, y estaba planteándose la idea de casarse y tener hijos, de tener lo que ella llamaba «una vida de verdad». Tenía otros problemas más graves, pero todo se reducía al matrimonio y a los hijos, a si podía aceptar lo que su novio le ofrecía, a si el pasado seguía teniendo influencia sobre su futuro. Había avanzado mucho en el año que llevaba conmigo, pero a veces la luz del sol da más miedo que las sombras.
—Es que es muy duro —por su tono de voz, estaba claro que aquella admisión le avergonzaba—. Aunque él me lo pone todo muy fácil, sigue siendo difícil. Cuando discuto con él, siempre acaba diciéndome o haciendo algo tan perfecto, que soy incapaz de hacer que se vaya.
—¿Realmente quieres que lo haga?
—No, pero no sabe lo difícil que es estar con alguien tan perfecto —me dijo ella, con un suspiro.
—Elle, nadie es perfecto.
—Algunos lo son más que otros, doctora Danning.
—Sí, es verdad —admití con una sonrisa.
Elle removió el té, como si pudiera disolver sus problemas con la misma facilidad que el azúcar.
—No dejo de pensar...
—¿En qué? —le pregunté, al ver que mi silencio no la animaba a seguir.
—¿Qué pasa si es el último hombre con el que me acuesto en toda mi vida?
Bajé la mirada hacia mi propia taza, para intentar distanciarme un poco de aquella pregunta que me resultaba demasiado cercana.
—¿Te parece algo tan horrible?
Elle dejó su taza encima de la mesa, y esquivó mi mirada.
—¿No lo es?
—No pareces muy segura.
Me lanzó una mirada que era Elle Kavanagh en estado puro: testaruda, insegura y mordaz.
—Espero que el resto de mi vida sea muy largo —me dijo.
—Que Dios te oiga.
Nos echamos a reír, y finalmente admitió:
—No quiero serle infiel a Dan, pero tengo miedo de meter la pata sin querer.
—Ese tipo de cosas no son accidentales.
—Ya lo sé —contestó, un poco cabizbaja al oír mi tono de voz severo.
La observé en silencio durante unos segundos, y finalmente le dije:
—Mi oferta sigue en pie.
—¿Para que Dan venga también y hacer una sesión conjunta? Sí, ya lo sé.
—Dan es un hombre fantástico que se ha portado muy bien contigo. No es sano dejar que alguien cargue con la responsabilidad de tu felicidad, pero tampoco lo es negarse a aceptar su apoyo.
—¡Ya lo sé!, ¡ya lo sé!, ¡ya lo sé! —gimió, mientras echaba la cabeza hacia atrás—. ¡Ya lo sé!, ¡maldito día de San Valentín!
—A lo mejor estás preocupándote demasiado sin necesidad. ¿Qué vas a regalarle?
—Un filete con forma de corazón sazonado con espárragos, y sexo.
Iba a contestar de inmediato, pero de repente me quedé muda y volví a servirme té para disimular. La tetera golpeó contra la taza, así que me esforcé por controlar el temblor de mis manos.
La envidié con una fuerza súbita y terrible. Envidié a Elle por su carne con espárragos, por sus planes de celebrar con sexo una festividad que no soportaba, y por el hecho de que tenía algo que perder.
—¿Doctora Danning?
Me apresuré a colocarme de nuevo la máscara de doctora, se lo debía. Aunque conocía sus secretos mejor guardados y estábamos charlando amigablemente mientras bebíamos té, no éramos amigas.
—Suena fantástico, seguro que a Dan le encanta.
—Sí, eso espero.
—Y pase lo que pase después, recuerda que lo hace porque te quiere... y que está bien que tú sientas lo mismo por él.
No era la primera vez que lloraba delante de mí, pero en aquella ocasión se me formó un nudo en la garganta al ver sus lágrimas. Aunque a lo mejor mis súbitas ganas de llorar no eran por compasión, sino por mí misma; en cualquier caso, cuando le ofrecí el paquete de pañuelos de papel yo también tomé uno.
—¿Cuándo se acaba? —me preguntó, como si yo tuviera todas las respuestas.
—No lo sé, Elle. Ojalá lo supiera.
No era la primera vez que no le daba una respuesta satisfactoria, pero fue la primera vez que sentí que le había fallado. Me había planteado la pregunta del millón. ¿Cuándo se acababa?, ¿cuándo desaparecía el miedo?, ¿cuándo se desvanecerían mis anhelos?, ¿cuando dejaría de desear algo que estaba mal?
Me resultaba muy fácil sentarme en mi silla de doctora y decirle a Elle que no le fuera infiel a su novio, pero ¿acaso tenía derecho a mostrar tal suficiencia? Era capaz de aconsejar a mis pacientes, pero no me aplicaba a lección a mí misma. Si hubiera estado sentada en el lugar de Elle, me habría dicho que lo mejor era entender cue mis sentimientos eran normales y naturales, que la incapacidad de Nick había provocado unos cambios muy grandes en mi matrimonio, que echar de menos el sexo era algo natural, y que desear que me abrazaran, que me hicieran el amor... sí, hasta que me poseyeran de un modo primitivo, era perfectamente normal.
Era normal.
Pero también me habría dicho a mí misma que sería mejor que dejara de ver a Joe, que la infidelidad emocional era tan real como si me hubiera acostado con él… quizás era incluso peor, porque saciar una necesidad fisiológica era muy diferente a lo que estaba sucediéndome.
El hecho de que Joe y yo no nos hubiéramos tocado no significaba que no estuviéramos teniendo una aventura, pero a pesar de que era consciente de ello, no podía renunciar a nuestros encuentros; de hecho, era incapaz de hacerlo. El primer viernes de cada mes, los bocadillos, sus historias y la liberación que me proporcionaban eran una fuente de luz en mi gris existencia.
Estaba mal, pero no quería renunciar a aquel pequeño placer.
De repente, mi móvil empezó a sonar y me arrancó de mi ensoñación. Contesté de inmediato, temerosa como siempre de que me llamaran para decirme que le pasaba algo a Nick.
—Hola ________, soy yo.
Era mi hermana Katie. Parecía cansada, como siempre en los últimos tiempos.
—Hola, ¿qué tal estás?
—Bien. ¿Recibiste mis mensajes?
Por un segundo, estuve a punto de echarle la culpa a la señora Lapp por no haber respondido a sus llamadas, pero al final mi conciencia le ganó la batalla a mi instinto de conservación.
—Sí. Lo siento, es que he estado bastante ocupada.
—Dímelo a mí, te entiendo a la perfección.
No, no podía decírselo... y no, no me entendía. Consciente de que no era una invitación literal, sino una forma de hablar, me limité a preguntarle:
—¿Qué es lo que pasa?
—Nada, lo de siempre. Como hacía tiempo que no hablábamos, pensé en llamarte para ver cómo estabas.
Aquello significaba que necesitaba hablar.
—¿Cómo estás?
—Como siempre. Lily está volviéndome loca, igual que Evan. Ha estado fuera de la ciudad, y no parece entender que no me entusiasma quedarme todo el día encerrada en casa con una niña llorona; además, me encuentro fatal. El primer trimestre es una pesadilla.
—Me lo imagino —le dije, con voz tranquilizadora.
—Necesito una noche libre, ¿puedes venir conmigo al cine? —me pidió, con voz llorosa.
—Ojalá pudiera, pero...

Si iba al cine, tendría que cambiar el horario de Nick, tendría que acostarme tarde y levantarme a las cuatro de la mañana para poder arreglarme y ayudarlo a empezar con su rutina diaria, y tendría que aparentar felicidad ante mi hermana, que ya tenía bastante con sus propios problemas y no necesitaba también los míos.
—Venga, _________...
—No puedo, Katie. De verdad.
Su suspiro me dio de lleno en el tímpano.
—¿Cómo está Nick?
—Bien.
—¿Tienes planes para el día de San Valentín?
—Lo de siempre.
—¿Vais a venir para el cumpleaños de papá?
—Yo seguro que sí —ya lo había arreglado con Dennis para que viniera unas cuantas horas el sábado.
—¿Tú sola?, ¿sin _________?
A las hermanas se les da bien presionar.
—Irá si le apetece, pero no sé si tendrá ganas.
Katie no hizo ningún comentario, a pesar de mi flagrante mentira. Tenía claro que Nick no iba a querer ir a casa de mis padres, porque ya no salía a ningún lado a pesar de que podía hacerlo.
—Si no puedes ir al cine, yo podría ir a tu casa para ver una película. Sólo necesito salir de mi casa, no puedes ni imaginarte lo agobiada que estoy
Al ver que yo no respondía, se detuvo y añadió:
—Bueno, no pasa nada si no puedes.
Una buena hermana mayor la habría ayudado. Siempre había intentado apoyarla al máximo, pero en aquella ocasión fui incapaz de hacerlo.
—A lo mejor la semana que viene, ¿vale?
—Claro, lo que tú digas. Ya hablaremos.
Quería apoyar a Katie como siempre, escuchar sus problemas y aconsejarla, serle útil, hacer lo correcto. Quería ayudarla como a mis pacientes, pero el miedo me lo impedía. Mi hermana sólo necesitaba que alguien la escuchara, pero me daba miedo que oír sus problemas me impulsara a contarle los míos, y no podía correr ese riesgo. Si le ponía voz a mis sentimientos, si decía en voz alta los pensamientos que carcomían mi conciencia a diario, sólo conseguiría que adquirieran una dimensión real y palpable que me negaba a darles.
Me había pasado años mostrando una fachada valerosa de cara al exterior, y al convencer a los demás de que estaba bien, había logrado convencerme a mí misma. Me había dicho que entre Nick y yo todo estaba tan bien como cabía esperar, y no sabía qué me quedaría si me desprendía de aquella fachada.
Joe tenía razón. Era mucho más fácil seguir siendo como siempre, aunque la única persona que lo esperaba fuera una misma.
 
 
Nick y yo no comimos filete con forma de corazón. La señora Lapp preparó un estofado y me lo comí con él en su cuarto, a la luz de unas velas. Le corté la comida en pedacitos pequeños, y fui dándole bocado a bocado.
—Feliz día de San Valentín —Nick se esforzó por darme una sonrisa radiante y cautivadora... la sonrisa de la que me había enamorado.
Brindé con él con champán en una copa que había sido un regalo de bodas, y charlamos de cómo nos había ido el día. Dennis había ido a una fiesta que se celebraba en el Rainbow.
—Le he dicho que no se moleste en volver pronto, porque tengo grandes planes —me dijo Nick, mientras movía las cejas en un gesto travieso.
—¿En serio? —me recliné contra el respaldo de la silla, un poco achispada con el champán—. Así que crees que vas a salirte con la tuya, ¿no?
—No tengo ninguna duda —me dijo, antes de dirigir la mirada hacia el armario que había en una esquina.
Lo había encontrado en un mercadillo, cubierto de polvo y de telarañas, con los pomos rotos y la puerta medio caída, y me había esforzado en restaurarlo. Había quedado como nuevo después de que arreglara la puerta, puliera la madera, y cambiara los pomos por otros auténticos que había comprado en una subasta por Internet. Era mi mueble favorito de nuestro conjunto de dormitorio, pero los cajones que en el pasado contenían mi ropa interior y mis pijamas estaban llenos de medicinas.
—Mira allí —Nick señaló con la barbilla. Era el único gesto que aún podía hacer.
Cuando me acerqué al armario, lo miré por encima del hombro y le pregunté:
—¿Qué es lo que has hecho?
—Mira dentro y lo verás.
Abrí la puerta, y me encontré una caja envuelta en papel rojo. La agarré con el corazón acelerado, como si fuera la primera vez que Nick me hacía un regalo. Aunque era grande, no pesaba demasiado, y solté una risita.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Dudé por un momento, y al volverme hacia él vi que estaba mirándome con una expresión esperanzada y un poco traviesa que me resultaba muy familiar Era la misma que se había reflejado en su rostro el día en que se había arrodillado ante mí, con una caja mucho más pequeña en la mano.
De repente, tuve miedo de ver lo que me había comprado mi marido. Acaricié el papel con el que estaba envuelto, y sentí su textura resbaladiza.
—Ábrelo, _________.
Llevé el paquete hasta mi silla, y aparté la mesa para poder sentarme con él en mi regazo. Parecía pesar más sobre mis piernas que en mis manos.
—Venga.
Fui incapaz de seguir conteniendo mi impaciencia. Quité el celo con una uña, aparté el papel y dejé al descubierto una caja blanca, sin adornos ni distintivos. Al levantar la tapa, dije en voz baja:

—Oh, Nick...
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 12th 2013, 17:20

waaa!!
q le habra dado nick
siguela
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 17th 2013, 23:01

Por favor tienes que seguirla!!!!
Muero por saber cual fué el regalo de Nick!!!!Very Happy 


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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 19th 2013, 22:00

{continuación}

Él se echó a reír.
—¿Te gusta?
Agarré la prenda roja, y la apreté contra mi pecho mientras contenía con esfuerzo las ganas de llorar; finalmente, me obligué a decirle con fingida severidad:
—¿Para quién lo has comprado?, ¿para ti, o para mí?
—¿Estás de broma?, no los hay de mi talla(que lindo) —Nick sonrió, y levantó un poco la cama con el control remoto—. Levántate y póntelo.
Me levanté de la silla sin dudarlo. El picardías de tirantes con un tanga a juego no era el tipo de ropa que yo me habría comprado, pero era precioso.
—¿De dónde lo has sacado? —me ruboricé al imaginarme a Dennis comprándomelo.
—Lo he comprado por Internet. Dennis me lo envolvió, pero no te preocupes, no vio lo que había en la caja. Me preocupaba que no fuera lo que había pedido, pero sabía que no te haría gracia que él lo viera.
—¿Es lo que pediste? —le pregunté, mientras levantaba la prenda para que la viera bien.
—Sí.
Hacía mucho tiempo que no hacíamos el amor; de hecho, hacía un año, porque la última vez había sido en San Valentín, pero la cosa había salido mal y habíamos acabado llorando los dos. Me pregunté qué era lo que había motivado aquel súbito esfuerzo por parte de mi marido, y de inmediato supe que todo se debía al desconocido de la tienda.
—Póntelo —su voz estaba ronca con un deseo muy familiar, y no pude negarme.
Nick me había visto desnuda miles de veces, me había visto ponerme tampones y usar el retrete, me había apartado el pelo mientras vomitaba, pero aun así, me sentí incómoda ante la idea de desnudarme frente a él.
—Voy al cuarto de baño —le dije, vacilante, y sentí un alivio enorme cuando asintió.
—Vale.
Cuando entré en el cuarto de baño, evité mirarme en el espejo mientras me desnudaba y colocaba la ropa encima de una silla. Apreté el picardías contra mi piel desnuda, y sentí un anhelo profundo y avasallador que me estremeció. Intenté recordar la última vez que me había puesto algo así, algo seductor. Normalmente, llevaba ropa interior de algodón práctica y sencilla.
De repente, me sentí como si fuera virgen de nuevo. Me puse el tanga, que era apenas un triángulo sujeto con dos pequeñas tiras, y sentir que se me metía por la raja del trasero me resultó extraño y sensual a la vez. El encaje me cubría el vello púbico y las dos tiras cruzaban por mis caderas, que desde luego no estaban tan estilizadas como en mi noche de bodas.
—¿________?
—¡Ya salgo!
Me puse el picardías, y lo ajusté bien. Apenas me cubría los pechos, y se partía por delante con cada uno de mis movimientos. Me llegaba hasta medio muslo, pero no tapaba nada. Era una prenda diseñada para revelar y realzar.
Cuando me miré al fin en el espejo, me di cuenta de que estaba sonrosada y me brillaban los ojos. Tenía los pezones erectos, y el roce del encaje en la entrepierna hacía que me estremeciera. Normalmente, cualquier mujer que se observara con un atuendo como aquél habría empezado a encontrarse defectos, pero a mí no me disgustó lo que vi en el espejo. A pesar de que ya no era una jovencita, el tiempo no había sido cruel conmigo. No había tenido hijos que me agrandaran el estómago y los pechos, y me mantenía en forma gracias al ejercicio físico y a una dieta sana. No había razón alguna que me impidiera mostrarle mi cuerpo a mi marido, pero tardé un minuto entero en hacer acopio del valor suficiente para salir.
La luz de las velas es benévola, pero si tenía dudas acerca de la reacción de Nick, se esfumaron en cuanto abrí la puerta. Me miró con ojos relucientes, y soltó un silbido de admiración que me llenó de calidez. Me acerqué a la cama sintiéndome incomprensiblemente tímida, y giré poco a poco para que me viera bien.
—Eres una maravilla —me dijo.
Se me aceleró el corazón al oír su sincero cumplido, porque hacía mucho tiempo que no escribía poemas sobre la forma arqueada de mis cejas y la plenitud de mis labios.
—¿Te gusta?
—¿Tú qué crees?
En el pasado, su erección me habría revelado el alcance de su deseo, pero en ese momento tuve que conformarme con el gesto de su boca y su tono de voz. Me sentí culpable por no darme por satisfecha, y me obligué a no pensar en ello.
—Ven aquí.
Cuando me acerqué aún más a la cama, experimenté una sensación de déjà vu tan fuerte que estuve a punto de tropezar y tuve que reaccionar rápidamente para recuperar el equilibrio. Por un instante, me lo había imaginado alargando las manos hacia mí con tanta claridad, que había sentido sus caricias sobre mi piel de forma tangible, las había sentido sobre mis pechos, mi estómago y mi sexo, había sentido su boca sobre mi piel desnuda y su lengua chupándome el clitoris.
—Bésame —me dijo con voz ronca.
Me recorrió el cuerpo con los ojos, me tocó con la mirada en todos los rincones que en el pasado había acariciado, chupado y mordisqueado. Cuando contempló el triángulo casi transparente que apenas me ocultaba la entrepierna, sus ojos brillaron y se humedeció los labios.
En el pasado, Nick siempre sabía lo que quería y cómo conseguirlo, no le daba miedo pedir cosas que yo había sido incapaz de decir en voz alta. Le gustaba decirme cosas picantes, los juegos de alcoba, experimentar, y yo siempre había participado gustosa pero nunca había tomado la iniciativa.
Nuestros alientos se entremezclaron cuando lo besé, y solté un jadeo al sentir la caricia de su lengua contra la mía. Quería que me tocara con las manos, pero tuve que contentarme con tocarlo yo. Mis dedos le recorrieron los bíceps, que permanecieron inmóviles.
Nuestros rostros estaban tan cerca, que casi podía olvidar que el resto de su cuerpo había cambiado, fingir que todo era como antes, que Nick podía levantarme con un brazo y lanzarme entre risas sobre la cama antes de cubrirme con su cuerpo y arrancarme un orgasmo tras otro.
—Te deseo tanto _________... —me dijo.
—Me tienes.
Al ver que algo relampagueaba por un instante en sus ojos café chocolates, me pregunté si estaba acordándose del hombre que había intentado ligar conmigo en la tienda.
—¿Quieres tocarte para que te vea?
Tragué con fuerza al oír su petición. La masturbación era algo muy íntimo, un placer individual y, en mi caso, también una necesidad, una liberación que me ayudaba a seguir siendo fiel... al menos, desde un punto de vista físico.
—¿Lo harías por mí, ________?
Asentí y retrocedí un poco antes de levantar las manos hacia mis pechos. Nick contempló mis movimientos con avidez, y sus mejillas se sonrojaron. Me acaricié los pezones con los pulgares hasta que se endurecieron.
—Me encantan tus pechos.
Así era entre nosotros. Él me hacía el amor con las palabras mientras yo hacía lo que me decía, y me daba a mí misma el placer que él no podía proporcionarme.
—Aparta el picardías para que los vea.
No tuve problemas para dejarlos al descubierto, porque la prenda estaba pensada para proporcionar fácil acceso, y me chupé las puntas de los dedos antes de pellizcarme los pezones para humedecerlos. Al oír que Adam gemía, volví a hacerlo hasta que estuvieron relucientes y oscurecidos por la excitación.
—Sí, eso es. Acarícialos. Me encanta chuparte los pechos...
Me quedé sin aliento al oír aquel comentario, porque era algo que solía susurrarme antes de empezar a chuparme los pezones. Mis pechos palpitaron doloridos ante el recuerdo, y me acaricié los pezones con los dedos hasta que yo también gemí.
—Quiero saborearte, __________. Enséñame tu sexo. (Oh, que perver hgafshkjas)
Me senté en la silla con las piernas tan abiertas, que el tanga dejó de cubrirme. Cuando aparté a un lado el pequeño trozo de tela para enseñarle mi clitoris, mi sexo y mis muslos, sus palabras se convirtieron en sus manos y en su lengua, y mis manos en su miembro.
Mientras me decía que quería chuparme, succionarme el clitoris y devorarme hasta que gritara de placer, gemí de nuevo y me abrí ante él. Después de chuparme el dedo, empecé a acariciarme el clitoris con pequeños movimientos circulares, y fui acelerando el ritmo hasta que alcé las caderas con un espasmo de placer. Me metí un dedo y después otro, y al sentir mi calidez húmeda cerré los ojos y me sumergí en su voz, en la historia que fue hilando con nuestro deseo.
—Eres tan estrecha y cálida —me dijo.
Al sentir que mi sexo se cerraba sobre mis dedos, volví a alzar las caderas. Saqué los dedos y me humedecí el clitoris con mis propias secreciones mientras encontraba un ritmo satisfactorio, que emulaba el que mi marido habría usado con la lengua.
—Eres tan hermosa...
Me dijo aquello una y otra vez hasta que quise gritarle que se callara, que dejara de hablar y me poseyera de una vez, que se derramara conmigo hasta que nos quedáramos sin aliento; sin embargo, exploté yo sola, y en el último segundo no fue el rostro de Nick el que vi entre mis piernas, sino el de Joe. Solté un grito que podría haber sido de placer o de desesperación, y me sentí avergonzada porque la culpa no había logrado mermar mi placer.
Cuando recuperé el aliento, le di un beso y compartimos una sonrisa. Le acaricié el cuello con la nariz, como solía hacer antes, y le salpiqué la cara de besos. El hecho de que él no pudiera rodearme con los brazos no menoscabó la intensidad de nuestro abrazo.
«Te quiero». En el pasado, aquellas palabras surgían con naturalidad de mis labios, pero en aquel momento se me quedaron obstruidas en la garganta. Podía llegar a convencerme de que las cosas funcionaban bien, de que el día siguiente sería mejor que el anterior, de que superaríamos aquel abismo que iba ensanchándose y profundizándose entre nosotros día a día.
Siempre me había preguntado por qué había personas capaces de tirar a la basura un aparato estropeado, pero que se aferraban a un matrimonio que no funcionaba. Allí junto a mi marido, el único hombre al que había amado en toda mi vida, el único con el que había hecho el amor y junto al que había dormido, creí entender por qué lo hacían: porque seguían teniendo esperanzas.
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 19th 2013, 22:06

Capítulo 5


Marzo


Este mes, me llamo Brandy, y aunque tengo una risita tonta que pone de los nervios a Joe, él disimula porque le apetece tener sexo. Tiene ganas de gritar al ver que no dejo de mascar chicle mientras hablamos, pero nadie lo diría a juzgar por su enorme sonrisa.
Lo conocí en la cafetería donde trabajo, viene varias veces a la semana a por café y pastas. Mis compañeras se ríen al verlo, porque es monísimo. Es un hombre de negocios... tengo debilidad por ellos, me gusta verlos tan trajeados e imaginarme lo que hay debajo del traje y la corbata.
Me invita a una cita, y le doy gracias a Dios porque no me propone ir a tomar un café. Es alucinante la cantidad de idotas que lo hacen, como si creyeran que sólo me gustan las cafeterías porque trabajo en una.
Pero Joe me lleva a un sitio muy fino, con manteles y flores en las mesas, y camareros que te explican el menú con palabras rebuscadas que parecen sacadas de una peli. Cyndi, una de mis compañeras de trabajo, me ha dejado un vestido, aunque se ha puesto celosa al enterarse de que Joe me había invitado a salir. Que se fastidie, no habría podido salir con él de todas maneras porque tiene novio; además, no se lo ha pedido a ella, sino a mí. A Brandy.
—¿Te gusta esa canción? —me pregunta, cuando el camarero se va después de tomarnos nota.
—¿Qué? —no sé de ninguna canción que se titule Brandy, aunque hay un licor con ese nombre.
—Nada —Joe no parece muy hablador. Genial, yo hablo por los dos.
Cuando le cuento que estoy estudiando Comunicaciones, parece realmente interesado. Quiero trabajar en los informativos, pero no me importaría ser antes la chica del tiempo, porque todos tenemos que dar los primeros pasos. Me alegro al ver que Joe asiente como si me entendiera a la perfección, porque mi última cita me ignoró e intentó abrirme de piernas enseguida. Es increíble, ni que yo hiciera ese tipo de cosas. Soy una camarera, no una buscona.
Joe me escucha durante toda la cena, que por cierto es fantástica: linguini de verdad en salsa de almejas. Cuando le pregunto si quiere un poco, niega con la cabeza y me dice que no come marisco. Pues vale. En todo caso, no parece importarle que pruebe su comida... a lo mejor tendría que haberle preguntado antes de tomar un poco con el tenedor, pero me dice que no me preocupe y que me lo acabe si quiero, porque él ya está saciado.
Caramba, claro que quiero. Mi sueldo de la cafetería es un asco, y me gasto una pasta en la universidad. Esta comida está mucho mejor que la de lata.
—Es agradable ver a una chica que come —Joe se reclina contra el respaldo de la silla, y toma su vaso de vino.
Me paro en seco al creer que está burlándose de mí, porque ya sé que me vendría bien perder unos cuantos kilos. Enderezo la espalda para disimular un poco los michelines y sacar pecho. Cuando el camarero viene a preguntarnos si queremos postre, contengo las ganas de pedir un tarta de chocolate y le digo que no.
—¿Estás segura? —al ver que enarca una de sus perfectas cejas doradas, siento que me derrito. Qué mono es—. Podríamos compartir un trozo de tarta.
Cuando acepto su oferta, su sonrisa se ilumina y me derrito un poco más. Dios, qué bueno está. Además, es dulce y sabe escuchar, es el tipo más genial con el que he salido en siglos.
El camarero nos trae el trozo de tarta con dos tenedores, pero Joe empuja el plato hacia mí. Me encanta que se comporte como un caballero, y que me deje dar el primer bocado... bueno, de hecho, todos los bocados, porque él se limita a mirarme mientras como. Sus ojos siguen el tenedor desde el plato hasta mis labios, y se detienen allí. Me paso la lengua creyendo que estoy manchada de chocolate, y se me acelera un poco el corazón. No sé cómo reaccionar al verlo tan centrado en mí, porque está mirándome los labios como si le parecieran más apetecibles que el pastel y están empezando a temblarme los muslos.
No me importaría que Joe me lamiera el chocolate de los labios, eso sería increíble. Hace mucho que no me besa nadie, casi un mes. Me lo monté con un compañero de clase en el bar de la facultad, pero la cosa no pasó de unos cuantos besos aunque él quería algo más. A mí me parece bien lo de amigos con derecho a roce, pero apenas lo conocía.
Me he acabado la tarta, y me llega el turno de mirar cuando Joe empieza a comerse la nata que queda y la fresa. Mientras observo el movimiento de su lengua al chupar la nata que cubre la fruta, me imagino que me lo está haciendo a mí y me estremezco.
—Si estás lista, será mejor que nos vayamos.
No, no lo estoy. Me gustaría quedarme aquí con él un par de horas más, me lo estoy pasando genial y no quiero que la velada se acabe tan pronto. Pero como no puedo decirle algo así, asiento y contesto:
—Vale.
Aún no he perdido la esperanza de que me diga «vamos a tomar otra copa, Brandy. Me lo estoy pasando tan bien, que no quiero irme». Pero un tipo tan sofisticado como Joe no dice esas cosas, claro. Aunque parece una estrella de cine, esto no es una película.
Me ayuda a ponerme la chaqueta, y tengo ganas de lanzarme a sus brazos y comerle la boca cuando me roza los hombros con las manos. Pero no lo hago, porque este sitio es muy elegante y no quiero que Joe piense que soy una chica fácil.
No dejo de hablar mientras vamos a mi casa en su coche. Nunca he estado con un tipo capaz de escuchar como él, y está claro que está prestándome atención de verdad porque de vez en cuando hace un pequeño sonido y asiente. Cuando paramos delante del bloque de pisos donde vivo, echo una mirada y compruebo que la luz de la habitación delantera está apagada, así que mi compañera de piso aún no ha llegado. No quiero que esta noche se acabe, no quiero. Todo ha sido perfecto, desde la forma en que me ha sujetado la puerta hasta la naturalidad con la que se ha hecho cargo de la cuenta del restaurante, así que lo invito a entrar.
Durante un segundo, estoy convencida de que me va a decir que no, porque tiene la expresión típica que ponen los tipos cuando están buscando alguna excusa para negarse, pero entonces me sonríe hasta que me derrito en un charquito allí mismo, en el asiento del coche, y me dice:
—Claro, genial.
Mientras entramos y le digo dónde puede colgar el abrigo, me pregunto cómo reaccionará si me lanzo a sus brazos y le proporciono un buen revolcón. Me vuelvo hacia él después de colgar mi abrigo para preguntarle sí quiere beber un trago, pero me quedo muda al verlo. Se ha quitado la chaqueta del traje, y lleva una camisa rosa que es supersexy. La corbata es marrón, y los pantalones y la chaqueta grises con unas rayitas de color rosa que no había visto antes por culpa de la luz tenue del restaurante. Debo de parecer una ****a con la boca abierta como un besugo, pero al ver que él se afloja la corbata y se desabrocha el botón superior de la camisa, me recupero rápidamente y carraspeo fingiendo que tengo algo en la garganta.
—¿Quieres beber algo?
Me pongo roja como un tomate porque mi voz ha salido muy chillona, pero o no se da cuenta, o es tan caballeroso que finge que no ha notado nada; en cualquier caso, su sonrisa me infla como si alguien acabara de llenarme de helio, y tengo ganas de flotar hasta el techo.
—Un vaso de agua.
Lo he visto beber café, a veces té, un vaso de vino en la cena, pero quiere agua y me da un poco de vergüenza decirle que no tengo ninguna botella. A él no parece importarle, me dice que la del grifo le va bien y que si puedo ponerle un par de cubitos. Menos mal que tengo, y también tengo algunos limones que llevan una eternidad en la nevera; bueno, en realidad son de Susie, mi compañera de piso, pero no le importará que me los apropie. Los corto en rodajas, y Joe mete una en su vaso. Yo hago lo mismo, pero hago una mueca al probar de lleno el limón.
Joe suelta una carcajada.
—¿Está demasiado fuerte?
De repente, me doy cuenta de que se me ha acercado bastante. Está buenísimo, pero me gusta aún más su olor... no es Drakkar ni Polo, es otra cosa... como no acabo de identificarlo, le pregunto qué es, y él se echa a reír. Deja el vaso en la encimera y se apoya en ella, con los pies cruzados. Al ver sus zapatos, que también son geniales, me doy cuenta de que no le he preguntado a qué se dedica; de hecho, no sé casi nada sobre él, a pesar de que yo le he contado un montón de cosas sobre mí.
—Jabón y agua.
—¿No llevas colonia?
Joe niega con la cabeza, y se pasa una mano por la cara.—Me irrita la piel.
Me toma de la mano antes de que me dé cuenta, y me la pasa por su cara. Tiene una piel tersa y cálida, y siento apenas el roce de su barba incipiente. Su pelo tiene el mismo color que uno de los bizcochos que servimos en la cafetería, igual que sus cejas, que son pobladas pero bien moldeadas.
—Eso sería una lástima... que te irritara la piel.
Quiero que me bese, lo deseo tanto, que alzo la cabeza hacia él. No es excesivamente alto, debe de medir un metro ochenta más o menos, así que no tengo que ponerme de puntillas para alcanzarle la boca. Él deja que lo bese sin acercarse ni apartarse. Estoy acostumbrada a chicos que me meten la lengua hasta el fondo a las primeras de cambio, pero este beso es muy dulce y ni siquiera abrimos la boca.
Me aparto con una mezcla de excitación por haber probado sus labios y de temor al pensar que quizás he vuelto a meter la pata; sin embargo, su sonrisa me da confianza. No parece molesto conmigo.
—Brandy, eres una chica muy agradable.
Suelto un gemido y hago una mueca, esperando lo inevitable.
—¿Pero...?
—Pero nada.
—¿No quieres besarme? —tengo que preguntárselo, aunque estoy convencida de que su respuesta me va a decepcionar.
No es así.
—Hay muchos lugares donde besarte.
Dios. Madre mía, qué pasada. Siento un calor repentino tan ardiente, que tengo que abanicarme la cara con una mano. Suelto una risita, y Joe sonríe y se lleva las manos a las caderas.
—¿Por qué no me enseñas tu dormitorio?
Ya ni me acuerdo de mi preocupación de que me considere una chica fácil, porque Joe no hace que me sienta incómoda cuando me toma de la mano y abre la puerta de mi pequeña habitación. Él consigue que me olvide de que me había prometido que sería algo más que un ligue de una noche de borrachera, o una amiga con derecho a roce.
Menos mal que he limpiado esta mañana. Me tocó la habitación pequeña, porque fue Susie la que alquiló primero el piso. La cama ocupa casi todo el espacio, pero es todo lo que necesitamos para el tipo de baile que Joe tiene en mente.
Me pone las manos en las caderas mientras le quito la corbata. Él no se mueve ni cuando empiezo a desabrocharle la camisa, pero no lo miro a la cara y me centro en su cuerpo. Después de sacarle la camisa de la cintura del pantalón, acabo de desabrocharla y empiezo a acariciarle el pecho. El vello que lo cubre tiene otro tono, es como... como caramelo. Me inclino a besárselo con un estremecimiento, y al sentir que me cosquillea en la nariz, cierro los ojos e inhalo su aroma. No sabía que el jabón y el agua podían llegar a oler tan bien.
Al cabo de un segundo, levanto la mirada y me doy cuenta de que está sonriendo. Me encanta su sonrisa, la forma en que se extiende por su cara y le arruga los ojos. Hace que le desaparezca el labio superior, y deja al descubierto sus dientes blancos cuando se ensancha aún más.
Lo ayudo a quitarse la camisa, y al verlo sólo con los pantalones tengo ganas de lamerlo de la cabeza a los pies, de devorarlo como si fuera un trozo de pastel de canela. Me recuerda a un pastel dorado y delicioso, y finalmente caigo en la tentación y me inclino para chuparle el pecho. Al sentir el latido de su corazón bajo la lengua, quiero conseguir que se le acelere, quiero que sude y gima, que se estremezca y grite de placer. Quiero que estalle de placer.
Él me pone la mano en el hombro y me empuja suavemente para que me incorpore, y entonces nos tumbamos en la cama y empieza a besarme el cuello mientras desliza las manos hacia mi pecho. Cuando golpeo con la cabeza contra los peluches y la almohada, los aparto para que tengamos más espacio.
Soy una chica bastante grande, pero Joe hace que me sienta delicada al cubrirme con su cuerpo y acariciarme con las manos y la boca. Pensaba que iba a desnudarme enseguida, que iba a ir directo al grano como suelen hacer los chicos de mi edad, pero no parece tener prisa. Me besa el cuello y los hombros mientras me acaricia los pechos a través de la camisa, y al fin empieza a desabrochármela poco a poco, botón a botón, mientras su boca va descendiendo también. Después de besarme los pezones, me desabrocha el cierre posterior del sujetador, y contengo el aliento cuando me lo quita porque quiero gustarle. No puedo contener un pequeño gemido cuando empieza a chuparme el pezón, lo hace de maravilla. Primero lo recorre con la lengua, y después empieza a succionar con suavidad. Algunos tipos se agarran como si estuvieran intentando *****, pero Joe va de un pezón al otro hasta que no puedo quedarme quieta y empiezo a retorcerme.
Se detiene el tiempo justo para ayudarme a quitarme la camisa y el sujetador, y entonces me tumba lentamente y se queda mirándome como cuando estaba comiéndome la tarta. Sus caricias me han dejado temblorosa y anhelante, y el deseo se acumula en mi entrepierna. Estoy muy húmeda, y siento el roce de las bragas en el clitoris.
Cuando Joe se lleva las manos al cinturón, me apoyo en los codos para ver cómo lo desabrocha y me humedezco los labios cuando empieza a bajarse los pantalones. Al levantar los ojos, descubro que está mirándome.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Brandy?
Demonios, ¿está preguntándomelo de verdad? Ningún chico lo haría después de llegar tan lejos.
—Sí, estoy segura.
Estoy más que segura, estoy deseándolo. Susie me contó cómo se pone cuando su novio está fuera, que se pone tan caliente que es como si le llorara la vagina, pero hasta ahora no la entendía. Hombre, sé lo que es estar caliente, pero mi cuerpo nunca había deseado un pene tanto como al ver a Joe quitarse los pantalones.
Es normal que se desnude con tanta naturalidad, no tiene nada de qué avergonzarse porque está tan bueno como cuando está vestido. Está delgado pero musculoso, el vello le cubre las piernas, le enmarca el miembro y le sube por el vientre hasta rodearle los pezones. También tiene vello en los antebrazos, y aunque nunca me han gustado los hombres peludos... en fin, hasta ahora sólo había estado con chicos, y Joe es todo un hombre.
De repente, me siento un poco intimidada, y dudo con las manos en la cintura de la falda. Él parece salido de una revista de moda, pero yo...
—Venga, Brandy, no seas tímida —me dice en voz baja.
Dios, vale, vamos allá. Me quito la falda y me tumbo, menos mal que me he puesto las braguitas buenas para la cita, las de encaje que me disimulan los michelines sin parecer anticuadas. Joe se arrodilla a mi lado, y sube las manos por mis muslos. Tiene unos dedos largos y callosos, y sus uñas cuidadas me rozan ligeramente. Cuando tengo las piernas cerradas, mis muslos no dejan ningún espacio entremedio, pero él me parte con los pulgares como si fuera un cuchillo cortando queso. Me abre tan poco a poco, con tanto cuidado, que no opongo resistencia.
Me recorre las piernas con las manos hasta llegar a las corvas, y hace que doble ligeramente las rodillas. Su sonrisa me tranquiliza, pero el corazón me late con tanta fuerza, que lo noto en los tímpanos, en la base de la garganta y en las muñecas, pero sobre todo entre las piernas.
Cuando me levanta un pie y me besa el tobillo, su boca me deja su impronta húmeda. Levanto las caderas en una respuesta instintiva, pero él no aparta la atención de mi pierna y sus labios van subiendo por la espinilla y por la rodilla. Para cuando llega a los muslos, está a cuatro patas, pero se tumba entre mis piernas mientras su boca asciende aún más, y contengo el aliento cuando alcanza mi sexo.
Se apoya en los antebrazos, y me frota la parte delantera de las bragas con un dedo con un movimiento ascendente y descendente, por encima del clitoris y hacia abajo. El encaje está mojado, tiene que estarlo, y se aprieta contra mí cuando me muevo un poco.
Me siento incapaz de mirar a Joe, así que cierro los ojos mientras él recorre con un dedo la tela que me cubre la entrepierna. Me acaricia lentamente, y entonces mete el dedo por debajo del borde y me baja las bragas. Vuelvo a gemir. Sé que está mirándome ahí, que tiene la mirada fija en mi sexo, y no sé cómo reaccionar; aunque siempre estoy luchando con los kilos de más y me preocupan mi trasero, mis muslos y mi barriga, mi sexo siempre es el mismo.
Me tenso sin aliento mientras espero inmóvil, y cuando siento su lengua chupándome la barriga, me acuerdo de cuando ha lamido la nata de la fresa y abro aún más las piernas en una clara invitación. Me siento un poco decepcionada cuando utiliza un dedo en vez de la lengua, pero tras unos segundos empiezo a gemir y a estremecerme porque es increíble, lo mejor que he experimentado en toda mi vida.
A veces, alcanzo el orgasmo muy pronto cuando me masturbo, pero suele costarme mucho más cuando estoy con un chico. Parece que nunca saben lo que tienen que hacer, son demasiado rápidos o demasiado lentos, demasiado duros o demasiado blandengues. Sí, ya sé que se esfuerzan y todo eso, pero por regla general no se molestan en tomarse el tiempo necesario para averiguar lo que me excita. Ven demasiadas pelis porno en las que el hombre sólo tiene que frotar varias veces para que la chica esté a punto de explotar, y en la vida real es mucho más difícil.


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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 20th 2013, 14:06

wow
a ese joe
le gusta la variedad
Xd
jejeje
siguela
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kelilovejoe
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 21st 2013, 14:46

wow esta increible siguel pronto me encanta Very Happy 
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BETTY DE JONAS
Novia De..


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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 21st 2013, 14:59

oh por Dios!!!!!!
No puedo creer todo lo que ha pasado....
Por favor tienes que seguirla!!!!
Por que tu nove...
ME ENCANTA!!!!
ME ENCANTA!!!!
ME ENCANTA!!!!Twisted Evil Embarassed juju 
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 23rd 2013, 14:52

[continuación]

Sin embargo Joe sabe lo que hace. Sus manos descienden por mis muslos, pasan por mi sexo y siguen bajando hasta mi trasero, pero sólo puedo pensar en el placer que siento. Deseo tanto un orgasmo, que no puedo pensar en otra cosa, y me parece imposible sentir que el placer se intensifica aún más cuando me mete los dedos.
No puedo soportarlo. Mi cuerpo entero se estremece, sacudo la cabeza de un lado a otro y arqueo la espalda mientras grito su nombre. No me importa quién me oiga, no puedo permanecer callada aunque puede que Susie ya haya vuelto a casa.
La presión de mi sexo va intensificándose cada vez más. Hinco los dedos de los pies en el colchón, y me aprieto contra su mano. Creo que me ha metido un tercer dedo, estoy rozando el clímax. Todo se tensa como un puño al cerrarse, y entonces estallo de golpe.
Tardo un minuto en recuperar el aliento, y cuando bajo la mirada, lo veo tumbado de lado junto a mí, con una mano apoyada en mi muslo. Tiene los ojos cerrados, y no tengo ni idea de lo que estará pensando.
—¿Joe? —sé que mi voz parece vacilante, pero es que ni siquiera sé si soy capaz de hablar.
Él abre un ojo, y ladea la cabeza para mirarme.
—¿Qué?
—Alucinante —me humedezco los labios, porque no sé qué decir.
Él vuelve a mirarme con esa sonrisa supersexy. Tenía miedo de tener vergüenza después de lo que me ha hecho, pero no es así, porque ha sido... Dios, ha sido una pasada.
—¿Te ha gustado? —me pregunta, mientras me acaricia el muslo.
—Sí, mucho —me alzo sobre las manos, y admito—: Quiero... quiero darte placer.
—Genial.
Él se pone sin prisa de rodillas, y me preocupo un poco al ver que no tiene el pene duro. A lo mejor no lo excito, es la primera vez que estoy desnuda con un tipo que no lo tiene duro; de hecho, es la primera que veo uno fláccido de cerca... aunque no está totalmente fláccido, es más bien una cosa intermedia.
Me siento mientras me pregunto si le gustaría que se lo chupara un rato, no me importaría hacerlo. Observo fascinada cómo se lo acaricia de arriba a abajo hasta que va endureciéndose. Tiene los muslos y el trasero un poco más pálidos que el resto del cuerpo, pero su miembro tiene un tono rosado que va oscureciéndose.
Cuando me pregunta por qué lo miro con tanta atención, no tengo más remedio que admitir que no he visto demasiados penes de cerca, y sonríe como si no supiera si reírse de mí o no.
—He visto unos cuantos, claro, pero...
—Pero no de cerca.
Verlo masturbarse me está excitando cada vez más. Se comporta con tanta naturalidad, sus movimientos son tan tranquilos, que no me da vergüenza; de hecho, me siento muy cómoda, y es genial, porque normalmente me pongo un poco nerviosa cuando estoy desnuda, porque no soy pequeña y esquelética. Pero con Joe los michelines no tienen demasiada importancia, a lo mejor es porque no les presta una atención especial cuando me mira.
—No he estado con demasiados chicos.
Sé que no es algo de lo que avergonzarse; de hecho, debería sentirme orgullosa, porque un montón de chicas de mi edad son unas verdaderas busconas capaces de acostarse con cualquiera.
—Es igual —por la forma en que lo dice, parece que es algo que no le importa, ni en un sentido ni en otro.
Soy incapaz de apartar la mirada mientras sigue sacudiéndosela poco a poco. Es tan sexy, que no puedo ni soportarlo. Cada vez que mueve las muñecas, le resaltan los tendones y quiero chupárselos como hice antes con su pecho.
Joe se sienta con la espalda contra la pared, porque la cama no tiene cabecera. Abre las piernas y empieza a sacudírsela con más fuerza. Ya lo tiene muy duro, y aunque está mucho más grande y me da un poco de miedo imaginarme algo de ese tamaño penetrándome, tengo ganas de sentirlo en mi interior.
—Ven aquí, Brandy.
Lo suelta cuando me acerco un poco más, y tengo que morderme el labio para contener una sonrisa al vérselo ahí erguido, bamboleándose un poco.
—Ésta es tu oportunidad de echar un buen vistazo.
Lo miro a la cara para ver si está burlándose de mí, pero su sonrisa parece sincera. Cuando se reclina hacia atrás y se apoya las manos en los muslos, me doy cuenta de que es todo mío. Madre mía, qué pasada. Me acerco un poco más, y me doy cuenta de que no hay razón para que me muestre tan tímida. Los penes que salen en las pelis porno siempre son enormes y bastante asquerosos, pero el de Joe es diferente y me dan ganas de tocarlo y de saborearlo de ver si yo también puedo darle placer.
Cuando me inclino y me lo meto en la boca, Joe me pone una mano en la cabeza. Abarco demasiado al principio y me dan arcadas, menos mal que él no empuja hacia dentro. Succiono un poco, y la piel se mueve hacia arriba y hacia abajo. Aunque el exterior es fino, por dentro está duro, aunque no tanto como el acero ni nada parecido. Me doy cuenta de que es flexible al doblarla un poco, pero Joe suelta un pequeño sonido inarticulado.
—Perdona —le digo, ruborizada.
—No te preocupes. Hazlo como si fuera un polo, de arriba abajo, y con un poco más de fuerza en la punta.
A lo mejor se me da mal chuparlo, porque es la primera vez que un tipo me da instrucciones, así que a la siguiente intentona me concentro en imaginarme que estoy chupando un polo de fresa, mi favorito. A pesar de que su sabor es más bien fuerte y especiado, me gusta.
Debo de estar haciéndolo bien, porque Joe empieza a alzar las caderas un poco; sin embargo, vuelvo a sentir arcadas, así que decido que será mejor dejar que me penetre sin más y empiezo a quitarme de encima. Él me detiene antes de que pueda hacerlo, me mira a los ojos y me dice:
—Brandy, agárralo por la base y guíalo hasta tu boca, así podrás controlarlo si te lo meto demasiado hondo; además, también me resultará placentero.
Parece que estoy en clase, pero me lo dice de tal forma, que me limito a asentir y hago lo que me dice. Cuando le rodeo el pene con los dedos y me lo meto en la boca, me doy cuenta de que tiene razón, puedo controlarlo mejor y evitar que me lo meta demasiado si empuja con las caderas.
Demonios, ahora que puedo controlarlo, tengo más ganas de chupárselo que nunca, porque ya no tengo miedo de que me ahogue; además, sus gemidos de placer están poniéndome cada vez más caliente.
—Acaríciame los testículos con la otra mano.
Me dan ganas de soltar una risita, porque es la primera vez que un tipo me habla así. No puedo controlar la risa, pero hago lo que me dice. Son suaves y cálidos, y los sostengo en la mano como si fueran huevos. Está claro que le gusta, porque su pene me palpita en la boca y su respiración se acelera.
Joe me recoge el pelo que me cae sobre los hombros para apartármelo de la cara, qué amable. Chupo con más fuerza, y oigo que suelta un profundo gemido cuando empiezo a acariciarlo al mismo tiempo con la mano.
Al sentir que me mete la mano libre entre las piernas, me muevo un poco para que tenga mejor acceso a mi sexo. De espaldas a él puedo metérmelo más hondo, ahora ya sé cómo hacerlo y no me da miedo.
Estoy de rodillas, con una mano en su pene y otra en sus testículos mientras le hago una felación, y él está sujetándome el pelo en la nuca mientras me acaricia el clitoris de nuevo. Cuando lo pellizca con suavidad, arqueo las caderas y me balanceo contra su mano. No puedo contener mis movimientos, es como si mi cuerpo actuara por voluntad propia. Es increíble, fantástico. Todo está húmedo, mi sexo chorrea y su miembro y mi mano están lubricados con mi saliva. Intento recordar que se supone que estoy chupando un polo, pero está acariciándome el clitoris con el pulgar y no puedo concentrarme.
Intento pillar el ritmo de sus movimientos, pero estoy temblando y a punto de llegar al orgasmo de nuevo. Dios, nunca había tenido dos orgasmos seguidos. Cuando succiono con fuerza, Joe suelta un gemido y me tira del pelo para apartarme un poco la boca, pero se derrama antes de salir del todo. Su pene parece crecer en mi boca y me sobresalto al sentir que su semen me llena la boca, pero me lo trago antes de darme cuenta de lo que hago. Aparto los labios con un sonido audible. Mi sexo aún sigue apretándose contra su mano, y me recorre otro orgasmo alucinante, aunque no tan fuerte.
Diablos, Joe acaba de explotar en mi boca y no me han dado ganas de vomitar. Ha hecho que tenga tres orgasmos, el líquido de la vagina me chorrea por las piernas, y él tiene la entrepierna húmeda con mi saliva y con algunas gotas de semen. Creo que estoy enamorada.
—Madre mía... —me aparto de él y me tumbo de espaldas en la cama, completamente relajada. Sus rodillas están cerca de mi cara, cubiertas con mi pelo.
Estoy tan hecha polvo, que creo que podría dormirme aquí mismo. Cuando Joe me aparta la pierna que aún tenía sobre su pecho al cabo de unos minutos, me siento y le digo:
—Eres muy diferente a los otros chicos con los que he estado.
—¿Eso es bueno, o malo? —me pregunta, sin abrir los ojos.
—¡Es genial! —suelto una risita, y me acurruco contra él. Quiero tocarlo por todas partes, aferrarme a él—. No eres un chico.
Él abre un ojo, y levanta un poco la cabeza para mirarme.
—¿Qué?
—Quiero decir que no eres un niñato.
Él se mueve un poco, y comenta:
—No, supongo que no.
Con un suspiro de satisfacción, apoyo la cabeza sobre su hombro. No es bastante, quiero acercarme todo lo posible, pero cuando le paso un brazo por encima del pecho, suelta una pequeña exclamación ahogada.
—Me alegro mucho de que me invitaras a salir, Joe.
Él hace un sonido que interpreto como una afirmación, y permanecemos en silencio durante unos minutos; aunque empiezo a tener un poco de frío, no quiero levantarme. Susie me había hablado de esta sensación de bienestar, pero es la primera vez que la experimento.
—Ha sido increíble, esto sí que es sexo de primera.
—Me alegro de que te haya gustado —me dice él, mientras se mueve de nuevo.
Me alzo sobre un hombro, y apoyo la cabeza en la mano para mirarlo. Me muerdo el labio durante unos segundos, y finalmente decido que no pasa nada por preguntar.
—¿He estado bien?
—Sí, Brandy —me dice él, con los ojos cerrados de nuevo—, has estado bien.
—¿Sólo... bien?
No abre los ojos, pero esboza una sonrisa.
—Muy bien.
Siento una calidez muy especial. No es el primer tipo que me dice que soy buena, pero viniendo de Joe, es todo un cumplido. A pesar de que me ha ido dando consejos, piensa que he estado muy bien.
—Debes de haber estado con un montón de mujeres.
—Depende de lo que consideres «un montón» —me dice él, tras un segundo.
—En comparación conmigo, con los chicos con los que yo he estado.
Abre los ojos para mirarme, y me dice:
—Soy mayor que tú, Brandy.
Sí, eso ya lo sabía.
—¿Cuántos años tienes? —se lo pregunto por curiosidad, aunque la verdad es que me da igual. Le acaricio el vello del pecho, hasta que él me atrapa la mano para que pare. Se frota un poco la frente, como si empezara a dolerle la cabeza.
—Voy a cumplir treinta y cinco.

—¡Vaya! Pensaba que tenías unos veintisiete —le digo, sin poder ocultar mi sorpresa.
—Pues no.
—Qué pasada.
Cuando me siento en la cama y él hace lo mismo, nos separa un pequeño espacio que antes no estaba.
—¿Qué pasa?
—Que tienes unos doce años más que yo, eso es todo.
No sé por qué parece molestarle tanto mi comentario, no he fingido que era mayor. Además, ¿qué edad pensaba que tenía?, trabajo en una cafetería y voy a la universidad.
—¿Hay algún problema? —le pregunto, al ver que pone los pies en el suelo.
—No, no te preocupes.
No necesito una licenciatura en Física Cuántica para saber que va a marcharse.
—¿Por qué te vas?
Me mira por encima del hombro, y me dice:
—Mañana por la mañana tengo que ir a trabajar, Brandy.
—Ah. Pero... me llamarás, ¿verdad? —no puedo evitar el ligero temblor de mi voz, pero de inmediato me arrepiento de haber hablado porque está claro que va a decirme que no, o que va a mentirme al decirme que sí. Preferiría que no me mintiera.
—No lo creo.
Eso no es ni un «sí» ni un «no», y no sé qué pensar.
—¿Porque estoy gorda?
Joe se vuelve de golpe hacia mí, y me mira sobresaltado.
—¡Claro que no!, ¡no estás gorda!
Cuando me aparta el pelo de los hombros, me doy cuenta de que es sincero.
—¿Porque crees que soy una buscona?
Joe suelta un suspiro, y se frota la frente de nuevo.
—No creo que seas una buscona, Brandy.
—¿Estás seguro? —le pregunto, ceñuda.
—Sí, estoy seguro. No estás gorda ni eres una buscona, eres una buena chica y nos lo hemos pasado muy bien. Que te hayas acostado conmigo no implica que seas una buscona, ¿está claro? No soporto que las mujeres piensen así.
—¿En serio? —por cómo lo dice, parece que ha estado con montones y montones de mujeres. Los celos no son nada agradables.
—Sí, en serio. No tiene nada de malo que dos personas se acuesten, siempre y cuando vayan con cuidado y ambos quieran hacerlo.
Parece como si estuviera intentando convencerse a sí mismo en vez de a mí. Nos miramos en silencio durante unos segundos, y no sé qué pensar; hace unos minutos, estaba convencida de que era mi próximo novio, pero ahora no sé si quiero volver a verlo. Parece un tipo complicado, a lo mejor son cosas de la edad.
—Entonces, ¿por qué no vas a llamarme?
—Porque eres joven —lo dice como si tuviera sentido, aunque no es así.
—¿Qué?
Joe se levanta con un suspiro, y empieza a vestirse.
—Eres joven, Brandy. Muy joven.
—¿Que soy joven? —creo que debería cabrearme de verdad.
—Sí, demasiado.
Tengo la impresión de que no se refiere sólo a mi edad.
—¡Pues tú eres viejo!
Tiene puesta la ropa, aunque aún no se la ha abrochado, y tiene la corbata aferrada en una mano como si fuera una serpiente a la que intenta estrangular. Se pasa una mano por el pelo, nunca lo había visto tan desarreglado.
—¿Quedamos como amigos, sin resentimientos? —me pregunta.
—Supongo.
¿Qué otra cosa puedo decir? Puedo hacer dieta y ejercicio para mejorar mi trasero y puedo mantener las piernas cerradas, pero no puedo crecer por arte de magia.
Joe se inclina, me besa en la frente y me dice:
—Adiós, Brandy.
Sale de la habitación, y al oír el portazo de la puerta principal al cabo de unos segundos, me asomo por la ventana y veo cómo se aleja en su coche. La próxima vez que viene a la cafetería, le pido a Cyndi que lo atienda ella y finjo que no lo veo.

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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 23rd 2013, 14:56


Joe parecía pensativo, y como a mí no se me ocurrió ningún comentario sobre lo que acababa de contarme, comimos en silencio durante unos minutos.
—Fue como si me hiciera una felación un cachorro que baboseaba, engullía y no dejaba de moverse —dijo al fin.
Me eché a reír, aunque me sentí mal por la pobre Brandy.
—Joe, no seas malo.
—Es la pura verdad, era...
—Joven. Me parece que era muy joven.
—Sí, es verdad.
—Si te molesta tanto, a lo mejor no deberías salir con chicas que aún van a la universidad.
—No me molesta... al menos, antes no.
Aún hacía frío para comer en el parque, pero el sol que entraba por el techo acristalado del atrio era brutal. Todo parecía húmedo y pegajoso, pero también... expectante, como si las plantas supieran que se acercaba la primavera. A lo mejor la esperaban como los niños a la Navidad. Tomé un buen trago de agua, pero el sudor siguió cayéndome por la espalda hacia el trasero.
No supe qué pensar, aunque la verdad era que nunca sabía si la mitad de las cosas que me contaba Joe eran ciertas o no. Mi imaginación me proporcionaba detalles que ni él ni yo teníamos forma de saber, pero nuestros encuentros a la hora de la comida se centraban en fantasías completamente satisfactorias, y si estaba mintiéndome sobre las mujeres con las que se acostaba, no estaba segura de querer saberlo.
Pero había muchas cosas que sabía con certeza sobre él: que no le gustaba compartir la comida ni la bebida, ni besar en la boca, que perdió la virginidad con la mejor amiga de su madre, que tenía gustos caros... incluso sabía a qué instituto había ido. Nos escudábamos tras historias del pasado, porque revelar nuestro presente habría sido demasiado íntimo.
Lo sabía todo sobre él, pero al mismo tiempo no sabía nada.
—¿Ahora te molesta?
Centré la mirada en sus manos. Las mangas rosa fuerte de su camisa asomaban por debajo de la chaqueta del traje.
—Sí.
—¿Por qué?
—Oye, incluso el helado cansa si no comes otra cosa.
—Joe, no me digas que estás volviéndote selectivo en la vejez —durante un par de horas cada mes, volvía a ser una mujer capaz de reír gracias a él.
Cuando alzó la cara hacia el sol que entraba por los ventanales, tuve ocasión de contemplarlo sin que se diera cuenta. Se había cortado el pelo, y las orejas le sobresalían y le daban un aire adorable. Su nuca parecía vulnerable y vislumbré un ligero toque gris en su pelo dorado, que parecía un poco más oscuro al estar tan corto.
—¿Crees que soy viejo?
—Si lo eres, entonces yo soy una anciana.
Me miró con un ojo cerrado por la claridad, y bromeó:
—Sí, eres toda una abuelita.
Gracias a su historia me había enterado de su edad, y había conseguido una nueva pieza del rompecabezas de su vida. Me habría gustado que fuera mayor o menor, pero teníamos casi la misma edad.
—¿Cuándo es tu cumpleaños? —me preguntó de repente.
No quería decírselo, porque aquello incumplía nuestro acuerdo tácito de hablar siempre del pasado, nunca del presente; sin embargo, un cumpleaños formaba parte del pasado a pesar de que seguía celebrándose, ¿no? Había nacido hacía años, en el pasado del que podíamos hablar.
—El diecinueve de abril. También cumpliré treinta y cinco.
—¡Ja! Entonces, eres más vieja que yo.
—Qué amable eres —le dije, con una carcajada.
—Mi cumpleaños es el veinticuatro de abril.
Nos quedamos mirándonos sin decir palabra. Sentí que un rubor se me extendía por las mejillas, por el cuello e incluso por los dedos, que estaban muy ocupados apretujando el papel con el que había envuelto el bocadillo.
—¿Y qué significa eso? —le pregunté al fin.
—Que no eres joven _________—me contestó él, mientras se me acercaba de forma casi imperceptible.
El sonido de pasos nos apartó como si estuviéramos en dos extremos de una goma que se hubiera extendido de golpe. La pareja que dobló la esquina estaba riendo y no se detuvo al vernos, pero el momento ya había quedado atrás.
Joe se levantó, y tiró los restos de su comida a la basura antes de alargar la mano para que le diera los míos. Mientras los tiraba también, fingí que tenía un problema imaginario con mi bolso. Oí de nuevo las risas de la pareja, y cuando levanté la mirada, él ya se había ido.


________________________________
ahí termina el capítulo cinco=)
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 23rd 2013, 20:22

wow
pobre brandy
pero ni modo
q complicado es una relacion asi
siguela
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 23rd 2013, 20:51

Por favor tienes que seguirla!!!!!
Muero por saber qué otra historia contará Joe a _______
y muero por que _______ empiece a ser la protagonista real
en sus historias!!!!!Twisted Evil Embarassed 
Aunque me daría tristeza por Nick...Sad 
Pero en fin... siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa por fis!!!!!!!!!!!!!!!!!
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 24th 2013, 18:54

Capítulo 6


La mayoría de mis conocidos estaban deseando que llegara el fin de semana y odiaban los lunes y la vuelta al trabajo, pero en mi caso era lo contrario, porque el sábado y el domingo eran los días más duros de toda la semana. Mientras los demás dormían hasta tarde, yo me levantaba agotada después de haber tenido que despertarme a intervalos regulares para ocuparme de Nick, y no podía ir a ningún sitio ni hacer nada sin hacer arreglos para que hubiera alguien que se hiciera cargo de él; lo cierto era que había acabado por acostumbrarme a quedarme en casa, tal y como solía pasarles a los padres con niños pequeños que acababan decidiendo que no merecía la pena el esfuerzo de buscar una niñera sólo para ir al cine.
Además del quebradero de cabeza, tenía que tener en cuenta el gasto económico. Gracias a nuestros trabajos y a la indemnización que había tenido que darnos la empresa que había fabricado los esquís defectuosos de Nick, nuestras vidas eran fáciles desde un punto de vista económico en comparación con las de tantas otras familias con miembros que padecían lesiones de médula. Éramos afortunados, pero a pesar de todo, encontrar a alguien que pudiera quedarse con Nick durante los fines de semana requería más dinero y esfuerzo de los que estaba dispuesta a gastar por regla general.
Era un viernes por la noche más, y ya estaba bostezando cuando Dennis llamó a la puerta. El hecho de que siempre esperara a que Nick le diera permiso para entrar, de que estuviera dispuesto a ofrecerle la cortesía de esperar a que estuviera listo, era uno de los detalles que más me gustaban de él.
—Me voy ya, chicos. _________, volveré mañana a tiempo de tomar el relevo.
—Gracias. Oye, te has puesto muy elegante —le dije, sonriente.
Llevaba una camisa blanca impecable que enfatizaba sus brazos musculosos, unos pantalones oscuros, y unos zapatos relucientes. Seguro que les había sacado brillo a escupitajos.
—¿Tienes una cita? —le preguntó Nick. Manejaba la silla con la barbilla, y la volvió para mirar a Dennis.
Me hizo gracia ver a aquel hombretón ruborizándose.
—Más o menos. ¿Estás listo para acostarte?
—¿Qué te parece, ________?
Esbocé una sonrisa de culpabilidad, porque en aquel mismo momento estaba cubriendo un bostezo con el dorso de la mano.
—Sí, creo que podríamos ver unas cuantas películas. ¿Podrías ayudarme a...?
—Claro.
Cuando pasamos a Nick de la silla a la cama, Dennis comprobó que sus constantes vitales estaban bien y que no había ningún problema. Me sentí muy agradecida por su consideración, porque a pesar de que yo misma habría podido ocuparme de todo, el hecho de que se encargara él me permitía ser una esposa en vez de una enfermera. Era un pequeño gesto, y seguramente alguien que estuviera al margen de ese tipo de situaciones lo habría pasado por alto.
—No me has contestado —le dijo Nick. Su cama era especial, se ajustaba prácticamente a cualquier posición y nos permitía moverlo con facilidad—. ¿Tienes una cita, o no? «Más o menos» no quiere decir nada.
Dennis me lanzó una mirada implorante, pero yo me encogí de hombros y solté una carcajada.
—Será mejor que se lo digas, no va a dejarte tranquilo hasta que lo hagas.
—Sí, tengo una cita con Henry —dijo, mientras ponía bien las sábanas con movimientos exagerados.
—¿El tipo del gimnasio? —le preguntó Nick.
—No, ése es Alan. Henry es el de la cafetería.
—Dennis, eres un donjuán.
—Oye, eso no es verdad.
Los contemplé mientras bromeaban y se reían, consciente de que no estaban excluyéndome a propósito, pero lo cierto era que no tenía ni idea de a quién se referían. Era absurdo sentir celos del enfermero de mi marido, sobre todo teniendo en cuenta que no le envidiaba las tareas que realizaba con total eficiencia, pero lo envidiaba porque podía irse en cualquier momento, cuando le diera la gana. Quizás a mí también me habría resultado fácil poner buena cara y esforzarme por hacer feliz a Nick si no se tratara del resto de mi vida, sino de un simple empleo. De repente, me di cuenta de que estaba siendo muy injusta con Dennis, porque nunca se comportaba como si ocuparse de Nick fuera sólo un trabajo para él.
—Pásatelo bien —le dije.
—Ten cuidado —le dijo Nick.
—Hasta mañana —Dennis levantó un dedo cuando Nick hizo un comentario picante, y le dijo—: Claro, lo que tú digas.
Cuando se fue, me puse unos pantalones de chándal y una camiseta mientras Nick veía la tele. Empecé a ordenar un poco la habitación, guardé el soporte con el ordenador, y aparté la silla de ruedas para no tropezar con ella si tenía que ir al cuarto de baño. Durante los fines de semana, dormía en la enorme silla reclinable que Dennis utilizaba por las noches; habíamos hablado de comprar una cama auxiliar, pero no habíamos dado el paso.
—Espero que Dennis se lo pase bien —dije al cabo de un rato.
—Se lo pasará genial, llevaba tiempo diciéndole que tenía que invitar a salir a ese tipo.
—Ni siquiera sabía que le gustaba alguien —comenté, al sentarme en la silla reclinable.
—Pues ya lo sabes —me dijo con voz distraída, ya que estaba centrado en el programa de cotilleo que daban por la tele.
—Ah.
Tardó un segundo, pero acabó mirándome.
—¿Qué quiere decir eso?
Me encogí de hombros, y fingí estar muy interesada en mi omnipresente cesta de costura. La bufanda de punto que estaba tejiendo apenas avanzaba, pero siempre la tenía a mano. Al darme cuenta de que Nick seguía mirándome, le pregunté:
—¿Qué?
—A veces charlamos —me dijo, un poco a la defensiva—. ¿Te molesta?
—Claro que no, lo que pasa es que no lo sabía.
—A veces no puedo dormir, y Dennis está a mi lado.
«Cuando tú no estás». No lo dijo, pero fue lo que oí. Bajé la mirada hacia mi deprimente bufanda, mientras el ruido de la televisión me zumbaba en los oídos. Jamás se me olvidaba que, a pesar de que yo salía al mundo exterior y hablaba con gente a diario, algo tan mundano como ir al supermercado era una aventura de magnitud épica para Adam. El teléfono y los correos electrónicos no podían compararse a la interacción directa, y para un hombre que adoraba el contacto social, aquel aislamiento era muy duro; además, no lo ayudaba en nada saber que él mismo había elegido recluirse hasta aquel extremo. Había decidido que el esfuerzo de prepararse y la incomodidad que solía experimentar al salir de su ambiente no merecían la pena, y como se enfadaba cada vez que intentaba convencerlo de que no era así, al final había optado por dejar que hiciera lo que quisiera.
Era fácil descubrir quiénes eran los amigos de verdad después de un accidente como el de Nick. Algunos lo visitaban y otros no, y yo era consciente de que no tenía derecho a ponerle pegas a su amistad con Dennis.
—Debbie me ha enviado unas cuantas fotos de las niñas —señaló con la mirada hacia la mesa, donde el correo estaba apilado en pequeños montoncitos, y añadió—: A lo mejor viene de visita.
—Genial —me obligué a mostrar más entusiasmo del que sentía. La hermana de Nick y sus hijas daban mucho trabajo, y eran unas invitadas muy pesadas. Además de perder la poca intimidad que me quedaba, tendría que ocuparme de entretenerlas.
—Estaría bien que vinieran el mes que viene, ¿no crees?
Parecía tan esperanzado, que fui incapaz de negarme; al fin y al cabo, se trataba de su hermana y de sus sobrinas, y como no podíamos visitarlas, era normal que vinieran ellas a casa. Sí, lo comprendía, pero no me hacía ninguna gracia enfrentarme a todos los preparativos y tener que ocuparme de ellas. La señora Lapp se hacía cargo de la limpieza, pero yo tendría que mantenerlas entretenidas. La hermana de Nick era muy exigente, y sus hijas aún más. Habría sido un alivio que viniera a ocuparse de Nick, a darme un respiro, pero no era así; podía sentarse junto a él durante horas mientras sus hijas correteaban por mi casa a sus anchas, pero era incapaz de quedarse unas horas con él por la tarde para que yo pudiera ir al cine.
—Me ha dicho que puede que mi madre venga también.
Como Nick sabía que me resultaba imposible fingir entusiasmo ante aquella noticia, opté por permanecer en silencio. Su madre se creía con derecho a darme instrucciones sobre todo lo relacionado con él, desde la temperatura de su ducha a cómo tenía que cortarle el pan, pero no se molestaba en ayudar cuando venía de visita. Una noche en la que Nick había sufrido una pequeña crisis médica, estaba tan exhausta después de tantas horas sin dormir, que había acabado estallando y le había dicho a Alice Danning lo que pensaba de sus «consejos». Ella se había indignado, y me había dicho que una madre siempre sabía lo que era mejor para sus hijos.
Sus argumentos no me habían convencido, porque si le había limpiado el trasero a su hijo de niño, no tendría que tener tantos reparos en hacerlo cuando era mayor; sin embargo, no había discutido con ella, porque al fin y al cabo, yo no tenía hijos y era más que dudoso que llegara a tenerlos en el futuro.
Me preguntaba si las cosas habrían sido diferentes si hubiéramos sido padres, si me habría resultado más fácil hacerme cargo de mi marido si antes hubiera aprendido a cuidar a un niño. A lo mejor un hijo me habría mantenido centrada en mi familia y habría evitado que me sintiera resentida por el rumbo que había tomado mi matrimonio, porque de ser mi mayor fuente de placer había pasado a convertirse en mi mayor carga.
Quizás los abrazos y los besos infantiles, la dulzura de la sonrisa de un niño, habrían colmado mi necesidad de sentir contacto físico y afecto, aunque a lo mejor un hijo habría sido una carga más y habría acabado de romperme del todo al exigirme más de lo que podía dar.
Pero todo aquello eran conjeturas, porque en el pasado Nick y yo siempre habíamos dado por hecho que teníamos todo el tiempo del mundo para tener hijos. Teníamos nuestras carreras, y nuestro amor mutuo no dejaba demasiado espacio para alguien más. Los hijos habían sido un sueño del futuro, una aventura en la que teníamos tiempo de sobra para embarcarnos.
No había ninguna razón real que nos impidiera plantearnos tener hijos en nuestras circunstancias, porque la lesión de Nick no era una traba para ello. Era cierto que requeriría más esfuerzo y cierta ayuda, que seguramente tendríamos que pasar por algunos procedimientos médicos bastante incómodos, y que iba acercándome al límite de lo que se consideraba el margen de edad segura para un embarazo, pero mi motivo para no querer ser madre era puramente egoísta: no quería aquella responsabilidad. Los cuidados de Nick acaparaban casi todo el tiempo que me dejaba libre mi trabajo, y no me quedaba nada que ofrecerle a un niño.
—Hace bastante que no las veo, ¿te molesta que vengan? —me preguntó Nick.
—Claro que no. ¿Qué películas has pedido?
Fui hacia la mesa, para ver qué nos habían enviado del videoclub en línea en el que alquilábamos las películas. Nick se ocupaba de todo, porque se pasaba mucho más tiempo navegando por Internet que yo.
Me dijo los nombres de varias películas de acción llenas de pistolas y de explosiones, pero me daba igual lo que viéramos porque sabía que acabaría durmiéndome antes de que acabara, como siempre.
—Genial —le dije.
—¿Crees que vas a poder aguantar sin dormirte? —me preguntó él, con una carcajada.
—Probablemente no.
Aquella vez nos reímos juntos, y sentí la caricia de su mirada. Ladeó la cabeza para que lo besara, y nuestras bocas entreabiertas se rozaron brevemente. Al cabo de unos segundos, me aparté y le di un beso en la frente.
—Voy a ducharme y a por un poco de helado antes de ver la peli, ¿de acuerdo?
—Estoy harto de comer helado.
Tras un instante de vacilación, le dije:
—Ahora que lo dices, yo también.
—Puede que la señora Lapp haya preparado un bizcocho.
—Voy a ver.
—Perfecto —me dijo él, como si un bizcocho pudiera solucionar todos los problemas del mundo.
Ojalá fuera así.

—Estoy preocupada por tu hermana ________.
Al oír el comentario de mi madre, busqué a Katie con la mirada de forma automática y la vi en una esquina, riendo mientras le daba a Lily un trozo de pastel de chocolate. Evan, su marido, estaba sentado en una silla junto a ella, riendo también.
Me volví de nuevo hacia mi madre, y le pregunté:
—¿Por qué?
—Parece cansada.
—Lo más probable es que lo esté.
Al ver que mi madre sacudía la cabeza, volví a mirar a Katie para intentar descubrir lo que la tenía tan preocupada. A pesar de que siempre había ido a la moda, no estaba maquillada ni llevaba un traje de diseño; tenía el vientre abultado porque estaba en el cuarto mes de embarazo, y llevaba una camiseta holgada manchada de chocolate y unos pantalones de algodón bastante desgastados. Aunque tenía ojeras y se le veía el rostro un poco más enjuto, era algo de esperar teniendo en cuenta la falta de sueño y las náuseas matutinas que tenía que soportar. Lucía un collar hecho a base de macarrones y de hilo con tanto aplomo como si fuera de perlas.
—Yo la veo bien, mamá.
—A lo mejor deberías hablar con ella.
A lo largo de los años, había oído aquellas mismas palabras infinidad de veces. Cuando Katie se había peleado con una amiga o había perdido un papel en la obra de teatro del colegio, había hablado con ella; cuando la había dejado su novio del instituto, también; cuando su jefe no la había ascendido porque estaba acostándose con su competidora, lo mismo.
—Mamá... —no pude ocultar mi fastidio, y a mi madre no se le pasó por alto.
—_________, eres su hermana. A ti te contará lo que le pasa.
Al oír la risa de Katie, me volví a mirarla de nuevo y vi cómo le daba una palmadita a la mano que Evan le había puesto con disimulo en el muslo. Lily se puso a bailar delante de sus padres, y sonreí al ver la adoración con la que la contemplaban.
—¿Por qué crees que le pasa algo?
—Lo sé sin más, soy su madre.
La mesa estaba cubierta con las bandejas de comida que habíamos preparado, pero como todo el mundo iba picoteando, las lonchas de pavo estaban revueltas con el rosbif, el jamón y el queso. Tenedor en ristre, mi madre empezó a ordenarlo todo en hileras perfectas.
No tenía ganas de ponerme a discutir sobre la supuesta capacidad de una madre de conocer las necesidades de sus hijos. Sabía que tenía las de perder con ella, igual que con la madre de Adam; además, no estaba pidiéndome nada nuevo.
—Entonces, habla tú con ella.
Mi tono cortante hizo que se detuviera con el tenedor en el aire, y que se volviera de nuevo hacia mí. Cabrear a mi madre siempre me daba dolor de barriga, pero hacía tanto tiempo que me sentía dolorida, que me dio igual que su boca se tensara en un claro gesto de desaprobación. Aunque fuera cierto que las madres conocían a sus hijos, lo mismo podía decirse también a la inversa.
—Creo que a tu hermana le iría bien un poco de ayuda —me dijo, con voz severa—. Entre lo mucho que viaja Evan y el embarazo, me parece que tiene demasiada presión...
Era más de lo mismo. Desde que mi hermana había nacido, mi madre no dejaba de decirme que tenía que ocuparme de ella. Al margen de nuestra edad o de lo que sucediera en nuestras vidas, yo era la hermana mayor, la responsable y la inteligente, la que no necesitaba la ayuda de nadie; sin embargo, no pude seguir escuchando a mi madre mientras contemplaba a mi hermana con su marido y con su hija.
—No puedo, ¿vale? Deja de presionarme, no puedo.
Debí de ser más brusca de lo que pretendía, porque dio un pequeño respingo y se volvió hacia los platos antes de decirme:
—Está bien, aunque la verdad es que me has decepcionado. Le iría bien hablar con alguien, ___________. Te necesita, me tiene muy preocupada...
—Siempre te preocupas por ella —aquellas palabras me corroyeron el cuello como si fueran ácido. Tomé un trago de mi bebida para intentar deshacerme del amargo sabor de la envidia, pero no lo conseguí.
—¿Qué significa eso? —mi madre se volvió hacia mí de nuevo, con el tenedor en ristre.
—Nada, no significa nada.
Fui a refugiarme a una pequeña habitación que en el pasado formaba parte del garaje, pero que mi padre había convertido en su dominio personal en mi época de instituto. La pared más alejada estaba cubierta por una estantería que abarcaba desde el suelo hasta el techo, y que estaba llena de álbumes de fotos y de novelas. Al ver el lomo forrado de imitación de cuero blanco de mi álbum de fotos, me apresuré a agarrarlo y lo abrí.

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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 24th 2013, 18:56

Habíamos optado por una ceremonia sencilla, porque como sólo contábamos con el pequeño salario de Nick y yo seguía pagándome los estudios, no teníamos ni el dinero ni las ganas de celebrar una boda tradicional y ostentosa. Me había comprado el vestido de novia en una tienda de segunda mano, y había estado trabajando de camarera para poder pagar las fotos de boda. Estábamos guapísimos y radiantes, llenos de felicidad.
Katie se había casado cinco años más tarde, y su boda había sido muy diferente a la mía. Como tanto Evan como ella tenían buenos sueldos y a ninguno de los dos les gustaba privarse de nada, no habían reparado en gastos y se habían gastado una fortuna que había salido tanto de sus propios bolsillos como de los de sus padres. Damas de honor, trajes de etiqueta, banquete por todo lo alto, y una luna de miel de dos semanas en Grecia. Nick y yo habíamos hecho un viaje de fin de semana a las Cataratas del Niágara, y habíamos vuelto el martes siguiente a la boda para ir al trabajo y a la universidad respectivamente.
Mi hermana y yo habíamos hecho elecciones muy distintas, pero a pesar de que la elegante ceremonia y el vestido de novia de cinco mil dólares carecían de importancia para mí y jamás la había envidiado por ello, sentí una oleada de resentimiento al abrir su enorme álbum de fotos y ponerlo junto al mío.
Mi reacción no se debía a que le hubieran hecho la manicura y la hubieran peinado para que se hiciera aquellas fotos artísticas en las que parecía una princesa, ni a que Evan y ella hubieran servido filete y ostras en su banquete y yo me hubiera conformado con pollo y pescado. Katie siempre había tenido más de todo. Más atención por parte de mis padres, más amigos, más fiestas, más ropa, más elegancia, más dinero, más diversión... yo sólo había tenido más dolor.
No odiaba a mi hermana, pero la regañina de mi madre, que no era la primera ni sería la última, había colmado un vaso que había ido llenándose desde hacia tiempo sin que yo me diera cuenta.
A pesar de todo, me sentí fatal por mi comportamiento.
Me dispuse a guardar los álbumes, decidida a ir a felicitar a mi padre otra vez antes de volver a casa cuanto antes. Dennis era genial y, al parecer, el nuevo mejor amigo de Nick, pero tenía que darle un extra para que viniera a trabajar durante los fines de semana y quería comprarme un coche antes de que acabara el año.
Las novelas que había en la estantería se habían inclinado un poco, y al ver que no había manera de volver a meter los álbumes, las aparté con un movimiento brusco y sólo conseguí arañarme los nudillos. Al ver que me sangraban un poco, mascullé una imprecación y me los chupé.
—¿Estás bien, _______? —me preguntó Katie, al entrar en la habitación.
—Sí, estoy bien —parpadeé para ocultar las lágrimas de furia que amenazaban con inundarme los ojos, mientras sentía que la rabia me subía por la garganta hasta asfixiarme—. Maravillosamente bien.
—Vale...
Fui incapaz de mirarla, de ver el vientre hinchado en el que descansaba su bebé, el bebé que yo no iba a tener nunca. No quería la felicidad de la maternidad, así que no iba a experimentarla. Me aparté el pelo de la cara, y cuadré los hombros.
—Tengo que irme a casa.
—Oye, ¿te pasa algo? ¿Es que mamá te ha echado la bronca?
—No.
—Vale, perdona, me ha dado esa impresión. _________, ¿qué te pasa?
Era la pregunta que mi madre quería que le hiciera a ella. Katie estaba mirándome con una sonrisita desconcertada que revelaba que no tenía ni idea de lo que pasaba.
—Mamá me ha pedido que hable contigo, está preocupada por ti otra vez.
Katie hizo una mueca de fastidio. En circunstancias normales, su reacción habría hecho que me sintiera mejor y quizás habríamos bromeado sobre el exceso de preocupación de nuestra madre, pero en aquella ocasión me enfurecí aún más. Ella recibía toda la preocupación del mundo, y ni siquiera la necesitaba.
—Sí, a mí también ha estado dándome la lata, dice que no me cuido. Al menos se ocupa de Lily para que yo pueda descansar un poco.
Obviamente, cuidar de una nieta era muy distinto a ocuparse de un yerno discapacitado; sin embargo, saberlo no disminuyó el resentimiento que sentía. Era una reacción irracional, pero fui incapaz de controlarla.
—Oye, a lo mejor podríamos decirle que se quede con Lily para que podamos ir al cine.
—Katie, ya te dije que no puedo.
—Vaya. Es por Nick, ¿verdad?
—¡Sí, por Nick! ¡No puedo dejarlo solo, Katie! —le espeté con brusquedad.
—Creía que tenías a alguien que...
—La señora Lapp se va a las cinco y media de la tarde, Dennis no empieza su turno hasta las nueve, y me cuesta dinero que hagan horas extra. Lo siento si no llevo el lujoso estilo de vida al que estás acostumbrada, pero eso es lo que hay —sin darle tiempo a responder, pasé junto a ella y añadí—: Tengo que irme.
—¿Qué ***** te ha picado?, ¡sólo pensaba que nos iría bien un descanso!
Nick y Katie, las dos personas a las que más quería, eran las únicas capaces de sacarme de mis casillas por completo.
—Tú no lo entiendes —le dije.
—¡A lo mejor lo entendería si me lo explicaras!
—¡Nunca me preguntas!
Nuestros gritos fueron ganando volumen.
—¡Nunca quieres hablar de ello!, ¡no hablas con ninguno de nosotros! —me dijo ella, con los puños apretados—. Cuando te preguntamos cómo está Nick, apenas nos contestas, ya nunca viene de visita, y siempre está metido en su cuarto cuando vamos a veros. ¡Lily casi ni lo conoce!
—¡No os hablo de él porque no os gusta que lo haga!, ¡os resulta incómodo y preferís no oír los detalles! ¡Para vosotros es más fácil fingir que no existe!, ¡os va mejor que yo me lo quede todo guardado! —mi grito resonó en la habitación. Al ver la expresión de culpabilidad que relampagueó en su rostro, supe que tenía razón, pero también que estaba siendo injusta.
—Lo siento, ________.
—No te preocupes —le dije. Quería suavizar un poco la situación, pero me sentía rota por dentro y no lo conseguí—. Para mí también es más fácil así.
Cuando me marché, no intentó detenerme, pero mi madre me atrapó antes de que pudiera irme.
—_________ Frances, ¿se puede saber qué es lo que está pasando?
—Lo siento, mamá, pero tengo que irme —le dije, totalmente derrotada.
—¿Has hablado con Katie?
—Está bien, no te preocupes por ella.
—Claro que me preocupo, es mi hija.
—Yo también lo soy, mamá —le dije con voz cortante.
—_________, nunca tengo que preocuparme por ti —me dijo, mientras me ponía una mano en el hombro—. Sé que puedes cuidar de ti misma.
Yo era la inteligente, y mi hermana la guapa. Los papeles que llevábamos interpretando desde pequeñas seguían vigentes.
—Claro, mamá.
Deseaba ser la persona que ella quería que fuera, la persona que había sido desde siempre. Lo que le había dicho a Katie era la pura verdad, era más fácil para todos seguir tal y como estábamos; además, era el cumpleaños de mi padre. Con una sonrisa forzada, abracé a mi madre y felicité de nuevo a mi padre.
Al llegar a casa, permanecí junto a la puerta de Nick sin llegar a entrar durante diez minutos, oyendo cómo reía y bromeaba con Dennis, mientras intentaba no odiar al mundo y a la vida en general.
Elle estaba bastante callada. No era raro en ella, pero tampoco era un avance. No dejaba de moverse con nerviosismo en la silla, y el hecho de que hubiera vuelto a vestirse de blanco y de negro suponía un paso atrás.
—Es la madre de Dan —me dijo al fin.
Sólo había mencionado a la familia de su novio en contadas ocasiones. Al ver que no continuaba, le pregunté:
—¿Qué le pasa?
—Es agradable.
Había esperado una queja, así que su comentario me tomó por sorpresa y tuve que plantearme mi respuesta. Como Elle solía andarse por las ramas antes de llegar a la raíz de un asunto, decidí presionarla un poco.
—¿Lo dices por cortesía, o porque de verdad es agradable y te trata bien?
Ella me miró con una sonrisa de culpabilidad, y me dijo:
—Me conoce demasiado bien, doctora Danning.
—De eso se trata, ¿no?
—Sí, supongo que sí —soltó un suspiro, y cuando se le tensaron los hombros, tuvo que hacer un esfuerzo visible por volver a relajarlos—. Es agradable de verdad, supersimpática. Es... como debería ser una madre, es una madre en mayúsculas. Fantástica.
—Al contrario que la tuya.
Elle soltó una carcajada y se cubrió la boca con una mano, como si se sintiera culpable y no quisiera encontrar gracioso lo que le había dicho.
—Sí, al contrario que la mía.
—Elle, si todo lo que me has contado sobre tu madre es verdad, me parece que es obvio que le habría ido bien tomar clases de maternidad.
Volvió a reírse, y aquella vez no se cubrió la boca.
—Eso es verdad. ¿Cree que he estado contándole mentiras?
—No, claro que no.
—Vale, porque no lo he hecho.
—Bien.
—La madre de Dan me ha llevado de compras, y me ha dado su receta secreta para cocinar el estofado. Me... maldición, doctora Danning, me parece que le caigo bien.
Dejé que pasaran unos segundos, y entonces le pregunté:
—¿Por qué no ibas a caerle bien?
Ella se limitó a hacer un sonido burlón.
—Elle, muchas mujeres se alegrarían de caerle bien a la madre de su novio.
Echó la cabeza hacia atrás, y se quedó mirando el techo.
—Dan no tiene hermanas, y su madre está encantada de tener una hija por fin. Me lo ha dicho ella misma.
Me olía cuál era el problema, pero como era ella la que tenía que admitirlo, esperé sin hacer ningún comentario. Se frotó la frente, y volvió a moverse con nerviosismo antes de soltar un sonoro suspiro.
—No sé cómo hacerlo —me dijo.
Permanecí en silencio.
—No sé cómo ser una hija —después de soltar aquellas palabras de golpe, inhaló profundamente como si hubiera estado asfixiándose.
—¿Crees que espera mucho de ti?
—¡Sí!
Su vehemencia me sobresaltó. Empezó a tamborilear con los dedos en el brazo de la silla. Ver cómo iba relajando de forma consciente las líneas tensas del cuerpo fue como observar un ovillo de lana deshaciéndose.
—¿Por qué piensas eso?
—Siempre ha querido tener una hija, y de repente cree que tiene una. A lo mejor espera que tengamos largas charlas, y que nos riamos como tontas por un par de zapatos.
—No conozco a la madre de Nick.
—Pues yo sí, y le gustan los zapatos.
—Pero también le gustarán otras cosas, ¿no? ¿Te costaría tanto encontrar algo que tengáis en común y que podáis compartir?
—No, supongo que no. Es que no se me dan demasiado bien ese tipo de cosas.
Con una mueca, agarró su bolso y sacó algo de tela. Esperé en silencio, y finalmente hizo otra mueca y me dijo:
—Es una... una sudadera.
—¿Te la ha regalado ella?
Elle se limitó a asentir.
—¿Vas a enseñármela?
Su suspiro pareció salirle del alma. Empezó a desliar la tela, y siguió desliando hasta que pude ver bien la prenda, que era enorme. Cuando se levantó para enseñarme la parte delantera, tuve que morderme el labio para no ofenderla con mi risa.
—Eh... vaya.
—Gatitos —me dijo, con voz un poco estrangulada—. Son gatitos, jugando con... con un ovillo de lana.
Me cubrí la boca con una mano, pero fui incapaz de contener una carcajada.
—Ríase si quiere, Dan se tronchó.
Me rendí por fin, y me reí con ganas mientras ella volvía a guardar aquel voluminoso tributo a la ñoñería.
—¿Dan se rió?
—Sí, me dijo que no me la pusiera si no quería.
—Pero crees que tendrías que hacerlo, porque es un regalo.
—¡Pero no sé cocinar estofado! ¡Cuando lo intenté, tuvieron que venir los bomberos! A Dan le hizo mucha gracia —esbozó una sonrisa, y añadió—: Lástima que no se quemara la sudadera.
—A lo mejor la próxima vez.
Elle volvió a suspirar, y le echó un vistazo a su reloj.
—Se nos ha acabado el tiempo.
—No te preocupes, aún tengo unos minutos libres. Elle, ¿te cae bien la madre de Dan?
—Sí, por eso estoy tan nerviosa.
Era una buena señal que fuera capaz de admitirlo, así que la miré con una sonrisa y le pregunté:
—¿Porque no quieres decepcionarla?
—No, no quiero decepcionarla... ni a Dan, ni a mí misma, ni a mi madre...
Estábamos llegando a la raíz del problema.
—¿Te preocupa decepcionar a tu madre?
—Sí. Aunque soy una porquería de hija, soy suya, y...
—Y sientes que estás siendo desleal con ella.
—Sí, porque la madre de Dan me cae muy bien.
—Elle, es normal que te caiga bien, no tienes que sentirte culpable.
—Me parece que llevo demasiado tiempo siendo una mala hija. Es lo que se me da bien, y no sé cómo ser diferente.
—¿Es una excusa para no tener que intentarlo?
—No, pero es que es más fácil seguir haciendo lo de siempre.
Sus palabras me impactaron, porque tal y como ya me había pasado en otras conversaciones con ella, sentí que también podían aplicarse a mí.
—No hay nada que te impida cambiar.
—¿Aunque signifique cambiar todo lo demás?
—No importa lo que cueste.
Elle se levantó, y me estrechó la mano.
—Tiene razón, doctora Danning.
—Lo importante es que te des cuenta de que tú también la tienes. Buena suerte con los gatitos.
Soltó una carcajada, y contestó:
—Gracias, ya le explicaré cómo me va.
Cuando se fue, descolgué el teléfono para llamar a mi hermana y disculparme con ella, pero volví a colgar sin marcar al darme cuenta de que no sabía qué decirle.

____________________

ahí está el capítulo seis, ojalá les guste y gracias a las niñas que comentan:)

*Cuando dice Adam se refiere a Nick, aveces se me va un poco lo de los nombres al adaptarla.
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BETTY DE JONAS
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 24th 2013, 19:39

Por favor siguela!!!!!
No la puedes dejar ahí!!!Sad 
Qué triste es la vida de ________
Pero ojalá que pronto encuentre la felicidad...
A lo mejor con otro hombre...
tal vez Joe????confused scratch 
Por favor tienes que seguirlaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 25th 2013, 10:38

siguela
me da mucha tristeza la vida de ____
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 26th 2013, 18:27

más tarde voy a subir:)Smile
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 27th 2013, 09:52

Capítulo 7

Abril

Este mes, me llamo Honey Adams. Mi papi dice que en cuanto me vio envuelta en mi mantita rosa, metida en la cuna, supo que iba a ser tan dulce como la miel, y tiene razón. Mi hermana se llama Angel, porque papi dice que eso es lo que es. Hoy vamos a bautizar a su hijo, mi sobrino Noah, que está tan mono con su trajecito que todo el mundo se enamora de él.
Papi está tan orgulloso de su nieto, que ha preparado una fiesta casi tan elegante como el banquete de bodas de Angel y John. Hay un enorme bufé, barra libre, y hasta un discjockey. Angel parece cansada y John un poco enfadado, pero me parece que deberían alegrarse de que alguien les haya pagado todo esto. Ellos no podrían permitirse una fiesta tan fantástica con el sueldo de John, al menos eso es lo que le he oído decir a papi.
Estoy deseando que me llegue el turno a mí. Seré una novia preciosa, y estoy segura de que mis niños serán aún más adorables que Noah. Seré la mejor madre del mundo, y no me quejaré ni lloriquearé como Ángel.
Papi lleva a Noah de un lado para otro, como si fuera un trofeo, y mami está supervisando a los del catering junto a la barra del bar. He estrenado una falda rosa monísima, pero estoy aburrida porque no tengo con quién hablar; de repente, mi rostro se ilumina con una enorme sonrisa cuando veo a Joey al otro extremo de la sala.
—¡Jooooey!
Nuestros padres salían juntos a cazar, así que lo conozco desde pequeña. Tiene siete años más que yo, y aunque antes me parecían muchísimos, ahora no me importa tanto la diferencia de edad.
Está hablando con una pelirroja a la que no conozco, pero levanta la vista al oírme. Tiene un vaso en la mano y está muy guapo, como siempre. Me gusta desde el verano entre cuarto y quinto curso, cuando venía a mi casa casi a diario para bañarse en la piscina. Me encantaba ver cómo saltaba del trampolín y salía a la superficie con el pelo mojado y echado hacia atrás.
Sonríe al verme, y no puedo evitar lanzarle una sonrisa triunfal a la pelirroja al ver que se despide de ella y se me acerca.
—Hola, Honey. Hacía tiempo que no nos veíamos.
—¿Y quién tiene la culpa de eso? —le digo, con una sonrisa coqueta.
—Supongo que yo —bebe un trago, y me recorre con la mirada disimuladamente—. Tienes buen aspecto.
Pues claro. Gracias a los miles de dólares que papi se gastó en mi ortodoncia y en mis operaciones de cirugía estética, y a un desorden alimenticio que he padecido durante años, he dejado de ser la chica regordeta con una dentadura terrible y gafas. Me aparto el pelo de la cara, y le lanzo una sonrisa blanca y perfecta.
—Gracias, tú también.
Si me casara con Joey, papi dejaría de llamarme «su otra hija». Seguro que me prepararía una boda mucho más impresionante que la de Angel, porque John no le cae bien y Joey es el hijo que nunca tuvo.
Charlamos durante un rato sobre el trabajo y nuestras vidas en general. Sé a qué se dedica y dónde vive, porque como nuestras madres son muy amigas, me entero de todos los cotilleos. Tiene un trabajo muy bueno, una casa propia y un coche impresionante, y sé con seguridad que no tiene novia porque su madre está empezando a preocuparse un poco. Mi madre le dice que no se preocupe, porque está convencida al cien por cien de que no es homosexual.
Le hablo de mi trabajo, que es superaburrido, y aunque él asiente en los momentos oportunos y hace ruiditos como si estuviera escuchando, su mirada no deja de bajar hacia mis pechos. Son bastante más grandes que antes, y me gusta alardear de ellos. Cuando se me tensan un poco los pezones bajo su mirada, él se da cuenta.
—Dime, Joey, ¿qué estamos bebiendo? —me esfuerzo por hablar con tono suave y sensual, tal y como he estado practicando. Me inclino hacia delante para tomarlo de la muñeca, y me llevo su vaso a los labios.
Qué asco, está bebiendo whisky. Me trago un sorbo, pero no le suelto la muñeca.
—Yo estoy bebiendo Jameson, y me parece que tú también —me toma la otra mano, y me la coloca debajo de su vaso antes de soltarlo.
—¿Qué? —le pregunto, un poco confundida.
—Quédate con el vaso, voy a por otro.
Me quedo parpadeando como un pasmarote con el vaso en la mano mientras él va hacia la barra del bar. Jolines, esto no va como yo esperaba.
—Prefiero pedirme otra copa —le digo al alcanzarlo, con una sonrisa resplandeciente.
—Como quieras —Joe le hace una seña al camarero, y se pide otro whisky.
—Yo prefiero un vino blanco.
Le doy al camarero el vaso de Joey, y él nos da las nuevas bebidas. Tomo un trago de inmediato, pero Joey se limita a sujetar el vaso mientras la pelirroja nos observa abiertamente.
Al oír unas risas sonoras, nos volvemos a mirar. Su padre, Frank, está charlando con el mío. Frank le da unas palmaditas en la espalda a papi, y están pasándose unos puros. Joey los observa durante unos segundos antes de darles la espalda, y yo hago lo mismo porque quiero mantener su atención fija en mí.
—La fiesta está muy bien —me comenta, al levantar su vaso.
Tiene razón, pero como la fiesta es para Angel y no para mí, el tema me aburre.
—Tu padre se lo está pasando bien —le digo.
—Siempre se lo pasa bien en las fiestas —según mi madre, Joey puede conseguir que una monja se abra de piernas con su sonrisa, pero en este momento tiene un ligero aire burlón.
—A todo el mundo le gustan las fiestas, ¿no? Sobre todo cuando paga otra persona —tomo un sorbo de vino, y recorro con la mirada la sala abarrotada—. ¡Mira, es Mindy Heverling!
La saludo con la mano, sonriente. Mindy fue al colegio con Joey, su hermano Eddie, y Angel. Se gira hacia mí mientras sonríe, pero de repente su expresión cambia por completo y me da la espalda. ¿Por qué se porta así?, era Angel la que solía quitarle los novios, no yo. Bueno, que le den. Cuando me vuelvo de nuevo hacia Joey, veo que la está mirando y entonces me doy cuenta de que Mindy no me ha dado la espalda a mí, sino a él.
—Mindy salió con Eddie, ¿verdad? —le pregunto.
—Sí —me contesta él, sin quitarle la mirada de encima.
Me siento un poco culpable por haber mencionado a su hermano, porque murió cuando Joey iba al instituto. Nadie habla demasiado del tema; de hecho, quiero hablar de algo muy distinto, así que decido lanzarme.
—Hace calor, ¿salimos a dar un paseo?
Papi eligió este restaurante porque tiene una sala enorme, pero los jardines también son espectaculares. Hay montones de tulipanes y de narcisos, una terraza de estilo griego, dos estanques con carpas del tamaño de mi brazo... y un laberinto. No es muy complicado, pero lo que quiero es llegar a su centro con Joey.
Cuando estamos allí, tengo la boca en su oreja y su mano debajo de mi falda en cuestión de minutos.
Cuando estamos allí, tengo la boca en su oreja y su mano debajo de mi falda en cuestión de minutos.
—Honey, estás siendo una chica mala —me dice él, cuando empiezo a desabrocharle el cinturón.
—¿No te gustan las chicas malas?
Estoy sentada a horcajadas en su regazo. Siento la dureza de sus muslos bajo mi trasero, y mis rodillas presionan contra el banco de metal. Le bajo la cremallera de los pantalones, y le meto la mano dentro.
Estoy mirándolo a la cara cuando le hago la pregunta, pensando que va a mirarme con la expresión típica que ponen los chicos cuando consiguen abrirme de piernas, pero me sorprendo al ver que parece serio y reflexivo en vez de ardiente de deseo.
—La verdad es que no.
Dudo por un momento, pero cuando le agarro la cosita, me doy cuenta de que la tiene dura, así que está claro que está excitado... al menos, eso espero.
—¿No?
Joe se mueve ligeramente, y me agarra por las caderas para impedir que pueda resbalarme.
—No, me gustan las chicas buenas.
Ah, lo que pasa es que está bromeando. Siempre ha tenido mucha labia, es todo un cerebrito. Era el que sacaba las mejores notas de su clase en el instituto.
—Puedo ser buena Joey.
Al ver que hace una pequeña mueca, relajo un poco la mano pensando que a lo mejor estoy apretándolo con demasiada fuerza, y su cosita parece palpitarme entre los dedos. A lo mejor tiene miedo de que nos pillen, pero si alguien se acerca lo oiremos y tendremos tiempo de ponernos bien la ropa.
—Apuesto a que sí.
Cuando me aprieta el botoncito con el pulgar, me muerdo el labio y me inclino para besarlo, pero él ladea la cara y mis labios se posan en la comisura de su boca. Acabo contentándome con mordisquearle la mandíbula y el cuello, y un escalofrío me recorre la espalda al sentir la calidez de su piel. A pesar de que se trata de Joey, en cierto modo también es un desconocido.
Cuando le doy un mordisquito un poco más fuerte, da un respingo y desliza un dedo por debajo de las bragas de encaje hasta metérmelo dentro. Le saco la cosita de los pantalones, y empiezo a acariciársela con más fuerza.
—Honey... no tan rápido... —a pesar de lo que me dice con voz ronca, sus dedos también se mueven con más rapidez contra mí.
—Ni hablar, me gusta así.
—Ya lo veo.
Su dedo entra y sale mientras me acaricia el botoncito con el pulgar.
—Oooh... a mi rajita le gusta mucho lo que estás haciéndole —le digo, mientras me aprieto aún más contra su mano.
Él hace un ruido extraño, como si estuviera sofocando un resoplido. Ha apartado aún más la cara, pero alcanzo a ver que está sonriendo.
—¿De verdad le gusta?
—Sí, sí... ¡oh! ¡Oh, Dios...! ¡Joey!
No soy virgen, he estado con otros tipos, pero como se trata de Joey, estoy decidida a que disfrute al máximo para que vuelva a por más.
—Acaríciame la rajita... sí, sí... ¡Sí!
Nunca grito cuando tengo un orgasmo de verdad, pero a los chicos les gusta que hagamos un montón de ruido y que nos meneemos, y quiero gustarle a Joey.
—¡Sí! ¡Sí!
Me retuerzo contra su mano, y finalmente me desplomo hacia delante y le apoyo la cara en el pecho sin soltarle la cosita. Al darme cuenta de que no está tan dura como antes, levanto la cara para mirarlo y le pregunto:
—¿Quieres que te chupe la cosita?
Él permanece en silencio, y aparta los dedos al cabo de unos segundos. Están empezando a dolerme las rodillas.
—¿Te ha gustado? —me pregunta.
Me humedezco los labios antes de contestarle.
—Mmm... sí, ha sido increíble. ¿Quieres que te la chupe, o prefieres que te la sacuda con la mano?
—¿Qué es lo que quieres chuparme? —su expresión es inescrutable, y no sé si está bromeando otra vez o no.
—Tu cosita, tu... ya sabes qué.
—¿Te refieres a mi ****? ¿Quieres chuparme la ****, Honey?
—¡Sí! —la verdad es que no me apetece demasiado hacerlo. O sea, voy a hacerlo porque es Joey, el tipo que me mola desde siempre, y porque sé que es lo que les gusta a los chicos, pero la verdad es que a mí me parece una guarrada.
—Honey, creo que a tu padre no le parecería bien que me la chuparas en medio del laberinto.
—No siempre hago lo que quiere mi padre —le digo, mientras lo fulmino con la mirada.
Al ver que se está quedando fláccido, intento bajarme de su regazo para poder chupársela, pero él me agarra del codo para que no me mueva.
—¿Por qué estás haciendo esto?
—Joey, nos conocemos desde siempre. ¿Te acuerdas del año que viniste a cenar a casa en Navidad?
Su cosita, su... su ****, está endureciéndose de nuevo en mi mano. Después de cerrar los ojos, echa la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el banco, y siento cómo sus muslos se tensan y se relajan bajo mi trasero.
—Sí, me acuerdo.
—¿Te acuerdas del muérdago?
—Honey, por el amor de Dios... —se humedece los labios, y los abre al soltar un pequeño jadeo—. De eso ya hace mucho tiempo, eras una niña.
Me inclino hacia delante, y le susurro al oído:
—Pero me besaste —le mordisqueo el lóbulo, y su cosita se sacude entre mis dedos—. Fue entonces cuando decidí que me casaría contigo.
Abre los ojos de golpe al oír aquello, me quita de su regazo con tanta rapidez que estoy a punto de caerme, me aparta la mano de sus pantalones, y me dice con voz ronca:
—Oye, espera un momento...
Se pasa una mano por el pelo, vuelve a meterse la cosita en los pantalones con un extraño meneo, y se pasa las manos por el traje como para asegurarse de que no se lo ha arrugado.
—Nadie ha dicho nada de matrimonio, Honey.
Después de ponerme bien la ropa, me vuelvo a mirarlo.
—Bueno, no enseguida, pero...
—Pero nada, pero nunca.
Eso me duele, así que frunzo el ceño y me cruzo de brazos.
—Pues no te ha importado meterme la mano entre las piernas.
—Madre de Dios, Honey. No me lo puedo creer —me dice él, atónito.
—¿Qué pasa?, ¿por qué te parece tan mala idea? ¡Formaríamos una pareja fantástica! —protesto con indignación.
—¿Cómo lo sabes?, ¡ni siquiera me conoces!
—¿Cómo puedes decir eso?, ¡te conozco desde siempre! Nuestros padres son amigos, seguro que les encantaría que nos casáramos. Tienes un trabajo fantástico, así que no tendrías problemas para mantenerme, y tendríamos unos hijos preciosos...
—¿En qué maldita década vives? —no pierde la calma, pero me mira con perplejidad—. No puedes estar hablando en serio.
—¿Por qué no?, ¿qué hay de malo en querer casarse?
—Normalmente, hay que casarse con alguien de quien se está enamorado, y que comparte tus sentimientos.
—¡Pero yo estoy enamorada de ti! ¿Es que te gustan más las pelirrojas? —me acerco un poco más a él, y añado con tono despectivo—: ¿Preferirías ligar con la de la fiesta en vez de conmigo?, ¿o con Mindy Heverling? Hubo rumores sobre vosotros dos...
Alargo la mano hacia su entrepierna, pero él se aparta antes de que pueda tocarlo.
—Ni se te ocurra.
Lo miro con la expresión con la que suelo conseguir todo lo que quiero, y le digo con suavidad:
—Joey, claro que podemos salir juntos durante una temporada antes de comprometernos, esto ha sido una pequeña muestra de lo que puedo darte.
—Gracias, pero no.
—¿Por qué?, ¿es que no soy lo bastante buena para ti? Te parece bien que te la chupe, pero no quieres salir conmigo.
—Déjalo ya, esto no tiene gracia.
—¿Lo dices en serio?, ¿estás rechazándome? —se me llenan los ojos de lágrimas, y me los seco con la mano.
—Sí.
—¿Sabes a cuántos les encantaría salir conmigo?
—Seguro que a muchos, ¿por qué no vuelves dentro y buscas a alguno? La fiesta aún no ha acabado...
Lo abofeteo con tanta fuerza, que le giro la cara.
—¡Cómo te atreves!
La impronta de mis dedos es blanca primero y va volviéndose rojiza poco a poco. Tengo la respiración acelerada y los pezones endurecidos, y un rubor me ha ido subiendo por el cuello hasta las mejillas. Por fin estoy excitada, así que le abofeteo la otra mejilla con la misma fuerza. Joey se lleva una mano a la cara, y se vuelve hacia mí poco a poco.
—Tienes suerte de que sea un caballero, porque si no fuera así, te daría unos buenos azotes.
—Me gustaría que lo intentaras —le digo burlona.
Me tiemblan las piernas, y tengo la rajita húmeda y cálida. Si me metiera los dedos ahora, se le empaparían con mi deseo. Levanto una mano para volver a abofetearlo, pero esta vez me agarra la muñeca con tanta fuerza que suelto un jadeo. ¿Va a pegarme o a empujarme?
Me suelta de repente, y retrocedo un poco. Al ver su expresión de desagrado, me doy cuenta de que he ido demasiado lejos. Intento agarrarle la mano, pero retrocede para que no lo toque.
—Espera, Joey, espera... lo siento, ya sé que he querido ir demasiado rápido. Podríamos tomarnos las cosas con calma...
—No voy a salir contigo, Honey. No quiero herir tus sentimientos, pero no quiero ser tu novio ni casarme contigo.
—¿Por qué no? —le pregunto, sintiéndome más desnuda que cuando tenía la mano entre mis piernas—. ¿Qué tengo yo de malo?
—Nada, pero ni siquiera me conoces.
—¡Sé todo lo que necesito saber de ti! —cuando me acerco un paso, él retrocede. Parece un baile que no me gusta nada.
—No, eso no es verdad.
Y entonces se va y me deja sola en medio del laberinto. Tengo que arreglármelas para encontrar el camino de regreso, y cuando por fin vuelvo a la fiesta, me doy cuenta de que se ha ido... y la pelirroja también.
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 27th 2013, 17:48

no es x nada
pero honey
me fastidio
tipica niña consentida
y maleducada
siguela
me gusta
q joe le pusiera un limite
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 27th 2013, 17:52

POR DIOS!!!!!
Joe parece un mujeriego consolidado...
Pero yo tengo una duda...
Según eso Honey dice que Joe la besó un día de Navidad...
Pero a Joe no le gusta besar a las chicas en la boca ahora...
Qué pasó en su vida para que él cambiara y no le gustaran los besos???confused 
Me imagino que algo serio verdad???scratch 
Por favor tienes que seguirla por que eso de que la pelirroja saliera de
la fiesta al mismo tiempo que Joe me parece que será otra aventura...Twisted Evil Embarassed 

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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 28th 2013, 19:34

[continuación]

—¿Te fuiste con la otra chica?
—No, aunque ése habría sido un buen final para la historia, ¿verdad?
Joey me miró con una sonrisa impenitente, y no pude evitar devolvérsela.
—¿Estás en la lista negra de su papi?
Se encogió de hombros, y alzó la cara hacia la cálida luz del sol. Era la primera vez que comíamos fuera del atrio desde octubre, y la brisa fresca y las flores aportaban un aire festivo.
—No creo que se lo contara, ¿qué iba a decirle?
—Tienes razón, aunque será mejor que reces para que no le cuente que le tocaste la rajita, porque puede ir a buscarte con una escopeta.
Joe abrió un ojo para mirarme, y nos echamos a reír a mandíbula batiente. Fue un momento fantástico, en el que se mezclaron las risas y la luz del sol.
—Rajita —dije de nuevo, porque sonaba divertido.
—No sirvió de mucho que se la tocara, porque no tuvo ningún orgasmo —la risa de Joe era como un torrente fluyendo entre las rocas, rápida, potente, a veces más profunda.
—¿Estás seguro?
—________, se me puede pasar por alto que una mujer tenga un orgasmo, pero soy capaz de darme cuenta de que está fingiendo.
Nos reímos con tanta fuerza, que empezaron a dolerme los costados y me sequé una lágrima. Cuando nuestras miradas se encontraron, recuperamos un poco la compostura.
—Por lo que me has contado, parece que aún se ve como aquella niña regordeta con gafas, a pesar de lo mucho que se ha esforzado por cambiar de imagen.
—¿Es su opinión profesional, doctora?
No solíamos hablar de nuestras profesiones; de hecho, ni siquiera sabía a qué se dedicaba exactamente. Sus palabras me ayudaron a recobrar la serenidad, me arrancaron de la fantasía y me llevaron de vuelta a la realidad. Carraspeé un poco, y aparté la mirada.
—No puedo analizar a una desconocida.
Joe también se puso serio, y tiró su servilleta a la papelera.
—Me caía bien cuando era aquella niña regordeta con gafas, era una buena chica.
—¿Por qué no sales con ella?, parece que a vuestras familias les gustaría.
Él me miró de reojo, y comentó:
—Su papi estaría encantado, pero te aseguro que su mami tendría un buen berrinche.
—Ah.
—Además, sería incapaz de salir con una mujer que habla tanto de su rajita.
Nos echamos a reír de nuevo. Me sentí mal por burlarme de Honey, que al parecer tenía problemas además de un enorme complejo de Electra. Joe era único, hasta en un bautizo conseguía que lo masturbaran.
—Siempre lo mismo, vayas adonde vayas... ¿cómo lo consigues?
Tras varios segundos de silencio, me contestó:
—Ser un tipo atractivo abre muchas puertas.
Me había quedado mirándole el perfil, fascinada por el juego de luces y sombras en su piel. Él me pilló al volverse hacia mí, así que me apresuré a apartar la mirada.
—No hace falta que siempre digas que sí, Joe.
—________, no siempre lo digo. Sólo te cuento lo que pasa cuando lo hago.
Aquella ez, mi risa sonó falsa en comparación con las anteriores. Empecé a recoger los restos de mi comida, entristecida como siempre al ver que ya había pasado una hora y no tenía excusa para quedarme más.
—Son como tiburones al acecho, y sólo ven a un tipo atractivo y soltero con un buen trabajo y un coche de infarto —aunque aparentaba despreocupación, su expresión era muy seria.
—A lo mejor es porque es lo único que les enseñas.
—A lo mejor es lo único que quieren ver.
Me levanté para tirar las sobras a la papelera, y me sacudí las migajas.
—A lo mejor necesitas un traje de malla que te proteja, o una jaula para tiburones... o quizás deberías dejar de echarles carnaza.
—Entonces, ¿de qué hablaríamos a la hora de la comida? —me dijo él, con una sonrisa.
No supe qué contestarle, y finalmente le pregunté:
—¿Qué se rumoreaba sobre Mindy Heverling y tú?
—Mindy era la novia de mi hermano —me dijo, mientras removía la grava del suelo con el pie.
Supe enseguida que no estaba contándomelo todo, aunque quizás no tenía derecho a oír aquella historia.
—¿Y...?
Él se pasó una mano por el pelo y se movió un poco en el banco, como siempre que le hacía alguna pregunta demasiado íntima; normalmente, me limitaba a cambiar de tema, porque nuestros encuentros no eran sesiones de psicoanálisis.
—Déjalo, no tienes que contármelo.
—Eddie tenía un año menos que yo, supongo que podría decirse que él era el listo.
—¿Y tú el guapo?
Me gustaba que siempre se diera cuenta de cuándo estaba bromeando con él.
—Exacto —me dijo, con una sonrisa.
—¿Qué pasó?
Joe se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos.
—Se quedó embarazada.
—¿En serio? —aquella respuesta me había pillado desprevenida.
Él se volvió a mirarme cara a cara.
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Que abortó. Tuve que pedirle el dinero a mi padre, que me dijo que estaba muy decepcionado conmigo y que era un malnacido. Tenía razón. Eddie nunca lo supo, entonces ya tenía leucemia y... y acabó muriendo.
—Lo siento.
—Fue hace mucho tiempo.
—Aun así, lo siento —le dije con voz suave.
Tuve ganas de alargar la mano hacia él, pero no nos tocamos. Nunca lo hacíamos. Él se limitó a asentir.
—Gracias —se levantó para marcharse, pero de repente se detuvo y comentó—: Vaya, casi se me olvida... —se sacó algo envuelto del bolsillo de la chaqueta, y me lo ofreció—. Felicidades.
Yo ya estaba alargando la mano de forma automática, pero dudé en el último momento al oír su felicitación y el regalo se cayó al suelo. Me incliné de inmediato a recogerlo, mientras murmuraba una disculpa.
—No tenías que comprarme nada... espero que no se haya roto —le dije, roja como un tomate.
—Seguro que está bien. Ábrelo.
Era una vela de color morado, que olía a lavanda.
—¿Cómo lo sabías? —le pregunté, mientras la levantaba para olería.
—Tú misma me dijiste que era tu aroma favorito —me dijo él con expresión sorprendida, como si mi pregunta no tuviera sentido.
—¿En serio? —volví a envolver la vela, y la apreté contra mi pecho—. Sí, la verdad es que sí.
—Genial. En fin, feliz cumpleaños.
—Gracias —metí una mano en mi bolso y saqué el regalo que había decidido que no iba a darle. Era un libro, la última novela de suspense de un autor muy conocido—. Ten, espero que no lo tengas.
No, no lo tenía, y nos miramos sonrientes hasta que nuestras expresiones revelaron demasiado y tuvimos que apartar la mirada. Joe retrocedió un par de pasos antes de volverse y alejarse por el camino, y yo lo seguí con la mirada rodeada del aroma a lavanda.


Se habla mucho de las personas brillantes, pero apenas se presta atención a los que viven a su lado, ya sean cónyuges, hijos o asistentes. Cuando alguien se acuerda de nosotros, suele ser para comentar la suerte que tenemos al poder disfrutar de la cercanía de un genio.
Durante los primeros años de nuestra relación, disfruté de la brillantez de Nick. Me sentía orgullosa de decir que era la esposa de Nick Danning, de aceptar cumplidos en su nombre, y a menudo me preguntaban si yo también era poeta.
—No —contestaba Nick con orgullo—, mi ________ es doctora.
Nadie parecía sorprenderse de que no fuera una literata maravillosa, pero me gustaba aquel momento en el que me miraban expectantes para ver si lo era. Nunca deseé tener el genio creativo de  Nick ni lo envidié, porque en nuestro hogar sólo había sitio para uno como él.
Sylvia Plath se suicidó con gas, Ernest Hemingway de un tiro, y al parecer, Richard Brautigan se cansó de pescar truchas y también se disparó. ¿La locura generaba creatividad, o la creatividad causaba la locura? ¿Era posible que un artista creara sin sufrir unos altibajos extremos? Como era psicóloga, tenía la impresión de que debería saber las respuestas a aquellas preguntas, de que debería ser capaz de entender a mi brillante y talentoso marido, pero no era así.
No entendía sus cambios de humor. Cuando yo tenía que trabajar, me sentaba a mi mesa para leer y estudiar, alcanzando mis objetivos firme y uno a uno, de forma tan ordenada, que habría podido ir tachándolos de una lista; en cambio, Nick desaparecía en su despacho durante horas, y volvía a emerger con ojos cansados mientras decía que era incapaz de escribir. A veces lloraba y estrellaba platos contra la pared, y una hora después estaba riéndose con algún tonto programa de la tele.
Le enfurecía que yo fuera incapaz de comprender sus impulsos creativos, así que nos enfrentábamos y nos peleábamos, y hacíamos el amor de forma tan brillante, genial y creativa, que a veces nos echábamos a llorar.
Lo conocía a la perfección, pero no lo comprendía.
Aprendí a hacer caso omiso de sus cambios de humor, a considerarlos algo ajeno a mí, y a dejarlo tranquilo cuando estaba de malas. Leía sus poemas cuando los publicaba, y conforme su fama fue aumentando, lo acompañé a fiestas donde los aduladores lo lisonjeaban y nos servían champán y caviar, donde había pancartas con su nombre y estanterías con sus libros.
Amaba a Nick, él me amaba a mí, y compartíamos una vida de altibajos que funcionaba a la perfección. Yo estudiaba, y él creaba; él tiraba de mí, y aunque yo no podía llegar a ser su ancla porque era imposible anclar a alguien como él, era su lastre y su boya, algo que evitaba que saltara demasiado alto o que se hundiera.
Cuando publicó su primer libro, no fue a los programas de más audiencia, sino a universidades y a librerías donde aparecía con su chaqueta de cuero y su pendiente, y le leía sus poemas a una audiencia cautivada compuesta en su mayoría por amas de casa y licenciados en literatura. Se decía que podría llegar a ser el siguiente poeta laureado de Pensilvania, y aunque era posible que el rumor hubiera sido producto de su editor, Nick se había pasado varias semanas en las nubes.
Pero de repente se estrelló contra un árbol, y todo se había desvanecido cuando se despertó en la cama de un hospital. No sabía si había escrito algo desde entonces, y me daba miedo sugerirle que lo hiciera. Para Nick, escribir había sido tan necesario como respirar, comer o el sexo, pero ya no podía hacer ninguna de esas cosas por sí solo y a lo mejor tampoco podía escribir. La escritura había sido su adicción, y aunque era obvio que sufría por su pérdida, no me hablaba del tema.
Era raro que el marido de una psicóloga no recibiera terapia, pero él decía que ni la quería ni la necesitaba.
—No la necesitaba antes, cuando estaba medio chalado, así que ahora la necesito aún menos. Soy tetrapléjico, __________, no un pirado.
No me molestaba en explicarle que ni yo ni mis colegas tratábamos a «pirados», porque había tomado una decisión firme y su accidente no le había hecho menos testarudo. De modo que nos centrábamos en la silla de ruedas, en los cuidados médicos de cada hora, en el proceso de evacuación de la vejiga y los intestinos, y en cuidar de un cuerpo que ni siquiera podía protegerse de su propio peso. Nos comportábamos como si nada hubiera cambiado cuando en realidad nada era igual, y aunque lo entendía, ya no lo conocía.
Nick siempre había sido más brillante y más fuerte, y yo me había sentido satisfecha girando a su alrededor, igual que la tierra respecto al sol, y había dependido de su liderazgo.
¿Qué pasa cuando el más débil se convierte en el pilar fuerte?
Cuando mi independencia dejó de ser una opción y se convirtió en una necesidad si queríamos sobrevivir, los espacios en los que habíamos encajado dejaron de servirnos. Estábamos atrapados en el pasado, como la pobre Honey, éramos incapaces de avanzar y nos habíamos encerrado en hábitos que antes nos habían servido, pero que nos impedían crecer.
Antes me bastaba con ser lo que Nick quería, pero había pasado a intentar ser lo que necesitaba, que no era lo mismo. La noche de la llamada desde el hospital, había tenido miedo de perderlo; cuatro años después, había acabado perdiéndome a mí misma.
Nunca llegaría a saber qué mujer habría sido si no hubiera conocido a Nick, y no me lo había preguntado hasta que había conocido a Joe.
¿En quién me había convertido?
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 29th 2013, 08:48

siguela
___ tiene una vida dificil
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 30th 2013, 20:34

Qué capítulo lleno de tantas cosas...
Triste por saber la vida tan vacía de ______ Sad 
Alegre por la conversación de Joe y ________
Burlándose de la pobre Honey...Hahahaha Hahahaha Hahahaha Hahahaha Hahahaha Hahahaha 
Por favor tienes que seguirla!!!!
te lo ruego por que ya quiero saber si ________ y Joe tendrán algo verdadero...
Fuera de las fantasías para pasar a la realidad:twisted: Embarassed juju 
SIGUELAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!



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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 31st 2013, 14:12

Capítulo 8
Mayo

Este mes, me llamo Amy, y he venido de fuera de la ciudad para ser la madrina en la boda de mi compañera de piso de la universidad. Parece que según una norma tácita los trajes de los padrinos y de las damas de honor tienen que ser horribles, pero Bonnie me había prometido que tendría un vestido precioso y un guaperas para que posara junto a mí en las fotos. Como he estado en bastantes bodas, sabía desde el principio que era poco probable que fuera así, pero estoy dispuesta a perdonarle lo del vestido en cuanto veo al padrino.
Es abogado, dientes perfectos, y lleva el esmoquin con tanta naturalidad como si fuera un bañador.
—Ya te lo dije —me susurra Bonnie. Estamos en la iglesia, esperando a que empiece el ensayo de la boda.
—Es mono. ¿Cómo se llama? —le digo, mientras ladeo un poco la cabeza para poder verlo bien.
—Joe Wilder.
El nombre le pega. El ensayo es un desastre, pero según el padre Peck, mañana todo irá bien. Nos vamos todos al restaurante donde los padres de Brian han preparado una cena de celebración bastante ostentosa, y consigo sentarme junto a Joe.
—Perdona, soy zurdo —me dice él, al darme un codazo.
Me alegro cuando intercambiamos nuestros asientos para que él se quede en el extremo de la mesa, porque así no tengo que compartirlo con la dama de honor que estaba sentada a su otro lado. No parece muy contenta con el cambio, pero me da igual. Que se conforme con el tipo que tiene al lado, éste es mío.
—¿Estás nerviosa por lo de mañana?
—Qué va, es mi quinta boda en lo que va de año.
Joe se ríe, y bebe un trago de agua. Me gustan las arruguitas que se le forman en las comisuras de los ojos cuando sonríe.
—Pues es la primera para mí.
—Vaya, así que eres virgen en este tipo de cosas —le digo, mientras me inclino un poco hacia él.
—Como es mi primera vez, tendrás que ser tierna conmigo —me contesta, mientras se acerca un poco.
Reímos y charlamos mientras cenamos, y después vamos a tomar una copa a la barra. Al cabo de un rato, salimos a la pista de baile. Se le da de maravilla, me agarra lo bastante cerca para guiar mis pasos sin llegar a ser descarado. Me parece que está intentando ligar conmigo, pero al menos es sutil.
Según el código no escrito de toda boda, hay que esperar a lanzarse al menos hasta el banquete, por consideración hacia los novios. En una boda a la que fui, el padrino y la madrina se liaron en la cena de la noche anterior, pero empezaron a tontear con otra gente en el banquete y acabaron arruinando las fotos porque se liaron a tartazo limpio.
Cuando estoy a punto de decirle con pesar que tengo que volver al hotel, él se me adelanta y comenta que tiene que marcharse; al parecer, los padrinos van a llevar a Brian a tomar una copa, y ya llega tarde.
—¿Vais a ir a un club de striptease?
—Puede —me dice él, con una sonrisa pícara.
—Pero Brian le dijo a Bonnie que no iba a hacerlo.
—Me parece que he metido la pata, ¿vas a chivarte?
Bonnie me dijo que no pensaba salir a beber y a divertirse la noche previa a la boda, por miedo a salir mal en las fotos al día siguiente, así que celebramos hace un mes la despedida de soltera en un club de striptease masculino. Personalmente, no le veo nada de malo a que Brian vea unas cuantos pechos antes de la boda, porque si una no confía en su novio, es mejor no casarse con él.
—Supongo que no.
—¿Quieres venir? —su sonrisa se ensancha, como si estuviera revelándome un secreto lascivo.
—Sí, claro, a los chicos les encantaría.
—Les diré que vienes para controlar a Brian.
—¡Se enfadarían conmigo! —le digo, incapaz de contener la risa—. A Brian le aguaría la fiesta.
—Lo dudo, no pareces una chica aburrida. Además, lo conoces desde hace tiempo, ¿no?
—Sí, íbamos juntos a la universidad.
—Pues no le importará que estés con él mientras se despide de su soltería.
No estoy demasiado convencida, pero puedo elegir entre volver a mi habitación vacía en el hotel o irme con Joe, y las normas tácitas de las bodas dejan de importarme de repente.
—¿De verdad quieres que vaya?
Él asiente, me acerca un poco más y me inclina hacia atrás. Cuando vuelve a enderezarme, me estremezco al sentir el roce de su aliento en la oreja.
—Sí, quiero que vengas.
A la porra con las reglas, a este hombre no se le resistiría ni una monja.
Cuando llegamos al aparcamiento del Sahara, que parece un bar cualquiera con excepción del letrero que hay en la ventana donde dice que no se permite beber alcohol, el móvil empieza a sonarle.
—Wilder.
Suelto una risita al oír su respuesta, y él me sonríe. Mientras habla, me limito a observar el local a través de la ventanilla.
—¿Qué? Venga ya. ¿En serio?, ¿estás seguro?
Me vuelvo hacia él, pero como levanta un dedo para indicarme que espere un momento, permanezco en silencio. A diferencia de las mujeres, los hombres hablan con frases cortas que carecen de las florituras que nosotras añadimos, sea cual sea el tema. Joe escucha, habla y asiente de vez en cuando, y finalmente corta la comunicación y se vuelve hacia mí.
—Bonnie se ha enterado de los planes de Brian, y no lo deja venir.
—Vaya, qué lástima —no me había dado cuenta de lo mucho que me apetecía entrar en el local—. En fin, supongo que no quiere que se enfade con él.
—Lo tiene muy controlado.
Me siento obligada a defender a mi amiga, aunque en el fondo estoy de acuerdo con él.
—Están a punto de casarse.
—Sí, es verdad. Es un tipo afortunado —su sonrisa brilla como la luz del sol.
—¿Lo crees de verdad?, yo no sé si estoy lista para casarme aún —a mi edad, casi todas mis amigas están dando el gran paso.
—Todo el mundo dice eso, es cuestión de conocer a la persona adecuada.
Siento que se me acelera el corazón, pero me recuerdo con firmeza que no se refiere a mí. Acabamos de conocernos, y a pesar de que la gente tiende a ponerse sentimental en las bodas, la atracción que surge en esos momentos de romanticismo puede ser efímera.
—Bueno, ¿qué hacemos? —le pregunto.
Joe mira hacia el Sahara, y en ese momento se abre la puerta y emergen la música y la luz del interior. Vemos salir a un grupo de tipos bastante escandalosos, que se acercan a una furgoneta mientras beben algo que llevan en una bolsa de papel. Está claro que están bastante borrachos.
—¿Por qué no sirven alcohol?
—Los locales donde hay desnudos integrales no pueden servir bebidas alcohólicas en Pensilvania.
—¿Estás diciéndome que las chicas de este sitio se quedan en pelotas?
—Exacto —me dice él, con una sonrisa.
—Vaya, creía que se quedarían en tanga, o algo así.
—Pues no. ¿Quieres entrar?
Ir con un grupo bullicioso dispuesto a ver a unas cuantas chicas en tanga es muy distinto a ir a verlas bailando en pelotas con Joe, pero aun así le digo con aparente seguridad:
—Sí, claro.
—No te preocupes, yo te protejo —me dice él, mientras me toma de la mano.
Tengo el estómago hecho un manojo de nervios cuando entramos, y aunque no sé lo que esperaba, el interior del local me toma por sorpresa. Es una mezcla entre el vestíbulo de un hotel barato y la sala común de una residencia de estudiantes. Hay varios escenarios pequeños con la barra de rigor diseminados por toda la sala, unos sillones bastante desgastados, y algunas fotos picantes en las paredes. Las chicas, vestidas con la ropa típica de estos sitios, van paseándose con dinero metido en las ligas y parándose a charlar con los clientes, y de vez en cuando uno de ellos se levanta y se lleva a alguna a una de las habitaciones traseras.
Joe tiene que pagar entrada, pero yo no. Al tipo del mostrador no parece sorprenderle mi presencia, así que a lo mejor vienen más chicas de las que yo creía; en todo caso, estoy mucho más tranquila cuando Joe me toma de la mano y me lleva hacia un asiento justo enfrente del escenario principal, donde hay tres barras y unas anillas de gimnasta.
—Hola, cielo —dice la primera chica que se nos acerca.
Al mirarla con más atención, me doy cuenta de que debe de ser mayor que yo, porque a pesar de que está delgada, tiene estrías en los muslos; además, me parece que lleva peluca. De repente, me siento más segura de mí misma.
—Hola, ¿qué tal? —le dice Joe.
—Bien, no puedo quejarme. ¿Queréis un bailecito?
Me mira a mí al decirlo y me quedo muda, porque no se si quiero ver a una stripper que seguramente estará pensando en la lista de la compra mientras se desnuda.
—Quizás más tarde, acabamos de llegar —le dice Joe con naturalidad.
—Muy bien, cielo —le guiña un ojo, y le lanza una sonrisa mellada—. Dentro de tres minutos salen a bailar tres chicas, así que disfrutad del espectáculo.
Cuando se va a la siguiente mesa, oigo que hace las mismas preguntas. Joe se vuelve hacia mí, y me dice:
—Perdona, tendría que haberte preguntado si querías que lo hiciera, ¿te apetecía?
—Eh... no. No, gracias.
Se echa a reír, y se inclina hacia mí para susurrarme al oído:
—A lo mejor más tarde.
Pienso para mí que no pienso pagar para que una mujer me haga un striptease, pero me muerdo la lengua para no parecer maleducada. Doy un respingo cuando de repente empieza a sonar la música a todo volumen, y Joe me toma de la mano de nuevo y empieza a trazarme el dorso con el pulgar en una caricia que me estremece.
Aunque he visto Showgirls, el espectáculo del Sahara me deja boquiabierta. Tres chicas empiezan a contonearse al ritmo de una canción que habla de sexo oral, se limitan a girar alrededor de las barras mientras van desnudándose hasta quedarse en pelotas, sin ningún tipo de coreografía.
Una de ellas se tumba de espaldas con las piernas abiertas de cara a la audiencia, y hace un movimiento raro con la vagina que hace que parezca una especie de monstruo marino. Siento una mezcla de repugnancia y de fascinación, y al recorrer el local con la mirada, me doy cuenta de que todos los hombres tienen la mirada fija en ella, como si una vagina contuviera la respuesta a los misterios del universo; sin embargo, al volverme hacia Joe, veo que está observándome a mí.
—Qué pasada —consigo murmurar.
Él sonríe y se vuelve hacia el escenario. Las chicas ya han acabado, y se acercan a la clientela para recibir su dinero. Al cabo de unos minutos, otras ocupan su lugar, y el numerito empieza otra vez; al ver que dos de las chicas se nos acercan, intento no parecer una simplona, aunque están desnudas y una está a punto de meterme un pezón en el ojo.
—Gracias, cielo —le dice la otra a Joe, que acaba de meterle un billete en la liga—. Si quieres un baile privado, sólo tienes que pedirlo.
Al cabo de un cuarto de hora, estoy inmunizada ante la visión de tanto pecho bamboleante y tanta vagina en movimiento. No dejan de acercársenos chicas, y no sé si es porque Joe es el tipo más guapo del local o porque mi presencia hace que parezca menos baboso que los que están solos; en cualquier caso, me animo a meter un par de dólares en una liga, y me río un poco al ver los flirteos mecánicos y carentes de sinceridad.
Todas nos preguntan si queremos un baile privado, pero Joe sabe negarse con mucho tacto, como si quisiera que todas y cada una de ellas bailaran para nosotros. Al cabo de una hora, me doy cuenta de que están hablando de él, es obvio por cómo se juntan en grupitos y cuchichean. Está claro que están planeando algo.
De repente, sube al escenario una chica que debe de tener mi edad más o menos. Demonios, es tan alta como yo y hasta tenemos un color de pelo parecido, aunque el suyo parece teñido. Lleva un traje tan ceñido, que no puede utilizar la barra, y se mueve al ritmo de una canción lenta y sensual con movimientos sinuosos. Parece absurdo pensar que es sutil, pero lo es comparada con las otras.
Es bastante guapa, y a pesar de que no es la más despampanante, tiene algo especial que me llama la atención, y a Joe le pasa lo mismo. Mientras observamos como se va desnudando, me doy cuenta de repente de que lo que la diferencia de las demás es que parece que disfruta mientras baila. Sonríe y establece contacto visual con los clientes, baila como si nos estuviera seduciendo a todos con sus brillantes ojos.
Cuando acaba y empieza a pasar por las mesas para recoger el dinero, contengo el aliento, porque estoy segura de que de un momento a otro algún tipo va a levantarse y a llevársela a una de las habitaciones para un baile privado.
—Gracias, cielo —le dice a Joe, cuando él le mete dinero en la liga—. ¿Quieres un baile especial?
—Sí —me oigo decir a mí misma. Joe se vuelve hacia mí, pero estoy demasiado pendiente de la chica para prestarle atención.
—Muy bien. Vamos —me dice ella, con su voz acaramelada. Después de tomarme de la mano, se vuelve hacia Joe y le dice—: Venga, cariño, tú también.
Él suelta una carcajada, y se levanta antes de tomarla de la mano. Ella nos lleva a una de las habitaciones, que está pintada del color de la medianoche e iluminada por luces negras. El blanco de nuestras sonrisas y de nuestros ojos parece fluorescente.
—Tres canciones. ¿Qué música te gusta, cielo?
Me lo pregunta a mí. Soy el centro de su atención, y aún sigue agarrada a mi mano. Es la primera vez que tomo de la mano a una mujer, al menos así, con los dedos entrelazados y las palmas unidas. Espero no estar sudando.
—Pon lo que quieras —siento como si tuviera la boca llena de algodón, y una oleada de calor me recorre el cuerpo y me estremece.
Ella asiente, y me suelta la mano antes de ir hacia una ventanita que no había visto hasta ahora. Me vuelvo hacia Joe, y él me sonríe y alarga una mano hacia mí. Cuando se la agarro, me acerca y me susurra al oído:
—Has elegido bien.
Vuelvo a estremecerme al sentir su aliento en la oreja. Ni siquiera puedo echarle la culpa al alcohol, ¿qué demonios estoy haciendo? Pero no tengo tiempo de arrepentirme, porque la chica vuelve hacia nosotros.
—Me llamo Cherry —me dice.
—Muy apropiado —contesta Joe, con una sonrisa.
—Sí, ya lo sé. Venga, sentaos.
Nos colocamos cara a cara en dos sillas que hay en el centro de la habitación. Queda el espacio justo para que ella se coloque entre nosotros sin llegar a darnos en las rodillas.
—¿Sois pareja?
—No —le contesta Joe.
—¿Es vuestra primera cita?
Suelto una carcajada nerviosa, y le digo:
—Más o menos. Mañana vamos a la misma boda.
—Genial —dice ella, con una risita que burbujea como el champán.
De repente, empieza a sonar No Ordinary Love, de Sade. Siempre me ha gustado esta canción, es lenta y sexy. Cherry empieza a bailar como en el escenario, como si estuviera seduciéndonos.
Lo más probable es que Joe esté acostumbrado a que se le insinúen montones de mujeres, pero yo no, y me tenso un poco cuando balancea el cuerpo a nuestro alrededor. Se sienta en el regazo de Joe de cara a mí, y se desliza contra su cuerpo sin apartar la mirada de la mía antes de volverse y de sentarse en mis piernas. Me sorprendo tanto al sentir el contacto de una mujer cálida y sudorosa, que suelto una pequeña exclamación ahogada. Su pelo con aroma a fresa me roza la cara, tiene una melena envidiable que le cae sobre los hombros. Cuando se gira hacia mi y se frota contra mi torso, me recuerda a la forma en que los gatos aprietan la cabeza contra la palma de la mano de sus dueños para conseguir que los acaricien. Cherry se contonea, se frota y se retuerce mientras va alternando entre Joe y yo, y no sé dónde poner las manos. Si alguien me tocara así en circunstancias normales, le devolvería las caricias, pero tengo la sensación de que se supone que no debemos tocarla.
De repente, me abre las piernas y se amolda contra mi cuerpo. No puedo retroceder porque la silla tiene un respaldo alto y rígido, y me estremezco cuando me sopla suavemente al oído. Ella se echa a reír y me mira a los ojos antes de volverse para hacerle lo mismo a Joe.
La verdad es que tiene un trasero perfecto. Coloca una rodilla sobre el muslo de Joe y las manos sobre sus hombros, y cuando se inclina hacia delante y hacia arriba, alcanzo a verle la vagina. Es sólo un vistazo fugaz cuando contonea la pelvis, y me resulta mucho más excitante que el descarado espectáculo de antes.
Está claro que Cherry sabe lo que la mayoría de hombres parecen ignorar: a veces, es mucho más sexy un poco de misterio. Aunque a lo mejor lo que pasa es que como tengo una vagina, no me interesa demasiado ver otras de cerca.
Las tres canciones duran unos diez minutos, pero parecen fundirse en una y sólo sé que el ritmo sigue siendo lento y sensual. Son los diez minutos más largos de mi vida... y los más caros, porque cuando la música se detiene, Cherry se incorpora, se aparta el pelo de la cara y me dice con dulzura:
—Cien pavos justos, ricura, aunque no me importaría que me dieras más.
La experiencia me ha dejado pegada a la silla, y aún soy incapaz de moverme. Espero que en este sitio acepten tarjetas de crédito y no voy a poder salir a comer fuera en uno o dos meses, pero ha valido la pena; sin embargo, al final resulta que no tenía de qué preocuparme, porque Joe se levanta y le da bastante más de cien pavos.
—¡Gracias! Volved cuando queráis, nos vemos ahí fuera —nos dice, con un guiño y una sonrisa.
Al ver cómo se aleja, me doy cuenta de que sólo es un trabajo para ella, igual que para las demás, aunque la verdad es que se le da muy bien. No sé si es un alivio o una decepción, pero en cualquier caso, nunca había estado tan caliente en toda mi vida.
—¿Nos vamos?
Cuando Joe me toma del codo y me ayuda a levantarme, tengo ganas de bajar la mirada para ver si tiene una erección, pero no me atrevo. Tengo los pezones tensos, y la entrepierna húmeda.
—Sí —tengo la voz ronca, y carraspeo para aclararme la garganta—. Sí, vámonos.
Pensaba que iba a recuperar el control al llegar a su coche, pero no es así. Me sudan las manos. Me abre la puerta, pero me vuelvo hacia él antes de entrar y nos abalanzamos el uno sobre el otro como si estuviéramos hambrientos.
Empieza a lamerme la mandíbula mientras me cubre los pechos con las manos, y gimo cuando empieza a frotarme los pezones. Sí, sí que tiene una erección, la siento contra mí. Cuando golpeo contra la puerta del coche con la espalda, los dos nos volvemos sin decir palabra y él se sienta en el asiento del pasajero. Al cabo de un segundo, estoy sentada en su regazo y se cierra la puerta. Apoyo una mano en el salpicadero mientras con la otra me levanto la falda y me bajo las bragas, y al oír que él se baja la cremallera me levanto ligeramente y espero. Está tardando, así que miro por encima del hombro; está sacando un pequeño paquete plateado de la guantera.
Normalmente, me plantearía qué clase de tipo tiene condones tan a mano, pero en este momento sólo me siento agradecida de que sea así. Al cabo de un momento, me agarra las caderas y se coloca en posición. Gruñe al penetrarme, y yo suelto un grito ahogado.
Aunque el coche está aparcado en medio de las sombras, sé que podrían vernos, pero me da igual. Joe me embiste con movimientos rápidos y potentes, y cuando siento que me acaricia el clitoris, me siento sorprendida y agradecida por su consideración. No tardo casi nada en llegar al orgasmo; cuando su dedo me frota el clitoris al ritmo de sus embestidas, suelto un grito extasiado que me apresuro a sofocar.
Me aferró con tanta fuerza al salpicadero, que dejo señales en el acolchado. Después de un par de embestidas más, Joe suelta un gruñido al derramarse. En total, todo ha durado unos tres minutos.
Se relaja contra el respaldo del asiento sin soltarme las caderas, y me echa un poco hacia atrás. Lo siento en mi interior, aún bastante duro, y me relajo mientras intento no pensar en lo que acaba de suceder.
Al cabo de unos segundos, me acerca un paquete de pañuelos de papel, y utilizo uno cuando me aparto de su pene. Chocamos un poco en el espacio reducido del coche, pero como Joe hace que todo parezca muy natural, no siento demasiada vergüenza.
Me parece que debe de hacer este tipo de cosas bastante a menudo, pero no me siento tan incómoda como cabría esperar; al fin y al cabo, el sexo ha sido espectacular, y tampoco esperaba que acabáramos siendo novios ni nada parecido.
Conseguimos arreglarnos la ropa por fin, y sentarnos en nuestros respectivos asientos. El coche apesta a sexo, pero decido esperar a abrir la ventanilla cuando nos pongamos en marcha. Él permanece inmóvil, durante unos segundos, como si estuviera acaparando fuerzas, y finalmente se vuelve hacia mí y sonríe.
—¿Te lo has pasado bien?
No sé si se refiere a lo del coche o a lo del club, pero la respuesta es la misma en ambos casos.
—Sí, muy bien.
—Perfecto, me alegro —dice, antes de arrancar.
Acababa de enterarme de a qué se dedicaba Joe y de su apellido, y aquellos detalles me parecieron más íntimos que la descripción del sexo en el coche y del numerito de la stripper.
—¿Qué pasó en la boda?
Aquello fue lo único que se me ocurrió preguntarle, porque aún estaba intentando asimilar tanto aquella historia como el hecho de que siempre fuera capaz de encontrar a mujeres dispuestas a cualquier cosa, como practicar sexo en un coche en la primera cita.
—Estuvo bien, aunque cada vez que me miraba soltaba una risita. Se contuvo durante la ceremonia, pero se achispó en el banquete y no paró de reír.
—¿Te fuiste a casa con ella después de la boda?
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya la había probado —me dijo él, con una sonrisa displicente. Su respuesta me molestó.
—Según tú, no eres un braguetero, pero nadie lo diría por cómo te comportas.
—_________, vive en otro estado. Fue sólo un ligue, es algo que pasa montones de veces en las bodas.
—A ti, pero no todo el mundo se dedica a ligar en ese tipo de celebraciones.
—¿Qué tendría que haber hecho?, ¿pedirle su dirección de correo electrónico o prometerle que estaríamos en contacto? Ni siquiera fingió que era lo que quería.
Al oír su tono de indiferencia, lo fulminé con la mirada.
—Podrías haber aguantado las ganas de revolcarte con ella en el coche.
—¿Por qué? —me preguntó, claramente sorprendido—. Ella quería hacerlo, _________. Nadie resultó perjudicado, tuve cuidado como siempre. ¿Cuál es el problema?
El problema era que estaba celosa, y no estaba segura de si lo que sentía era envidia porque Joe buscaba placer continuamente y siempre lo encontraba, o si se trataba de algo más insidioso porque montones de mujeres conseguían tener su pene dentro y yo nunca podría.
—El problema es que siempre dices que quieres echar raíces y encontrar a alguien, pero sigues acostándote con una mujer tras otra. Eres un cínico.
No nos habíamos peleado nunca en un año, y de repente teníamos la misma discusión dos veces en cuestión de meses. Me resultó imposible ocultarme a mí misma lo que realmente deseaba de nuestra relación; pelearse puede llegar a ser tan íntimo como el sexo.
—Y a mí me parece que eres una zorra criticona.
Me quedé con la boca abierta, hasta que conseguí recuperar el control suficiente para cerrarla con un sonido audible. Él se reclinó contra el banco con los brazos abiertos sobre el respaldo, y me lanzó una mirada engreída. Me aparté un poco más de él a pesar de que no hizo ademán de tocarme, y nos miramos en silencio durante unos segundos. Habría sido muy tonta si no me hubiera dado cuenta de que la tensión que había entre nosotros no sólo se debía a un enfado.
—No les hago ningún daño, ________.
—Eso dices tú, pero sólo conozco tu versión de los hechos.
—¿Sería mejor que fingiera que quiero algo más de ellas?, ¿sería mejor persona si las invitara a salir un montón de veces para que se hicieran ilusiones? —su actitud parecía falsa, como si estuviera esforzándose demasiado en aparentar indiferencia.
—¿Cómo vas a encontrar a alguien si sólo les das una noche, si le aplicas lo de «ya la he probado» a todas?
Se pasó la mano por el pelo, y me dijo:
—A lo mejor estoy buscando algo especial.
—¿Cómo vas a encontrarlo si vas pasando por todas las camas de Harrisburg? —le pregunté con voz tensa.
—Esta vez fue en un coche —me dijo.
Su comentario no me hizo ninguna gracia.
—Lo que pasa es que no muestras ningún deseo de cambiar tu estilo de vida para conseguir lo que dices que quieres.
Ni siquiera usaba aquel tono de voz tan estirado y esnob con mis pacientes, y deseé poder tragarme mis palabras.
Joe se irguió, claramente indignado, y me dijo:
—Parece como si me acostara con todas las mujeres a las que conozco.
—¿Y no es así?
Era un comentario más o menos jocoso para intentar aligerar un poco el ambiente, porque obviamente sería imposible que Joe se acostara con tal cantidad de mujeres, pero él no picó el anzuelo y se limitó a inclinarse un poco hacia mí y a mirarme con expresión seria.
—No, _________. No es así.
Los dos sabíamos que estaba refiriéndose a mí, pero dejamos a un lado el tema. Nos centramos en nuestros bocadillos, y seguimos comiendo como si la conversación no hubiera existido.
Normalmente, el primer viernes de cada mes volvía a casa revitalizada, pero aquella vez no fue así. Me había parado a comprar la cena, porque la discusión con Joe había hecho que quisiera darme un capricho, poder disfrutar de algo.
—Hola, guaperas —ronroneé, al abrir la puerta con la cadera.
Nick ya estaba en la cama, y al ver que tenía la mirada fija en la tele y apenas me prestaba atención, eché un vistazo para ver qué lo tenía tan ensimismado.
—¿Estás viendo Los vigilantes de la playa?, ¿debería empezar a preocuparme? —le dije en broma, mientras colocaba la cena sobre la mesa.
Mi pregunta no pareció hacerle demasiada gracia.
—¿Tiene algo de malo que me guste ver a tías en bañador por la tele?
Obviamente, no estaba de buen humor. Cuando me acerqué para darle un beso en la frente, soltó un gruñido e intentó apartarse.
—Te has puesto en medio.
—Perdona. He traído comida india, ¿qué te parece si cenamos y después vemos una película?
—¿Desde cuándo te gusta la comida india?
Había descubierto aquel tipo de cocina gracias a Joe, porque me había dejado probar los deliciosos currys y panes que a menudo comía en nuestros encuentros. Empecé a abrir los recipientes y a llenar los platos mientras intentaba encontrar una respuesta adecuada.
—Desde... hace bastante tiempo.
—Pensaba que no te gustaba la comida especiada.
—Pero a ti sí, y los gustos cambian. Te he traído tu comida favorita, así que basta de preguntas y comamos.
Nick recorrió la mesa con la mirada, y su expresión se suavizó.
—Gracias, cielo. Ha sido todo un detalle.
Le besé la mejilla, y aquella vez no protestó.
—Pensé que podíamos tener una cita romántica.
—Sí, vaya cita —dijo él, con un resoplido burlón.
—Oye, es una cita perfecta —le dije con voz suave, mirándolo directamente a los ojos—. Ni siquiera tenemos que trajearnos.
—Tú vas muy arreglada _________.
—Qué va, llevo la ropa del trabajo.
Nick negó con la cabeza.
—Llevas la camisa de seda, así que te has puesto el sujetador de encaje, las bragas a juego... y el liguero, ¿eh?
Bajé la vista hacia mi ropa, y volví a mirarlo a los ojos.
—Vaya, se te da muy bien.
Sus labios sólo se alzaron por un lado cuando sonrió.
—Y te has puesto perfume —me dijo, mientras volvía la cabeza para olisquearme el cuello. Tenía razón, aunque el olor ya no se notaba apenas—. Es el caro, el de las ocasiones especiales.
Sentí que me ardía la cara, y que el rubor me llegaba a la punta de las orejas. Después de soltar una risita forzada, me aparté de él y me volví hacia la mesa para que no viera mi expresión de culpabilidad.
—¿Qué ocasión especial celebramos, __________?
—¿Quieres pollo, o cordero? —empecé a trastear con los recipientes, y me volví a mirarlo con una sonrisa cuando conseguí recuperar la compostura.
—No me has contestado.
Las mentiras más difíciles de detectar son las que están envueltas en una verdad. Una vez, en una clase de psicología, nos habían puesto en parejas para que eligiéramos preguntas de una lista y diéramos respuestas verdaderas o falsas de forma aleatoria; lo más interesante no había sido las preguntas que habíamos elegido cada uno, sino en cuáles habíamos decidido decir la verdad.
—Sólo me apetecía arreglarme un poco.
Sentí su mirada en mí mientras acercaba la mesa con ruedas a la cama y empezaba a córtale la comida.
—Pues estás preciosa.
Dejé el cuchillo y el tenedor, y cuando lo miré a los ojos, me recorrió una oleada de amor tan fuerte, que pensé que iba a echarme a llorar. Le puse una mano en la mejilla, que era uno de los pocos sitios donde aún podía sentir mis caricias.
—Gracias, cariño.
—Siempre lo estás, _________ —me dijo, con una sonrisa. Tras besarme la palma de la mano, añadió—: Pero sobre todo el primer viernes de cada mes.
Permanecimos en silencio durante un momento interminable. Me daba igual que la comida estuviera enfriándose. Mantuve la mirada fija en la suya, y aquella vez no me hizo falta mentir.
—Te quiero, Nick. Sólo a ti.
—Ya lo sé —me dijo, tras varios segundos más.
Me incliné para besarlo, y comenté:
—Dennis ha salido, así que ni siquiera tenemos que cerrar la puerta.
Meneé las cejas sugestivamente para intentar hacerle reír, pero su sonrisa carecía del brillo de siempre.
—Estoy hambriento, y muy cansado.
—¿Te encuentras bien?
Le puse una mano en la frente, preocupada, pero él soltó un suspiro de exasperación y apartó la cara.
—Estoy bien, ya te he dicho que tengo hambre y estoy cansado. Creía que íbamos a cenar y a ver una peli.
—Sí, pero...
No supe qué decir, porque «pensaba que podríamos hacer el amor» parecía fuera de lugar. En nuestra vida pasada. Nick llegaba a dejarme exhausta con su deseo constante, con su anhelo por sentirme, por devorarme. En aquellos tiempos, la comida se habría enfriado del todo mientras saciábamos otro apetito más carnal.
Pero aquello formaba parte del pasado, y como sabía que me sentiría herida si me rechazaba, contesté:
—Vale, vamos a cenar y a ver una peli.
—Creo que sería mejor que te cambiaras antes —me dijo, con un tono gélido—. ¿Podrías ducharte?, tu perfume está empezando a darme dolor de cabeza. Seguiré viendo Los vigilantes de la playa hasta que vuelvas.
Habría preferido que me acusara abiertamente. Podía defenderme de sus acusaciones, pero estaba impotente ante su convicción muda de mi infidelidad. Si me hubiera preguntado, le habría contado toda la verdad, pero como no lo hizo, permanecí callada.



_______________
aquí les dejé todo un capítulo:) podría subirles el que sigue mas tarde.
que bueno que les esté gustando y si, la vida de ____ me dio mucha pena. la primera vez que leí el libro sufrí ene jajaj
gracias por comentar!
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Hoy a las 09:22

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;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]
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