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  ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]

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eschio
Amiga De Los Jobros!


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MensajeTema: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 2nd 2013, 13:27

La amante imaginaria.




*Joe y tú.
*Autora original: Megan Hart.
*Ojalá les guste y la disfruten, es uno de los libros que más me ha gustado:).



_____________________________________________________



Este mes, me llamo Mary.


Cada mes tengo un nombre distinto... Brandy, Honey, Amy: a veces, Joe ni siquiera se molesta en preguntar, pero siempre consigue excitarme con su cuerpo, con su boca y sus caricias. No importa cómo me llamo ni dónde me ha conocido, el sexo siempre es increíble y no dejo de desearlo durante las largas semanas que pasan hasta que vuelvo a verlo.


Mi nombre real es ______, y una vez al mes, a la hora de la comida, Joe me lo cuenta todo sobre su último ligue; sin embargo, él no sabe que en mi mente yo soy la protagonista de todas las aventuras de una noche que va revelándome, y que estoy prácticamente obsesionada con nuestra imaginaria vida sexual. Sé que está mal y que mi marido no lo entendería, pero no puedo renunciar a nuestros encuentros aún... no, aún no.


Última edición por eschio el Agosto 19th 2013, 20:03, editado 1 vez
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 2nd 2013, 13:33

Capítulo 1.
 
Enero:
 
Este mes, me llamo Mary, y al parecer soy un cúmulo de contradicciones. Antes dije que quería sexo, pero ahora me niego a salir del cuarto de baño. No tengo ni idea de que a Joe no le gustan ni las calienta-braguetas ni perder el tiempo. Ya se ha encargado de tomar la iniciativa, de pagar por las bebidas y de decirme unos cuantos cumplidos, así que agarrará su abrigo y se largará si no salgo en menos de cinco minutos.
Pero no tengo ni idea de todo eso, porque he conocido a Joe en un bar del centro hace unas tres horas. Su nombre parece una gran broma cósmica, pero de todos los hombres que he conocido esta noche, él ha sido el único que se ha molestado en intentar entablar una conversación. Por eso lo he elegido... además de porque es muy guapo, viste bien e intenta esbozar una sonrisa sincera aunque no llega a conseguirlo.
—Mary, Mary, qué contradictoria, ¿qué tal tu jardín?
Oigo su voz a través de la puerta, tarareando esa vieja cancioncilla que ya he oído mil veces. También me han llamado Bloody Mary, como la bebida, o Mary Poppins. Mis padres me pusieron mi nombre creyendo que no tenía diminutivos, pero la gente siempre acaba encontrando una burla oportuna.
Noto el frescor del pomo de la puerta bajo mis dedos cuando salgo para que Joe vea que estoy lista, que la espera ha merecido la pena. Sólo llevo unas braguitas blancas de encaje y un sujetador a juego, y tengo que esforzarme por contener las ganas de cruzarme de brazos para esconderme de su mirada.
Sus ojos se ensanchan un poco, y su lengua asoma y humedece una boca que aún no he besado. Deseo hacerlo, porque Joe tiene pinta de estar muy bueno.
—Demonios...
Su comentario es un cumplido, y me alienta a sonreír con un poco más de seguridad. Empiezo a volverme poco a poco para que pueda verme bien, y cuando volvemos a estar cara a cara, Joe me toma de la mano y tira de mí para que me acerque un paso más, y después otro. Nuestros cuerpos se acoplan como atraídos por imanes.
Se ha desabrochado la camisa, y el roce del vello de su pecho hace que me estremezca. Mis pezones excitados empujan contra la tela del sujetador, y un calor placentero va acumulándose en mi vientre. Cuando Joe me agarra de las caderas, siento una súbita timidez que me impide mirarlo a los ojos.
Él me lleva hacia la cama, la enorme cama doble que le ha pedido antes con esa sonrisa tan atrayente a la recepcionista. Es una sonrisa que dice «soy un chico malo, pero no te importará cuando compruebes lo bueno que soy», y al parecer a la recepcionista la ha impresionado tanto como a mí, porque la mujer se ha tomado la molestia de encontrarnos una habitación libre con una cama lo bastante grande para montar una orgía.
Aunque no vamos a montar ninguna orgía, porque sólo estamos Joe, el sonido del calefactor, y yo. El aire caliente que sale del aparato huele un poco a rancio, pero supongo que no debería extrañarme. ¿Qué esperaba?, ¿incienso y mirra?
—Vamos —dice él, con un poco de impaciencia.
Después de tumbarme en la cama, empieza a besarme por fin. Primero en el cuello, después en los pechos y en un hombro. Me arqueo ligeramente al sentir sus labios en mi piel, pero él no se apodera de mi boca a pesar de que la he entreabierto.
Joe baja las manos por mis costados y por mi estómago, y aunque me sobresalto un poco al sentir que me mete una entre las piernas, él no parece darse cuenta de mi reacción. A lo mejor simplemente le da igual. Cuando empieza a tocarme con caricias expertas, me derrito como el azúcar en una sartén, me fundo en una masa líquida.
Todo está pasando más rápido de lo que esperaba, pero no alcanzo a encontrar las palabras para decirle que vaya más despacio. Cuando sus dedos encuentran el bultito que hay bajo la parte delantera de las bragas de encaje y empiezan a acariciarlo con pequeños y lentos círculos, me doy cuenta de que ir deprisa no está nada mal.
—¿Te gusta?
Al verme asentir, Joe sonríe y alarga una mano hacia el cierre delantero del sujetador. Cuando mis pechos quedan al descubierto, suelto un gemido gutural. Quiero sentir su boca en mi piel, su lengua trazando mis pezones erguidos, quiero que los chupe mientras su mano sigue acariciándome entre las piernas. Ya estoy húmeda, lo siento al moverme.
Joe se detiene para quitarse la camisa, y me da la oportunidad de admirar su pecho. Tiene un cuerpo ideal para lucir la ropa, pero al verlo desnudo puedo contemplar sus hombros, que parecen aun más anchos que antes, y su estómago plano y musculoso. Sus brazos rezuman fuerza, y los tendones de sus antebrazos sobresalen cuando se desabrocha el cinturón y los pantalones. El vello de su pecho, brazos y estómago es un poco más oscuro que su pelo leonino... me pregunto si se tiñe de rubio, o si todos los cuerpos masculinos muestran tal disparidad.
Joe se quita los pantalones y los calzoncillos. No puedo mirar, así que vuelvo la cabeza mientras contengo el aliento y se me acelera el corazón. La cama se hunde un poco cuando él se arrodilla a mi lado, y cuando siento que vuelve a deslizarme la mano entre las piernas, alzo las caderas y de mis labios aún sin besar escapa una exclamación vacilante.
—Quítatelas —me susurra.
Sin darme tiempo a obedecer, me quita las braguitas él mismo, y me quedo abierta del todo a su mirada. Él observa mi vello púbico cuidadosamente depilado, el rígido botón de mi clitoris, mi piel suave, excitada y húmeda por sus caricias, y me abre un poco más los muslos. Parece gustarle mi pequeño gemido, porque su respiración se acelera tanto como la mía. Traza con un dedo los pliegues de mi sexo hasta llegar de nuevo al clitoris... la sensación es indescriptible. Cuando lubrica el tenso nudo con mis propias secreciones, mis caderas se sacuden en un espasmo.
Siento un extraño peso en mi sexo, una especie de vacío doloroso. El calor va extendiéndose por mi vientre, por mis pechos, por la gruta secreta de mi entrepierna. Joe sigue frotándome el clitoris, y el líquido de mi deseo empieza a chorrearme por la curva del trasero.
No puedo evitar gemir de placer cuando su boca se apodera de uno de mis pezones, y siento la suavidad de su pelo rubio en los nudillos cuando poso una mano en la parte posterior de su cabeza. Joe empieza a succionar, y mis dedos se tensan. Él murmura algo que no alcanzo a entender, pero no deja de chuparme el pezón ni de frotarme el clitoris, y mi respiración va acelerándose más y más hasta que me mareo un poco.
No puedo evitar gemir de placer cuando su boca se apodera de uno de mis pezones, y siento la suavidad de su pelo rubio en los nudillos cuando poso una mano en la parte posterior de su cabeza. Joe empieza a succionar, y mis dedos se tensan. Él murmura algo que no alcanzo a entender, pero no deja de chuparme el pezón ni de frotarme el clitoris, y mi respiración va acelerándose más y más hasta que me mareo un poco.
He estado con algunos chicos. Nos hemos metido mano a escondidas, los he masturbado con la mano en el asiento trasero de su coche, se la he acariciado y se la he sacudido sin dejar de preguntarme a qué viene tanto revuelo. He estado con chicos, pero nunca he estado con un hombre, con alguien que no pide gimoteando ni manosea con torpeza. Joe ni siquiera se molesta en pedir, se limita a pasar a la acción, y eso es algo perfecto. Es justo lo que buscaba, y no puedo perder el tiempo siendo tímida... ni siquiera cuando su boca desciende por mi cuerpo y se centra de lleno entre mis piernas. Me tenso de inmediato ante la sorpresa, pero mi pequeña protesta se convierte en un gemido cuando Joe me acaricia el clitoris con la lengua.
«Oh, santa madre de Dios...». Esto es algo que me he imaginado mientras llego al orgasmo usando las manos o el chorro de agua de la ducha, pero nada me ha preparado para sentirlo en realidad. Su lengua es suave y cálida, más tierna que sus dedos. Es como sentir la caricia del agua, la cadencia de las olas lamiendo la orilla. Cuando me arqueo hacia Joe, él me chupa y me estremezco. Vuelve a hacerlo, y sólo puedo abrirme más de piernas para entregarle mi cuerpo por completo.
La tensión va acumulándose en mi vientre, y tengo los pezones tan duros y tensos como guijarros. No puedo dejar de gemir. Joe deja de chuparme para soplar suavemente contra mi piel húmeda, y me retuerzo de placer al sentir su aliento cálido.
Nunca he tenido un orgasmo estando con otra persona, ni siquiera sé si puedo. He estado a punto varias veces, pero siempre se me ha escapado en el último segundo.
Cuando Joe vuelve a detenerse, creo que voy a enloquecer. Mis muslos vibran de tensión, los músculos de mi vientre se contraen y se relajan. Tendría el orgasmo con la más mínima presión, con la caricia adecuada, pero él se niega a dármela.
Está haciendo algo que no alcanzo a ver. Algo se rasga, y la cama se mueve cuando cambia de postura y me cubre con su cuerpo. El vello de su pecho me roza los pezones, que siguen húmedos con su saliva, y tanto sus muslos como su vientre presionan contra los míos.
Tengo el tiempo justo para acordarme de otro nombre por el que me han llamado para burlarse de mí, uno apropiado pero cansino, y entonces Joe embiste con un gemido.
—¡Dios!, ¿eres virgen? —exclama, atónito, cuando suelto un grito.
—Sí —admito, avergonzada por mi grito involuntario.

—Maldición.
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nanyy_27
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 2nd 2013, 18:57

queeee!! como la dejas asii???
esta buenisima
sigue sigue sigue porfis
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 2nd 2013, 19:46

continuación...
No intenta apartarse, aunque no podría culparlo si lo hiciera. El dolor se ha desvanecido, y su lugar lo ha ocupado una sensación de plenitud y de estiramiento que no resulta desagradable. No es comparable a las historias de éxtasis que me han contado mis amigas, pero tampoco es tan horrible como decían las monjas... aunque siempre me he preguntado cómo podían saber tanto del tema.


—Lo siento, esperaba que no te dieras cuenta —le digo.

Joe esboza una sonrisa, y se apoya en las manos para levantarse un poco y mirarme a la cara.

—Te has delatado con el grito.

—Es que me has tomado por sorpresa.

Su expresión se vuelve tierna, y se inclina para besarme en la mejilla.

—Tendrías que habérmelo dicho, habría tenido más cuidado.

—Sólo quería hacerlo de una vez, quitármelo de encima sin más —admito por fin.

—¿Por qué? —me pregunta él, perplejo.

—Porque tengo veintitrés años, y ya era hora. Todos mis amigos lo han hecho, y estaba cansada de ser virgen. Sólo quería... quería hacerlo de una vez.

Joe sigue dentro de mí, y aunque no me duele, empiezo a sentirme un poco incómoda. Las cosas no van como las había planeado, lo único que ha salido bien es la parte en la que conozco a un tipo en un bar y consigo que me lleve a algún sitio para poder desprenderme de mi virginidad.

Cuando Joe me penetra con cuidado, me tenso esperando un dolor que no llega. Él se inclina para recorrerme la curva de la oreja con la lengua, y susurra con voz profunda:

—No tendrías que «quitártelo de encima sin más», la primera vez debería ser especial.

Desliza una mano bajo mi pelo, que está extendido por la almohada, y me besa el lóbulo de la oreja y el cuello antes de mordisquearme el hombro. Me penetra poco a poco y vuelve a salir, milímetro a milímetro, y vuelve a hacerlo otra vez. Cuando lo hace de nuevo, suelto un jadeo y alzo las caderas para salir a su encuentro.

—¿Te gusta? —me pregunta él, con una sonrisa.

Sí, me gusta, pero no parece importarle que permanezca callada. Empieza a incrementar el ritmo, y cuando se apoya de nuevo en las manos para alzarse un poco, los tendones sobresalen en sus brazos.

Al bajar la mirada, veo el lugar donde nuestros cuerpos se unen, donde sus rizos oscuros se mezclan con mi vello más claro. Cuando Joe se echa hacia atrás, puedo ver la base de su erección, la funda mojada de látex que la envuelve. Vuelve a penetrarme, y contemplo fascinada cómo desaparece dentro de mi cuerpo.

El sexo no es como me lo imaginaba, pero no sabría decir si es mejor o peor. Tengo el pecho sonrojado, y la calidez que siento en el cuello me indica que el rubor se extiende hacia allí. Veo su miembro entrar y salir de mi interior, y pienso en el hecho de que estamos conectados.

Joe parece muy concentrado y solemne. Tiene los ojos entornados, la boca tensa y la frente sudorosa. Su olor es una mezcla de jabón con algo almizclado y penetrante, como la tierra del jardín después de la lluvia... como la sangre. Creo que es el olor del deseo, de la lujuria. Deslizo las manos por su pecho, siento el movimiento de sus músculos, y le acaricio los pezones. Son muy distintos de los míos. Le pellizco uno con cuidado a modo de experimento, y al ver que gime de placer, vuelvo a hacerlo.

Sus embestidas son menos contenidas, y su cuerpo entero se estremece. Cuando se detiene y se queda mirándome en silencio, yo le devuelvo la mirada.

Sin decir palabra, nos hace girar hasta que yo quedo encima, con las piernas a horcajadas de su cintura. He posado una mano sobre su pecho para mantener el equilibrio, y él se aferra a mis caderas. Cuando ajusta nuestras posiciones con movimientos expertos, suelto una exclamación ahogada al comprobar que puede penetrarme aún más hondo.

—Inclínate hacia delante, y ponme las manos en los hombros.

Hago lo que me dice, y me alegro de haber obedecido en cuanto empieza a moverse de nuevo. Dios, qué pasada... me llena por completo, por dentro y por fuera. Mi clitoris golpea contra su estómago en cada embestida, y vuelvo a sentir esa extraña pesadez, el calor y el dolor, aunque la deliciosa sensación de plenitud ha reemplazado al vacío anterior.

Joe baja una mano entre nuestros cuerpos, y cuando me presiona con el pulgar, me estremezco con el delicioso placer que relampaguea en mi interior.

—Nena, quiero que explotes de placer —me susurra.

Creo que esta vez puede que lo consiga. Sus embestidas se aceleran, y con cada una de ellas mi clitoris golpea contra su pulgar. Me acaricia por dentro y por fuera mientras mis muslos tiemblan y mi respiración se vuelve jadeante. Estoy ardiendo y helada a la vez.

Joe gruñe y me penetra con más fuerza. Nuestros cuerpos chocan rítmicamente... mi trasero contra sus muslos, mi vientre contra el suyo. Estoy aferrada a sus hombros, y las palmas de mis manos aprietan con fuerza contra su clavícula. El pulso de su cuello late con fuerza y rapidez.

No puedo contener un grito, el placer es demasiado grande. Ya no siento los brazos, las piernas ni la espalda, porque me he convertido en un nudo de tensión que va apretándose. Falta poco para que suceda por fin, para que me desate de golpe.

Pero aún no. Joe me empuja para que me incorpore y me siente, y mis pechos botan mientras subo y bajo con sus embestidas. Empieza a estimularme el clitoris con un dedo, trazando pequeños círculos acompasados con sus envites. Esto es incluso mejor, no sé si podré soportarlo, el placer es tan grande que resulta casi doloroso.

—Joe! ¡Oh, Dios, Joe!

No he podido contener el grito, y me doy cuenta de que los diálogos de las novelas románticas no son tan poco realistas como creía. Quiero gritar palabras de amor y de gratitud, sería muy fácil enamorarme mientras el placer que me recorre las venas se me sube a la cabeza con más fuerza que el vino. Vuelvo a gritar su nombre, pero finalmente dejo de intentar hablar y me limito a soltar sonidos inarticulados.

Su dedo se desliza por mi clitoris húmedo. Él embiste mientras yo me balanceo, pero conseguimos movernos al unísono. Aunque me parece increíble, siento que se hincha aún más dentro de mí. Cuando Joe cierra los ojos y frunce el ceño en un gesto de concentración, me gustaría que volviera a abrirlos para que me mire cuando alcance el orgasmo. Quiero volver a sentir esa sensación de conexión, pero como él se niega a dármela, tengo que contentarme con bajar la mirada y contemplar el lugar donde se unen nuestros cuerpos.

Mis muslos cosquillean cuando los recorre una corriente eléctrica que desciende hacia los dedos de mis pies, y me estremezco de placer. Mi sexo arde con una calidez que se expande mientras el placer sube y sube, y me tenso hasta que acabo rompiéndome.

Esta vez, no puedo emitir sonido alguno, porque el placer me deja sin aliento y me impide hasta gritar. Echo la cabeza hacia atrás, y siento la caricia de mi pelo en la espalda. Mi cuerpo entero explosiona, y me convierto en un montón de trozos desperdigados unidos sólo por el aliento de mis pulmones. Me recompongo de nuevo al inhalar, y vuelvo a estallar y a unirme una segunda vez pero sin tanta intensidad.

Respiro hondo y bajo la mirada hacia Joe, que ha abierto los ojos por fin; sin embargo, me quedo con las ganas si en el fondo esperaba ver algo en su expresión, porque él está inmerso en su clímax. Con un jadeo, da una última embestida tan fuerte que me empuja hacia arriba, y suelta una serie de pequeños gemidos antes de derrumbarse de nuevo sobre la almohada, completamente saciado.

Me aparto de él cuando consigo recuperar el aliento, y experimento una extraña sensación de pérdida al notar que sale de mi interior. El vacío ha regresado, pero esta vez es diferente. Me duele la entrepierna, pero es un dolor parecido al que siento después de haber hecho ejercicio, después de haber utilizado al máximo los músculos, y la sensación no me desagrada.

Hago un repaso mental de mi anatomía, compruebo las extremidades y los órganos en busca de alguna anomalía en mis funciones corporales cotidianas. Pensaba que al tener relaciones sexuales me sentiría diferente, pero sólo estoy acalorada y somnolienta.

Me tumbo junto a Joe, apoyo la cabeza en su hombro y poso una mano sobre su pecho. No sé si está dormido, pero su pecho sube y baja rítmicamente. Envalentonada por mi nueva situación de mujer después de buen sexo, bajo la mirada hacia su pene, y al verlo descansando contra su muslo, aún envuelto en el condón y con pinta de estar tan agotado como yo, tengo que contener las ganas de reír.

—Ha sido mejor que quitármelo de encima sin más —comento.

Ladeo la cabeza para ver su reacción. Él no abre los ojos, pero esboza una sonrisa y me dice:

—Me alegro.

Desearía que dijera algo más. Conforme la pasión va desvaneciéndose, me gustaría que me reconfortara, que me dijera que he estado bien para ser mi primera vez, que al menos me mirara.

No espero una declaración de amor ni nada parecido, sólo... sólo algo más que esto. Acabo de entregarle mi virginidad, y a pesar de que quería desprenderme de ella a toda costa, sigue siendo un regalo... ¿no?

A lo mejor Joe no lo cree así, puede que esté deseando vestirse y largarse cuanto antes, quizás debería irme antes de que pueda hacerlo él.

Me siento en la cama, y al poner los pies sobre la alfombra noto que parece sucia y me niego a pensar en quién más la habrá pisado, en cuántas parejas habrán practicado el sexo en esta misma cama. Siento un estremecimiento repentino. Después de agarrar mi sujetador, busco las bragas con la mirada, pero como la prenda de encaje parece haber desaparecido entre el lío de sábanas, empiezo a rebuscar entre los montículos de tela.

Joe abre un ojo somnoliento y se pone de costado para observarme. Finalmente, encuentro las bragas y las agarro con un gesto triunfal. Quiero lavarme, deshacerme de esta sensación pegajosa, y al ver que al menos no hay ni rastro de sangre rezo una plegaria agradecida a la Virgen María... aunque ella no habría aprobado mi aventura de esta noche.

Voy al cuarto de baño, y empiezo a humedecer un trapo. Joe aparece en la puerta, pero yo mantengo la mirada fija en el agua caliente del lavabo. Después de quitarse el condón, lo tira a la papelera y se pone a orinar en el retrete, y me siento mortificada al ver el potente chorro de orín.

Tras abrir el grifo de la ducha, me pregunta:

—¿Quieres ducharte conmigo?

—¡No! —exclamo, con más énfasis del necesario.

Después de ponerme las bragas y el sujetador, agarro mi blusa y mi falda de la percha que hay colgada en la puerta; a pesar de que me tiemblan los dedos y de que necesito dos intentonas para conseguir abrocharme los botones, me visto en menos tiempo del que necesité para desnudarme.

Joe está mirándome, completamente desnudo. Mientras me aliso el pelo, vislumbro mi rostro en el espejo cubierto del vaho de la ducha, y me alegro de haberme convertido en una forma sin cara en la que sólo se distinguen los borrones oscuros de los ojos y la línea roja de la boca, porque no quiero verme en este momento.

No puedo leer la expresión de Joe, y ni siquiera sé si deseo hacerlo. Hace unos minutos, estaba desesperada por sentir alguna conexión con él, pero ahora sólo quiero largarme cuanto antes.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

—Nada. Tengo que irme.

—¿Estás segura?

Siento una mezcla de gratitud por su actitud tranquila, y de decepción porque no se muestra más solícito.

—Sí, estoy segura.

—Vale. Conduce con cuidado —dice, antes de volverse para meterse en la ducha.

Suelto el aire con brusquedad, y tomo mi bolso con un movimiento convulsivo. Él me mira por encima del hombro, un hombro que aún conserva las marcas de mis dedos, y enarca una ceja.

—¿Estás segura de que estás bien?

—¡Sí! —exclamo, aunque no es cierto. Da la impresión de que estoy conteniendo las lágrimas, porque mi voz suena aguda y temblorosa. Aprieto mi bolso contra el pecho, y añado—: ¡Gracias por el favor!

Cuando él se vuelve de lleno hacia mí, con las manos en las caderas, desearía que al menos se pusiera una toalla alrededor de la cintura.

—Mira, no sé cuál es el problema...

—¡Claro que no! —no pienso insultarme a mí misma explicándoselo.

—Mary, ¿acaso te malinterpreté en el bar cuando me pusiste la mano en el trasero y me susurraste que tenías un condón que llevaba mi nombre?

Aquello no había sido idea mía, sino de mi amiga Bett. Había funcionado, pero...

Joe se cubre con una toalla antes de acercárseme. Me aparta el pelo de la cara, y me dice con calma:

—Pensaba que era lo que querías, dijiste que lo era.

No puedo negarlo. Me gustaría culparlo a él, pero la verdad es que me han quitado la carga de mi virginidad de forma espectacular. He sido una tonta si esperaba algo más.

—Sí, es lo que quería —mi voz suena vacilante y aun parece que estoy a punto de echarme a llorar, pero me niego a hacerlo.

—Sabías lo que querías, y has ido a por ello. ¿Qué hay de malo en eso?

—¡Nada!

—¿Seguro que no puedo convencerte de que te duches conmigo? —Joe vuelve hacia la ducha, deja caer la toalla y me mira con una sonrisa tentadora, pero yo hago un gesto negativo con la cabeza—. Vale. ¿Estás segura de que estás bien?

—Sí —creo que sólo es una mentira a medias—. Tengo que irme.

—Conduce con cuidado.

Estoy a punto de cambiar de idea cuando las cortinas se cierran, pero acabo de vestirme, salgo del hotel, y dejo atrás al hombre que me ha convertido en mujer.
____________________________________________
ahí dejé una parte más larga, ojalá se motiven, la lean y comenten Smile.
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 3rd 2013, 06:11

Nueva lectora
O sea fue demasiado buena, mi parte favorita y que enserio me sigo riendo con ella es —Mary, ¿acaso te malinterpreté en el bar cuando me pusiste la mano en el trasero y me susurraste que tenías un condón que llevaba mi nombre?

Aquello no había sido idea mía, sino de mi amiga Bett. Había funcionado, pero... JAJAJAJAJAJAJAJJAJAAJJAJAJAJAJAJAJAJA Dios que loco,.
SIGUELA ME ENCANTO
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 3rd 2013, 10:56

nueva lectora...
sta muy buena
siguela
me encanto su pequeño sufrimiento
despues de su primera vez
atte: sara
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eschio
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 3rd 2013, 14:26

{salí de vacaciones así que no estaré haciendo mucho, de hecho si comentan podría subir hartas partes hoy día Wink bienvenidas las nuevas lectores y que bueno que les esté gustando!}
________________________________________




—Es una historia bastante buena, sobre todo lo de que la convertiste en mujer —le dije a Joe.
Él agarró su vaso de plástico y tomó un buen sorbo de refresco, como si hablar conmigo le diera sed.
—Es la verdad, ¿no?
—Me parece interesante la idea de que una mujer tenga que tener relaciones sexuales para convertirse en mujer.
Joe se encogió de hombros y desenvolvió su bocadillo. Siempre me contaba la historia del mes antes de empezar a comer con ganas, como si hablar le diera hambre. El bocadillo era de pavo, como siempre, pero aquella vez con rodajas de tomate. No le gustaban, así que empezó a sacarlas una a una.
—¿Y no es así?
Me limité a verlo comer sin contestar. Necesitaba tiempo para que mi cuerpo volviera al mundo real, para que mi corazón y mi respiración recuperaran el ritmo normal. Me puse el jersey fingiendo que tenía frío, para ocultar mis pezones excitados. Más tarde, en casa, recordaría su historia, los pequeños detalles, y me masturbaría hasta explotar, pero de momento representé el papel de fría observadora, como hacía cada mes cuando nos encontrábamos en aquel banco del atrio o en el del parque.
—No sé qué problema tenía —Joe le dio un mordisco al bocadillo, y empezó a masticar. Al ver que le quedaba un poco de mayonesa en la comisura del labio, le ofrecí una servilleta.
—Acababa de perder la virginidad con un desconocido, a lo mejor se sentía incómoda.
No tenía ni idea de lo que Mary había sentido, claro; de hecho, no sabía lo que sentía ni lo que pensaba ninguna de las mujeres de Joe, pero mi imaginación llenaba los detalles de su cópula. Con lo que él me explicaba, yo creaba una imagen desde el punto de vista femenino.
—Vino directa a por mí, ¿cómo iba a saber que era virgen? No se comportaba como una.
— ¿Cómo se supone que deben comportarse las vírgenes?
—No lo sé, pero ella se comportó como si tuviera muy claro lo que quería. ¿Por qué se sintió incómoda cuando lo consiguió?
Después de reflexionar un momento, comenté:
—A lo mejor se decepcionó.
—De eso ni hablar, _______. Te lo aseguro —me dijo el. Con su sonrisa de chico malo.
—Ah, sí, claro. La convertiste en mujer.
—No me has contestado a lo de antes —me recordó él.
—No, perder la virginidad no me convirtió en mujer. ¿A ti te convirtió en un hombre?
—La perdí con Marcia Adams, la mejor amiga de mi madre, y me convirtió en un hombre con rapidez. No habría sobrevivido de no ser así.
Nunca me había contado aquella historia, y cuando se echó a reír, supuse que mi rostro reflejaba el interés que sentía.
—    ¿Vas a contármelo?
Pareció tímido por un instante, aunque pareciera imposible. Al ver que se movía con nerviosismo, pensé que no iba a hacerlo.
—Tenía diecisiete años. Me pidió que me ocupara de su jardín, y me pareció una buena oportunidad para ganar dinero para la universidad. Me dijo que podía usar su piscina cuando quisiera, al terminar de cortar el césped.
—Pues parece que no sólo te ocupaste de su jardín.
—No —dijo él, mientras se frotaba la nuca con una mano.
—    ¿De verdad crees que eso fue lo que te convirtió en un hombre?
—Sí. Bueno, al menos me enseñó de qué iba la cosa.
—No sé si es lo mismo.
—    ¿Cómo te convertiste en mujer?
No contesté, porque no quería entrar en aquel tema. Tras un momento de silencio, él se encogió de hombros y comentó:
—Mary se portó como si estuviera dándole un billete de veinte y echándola a patadas.
—A lo mejor dio por sentado que eres de la clase de hombres que ligan en bares y esperan que la mujer se largue después de acostarse con ella.
—    ¡Habría dejado que se duchara antes! —protestó él con indignación—. Dios, no soy un completo capullo.
Yo me limité a tomar un trago de mi bebida, y Joe soltó su bocadillo. El sol que penetraba por el techo de cristal se colaba a través de los helechos que colgaban encima de nosotros y teñían de sombras su cabello negro. Su boca se tensó con su expresión ceñuda.
—Dilo.
Fingí que no entendía a qué estaba refiriéndose.
—Venga, dilo. Quieres hacerlo, te lo veo en la mirada.
—    ¿Qué quieres que diga?, ¿que eres del tipo de hombres que hacen esa clase de cosas?
—Sigue —me instó, mientras se reclinaba contra el asiento con los brazos cruzados.
—    ¿Quieres que diga que eres un sinvergüenza infiel?, ¿que vas de una mujer a otra sin parar? —le dije, con una sonrisa.
—No te olvides de que también soy un diablillo con mucha labia capaz de decir lo que sea con tal de acostarse con una mujer, que mi Santo Grial es la entrepierna femenina, que he abierto más melocotones que una estrella del porno.
—No había oído nunca lo de los melocotones —comenté, con una carcajada.
Joe no parecía compartir mi diversión.
—Dilo, _______. Crees que soy un braguetero.
Me quedé mirándolo en silencio durante unos segundos, y finalmente empecé a decir:
—Joe...
Él envolvió la comida, se levantó y la tiró en la papelera que había junto a mí. Se movía como una marioneta bailando bajo las órdenes de un titiritero vaciante, con sacudidas y tirones bruscos. Al darme cuenta de que estaba enfadado, enfadado de verdad, también me levanté del banco.
—Joe, espera.
Él se volvió hacia mí. Llevaba un traje negro, una camisa azul y una corbata negra con puntitos azules. Al ponerse las manos en las caderas arrugó la tela del traje que probablemente costaba tanto como las mensualidades de mi coche.
Sus ojos avellna, sus pómulos elevados y su nariz recta estaban moteados de sombras, y en su expresión no había ni rastro de una sonrisa. Su expresión ceñuda había creado unas pequeñas arrugas en la comisura exterior de sus ojos, y me pareció injusto que sólo contribuyeran a incrementar su atractivo.
—Sé que es lo que piensas, así que no te cortes y dilo.
—Pero es que es la pura verdad, Joe —le dije con suavidad.
—    ¡No siempre lo será!
Las plantas parecieron apartarse, como si su protesta furiosa las hubiera sobresaltado al romper la calma habitual que las rodeaba. No debería haberme mostrado burlona, pero su furia había conseguido enfadarme.
—Anda ya...
No me moví cuando se me acercó de repente. Sólo era unos centímetros más alto que yo, pero su furia hacía que pareciera más corpulento. Me negué a dejarme amilanar y me mantuve firme incluso cuando se me acercó tanto que podría haberme besado de haber querido; al fin y al cabo, aquél era mi papel, el de observadora desinteresada, igual que el suyo era el de sinvergüenza incorregible. Fingí que no estaba intimidada, aunque lo cierto era que lo estaba porque lo tenía tan cerca que podía contarle las pestañas, olerlo y sentir la calidez de su aliento en el rostro. Bajo la superficie siempre estaba intimidada... y excitada.
—Es verdad —masculló él.
—Eso ya lo he oído antes, pero cada mes vuelves y me cuentas una historia sobre otra mujer... o incluso varias. Así que vas a tener que perdonarme, pero la idea de que puedas convertirte de repente en Don Fidelidad me da un poco de risa.
Él retrocedió con un movimiento brusco, me señaló con el dedo y me dijo:
—Tú eres la que escucha mis historias —soltó un sonido de enfado, y con un gesto de las manos pareció indicar que tiraba algo... quizás a mí—. No tengo que demostrarte nada.
—Eso es verdad. ¿Por qué lo intentas con tanto ahínco? —le pregunté con calma.
Era la primera vez que nos peleábamos. Las discusiones eran para la gente que compartía una relación más o menos estrecha, y yo me negaba a admitir que lo que nos unía era tan relevante. Se me aceleró el corazón, sentí el calor de un rubor en las mejillas, se me hizo un nudo en el estómago, y me di cuenta de que había apretado los puños al sentir que se me clavaban las uñas en las palmas de las manos. Decidida a recuperar mi fachada imperturbable, hice un esfuerzo consciente por relajarme, pero cuando abrí los puños Joe bajó la mirada hacia mis manos antes de volver a mirarme a la cara.
—    ¿Y qué pasa contigo?, ¿qué intentas demostrar?
—    ¿Quién, yo? No sé a qué te refieres —le dije, sorprendida.
—    ¿Por qué escuchas mis historias?
Empecé a recoger los restos de mi comida y los tiré a la basura mientras le daba la espalda, más que consciente de que él no me quitaba la vista de encima.
—No te gusta que se cambien las tornas y se hable de ti. ¿Verdad?
Al oír su tono burlón, me volví de nuevo hacia él.
—Llevo más de un año escuchando tus historias, Joe. Supongo que se ha convertido en un mal hábito.
Su cuerpo no mostró reacción alguna, pero sus ojos revelaron el impacto que habían tenido mis palabras.
—Pues es mejor romper los malos hábitos, ¿verdad? —dijo con calma.
Sentí pánico al ver que daba media vuelta y que empezaba a alejarse. Estaba desbaratando los papeles que habíamos estado interpretando durante casi dos años, y no entendía lo que estaba dándome a entender. ¿Quería decir que no iba a volver, o que no iba a haber otra historia que contar?
— ¡Joe!
Él no se volvió, y mi orgullo me impidió volver a llamarlo. Esperé a que desapareciera de la vista, y cuando estuve sola volví a sentarme en el banco y apoyé los puños en el regazo.
Las flores empezaron a reprocharme mi comportamiento, pero como no tenían voz, no tuve que escucharlas.
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 3rd 2013, 15:25

wow
ese joe es gruñon
jejeje
siguela
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 3rd 2013, 16:51

ME ENCANTA SUBE MAS PLIIIIIIIS


_____________________
Mdaa cheers 
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 3rd 2013, 17:27




 Capítulo 2


 
Conocí a Nick en mi primer año de universidad, en una fiesta. No se celebraba en una de las residencias de estudiantes, sino en la «residencia de Lite», una monstruosidad victoriana de tres pisos que llevaba albergando a la mitad del departamento de Lengua Inglesa desde que alcanzaba la memoria. En cierto modo, también era una residencia estudiantil, aunque como los grafitis de las paredes eran frases de Wilde, Shakespeare y Burns, además de ensuciar también resultaban ocurrentes. Me había invitado mi compañera de cuarto, Donna, que estaba cursando la especialización en Literatura Inglesa.

A pesar de que no me gustaba demasiado la cerveza, iba de un lado para otro con un vaso en la mano. Donna me había abandonado para ir a hablar con un chico bastante mono de una de sus clases, y finalmente empecé a sortear la multitud en busca de un cuarto de baño, mientras escuchaba conversaciones achispadas sobre el pentámetro yámbico y las imágenes poéticas.

Me dijeron que había un lavabo «justo allí», pero acabé en la cocina y fue entonces cuando me encontré con Nick. Estaba sentado con actitud negligente en la encimera, sus largas piernas estaban cubiertas por unos pantalones de pana azules, y llevaba los zapatos más descuidados que había visto en mi vida y una camiseta con el nombre de una banda de música punk. También llevaba un pendiente, el pelo largo, y tenía un cigarrillo en una mano y una botella de cerveza en la otra.

—    ¿Buscas el lavabo? —al verme asentir, me indicó una pequeña puerta junto a la de la bodega—. No se cierra con llave, pero ya vigilo por ti.

Me cautivó con su sonrisa. Tenía los dientes blancos y perfectos, aunque los dos superiores estaban un poco torcidos. Al salir, me lo encontré soltando un discurso sobre la obra de Anaïs Nin en comparación con la erótica moderna, y no salí de la cocina en toda la noche.

Fue la primera vez que me emborraché, y cuando al volver a casa Donna me preguntó quién era, yo le respondí tambaleante:

—No lo sé, pero voy a casarme con él.

Dos semanas después, al salir de mi cuarto para ir a clase, lo vi dejando un mensaje en la puerta de Rachael Levine, la delegada de mi residencia, que tenía la costumbre de sermonearnos sobre los peligros del alcohol y del sexo indiscriminado; sin embargo, no se le daba demasiado bien seguir sus propios consejos, porque a pesar de sus veintidós años seguía yendo a las fiestas de estudiantes y dejaba su amplio surtido de condones en medio de su habitación, a la vista de todos. A Rachael también le encantaba fanfarronear sobre su «fantástico novio»... que se llamaba Nick Miller.

Nick se volvió, me lanzó de nuevo aquella sonrisa arrolladora y me dijo:

—Hola. Nos conocemos, ¿verdad?

Mi vida cambió entre un latido del corazón y el siguiente.

—Sí, eres _______.

Sabía cómo me llamaba.

No supe qué decirle. Era un chico alto y guapo, un orador brillante a la hora de hablar de las diferencias entre el erotismo y la pornografía, bebía cerveza, fumaba Marlboro, y era el novio de Rachael.

Pero no tuve que decir gran cosa, porque mientras me acompañaba a clase no dejó de hablar sobre su trabajo en el departamento de Lengua Inglesa, sobre la universidad, y sobre una película que había visto la noche anterior. Con él era fácil permanecer en silencio, y bebí sus palabras con más entusiasmo que la cerveza de la fiesta.

Cuando nos despedimos para que él se fuera a trabajar y yo a clase de Psicología, comentó:

—Hay una fiesta en la residencia de Lite este fin de semana, ¿vas a venir?

Si. claro que sí.

Seis semanas después del comienzo del primer semestre, comíamos juntos tres o cuatro veces a la semana y él me acompañaba a menudo a clase. Charlábamos sobre un sinfín de temas... sobre política, cine, arte, libros, sexo, drogas y rock and roll. Me recitaba poesía a menudo, y fue quien me mostró el poder que tienen las palabras.

Nunca me comentaba nada sobre Rachael, aunque ella no paraba de hablar de él. A pesar de que no ocultamos el hecho de que pasábamos bastante tiempo juntos, ella no pareció considerarme una amenaza; de hecho, se apresuró a tomarme bajo su protección, me dio consejos sin que se los pidiera, y me guardó rollos de papel higiénico durante la semana en que los nuevos miembros de las fraternidades tenían que robarlos de los cuartos de baño de las residencias. Me trataba como a una hermanita pequeña divertida y hasta un poco retrasada, y probablemente no me consideraba una amenaza porque yo aún conservaba la apariencia de empollona que llevaba acarreando desde el instituto. Si hubiera tenido la imagen típica de chica guapa y coqueta, seguramente se habría preocupado más.

Nick no tardó en convertirse en el espejo en el que veía reflejada a la mujer que yo quería llegar a ser. No era tan burdo como para decirme sin más lo que tenía que hacer o pensar, pero de alguna forma conseguía que fuera muy fácil compartir sus gustos y me ayudó a descubrir recovecos en mi interior que yo misma desconocía. No tenía ni idea de a qué quería dedicarme, y él ya se había licenciado y estaba preparando el doctorado en Literatura Inglesa; él era agnóstico, y yo aún iba a misa todos los domingos; a él le gustaban los **noallow** Pistols, y yo escuchaba los Top 40. Los cinco años de diferencia que nos separaban parecían una eternidad en aquel entonces. Nick era más maduro que los chicos de mi residencia, tenía su propio apartamento, un coche y un trabajo, pensaba y luchaba con una pasión encendida, y yo envidiaba y anhelaba su vitalidad vibrante. Nick fumaba, bebía, conducía su moto a toda velocidad por carreteras oscuras, y tenía pasatiempos como el puenting.

Era brillante y salvaje, mi Lord Byron particular, que en palabras de lady Caroline Lamb era «alocado, malo, y una amistad peligrosa».

Como hasta el momento había representado el papel de cerebrito, mi experiencia sexual se limitaba a un novio del instituto al que le gustaba recibir sexo oral, pero no darlo. Conservaba la virginidad más por las circunstancias que por convencimiento, y aunque la mayoría de mis amigas ya habían dado el gran salto, las historias que me contaban no me animaban a planteármelo. Había salido con varios chicos, pero nunca había experimentado el enamoramiento alocado de adolescente por el que habían pasado muchas de mis amigas. Habría sido mejor que lo hubiera vivido a modo de entrenamiento, pero nunca había sentido unos sentimientos profundos capaces de catapultarme al cielo y de hundirme en la miseria en cuestión de minutos... hasta que conocí a Nick.

No le revelé a nadie mi montaña rusa emocional, ni siquiera a Donna, que se había convertido en mi mejor amiga, ni a mi hermana pequeña Katie, que ya tenía bastante con sus dramas del instituto. Guardé el secreto de mi amor en mi interior y le di vueltas y más vueltas, intentando destrozarlo o comprenderlo como si fuera un cubo de Rubik o una de esas imágenes con figuras escondidas que nadie alcanza a ver. Nunca me había sentido tan confundida, tan desalentada, tan desesperada ni tan entusiasmada y emocionada.

Estaba enamorada de Nick Miller, pero no tenía ni idea de lo que él sentía por mí.

Tendría que haberme sentido avergonzada por pedirle a Rachael unos cuantos de los condones que exhibía con tanto orgullo, sobre todo teniendo en cuenta que iba a utilizarlos para intentar seducir a su novio, pero cuando una está locamente enamorada es capaz de considerar excusables cosas que ni se le ocurrirían en otras circunstancias.

Mi primer semestre en la universidad había pasado en un suspiro, y no podía esperar más porque se avecinaba un mes entero que Nick pasaría con Rachael y lejos de mí. El día en que se suponía que iba a regresar a casa, me pertreché con mis braguitas nuevas y con el manojo de condones, y fui a su apartamento con la excusa de llevarle el regalo que le había comprado.

Cuando me abrió la puerta sin camisa y con el pelo húmedo, se me formó un nudo en la garganta y todos los nervios de mi cuerpo parecieron cobrar vida mientras el corazón me martilleaba en la muñeca, en el cuello y en la entrepierna.

—    ¿Me has comprado algo? —me preguntó, obviamente complacido, al tomar el paquete que yo misma había envuelto en un papel sin ningún tipo de distintivo—. Qué detallazo, _______. ¿Qué es?

—Ábrelo.

De pie en su sala de estar, con las rodillas temblorosas y las palmas de las manos cubiertas de sudor, sentí que estaba al borde de un precipicio. A pesar de que no me consideraba una persona temeraria, estaba dispuesta a lanzarme sin paracaídas, a saltar y a volar.

Nick desenvolvió el libro, y su sonrisa fue todo el agradecimiento que yo necesitaba.

—    ¡Una recopilación poética de E. E. Cummings!

—No lo tienes, ¿verdad?

Él hizo un gesto de negación, mientras hojeaba el regalo con la reverencia que muestra cualquier amante de los libros ante un nuevo volumen.

Se me olvidó respirar mientras sus dedos iban pasando página tras página, mientras iban acercándose a una que había marcado con una cinta roja de seda. Cada segundo era como una gota de miel cayendo de una cuchara, como un universo ligado a los demás por medio de las finas hebras del tiempo.

Nick se detuvo al llegar a la cinta, y leyó la página antes de levantar la mirada hacia mí. Entonces me acordé de respirar, y tragué oxígeno como si fuera vino mientras el pulso me retumbaba en los oídos como las olas de un mar embravecido.

—Una estrella sin límites —se limitó a decir él.

En aquel momento, supe que no me había equivocado. Cuando Nick dejó a un lado el libro, nos quedamos mirando sin necesidad de palabras. Tomé la mano que me ofreció, y nuestros dedos se entrelazaron.

Me sentó a horcajadas sobre su regazo, y sentí la calidez y la suavidad de sus hombros desnudos. Mi entrepierna quedó apretada contra su estómago y sus manos encajaron con naturalidad en mis caderas, como si estuvieran en el lugar que les correspondía.

Nos besamos durante largo rato, mientras me acariciaba de arriba a abajo. Tenía su erección apretada contra el trasero, hasta que nos movimos para que quedara entre nosotros. Exploré todas las líneas y las cunas de su cuerpo que tenía al alcance sin levantarme de su regazo ni dejar de besarlo, tracé la forma de sus costillas y los bultos de sus bíceps, rodeé sus pezones y conté sus vértebras con las puntas de los dedos.

Cuando por fin fuimos al dormitorio, estaba más húmeda de lo que lo había estado en toda mi vida. Tenía los pezones tensos y doloridos, las sensaciones chisporroteaban a lo largo de mis nervios como bengalas, y estaba inmersa en un mundo lento y cálido. Era como ver la realidad a través de una lente embadurnada de vaselina, suave y desenfocada.

Nick apartó la colcha de la cama sin dejar de besarme y me tumbó en las sábanas, que conservaban su aroma. Cuando nos estiramos, abrí las piernas para acomodarlo contra mi cuerpo y sus labios empezaron a descender por mi mandíbula y por mi cuello. Empezó a desabrocharme la blusa y fue revelando mis pechos, que estaban cubiertos por el nuevo sujetador de encaje negro que me había comprado.

Me desenvolvió como si fuera un regalo, con movimientos lentos y pequeños murmullos de placer, y sus manos me acariciaron mientras desabrochaba y apartaba la ropa. Cuando quedé completamente desnuda, se inclinó para besarme de nuevo en la boca y alineó su cuerpo con el mío. Éramos como un rompecabezas de dos piezas que encajaban a la perfección…

Tardé tres días en recuperarme, en dejar de sentir el efecto que había causado tenerlo en mi interior, y para entonces Nick me había llamado tres veces al día y lo había arreglado todo para ir a verme a casa de mis padres. No le pregunté lo que le había dicho a Rachael, porque me daba igual.

Después de aquello, fuimos inseparables. Nos casamos en un mes de junio, después de que yo consiguiera mi master en Psicología, pero un año después, mientras yo trabajaba en mi trabajo de doctorado, el cierre del esquí izquierdo de Nick se rompió por culpa de un defecto de fábrica y se estrelló contra un árbol. Sufrió una lesión en la médula espinal, al nivel de la vértebra C5, que lo dejó en coma durante tres semanas y le arrebató la sensibilidad y la capacidad de movimiento de hombros para abajo. Sólo tenía treinta y seis años.

Lo que me convirtió en mujer no fue perder la virginidad, sino estar a punto de perder a mi marido. Nick podría haber muerto, y a veces lloro de agradecimiento porque no fue así.

Aunque otros días desearía que hubiera ocurrido lo contrario.

Aquella noche, noté un aroma delicioso al llegar a casa. A la señora Lapp le gustaba preparar sopa en invierno.

—    ¿Señora D?

Siempre preguntaba lo mismo, aunque yo era la única a la que esperaba a la hora de la cena.

—Sí, soy yo.

Dolly Lapp salió de la cocina, mientras se secaba las manos en el delantal. Tenía el moño en el que solía recoger su pelo canoso un poco despeinado, y su rostro estaba acalorado. Aunque cocinar y limpiar se le daba de maravilla, era mucho más que un ama de llaves: era una madre, una enfermera, una amiga, y no podría habérmelas arreglado sin ella.

Colgué el abrigo en la percha del recibidor, y dejé el maletín en el lugar de siempre junto a la puerta. Todo tenía que estar en su sitio y no había margen para el desorden, porque era importante que nada obstruyera el paso ni pudiera enredarse entre unas ruedas.

—He preparado sopa, venga a sentarse. Empezaba a preocuparme al ver que se hacía más tarde que de costumbre.

—Había mucho tráfico —solté la mentira sin inmutarme. No había tenido ningún problema con el tráfico, pero la discusión con Joe me había alterado y había estado dando vueltas con el coche, incapaz de enfrentarme a la idea de volver a casa—. La verdad es que es bastante tarde, será mejor que vaya a ver a Nick.

—Hace una hora que lo ayudé a acostarse, la sopa está en el termo eléctrico. Bueno, me voy ya, Samuel lleva aquí desde las cinco y media. Le dije que leyera el periódico en la cocina y que se tomara un café, pero ya sabe que empieza a refunfuñar si tiene que esperar demasiado.

Me sentí culpable por haber sido tan egoísta.

—Siento haber tardado tanto.

—No se preocupe, pero recuerde dejar el termo al mínimo para que la sopa no hierva, y apagarlo mañana por la mañana. Ah, y la ha llamado su hermana, le he dejado su mensaje apuntado junto al teléfono.

—Gracias, señora Lapp —le dije con una sonrisa, agradecida por lo bien que nos cuidaba.
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 3rd 2013, 18:38

wow pobre nick
siguela
quiero saber q hara con joe
esa discusión la afecto
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 6th 2013, 18:23

Lady_Sara_JB escribió:
wow pobre nick
siguela
quiero saber q hara con joe
esa discusión la afecto

 en un ratito subo Smileññ 
gracias por comentar!
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 7th 2013, 16:58

Siguela, me encantaaaaaa
PLISSSS
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 7th 2013, 21:05

continuación..


 Cuando se despidió y volvió a la cocina a por su impaciente marido, sentí que me empezaban a crujir las tripas de hambre, pero dejé la cena para después y subí la escalera con la mano en la barandilla labrada que la señora Lapp mantenía impoluta.
Me detuve y agucé el oído al llegar al rellano. A mi derecha tenía el tramo menor de pasillo con el cuarto de baño, el dormitorio para invitados, el ascensor y las escaleras que conducían a la planta superior, y a mi izquierda el tramo largo con dos dormitorios más, el acceso a la escalera trasera, el dormitorio principal y otro cuarto de baño. Oí la televisión encendida del piso de arriba, el ruido de pisadas, y segundos después Dennis se asomó por la baranda. Como medía un metro noventa y pesaba unos ciento diez kilos, tenía pinta de jugador de rugby, pero era tan sensible como fuerte y, a pesar de que sólo llevaba dos años con nosotros, me resultaba tan imprescindible como la señora Lapp

—Hola, _______. Hoy has vuelto tarde.

—Había tráfico.

—Me voy dentro de unos veinte minutos, pero antes le echaré un vistazo —volvió a entrar en su cuarto, y al cabo de un instante empezó a hablar con alguien por teléfono.

Mi privacidad era el precio que tenía que pagar por tener la ayuda de la señora Lapp y de Dennis. Recordaba con nostalgia la época en que podía andar en ropa interior por mi casa y comer helado directamente del envase, pero esa vida se me había acabado. Mi suegra prefería usar un eufemismo y los llamaba «ayuda», pero yo era más realista y sabía que eran una necesidad. Los tres trabajábamos al unísono como un engranaje perfectamente sincronizado para conseguir que la casa funcionara, y me habría sentido perdida sin ellos.

Al llegar a la puerta de la habitación de Nick, me detuve para adoptar la expresión correcta, una sonrisa cálida con el toque adecuado de cansancio que indicara la batalla que había librado con el tráfico. Una expresión cariñosa.

Nick ya estaba acostado, pero se volvió a mirarme cuando entré y dijo:

—Cerrar programa.

El archivo que había estado leyendo en el portátil se cerró en cuanto dio la orden. Podía manejar casi todo lo que tenía en la habitación mediante el sistema de reconocimiento de voz que había instalado.

—Llegas tarde —añadió.

—Qué querida me siento, eres la tercera persona que me lo ha dicho desde que he entrado en casa —le dije con voz despreocupada, mientras me metía fácilmente en mi papel de esposa.

Aparté un poco el soporte del ordenador, y me incliné para rozarle los labios en el cotidiano beso de la noche. Al sentir la frialdad de sus labios, cerré los ojos deseando que recuperaran algo de calidez.

—¿Has tenido un día duro?, pareces muy cansada.

Antes de que pudiera contestarle, mi estómago empezó a protestar de nuevo y lo cubrí con una mano para intentar calmarlo.

—Voy a cenar, la señora Lapp ha preparado sopa. He querido venir a decirte «hola» antes de nada.

Nick sonrió, y en aquel momento se pareció tanto al hombre del que me había enamorado, que se me encogió el estómago.

—Hola.

—Hola —le aparté el pelo de la cara. A pesar de la frialdad de su boca, tenía la frente y las mejillas cálidas—. Pareces acalorado.

—Me has pillado leyendo —dijo, mientras movía las cejas en un gesto travieso. A pesar de que no podía moverse por debajo de los hombros, su expresión siempre resultaba elocuente.

—    ¿Estabas leyendo pornografía otra vez?

—De eso nada, es literatura —me dijo, con un fingido tono de suficiencia.

—    ¿Para clase, o por diversión? —volví a acariciarle la frente bajo el pretexto de acariciarlo, aunque realmente quería comprobar si tenía fiebre.

—Para clase.

Nick había ganado premios nacionales con su poesía en el pasado, pero ya sólo trabajaba a través de Internet para la Universidad de Pensilvania y no escribía poemas, al menos que yo supiera.

—¿El tema va de poetas encarcelados? —le enderecé una mano que se le había deslizado hacia un lado, le coloqué bien las piernas y lo tapé con movimientos firmes y expertos hasta que quedó hecho una momia.

—El marqués de Sade contra Oscar Wilde —me dijo, mientras seguía todos mis movimientos con la mirada.

—Suena depravado.

Me incliné para colocarle bien las sábanas en el lado opuesto, y Nick inhaló profundamente. Cuando me rozó el cuello con los labios, me inundaron los recuerdos y un calor ardiente.

—Hueles tan bien... —me dijo él, con voz más ronca de lo habitual.

Me quedé inmóvil, y él ladeó la cabeza para rozarme de nuevo con los labios y volvió a inhalar. Cuando me acarició con la nariz, se me tensaban los pezones y me flaquearon las rodillas en una excitación instantánea.

Nick me acarició con la lengua, y dijo:

—Me encanta tu sabor.

Volví la cabeza hacia él y lo besé. Nuestras bocas se abrieron, y al sentir la caricia de su lengua, me golpeó una sacudida de placer. Apoyé una mano en su hombro y sentí la suavidad de su pijama de franela y la firmeza de sus huesos, que no se me hincaban en la mano gracias a la amortiguación de la tela.

Quería que el beso no acabara nunca, anhelaba fundirme con mi marido, pero al final nos apartamos con la respiración entrecortada. Volví a inclinarme hacia él, pero cuando mis labios encontraron su boca cerrada e impenetrable, me enderecé de nuevo.

—    ¿Qué te parece si vemos una película?, te iría bien descansar un poco —le dije, mientras le acariciaba la mejilla.

—No puedo —me contestó él, con una sonrisa pesarosa—. Ya voy retrasado después de estar malo.

Incluso un simple resfriado le afectaba más de lo normal. Era comprensible que tuviera que trabajar, pero el corazón seguía martilleándome en el pecho y los muslos me temblaban de deseo. Las historias de Joe conseguían provocarme aquella reacción, pero los besos de Nick también tenían ese efecto en mí, igual que siempre. Me incliné hacia él, y le acaricié el pecho mientras le susurraba al oído:

—Podría hacerte pasar un buen rato.

—_______, tengo que acabar esto —me contestó él tras unos segundos.

Nos miramos a los ojos en silencio durante un momento que pareció eterno. Mi marido me conocía a la perfección, sabía lo que estaba pensando y lo que sentía. El accidente que le había arrebatado el uso del cuerpo no le había afectado el cerebro, y siempre me había conocido mejor que nadie. Por eso no entendía por qué a menudo parecía como si se le hubiera olvidado todo lo que sabía de mí.

Me aparté de él, y volví a colocarme la máscara. No era la primera vez que mostraba indiferencia desde un punto de vista sexual, y no sería la última. Podría haberle preguntado por qué prefería leer sobre sexo que experimentarlo en primera persona, y aunque en el pasado lo habría hecho sin problemas, aquellos días parecían muy lejanos y aquel tipo de preguntas a menudo quedaban pendientes entre los dos, sin formular. Ambos teníamos cicatrices, y no todas eran visibles. El daño ya era bastante grande, y no había necesidad de profundizarlo aún más.

—Será mejor que vayas a cenar, te suenan las tripas.

—Sí. ¿Necesitas algo?

—No, estoy bien. Me dormiré cuando acabe esto.

La habitación entera estaba adaptada para él y podía dormirse sin que Dennis o yo lo ayudáramos, aunque había que volverlo a intervalos regulares para evitar que se entumeciera a causa de la presión. Como era viernes y Dennis tenía el fin de semana libre, me tocaba a mí despertarme cada dos horas para ocuparme de la tarea.

Volví a besarlo de nuevo, aunque sin la pasión anterior, y le dije:

—Llámame si me necesitas.

Nick ya había vuelto a centrarse en su trabajo, y me había apartado de su mente.

—Buenas noches, cielo —me dijo con voz distraída.

—Buenas noches.

Tras salir de la habitación y dejar la puerta entornada a mi espalda, me apoyé contra la pared con un brazo sobre el estómago y el otro codo apoyado sobre él, para sujetar la mano con la que me cubrí la cara. Intenté controlar el temblor que me sacudía, pero no lo conseguí del todo.

—Me voy ya, ________.

Al oír el tono de preocupación de Dennis, me incorporé y borré toda expresión de mi rostro.

—Gracias, Dennis. Pásatelo bien.

Él se quedó mirándome en silencio durante unos segundos. Pareció a punto de decir algo, pero sonrió y comentó:

—Gracias. Es noche de micrófono abierto en el Blue Swan.

Solté una carcajada que apenas sonó forzada.

—¿Qué vas a leer? —le pregunté.

—Nada. Scott y Mark van a cantar, y voy a ofrecerles apoyo moral.

La envidia me atacó por la espalda, me mordió en la nuca, y la punzada de su aguijón fue como una descarga eléctrica en la columna vertebral. Quería salir con mis amigas, tomar algo, quería...

—Pásatelo bien.

—Lo haré. Nos vemos el lunes.

Bajó los escalones de dos en dos sin hacer ruido a pesar de su tamaño, y esperé a oír que la puerta se cerraba antes de seguir sus pasos.
Después de pasar un buen rato sentada en la cocina con un plato de sopa y una taza de té, lavé el plato y la taza a mano en vez de ponerlos en el lavaplatos, le di de comer al pez, ajusté el temporizador de la cafetera, y comprobé que tanto las tres puertas de la planta baja como la del sótano estaban cerradas.
Cuando al fin volví a subir la escalera, era tan tarde que me pregunté si merecía la pena que me molestara en acostarme; al fin y al cabo, iba a tener que levantarme en un par de horas. Me arrepentiría si no descansaba al menos un poco, pero a pesar de que tenía el cuerpo entero dolorido, estaba demasiado inquieta para dormir.
Asomé la cabeza por la puerta de la habitación de Nick. Las luces estaban apagadas, y su respiración era rítmica y pausada. El leve resplandor verde de la luz nocturna le bañaba el rostro, y le daba una apariencia casi alienígena. En cualquier caso, no necesitaba luz alguna para realizar aquella tarea, y aunque Adam se despertó ligeramente mientras lo volvía hacia el otro lado, ninguno de los dos pronunció ni una palabra. Siempre evitábamos hablar en aquellas circunstancias si era posible, como si en cierto modo el silencio pudiera convertirlo todo en un sueño. Cuando acabé y me aseguré de que estaba bien, salí de la habitación sin hacer apenas ruido.
Aunque yo dormía en su habitación los fines de semana, cuando Dennis se iba, habíamos dejado de compartirla. Había sido el dormitorio de ambos en el pasado, pero el equipamiento que Nick necesitaba requería todo el espacio disponible. Me había encargado de convertir aquella habitación en nuestro refugio personal cuando nos casamos, mientras el resto de la casa aún era una mezcla ecléctica de la decoración de los setenta y del espíritu de renovación de los ochenta. En aquellos tiempos, adoraba aquel dormitorio y los muebles de estilo art decó que habíamos rescatado de subastas y tiendas de segunda mano. Me encantaba el cuarto de baño, con su bañera antigua y su váter Victoriano, pero había tenido que remodelarlo por completo para instalar una ducha y un retrete adaptado a discapacitados, y se había convertido en un espacio puramente funcional.
 
Yo utilizaba el dormitorio que había al otro lado de la escalera trasera. Era mucho más pequeño que el principal, pero había tirado una de las paredes y había construido una arcada que comunicaba con la habitación contigua, así que tenía una mezcla de despacho y sala de estar que me proporcionaba todo el espacio que necesitaba; además, aquella segunda habitación tenía acceso al cuarto de baño al que también se podía entrar por el pasillo, y como Dennis tenía el suyo en la planta superior, sólo tenía que compartirlo cuando tenía visitas.

Después de asegurarme de que el interfono estaba encendido por si Nick me necesitaba, empecé a desnudarme. El espejo intentó captar mi atención, pero no le hice ni caso porque ya ni siquiera conocía a la mujer que se reflejaba en él.
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 7th 2013, 21:07

 Me preparé un baño, añadí un poco de esencia de lavanda y atenué un poco la intensidad de la luz. Me hundí en el agua y dejé que me rodeara, que se amoldara a mi cuerpo. Me sumergí hasta la barbilla mientras mi pelo se extendía a mi alrededor como algas marinas, y me refugié en la oscuridad y en el silencio, en el único lugar donde no tenía que ser fuerte, optimista y feliz, donde no tenía que esforzarme en ser lo que los demás creían que debía ser, donde no tenía que fingir que no sabía la verdad: Mi marido ya no me quería, y no sabía cómo lograr que volviera a enamorarse de mí.



Hacía dos años que había conocido a Joe, cuando coincidimos a la hora de la comida en uno de los bancos del atrio de un complejo empresarial. En el frío de enero, aquel banco apartado había sido un verdadero tesoro y lo habíamos compartido con entusiasmo, como si fuéramos dos niños que se habían topado con una tienda de golosinas que daba muestras gratis.

Habíamos empezado a hablar de naderías y nos habíamos observado con disimulo, como suelen hacer los hombres y las mujeres cuando no tienen intenciones de flirtear, pero quieren comprobar si el esfuerzo valdría la pena. Su sonrisa fue lo primero que me llamó la atención, y después me di cuenta de que el traje que llevaba parecía de los caros. Consiguió que me riera en un momento de mi vida en el que pensaba que se me había olvidado cómo hacerlo.

Deslicé las manos por mi cuerpo bajo el agua al recordar la sonrisa de Joe. Mi piel estaba suave y resbaladiza gracias al aceite de baño, y mis palmas fueron descendiendo por mi vientre y mis muslos. Me hundí un poco más hasta que mis oídos quedaron sumergidos, y escuché el sonido del latido de mi corazón en el agua.

Tenía un montón de cosas que hacer, así que había tardado un mes entero en volver al banco del atrio. Los treinta días me parecieron un número mágico, y cuando comprobé mi agenda me acordé del desconocido y mis pies se dirigieron hacia el banco como por voluntad propia, como si no tuviera más opción que ir a comprobar si él estaba allí. Hice caso omiso del vuelco que me dio el corazón al verlo acercarse. El sol encendía su pelo hasta convertirlo en oro, y su sonrisa era aún más brillante. Aquélla fue la primera vez que refunfuñó al encontrar tomates en el bocadillo, y nos pasamos una hora y media charlando. No le pregunté si tenía que volver al trabajo, aunque yo misma iba a llegar tarde a mi cita, y un acuerdo tácito y mudo pareció crearse entre los dos.

En marzo, me aseguré de pintarme los labios. En abril salimos al parque y nos sentamos junto a un sauce llorón que ahogaba el sonido de nuestra risa, y que con su cobijo lo convertía todo en un secreto. En mayo compartimos un termo con limonada, en junio Joe me compró una madalena y yo le presté un libro del que habíamos hablado el mes anterior.

En julio, nuestra conversación dejó de centrarse en naderías.

La primera vez que me contó una historia, permanecí fascinada sin apenas tocar mi bocadillo. Joe era un narrador fantástico que no escatimaba ni el más mínimo detalle, y logró cautivarme y atraparme con sus palabras.

Según él, adoraba a las mujeres, le encantaban sus curvas, sus aromas, sus estados de ánimo. Le gustaban el pelo largo, los traseros grandes, los muslos firmes, los vientres cóncavos, los pechos pequeños, los ojos azules, verdes y marrones. Adoraba a las mujeres, le encantaba el sexo, y el primer viernes de cada mes, cuando nos encontrábamos a la hora de comer, tenía una nueva historia que contarme. Era como Sherezade, pero en aquel caso no sólo estaba salvando su propia vida, sino también la mía.

Me cubrí los pechos con las manos. El abrazo del agua hacía que parecieran más ligeros. Empecé a acariciarlos con las palmas de las manos, y solté un suspiro de placer al pellizcarlos con el pulgar y el índice. Cuando tiré ligeramente de ellos, sentí que se me contraían el clitoris, el sexo y el trasero. Empecé a moverlos hacia delante y hacia atrás, y a estrujarlos como si fueran dos erecciones en miniatura.

Abrí los muslos mientras alzaba ligeramente las caderas, y el agua se movió contra mi clitoris. Me moví con más fuerza, pero la presión era demasiado tenue y sólo servía para atormentarme. Deslicé la mano entre las piernas, sin dejar de tirar del pezón izquierdo. Mi clitoris estaba tenso y preparado, y cuando empecé a acariciarlo me mordí el labio y alcé las caderas bruscamente. Lo pellizqué igual que el pezón, y fui alternando y moviéndome acompasadamente. El agua me sostenía y me alzaba, y mis omóplatos dieron contra la bañera mientras presionaba la pelvis contra los dedos.

Mi clitoris se hinchó aún más y mi sexo se abrió, listo para que lo llenara. Me metí tres dedos, pero no me bastó. Lo que quería era sentir un miembro grueso y duro penetrándome, soñaba con sentir que me llenaba, con meterme una erección hasta el fondo de la garganta mientras otra me colmaba la vagina y otra el trasero, mientras unas manos me acariciaban sin cesar(Nick, Joe y Kevin jahsjasas) . Soñaba con sentirme consumida por hombres que hacían que estallara de placer una y otra vez con la lengua, los dedos y el pene, hasta hacerme explotar y desaparecer.

No hacía falta tener un doctorado en psicología para analizar aquello.

A pesar de que soñaba con hombres anónimos que me consumían a base de sexo, mis fantasías se centraban en Joe, y eso era algo que tampoco necesitaba analizar.

Mi piel estaba sonrosada por el agua caliente y la excitación. Bajé la mirada por mis pechos y mi estómago hasta llegar a mis manos, que seguían moviéndose entre mis muslos. Quería sentir algo más que mis manos en la entrepierna, quería que Joe me devorara y que me chupara el clitoris de arriba abajo, quería que me poseyera con la boca hasta hacerme explotar.

Quería gritar hasta quedarme sin voz por el placer que sentía, quería gemir y jadear, pero me mordí el labio con fuerza para contenerme porque sabía que no estaba sola. Nunca lo estaba.

Podía llegar al orgasmo en cuestión de segundos. Llevaba casi todo el día al límite, primero esperando con anticipación el encuentro a la hora de la comida, después oyendo la historia de Joe, y finalmente con el beso inesperado de Nick. Llevaba el día entero húmeda de deseo, con el clitoris dolorido, así que sólo me hacía falta una caricia para alcanzar el clímax.

Esperé con la respiración jadeante y el corazón acelerado. El agua empezó a enfriarse. Quería explotar y al mismo tiempo quería permanecer así para siempre, con los nervios encendidos y los músculos tensos. Quería sentirme viva un poco más.

En vez de tocarme directamente, conseguí que el agua lo hiciera por mí creando un ligero oleaje con la mano. Al sentir el movimiento del líquido que me envolvía, empecé a fantasear con las manos de Joe, con sus dedos largos y delgados y con sus cuidadas uñas. Había memorizado cada arruga de los nudillos, cada vena, el lugar exacto en sus muñecas donde empezaba el vello de sus brazos.

Tuve que contener un gemido al pensar en el vello de Joe, y bajé las manos para empezar a acariciarme de nuevo. Quería hundir la cara en su pecho, frotar el vello de sus brazos contra los párpados, sentir su vello púbico al hacerlo con él.

No pude aguantarlo más, necesitaba un orgasmo. Pensé que iba a morir si no alcanzaba el clímax en aquel mismo momento... y pensé que me moría cuando estallé en llamas.

Todo se detuvo, y de repente comenzó otra vez. Mi corazón volvió a latir, la respiración que tenía contenida en los pulmones salió de golpe, y el agua salpicó por todas partes mientras mi cuerpo se sacudía. Mi clitoris, que se había llenado hasta reventar, se vació en pequeños y perfectos espasmos de éxtasis, mi ano se frunció, y mi sexo se contrajo sobre el vacío que lo llenaba.

Fui incapaz de contener un jadeo de placer. Cuando arqueé la espalda, una ola de agua me salpicó en el rostro y me apresuré a cerrar la boca para no atragantarme. Me entró un poco en los ojos, pero el placer era tan grande, que no me importó el súbito escozor.

Cuando todo terminó y recuperé la calma, me apoyé en el borde de la bañera para poder levantarme. Empecé a temblar de frío, y los pezones se me irguieron aún más. Sentí náuseas, y al salir de la bañera me mareé y tuve que permanecer quieta y con la cabeza agachada durante unos segundos, hasta que me recuperé lo suficiente para agarrar la toalla que había colgada detrás de la puerta; sin embargo, me moví con demasiada rapidez y la habitación empezó a dar vueltas a mi alrededor. Me puse a gatas, con el pelo mojado cayéndome por los hombros y la espalda, mientras temblaba y me castañeteaban los dientes, y entonces me eché a llorar.

Apreté la cara contra la toalla que tenía aferrada entre las manos para ahogar mis sollozos, igual que había tenido que morderme el labio para sofocar mis gemidos de placer. Me desmoroné en el suelo del cuarto de baño, me rendí ante un dolor aplastante y abrumador.

Amaba a mi marido, pero quería acostarme con otro hombre; el deseo era tan fuerte, que me desgarraba y me recomponía una y otra vez. Vivía para oír las historias que Joe me contaba, y me imaginaba en el lugar de las mujeres con las que se acostaba. Me había equivocado al criticarlo, porque yo era la infiel.
_______________________
ahí les dejé el final del capítulo dos:) ojalá se motiven y comenten ya que es mi adaptación favorita.
muchas gracias a las niñas que comentan;).
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 8th 2013, 10:14

wow q triste
pensar q antes todo fue un sueño
ahora realment
era malo todo
siguela
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 8th 2013, 16:40

wow siguela  esta buenísima Very Happy 
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 8th 2013, 21:55

Capítulo 3
 
Febrero



Este mes, mi nombre se pierde en el ritmo estridente de los altavoces del club. Llevo una falda corta y ajustada, y una camisa que se reduce a dos tiras de tela atadas a la espalda. Voy sin sujetador, y mis pechos empujan contra la tela sedosa como dos melones que apenas botan mientras bailo. Me siento muy orgullosa de ellos, mereció la pena gastarme el dinero de la universidad para ponérmelos.

Los hombres no dejan de acercarse a mí, y a pesar de que dejo que me inviten a una bebida tras otra, sólo bailo con mi amiga. Mientras contoneamos los traseros al ritmo de la música, la falda se me levanta y deja al descubierto mis muslos firmes. Soy caderas, pechos y pelo, movimiento sensual y fluido, sexo puro.

Un tipo me observa desde el otro extremo de la pista de baile. Bueno, hay muchos que lo hacen, pero éste es diferente. Está solo y permanece allí quieto, observando. Lleva un jersey negro de manga larga que enfatiza sus hombros y su pecho, y que parece fundirse con sus pantalones negros. Parece una sombra.

Me esfuerzo un poco más por él, incremento el balanceo de caderas, trasero y pechos, y doblo el dedo para indicarle que se acerque.

Él surge de la oscuridad y se acerca a través del gentío. Frunzo el ceño cuando lo pierdo de vista, y mi cuerpo pierde algo de ritmo hasta que un momento después lo veo delante de mí. Cuando sonríe, le devuelvo el gesto. Levanto las manos por encima de la cabeza mientras me contoneo, giro y me retuerzo. Está claro que le gusto, y además baila muy bien. Se amolda a mi cuerpo, posa una mano en mi cadera y con la otra hace que le rodee el cuello con el brazo. La parte posterior de mi cabeza descansa sobre su pecho, porque es bastante más alto que yo a pesar de que llevo tacones.

Nos movemos al unísono sin prestar atención a los que nos rodean, cuya idea de bailar parece limitarse a dar saltos sin parar. Nuestros movimientos son más fluidos, como los del agua. Cuando la mano que tiene apoyada en mi cadera desciende hasta el borde de mi falda y la piel desnuda del muslo, mis pezones se tensan. Es un tipo sutil, pero está claro lo que quiere... lo mismo que yo. No estoy aquí para encontrar a Don Perfecto, sino a Don Perfecto Para Un Rato.

La canción cambia, y algunos salen de la pista mientras otros se incorporan. Ladeo la cabeza y le sonrío. Dios, tiene una dentadura perfecta. No podemos hablar porque la música está demasiado alta, así que nos comunicamos con una mirada o con una caricia. Se le da bien, y hasta me mira a los ojos.

No vamos a bailar más, así que es mejor salir cuanto antes de la pista de baile; además, estoy caliente y tengo sed. Le indico la barra con un gesto y él asiente, así que lo tomo de la mano y lo llevo hacia allí, donde me paga una margarita y se pide una botella de agua.

Me pica la curiosidad al darme cuenta de que parece completamente sobrio, porque es un sábado por la noche y el bar entero está medio borracho, incluida yo. Levanto mi copa, y él brinda con la botella de agua. Sonreímos y tomamos un sorbo. Aquí el ruido no es tan alto, pero lo suficiente para imposibilitar una conversación coherente.

—¿Quieres que vayamos a algún sitio?

Tengo que gritarle la pregunta dos veces. Se inclina hacia mí, y me dice al oído:

—¿Adónde quieres ir?

Acabamos en mi casa. Como no ha bebido, dejo que me lleve en su coche; además, así me ahorro tener que tomar un taxi. Vivo en un tercer piso, y las escaleras me parecen demasiado empinadas por culpa de las margaritas que me he tomado. Suelto una carcajada, y cuando me inclino para quitarme los zapatos, sus ojos siguen con atención el movimiento de mis dedos. Creía que los tenía oscuros, pero cuando me mira a la cara me doy cuenta de que lo que pasa es que tiene las pupilas muy dilatadas.

Cuando llegamos al rellano, abro la puerta y en cuanto entramos me vuelvo hacia él y lo agarro por la chaqueta. Lo empujo hacia la puerta, la cierro y ciño mi cuerpo al suyo, que aún conserva el frío de la calle. Huele al aire invernal, a cuero y a humo. Lo obligo a bajar la cabeza para besarlo, pero la ladea en el último segundo y mis labios sólo encuentran su mejilla.

Siento que sus manos ascienden hasta encontrar mis pechos sin problemas, y me estremezco al sentir su caricia fría en los pezones. Le quito la chaqueta y la tiro al suelo, pero él se agacha a recogerla y la coloca en el respaldo de una silla.

—Vaya, eres un tipo quisquilloso —comento, como si me pareciera adorable.

Él no lo niega, incluso esboza una sonrisa. A lo mejor se siente orgulloso de su forma de ser. Después de quitarme la chaqueta, la cuelgo en la percha con ademanes exagerados mientras él me observa con expresión inescrutable.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto por encima del hombro, mientras voy hacia la cocina. Abro la nevera, y saco una botella de vodka.

—Joe.

Dejo la botella sobre la mesa, saco un vaso y el azucarero, agarro un limón de la cesta que hay sobre la encimera y lo parto en rodajas.

—Joe, ¿quieres un trago?

Al volverme hacia la puerta, me doy cuenta de que me ha seguido hasta la cocina.

—Sí, gracias.

Sirvo un poco en el vaso, me humedezco la mano con limón y la espolvoreo con azúcar.

—Salud —me tomo el vodka de un trago, chupo el azúcar y muerdo el limón.

Él hace lo mismo, y cuando emite un pequeño gruñido al morder el limón, me pregunto si hace el mismo sonido cuando le hacen una felación. De repente, tengo muchas ganas de averiguarlo.

Me acerco a él y le agarro el cinturón. No estoy tan borracha como hace una hora, pero aún sigo bastante achispada. Me aferró al cinturón para poder conservar el equilibrio. Menos mal que antes me quité los zapatos.

—Ven aquí, pórtate bien conmigo —le digo.

Cuando me agarra de las caderas, no me molesto en intentar besarlo y me limito a quitarle el cinturón con un par de tirones que lo sacuden de arriba abajo. Empiezo a acariciarlo a través de los pantalones, y descubro que ya está duro. Al mirarlo de nuevo, veo que tiene una pequeña sonrisa burlona en la cara, pero el brillo de sus ojos es inconfundible. Quiere sexo, como todos.

En cuanto le desabrocho el botón y la cremallera, le bajo los pantalones y los calzoncillos. Su pene no está nada mal. La agarro y le doy un par de sacudidas firmes, pero él me cubre la mano con la suya para detenerme.

—¿Soy demasiado brusca?

—No quiero que la rompas.

Se cree muy listo, y la verdad es que es lo bastante guapo para salirse con la suya; además, a estas alturas no tengo las ideas demasiado claras. Vuelvo a acariciarlo, con su mano aún sobre la mía, pero con un poco más de cuidado.

—¿Mejor así?

—Preferiría tu boca.

—¿Ah, sí?

Él baja la mirada hacia nuestras manos, y vuelve a alzarla para mirarme a la cara.

—Sí.

El hecho de que me haya mirado a la cara al decirlo es lo que me convence. Me pongo de rodillas, y apenas noto la frialdad y la dureza del suelo. A lo mejor mañana me doy cuenta, cuando esté sobria y vea que tengo las rodillas amoratadas, pero por ahora estoy centrada en metérmelo en la boca.

Mis inhibiciones son casi inexistentes, y tengo una garganta muy amoldable; de hecho, me siento muy orgullosa de mí misma cuando soy capaz de abarcarle el miembro entero. Cierro los labios alrededor de su base y succiono durante unos segundos antes de echar la cabeza hacia atrás para hacerle lo mismo en el extremo bulboso. Él empuja hacia delante para metérmelo de nuevo, pero se lo agarro para controlarlo porque aún sigo borracha y no quiero vomitarle encima; además, así puedo acariciarlo mientras se lo chupo, de modo que consigue el doble de placer. Al cabo de un minuto, sonrío al oír que vuelve a soltar el gruñido de antes, y aumento la fuerza de la succión mientras voy pillando un ritmo fluido y estable. Como en el club, aunque en este caso es un baile distinto.

Me apoya una mano en el pelo, y cuando tira ligeramente, hago una mueca y succiono con más ganas mientras él empieza a embestir con fuerza. Al cabo de unos segundos, aparto la boca y le miro el pene. Está húmedo con mi saliva. Lo agarro y bombeo con el puño, y cuando levanto la mirada para comprobar su expresión, me doy cuenta de que no está mirándome. Tiene los ojos cerrados.

Un segundo después, los abre y me ordena:

—Levántate.

Estoy un poco torpe por el alcohol y por haber estado arrodillada en el suelo, pero él me agarra de los codos para ayudarme. Me pone de pie, y suelto una carcajada que se convierte en una exclamación de sorpresa cuando hace que me gire con tanta rapidez que me mareo. Hace que coloque las palmas de las manos sobre la mesa y que me incline hacia delante, y me levanta la falda por encima de las caderas.

Siento un poco de frío en el trasero, porque el tanga lo deja al descubierto por completo. Él recorre la tira de la prenda por la base de mi espalda, y finalmente me la aparta de la raja del trasero y me la quita antes de que yo pueda articular palabra. Cuando me separa los pies con uno de los suyos, me inclino más sobre la mesa y mis manos resbalan sobre la superficie del mueble. Golpeo sin querer el vaso de vodka, pero no se rompe a pesar de que se cae al suelo.

Estoy a punto de protestar, pero él ya ha empezado a acariciarme el clitoris; aunque mi sexo se sorprende tanto como yo misma, no tardo en amoldarme. Estoy húmeda, y cuando me mete un dedo y vuelve a sacarlo para tocarme de nuevo el clitoris, sus caricias son cada vez más resbaladizas y fluidas.

Suelto un gemido al sentir que su miembro me roza el trasero, y abro aún más las piernas. Me tumbo sobre la mesa y levanto el trasero para darle pleno acceso a mi sexo, y no puedo contener un grito de placer cuando me mete dos dedos. Me estremezco con la caricia combinada de esos dos dedos en mi interior y la otra mano en el clitoris. Entonces me mete un tercer dedo mientras me pellizca el clitoris, y la sensación es tan increíble, que doy un respingo y gimo extasiada.

—¿Dónde has estado durante toda mi vida?

Él no me contesta, pero me da igual porque sabe practicar sexo con los dedos como nadie. Muevo las caderas y aprieto el clitoris contra su mano, deseando sentir su miembro en mi interior.

—¡Házmelo! —es una orden y una invitación. Alargo la mano para agarrar a tientas mi bolso, que está colgado en una de las sillas. Saco un condón y se lo doy.

—Espera un poco —me dice él.
Suelto un gemido de protesta, pero entonces empieza de nuevo con la caricia combinada de las dos manos y me retuerzo de placer. Estoy tan húmeda, que puede meterme un cuarto dedo. Va alternando la caricia ascendente y descendente en el clitoris con un movimiento circular, y está enloqueciéndome.
Creo que a estas alturas estoy suplicándole, a pesar de que en realidad no quiero que pare. De repente, paso de «¡oh!» a «¡oh, sí!», y no puedo contener el orgasmo que me sacude. Me aferró a la mesa, y grito de placer mientras mi vagina se cierra sobre sus dedos y mi clitoris se tensa. Él deja de moverse mientras mi cuerpo se estremece. Apoyo la mejilla sobre la mesa y cierro los ojos. Madre mía, ha sido increíble... estoy agotada, sin aliento.
Soy incapaz de moverme cuando aparta las manos. Apoya una mano en mi cintura, y coloca el miembro a la entrada de mi sexo. Suelto un sonido somnoliento mientras me penetra poco a poco, hasta el fondo, y me apoyo en las manos para levantarme un poco y aliviar la presión sobre mis pechos.
Empieza a moverse con un ritmo pausado que acepto sin problemas, porque ya he alcanzado el clímax y no me importa lo que haga para alcanzarlo él también. El clitoris me cosquillea un poco, pero aún no estoy lista para otro orgasmo.
—Eso es, házmelo con más fuerza —parece el comentario apropiado en ese momento.
Él mantiene el mismo ritmo. Me alzo un poco más, y me desabrocha el cierre trasero que mantiene en su sitio las dos tiras de tela que sirven a modo de camisa. Cuando la prenda se abre, desliza una mano hacia un pecho y empieza a juguetear con el pezón. Sí, eso también me gusta. El cosquilleo en el clitoris se intensifica... Dios, estoy tan húmeda que entra y sale de mi interior como si nada. Con un gemido, alzo el trasero contra él.
A lo mejor eso era lo que estaba esperando, porque incrementa el ritmo. Oigo el sonido de nuestros cuerpos al chocar, y sus embestidas se vuelven tan poderosas que la mesa se mueve. Gimo con más fuerza al sentir que retuerce mi pezón, pero lo que necesito para volver a explotar es su dedo en el clitoris.
Me sobresalto al sentir algo húmedo en la espalda, y entonces me doy cuenta de que acaba de pasarme una rodaja de limón por el omóplato. Después de espolvorearme de azúcar, me chupa con la lengua hasta dejarme limpia.
Dios, cada vez estoy más cerca. Sus embestidas son tan rápidas y potentes, que tengo que aferrarme al borde de la mesa. Sus pequeños gruñidos de placer son muy excitantes, y están enloqueciéndome de deseo. Estoy a punto, pero necesito un poco más, algo más... y él me lo da. Cuando me presiona con el pulgar de lleno en el ano, me quedo sin aliento y mis caderas se mueven con un espasmo. Dios, oh, Dios... no era lo que me esperaba, pero es increíble...

El segundo clímax me golpea al cabo de un segundo. Jadeo para intentar tomar aire, pero el orgasmo me ha arrebatado el aliento y sólo puedo tomar pequeños sorbos de oxígeno.
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 9th 2013, 10:25

wow
es increible
siguela
me encanto el capi
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 9th 2013, 12:42

WOW LA AMEEE, SIGUELAAAAAAAAA
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 9th 2013, 16:17

siguelaaa
es buenisima!!
esperando cap Smile
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 9th 2013, 19:05

[continuación]


 Él da una última embestida y grita con voz ronca, y nos quedamos respirando jadeantes mientras vamos recuperando la calma. Aunque me tiemblan las piernas y me duele el vientre por haberlo tenido apretado contra la mesa, estoy tan saciada que no me importa demasiado. Me bajo la falda al sentir que se aparta de mí, y cuando me giro hacia él, veo que ya ha tirado el condón a la basura y se ha levantado los pantalones.
No le quito la mirada de encima mientras se limpia las manos en el fregadero, y a pesar de que estoy cansada y aún bastante borracha, sonrío de oreja a oreja y comento:
—Ha sido increíble.
Él me mira por encima del hombro, como si acabara de acordarse de que estoy allí, y me dice con una sonrisa:
—Sí, gracias.
Me acerco a él poco a poco. Siempre me siento perezosa y mimosa después de una experiencia sexual realmente satisfactoria. Él deja que lo abrace, pero no me besa cuando levanto la cara hacia la suya.
—Oye, pórtate bien conmigo —ronroneo con suavidad.
Él me besa en la mejilla antes de apartarme con suavidad, y sale de la cocina. Yo me quedo mirando la puerta, boquiabierta, y al cabo de unos segundos le sigo.
—¿Qué haces?
Se ha puesto el abrigo, y tiene la mano en el pomo de la puerta principal. Cuando se vuelve a mirarme sin decir palabra, me pongo las manos en la cintura y le digo con indignación:
—¿Te vas así, sin más?
Joe asiente con una expresión tan solemne, que soy incapaz de discutir con él. Sí, ya sabía que sólo era un ligue de una noche, pero el sexo ha sido tan increíble, que había pensado que al menos podríamos desayunar juntos.
—Pero...
Él detiene mi protesta con un gesto de negación, y se marcha sin decir palabra. Cuando la puerta se cierra tras él, me doy cuenta de que ni siquiera se ha molestado en preguntarme cómo me llamo.
Empieza a moverse con un ritmo pausado que acepto sin problemas, porque ya he alcanzado el clímax y no me importa lo que haga para alcanzarlo él también. El clitoris me cosquillea un poco, pero aún no estoy lista para otro orgasmo.
—Eso es, házmelo con más fuerza —parece el comentario apropiado en ese momento.
Él mantiene el mismo ritmo. Me alzo un poco más, y me desabrocha el cierre trasero que mantiene en su sitio las dos tiras de tela que sirven a modo de camisa. Cuando la prenda se abre, desliza una mano hacia un pecho y empieza a juguetear con el pezón. Sí, eso también me gusta. El cosquilleo en el clitoris se intensifica... Dios, estoy tan húmeda que entra y sale de mi interior como si nada. Con un gemido, alzo el trasero contra él.
A lo mejor eso era lo que estaba esperando, porque incrementa el ritmo. Oigo el sonido de nuestros cuerpos al chocar, y sus embestidas se vuelven tan poderosas que la mesa se mueve. Gimo con más fuerza al sentir que retuerce mi pezón, pero lo que necesito para volver a explotar es su dedo en el clitoris.
Me sobresalto al sentir algo húmedo en la espalda, y entonces me doy cuenta de que acaba de pasarme una rodaja de limón por el omóplato. Después de espolvorearme de azúcar, me chupa con la lengua hasta dejarme limpia.
Dios, cada vez estoy más cerca. Sus embestidas son tan rápidas y potentes, que tengo que aferrarme al borde de la mesa. Sus pequeños gruñidos de placer son muy excitantes, y están enloqueciéndome de deseo. Estoy a punto, pero necesito un poco más, algo más... y él me lo da. Cuando me presiona con el pulgar de lleno en el ano, me quedo sin aliento y mis caderas se mueven con un espasmo. Dios, oh, Dios... no era lo que me esperaba, pero es increíble...
El segundo clímax me golpea al cabo de un segundo. Jadeo para intentar tomar aire, pero el orgasmo me ha arrebatado el aliento y sólo puedo tomar pequeños sorbos de oxígeno.
Él da una última embestida y grita con voz ronca, y nos quedamos respirando jadeantes mientras vamos recuperando la calma. Aunque me tiemblan las piernas y me duele el vientre por haberlo tenido apretado contra la mesa, estoy tan saciada que no me importa demasiado. Me bajo la falda al sentir que se aparta de mí, y cuando me giro hacia él, veo que ya ha tirado el condón a la basura y se ha levantado los pantalones.
No le quito la mirada de encima mientras se limpia las manos en el fregadero, y a pesar de que estoy cansada y aún bastante borracha, sonrío de oreja a oreja y comento:
—Ha sido increíble.
Él me mira por encima del hombro, como si acabara de acordarse de que estoy allí, y me dice con una sonrisa:
—Sí, gracias.
Me acerco a él poco a poco. Siempre me siento perezosa y mimosa después de una experiencia sexual realmente satisfactoria. Él deja que lo abrace, pero no me besa cuando levanto la cara hacia la suya.
—Oye, pórtate bien conmigo —ronroneo con suavidad.
Él me besa en la mejilla antes de apartarme con suavidad, y sale de la cocina. Yo me quedo mirando la puerta, boquiabierta, y al cabo de unos segundos le sigo.
—¿Qué haces?
Se ha puesto el abrigo, y tiene la mano en el pomo de la puerta principal. Cuando se vuelve a mirarme sin decir palabra, me pongo las manos en la cintura y le digo con indignación:
—¿Te vas así, sin más?
Joe asiente con una expresión tan solemne, que soy incapaz de discutir con él. Sí, ya sabía que sólo era un ligue de una noche, pero el sexo ha sido tan increíble, que había pensado que al menos podríamos desayunar juntos.
—Pero...
Él detiene mi protesta con un gesto de negación, y se marcha sin decir palabra. Cuando la puerta se cierra tras él, me doy cuenta de que ni siquiera se ha molestado en preguntarme cómo me llamo.
Joe siguió anudando con gesto distraído un trozo de papel que tenía en la mano. No me había mirado desde que se había sentado en el banco.
—¿Por qué no le preguntaste cómo se llamaba? — yo no había comido nada, ni siquiera había abierto la bolsa de comida. Los centímetros que nos separaban parecían kilómetros.
Joe se volvió lentamente hacia mí, y cuando nuestras miradas se encontraron, contuve el aliento al ver el brillo desafiante de sus ojos.
—Porque su nombre no tenía importancia.
Aunque eso fuera cierto, el motivo por el que no se lo había preguntado sí que la tenía. Su historia me reconfortó, porque aquél era el Joe que me resultaba conocido, el narrador que iba de una mujer a otra; en cambio, el hombre que había amenazado con alterar el equilibrio de nuestra relación el mes anterior era un completo desconocido.
—Siento lo del mes pasado —le dije.
—No pasa nada, tenías razón.
Me limité a asentir, como si me hubiera dado una explicación más larga. Los silencios nunca habían sido tan incómodos entre nosotros, ni siquiera al principio, y al final tuve que apartar la mirada por miedo a que mi rostro revelara cosas que no podía admitir.
—Ni siquiera tenía pensado irme con ella... ni con nadie —comentó él al cabo de unos segundos.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste? —le pregunté, incapaz de contener mi fascinación.
—Venga ya, ________, ya sabes cómo son esas cosas.
—No, la verdad es que no lo sé.
Joe soltó una especie de resoplido entre los labios que no llegó a ser un silbido, y me dijo:
—¿No lo has hecho nunca?
—No —hice un gesto con la cabeza para enfatizar mi negativa.
—¿Nunca has estado con alguien sólo una vez?
No supe si su tono reflejaba incredulidad o envidia.
—Sólo he estado con un hombre —no me sentí avergonzada al admitirlo, porque era la pura verdad; sin embargo, Joe pareció quedarse boquiabierto. Estaba claro que no entendía mi actitud, del mismo modo que yo no entendía la suya.
—Sólo con uno.
—Sí.
—Felicidades.
Solté una carcajada, y le dije:
—Estás evitando mi pregunta. Si no pensabas irte con alguien, ¿por qué lo hiciste?
—Porque podía, porque me lo ofreció, porque... porque es lo que hago siempre.
Sacudí la cabeza mientras empezaba a desenvolver mi bocadillo, y él me miró antes de tomar un trago de refresco. Al preguntarme cómo sabría su boca después de beber vodka con limón, tuve que esforzarme por mantener la mirada en mi comida.
—¿Nunca has hecho algo porque es más fácil que resistirse?
—Claro que sí —respondí, sin pensármelo dos veces.
—Cuéntamelo.
—No es una historia tan excitante como las tuyas, Joe.
Él sonrió y se inclinó hacia delante.
—Qué lástima. Anda, cuéntamela de todas formas.
Como estaba acostumbrada a ceder y Joe siempre se salía con la suya, opté por claudicar.
—De pequeñas, mi hermana y yo encajamos en los estereotipos clásicos. Yo era la lista, y ella la guapa. La situación no cambió cuando crecimos, y sigue vigente. Es una estupidez, pero ya sabes cómo son las familias.
—Dímelo a mí, soy el miembro decepcionante de la mía.
Me apoyé en el respaldo del banco para poder observarlo con atención. Estaba impecable como siempre, llevaba una camisa azul que enfatizaba el tono verdoso de sus ojos y era la viva imagen del hombre de negocios perfecto, así que era obvio que debía de ser muy bueno en su trabajo.
—No me lo creo, es imposible. Eres Don Triunfador en persona —le dije, con una carcajada.
—A mis padres no les impresionan los trajes de marca ni las corbatas caras —me contestó, sonriente.
Sabía que tenía una hermana casada y con hijos, y que se le había muerto un hermano; sin embargo, era la primera vez que mencionaba a sus padres.
—La corbata que llevas es muy mona, a mí me gusta.
Su sonrisa pícara hizo que me echara a reír.
—¿En serio?, ¿te he impresionado con la corbata?
—Ten en cuenta que apenas entiendo de alta costura masculina.
—A mí también me gusta —comentó, mientras acariciaba la tela.
El silencio que se creó carecía de la incomodidad anterior.
—A veces es más fácil ser lo que los demás esperan de ti, aunque hayas dejado de ser el de antes —dijo al cabo de un rato.
Asentí con la cabeza, y él se levantó para tirar los restos de su comida a la basura.
—No sabía si vendrías después de lo que te dije el mes pasado —admití.
—No he podido resistirme. Llevo todo el mes planteándome si lo mejor era no volver a aparecer.
—Entonces, ¿por qué lo has hecho?
Joe esbozó una sonrisa, y respondió:

—Porque es lo que hago siempre.
Estaba intentando decidirme entre dos tazas con el mismo color pero distinta forma, cuando me cosquilleó la nuca y tuve la sensación de que alguien me observaba. Levanté la mirada, pero el hombre que había al otro lado de la tienda parecía tan absorto en su compra como yo. Como éramos los únicos clientes, supuse que eran imaginaciones mías y volví a centrarme en las tazas.
Cuando volví a notar que alguien me miraba, miré a ambos lados con disimulo pero no vi nada. Al volver ligeramente la cabeza, me di cuenta de que el otro aficionado a las tazas estaba un poco más cerca. Tomó una taza de café floreada, y la observó durante unos segundos antes de volver a dejarla en el estante.
Volví a las dos que me habían llamado la atención, pero fui incapaz de concentrarme. No se trataba de neurocirugía, sólo quería algo nuevo para el cuarto de baño y tenía que elegir una taza, pero todos mis sentidos se desviaban hacia el hombre que tenía a mi espalda. Finalmente, agarré una y la metí en el carro; cuando miré por encima del hombro, lo pillé observándome.
—Perdona... —me dijo.
El tiempo pareció ralentizarse mientras me volvía hacia él. Seguramente sólo quería preguntarme qué hora era, o si trabajaba allí.
—¿Sales con alguien, o estás libre?
—¿Qué? —le dije, boquiabierta.
Entonces me fijé un poco más en él. Tenía el pelo largo y bastante descuidado, llevaba una chaqueta ancha y unos pantalones a juego bastante desgastados. Dios, seguramente era un paciente externo del hospital.
—Como no te he visto anillo de casada...
Bajé la mirada de forma automática hacia mi mano izquierda, y comprobé que llevaba mi alianza. No supe cómo reaccionar. Me quedé tan sorprendida por la primera proposición que había recibido en siglos, que me quedé muda.
Él se acercó un poco más, y me preguntó de nuevo con expresión esperanzada:
—¿Estás libre?
—Eh... no, no lo estoy.
El tipo se alejó corriendo por el pasillo sin más. La situación era tan absurda, que tenía un toque surrealista. Al ir a pagar, estuvo a punto de caérseme el cambio, y me reí exageradamente con los chistes sin gracia del cajero.
Llevaba tanto tiempo siendo una mujer casada, que me consideraba fuera del alcance de un flirteo directo. O los hombres no me prestaban atención, o yo no me daba cuenta; sin embargo, después de aquel incidente me fijé más en lo que sucedía a mi alrededor. ¿Estaba devorándome con la mirada el tipo de aquel coche?, ¿había mantenido abierta la puerta del ascensor aquel otro por cortesía, o estaba echándome un buen vistazo mientras yo apretaba el botón de mi planta? Aunque no fuera así, la mera posibilidad de que estuvieran armándose de valor para invitarme a salir una noche consiguió que sonriera.
A Nick no le hizo tanta gracia.
—¿Qué fue lo que te dijo?
—Ya te lo he dicho, me preguntó si estaba libre.
—¿Te invitó a salir en medio de la tienda?
—La verdad es que me parece que no estaba demasiado bien de la cabeza, Nick —le dije, mientras volvía a meter la taza en la bolsa.
Él apartó la silla de ruedas del soporte del ordenador, y quedamos cara a cara.
—¿Qué contestaste?
—Que no —solté una carcajada al recordar lo que había pasado, y añadí—: Si lo hubieras visto...
—¿Qué aspecto tenía?
Exageré un poco al describirlo para que la historia fuera aún mejor, pero no demasiado.
—Lo más seguro es que fuera un paciente de la unidad de psiquiatría. Pobrecillo, seguro que su terapeuta le aconsejó que se arriesgara a invitar a salir a una mujer. A lo mejor por mi culpa sufre un retroceso de varios meses en su mejora.
—Claro —Nick no mostró rastro alguno de diversión.
—Nick, no tuvo ninguna importancia —le dije con un suspiro.
—¿Crees que no tiene importancia que un tipo intente ligar con mi mujer?
Giró la silla bruscamente. A pesar de que la manejaba con soltura, era grande y pesada y necesitaba bastante espacio. Golpeó ligeramente contra la mesa, y soltó una imprecación cuando algunos de sus papeles cayeron al suelo.
Me agaché a recogerlos, y tuve tiempo de leer unas cuantas líneas antes de volver a guardarlos en su carpeta.
—¡Cariño, ni siquiera era guapo!
Él me lanzó una mirada que se había vuelto cada vez más familiar. Estaba cargada de un sarcasmo que resultaba casi malicioso.
—¿Qué quieres decir con eso?, ¿que si hubiera sido guapo habrías aceptado su oferta?
Estuve a punto de darle una respuesta mordaz, pero conseguí morderme la lengua y me limité a decirle:
—No seas tonto.

Nick soltó un gruñido. Su versión de pasearse de un lado a otro era girar la silla en pequeños arcos. En la habitación no tenía suficiente espacio para moverse con libertad, y la silla era demasiado voluminosa para que pudiera girar de un lado a otro.
 
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Lady_Sara_JB
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 9th 2013, 21:18

genial
nick celoso
jejeje siguela
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BETTY DE JONAS
Novia De..


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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 11th 2013, 21:07

Hola!!!!
Soy nueva lectora!!!study 
Sólo quiero decirte que tu nove me encanta!!!!
De verdad se ve que será super emocionante y tambien super hot!!!Twisted Evil Embarassed juju 
Por favor tienes que seguirla por que se ve que cada vez
se pone mas interesante!!!!!


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eschio
Amiga De Los Jobros!


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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Julio 12th 2013, 08:19

en un ratito voy a subir harto:) 
me ausentaré como hasta el jueves o viernes así la espera valdrá la pena
bienvenida la nueva lectora, ojalá se nos unan másss.
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MensajeTema: Re: ;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]   Hoy a las 22:59

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;TERMINADA; Lɑ Aмɑnte iмɑginɑʀiɑ [Joe&tú]
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