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 Nueve Reglas que Romper para Conquistar a un Libertino - adaptada (Joe y Tu)

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Thami Jonas
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MensajeTema: Nueve Reglas que Romper para Conquistar a un Libertino - adaptada (Joe y Tu)   Enero 29th 2013, 01:49

Hola soy Tamara y les traigo una nove espero les guste

Nombre: Nueve reglas que romper para conquistar a un Libertino
Autor: Sarah Mac Lean


Prologo:
Nueve reglas que romper para conquistar a un Libertino •
1. Besar a alguien… apasionadamente.
2. Fumar puros y beber whisky.
3. Montar a horcajadas.
4. Practicar esgrima.
5. Asistir a un duelo.
6. Disparar una pistola.
7. Jugar a las cartas (en un club de caballeros).
8. Bailar todos los bailes en una fiesta.
9. Ser considerada hermosa. Una sola vez.
Prólogo
Londres, Inglaterra Abril, 1813 Lady ________ Hartwell parpadeó para intentar deshacerse de las lágrimas mientras huía del salón de baile de Worthington House y de la escena más humillante de una larga lista de escenas humillantes. Agradeció el frío aire nocturno al bajar con rapidez la escalinata de mármol. La esencia de la primavera flotaba a su alrededor cuando aceleró el paso para llegar a las sombras de los jardines en penumbra. Una vez que se sintió a salvo, emitió un largo suspiro y caminó más despacio. Su madre se desmayaría si descubriera que su hija mayor había salido al exterior sin una acompañante adecuada, pero a ella le resultaba imposible permanecer un minuto más en el interior de esa horrible estancia. Su primera temporada estaba resultando un absoluto fracaso y no hacía ni siquiera un mes que había debutado. _______, la hija mayor de los condes de Allendale, debería haber sido por derecho propio la joven más hermosa del baile; había sido educada desde la cuna para destacar en ese mundo, la habían instruido para conocer a la perfección los pasos de baile más elegantes, para lucir los mejores modales y una espléndida belleza. Ese era el problema, por supuesto. ________ era una buena bailarina y hacía gala de una educación impecable, pero ¿una belleza? Pragmática como era, sabía mejor que nadie que no se la podía considerar así. «Tendría que haber supuesto que sería un desastre», pensó, mientras se dejaba caer en un banco de mármol en el interior del laberinto de los jardines de los Worthington. Hacía tres horas que había comenzado el baile y todavía no se le había acercado un pretendiente adecuado. Tras ser abordada por dos reconocidos cazadotes, uno mortalmente aburrido y otro que ya había cumplido los setenta años, ________ no pudo seguir fingiendo que lo estaba pasando bien. Era evidente que para la sociedad ella solo tenía el valor de su dote y su ascendencia, y que el resultado no era lo suficientemente atractivo para conseguir una pareja de
baile con la que disfrutar de verdad. No, lo cierto era que ________ se había pasado la mayor parte de la temporada siendo ignorada por los solteros más elegibles, codiciados y jóvenes. Suspiró. Esta noche había sido todavía peor. Como si no fuera suficiente con resultar visible solo para los más aburridos y viejos, hoy había notado sobre ella la mirada del resto de la sociedad. —No debería haber permitido nunca que mamá me convenciera para ponerme esta monstruosidad —masculló para sí misma, bajando la mirada a su vestido. La cintura le quedaba muy apretada, y el corpiño, muy justo, además de resultar casi incapaz de contener unos pechos que, por otro lado, eran mucho más grandes de lo que dictaba la moda. Estaba segura de que ninguna bella del baile había sido coronada luciendo aquel anaranjado tono crepuscular. Ni un vestido tan horrible. Su madre le había asegurado que la prenda había sido confeccionada siguiendo la última moda y, cuando ________ le sugirió que la forma del vestido no era la más adecuada para su figura, la condesa la convenció de que estaba equivocada y de que estaría radiante como un atardecer. La aturdida joven había permitido que la modista la hiciera girar una y otra vez, pinchándola, empujándola y estrujándola hasta conseguir ajustarle el vestido. Y, cuando por fin observó su transformación en el espejo de la modista, no le había quedado más remedio que mostrarse de acuerdo con ellas. Con aquel vestido parecía un atardecer. Un atardecer sorprendentemente feo. Se rodeó con los brazos para protegerse del frío nocturno y cerró los ojos llena de mortificación. —No puedo regresar. Tendré que quedarme a vivir aquí para siempre. Se oyó una profunda risa ahogada entre las sombras. _______ se levantó con rapidez y contuvo el aliento, sorprendida. Apenas pudo distinguir la figura de un hombre a pocos metros mientras trataba de sosegar los desbocados latidos de su corazón. Antes de que se le ocurriera siquiera huir, las palabras escaparon de sus labios, impulsadas por toda la ira y la frustración que sentía. —No es adecuado que se acerque a la gente en la oscuridad, señor. No es propio de un caballero. —Mis disculpas —respondió él con rapidez, con una profunda voz de tenor que le hizo estremecerse—. Por supuesto, uno podría sostener la opinión de que ocultarse en las sombras no es exactamente una actitud propia de una dama. —Ah, en eso se equivoca. No estoy ocultándome en las sombras. Estoy escondida entre ellas. Es algo muy distinto —dijo mientras retrocedía en la oscuridad. —No voy a delatarla —susurró él, leyendo su mente mientras avanzaba—. Puede dejarse ver. Está realmente atrapada. ________ sintió el seto espinoso en la espalda en el mismo momento en que él se cernió amenazadoramente sobre ella, y supo que el hombre tenía razón. Suspiró con irritación. ¿Le podría ocurrir algo más aquella noche? Justo entonces él quedó iluminado por la luz de la luna y ella averiguó su identidad. En ese momento se respondió a sí misma: «Algo mucho peor.» Su acompañante no era otro que el marqués Jonas, un hombre fascinante y devastadoramente atractivo que estaba considerado uno de los libertinos más notorios de Londres. Su escandalosa reputación conjuntaba a la perfección con aquella pecaminosa sonrisa que, en ese momento, estaba dirigida a ________. —Oh, no… —musitó, sin ser capaz de ocultar la desesperación en su voz. No podía permitir que la viera. No así, embutida en un armazón rígido como si fuera un ganso de Navidad. Un ganso de Navidad anaranjado como un brillante atardecer. — ¿Qué ocurre, chiquilla? —El perezoso afecto de las palabras la ruborizó mientras buscaba una vía de escape. Ahora, estaba lo suficientemente cerca como para tocarla y se cernía sobre ella, unos quince centímetros más alto. Por primera vez en mucho tiempo, ________ se sintió pequeña. Delicada, incluso. «Tengo que escapar.»
—Debo… debo irme. Si me encontraran aquí… con usted… —Dejó la frase en el aire. Él ya sabía lo que ocurriría. — ¿Quién es usted? —El marqués entrecerró los ojos en la oscuridad, examinándole los rasgos—. Espere… —_______ casi vio sus pupilas brillando en la penumbra al reconocerla—. Es la hija de Allendale. La he visto antes. Ella no pudo contener una sarcástica respuesta. —Estoy segura de ello, milord. Es difícil pasarme por alto. —Se cubrió la boca inmediatamente, conmocionada por haber hablado con tanta franqueza. Él se rió entre dientes. —Sí. Bueno, no es el tipo de vestido que más le favorece. —Qué diplomático es usted —dijo ella sin poder contener una risita—. Lo admito, parezco un albaricoque. Ahora, él se rió abiertamente. —Una comparación muy apropiada. Pero me pregunto, ¿es realmente tan malo parecer un albaricoque? —El marqués le indicó que debería volver a sentarse en el banco y, tras vacilar un momento, ella lo hizo. —Probablemente, no. —_______ esbozó una amplia sonrisa, sorprendida por no sentirse tan humillada como cabría esperar al comprobar que coincidía en su apreciación. No, lo cierto es que en cierta manera lo encontró liberador—. Mi madre… bueno, se muere por vestir a su hija como una muñequita de porcelana. Por desgracia, a mí no me favorece. No sabe las ganas que tengo de que mi hermana crezca y sea ella el objeto de todas sus atenciones. Él se sentó a su lado en el banco. — ¿Cuántos años tiene su hermana? —le preguntó. —Ocho —dijo _______ con pesar. —Ah, entiendo. —Una declaración comedida. —La joven observó el cielo estrellado—. Ya sé que cuando ella debute me habré quedado para vestir santos. — ¿Qué le hace pensar eso? Ella lo miró de reojo. —Aunque aprecio mucho su caballerosidad al fingir ignorancia, milord, nos está insultando a ambos. —Él no respondió, y ella se miró fijamente las manos antes de continuar—. Mis posibilidades de elección son bastante limitadas. — ¿Y eso? —Al parecer tengo que elegir entre hombres arruinados, viejos o mortalmente aburridos —dijo ella, enumerando con los dedos mientras hablaba. Él se rió entre dientes. —Encuentro difícil creerlo. —Oh, es verdad. No soy el tipo de joven que atrae a los caballeros. Cualquiera con ojos en la cara puede verlo. —Yo tengo ojos y no lo veo. —Su voz era intensa, ronca y suave como el terciopelo cuando alargó la mano para acariciarle la mejilla. ________ contuvo el aliento, siendo intensamente consciente del efecto de la caricia. Se apoyó en su mano, incapaz de evitarlo, cuando él le asió la barbilla. — ¿Cómo se llama? —le preguntó con suavidad. Ella se estremeció, sabiendo lo que se avecinaba. —________. —________ cerró los ojos, avergonzada de poseer un nombre tan extravagante. Un nombre que nadie, salvo una madre intensamente romántica y obsesionada por Shakespeare, le habría puesto a una niña.
—________… —Él saboreó el nombre en los labios—. ¿Cómo la mujer de Julio César? La joven se sonrojó mientras asentía con la cabeza. El hombre sonrió. —Voy a tener que interesarme por sus padres. Un nombre atrevido, sin duda. —Un nombre horrible. —Tonterías. ________ fue emperatriz de Roma, era fuerte, hermosa y más inteligente que la mayoría de los hombres que la rodeaban. Intuyó el futuro y se enfrentó con valor al asesinato de su marido. Es una tocaya digna de tener en cuenta. —Le agitó la barbilla con firmeza mientras hablaba. ________ no pudo añadir nada ante tan francas palabras. Antes de que pudiera pensar qué responder, él continuó hablando: —Bueno, debo irme. Y usted, lady _______, debe regresar al baile con la cabeza bien alta. ¿Cree que será capaz? —Le dio un toque final a la barbilla y se levantó, haciendo que ________ fuera consciente del frío. Lo miró y asintió con la cabeza, asombrada. —Sí, milord. —Buena chica. —El marqués se inclinó sobre ella y le susurró al oído, acariciándole la nuca con su respiración y calentándola en la fría noche de abril—. Recuerde, es una emperatriz. Compórtese como tal y no les quedará más remedio que considerarla así. Yo ya lo hago… —Se interrumpió, y ella contuvo el aliento, esperando sus palabras—: Alteza. Y dicho eso, se alejó, perdiéndose en la profundidad del laberinto y dejando a _______ con una amplia y absurda sonrisa en la cara. No se lo pensó dos veces antes de seguirlo, pues ansiaba estar de nuevo junto a él. En ese momento, lo habría seguido a cualquier parte; aquel príncipe entre los hombres no se había fijado en su dinero ni en su horrible vestido, sino en ella. «Si yo soy una emperatriz, él es el único hombre digno de ser mi emperador.» No tuvo que llegar demasiado lejos para verlo. Unos metros más adelante, el laberinto desembocaba en un claro donde había una enorme fuente adornada con querubines. Allí, bañado por el resplandor de la luna, estaba su príncipe de anchos hombros y largas piernas. ________ contuvo el aliento al verlo… Era exquisito, como si él también hubiera sido tallado en mármol. Entonces se dio cuenta de que había una mujer entre sus brazos y abrió la boca en silencio. Luego se cubrió los labios con la mano y abrió mucho los ojos. En sus diecisiete años de vida, no había presenciado algo tan… asombrosamente escandaloso. La luz de la luna dotaba a la amante del marqués de un aire etéreo con aquel pálido cabello dorado y aquel vestido, como una pálida telaraña resplandeciente en la oscuridad. ________ retrocedió entre las sombras y miró los setos a su alrededor, deseando no haberlo seguido, pero incapaz de no continuar observando el abrazo de los amantes… ¡Santo Dios, menudo beso! Y, en lo más profundo de su interior, la sorpresa juvenil fue reemplazada por el lento ardor de los celos. Nunca en su vida había deseado ser otra persona, pero, por un momento, se imaginó que era ella la que estaba entre sus brazos, la que entrelazaba los dedos entre sus cabellos oscuros. Que era su cuerpo el que acariciaban y moldeaban aquellas manos firmes; sus labios los que mordía; sus gemidos los que inundaban la brisa nocturna como una caricia. Mientras miraba cómo la boca masculina recorría la larga columna de la garganta de la mujer, _______ recorrió con los dedos el mismo camino en su cuello, incapaz de contenerse, imaginando que era él quien le hacía aquella leve caricia. Observó extasiada que el marqués llevaba la mano al suave corpiño que dibujaba la figura de su amante y que trazaba el delicado borde antes de deslizarlo hacia abajo para dejar al descubierto un pecho firme y pequeño. Los dientes del hombre destellaron malévolamente en la oscuridad cuando bajó la vista hacia aquel
montículo perfecto, susurrando una sola palabra: «precioso», antes de acercar los labios a la oscura punta, erizada por el gélido aire y el ardiente abrazo. Extasiada, la mujer dejó caer la cabeza hacia atrás, incapaz de controlar el placer que estaba alcanzando. ________ no pudo apartar la vista del espectáculo que se desarrollaba ante ella mientras continuaba acariciándose el pecho con la mano, notando cómo su propia cima se endurecía bajo la seda del vestido e imaginando que eran la mano y la boca del marqués lo que sentía. —Joe… El nombre que la mujer gimió, sin poder contenerse, flotó en el claro arrancando a _______ de su ensueño. Avergonzada, dejó caer la mano y se alejó de la escena. Recorrió el laberinto a la carrera, desesperada por escapar, y llegó por fin al banco de mármol donde había comenzado todo aquello. Se dobló sobre sí misma jadeando, avergonzada de su comportamiento. Las damas no escuchaban a escondidas. Sobre todo, no espiaban ese tipo de encuentros. Además, aquellas fantasías no le hacían ningún bien. Ignoró una punzada de pesar devastador cuando se dio cuenta de la realidad. El magnífico marqués Joe jamás sería suyo, ni nadie como él. Tuvo la aguda certeza de que todo lo que él le había dicho antes no era cierto, solo mentiras que un consumado seductor había elegido con sumo cuidado para conseguir aliviar su dolor y alejarla, despreocupadamente, del lugar donde se había citado con una encantadora belleza. Él no creía una palabra de lo que le había susurrado. No, ella no era ________, la emperatriz de Roma. Era la misma ________ corriente de siempre. Y nunca sería otra cosa.
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Thami Jonas
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MensajeTema: Re: Nueve Reglas que Romper para Conquistar a un Libertino - adaptada (Joe y Tu)   Enero 29th 2013, 14:18

Capítulo 1 Londres, Inglaterra Abril, 1823
Lo despertó un incesante golpeteo. Al principio lo ignoró e integró en sus sueños la fuente de aquel irritante sonido. Transcurrió un buen rato y un tenso silencio cayó sobre el dormitorio. Joseph Jonas, marqués de Ralson, percibió la tenue luz del amanecer que inundaba decadentemente la estancia. Durante un momento, permaneció quieto, observando los elegantes matices de las paredes del dormitorio decoradas con papel de seda y cornisas doradas, un colorido refugio para el placer sensual. Girándose hacia la exuberante hembra que tenía al lado, esbozó una sonrisa cuando ella arqueó su ansioso y desnudo cuerpo hacia el suyo, y se dejó sumir, dada la temprana hora y la calidez de la mujer, en una beatífica somnolencia. Se quedó inmóvil y cerró los ojos, deslizando las yemas de los dedos por el hombro desnudo de su compañera de cama mientras la elegante mano femenina coqueteaba con los duros músculos de su torso; la dirección que tomaron los dedos era una oscura y erótica promesa de placer. Entonces, la caricia se hizo más fuerte y firme, y él recompensó la habilidad de la mujer con un ronco gruñido de deseo. El intenso y constante golpeteo comenzó a sonar de nuevo en la pesada puerta de roble. — ¡Basta! —Joe abandonó la cama de su amante, dispuesto a enfrentarse con quien fuera para que los dejaran en paz durante el resto de la mañana. Apenas terminó de abrocharse la bata de seda, abrió bruscamente la puerta con una florida maldición. En el umbral aguardaba su hermano, impecablemente vestido y arreglado, como si fuera normal ir a buscarlo a casa de su amante al romper el alba. Detrás de Nicholas Jonas había un lacayo. —Milord, he intentado detenerlo… —farfullaba el hombre sin cesar antes de que Joe interrumpiera sus palabras con una gélida mirada. —Déjenos solos. Nick observó cómo el lacayo se escabullía, y arqueó una ceja con diversión. —Había olvidado lo encantador que resultas por las mañanas, Joe. —En nombre de Dios, ¿qué te trae aquí a estas horas? —He pasado antes por Ralston House —se excusó Nick—. Al ver que no estabas allí, he supuesto que este sería el lugar donde me resultaría más fácil encontrarte. —Apartó la mirada de su hermano y la clavó en la mujer que se había sentado en el centro de la enorme cama. Nick la saludó con un gesto de cabeza y una amplia e indolente sonrisa—. Nastasia, mis disculpas por la interrupción. La belleza griega se estiró, sensual y provocativamente, como una gata en celo, permitiendo que la sábana que sostenía contra su cuerpo con falsa modestia se deslizara ligeramente, dejando al descubierto un delicioso pecho. —Lord Nicholas —intentó engatusarlo con una provocativa sonrisa—, le aseguro que no me importa en lo más mínimo. Quizá le gustaría unirse a nosotros —hizo una sugerente pausa—, para desayunar. Nick sonrió apreciativamente.
—Una oferta tentadora. —Nick, si tan necesitado estás de una mujer —le azuzó Joe, ignorando el intercambio entre su hermano y su amante—, estoy seguro de que podríamos haberte encontrado una sin necesidad de que perturbaras mi descanso. Nick se apoyó en el marco de la puerta, clavando la mirada en Nastasia durante un buen rato antes de devolver la atención a Joe. —¿Tu descanso, hermano? Joe se apartó de la puerta en dirección al palanganero en la esquina de la estancia, donde se inclinó para lavarse la cara. —Te estás divirtiendo, ¿verdad? —Inmensamente. —Nick, te concedo unos segundos para que me digas por qué estás aquí antes de que olvide que eres mi hermano menor y te mate. —Es interesante lo mucho que viene al caso esa frase —dijo Nick como quien no quiere la cosa—. En realidad es tu posición como hermano mayor la razón de que me encuentre aquí ahora. Joe alzó la cabeza y miró fijamente a su hermano mientras se le deslizaban por la cara diminutas gotitas de agua. —Figúrate, Joe, resulta que tenemos una hermana. ~ —Una hermanastra —afirmó Joe con firmeza mirando fijamente al abogado, en espera de que el hombre recuperara el valor y le explicara todas las circunstancias que rodeaban aquella sorprendente noticia. Joe había perfeccionado aquella táctica de intimidación en los peores garitos de juego de Londres y suponía que de esa manera conseguiría que el hombrecillo hablara de una vez. Estaba en lo cierto. —Yo… es decir, milord… Joe le dio la espalda, atravesando el estudio para servirse una copa. —Suéltelo de una vez, hombre. No tengo todo el día. —Su madre… —Mi madre, si es que se puede llamar de esa manera a la deshumanizada criatura que nos parió, abandonó Inglaterra para establecerse en el Continente hace más de veinticinco años. —Hizo girar el líquido ambarino en la copa con una mirada de aburrimiento—. ¿Por qué debemos creer que esa chica es nuestra hermana y no una charlatana ansiosa de aprovecharse de nuestra buena voluntad? —Su padre era un comerciante veneciano que poseía dinero más que de sobra, fortuna que ella ha heredado. —El abogado hizo una pausa para colocarse las gafas mientras miraba a Joe de reojo—. Milord, la chica no tiene ninguna razón para mentir sobre su nacimiento. De hecho, y con todos mis respetos, parece que ella hubiera preferido que no les comunicara su existencia. —Entonces, ¿por qué hace esto? —No tiene más familia, aunque me han comentado que algunos amigos están dispuestos a acogerla. Sin embargo, según los documentos que obran en mi poder, esto es obra de su madre. Fue la antigua marquesa quien, antes de abandonarlos, pidió al padre de la chica… —se interrumpió, inseguro—… que se encargara de enviarla aquí en el caso de… de que él falleciera. Su madre estaba segura de que usted… —se aclaró la voz—. De que lo consideraría una obligación familiar.
Joe sonrió, aunque no le encontró ni pizca de gracia. —No deja de ser irónico que nuestra madre haya apelado a nuestro sentido de la obligación familiar, ¿verdad? El abogado fingió no entender el comentario. —En efecto, milord. Pero, si me permite decirlo, la chica ya está aquí y es muy dulce. No sé qué hacer con ella. —No dijo nada más, pero el significado de sus palabras fue elocuente: «No estoy seguro de sí debería dejarla en sus manos.» —Por supuesto, debe quedarse aquí —aseguró Nick finalmente, recibiendo una mirada de agradecimiento del abogado y otra irritada de su hermano—. Nosotros la acogeremos. Supongo que debe de sentirse muy afectada. —En efecto, milord —convino el abogado al notar la amabilidad en los ojos de Nick. —No me había percatado de que eras tú quien tomaba las decisiones en esta familia, hermano —dijo Joe, que arrastró las palabras con la mirada clavada en el abogado. —Solo me limito a acortar la agonía de Wingate —respondió Nick, con la aprobación del abogado—. Sabemos de sobra que no rechazarás a alguien de tu sangre. Por supuesto, Nick estaba en lo cierto. Joseph Jonas, séptimo marqués de Ralston, nunca rechazaría a su hermana a pesar de sentir un profundo deseo de hacerlo. Joe se pasó la mano por el pelo negro y maldijo para sus adentros a su madre, a la que no había visto desde hacía décadas. Esta se había casado a una edad muy temprana —apenas dieciséis años— y había tenido a los gemelos al año siguiente. Una década después había huido al Continente, dejando a sus hijos y a su marido sumidos en la desesperación. Si se tratara de cualquier otra mujer, Joe habría podido sentir cierta simpatía por ella; habría comprendido sus miedos y perdonado su deserción. Pero él había presenciado el pesar de su padre y sufrido el dolor que su pérdida le había causado. Finalmente, el hombre reemplazó la tristeza por cólera. Pasaron muchos años antes de que se aplacara la furia en que se había sumido y pudiera hablar de ella sin gritar. Descubrir ahora que había tenido otra familia había reabierto la herida. Le enfurecía que hubiera tenido otro hijo —una niña, nada menos—, y que también la hubiera dejado abandonada cuando era pequeña. Por supuesto, ella había estado en lo cierto: él se encargaría de su familia. Haría lo que fuera necesario para enmendar los pecados de su madre. Y quizá fuera esa parte de la situación la que más amargura le producía, que su madre le conociera tan bien. Que todavía estuvieran conectados. Dejó la copa sobre la mesa, ocupando de nuevo su lugar detrás del ancho escritorio de caoba. — ¿Dónde se encuentra la chica, Wingate? —Creo que la han hecho esperar en la salita verde, milord. —Bien, pues que venga aquí. —Nick se acercó a la puerta, la abrió y le indicó a un lacayo que fuera a buscarla. En el tenso silencio que siguió, Wingate se alisó el chaleco, lleno de nerviosismo. —Ehh… ¿me permite, milord? —Gabriel le lanzó una mirada irritada—. Es una buena chica. Muy dulce. —Sí. Ya lo ha mencionado. En contra de lo que parece creer, Wingate, no soy un ogro que se coma a las jovencitas. —Se interrumpió por un momento y curvó los labios en una mueca sardónica—. Al menos no a las jovencitas de mi familia. La llegada de su hermana impidió que Joe disfrutara de la desaprobación del abogado. Se puso en pie cuando se abrió la puerta y entornó los ojos cuando unas pupilas marrones, extrañamente familiares, se clavaron en él desde el otro lado de la estancia. —Santo Dios… —Las palabras de Nick reflejaron a la perfección los pensamientos de Joe. No había ninguna duda de que aquella chica era su hermana. Además de sus ojos, del mismo
color miel profundo que los de ellos, compartía con los gemelos la firme barbilla y el oscuro pelo rizado. Era el vivo retrato de su madre… Alta, delgada y hermosa, con un innegable fuego en la mirada. Joe maldijo para sus adentros.
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