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 EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU

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AutorMensaje
camilitalovato
Amiga De Los Jobros!


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Localización : Viviendo una aventura con Joe Jonas ;)
Fecha de inscripción : 25/04/2011

MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Marzo 1st 2013, 12:03

Seis.


______ flotaba en ese espacio cálido y etéreo al que Joe la había llevado.
Una parte muy pequeña y distante de ella no podía creer que estuviera haciendo
estas cosas: permitir que la azotara y hacer que se corriera. Y que ella le pidiera que
la hiciera llegar al orgasmo otra vez. Ardía en deseos de pedírselo otra vez ahora.
Pero básicamente estaba demasiado abstraída para pensar en eso.
Lo único en lo que podía pensar era en el delicioso tacto de sus manos, el
calor que le producían en la piel. El placer la embargaba en oleadas. Los azotes. El
deseo que le ardía por dentro, todo era lo mismo. Dolor y placer; quería más de
ambas cosas.
Sus pechos estaban comprimidos sobre sus muslos; el peso del cuerpo la
presionaba contra su regazo. Su pene era un bulto duro que le rozaba el costado.
Quería notarlo dentro. Quería que volviera a azotarla, más fuerte y más rápido.
Quería sentarse a horcajadas encima de él y cabalgarle. Y todo eso a miles de
kilómetros por hora dentro de su cabeza, que le daba vueltas del anhelo que sentía.
—Joe, por favor.
Él se rio y entonces le pasó una mano entre los muslos, entre los que buscó y
encontró su clítoris.
—Oh, sí…
Él empezó a ejercer presión allí y ella arqueó la espalda. Al mismo tiempo,
con la otra mano, empezó a azotarla en el culo; el azote le picaba, quemaba y luego
se volvía puro placer. La sensación, junto con el latido de deseo en su sexo, se
multiplicaba.
Él empezó a azotarla con fuerza, golpe tras golpe; rápido y con dureza. Los
dedos que se movían en su clítoris eran igual de rápidos y la frotaban con fuerza.
El placer la invadió; el clímax se estaba acercando cada vez más.
—Joe… Joder…
Él le introdujo un pulgar y lo empujó muy dentro.
—Ah…
Un azote más y ella empezó a correrse; el placer era como un relámpago que
la cegaba.
—¡Joe!
Ella empezó a subir y bajar las caderas, corriéndose sin parar. Él seguía dándole placer y azotándola.
Al final, _____ se quedó inmóvil. Sentía escalofríos en todo el cuerpo y unos
pequeños temblores de placer seguían recorriéndola. Estaba agotada; era incapaz
de moverse.
Entonces Joe la incorporó y la abrazó. Le besó en la cara, le levantó la
mano y se la llevó a los labios. Luego la besó en el interior de la muñeca antes de
volver a dejarle la mano en su regazo y apoyar su mejilla en la suya. El aliento de él
acariciaba su pelo; le decía algo pero ____ no lograba descifrar qué. Quería
dormir pero su cuerpo estaba más vivo que nunca.
—_____, mírame.
Era difícil hacer lo que le pedía pero quería hacerlo. Quería ver sus
hermosos ojos azules. Quería obedecerle.
Abrió los ojos.
Él era aún más apuesto que antes. Tenía los ojos encendidos de la
adrenalina o del deseo. Quizá las dos cosas. No podía pensar con claridad. No
entendía nada, salvo que quería que la besara.
Ella levantó la barbilla y él agachó la cabeza y le rozó los labios con los
suyos. Y el deseo se encendió en su interior una vez más; la encendió por
completo. Sin embargo, estaba demasiado fatigada para moverse.
Él se apartó.
—Has estado muy bien, _____. Excelente.
Tenía la voz algo ronca. Seguía tocándola y acariciándole el pelo. Ella le
miraba mientras docenas de emociones se asomaban al rostro de él. ¿O tal vez
fuera su imaginación, el producto de dos fuertes orgasmos y su propio deseo
confundido?
Ella se estremeció y luego notó un extraño temblor en su interior. El deseo
pasó a ser entonces un miedo, como una especie de pánico. No lo entendía.
—¿Joe?
—Estás temblando. —La acercó más hacia su gran cuerpo—. ¿Tienes frío?
—Sí, un poco.
Ella luchó contra unas lágrimas que no entendía mientras él cogía una
manta suave del respaldo de la silla que no había visto antes y se la puso sobre los
hombros.
—Dentro de un rato estarás bien.
—¿Esto es…? ¿Qué significa esto? ¿Qué me pasa?
—Se llama «tocar fondo». A los sumisos con experiencia también puede
pasarles. Es una sobrecarga de endorfinas y a veces de adrenalina. En ocasiones no
es más que la emoción que se libera, como puede pasar en un masaje profundo de
los tejidos.
—No me gusta esta parte.
—No, ya me imagino que no. Ya se te pasará. Yo me quedaré aquí a tu lado.
Pero eso no la tranquilizaba. De repente, ella sintió que estar con Joe era
parte del problema. Él la hacía sentir muy vulnerable, demasiado expuesta.
Intentó zafarse de él y levantarse de su regazo.
—Oye —le dijo en voz baja—. ¿Qué haces?
—Tengo que irme.
—____, quédate quieta. Escúchame. Te está entrando el pánico. Suele
pasar, pero estás bien, te lo prometo. Yo te cuidaré. Siéntate aquí conmigo.
Respiraremos un poco.
—No.
—_____…
—¡No puedo hacerlo! Ayúdame a ponerme en pie.
Él la rodeó con los brazos; era un armazón de puro músculo. A ella el
corazón le latía con fuerza, desbocado. Ella intentó quitárselo de encima, le hincó
las uñas pero ni siquiera se movió. Las lágrimas empezaron a asomarse a sus ojos.
¿Qué le estaba pasando? Tenía que salir de ahí.
—_____, tranquilízate, no pasa nada. No pienso dejar que te levantes. De
momento tienes que quedarte conmigo. Venga, va. Haz lo de la respiración.
—Joe…
Él la sujetó con más fuerza.
—Hazlo.
Ella se dio cuenta de que no iba a soltarla. Y aunque parte de ella se rebelaba
contra esa idea, otra parte en su interior se sentía curiosamente tranquila por eso.
Se mordió el labio y desenroscó los dedos de su muñeca.
Ojalá pudiera contener las lágrimas.
—De acuerdo, está bien.
—Muy bien. Ahora respira como has hecho antes. Inspira hondo por la
nariz. Sí, así. Aguanta el aire en los pulmones. Ahora déjalo salir por la boca. Como
la respiración que se hace en yoga. ¿Has hecho yoga alguna vez?
—Sí.
—Pues es exactamente igual. Deja que el aire llene tu cuerpo y relaja las
extremidades. Muy bien.
Él se sentó a su lado y la acompañó con las respiraciones. Ella perdió la
noción del tiempo que pasaron así. No le importaba. Estaba concentrada en la voz
de Joe, en su propia respiración y en el calor que emanaba de él mientras la
sujetaba. Y, por fin, su cuerpo empezó a relajarse.
—Estoy muy cansada.
—Sí. Tiene ese efecto. Es por este motivo que no quería que condujeras esta
noche. Es difícil de entender hasta que lo has pasado.
—Tienes razón. No lo hubiera conseguido. No esperaba… sentirme de este
modo. No termino de entenderlo.
—No trates de diseccionarlo ahora.
Ella suspiró.
—No, no puedo. Apenas puedo pensar.
—Esta experiencia no es para pensar, ______. Es para desconectar esa parte
analítica de tu mente y sentir sin más.
—¿Esto es lo que haces tú?
—Mi función en esto es distinta. Yo tengo que ser responsable de todo lo
que ocurre aquí. Por ti.
Él se detuvo y le apartó el pelo de la cara; eso hizo que se le acelerara el
pulso pero no quiso pensar en el porqué.
—¿Te encuentras algo mejor?
—Sí. Creo que sí.
—Te llevaré a casa. A mi casa.
—No. Debería ir a mi casa.
—No pienso discutir por esto.
Ella se sentía demasiado cansada para discutir de todos modos. Y aunque
no le gustaba, no le gustaba nada esa sensación de debilidad, no se veía con
fuerzas para contestarle.
Dejó que la ayudara a incorporarse y a ponerse la ropa. Luego la llevó de la
mano por el club. No era del todo consciente de las cosas que pasaban a su
alrededor aunque percibía el ruido de las manos y el cuero sobre la piel, los gritos
y los suspiros, el olor del deseo en el aire.
En el vestíbulo, Joe le puso su chaqueta de piel sobre los hombros y, a
pesar de la rebelión que notaba en su interior, inspiró el fragante olor a cuero y a
hombre.
«No te pongas muy tontorrona por él.»
Era difícil no hacerlo después de lo que acababan de hacer. Y tal vez fuera
este el gran peligro; que, de alguna manera, ella quedara indefensa. Pero Joe ya la
estaba sacando de allí y la humedad del aire fue como un golpe para su sistema.
Cuando él la atrajo hacia sí, no se quejó.
El portero les paró un taxi y Joe la ayudó a entrar. Luego se sentó a su lado
e inmediatamente la rodeó con el brazo.
—No hace falta que lo hagas —le dijo ella.
—¿Que haga qué?
El taxi cruzó la ciudad en plena noche. Había dejado de llover pero las calles
estaban mojadas y oía las salpicaduras que hacían los neumáticos en el asfalto.
—No hace falta que me sujetes.
—Pues claro que sí.
Él parecía sorprendido de verdad.
—¿Porque es parte de tu trabajo?
Se quedó callado un buen rato.
—No.
—Entonces, ¿por qué?
Se hizo otro largo silencio y luego contestó:
—Porque quiero.
_____ no supo qué decir a eso. Quería discutírselo porque de algún modo le
sonaba mal, pero su cerebro medio confundido no funcionaba bien.
Recorrieron la ciudad en silencio; solamente se oía el zumbido de la
calefacción y el murmullo de la emisora de radio que escuchaba el taxista, fuera
cual fuera. Y la presencia de Joe; fuerte y cálida a su lado.
El taxi se detuvo delante de una gran casa de estilo Craftsman de dos plantas. La fachada estaba pintada de un tono gris suave y había dos columnas
clásicas de piedra a cada lado del porche. No había prestado atención en el trayecto
pero reconoció el barrio de Beacon Hill. Le sorprendió que viviera allí y no en
algún apartamento moderno del centro.
Él pagó al taxista, la ayudó a salir del coche y luego la asistió también para
subir las escaleras. Abrió con llave la gruesa puerta con paneles de cristal, la hizo
entrar y encendió la luz del vestíbulo.
El interior era cálido. La temperatura y el mobiliario también; este último
tenía unos tonos relajantes de color marrón, gris y azul marino. Había sofás
mullidos y cómodos y muebles antiguos de madera. En las paredes colgaba todo
tipo de arte: cuadros, tallas de madera y máscaras de todo el mundo. Y había libros
por doquier: en estanterías empotradas, encima de las mesas y en montones bien
alineados en el suelo. Todo era grande y masculino, como el mismo Joe.
—Te llevaré a la cama —le dijo, mientras le quitaba el abrigo de encima de
los hombros.
—¿A la cama?
Entonces ella cayó en que se acostarían juntos. No solía pasar la noche con
ningún hombre. Con la mayoría de sus parejas sexuales, iba a casa de ellos, tenían
relaciones y luego se iba a dormir a su casa. Pero estaba muy cansada. No
recordaba sentirse así de agotada en la vida.
—Vamos.
Él la guio hasta el piso de arriba y cruzaron una puerta que daba a una
habitación que ella supuso era su dormitorio.
Los muebles de la estancia también eran a gran escala. Había una cama
enorme con un cabezal tapizado en ante marrón chocolate. La cama estaba cubierta
con un edredón blanco, como el que ella tenía en casa. Había también una cómoda
alta y en las ventanas había unas persianas de madera oscura. El suelo de madera
de roble estaba cubierto con alfombras persas.
Estaba demasiado oscuro para ver las cosas con mayor detalle puesto que
solo se filtraba la luz proveniente del recibidor. Sin embargo, estaba tan cansada
que lo único que quería saber era que había una cama en la que dormir. Nada más
parecía importarle, salvo que Joe estaba allí a su lado.
No quería que eso fuera importante. No quería que él fuera importante.
«Maldita sea.»
Las lágrimas amenazaban con salir otra vez pero las contuvo.
Debía de estar exhausta. Por eso y por lo de tocar fondo que Joe le había
explicado en el club.
Él estaba justo detrás de ella, se le acercó aún más y le puso las manos sobre
los hombros.
—El baño es por esa puerta. ¿Quieres ducharte?
Lo de la ducha sonaba genial pero no lograba hacer acopio de fuerzas para
dársela.
—Ahora no. Tengo que dormir.
Joe la desvistió con unas manos sorprendentemente suaves. Ella
permaneció ahí de pie y dejó que se lo hiciera todo. Apenas era capaz de levantar
los brazos para que pudiera quitarle el top por la cabeza. No obstante, en todo
momento fue paciente con ella y la desnudó como si fuera una especie de muñeca.
Al final se quedó con el sujetador y las braguitas. Él la llevó hasta la cama,
apartó las sábanas y la ayudó a acostarse.
La cama era cómoda y ella se tumbó sobre la suave capa de cutí. Fantástico.
Notó la frescura de las sábanas en la piel y se estremeció. Entonces Joe se tumbó a
su lado, desnudo, y le dio calor mientras la atraía hacia sí y apoyaba su cabeza en
el hombro. Notaba su piel lisa y sedosa en contacto con su mejilla.
Notó una sensación extraña en el pecho cuando la estrechó entre sus brazos,
mucho más que cualquier otro hombre en mucho tiempo porque ella nunca
hubiera permitido semejante cercanía. Hubiera empezado a llorar otra vez pero
estaba muy cansada. Ya no podía pensar ni sentir nada. Cerró los ojos y dejó que el
sueño la envolviera.
Joe estuvo despierto un buen rato en la oscuridad escuchando respirar a
____ y preguntándose a sí mismo qué estaba haciendo.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había traído a una mujer
a su casa. En general prefería escenificarlo todo en el club o allí donde viviera la
otra persona. Después de una sesión se aseguraba de que volvieran del subespacio
con un buen subidón y luego regresaba a casa solo. A veces se tomaba una copa o
leía antes de acostarse también. Y siempre dormía a pierna suelta después de una
sesión. Aunque el juego no hubiera ido del todo bien, aunque hubiera habido
algún roce. Él siempre se aseguraba de resolverlo todo antes de que terminara la
noche, para que todo el mundo estuviera tranquilo y se sintiera bien. Era su
responsabilidad como dominante.
No le gustaba hacer nada que no le dejara después con una sensación de
bienestar, algo positivo. El control del universo o, por lo menos, de su pequeña parte.
Entonces, ¿por qué estaba aquí, en su cama, sin pegar ojo y con una mujer
entre sus brazos? Una mujer con la que ni siquiera había mantenido relaciones
sexuales.
¿Y por qué esto último no le molestaba? Una pequeña porción de su cerebro
permanecía despierto y se preguntaba qué tenía esta situación de diferente. Por
ella. Pero el resto de él sentía una especie de paz y satisfacción.
¿Qué era lo que le resultaba tan inquietante?
La miró y se fijó en sus largas y oscuras pestañas bañadas en la azulada luz
de la luna que entraba por la ventana, a través de un claro en la niebla. Tenía los
pómulos más pronunciados que hubiese visto nunca y sus pestañas descansaban
en ellos. Tenía los labios entreabiertos; carnosos y muy apetecibles. Durmiendo así,
parecía tranquila, inocente, de un modo que no aparentaba cuando estaba
despierta.
No sabía qué nombre darle a ese dolor sordo que sentía en el pecho.
«No le hagas caso. Ya se te pasará.»
Supo en el mismo momento que era mentira, igual que la otra que se había
estado repitiendo: que _____ Ivory era una chica más. Se había estado mintiendo
desde que la conoció.
«Joder.»
No podía consentirlo; no podía sentir este apego. Él no era de esa clase de
hombres que hacían eso. Nunca. Era clavadito a su padre. No necesitaba a una
mujer en su vida, igual que su padre. Él estaba bien solo. Esa extraña atracción que
sentía por _____ sería algo temporal. Era tan hermosa, tan increíblemente
receptiva…
Ella se movió sin despertarse y él miró el reloj en la mesita de noche. Los
brillantes números rojos indicaban que eran las cuatro y media de la mañana. Ella
rodó hacia él y le pasó una pierna sobre las suyas. Él notó un temblor en el pene.
Se quedó quieto, muy quieto, e intentó respirar con normalidad.
Podría despertarla, tocarla, excitarla y que bebiera los vientos por él, como
antes. Y exactamente por lo de antes, se mostraría abierta.
Le dejaría que la follara.
Pero sabía que, de hacerlo, se acabaría todo para él. Inspiró hondo, luego
otra vez, y se dejó llenar por el aire fresco de la noche.
Con cuidado le apartó la pierna. Al tacto, su piel era como el satén.
«Tranquilízate, colega.»
Siguió respirando y centrándose en cómo el aire entraba y salía de los
pulmones. Lo repitió hasta que empezaron a cerrársele los ojos, vencido por el
sueño.
Incluso mientras se quedaba dormido era consciente del cálido cuerpo que
yacía a su lado y el delicado peso de la mujer entre sus brazos. El olor de su pelo,
como a vainilla. Pero al final el cansancio le venció, cerró los ojos y se durmió.
El sol empezaba a asomarse cuando _____ se despertó. La habitación estaba
envuelta en una especie de neblina teñida de una luz dorada que se filtraba entre
las tiras de las persianas. A su lado, el aliento de Joe era como un suave susurro
en la mejilla.
Allí donde su piel había estado en contacto con la suya estaba cálida y al
apartarse notó de repente un espacio vacío y frío que le dio impresión. Fue
entonces cuando realmente fue consciente de que había pasado la noche con él. No
solo con él, sino enredada en sus brazos como si fueran una pareja.
Su mente barajaba imágenes dispersas de la noche en el
Pleasure Dome: ella tendida sobre su regazo, la tenue luz, el compás erótico
y sensual de la música, su mano cayendo con fuerza sobre su piel suave, el escozor,
el exquisito placer, su mano entre sus muslos, el enorme clímax… y luego otro.
«Mierda.»
Su cuerpo volvía a vibrar del deseo.
Se dio la vuelta para ver su perfil dormido. Su rostro se componía de líneas
muy masculinas y unos labios increíblemente carnosos enmarcados por una perilla
de aire malicioso. Las sábanas se arremolinaban en el torso y tenía los brazos y el
pecho desnudos. Sus tatuajes le resaltaban en esa tersa piel y le entraron ganas de
tocarlos, seguir con los dedos esas líneas intrincadas y sinuosas. Quería acercar los
labios y saborearle pero no se atrevió.
Le deseaba. Le deseaba tanto que se había entregado a él la noche anterior y
quería volver a hacerlo.
¿Pero cómo era posible? Había sido capaz de reconocer que llevaba tiempo
contemplando la idea de practicar esos juegos de poder y de sensaciones pero
nunca pensó que lo haría tan fácilmente.
No le gustaba cuestionarse. Era algo que no había hecho desde que perdió a
Quinn. Nunca había dejado de culparse si bien, desde entonces, se pasaba la vida tratando de ser mejor persona, comportarse de una forma y llevar una vida de
modo que nada parecido pudiera volver a suceder. Y ahora era como si la
percepción que tenía de su propia fuerza se hubiera rebajado y eso la asustaba
sobremanera.
En parte tenía que ver con Joe, con lo imponente de su tamaño, la manera
de comportarse que tenía, la forma de hablar con ella y con quién era él, claro.
Parecía tan imperioso ahora como cuando estaba despierto. Y su cuerpo
respondía exactamente igual que la noche anterior: con un calor y un deseo
ardiente que la empujaban a hacer todo lo que le pidiera.
Cualquier cosa.
El miedo era una sensación punzante, como el deseo que la embargaba.
Tenía que salir de allí. Tenía que marcharse antes de que se despertara.
¿Antes de que qué?
Antes de que se entregara más a este hombre.
Salió de la cama, encontró su ropa encima del brazo de una butaca de ante
oscuro junto a la ventana y salió al pasillo de puntillas. Bajó por las escaleras y se
vistió en el vestíbulo. Le resultaba extraño ponerse el atuendo sexy que llevaba la
noche anterior en el Pleasure Dome para salir de esa casa oscura y silenciosa en
una mañana fría. Su aspecto físico no encajaba con cómo se sentía.
«Vete y ya está.»
Se puso los zapatos. El corazón le latía a mil por hora al abrir la puerta y
salir al exterior.
Había niebla, mucha humedad y hacía demasiado frío para salir sin abrigo,
pero ya no lo llevaba la noche anterior. Tenía demasiada prisa por llegar al club.
Recordó que Joe le había dejado el suyo para el trayecto en el taxi. Se estremeció
tanto por el recuerdo del olor al cuero y a Joe rodeándola con los brazos como por
el frío de la mañana.
Empezó a caminar colina abajo y se detuvo a varias manzanas, frente a una
frutería de barrio que tenía un banco de madera delante. Se sentó, sacó el móvil del
bolso y llamó a un taxi.
La calle estaba en silencio; al final se le ocurrió mirar la hora en el teléfono.
Eran casi las seis de la mañana.
Pensó que Joe podría enfadarse por irse como lo había hecho. Se enfadaría,
seguro. Pero tenía que salir de allí. No sabía cómo mirarle después de lo que
habían hecho juntos. Después del modo en que se había entregado a él y había acatado sus órdenes. En aquel momento le había parecido bien. Era natural el
modo en que su cuerpo y su mente habían respondido. Pero ahora… ahora sentía
vergüenza. No por el hecho de que él le hubiera puesto las manos encima o por
que hubiera conocido su cuerpo de una forma tan íntima, sino porque ella se
hubiera entregado a él tan fácilmente.
Se levantó y empezó a caminar de un lado a otro delante del banco,
demasiado nerviosa para sentarse y estarse quietecita.
¡Ay, la cabeza le daba vueltas! Ya no le encontraba ni pies ni cabeza a nada.
«Piensa.»
Pero, tal vez, por primera vez, pensar no la sacaría de esa situación.
Siempre se había fiado de su mente y de sus habilidades para solucionar
problemas, para ir tirando. Tuvo que hacerlo desde que era una niña; desde que su
madre empezó a perder la cabeza y a hundirse en la miseria de su enfermedad.
_____ tuvo que encargarse de todo, gestionar la vida de su pequeña familia. Pero
esta vez, las destrezas lógicas y organizativas no la iban a ayudar.
Hacía años que no se sentía indefensa por nada y no le gustaba.
Pero por lo que respectaba a Joe Walker, tenía muy poco autocontrol. Y
cuando él le hablaba como dominante, su cuerpo y su mente respondían
automáticamente como sumisa. Él tenía razón en ese aspecto.
¿Cómo era posible que ella no se hubiera dado cuenta antes? ¿Cómo había
estado tan ciega en ese aspecto de sí misma?
«Quizá porque no querías darte cuenta.»
Ahora tampoco quería darse cuenta, de hecho.
El taxi se detuvo delante de ella, entró, le dio la dirección al taxista y se
recostó en los fríos asientos de vinilo.
Mientras cruzaban la ciudad, Seattle seguía durmiendo, como solía pasar las
mañanas de domingo tan temprano. Las tiendas y restaurantes estaban a oscuras,
con las ventanas cerradas y las persianas echadas. Las aceras estaban vacías. Hasta
las cafeterías estaban cerradas. Había demasiado silencio y así era demasiado fácil
sumirse en sus pensamientos.
Cuando llegó a casa encendió la calefacción del apartamento, cambió la ropa
que llevaba por un camisón blanco de algodón. Encendió la televisión donde
hacían un noticiario matinal mientras ella se preparaba un té, y luego se metió en
la cama.
Necesitaba dejar el mundo fuera. Las noticias la ayudarían. Había sido la
válvula de escape desde que tenía diez años. Cada vez que las cosas se ponían
difíciles en casa —algo que pasaba muy a menudo— ella recurría a las noticias del
mundo exterior, donde las cosas eran peores y más dramáticas que las que
sucedían en casa. Entonces se perdía en los bombardeos de tierras extranjeras, en
debates políticos o en crímenes cometidos en lugares en los que nunca había
estado. Cualquier cosa que la ayudara a distanciarse de su vida, de sí misma. Una
vieja costumbre que, de un modo curioso, la tranquilizaba. Y cuando no podía
encender la televisión porque su madre estaba demasiado exaltada, nerviosa o
desasosegada, se refugiaba en los libros. Siempre había alguna manera de escapar
entre arrebato y arrebato.
Como si fuera el montaje de una película, vio mentalmente algunas escenas
de su infancia: su hermano, con tal vez cinco años, encogido de miedo debajo del
fuerte que se había hecho con los cojines del sofá mientras su madre, Darcy, tenía
uno de sus ataques en la cocina. Ruido de vasos al romperse, sollozos y gritos.
_____ tenía tan solo ocho años pero se metía ahí debajo con Quinn, le cogía de la
mano y empezaba a contarle historias: cuentos, fragmentos de libros, cualquier
cosa que recordaba o que se inventaba. Después de eso, Darcy estaba agotada y
arrepentida. Lloraba y se deshacía en disculpas. Entonces _____ tenía que
consolarla; sentía rabia y culpabilidad al mismo tiempo. Se sentía responsable del
bienestar de todo el mundo; del de su madre y del de Quinn.
Notó un nudo en el estómago.
Inspiró y espiró varias veces, y se esforzó por borrar de su mente esas
imágenes antiguas que seguían atormentándola, sobre todo cuando estaba
demasiado cansada para evitarlas.
De modo que tuvo que verlas pasar rápidamente por la pantalla mientras
iba amaneciendo en el exterior. No había nada que lograra distraerla, ya fuera del
pasado o de los efectos secundarios de su noche con Joe.
Cogió el mando a distancia y cambió de canal varias veces. Más noticias,
reposiciones de comedias antiguas que nunca le habían llamado especialmente la
atención. Al final se quedó con una película: Algo para recordar.
En secreto, sentía debilidad por las películas románticas; algo que nunca le
había reconocido a nadie, ni siquiera a Mischa. Eran reconfortantes, aunque sabía
que eran muy poco realistas. Tal vez era por eso que resultaban tan
tranquilizadoras. Era fácil dejarse llevar por algo que era totalmente fantasioso.
Le dio un sorbo al té y vio cómo, desde la distancia, Meg Ryan veía a Tom
Hanks por primera vez. Reparó en la emoción de su rostro y notó una punzada en el pecho.
Cambió de canal deprisa. Quizá no fuera tan poco realista al fin y al cabo.
Apagó la televisión.
Estaba exhausta. Si pudiera echar una cabezadita se levantaría con la cabeza
más despejada. Entonces sabría qué hacer.
Se tumbó en la cama, con la cabeza en la almohada y se subió las mantas
hasta la mandíbula. Se estaba caliente en la cama, con el pesado edredón encima.
Sin embargo, no era tan cálida como la piel de Joe.
«Ahora no pienses en eso. No pienses en nada.»
En la calidez de su piel. En sus palmas, sorprendentemente suaves sobre su
piel. En sus dedos avispados. En la dulzura de su boca.
Gimió; su cuerpo palpitaba aún con un deseo que seguía insaciable a pesar
de todo. De repente, supo con una dolorosa claridad que así seguiría hasta que
volviera a verlo. Hasta que la tocara. Hasta que la azotara. Hasta que lo tuviera
dentro de ella; lo único que de momento él le había negado.
Era una tortura querer algo que sabía que no debería conseguir porque, si
permitía que eso sucediera, ya no habría vuelta atrás. Se perdería de una forma
irrevocable; la fuerza que había estado acumulando toda la vida se desintegraría
por esa necesidad ridícula que sentía por este hombre y por lo que le ofrecía.
«Joe.»
¿Pero qué le había hecho ya? ¿Y cuánto más le dejaría hacer?
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Marzo 18th 2013, 13:30

siguela!!!!
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nikifriky
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Marzo 22nd 2013, 06:56

Omg me encanto siguela!!!
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Marzo 24th 2013, 09:08

siguela!!
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Marzo 24th 2013, 18:41

Siete

A _____ le dio la impresión de que solo había dormido unos minutos
cuando sonó su teléfono móvil. Alargó el brazo a tientas, lo cogió de la mesita de
noche y lo abrió.
—¿Diga?
—Te has ido.
—¿Qué? Ah… Joe.
—¿Por qué?
Se apartó el pelo de la cara, tratando de reactivar su cerebro. ¿Por qué se
había ido? Recordaba la calidez de su gran cama, de su cuerpo a su lado, de la
comodidad de su presencia. Recordó asustarse al sentir lo mucho que le gustaba
estar ahí. Lo mucho que necesitaba estar ahí con él.
Se le aceleró el pulso y se le desbocó el corazón.
—Es que… tenía que irme.
Al otro extremo de la línea, él suspiró. O quizá fuera un resoplido de
irritación.
—_____, deberíamos hablar de esto.
—¿Porque es parte de tu trabajo como dominante?
—Es parte de mi trabajo. Eres mi responsabilidad después de una sesión de
juego. Necesito saber que estás bien antes de irme.
—Pero si la que se ha ido he sido yo.
—Sin consultármelo.
La rabia la consumía por dentro.
—Ya te lo dije: no soy una esclava.
—No, pero si existen reglas es por algo, independientemente del nivel que
tengan los juegos. Es para mantenerte a salvo.
—Estoy a salvo, gracias.
Él se quedó callado un momento. Luego añadió en un tono que dejaba claro
su enfado:
—Joder, _____. Reconozco que eres muy fuerte y muy capaz en tu vida
diaria. Pero estas gilipolleces no se aplican aquí. No cuando te entregues a mí. No cuando yo te llevo a ese sitio donde no eres capaz de tomar decisiones o de velar
por tu bienestar. Y eres demasiado nueva en esto para evaluar cuándo salir y
marcharte.
¿Tenía razón? En ese momento no sabía decirlo. Seguía muy cansada.
—¿Has oído lo que te acabo de decir?
—Sí, te he oído. Estoy… pensando.
—Bueno, pues piénsalo bien. No pienso jugar con una mujer que no respete
las reglas que yo pongo. Y una de esas reglas es que yo decido cuándo estás bien
para quedarte sola.
—¿Por qué estás tan enfadado? Estoy en casa, en la cama. Estaba durmiendo
o, al menos, intentándolo, hasta que has llamado. Está claro que estoy bien.
—¿Lo estás de verdad?
—Sí. —La mentira le salió demasiado deprisa.
—¿Es tu primera experiencia con juegos de dolor en un club fetichista y
estás bien? ¿No estás confundida por lo que te ha pasado, no te resulta difícil
aceptar tu respuesta, tus deseos, aunque sean la antítesis de lo que eres
normalmente?
—Yo no he dicho eso.
—No. No hace falta. Mira, _____, hace mucho tiempo que hago esto. He
desarrollado cierta intuición, entiendo las transiciones por las que pasa la gente al
entrar en este mundo; eso es parte de lo que hace un buen dominante. Y yo soy
muy bueno en lo mío, así que eso que me dices de que estás bien y que no estás
afectada por lo de anoche es una gran gilipollez.
—Yo no he dicho que no me afecte.
—Estás racionalizando las cosas.
Ella se mordió el labio y jugueteó con el ribete del edredón que tenía entre
los dedos.
—Pues quizá sí. Es mi respuesta habitual a… bueno, a prácticamente todo.
—Pues tendrás que llegar más al fondo de todo esto si de verdad quieres
experimentarlo.
_____ se enfadó. Sabía que acababa de activar su mecanismo de defensa y
no le importaba.
—Yo no he dicho que… Solo quiero investigar un poco para mi libro, Joe.
¿Hasta dónde tengo que llegar para hacerlo?
—Pues hasta donde te lleven tus deseos. Hasta donde tú quieras llegar.
—No sé dónde es eso, ¿sabes?
—Está bien.
—Bueno… ¿Qué?
—He dicho que está bien.
Pensaba que él discutiría. Que no lo hiciera la hizo sentir algo ridícula.
Inspiró hondo, soltó el aire y dejó que, con él, se fuera gran parte de la rabia. —
Siento haberme ido —dijo, aunque a regañadientes.
—De acuerdo.
—¿Por qué estás tan comprensivo de repente?
—Soy comprensivo porque siempre lo soy y ya no quiero estar enfadado.
¿Te desconcierta?
—Sí. —Le molestaba mucho reconocerlo. Le fastidiaba que eso la hiciera
sentir débil.
—Entonces es que sigo haciendo mi trabajo.
—¿Reconoces que hacer jueguecitos mentales es parte de lo que haces?
—Jugar con la mente es una parte inevitable del proceso. Es uno de los
motivos por los cuales no deberías quedarte sola después de una escena así hasta
que yo confirme que estás bien. Porque, en parte, lo que te pasa ahora por la
cabeza es resultado de hacer estas cosas por primera vez. De haber cambiado la
percepción que tienes de ti misma, de tus deseos y de tu sexualidad. No todo lo he
infligido yo. Y cada persona que entra en la escena BDSM experimenta algo así en
cierta medida. Hasta que sepa cómo de extrema es tu reacción ante estos juegos, es
mi responsabilidad cuidar de ti y asegurarme de que estás bien. Y eso no lo puedo
hacer bien desde la otra punta de la ciudad.
____ soltó el edredón.
—Está bien. De acuerdo. Lo entiendo.
—Me alegro, porque tenemos que estar de acuerdo con estas cosas o no
volverá a pasar más. Si es que todavía quieres… ¿Quieres hacerlo o ya has
terminado con esto y conmigo?
Parte de ella le gritaba que le colgara y no volviera a verle nunca más pero
no podía hacerlo. Era imposible.
—No, no he terminado.
—De acuerdo, pues entonces vuelve aquí esta noche.
—¿A tu casa?
Los nervios y la excitación la embargaron a partes iguales.
—Sí. Hoy a las ocho —dijo él en voz baja y con suavidad aunque el deje
autoritario quedó bastante claro—. Coge un taxi. Yo lo pago.
—No será necesario.
—Sí, lo es —insistió y ella supo por el tono que era mejor no seguir
discutiendo.
Le temblaba todo el cuerpo del deseo y solo por el tono de su voz. Un
control absoluto. Órdenes. No lo soportaba pero tampoco podía negarse.
—Bien. Allí estaré.
—Muy bien. Escucha,_____.
—¿Sí?
—Prepárate porque no volverás a irte hasta que yo te lleve a casa. ¿Me has
entendido?
Ella se quedó callada un momento y se pasó la mano por el pelo. Tenía
ganas de rebelarse pero le parecía una estupidez hacerlo en ese momento así que
se contuvo.
—Sí. Entendido.
—Y ven con hambre. Voy a darte de comer. Para hablar.
—¿Qué?
—Hablar es parte del proceso. Pensaba que eso ya había quedado claro.
—Sí, claro. Pero pensaba que como ya… habíamos empezado… —Dejó la
frase a medias porque no sabía cómo continuar.
—¿Pensabas que como ya habíamos empezado con los juegos no quedaba
nada más por descubrir el uno del otro? Acabamos de empezar el viaje, ____. Nos
vemos esta noche. No llegues tarde.
Joe colgó y ella cerró el móvil; temblaba toda entera de los nervios y del
deseo. Tenía un hambre irresistible y, a la vez, seguía un poquitín enfadada.
Se había metido en un buen lío con este hombre. Un lío del que ahora no
podía salir. Era como si se hubiera metido en una camisa de once varas, pero la camisa la hubiera escogido ella misma. Ahora lo único que podía hacer era llevarla
puesta con la mayor dignidad posible.
La casa de Joe estaba exactamente como la recordaba: sorprendentemente
acogedora, con un porche amplio en la entrada y una luz dorada que se filtraba por
entre los postigos de las ventanas.
Le había llamado cuando estaba a unos minutos de distancia, tal como le
había pedido él por correo electrónico al poco de hablar por teléfono, y la estaba
esperando en la acera. Lo único que distinguía de él era su silueta alta que
recortaba la luz proveniente del interior de la casa.
Tenía la espalda muy ancha. Lo imponente de su figura la impresionaba. No
podía explicárselo pero la hacía sentir más femenina. Y aún más cuando le tendió
la mano para ayudarla a salir del taxi.
—Buenas tardes, _____. Me alegro de que hayas venido.
—Ya… yo también.
Era verdad. No valía la pena seguir cuestionando eso.
Él siguió cogiéndole de la mano mientras subían los escalones que llevaban
a la entrada de su casa y solamente se la soltó para ayudarla a quitarse el abrigo.
—Estás preciosa —le dijo con una mirada intensa y escrutadora, y a ella se
le encendieron las mejillas.
—Gracias.
Nunca se olvidaba de decirle lo guapa que era cada vez que la veía. No
necesitaba oírlo cada vez pero era agradable de todos modos.
Él estaba más apuesto que nunca; llevaba el pelo algo despeinado y le
entraron ganas de peinárselo con las manos. Esta noche vestía más informal;
llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta negra que se ajustaba
perfectamente a sus hombros y a los músculos del pecho. Hoy más que nunca
parecía un chico malo, junto con esa perilla y los tatuajes. Salvo que no tenía nada
de chico.
—No soy el mejor cocinero del mundo pero preparo una pasta bastante
aceptable. ¿Tienes hambre?
—Un poco.
Entonces reparó en la calidez de la casa y en el aire que traía el rico aroma
de la comida al fuego.
—Acompáñame a la cocina. Está casi lista.
Ella le siguió por un pasillo corto hasta la parte trasera de la casa y cruzaron
una puerta. La cocina era un espacio grande en el que habían conservado la
arquitectura original si bien las encimeras de granito, los armarios de arce y los
electrodomésticos de acero eran completamente nuevos. Era moderna pero, al
igual que el resto de la casa, infundía una sensación de comodidad. La pasta que
hervía en la vitrocerámica despedía un agradable vapor y hacía que la cocina fuera
aún más acogedora.
Entonces sonó un timbre y se sobresaltó.
—No te pongas nerviosa, solo vamos a cenar. Por ahora, al menos.
—Yo no… Bueno… Tienes razón. No me gusta nada estar tan agitada. Me
hace sentir como si no tuviera control de mí misma ni de cómo respondo. Sin
embargo, supongo que para mí abordar este conflicto interno forma parte del juego
de poder. Empiezo a darme cuenta de eso.
—El juego de BDSM más fuerte suele conllevar la aparición de estas
sensaciones. No es tan infrecuente. Y tampoco es una cosa mala.
«BDSM más fuerte.» ¿Era eso lo que hacían? Se puso tensa y sintió un
escalofrío de placer al pensar en lo que habían hecho juntos la noche anterior.
—Intenta relajarte mientras cenamos. —Joe se dio la vuelta y, con un
tenedor, comprobó cómo estaba la pasta—. Ah, esto ya está. Sírvete una copa de
vino si quieres. —Se detuvo, levantó la vista y ella se quedó impresionada, una vez
más, al ver el brillo de sus ojos azules—. Pero solo una. Juego y embriaguez no son
una buena mezcla.
Ella asintió con la cabeza y dijo:
—Gracias.
Cogió la botella de tinto que aguardaba abierta en la encimera para que el
vino respirara un poco y miró la etiqueta. Joe tenía un gusto excelente en cuanto a
vinos, aunque no le sorprendía. Cogió una de las copas que había junto a la botella
y la llenó hasta la mitad. No quería comprometer sus sentidos. Esta noche no.
—¿Te pongo un poco, Joe?
—Sí, gracias.
Lo hizo y le pasó la copa. Él la miró por encima del borde mientras tomaba
un sorbo.
—Lo haces bien.
—¿Qué hago bien?
—Servir.
—No son más que buenas maneras.
—Tal vez.
—Lo dices para provocarme.
Él sonrió antes de darse la vuelta para atender el fuego. Vio cómo retiraba el
cazo, vertía la pasta en el colador, la servía luego en una bandeja y, por último, le
echaba por encima lo que parecía salsa marinera de una sartén que también estaba
en la vitrocerámica.
Cayó en la cuenta entonces de lo raro de la situación: él cocinando para ella
y sentándose a cenar y a comer como gente de lo más civilizada, a pesar de lo que
tenían pensado hacer entrada la noche. Y era un poco emocionante. Quizá más que
un poco, tuvo que reconocer cuando se imaginó desnuda acatando las órdenes de
Joe una vez más. Notó un escalofrío de deseo en el vientre.
—La cena está lista. Vayamos al comedor. Hay ensalada y pan en la mesa.
Ella le siguió por otra puerta y llegaron al comedor. El suelo de madera
refulgía a la luz de las docenas de velas encendidas por todo el salón, encima de la
mesa de roble y en el aparador antiguo. La mesa estaba puesta con sencillez: había
platos de cerámica en tonos terrosos, servilletas de lino de color beis y pan en una
cestita de mimbre. En el centro de la mesa había un cuenco de bronce que,
inesperadamente, estaba lleno de agua y camelias flotantes.
Joe dejó los platos y al instante se dio cuenta de que le había retirado la
silla y esperaba a que se sentara. Así lo hizo ella y dejó que le acercara la silla a la
mesa, maravillándose por la cortesía de su anfitrión. Con eso la velada parecía
demasiado normal, incluso, cuando estaba claro que no lo era.
—¿Así es como va todo siempre?
—¿A qué te refieres?
Él se sentó presidiendo la mesa y se colocó la servilleta en el regazo.
—Pues como si fuera una cita.
—¿Acaso no lo es, acabe la noche o no en tu puerta y yo dándote un casto
beso en los labios?
—No lo sé. ¿Lo es? ¿Es eso lo que estamos haciendo?
Él se quedó callado un momento mientras cogía un trozo de pan y lo partía
en dos. Ella se distrajo con el movimiento de sus manos. Parecían muy fuertes,
como si pudieran partirla a ella también si quisiera.
Se estremeció.
Al final, Joe repuso:
—Lo que hacemos es conocernos mejor. ¿Hago esto con las demás mujeres
con las que juego? Sí. A veces. Depende de si es una noche de juego casual en el
club o algo más serio. Y con «serio» me refiero a que se prolonga en el tiempo.
—Has sentido la necesidad de aclarar eso.
—¿Aclarar el qué?
—Que lo de «serio» no se refiere a una relación seria.
—No soy una persona de relaciones. No en ese sentido. ¿Era eso lo que
querías saber?
—No era más que una observación.
—Ah. —Probó un poco de pasta y masticó—. ¿Qué te parece la cena?
—Pues aún no lo sé, pero el vino está muy bueno.
—Come un poco.
____ sabía que él estaba evitando la conversación, pero no le importaba.
Ella tampoco buscaba una relación. Probó la pasta, que estaba tierna y deliciosa.
—Sabes cocinar.
Él sonrió; parecía satisfecho consigo mismo y levantó la copa como si fuera
a hacer un brindis.
—Sí, sé. ¿Y tú?
—En verdad soy una cocinera horrible. Pero se me da muy bien pedir
comida por teléfono. No me gusta tener que parar lo que sea que estoy haciendo
por asuntos insustanciales cuando escribo, así que tengo mis restaurantes
preferidos grabados en la marcación rápida.
—La comida no es algo insustancial.
—Bueno, es necesaria…
—Necesaria no quiere decir que no se disfrute. El sexo también es necesario.
—Tienes razón. Tal vez es que he aceptado que no sé cocinar. Prefiero
sentarme a disfrutar de la comida que ha preparado otra persona.
Él sonrió y volvió a alzar la copa.
—Algunos somos más activos en nuestras funciones que otros.
Ella no pudo evitar sonreírle.
—Te gusta remarcar eso, ¿verdad?
—Me has pillado. —Se calló y sonrió—. Y tú estás más cómoda conmigo
esta noche.
—Sí… debe de ser el vino pero sí, estoy más relajada. Quizás es porque
estamos aquí sentados, hablando de lo más normal.
—Forma parte de mi maléfico plan.
Ella se echó a reír.
—Bueno, pues funciona. Me gusta no tener que explicarme. Y no es lo
mismo cuando estás metido en tu papel, ya sabes… cuando no es eso del
dominante y la sumisa. ¿Me estoy explicando bien?
—Sí, por supuesto. El juego de poder siempre está conmigo. Forma una
parte integral de quién soy si quiero que funcione. Pero eso lleva las cosas a un
nivel más profundo. El juego mismo es más intenso, así como el sexo y los niveles
de confianza necesarios.
—Ya.
Le gustaba que entendiera que su respuesta al juego de poder no la había
incapacitado completamente, aunque tampoco quería pensar demasiado sobre eso.
Lo único que necesitaba saber era que se sentía cómoda con él, a gusto. Quería
disfrutar de la cena sin tener que diseccionarlo todo, aunque fuera por una vez.
«Es peligroso.»
Sí, este nivel de comodidad con él era peligroso. Sería demasiado fácil
perderse. Él era peligroso. Pero era un juego al que estaba dispuesta a jugar, de
momento.
Joe le dio otro bocado a la pasta sin dejar de mirar sus manos o la manera
como tragaba. Estaba hermosísima a la luz de las velas. Su cabello era una brillante
cascada de rizos salvajes que enmarcaban la delicada estructura ósea de su rostro.
Quizá parecería frágil a ojos de la mayoría de la gente en su vida diaria, si
no irradiara ese aire de autoridad. Pero en sus manos era muy distinta. Esa
autoridad se desmoronaba. La había visto aferrándose a ella y le encantaba
comprobar cómo, al final, no podía.
Se le ponía dura de solo pensarlo. Tuvo que moverse un poco en la silla y
quitarse de la cabeza el recuerdo de su piel desnuda.
«Contrólate y concéntrate.»
Le dio un buen trago a la copa. Esto funcionaría mucho mejor si era ella la que no estaba centrada.
—Bueno, ____, ¿me contarás algo de tu madre?
Un atisbo de sorpresa se asomó fugazmente a su rostro. Entonces levantó la
copa de vino y bebió. Se tomó un rato hasta que volvió a dejarla sobre la mesa.
—Probablemente no.
—Es una situación que viene de largo, ¿verdad?
Ella le miró: sus ojos grises eran claros y brillantes a la luz de las velas.
Estaba alerta y algo nerviosa. Por la tensión en su semblante se dio cuenta de lo en
guardia que estaba en este tema, aunque no se hubiera negado a hablar de él
directamente.
—Sí.
—Y no quieres hablar de ella bajo ningún concepto.
Ella suspiró.
—¿Vas a seguir insistiendo hasta que te lo cuente?
—Ahora no.
—Gracias.
Ella seguía mirándole con una mirada encendida. Él disfrutaba al verla
enfadada. Reconocía que eso le daba vidilla y le excitaba sexualmente. Que ella le
contestara hacía que someterla, tanto literal como figurativamente, fuera mucho
más excitante.
Él se recostó en la silla y le sonrió.
—Te quiero con el estado mental adecuado para lo que tengo previsto más
tarde.
—Oh.
Sus rasgos se suavizaron; estaba seguro de que ella no sabía que lo estaba
haciendo. Que no aceptaba del todo lo fácilmente que cedía, que se entregaba a él,
incluso con estas pequeñeces.
Ah sí, era perfecto para lo que tenía preparado después. Pero primero
tenían que hacer bien la digestión y ya le iba bien tomarse su tiempo.
—Cuéntame algo de tus otras relaciones, _____. Nunca hemos hablado de
eso.
—Bueno… no hay mucho que contar.
—¿Tú tampoco eres persona de relaciones?
Ella se quedó callada y apuró el vino. Parecía estar poniendo en orden sus
ideas puesto que sus ojos estaban cada vez más centrados.
—Pues no mucho. He tenido algunas. Tuve un novio dos años mientras
estudiaba en la universidad pero cuando terminé la carrera me di cuenta de que no
estaba enamorada de él. No me pareció justo seguir alargando la relación.
—Pero de eso ya hace unos años, ¿verdad? Me acabo de dar cuenta de que
no sé cuántos años tienes.
—Tengo treinta y tres. De modo que, sí, ya hace un tiempo.
—¿Y desde entonces no ha habido nadie más?
—He salido con mucha gente, a veces con la misma persona durante
algunos meses pero no ha habido nada permanente.
—¿Y por qué no? Yo tengo mis motivos. Me pregunto cuáles deben de ser
los tuyos.
Él vio como se le nublaba la mirada.
—Nunca he pensado en eso.
Joe no pudo evitar pincharla un poco.
—Eres una escritora erótica. Escribes sobre relaciones además de sexo, ¿pero
nunca has pensado en por qué las evitas?
—Yo no he dicho que las evite.
—Yo lo reconozco, _____. —Se encogió de hombros—. Evito las relaciones.
—Y supongo que te sientes la mar de cómodo explicando el porqué.
—Me encantan las mujeres y el sexo pero eso nunca se ha traducido en algo
que quiera hacer permanente. Nunca he visto el motivo para hacerlo. Soy
perfectamente feliz con las cosas como son.
—¿Y esto desde hace cuánto tiempo?
—Bueno, ahora tengo treinta y seis. Ha sido así toda mi vida adulta.
—Pero habrá algún motivo que lo explique.
—Quizá no me he preocupado nunca de investigarlo.
—Pero parece que quieras que lo haga yo.
Ahora le fulminaba con la mirada y a él le encantaba ver ese fuego en sus
ojos. Saber que podía apagarlo con unas palabras bien escogidas y con el roce de su mano en su sedosa nuca. Prefería pensar en eso que en la pregunta que acababa de
hacerle. Tenía que recordar que era a ella a quien quería dejar fuera de juego. Y no
quería hacerse las preguntas que habían empezado a rondarle por la cabeza desde
que la conoció. Preguntas sobre si la opinión de su padre acerca de llevar una
existencia solitaria eran del todo correctas o adecuadas para él simplemente
porque compartieran los mismos genes. Esas eran unas preguntas demasiado
grandes para abordarlas en ese momento.
—De acuerdo, _____. Cambio de tema para los dos. Después de nuestra
última comida juntos me di cuenta de que nunca has mencionado a tu padre.
¿De verdad había cambiado de tema? Bueno, mejor hablar de su padre que
del suyo.
—Eso debe de ser porque no lo he visto desde los seis años.
—Ah.
—¿Qué quieres decir con ese «ah»?
Se estaba empezando a cabrear. Seguro que no le gustaría nada lo que
estaba a punto de decirle. Nada de nada.
Él se encogió de hombros.
—Quizás es por eso que evitas las relaciones.
Ella giró la cabeza un momento y apretó la mandíbula con tanta fuerza que
él se arrepintió inmediatamente de haberla presionado tanto.
Alargó el brazo y le cogió la mano.
—Lo siento, ______. Creo que me he excedido con la broma.
Ella volvió a mirarle; esta vez su rostro volvía a ser sereno y suave.
—Ya… no pasa nada. Sé que puedo ser muy terca a veces.
—Sí, eso es verdad.
—Hay ciertas cosas en mi vida, en mi pasado, que son demasiado
personales. Son cosas de las que no quiero hablar con nadie.
—¿Con nadie?
—Con mi amiga Mischa, quizá sí.
—Está muy bien tener a un buen amigo. Alguien en quien puedas confiar.
Tal vez algún día te sientas cómoda conmigo y puedas contarme estas cosas.
—Tal vez.
Ella esbozó una sonrisa y a él se le hizo un nudo en el estómago. No quería
saber por qué. Tampoco quería saber por qué el hecho de que le contara cosas de
su vida era tan importante para él. Pero le importaba.
Sería mejor que se anduviera con cuidado con esta mujer o la cosa se le iría
de las manos. Se le iría, lejos, más lejos que con cualquier otra persona. No era del
tipo de hombres que hacía esto, que se quedaba pillado. En cuanto al sexo él
siempre estaba al mando. Cualquier cosa fuera de esa esfera era demasiado
arbitraria, demasiado vulnerable para correr el riesgo, como le había enseñado su
padre. Y era la arbitrariedad la que había separado a sus padres, ¿verdad?
¿O quizá no? Empezaba a preguntárselo… pero ahora no era momento de
ahondar en la relación de sus padres. ¿Por qué divagaba tanto esta noche? Lo que
importaba ahora, esta noche, era ____. Y ahora mismo, lo más seguro para las
personas involucradas era que mantuviera su distancia habitual.
Tenía que centrarse, volver a un terreno más seguro, pisar suelo firme y
concentrarse en su tarea. Por suerte, la tarea misma era muy apetecible. Irresistible,
de hecho.
—¿Se te ha asentado ya la cena, ____? Porque es hora de ponerse en
marcha.
—¿Ya?
—Sí. Ya.
La expresión de su rostro era impagable. Veía como las distintas emociones
se asomaban a su cara: confusión, deseo, miedo, ese pequeño atisbo inicial del
subespacio. Todo sucedía a la vez. Y él lo notó como un golpe en el estómago, de lo
fuerte que era.
La adrenalina brotaba en su interior, así como la lujuria. Empezaba a notar
cómo el pene se le erguía entre las piernas. Era lo bastante fuerte para ahuyentar
los demás pensamientos, preguntas y dudas.
Estaría bien siempre y cuando no pensara en nada, si solo se esforzaba por
hacer lo suyo.
Vio cómo se mordía el labio y la carnosa piel rojiza quedaba marcada por
sus blancos dientes. Hermosa.
Ella era muy hermosa. La deseaba tanto que apenas podía reprimir las
ganas de tocarla.
Pero estaba a punto de hacerlo.
Se levantó, sostuvo la silla y la ayudó a incorporarse. Al tocarla notó que estaba temblando un poco. Fantástico.
La atrajo hacia sí y captó la esencia de vainilla de su piel y su pelo. Se inclinó
hacia ella y le susurró al oído:
—Ahora te llevaré arriba y pienso hacerte todas las cosas con las que he
estado soñando desde la última vez que te tuve en mi cama. Pero primero quiero
jugar contigo. ¿Estás preparada?
—Sí —contestó ella en un hilo de voz que le hizo estremecer.
No quería pensar en eso que acababa de decirle; que había estado soñando
con ella.
Pero esto no era ningún sueño: iba a poseerla. La azotaría y tendría sexo con
ella esta noche. Una y otra vez. Y él estaría al mando como siempre hacía.
«Al mando. Como siempre.»
Repitió esas palabras para sus adentros una vez más e intentó ignorar que
no terminaba de creérselas.
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Marzo 27th 2013, 12:08

ahh me encanta Joe!!
Es tan sexy grrr
Siguela!!
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Abril 2nd 2013, 17:42

siguela!!!
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Abril 3rd 2013, 23:30

Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Abril 4th 2013, 12:58

siguela!!
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Novia De..


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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Julio 7th 2013, 18:46

SEGUILAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
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eschio
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Agosto 4th 2013, 21:57

siguelaaaaaa
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jonatik4everrr
Novia De..


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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Septiembre 5th 2013, 01:31

seguilaaaaaaaaaaaaaaa
locaa pleaseeeeeeeeeeee
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Septiembre 5th 2013, 14:38

nueva lectora
dios...
es increible
siguela
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Hoy a las 16:12

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EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU
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