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 EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU

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camilitalovato
Amiga De Los Jobros!


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MensajeTema: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 14th 2012, 16:28

Para la autora de novela erótica _________, el control lo es todo. _____ ha crecido en un hogar caótico y siempre con la responsabilidad de cuidar a su hermano menor… hasta el día en que éste falleció víctima de un accidente de moto. Desde entonces, ella ha llevado una vida organizada y segura, estable, sin riesgos. Hasta que se topó con Joseph, un hombre que era todo lo contrario a ella... pero que era todo lo que realmente quería ser.

Joe Jonas es un escritor de thrillers psicológicos y un hombre que vive al límite. Las motos, el snowboard, nadar entre tiburones, nada es demasiado arriesgado ni demasiado peligroso para él. Y ese riesgo también se extiende a sus gustos en el dormitorio. Joe encuentra el placer en la dominación y es en su club de BDSM donde da rienda suelta a sus deseos. Lo único que verdaderamente teme es enamorarse. El amor y que alguien llegue realmente a conocerle...
Como labor de investigación y documentación para su próxima novela, ______ mantiene un encuentro con Joe y éste la invita a probar los placeres que se ocultan tras ese delicioso fruto prohibido que es el mundo del BDSM. Joe quiere demostrarle que no hay placer más sublime que la sumisión y, con esa idea en mente, la tienta a probar el placer infinito. Pero, ¿sabrá él mantenerse firme ante la primera mujer que es capaz de hacerle doblar las rodillas?
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 14th 2012, 17:01

Uno

En cuanto vio la silueta corpulenta que entraba en el aparcamiento delante
del Museo de Arte Asiático a lomos de una Ducati clásica —una moto de un
impecable color negro y cromo—, _______ Ivory supo que era él. Joe Jonas, el
hombre al que había ido a entrevistar. Un hombre famoso por su talento y sus
conocimientos como dominante sexual en la escena del BDSM de Seattle.
No era la chaqueta negra de piel lo que le delató ni tampoco su cuerpo
imponente. Era esa actitud de intrepidez y de confianza en sí mismo que tenía al
detener la moto, dándole un último acelerón antes de apagar el motor. Era la
manera en que pasó la pierna por encima del brillante depósito y se quitaba el
casco como un cowboy que estuviera desmontando de un semental. Era el aura de
poder que ella alcanzaba a sentir incluso a tantos metros de distancia, como si
acabara de recibir un delicado golpe.
Joe Jonas sin casco era aún mejor. Tenía el cabello oscuro, casi negro, que
se le rizaba un poco y le rozaba el cuello de la chaqueta. Tenía un marcado perfil
que podrían haberlo tallado en mármol.
_____ estaba junto al coche, con la puerta aún abierta y las llaves olvidadas
en la mano. ¿Por qué le latía el corazón con tanta fuerza? Sin embargo, no podía
apartar la vista de los elegantes movimientos que hacía con sus grandes manos
mientras se quitaba los guantes de piel y abrochaba el casco al asiento de la moto.
No dejó de mirarle mientras él levantaba la mirada y encontraba la suya.
Eran unos ojos azules, brillantes y penetrantes, cómplices. Sabía que le había
estado mirando. Por primera vez en su vida adulta, _____ se sentía completamente
aturullada.
Ojalá se le calmara ya el pulso, ¡joder!
«Es una reunión profesional.»
Sí, pero al parecer eso no inhibía ni un ápice su respuesta a este hombre.
Tendría que recobrar la compostura antes de hablar con él. Había acudido para
aprender de él, para investigar. Jennifer, la sumisa con la que se había puesto en
contacto por Internet y a la que había conocido una semana antes, le había dicho
que con quien tenía que hablar era con Joe Jonas; pero no le había advertido de
lo increíblemente apuesto que era.
Joe Jonas debería llevar un cartelito de advertencia.
Sonrió mostrando una hilera de dientes blancos que centelleaban; sus labios eran exuberantes —una excepción en su rostro de rasgos tan masculinos— y los
rodeaba una perilla negra bien recortada que le hacía parecer algo malvado. A ella
le gustaba ese aspecto malicioso. Notó cómo le subía una oleada de calor por el
vientre, como si fuera fuego líquido.
Él se le estaba acercando y a ella le temblaban las rodillas.
Se acercó más y más hasta que llegó al otro lado del Audi sedán b —Me da la impresión de que eres la mujer a la que vengo a ver. Era una voz grave y profunda pero sorprendentemente melosa. Muy No pudo hacer otra cosa que asentir.
Él esbozó una sonrisa al percatarse de su prologado silencio.
—¿_____ Ivory? ¿Escritora de novelas eróticas?
—Sí…
¿Pero qué le pasaba? ¿No podía formar una frase coherente?
—Soy Joe. ¿Entramos?
—¿Qué? Ah, sí, claro.
Cerró la puerta del coche y pulsó el botón de bloqueo. Trató de pasar por
alto ese calor que la invadía por dentro. De repente, el abrigo de lana se le antojó
demasiado pesado, a pesar de la humedad habitual de Seattle en otoño. Era
demasiado consciente del hombre que andaba a su lado mientras se aproximaban a
la entrada del museo, de estilo art decó, flanqueada por sendos camellos de piedra.
Siempre le había gustado este edificio, así como las exposiciones que albergaba.
Cuando Joe le sugirió que se encontraran en la cafetería del museo, se quedó
gratamente sorprendida. Sentía debilidad por el arte, sobre todo por el asiático, y
había visitado aquella colección en incontables ocasiones.
Subieron por las escalinatas de piedra y Joe apoyó la mano en la parte baja
de su espalda. Le recorrió un escalofrío. Le miró y lo sorprendió con una sonrisa en
los labios. Pero ambos permanecieron callados mientras cruzaban la entrada y sus
pasos resonaban en el suelo de mármol. Luego subieron los escasos escalones que
les separaban del Taste Café, que estaba en el patio central del museo.
Se abrieron paso por la cafetería y Joe le señaló una de las mesitas que
había bajo el techo abovedado del atrio. Las estatuas de Buda, Vishnu y Kali
rodeaban el patio. ______ habría jurado que alcanzaba a oler el antiguo aliento de
piedra bajo el aroma del café y el té que perfumaba el aire. Una luz difusa se
filtraba por el cristal esmerilado de las ventanas del atrio, acentuada por los apliques ambarinos de las paredes que despedían un sutil fulgor dorado. Era un
lugar relajante donde _____ solía ir para tomar un té tranquila, aunque hoy estaba
hecha un manojo de nervios.
¿Por qué estaba tan alterada? No era más que un hombre. Era una entrevista
más.
Joe le ayudó a quitarse el abrigo y le apartó la silla. Unos modales clásicos.
Algo muy poco común en esta ciudad tan cosmopolita.
Se quitó la chaqueta de piel y la colgó en el respaldo de la silla con un gesto
relajado y seguro. Llevaba un jersey gris que le resaltaba la ancha espalda. El
hombre era enorme; tenía la constitución de un jugador profesional de fútbol
americano. Tenía unos rasgos muy masculinos; desde su mandíbula cuadrada
hasta su cincelada barbilla, pasando por sus pómulos marcados. La boca era lo
único suave que había en él y suponía un gran contraste con el resto de su rostro.
No se podía ser más guapo.
_____ se movió en la silla, cogió la carta de la mesa y examinó
concienzudamente la selección de tés.
—¿Qué vas a tomar? —preguntó Joe.
—Suelo tomar la mezcla de té verde con jazmín.
Joe le hizo un gesto al camarero y antes de que ella tuviera tiempo de decir
nada, él pidió por los dos.
—Espero que te gusten los biscotti —le dijo, sonriente—. Son casi tan buenos
como los que hacen en Roma. Hay una pequeña cafetería junto a las escalinatas de
la plaza de España. En una zona tan turística no esperarías nada espectacular pero
en este sitio hacen los mejores biscotti de Italia.
—Hace años que no voy a Roma, pero sí recuerdo los biscotti que hacían.
—Yo estuve el año pasado, de vuelta a casa después de un viaje por España
en plan mochilero.
—¿Viajas mucho?
—Pues tan a menudo como puedo. No me gusta quedarme demasiado
tiempo en un sitio aunque los plazos de entrega de los libros me tienen encerrado
en casa últimamente. Y eso me pone nervioso. Hay tanto que hacer por el mundo.
______ se inclinó hacia delante y acarició la cuchara que descansaba sobre
una servilleta de papel sobre la mesa.
—¿Como qué?
Madre mía, ¿estaba flirteando con él?
—Todo. —Sonrió—. Cualquier cosa. He escalado en Brasil, he nadado entre
tiburones por las costas de Fiji y he ido de mochilero por Nepal.
—Así que eres adicto a las emociones fuertes.
—Sí, supongo que sí. Pero tampoco quiero fanfarronear. Son cosas que me
gustan y ya está. Marcarme retos. —Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa—. Ir deprisa. Me encantan mis motos. Me gusta conducir deprisa y ver hasta dónde
puedo coger las curvas.
Ella se estremeció.
—No me subiría nunca a una moto ni muerta.
—Puede que te guste.
—No. No lo creo. Así que… ¿viajas para sentir emociones fuertes?
—En parte. Pero muchos de esos viajes también han sido espirituales.
—Me dijo Jennifer que escribes novelas de terror. Me comentó que eres
escritor además de… dominante… y eso me puede ser de utilidad para la
investigación que estoy haciendo para mi libro.
Él asintió.
—Yo también lo creo. Parece que el término «dominante» te incomoda.
—¿En serio? Bueno, quizá sí. Puede que sea escritora de novelas eróticas,
pero no suelo mantener esta clase de conversaciones.
—Ya me imagino.
El camarero les trajo el té y ______ se anduvo con mucho cuidado al servir el
té de la tetera japonesa de cerámica en la taza, tratando de evitar su mirada azul. El
vapor con notas de jazmín la envolvió enseguida, acentuado por el toque a tierra
del té verde. Esa fragancia se le antojaba familiar y tranquilizadora.
Joe le puso un biscotti en la mano.
—Toma. Tienes que probar uno.
Era una orden, no una sugerencia. Y ella se sorprendió a sí misma
aceptándolo.
—En realidad escribo novelas de suspense psicológico —prosiguió Joe—.
¿Has leído algo de mi trabajo?
—No, lo siento.
—Pues quizá deberías.
_____ se estaba mosqueando. La línea entre la confianza y el engreimiento
se estaba difuminando cada vez más.
—Y quizá tú deberías leer algo de lo que escribo yo.
—Ya lo he hecho. En cuanto Jennifer me habló de ti, compré un libro tuyo.
—¿Y? —preguntó ella, desafiante.
—Y creo que eres muy buena. Inteligente. Reflexiva. Desarrollas los
personajes de una manera excelente. El aspecto romántico no eclipsa la historia,
como suele pasar en otros escritores. Y sabes cómo escribir sobre sexo de un modo
muy auténtico. Admiro la crudeza.
—Vaya. —No era lo que esperaba que le dijera. Durante un momento se
puso nerviosa. Otra vez—. Gracias.
—Cuéntame algo de este último proyecto, ¿por qué necesitabas hablar
conmigo?
Esos ojos, increíblemente azules, no dejaban de mirarla. De repente le
impresionó lo mucho que se parecían a los de Quinn; aunque los de este último
eran inocentes de un modo que sabía que nunca podrían ser los de Joe. Seguro
que los de este nunca lo habían sido, ni de pequeño. Pero eran del mismo tono
turquesa que le recordaba el Caribe.



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jonatik4everrr
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 18th 2012, 21:53

1 lectora
seguilaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 19th 2012, 10:34

Uno continuación.

Había sinceridad en su mirada, a pesar de su bravuconería. Tuvo que
apartar la vista hasta donde sus dedos acariciaban la taza. Parecía tan pequeña en
su mano, tan frágil. Era como si pudiera romperla con el más mínimo roce. Y esos
dedos se deslizaban suavemente sobre la delicada superficie…
Se obligó a apartar la vista de sus manos también y volver a mirarle a la
cara.
«Eso tampoco ayuda.»
—Escribo sobre una pareja que explora el BDSM. Intercambio de poder,
bondage, que es algo sobre lo que ya había escrito. Pero esta vez me gustaría
ahondar un poco más en el tema. No sé, explorar quizás el juego del dolor. Y
quiero darle autenticidad. No quiero hacerlo de otro modo. Desde un principio
supe que tenía que investigar en profundidad y hablar con gente que hubiera
experimentado estas cosas. Conocí a Jennifer en una página web de una
comunidad de BDSM local y le escribí un correo electrónico para preguntarle si
podríamos hablar. La entrevisté; fue muy amable, muy abierta conmigo. Pero
como sumisa no se sentía lo suficientemente cualificada para darme una visión del tema en su conjunto. Por eso me dijo que recurriera a ti.
Él asintió.
—Es difícil hacerse una buena idea de cómo va esto del BDSM, las
dinámicas y la psicología, si solamente se habla con una persona. Las experiencias
de cada uno son variadas y muy personales. Y si ella es únicamente sumisa, no
tendrá mucho conocimiento de cómo funciona la mente de un dominante, de
nuestro proceso.
—Sí, esa es la idea que me dio. Y la verdad es que encaja.
—¿No has escrito nunca acerca del BDSM?
—No. He escrito sobre algunos fetichismos, algo de bondage en el dormitorio
pero nada serio.
—¿Te parece que el BDSM es serio?
—¿No lo es?
Él no dijo nada.
—¿Nunca has experimentado estas cosas por ti misma?
—Yo… no.
—Ya. Y te gustaría mantener esta conversación de forma profesional. Solo
para investigar, ¿no?
—Sí, claro.
Él se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre la mesa, se acercó un poco
más, hasta que ella olió su colonia; algo limpio y oscuro a la vez. Era como el
océano y el bosque.
Joe bajó la voz y de repente hizo que la conversación pareciera más íntima.
Demasiado íntima; eso la incomodaba.
—Te diré algo, _____, y esto es verdad. No se puede describir la vida con
exactitud si solo te mojas los pies. Tienes que experimentarla, tirarte de cabeza y
sumergirte en ella. Hay demasiados componentes: físicos, psicológicos y
emocionales, que se superponen. Es algo complejo y es por eso que nos encanta a
los que lo practicamos: la complejidad, la intensidad… —Alargó la mano y le
acarició la suya con los dedos. Tenía la piel caliente y la suya también subió de
temperatura—. Todo se basa en sensaciones y en lo que te pasa por la cabeza.
Puede ser algo sensual o sexual o ambas cosas. No puedes empezar a describir las
dinámicas que intervienen sin haberlo comprobado.
A ella se le secó la boca. La idea no le resultaba chocante; no tanto como sus caricias, por lo menos. Cogió la taza, tomó un sorbo de té y carraspeó.
—Supongo que tienes razón. Es un tema interesante pero no sé si…
—No finjas que no es más que un tema interesante para ti,_____. —Sus
dedos bajaron hasta el interior de la muñeca, por debajo de la manga de su jersey
de cachemir—. Te noto el pulso acelerado.
—Joe…
—Venga. No hace falta que hagas esto conmigo. Es parte de lo que supone
el BDSM: que seamos sinceros sobre quiénes somos.
—Iba a decir que… tienes razón.
¿Acababa de reconocérselo de verdad? Tal vez sí tuviera razón, sobre todo
con que tenía que ser sincera con él si quería aprender cosas. Tendría que tirarse de
cabeza, como había dicho él.
No tenía nada que ver con esa ridícula atracción que sentía por él, ¿verdad?
Apartó la mano y la escondió en su regazo.
—Jennifer y tú seguramente conoceréis hombres sumisos. ¿Hay alguno en
quien confíes y que me puedas recomendar? ¿Crees que querrían jugar con una
mujer que no tiene experiencia como dominante?
Él se echó a reír y se recostó en el respaldo de la silla.
—¿Dices que quieres ser top? ¿Quieres dominar a estos hombres?
—Sí.
—Ay, _____. ¿No ves que eres una bottom?
—¿Qué?
—Lo vi en cuanto te miré. Lo he notado en el mismo aparcamiento, incluso
antes de que habláramos.
—No sé a qué te refieres.
¿Por qué se le encendían las mejillas? ¿Por qué la había descolocado tanto?
No le gustaba nada que tuviera tal efecto sobre ella.
—Creo que entiendes lo suficiente del tema para saber qué es lo que quiero
decir exactamente.
Ella resopló.
—Pues claro que sé lo que significa eso de bottom: sumiso. Pero esa no soy
yo. Me va más ser una top, ser dominante. No me da miedo reconocer que tengo problemas de control.
—Es exactamente por eso que tienes que ser bottom. Necesitas soltarte.
Necesitas seguridad a la hora de ceder el control a otra persona para hacer eso.
Se estaba empezando a enfadar, aunque intentaba no perder los papeles.
—Eres muy arrogante.
—Sí, lo soy. Pero también tengo razón. Siempre tengo razón en estas cosas.
Tienes problemas con el control; lo veo en tu actitud. Lo veo en la rabia que
irradian tus ojos. En cómo aprietas la mandíbula. Tal vez podrías conseguir
«cambiar» de vez en cuando y dominar a un hombre. O a una mujer. Pero no te
llegaría tan profundamente como la sumisión. No te proporcionaría lo que
necesitas de verdad.
Ella sacudió la cabeza mientras apretaba los dientes con fuerza.
Él volvió a inclinarse hacia delante y volvió a cogerle la mano. Era enorme y
envolvía la suya con fuerza y calor.
—____, déjame que te proponga una cosa. Haz de bottom para mí.
Ella trató de apartar la mano pero él la tenía bien sujeta.
La miraba con dureza; sus ojos eran de un azul brillante, increíblemente
convincentes.
—Pruébalo —prosiguió él—. A ver cómo respondes. Si resulta que yo tenía
razón, habrás aprendido algo de ti misma y habrás hecho una investigación única
y muy personal. Y si me equivoco, habrás investigado de todos modos.
—Pero también puedo investigar como dominante.
—No, no puedes. Es extremadamente difícil que una bottom le enseñe a un
top sin experiencia. Cuando las endorfinas empiezan a bombear por el cuerpo de
un sumiso, cuando ya están en el subespacio, ese espacio en la mente donde todo
se silencia y lo único que se puede notar y ver es la interacción entre dominante y
sumiso, las sensaciones y los olores, ya no están lo bastante presentes para
enseñarte. No puedes aprender tanto de esa manera. Pero sí puedes aprender de
mí. Se me da muy bien lo que hago. —Movió la mano que tenía libre—. Lo sé,
vuelvo a parecer arrogante. Pero me da igual. Lo que importa aquí es la verdad.
—Quizá.
Quizá fuera verdad que esa era la mejor manera de aprender. Quizá no
tenía nada que ver con el calor que sentía al tener a Joe sentado tan cerca de ella
cogiéndole la mano. Si hasta se notaba húmeda, por el amor de Dios. Pero esto no era más que una química muy intensa. No significaba nada y tampoco daba crédito
a su argumento. Estaba segura de que podría demostrarle lo mucho que se
equivocaba.
Se mordió el labio.
Se equivocaba con ella.
—¿Cuánto tiempo duraría? —preguntó.
Él se encogió de hombros.
—Lo que dure. El tiempo que necesites para descubrir lo que quieres saber.
Para tu libro. Para ti.
—¿Entonces iríamos sobre la marcha? ¿Para ver cómo van las cosas?
—No, yo ya sé cómo irán las cosas.
—¿En serio? ¿Y cómo es eso?
Volvía a estar enfadada. Y él seguía sin soltarle la mano. Con el pulgar le
acariciaba los nudillos y eso prendió una chispa de lujuria en su interior. Pero no le
daría la satisfacción de intentar apartar la mano otra vez.
—Al principio te resistirás. Tendré que trabajar bastante contigo. Ganarme
tu confianza —añadió él en un tono más bajo y grave. Tuvo que inclinarse para
oírle mejor—. Pero poco a poco te irás entregando más a mí. A mis manos. Seré
duro contigo. Y también suave.
Le levantó la mano y le acarició los dedos; el calor la abrasaba y eso la
sorprendió sobremanera. No podía articular palabra. Tenía la cabeza hecha un lío.
Joe dejó su mano sobre la superficie fría de la mesa y la miró fijamente a
los ojos.
—Así es como irá, ______.
No le gustaba nada sentirse así de mareada y confusa. No lo entendía y se
negaba a dejarse llevar por esa sensación. O por Joe Jonas.
Cogió la taza, le dio un sorbo y tragó. Inspiró hondo, se esforzó por
tranquilizarse y dejó la taza en la mesa con una mano firme.
—Piensa lo que te venga en gana, Joe. Pero está claro que no me conoces.
Él cogió su taza y le dio un buen trago. Se tomó su tiempo. Su mirada
penetrante no dejó sus ojos en ningún momento.
—Ahora no, pero lo conseguiré. Si aceptas mi proposición, claro está.
—La acepto.
—Te gustan los retos.
—Sí.
—A mí también.
Esa firme mirada azul la atravesaba pero ella no quería apartar la vista; no
quería echar marcha atrás. Tenía razón en una cosa: se resistiría. No era propio de
ella ceder y entregarse. Ni siquiera a Joe Jonas y esos ojos tan increíbles. Sus
manos cálidas, sus labios suaves y seductores…
Tenía que controlar las cosas, como hacía siempre, e ignorar su aspecto. Y la
forma que tenía de hablar y de tocarla.
Iba a tocarla muy pronto.
Se dijo para sus adentros que debía tranquilizarse e inspiró profundamente.
El control era esencial aquí y ella era la mismísima reina del control. Su vida había
dictado que fuera precisamente así ya desde pequeña. Tenía que serlo, con el lío
que tenía por madre. Alguien tenía que serlo y ella era la mayor. Tuvo que cuidar a
Quinn.
«E hiciste una chapuza.»
¿Por qué pensaba en eso ahora? Volvió a empujar el pasado al fondo de su
mente, donde debía estar, y se centró en el hombre que estaba sentado frente a ella
y que la contemplaba con atención.
Sí, podría tratar con Joe Jonas, lo creyera él o no.
—Joe.
—¿Sí?
—Yo tengo otra proposición.
—¿Ah, sí? —dijo, arqueando una ceja.
—Si resulta que no puedes someterme, como te crees…
—Lo haré. Aunque prefiero hablar de domar.
—Ya, no dejas de decirlo. Pero si no funciona, dejarás que juegue yo y que te
domine.
Él la sorprendió con una sonrisa.
—Me parece bien.
Se le pasó una imagen por la cabeza: Joe arrodillado y desnudo. Pero
incluso en esa breve fantasía, no parecía estar sometido. No, era fuerte y
desafiante; tan seguro de sí mismo como siempre. No creía que pudiera aparentar otra cosa. No había nada suave o fácil en este hombre.
«Salvo esa boca…»
—Entonces, ¿trato hecho?
Él asintió una vez.
—Absolutamente. Trato hecho.
Joe le cogió la mano una vez más y la envolvió con la suya. Y antes de que
se diera cuenta de lo que estaba pasando, la atrajo hacia él por encima de la mesa y
le susurró a los labios:
—Los mejores tratos se cierran con un beso.
Tenía la boca muy cerca de la suya; esos labios apetitosos y deliciosos. Se
notó débil; cada vez estaba más cerca de él y olía su dulce aliento con aroma a té.
Aguardaba su beso.
Él se echó hacia atrás y se recostó en la silla.
—Pero tendremos que esperar hasta que estés lista para mí, _____. Hasta
que me lo pidas de rodillas.
Mierda. ¡Estaba a punto de hacerlo ahora!
_____ sacudió la cabeza. Quería apagar el calor de su piel con las manos
frías; quería apartarse el mechón pelirrojo rizado que le había caído a la cara. No lo
hizo porque no quería que viera lo afectada que estaba. Lo necesitada que se sentía.
Una necesidad que le dolía, incluso.
Tenía que salir de allí, al exterior, y tomar un poco de aire fresco. Necesitaba
respirar.
—Tengo que irme —mintió—. Tengo otra cita.
—De acuerdo. Te acompaño a la salida. —Se incorporó.
—No hace falta.
Él agachó la cabeza; otra señal más de sus modales clásicos.
—Si insistes.
Ella se levantó, cogió el abrigo y el bolso.
—Yo… pues, al final, no hemos empezado siquiera la entrevista.
—Yo creo que sí.
—Bueno, sí. Supongo que ya hablaremos más cuando… después de…
—Sí, ya hablaremos. Aunque creo que si experimentas esas cosas, verás que una entrevista formal no te será necesaria. Te enviaré un correo electrónico para
citarte la próxima vez.
No era una pregunta y, sin embargo, a ella no se le ocurrió ningún tipo de
protesta.
«Joder.»
—Sí, ya hablaremos. —Se dispuso a ponerse el abrigo y allí estaba él,
colocándoselo bien por encima de los hombros. Volvió a oler ese aroma a océano y
a bosque—. Gracias por reunirte conmigo hoy.
—El placer es mío.
La miraba y sonreía. Ella inspiró una vez más, disimuladamente, para
olerle.
Ay, madre. Tenía que sobreponerse, recobrar la compostura y volver a ser
ella misma. Pero con él todo parecía distinto. Era un hombre peligroso. Pero ella
nunca había abandonado un reto antes y ahora tampoco estaba dispuesta a
hacerlo. Ni siquiera aunque este reto en particular ya la hiciera dudar y
preguntarse quién de los dos acabaría dominando al final.
Tenía que ser ella.
Tenía que ser así.



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andrea111
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 19th 2012, 14:47

NUEVA LECTORA..
NO LA E LEÍDO TODA PERO ME ENCANTA Y COMO VOY A HACER OTRAS COSAS COMENTO SIGUE ES GENIAL¡¡¡¡ Love! ME ENCANTA ME DECLARO TU FIEL LECTORA¡¡¡ :3
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andrea111
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 19th 2012, 15:32

SIGUELAAAA¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¿
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 22nd 2012, 14:11

Dos

Joe cerró con llave la puerta lateral del garaje y subió pisando fuerte las
escaleras que daban acceso a su casa gris de estilo Craftsman en Beacon Hill.
Introdujo la llave en la cerradura de la gruesa puerta de madera, la empujó con la
bota y dejó que se cerrara demasiado bruscamente al entrar. Se quitó la chaqueta
de piel, la colgó en el perchero, que cayó por el peso y tuvo que recoger con una
palabrota en voz baja.
¿Por qué diantre estaba tan inquieto?
Ni que existiera la posibilidad de perder el trato con _____ Ivory. Veía las
tendencias de sumisión en una mujer de lejos y él había estado sentado a su lado.
Lo suficientemente cerca para captar el olor a vainilla que despedía su salvaje
melena pelirroja, mezclado con algo más. Algo que olía a picante y a sexo puro.
Arrastró los pies por el parqué haciendo ruido hasta que llegó a la alfombra
persa, donde los pasos quedaron amortiguados por un momento y luego volvieron
a resonar sobre la madera al otro extremo de la habitación. Cogió una copa de una
cómoda antigua y se echó dos dedos de whisky.
_____ sería todo un reto; de eso se dio cuenta al instante. Pero le gustaban
los desafíos; no era eso lo que le tenía tan nervioso. No, era el hecho de que tenía
que poseerla. Debía tenerla de tal modo que le quemara la piel de solo tocar algo
más que no fuera su mano. De eso no había duda.
Tenía que poner las manos en su piel desnuda. Tenía que atarla, sentir cómo
se relajaban sus músculos mientras se entregaba a él… Tenía que…
Eso no le gustaba nada. No le gustaba notarse tan compelido por el deseo
que sentía por ella.
¿Cuándo fue la última vez que le sucedió algo parecido? ¿Le había pasado
alguna vez?
Él no era de la clase de hombres que necesitan a nadie. O nada. Su padre le
había enseñado bien. La independencia era la clave. El conocimiento y las
experiencias eran cosas importantes. Y eran también el motivo por el cual se había
pasado gran parte de su vida adulta buscando las respuestas leyendo y viajando
por el mundo. No obstante, aún no había encontrado nada concluyente.
Pero tampoco necesitaba pensar en su padre ahora. Ese era un dolor que no
se iba nunca. Después de todos estos años, había remitido un poco, pero seguía
presente como una herida que no cicatrizaba.
Dio buena cuenta del whisky y se deleitó con la quemazón del alcohol
mientras le bajaba por la garganta. Pero nada parecía aliviarle. Volvió a llenarse la
copa y se acercó a la ventana panorámica que daba a la ciudad, que se expandía
ante sus ojos.
Seattle estaba gris, como siempre, aunque había claros en el cielo vespertino
y alcanzaba a ver la silueta lejana de Bainbridge Island, más allá del estrecho de
Puget. Le dio un sorbo al whisky, pensando en las vistas.
Pensando en ____, joder.
Había algo en la manera en que se contenía y se controlaba con tanto afán.
Sabía lo que pasaba cuando una mujer como ella se soltaba. O la obligaban a
soltarse.
Bueno, él nunca forzaría a una mujer. Vivía por un credo sano, cuerdo y
consensuado, como la mayoría de las personas que se movían por su círculo de
clubes y grupos de BDSM. Sin embargo, eso no cambiaba que, de poder llevar a
_____ al subespacio, si lograba que se abriese, que se soltara, ella se viniera abajo.
Se deshilacharía como un jersey.
No «si» lo lograba, «cuando» lo lograra.
¿Dónde estaba su confianza hoy?
Quizá se debía a que la deseaba con muchas ganas. Demasiadas.
Estaba medio excitado solo con pensar en ella y recordar esas sutiles pecas
que moteaban sus mejillas en una piel digna de la porcelana más exquisita. Esos
ojos grises, como dos trozos de cuarzo ahumado. En esos ojos brillantes e intensos
se transparentaba también su inteligencia. Y esos labios carnosos y carmesí eran
como el mismo sexo.
Era de constitución delgada pero atlética, sin demasiadas curvas, como a él
le gustaba. Apreciaba la delicadeza de su clavícula, las muñecas, las manos. Tenía
los pechos pequeños, que adivinaba firmes y tersos aun debajo del suave jersey. En
una mujer no necesitaba pechos muy grandes. Nunca le habían importado. Pero su
trasero firme era algo digno de admirar.
«Y de tocar… azotar…»
Apuró lo que le quedaba de whisky, dejó la copa sobre la mesa junto a los
ventanales y se dejó caer en el mullido sofá de cuero marrón.
Era demasiado lista por su propio bien. Y quizá también por el suyo. No
habían hablado durante mucho rato pero le bastaba para saber que estaba en un
buen apuro si no conseguía mantener la calma con esta mujer.
Sonó el teléfono y lo cogió sin pensárselo dos veces, aún absorto en _____.
—¿Diga?
—Hola, soy Dante.
—Hola.
Él y Dante de Matteo se habían conocido en una clase de psicología del
BDSM y las culturas fetichistas en el Pleasure Dome, el club de fetichismo local,
hacía tres años. Al descubrir su amor mutuo por las motos, trabaron una estrecha
amistad y a menudo solían pasear por los bosques de los alrededores de
Washington.
Habían vuelto al club varias veces, explorando en cada ocasión sus
tendencias de dominación con las mujeres sumisas del lugar. También habían
viajado juntos. La primavera pasada recorrieron Arizona y Nuevo México en moto.
Aunque Dante era abogado y Joe era escritor, tenían muchas cosas en común. Se
entendían el uno al otro.
—¿Sigue en pie lo de salir en moto el sábado? —le preguntó Dante.
—¿Qué? Ah, sí, el sábado. —Joe pasó los dedos por el borde de la copa
vacía. Tal vez necesitara otra.
—¿Qué te pasa, Joe?
—¿A qué te refieres?
—Pareces distraído.
—Ya te digo —murmuró, más para sus adentros que para Dante.
—¿Y eso? —insistió su amigo.
—Pues… es que he conocido a una mujer…
Dante se echó a reír.
—Siempre es por una mujer. O una moto.
—Ahora mismo ando sobrado de motos.
—Ahora mismo ando sobrado de motos.
—¿Y de mujeres no?
—Ese no es el problema, pero esta mujer en particular…
—Joe, por si no te habías dado cuenta: no terminas ninguna frase.
—Mierda.
—¿Tan malo es? ¿O tan bueno?
—Pues no sé. A ver, es bueno. —Se levantó y fue a por otra copa, a sabiendas de que Dante esperaría pacientemente hasta que recobrara el hilo de sus
pensamientos—. Esta mujer, ____ Ivory. Ya te comenté que iba a verla hoy. No
era lo que me esperaba. No hay ninguna foto suya en la página web y bueno,
pensé… No esperaba que fuera guapa. Es muy guapa.
—¿Y?
—He hecho un trato con ella.
—¿Un trato?
—Nunca ha experimentado el BDSM; al menos no a nuestro nivel. Y nunca
ha hecho de sumisa antes. Pero lo veo. Lo huelo, mejor dicho. Y nunca me
equivoco con estas cosas.
—Bueno, ¿y cuál es el trato?
—Ella cree que es dominante.
—Estoy seguro de que tú pronto le demostrarás que se equivoca. —Por su
tono de voz notaba que le hacía gracia.
—Si me equivoco yo, he accedido a ser sumiso.
Dante soltó una risotada.
—Eso no va a pasar.
—No. Pues claro que no.
—¿Y qué problema hay?
Joe suspiró y se quedó inmóvil.
—Aún no estoy seguro. Quizá sabré algo más cuando la toque y juegue con
ella.
—Se calló y echó un trago de whisky—. No sé qué problema hay, joder. Es
que… me ha calado hondo.
que… me ha calado hondo.
—Vaya, así que el gran Joe Jonas ha caído —dijo su amigo en voz baja.
—No he dicho que caiga nadie, Dante. —Cogió la copa y la asió con fuerza;
los bordes se le clavaban en la mano.
—No lo has dicho, ya.
—Estoy bien.
—Vale. —Casi lo oía encogiéndose de hombros mentalmente—. ¿Entonces
sigue en pie lo del sábado?
—Sí.
—¿La llevarás al club el sábado por la noche?
—Joder, Dante. —Se frotó la perilla. Suspiró—. Pensaba esperar una o dos
semanas.
¿Cuándo se le había ocurrido que podría esperar tanto tiempo a verla?
Ahora sí que estaba en un buen aprieto.
—Joe, no tengo la intención de decirte lo que tienes que hacer, y menos
aún tratándose de una mujer a la que quieres introducir en este estilo de vida, pero
me parece que lo mejor será que no tardes en verla.
—¿Por qué?
—Porque creo que te va a dar un ataque si no la ves.
—Venga ya. Tampoco estoy tan mal.
—¿Seguro?
Volvió a frotarse la barba. Quería suspirar pero no lo hizo.
—Nos vemos el sábado.
—Venga, vale. Hasta el sábado.
Joder, ¿tan evidente era? ¿Tan mal estaba por una mujer?
«Mantén la calma, colega.»
Tenía que hacerlo. Siempre lo hacía, ¿no?
¿Seguro?
_____ redujo la marcha al tomar la salida de la 5 y dirigirse al oeste, hacia el
estrecho. El cielo plomizo se oscureció aún más por la niebla a medida que se
acercaba al agua y a su barrio. No le importaba. Le encantaba la niebla y su etérea
melancolía. La humedad se agolpaba en el cristal y accionó el limpiaparabrisas al
tiempo que agradecía los asientos calefactables del Audi. Por mucho que le gustara
la niebla, no le apetecía pasar frío.
Accedió a la avenida Western y entró en el garaje que tenía alquilado justo
al lado de su casa. Beltown era una zona vieja de Seattle. La arquitectura era
hermosa pero el antiguo almacén reconvertido en el que ella vivía no tenía
aparcamiento.
La zona era algo peligrosa, aunque eso empezaba a cambiar ahora. A pesar
de todo, como el sol se estaba poniendo ya, se anduvo con cuidado al acercarse a la
entrada del edificio. Era una estructura de ladrillo visto con unas ventanas
enormes que daban al estrecho de Puget, que estaba solo a unas manzanas de allí.
Había tenido mucha suerte al encontrar el apartamento antes de que los
precios subieran al ponerse de moda el barrio entre la gente joven. La zona se
renovó y las cafeterías y restaurantes de diseño aparecieron como las setas por
doquier; también se instalaron algunas boutiques y galerías e incluso bares mucho
más modernos que los antros que durante años poblaron la zona. Aparecieron
nuevos servicios e instalaciones, como la pequeña frutería que abrió al otro lado de
la calle el mes pasado.
Cogió el ascensor hasta la cuarta planta y entró en su apartamento tipo loft.
Era un espacio abierto con suelos que había blanqueado ella misma cuando
compró el piso dos años antes. La mayoría de las paredes exteriores eran de
ladrillo visto. Los pocos tabiques que había levantado para dividir las habitaciones
estaban pintados con los colores que se le antojaban más relajantes: ámbar,
terracota oscuro, dorado y un verde musgo. Estaban decoradas con su colección de
fotografías en blanco y negro, la mayoría con elementos arquitectónicos.
Seguía buscando muebles para el piso. Solían atraerle las líneas más
depuradas de las piezas contemporáneas, como su sofá con rinconera en ante de
color verde peridoto. Al piso le daban calidez los varios apliques que iluminaban
cada ambiente, los montones de cojines en los mismos tonos de las paredes y las
plantas que había en cada rincón.
Al acercarse a la cocina, que estaba en un extremo del piso, los tacones de
sus altas botas negras resonaron en la madera. Se quitó el abrigo de lana y lo colocó
en el respaldo de un taburete alto junto a la barra americana de granito.
Necesitaba una taza de té que la ayudara a combatir la humedad que le
calaba los huesos. Y que quizá también le aclarara las ideas.
Había conseguido ignorar su respuesta a Joe Jonas de camino a casa
poniendo su ópera favorita a todo volumen. Pero ahora que estaba en ella, en
silencio, no había nada que la distrajera.
Llenó de agua la tetera metálica y la dejó encima de la cocina para que
empezara a calentarse, sacó una bolsita de té —su mezcla favorita de jazmín
importado— de la caja que siempre dejaba en el encimera, y la puso en una taza de
cerámica.
La inquietud se apoderó de ella mientras esperaba a que hirviera el agua. Al
mirar por la ventana vio como perlas de agua que se agolpaban en el cristal y
transformaban las vistas en manchas de acuarela cada vez más oscuras; se frotó los
brazos para entrar en calor. Intentaba no pensar en Joe.
Pero no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera él, claro está.
Era un hombre increíble. Algo en su imponente tamaño lo hacía fuera de lo
común, y algo más… había algo en él que le provocaba una respuesta de una
forma a la que no estaba acostumbrada. Algo que le hacía pensar incluso que
podría ser sumisa para él, por muy extraña que le hubiera resultado esa idea al
principio.
No estaba segura de poder hacerlo, aunque se le habían pasado varias
imágenes por la cabeza desde que él se lo sugiriera: sus manos encima,
sujetándola. Nada más que eso; nada más explícito pero nada más claro al mismo
tiempo. Salvo ese casi roce de sus labios sobre los suyos.
Se estremeció; el deseo era como una chispa ínfima y ardiente que
mentalmente trataba de apagar.
Pero ese deseo no significaba que llevar una fantasía sexual al terreno real
fuera a funcionar. Lo más probable era que no funcionara. Al fin y al cabo, algunas
cosas era mejor dejarlas como fantasía.
«Pero Joe Jonas no.»
Había accedido a llevar a cabo este experimento. Y la atracción que sentía
por él probablemente haría que se dejara llevar, aunque no pudiera entregarse por
completo a la sumisión.
El silbido de la tetera interrumpió sus pensamientos. Se sirvió un poco; el
vapor quedó suspendido alrededor de su rostro, junto con la suave fragancia del
té. Volvió al salón y repasó sin mucho afán el montón de cartas que había en una
mesa junto a la puerta de entrada mientras esperaba a que se enfriara un poco el té.
No fue hasta un poco más tarde que se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué
estaba mirando. El rostro de Joe ocupaba su mente; sus brillantes ojos azules, la
forma en que ese mechón negro le caía sobre el cuello de la camisa y le rozaba la
piel. La perilla era más oscura que el pelo y le enmarcaba la boca. Tenía unos labios
demasiado carnosos para un semblante masculino.
Era puro contraste tanto en aspecto como en comportamiento; por la
manera que hablaba del BDSM —el bondage y el juego del dolor— en ese tono tan
suave, como si fuera una conversación la mar de natural.
No quería reconocer lo excitante que era todo. Su propia naturaleza quería
rebatir esa idea. Era demasiado controladora, algo que sí admitía sin problemas.
Pero su cuerpo lo sabía y ardía de solo pensar en eso. Sobre todo, por la idea de
que Joe estuviera al mando.
Cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez de la taza entre las manos, y se
lo imaginó frente a ella. Una sola imagen y su sexo se contrajo del deseo.
«Joe…»
—Maldita sea.
Entró en el dormitorio, se sentó en la elegante cama con dosel de madera
oscura y edredón blanco con montones de cojines, también blancos, y se quitó las
botas. Se incorporó, se desabrochó la falda y se quitó el jersey por la cabeza. El té
aguardaba, olvidado, en la mesita de noche.
Se vio en el gran espejo con marco de madera que había al otro extremo de
la habitación. Con la ropa interior negra se veía pálida. Demasiado delgada,
también, pero le encantaba hacer ejercicio. Le gustaba la sensación de libertad que
le daba. Pero ahora necesitaba otro tipo de liberación.
«No es más que una fantasía. Es algo inofensivo.»
Pero sin dejar de mirarse al espejo se quitó el sujetador y sostuvo sus
pequeños pechos con las manos. Tenía los pezones erectos; eran dos puntos rojos y
oscuros, duros. Se dio un suave pellizco y gimió.
¿Cómo sería el tacto de sus manos en su cuerpo?
Introdujo la mano por debajo de las braguitas, más abajo, hasta que los
dedos rozaron el monte de Venus. Sintió una oleada de placer que le cortó la
respiración.
«Joe.»
Sí, sus manos en su cuerpo, tocándola. Separando los labios de su sexo para
adentrarse en su húmedo calor. Y ella estaba ya mojada por él, anhelante…
Abrió un poco las piernas y vio cómo la mano se perdía entre los muslos.
Pero pronto le superó. Frustrada, se bajó las braguitas negras por las piernas y las
lanzó con el pie. Verse el sexo con los labios hinchados y el clítoris rosado
asomando entre ellos la hizo temblar.
«Joe…»
Separó más las piernas y sumergió los dedos en su jugo para luego
introducirse uno. Dio un grito ahogado y se mordió el labio. Toda ella era calor; las
paredes internas se contrajeron alrededor de su dedo inmediatamente. Añadió un
segundo, luego un tercero; necesitaba sentirse colmada.
¿Tendría la polla tan grande como el resto del cuerpo?
—Ah…
Gimió y se ayudó de la palma de la mano para ejercer presión en el clítoris.
Empezó a frotarlo en movimientos circulares mientras introducía los dedos.
Imaginó la mirada penetrante de Joe a través del espejo, observándola.
Con la otra mano se pellizcó otra vez un pezón. El placer, agudo y caliente,
la recorrió como un escalofrío.
«Joe.»
Ah sí, notaba sus grandes manos encima y dentro de ella. La frotaban y la
pellizcaban. El placer era como la lava en sus venas, que se abría paso en ella suave
como la seda.
Extraía e introducía los dedos; movía la palma con fuerza contra el clítoris.
Y su cuerpo entero se contrajo y se estremeció al llegar al orgasmo, mientras
gritaba su nombre en la habitación vacía.
«¡Joe!»
Con las piernas débiles estuvo a punto de caerse, pero con una mano se
aferró al borde del vestidor. Jadeaba y boqueaba en busca de aire. En la imagen
que le devolvió el espejo tenía ruborizadas tanto las mejillas como los pechos.
Tenía unos ojos enormes; las brillantes pupilas habían oscurecido casi por
completo sus iris grises.
Su cuerpo seguía estremeciéndose de la necesidad, a pesar del orgasmo.
«Joe…»
Miró la cesta de mimbre que había junto a la cama y pensó en la colección
de vibradores que guardaba ahí.
«Sí, tengo que correrme otra vez. Y otra…»
¿Cómo había conseguido este hombre meterse tan dentro de ella? ¿Y cómo
podía sacárselo de encima?
Cruzó la habitación, se sentó en la cama y sacó uno de sus juguetes favoritos
de la cesta; un masajeador turbo pesado que la hacía gritar cada vez que se corría.
Quizá con eso bastaría.
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 22nd 2012, 14:17

Dos continuación...

Pero cuando se tumbó encima de la almohada y lo encendió, bajando el
instrumento entre los muslos, sabía que ningún juguete sería suficiente.
¿Qué le había hecho Joe Jonas?
Sonó la alarma, Joe le dio un manotazo a tientas y se tumbó de espaldas.
Había dormido boca abajo y se despertó con una dolorosa erección que oprimía el
colchón. Y con el rostro de _____ en la cabeza.
Y en el cuerpo.
A duras penas había conseguido dormir y ahora se levantaba más duro aún.
Se esforzó por tranquilizarse pero el pene le latía, desbocado.
Imaginaba unos largos rizos pelirrojos con reflejos ambarinos a la luz del día
que caían por encima de los hombros estrechos de ____. Vio un par de ojos grises,
fríos, que parecían encerrar un misterio; algo que le ocultaba, algo que él quería —
necesitaba— saber. Tenía la piel pálida y blanca como el marfil. La delicada línea
de la clavícula en el borde del jersey y, por debajo, la curva de sus pechos,
perfectamente formada. Había permanecido despierto hasta tarde imaginando
cómo serían, qué tacto tendrían y a qué sabrían al lamerlos. Cómo sería notar sus
largas piernas alrededor de su cintura mientras se introdujera en ella, en su sexo
caliente y acogedor…
Gimió.
«Mierda.»
Apartó el edredón, bajó la sábana y se acarició, rodeando su sexo erecto con
las manos.
¿Qué sentiría al notar sus deliciosos labios rojos alrededor de él, lamiéndole
el glande?
Gimió y se apretó el miembro con más fuerza mientras levantaba las caderas
al ritmo de sus manos.
Seguro que tendría la boca húmeda, cálida, pero no tanto como su sexo. Le
separaría los muslos y la embestiría con fuerza, una y otra vez.
«____…»
Sus ojos se volverían vidriosos, separaría los labios y se estremecería al
llegar al orgasmo, apretando los músculos con fuerza alrededor de su pene.
Él arqueó la espalda sin dejar de masturbarse, rozando la punta de la verga
hinchada con las yemas de los dedos. Sabía que estaba a punto de correrse por el
ímpetu de los latidos que notaba en la verga.
«_____…»
Necesitaba azotar su hermoso culo y luego penetrarla. Hacer que se
corriera. Follarla.
«¡_____!»
Entonces se corrió y el placer fluyó caliente en sus venas. Se estremeció.
Siguió masturbándose para expulsar hasta la última gota de semen. Hasta el
último momento de placer. Así intentaba sacarse a _____ de sus pensamientos.
Pero no funcionó. Ya sabía que no funcionaría.
Nada funcionaría salvo que pudiera verla y tocarla. Imponerse a ella.
Dominar a esta mujer no sería fácil pero entonces quizás él pudiera dominarse un
poco a sí mismo y recuperar un poco el control.
Se percató del estropicio pegajoso que había dejado en la barriga y sacudió
la cabeza. Tenía que volver a hacerlo. Seguía tratando de recobrar el aliento y sabía
que tardaría un poco en poder empalmarse otra vez. Pero si la tuviera allí ahora,
estaría encima de ella, arrancándole la piel, haciendo que se corriera con las manos,
la boca…
El pene le tembló fugazmente y se sorprendió al notar una repentina
corriente sanguínea ahí mientras se le volvía a hinchar el miembro.
Se incorporó y anduvo por el frío suelo de parqué del dormitorio. Fuera
empezaba a amanecer; la luz del cielo violáceo se filtraba por las ventanas. Notaba
el aire fresco en la piel aunque hervía por dentro. Anhelante otra vez.
Entró en el lavabo y se metió en la gran ducha de azulejos de color cobre,
marrón y bronce. Abrió el agua caliente, se colocó debajo del chorro y se limpió el
semen de la barriga. Sin embargo, el calor punzante del agua en la piel no hizo más
que empeorar la erección.
Descolgó la alcachofa de hidromasaje de la ducha y la dirigió a su pene
erecto apoyando la espalda en las baldosas frías y cerrando los ojos.
Ahí estaba ella otra vez, con el pelo mojado que le caía por la espalda y los
labios formando una «O» mientras él se arrodillaba entre sus muslos y con la
lengua le lamía el húmedo sexo; ella le asía por el pelo, lo atraía hacia sí y gemía.
Respiraba entrecortadamente. Estaba a punto de correrse. Solo por el agua
que le rozaba la polla e imaginando a _____ Ivory con las piernas abiertas delante.
«Joder.»
Orientó las caderas hacia el agua y se cogió los testículos, que notaba tensos.
Y solo bastó eso. Se estremeció, se tensaron sus caderas y se corrió.
«_____… ¡Joder!»
Se apoyó en la pared que había tras él; sentía debilidad en las piernas. El
placer le recorría como una corriente eléctrica bajo la piel, en el vientre y en su
verga, que aún palpitaba.
Respiró hondo una vez, luego otra y dejó que el agua se llevara el semen.
Si ya era mala señal tener que masturbarse dos veces seguidas, como un adolescente —tener que hacerlo—, había que añadirle que era una de las pocas
veces en varios años que se había corrido con sexo… normal. Sin un juego de
poder. Sin bondage. Sin paletas, ni cuero ni cuerdas ni cadenas. Solo ____ en su
imaginación.
¿Qué coño quería decir eso? ¿De verdad quería saberlo?
El sexo era algo con lo que siempre se sentía al mando. Pero había algo en
esta mujer que le había calado hondo. Pues nada, que fuera lo que Dios quisiera.
No es que fuera a entregarse a ella. Pero incluso cuando la tuviera a su
merced —porque la tendría, de eso no había dudas— tenía la sensación de que le
provocaría el mismo batiburrillo mental que a ella. Esa parte de él accedería a
dejarse dominar por… ____.
Se le hizo un nudo en el estómago; en parte por fastidio, otra parte por un
pánico que no quería reconocer y en parte también por el deseo que le bullía en las
venas.
Las cosas eran distintas con _____ Ivory. Por mucho que no quisiera
reconocer lo mucho que le afectaba, tendría que averiguar de qué iba todo eso. De
qué iba ella.
Y mientras tanto mantendría las cosas bajo control, joder, como hacía
siempre.
«Joder.»
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 22nd 2012, 14:19

Bueno, ahí esta el cap...
el numero 3 sera pronto!!!
Espero les guste y sigan leyendo.
Bss bye.
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 25th 2012, 09:44

hola! Lool Nueva lectora!!! Baila
Me encanta la nove!!
Siguela!!! tiste
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mari_jonas_I love
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 26th 2012, 19:18

Me encanta la nove!! Siguela!!!
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jonatik4everrr
Novia De..


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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 26th 2012, 22:58

seguilaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Diciembre 30th 2012, 15:02

seguilaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
lol! Baila tiste
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 2nd 2013, 12:19

Ola!!! perdonad la tardanza os cuelgo el tres y el cuatro. Comentad!!!
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 2nd 2013, 12:45

Tres


_____ estaba sentada en su sofá con un montón de libros esparcidos delante
de ella en la mesita de centro y un bloc de notas en el regazo. Había estado
investigando el tema del bondage, los juegos de dolor y el intercambio de poder y
los motivos por los cuales a la gente le excitaban estas cosas. Lo que había leído la
había excitado, eso estaba claro. Y se había imaginado en las diversas situaciones:
atada, azotada e incluso fustigada. Podría aducir que se debía a eso el pálpito que
se notaba entre los muslos si quería mentirse a sí misma.
En realidad quien le hacía esas cosas no era un partenaire sin rostro. Joe
había estado en todas y cada una de las situaciones: eran sus manos las que tenía
encima y era él quien le daba órdenes.
Suspiró, cogió la taza de té y le dio un sorbo. Lo había endulzado dos veces.
El aromático brebaje le alivió la garganta, pero el resto del cuerpo estaba tenso
como un alambre.
Habían pasado tres días desde que hablara con él y aún no había tenido
noticias suyas. Se preguntaba si formaba parte de la demostración de poder o si
simplemente estaba muy ocupado. Fuera como fuese, no le gustaba. No le gustaba
estar alimentando ese comportamiento dominante.
Sabía que estaba pasando demasiado tempo diseccionando las cosas, pero
no podía evitarlo. No era ninguna chiquilla pasiva que se derritiera a su paso e
hiciera cualquier cosa que le pidiera, o que fuera a permanecer sentada junto al
teléfono como un perrito faldero, esperando su llamada.
Entonces, ¿por qué estaba haciendo precisamente eso?
Había salido con muchos tíos y nunca había sido de esa clase de chicas.
Nunca había tenido que esperar a nadie. El sexo era abundante para una mujer
liberal como ella había sido siempre. Si le interesaba un hombre, se lo dejaba claro
desde un principio. Los hombres, a su vez, sentían que con ella no les hacía falta
jugar a jueguecitos como con las demás mujeres. _____ mantenía las distancias
para que ellos nunca pensaran que la tenían. Y, de hecho, ninguno lo había
conseguido. Ella tampoco jugaba a ese juego.
Pero Joe la tenía pillada de una forma que no entendía…
Dejó la taza en la mesa, cogió un libro y lo hojeó, tratando de centrarse otra
vez en su tarea. Buscaba una explicación más profunda de la psicología y la
química del subespacio: ese estado parecido al trance que muchos sumisos
alcanzaban durante el juego BDSM. Entendía el proceso químico, cómo se liberaban las endorfinas en el cuerpo en respuesta al dolor o a la estimulación
sexual, pero no tenía tan clara la parte mental y emocional del proceso.
¿Por qué respondía la gente a ciertas cosas y no a otras? Había leído muchas
veces que algunos sumisos podían empezar su descenso al subespacio cuando les
ataban y les daban órdenes. A veces, incluso, bastaba con oír una voz dominante.
El tono suave y suntuoso de la voz de Joe vagaba por su mente y le hacía
cosquillas en la piel como una leve corriente eléctrica. Como si pudiera sentir la
sutil vibración del sonido. Juntó los muslos al notar un repentino dolor en la zona.
De acuerdo. Entendía esa parte.
Volvió a hojear el libro y su mirada se posó en la fotografía de una mujer
atada con una cuerda en una especie de arnés muy complicado. Pero no eran las
cuerdas lo que le llamaba la atención ni la suave piel de la mujer, arrodillada y
desnuda salvo por la cuerda. Era la mano de un hombre en algún lugar fuera del
encuadre y la manera en que le acariciaba la cara. El gesto inspiraba cierta ternura.
Le encantaba el contraste, la implicación de que la mano de este hombre pertenecía
a quien la había atado, y ahora tenía un control total sobre ella.
Sintió una oleada de deseo.
Una pequeña parte de ella quería ser esa mujer. Si el hombre fuera Joe Jonas.
Cerró el libro bruscamente y se incorporó de un brinco.
¡Qué ridiculez! Era una mujer fuerte. Independiente. Aunque sintiera un
mínimo deseo de hacer de sumisa para Joe, solo era por recibir esa estimulación.
Permanecer inmóvil y dejarse hacer todas esas cosas.
Gimió. Ese pensamiento no la ayudaba en absoluto.
Sonó el teléfono y lo cogió al vuelo, aliviada por tener un motivo para
desviarse de sus pensamientos.
—¿Diga?
—Hola, soy Mischa.
—Hola, Mischa.
Mischa Kennon, tatuadora que también escribía relatos eróticos de ficción,
era una de sus mejores amigas. Se habían conocido hacía unos años cuando ____
fue a una conferencia de escritores en San Francisco. Cuando ____ regresó a San
Francisco unos meses más tarde para que ella la tatuara, pasaron algún tiempo
juntas y se hicieron amigas. Ahora, a pesar de los muchos kilómetros que las separaban, hablaban cada semana y se veían siempre que podían.
—¿Qué haces, _____?
—Comiéndome el coco, principalmente.
Mischa se echó a reír.
—¿Y eso?
_____ se acercó a la pared donde las ventanas daban a la costa. Las nubes
oscurecían parcialmente el cielo de la tarde; eran como una pesada cortina gris que
amenazaba lluvia.
—Ojalá lo supiera.
—¿Necesitas hacer una lluvia de ideas para un libro?
—De hecho estoy en la etapa de investigación para mi próxima novela. Es
una historia erótica con el BDSM como trasfondo. Lo que me lleva a lo que me trae
de cabeza. Más o menos.
—A ver, ¿me vas a contar de qué estás hablando o no?
—Perdona, no quería ser tan imprecisa.
—Se quedó callada, respiró hondo y lo soltó—: He conocido a un hombre.
—Vaya, parece prometedor.
—Tal vez. No. Joder, Mischa, no lo sé… este hombre, Joe, es… no tiene
nada que ver con los hombres que he conocido en mi vida.
—¿En qué sentido?
—En todos los sentidos. —Se calló otra vez, apoyó la palma de la mano en el
cristal de la ventana y notó el frío en la piel—. Joe forma parte de mi
investigación. Bueno, en este momento lo es todo. Me lo recomendó Jennifer, una
sumisa, para que me hablara de todo esto del BDSM. Me parecía que no sabía lo
suficiente para escribir acerca del juego de poder como era debido.
—Pues no veo por qué no. Has escrito sobre todo tipo de cosas. Y tampoco
es que seas muy puritana. Si eres tú a la que las demás recurrimos en busca de
respuestas para todo lo que tenga que ver con el sexo. Eres nuestra reina, _____ —
bromeó Mischa.
—Ja, ja… No soy la reina del erotismo precisamente. Tener experiencia en el
sexo no es lo mismo. Esto es algo muy específico. Y esta vez reconozco que me va
un poco grande. Pero cuanto más averiguaba sobre las dinámicas que había, más
me daba cuenta de que necesitaba información verídica. Que tenía que basarme en algo más que no fuera leer libros.
—¿Así que pensaste en hablar con alguien involucrado en estas cosas?
—Sí…
—¿Pero…? Porque por tu voz y por el modo en que te andas por las ramas
deduzco que hay un «pero».
_____ levantó la palma del cristal, trazó una línea con los dedos y se apartó
de la ventana.
—El «pero» es bastante grande, Mischa.
—Oye, que hablas conmigo. No me asusto con facilidad. Ni tú tampoco. Por
eso tengo tanta curiosidad por saber cómo un hombre ha conseguido
desequilibrarte así.
—Joe es dominante sexual.
—Ya me lo suponía.
—Y me ha pedido… bueno, me ha retado a que me entregue a él. Sigo sin
creer que haya accedido pero lo he hecho. Estoy segura de que no funcionará. La
idea es absurda. Pero es tan… carismático. No, es más que eso. Es increíblemente
guapo, pero tendría fuerza hasta sin eso. —Vio su rostro en su imaginación. Su
perversa perilla negra y esa sonrisa encandiladora. Sus ojos la atravesaban con una
mirada de fuego azul…
—¿____?
—¿Qué? Ay, lo siento, estaba pensando… en él. No puedo parar. No
recuerdo cuándo fue la última vez que me pasó algo parecido, cuándo perdí el
control de esta manera.
—Quizá el quid de la cuestión está ahí.
—¿Entonces crees que usa alguna especie de jueguecito mental con las
mujeres con las que interactúa?
—No. Bueno, quizá sí lo haga, pero me refería a que puede que sea eso lo
que te pone. En algún nivel universal. Tal vez sea esto lo que necesites, _____.
—¿A qué te refieres?
—A que eres siempre tan controlada. Y no pasa nada por querer controlar tu
vida, sobre todo después de lo que pasaste al crecer con tu madre. Pero podría irte
bien ceder el control a otra persona por una vez, aunque sea solo durante un rato.
—Dudo mucho de que el universo pusiera a Joe Jonas en mi vida para que me atara.
—Pues creo que puede ser eso exactamente.
—¡Mischa!
—Oye, sabes que te quiero, y te quiero lo suficiente para decirte que te iría
bien que te soltaras la melena.
—He estado con muchos hombres y he experimentado mucho en el terreno
sexual.
—Sí, pero no es lo mismo, ¿no crees? Tú misma lo has dicho. Si lo que creo
saber del BDSM es correcto, va de los papeles que adopta cada persona. Es un
juego de poder, ¿no?
—Sí, según tengo entendido, en eso se basa.
—Entonces me parece que tienes que soltar ese poder por esta vez.
—Esa es la parte que no me gusta.
—Pues por eso es por lo que debes probarlo.
—No sé. Quizá. —Se enrolló un tirabuzón en el dedo y lo estiró—. Tal vez
tengas razón. Y supongo que en parte sé que es por eso por lo que accedí a hacerlo.
Bueno, es uno de los motivos.
—Ya me informarás de los demás cuando lo hayas hecho. Porque lo harás,
¿verdad? ¿Le verás y estarás con él?
¿Lo haría?
¿Se le había pasado por la cabeza, ni aunque fuera un segundo, dar marcha
atrás?
Suspiró.
—Sí. Pero me va a resultar difícil.
—A veces lo difícil nos ayuda a conocernos mejor.
—Sé que tienes razón. Es que… me resisto.
—Hazlo, ______. Aprovecha la oportunidad. Siempre y cuando este hombre
sea seguro, claro. Aunque me has dicho que te lo recomendó alguien, ¿verdad?
Creo que deberías hacerlo.
—Ya, yo también. —Y que los ojos azules de Joe, su voz, su olor, la
hicieran derretir, facilitaría un poco las cosas. Eso hacía que la situación, y él
mismo, fuera irresistible—. No sé qué pasará exactamente y eso me incomoda
bastante. Joder, me incomoda muchísimo. Pero, para serte sincera, es muy excitante esta… esta sensación exquisita de la expectativa, quizá porque no tengo
ni idea de cómo irán las cosas.
—Vaya. Nunca te he visto así de insegura, _____.
—Eso es porque no soy yo. Pero es que este hombre…
Las posibilidades revoloteaban en su cabeza. ¿Qué le haría Joe? ¿Qué le
pediría que hiciera?
Se le hizo un nudo en el estómago y empezó a notar calor entre los muslos.
Estaba a punto de averiguarlo. Lo único de lo que estaba segura era de que Joe Jonas iba a cambiarla de una forma irrevocable.
Horas más tarde volvió a sonar el teléfono. _____ dejó a un lado el libro y el
bloc y miró el identificador de llamada.
«Joe.»
Se le aceleró el corazón, que latía ruidosamente como si tuviera un sonajero
dentro.
—Es un hombre, nada más —dijo en la habitación vacía, y luego sacudió la
cabeza. Ya sabía que sería mucho más que eso.
—¿Sí?
—Hola, _______.
Dios, su voz era como una corriente eléctrica que le quemaba las venas y se
arremolinaba después entre los muslos.
—Ah, Joe, hola.
—¿Qué tal estás?
—Bien. Estoy bien.
¿Llamaba para hablar de cosas sin importancia? No podría soportarlo. Se
puso un cojín bordado en el regazo y asió con fuerza el borde enrollado.
—¿No quieres saber cómo estoy yo? —preguntó, divertido.
—Sí, claro. Lo siento. Estaba… absorta investigando un poco cuando has
llamado. Tenía la cabeza en las nubes.
—Tendré que esforzarme por ganarme toda tu atención.
—Oh, no creo que…
—No te preocupes. Sé cómo hacerlo.
Ella se quedó callada, algo vacilante, pero él prosiguió.
—Por eso te llamo. Deberíamos empezar a prepararnos para nuestra
primera vez juntos.
—Ah…
¿Cuándo había conseguido un hombre dejarla sin palabras? Lo único en que
podía pensar era en sus grandes manos tocándola, atándola. No podía pensar en
nada más salvo eso, aunque sabía que habría más. Y se rebelaba contra esa
respuesta a cada centímetro.
«Recobra la compostura.»
—Pensaba que me enviarías un correo electrónico.
—Eso dije.
Ella esperó pero no parecía dispuesto a dar explicaciones, algo que la
desconcertó aún más.
—¿Qué… qué necesito saber?
—le preguntó ella.
—Los dos necesitamos conocer nuestros límites. Nuestros deseos. Mucha
gente utiliza cuestionarios por escrito pero yo prefiero hablar. Puedo evaluarte
mejor si oigo tu respuesta a mis preguntas.
—¿Así que ahora eres psicólogo?
Le oyó suspirar.
—______, si vamos a hacer esto, ser sarcástica conmigo será como ponerle
palos a las ruedas.
—Tienes razón, lo siento. Es que esto no es algo habitual para mí. —Se
recostó entre los cojines del sofá, sin dejar de agarrar el cojín más pequeño.
—Ahora solamente hablamos, ¿vale? —El tono había cambiado; ahora era
más suave que expeditivo, como si pudiera leerle la mente, el humor y sus
necesidades a través del teléfono.
—Sí, de acuerdo.
Lo haría. Pero su corazón le martilleaba ligeramente en el pecho.
—Primero necesito saber si tienes algunas nociones de lo que significa
BDSM. Sé que has leído muchas cosas y has recopilado información. Pero dime tu
definición. Lo que quiere decir para ti.
Ella pensó durante un momento en todo lo que había leído al respecto, las
breves charlas con Jennifer y la investigación que había hecho por Internet.
—A ver, sé que BDSM significa bondage y disciplina, dominación y
sumisión, sadismo y masoquismo.
—Ahora dime qué interpretación haces de eso, no lo que hayas encontrado
en los libros o en Internet.
—Creo que… la definición parece cubrir un amplio espectro de
comportamientos sexuales y sensuales. Deseos. Fetiches. Todo el mundo parece
tener una definición personal de lo que significa para uno mismo. Y no todos lo
practican todo. A algunas personas les van los aspectos más comedidos, como los
azotes en el trasero o el bondage simple. Pero sigue siendo BDSM, aunque no les
guste llamarlo de esa manera. Y en la raíz de todo está el intercambio de energía
entre los participantes.
—Sí, pero hay mucho más, aparte de la definición enciclopédica. ¿Cómo te
sientes al respecto? ¿Qué quieres de él, además de información para tu novela?
—Quiero la experiencia, probarlo antes de rechazarlo de plano. De todos
modos sigo pensando que soy dominante, no sumisa, así que parte de esto es para
demostrármelo a mí misma, a pesar de tu opinión de experto.
—¿Y demostrármelo a mí?
—Sí. Quizá también.
—¿Y qué más?
—Aún no sé qué más. Creo que tengo que comprobarlo antes de saber
exactamente qué me gusta y qué no.
—Tienes razón. Algunas de esas cosas las descubriremos sobre la marcha.
Pero ¿y si te hago algunas preguntas? Quiero que intentes responderlas de forma
instintiva. No te las pienses demasiado —le dijo—. Y no tengas vergüenza. Si me
ocultas algo, no será tan eficaz, ¿entendido?
Era una pregunta pero a la vez una orden. Su primer impulso fue discutir
con él pero tenía razón; no conseguiría más que atrasar el proceso.
—Sí, claro. Cuando quieras.
—¿Alguna vez has pensado en experimentar con el bondage?
—Sí.
—¿Y lo has probado?
—Una vez… até a un novio con unos pañuelos de seda.
—¿Y eso qué te hizo sentir?
—Fue divertido. Distinto.
—¿Qué fue lo que no funcionó?
—Pues no estoy segura. Estuvo bien. Pero la realidad no fue tan excitante
como la idea.
—¿Puede ser porque los pañuelos eran un símbolo demasiado endeble para
ti?
—Sí. Tal vez. Era todo demasiado suave. Una tontería, casi. Como si no me
lo tomara en serio.
—¿Y podría haber sido también que quisieras ser tú a la que ataban? ¿Y que
te dejaran indefensa?
Ella se estremeció y se le fue el santo al cielo.
—Yo… no… no sé. No creo que pensara eso conscientemente en ese
momento, y nunca lo he analizado desde entonces. Supongo que, interiormente, si
iba a experimentar algo de esto, yo sería la que dominara.
—¿Y ahora?
Se le cortó la respiración y sintió un nudo en el pecho. De repente estaba
enfadada y a la defensiva.
—He accedido a ser sumisa, ¿no?
Joe se quedó callado un momento. Le oía respirar lentamente al otro lado
del teléfono. No sabía por qué, pero eso le impidió respirar unos segundos.
—______. Así no iremos a ningún sitio hasta que reconozcas que al menos
una pequeña parte de ti quiere hacerlo.
Se le encendían las mejillas y se aferró con fuerza al cojín que tenía en el
regazo.
—Vale, sí, lo reconozco. Supongo que es natural que la gente se lo plantee
en algún momento u otro, como parte de ser una persona sexualmente abierta,
cosa que soy. De lo contrario no sería escritora de novelas eróticas.
«Deja ya de parlotear, ______.»
—Bueno, es un buen inicio.
—¿Te basta como respuesta?
—De momento, sí. Quiero que pienses en estas cosas. No hace falta que
termines esta conversación estando completamente convencida. Es un proceso.
—De acuerdo.
Dejó de apretar un poco el cojín.
—¿Por dónde íbamos? Ah, sí. ¿Alguna vez has querido que te azotaran en el
culo?
—Yo… sí.
¿De verdad había dicho eso en voz alta?
—Ah, muy bien. —Bajó la voz de tal manera que ella tuvo que aguzar el
oído para oírle—. Y ahora mismo, ¿estás algo ruborizada de placer sabiendo que
me complace tu respuesta?
Ella respiraba entrecortadamente. Ay, madre, ¿lo estaba? Se llevó la mano a
la cara y se palpó una leve sonrisa en los labios.
—¿Sigues ahí, ______? —preguntó en voz baja, en un tono dulce que acarició
su piel como la seda.
—Sí, sigo aquí.
—¿Y me vas a contestar?
Ella sacudió la cabeza y se mordió el labio.
—Yo… preferiría que no.
—¿Pero?
Tenía la sensación de que esperaría todo el día hasta obtener una respuesta,
si fuera necesario.
—Pero… sí, me da placer.
Se quedó callado un buen rato.
—Eso es fantástico. En serio. Te lo oigo en la voz. También noto lo difícil
que te ha resultado decírmelo.
—Sí.
—Quiero que dediques un poco de tiempo a pensar en estas cosas.
Volveremos a hablar antes de vernos. Prepárate para quedar en el Pleasure Dome
el sábado. A las nueve en punto. Te enviaré la dirección por correo electrónico.
Cogerás un taxi. No quiero que conduzcas esa noche.
La cabeza le daba vueltas. Estaba enfadada e incomprensiblemente
estimulada a la vez. Maldito fuera. ¿No debería rebatirle ningún punto? Sin
embargo, lo único que salió de su boca fue:
—De acuerdo.
—Quiero que estés en casa mañana a las ocho de la tarde. Entonces
hablaremos más.
—Eh… está bien. Puedo estar aquí a las ocho.
—No era una petición, ______.
—Ya lo he entendido.
—Pareces enfadada.
—Puede que lo esté.
______ rechinó los dientes apretando la mandíbula con fuerza. ¿De qué iba
eso de darle órdenes? Aún no estaban en el Pleasure Dome; aún no habían
asumido los papeles de dominante y sumisa, ¿no?
—No pasa nada por estar enfadada —dijo él—. A menudo forma parte del
proceso mental. Es difícil soltarse del todo, entregar tu poder a otra persona. Solo
recuerda que haciéndolo también tienes poder. Al tomar esa decisión. ¿Lo
entiendes?
—Bueno… tal vez. Tengo que pensarlo.
—Hazlo. Te llamaré mañana por la tarde. Que duermas bien.
Él colgó y ______ pulso el botón de apagado del teléfono con una mano
temblorosa.
Ahora mismo no estaba segura de poder conciliar el sueño.
¿Cómo sabía esas cosas cuando ella apenas las conocía? Y, teniendo en
cuenta lo sexualmente sofisticada que era, ¿cómo no se había dado cuenta antes?
No lo sabía. Lo único que sabía era que la rabia y el deseo forcejeaban en su
interior y llegó un punto que ya no pudo resistirlo más. Se levantó del sofá, cruzó
el apartamento y se asomó a las vistas oscurecidas por la niebla.
A sus pies, la avenida Western estaba iluminada; las luces de bares y
cafeterías y los faros de los coches al pasar. Por una vez no llovía y la noche era
completamente negra bajo la capa de niebla. En el fulgor ambarino de una farola,
dos personas se besaban apasionadamente, abrazándose el uno al otro. Miró cómo
se besaban y se toqueteaban y sintió crecer la excitación.
Refunfuñando, se dio la vuelta, dispuesta a ir a la cocina a por una copa de
vino. Pero no era vino lo que quería.
En lugar de eso, cruzó la sala de estar y entró en el dormitorio, al otro
extremo del apartamento. El color de la cama, blanca como la nieve, refulgía
débilmente a la luz de la lámpara del salón y proporcionaba un marcado contraste con la sombra de la pared verde de detrás. Pero tampoco era la comodidad de su
cama lo que quería.
Se quitó la ropa a toda prisa; la brisa de la noche helaba su piel desnuda. Le
encantaba estar desnuda. Pero hoy lo necesitaba más aún.
Subió a la cama y abrió la tapa del cesto de mimbre que había junto a ella,
en el suelo. Dentro se hallaba su colección de vibradores y otros juguetes. Tocó el
vibrador turbo que utilizaba cada noche desde que había conocido a Joe, pero lo
dejó a un lado. Quería algo más suave, quería llegar al orgasmo más despacio, con
más ganas. Así pues, escogió un vibrador de color carne que parecía un pene de
verdad y tenía la cabeza lisa y redondeada. Lo sostuvo un momento; la textura
parecida a la piel era tentadora en la mano. Entonces se mordió el labio y sacó
también un pequeño huevo metálico. Se recostó entre las almohadas, separó las
piernas y la brisa le acarició el sexo desnudo.
Encendió el falo, lo llevó hasta sus muslos, rozó la punta del clítoris y gimió
con suavidad. El placer la hacía estremecer de arriba abajo como si fuera una
pequeña ola. Cerró los ojos, imaginó el rostro de Joe y se lo acercó otra vez,
pasándolo por encima de su clítoris, cada vez más duro.
—Ah…
Jugueteó con él, dejando que la sensación aumentara poco a poco hasta que
mojó la cama. Tenía el sexo completamente húmedo. Se abrió más de piernas y se
introdujo el falo.
—Dios mío… Joe…
¿Qué sentiría cuando se la follara? Que la follara mientras le tenía las manos
sujetas por encima de la cabeza, aprisionándola. Era muy corpulento. Estaría
indefensa ante él, bajo su cuerpo impresionante. Sus músculos serían duros y
poderosos. E imaginaba su polla introduciéndose en ella…
«Sí…»
Se colocó el vibrador en otro ángulo y alcanzó su punto G.
—Ay… ah, sí…
Le temblaban las piernas; el placer era como un bramido silencioso en su
interior, cada vez más fuerte. Se introdujo el juguete aún más y lo extrajo un poco;
una y otra vez arqueaba las caderas al compás del vibrador.
¿Se la follaría despacito o sería sexo rápido y duro, animal?
«Joe.»
Necesitaba más.
Con la mano extendió su flujo hasta ese estrecho agujero entre las nalgas a
modo de lubricante y luego se introdujo el huevo en el ano. Contuvo la respiración
un momento y se esforzó por relajarse; encendió el huevo antes de pasarlo por el
estrecho anillo de músculo. Estaba tan excitada que no notó quemazón ni le resultó
nada difícil. Su cuerpo se abrió de buena gana; el sexo, dispuesto, y las caderas
bien arqueadas.
«Ah, sí… me voy a correr…»
«Joe.»
Sus fuertes manos la inmovilizarían en la cama y con la verga la embestiría
con fuerza.
Ella se introdujo el vibrador aún más, enterrándolo en su sexo y la vibración
le propagó una oleada de placer por todo el cuerpo. Eso y el huevo que temblaba
en su trasero; las dos sensaciones juntas.
«Sí, Joe, fóllame…»
Una embestida más y su cuerpo se tensó al llegar al orgasmo; el placer era
ahora un trueno estruendoso en su interior, en su sexo, el culo, el vientre y los
pechos. Se dejó llevar por esa intensa ola, mientras seguía moviendo las caderas.
«Joe.»
—Joder…
Siguió contoneándose, corriéndose; el clímax era una espiral de placer que
no terminaba nunca.
Al final, agotada, se quedó tumbada en la cama. En su imaginación veía el
rostro de Joe y sus grandes manos. Pensó en su piel desnuda sobre la suya. Lo vio
sujetándola y se vio a sí misma deseándolo.
Sí, el jueguecito mental había empezado ya. ¿Iba a empeorar mucho más? ¿Y
cuánto más mejoraría a su vez?
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 2nd 2013, 13:06

Cuatro


Joe estaba sentado a la mesa de roble de su despacho, mirando la pantalla
del ordenador. Llevaba desde primera hora de la mañana queriendo escribir algo,
tratando de organizar el trabajo que tenía entre manos y darle algo de coherencia,
pero se le iba la cabeza. Se inclinó hacia delante y trató de leer la página que
acababa de escribir, pero se le juntaban las palabras.
Apenas había dormido. Se había despertado a las cinco con los ojos
somnolientos y enrojecidos. Hacía días que no dormía bien. Había intentado volver
a dormir por la mañana, pero después de estar ahí tumbado en la cama, pensando
en _____ durante una hora, se había levantado, se había duchado y había vuelto a
llegar al orgasmo bajo el chorro de agua caliente.
Se notaba el pene erecto, duro.
Esto era cada vez más ridículo. Desde que la había conocido se había
masturbado cada día, varias veces al día. Y había empeorado desde que mantuvo
la conversación telefónica de la noche anterior. Era demasiado excitante hablar con
ella sobre sus deseos. Igual que lo fue oír la rabia en su voz e imaginarse cómo se
las apañaría para aplacarla. Había tenido erecciones nocturnas constantes, como si
estuviera en un anuncio de Viagra maquiavélico.
Joder, esa mujer era como una especie de diablesa que también invadía sus
sueños y demasiados despertares también. No veía el momento de ponerle las
manos encima. De acabar con esas peleas y apagarle la rabia que llevaba dentro.
Atarla.
Azotarla.
«Oh, sí.»
El pene se le empinó de solo pensarlo.
Tenía que controlarse.
Tenía que controlarla a ella también.
Gimió.
«Necesito verla.»
¿Por qué luchaba contra esa sensación? Cuando quería algo, lo hacía y listos.
¿Por qué debería ser eso distinto?
Quizá porque verla antes de la fecha convenida iba contra su protocolo habitual. Alteraba el patrón de la relación dominante/sumiso, por muy casual que
fuera la conexión.
Y a él, esto no se le antojaba muy casual.
Joder. La llamaría. No pasaba nada por sorprenderla, de todos modos. Y
revolucionarla un poco.
Sintiéndose que controlaba más la situación, cogió el teléfono móvil y marcó
su número. Notó su respiración al otro lado del teléfono al descolgar.
—¿Joe?
Ah, sí. Esa encantadora voz entrecortada.
—_____. ¿Qué tal va la mañana?
—Son las ocho.
—Exacto.
—¿Siempre llamas a la gente tan temprano?
—¿Estabas durmiendo?
—No, pero… da igual.
—Quiero verte, _______. —No le importaba el tono algo hosco de su voz.
Cogió un bolígrafo, le dio unos golpecitos en el borde del escritorio y al darse
cuenta de lo que estaba haciendo, paró en seco.
—¿Quieres verme ahora?
«Sí.»
—Esta noche.
Hizo clic en la parte superior del bolígrafo y dejó que el trocito de metal se
le hincara en el pulgar, a la espera de su respuesta.
—¿Por qué esta noche?
Se le resbaló el bolígrafo de las manos pero al agacharse a recogerlo, este
cayó al suelo haciendo ruido.
«Mierda.»
—¿Tienes que cuestionarlo todo, _____?
¿Y él? No quería pensar demasiado en lo que fuera que le estuviera
pasando. Solo quería verla, joder.
—No… supongo que no.
—Quedamos a las siete en el Wild Ginger en la Tercera. ¿Sabes dónde te
digo?
—Sí, lo conozco.
—No llegues tarde.
—Nunca llego tarde.
Captó un deje de terquedad en su voz, pero no le estaba rebatiendo nada en
ese momento. Él se recostó en la butaca frente a su mesa y notó cómo se le
relajaban los músculos.
—Y, _____, deberás ir vestida de negro. ¿Tienes algún vestido negro?
—¿Y qué mujer no lo tiene?
—¿Medias negras? ¿Y botas?
—Por supuesto.
Por el tono no distinguía cómo se tomaba eso de que le dieran órdenes, pero
ya se ocuparía de eso más tarde. Ahora mismo no le importaba todo lo que
debería.
—Entonces nos vemos esta noche.
Ella suspiró.
—Está bien. De acuerdo.
Sí; había algo de fuego en su interior, pero eso ya se lo esperaba. Disfrutaba
de eso.
—Hasta esta noche, pues.
Colgó sin darle opción a responder. Sentía cómo empezaba ya la irritación,
la lucha. La dejaría macerar durante el día y le permitiría también que se fuera
tranquilizando sola. ¿O quizás estaría hecha una furia cuando la viera? Iría bien de
cualquiera de las maneras. Parte de su tarea como dominante era provocarla y
sacarle algún tipo de respuesta. Y si se iba a rebelar contra este proceso —algo que
era habitual en ella— sería mejor abordar el problema lo antes posible.
Seguro que disfrutaría de la pelea, de verla forcejear. Y aún se regodearía
más del momento en que finalmente cediera. Era demasiado, quizá. Pero él
también tendría que abordar el asunto. Tenía que sacarse esa sensación extraña de
encima. Con ______. O con otra chica. Eso no importaba, ¿no?
¿Sí o no?
Nunca antes había importado y ahora no iba a empezar a colgarse por una mujer. Esta atracción malsana hacia _____ Ivory era solo eso y nada más.
«Sácate esta sensación de dentro. Trabájatela y listos.»
Esta noche la dedicaría a conocerla, porque cuanto más pudiera meterse en
su cabeza, más fácil sería conseguir que cediera. Era complicada. La dinámica de
juego y poder sería más efectiva cuando tuviera una idea mejor de cómo
funcionaba su mente. Era tan claro y sencillo como eso.
Sacudió la cabeza y volvió a centrarse en la pantalla del ordenador. En el
fondo sabía que se estaba mintiendo.
_____ salió del taxi frente al Wild Ginger y cerró dando un portazo. Llevaba
todo el día mosqueada.
Se alisó los pantalones marrones con las manos y se recolocó la chaqueta de
piel color caramelo.
Lo tenía claro si pensaba que se iba a poner el vestido negro de marras.
Abrió la puerta del restaurante un poco más fuerte de lo necesario. En su
interior encontró la sencilla elegancia asiática; unas paredes rojo oscuro que
contrastaban enormemente con las mesas lacadas en negro y los delicados
ramilletes de orquídeas blancas en los jarrones altos y finos.
Lo vio de inmediato. Estaba apoyado en la barra con una copa en la mano.
Era grande y apuesto —no, la palabra «apuesto» no era lo bastante fuerte para
describirle—. Llevaba pantalones negros y una camisa oscura que se le ajustaba al
torso musculado como si se la hubieran hecho a medida. Quizás era así. No era
posible que una camisa quedara tan bien encima de esos enormes y anchos
hombros y bien lisa y ajustada alrededor de su estrecha cintura. Pero por muy
guapo que estuviera, su aspecto no le quitaría el enfado con el que había llegado.
Él sonrió al verla. Su sonrisa estaba cargada con un cierto aire de
engreimiento y eso le hizo hervir la sangre, aunque su cuerpo ardía de deseo.
Sofocó ese anhelo, asintió y se fue derecha a él.
—Hola, Joe.
—Así que vienes pero antes has querido asegurarte de hacerme saber que
no te voy a mangonear, ¿es eso?
Ella levantó la barbilla.
—Sí. Eso es, exactamente.
Él sonrió.
—Estás muy guapa, _____.
No se lo esperaba, pero se negaba a ser un pelele y quería que le quedara
bien clarito.
—Tal vez forme parte del ritual con las chicas con las que juegas en el club,
pero yo no soy ninguna esclava. Y mi incursión en esta rama de la perversión no
significa que esto haya cambiado. No me interesan estas cosas.
Él siguió sonriendo, algo que a ella se le antojó perturbador.
—Esto es lo que estamos haciendo ahora. Hacernos una mejor idea de lo que
te interesa. ¿Nos sentamos a una mesa?
—Yo… sí.
No sabía qué más decir y se sintió tonta por lo que acababa de soltarle. ¿Por
qué no podía tranquilizarse?
Joe hizo un gesto majestuoso con la barbilla y la camarera apareció de la
nada. Era una muchacha delgada y atractiva con una melena morena brillante.
Sonrió a Joe pestañeando rápidamente. A ______ no le sorprendía y tampoco
podía culparla. Joe debía de ser el hombre más atractivo del restaurante, con esa
sonrisa encantadora y libertina.
Dios mío, ¿acababa de pensar en la palabra «libertina»?
Sacudió la cabeza mientras seguía a la camarera hasta su mesa; Joe iba
unos pasos atrás. Juraría que sentía el calor de su cuerpo imponente.
Él se inclinó hacia ella y le susurró:
—De hecho no esperaba que llevaras el vestido negro. Tú no.
Ella se dio la vuelta para fulminarle con la mirada, incrédula, pero él se
limitó a sonreírle mientras la ayudaba a quitarse el abrigo y se lo colocaba en el
respaldo de la silla, justo antes de apartarla. Luego, se sentó enfrente.
—Tomaremos té verde con jazmín —le dijo a la camarera sin dejar de mirar
fijamente a _____. Sus ojos despedían una intensa luz azul en la penumbra del
local.
—Me sorprendes —dijo ella.
—¿Ah, sí? ¿De qué forma?
—Todas estas buenas maneras: me apartas la silla y te acuerdas del té que
me gusta.
—Que sea dominante no quiere decir que sea un capullo, al contrario de lo
que piensa la gente. Y yo nunca me ajusto a la creencia popular.
—Ya, seguro que no.
—Ni tú.
—¿Qué quieres decir? —Tocó el dobladillo del jersey de angora de color
crema.
Él se encogió de hombros.
—Eres escritora de novelas eróticas. Hay personas que seguramente tendrán
ideas preconcebidas sobre en qué tipo de persona te convierte eso.
—Posiblemente. ¿Y en qué tipo de persona me convierte eso?
Él se inclinó hacia delante, mirándola a los ojos. Atravesándola con la
mirada. Ella se movió, incómoda. Estaba deseosa de escuchar su respuesta.
—Creo que en una mujer que es más abierta de mente en temas sexuales
que una mujer normal. Tal vez te convierte en una mujer más abierta en general,
aunque no creo que te lo apliques tú misma.
—No entiendo qué quieres decir.
—Quiero decir que creo que te juzgas más severamente de lo que tú juzgas a
los demás.
—Eso seguro. ¿Pero no le pasa a todo el mundo?
—Sí. En eso tienes razón.
—¿Incluso tú?
Él sonrió; tenía los dientes blancos y resplandecientes y con esa perilla
parecía pícaro, incluso al sonreír. Y como siempre, ella se quedó obnubilada.
«Mierda.»
—Incluso yo —dijo—. Mira, ya está el té.
Para su sorpresa, una vez más, él cogió la tetera y sirvió el té, tras lo cual le
dio a ella la tacita roja y blanca. _____ la cogió y aprovechó para calentarse los
dedos.
—Gracias.
—De nada.
No conseguía descifrar a este hombre. Y él tenía razón: ella tenía ideas
preconcebidas acerca de lo que era ser dominante sexual. Unas ideas que tendría
que desechar y volver a empezar.
Ojalá no tuviera que controlarlo todo él siempre. O ella…
Se rio.
—¿De qué te ríes? —preguntó él.
—Nada, es que empiezo a entender algunas cosas —reconoció—. Estoy
reajustando mi manera de pensar y no es que me guste.
Él se recostó en la silla y le dio un sorbo al té.
—Vaya, exactamente lo que pretendía conseguir.
Ella suspiró.
—Otra vez vuelves a hacerlo —musitó.
Él se quedó callado un momento, escudriñándola, y ella notó que se le
encendían las mejillas bajo su atenta mirada.
Joe levantó su taza humeante, la sopló un momento, le dio un sorbo y
luego la volvió a dejar en la mesa. Cada pequeño movimiento parecía estudiado. O
quizás era simplemente que ella esperaba que le dijera algo; ese estudio
pormenorizado la estaba poniendo nerviosa.
—¿Pretendes ser un gran reto para mí, verdad, _____?
—Yo no pretendo nada.
—¿Ah, no?
—Soy quien soy.
—¿Y quién eres?
—¿Estás siendo condescendiente?
—Rotundamente no. Solo quiero conocerte. Es parte de mi trabajo, por
decirlo de algún modo. Pero quiero conocerte de verdad. ¿Te parece bien?
Se inclinó hacia delante otra vez y le cubrió la mano con la suya. Su mano
era grande, cálida, y ese calor pasó a su piel del mismo modo que el de la taza de
té. Ella se deshizo por dentro.
—Sí. Claro. No sé por qué estoy tan combativa. O tal vez sí lo sepa, pero de
todos modos es de mala educación y lo siento.
—No pasa nada. Volvamos a empezar. Simplemente relájate, habla
conmigo. ¿Por qué no me cuentas algo de ti?
—¿Qué te gustaría saber?
—Empieza por el principio.
—Bueno…
Se dio cuenta de que su mano seguía sobre la suya y eso le hacía difícil
pensar. Bajó la vista hasta sus manos, luego a su rostro. Él esbozó una sonrisa y
apartó la mano como si lo hubiera entendido.
—Empieza por tus novelas, ______. Me gustaría saber un poco más acerca de
tu trabajo.
Ella bajó las manos hasta el regazo y flexionó los dedos, notando el calor
que él le había dejado.
—Llevo escribiendo a tiempo completo los últimos cuatro años.
—¿Y siempre has hecho literatura erótica?
—Sí, siempre. Empecé a escribir a los veinte años pero nunca creí que me
publicarían nada hasta hace cuatro años. Las cosas sucedieron muy rápidamente.
Conseguí una agente, vendí mi primer libro, luego tres más y varias novelas más
largas. He tenido mucha suerte. Antes de eso trabajaba en la banca. Me iba
bastante bien.
—¿En la banca? No te veo en un banco. Imagino que allí, en ese estricto
ambiente corporativo, desperdiciabas tu talento. Eres demasiado… exótica.
Ella se movió, incómoda, y entrelazó los dedos. Nunca había pensado en
ella en esos términos.
Este hombre la desequilibraba como no lo había hecho nadie nunca.
Suspiró y prosiguió.
—No me gustaba nada. Pero el dinero que ganaba me dio la oportunidad de
dejar de trabajar y dedicarme a escribir, así que me alegro. Por suerte, conseguí mis
primeros contratos antes de que se me acabaran los ahorros. ¿Y tú? ¿Qué hacías
antes de escribir profesionalmente?
—Enseñaba inglés en una universidad de aquí.
—¿Y lo dejaste para escribir?
—No inmediatamente. Dejé de trabajar hace tres años. Tenía que cumplir
con demasiados plazos de entrega. Sentía que no podía hacer ambas cosas y
dedicarle la energía necesaria a todo. No quería ser un fraude para mis alumnos.
De hecho, me encantaba la enseñanza. Algunas personas creen que es una
existencia banal pero yo disfrutaba mucho.
—Me imagino. Y estoy segura de que encontrabas tus emociones en otro
sitio.
Él sonrió.
—Por supuesto. No me voy a molestar en decirte que soy alguien que no
soy. —Le dio un sorbo al té—. A diferencia de otras personas.
—Vaya, un puñal. ¿Me lo sacas de la espalda?
Él sonrió y un destello de malicia se asomó a sus ojos.
—Aún no. Ya hablaremos de eso más tarde.
A _____ se le encendieron las mejillas otra vez y notó calor en la
entrepierna. De repente cayó en la cuenta de que este hombre iba a tocarla muy
pronto. Que la azotaría. ¿Y qué más?
Cruzó las piernas debajo de la mesa, tratando de ignorar el anhelo que
sentía.
«Céntrate. Sigue hablando.»
La charla hacía que pareciera una cita normal y corriente. Eso lo podía
soportar.
—Joe, cuéntame más de esas cosas de adicto a las emociones fuertes que
mencionaste el otro día. Las actividades extremas.
Él sonrió.
—Me gusta todo lo que me dé subidón de adrenalina. Hago snowboard,
paracaidismo. Creo que también te dije lo de nadar entre tiburones. Y las motos.
He participado en carreras también, pero no profesionalmente.
Ella se estremeció. No le gustaba nada la idea. Nunca le había gustado.
—¿_____? ¿Qué ocurre?
Ella movió la mano para quitarle importancia pero notó que se había puesto
blanca. Y Quinn uno de los grandes motivos de que ella se hubiera convertido en
lo que era.
«Díselo y sácatelo de encima.»
—Perdí… perdí a mi hermano pequeño, Quinn, en un accidente de moto. La
idea de que alguien conduzca una moto me… me incomoda.
—Lo siento. ¿Hace poco?
—No. No. ¿Podemos cambiar de tema? Parece que has viajado mucho.
—Es verdad. Me encanta el sudeste asiático, todo el hemisferio oriental.
Tailandia es muy hermosa. Bali. Y el Tíbet fue una aventura aunque no muy
cómoda, la verdad. Allí me tatuó un anciano usando el método antiguo. Cogen una
varilla afilada de bambú y van pinchando para introducir la tinta en la piel. Hacen falta dos personas para sujetarte y para que la piel quede tensa. Se tardan horas.
Pero al cabo de un rato entras en una especie de trance. Lo llevo en la parte de
atrás del hombro; una parte en la que todo es hueso y dolió una barbaridad, pero
es mi tatuaje favorito. Estos tatuajes son personalizados y tienen el significado
espiritual que el artista descubre en cada persona. Un mensaje único. Fue una
experiencia inigualable.
—Lo he visto hacer en documentales. Tiene pinta de ser muy doloroso pero
los diseños son muy bonitos.
—Ya te enseñaré el mío un día de estos. ¿Te gustan los tatuajes?
—Sí. Tienen un significado muy personal e interesante; es como una
declaración personal. Yo llevo uno.
—¿En serio?
—Pareces sorprendido.
—Tal vez no. ¿Qué es?
—Una ramita con flores de ciruelo por encima de la parte derecha de la
cadera.
—Ah. Las flores del ciruelo son un símbolo de perseverancia.
—Sí. Las flores pueden sobrevivir a una helada invernal.
—Quizá me digas algún día qué es lo que significa para ti.
Ella sonrió.
—Quizá. ¿Tienes otros tatuajes, además del que te hicieron en el Tíbet?
Él asintió.
—Un par de dragones en los antebrazos. Me los hice en Hong Kong. Me
arremangaría para enseñártelos pero una vista parcial no les haría justicia. Tendría
que quitarme toda la camisa.
Dios mío, ¿qué aspecto tendría este hombre sin camisa? Se estremeció.
—¿Y qué significan para ti?
—Los dragones simbolizan poder, fuerza y protección.
—¿De qué necesitas que te protejan?
Una sombra se asomó a su rostro pero desapareció tan deprisa que dudó de
haberla visto, incluso.
—Todo el mundo tiene vulnerabilidades. No seríamos humanos si no las tuviéramos, ¿no crees?
—Y me imagino que no me contarás cuáles son esas vulnerabilidades,
¿verdad?
—Ahora no. Pero yo sí debería saber las tuyas. Eso también forma parte de
mi trabajo.
—¿Es necesario?
—Sí —se limitó a decir.
—¿Por qué?
—El poder conlleva una enorme responsabilidad. Necesito tener
información sobre cómo reaccionarás cuando juguemos y por qué para que pueda
cuidarte como es debido.
—Oh…
Ese breve recordatorio de lo que habían planificado hacer juntos la deshacía
de deseo y la mareaba ligeramente. ¿De verdad estaban manteniendo esta
conversación con semejantes referencias eróticas en medio de un restaurante
abarrotado?
—¿Por qué no me cuentas algo de tu familia,_____?
—¿De mi familia?
—Es un buen punto de partida.
—De acuerdo. Está bien… —Se quedó callada para pensárselo un momento.
¿Qué podía contarle?—. Soy de Portland. —Hizo una pausa otra vez. No tenía
ganas de darle demasiados detalles. Le resultaba demasiado duro. Se sentía mejor
cuando se quitaba a la familia de la cabeza. Sobre todo a su madre. ¿Cómo podía
explicar algo así?
Descruzó las piernas, cogió la taza y la encontró vacía. Joe alargó la mano,
la cogió, se la llenó y se la devolvió.
—Continúa —le instó él—. ¿Tu familia sigue viviendo allí?
—No. La mayoría está ahora en Ashland, Oregón. Mi tía Deirdre y mi
madre. Y mi abuela Delilah, con quien me llevo muy bien.
—¿Pero no te llevas bien ni con tu tía ni con tu madre?
—Las cosas con mi madre son… difíciles.
—Cuéntame algo de ella.
—No.
Sus miradas se cruzaron pero él no se inmutó.
—Otro día, entonces.
Ella asintió y apartó la vista.
—¿Quieres contarme algo de tu hermano? —le preguntó en voz baja.
—Pues no especialmente.
—¿Pero lo harás?
La estaba tratando con mucha delicadeza y eso hacía que quisiera
contárselo. Dejar que la conociera, aunque fuera un poco solo.
—Quinn era tres años menor que yo. Era buen chico y buen estudiante.
Tenía un sentido del humor que yo no heredé. Siempre conseguía hacerme reír.
Teníamos una relación muy estrecha. No nos peleábamos como la mayoría de los
hermanos. Creo que nos necesitábamos mutuamente…
Se le apagó la voz.
«No quiero seguir con esto.»
—Perderle debió de ser muy difícil.
—Lo fue.
Llegó la camarera y les interrumpió; a ella le vino bien.
Joe pidió por los dos sin consultarle a ella ni al menú. Cuando la camarera
se fue, _____ le preguntó:
—¿Siempre haces eso?
—¿Llevar el mando? Sí. —Se inclinó hacia delante con una expresión
divertida en la mirada—. ¿Acaso esperabas otra cosa de mí?
Eso la hizo sonreír.
—Supongo que no. —Cogió la taza otra vez—. Tu turno. Cuéntame algo de
tu familia.
—No tenemos una relación muy estrecha. Mi madre y su marido viven en
Scottsdale. Mis hermanastros Gavin y Marianne también están allí. Pero todos
éramos adultos cuando se casaron nuestros padres y no nos conocemos mucho.
—¿No tienes más hermanos?
—No.
—¿Y tu padre?
—Mi padre…
Joe se quedó callado, le dio un sorbo a su té, que cada vez estaba más frío,
y se movió en la silla.
Le resultaba duro hablar de su padre y solía evitar el tema. Pero estaba
cómodo con _____, a pesar de la tensión sexual, del deseo irrefrenable que
reconoció al instante. Se esforzó por centrarse.
—Mi padre era físico y profesor de universidad. Era un hombre brillante.
De verdad, no era porque lo tuviera puesto en un pedestal. Me enseñó muchas
cosas. A él le debo gran parte de quien soy.
—Has dicho «era». ¿Qué le pasó?
—Murió cuando yo tenía veintidós años.
—Lo siento, Joe.
Su rostro y su tono eran de pura compasión. Incluso sus ojos grisáceos. No
era lástima, era compasión.
—Estaba cruzando la calle y le atropelló un coche. Fue todo muy fortuito.
Pero como era físico siempre creyó en la aleatoriedad del universo. Durante mucho
tiempo yo también lo creí. Y aún lo hago, solo hasta cierto punto, aunque he
pasado mucho tiempo buscando una respuesta mejor. Supongo que en parte mis
viajes se han debido a esto mismo.
Hizo otra pausa y se pasó la mano por el pelo. Mierda, había dicho
demasiado.
—Eso debió de haber sido horrible para ti. Parece como si fuera el único
familiar con el que te llevabas realmente bien.
—Sí.
Sintió como si se bloqueara, como si la bloqueara a ella también. No quería
hacerlo pero no podía seguir hablando del tema.
Llegó la comida. Justo a tiempo.
Él cambió de tema y hablaron sobre cuestiones menos personales durante la
comida: las películas que les gustaban, los políticos locales, el arte y la música. Joe
se sorprendió al descubrir lo mucho que tenían en común. Quizá no tendría que
haberse sorprendido tanto. Una química tan fuerte como la suya tenía que darse
por más cosas además de que olía mejor que cualquier otra mujer.
Cuando hubieron terminado, la camarera les retiró los platos y él pidió más
té. La había estado observando. Le fascinaba la forma en que movía su hermosa
boca al hablar o cuando apresaba un trozo de comida entre los labios. Su piel de alabastro era inmaculada, con un ligero rubor rosado en las mejillas y una
constelación de pecas. Era hermosa.
Tenía ganas de sacarle ese rubor a la superficie, en todo su esbelto cuerpo.
El rubor del deseo. La rojez de un trasero bien azotado.
Se le puso dura de solo pensarlo.
«Control.»
—¿Has cenado bien, ______?
—Sí, mucho. Gracias.
—No te entretendré mucho. Te quiero descansada esta semana. Ya
hablaremos de lo que sucederá en el Pleasure Dome el sábado por la noche.
—Ah.
Ese ligero rubor se enrojeció un poco más y se le dilataron las pupilas. Ella
miró alrededor, preguntándose tal vez si alguien alcanzaba a oírles. A él no le
importaba pero bajó la voz.
—¿Entiendes qué son las palabras de seguridad, ______?
—Creo que sí.
—Tu palabra de seguridad es «amarillo» si quieres que baje el ritmo o si hay
algo que crees que es demasiado. Si necesitas un descanso, beber agua o si te entra
el pánico. Si notas en tu cuerpo una sensación de gran incomodidad. Iré
comprobando la circulación si te ato; cosa que probablemente haga.
Ahora ______ empezaba a palidecer. No pasaba nada. No le importaba que
se alarmara un poco por la realidad de lo que iban a hacer. De hecho, le complacía.
El pene le dio un pequeño tirón.
Él siguió hablando.
—«Rojo» significa que quieres que pare. La escena terminará. Si estás atada,
te desataré inmediatamente. Cortaré las cuerdas si es necesario. Yo nunca discutiré
nada de eso contigo. De esta manera, tú tienes la última palabra y estarás siempre a
salvo conmigo. ¿Lo entiendes?
Vio que tragaba saliva y se le movía la nuez.
—Sí.
—También debes saber que no juego sin contacto sexual. No hace falta que
te acuestes conmigo, claro. Pero si te opones a que te toque, a estar desnuda,
dímelo ahora y lo dejaremos aquí. La estimulación sexual puede ayudarte a entenderlo más. Te ayuda a soltarte. Algunas personas pueden jugar sin hacerlo,
pero yo no.
La miró cuidadosamente y reparó en cómo le brillaban los ojos y se le
aceleraba la respiración. Hasta sus labios se habían vuelto de un rojo más intenso,
como si alguien se los hubiera mordido. Era una señal de deseo. Pero ¿se opondría
a eso?
No sabía qué diantre haría si se retractaba ahora. La deseaba con todas sus
fuerzas.
Pero ella se limitó a asentir y dijo:
—De acuerdo.
Una frase corta y se le había puesto dura como nunca en la vida.
«Contrólate.»
—¿Tienes alguna pregunta que hacerme? —le preguntó él.
—Pues… no lo sé.
—Mira, si quieres puedes enviarme un correo electrónico desde hoy hasta el
sábado.
Ella volvió a asentir, tratando de parecer valiente, pero no dejaba de
palidecer y de ruborizarse minuto a minuto.
Él se inclinó hacia ella, le cogió la muñeca y le palpó con los dedos bajo la
manga. Tenía el pulso acelerado. Y la piel suave como el satén.
—_____, escúchame bien. Si en algún momento cambias de parecer, todo
depende de ti. Esto funciona así. No me enfadaré, ni te juzgaré, ni tendré
resentimiento.
No quería por nada del mundo que eso pasara y esa sensación no le gustaba
nada.
—Está bien. Sí, lo entiendo.
—¿Sigues interesada?
Ella se quedó callada un momento; los latidos se le aceleraron un poco más.
—Sí, me interesa. Quiero hacerlo. Tienes razón. Esta es la única manera de
conocer el tema. Necesito conocerlo. Y no solo por el libro sino por mí misma.
Él asintió intentando aparentar tranquilidad pero por dentro estaba hecho
un lío: el corazón le latía con fuerza y el pene vibraba del deseo que sentía por ella.
______ Ivory no era una mujer más. Lo que acabaría significando para él no lo sabía. Y, por primera vez en su vida desde que muriera su padre, sintió miedo.
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 6th 2013, 17:57

awww este Joseph es ta dfghjks baba
siguela!!!!!! Canta Baila
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Zoé Zárate
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 9th 2013, 21:46

Hola nueva lectora aaaa no la dejes ahí tienes que seguirlaa!!!
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 10th 2013, 16:23

siguela!!!!!! Canta Baila
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 23rd 2013, 05:27

Hello!
Hoy la sigo más tarde, perdon el retraso...
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aranzhitha
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Enero 31st 2013, 20:28

siguela!!
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Febrero 15th 2013, 09:09

Siiguelaaaaaaaaaa
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camilitalovato
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Febrero 18th 2013, 13:43

Cinco

______ había hecho exactamente lo que le había pedido Joe en el correo
electrónico que le había enviado. Iba en un taxi de camino al Pleasure Dome
vestida como él le había pedido: falda corta negra, zapatos de tacón negros, top
negro sin mangas con espalda escotada. Debajo llevaba un sujetador y unas
braguitas, también negras, con transparencias. No le había pedido expresamente
que llevara transparencias pero ella quería que la deseara. Quería que él quedara
tan afectado como ella.
No iba a intentar negarlo. ¿De qué servía? No era a la lujuria a lo que se
oponía. Eso no había sido nunca un problema para ella. Le encantaba el sexo y
siempre estaba abierta a explorar sus deseos. Era la idea de ceder todo el control a
otra persona. Simplemente no estaba segura de ser capaz de hacerlo.
Sintió una punzada de pánico en el acto, aunque no hiciera más que
imaginarlo.
Estaba lloviendo, como solía pasar en esta ciudad. En la noche, los
neumáticos del taxi pasaban salpicando por todos los charcos que surcaban las
calles. Las luces de las farolas se reflejaban en el agua y titilaban en tonos
plateados. Los escaparates estaban iluminados y teñían la oscuridad de colores.
El corazón era como un martillito que le repiqueteaba el alma.
Seguía sin creerse que fuera a hacer eso.
El viaje terminó pronto, sacó unos billetes del bolsito negro que llevaba y se
los dio al taxista. El Pleasure Dome estaba albergado en un almacén reconvertido,
como su edificio: cuatro plantas de ladrillo con fachada gris y unos ventanales
oscurecidos. Al mirar por la ventana del coche, le pareció imponente. Levantó la
vista hasta la azotea, por donde la luna intentaba abrirse paso entre las nubes.
Cuando salió del taxi vio que Joe la estaba esperando bajo un paraguas,
vestido completamente de negro, y le tendía una mano.
—Estás preciosa, como siempre —le dijo, sonriente.
Ella intentó devolverle la sonrisa pero no funcionó.
Él la atrajo hacia sí mientras la acompañaba hacia el gran portón rojo del
club. Parecía… posesivo, muy protector, y eso le gustaba.
—No pasa nada. No estés nerviosa, ____. Yo me ocupo de todo.
—Eso es lo que me pone nerviosa.
Él soltó una risita malvada que no la ayudó a tranquilizarse, precisamente.
Un portero les abrió la puerta y entraron a un vestíbulo oscuro. Joe se
detuvo el tiempo suficiente para quitarse el abrigo y el paraguas y entregárselo a la
chica del guardarropa. Ella no había caído en llevar un abrigo, a pesar del tiempo.
Solo llevaba lo que él le había pedido. Qué raro que se le ocurriera ahora. Pero
trató de no pensar en eso y en todo lo que eso conllevaba.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra se dio cuenta de que él
llevaba la camisa arremangada y se le veían los dragones chinos por la cara interior
del antebrazo: negro y rojo en el brazo derecho y negro y dorado en el izquierdo.
El dibujo era exquisito, con mucho detalle; las largas colas se le enroscaban en los
brazos y las cabezas, con sus lenguas rojas y serpenteantes, le llegaban a la cara
interior de las muñecas. Quería mirarlos con más detenimiento, quería tocarlos,
pero estar en este sitio completamente nuevo para ella era algo demasiado
desconcertante.
Oía los compases de la música que provenían de algún lugar. Notaba cómo
le reverberaba en el vientre.
—¿Estás preparada? —le preguntó Joe.
Ella asintió.
—Sí, estoy lista.
No estaba del todo segura de que fuera cierto, pero él ya tenía la mano en la
parte baja de su espalda y la guiaba hacia otra puerta.
La sala era grande. Las paredes estaban pintadas de un color oscuro y
alrededor había luces de color ámbar, lila y rojo. Los rincones estaban llenos de
sombras y había gente pero no alcanzaba a ver bien qué estaban haciendo. Lo
único que distinguía eran parejas y pequeños grupos. Al mirar con más
detenimiento vio pantalones y chalecos de cuero, arneses corporales y corsés rojos,
negros y blancos. Los hombres y mujeres llevaban collares: algunos eran de cuero,
otros de un metal reluciente. Y piel desnuda.
Aquí y allí, había algunos instrumentos apoyados en las paredes. Reconoció
los bancos de cuero para los azotes, hechos expresamente para que la persona a la
que estuvieran azotando pudiera inclinarse y apoyar las rodillas en una barra
inferior acolchada. Había un par de espalderas de madera que la gente usaba en
bondage con cuerdas y una cruz de madera en forma de aspa de dos metros que se
llamaba cruz de San Andrés. Aunque examinaba la escena con atención, tenía a
Joe muy presente, así como el calor que desprendía su enorme cuerpo, que la
empequeñecía por muy altos que fueran los tacones. Ese olor; esa divina mezcla de bosque y de mar… Joe y el olor a cuero, perfume y sensualidad de la sala.
Temblaba de pies a cabeza. Estaba nerviosa por la expectación, por el deseo
y por algo más…
—¿Estás bien, ____? —le preguntó.
—Sí. Estoy bien.
Él se detuvo, le puso una mano debajo de la barbilla e hizo que le mirara.
—¿En serio?
Ella tragó saliva.
—Sí, lo estoy. Te lo prometo. Es que esto… es nuevo para mí. Trato de
absorberlo todo. Es distinto a cualquier otro sitio en el que haya estado.
—Lo es. —Le sonrió y bajó la mano.
—¿Dónde vamos?
—Shhh, acompáñame.
Ella obedeció; simplemente se limitó a cerrar la boca y tragarse todas las
preguntas que le rondaban por la cabeza. No podía creer que estuviera haciendo
eso. Que alguien se ocupara de todo, que tomara las decisiones. Salvo la de estar
ahí, se recordó. Eso seguía siendo decisión suya.
Fueron al otro extremo de la habitación y se detuvieron delante de un sofá
de respaldo bajo tapizado en cuero rojo.
—Siéntate, _____ —dijo Joe en voz baja, pero autoritaria.
Ella accedió, sin cuestionarse nada. Por eso estaba ahí: para soltarse de una
vez por todas. Para explorar esto.
Joe se sentó a su lado y pasó un brazo por el respaldo del sofá. Lo notaba
rozándole la nuca. Olía muy bien y tan solo ese olor la mareaba.
—Nos dedicaremos a mirar un rato —le dijo con la cara muy cerca de la
suya—. Quiero que te relajes, que lo absorbas todo como tú has dicho. Y mientras
observas, controla tu respiración, mantenla lenta y regular. ¿Lo entiendes, ____?
Ella asintió, absorta en la habitación y las figuras que se contoneaban. Ahora
que sus ojos se habían ajustado a la oscuridad, veía mejor.
—_____.
—¿Qué?
—Mírame.
El tono autoritario la sobresaltó y giró la cabeza. Tenía el pulso acelerado y
se notaba el latido en las venas. Quería discutírselo pero lo que leyó en su
expresión le dijo que no lo hiciera.
Nunca se había sentido acobardada por nada o nadie en la vida. Pero no era
eso solamente. Le estaba pasando algo; era como si se le estuvieran activando unos
mecanismos en la cabeza. No lo entendía.
—Sé que esto es difícil para ti —dijo—, pero tienes que esforzarte por
entregarte. Entregarte a mí.
—Sí —susurró ella con un nudo en la garganta. Parecía que no podía
inspirar el aire suficiente para hablar con normalidad.
—Aquí habrá unas reglas. Cuando empecemos ya no podrás hablar a menos
que yo te pregunte, o que haya algo apremiante que quieras decirme. Y con lo de
«apremiante» me refiero a si crees que tu bienestar mental o físico se ve
comprometido. Si sientes que estás en peligro de verdad. Estar un poco asustada
no es motivo suficiente. Espero que tengas algo de miedo. Sinceramente, no estaría
haciendo bien mi trabajo si no lo tuvieras en algún momento u otro.
Ella le miró y se le puso en blanco la mente a una velocidad vertiginosa. No
le gustaba esta sensación de tener los brazos y piernas de goma; esa sensación de
debilidad.
—¿Me oyes, ____?
—Sí, te oigo.
—¿Pero?
—Pero… no sé si podré hacerlo.
—Puedes. Lo noto en tu interior. Lo he notado desde que nos conocimos y
no me hago el fanfarrón. Me he pasado muchos años aprendiendo estas cosas.
—Lo sé. No es de tus habilidades de lo que dudo precisamente.
Él le puso una mano en el muslo y ella notó un hormigueo eléctrico hasta en
los huesos.
—¿Por qué dudas de ti misma? —le preguntó.
La miraba con dureza. El azul de sus ojos se había oscurecido y sus pupilas
estaban dilatadas en la penumbra.
—Siempre me he considerado bastante sofisticada sexualmente. He tenido
muchas experiencias. No es por… alardear. Pero… pensaba que podía controlar
esto. Que sería fácil. Pero ahora que estoy aquí… Joder, es que apenas puedo reconocértelo a ti. O a mí misma. Me siento tonta y no me gusta.
Estaba temblando.
—No hay razón para sentir que no puedes reconocer que tienes miedo o
estás insegura.
—Pero así me siento. Aunque sea la respuesta habitual que tiene la gente
cuando vienen por primera vez. Es por… mí. Y no sé… si podré quedarme. —Al
decirlo se notó el corazón latiendo con fuerza y le entraron ganas de escapar.
Necesitaba huir—. Joe, tengo que irme, en serio. No puedo hacerlo.
Se incorporó pero tenía las rodillas tan débiles que apenas podía tenerse en
pie.
A su lado, Joe se levantó, la rodeó con un brazo y apoyó su mejilla contra
la suya. Ella intentó apartarse pero él no la dejó.
—____, cálmate, puedes hacerlo. Estás bien.
—No lo estoy.
Quería echarse a llorar pero no lo haría. No lloraría.
—Sí lo estás. Estás conmigo. Yo me encargo de todo.
¿Cuándo le había dicho eso un hombre? ¿Y hubiera confiado en cualquier
otra persona si se lo hubiera dicho? Pero confiaba en Joe, a pesar de que apenas le
conocía. A pesar de ella misma. A pesar de su necesidad de controlarlo todo. No
sabía qué pensar.
Quizá no hacía falta que lo hiciera.
—Venga, _____. Estás bien —le dijo en un hilo de voz, casi un susurro.
Ella se dejó sentar en el sofá. Esta vez él le rodeó la cintura con el brazo para
tenerla a su lado. Al cabo de un momento, su aroma, su tacto, consiguieron
tranquilizarla. Con los sentidos embargados por él, el resto de cosas —sus miedos,
su necesidad de estar a cargo de todo— empezaron a desaparecer y su deseo tomó
los mandos.
—Mira lo que hacen los demás —le dijo al oído; su aliento era cálido en
contacto con su piel—. Mira qué bellos son todos. No importa el aspecto. Lo que
importa es el don de la confianza y la energía que intercambian. Esa es la parte más
hermosa. De esto se trata, ____.
Ella miró al otro extremo de la estancia: había una mujer desnuda inclinada
sobre uno de los bancos para azotes. El pelo rubio le llegaba por las mejillas y el
hombre que estaba a su lado le apartó un mechón de la cara y se agachó para besarla antes de ponerse detrás y acariciar la curva de su trasero con las manos.
Había ternura en la manera que tenía de tocarla, incluso cuando empezó a azotarla.
_____ sintió el deseo entre sus muslos.
¿Era eso lo que quería?
Se dio la vuelta para mirar a Joe. Tenía los ojos brillantes, como anhelosos.
Pero también había un control absoluto.
Sí, podía confiar en él. Sin embargo, aún no estaba segura de poder confiar
en sí misma. Pero lo haría.
Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta.
—De acuerdo, está bien. ¿Podemos… empezar ya?
El rostro de Joe no perdió la seriedad.
—Siempre puedes decidir parar, _____. Es lo bonito de todo esto: la
seguridad que hay. Depende de ti.
Ella asintió.
Él sonrió.
—Pues empecemos, entonces.
Joe le cogió la mano y notó que le temblaba. No quería que tuviera miedo,
en realidad. No obstante, un poquito de miedo, algo de expectativa, era un reto
que siempre saboreaba. Y ella estaba muy hermosa así, con la melena rizada y
salvaje alrededor de sus pálidas mejillas y sus enormes ojos.
La llevó a un rincón oscuro de la sala, a una silla grande tapizada de cuero
rojo con un gran asiento pero sin brazos. Junto a ella, dejó un bolsón negro en el
que llevaba los instrumentos de BDSM: palas, varas, látigos, esposas.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, mirando la silla.
—¿Querías algo más extremo para tu primera experiencia? —repuso él,
tomándole un poco el pelo. Ya conocía la respuesta.
—No lo sé.
Ella tenía el semblante muy serio. Joe veía incluso cómo tensaba el
músculo de la mandíbula. Trataba de racionalizar todo el asunto. Al final tendría
que aprender que eso no funcionaba en este campo. Tenía que conseguir que
dejara de accionar los engranajes de su cabeza. Tenía que desarmarla.
—No te preocupes. Yo sí lo sé. Ahora quítate la ropa.
—¿Qué?
Dio un paso atrás y eso le hizo sonreír. No pudo evitarlo.
—Vamos, _____. ¿No pensarías jugar vestida?
El rostro de ella no registró sorpresa alguna. Solo fue la impresión de darse
cuenta de que le estaba pasando de verdad. Se quedó callada durante un rato y
luego, sin mediar palabra, se quitó la camisa por la cabeza. Siguió mirándole pero
sus ojos ya no eran de su frío color gris habitual. Se estaba fraguando una tormenta
a pesar del silencio, de la firmeza de su boca y del aire tozudo que tenía por la
postura de los hombros. Sin embargo, eso formaba parte de su proceso. Ya se lo
esperaba de una mujer que tenía esa tendencia a controlar. Y eso la hacía más
atractiva a sus ojos: por la batalla que sabía que se estaba librando en su interior.
Por haber accedido a hacerlo.
Joe se cruzó de brazos y esperó mientras ella se desabrochaba la falda y la
dejaba caer al suelo. Tampoco le dijo nada cuando le dio toda la ropa que se
quitaba. Estaba demasiado ocupado mirándola con ese conjunto de sujetador y
braguita transparentes; absorto por lo largas que eran sus piernas con los tacones
altos. Por esa elegante ramita con flores de ciruelo tatuada en la parte derecha de
su cadera. El diseño era delicado y sinuoso, como ella. Las flores eran blancas y
tenían el borde difuminado en rosa. Una imagen muy inocente en un cuerpo en el
que quería hacer cosas muy sucias.
«Está increíblemente buena.»
Ella levantó un poco la barbilla en señal de desafío y él apretó la ropa que
tenía entre las manos. Olían como ella; a pura mujer. Sin dejar de mirarla, se acercó
el top a la cara e inhaló con fuerza. Al ver que ella se ruborizaba, sonrió.
Esta mujer no tenía ni idea de lo receptiva que era. Pero él se lo vio y supo
que eso sería bueno.
—____ —le dijo en voz baja—, quédate aquí mismo. No te muevas.
Colgó su ropa en una hilera de ganchos que había en la pared y se arrodilló
para abrir el bolsón con los juguetes. No obstante, no tenía pensado utilizar
ninguno aún. Era su primera vez en el club y cualquier persona que quisiera
introducirse en el BDSM tenía que hacerlo poco a poco. La lentitud dependía de
cada uno y la verdad era que con ____ las cosas estaban yendo bastante deprisa.
Pero no le importaba verla retorcerse con cada objeto que sacaba y colocaba encima
de una mesa baja de madera junto a la silla: un azotador ancho de piel hecho de
dos piezas planas de cuero, una paleta de madera, una fusta corta, un látigo
enrollado de dos metros de largo de color negro y blanco, un guante con pequeños
pinchos y una vara de metacrilato. Eran sus piezas de aire más malévolo. _____ tenía los ojos abiertos y las pupilas dilatadas pero permaneció
callada. Él posó la mirada en sus pechos. Eran pequeños y firmes, y un poco de
carne redondeada sobresalía por la parte superior del sujetador. A través de la fina
tela de encaje le veía los pezones. Mientras observaba vio que se le estaban
endureciendo.
«Unos pechos perfectos.»
Tuvo que hacer caso omiso de la erección que le crecía entre los muslos.
«Concéntrate.»
Volvió a mirarla a los ojos.
—Ven aquí, _____.
Ella dio un paso trastabillante al frente y se detuvo. Él le pasó una mano por
la delgada cintura y la atrajo hacia sí. Sobresaltada, ella soltó un grito ahogado.
—Si tenemos que trabajar juntos tienes que aprender a seguir las
instrucciones. Si te resistes, no habrá manera.
Tenía la respiración acelerada.
—Lo sé, pero es que no puedo evitarlo.
—Ya se te pasará esta etapa inicial de pánico. Haz lo que te diga y listos.
Confía en mí.
Ella asintió.
—Dilo.
—Ha… haré lo que me digas. Confío en ti, Joe.
Aún había un deje de renuencia en su voz, pero así estaba bien. Pronto
superarían esa fase.
Mientras, el calor de su cuerpo le estaba enloqueciendo, le distraía.
«Céntrate.»
Él la atrajo aún más, se sentó en la silla y la sentó a ella en su regazo, con la
mano en su cintura. Tenía la piel como el satén; pálida y suave. Notaba el calor de
su sexo a través de los pantalones.
Le acarició la mejilla con las yemas de los dedos y luego le mesó el cabello;
hundiendo los dedos en sus rizos. Eran tan sedosos…
—Solo respira, _____. Intenta relajarte. Escucha mi voz…
Ella asintió con la cabeza.
—Cierra los ojos.
Ella obedeció sin rechistar.
—Quiero que te concentres. Piensa en cada respiración. Solamente en tu
respiración. En mi voz. En mi mano en tu pelo. En nada más.
Su sexo estaba cada vez más caliente; entonces supo que ya la tenía a punto,
lo entendiera ella o no. Y se notaba la polla cada vez más dura; le latía del deseo.
—Inspira y aguanta la respiración unos segundos —le dijo—. Bien. Ahora
expulsa el aire poco a poco. Otra vez. Mientras respiras, siéntelo en todo el cuerpo.
En los pulmones, el estómago, brazos y piernas. Y nota mis manos encima de ti.
Le acarició la espalda hacia arriba y luego hacia abajo otra vez, notando los
delicados huesos de su columna vertebral, sus omóplatos, su fino cuello. Tenía la
constitución de una bailarina; su cuerpo era esbelto, ágil y tonificado.
«Perfecto.»
—Muy bien, _____. Respira. Concéntrate.
Bajó la mano hasta rozar el ribete de sus braguitas. Ella siguió
completamente quieta mientras él introdujo los dedos bajo la tela justo donde
empezaban a curvarse sus nalgas para acariciarlas.
Permaneció allí un rato, dejándola respirar y acariciándole la piel, que se
volvía cada vez más caliente. Pero por fin se estaba tranquilizando. Lo notaba en
sus músculos, que se relajaban, y en su respiración, que empezaba a ser más
regular.
Sus mejillas seguían estando pálidas pero tenía los pezones duros e
hinchados y a través de la gasa del sujetador veía que cada vez eran más oscuros.
«Necesitaba tocarlos. Saborearlos. Tenía que saborearla a ella también.»
La atrajo hacia sí y bajó la boca hacia la suya.
Tenía los labios suaves y ligeramente entreabiertos. Mientras pasaba la
lengua por su carnoso labio inferior, sus labios se abrieron para él y entró.
La lengua de ella fue toda una impresión, de lo cálida y húmeda que era. No
esperaba este impacto de deseo que le cortó como un cuchillo. Quería darle un
beso sencillo y ligero, para que sintiera el roce de sus labios un momento. Pero el
deseo se apoderó de él y se perdió en su boca.
Ella gimió y Joe notó su cálido aliento. Él la inspiró y la exhaló, y ella le
rodeó el cuello con los brazos. Era muy dulce. Él la besó con más fuerza y ella le
devolvió el beso con la misma intensidad hasta que ambos se quedaron sin aliento.
Se notaba la polla dura entre los muslos. Era una tortura.
Introdujo las manos en su pelo y le acercó el rostro, que apresó con fuerza
entre sus manos. No podía hacerlo de ninguna otra manera con ella.
_____ introdujo la lengua en su boca con frenesí; su cuerpo pegado al suyo
y los senos contra su torso. El deseo le quemaba, le abrasaba por dentro y hacía que
su mente lo obviara todo salvo su nombre.
«_____.»
Ella se movió en su regazo; la cadera le rozaba el pene. Joe estaba a punto
de explotar, de correrse como un adolescente.
«Joder.»
Se apartó.
—¿Joe?
_______ tenía las mejillas encendidas y los ojos muy brillantes.
Él tuvo que detenerse un momento para tomar aire y llenar los pulmones.
Tenía que pensar.
Se le había puesto muy dura, con su cálido cuerpo encima y su deseo escrito
en su hermoso rostro. Satisfacer sus deseos era su responsabilidad. El suyo era un
calor que le martilleaba en la ingle y que a duras penas podía controlar. No estaba
acostumbrado a algo así. A lo extremo que era todo: el calor, el deseo y la lujuria
animal.
Pero podría controlarlo, se recordó. Siempre lo había hecho. Simplemente
tenía que coger las riendas, dejarlo a un lado de momento y darle a ella lo que
deseaba. Era su trabajo y lo hacía muy bien.
Le puso una mano detrás del cuello y apretó un poco. La confusión le torció
el gesto.
—No digas nada, _____.
Por un momento pareció que iba a decir algo pero luego cerró la boca.
—Buena chica.
A ella le recorrió un escalofrío al oír esas palabras.
Ah, esta mujer sería la sumisa perfecta. Tenía una combinación irresistible
de fuerza y fuego, así como una respuesta sumisa natural.
Él la apretó un poco más fuerte, simplemente sujetándola, en señal de
control. Era algo físico que parecía tener siempre un efecto psicológico en cualquier persona con tendencias sumisas. Y con ella funcionaba a las mil maravillas.
Siguió mirándola a los ojos mientras introducía su otra mano entre sus
muslos y la hacía abrirse de piernas.
Su boca formó una «O» pero no dijo ni una palabra.
Él movió las manos entre su jugosa piel y encontró el calor de su monte de
Venus a través de las braguitas de gasa.
—Dime que lo deseas —le ordenó.
—Sí… Lo deseo.
Encontró el ribete de la prenda y pasó los dedos por debajo. Ella gimió pero
mantuvo los ojos abiertos y fijos en los suyos mientras él acariciaba sus pliegues
hinchados entre los muslos.
Estaba increíblemente mojada. Empapada. Sería su perdición tocarla así y
no hacer nada con los insistentes latidos de su verga. Pero lo haría de todos modos.
Llegó a su sexo, apartó los pliegues y sus dedos permanecieron allí un
momento. Estaba muy caliente. Entonces encontró el clítoris y lo pellizcó.
—¡Oh!
A pesar de todo, su mirada no vaciló.
Tiró suavemente de la piel y le dio un breve masaje. A ella se le aceleró la
respiración hasta que empezó a jadear y abrió la boca de labios rojos. Cuando le
introdujo dos dedos ella dio un grito ahogado.
Notó una contracción en la polla.
Su interior era como de terciopelo, cálido y húmedo; su polla quería entrar.
«Contrólate.»
Inspiró hondo y le introdujo los dedos con fuerza. Ella se retorció en su
regazo y eso le hizo estremecer. Pero estaba concentrado en ella, en la mano que
tenía en su interior, cada vez más adentro, hasta que supo por sus gemidos que le
había encontrado el punto G.
—Córrete para mí, ______.
Y lo hizo. Así de simple. Su sexo se contrajo alrededor de sus dedos,
mientras arqueaba la espalda. Su polla vibraba del anhelo y tenía las pulsaciones
aceleradas.
«Ah, joder… Joe…»
Ella se mordió el labio y eso fue demasiado bueno para resistirse. Se le acercó y cogió esa suave piel con los dientes y la mordió, luego le separó los labios
con la lengua. Se estaba corriendo; le jadeaba en la boca y pudo absorberlo todo: su
placer, sus suspiros, el aroma de su deseo en el aire.
______ seguía temblando cuando él se apartó y la puso boca abajo en su
regazo.
—¿Joe?
Se puso tensa.
—Shhh. Es hora. Es por eso que estamos aquí. Estás lista.
—Joe… No. No puedo…
Ella forcejeaba para incorporarse pero él la sostuvo con firmeza.
—¿Me estás diciendo «rojo»? ¿Quieres usar la palabra de seguridad para
salir? Si es así, dejaré que te incorpores, te ayudaré a vestirte y nos iremos de aquí.
¿Es lo que quieres?
—Yo… no.
Él apenas podía soportar hacerlo, sujetarla así. Azotarla. Solo haría que se le
pusiera más dura y le resultaría más difícil controlarse. Ninguna mujer había
puesto en jaque su autocontrol como _____. Pero él podía aguantar. Lo haría y
punto. Quería tocarla más que cualquier otra cosa en el mundo en ese momento.
—¿Nos quedamos, _____?
—Sí.
Notó que su cuerpo cedía y con eso bastaba. Le apartó las braguitas de gasa,
que recogió entre sus nalgas para dejarlas desnudas. Pasó las palmas de la mano
por la piel sedosa, acariciándola con delicadeza. Al final, ella se relajó en su regazo.
Perfecto. Tanto como la curva de su trasero desnudo.
Él empezó a darle ligeros golpecitos con los dedos, lo suficiente para que
ella lo notara. Prestó atención a su respiración por si oía alguna señal de pánico,
pero de momento estaba bien. La azotó un poquito más fuerte; esta vez, el golpe
hecho con la palma de la mano hizo ruido. Su respiración no cambió pero la piel se
volvió más cálida y se tiñó de rosa.
—¿Estás bien, _____?
—Sí.
Ella seguía tranquila y cálida; sabía que estaba a punto de entrar en el
subespacio, quizá lo había alcanzado ya cuando le introdujo los dedos, antes de
que se corriera.
Volvió a notarse un pinchazo en la verga, que ya estaba hinchada.
«No pienses en eso ahora. Concéntrate.»
Le dio un azote más fuerte mientras, con la otra mano, seguía sujetándole el
cuello con firmeza. Sabía que ahora sentía algo de dolor. También sabía que el
deseo de su cuerpo podía convertirlo en placer si él sabía llevarla bien.
Y era lo que pretendía.
Se detuvo para acariciar su piel rosácea y sonrió para sus adentros al verle el
rubor. Pasó los dedos por las nalgas y le dio unos pellizcos en la parte inferior. Ella
se movió pero seguía respirando con normalidad. No había ni una pizca de tensión
en sus músculos. Sabía que, de poder verle la cara, tendría las pupilas dilatadas y
las mejillas sonrosadas.
—_____, ¿estás conmigo?
—Sí.
—Ahora te azotaré de verdad.
Ella gimió y luego dijo:
—Sí…
—Buena chica.
Joe levantó la mano y la bajó de golpe sobre una de las nalgas. Ella dio un
grito ahogado pero no se movió.
—Perfecto, _____. Inspira y expira como te he enseñado antes.
Él esperó hasta que ella inspiró hondo y luego volvió a dejar caer la mano
sobre su trasero.
—¡Ah!
—Bien,_____. Tú puedes.
Le volvió a dar un azote en el trasero, que se tornaba de un rosa muy bonito.
Y ella lo aguantaba bien.
«Qué mujer más hermosa.»
Le estaba volviendo completamente loco.
Entonces empezó a marcar un ritmo; la mano subía y bajaba al compás de la
música que sonaba de fondo. No existía nada más. Solo la música, la línea perfecta
de su trasero y el punzante deseo que apenas lograba contener pero que, de algún
modo, pudo refrenar.
«Por ella.»
—Joe… —dijo ella en una voz baja y entrecortada.
Él se paró.
—¿Qué pasa?
—Necesito… correrme otra vez.
Dios mío. Esta chica era impecable. Increíblemente impecable. Era valiente y
muy sincera en cuestiones sexuales y eso le calaba hondo.
Ella le había calado hondo.
Algo así no le había pasado en la vida. Él mismo no había permitido que
sucediera. Pero _____…
Era perfecta. Y sabía que podría suponer el fin del control que se había
pasado la vida perfeccionando.
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mari_jonas_I love
Amiga De Los Jobros!


Cantidad de envíos : 477
Fecha de inscripción : 16/07/2012

MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Febrero 19th 2013, 09:16

siiguelaaaaaa
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aranzhitha
Me Gustan Los Jonas!


Cantidad de envíos : 285
Edad : 21
Localización : manchester
Fecha de inscripción : 26/11/2012

MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Febrero 23rd 2013, 08:22

siguela!!!!!!
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MensajeTema: Re: EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU   Hoy a las 09:03

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EL LIMITE DEL PLACER (MEGA HOT) JOE & YOU
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