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 No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot

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Trouble
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 6th 2012, 19:37

Capitulo 9 Parte 2



Cuando cogí una pelota para hacer unos abdominales, se acercó a mí uno de los monitores. Como cabría esperar de un gimnasio de primer orden, era guapo y con un físico muy agraciado.

—Hola —me saludó, con una sonrisa de estrella de cine que exhibía unos perfectos dientes blancos. Tenía el pelo castaño oscuro y los ojos casi del mismo color—. Eres nueva, ¿no? No te había visto antes por aquí.

—Sí, es la primera vez que vengo.

—Soy Daniel. —Alargó la mano, y yo le dije mi nombre—. ¿Encuentras todo lo que necesitas, ____?

—Hasta ahora sí, gracias.

—¿De qué sabor has elegido el batido de frutas?

Fruncí el ceño.

—¿Perdona?

—El batido que dan con la demostración gratuita. —Cruzó los brazos y se le marcaron sus enormes bíceps en las estrechas mangas del polo de su uniforme—. ¿No te dieron uno en el bar cuando te apuntaste? Se supone que tienen que dártelo.

—Ah, bueno. —Me encogí de hombros tímidamente, pensando que era un bonito detalle de todas formas—. No me han hecho la demostración habitual.

—¿Te han enseñado las instalaciones? Si no, puedo hacerlo yo. —Me tocó el codo ligeramente y me señaló las escaleras—. También tienes derecho a una hora de entrenamiento personal. Podríamos hacerlo esta tarde o quedar para un día de esta semana. Y estaría encantado de acompañarte al bar de comida saludable y tachar eso de la lista también.

—La verdad es que no puedo. —Arrugué la nariz—. No soy miembro.

—Ah. —Me hizo un guiño—. Has venido con un pase temporal. Está bien. No se puede esperar que tomes una decisión sin tener un conocimiento completo. Pero te aseguro que JonasTrainer es el mejor gimnasio de Manhattan.

Joe apareció detrás de Daniel.

—El conocimiento completo está incluido —dijo, dando la vuelta para ponerse detrás de mí y agarrarme por la cintura— cuando se es la novia del dueño.

La palabra novia reverberó en mi interior, provocando que un torrente de adrenalina inundara mi organismo. Aún estaba asimilando que tuviéramos ese nivel de compromiso, pero eso no me impidió pensar que la denominación sonaba bien.

—Señor Jonas. —Daniel se enderezó y retrocedió un paso, luego alargó la mano—. Es un honor conocerle.

—Daniel me tiene entusiasmada con este lugar —le dije a Joe cuando se estrechaban la mano.

—Creí que ya lo había hecho yo. —Tenía el pelo húmedo de sudor y olía a gloria. No sabía que un hombre sudoroso pudiera oler tan bien.

Deslizó las manos por mis brazos y noté sus labios en la coronilla.

—Vámonos. Hasta luego, Daniel.

Yo le dije adiós con la mano según nos íbamos.

—Gracias, Daniel.

—Cuando quiera.

—Ya, ya —masculló Joe—. No dejaba de mirarte las tetas.

—Son unas tetas muy bonitas.

Emitió un tenue gruñido. Yo me aguanté la risa.

Me dio un azote en el trasero lo bastante fuerte como para hacerme dar un paso delante y dejarme un escozor incluso a través de los pantalones.

—Esa maldita tirita que tú llamas camisa no deja mucho a la imaginación. No tardes mucho en ducharte. No vas a tardar en sudar otra vez.

—Un momento. —Le cogí del brazo antes de que pasara de largo por el vestuario de mujeres camino del de los hombres—. ¿Te desagradaría que te dijera que no quiero que te duches? ¿Si te dijera que me gustaría encontrar un lugar cercano donde pudiera saltar sobre ti mientras estás sudando?

Joe apretó la mandíbula y su mirada se nubló peligrosamente.

—Estoy empezando a preocuparme por tu seguridad, ____. Coge tus cosas. Hay un hotel a la vuelta de la esquina.

No nos cambiamos de ropa ninguno de los dos y a los cinco minutos estábamos fuera. Joe caminaba con paso enérgico y yo me daba prisa para seguirle el ritmo. Cuando de repente se paró, se dio la vuelta y me echó hacia atrás con un beso ardiente y apasionado en la abarrotada acera, me quedé tan anonadada que no pude hacer nada. Aquella gozosa fusión de nuestras bocas, llena de pasión y dulce espontaneidad, hizo que me doliera el corazón. A nuestro alrededor la gente rompió a aplaudir.

Cuando me enderezó, estaba mareada y sin respiración.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté entrecortadamente.

—Un preludio. —Reanudó la carrera al hotel más cercano, del que no pude ni ver el nombre, cuando entramos a toda prisa delante del portero y derechos a los ascensores. Me di cuenta de que la propiedad era una de las de Joe incluso antes de que el director le saludara por su nombre en el momento en que se cerraban las puertas del ascensor.

Joe dejó caer la bolsa de deporte en el suelo del ascensor, se afanó en desentrañar cómo quitarme el top deportivo. Estaba yo dándole manotadas para que me dejara cuando se abrieron las puertas y él cogió la bolsa. No había nadie esperando en nuestra planta ni nadie en el pasillo. De alguna parte sacó una llave maestra, e instantes después estábamos en una habitación.

Me abalancé sobre él, metiéndole las manos por debajo de la camiseta para sentir su piel húmeda y la dureza de sus músculos.

—Desnúdate. Pero ¡ya!

Se reía mientras se quitaba las deportivas con la puntera y se sacaba la camiseta por la cabeza.
¡Dios mío!... verle en carne y hueso... —todo él, al caerle al suelo los pantalones cortos— fue un cortocircuito sináptico. No había ni un solo gramo de carne en ninguna parte, sólo duros bloques de afilado músculo. Tenía unos abdominales perfectos y aquella V de músculo súper sexy de la pelvis que Cary llamaba el Lomo de Apolo.

—Me he muerto y estoy en el cielo —dije, mirando sin disimulo.

—Tú sigues vestida. —La emprendió con mi ropa, arrancándome el top sin que me diera tiempo a respirar. Tiró de mis pantalones y yo me quité las deportivas a patadas, con tanta prisa que perdí el equilibrio y me caí en la cama. Apenas había recuperado el aliento cuando ya le tenía encima.

Rodamos por el colchón hechos un revoltijo. Por donde me tocaba iba dejando estelas de fuego. El olor limpio y natural de su piel se convirtió de inmediato en un embriagador afrodisíaco que espoleó mi deseo hasta la locura.

—Eres guapísima, ____. —Me plantó una mano en un pecho y a continuación empezó a comerme el pezón.
Grité al sentir aquel calor abrasador y el azote de su lengua, notando cómo me tensaba en lo más íntimo con cada suave lametón. Deslizaba mis codiciosas manos por su piel húmeda de sudor, acariciando y apretando, buscando los puntos que le hacían aullar y gemir. Entrelacé mis piernas con las suyas para intentar darle la vuelta, pero pesaba demasiado y era demasiado fuerte.

Levantó la cabeza y me sonrió.

—Esta vez me toca a mí.

Lo que sentía por él en aquel momento, viendo aquella sonrisa y aquel fuego en sus ojos, era tan intenso que dolía. Demasiado rápido, pensé. Estaba cayendo muy deprisa.

—Joe...

Me besó profundamente, lamiéndome la boca de aquella forma tan suya. Pensé que podría conseguir que me corriera con un simple beso, si ambos le dedicábamos el tiempo suficiente. Todo en él me excitaba, desde cómo le veía y le sentía yo bajo mis manos hasta la forma en que me miraba y me tocaba. Lo que codiciosa y calladamente exigía de mi cuerpo, la intensidad con que me daba placer y obtenía el suyo a cambio, me volvía loca.

Pasé las manos por su sedoso pelo húmedo. El vello crespo de su pecho me atormentaba los pezones erectos, y el contacto de su cuerpo, duro como una piedra, con el mío bastaba para ponerme húmeda y anhelante.

—Me encanta tu cuerpo —susurró, desplazando los labios desde mi mejilla hasta la garganta. Con una mano me acariciaba el torso desde el pecho a la cadera—. No me sacio de él.

—Tampoco has tenido oportunidad —me burlé.

—Creo que nunca podré saciarme. —Mordisqueando y lamiéndome el hombro, descendió hasta cogerme el otro pezón entre los dientes. Tiró de él, y el pequeño ramalazo de dolor hizo que se me arqueara la espalda con un tenue grito—. Nunca he deseado nada tanto.

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Trouble
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 6th 2012, 19:42

Capitulo 9 Parte 3



—¡Házmelo, entonces!

—Todavía no —murmuró, deslizándose hacia abajo, rodeándome el ombligo con su lengua—. Aún no estás lista.

—¡Qué! ¡Oh, Dios!... No puedo estarlo más. Le tiré del pelo, intentando que subiera.

Joe me cogió de las muñecas y me las sujetó contra el colchón.

—Tienes un coño pequeño y apretado, ____. Te haré daño si no ablandas y te relajas.

Sentí un violento estremecimiento de excitación. Me encendía cuando hablaba tan abiertamente de sexo.

Entonces volvió a deslizarse hacia abajo y me tensé.

—No, Joe. Tengo que ducharme para eso.

Hundió la cabeza en mi hendidura y yo forcejeé para zafarme, y me ruboricé, avergonzada de repente. Me pellizcó en la cara interior del muslo con los dientes.

—Para ya.

—No, por favor. No tienes que hacerlo.

Su furibunda mirada apaciguó mis frenéticos movimientos.

—¿Crees que tengo un sentimiento hacia tu cuerpo diferente del que tienes tú hacia el mío? —preguntó con aspereza—. Te deseo, _____.

Me lamí los labios resecos, tan sumamente enardecida por su deseo animal que no pude articular palabra. Gruñó suavemente y se sumergió en busca de la carne resbaladiza de entre mis piernas. Me introdujo la lengua, lamiendo y separando los sensibles pliegues. Mis caderas se agitaban nerviosas; mi cuerpo, en silencio, pedía más. Era una sensación tan increíble que podría haber llorado.

—¡Joder, _____! Llevo queriendo comerte el coño desde el día en que te conocí.

Mientras la suavidad aterciopelada de su lengua vibraba sobre mi clítoris hinchado, yo hincaba la cabeza en la almohada.

—Sí. Así. Haz que me corra.

Lo hizo, succionando de la manera más delicada y con un lametón enérgico. Me retorcía con las sacudidas del orgasmo, tensándome en lo más íntimo, temblándome las extremidades. Me clavó la lengua en el sexo mientras se convulsionaba, estremeciéndose con aquella penetración superficial, queriendo que entrara más adentro. Sus gemidos vibraban contra mi carne inflamada, haciendo que el clímax se prolongara. Se me saltaron las lágrimas y me rodaron hacia las sienes, el placer físico estaba destruyendo el muro que contenía mis sentimientos.

Y Joe no se detuvo. Rodeó la trémula entrada de mi cuerpo con la punta de la lengua y empezó a lamer mi clítoris palpitante hasta que me aceleré otra vez. Me introdujo dos dedos que se retorcían y me acariciaban. Estaba tan sensible que me revolvía contra las embestidas. Cuando acercó los labios a mi clítoris y empezó a lamerme con movimientos rítmicos y regulares, volví a correrme, gritando con voz ronca. Luego me introdujo tres dedos, retorciéndolos y abriéndome.

—No. —Sacudí la cabeza de un lado a otro; me ardía y me cosquilleaba cada centímetro de mi piel—. No más.

—Una vez más —me engatusó con la voz quebrada—. Una vez más y después te follaré.

—No puedo...

—Sí que podrás. —Sopló, lanzándome una lenta corriente de aire en mi carne húmeda, y aquel frescor sobre mi enfebrecida piel volvió a despertar las sensibles terminaciones nerviosas—. Me encanta ver cómo te corres, _____. Me encanta oír los ruidos que haces, cómo se estremece tu cuerpo...

Me masajeó un punto delicado de mi interior y me vino otro orgasmo en forma de lenta y ardiente delicia, no menos devastador, por ser más leve, que los dos anteriores.

Noté que su peso y su calor me abandonaban. En algún rincón de mi confundida mente, oí que se abría un cajón, seguido rápidamente del ruido que hace el papel de aluminio al rasgarse. El colchón se hundió al regresar él, y ahora, con manos rudas, me colocó en el centro de la cama. Se puso encima de mí, sujetándome, colocando los antebrazos por fuera de mis bíceps y apretándolos hacia los lados, apresándome.

Miraba fascinada la austera belleza de su rostro. El deseo le endurecía los rasgos, tensa la piel de los pómulos y la mandíbula. Tenía los ojos tan oscuros y dilatados que se veían negros, y se supone que estaba contemplando la cara de un hombre que había sobrepasado los límites de su control. Para mí era importante que él hubiera llegado hasta allí en beneficio mío y que lo hubiera hecho para satisfacerme y prepararme para lo que suponía que sería una dura cabalgada.

Me aferré a la colcha, cada vez más expectante. Se había asegurado de que yo me llevaba lo mío una y otra vez. Ésta era para él.

—Fóllame —le ordené, desafiándole con los ojos.

—______. —Soltó mi nombre al embestirme, hundiéndose hasta el fondo en una única y feroz arremetida.
Di un grito ahogado. Era enorme, dura como una piedra y muy profunda. La conexión era asombrosamente intensa. Emocionalmente. Mentalmente. Nunca me había sentido tan completamente... tomada. Poseída.

Nunca pensé que podría soportar estar inmovilizada durante una relación sexual, y menos con mi pasado siendo el que era, pero el total dominio que Joe ejercía de mi cuerpo aumentó mi deseo a un nivel exorbitante. Nunca había estado tan lanzada, lo cual parecía una locura después de lo que había experimentado con él hasta ese momento.

Me apreté a él, gozando de la sensación de tenerle dentro, llenándome.

Sus caderas se clavaban en las mías, empujaban como diciendo: ¿Me sientes? Estoy dentro de ti. Me perteneces.

Su cuerpo entero se endureció, los músculos del pecho y los brazos se estiraban cuando salía hasta la punta. La rígida tensión de sus abdominales era el único aviso que me daba antes de estrellarse hacia delante. Con fuerza.

Grité y su pecho resonó con un sonido profundo y primitivo.

—¡Dios!... ¡Qué sensación tan increíble!

Agarrándome con más fuerza, empezó a follarme, clavándome las caderas en el colchón con unas embestidas feroces. De nuevo me inundó una oleada de placer, que me penetraba con cada empellón de su cuerpo en el mío. Así, pensé. Así es como te quiero.

Hundió la cara en mi cuello y me sujetó con firmeza, hundiéndose rápidamente y con fuerza, diciendo, con la voz entrecortada, crudas y encendidas palabras de sexo que me volvían loca de deseo.

—Nunca había estado tan duro y tan lleno. Estoy tan dentro de ti... que lo noto contra el estómago... noto la polla clavándose en ti.

Yo había dado por hecho que le tocaba a él; sin embargo, seguía conmigo, seguía concentrado en mí, moviendo las caderas para provocarme placer en lo más íntimo y sensible. Emití un tenue sonido de desvalimiento y su boca se posó sobre la mía. Le deseaba desesperadamente, le clavaba las uñas en sus bombeantes caderas, luchaba con el impulso de mecerme al ritmo de las feroces embestidas de su enorme polla.

Estábamos empapados de sudor, la piel caliente y pegajosa, respirando trabajosamente. Cuando en mi interior se avecinó un orgasmo, como una tormenta, todo mi ser se tensó y apretó, exprimiendo. Él maldijo y me metió una mano por debajo de la cadera, agarrándome el trasero y levantándome hacia sus embestidas de manera que la punta de su polla pegaba una y otra vez en el punto que a él le dolía.

—Córrete, ______ —ordenó con aspereza—. Córrete ya.

Alcancé el clímax como un torrente que me dejó sollozando su nombre, realzada y magnificada la sensación por la forma en que él retenía mi cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás, estremeciéndose.

—¡Ah, _____! —Me estrechó con tanta fuerza que apenas podía respirar, subiendo y bajando las caderas mientras se vaciaba todo él.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos de aquella manera, uno encima del otro, con la boca en el hombro del otro, tratando de calmar y suavizar la garganta. Me palpitaba el cuerpo entero.

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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 6th 2012, 19:49

Capitulo 9 Parte 4


—¡Guau! —conseguí decir.

—Vas a matarme —murmuró él con los labios en mi mandíbula—. Vamos a terminar follándonos el uno al otro hasta morir.

—¿Yo? Yo no he hecho nada. —Me había controlado por completo, y ¿no había sido de lo más sexy?

—Respiras, que ya es bastante.

Me reí y le abracé.

Alcé la cabeza y él me acarició la nariz.

—Vamos a comer algo y luego lo haremos otra vez.

Enarqué las cejas.

—¿Puedes hacerlo otra vez?

—Toda la noche. —Giró las caderas y noté que seguía medio empalmado.

—Eres una máquina —le dije—. O un dios.

—Tú tienes la culpa. —Con un beso suave y dulce, se levantó. Se quitó el preservativo, lo envolvió en un pañuelo de papel que cogió de la mesilla y lo tiró todo a la papelera que había junto a la cama.

—Vamos a ducharnos y pediremos que nos suban la comida del restaurante. A menos que quieras bajar.

—No creo que pueda andar.

El relámpago de su sonrisa hizo que se me parara el corazón durante unos instantes.

—Me alegro de no ser el único.

—Tienes buen aspecto.

—Me siento fenomenal. —-Volvió a sentarse en el borde de la cama y me echó hacia atrás el pelo de la frente. Había dulzura en su cara, su sonrisa era cálida y afectuosa.

Me pareció ver algo en su mirada y se me agarrotó la garganta ante la posibilidad. Me dio miedo.

—Dúchate conmigo —dijo, pasándome la mano por el brazo.

—Espera a que me encuentre y voy para allá.

—Vale. —Entró en el cuarto de baño, ofreciéndome una inmejorable panorámica de su escultural espalda y su perfecto trasero. Suspiré, apreciando, desde un punto de vista puramente femenino, aquel magnífico ejemplar de varón.

Oí el agua de la ducha. Conseguí sentarme y deslizar las piernas a un lado de la cama, sintiéndome muy inestable. Me fijé en que el cajón de la mesilla estaba ligeramente abierto y a través de la abertura vi los condones.

Se me puso un nudo en el estómago. El hotel era lo bastante exclusivo como para ser de los que proporcionan condones junto con la obligada Biblia.

Con una mano temblorosa, abrí el cajón un poco más y encontré una considerable cantidad de profilácticos, además de un frasco de lubricante femenino y un gel espermicida. El corazón me latía desbocado otra vez.

Recordé el recorrido, guiado por la lascivia, que nos llevó al hotel. Joe ni siquiera preguntó si había alguna habitación disponible. Aunque dispusiera de una llave maestra, tendría que saber qué habitaciones estaban ocupadas antes de coger una... a menos que supiera de antemano que aquella habitación en particular estaría libre.

Claramente era su suite, un picadero con todo lo necesario para pasárselo en grande con las mujeres que le servían a ese propósito en la vida.

Cuando logré ponerme en pie y dirigirme hacia el armario, oí que se abría la puerta de cristal de la ducha en el cuarto de baño y a continuación se cerraba. Agarré los dos pomos de las puertas de lamas del armario de nogal, y las separé. Había una pequeña sección de ropa de hombre colgada de una barra metálica, camisas y pantalones de traje, así como vaqueros y chinos. Me quedé helada y una tremenda tristeza arrasó con mi orgásmica euforia.

Los cajones de la derecha contenían camisetas perfectamente dobladas, calzoncillos tipo bóxer y calcetines. El superior de la izquierda estaba lleno de juguetes eróticos aún sin estrenar. No quise mirar los cajones inferiores. Ya había visto suficiente.

Me puse las bragas y cogí una de las camisas de Joe. Mientras me vestía, repasé mentalmente los pasos que había aprendido durante la terapia: Sácatelo.

Cuéntale a tu pareja qué ha desencadenado esos sentimientos negativos. Afronta la reacción y trabaja en ella.

Tal vez, si no hubiera estado tan alterada por mis sentimientos hacia Joe, podría haberlo hecho. Tal vez, si no acabáramos de haber vivido aquella experiencia sexual tan alucinante, me habría sentido menos desnuda y vulnerable. Nunca lo sabría. Pero me sentía ligeramente sucia, un poco utilizada y muy dolida. Aquel descubrimiento había sido un golpe atroz, y como una cría pequeña, deseaba devolverle el daño.

Cogí los condones, el lubricante y los juguetes y los tiré encima de la cama. Luego, cuando oí que me llamaba con voz risueña y juguetona, cogí mi bolso y me marché.

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FlorJonasJB
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 6th 2012, 21:06

Espera...qu...que??? omj o sea que ese era el cuarto de Joe...? Shocked


Sad pale

no la dejes ahí seguilaaa Very Happy
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FlorJonasJB
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 7th 2012, 19:53

que me paso (a _________ o sea yo) cuando era chiquita, siempre me olvido de preguntarte eso Embarassed
seguila
Very Happy Very Happy
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jonatik4everrr
Novia De..


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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 7th 2012, 23:29

Seguilaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 8th 2012, 13:18

FlorJonasJB escribió:
que me paso (a _________ o sea yo) cuando era chiquita, siempre me olvido de preguntarte eso Embarassed
seguila
Very Happy Very Happy
Hey! hola gracias por pasar y leer siempre! creo que en unos tres capitulos mas ya se va a saber lo que a vos

Besoos
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 8th 2012, 13:25

Capitulo 10 Parte 1



Mantuve la cabeza baja al pasar por el mostrador de recepción y salí del hotel por una puerta lateral. Tenía la cara roja de vergüenza al recordar al gerente que había saludado a Joe cuando entramos en el ascensor. Era fácil imaginarse lo que habría pensado de mí. Él debía de saber para qué tenía Joe reservada la habitación. No podía soportar la idea de ser una de tantas y, sin embargo, eso es exactamente lo que había sido desde el momento en que entré en el hotel.

¿Tanto habría costado acercarse al mostrador y conseguir una habitación que sólo fuera para nosotros?

Empecé a caminar sin rumbo. Ya era de noche y la ciudad asumía una vida completamente diferente a la que tenía durante la jornada. Carros de comida humeante salpicaban las aceras, un puesto donde se vendían cuadros enmarcados, otro de camisetas, y otro, y otro más que tenía dos mesas plegables cubiertas de guiones de películas y series de televisión.

Con cada paso que daba se iba quemando la adrenalina de la huida. Se desvanecía el malicioso regocijo al imaginar a Joe saliendo del baño y encontrándose con una habitación vacía y una cama llena de trastos desparramados. Empecé a calmarme... y a pensar seriamente en lo que acababa de suceder.

¿Había sido pura coincidencia que Joe me hubiera invitado a un gimnasio que estaba justo al lado de su picadero?

Recordé la conversación que habíamos tenido en su oficina a la hora de la comida y cómo se había esforzado para retenerme. Estaba tan confuso como yo respecto a lo que estaba pasando entre nosotros, y a mí me constaba lo fácil que era caer en los patrones establecidos. Después de todo, ¿no había caído yo en uno de los míos al salir huyendo? Había pasado bastantes años haciendo terapia como para salir corriendo cuando algo me dolía.

Completamente abatida, entré en un restaurante italiano y me senté a una mesa. Pedí un vaso de syrah y una pizza margarita, esperando que el vino y la comida aplacaran mi ansiedad y pudiera pensar con lucidez.

Cuando el camarero volvió con el vino, me bebí media copa sin saborearlo. Ya echaba de menos a Joe y el ánimo alegre y divertido que tenía cuando me fui. Estaba invadida por su olor —la fragancia de su piel y de su sexo caliente y juguetón—. Me escocían los ojos y dejé resbalar unas lágrimas por las mejillas, a pesar de que era un restaurante muy concurrido. Llegó la comida, escarbé un poco en ella. Me sabía a cartón, aunque suponía que ni el cocinero ni el lugar tenían la culpa.

Acerqué la silla donde había puesto el bolso y saqué mi nuevo smartphone con la intención de dejar un mensaje en el contestador del doctor Travis. Me había sugerido que nos comunicáramos por video-chat hasta que encontrara otro psicólogo en Nueva York y decidí aceptar su propuesta. Entonces fue cuando vi las veintiuna llamadas perdidas y un mensaje de Joe: «La he cagado otra vez. No me dejes. Habla conmigo. Xfvr».

Las lágrimas brotaron de nuevo. Sujeté el teléfono contra el pecho, sin saber qué hacer. No podía quitarme de la cabeza las imágenes de Joe con otras mujeres. No podía dejar de imaginármelo follando a todo follar con otra en aquella misma cama, usando juguetes con ella, volviéndola loca, obteniendo placer de su cuerpo.

Pensar en esas cosas era irracional e inútil, y me hacía sentir mezquina, y enferma.

Di un respingo cuando vibró el teléfono, y casi lo dejé caer. Me daba pena de mí misma y no sabía si dejar contestar al buzón de voz porque veía en la pantalla que era Joe (además, era el único que tenía el número), pero no podía pasar de él porque se veía que estaba desesperado. Con todo lo que había querido herirle antes, ahora me era imposible hacerlo.

—Hola. —Mi voz no parecía la mía, empañada como estaba de lágrimas y emoción.

—¡___! Gracias a Dios —Joe parecía muy preocupado—, ¿dónde estás?

Miré a mi alrededor pero no vi nada que me indicara el nombre del restaurante.

—No lo sé. Yo... lo siento, Joe.

—No, ___. No lo sientas. Es culpa mía. Tengo que encontrarte ¿Puedes describir dónde estás? ¿Has ido andando?

—Sí, he venido andando.

—Sé por qué puerta saliste. ¿Hacia dónde fuiste luego? —Respiraba deprisa y se oían de fondo el ruido del tráfico.

—A la izquierda.

—¿Y luego te metiste por alguna calle lateral?

—Creo que no. No lo sé. —Busqué con la mirada algún camarero a quien preguntar—. Estoy en un restaurante italiano. Tiene mesas en la acera... y una verja de hierro forjado. Ventanas francesas. Por Dios, Joe, yo...

Apareció su silueta en la entrada, con el teléfono pegado al oído. Le reconocí de inmediato, le vi detenerse cuando me encontró sentada contra la pared del fondo. Se guardó el teléfono en el bolsillo de los vaqueros que tenía en el hotel. Pasó de largo delante de la encargada, que le estaba diciendo algo, y fue directo hasta mí.

Apenas me había puesto en pie cuando me atrapó entre sus brazos y me atrajo con fuerza hacia él.

—Dios mío —temblando ligeramente, hundió la cara en mi cuello—, ___.

Yo también le abracé. Estaba fresco por la ducha reciente y me hizo darme cuenta de que yo también necesitaba una.

—No puedo estar aquí —dijo con voz trémula y separándose un poco para cogerme la cara con las manos—; no puedo dejarme ver en público ahora, ¿vienes a casa conmigo?

De algún modo mi expresión debió de traicionar mi persistente cautela, porque me besó en la frente y murmuró:

—No será como el hotel, te lo prometo. Mi madre es la única mujer que ha estado en mi casa, aparte del ama de llaves y el servicio.

—Esto es una idiotez —dije entre dientes—. Soy una idiota.

—No. —Me retiró el pelo hacia atrás y me susurró al oído—. Si tú me hubieras llevado a un sitio que reservaras para follar con otros, no lo habría soportado.

El camarero regresó y nos separamos.

—¿Le traigo una carta, señor?

—No hace falta —Joe sacó la cartera del bolsillo posterior y le dio su tarjeta de crédito—, nos vamos ya.

Cogimos un taxi hasta su casa y no me soltó la mano en todo el tiempo. No debería haberme puesto tan nerviosa en el ascensor privado que nos llevaba al ático de Joe en la Quinta Avenida. Los techos altos y la arquitectura de antes de la guerra no eran nuevos para mí y, en realidad, era de esperar si salías con un hombre que parecía tenerlo casi todo. Y las codiciadas vistas a Central Park, por supuesto que también las tenía.

Pero la tensión de Joe era palpable, y ello me hizo darme cuenta de que para él esto era algo importante. Cuando el ascensor se abrió directamente al vestíbulo de mármol del apartamento me dio un apretón en la mano antes de soltarme. Abrió la doble puerta de entrada para hacerme pasar, y pude notar su nerviosismo mientras observaba mi reacción.

La casa de Joe era tan hermosa como el hombre que la habitaba. Muy diferente de su oficina, tan aséptica, moderna y fría. Su espacio privado era cálido y suntuoso, lleno de antigüedades y objetos de arte, realzados por preciosas alfombras Aubusson sobre relucientes suelos de maderas nobles.

—Es... impresionante —dije en voz baja, sintiéndome privilegiada de poder verlo. Era como un atisbo del Joe privado que yo me moría por conocer, y resultaba maravilloso.

—Entra —me llevó dentro del apartamento—. Quiero que duermas aquí esta noche.

—No tengo ropa ni mis cosas...

—Sólo necesitas un cepillo de dientes y tienes uno en el bolso. Podemos acercarnos a tu casa por la mañana y traemos lo demás. Te prometo que te llevaré a trabajar a tiempo. —Me atrajo contra su cuerpo y apoyó la barbilla sobre mi cabeza—. De verdad, me encantaría que te quedaras, ___. No te culpo por escaparte de aquella habitación, pero al ver que te habías ido me llevé un susto de muerte. Necesito estar contigo un poco más.


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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 8th 2012, 13:32

Capitulo 10 Parte 2


—Necesito que me abraces. —Metí las manos debajo de su camiseta para acariciar la dureza sedosa de su espalda desnuda—. También me vendría bien una ducha.

Con la nariz en mi pelo, inhaló profundamente.

—Me gusta que huelas como yo.

Pero me llevó a través de la sala de estar y un pasillo hasta la entrada de su dormitorio.

—¡Vaya! —exclamé cuando dio la luz. Una enorme cama trineo dominaba la estancia, de madera oscura, que parecía su favorita, y la ropa de cama de suave color crema. El resto del mobiliario iba a juego, y los accesorios eran de oro pulido. Era un espacio acogedor y masculino, sin cuadros en las paredes que distrajeran de la serena vista nocturna de Central Park y los magníficos edificios residenciales del otro lado. Mi lado de Manhattan.

—El baño está aquí.

Mientras yo observaba el tocador, que parecía estar hecho de una antigua vitrina de nogal con patas en forma de garra, él sacó toallas de un armario del mismo estilo y me las entregó, moviéndose con aquella seguridad elegante y sensual que tanto admiraba en él. Verlo en su casa, con ropa informal, me llegó al alma. Saber que era la primera mujer que vivía esa experiencia con él me emocionó aún más. Sentí que lo estaba viendo más desnudo que nunca.

—Gracias.

Me miró y pareció entender que me refería a algo más que a las toallas.

—Está muy bien tenerte aquí.

—No tengo ni idea de cómo he terminado así, contigo. —Pero de verdad, de verdad, me encantaba.

—¿Importa mucho? —Joe se acercó a mí, levantándome la barbilla para besarme la punta de la nariz—. Te dejaré una camiseta encima de la cama. ¿Qué te parecen caviar y vodka?

—Bueno, está un peldaño por encima de la pizza.

—Petrossian’s Ossetra —dijo, sonriendo.

—Rectifico. Cientos de peldaños por encima. —Sonreí yo también.

Me duché y me vestí con la enorme camisa de Jonas Industries que me había preparado. Luego llamé a Cary para decirle que pasaría la noche fuera y hacerle un breve resumen del incidente del hotel.

Cary soltó un silbido.

—No sé qué decir.

Decía mucho de él que no dijera nada.

Busqué a Joe en la sala de estar y nos sentamos en el suelo para comer sobre la mesa de centro el costoso caviar con mini tostadas y nata fresca. Vimos una reposición de una serie policíaca ambientada en Nueva York que, curiosamente, incluía una escena filmada en la calle del Jonasfire.

—Creo que sería guay ver un edificio mío en la televisión —dije.

—No está mal, si no cierran la calle durante varias horas para filmar.

Le di un golpecito en un hombro con el mío.

—Pesimista.

Nos metimos en la cama de Joe a las diez y media y vimos juntitos la mitad de un programa. Saltaban chispas por el aire de la tensión sexual que había entre nosotros, pero él no hizo ningún avance ni yo tampoco. Suponía que aún estaba intentando desagraviarme por lo del hotel, intentando demostrar que quería pasar tiempo conmigo sin necesidad de follar.

Funcionó. A pesar de desearlo tanto, se estaba bien estando sólo abrazados.

Dormía desnudo, así que fue estupendo acurrucarse junto a él. Puse una pierna sobre la suya, un brazo alrededor de su cintura y apoyé una mejilla sobre su corazón. No me acuerdo del final del programa, así que supongo que me quedé dormida antes de que terminara.

Cuando me desperté, aún estaba oscuro en la habitación y yo me había movido hasta el otro lado de mi mitad de la cama. Me incorporé para mirar la hora en el reloj digital de la mesilla de Joe y vi que apenas eran las tres de la mañana. Yo solía dormir toda la noche de un tirón y pensé que tal vez había extrañado el lugar y eso me había quitado el sueño. Entonces Joe emitió un quejido y se revolvió, muy inquieto, así que comprendí qué era lo que me había despertado. Escapaba de él un murmullo dolorido junto a una respiración atormentada.

—¡No me toques! —Murmuraba con violencia—. ¡Quítame esas manos asquerosas de encima!

Me quedé helada, con el corazón a mil. Sus palabras, llenas de furia, rasgaban la oscuridad.

—¡Maldito! —Se retorcía y daba patadas a las mantas. Arqueaba la espalda con un lamento que resultaba perversamente erótico—. ¡No! ¡Dios mío...! Me duele.

Yo no podía soportar ver cómo se crispaba y estremecía.

—Joe. —Como Cary a veces tenía pesadillas, yo sabía que no hay que tocar a nadie en ese trance, así que me arrodillé al lado de la cama y le llamé—: Joe, despierta.

Paralizado de súbito, se dejó caer de espaldas, tenso y expectante. Su respiración era agitada. Tenía la polla dura reposando sobre el vientre.

Le hablé con firmeza, aunque se me estaba rompiendo el corazón.

—Joe, estás soñando. Vuelve conmigo.

Se desmadejó sobre el colchón.

—¡___!

—Me tienes aquí. —Me alejé de la luz de la luna, pero no vi ningún brillo que me indicara que tuviera los ojos abiertos—. ¿Estás despierto?

Empezó a respirar con más calma, pero se quedó callado. Tenía los puños cerrados en la sábana bajera. Me saqué por la cabeza la camisa que llevaba puesta y la dejé caer sobre la cama. Me acerqué sigilosamente, estirando una mano cautelosa para tocarle el brazo.

Como no se movía, lo acaricié, deslizando suavemente los dedos sobre el duro músculo de sus bíceps.

—Joe...

Se despertó con un sobresalto

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Me senté sobre los talones, con las manos en los muslos. Me miró parpadeando y se pasó los dedos por el pelo. Aún se percibía la pesadilla que le tenía atrapado, yo la notaba en la rigidez de su cuerpo.

—¿Qué ocurre? —preguntó con brusquedad, apoyándose en un codo—. ¿Estás bien?

—Te deseo.

Me estiré a su lado, alineando mi cuerpo desnudo contra el suyo. Presioné la cara contra su garganta, húmeda de sudor, y lamí con delicadeza la piel salada. Sabía por mis propias pesadillas que sentirte abrazado y querido podía devolver a los fantasmas al armario durante un rato. Me rodeó con los brazos y recorrió la curva de mi columna de arriba a abajo. Oí cómo se libraba del mal sueño con un suspiro largo y profundo.

Le empujé hacia atrás, me subí encima de él y sellé su boca con la mía. Su pene erecto apuntaba hacia los labios de mi sexo y yo me friccionaba con él. Me sujetó la cabeza para tomar las riendas del beso, y el simple contacto de su mano en mi pelo me puso enseguida a punto. Froté el clítoris una y otra vez contra toda la longitud de su atributo y lo usé para masturbarme hasta que Joe lanzó una brusca exclamación y se giró para ponerme debajo.

—No tengo condones aquí —musitó, antes de envolverme un pezón con los labios y lamerlo tiernamente.
Me encantó que no estuviese preparado. Aquél no era su picadero; era su casa y yo, la única amante que había llevado allí

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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 8th 2012, 23:21

Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa Seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa seguilaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 9th 2012, 11:00

Holaaaaa termine de leer tu novela, bueno los capitulos y sabes que me encantaron quiero saber porque Joe es asi y que le habra pasado por eso tuvo esa pesadilla, me alegra mucho que Joe ya no sea tan frio con la rayis y se esta empezando a encari?ar.o.enamorar de ella, perdon por no comentar pero es que hasta hoy pude terminar de leer. please siguela que esta buenisima :-)
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 9th 2012, 12:57



¿¿Por qué la dejaste ahí??
y ¿qué le pasó a Joe?
seguila pronto y gracias por seguirla siempre Very Happy amo tu novela
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 9th 2012, 20:18

seguilaaaaaaaaaaaa Sad
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 9th 2012, 20:39


Capitulo 10 Parte 3


—Ya sé que hablaste de intercambiar certificados de no padecer enfermedades contagiosas cuando tocamos el tema del control de natalidad y ése es el comportamiento más responsable, pero...

—Yo confío en ti. —Levantó la cabeza para mirarme a la pálida luz de la luna. Luego, separándome las rodillas, me penetró unos centímetros. Estaba ardiente y suave como la seda—. ___ —me dijo, agarrándome muy fuerte—, yo nunca... ¡Cuánto me gusta tocarte! ¡Cuánto me alegro de que estés aquí!

Atraje sus labios hasta los míos y le besé.

—Yo también.

Me desperté como me había quedado dormida, con Joe encima y dentro de mí. Él tenía los ojos entrecerrados de deseo mientras yo pasaba de la inconsciencia al placer encendido. Le caía el pelo por la cara y los hombros, alborotado, y así parecía todavía más sexy. Pero lo mejor de todo era que no había sombras en sus espléndidos ojos, ningún resto del sufrimiento que rondaba sus sueños.

—Espero que no te importe —murmuró con una sonrisa malvada, saliendo y entrando—, pero estás suave y calentita. No puedo evitar desearte.

Estiré los brazos y arqueé la espalda, apretando los senos contra su pecho. Por las esbeltas ventanas rematadas por un arco entraba la tenue luz del amanecer que se extendía por el cielo.

—Mmm... qué fácil sería acostumbrarse a despertar así.

—Eso mismo pensé yo a las tres de la madrugada. —Hizo girar las caderas y se hundió en mi cuerpo—. Pensé que podía devolver el favor.

Mi ser entero se activó, con el pulso a toda pastilla.

—Sí, por favor.

Cary se había ido ya cuando llegamos a mi apartamento; había dejado una nota diciendo que tenía trabajo, pero que volvería con tiempo de sobra para la pizza con Trey. Como el día anterior estaba demasiado disgustada para disfrutarla, no me importaba intentarlo de nuevo ahora que me sentía tan bien.

—Tengo una cena de negocios esta noche —dijo Joe, asomándose por encima de mi hombro para leer la nota—. Esperaba que vinieras conmigo para hacerla más llevadera.

—No puedo dejar tirado a Cary —dije en tono de disculpa y me volví a mirarle—. Las chicas antes que las pollas y todo eso.

Frunció los labios y me aprisionó contra la encimera. Llevaba un traje que yo le había elegido, un Prada gris grafito, con un brillo muy sutil, y como estaba tumbada en la cama mientras él se vestía, tuve que contenerme para no quitárselo todo.

—Cary no es una chica, pero entiendo lo que quieres decir. Quiero verte esta noche. ¿Puedo venir después de la cena y quedarme a dormir?

Me estremecí de placer con sólo pensarlo. Le alisé la chaqueta con la sensación de que yo guardaba un secreto especial porque sabía exactamente cómo estaba sin ropa.

—Me encantaría.

—Bien —asintió con satisfacción—. Haré café mientras te vistes.

—El café en grano está en el congelador. El molinillo, al lado de la cafetera. Me gusta con mucha leche y un poco de edulcorante.

Cuando volví, veinte minutos después, Joe cogió dos tazas desechables y salimos. Paul nos apremió a salir por la puerta y a subir al asiento trasero del Bentley de Joe, que nos estaba esperando.

Mientras el chófer se incorporaba al tráfico, Joe me echó un vistazo y dijo:

—Decididamente, quieres matarme. ¿Te has puesto ligueros otra vez?

Me levanté la falda y le enseñé el punto en que el liguero prendía la media negra de seda.

Soltó un taco entre dientes que me hizo sonreír. Yo llevaba un jersey de cuello alto de seda negra y manga corta a juego con una falda roja plisada, de limitada pero decente longitud, y unos zapatos Mary Janes de tacón. Como Cary no estaba para hacerme algo bonito en el pelo, me lo recogí en una cola de caballo.

—¿Te gusta?

—Estoy empalmado. —Hablaba con la voz ronca mientras se organizaba el interior de la bragueta—. ¿Cómo quieres que aguante todo el día pensando en ti vestida de esa manera?

—Siempre está la hora de la comida —sugerí fantaseando con un polvo a mediodía en el sofá de la oficina de Joe.

—Hoy tengo un almuerzo de trabajo. La pospondría si no lo hubiera hecho ya ayer.

—¿La cambiaste por mí? Me siento muy halagada.

Se acercó y me rozó la mejilla con los dedos, un gesto afectuoso que ahora era habitual, tierno y muy íntimo. Estaba empezando a depender de aquellas caricias.

Apoyé la cara en la palma de su mano.

—¿No puedes sacar quince minutos para mí?

—Lo intentaré.

—Llámame cuando sepas la hora.

Respiré hondo, busqué en mi bolso y cogí un regalo que no estaba segura de si Joe querría recibir, pero no podía dejar de pensar en su pesadilla. Esperaba que lo que iba a darle le hiciera recordarme a mí y al polvo de las tres de la mañana, y le ayudaría a sobrellevar...

—Tengo una cosa. Pensé...

De pronto me pareció presuntuoso dárselo.

—¿Qué pasa? —Frunció el ceño.

—Nada. Sólo que... —se lo solté de golpe—: Mira, te he traído una cosa, pero acabo de darme cuenta de que es uno de esos regalos... bueno, no es un regalo de verdad. Estoy pensando que no sería adecuado y...

—Dámelo. —Me tendió la mano con brusquedad.

—Puedes rechazarlo sin problemas...

—Cállate, ___, dámelo ya.

Lo saqué del bolso y se lo di.

Joe miró la fotografía en completo silencio. Era lo último en marcos digitales, con imágenes troqueladas que tenían que ver con la graduación, incluida una esfera digital que marcaba las 3:00 A.M. En la foto estaba yo posando en Coronado Beach, con un bikini de color coral y un gran sombrero de paja. Estaba bronceada, feliz y le tiraba un beso a Cary, que había hecho el papel de fotógrafo de alta costura, gritando palabras ridículas para animar: Preciosa, cariño. Ponte atrevida. Ponte sexy. Espléndida. Ponte traviesa...…guau...

Me dio vergüenza y me moví, inquieta, en el asiento.

—Como te dije, no tienes que quedarte con...

—Yo... —carraspeó—. Gracias, ___.

—Bueno... —Agradecí ver el Jonasfire por la ventanilla. Salté deprisa cuando el chófer se detuvo, y me arreglé la falda, sintiéndome cohibida.

—Si quieres, me la quedo hasta más tarde.

Joe cerró la puerta del Bentley y negó con la cabeza.

—Es mía, no te la voy a devolver.

Entrelazó los dedos de nuestras manos y señaló la puerta giratoria con la mano con que sostenía el marco. Me emocioné cuando comprendí que pensaba llevárselo al trabajo.


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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 9th 2012, 20:45


Capitulo 10 Parte 4


Una de las cosas divertidas del negocio de la publicidad era que ningún día era igual que el anterior. Estuve corriendo de acá para allá toda la mañana y ya estaba pensando en qué hacer durante la hora la comida cuando sonó el teléfono.

—Oficina de Mark Garrity. Le habla ___ Tramell.

—Tengo noticias —dijo Cary a modo de saludo.

—¿Qué? —se notaba por su voz que eran buenas noticias, fuera lo que fuera.

—He conseguido una campaña de Grey Isles.

—¡Oh, Dios mío, Cary! ¡Es fantástico! Me encantan sus vaqueros.

—¿Qué vas a hacer en el descanso para comer?

Sonreí.

—Celebrarlo contigo. ¿Puedes venir a las doce?

—Ya voy para allá.

Colgué y me balanceé en la silla, tan entusiasmada por lo de Cary que me entraron ganas de bailar. Necesitaba algo que hacer para rellenar los quince minutos que quedaban hasta la hora del almuerzo, así que revisé mi correo y encontré una alerta de Google con el nombre de Joe. Más de treinta entradas en sólo un día.

Abrí el correo y aluciné con todos los titulares de «mujer misteriosa» que aparecían. Pinché el primer enlace y me vi a mí misma en un blog de cotilleos.

Allí, a todo color, había una foto de Joe besándome locamente en la acera de enfrente de su gimnasio. El artículo adjunto era corto e iba al grano:

Joe Jonas, el soltero más codiciado de Nueva York desde John F. Kennedy Jr., fue visto ayer besándose apasionadamente en público con una mujer misteriosa. Fuentes de Jonas Industries identificaron a la afortunada como la socialité ___ Tramell, hija del multimillonario Richard Stanton y su esposa Monica. Cuando se le preguntó por la naturaleza de la relación, dicha fuente confirmó que Miss Tramell es la «actual pareja» del magnate. Imaginamos que muchos corazones se estarán rompiendo esta mañana por todo el país.

—¡Mierda! —exclamé.

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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 9th 2012, 21:03

Siiguelaaaa
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 9th 2012, 22:08

no la dejes ahí!!!! seguilaaaaaaaaaaaaaaa Very Happy
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 10th 2012, 22:22

Capitulo 11 Parte 1


Abrí rápidamente los otros enlaces del boletín y me encontré con la misma fotografía y similares pies de foto y artículos. Sobresaltada, me eché hacia atrás y pensé en qué significaba todo aquello. Si un solo beso era noticia de primera plana, ¿qué posibilidad tendríamos Joe y yo de conseguir que nuestra relación funcionara?
Me temblaban las manos según cerraba las pestañas del navegador. No había tenido en cuenta a la prensa, pero debería haberlo hecho.

—¡Maldita sea!

El anonimato era mi aliado. Me protegía de mi pasado. Protegía a mi familia de la vergüenza, y a Joe también. Ni siquiera tenía cuentas en redes sociales, de manera que sólo las personas con las que mantenía una estrecha relación podían encontrarme.

El muro delgado e invisible que había entre la atención mediática y yo había desaparecido.

—¡Demonios! —exclamé en voz baja, al encontrarme en una dolorosa situación que podría haber evitado si hubiera empleado las neuronas en algo más aparte de Joe.

Además, había que tener en cuenta cómo iba a reaccionar él a todo esto... Me moría de vergüenza sólo de pensarlo. Y mi madre. No tardaría mucho en llamarme y sacar las cosas de quicio.

—¡Mierda! —Al acordarme de que ella no tenía mi nuevo número de móvil, descolgué el teléfono de mi mesa y llamé a mi otro buzón de voz para ver si ya había intentado ponerse en contacto conmigo. Me estremecí al oír tenía el buzón lleno.

Colgué, agarré el bolso y me fui a almorzar, segura de que Cary me ayudaría a poner todo aquello en perspectiva. Estaba tan aturdida cuando llegué al vestíbulo que salí corriendo del ascensor con la sola idea de encontrar a mi compañero de piso. Cuando le vi, no me fijé en nadie más hasta que Joe se hizo a un lado delante de mí y me cerró el paso.

—___. —Me miró con el ceño fruncido. Cogiéndome del codo, me giró ligeramente. Fue entonces cuando me fijé en las dos mujeres y el hombre que me habían impedido verle.

Les sonreí como buenamente pude.

—Hola.

Joe me presentó a las personas con las que había quedado para almorzar.

—¿Qué ocurre? Pareces alterada.

—Está por todos lados —susurré—. Una foto de ti y de mí juntos.

El afirmó con la cabeza.

—La he visto.

Le miré sorprendida, desconcertada por su despreocupación.

—¿No te importa?

—¿Por qué iba importarme? —respondió tranquilamente—. Para una vez que dicen la verdad...

Me asaltó una duda.

—Lo has planeado tú. Tú has filtrado esta historia.

—Eso no es del todo cierto —dijo suavemente—. El fotógrafo estaba allí por casualidad. Yo sólo le di una fotografía que valiera la pena imprimir, y dije a los de relaciones públicas que aclararan quién eres tú y lo que significas para mí.

—¿Por qué? ¿Por qué tenías que hacerlo?

—Tú superas los celos a tu manera y yo a la mía. Ambos estamos fuera del mercado y ahora todo el mundo lo sabe. ¿Qué problema tienes?

—Me preocupaba cómo reaccionarías, pero hay algo más... Hay cosas que no sabes y yo... —Inspiré profunda y temblorosamente—. Nuestra relación no puede ser así, Joe. No puede ser de dominio público. No quiero... ¡Maldita sea! No quiero avergonzarte.

—No podrías. Es imposible. —Me retiró un mechón de pelo suelto de la cara—. ¿Podemos hablar de ello luego? Si me necesitas...

—No, no pasa nada. Vete.

Cary se me acercó. Aun vestido con unos holgados pantalones de cargo negros y una camisa blanca de cuello pico daba la impresión de llevar ropa cara.

—¿Todo bien?

—Hola, Cary. Todo bien.

Joe me apretó la mano.

—Disfruta del almuerzo y no te preocupes.

Eso lo decía él porque no sabía.

Y yo no sabía si seguiría queriéndome cuando lo hiciera.

Cary se me puso delante cuando Joe se alejó.

—¿Qué te preocupa? ¿Qué ocurre?

—Todo. —Suspiré—. Vámonos de aquí y te lo contaré mientras comemos.

—Bueno —murmuró Cary, mirando el enlace que le había enviado desde mi smartphone al suyo—. Eso sí que es un beso. La postura es todo un detalle. No podría parecer más colado por ti ni aunque se lo propusiera.

—Ésa es la cuestión. —Tomé otro buen trago de agua—. Que se lo propuso.

Se guardó el teléfono en el bolsillo.

—La semana pasada no dejabas de meterte con él porque sólo le interesaba tu vagina. Esta semana está anunciando a los cuatro vientos que mantiene una seria y apasionada relación contigo, y tampoco estás contenta. Estoy empezando a compadecerle. Parece que todo lo que hace está mal.

Eso me dolió.

—Los periodistas van a investigar, Cary, y encontrarán trapos sucios. Y como es material escabroso, lo esparcirán por todas partes, y pondrá a Joe en una situación embarazosa.

—Nena. —Me puso una mano encima de la mía—. Stanton enterró todo aquello.

Stanton. Me enderecé. No había pensado en mi padrastro. Él vería avecinarse el desastre y se encargaría de taparlo porque sabía lo que supondría para mi madre el que aquello saliera a la luz. Aun así...

—Tengo que contárselo a Joe. Tiene derecho a estar prevenido.

Me sentía desgraciada sólo de pensar en esa conversación.

Cary sabía cómo funcionaba mi cabeza.

—Me parece que te equivocas si crees que va a cortar y salir corriendo. Te mira como si no existiera nadie más.

Hurgué en la ensalada César que me había pedido.

—Él tiene sus propios demonios. Pesadillas. Se ha encerrado en sí mismo, creo, por lo que sea que le reconcome.

—Pero a ti te ha dejado entrar.

—Y ya ha dado muestras de lo posesivo que podría ser respecto a esa relación. Lo he aceptado porque es un defecto que yo tengo también, pero aun así...

—Lo analizas todo hasta el cansancio, ___ —dijo Cary—. Piensas que lo que él siente por ti tiene que ser un golpe de suerte o un error. Alguien como él no podría colgarse de ti por tu gran corazón y tu inteligencia, ¿verdad?

—No tengo la autoestima tan mal —protesté.

Tomó un sorbo de champán.

—¿De veras? Pues dime algo que tú creas que le gusta de ti que no tenga nada que ver con el sexo ni la dependencia mutua.

Lo pensé y no se me ocurrió nada, lo cual me hizo fruncir el ceño.

—Vale —siguió, con un gesto de la cabeza—. Y si por un casual Jonas tiene tantos problemas como nosotros, estará pensando lo mismo sólo que al revés, y se preguntará qué ve una chica tan despampanante como tú en un tipo como él. Tienes dinero, así que ¿qué tiene él aparte de ser un semental que no para de joder?

Apoyé la espalda en la silla y asimilé todo lo que había dicho.

—Cary, cuánto te quiero.

Sonrió

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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 10th 2012, 22:31

Capitulo 11 Parte 2

—Lo mismo digo, mi vida. Si quieres un consejo: terapia de pareja. Es lo que siempre he pensado que haré yo cuando encuentre a la persona con la que sentar la cabeza. Y procura divertirte con él. Tienes que tener tantos buenos ratos como malos; si no, todo se vuelve muy complicado y doloroso.

Me acerqué y le apreté la mano.

—Gracias.

—¿Por qué? —Quitó importancia a mi gratitud con un elegante gesto de la mano—. Es fácil criticar la vida de los demás. Tú sabes que no podría sobrellevar mis puntos débiles sin ti.

—Que ahora mismo no tienes —señalé, centrando la atención en él—. Estás a punto de aparecer en la cartelera de Times Square. Vas a dejar de ser mi secreto. ¿No crees que deberíamos elevar la categoría de la cena de pizza a algo más acorde con la ocasión? ¿Qué te parece si sacamos la caja de Cristal que nos dio Stanton?

—Así se habla.

—¿Vamos al cine? ¿Hay alguna película que quieras ver?

—Lo que tú quieras. No me gustaría interferir con un genio de los peliculones.

Sonreí, sintiéndome mejor, como sabría que me sentiría después de una hora con Cary.

—Tú dime si me pongo muy espesa para darme cuenta de que Trey y tú queréis estar solos.

—¡Ja! No te preocupes por eso. Tu agitada vida amorosa me hace sentir soso y aburrido. No me vendría mal echar un buen polvo con mi propio semental.

—Sólo tuviste un revolcón de cuarto de mantenimiento hace un par de días.

Él suspiró.

—Casi me había olvidado. ¿A que es triste?

—No lo es cuando tus ojos se están riendo.

Acababa de volver a mi mesa cuando comprobé mi smartphone y me encontré con un texto de Joe en el que me decía que tenía quince minutos libres a las tres menos cuarto. Me pasé la siguiente hora y media dejándome llevar por la imaginación, ya que había decidido seguir el consejo de Cary y divertirme un poco. Joe y yo, no tardando, tendríamos que lidiar con la fealdad de nuestro pasado, pero de momento, yo podría ofrecer algo que nos hiciera sonreír a ambos.

Le envié un mensaje de texto antes de salir para decirle que iba de camino. Teniendo en cuenta las limitaciones de tiempo, no podríamos perder ni un minuto. Joe debía de haber pensado lo mismo, pues me encontré con que Scott me esperaba en recepción cuando llegué a la zona de espera de Jonas Industries. Me acompañó en cuanto la recepcionista me abrió la puerta.

—¿Cómo te va el día? —le pregunté.

Él sonrió.

—Hasta ahora bien. ¿Y a ti?

Le devolví la sonrisa.

—Los he tenido peores.

Joe estaba al teléfono cuando entré en su oficina. Su tono de voz era cortante e impaciente mientras le decía a la persona que estaba al otro lado de la línea que tenían que ser capaces de arreglárselas sin que él tuviera que supervisar el trabajo personalmente.

Levantó un dedo en mi dirección, dándome a entender que sólo tardaría un minuto. Yo respondí haciendo un enorme globo con el chicle que tenía en la boca y reventándolo después ruidosamente.

Él enarcó las cejas, y presionó los botones para cerrar las puertas y escarchar la pared de cristal.
Sonriendo, me acerqué despacio a su mesa y me senté en ella, haciendo espirales con los dedos alrededor de los labios y balanceando las piernas. Él estalló el siguiente globo que hice de un pinchazo con el dedo. Hice un gracioso mohín.

—Soluciónalo —dijo con serena autoridad a quien estuviera al teléfono—. No podría ir allí hasta la semana que viene, y esperando sólo conseguiríamos retrasarlo más. Deja ya de hablar. Tengo algo encima de la mesa que requiere atención inmediata y estás impidiendo que se la dedique. Te aseguro que eso no mejora mi predisposición. Arregla lo que haya que arreglar y vuelve a informarme mañana.

Dejó el teléfono en su soporte con violencia reprimida.

—___...

Levanté una mano para interrumpirle y envolví el chicle en un Post-it que cogí de un dispensador que tenía en la mesa.

—Antes de que me riña, señor Jonas, quiero decir que cuando, ayer en el hotel, llegamos a un punto muerto en nuestras negociaciones de fusión, yo no debería haberme marchado. No ayudó a resolver la situación. Y sé que no he reaccionado muy bien al asunto de las relaciones públicas con la foto. Pero aun así... Aunque no he sido una buena secretaria, creo que se me debería dar otra oportunidad para superarme.

Afiló la mirada mientras me observaba, aquilatando, reevaluando la situación a toda pastilla.

—¿Le he pedido su opinión sobre la medida más adecuada que hay que tomar, señorita Tramell?

Negué con la cabeza y le miré desde debajo de mis pestañas. Vi cómo la frustración que le había producido la llamada telefónica le desaparecía e iba dando paso a un creciente interés y a la excitación sexual.

Me bajé de la mesa de un salto, me fui acercando a él y le aflojé su inmaculada corbata con las dos manos.

—¿Podemos solucionar algo? Poseo una amplia variedad de útiles destrezas.

Me cogió por las caderas.

—Que es una de las muchas razones por las que nunca he considerado a ninguna otra mujer para el puesto.

Me invadió una oleada de ternura al oír sus palabras. Rodeándole la polla con la mano descaradamente, le acaricié a través de los pantalones.

—¿Debería volver a mis obligaciones, entonces? Puedo mostrarle en qué aspectos estoy excepcionalmente capacitada para ser su ayudante.

A Joe se le puso dura con deliciosa prontitud.

—¡Qué iniciativa la suya, señorita Tramell! Pero tengo una reunión dentro de diez minutos. Y además, no acostumbro estudiar nuevas oportunidades de ampliación de las responsabilidades laborales en mi oficina.

Le desabroché el botón de la bragueta y le bajé la cremallera.

—Si crees que hay algún sitio en el que no puedo hacer que te corras, habrá que volver y comprobarlo.

—___ —dijo entre dientes, con la mirada tierna y ardiente. Me rodeó la garganta, acariciándome la mandíbula con los pulgares.

—Me estás derritiendo, ¿lo sabías? ¿Lo haces a propósito?

Hurgué dentro de sus calzoncillos bóxers y le rodeé la **** con las manos, ofreciéndole los labios para besarnos. Él me complació, cogiéndome la boca con una intensidad que me dejó sin respiración.

—Te deseo —masculló.

Me arrodillé en el suelo enmoquetado y le bajé los pantalones lo suficiente para acceder a lo que me interesaba.
Él espiró con fuerza.

—___, ¿qué estás...?

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PidgeJonas
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 11th 2012, 05:07

OMJ amo tu novela, que sera lo que sucedio con la rayis en el pasado por eso no quiere que nadie sepa de ella, osea la prensa. Ohhh y ese Joe tan Hot OMJ la dejaste en la mejor parte, que sera lo que hara la rayis??? Jajajaja siguela mujer que esta increible. Ah y Good morning, me desperte recien y lo primero que hice fue agarrar el galaxy y ponerme a leer tu nove, si soy adicta a ella jaja ok cuidate y besitos :-)
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jonatik4everrr
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 11th 2012, 20:39

OMJ!!!!!!!!!!tienes que seguirlaaaaaaaaa
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Julieta♥
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 12th 2012, 08:55

como la dejas ahi!!!!
tienes que seguirla
quiero saber cuando se va a enterar joe d elo que le paso a la rayis
siguela yaaaaaaaaa!!!!!!!
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Trouble
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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 12th 2012, 12:05

Capitulo 11 Parte 3

Posé los labios en el ancho capullo. Él se agarró al borde de la mesa, con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Le sujeté el miembro con ambas manos, me metí la suave cabeza en la boca y empecé a succionar con delicadeza. La suavidad de la piel y aquel olor tan increíblemente atrayente me hicieron gemir. Noté cómo se le sacudía todo el cuerpo y oí que en su pecho resonaba un sonido ronco.
Joe me rozó la mejilla.

—Lámeme.
Excitada por aquella orden, deslicé la lengua por la cara inferior y me estremecí de gusto cuando me recompensó con un chorro caliente de líquido preseminal. Agarrándole por la base del tronco con una mano, ahuequé los carrillos y mamé rítmicamente, esperando que me diera más.

Pensé que ojalá tuviera tiempo para prolongarlo. Para volverle loco...

Emitió un sonido teñido de dulce agonía.

—¡Dios, ___... qué boca! No dejes de chupar. Así... con fuerza.

Yo estaba tan caliente viéndole disfrutar que me revolvía inquieta. Él me empujaba la cabeza con las manos, tirándome del pelo, que llevaba recogido. Me encantaba la ternura con que había empezado y cómo había ido volviéndose más rudo a medida que el deseo podía con él.

Aquellas pequeñas punzadas de dolor me hacían más ávida, más codiciosa. Movía la cabeza arriba y abajo mientras le daba placer, masturbándole con una mano a la vez que le chupaba y le acariciaba el glande con la boca. Se le marcaban las venas a lo largo de la polla, y yo, ladeando la cabeza, se las recorrí una a una con la lengua.

Se ponía más grande y más gruesa por momentos. Yo estaba incómoda de rodillas, pero me daba igual; no apartaba los ojos de Joe, que tenía la cabeza hacia atrás y trataba de respirar normalmente.

—___, ¡qué bien me chupas! —Me sujetó la cabeza para que estuviera quieta y asumió el control de los movimientos: impulsaba violentamente las caderas, restregándose dentro de mi boca, despojado de todo lo que no fuera el instinto básico de conseguir el orgasmo.

Me electrizaba la imagen de nosotros que tenía en el cerebro: Joe, con toda la urbana sofisticación que le adornaba, junto a la mesa desde donde dirigía su imperio, metiendo y sacando su gran polla en mi ávida cavidad bucal.

Le agarré con fuerza por los muslos, tan tirantes, y usé frenéticamente los labios y la lengua en un irresistible intento por que llegara a su clímax. Luego, le cogí las bolas, grandes y cargadas, ostentosa evidencia de su potente virilidad, y las acaricié con dulzura, notando cómo se endurecían y preparaban para el acto final.

—¡Ay, ___! —exclamó con un timbre gutural, al tiempo que se aferraba a mi pelo—, me obligas a correrme...

El primer chorro de semen fue tan espeso que lo tragué con dificultad. Inmerso en su placer, Joe me hundía la polla hasta el fondo de la garganta, vibrando dentro de mi boca a cada sinuoso envite. Me lloraban los ojos, los pulmones me quemaban, pero yo seguía bombeando con las manos para exprimírsela al máximo.

Se estremeció todo entero cuando le extraje hasta la última gota. Sus jadeos y el balbuceante elogio que me hizo fueron los sonidos más gratificantes de toda mi vida.

Le limpié lamiéndole, maravillada de que no se le ablandara del todo ni siquiera después de un orgasmo tan explosivo. Todavía era capaz de ****me a lo loco, y de muy buena gana, yo lo sabía. Pero no había tiempo y a mí no me importaba. Yo quería hacer aquello por él. Por nosotros. Por mí misma, en realidad, pues necesitaba estar segura de que podía permitirme una práctica sexual desinteresada sin sentir que se aprovechaban de mí.

—Tengo que irme —le susurré, incorporándome y apretando sus labios contra los míos—. Espero que el resto del día sea estupendo, y la cena de negocios también.

Empecé a alejarme pero me asió por las muñecas, con la mirada puesta en la pantallita del reloj de su teléfono de mesa. En ese momento advertí mi fotografía, colocada en un lugar prominente donde podía verla todo el tiempo.

—___, coño, espera...

Hablaba con un tono de inquietud y frustración y yo torcí un poco el gesto.

Enseguida recuperó su apariencia normal; se puso los calzoncillos y estiró el faldón de la camisa para poder abrocharse los pantalones. Era muy agradable verle recomponerse, restablecer la fachada que llevaba para el mundo mientras yo conocía por lo menos un poco del hombre que había detrás.

Me atrajo hacia él y me besó en la frente. Metió las manos entre mi pelo para quitar el pasador de carey que me lo sujetaba.

—Yo no te lo he hecho a ti.

—Ni falta que hace. —Me encantaba el roce de sus manos en mi cuero cabelludo—. Eso ha estado bien así.

Estaba concentrado en colocarme el pelo, con las mejillas encendidas por el orgasmo.

—En esto es necesario un intercambio equitativo. No puedo dejar que te sientas como si yo te hubiera utilizado.

Una ternura agridulce me invadió el alma. Joe me había escuchado. Y le importaba.

Le cogí la cara con las manos.

—Sí, me has utilizado, pero con mi permiso, y ha sido increíble. Yo quería darte eso, Joe, ¿recuerdas? Quería que tuvieras ese recuerdo mío, te lo dije.

—¿Para qué **** necesito recuerdos tuyos si te tengo a ti? Si te refieres a la foto...

—Calla y disfruta de la euforia. —No teníamos tiempo de tocar el tema de la foto en ese momento, y además yo no quería porque iba a estropearlo todo—. Si tuviéramos una hora, tampoco dejaría que me lo hicieras a mí. No llevo la cuenta de los tantos, campeón. Y, sinceramente, eres el primer hombre a quien puedo decírselo. Ahora, tengo que irme. Y tú, también.

Volví a intentar marcharme, pero me retuvo.

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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 12th 2012, 12:11

Capitulo 11 Parte 4

La voz de Scott salió del altavoz.

—Disculpe, señor Jonas, pero son las tres.

—Estoy bien, Joe, te lo aseguro. Vendrás esta noche, ¿verdad?

—Nada podría impedírmelo.

Me puse de puntillas y le besé en la mejilla.

—Ya hablaremos luego.

Al terminar la jornada, bajé por las escaleras hasta la planta baja para sentirme menos culpable por no haber ido al gimnasio y lo lamenté muchísimo cuando llegué al vestíbulo. La falta de sueño de la noche anterior me había dejado hecha polvo. Estaba contemplando la posibilidad de coger el metro en vez de volver andando a casa, cuando vi el Bentley de Joe aparcado allí delante. El chófer salió y se dirigió a mí por mi nombre; yo me detuve, extrañada.

—El señor Jonas me ha dicho que la lleve a casa —me informó, muy elegante con un traje negro y gorra de chófer. Era un hombre mayor, con el pelo rojo canoso, los ojos de un azul pálido y acento agradable y cultivado.
Con lo que me dolían las piernas, agradecí mucho la oferta.

—Gracias... lo siento, ¿cómo se llama?

—Angus, señorita Tramell.

¿Cómo no me había acordado? Tenía un nombre tan original que me hizo sonreír.

—Gracias, Angus.

Se llevó la mano a la gorra.

—No hay de qué.

Entré por la puerta que él había abierto para mí y me acomodé en el asiento. Alcancé a ver la pistola que llevaba enfundada en un costado, debajo de la chaqueta. Parecía que Angus, igual que Clancy, eran tanto guardaespaldas como chóferes.

Nos pusimos en marcha y le pregunté:

—Angus, ¿cuánto tiempo lleva trabajando con el señor Jonas?

—Ocho años ya.

—Bastante.

—Le conozco desde mucho antes —me informó motu proprio, mirándome por el espejo retrovisor—. Le llevaba a la escuela cuando era niño. Después, en su momento, dejé de trabajar con el señor Vidal y me fui con él.

Una vez más intenté imaginarme a Joe de pequeño. Seguro que ya entonces era guapísimo y atractivo.

¿Habría tenido relaciones sexuales «normales» de adolescente? No podía dejar de pensar que las mujeres se le echarían a los brazos incluso entonces. Y, con esa sensualidad innata que poseía, seguro que era un jovencito muy fogoso.

Busqué unas llaves en mi bolso y me incliné hacia delante para dejarlas en el asiento delantero.

—¿Puede dárselas a Joe? Vendrá después de terminar lo que esté haciendo ahora y, según lo tarde que sea, puede que no le oiga llamar.

—Por supuesto.

Al llegar a mi casa, Paul abrió la puerta y saludó a Angus por su nombre, haciéndome recordar quién era el propietario del edificio. Me despedí de los dos hombres, dije en recepción que Joe vendría después y subí a mi apartamento. La expresión de Cary me hizo reír.

—Joe viene luego —le expliqué—, pero me encuentro tan molida que no sé si podré estar levantada mucho tiempo, así que le he dado unas llaves para que entre. ¿Has pedido la cena?

—Sí, y he puesto unas botellas de Cristal en el vinoteca.

—Eres un encanto —le dije, y le pasé mi bolso.

Me duché y llamé a mi madre desde mi habitación. Hice una mueca de crispación cuando la oí decir con tono estridente:

—¡Llevo varios días intentando localizarte!

—Mamá, si es por Joe Jonas...

—Bueno, en parte, sí. ___, por amor de Dios, te llaman la actual pareja en su vida. ¿Cómo no iba a hablar de eso contigo?

—Mamá...

—Pero también está la cita con el doctor Petersen. —El matiz de petulante regocijo de su voz me provocó una risita—. Tenemos que verle el jueves a las seis. Espero que esa hora te venga bien. No da muchas citas por la tarde.

Me dejé caer en la cama suspirando. Había estado tan entretenida con el trabajo y con Joe que lo de la cita se me había olvidado.

—El jueves a las seis está bien. Gracias.

—Y ahora, háblame de Jonas...

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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Noviembre 12th 2012, 12:15

Capitulo 11 Parte 5


Cuando salí del dormitorio, vestida con pantalones de punto y camiseta de la Universidad de San Diego, encontré a Trey con Cary en el salón. Los dos se levantaron al verme y Trey me saludó con una franca y amistosa sonrisa.

—Siento que me veáis con esta pinta —dije, con un poco de vergüenza y pasándome la mano por la coleta mojada—. Bajar por las escaleras hoy en el trabajo casi me mata.

—¿El ascensor tenía el día libre?
—Pues no, pero mi cerebro sí; no sé en qué estaría yo pensando. —Pasar la noche con Joe ya era un buen ejercicio.

Sonó el timbre de la puerta y Cary fue a abrir mientras yo me dirigía a la cocina a buscar el Cristal. Me reuní con él junto al mostrador del desayuno mientras él firmaba el recibo de haber pagado con la tarjeta de crédito. Me enterneció la mirada que le dedicó a Trey.

Se cruzaron muchas más miradas como aquélla entre los dos a lo largo de la noche. Y tuve que admitir que, como decía Cary, Trey era un bombonazo. Vestido con vaqueros envejecidos, chaqueta a juego y camiseta de manga larga, el aspirante a veterinario tenía un aspecto informal pero bien conjuntado. Parecía muy diferente del tipo de hombres con los que Cary solía salir. Trey parecía más asentado; no excesivamente formal, pero tampoco frívolo. Pensé que sería una buena influencia para Cary si seguían juntos el tiempo suficiente.

Entre los tres nos zampamos dos pizzas, dos botellas de Cristal y toda Demolition Man antes de darme por satisfecha. Le sugerí a Trey que se quedara a ver Driven para redondear la minimaratón de Stallone; yo me fui a mi cuarto y me puse un «picardías» negro, que me habían regalado en una boda en que fui dama
de honor, pero sin la parte de abajo.

Encendí una vela para Joe y me quedé frita.

Me desperté en medio de la oscuridad, percibiendo el fragante aroma de la piel Joe. Los ruidos de la ciudad quedaban amortiguados por las ventanas insonorizadas; las luces, por las cortinas opacas.

Joe se deslizó sobre mí, como una sombra, con la piel desnuda, fresca al tacto. Su boca, besándome la mía despacio y sutilmente, tenía sabor a menta además del suyo propio, insuperable. Le pasé las manos por la espalda, musculosa y elegante al mismo tiempo, y separé las piernas para que se colocase cómodamente entre ellas. Sentir su peso en mi cuerpo hizo suspirar a mi corazón y encendió mi sangre de deseo.

—Bueno, hola a ti también —dije casi sin respiración.

—La próxima vez vendrás conmigo —me susurró con aquella voz sexy y decadente, mientras me mordisqueaba el cuello.

—¿Ah, sí?

Metió las manos debajo de mi trasero, adaptándolo a un hábil movimiento de sus caderas.

—Sí, ___. Te he echado de menos.

Le acaricié el pelo con los dedos, deseando poder verle.

—No me conoces lo suficiente como para echarme de menos.

—Eso da una idea de lo que sabes —dijo, burlándose, y se escurrió más abajo para poner la boca entre mis pechos.

Lancé una exclamación cuando me apresó un pezón y comenzó a chuparlo por encima del satén, Profundas succiones que repercutían en mis entrañas, forzándolas a contraerse. Se cambió al otro pecho, levantando el camisón al mismo tiempo. Yo me curvé hacia él, perdida entre la magia de sus labios que se movían por doquier, su lengua que se hundía en el ombligo y luego bajaba más.

—Y tú me has echado de menos también —dijo en un arrullo lleno de satisfacción masculina, mientras me bordeaba la vagina con el dedo corazón—. Está abultada y húmeda para mí.

Colocó mis piernas sobre sus hombros y comenzó a lamerme los pliegues de la vulva en tenues y estimulantes lengüetazos, como de terciopelo caliente, por mi carne tan sensible. Me agarré a las sábanas con los puños cerrados y mi pecho empezó a palpitar cuando se puso a hacer círculos alrededor del clítoris con la punta de la lengua, presionando suavemente sobre ese hiperdelicado nudo de nervios. Gemí, agitando las caderas sin parar y contrayendo los músculos por la desesperada necesidad de correrme.

Los ligeros y excitantes lametones estaban volviéndome loca; me hacían retorcerme pero no me daban lo suficiente para culminar.

—Joe, por favor...

—Todavía no.

Era una tortura que me llevara al borde del orgasmo y luego me dejase venirme abajo una y otra vez, hasta que el sudor me cubría la piel y el corazón parecía a punto de estallar. Tenía una lengua incansable y diabólica, hábilmente concentrada en mi clítoris hasta que un único roce me hiciera explotar, para luego bajar un poco y clavármela descaradamente.

—Por favor, Joe... déjame llegar... necesito llegar, por favor.

—Shh.. , cielo mío... ya me ocupo yo de ti.

Concluyó conmigo tan tiernamente que el orgasmo se expandió por mi cuerpo como una onda que nace y aumenta mientras avanza, hasta hacerse una ola que choca y se convierte en un torrente de placer.

Enlazó sus dedos con los míos cuando se puso encima de mí otra vez, sujetándome los brazos. Acercó la punta de la polla a la resbaladiza entrada de mi cuerpo. Yo gemía, moviéndome para dar cabida a la tremenda crecida de su pene.

Joe me echaba su trabajosa y húmeda respiración en el cuello, estremeciéndose todo él al deslizarse cuidadosamente dentro de mí.

—Eres tan cálida y tan suave... Mía, ___. Eres mía.

Le rodeé las caderas con mis piernas, invitándole a entrar más hondo, sintiendo cómo contraía y relajaba las nalgas contra mis pantorrillas, mientras le mostraba a mi cuerpo que iba a introducir todo el grueso largo de su miembro hasta la raíz.

Con nuestras manos entrelazadas, me tomó la boca y empezó a moverse, deslizándose adentro y afuera con lánguida destreza, con el tempo preciso e implacable, pero tranquilo y sin prisa. Yo notaba cada endurecido centímetro de su cuerpo, notaba la inconfundible reiteración de que cada centímetro de mí le pertenecía. Él insistió en ese mensaje hasta que yo jadeaba contra su boca, agitándome sin cesar debajo de él, con las manos sin sangre en las venas por la fuerza con que me agarraba a él.

Me alababa y animaba con encendidas palabras, diciéndome lo hermosa que era... lo perfecta que le parecía... que nunca pararía... que no podía parar. Me corrí con un agudo grito de alivio, vibrando con el éxtasis, y allí estaba él conmigo. Aceleró el ritmo durante varias potentes embestidas; luego alcanzó el clímax susurrando mi nombre, derramándose dentro de mí.

Me hundí con el cuerpo laxo en el colchón, sudorosa, desmadejada, repleta.

—No he acabado —musitó enigmáticamente, ajustando las rodillas para aumentar la fuerza de sus envites. Siguió midiendo el ritmo con pericia, reclamando con cada inmersión: tu cuerpo existe para servirme.

Mordiéndome el labio, reprimí los sonidos de inevitable placer que podrían haber roto la tranquilidad de la noche... y delatado la inquietante profundidad de los sentimientos que empezaba a albergar hacia Joe Jonas.

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MensajeTema: Re: No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot   Hoy a las 09:32

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No Escondo Nada ( Joe y tu) Megahot
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