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 Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]

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catchingjonas
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 20th 2012, 10:47

13


Lourdes sonrió al ver a _____ mirar su reloj de pulsera. Eran las siete y cuarto de la tarde y calculaba que, en la última media hora, había hecho el gesto de consultarlo cada tres minutos. El catálogo, de suaves tapas de cuero negro, había llegado a media mañana. Desde entonces, _____ lo había abierto como cientos de veces y lo había lustrado con una pequeña gamuza en unas cuantas ocasiones. Pensó que era el lógico nerviosismo que precede a un encuentro de enamorados, y lamentó que aquello no fuera una verdadera cita. No sabía qué sentía aquel hombre por su amiga, pero tenía muy claro lo que su amiga sentía por él, meditó mientras la veía elegir entre las gruesas bolsas de papel con el anagrama de la tienda, como si entre ellas esperara encontrar una más perfecta que el resto.
—¿Crees que tu artista vendrá hoy?
_____ introdujo el muestrario en la bolsa y la cogió por las asas para comprobar su peso.
—Dijo que lo haría, y que yo sepa él no ha fallado nunca. —Su expresión ausente no varió a pesar de sus dudas internas. La posibilidad de que no apareciera tras haberlo ofendido con su comentario sobre la honradez le roía el ánimo.
—Ten cuidado. —_____ la miró extrañada—. Tu sonrisa —aclaró Lourdes con expresión divertida—. Cuando hablas de él sonríes como una boba y tus ojos chisporrotean como estrellitas en una noche de verano. Y cuando lo tienes delante todavía es peor. Él lo notará si no tienes cuidado, y no sé si quieres que lo note.
_____ fingió no haber oído. Sabía que no bromearía con eso si conociera toda la verdad. Pero le había contado bien poco. Apenas unos apuntes de su hermosa y frustrada historia de amor; nada que le hiciera imaginar la verdadera dimensión del drama que los había separado.
Dejó la bolsa sobre la mesa, en el despacho, y se sentó, dispuesta a repasar cuentas para soportar mejor la espera. Las fue examinando y separando por las fechas en las que debían afrontar los pagos.
No escuchó el sonido de la puerta del almacén ni a Joe recorrerlo con lentitud de extremo a extremo. Solo cuando sintió que alguien entraba en la oficina alzó la cabeza y lo vio.
Sintió su corazón latirle en la garganta. Y ni por un instante recordó el tonto consejo de Lourdes de disfrazar su sonrisa o atenuar el chisporroteo en sus ojos. Se sentía demasiado feliz cada vez que le veía, aun a pesar de sus formas destempladas, como para pensar en otra cosa que no fuera él.
Joe sí ocultaba sus sentimientos, y ella lo sabía. Lo sabía desde que, anegado de alcohol, le confesó que la amaba tanto como la odiaba. Por eso, una vez más, no tuvo en cuenta la actitud distante y fría con la que se le acercó.
—Tenemos el catálogo —dijo ella amontonando de forma acelerada las facturas y metiéndolas en un cajón para desocupar el escritorio.
Joe arrastró la silla y se sentó, con la espalda apoyada en el respaldo y las piernas separadas, con aspecto cansado pero desafiante. Acababa de inspeccionar el almacén y descubrir el escondrijo perfecto. Estaba tenso, más consciente que nunca de lo que le había llevado hasta allí.
—No hemos hablado de plazos de entrega. —Apoyó los codos en los reposabrazos y juntó las manos bajo la barbilla—. No lo hice con el cliente y tampoco lo he hecho contigo.
—Me he permitido solucionar eso. —Se humedeció los labios, nerviosa—. Le dije al señor Ayala que los días laborables dispones de poco tiempo. Lo entendió. Además, sabe que lo que ha pedido no se hace de la noche a la mañana. Confía en tu sentido de la responsabilidad.
—¿También le contaste que mi falta de tiempo se debe a que con el tercer grado me dejan salir de prisión para trabajar y poco más? —preguntó con actitud arrogante.
Ella se sobresaltó al verle comenzar con su sarcasmo y tardó unos segundos en responder.
—¿Por qué iba a darle detalles sobre tu vida? No habría sido natural.
—Tal vez no le agrade que un convicto tenga acceso a su preciosa casa. Reconocerás que sería bastante comprensible.
—Ha contratado al dibujante y eso es lo único que le importa. El día que uno de nuestros clientes se interese por la vida personal de cualquiera de nosotros, dejaremos de trabajar para él.
Joe sonrió sin dejar de observarla. Pensó que seguía siendo la mujer fuerte y segura de sí, con la misma decisión y la misma falsa dulzura.
—Tienes poder de persuasión —opinó taladrándola con la mirada sin ningún recato—. ¡Está bien! —aceptó al fin, alzando las manos—. No me demoraré más de lo inevitable. Mi tiempo libre de ayer y de hoy los he agotado viniendo aquí, pero comenzaré mañana. Los fines de semana recuperaré el tiempo perdido.
_____ deseó seguir preguntando, saber si disponía de un lugar para trabajar sin que nadie le molestara, y, de paso, averiguar dónde y con quién estaba viviendo. Se aclaró la voz y se atrevió a decir:
—Si necesitas algo para...
—Tengo mis lápices y mis rotuladores. No necesito nada más.
—Pero te hará falta un ordenador para...
—He dicho que no necesito nada —repitió despacio—. Lo tengo todo controlado. Haré los bocetos a mano porque es como me gusta hacerlos. Una vez acabados te los pasaré en un archivo.
—No quería ofenderte. Si lo ha parecido...
—No lo ha parecido —respondió con sequedad.
Se puso en pie. _____ se precipitó a entregarle la bolsa al tiempo que él extendía el brazo para cogerla. Sus dedos se encontraron en las asas de cartón enrollado.
Bastó un segundo para que la electricidad penetrara por sus poros y recorriera todas sus terminaciones nerviosas.
_____ se apartó al instante musitando un «lo siento» mientras le invadían sensaciones pasadas pero nunca olvidadas que volvieron a adherirse a su piel.
Joe se quedó inmóvil mirándola mientras trataba de recuperarse. No había estado atento. El arrebato que le llevó a inmovilizarle el rostro le había enseñado algo importante: tenerla demasiado cerca y oírla respirar, le desestabilizaba de una forma que no comprendía. Por eso ponía especial cuidado en no enfurecerse hasta el extremo de que algo así pudiera repetirse. Pero no había evitado, con la misma eficacia, los roces casuales que le desestabilizaban tanto como los provocados.
—Tengo cosas que hacer —dijo con una mueca burda que poco se parecía a una sonrisa.
_____ asintió con un movimiento, sin fuerzas ya para responder. Joe salió del despacho cerrando tras él la puerta.
Entonces ella se hundió en el asiento.
«¿Por qué te amo tanto?», se preguntó cubriéndose los párpados con las manos. «¿Por qué, después de tantos años, te amo más que entonces, te amo más que nunca?» Dejó que las lágrimas se deslizaran lentamente entre sus dedos. «¿Por qué sigo necesitándote, si sé que nunca te tendré?»


Ese miércoles Joe había ido a buscar a Bego y juntos habían subido hasta el monte Artxanda en el viejo coche. Habían aparcado a un lado de la carretera, bajo el mirador. Se sentaron en el capó delantero, con los pies apoyados en la barandilla blanca, para poder contemplar la ciudad iluminada de Bilbao.
Pudo escoger entre muchas formas de contar lo ocurrido en los últimos días, pero, por algún motivo que no pudo explicarse, comenzó hablándole de los diseños que le habían encargado que hiciera para la casa de la playa. Ella, pegada a su costado y tiritando de frío, le escuchó embelesada, consciente de lo que un trabajo así significaba para él.
Joe hizo una pausa y cogió aire para contarle el resto. Bego se le adelantó. Saltó al suelo y se colocó frente a él, entre sus piernas, con la sonrisa más espectacular de cuantas había mostrado hasta entonces.
—Esto sí que es un nuevo comienzo, Joe. Un nuevo comienzo de verdad. —Colocó las manos en su cuello, sobre la nuca, y le besó con suavidad en los labios.
—Bego... —empezó él estrechándola por la cintura.
—No te preocupes. No olvido que te han contratado para algo muy puntual —reconoció sin dejar de besarle—. Pero verán tus diseños y ya no podrán prescindir de ti. ¿Quiénes son? ¿Cómo has contactado con ellos?
Él se echó hacia atrás para mirarla a los ojos.
—Solo te he contado una parte de la historia. Hay más.
—Ya lo imagino. —Volvió a pensar en su desaparición del fin de semana—. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el sábado —suspiró preparándose para afrontar su reacción—. El trabajo me lo dio _____. —Percibió que el rostro de Bego se oscurecía y que su cuerpo se tensaba bajo sus manos—. Me localizó varias veces para ofrecérmelo, y como puedes imaginar me negué. Hasta que descubrí que eso me daría acceso a la tienda para llevar a cabo mi plan.
—No es verdad —musitó escudriñando en sus ojos—. No puede ser verdad.
—Lo es. Suena disparatado, lo sé, pero no podía desaprovechar la que probablemente sea mi única oportunidad.
Bego se quedó aturdida. Joe le acariciaba con mimo la espalda, pero ella no lo notaba. Sobrecogida por un mal presentimiento, se le amontonaban las preguntas: cómo y dónde se había encontrado _____ con él, cómo había sabido que estaba en libertad, qué había hecho Joe para que ella le hubiera ofrecido un trabajo.
—La has visto... —Reaccionó buscando su mirada. Él se limitó a mirarla en silencio—. ¿Por qué no me has dicho nada? —preguntó ofendida—. ¿Para qué te busca, qué quiere de ti?
—No lo sé, pero tampoco me importa. —Le rozó el rostro con el suyo—. Sé lo que quiero yo.
Esta vez fue ella quien retrocedió unos centímetros.
—¿De verdad lo sabes? —cuestionó con un punto de rabiosa ironía.
—¿Qué tratas de decir? —Detuvo las manos sobre la rígida cintura y arrugó el ceño—. No te entiendo.
Bego apretó los párpados y comprimió los labios. Pensó que había sido el coraje de sentirse relegada de nuevo por la misma dichosa mujer el que le había hecho decir lo que no debía. Pero no quería seguir. Se sabía capaz de soportar su propio dolor, pero no estaba segura de poder cargar con el de Joe.
—Nada. Dejémoslo así —rogó resistiéndose a ser ella quien le hiriera.
Trató de apartarse, pero él la retuvo y la aprisionó con sus brazos.
—No vamos a dejarlo así. —Sonó demasiado rudo y él mismo trató de suavizarlo—. ¿Qué pasa?
—Pasa... —Se mordió los labios, impotente, y las palabras salieron furiosas y atropelladas de su boca—. Pasa que creo que eres tú quien ha propiciado este acercamiento. Quieres estar cerca de ella. Simplemente estar cerca de ella porque no has podido olvidarla.
Joe se quedó inmóvil mirándola con incredulidad. Tras un instante su expresión se tensaba y se ensombrecía.
—Lo que estás insinuando es estúpido —gritó soltándola y bajando del capó.
Pero Bego, en ese momento, ya solo era una mujer enamorada que sentía que comenzaba a perder a su hombre.
—No estoy insinuando nada. Te lo estoy diciendo con claridad. La amas.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! —Descargó su furia golpeando con su pie el neumático delantero—. ¡¿Cómo puedes pensarlo siquiera?! ¿Crees que puedo olvidar que destrozó mi vida, que fue la responsable de la muerte de mi hermano, que me engañó desde el primer día? —increpó sin importarle que alguien pudiera escucharle desde lo alto del mirador—. ¿De verdad crees que puedo olvidar todo eso?
—Puedes, porque no eres dueño de tu corazón, igual que yo no soy la dueña del mío.
—¡Esto... esto es...! —Alzó los brazos al cielo y los dejó caer con impotencia—. ¡Esto es increíble! ¿Por qué me haces algo así?
—Estoy siendo sincera. Ya que tú te niegas a verlo, alguien te lo tenía que decir porque de aquí solo sacarás más dolor. Estás obsesionado con...
—¡Claro que estoy obsesionado! —volvió a gritar acercándose a su rostro. Ella se sobresaltó—. ¡Cómo no voy a estarlo! Tengo sed de venganza, Bego. Quiero devolverle un poco del dolor con el que asfixió mi vida. Y digo un poco porque es imposible devolvérselo todo. Al menos yo no sabría hacerlo aunque quisiera.
La oscuridad en sus ojos apagó la furia de Bego, que bajó la voz.
—Deja de mentirte —pidió como lo hubiera hecho a un niño—. Tu obsesión es ella, no la venganza.
Joe respiro con fuerza y le dio la espalda tratando de tranquilizarse.
Frente a él, a los pies del monte, las luces de Bilbao serpenteaban en hileras que dibujaban las calles como delicados collares de diamantes sobre terciopelo negro. Buscó el brillo plateado de las paredes de titanio del Guggenheim y siguió el curso de la ría hasta el puente de Deusto y la Ribera de Botica Vieja. Durante unos segundos inspiró el aire frío que llegaba después de haber sobrevolado el bocho en el que anida la ciudad.
De nuevo se volvió hacia Bego. Parada ante el vehículo, encogida de frío, con las manos en los bolsillos de su abrigo, le miraba con ojos brillantes.
No se compadeció de ella. Los reproches le habían parecido absurdos, incomprensibles y hasta casi malintencionados.
—Te has propuesto joderme la noche. ¡Pues bien —aceptó con rudeza—, ya lo has hecho! —Rodeó el coche y abrió la puerta delantera—. Sube.
—¿Adónde vamos? —preguntó con cautela mientras tomaba asiento.
—Tú, no lo sé —dijo cerrando sin mirarla—. Yo a mi casa. Tengo mucho que dibujar antes de ir a dormir a la cárcel.
Volvió a bordear el vehículo, hasta el otro costado, y entró sin abandonar su gesto agrio. Arrancó el motor, y ese fue el único sonido que los dos escucharon a partir de ese instante.


Su semblante, al entrar en los servicios masculinos de la comisaría, indicaba que estaba contrariado. Se acercó a la hilera de lavabos a la vez que doblaba, con gesto brusco, los impecables puños de su camisa blanca. Tras él entró el agente Gómez. Un gesto silencioso del comisario y el joven se inclinó para avistar por la zona inferior de las puertas de cada excusado, abriéndolas después para asegurarse de que no tenían compañía.
—Despejado, señor. —Y se acercó lo bastante como para que su superior no tuviera que alzar la voz, pero guardando una prudente y respetuosa distancia.
Carlos tardó en comenzar a hablar. Se enjabonó las manos con parsimonia, con el único fin de tranquilizarse.
—No puedo creer que no tengas nada —dijo con destemplanza—. No puedo creer que alguien con tu ambición no sea capaz de llevar a cabo una misión tan simple.
El agente sacó pecho dentro de su uniforme. Nadie le había indicado que se mantuviera firme, pero lo hacía con la misma rigidez con la que acostumbraba mantenerse en formación.
—Disculpe, señor, pero no puedo averiguar nada si lo único que se me permite es intimar con antiguas novias del sospechoso.
—¿Estás insinuando que no sé hacer mi trabajo? —Le miró a la vez que se retiraba la espuma bajo el chorro de agua fría.
—No, señor —se apresuró a responder—. Nunca se me ocurriría, señor.
Carlos cogió una toalla de papel del dispensador automático y se volvió a mirarle. Se apoyó sobre el lavabo frotándose las manos con el suave pliego blanco.
—Una mujer despechada es siempre un pozo de información, sobre todo para un buen policía. Pero estoy empezando a creer que me he equivocado contigo.
El agente se cuadró, más ofendido que nervioso.
—Con el debido respeto, señor, no se puede sacar información de lo que no existe. Y le aseguro que no hay mujeres despechadas en este caso.
El comisario sonrió abiertamente. Le gustaba el velado desafío en los ojos del joven agente, su controlado gesto de rabia. Sabía que el orgullo herido a menudo se transformaba en plena eficacia.
—¿Qué necesitas para conseguir resultados? —Arrugó la toalla y la arrojó al cubo de basura.
—Libertad de movimiento, señor —se atrevió a solicitar—. Poder seguir a quien yo crea conveniente y en el momento en el que lo necesite sin perder tiempo en localizarle y preguntarle a usted.
¿Confiaba en él hasta ese extremo?, se preguntó mientras volvía a abotonarse los puños. ¿Sería Gómez lo bastante astuto como para actuar sin dejarse notar? Si _____ descubría lo que estaba haciendo no se lo perdonaría nunca, y no estaba dispuesto a perderla por la ineptitud de un subordinado.
Observó con atención al joven agente. Le gustó que le mantuviera la mirada. Vio osadía, pero también el punto adecuado de prudencia.
—Voy a acceder. —Hizo una pausa durante la que siguió analizándolo—. Si consigues lo que quiero, yo obtendré para ti ese ascenso que tú deseas. Pero grábate bien lo que te voy a decir: si me comprometes, con _____ o con quien sea, archivarás estúpidos documentos hasta el día del juicio final.
—Me gustan los desafíos, señor —aseguró con orgullo.
—Y a mí me gusta la eficacia, la limpieza, la discreción. ¿Tienes algo así en ese cerebro de novato?
—Lo tengo, señor.
—¡Pues demuéstralo! —advirtió apretando los dientes—. Demuéstralo antes de que decida que has agotado tu tiempo.


Se olvidaba del mundo cada vez que dibujaba. El resto del tiempo pensaba en _____, siempre en _____. Y, ante esa irracional conducta, no encontraba ninguna explicación que le tranquilizara.
Esa mañana el riesgo no era demasiado alto. El terreno era llano, y los árboles a derribar, pequeños. Joe talaba los que le correspondían y los dividía en tres pedazos para que otros los desmocharan. No se detenía a hablar con nadie. Hacía su labor con rapidez y, como un autómata, pasaba a tumbar el siguiente ejemplar erguido.
Tenía el pensamiento muy lejos. Demasiado lejos y demasiado ocupado en el día en que la llevó a casa por primera vez; en las risas ahogadas, los apremiantes susurros, la avidez por entrar al fin en ella.
Han llegado comiéndose a besos. El deseo, largamente contenido, ha tomado por fin el control; ellos, ante su necesidad de tenerse y de entregarse, han dejado que lo haga.
Apenas atraviesan el umbral _____ arroja el bolso al suelo, y las caricias más osadas se unen a los besos más ardientes que han experimentado juntos. Avanzan por el pasillo deteniéndose a cada paso, abandonándose al firme apoyo de la pared, saciando la necesidad de internar las manos bajo las ropas, de rozar esa piel durante tanto tiempo codiciada y prohibida.
Es la locura. Sentirla temblar bajo sus dedos, comprobar que arde en la misma irrefrenable necesidad que a él le consume, es la locura. Llega a pensar que no conseguirá conducirla hasta su habitación, hasta su cama, que acabará amándola ahí mismo si siguen tocándose como lo están haciendo. Lo cree firmemente cuando ella le levanta con apresuramiento la camiseta.
—¡Oh, Dios! —musita cuando la boca, húmeda y caliente, le recorre el torso—. No imaginas cuántas veces he soñado con esto.
Ella alza la cabeza para mirarle. Las mejillas encendidas, los ojos llameando como hogueras.
—¿Estás seguro de que no lo sé? —Su risa suena entrecortada, como su respiración.
Joe vuelve a besarla, la acopla a su cuerpo, la sujeta con sus brazos y la alza del suelo para avanzar el último tramo hasta su cuarto. Ya queda poco, comienza a creer que conseguirán llegar. Pero la necesidad de acariciarse les detiene de nuevo.
Ella aprieta la espalda contra la pared mientras él, con dedos sorprendentemente torpes, le suelta los botones superiores del ajustado suéter. La visión del fino encaje del sujetador que cubre sus pechos le deja sin aliento. Gime mientras los envuelve con sus manos a través de la prenda de lana y besa la discreta abundancia que asoma por el borde.
—Joe —musita _____, tensa e inmóvil. Él trata de atemperar sus instintos para no asustarla—. Joe. —Vuelve a susurrar, y esta vez tira de su cabello para que alce la cabeza.
Se endereza, asfixiado. Las preguntas se extinguen en su garganta cuando la ve mirar al frente, por encima de su hombro izquierdo, en dirección a la cocina.
Se vuelve a la vez que sus labios articulan una silenciosa maldición.
—¡¿Qué haces aquí?! —reclama entre dientes al tiempo que la cubre con su cuerpo para darle tiempo a que se arregle la ropa mientras él mismo se baja la camiseta.
Apoyado en el borde de la mesa, un muchacho de sedoso cabello café los contempla con gesto divertido mientras muerde una brillante manzana verde.
—No me gusta el plan que han preparado para hoy —informa sin inmutarse—. Demasiado aburrido para mí. He decidido que no voy a salir. —Sonríe al poner su atención en _____, que avanza unos discretos pasos hasta colocarse junto a Joe, que la abraza por la cintura.
—Esta preciosidad es _____ —la presenta sin aclararse la aspereza en la voz—. Y este enano, que casi siempre está donde no debe, es Nick, mi hermano.
El chico se pone en pie y es evidente que lo de «enano» ha sido un cariñoso apelativo. _____, dominando sus nervios, consigue decir:
—Tenía ganas de conocerte. —Tiende la mano con indecisión. Nick se adelanta con descaro y le roba dos besos; uno por mejilla.
—Pero no esperabas conocerme ahora, imagino. —Se regodea sin disimulo.
Joe carraspea. Su cuerpo sigue estando tenso y su calma comienza a desfallecer.
—Hace una noche preciosa para pasear con una chica a la luz de la luna —dice mirándole con determinación.
Nick le mantiene la mirada sin abandonar su gesto divertido. En algún momento los dos esbozan idéntica sonrisa, como si la silenciosa conversación hubiera finalizado en acuerdo.
—Puede que tengas razón. —Se acaricia el mentón fingiendo meditar—. Además, tampoco es que sea demasiado emocionante pasar la noche de un sábado en casa. —Se vuelve hacia _____—. Siento dejarlos solos. Sé que se aburrirán sin mí.
—Te aseguro que nos las arreglaremos —dice Joe revolviéndole con los dedos la melena café—. Preocúpate por tus cosas.
Nick no le presta atención. Prefiere seguir contemplando a _____. Zarandea con fuerza la cabeza para que los mechones vuelvan a su lugar.
—Me ha gustado conocerte —confiesa ya sin mofa—. Mi hermano siempre está hablando de ti. Creí que exageraba. Me alegra haberme equivocado.
Esta vez ella ríe más relajada, olvidando por completo la situación embarazosa que le ha agolpado toda la sangre en las mejillas.
Nick aún tarda unos interminables minutos en finalizar su conversación y desaparecer. Entonces Joe hace retroceder a _____ hasta la pared, la encierra con sus brazos y le acaricia los labios con los suyos.
—¿Dónde nos habíamos quedado? —susurra.
—Es guapo tu hermano —dice internando las manos bajo la camiseta para acariciarle con suavidad la piel. Joe gime—. Tiene tus ojos castaños, tú mismo color de pelo. Se parece mucho a ti.
—Sí, eso dicen —admite con impaciencia mientras intenta soltar de nuevo los primeros botones del suéter. Cuando el encaje aparece su cuerpo se estremece con más violencia que al verlo por primera vez.
—Se llevan bien —insiste disfrutando y encendiéndose ella misma con su apasionada desesperación—. Salta a la vista la complicidad que hay entre ustedes.
La mira a los ojos, pero ni sus manos ni su cuerpo se detienen. Continúa desabotonando, acariciando, apretando sus caderas contra las suyas, debilitando todo dominio sobre sí.
—Es mi única familia —susurra sin aliento, tratando de recuperarlo en el borde de su boca—. Le quiero. Daría mi vida por él igual que la daría por ti. Son todo mi mundo. Ustedes dos componen todo mi mundo.
_____ tiembla. Desliza los dedos sobre los músculos tensos de su espalda.
—Me asustas cuando dices esas cosas.
—Eso es porque aún no terminas de creerlas. —Ríe con el poco aire que la excitación le permite coger y expulsar—. Pero te las demostraré. Te demostraré que en mi vida no hay ni habrá, jamás, más mujer que tú.
—¿Suceda lo que suceda? —pregunta temerosa, casi sin voz, con los ojos abiertos y expectantes.
—Suceda lo que suceda —asegura él perdiendo definitivamente el control—. Nada conseguirá cambiar el hecho de que ya no tengo más mujer que tú.
«Ya no tengo más mujer que tú», repetía la mente de Joe ahora, mientras agarraba con fuerza la motosierra para que los dientes de acero penetraran en la madera. «Ya no tengo más mujer que tú.»
Y había sido cierto. No hubo más mujer entonces, ni después, ni siquiera la había ahora. Estaba Bego, sí. Se acostaba con ella con relativa frecuencia, la quería, pero no conseguía entregarse en cuerpo y alma, como siempre hizo con _____. Por eso seguía sintiendo que no tenía mujer, que jamás la tendría, que ella fue la última. Que ella fue la única.
La hoja entró con limpieza en el cuerpo del árbol, pero perdió velocidad cuando fue aprisionada por el corte. Joe la extrajo para evitar que invirtiera la dirección y saliera disparada contra él.
El corazón le golpeaba con ímpetu. Había dejado que los recuerdos le alteraran de nuevo y se sentía furioso contra sí mismo. Empuñó con decisión la máquina y condujo la hoja de nuevo hacia el tajo. Las puntas afiladas penetraron con facilidad, pero volvió a atascarse en el mismo punto. Joe no reaccionó con la suficiente rapidez y se originó el temido retroceso. El contragolpe duró un segundo que le pareció una eternidad. Un segundo en el que todo se movió con desesperada lentitud y pesadez.
La espada dentada salió del tronco con violencia elevándose y formando un descontrolado arco hacia su pecho. La protección de la empuñadura superior mantuvo a salvo su mano izquierda mientras su derecha pulsaba el freno de emergencia de la cadena. A través del cristal de sus gafas protectoras pudo ver que la punta de la espada se acercaba sin que los dientes hubieran dejado de girar. Estaban a punto de destrozarle la carne. Nada es más rápido y mortal que el zarpazo traicionero de una motosierra.
Tensó los músculos intentando retrasar el momento de la toma de contacto con la hoja. Se preparó para soportar el dolor que las puntas dentadas le provocarían al desgarrarle la piel.
Cuando estas le golpearon el pecho, ya se habían detenido.
Resopló con fuerza y dejó la motosierra sobre la tierra. Miró a su alrededor, sin poder creer que siguiera vivo, y vio que algunos compañeros se habían percatado de la tragedia que había estado a punto de ocurrir. Rodrigo, que nunca trabajaba demasiado lejos, se acercó despacio, temiendo que no le sujetaran las piernas. Tenso, con el gesto contraído, le abrazó con fuerza.
—No vuelvas a hacerme esto, cabrón —murmuró entre dientes, apretándolo enérgicamente contra sí. Al apartarse tenía los ojos brillantes y enrojecidos—. ¿Qué cojones te pasa? —espetó de pronto furioso—. ¿Dónde tienes la cabeza?
Joe soltó el aire que había estado conteniendo.
—No lo sé —mintió, aún consternado.
Rodrigo le señaló con el dedo. Un nudo en la garganta le impedía continuar. Comenzó a retroceder de espaldas para regresar al trabajo.
—Tenemos que hablar, hombre —dijo por fin, apretando la mandíbula—. Tenemos que hablar muy en serio de toda esta mierda. Me da igual si mis verdades te sacan de quicio.
Ahí no terminaban las broncas y Joe lo sabía.
Se agachó para coger la motosierra y miró en dirección a la camioneta. El jefe de cuadrilla le miraba desde el camino, con una actitud sospechosamente tranquila.






14


El mismo recuerdo que por la mañana había estado a punto de costarle la vida a Joe, por la tarde acompañó a _____ en el recorrido a casa. Esta vez caminó directa hasta el Museo Guggenheim y cruzó la ría por la pasarela de madera de Pedro Arrupe, frente a la Universidad de los Jesuítas.
Se paró en el centro, sobre las frías aguas del Nervión, y miró a lo lejos, hacia las luces verduzcas que iluminaban el puente levadizo de Deusto. Lo había contemplado muchas veces desde allí, acurrucada en los brazos protectores de Joe. A él le gustaba acompañarla por ese trayecto y recrear en cada esquina su poca prisa por llegar a Botica Vieja y despedirse de ella.
Bajó los párpados al recibir un remolino de viento frío y los mantuvo así durante largo rato. Hacía mucho que no se detenía a rememorar aquella primera noche.
Había sido hermosa, apasionada, incomparable. Al fin había encontrado valor para dejarse llevar por sus sentimientos; para cumplir su anhelo prohibido de enloquecer entre sus brazos, dormir entre sus brazos, despertar entre sus brazos. Despertar y ver sus ojos, castaños y emocionados, contemplándola en silencio, fue uno de los momentos más maravillosos que había vivido hasta entonces.
—Dime que esto no es un sueño —le pide emocionada.
—No es un sueño —le responde con aire somnoliento—. El amor hace que la realidad sea mejor que cualquier sueño.
Y en ese instante quiere creer que eso es cierto. Piensa que el amor hará desaparecer todas sus mentiras para no tener que confiarlas nunca, para no correr el riesgo de perder al que ya es, para siempre, dueño de su corazón.
Pero las mentiras nunca desaparecen. Se agrandan, se agigantan y destruyen todo lo hermoso que encuentran a su paso.
Esa primera mañana vuelve a ver a Nick. Lo encuentra en la cocina tomando leche con cacao en la que remoja galletas. Le parece apenas un niño. Un niño tan semejante a Joe que es como retroceder en el tiempo para conocerlo con sus preciosos y puros dieciocho años. Al verla, Nick se levanta, raudo y servicial, a prepararle el desayuno.
—¡Así que eres la novia de mi hermano! —le dice con una expresión radiante—. Me gusta esto de tener una chica en casa; una hermana —aclara colocando ante ella el café negro que le ha pedido—. Nunca ha vivido una mujer con nosotros.
—Descartando a su madre, ¡por supuesto! —Sonríe al pronunciar la obviedad.
—Joe conoció a ama. Yo no —cuenta él sin ninguna emoción.
_____ detiene el movimiento de la cucharilla en el interior de la taza. Joe no le ha relatado penas. Ninguna pena. Nada que denote que en su vida haya habido sombra alguna.
—Él no me ha contado...
—Y no lo hará —interrumpe Nick—. No le gusta hablar de lo que pasó. No le preguntes —aconseja en tono amigable y confidencial—. Aunque yo sí que lo hago, y si le insisto mucho me cuenta cosas. —Sus ojos brillan misteriosos mientras muerde una nueva galleta—. ¿Tú tienes una familia grande?
—La verdad es que no —dice, confusa aún por lo que acaba de descubrir—. Vivo sola. Tengo unos tíos y algunos primos a los que veo en Navidad y poco más.
—¡Perfecto! —exclama como el niño que todavía es—. Bueno... —Cabecea incómodo—. No me alegra que estés sola, es que... podrías venirte a vivir con nosotros. Estaría bien tener una hermana.
—Es... es un poco precipitado. Yo...
—No me la asustes.
Los dos se vuelven al escuchar la voz de Joe. Llega recién duchado, con el cabello húmedo, unos gastados vaqueros y los pies descalzos.
—No me la asustes —repite—, porque no imaginas lo que me ha costado convencerla para que me acompañara hasta aquí.
Se inclina hacia ella, desliza el brazo por su cintura y la besa en la boca. Es un beso largo, fresco, húmedo y con olor a jabón que la deja sin aire. Mientras se aparta le recuerda con los ojos la pasión con la que la ha amado durante una gran parte de la noche y también por la mañana.
—Buenos días de nuevo —musita _____ cuando recupera el aliento.
Nick se levanta sonriendo con mofa.
—Yo me voy. Sé cuándo estoy sobrando. —Toma un último y apurado sorbo de su taza y se dirige a la puerta llevándose una galleta—. ¡Joe! —Llama en el último momento y aguarda a que su hermano le mire—. Proponle que se venga a vivir con nosotros. Doy mi palabra de que no molestaré mucho.
—¡Lárgate de una vez! —le responde riendo.
Al quedarse a solas se inclina para besarla de nuevo. Esta vez la coge por la cintura y la levanta con facilidad de la silla.
—Empiezo a estar preocupado —le confiesa con los labios pegados a los suyos.
—¿Por qué? —pregunta alarmada.
Él, confiado, no alcanza a apreciar el grado de su inquietud. La sujeta por los glúteos y la aprieta contra su cuerpo.
—Porque toda la noche no me ha bastado para saciarme de ti —susurra, de nuevo encendido—. Porque sé que a partir de hoy la necesidad de tenerte se va a convertir en una tortura. Porque he comprobado que ni puedo ni quiero tenerte lejos.
El sonido de voces y risas la hicieron abrir los ojos. Un pequeño grupo de turistas acababa de detenerse a su lado, en el centro de la pasarela. Esa noche, los focos vestían la piel de titanio del Guggenheim con espectaculares tonos cobrizos que ellos pretendían capturar con sus cámaras fotográficas.
Suspiró bajito, se apartó y continuó su camino. Lo recorrió despacio, sin ningún apremio por llegar a casa, ya que él no estaría allí para despedirla con un beso, para decirle cuánto la amaba, para susurrarle que le costaba la propia vida alejarse de ella.


—¿Qué te ha dicho? —preguntó Rodrigo, esa noche, al término de una cena tensa y silenciosa.
Joe echó un vistazo al reloj de la pared. En media hora estaría en su celda intentando dormir para no ser consciente de que estaba encerrado en ese lugar donde tanto le costaba respirar, donde el aire se le volvía espeso y sucio y se ahogaba. Allí, donde contenía el deseo de gritar que le dejaran salir, aunque solamente fuera al patio, que necesitaba tener sobre sí un trozo de cielo por el que soplara con libertad el viento.
Tenía la sospecha de que esta iba a ser una de esas noches.
—Está molesto.
Cogió el tabaco de encima de la mesa y encendió un cigarro con calma.
—¿Qué te ha dicho? —repitió impaciente.
Joe le miró y expulsó el humo sin ninguna prisa. Después de los días en los que Rodrigo y él se habían hablado lo justo, y la mayor parte de las veces se habían respondido con monosílabos, su tono exigente le irritaba.
—Que no está dispuesto a enterrar a ninguno de sus hombres. —Aspiró el cigarro y miró hacia los lados. Se levantó a coger el cenicero de la encimera de granito y regresó a la mesa—. Asegura que le gusta cómo trabajo, que le caigo bien, pero que no va a perdonarme una distracción más. La próxima, estoy fuera.
—En este oficio hay que poner toda la atención en lo que se hace. Un despiste como el que has tenido hoy puede resultar mortal por...
—¡No necesito tus sermones! —estalló al fin.
—Yo diría que sí. Ya que tú insistes en ignorarlo, alguien tiene que decirte que esto no va bien. Que tú no vas bien.
—¡Vaya novedad! —Se burló sin mirarle—. Llevo años jodido y conoces de sobra los motivos.
—¡Por supuesto que los conozco! —espetó con rabia—. Pero el despiste de hoy se ha debido a otra cosa. Cuando alguien pretende vengarse después de tantos años, mantiene la sangre caliente y la mente fría. Pero tu mente no piensa con la claridad que debiera porque estás obsesionado con esa ex poli.
Joe se giró hacia él con decisión.
—¿Con quién has estado hablando? —preguntó con desconfianza.
Rodrigo apretó los dientes para no responder lo que desde hacía días le abrasaba la boca. No podía olvidar la tristeza de Bego cuando le habló de la discusión que habían mantenido en el monte Artxanda. La había consolado, la había abrazado, le había enjugado las lágrimas con sus pulgares. Que ella le hubiera elegido de nuevo para confesarse le emocionaba tanto como le dañaba.
—No he hablado con nadie. —Mintió para no comprometerla—. Vivo contigo. No necesito que me cuenten lo que estás haciendo con tu vida. Lo veo cada día. Veo que tu problema ha cambiado. Ella es ahora tu obsesión. —Sacudió la cabeza para alejar la imagen llorosa de Bego—. ¡Dime qué tiene esa mujer para que te ofusque de esta manera!
—No es lo que tiene. Es lo que me arrebató. Es lo que me debe.
Rodrigo volvió a morderse los labios antes de opinar:
—Tal vez este sea un buen momento para olvidarla.
—¿Qué es, exactamente, lo que quieres decir? ¿Que olvide que existe, que olvide que una vez existió, que olvide que fue una jodida mentirosa que me destrozó la vida? ¿Qué es, según tú, eso que debo olvidar?
—Estás a la defensiva —dijo Rodrigo golpeando la mesa con dedos impacientes.
Joe dio una calada a su pitillo y echó la espalda contra el respaldo. Desde allí miró retador a su amigo.
—¿Sabes cuál es la pesadilla que con más frecuencia me despierta desde hace cuatro años?
—La muerte de Nick —dijo en voz baja.
—La muerte de Nick —repitió con dolor—. El momento en el que aquella condenada bala le abrió el agujero por el que se le escapó la vida. Y fue ella, esa mujer que dices que me obsesiona, quien nos preparó la maldita emboscada. —Expulsó el humo con lentitud, sin dejar de mirarle—. ¿De verdad crees que puedo pensar en ella como mujer en lugar de como en la zorra que transformó mi vida en un infierno?
—Lo que viviste a su lado fue muy importante —comenzó a explicar Rodrigo—, muy grande.
—Tienes razón. Fue muy grande. Tan grande como el abismo que voy a abrir para ella.
—El abismo lo estás abriendo para ti. Si no estás seguro de lo que sientes por...
—¡¿Quién te ha dicho que no estoy seguro?! —gritó, y sus ojos se enrojecieron de furia.
—¡Solo digo que si no lo estás te lo pienses, porque ese sería un motivo más para que dejaras todo esto! —repitió Rodrigo con arranque—. ¡Y digo que olvides la revancha, la olvides a ella y comiences de nuevo!
—¿Y si estoy seguro? —interrogó con forzada calma—. ¿Y si estoy seguro de que quiero verla con el alma vacía, con los ojos secos porque no le queden lágrimas, con el corazón sumido para siempre en la oscuridad y suplicando que le llegue la muerte porque ya no espera nada, tal y como me dejó a mí?
La emoción comprimió el corazón de Rodrigo y se le disipó el deseo de discutir.
—Si es así y de verdad lo necesitas, adelante. —Presionó con suavidad en su hombro—. Pero si lo haces ten mucho cuidado. Creo que no eres consciente de lo que realmente sientes por ella.
—¿Cómo puedes pensarlo siquiera?
—Te lo he dicho. Te veo cada día.
—¡Maldita sea! —exclamó aplastando el cigarrillo en el cenicero y poniéndose en pie—. Estoy cansado de todo esto. Nunca debí contarte mis planes. Ni a ti ni a Bego.
Apagó su móvil y lo lanzó sobre la mesa. Con la misma brusquedad cogió la mochila y la cazadora que antes de comenzar a cenar había dejado en una silla.
Rodrigo no se movió.
—Lo pagas conmigo porque te digo verdades que no quieres aceptar. Pero con quien de verdad estás furioso es contigo. En tu fuero interno sabes que sigues colgado de esa mujer y no quieres oírlo.
En verdad era lo último que quería oír, lo último en lo que quería pensar. Y el motivo era tan confuso como el que le obligaba a no rozarla a la vez que le incitaba a hacerlo. Porque, si tenerla cerca le alimentaba el odio, tocarla le provocaba una reacción a la que no conseguía definir, pero que se negaba a creer que naciera de lo que su amigo aseguraba que sentía.
—No estoy furioso. Estoy dolido —reveló ignorando lo realmente importante de la crítica recibida—. No esperaba que me fallaran de esta forma las dos únicas personas en las que confío.
Salió sin mirar atrás, sordo a las llamadas de su amigo. Quería estar tan solo como se sentía. Necesitaba perderse en la oscuridad de la calle y caminar en silencio. Le habría gustado tomar otra dirección y avanzar hasta que le venciera el cansancio. Pero no era un hombre libre; tan solo lo parecía algunas veces.
Al divisar la entrada a la cárcel el corazón se le detuvo y el alma se le llenó de angustia. Trató de coger aire, pero no encontró espacio donde meterlo.
Volvía a enfrentarse a una noche más en el infierno.


—¿Cómo van los dibujos de tu chico? —preguntó Lourdes al dejar la caja roja sobre el mostrador.
—No lo sé —respondió _____ rozando con aire ausente las solapas de cartón—. Desde que salió de aquí con el catálogo no he sabido de él.
—¡¿No le has llamado?! —exclamó mostrando extrañeza.
—No quiero meterle prisa.
—Si no fuera tu chico...
—No es mi chico, Lourdes —la interrumpió mirándola con gravedad.
—De acuerdo. Si fuera otra persona, un dibujante enviado por cualquiera de nuestros proveedores, ¿le habrías llamado para preguntarle cómo va? —_____ suspiró bajito—. Lo imaginaba. No te va a resultar fácil trabajar con él, ¿no es cierto? Si quieres, yo puedo ocuparme de...
—No —volvió a interrumpir, esta vez sin mirarla—. Yo comencé y yo terminaré. Además él quiere que sea así.
—Perfecto. Pero deberías empezar a tratarle como al diseñador que trabaja para nosotras. A no ser que quieras que esto no funcione.
—Funcionará —murmuró casi para sí—. Estoy segura.
«Tiene que salir bien», dijo para sí, cogiendo la caja y yendo hacia el escaparate. «Tiene que salir bien, porque de ello depende que los dos podamos vivir con un poco de paz.»


Joe, parado ante la boca que emergía del metro y del parking en el que había estacionado su coche, respiró con energía el aire frío de la mañana y miró al frente. Un paso peatonal y unos doscientos metros cuajados de transeúntes le separaban de la tienda. Volvió a ponerse en marcha al tiempo que repasaba los últimos días, largos y extraños, en los que no había logrado apartarla de su mente. Culpaba de ello a las palabras de Bego y Rodrigo, que no hacían otra cosa que aumentarle la confusión.
Apretó los puños con rabia. La odiaba, ¡por todos los demonios que llevaba dentro que la odiaba! No se engañaba al afirmar que era ese sentimiento el que le impulsaba a buscar excusas para verla. Mirarla a los ojos y sentir el calor del odio le hacía sentir vivo. Pero ellos no podían entenderlo. Únicamente podía hacerlo alguien con el alma y el cuerpo tan vacíos como tenía él los suyos. Alguien que necesitara llenarlos con un sentimiento más fuerte que la vida misma.
Se detuvo en mitad de la calle tratando de explicarse por qué, si estaba tan seguro de sus sentimientos, unos simples comentarios le habían creado esa ansiedad en la que se estaba consumiendo. Por qué esas palabras absurdas le estaban haciendo perder terreno en la batalla que a fuerza de sufrimiento intentaba ganar a los recuerdos.
Cuatro días sin verla, cuatro días sin dejar de pensar en ella. Cuatro días en los que evocaciones del pasado le habían asaltado cada vez con más frecuencia mientras trataba de conciliar el sueño, cuando trabajaba rodeado de naturaleza y guardando silencio, cada vez que se perdía en las líneas de sus dibujos. No le gustaban esas intromisiones; le hacían sentirse incómodo, inseguro.
Tan incómodo e inseguro como se había sentido esa misma mañana en la que se había levantado de madrugada para avanzar con los diseños. Los primeros trazos, simples y negros, habían absorbido por completo su atención. Ni siquiera había reparado en que los pies se le estaban quedando congelados sobre la madera. Sus ágiles dedos fueron trazando perfiles con rapidez, aplicando diferentes azules de mar. Hasta que, de modo inconsciente, unificó todos los tonos en uno solo; gris titanio sumergido en sombras.
Cuando comprendió que durante la última hora ella había vuelto a gobernar sus pensamientos, destrozó el papel en pequeños pedazos que quedaron esparcidos por la habitación.
Y ahora estaba allí, parado, a unos pocos pasos de la tienda.
Rozó con los dedos la cajetilla de tabaco en el interior del bolsillo de su cazadora. Confrontó el grado de su necesidad de fumar con el frío intenso que le congelaría los dedos si lo hacía. Aún dudaba cuando retomó el camino con paso decidido.
¿Por qué no regresaba por donde había venido?, se preguntó estrujando en el interior de su puño el paquete de cigarros. Era un estúpido. Estaba permitiendo que la mujer que le había destrozado la vida volviera a romperle el precario futuro que se estaba creando con esfuerzo. Por su causa estaba enemistado con su amigo y había discutido con Bego, a la que además estaba tratando de evitar.
Extraviado en confusas cavilaciones, avistó el escaparate. Sus piernas se paralizaron y su corazón se aceleró. _____ estaba allí, en ese pequeño espacio acristalado, envuelta en cintas doradas, rodeada de verde y rojo; de estrellas brillantes; de algodones prendidos del techo con hilos invisibles y que se asemejaban a esponjosos copos de nieve. Se quedó absorto contemplándola desengarzar adornos de las ramas del pequeño abeto.
Expulsó el aire despacio. No podía entrar en la tienda. No tenía excusa válida para hacerlo. Llevaba días sin encontrar algo razonablemente lógico que le llevara hasta allí. Debía irse, regresar a casa y centrarse en los diseños.
Alzó los párpados dispuesto a cumplir su propósito, pero lo olvidó cuando vio que la pelirroja se acercaba al escaparate con una caja de cartón. La dejó junto a otra, roja, más pequeña, a la vez que decía algo que hizo reír a _____. Imaginó el sonido de su risa. La había oído muchas veces, mientras estuvo y se sintió vivo. Era clara, dulce, melodiosa... como su voz.
_____ bromeó fingiendo abrigarse el cuello con las cintas doradas mientras Lourdes se enfundaba en un grueso abrigo negro y una bufanda que le cubría hasta la nariz, de un rojo tan intenso como su pelo. Después, los gestos exagerados y divertidos con los que la vio enfrentarse al frío del exterior volvieron a hacerla reír. La despidió agitando las manos junto al cristal y al perderla de vista volvió a su labor de desnudar el árbol engalanado.
Tarareaba un repetitivo estribillo cuando una gran bola roja se le escurrió de las manos y rodó hacia el brillante suelo de la tienda. La siguió con los ojos esperando pacientemente a que se detuviera. De pronto su expresión divertida cambió. Su rostro palideció hasta asemejarse a los copos de nieve suspendidos del techo y solo pudo mostrar sorpresa y agitación.
La hermosa esfera había tropezado con los pies de Joe.
Él aguardó a que alzara la mirada y se encontrara con la suya. Le resultó evidente que no había escuchado el tintineo de la puerta al abrirse. Había permanecido relajada, sonriente, sin reparar en su presencia durante el tiempo en el que la había observado.
Dejó de mirarla un momento. Se agachó a recoger con lentitud la bola roja y con la misma parsimonia se acercó al altillo que conformaba el escaparate. Entonces pudo verle el desconcierto en los ojos y trató por todos los medios de que ella no percibiera el suyo.
Le tendió el adorno y ella lo cogió con precipitación.
—No... Hoy no esperaba verte por aquí.
No respondió. Se sentó sobre la moqueta beis, en la que posó su pie izquierdo doblando la rodilla. El otro continuó firme sobre el suelo de madera del establecimiento.
_____ introdujo la bola roja en la caja. La presencia de Joe hacía que la felicidad le bullera en el estómago. Pero no terminaba de entender qué hacía allí, ni se explicaba el porqué de sus silencios, ni comprendía su obstinada forma de examinarla, tan diferente a otras veces.
—¿Cómo vas con los dibujos? —preguntó en su afán por romper el hielo y aparentar normalidad.
—Bien —respondió él en un tono seco que dificultaba cualquier intento de conversación.
Otra vez el silencio. _____ continuó desazonada, soltando piezas, y él mirándola y estudiando sus propias reacciones. Le sorprendió no encontrarse el rencor y la rabia porque le hubiera traicionado, pero sí la amargura y la decepción porque nunca le hubiera querido. Esa mañana el dolor dominaba en su corazón sobre cualquier otro sentimiento.
—¿Por qué dejaste de ser poli? —preguntó de pronto, áspero y rudo—. ¿Cuándo lo hiciste?
_____ se sobresaltó. Otro adorno, esta vez un ángel con vestidura de satén blanco, escapó de sus manos. Se agachó a cogerlo. Su cabello resbaló sobre uno de sus hombros y fue a enredarse entre las cintas que pendían de su cuello.
Joe contrajo los dedos de ambas manos.
—¿Por qué lo hiciste? —insistió sin apartar de ella los ojos, seguro de merecer esa explicación.
—Me gusta este trabajo. —Se frotó la frente, que se impregnó de partículas doradas.
Él dirigió la vista hacia el exterior, pero se quedó extraviada en las pequeñas estrellas pegadas al cristal. Sintió que se ahogaba, como en su estrecha celda algunas noches.
—Cuatro años —murmuró con amargura—. Cuatro años, en ocasiones, pueden convertirse en toda una vida.
El corazón de _____ se encogió hasta dolerle. Se volvió hacia él, despacio.
—Lo sé —musitó en voz baja, y los castigados ojos castaños no le parecieron tan fríos ni tan insondables como tantas otras veces.
¡Lo sabía!, se repitió Joe constriñendo los dientes. ¿Cómo podía saberlo? ¿Qué cosa terrible le había ocurrido a ella, en cuatro años, que le hubiera arruinado tanto su pasado como su futuro? No. No podía saberlo. Ni siquiera podía imaginarlo.
La asfixia se le hizo insoportable. Se levantó y se volvió de espaldas para salir de allí.
—¿A qué has venido? —oyó preguntar a _____ con la voz dulce que él recordaba.
Cerró los ojos un instante. Los abrió a medida que volvía el rostro hacia ella.
—Necesitaba comprobar algo.
—¿Y lo has hecho?
—No. —Ella parpadeó, y las chispitas enredadas en sus pestañas volvieron a brillar—. No lo he hecho.
Y se volvió con lentitud para caminar hacia la salida.
Cruzó ante el escaparate sin mirarla. Su intento por confirmar que tenía controlados sus sentimientos solo había servido para aumentarle la confusión.



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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 20th 2012, 10:48

15



Camino de la cocina, Rodrigo se detuvo ante la puerta entreabierta de la habitación de Joe. La empujó con suavidad para no molestar a su amigo. Sabía que se había levantado muy temprano, igual que el día anterior, para aprovechar el mayor número de horas del fin de semana.
Lo encontró sentado ante su escritorio, con los pies descalzos sobre la madera, los vaqueros y una de las gruesas camisas que utilizaba los días más fríos para ir al trabajo.
Se apoyó en el quicio de la puerta, cruzado de brazos, y durante un buen rato le observó trabajar.
—¿A qué hora te has levantado? —preguntó al fin.
Joe se sorprendió del tono amable y conciliador. Apretó la espalda contra el respaldo de la silla y estiró el cuerpo y los brazos.
—No lo sé. Aún no había amanecido. Las pinturas me llamaban —bromeó como si nunca hubieran estado enfadados. Cogió el paquete de cigarros, de una esquina de la mesa, y prendió uno que inspiró con ganas.
—Deberías verte cuando dibujas —comentó sin moverse del umbral—. Eres otro. Relajado, feliz. Te olvidas de que existe el tabaco.
—Tienes razón. —Sonrió observándolo humear entre sus dedos—. No me había dado cuenta, pero es comprensible. Me aficioné a los pitillos cuando, después de intentarlo, descubrí que no podía dibujar allí dentro. Pero no necesito nada cuando estoy creando. Nada —reiteró al recordar que nunca se había sentido más completo que cuando la tenía a ella y además podía plasmarla en sus cuadernos.
—Deberías buscar trabajo en algo relacionado con esto —dijo Rodrigo.
—Primero tendrían que desaparecer mis antecedentes penales y eso no va a ocurrir. —Observó los últimos trazos que había dado. Recordaban a las salpicaduras espumosas de un rompiente de olas—. Esto es algo muy puntual que no volverá a repetirse. Pero no importa. Me he adaptado a cosas peores.
—No te rindas sin haber ofrecido pelea. No es digno de ti. Puedes presentar un currículum brillante.
—Un currículum brillante que un día se cortó bruscamente porque ingresé en prisión. ¿Cuál de las dos cosas crees que pesaría más?
—En un empresario inteligente, la primera, que sería la que usarías para hacer tu labor.
Mientras expulsaba el humo volvió a mirar el boceto. Le habría gustado creer que el pensamiento de Rodrigo era el lógico, el que se encontraría si se decidía a seguir su consejo. Pero no era tan ingenuo.
—Si lo intentara... —Abandonó el cigarro entre sus labios para sujetar con las manos el dibujo—. Si lo intentara tendría algo más reciente para añadir a mis antiguas creaciones —dijo sin mucho convencimiento.
—Esa es la actitud con la que ya una vez avanzaste. ¿Por qué no puedes hacerlo de nuevo?
—Entonces todo fue distinto. —Cerró lentamente los ojos. No, el humo no adormecía el cerebro, ni siquiera atenuaba el dolor que provocaban los recuerdos—. Entonces tenía algo por lo que luchar. —Pasó a sostener el pitillo con los dedos—. Quería que Nick viviera en un sitio decente. No podía hacerlo siendo un mediocre. Luché por conseguir mi sueño de trabajar en una gran compañía, pero no solamente por mí. Si yo ganaba, mi hermano ganaba. Ahora... —Calló mientras aplastaba el cigarro en el cenicero.
—Ahora debería ser igual. Siempre dices que le debes el cobrarte la venganza. ¿No le debes también salir a flote? ¿Crees que le gustaría verte así?
Joe continuó haciendo trizas los restos de tabaco. Esta vez no le molestaban los consejos de Rodrigo. Los sentía nacer del aprecio, sin ningún tipo de saña.
—Pensaré en ello —dijo deseoso de cambiar de conversación.
Se angustiaba cuando recordaba a Nick y sus últimos instantes de vida entre sus brazos.
Rodrigo asintió en silencio. Después suspiró antes de decir:
—Voy a poner el desayuno, que parece que soy el único que recuerda que hay que alimentarse. —Joe sonrió aceptando su culpa—. Te aviso cuando esté listo —añadió al tiempo que se apartaba de la puerta.
—Lo siento. —La disculpa de Joe le detuvo en el último instante—. Siento mucho mi comportamiento de los últimos días.
—Yo tampoco puedo presumir del mío. —Introdujo las manos en los bolsillos, incómodo—. Perdóname. Sé que no es fácil aguantar a un bocazas como yo.
—Eso es cierto —bromeó retomando el rotulador negro con una sonrisa que revelaba que no estaba de acuerdo.
—¡Lo olvidaba! —añadió Rodrigo con un brillo cómplice en los ojos—. He invitado a comer a Bego.
Bego... También a ella le debía disculpas. Esa mujer se lo entregaba todo y él no terminaba de hallar la forma de correspondería.
—Me parece bien —murmuró mientras se volvía hacia el dibujo.
Unos segundos después, volvía a sumergirse en los trazos azules y blancos con los que trataba de simbolizar la incorpórea y pura esencia del mar.


Comenzaba a oscurecer cuando el comisario llegó a la gasolinera. Tenía el depósito lleno y no se detuvo en el surtidor. Pasó de largo, hasta la zona de aire y agua, como si su propósito fuera controlar la presión de los neumáticos. Se puso el abrigo antes de salir del coche, asegurándose de que el arma que portaba bajo la axila no quedara al descubierto, y se encaminó a los servicios. Empujó la puerta y, al no poder abrirla, golpeó tres veces con los nudillos, aguardó un breve espacio de tiempo y volvió a dar otros tres golpes idénticos. La contraseña funcionó. El chico sin nombre le dio acceso y volvió a atrancar la puerta en cuanto estuvo dentro.
—¿Qué pasa, por qué tanta prisa en que nos viéramos hoy? —preguntó Carlos con gesto agrio. Odiaba los imprevistos; nunca traían nada bueno.
—Lo dejo. Me voy —dio por toda respuesta, con las manos temblonas y la frente sudorosa.
—¿Pero qué estás diciendo? ¿Cómo que lo dejas?
—Muy fácil. —Frunció los labios con un gesto nervioso y burlón—. Me largo, desaparezco, dejo esta mierda antes de que esos cabrones me den matarile.
—¡Quieres tranquilizarte y decirme qué pasa! —gritó cogiéndole de los brazos y zarandeándole.
—Sospechan algo —aseguró apartándose de él—. Presiento que saben que tienen un soplón dentro y que antes de empezar a moverse van a eliminarlo.
—¿Y por qué van a pensar que eres tú? —clamó con impotencia al ver que todo podía venirse abajo.
—¡Porque soy yo, joder, porque soy yo! —Se pasó las manos por la cabeza mientras movía su angustia de un lado a otro—. El mismo cabrón que les dio el soplo de la redada les ha podido contar que yo soy el delator que buscan.
—Nadie lo sabe —aseguró recostándose en la pared y cruzándose de brazos como si no hubiera de qué preocuparse—. Ni las personas en las que más confío saben nada de ti. Si no haces tonterías estarás a salvo, pero si ahora te acojonas y te mueves, sabrán que eres tú, te encontrarán dondequiera que corras a esconderte y entonces sí que acabarán contigo.
El chico se acercó al lavabo, abrió el grifo y se inclinó para empaparse la cara. Tras unos segundos se irguió chorreando agua, sofocado y aún nervioso.
—¿Seguro que nadie sabe de mí, ni mi nombre, ni mi alias ni nada?
—Seguro. Tranquilízate. Si no pierdes los nervios todo saldrá bien.
—Si me pillan también será jodido para usted, ¿no? —preguntó receloso, secándose la cara con la manga de la chaqueta.
—¡Exacto, chico! —Le puso la mano en el hombro y sonrió para infundirle confianza—. Yo soy una parte interesada en que esto salga bien. Y saldrá, siempre que actúes como lo has hecho hasta ahora.
El soplido de alivio del joven le tranquilizó, pero no lo suficiente. Tenía que asegurarse de que esa noche no se dejara llevar por otro ataque de pánico, y para eso nada era mejor que una compañía experta que le mantuviera ocupado hasta el amanecer
—Búscate dos putas caras para esta noche —le sugirió metiéndole unos billetes en el bolsillo—. Que te relajen. Ya verás que mañana todo te parece distinto y te reirás de tu paranoia de hoy.


Hacía rato que Joe no escuchaba los comentarios de Rodrigo. Respondía con monosílabos mientras echaba furtivos vistazos al reflejo en los cristales de los escaparates que se sucedían a su izquierda. A esa hora de la tarde, con los comercios a punto de cerrar, la Gran Vía era un devenir de transeúntes apresurados.
Se fijó en la puerta abierta de una conocida tienda de ropa íntima femenina. Empujó con brusquedad a Rodrigo y prácticamente lo arrastró al interior. No prestó atención a sus protestas, menos aún a sus observaciones sobre los sugerentes modelos que acapararon su atención. Tiró de él hasta conducirlo a la trasera de un expositor de batas y camisones de seda. Le pidió que mirara hacia la calle y le señaló a dos tipos con hombros del tamaño de un armario ropero.
Lo único extraño que Rodrigo observó, además de la aparatosa cicatriz que cruzaba la mejilla izquierda del más fuerte, fue su actitud. Sin detener el paso alargaban el cuello para otear sobre los transeúntes mirando con impaciencia hacia los lados.
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó cuidando de no asomar demasiado la cabeza.
—Nos siguen —comentó Joe con tranquilidad—. Lo vienen haciendo desde hace rato.
—Estás de mofa, ¿no? ¿Para qué van a seguirnos unos tipos como esos?
—¿Debes algo a alguien? —consultó mirándole con guasa—. ¿Te has acostado con la mujer de alguien? —Una sonrisa aturdida fue la respuesta—. ¡Lo que sospechaba! Entonces me siguen a mí —aseguró sarcástico.
Rodrigo no rio la broma. Abrió los ojos de par en par y con preocupación.
—¡El comisario!
—¿A quién, si no, iba a importarle lo que hace alguien como yo? —dijo sin dudar mientras volvía la atención hacia la calle—. Además sus caras me suenan. Me suenan mucho. Sobre todo la del que tiene la cicatriz.
Trató de hacer memoria. Tenía la sensación de haberlos visto alguna noche, cerca de la cárcel, en actitud de estar aguardando el paso de alguien. Pero además los recordaba de algún otro lugar que no conseguía rescatar de su memoria.
—Esto puede ser jodido —opinó Rodrigo mirándole con enfado—. Te advirtió que no te acercaras a esa poli y no le hiciste ni puto caso. No se puede tocar los cojones a un hombre como ese, porque si quiere complicarte las cosas lo hará.
Los tipos desaparecieron entre el gentío, pero Joe no bajó la guardia. Tenía el presentimiento de que andarían oteando hacia los lados y también a sus espaldas.
—No, si no me pesca haciendo algo ilegal —aseguró pensativo—. Solo tengo que cuidarme mientras preparo ciertas cosas.
El encuentro que iba a tener con Iñaki, esa noche, tendría que aplazarse. No se arriesgaría a poner a la policía sobre la pista de lo que estaba urdiendo. Esperaría el momento adecuado. Tenía la oportunidad, tenía el tiempo; tenía todo el tiempo y la paciencia del mundo.


Durante los días siguientes centró su interés en confirmar si le vigilaban. Pensar en la posibilidad de volver al presidio para no salir en años le angustiaba. No soportaba la idea de empezar a morir de nuevo tras esos muros, especialmente si lo hacía sin haber conseguido arrastrar a _____ en su derrumbe.
Por eso debía tener cuidado en que no le siguieran cuando se encontrara con Iñaki o con el tipo que le conseguiría la mercancía. Extremaría sus precauciones en todo lo concerniente a ese asunto. Ni siquiera confiaba en que sus llamadas no estuvieran siendo grabadas, como ya ocurrió una vez sin que él llegara siquiera a sospecharlo. Saber que no era el mismo joven incauto de entonces le hacía sentirse más seguro, pero no lo suficiente.
Un par de tardes después del incidente en la Gran Vía, ya dudaba de que no hubiera sido, todo, producto de su imaginación, de sus miedos, de sus desconfianzas. Aun así, continuó sin permitirse bajar la guardia.
Ese anochecer llegó a Bilbao mucho antes de la hora convenida. Dio rodeos absurdos para alcanzar siempre el mismo punto, mirando sin cesar a su alrededor con el fin de asegurarse de que no veía dos veces la misma cara. Cuando tuvo la certeza de que nadie le seguía, entró en el bar en el que se había citado con Iñaki.
Ocuparon una mesa en la zona más alejada y peor iluminada. Había poco que tratar. Tan solo las nuevas condiciones que requería el encuentro que estaba pendiente.
—Así que el proveedor no tiene que llamarte por teléfono cuando tenga tu mercancía y quieres que te la entregue en un local muy concurrido que tenga salida trasera —repitió Iñaki en un momento de la conversación—. ¿Eso significa que alguien te sigue los pasos?
—No estoy seguro —reconoció Joe ofreciéndole un pitillo. El chico lo rechazó señalando su copa medio vacía—. Pero estoy tomando precauciones. No quiero problemas ni para ustedes ni para mí.
—¿Quién te puede estar siguiendo? —preguntó haciendo una señal al camarero para que se acercara.
—Es una larga historia. —Sujetó con los dientes la boquilla de un cigarro y lo sacó del paquete—. Lo más probable es que no lo esté haciendo nadie y que yo esté perdiendo la razón, pero hay que ser cautos. —Lo encendió y se llenó los pulmones con una primera inhalación.
—Descuida. Sé lo que necesitas y conozco el antro perfecto.
Enmudecieron cuando se acercó el camarero. Iñaki pidió otra copa y Joe dijo que tenía suficiente con una. No quería que su aliento oliera a alcohol cuando, una hora después, llegara a la prisión para pasar la noche.
Aprovechó la pausa para mirar alrededor en busca de rostros o actitudes sospechosas. No vio nada que le intranquilizara.
—Hay algo más que me gustaría decirte —señaló cuando volvieron a quedarse solos—. Nick tendría ahora tu edad. Cuando te miro... —Carraspeó emocionado—. Cuando te miro le veo a él. Cuando te saludo con un abrazo, cierro los ojos y siento que le estoy abrazando a él.
—Si vas a sermonearme, yo...
—No. No se trata de eso. —Buscó en el bolsillo interior de su cazadora y sacó una fotografía—. Pensé que te gustaría tenerla.
Iñaki la sujetó entre los dedos. Tomó aire al encontrarse con tres rostros que le sonrieron desde el papel. Nick, Sergio y él mismo sentados en un banco de la plaza Zabalgune.
—Gracias —dijo con voz entrecortada—. No llegaron a pasarme esta foto.
—Dieciocho años —musitó apenado—. Los tres tenían dieciocho años en ese momento. Ellos no cumplieron ni uno más.
—¡La vida es una mierda! —masculló entre dientes sin dejar de contemplar la imagen.
—No siempre. —Hizo rodar el extremo candente del pitillo por el centro rugoso del cenicero—. Calculo que tu hermano ronda ahora los dieciocho, ¿no?
—Algo así —respondió Iñaki sin mucho ánimo.
—Y pasa la mayor parte de su tiempo contigo.
Iñaki le miró con severidad mientras guardaba la fotografía en un bolsillo de su tabardo.
—¿Estás queriendo decir que le llevo por el mal camino?
—Yo, precisamente, no soy el más apropiado para reprochar algo como eso —afirmó con cruel resentimiento hacia sí mismo—. Estoy tratando de decirte que si no dejas de vivir de esta forma, es muy posible que cualquier día una bala agujeree el cuerpo de tu hermano y muera entre tus brazos. O puede que lo encuentres en una escombrera porque alguien lo ha arrojado como si se tratara de basura. —Hizo una pausa para digerir sus propias palabras—. Y te aseguro que si algo de eso ocurre no podrás perdonarte nunca.
—No voy a trabajar siempre en esto —se defendió—. Es provisional. Lo dejaré cuando haya ganado una pasta.
—Piénsalo bien, Iñaki. Mírame a mí, mira en lo que me he convertido por acercarme a ese tipo de gente y piensa si existe una riqueza que te compense el riesgo. Con mucha suerte, en lugar de muerto se puede acabar encerrado en una apestosa cárcel para un montón de años. Esos años que deberían ser los mejores de una vida.
—Lamento lo que te ocurrió. Me cuesta imaginar lo que tuvo que ser para ti. Pero no siempre tiene que terminar de la misma forma.
—Nunca piensas que puede pasarte algo así. —Pasó la mano por su cabeza, desde la frente hasta la nuca, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa—. No lo piensas, pero pasa.
—No, si te sabes cuidar. Y yo sé hacerlo —aseguró orgulloso.
Joe se frotó el dolor que le palpitaba bajo los párpados y volvió a mirarle.
—¿Y un chico de dieciocho años puede saber lo mismo que tú? ¿Supieron cuidarse Nick o Sergio?
—No estoy tan metido en esto como crees —pareció disculparse de pronto—. Solo hago de enlace ocasional.
—Una sola vez puede bastar para joder tu vida o la de quien confía en ti. —Sus ojos brillaron vidriosos.
—No conozco otro trabajo en el que se gane tanta pasta —razonó en voz baja y tensa.
—Esta noche, cuando llegues a casa, mira a tu hermano y mira a tu madre. —Se interrumpió un instante, frustrado al no dar con las palabras que le hicieran despertar—. Míralos bien y pregúntate qué vida quieres para ellos y qué quieres para ti.
—No creo que tú pienses mucho en la vida que quieres para ti —contraatacó sin ganas.
Joe se dejó caer contra el respaldo. Inspiró con lentitud el pitillo y dejó que el humo saliera por sí mismo según hablaba.
—Yo no tengo vida. —La expresión vacía en sus ojos confirmaba la penosa realidad—. Ya lo sabes. La perdí la tarde en la que murió Nick.


Unos minutos después, Joe, solitario y cabizbajo, se dirigía hacia el parking de Indautxu. Se había despedido de Iñaki en el interior del bar. No quería que nadie les viera juntos para no comprometerle si algo llegaba a torcerse. Ya tenía el contacto que precisaba; ahora, y hasta que todo hubiera pasado, se mantendría lo más lejos de él que le fuera posible.
Un sonido metálico le sobresaltó. Se volvió para identificar eso tan similar al quejido con el que las rejas se cerraban en prisión. El origen estaba en la pesada persiana metálica de un comercio, que descendía dando por finalizada la jornada.
Llegaba la noche. También _____ estaría emprendiendo su vuelta a casa.
_____. Siempre _____. Siempre ella ocupando y atormentándole el pensamiento.
Bruscamente abandonó la Alameda San Mamés que le llevaba directamente al parking, que ya divisaba al fondo. Caminó deprisa, dejando a su izquierda otras calles que conducían al mismo lugar. Se detuvo al darse de bruces con la plaza Moyúa. Una vez allí, el trayecto más lógico y corto pasaba a ser la calle Ercilla. Había tomado un insólito desvío que contenía una mera intención: cruzar ante la tienda que seguramente _____ estaba cerrando.
Apenas se internó en la zona peatonal, avistó el llamativo pelo rojo al lado del escaparate. Junto a él, a sus ojos, destacaba la discreta cabellera castaña.
Caminó todo lo despacio que le fue posible sin llegar a detenerse, bien pegado a los edificios de enfrente, con la esperanza de que los transeúntes y la oscuridad le permitieran pasar desapercibido. Y la fue mirando a la vez que acortaba la distancia, a la vez que el temor a ser descubierto le agolpaba en la garganta los latidos de su corazón.
Cuando la persiana quedó encajada en el suelo, Lourdes se agachó para afianzarla con la cerradura. Mientras, _____ se enrollaba la bufanda al cuello y pasaba por la cabeza la correa del bolso.
¿Por qué la encontraba cada vez más hermosa?, se preguntó sin dejar de avanzar. ¿Por qué, últimamente, al verla su odio se emborronaba y su dolor se redefinía? ¿Por qué contemplarla le provocaba cada día mayor sufrimiento?
No le vio llegar.
Aguijoneado por preguntas sin respuesta y sentimientos turbadores, no le vio llegar. Reparó en él cuando lo distinguió pegado a la espalda de _____, cubriéndole los ojos con las manos y acercándosele al oído. Imaginó que para susurrarle que la había echado de menos.
La risa de _____ le llegó, débil pero clara. Y el rencor le resurgió violento y enconado clamando una compensación por todo el dolor que ellos, especialmente ella, le habían causado.
Apretó el paso y miró al frente, al majestuoso y ya sombrío árbol navideño de la plaza, al tiempo que comprimía los dientes y crispaba los puños en el interior de los bolsillos.
Las luces de las farolas que iluminaban los parterres de pensamientos se reflejaron en sus ojos castaños, que, repentinamente, brillaron tan fríos e inclementes como la noche más larga del más crudo invierno.


No se había extinguido la risa de _____ en sus oídos ni el rencor había dejado de lacerar su corazón cuando regresó a la tienda. Le urgía dar un paso más hacia ese momento que creía iba a ser su liberación. Y, esta vez, inventarse una disculpa para verla no le provocó ningún remordimiento, sino una fría satisfacción por la que llevaba años esperando.
Había preparado la bolsa con cuidado, con las manos enfundadas en los gruesos guantes de cuero. Los mismos que después inmovilizó sobre la manilla de la puerta del comercio mientras oteaba el interior y comprobaba que _____ estaba sola. Porque tenía que ser ella quien la cogiera, ella quien abriera la bolsa, ella quien sacara los folios. Ella y nadie más que ella.
Apenas entró le recibió el familiar tintineo. Avanzó con los ojos fijos en su objetivo, en su presa. Iba a estrecharle el cerco, iba a asegurarse de que no pudiera escapar de la trampa que le estaba tendiendo. Ser consciente de la importancia de ese primer movimiento le aceleró el ritmo de su sangre. Podía sentirla brotar de su corazón, recorrerle las venas, golpearle en el cuello y en las sienes.
Sin embargo, el corazón de _____, ingenuo y confiado, vibró al verlo. Respiró con lentitud, tratando de apaciguarlo mientras le miraba. Hacía frío en la calle y a Joe se le notaba en el rostro, en el modo en el que llevaba alzado el cuello de su cazadora, en los guantes de cuero. Verlo acercarse le emocionaba, le enternecía, le inflamaba ese amor que llevaba años ocultando hasta que, sin espacio para retenerlo, se le escapaba por los ojos.
—¡Hace frío! —exclamó con timidez, incapaz de vocalizar una frase más inteligente cuando él se detuvo junto al mostrador.
—No quiero molestar —dijo Joe observándola con atención—. Traigo copias de algunos bocetos. Las he reducido para que entraran en un folio. —Dejó la bolsa sobre la lustrosa madera—. Me gustaría que les echaras un vistazo.
_____ volvió a respirar despacio, pero sus latidos continuaron sin recuperar el ritmo. Le parecía increíble que él quisiera mostrarle sus primeros dibujos, como había hecho muchas veces en el pasado.
Sus dedos manosearon con torpeza el plástico hasta que consiguió sacar las hojas. Joe, con gesto insondable, observó todos sus movimientos. No mostró ninguna emoción cuando ella manifestó su admiración al contemplar las formas y los colores. Su misión de esa tarde absorbía toda su atención y oscurecía todos sus sentimientos. Todos, excepto el que le gritaba que una traición solo podía ser reparada con otra traición.
Cuando Lourdes se acercó para admirar los diseños, él se movió con rapidez. Antes de que ella hubiera llegado al mostrador él ya había recogido la bolsa de plástico. La dobló con cuidado y la introdujo en el bolsillo interno de su cazadora.
Le caía bien la pelirroja. Lo poco que la había visto le hacía pensar que ella sí era una buena persona.
Y lo iba a seguir creyendo aun después de descubrir la facilidad con la que ella estaba a punto de manipularle la voluntad.
—Es fascinante —dijo _____ mostrando uno de los dibujos a su amiga—. Me encantaría verlos todos, pero no así, sino los originales.
—Puedes hacerlo —comentó ella comprometiendo con la mirada a Joe—. No sería ningún problema que pasara por tu casa para que se los enseñaras, ¿verdad?
Joe meditó con rapidez, pero no encontró nada que justificara una negativa.
—Claro que puede —concedió en un tono complaciente que solo _____ pudo apreciar fingido—. Aunque, tal vez no inmediatamente. Creo que será mejor que espere hasta que tenga terminado algún otro diseño. —Esbozó media sonrisa—. Yo la avisaré cuando sea el momento, si a las dos les parece bien.
Lourdes asintió satisfecha sin que _____ hubiera dicho media palabra. Él se llevó consigo la inquietud por lo que iba a sentir si llegaba a tenerla en casa, en su habitación, rodeada de sus cosas.



Chicas, perdóneme por no haber subido antes.
Se me pasó. Error mío. Mad
Pero como recompensa les dejo 3 caps. Razz
Gracias por leer.
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 20th 2012, 13:37

me encantoooooo
me da miedo lo que va a hacer Joe y si le sale mal
jopee por que no lo hablan lo arreglan y felices para siempre, sabemos que se quieren
jooo siguelaaa
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 23rd 2012, 17:56

IrennIsDreaMy escribió:
me encantoooooo
me da miedo lo que va a hacer Joe y si le sale mal
jopee por que no lo hablan lo arreglan y felices para siempre, sabemos que se quieren
jooo siguelaaa

=) Sí, la verdad es que Joe da miedo, tiene damasiado rencor dentro de sí.
Jajajá.¿Por qué no lo arreglan?
Pues por el orgullo de Joe, por su odio.
Y por que prefieren el camino difícil.
En fin, Gracias por comentar.
Ahora la sigo =)
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 23rd 2012, 18:00

Capítulo 16




—Alguien que es capaz de dibujar así debe tener una gran sensibilidad —opinó Lourdes, con los bocetos aún en las manos, unos minutos después de que Joe se hubiera ido.
_____ asintió con descuido. La fugaz visita de Joe la había dejado pensativa. Se preguntaba por qué se había tomado la molestia de reducir algunos dibujos para enseñárselos, y, sin embargo, le había incomodado su petición de ver los originales. Tenía la sensación de que había aceptado debido únicamente a la presión de Lourdes. Y esas dos actitudes tan dispares, en una misma tarde, no le encajaban.
—No entiendo que con su talento abandonara este trabajo —siguió diciendo Lourdes—. Y lo hizo para... ¿para trabajar en el monte, dijiste?
_____ volvió a confirmar en silencio. Se encogió al sentir un temblor. Había comenzado a llover, y contemplando las gotas que se estrellaban contra el cristal del escaparate fue rememorando la tarde que lo cambió todo.
Quiere retenerlo. Se abraza bajo las sábanas a su piel desnuda y le advierte, riendo, que no se esfuerce porque no le va a dejar marchar.
—Es importante, tengo prisa y aún tengo que pasar por casa —susurra él sin dejar de acariciarla—. No puedo dejar de ir por más que desee quedarme aquí, contigo. Pero en dos horas estaré de regreso.
Agotadas las bromas y las súplicas, ella despliega todas sus armas de mujer para retenerlo. Suele resultarle fácil excitarlo. Normalmente le basta con una mirada, una sonrisa, un susurro.
—Una hora —promete él con voz enronquecida—. Espérame tan solo una hora y continuaremos donde lo estamos dejando. —Le desliza los dedos entre los muslos y sonríe excitado—. Justo donde lo estamos dejando.
Pero no es el tiempo de espera lo que a ella le preocupa, sino el lugar al que se dirige. Se ha percatado de sus movimientos en los últimos días, de sus visitas a locales poco recomendables. Y ha escuchado su última conversación telefónica. Sabe que se encontrará con Carmona para hacerle entrega de una mercancía. Sus esperanzas de haber estado vigilando al hombre equivocado se han desvanecido como humo entre niebla.
Aferrada a la almohada y conteniendo las lágrimas, le contempla ponerse la camisa y abrocharse los vaqueros con dedos raudos. En el último instante le puede la angustia. Se levanta y vuelve a abrazarle, a decirle que le ama, a suplicarle que no la deje sola.
Él la besa en la boca con apasionada codicia mientras desliza las manos hasta su trasero desnudo.
—Te amo —le susurra sin apartarse—. Eres toda mi vida y lo sabes. Pero hay algo que desconoces. —Ella contiene el aliento—. No sabes que mi vida fue miserable hasta que te conocí. Que tengo más recuerdos hermosos de estos meses a tu lado que de todo el resto de mi vida sin ti. Es la parte dolorosa de la que nunca hablo porque me juré que enterraría.
_____ deja escapar el aire, incapaz de discernir si lo que siente es alivio o decepción.
—No te creo. —Refugia el rostro en su pecho—. He visto cómo vives.
—No hace mucho que conseguí dinero suficiente para salir de la miseria en la que crecí. Y tampoco había conocido el amor de verdad hasta que tú llegaste. —La abraza con fuerza, le acaricia con los labios la delicada piel del cuello y le susurra junto al oído—: Te lo contaré todo cuando vuelva. Entonces comprenderás que no tengo vida sin ti; que si por alguna razón llegara a perderte tan solo querría morirme.
Pero esa explicación nunca llega. Unos minutos después, tras más besos y palabras apasionadas, él se aleja de su lado para no regresar.


El encuentro fue como había planeado, en un local atestado de gente, con música a todo volumen y una discreta salida trasera por si algo escapaba a su control y tenía que desaparecer con rapidez.
El corazón amenazaba con fundírsele en el pecho y un sabor amargo, como a hiel, le estalló en la boca cuando reconoció al tipo. Los años no le habían cambiado. Seguía siendo el mismo personaje discreto de aire bobalicón que pasaba desapercibido, pero que te congelaba la sangre si te miraba directamente a los ojos.
Se le desgarraron las entrañas cuando rozó el envoltorio. Era exactamente igual al que destruyó las vidas de Nick y la suya. Un kilo de cocaína en un compacto paquete de pocos centímetros.
Cuando salió de allí le sudaban las manos y le ardía el costado en el que lo llevaba oculto. Era el miedo que rezumaba por cada poro de su piel; el miedo a que de nuevo le pillaran con algo tan comprometido, más ahora que contaba con antecedentes penales. Tenía que deshacerse de él y tenía que hacerlo con rapidez.
No dejó pasar muchas horas. A la mañana siguiente, apenas despertó, preparó la mercancía para llevarla al destino que le había dispuesto.
Se puso su antiguo tabardo azul marino. Era holgado, con amplios bolsillos internos. Lo había usado Nick en varias ocasiones. Por eso no lo utilizaba. Si verlo era como clavarse puñales en el corazón, llevarlo encima constituía una agonía. Pero no le quedaba otra alternativa. Su cazadora de cuero no le servía para introducir la mercancía en la tienda con discreción.
Cuando llegó al comercio encontró a Lourdes con unos clientes. Extendía sobre el mostrador los primeros metros de una pieza de tela rayada y se detuvo un momento para dedicar a Joe una amplia y cariñosa sonrisa.
—_____ está en el despacho. La llamaré.
—¡No! —exclamó de inmediato—. Conozco el camino y no quiero molestar.
Ella volvió a sonreír, esta vez con aire de complicidad.
Una punzada de lástima rozó el corazón de Joe sin llegar a herirlo. Se habría sentido mejor si ella hubiera desconfiado o si hubiera insistido en que esperara fuera. Pero la incómoda sensación le duró el tiempo que tardó en pasar al almacén.
Debía actuar con celeridad para no ser descubierto. Hacía mucho que había escogido el sitio. Acercó la escalera de madera al ángulo del rincón. Sus guantes de cuero no le entorpecieron para abrir la cremallera de su tabardo y sacar el paquete. Lo había envuelto con la bolsa de plástico transparente en la que no había más huellas que las de _____. Ascendió los peldaños con rapidez y colocó la mercancía en la balda más alta, tras unos viejos rollos de papel pintado.
Descendió con la misma ligereza. Colocó la escalera en su lugar y sin detenerse un segundo caminó hacia el pequeño despacho.
Se detuvo ante la puerta para recuperar el aliento. Mientras lo hacía se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo. Un instante después golpeaba con los nudillos y entraba.
_____, sentada ante su mesa, reaccionó con torpeza al verlo. Se frotó los párpados y, con los ojos bajos, comenzó a mover papeles sin ningún sentido.
Se sintió violento. Tenía casi la seguridad de que la había encontrado llorando. Se acercó despacio mientras ella continuaba fingiendo poner un poco de orden. Arrastró la silla para alejarla del escritorio y se sentó con las piernas separadas y una actitud dominante e indagadora. Miró con insistencia hacia sus largas pestañas negras esperando a que las alzara para poder ver sus ojos grises y descubrir si en ellos brillaban las lágrimas.
—Últimamente vengo mucho —dijo con un punto de sarcasmo—. Espero no estar quitándole tiempo a tu trabajo.
—No —exclamó nerviosa—. Precisamente estaba mirando un catálogo de muebles. —Cogió el que tenía más cerca y lo abrió por una página al azar—. Estoy seleccionando los que pondremos en la casa de la playa cuando tú hayas terminado con las paredes.
—Estará en unos días —dijo, y esperó inútilmente a que ella alzara la vista.
Pensó en marcharse. No sabía qué decir para justificar su visita y ella no le estaba ayudando en absoluto. Se ponía en pie cuando la fotografía de una niña, al lado del teléfono, llamó su atención. Cogió el portarretratos tallado en madera y volvió a sentarse.
—Tsamoha —musitó mientras contemplaba sus grandes ojos negros y su piel del color del café tostado.
_____ alzó la cabeza. Lo encontró acariciando la foto y olvidó que se había propuesto ocultarle sus ojos enrojecidos.
—¡Está preciosa! —exclamó sonriendo con orgullo—. Ha crecido mucho. En las últimas fotos se la ve convertida en una hermosa mujercita.
¿Por qué lloraba?, se preguntó Joe. ¿Qué o quién la estaba haciendo sufrir? Tiempo atrás él hubiera partido el alma de cualquiera que hubiera osado entristecerla.
Abrumado, se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre sus rodillas. Durante unos instantes miró la imagen de la chiquilla de pelo ensortijado que sujetaba entre las manos.
_____ siempre había dicho que le gustaban los niños. En una ocasión le contó que por cada hijo propio que llegara a parir, adoptaría otro que no tuviera hogar. Se había sorprendido al escucharla. «¿Eso supone que si llegamos a tener unos... unos tres hijos, nos encontraremos con seis?» Ella había sonreído con picardía. «¿Te asusta?», preguntó. «No. Eso me estimula. Tengo el presentimiento de que vamos a tener una vida interesante», le había respondido, pleno de felicidad.
Osciló ligeramente la cabeza. Llevaba demasiado tiempo en silencio, rozando con los dedos la fotografía. Alzó la mirada hacia _____.
—¿Fuiste a conocerla?
—No. Aún no.
—Deberías haber ido —comentó dejando el retrato en la mesa y poniéndose en pie—. Era tu sueño y seguro que también era el sueño de esa niña.
—Lo haré. Probablemente este mismo verano.
Continuó mirándola durante breves pero interminables segundos, guardando silencio, y volvió a sentir un leve arañazo de lástima. Si las cosas salían como esperaba, todo lo que ella podría decidir, sobre cómo pasar sus vacaciones, sería en qué lado del patio prefería colocarse para que le diera un poco de sol. Y eso contando con que el lugar elegido no lo ocupara una reclusa más fuerte.
—Deberías haber hecho ese viaje —volvió a indicar antes de salir y cerrar tras de sí la puerta.


El bar estaba tan concurrido como cualquier otra noche de sábado. Joe, en un extremo de la barra, giraba con los dedos un vaso de whisky. Celebraba que esa misma mañana había colocado el paquete y que su anhelado desquite estaba en marcha.
La primera copa la había tomado de un trago, con una satisfacción rabiosa y violenta.
La segunda le apagó la euforia. La garganta comenzó a arderle y entreabrió los labios para tratar de aliviarla con su aliento. Entonces pensó que vengarse era su obligación, su necesidad, pero no se sentía orgulloso. Si lo analizaba bien, no había nada de lo que pudiera sentirse satisfecho.
La tercera le oscureció la mente, pero le mostró con claridad quién fue el primer responsable de sus desgracias. Quién había iniciado la cadena interminable de miserias en la que se estaba consumiendo su vida.
—Esta te la bebes despacio, Joe —le dijo en voz baja el camarero—, porque no pienso servirte ni una más. Los problemas no desaparecen con la bebida.
—¿Cuántas borracheras hay que coger para convertirse en un alcohólico? —preguntó al tiempo que se frotaba los párpados con gesto de cansancio.
—Si no estoy equivocado contigo, harían falta más de las que tú cogerás en toda tu vida —respondió, con las manos sobre la barra y mirándole con aprecio.
—No soy la buena persona que aparento —confesó Joe alzando los ojos.
—¡Anda, termina eso y vete a dormir! Cuéntale a Rodrigo el problema que te ha traído hoy aquí. Seguro que te ayuda mejor de lo que lo hará el whisky.
—La última —confirmó para tranquilizarle—. Esta va por el cobarde de mi padre. —Alzó el vaso con decisión—. Por el desgraciado que nos abandonó cuando más le necesitábamos. Espero que los remordimientos le persigan toda la eternidad al muy cabrón.
Un único trago consumió el líquido y selló el crispado brindis. Esta vez dejó que le hirviera la tráquea para compensar el dolor que el recuerdo de su padre infligía a su alma. No era fácil comprender que quien debió ampararles aun a costa de su propia vida les hubiera dañado tanto.
Dejó el vaso en el mostrador con un golpe seco y se levantó del taburete. Cerró los ojos al sentir un ligero mareo.
—¿Necesitas que alguien te acompañe?
—No. Estoy bien. —Se frotó la frente con los dedos tratando de recuperar el equilibrio—. Es la falta de costumbre, pero estoy bien.
La preocupada mirada del camarero le acompañó hasta la salida. Fuera, el aire nocturno contribuyó a despejarle un poco. Olía a humedad. En cuanto cesara el viento comenzarían a caer las primeras gotas.
Se encaminó hacia casa con paso lento y vacilante. No estaba borracho. Sabía lo que hacía, pero le costaba pensar con claridad. Además, llevaba el pecho saturado de angustia. Era como si le hubieran arrancado todos sus órganos y la cavidad completa se hubiera rellenado con ese destructivo sentimiento. Pero ¿angustia por qué? Si las cosas estaban saliendo como quería, ¿angustia por qué?


Los temores de Bego se aquietaron. Sus expectantes ojos negros brillaron y su rostro se iluminó con una indecisa sonrisa.
—¿Entonces está a punto de terminar esta pesadilla?
Joe la estrechó por la cintura y siguió caminando. No le quedaba mucho tiempo para acompañarla a casa, coger su coche y llegar a la cárcel antes de la hora límite.
—Yo no diría tanto. —Le besó con suavidad la frente—. Aún no pienso hacer esa llamada.
—¿Por qué no? —Intentó pararse, pero el paso firme de Joe no se lo permitió—. No te entiendo. ¿A qué vas a esperar?
—Ella acabó con lo que yo era, con lo que yo hacía. Me gusta la idea de que lo último que haga, antes de ir a prisión, sea devolverme algo de lo que me robó: mis dibujos, mis creaciones, el trabajo que me apasionaba —aminoró el ritmo de modo inconsciente—. Me lo debe y me lo voy a cobrar hasta el final.
—Tiene una socia —adujo con impaciencia—. No creo que las cosas en la tienda vayan a cambiar porque detengan a esa poli.
Él inspiró buscando otra excusa que hiciera comprensible su obstinación.
—No quiero correr ese riesgo. Si voy a pasarme la vida talando árboles y limpiando maleza, antes quiero hacer esto. Te juro que lo necesito.
—Y lo comprendo —se disculpó—. Perdóname. Es que sueño con el día en el que esa mujer desaparezca para siempre de nuestras vidas.
—Lo hará —afirmó con una sonrisa—. Pero si he esperado años, ¿qué importancia pueden tener unos días más, o unas semanas, incluso unos meses? La prisión te enseña a ser paciente, a esperar el momento preciso.
—¿Y cuándo será eso? —preguntó, de nuevo ansiosa.
—Cuando haya terminado los diseños, cuando me hayan pagado por ellos. Entonces ella pasará a ser historia.
Tras despedirse, Joe recogió su coche y dio un absurdo rodeo con el único propósito de pasar por Deusto. Condujo despacio por la Rivera de Botica Vieja mirando hacia las ventanas que correspondían al piso de _____. Una de ellas estaba iluminada; la que daba a su dormitorio.
¿Estaría sola? ¿Estaría con el maldito comisario?
¡Malditos los dos!
Curvó los labios en un gesto amargo y pisó el acelerador. Sus emociones, a veces, se asemejaban un poco a los celos. No le extrañaba que sus dos mejores amigos hubieran llegado a dudar de lo que sentía. Pero él lo sabía bien. Su corazón estaba lleno de odio, de rencor, de ira, de resentimiento. Nada que ver con los irracionales celos que pudiera padecer un enamorado sin rendición. Aunque era consciente de que celos y odio compartían, a veces, el mismo doloroso y fiero resquemor.
Cuando terminaba de cruzar la ría y ascendía por el puente Euskalduna hacia el Sagrado Corazón, echó un último vistazo. Pero desde esa distancia no se apreciaba si la luz continuaba encendida. Solo entonces se llamó necio por haber sucumbido a la tentación de pasar bajo su casa aun sabiendo que no conseguiría verla.


_____ se había internado unos pocos pasos en esa habitación sencilla e impersonal, pero limpia y ordenada que olía a él; a él y a tabaco.
El recibimiento de hacía un instante la había dejado aturdida. Joe la había acogido con la áspera indiferencia de costumbre, y su compañero de piso, con una frialdad desconcertante que le había apagado la felicidad de descubrir que no era el hogar de Bego. Había esperado apenas un simple y educado saludo, pero nunca ese escueto y forzado «hola» sin que se molestara siquiera a mirarla.
Aún se preguntaba si ese había sido el motivo por el que Joe la había conducido con rapidez a su habitación, pero allí estaba, parada junto a él, sin atreverse a tomar la iniciativa de hablar.
Hasta que algo llamó poderosamente su atención.
En el amplio escritorio, una serie de grandes láminas, bien ordenadas unas sobre otras, ocupaban todo el espacio. Una hoja de papel fino, semitransparente, las cubría para evitar que nada, ni las minúsculas partículas de polvo, las ensuciara.
—¿Puedo? —preguntó con recelo.
—Claro —respondió sarcástico—. A eso has venido. —Y cuando la tuvo de espaldas la contempló sin ninguna cautela.
Se desenrolló con rapidez la bufanda, se sacó la correa del bolso y se quitó el abrigo. Con una precipitación que no se molestó en disimular, lo colocó todo sobre el respaldo de la silla y tomó asiento. Apartó con sumo cuidado la delicada protección y le impactó un llamativo ramaje verde y dorado que había sido trazado a contraluz y que llenaba toda la superficie del papel.
—¡Es magnífico! —exclamó con emoción—. Es... mágico. —Se volvió hacia él—. Parece que tuviera vida propia.
Joe la miró con sus grandes ojos castaños preguntándose por qué le había dicho que ya podía ver su trabajo. Se había dejado vencer por su absurda necesidad de verla, por la ansiedad que le causaba no encontrar motivos para volver a la tienda y pararse ante ella. Había desoído a la intuición, que le decía que le iba a resultar incómodo, y ahora comprobaba que contemplarla en su habitación, sentada en su silla y tocando sus cosas, le creaba un apretado nudo en el estómago y le comprimía el pecho obstruyéndole la respiración.
Unos golpecitos en la puerta le evitaron tener que responder. Antes que ninguno de los dos pudiera reaccionar, sonó la voz de Rodrigo diciendo, de modo escueto, que iba a salir y que regresaría tarde.
Un incómodo silencio empequeñeció la habitación. A Joe le pareció que la tenía más cerca cuando la observó tensarse.
—No le gusto a tu amigo —dijo ella tras unos segundos de indecisión.
—No se fía de ti —respondió con fingida indiferencia—. Teme que vuelvas a hacerme sufrir.
La frialdad de los ojos de Joe le encogió el corazón. Deseó decirle que jamás le causaría ningún dolor, que le amaba. Tragó y separó los labios para hablar, pero él la detuvo sin necesidad de ningún movimiento, de ningún gesto. Después abandonó la habitación dejándola sola.
Suspiró, abatida.
Hizo el esfuerzo de apartar la tristeza que le había causado y volvió su atención a los diseños. No tardó en sumergirse en trazos, colores y sensaciones hasta perder la noción del tiempo, y, a ratos, hasta la del lugar en el que se encontraba. Cuando miró su reloj se sobresaltó. Cogió sus cosas y salió al pasillo sin saber qué rumbo debía tomar. Una luz la condujo hasta el salón. Allí, Joe fumaba junto a la ventana contemplando la calle. Se volvió hacia ella sin ninguna emoción que se pudiera leer en su rostro.
—¿Qué opinas? —preguntó, y dio una profunda calada que fue la evidencia de toda la ansiedad con la que la había estado esperando.
—Son fantásticos —dijo con sinceridad—. En realidad no creo que existan palabras para definirlos con justicia. Son lo mejor que he visto en los años que llevo dedicada a la decoración.
—Gracias. —Expulsó el humo con alivio, sin dejar de mirarla—. Me agrada saberlo.
_____ sintió felicidad ante lo que le pareció emoción contenida de Joe.
—Te surgirán ofertas después de esto. —Dejó el abrigo en el sofá y, sobre él, el bolso y la bufanda—. Todos querrán tenerte como diseñador.
Joe soltó una risa corta y ofensiva.
—No suelo fantasear con castillos en el aire. Prefiero la realidad del día a día para no llevarme sorpresas. Los grandes planes de futuro siempre salen mal.
—Este no lo hará —insistió con dulzura—. Tienes un talento increíble.
—¿Y para qué sirve el talento si no es para sufrir una decepción tras otra? Yo lo sé muy bien —se respondió con acritud—. No he tenido una vida fácil. —_____, que comenzaba a bordear el sofá, se paralizó—. Y no me refiero a mis últimos malditos años —dijo con rabia—. Hablo de mi vida; de toda mi vida.
—Todos pasamos por problemas en algún momento —razonó conmovida—, pero no por eso hacemos...
—¡Qué sabrás tú lo que son los problemas! —increpó con desdén, tensando todos los músculos del rostro—. Seguro que fuiste una niña feliz a la que nunca le faltó nada. ¿Sabes lo que es un problema? —preguntó mirándola fijamente a los ojos—. Un problema es cuando tienes siete años y tu padre llega a casa con un bebé feo y arrugado y te dice que tu madre ha ido al cielo. —Comprimió los labios con rabia—. Un problema es cuando el puto niño no deja de llorar y tu padre tampoco. Cuando te dicen que tienes que quererlo porque es tu hermano, pero tú solo quieres odiarlo porque le consideras el culpable de todo. —Sus ojos enrojecieron de ira y la apuntó con el dedo—. Un problema es cuando rezas cada noche para que el maldito niño se muera y regrese tu madre. ¡Eso es un problema!
_____ enmudeció. ¡Qué podía decir ante un sufrimiento cuya magnitud no era capaz ni de imaginar! Le observó volverse de nuevo hacia la ventana y contemplar la calle, y dio por hecho que la estaba invitando a que se fuera.
—Creo que se está haciendo tarde y...
—Sí, vete —dijo furioso—. Vete, no sea que conocer una historia tan patética estropee tus bonitos sueños.
—Lo siento —murmuró a la vez que se quedaba sin aire.
—Yo también siento muchas cosas. —Se volvió con un gesto de amargura en la boca—. Las llevo todas encajadas aquí —afirmó golpeándose el pecho con rudeza.
Y una de ellas era haber aborrecido al desdichado bebé.
Se conmovió al recordar el instante en el que descubrió que los ojos castaños de Nick se parecían a los limpios y serenos de su madre. En aquel momento comprendió que aquel ser indefenso era un pedacito de ella, que quererlo era quererla a ella, que cuidar de él era como cuidar de ella.
Se llevó de nuevo el cigarro a la boca y entrecerró los párpados fingiendo que era el humo, y no la emoción, el que los había humedecido.
_____ desvió la mirada para no hacerle sentirse incómodo.
—No tuvo que ser fácil.
—¡Cómo iba a ser fácil! —exclamó crispado—. ¡Cómo iba a ser fácil si mi padre se convirtió en un condenado borracho al que tuve que cuidar igual que tuve que cuidar al ruidoso niño que detestaba!
Se volvió de nuevo hacia el cristal. Ella interpretó que lo hacía como defensa, para no mostrarle debilidad. Le observó deslizarse la mano por la cabeza, en su eterno gesto de apartarse su sedoso cabello café, y esperó unos interminables minutos a que volviera a hablar. Cuando se convenció de que no lo haría, recogió sus cosas y comenzó a caminar hacia la salida, esta vez sin despedirse.
—Y el muy cabrón nos abandonó —reveló Joe al oír sus pasos—. Se arrojó a las vías del tren desde el puente de Cantalojas. A unos pocos metros de casa. —Se volvió despacio y la vio junto a la puerta, abrazada a su abrigo, dispuesta a irse—. Entonces ya había malvendido nuestra casa y nos había llevado a un piso ruinoso en Las Cortes. Compartíamos calle, portal y escaleras con putas y yonquis. —_____ le miró sobrecogida—. Fue un desgraciado cobarde que decidió desaparecer sin que le importara la suerte que corriéramos.
La miró con expresión vacía. Tenía el pensamiento puesto en los años que les habían obligado a pasar en la casa social, en su obsesión por proteger a su hermano, en el dolor que le produjo abandonar el lugar dejándolo allí porque aún era un menor, en lo que le costó demostrar que podía cuidar de él con responsabilidad.
—Ahora lo entiendo todo —dijo en un susurro tenue.
Él se acercó, herido, apretando los dientes para controlar el dolor.
—Lo entiendes —masculló—. Sí; entiendes que necesitaba dinero para que mi hermano pudiera vivir en una verdadera casa, en un buen barrio. Pero no tienes ni idea de lo que hice para conseguirlo —dijo señalándola con la colilla humeante que sujetaba entre el pulgar y el corazón—. ¡Crees saberlo todo pero no tienes ni puta idea de nada!
—Cuéntamelo —rogó en un murmullo, con la esperanza de que ese fuera el comienzo de una sincera conversación en la que aclararan los errores del pasado.
—Ya es tarde para eso —aseguró bajando también él la voz—. Es cuatro años y medio tarde para eso.
La estaba culpando, y el frío glacial de sus ojos castaños le penetró hasta el alma.
Joe fue hacia la mesa. Aplastó lo que quedaba de cigarro en el cenicero lleno hasta los bordes, despacio, otorgando tiempo a que sus emociones se tranquilizaran. Cuando se irguió ella seguía inmóvil y con ojos brillantes, esperando a que él prosiguiera.
—Quería pedirte algo. —Cogió aliento sin desviar la mirada—. Todavía me queda por terminar algún boceto, pero me gustaría comenzar a pintar la habitación del ático. Necesitaré tres o cuatro días y de momento solo cuento con sábados y domingos. ¿Debo hablar con el señor Ayala?
—No será necesario —afirmó aún consternada—. Él me dejó un juego de llaves. Podemos... —Se detuvo al pensar que no aceptaría viajar en su compañía—. Podemos vernos allí, como la otra vez.
—Como la otra vez —repitió sin razonarlo siquiera. Su mente no había abandonado por completo a los seres que amaba y seguía echando de menos.
_____ se fue con una maraña de púas encajada en la garganta y otra en el corazón. Al fin conocía aquello que él prometió contarle pero el destino dejó pendiente. No había imaginado que su existencia hubiera sido tan dura, tan carente de felicidad, tan cargada de responsabilidad y de culpas. Ella había llegado a él cuando todo eso había pasado, cuando la vida le sonreía; cuando él mismo sonreía y disfrutaba más que nadie que ella hubiera conocido nunca. Y fue ella, que le amaba con toda su alma, quien acabó con todo lo que había conseguido para escapar de un pasado de sufrimiento.


Ahí está mis chicas.
Espero les guste.
Ya estamos un poquito más cerca del final, solo quedan 13 capítulos Jajajá.
En fin, cuidense , besos =)
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 24th 2012, 06:18

me encantoooo siguelaa por fii
es genial
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catchingjonas
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 24th 2012, 16:20

Capítulo 17





Fue Joe el primero en llegar. Aparcó su Renault frente a la casa metiendo un par de ruedas en la cuneta. Encendió un cigarro con el que aliviar la espera y bajó un tercio de la ventanilla para dar salida al humo. Se apoyó en el respaldo y movió el espejo retrovisor para avistarla apenas llegara.
Consumía ya el tercer pitillo cuando reconoció el Fiat verde que _____ tenía cuatro años atrás. Apretó los dientes al sentir un vuelco en el interior del pecho y subió el cristal.
Salió poniéndose la cazadora, con la colilla suspendida entre los labios y entrecerrando los ojos para divisarla a través de la hilera de humo ascendente. La vio detener el coche tras el suyo, buscar algo en el asiento del copiloto, abrir la portezuela y sacar ligeramente la cabeza.
—¡El aire es helador! —exclamó a la vez que trataba de ponerse el abrigo sin levantarse.
Joe no respondió. Alzó el cuello de la cazadora para protegerse del viento frío mientras contemplaba la lucha que ella mantenía con su prenda.
La había amado. La había amado con adoración, la había amado con estúpida ceguera. Había estado dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre por ella. Por ella, que seguía siendo igual de hermosa, de dulce, de delicadamente femenina. Igual de engañosa.
Abandonó esos pensamientos cuando la tuvo enfrente, con la bufanda cubriéndole la boca y el bolso colgado del hombro.
—Cuando quieras —dijo de forma escueta. Quería dejar claro que no pensaba iniciar ninguna conversación y que todo su interés se limitaba a su trabajo en el interior de la casa.
La expresión dichosa de _____ se oscureció. Cruzó la carretera y abrió la verja de acceso al jardín. Le entristecía encontrar a Joe casi siempre a la defensiva, con ese escudo de impertinencia con el que insistía en protegerse.
Subieron directamente al ático, acompañados por el sonido de sus pasos en los peldaños del veteado mármol ocre. Ella se paró junto a la puerta de la habitación que buscaban y se hizo a un lado; Joe la sobrepasó evitando rozarla. Recorrió la estancia examinando la inclinación del techo, el claro suelo de madera, el ventanal que ocupaba toda la pared frontal.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó _____, tras él.
—No —respondió sin volverse—. Solo preciso de un poco de silencio.
Ella caminó con exagerado sigilo hasta la ventana. Desde esa altura se divisaba toda la playa, desierta por lo desapacible del tiempo. El cielo se veía gris y pesado y el viento soplaba con ímpetu alzando olas virulentas. Un pequeño grupo de arriesgados surfistas cabalgaban, con sus endebles tablas, sobre un mar encrespado y furioso, desafiando a la naturaleza.
Trató de centrarse en lo que veía queriendo ignorar que Joe estaba a su espalda, pero no pudo. Su presencia la afectaba de tal manera que a ratos creía sentir su aliento en la nuca con una calidez tan real que le erizaba la piel.
Cuando se volvió lo encontró inmóvil, con los ojos cerrados, inspirando con suavidad y absorbiendo sensaciones que después convertiría en dibujos. El amor le estalló a _____ en el corazón al contemplar su expresión serena, sin rastro de tensión. Solo su corto cabello le diferenciaba del hombre dulce y apasionado que una vez la enamoró. Se imaginó deslizando las yemas de sus dedos por los carnosos labios que tantas veces la habían besado, acariciándole la mejilla, los relajados párpados que ocultaban a sus ojos castaños.
Hasta que de pronto retuvo el aliento. Retrocedió unos pasos y deseó haber sido más prudente.
Joe la miraba sorprendido. Había abierto los ojos y se había encontrado con una mirada que no terminaba de entender. Hubo un tiempo en que interpretar los mensajes silenciosos de una mujer le resultó sencillo. Pero, tras el aislamiento con el mundo, había perdido esa facultad. Solo así podía explicarse lo irracional de lo que había creído distinguir.
—Voy a por las pinturas —dijo deseando salir de allí para recuperar el aplomo.
_____ suspiró al quedarse a solas. Pensó que la sospecha de que tenía por delante unos días difíciles comenzaba a convertirse en una realidad.
Pero se equivocó. Su segundo día en ese idílico lugar fue más relajado. Joe llegó con una actitud más neutra, y ella se atrevió a sentarse en el suelo de la habitación, en una esquina alejada, para contemplarle trazando líneas que después llenaba de color. Le sorprendió la rapidez con la que movía sus dedos colocando los tonos en los lugares precisos para que captaran y reflejaran la luz. Durante la larga jornada compartieron algunas palabras y muchos silencios, pero, sobre todo, abundantes miradas; miradas encontradas, miradas fugaces, miradas furtivas.
Al tercer día Joe había pasado de la tensión que le provocaba tenerla durante horas tras él, a desear su silenciosa compañía. Solo a veces, cuando le asaltaban recuerdos que le envenenaban la calma, se volvía y la miraba con fiereza. Entonces ella se levantaba y desaparecía durante un rato.
La última tarde la dedicó a dar los últimos retoques a la obra ya terminada. Mientras lo hacía le oprimía un vago sentimiento de pérdida y se preguntó si podía deberse a que jamás volvería a tener un trabajo como ese. El destino había decidido que debía derribar árboles, no plasmarlos en diseños.
Dejó el pincel sobre la paleta y miró su obra desde el centro de la habitación calculando dónde debía añadir luz, y dónde, algunos trazos de sombra.
—Impresionante —dijo _____, a su espalda. Se volvió hacia ella. Estaba apoyada en el marco de la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho—. El señor Ayala va a quedar fascinado.
La observó con la misma expresión interesada con la que había estado contemplando el dibujo. No le había dado las gracias por que le hubiera conseguido ese trabajo. Cada vez que había estado a punto de hacerlo se había mordido la lengua hasta percibir el sabor a óxido de la sangre. No podía olvidar que, aunque a veces ella fuera un bálsamo, también era la herida. Solo aliviaba un daño que ella misma le había provocado.
Avanzó despacio sin dejar de analizarla, pero con tan poca eficacia que no advirtió que, nerviosa, apretaba la espalda contra el marco de madera. Llegado a su altura apoyó ambas manos en la repisa de la ventana y miró al exterior.
—¡Por qué tiene que ser todo tan condenadamente difícil! —murmuró con ronquera.
—No tiene por qué serlo —dijo ella sin llegar a entenderle.
—Lo es, aunque no queramos —aseguró con aire ausente—. Nacimos sufriendo y provocando dolor, y así seguimos hasta el fin de los días. Es una ley no escrita, pero es una ley. —Inspiró hondo y la miró de soslayo—. Y uno no puede saltarse la ley, ¿verdad?
_____ le miró durante unos segundos tratando de sobreponerse a su ya familiar acidez. «Tú lo sabes bien», habría podido responderle, pero no quiso herirle. Nunca olvidaba que sus ataques eran solo instintivas defensas.
En silencio, introdujo las manos en los bolsillos del abrigo y alzó los hombros como si tuviera frío. Miró hacia el mar. Los osados surfistas de cada fin de semana esta vez eran dos, y por la arena corrían a la par un enorme perro y su amo.
Joe la oyó suspirar, bajito y sin fuerzas, y se sintió culpable. Ella siempre era amable. Siempre. Por más grosero e hiriente que se mostrara, ella seguía siendo amable.
—Voy a salir un rato —indicó _____ cuando sintió que le faltaba aire—. Así te dejo que termines con tranquilidad.
Al quedarse a solas, Joe volvió a percibir un tenue latido de lástima junto a un retumbar de resentimiento. Cada vez sentía más nostalgia del pasado, más miedo al futuro. Cada vez el dolor de vivir se le hacía más grande y difícil de soportar.
La vio recorrer el sendero de piedras encajadas en el jardín y descender la pequeña pendiente hasta alcanzar la playa. La contempló, como otros días, quitarse las botas y los calcetines, dejarlos sobre una pequeña roca y alejarse por la arena con los pies descalzos y seguramente ateridos de frío.
—¿Qué tienes, mujer, que ni aun odiándote con toda mi alma consigo alejarme de ti? ¿Qué es lo que tienes? —murmuró mientras sus nudillos blanqueaban sobre la madera del alféizar.
Apretó los dientes y la maldijo hasta que le sangró el corazón.
Ella podía hacer lo que quisiera, pero él se iba. Bajaría, montaría en su coche y desaparecería sin despedirse. Sí, eso haría. Ya había terminado el dibujo y se llevaba sensaciones para los que le quedaban por terminar en casa. Pero también cargaba con otras sensaciones, bien confusas, que no había esperado encontrarse.
Recogió sus pinturas y pinceles y los metió en la caja de cartón. Antes de salir definitivamente del cuarto echó un último vistazo a su obra. Cada pincelada en esa pared le recordaba un instante de los vividos durante cuatro largos días. _____ respirando tras él, _____ dedicándole un cumplido, _____ saliendo compungida porque él le había respondido con desaire o mirado con recelo. Podía identificar cada trazo hecho con sosiego, con dicha, con amargura, con rabia.
Salió, por la puerta acristalada del salón, a la zona del jardín que daba al mar y volvió a contemplarla. La observó caminar un tramo y sentarse sobre la arena, frente a los surfistas.
Ella era dueña de hacer lo que quisiera, volvió a decirse. Y mientras rodeaba la casa para salir a la carretera sintió que la angustia le encogía el pecho. Angustia porque se encaminaba a su eterna soledad, angustia porque se alejaba de _____.
Se detuvo al avistar el coche tras la valla. Apretó los párpados y se pasó la mano por la cabeza. Acabaría volviéndose loco. Sentía que le estaba venciendo esa parte de sí que no controlaba; ese sentimiento irracional y a veces autodestructivo. Odiaba a esa mujer y, sin embargo, se empeñaba en tenerla cerca.
Ajena a esa lucha, _____ se entristecía porque esos días de encuentro habían llegado a su fin. Había dejado a Joe a punto de terminar el trabajo y sospechaba que ya se habría marchado, como había hecho cada una de las tardes, sin molestarse en despedirse. Y esa forma de irse, igual que cada desaire, cada mala palabra o cada simple gesto agrio se le seguían clavando muy hondo.
Le danzó el alma al escuchar sonido de pisadas en la arena. No tenía que volverse para saber que era él. Sentía su presencia igual que captaba sus volubles estados de ánimo sin necesidad de mirarle.
Contuvo el aliento cuando advirtió que se detenía y lo soltó al notar que se sentaba a su lado. Lo percibió tranquilo, relajado, y se sintió feliz a pesar de la significativa distancia que él había dejado entre ambos.
Joe aspiró con fuerza el aire frío con olor a mar y posó la mirada en el enérgico oleaje. Palpó la cajetilla de tabaco tras el cuero de su cazadora, lo dejó donde estaba y apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Parece divertido —dijo admirando las acrobacias de los surfistas.
—En verano, con sol y un agua más caliente, puede que sí —respondió dichosa.
Joe miró disimuladamente hacia sus pies. Sus dedos, enrojecidos de frío, jugaban a enterrarse una y otra vez en la arena. Sonrió para sí ante esa contradicción y volvió a guardar silencio. Un silencio apacible, casi cómplice, en el que los dos se perdieron durante largos y sosegados minutos.
—Siempre me ha gustado el mar —comentó él de pronto, sin apartar la vista del horizonte—. Es hermoso. Puedo pasar horas simplemente mirándolo.
—Un atardecer en el mar es una de las cosas más bonitas que existen —opinó _____ encogiendo las piernas y abrazándose a ellas.
Se sentía eufórica. Que él no se hubiera ido, como el resto de las tardes, ya le parecía un motivo para estar dichosa; que se hubiera acercado a acompañarla y que estuviera manteniendo una conversación relajada, la aflicción que le habían provocado todos sus desaires. Hasta la distancia que había guardado creyó ver que se acortaba.
—Y un amanecer —añadió Joe, que lamentó no haberlo disfrutado junto a ella mientras estuvieron juntos—. Me gusta la sensación de libertad que me provoca. Me da fuerza, me da calma, me da vida.
—A mí, contemplar algo tan inmenso me hace sentir muy pequeña.
—Es que eres pequeña —se burló con un asomo de sonrisa.
Los problemas, los rencores, las amarguras; todo se desvaneció en un instante, el pensamiento se volvió perezoso y ellos se encontraron cómodos y despreocupados.
_____ le miró falsamente ofendida, ocultando que la inesperada broma le había inflamado su ya copiosa felicidad. Pero él continuó mirando al frente, como si no hubiera dicho nada especial, y ella se dejó llevar. Cogió un puñado de arena de entre sus pies descalzos y se lo lanzó sin demasiada fuerza.
Él se volvió sorprendido. No entendía qué le había pasado por la cabeza para hacer algo así, y durante unos breves e interminables segundos la miró tratando de averiguarlo. Encontrarse con su expresión inquieta y su risa contagiosa le terminó de confundir. Sacudió la manga de su cazadora y volvió a mirar al frente para disimular la media sonrisa incontrolable que se le había instalado en el rostro.
Le gustaba estar junto a ella sin esa tensión que le acalambraba los músculos. No sentir dolor en el alma ni amargura en la boca a pesar de tenerla cerca era una insólita novedad. Tal vez, con el tiempo, podría alcanzar por sí mismo esa calma de espíritu.
Un nuevo impacto, esta vez en el hombro, interrumpió sus pensamientos. Se quedó inmóvil, calibrando qué cantidad de granos se le habían introducido por el cuello. Los sintió deslizarse, fríos y ásperos, por el torso. Bajó la cremallera de su cazadora y ahuecó el jersey y la camiseta para que los incómodos invasores abandonaran su cuerpo, y volvió a mirarla.
Ella se mordía los labios, insegura, preguntándose si esta vez había ido demasiado lejos. Pero la abierta sonrisa de Joe la tranquilizó. Se levantó animada, le sonrió con desafío y se inclinó para armarse de nuevo.
—Así que pequeña, ¿eh? —dijo en tono amenazador y alzando su mano cerrada.
Joe obedeció a un primer impulso. Llenó sus dos puños con arena a la vez que ella echaba a correr para que su lanzamiento no la alcanzara.
No lo pensó. No tuvo tiempo. Salió tras su cabello que volaba al viento, tras el sonido de su risa que se mezclaba con el rumor de las olas.
No distinguió si fue ella quien cayó, si él mismo se arrojó llevándosela consigo. La tenía bajo su cuerpo, más cerca de lo que había pensado que volvería a tenerla. Le envolvía su conocido y embriagador olor, la escuchaba respirar y podía verse en sus ojos cálidos del color del titanio. Dejó de escuchar su risa, miró sus mechones castaños extendidos por la arena y bajó despacio la cabeza. Recordaba el sabor de sus besos; lo recordaba casi con precisión. Llevar ese gusto en su boca le había amargado durante años. Ahora quería percibirlo de nuevo.
Y eso era lo peor que podía ocurrirle.
Pero deseó quedarse. Por alguna loca razón deseó quedarse allí, contemplando sus labios y el parpadeo sorprendido de sus pestañas. Quedarse escuchando el agitado sonido de su aliento, el acelerado latir de su corazón.
No era capaz de imaginar un lugar mejor...
... ni peor.
Porque él no debería estar allí.
Se puso en pie, confundido, nervioso, mortificado de nuevo en cuanto dejó de sentir su contacto, y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Ella dudó, confusa, hasta que le vio desplegar los dedos con impaciencia. Entonces los agarró y dejó que la alzara.
—Espero no haberte hecho daño —musitó Joe, con sus brillantes ojos castaños clavados en los suyos.
—No. No, no —murmuró incapaz de vocalizar nada diferente. De pronto sintió el frío que le entumecía los pies.
Joe asintió con un leve movimiento de sus pupilas y le dio la espalda para volver hacia la casa.
Le urgía escapar de allí. Quería coger el coche y conducir hacia cualquier lugar lejos de ella y de lo que había sentido. Pero se llevaba, encajado muy dentro, un afilado sentimiento de culpabilidad. Se consideraba estúpido, traidor a la memoria de su hermano y a sí mismo.
¿Cómo había podido participar en su broma, ir tras ella? ¿Cómo había podido desear besarla? Nick debía de estar revolviéndose en su tumba, avergonzándose de él. ¡Valiente vengador estaba hecho, tan torpe, tan débil, tan malditamente simple y humano!
Y lo peor de todo era que se había sentido bien. Tan bien como no recordaba haber estado nunca con nadie más que con ella.


Hacía rato que había caído el último de los árboles marcados para la tala. Rodrigo detuvo la motosierra y miró alrededor. El trabajo de dividir los troncos en fracciones había terminado. Ahora, algunos hombres se afanaban en desmocharlos con las hachas y otros en transportar las ramas hasta el camión. Se acercó a Joe, que resopló tras terminar de despiezar el suyo y cargó la motosierra sobre el hombro derecho.
—¿Bajamos y nos echamos un cigarrito? —preguntó Rodrigo señalando con un gesto hacia la carretera.
—Tú odias el tabaco —dijo comenzando a descender la ladera.
—Pero un cigarrito no me hará daño, ¿no? —insistió yendo tras él.
Joe se limitó a reír mientras cuidaba de no tropezar con troncos y ramas. Jamás había visto a su amigo con un pitillo entre los labios y dudaba que esta fuera a ser la primera vez.
Dejaron las pesadas herramientas en la trasera del camión y junto a ellas los cascos, las gafas protectoras y los guantes. Después se acercaron a la valla de hormigón que separaba el arcén del río, bien lejos del combustible y cualquier otra cosa de fácil ignición.
—¿De verdad quieres uno? —dijo Joe al tiempo que abría la cajetilla.
—Me he propuesto entenderte y voy a comenzar por descubrir qué encuentras en esta cosa para que solo te separes de ella mientras duermes o dibujas.
Joe convirtió su risa en irónica carcajada, pero le entregó un cigarro y lo encendió. La primera inhalación provocó a Rodrigo un violento acceso de tos.
—Horrible —consiguió decir con voz ahogada a la vez que el humo irrumpía por su boca—. Esto te tiene que hacer polvo los pulmones. —Cogió oxígeno con teatralidad—. ¡No sé cómo puedes maltratar así a tu cuerpo, hombre!
—Te lo he explicado —aspiró de su propio pitillo—. Me ayuda a no pensar.
—Tal vez ese sea el problema, que no piensas las cosas antes de hacerlas —tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie—. Porque hay un nuevo problema; uno del que no me has hablado, ¿verdad?
—Yo no pienso y tú lo haces demasiado —bromeó, y al instante siguiente recuperó la seriedad—. Pero tienes razón. Hay un problema. —Se apoyó en la barandilla y miró a los compañeros que seguían trabajando en la ladera—. Busco su compañía. Independientemente del odio que siento por ella, me gusta tenerla cerca.
Rodrigo no necesitó oír ningún nombre para saber de quién hablaba. Sacudió la cabeza con pesar y se sentó a su lado, hombro con hombro.
—Por una vez en la vida me habría gustado estar equivocado —se lamentó—. Pero hay evidencias que no se pueden tapar con nada. Siempre he tenido claro que la amabas.
Joe rio por lo bajo. No se había atrevido a pensar en esas palabras, pero ahí estaba su amigo, que a veces parecía su conciencia, diciendo una vez más lo que a él le aterraba siquiera preguntarse.
—No lo digas ni en broma. —Consumió una buena parte del cigarro en una sola y ansiosa inspiración—. ¿Qué clase de hombre sería si la amara después de lo que me hizo?
—Uno de verdad —respondió aun sabiendo que no había sido una pregunta—. Uno que cuando ama lo hace para siempre y por encima de todo; incluso de las traiciones.
—¡Valiente consuelo sería ese! No. No la amo. La nece... —Tragó al sentir que las palabras se le atravesaban en la garganta—. Creo que... ¡Dios, no lo sé! —Se frotó la cara con energía—. En realidad, ella fue el motivo que encontré para seguir vivo hasta salir y cobrarme la deuda. Ahora es posible que esté confundiendo las cosas. Me he convencido de que la necesito y...
—Creo que insistes en engañarte. Haz caso a mi sexto sentido esta vez. Te guste o no, estás pillado por esa mujer.
—No es eso —resopló despacio y volvió a mirarle—. De todos modos, todo esto terminará pronto. —Arrojó el cigarro al suelo y lo destrozó, rabioso, con la gruesa suela de su bota—. La aplastaré como ella me aplastó a mí.
—¿De verdad crees que si la destruyes dejarás de atormentarte con ella? Porque, si es así, no entiendo que no lo hayas hecho todavía.
Joe volvió a contemplar la ladera cubierta de troncos y ramas. No quería hacerse esa pregunta. Llevaba tiempo preguntándose demasiadas cosas.
—Debemos volver al trabajo —dijo a la vez que se volvía para marcharse.
—¿Y Bego? —Rodrigo alzó la voz para que se detuviera.
Lo hizo. Se volvió despacio, con el ceño arrugado.
—¿Qué pasa con ella?
—Hace semanas que no la ves —indicó poniéndose en pie.
—Sabe que estoy ocupado con el trabajo —trató de justificarse sin demasiada energía.
—¿Tanto como para no ir a verla ni una sola tarde? —Joe resopló incómodo—. Deberías poner orden en tu vida —aconsejó Rodrigo con afecto.
—¿En qué vida? —preguntó alzando los hombros con impotencia—. ¿En qué vida voy a poner orden? —volvió a decir mientras se alejaba hacia el camión. Allí cogió una gran hacha para unirse a los hombres que separaban las ramas de los árboles abatidos.


—¿Cuánto te queda para terminar ese último diseño? —preguntó Bego.
Era sábado. Joe, que había pasado esa tarde en el Iruña, perdido una vez más en sus pensamientos, la había llevado a cenar a un buen restaurante para hacerse perdonar por haberla tenido una vez más en el olvido. La disculpa de que utilizaba todas las horas posibles en dibujar para terminar cuanto antes con la historia tenía su parte negativa: ahora ella tenía prisa.
—¿Una semana? —insistió ante su silencio.
—No creo que pueda terminar en una semana —opinó Joe revolviendo su café y vagando la mirada en el movimiento del oscuro líquido—. Es una habitación, pero no es un único dibujo. Además, piensa que los días de labor no dispongo apenas de tiempo.
—¿Dos semanas? —machacó ansiosa por conocer la respuesta.
—¡No lo sé, Bego; no puedo saberlo! —voceó con impaciencia.
Los que ocupaban las mesas más cercanas se volvieron a mirarle. Apretó la mandíbula, como el bárbaro insensible que se sentía en ese momento.
—Disculpa —respondió, seria y dolida—. Lamento ser quien tenga más interés de los dos en que todo esto acabe.
Una inspiración larga y profunda aportó a Joe un poco de calma.
—Perdóname tú a mí. —Dejó la cucharilla sobre el plato y pegó la espalda al respaldo de la silla—. Últimamente me irrito con facilidad.
Se crispaba, sí, y cada vez más a menudo, pero solamente con ella. No le pasaba igual con _____, y esa condenada diferencia contribuía a aumentarle el mal humor.
Bego clavó el pequeño tenedor en el borde de su porción de tarta de chocolate. Separó un pequeño trozo y dudó si ofrecérselo, ya que él no había pedido postre, pero su gesto serio la hizo desistir.
—¿Hay algo que te inquieta? —Sus exóticos ojos negros le examinaron con atención.
Joe apartó los suyos para mentir.
—No. Todo está bien.
Necesitaba un cigarro, necesitaba salir de allí, necesitaba dejar de pensar en el último y maldito fin de semana.
—¿Cuándo van a aceptar lo de tus días de vacaciones? —preguntó ella con suavidad para no volver a alterarle—. Si no tuvieras que ir a dormir a la cárcel dispondrías de más tiempo.
—Ya han respondido —dijo sin ningún ánimo—. No me conceden los permisos de todo el año a la vez, pero sí la mitad.
Ella pasó por alto que hubiera tenido que sonsacarle la buena noticia, e hizo las cuentas con rapidez.
—¿Veinticuatro días? —preguntó con regocijo.
—Veinticuatro días —repitió—. Pero como solo cuentan los cuatro por semana que duermo en prisión, eso los convierte en mes y medio de plena libertad.
Bego le tomó la mano izquierda que él apoyaba en el borde de la mesa y se la acarició con mimo. Él simplemente dejó que lo hiciera.
—Eso es maravilloso. —Le costó mantener sin lágrimas a su emoción—. Y ahora no estoy pensando en que vayas a tener más tiempo para terminar los diseños. Me alegro por ti; porque por un tiempo volverás a vivir como un verdadero hombre libre.
—Sí. Puede que me venga bien. —La miró a los ojos y vio el amor y la fidelidad de siempre—. ¿Por qué sigues preocupándote por mí?
Sus palabras la alarmaron. Creía que a esas alturas de la relación él ya no debería hacerse esas preguntas. Temía que se debiera a que la cercanía de _____ comenzaba a alejarlo de ella. Se le contrajo el corazón al preguntarse qué más estaba consiguiendo esa mujer.
—Porque te amo —susurró guardándose sus recelos—. Y algún día tú me amarás de la misma forma.
—Dios sabe que lo intento —confesó con pena—. Te juro que lo intento. Eres el sueño de cualquier hombre. El problema es que yo olvidé cómo se sueña.
—Volverás a hacerlo. Cuando todo esto termine te sentirás liberado del pasado y volverás a hacerlo —sonrió inclinándose sobre la mesa—. Y entonces te enamorarás de mí —aseguró con cariño, acercándose hasta poder besarlo en los labios.
Él no se movió al sentir el primer roce. Recordó la invitadora boca de _____, su cabello revuelto sobre la arena... ¿Por qué pensaba en eso ahora? ¿Por qué se preguntaba cómo sería besarla después de tantos años? ¿Por qué los besos de Bego no le causaban ninguna emoción?


—Antes nunca estabas cansada —dijo Carlos, parado junto a la puerta de la cocina—. Íbamos a menudo al cine, al teatro, a cenar. Nunca ponías disculpas absurdas.
_____ colocó las dos tacitas manchadas de café en el lavavajillas. Le hubiera extrañado que Carlos se fuera sin hacer ninguna observación a su negativa de salir esa noche de sábado.
—Ya te lo he dicho: estoy cansada y quiero acostarme pronto —señaló volviéndose hacia él.
El comisario apoyó el hombro en el marco de madera y sonrió.
—Si en el fondo te creo. Sé que no acostumbras mentir.
—Pero hay algo que quieres decir antes de irte, ¿verdad? —consultó con sorna.
—Siempre me has conocido mejor que nadie —declaró con orgullo. Después la miró como si pretendiera leer en sus ojos—. El pasado fin de semana estuviste con él, ¿no es cierto?
—Y también el anterior —respondió con sinceridad—. Fue por cuestión de trabajo.
Carlos se cruzó de brazos, tenso y a pesar de todo sonriente.
—Es listo el cabrón. —Soltó una risa cínica—. Se inventa una tarea en la casa para tenerte cerca. ¿No te inquieta eso?
_____ le miró con desafío.
—La idea de pintar directamente en la pared de una de las habitaciones partió del señor Ayala. Él no ha inventado nada, y menos aún pensando en mí.
—¿Durmieron allí? —preguntó casi sin pensar.
—¿Y qué si lo hicimos? —dijo con dureza—. No debo explicaciones a nadie. Pero, como estoy intentando no alterarme, te las voy a dar —declaró con mal gesto—. Fuimos hasta Cuberris y volvimos aquí todos y cada uno de los cuatro días que duró el trabajo. ¿Eso te tranquiliza?
—En absoluto —dijo entre dientes—. Lo está consiguiendo de nuevo, ¿verdad? —preguntó al tiempo que se acercaba.
—¿Qué quieres decir?
—Que está logrando que confíes de nuevo en él, que no razones con sensatez. Lo está haciendo, ¿no es cierto? —Ella suspiró para mostrar que le aburría la conversación—. ¡Por el amor de Dios, _____, es un delincuente!
—¡Está pagando su deuda con la justicia! —aclaró con ardor—. Todos merecemos segundas oportunidades.
—¿Cómo sabes que no sigue metido en la misma mierda? —Crispó los dedos sobre la madera de la silla que había ocupado hacía un rato.
—No quiero seguir hablando de esto, Carlos —dijo yendo hacia la puerta—. Estoy cansada y quiero dormir.
—Dime una cosa. —Ella se volvió a mirarle—. Si descubres que sigue quebrantando la ley, ¿te alejarás de él?
—Sé que está limpio. Lo sé. —Carlos insistió con un movimiento de cejas, y ella continuó—: Pero si tuvieras razón, si resultara no ser el hombre honrado que creo que es, no cambiaría nada. Nunca le daré la espalda.
—¿Pero es que no te preguntas qué quiere de ti después de lo que pasó? No puedo entender que eso no te alarme.
—No te estoy pidiendo que lo entiendas —declaró con destemplanza—. Para serte sincera, me trae sin cuidado si lo haces o no.
Los ojos del comisario relampaguearon heridos y sus labios se comprimieron en un gesto de impotencia. Comprender que la estaba perdiendo definitivamente a punto estuvo de hacerle perder el control. Empujó el respaldo de la silla y lo estampó en el borde de la mesa. Quiso responder, pero todo cuanto le llegaba a la boca eran palabras que ella no le perdonaría. La señaló con el dedo tratando de advertirle que eso no terminaría bien y salió llevándose consigo su frustración, sus temores y sus consejos.

Ahí está mi querida Ire.
Te lo dedico hermosa, gracias pro comentar =)
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 25th 2012, 09:36

joo me encanto el momento de la playa...fue tan tiernooo
siguela por fiii
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 25th 2012, 19:04



Capítulo 18


Pagó las revistas al quiosquero y este le devolvió el cambio en monedas. Las guardó en el bolsillo del abrigo y sujetó las publicaciones con el brazo izquierdo, pegadas a su pecho. Después, con expresión lastimosa, se encaminó hacia la tienda.
Llevaba días en los que nada le daba ánimos. A Joe le quedaba un último diseño que no tardaría en entregar, y ahí terminaría todo. Lo más probable era que nunca más volvieran a verse.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y se las secó con la suave lana gris de sus guantes. Hacía rato que había anochecido. Las farolas y los escaparates de los comercios iluminaban la calle y ella caminó por el centro, con la cabeza gacha para que nadie la viera llorar.
Tomó aire al avistar la tienda, se frotó las mejillas y ensayó una sonrisa.
Llevaba esa mueca, rígida y artificial, encajada en el rostro, cuando abrió la puerta y sonó el tintineo de bienvenida. Y, de pronto, todo ese artificio se hizo verdad: sus ojos chispearon sorprendidos y su boca dibujó un emocionado arqueo.
Él interrumpió su conversación con Lourdes y se volvió al oír el sonido que anunciaba una llegada. Se pasó la mano por la nuca, azorado. Se había acercado con la única intención de ver a _____, había entrado sin tener claro qué disculpa utilizar para su visita, y ahora que la tenía enfrente seguía sin ocurrírsele ninguna.
La pelirroja se le adelantó con la explicación.
—He pedido a Joe que eche un vistazo a los muebles y que nos diga si pueden encajar con el diseño que aún tiene entre manos. —Sonrió a _____, orgullosa de la hazaña de haberle retenido hasta que ella llegara.
Joe soltó aire, aliviado. Con la cazadora abierta, introdujo las manos en los bolsillos de sus vaqueros, encogió los hombros y sonrió con torpeza.
_____, ensordecida por los latidos de su aturdido corazón, se acercó sin dejar de mirarle.
—Es una sorpresa encontrarte aquí —murmuró soltando las revistas sobre el mostrador.
Lourdes tosió con suavidad y le pellizcó el dorso de la mano mientras fingía interesarse por las portadas.
—Sí, qué sorpresa —intervino con agilidad—. Yo también se lo he comentado: ¡bendita casualidad, hoy que necesitábamos tu opinión! —Y ella misma rio su ocurrencia.
_____ no se atrevió a confirmar la mentira, pero tampoco la objetó. Ante su silencio Joe comprendió que debía hacer algún comentario.
—Yo le he respondido que... —tragó, y el nudo en su garganta aumentó de tamaño—, que por mi parte no hay problema.
Una apocada sonrisa fue el comedido agradecimiento de _____.
Al cabo de unos minutos ocupaban el despacho. Sentados ante el escritorio, uno al lado del otro, examinaron muebles, lámparas y adornos, y lo hicieron sin preocuparse de que el tiempo avanzara y llegara el momento del cierre. _____ disfrutó de la sensación de estar junto al hombre del pasado, el dulce y tierno, el tímido que se acercaba sin rozarla.
Joe, por su parte, encontró lo que buscaba al entrar allí esa tarde: había deseado sentir de nuevo esa calma que le acompañó mientras pintaba con ella al lado; esa serenidad que le invadió al mirar al mar, sentado en la arena; esa inconsciencia que consiguió borrarle los malos recuerdos cuando la escuchó reír. Había querido volver a sentirse bien, y no conocía otro modo de hacerlo que estando con ella.
Pero esa paz, tan verdadera como extraña, terminó de pronto cuando Lourdes abrió la puerta y les dedicó una mueca apagada.
—Lamento decirles que se ha hecho tarde. Y tú tienes visita —informó con lástima a _____.
Se apartó, y en su lugar asomó el comisario con una hermosa rosa blanca de tallo largo. La sonrisa se le congeló en la boca y las palabras de disculpa que llevaba preparadas se le extinguieron en la garganta.
Entró, con los ojos fijos en Joe, y se paró junto a la mesa.
—No esperaba verte aquí —dijo en voz baja y templada—. En realidad no esperaba verte en ningún sitio.
Joe cerró con rudeza el catálogo.
—Yo también me alegro de verte —respondió poniéndose en pie.
—¿De visita? —insistió el comisario clavando en él sus incisivos ojos ámbar.
_____ se levantó, suspirando con exageración y arrastrando escandalosamente la silla, y se acercó a los dos hombres.
—Estamos trabajando —aclaró tratando de no mostrar lo contrariada que se sentía.
—Sí, trabajo —repitió Joe—. Pero no te preocupes. —Cogió su cazadora sin apartar los ojos de él—. Ya me iba.
Carlos hinchó el pecho. A punto de posar su mano en la cintura de _____ la apartó y la introdujo en el bolsillo. No tenía claro cuál podía ser su reacción. Se conformó con acercarse hasta rozarla como si fuera suya.
—Espero que esto no se convierta en una costumbre.
Joe captó su gesto posesivo y amenazante, su advertencia de que ella le pertenecía, el recordatorio de que iría a por él si insistía en mantenerse cerca.
—¿Lo de encontrarnos tú y yo? —Rio por lo bajo al tiempo que se ponía la prenda—. Yo también espero que no se convierta en costumbre.
El comisario apretó los dientes, furioso por la impertinencia. Pero ni por un segundo olvidó que _____ estaba presente, por lo que no se permitió ningún error.
—Abrígate —aconsejó con calma—. Hace mucho frío ahí fuera.
Joe se subió la cremallera hasta el cuello y sonrió con guasa. Miró a _____ y se despidió con la mirada; un gesto tierno que para nada reflejaba el coraje que sentía.
Ella le contempló salir y al momento se sintió invadida por el desánimo. Había esperado una despedida diferente: una sonrisa dibujada tan solo en sus ojos, unas palabras dulces enviadas en silencio a su corazón... Le había faltado una última imagen amable de él que pudiera guardar para siempre en su memoria.
Se acercó al escritorio y comenzó a ordenar los muestrarios.
Quería retrasar el momento de hablar con Carlos. Estaba furiosa con él, pero tampoco encontraba nada específico que echarle en cara.
Suspiró al tiempo que él le ofrecía la rosa y, con voz susurrante, le pedía disculpas por su comportamiento de la noche anterior y le suplicaba que le permitiera acompañarla a casa.


Joe introdujo el portarretratos con la foto de Nick y cerró el cajón de la mesilla con un golpe. Hacía semanas que no se acercaba al cementerio. Le avergonzaba pararse ante su tumba y hablarle como había hecho tantas veces. No podría hacerlo mientras no supiera cómo explicarle lo que estaba ocurriendo con _____; no podría hacerlo mientras se sintiera indigno. Esa noche ni siquiera podía mirar su fotografía. Le provocaba verdadera vergüenza encontrarse con el infantil e inocente rostro de su hermano.
Se reprochaba haber sentido celos cuando apareció el comisario. No conseguía engañarse diciéndose que había sido rabia, impotencia, resentimiento. Porque, sí, había experimentado todas esas cosas, pero por encima de todas ellas le había hostigado la irracionalidad de los celos.
Encendió un cigarro y miró hacia el escritorio. Allí, protegido por un quebradizo papel de seda, estaba el último de los diseños, ya terminado. ¿Por qué no lo había entregado aún? ¿Por qué se resistía a romper el último lazo con _____? ¿Por qué no lo hacía, pronunciaba las palabras que ponían en marcha su plan y terminaba con todo?
Sobre la cama, vibró y sonó el móvil. Se acercó para leer en la pantalla iluminada. Era Bego, y llamaba por tercera vez en la última media hora. Lo cubrió con la almohada para amortiguar el sonido. Se acercó a la ventana y expulsó el humo, que se dispersó por la superficie del cristal. Contempló la calle a través de esa neblina tóxica hasta que el teléfono enmudeció.


Durante todo el día, mientras talaba árboles y despiezaba troncos, había tenido una sola obsesión: volver a verla. Volver a sentir esa paz, esa inconsciencia. En su habitación ya no estaba la imagen acusadora de su hermano, con lo que al llegar a casa sus ganas no encontraron nada que las retuviera. Se duchó, se cambió de ropa y condujo su coche hasta el parking de Indautxu.
Lo necesitaba. Necesitaba con desesperación todo lo que ella le hacía sentir.
Ascendió a la superficie por la escalera automática y se detuvo al inicio de la calle Ercilla. El acelerado ritmo de su respiración le había secado la boca. Trató de inspirar pequeñas cantidades de aire y expulsarlas despacio, pero no consiguió nada. Ahogado como se sentía, encendió un cigarro. Unas pocas aspiraciones, profundas y lentas, le calmarían. Le temblaban los dedos. No recordaba dónde había dejado los malditos guantes. Probablemente en el coche. Pero ¡qué importaba! Estaba yendo hacia ella cuando sabía que no debía hacerlo. Llevaba años sabiéndolo y aun así no iba a hacer nada para evitarlo.
Arrojó el cigarro, lo aplastó con el pie y siguió su camino.
No supo qué iba a decir hasta que la tuvo enfrente, con sus hermosos y sorprendidos ojos abiertos de par en par.
—¿Qué clase de muebles van a poner en la habitación del ático? —preguntó tratando de no resultar absurdo.
La sorpresa y la felicidad brillaban disimuladamente en los ojos de _____ cuando respondió:
—¿Si te los enseño nos dejarás conocer tu opinión?
Escucharla le dio a Joe serenidad. Por eso no le importó que los dos supieran que era un tonto pretexto; ni dudó en seguir acudiendo cada tarde, después del trabajo, para reunirse con ella en el pequeño despacho e ir repasando las diferentes estancias de la casa.
Ojearon infinidad de muestrarios, hablaron, rieron y hasta en alguna rara ocasión bromearon. En lo que sí pusieron especial atención fue en que no tropezaran sus manos en las mismas tapas, en las mismas hojas. Pero eso no siempre fue posible. Cuando sus dedos se encontraban los retiraban con rapidez y pedían disculpas. Después se quedaban en silencio durante largo tiempo, inquietos, sin saber qué decir ni cómo comportarse. A veces volvían a hablar a un tiempo, y eso provocaba leves sonrisas que aligeraban la tensión.
Y esta vez no fue la brisa con olor a mar la que les relajó el espíritu hasta hacerles olvidar quienes eran. Esta vez no fue abandonar la mirada por el horizonte ni oír el murmullo de las olas lo que consiguió que Joe arrinconara el hecho de que ella fuera la culpable de su desgracia. Esta vez, el inesperado milagro tuvo lugar entre cuatro paredes, mientras contemplaban y hablaban de simples muebles.
Para el viernes, ojeando con pena el último muestrario, los dos estaban ebrios de palabras, de silencios, de miradas, de sonrisas, de roces por descuido y alguno hasta causado con intención. Al tropezar sus manos sobre la fotografía de una chaise longue en madera de cerezo ninguno se apresuró a apartarla como en otras ocasiones. Guardaron silencio, sí, pero lo hicieron mientras sus dedos se rozaban con suavidad y prudencia.
Se miraron a un tiempo. Sus rostros quedaron tan cercanos que entre ellos apenas si quedó espacio para la respiración. _____ sintió calor en las mejillas y sequedad en la boca. Se humedeció los labios, nerviosa, consciente de que el aire que respiraba era el aliento agitado que él despedía.
Joe la oyó suspirar y deseó besarla, igual que le ocurrió al tenerla entre su cuerpo y la arena. Bajó la cabeza, despacio, hacia los atrayentes y apetecibles labios. En ese instante su deseo era más poderoso que ninguna otra razón. No podía elegir la dignidad cuando tenía a su lado la boca más deseable y pecaminosa de cuantas había probado nunca.
Antes de alcanzar a rozarla sintió la suave brisa de su aliento acariciándole la piel, como entonces...
De pronto fue plenamente consciente de lo que, por segunda vez en pocos días, había estado a punto de hacer. Se levantó sin dejar de mirar los abiertos y sorprendidos ojos grises, arrepentido de su deshonrosa debilidad. Cogió la cazadora y huyó sin ser consciente, aún, de que eso de lo que escapaba se lo llevaba consigo: la brasa candente del deseo. Esa que una vez prendida ni el aire más hiriente y gélido podría apagarle.
Salió abrumado de vergüenza y de culpa. En el exterior el cielo derramaba una gruesa y fría lluvia, y él, con las manos en los bolsillos, se dejó empapar mientras sus ojos vertían sus propias lágrimas.
Caminó sin que le importara hacia dónde lo hacía, sin molestarse siquiera en arrimarse al amparo de los aleros. Toda su obsesión fue encontrar una razón que le justificara. Pero no tenía excusa el desear a la mujer a la que debería odiar con cuerpo y alma. Porque la deseaba como sabía que no la había deseado nunca. La deseaba hasta el delirio. No, no existía alegato posible, porque había instantes, como ese, en los que habría dado lo que le restaba de vida por una noche. Por unas horas. Por unos minutos en los que pudiera hacerla suya en silencio. En el más completo y desconsolado silencio.


No encendió ninguna luz. _____ entró en casa y dejó que la costumbre la condujera hasta su habitación. Sin ánimos ni para quitarse el abrigo, soltó el bolso y se dejó caer de bruces sobre la cama. Hundió el rostro en el edredón y sollozó desconsolada.
¿Cómo había podido ser tan estúpida? Había visto amor en sus ojos, sí, ¿pero acaso no sabía ya que él la amaba? Debería haber estado preparada para eso, pero su mirada, apasionada y confundida mientras se acercaba con la indecisa intención de besarla, le hizo creer que un nuevo comienzo era posible. ¡Estúpida, estúpida, estúpida! Él era su pasado. Siempre sería su pasado.
La llamada a la puerta la sobresaltó. Se giró boca arriba mirando al techo donde se reflejaba la luz que llegaba desde las farolas a través de la ventana. Esta noche no estaba en condiciones de soportar los consejos y las advertencias de Carlos. Tampoco su charla amistosa que siempre la ponía de buen humor.
Pero el timbre volvió a sonar con insistencia. Resignada, se levantó y se quitó los guantes y el abrigo. Se secó las lágrimas con las manos y se frotó las mejillas. Según se dirigía a la entrada encendió la luz del pasillo.
El corazón se le detuvo un instante cuando lo vio en la penumbra del rellano. Chorreaba agua como si hubiera permanecido horas bajo el diluvio. Ella se quedó inmóvil, con la mano en la manilla de la puerta, tratando de apreciar su semblante en la oscuridad.
Joe inspiró con energía a pesar de que sus fuerzas hacía mucho que le habían abandonado. Dudó, pero no por él. Él se había torturado hasta tomar la decisión de aceptar las consecuencias sin importarle cuáles fueran. Dudó por ella, por su respuesta. Temió que apenas escuchara lo que pensaba decirle le pidiera que se fuera.
Atrapó aire de nuevo y lo expulsó con lentitud, como si dejarlo marchar doliera.
Te deseo —confesó al fin, con voz rota— Llevo más de cuatro años deseándote... Cuatro años soñando con abrazarte, con besarte... —Contrajo las manos en el interior de los empapados bolsillos—. Cuatro años anhelando sentir el calor de tus brazos alrededor de mi cuerpo... el roce de tus labios... —Avanzó un paso que le sacó de las sombras. Su descarnado deseo llameaba en sus ojos castaños—. Cuatro años muriéndome de necesidad de entrar en ti... esperando entrar en ti para volver a sentirme vivo.
Las piernas de _____ flaquearon y se aferró con fuerza al tirador metálico. No podía creer que el hombre de su vida, el hombre que tenía razones para guardarle resentimiento eterno, le estuviera confesando que la había echado de menos, que la necesitaba.
¿Cuánto... tiempo más vas a esperar? —musitó sofocada y anhelante.
Él expandió el pecho y se llenó los pulmones de oxígeno. Con un suspiro más animal que humano lo exhaló al tiempo que se abalanzaba sobre ella despojándose de la cazadora. Devoró con avidez su boca, y sus manos se deslizaron por sus caderas buscando las redondeados y firmes glúteos. Toda su contención estalló a un tiempo. Su necesidad física y su hambre de espíritu se fundieron hasta que no pudo discernir cuál de los dos buscaba satisfacción con más urgencia.
La llevó consigo hasta encontrar el apoyo de la pared. Ella gimió al sentir el impacto en su espalda... como aquella primera vez. Pero en esta ocasión no existía la prisa y la emoción por descubrirse. Esta vez la celeridad de Joe era ansiosa, desesperada. Sus besos apenas si la dejaban respirar y sus caricias eran rápidas, precisas y efectivas. No había atenciones ni palabras amorosas. No había seducción. Todo era como una enloquecedora carrera con la que saciar con precipitación años de dolorosa carencia.
No supo cuándo le desabrochó los pantalones. Reparó en ello cuando él se apartó para deslizárselos de un tirón. Después la alzó, sujetándola por los glúteos, y le incitó a que le rodeara con sus piernas las caderas, también desnudas.
Lo hizo con firmeza, dispuesta a entregarse. Su mente se anticipó al placer y su garganta emitió un ronco e involuntario gemido.
—Espera —susurró él sin aliento—. Espera. Quiero sentir tu piel en la mía.
Jadeó ahogado al tiempo que le soltaba los botones de la blusa. Ella le sacó el jersey por la cabeza y se quedó mirando sus ojos. Su castaño de hielo ardía con la misma fiebre del pasado. Dejó de verlos cuando él la penetró y el gozo le hizo cerrar los suyos.
Di que me amas —suplicó Joe entre jadeos—. Dilo como si fuera verdad.
Te amo —gimió mientras él la embestía con fiereza—. [i]Te amo, te amo, te amo.
Joe atrapó de nuevo su boca, y _____ no supo si para acallarla o porque necesitaba besarla mientras entraba en ella y se apoderaba de todo su ser; el ser que nunca dejó de pertenecerle.
La dejó respirar para gritar como un animal herido cuando sintió que a ella le llegaba el orgasmo y él dejó de retener el suyo.
No la soltó. Resolló junto a su boca mientras recuperaba el aliento. Ella estrechó el encierro formado por sus piernas para no perder el contacto con su cuerpo y le acarició la cabeza, todavía empapada de lluvia. Le sintió estremecerse y recordó que había dicho que necesitaba sus abrazos. Suspiró, fatigada aún, y le estrechó con fuerza contra su pecho. Sonrió al escuchar un ronco sonido de alivio.
Joe permaneció inmóvil, temeroso de que cualquier simpleza pudiera acabar con el lánguido gozo que sentía, con la placentera extenuación. La piel de _____ olía y sabía como la recordaba, su boca tenía el gusto que recordaba, su cuerpo le colmaba hasta desbordarle tal y como recordaba.
Te amo —la oyó susurrar...
... y en un instante le cubrió la boca con la palma de la mano y la miró a los ojos, encendido y furioso.
Ahora no —murmuró tenso—. Ahora no.
Parpadeó sorprendida, pero aceptó con un movimiento silencioso.
Entonces Joe aflojó la presión de su mano y la escurrió despacio hacia la barbilla. Cuando contempló sus labios, enrojecidos y lastimados, volvió a someterlos al dominio de su boca y a iniciar nuevas y apremiantes caricias.
Ella gimió al sentir la precisión y la urgencia con la que la invadían sus dedos. Se arqueó para proporcionarle un mejor acceso, y la respuesta salvaje y directa de Joe le dijo que tampoco esta vez la poseería despacio.
Intentó susurrar que le amaba. Él la sujetó por el cuello, sin ninguna ternura, y volvió a silenciarle la boca con la suya.


Ahí está el cap.
Espero te guste Wink
Ya estamos más cerca del final =)
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 26th 2012, 05:28

madre mia no se que comentarte
por que me he quedado de piedra...
solo te puedo decir que la sigas, y que me da penita que se acabe
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 27th 2012, 06:17

IrennIsDreaMy escribió:
madre mia no se que comentarte
por que me he quedado de piedra...
solo te puedo decir que la sigas, y que me da penita que se acabe

Oh! Jajajá.
Es normal, este capítulo no deja indiferente a nadie.
Yo también me quedé así O.O
Ahora mismo la sigo Wink
Y a mí también, le he tomado cariño a la novela.
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 27th 2012, 06:18



Capítulo 19



La luz de un día frío y gris entristecía las primeras horas de la mañana. Una fina lluvia perseveraba desde que finalizó el fuerte chaparrón de la noche anterior. El cementerio de Derio estaba prácticamente vacío. Una pareja de ancianos rezaba, bajo la protección de un paraguas negro, ante un panteón con la figura en granito de un abatido ángel, y una mujer caminaba a lo lejos al abrigo de los cipreses. Ante la sepultura de piedra gris estaba Joe, de pie, soportando la humedad como quien aguanta un merecido castigo eterno.
Esta vez no había ofrenda. Ninguna flor robada iba a concederle la indulgencia de su hermano.
—Hace mucho que no vengo a verte. Perdóname —pidió mirando hacia los lados porque le avergonzaba poner sus ojos sobre la lápida—. Últimamente estoy haciendo cosas que...
Se pasó la mano por la cara, de arriba abajo, para aguantar las lágrimas. No pudo contenerse. Se dejó caer de rodillas sobre la tierra y durante unos minutos lloró en silencio, con los puños crispados en el borde de la húmeda losa.
—Te he fallado. —Sollozó y bajó la cabeza—. No soy tan fuerte como creía. No sé lo que siento cuando estoy con ella, pero sea lo que sea no duele, Nick. No duele. ¡Y estoy cansado de que todo me duela! —Se apartó las lágrimas con rabia. Quería mostrarse fuerte ante él a pesar de haberse derrumbado—. No volverá a ocurrir. No volveré a acostarme con ella ni a verla. Ni siquiera pensaré en ella... —Se detuvo al comprender que estaba mintiendo a su hermano y se estaba mintiendo a sí mismo—. ¡Maldita sea, Nick! La he besado, la he tenido entre mis brazos, la he... —rugió con impotencia—. Pero esto no cambia nada. Pagará lo que nos hizo. Lo juro.
Se secó el rostro, que siguió empapándose con el lloro silencioso del cielo, y cerró los ojos para oír el suave lamento de los cipreses. Por un instante envidió la paz perpetua de los muertos.
Y con esa desgana de vivir volvió a preguntarse por qué le abría ella los brazos, por qué le dejaba entrar en su cuerpo, por qué se mostraba tan dispuesta si nunca le quiso. Qué quería, qué buscaba. Pero, igual que le ocurría con tantas otras preguntas que se hacía sin descanso, tampoco para estas encontró respuesta, aunque sí la feroz necesidad de buscarla de nuevo para ahogarse en ella.
—No voy a pedirte perdón —dijo de pronto—. No lo merezco. Sé que voy a volver a caer, hermano. Sé que voy a olvidarme de la poca dignidad que me queda y la voy a buscar porque... —durante unos segundos se frotó los párpados con los dedos—, porque con ella estoy vivo. Jodido y miserable, pero vivo. Por eso cuando... cuando esto acabe, cuando ella esté entre rejas, cuando ya no pueda verla aunque me maten las ganas, volveré y te pediré perdón. No antes. —Una suave ráfaga de viento arrancó lastimeros gemidos a los cipreses y llegó hasta él para acariciarle el rostro—. Y, por favor, cuida de mama. —Las lágrimas regresaron para rodar por sus mejillas—. Dile que la echo de menos.
Reanudó el recorrido con los dedos por el nombre de Nicholas. Justo sobre él, igualmente inundado de lluvia, estaba tallado el de su padre. Lo ignoró deliberadamente para ir a rozar el de su madre. Lo tocó con dulzura mientras con una pena infinita le susurraba un «te quiero».
No le quedaba alma cuando, media hora después, salió del cementerio por la puerta principal. Sentía que estaba traicionando a quienes quería, a quienes necesitaba. Y todo por sentirse, durante unos miserables momentos, un poco más vivo.
—Está muy solo ahí, en esa fosa —escuchó decir a su derecha. Se detuvo y se volvió despacio. Junto al muro, resguardado de la llovizna por un paraguas negro, el comisario le miraba con gesto retador—. ¿Te gustaría hacerle compañía?
No respondió. Estaba cansado. La conciencia le pesaba tanto como la losa bajo la que se descomponía el joven cuerpo de su hermano, y eso consumía todo su ánimo y todas sus fuerzas.
—Tal vez te apetezca ahorrarte los viajes cada vez que quieras estar un rato con él. Si es así, puedo darte ese gusto —siguió diciendo sin moverse—. Aunque tal vez prefieras venir de vez en cuando y después largarte para seguir con tu mierda de vida. ¿Es eso? —preguntó en tono jocoso.
Una furia ácida le estalló a Joe en las entrañas y se le dispersó hasta adueñarse de todo su ser, borrándole el cansancio. Con la mente nublada se abalanzó hacia el comisario, dispuesto a partirle la sonrisa.
—¡Maldito cabrón! —exclamó agarrándole por las solapas del abrigo.
Y al mirarle descubrió que en el ámbar de sus ojos brillaba el regodeo por que estuviera respondiendo a su provocación.
Sobre sus cabezas, las gotas de lluvia rebotaban en el nylon tenso del paraguas a un ritmo tan desacompasado como el bombear de su sangre. Luchó por contenerse destrozándose los dedos contra el paño del abrigo y mordiendo hasta triturarse los dientes. Si golpeaba a un agente de la ley acabaría con los privilegios del tercer grado, y eso era lo que el malnacido quería que hiciera.
Durante eternos segundos calibró si le compensaba dominar el violento instinto que le presionaba las sienes. Y, finalmente, entre desahogar su furia contra aquel miserable o la libertad, no le quedaron demasiadas dudas.
Lo soltó con un gesto de asco y le dio la espalda.
—Eres un jodido cobarde —profirió el comisario riendo y arreglándose la ropa—. ¿Cuándo te follaron en la cárcel se quedaron también con tus agallas?
Joe decidió ignorarle y comenzó a andar con lentitud hacia el aparcamiento. Intuía que por la boca del condenado poli hablaban los celos, el resentimiento, las ganas de quitarlo de en medio. Y en ese momento él tenía algo más importante en lo que centrarse que en una pelea en la que demostrarse quién de los dos podía ser más estúpido.
Él había regresado al cansancio, a la desgana, a la necesidad de alejarse de allí para dejar de oír, en el susurrar de los cipreses, las recriminaciones que le hacían los muertos.
Aléjate de ella —aconsejó el comisario sin alterarse—. Déjala en paz o acabarás sabiendo cómo soluciono yo mis problemas.


Al abrir la puerta y encontrarla en el rellano, una mezcla de satisfacción y rabia asaltó a Rodrigo. Satisfacción por tenerla allí, deslumbrante y risueña, y rabia porque era evidente que Joe había vuelto a dejarla plantada.
Le dolió tener que darle la respuesta que iba a borrar su hermosa y siempre deseada sonrisa.
—No está —maldijo para sí cuando vio que se afligían sus grandes ojos negros—. Ha salido pronto esta tarde.
—¿Adónde ha ido? —Su voz fue apenas un susurro.
Rodrigo se juró que mataría a Joe apenas lo viera.
—No te quedes ahí. Pasa y hablamos —pidió haciéndose a un lado para despejar la entrada.
Ella vaciló. Sabía que no era buena conversadora cuando estaba triste o enfadada. Pero tampoco tenía claro qué iba a hacer cuando saliera de allí. Aceptó su invitación. Pasó a su lado y fue directa a la cocina.
Cuando Rodrigo entró tras ella miró con preocupación a su alrededor suplicando que no hubiera ningún desorden. Un botellín de cerveza vacío fue lo único que estaba donde no debía. Se apresuró a retirarlo de encima de la mesa.
—¿Dónde está? —preguntó de nuevo, sin hacer ningún movimiento que indicara que pensaba quitarse el abrigo, soltar el bolso o cualquier otra cosa que le aportara comodidad—. Vuelve a tener el teléfono desconectado.
Rodrigo, que se acercaba al cubo en el que dejaban el vidrio, se detuvo al escucharla.
—No lo sé —respondió volviéndose para mirarla con cariño—. Pero deberías preguntárselo. Deberían poner claras algunas cosas antes de continuar con su relación.
—¿Qué tipo de cosas?
—Tú las conoces mejor que yo. Me las has enumerado más de una vez. —Bego desvió la mirada, incómoda—. Joe es mi amigo, le quiero, pero también por ti siento... —Se mordió los labios a tiempo—. Temo que les haga daño. —Ella negó con la cabeza—. No hablo de un daño intencionado, y lo sabes. Pero hay cosas. Por ejemplo esa mujer.
—Esa mujer no es nadie —dijo con desprecio—. Joe tuvo innumerables novias antes de que ella llegara.
Pero a ninguna la quiso así.
—Nunca estará con ella. No puede, después de lo que le hizo.

—Es posible que tengas razón. —Dejó el botellín en la mesa. Ya no le preocupaba el desorden—. Pero también es probable que jamás se la quite de la mente.
—Lo hará cuando esto acabe.
La observó, pensativo. No vio en sus ojos la misma seguridad que ponía en sus palabras; tenía miedo a perderlo y el único modo que había encontrado para defenderse era no reconocerlo.
—Creo que deberían hablarlo.
—Lo hemos hablado muchas veces. Todo está claro entre nosotros, no te preocupes. —Sacó el móvil del bolso y marcó el teléfono de Joe. Se lo colocó en el oído y colgó casi al momento—. Puede que se haya quedado sin batería; a veces le ocurre —sugirió en voz baja—. Si aparece por aquí o te llama le dices que...
—No te vayas. —Reparó en que había puesto demasiada vehemencia y atemperó el tono—. Iba a salir, pero puedo cambiar mis planes.
—Por mí no lo hagas.
—Te aseguro que no lo hago por ti —declaró con una sonrisa—. Has comentado alguna vez que te gusta el cine. Podemos ir a ver una película y a inflarnos de palomitas. —Se animó a continuar al no observar rechazo—. Estoy abierto a todo: aventuras, terror, risas, lágrimas, una empalagosa y romántica historia de amor. Tú elijes.
—Hoy no seré una acompañante divertida.
—No es necesario que lo seas. Esta vez soy yo quien tiene que resultar divertido para levantarte el ánimo. —Bego rio, y él se sintió feliz—. ¿Ves? Has sonreído con solo oírmelo decir.
—¿Por qué eres siempre tan amable?
Introdujo las manos en los bolsillos del pantalón y encogió los hombros.
—Me caes bien. Me gusta tu compañía, tu conversación, y... —sonrió, azorado— y el plan que tenía para hoy era tremendo. Si aceptas mi invitación me estarás salvando la vida.
—¡Qué gran responsabilidad pones sobre mis hombros! —bromeó sin ningún ánimo.
—Prometo que lo pasarás bien. Y, después, si quieres, podemos volver aquí por si ha regresado Joe. No es un mal plan, ¿no te parece?
—No. No es un mal plan —aceptó con una sonrisa triste—. Y podemos aprovechar para que me cuentes algo que me causa mucha curiosidad.
—Lo que me pidas —prometió, atento y complaciente.
Ella le sonrió agradecida, sin reparar en que la miraba con turbada admiración.
—Es sobre el motivo que te llevó a la cárcel —aclaró—. ¿Cómo pudiste gastar treinta mil euros en unos pocos días?
Rodrigo se cubrió los ojos con la mano y rio, pudoroso. Gastar esa escandalosa cantidad fue un placer y una absoluta locura. Lo que le parecía realmente complicado era explicárselo a ella sin morirse de vergüenza.


Durante todo el sábado, _____ anduvo por la tienda como un alma en pena. Sonriente unos ratos, cabizbaja otros y ausente en todo momento. Lourdes había tratado de sonsacarle qué había ocurrido desde la tarde anterior, cuando la dejó trabajando con Joe, pero ella se las había ingeniado para responder sin aclararle nada.
Por la tarde, y viendo que su amiga estaba demasiado conversadora, decidió trabajar a solas en el almacén. Desenvolver las piezas de tela de un pequeño pedido y colocarlas en los estantes no requería de mucha atención.
Desde la noche anterior no sabía qué debía pensar ni cómo debía sentirse. Él había llegado pidiendo sus brazos y ella se los había abierto. Pero después nada transcurrió como había esperado. Joe le había dejado ver su rabia, su dolor, pero no su amor ni su ternura.
Sentada sobre la pequeña escalera de tres peldaños, rasgó el papel que envolvía una pieza azul y la colocó en el estante más bajo. Se cubrió la cara con las manos y se dobló sobre sus rodillas con un gemido. No sabía cómo detener la sucesión de recuerdos que la saturaban de amargura.
Quería creer que no sentiría ese dolor si el final hubiera sido otro menos abrupto, menos frío. Ninguno de los dos había terminado aún de recuperar el aliento cuando él comenzó a apartarse. Lo hizo despacio, mirándola con una intensidad que la dejó clavada a la pared, muda pero suplicándole con los ojos. Notó, por sus movimientos, que se colocaba y se abrochaba el pantalón. Se preguntó de dónde sacaba fuerzas para vestirse cuando ella no las encontraba ni para respirar con normalidad. Él se agachó para coger su jersey y ella aprovechó ese instante para cerrar los ojos y suspirar. Cuando los abrió lo tenía de nuevo enfrente, observándola mientras se ponía la prenda.
Ella esperó inútilmente a que hablara.
Debió haber dicho algo para ayudarla a soportar la vergüenza que sintió al verlo totalmente vestido, mirarse y descubrirse medio desnuda: la blusa abierta, el sujetador enrollado por encima de los pechos, el pantalón y las braguitas por el suelo. Debió haber dicho algo cuando la vio enrojecer de humillación. Pero solo se comunicó con sus expresivos ojos castaños, con su gesto confuso, con su aire indeciso, incluso con sus labios que se separaron varias veces para no pronunciar ni media palabra.
Aún se agachó una vez más para recoger su cazadora, junto a la puerta. Desde allí volvió a abrir la boca, a humedecerse los labios, a tragarse lo que fuera que había estado a punto de decir.
Había sentido frío al quedarse sola. Se había apresurado a recoger el pantalón del suelo y había terminado sentada, abrazada a su ropa y sin saber si debía reír o llorar.
La voz de su amiga, que llegaba con debilidad, le hizo reaccionar. Irguió la espalda y comenzó a descubrir un nuevo rollo de tela.
—Te hablaba a ti —dijo Lourdes asomando medio cuerpo—. Te preguntaba si ayer terminaron de mirar los muebles.
—Sí —respondió sin entender el motivo de la consulta—. Contrastamos opiniones para todas las estancias.
—Entonces viene por ti —dijo con una resplandeciente sonrisa.
—¿Qué? ¿Quién viene a qué?
—Ese que aseguras que no es tu chico. Acaba de llegar, es de noche, estamos a punto de cerrar. —Guiñó el ojo con cariño—. Conclusión: viene por ti.
_____ se levantó y salió rauda hacia la tienda. A través del cristal del escaparate lo vio, apoyado en uno de los árboles alineados en el centro de la calle y expulsando el humo de un pitillo.
—Pero no va a entrar —opinó Lourdes, a su espalda—. Me encantaría que lo hiciera, como Richard Gere, en Oficial y caballero, cuando irrumpe en la lúbrica y saca a la chica en brazos. —Suspiró con teatralidad—. Pero este se va a quedar ahí fuera, esperando a que seas tú quien salga.
_____ no la escuchó. La presencia de Joe solamente podía significar una cosa: quería repetir. El hombre al que amaba con todo el corazón había llegado a buscarla porque quería acostarse con ella, y ella, que se moría por perderse en sus brazos, iba a aceptarle sin hacer ninguna pregunta, ningún reproche.
Se volvió y regresó precipitadamente al almacén. Cogió sus cosas y volvió a salir. Se ponía el abrigo con prisa cuando, esta vez sí, escuchó a Lourdes.
—No lo dejes escapar de nuevo. —_____ la miró con una sonrisa apocada—. Ese hombre te quiere. No la fastidies, porque no creo que la vida te dé más oportunidades con él.
Suspiró mientras se colgaba el bolso y tiraba de la manilla. Al alcanzar la calle se quedó quieta junto a la puerta, esperando indecisa. Transcurrieron unos interminables segundos hasta que él volvió la cabeza y la vio. Y a partir de ese instante ya no quitó los ojos de ella.
Se incorporó al tiempo que daba una última calada a su cigarro, lo arrojó al suelo y lo destrozó con la punta del zapato. Después se acercó despacio, temeroso de llegar y no saber qué decir. Pensaba que era evidente el motivo que le había llevado allí, y estaba seguro de que ella lo sabía.
Cuando estuvo a su lado siguió mirándola en silencio. Seguía sin entender por qué, la noche anterior, no le había rechazado a pesar de ser la mujer de otro. Pero tampoco le importaba. Únicamente necesitaba que ahora volviera a decirle que sí.
_____ entendió su silencio porque a ella le ocurría lo mismo. Había cosas que no era necesario expresar, y esta era una de ellas. Apartó la mirada y comenzó a andar hacia Licenciado Poza para, desde allí, tomar las calles que con más rapidez les condujeran a casa.
Él cogió aliento y la siguió. En tres pasos ya caminaban a la par, tan silenciosos como si fueran extraños, sordos al ruido de la ciudad, percibiendo tan solo el golpear de sus corazones y el sonido de sus pisadas en las baldosas de las aceras.
La noche era clara. Una redonda y brillante luna se asomaba por entre los tejados para contemplarlos con curiosidad. Hacía frío. _____ se llevó la mano al cuello y descubrió que con la prisa no había cogido la bufanda. Los guantes sí. Los llevaba en los bolsillos del abrigo, uno en cada lado. Los sacó y trató de ponérselos, pero no consiguió hacer encajar sus temblorosos dedos en sus respectivos y estrechos espacios. Fue como si la lana hubiera encogido una, dos, incluso tres tallas. Los introdujo de nuevo en los bolsillos y con ellos las manos, que comenzaban a quedársele congeladas.
Desde el puente de Deusto, Joe oteó el edificio en el que vivía _____ y los árboles que ocultaban las ventanas de su piso. Pensó que en unos minutos estarían allí, la abrazaría de nuevo, la besaría, la haría gritar de gozo. Cogió una gran bocanada de aire frío que azotaba siguiendo el curso de la ría. Deseó no sentir ese remordimiento que le impedía disfrutar el instante en toda su intensidad. Deseó volver al pasado, porque entonces la habría cogido de la mano para correr juntos hasta el portal y comérsela a besos en el ascensor. Deseó perder la memoria, mirarla sin reconocerla y amarla con la libertad de la primera vez.
Comenzaron a descender la escalera de caracol. _____ deseó pararse entre la gruesa columna central y la pared del viejo puente. Anheló quedarse en ese refugio escondido a las miradas para abrazarse a Joe, para besarle y decirle que le amaba. Pero continuó descendiendo con la mirada fija en los peldaños de piedra.
Ignoraba que él había tenido similar intención: inmovilizarla en esa zona ciega, besarla, internar las manos bajo el abrigo y tocarle esa piel que le enloquecía. No se atrevió. Acercarse a ella le costaba casi tanto como después le dolía alejarse.
El siguiente tramo daba al exterior, a las preciosas vistas de los jardines de Botica Vieja, de la ría, del Centro Zubiarte y del Palacio Euskalduna. Después se adentraron por última vez tras la columna.
Joe se humedeció los labios y crispó los dedos en el interior de los bolsillos. Se juró que no lo haría, que esperaría hasta llegar a su destino.
Pero su deseo fue más fuerte.
Se adelantó un paso y se detuvo frente a ella. Hundió los dedos en su cabello y la besó en los labios. Comenzó con suavidad, pero en un instante la abrazaba y la devoraba con ansia.
El sonido de pasos sobre sus cabezas les indicó que en unos segundos tendrían compañía.
Joe la desgastó con los ojos mientras reunía fuerzas para soltarla. A los ruidos, cada vez más próximos, se les añadieron murmullos y risas. No quedaba tiempo para dudas. Siguiendo un impulso le pasó el brazo por los hombros y la arrimó a él para terminar de bajar la escalera.
Cuando quiso darse cuenta caminaban juntos, como en el pasado, pero él llevaba un pertinaz desasosiego estrujándole el corazón.


Avanzó casi a ciegas por el pasillo. Pretendía irse sin que se notara, sin encender ninguna luz, sin decir adiós.
Se detuvo ante el suave resplandor que ofrecía la puerta abierta de la cocina. Las farolas aún estaban encendidas, pero la difusa claridad que se filtraba por entre las cortinas era la del incipiente amanecer. El claror sobre la blanca superficie del frigorífico le hizo fijarse en que esta vez las letras imantadas sujetaban una fotografía.
Se volvió para mirar atrás, hacia la habitación de _____. No escuchó nada que le indicara que ella había despertado. Entonces, tan sigiloso como un ladrón, se acercó a contemplar la imagen. Era la misma foto de Tsamoha que _____ tenía en la mesa del despacho.
La tomó entre los dedos y durante unos instantes observó los enormes y expresivos ojos negros que una vez creyó que llegaría a conocer.
Con un suspiro silencioso devolvió la foto a su lugar y la sujetó con una letra en cada una de las dos esquinas inferiores. Recorrió con los dedos el rugoso trazado de la T mientras se sumía en remembranzas.
No había oído el sonido de pasos de hacía un instante, ni había reparado en que _____ llevaba unos segundos junto a la puerta mirándole con triste embeleso.
—¿Te vas? —la oyó decir con voz apenada.
Se sobresaltó. Allí, parada en medio de las sombras, la sábana con la que cubría su cuerpo resplandecía con la tenue luz de la mañana. Observó su pelo revuelto, sus hombros desnudos, y recordó los momentos apasionados que habían compartido esa noche. Había sido diferente a la primera vez. El cuerpo le había pedido un ritmo más lento, más cadencioso con el que disfrutar de cada segundo que la tuvo pegada a su piel para que el éxtasis resultara más largo e intenso; para pretender, aunque fuera por una fracción de segundo, que los últimos años no hubieran existido y que ella siguiera siendo la dueña de su vida y de su corazón. Y así lo había sentido hasta que abrió los ojos y descubrió que se había quedado dormido entre sus brazos; hasta que experimentó el placer de despertar, verla respirar y recordar cómo había gemido para él... Entonces había llegado la desazón, el remordimiento.
—¿Te vas? —repitió al suponer que no la había escuchado.
—Sí. Tengo que... —Se frotó la nuca, incómodo, mientras inventaba un motivo.
—Tienes que terminar el último diseño —dijo ella.
—Sí. Eso es. —Escondió las manos en los bolsillos como si de ese modo pudiera borrar el que ella le hubiera visto acariciar el pasado—. Tengo que aprovechar el domingo para avanzar.
_____ encogió los dedos de sus pies descalzos y alzó un poco más el amasijo de sábanas que arrebujaba contra su pecho.
—Cuando nos lo entregues... —Pensarlo ya la asfixiaba. Cogió aliento—. ¿Cuándo nos lo entregues desaparecerás? —preguntó con temor.
—No —susurró mirándola sin conseguir ver sus ojos en la oscuridad—. No.
Sonrió aliviada y él se preguntó si podría tenerla cuantas veces quisiera hasta que llegara el momento de olvidarla para siempre. Existía un peligro, y él lo sabía. Pero también estaba su imperiosa necesidad de ella. Únicamente debía decidir si saciar esa apetencia merecía el riesgo de terminar necesitándola con más crudeza.
La miró fijamente mientras se acercaba. Cuando pudo apreciar el gris de sus ojos se detuvo a observarlos, y por su brillo entendió que por alguna incomprensible razón ella seguiría recibiéndole. Cada milímetro de su piel le palpitó bajo la ropa anticipándose a lo que sabía que iba a sentir cuando volviera a tenerla.
Y decidió que el resto no importaba.
Que él pudiera vivir en continuo martirio echando de menos esos momentos de pasión, mientras ella consumía sus días en la cárcel, no importaba.
Minúsculas partículas de placer le brotaban todavía por los poros de su cuerpo cuando, sin decir una palabra, reanudó con lentitud sus pasos hacia la salida.
Al escuchar _____ el sonido de la puerta que advertía que ya estaba sola, apoyó la sien en el marco de madera sin apartar los ojos de las letras que él había acariciado. Estaba segura de que esa noche habían hecho el amor. Esa vez, sí, le había sentido a él. Esa vez, además del gozo físico, él le había entregado su ser y sus caricias le habían rozado el alma para llenársela de ternura y de esperanza.
Suspiró al tiempo que se acercaba al frigorífico. Observó que la s y la h estaban ligeramente desplazadas hacia arriba para sujetar la foto. Las que Joe utilizó incontables veces para escribirle «Te amo» continuaban en su lugar.
Las rozó con los dedos y recordó otra mañana muy diferente a esa.
Joe y ella hacen el amor mientras el sol entra por la ventana y les acaricia la piel desnuda. Se aman, hasta acabar exhaustos y jadeantes, y después continúan tocándose con languidez. Ella sugiere que le apetece algo fresco y jugoso, él la besa apasionadamente en los labios y salta de la cama para buscar en la cocina.
Lo espera hasta que no soporta echarlo de menos por más tiempo.
Sale en su busca sin ponerse nada que la cubra y lo encuentra alterando el lugar y la posición de las letras para forma un Te amo. Él la mira de arriba abajo con admiración, la abraza y le da a morder una gran ciruela amarilla.
—¿Qué quiere decir Tsamoha? —Se interesa—. Siempre lo pienso al cambiarlas de orden y poner boca abajo esa e para convertirla en una horrible a —ríe, divertido—, pero después olvido preguntártelo.
—Tsamoha es una niña a la que amadriné cuando tenía dos añitos. —Sus ojos brillan con ternura al recordarlo—. Ha crecido mucho desde entonces. Es preciosa y la adoro.
—¿La conoces? —Da un bocado a la fruta y se la ofrece de nuevo.
—Aún no, pero lo haré. El viaje es costoso y no quiero ir con las manos vacías. Estoy ahorrando para...
—No hace falta que lo hagas —la interrumpe, radiante—. Yo te pagaré ese viaje y todo lo que quieras llevarle.
Ella siente una punzada en el corazón. Le mira con ojos sorprendidos y la tez de pronto blanquecina.
—Estamos hablando de mucho dinero —musita con preocupación—. No puedo aceptar un regalo así.
—¡Claro que puedes! Si nos hubiéramos conocido hace unos años ni siquiera hubiera podido invitarte a un café —dice, satisfecho de poder hablar en pasado—. Pero ahora tengo una pequeña fortuna —exagera con una sonrisa de felicidad—. Y no se me ocurre una forma mejor de gastarla que haciendo felices a las personas a las que quiero. Y a ti te amo con toda mi alma.
_____ apretó con fuerza los párpados al recordar la angustia que sintió al escucharle hablar con tanta ligereza de dinero. Se había negado a creerle un delincuente, había discutido con el comisario y hasta había cuestionado que los informes fueran correctos. Pero su generoso gesto se convirtió en el motivo que con más firmeza le hizo dudar de su honestidad.
También en aquel momento había cerrado los ojos para soportar el impacto. Entonces él la había abrazado con ternura y le había rogado que no se preocupara, que podía permitirse un gasto como ese. Que él también disfrutaría del viaje acompañándola a conocer a la niña si eso la hacía sentir mejor. Había resultado irónico que tratara de tranquilizarla hablándole de lo que solo podía aumentar su inquietud.
Acarició de nuevo las letras, esta vez únicamente con la mirada. No quiso devolverlas a su posición y tampoco componer con ellas la palabra que nadie salvo él podía formar. Únicamente podía soñar con que volviera a hacerlo cada mañana, durante todos los amaneceres de su vida, para que ella la encontrara al despertar. Pero para que ese milagro se diera antes debían hablar de los errores que cometieron en el pasado, y eso iba a resultar imposible. Lo pensó cuando los intentos que ella había hecho esa noche, él los había silenciado mordiéndole la boca con apasionada fiereza.


Volvían a estar en la planta más baja del parking, en la peor iluminada, en la ciega a las cámaras de vigilancia, y el confidente volvía a estar descontrolado.
—No me gusta que me engañen, aunque quien lo haga asegure que va a pagarme cojonudamente bien.
—Era mejor que no lo supieras —se justificó el comisario—. Y si lo piensas con calma me darás la razón.
El chico resopló, se llevó las manos a la nuca y se alejó unos pasos, tenso y silencioso. Regresó al cabo de unos segundos, para seguir hablando en voz baja.
—¿Sabe el acojono que tuve? —preguntó entre dientes y acercándole el rostro—. Cuando nos reunieron a todos en la vieja nave ya sospeché algo, pero cuando cerraron las puertas, con todos dentro, me di por jodido.
—Pero mantuviste la calma, como siempre, y no ocurrió nada.
—¡No habría podido hacer ni un puto movimiento aunque hubiera querido! —bramó con expresión desencajada—. Sé bien cómo arreglan las cuentas esos jodidos perturbados. Cuando Carmona dijo «tenemos entre nosotros a un soplón», me quedé sin sangre en las venas porque toda se me amontonó en el cerebro. Pensé que me estallaba la cabeza.
Se apartó una vez más, con las manos de nuevo en la nuca, como un detenido. El comisario guardó silencio dejando que se desahogara a su manera.
No tardó en volver al rincón oscuro.
—Carmona empezó a andar hacia nosotros y mientras lo hacía me miraba a mí, solamente a mí, venía a por mí... —Inspiró con la boca abierta, como si se ahogara—. Estuve a punto de sacar mi arma, no para defenderme, sino para pegarme un tiro antes de que esos putos desgraciados me pusieran las manos encima. En el último momento se volvió hacia el hombre que estaba a mi izquierda y le puso la pistola en la frente. Y entonces tuve miedo de que me notaran el alivio. ¡Si hubiera sabido que yo no era el único que estaba en esto habría estado más tranquilo, joder! —reprochó con impotencia.
—Y ahora estarías muerto. Si los dos hubieran conocido la existencia del otro, él habría intentado librarse inculpándote y habrían caído los dos —el joven le miró entrecerrando los ojos—. Reconocerás que mi forma de hacer las cosas te ha salvado la vida.
—Puede que sí —dijo sin reconocerlo del todo—, pero tenga claro que me largo. Esperaré hasta pasarle toda la información. No meta la pata otra vez, jefe. Termine con esto, págueme como me prometió y no volverá a verme nunca más.
—Tú cumple con tu parte y yo cumpliré con la mía.
—Usted prepare bien a sus hombres, porque en unos días llega el cargamento desde Colombia. Carmona piensa que ha limpiado de soplones la casa y ahora le urge recuperar el tiempo perdido. Tiene a dos de sus retrasados buscando a un tipo al que se supone que ya tenían localizado —rio por lo bajo—. Parece ser que quiere saldar una vieja cuenta de la que todavía no he conseguido información. Les pone la sangre a esos jodidos cabrones —bromeó con una mueca nerviosa.
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 27th 2012, 08:12

cada vez se pone mejor siguelaaaa
sabes que me encantaaa
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 27th 2012, 17:02

IrennIsDreaMy escribió:
cada vez se pone mejor siguelaaaa
sabes que me encantaaa

Jajajá, Sí, se pone mucho mejor Wink
Ahora la sigo.
Adoro que te encante Ire.
Besos. Razz
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 27th 2012, 17:30




Capítulo 20


El sonido de platos y cubiertos les llegaba desde la cocina. Rodrigo, empeñado en que conversaran sobre su situación, había insistido en preparar la cena mientras ellos se quedaban en el salón. Pero los minutos avanzaban y, sentados uno junto al otro, no articulaban palabra.
Joe fumaba con aire ausente. Le preocupaba que la velada se alargara demasiado. Esa noche pensaba ir a casa de _____ pasara lo que pasase.
Los pensamientos de Bego estaban más embrollados y oscuros. Necesitaba que él le explicara por qué cada vez se veían menos, por qué mantenía apagado su teléfono, dónde había estado la tarde y la noche del día anterior. Pero Joe actuaba como si no hubiera nada que contar, mucho menos aclarar. Y tanta calma fue alterándole a ella los nervios.
Cuando se decidió a hablar le costó mantener su furia tras el cristal de sus grandes ojos oscuros.
—He visto que tienes terminados los diseños —lanzó con irritada satisfacción—. Los vi ayer, mientras esperaba inútilmente a que vinieras.
Él inhaló el cigarro, aparentemente tranquilo, pero su voz sonó tensa.
—Son delicados. —La miró de soslayo comprimiendo los labios—. Nadie puede tocarlos.
—No lo hice. Los vi a través del papel de seda —aclaró, ofendida—. Me sorprendió. Decías que no los tenías listos.
Joe expulsó el humo con calma. Estaba claro que iba a ser una conversación difícil. Sobre todo porque esta vez no tenía ninguna intención de apaciguarle el mal humor.
—Ya ves que sí —respondió apoyando los codos en las rodillas y llevándose el pitillo a los labios.
—¿Cuánto tiempo hace que están terminados?
—Más de una semana —confesó con aplomo.
Bego resopló para contenerse.
—¿Por qué no los has entregado todavía?
Joe descargó la ceniza del cigarro. Lo hizo con lentitud, dejando que el extremo encendido rodara por el centro del cenicero. Necesitaba mantener el control. Los ya habituales interrogatorios a los que le sometía Bego comenzaban a molestarle a pesar de reconocer que él, con su proceder, era el único culpable de esa actitud.
—¿Cuándo se los vas a dar? —insistió.
—En cuanto la vea. —Volvió a inhalar el pitillo, despacio, dominándose.
También ella trataba de contener su enfado. Aún esperaba que él se confiara sin que tuviera que sacarle cada palabra.
—¿Por qué no lo hiciste ayer? Estuviste con ella, ¿no? —preguntó, dudosa, albergando la esperanza de estar equivocada.
Él carraspeó mirando al frente sin ningún deseo de responder. Ni deseaba ni podía hablarle de _____.
—No me gusta que traten de controlarme —dijo con frialdad.
—No es control —declaró tan asombrada como herida—. Quiero saber por qué no apareciste ni me llamaste ni...
Calló cuando le vio levantarse y dirigirse a la ventana.
—He pasado una buena parte de mi vida en la que controlaban con quién hablaba, cuántos minutos hablaba, cuánto tiempo tardaba en comer o en ducharme. —Observó la calle, pensativo—. Creo que llegaron a controlar hasta cuántas veces respiraba al día. —Se volvió hacia ella—. Así que no lo intentes, Bego. Nadie volverá a someterme jamás.
—Tan solo era una pregunta —puntualizó apretando los dedos contra sus muslos hasta clavarse las uñas—. ¿Ahora tampoco puedo preguntar?
—La primera ha sido una pregunta. La segunda ha sido una pregunta. Las demás son mucho más que simples preguntas.
—¡No tendría que hacértelas si fueras más sincero! —reprochó, herida.
Joe se pasó la mano por la cabeza. Quería evitar causarle más daño, pero no encontraba el modo de hacerlo. Se quedó quieto, frotándose la nuca mientras el tabaco se consumía entre sus dedos.
—Sí —respondió rehuyéndole la mirada.
—¿Y eso qué quiere decir? —Se puso en pie temblando por lo que continuaba presintiendo—. ¡Maldita sea, Joe! ¿Qué me has querido decir?
Él se le acercó, apagó el cigarro en el cenicero y encontró valor para mirarla de frente.
—Estuve con ella anoche.
Bego sintió sus palabras como dagas retorciéndose en su corazón. Las lágrimas la asaltaron de pronto y no fue capaz de contenerlas. Se dejó arrastrar por la rabia y comenzó a golpearle el pecho con los puños cerrados.
Él la dejó desahogar su furia. Se sentía merecedor de mucho más que ese comprensible arrebato.
—¿Cómo has... podido? —preguntó mientras seguía aporreándole—. ¡Maldito seas, Joseph! ¿Cómo has podido hacerme esto? — Él continuó sin responder. Esperó pacientemente hasta que los golpes y los gritos se debilitaron. Entonces le cogió con suavidad las manos, con intención de consolarla—. ¡No me toques! —exclamó ella, apartándolas con brusquedad—. No quiero que me toques con esas manos con las que la has... —Apretó los párpados y ahogó las palabras que le costaba pronunciar.
—Lo siento, Bego. No imaginas cuánto lo siento —dijo, abatido—. Te ruego que me perdones, que entiendas...
—¿Cómo quieres que te entienda? —preguntó a la vez que se dejaba caer en el sofá, derrumbada porque sus peores temores se hubieran convertido en realidad. Se cubrió la cara con las manos y sollozó con fuerza.
Joe se sentó sobre la pequeña mesa, frente a ella. Le partía el alma verla sufrir. Contuvo el deseo de tocarla porque estaba seguro de que ella no se lo permitiría.
—Te juro que luché con todas mis fuerzas para que esto no ocurriera, pero...
—¡No te atrevas a repetir eso! —exigió alzando el rostro—. ¡Nadie te obligó a acostarte con ella!
—Es algo que no pude controlar y aún no sé por qué. —Bufó con impotencia—. No tuve intención de herirte. No te lo mereces, por eso me duele...
—¡Claro que no lo merezco! —volvió a interrumpirle, furiosa—. He estado contigo siempre que me has necesitado. He puesto en tus manos mi vida, mis sueños, todas mis ilusiones. ¿Y ahora qué? ¿Ahora qué se supone que debo hacer después de saber que te acuestas con... con ella? —Él bajó la cabeza, pensativo—. ¿Esa es toda la explicación que vas a darme? ¿Un lo siento y después silencio?
—No hay nada que pueda decir para reparar el daño que te estoy haciendo.
Ella volvió a esconder la cara entre las manos y lloró desconsolada.
—No soy capaz de entenderlo —musitó entre sollozos—. ¿Cómo has podido abrazarla y besarla después de que te destrozara la vida y acabara con la de tu hermano? ¡Explícamelo porque no lo entiendo!
Recordar a Nick le constriñó de dolor y de culpa. Apretó los parpados y respiró hondo.
—No puedo responderte, Bego. En realidad no puedo explicarte nada.
Ella trató de golpearle de nuevo, pero las fuerzas la abandonaron antes de conseguirlo. Dejó los puños inertes sobre su pecho y apoyó en ellos la frente para llorar, esta vez en silencio.
Joe la rodeó con sus brazos, agotado y hundido.
—No puedo explicarlo —repitió en voz baja—. Y tampoco quiero engañarte diciéndote que no volverá a ocurrir. Pero sí puedo prometerte que acabará pronto. Ella pagará por lo que nos hizo.
Bego se retiró, con las mejillas húmedas y los ojos enrojecidos.
—¿Por qué te mientes y por qué tratas de mentirme?
—No lo hago. Mi vida y mi cabeza son una maraña que no consigo entender, pero hay una cosa que sí tengo clara: le haré pagar por lo que hizo.
—¡¿Y por qué no lo haces ya?! —suplicó con énfasis—. Solo tienes que realizar una llamada. Yo puedo hacerla por ti.
Joe se puso en pie y retrocedió hasta el otro extremo de la mesa.
—Eso es algo que debo hacer yo, y lo sabes —resopló con fuerza—. Se lo debo a Nicholas.
—Entonces, ¿qué pretendes que haga yo mientras decides si ya te la has follado lo suficiente? —gritó con rabia.
Ella tenía razón. No era justo ni honesto tenerla esperando cuando era otra mujer la que ocupaba su mente y le suscitaba deseo. No podía aprovecharse de ella hasta ese extremo. Bajó la cabeza para no ver su reacción ante lo que iba a decirle.
—Deberíamos dejar de vernos. —Cogió aire al sentir que le temblaba la voz—. No quiero hacerte más daño.
—¿Me estás apartando de tu vida? —reprochó acercándose a él con los ojos colmados de nuevas lágrimas.
—No —dijo volviéndose a mirarla—. Te estoy pidiendo un tiempo. No quiero estar contigo mientras me consume... —Se mordió los labios para interrumpirse—. Eres lo mejor que me ha pasado en años —confesó con ternura—, pero en estos momentos solo puedo hacerte sufrir. Los dos sabemos que estarías mejor sin mí.
Bego le miró perpleja, consciente de que aún existía una esperanza, aunque esta fuera la más humillante que hubiera podido imaginar.
—No lo puedo creer —murmuró de modo casi imperceptible al comprender que acabaría olvidándose de su dignidad y aceptando cualquier cosa que le mantuviera a su lado. Él le acarició las mejillas y esta vez ella dejó que lo hiciera.
—Esto terminará y todo volverá a ser como antes —dijo enjugándole las lágrimas con los pulgares—. Te lo prometo. Aunque sigo creyendo que deberías alejarte de mí. Mereces ser feliz y no sé si conmigo lo lograrás algún día.
Ella cerró los ojos, abatida, y le dio la espalda. No iba a aceptar la separación porque le amaba y porque estaba convencida de que _____ terminaría haciéndole daño. Sentía que su lugar seguía estando allí, esperando su regreso para recoger, de nuevo, los pedazos en los que esa mujer iba a dejarle el corazón.
Joe esperó largos minutos y, cuando comprendió que no volvería a hablarle, comenzó a alejarse. El tiempo pasaba deprisa y quería desfogarse de nuevo con _____. Ni los lloros de Bego ni sus propios remordimientos impedirían que lo hiciera.
Cogió su parka del sofá, con gesto cansado. Cuando alcanzó la puerta se volvió un momento. Ella continuaba cabizbaja y hundida, y él se sintió un desdichado miserable.
—Te lo prometo —volvió a decir. Y al volverse tropezó con el rostro desconcertado de Rodrigo.
Fue un instante de indecisión, de miradas tensas, de preguntas silenciosas. Hasta que su amigo juró entre dientes y se hizo a un lado dejándole espacio para que saliera.
A Rodrigo se le rompió el corazón al verla, pero se quedó quieto, sin saber si debía dejarla a solas o quedarse, si debía hablar o mantenerse callado. Contuvo el aliento cuando la vio avanzar hacia él. Abrió los brazos para recibirla, la estrechó contra su pecho y la arropó mientras la sentía llorar.


La casa estaba sumida en el más completo silencio cuando regresó Joe, bien entrada la madrugada. La mano le había dejado de doler y los rasponazos se habían convertido en una fea mancha de sangre seca.
Entró con sigilo al cuarto de baño y se deshizo de la cazadora dejándola caer al suelo. Abrió el grifo del lavabo y puso la palma abierta bajo el chorro de agua. Apretó los dientes al sentir el escozor.
—¿Qué cojones estás haciendo? —increpó Rodrigo abriendo la puerta de golpe, con el torso desnudo y un ajustado bóxer negro—. ¿Cómo puedes ser tan cabrón y descerebrado como para estar acostándote con esa dichosa poli?
Joe no le miró.
—En este momento tengo un problema mayor que ese.
—¿Mayor que ese? —se mofó, irritado—. No lo has debido medir bien, porque es enorme. No puedes tratar así a Bego. No lo merece. —Golpeó con el puño la pared de azulejos—. Y tú tampoco, después de lo que esa mujer hizo con tu vida.
—No. Bego no lo merece —aceptó cerrando el grifo—. En eso tienes razón.
Del pequeño armario que quedaba frente a su rostro sacó un sobre de gasas y un botellín de cristal transparente. Apretó los dientes al verter alcohol sobre la herida.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó Rodrigo con preocupación al ver los feos raspones.
—¿Recuerdas los tipos que parecían seguirnos por Bilbao? —Rodrigo afirmó—. Pues iban a por mí. Me los he encontrado hace un rato, en Deusto.
—¿Los hombres del comisario?
Joe volvió a echar alcohol sobre su mano. Esta vez su rostro no cambió. Miró a Rodrigo con gesto serio.
—Estoy jodido. Ahora sí que estoy bien jodido.
—¡No fastidies! No tienen nada contra ti. Aunque encontraran la droga no tendrían pruebas de que... —Se detuvo de pronto—. No la han encontrado, ¿verdad?
—No es ese el problema —resopló mientras se secaba con unas gasas—. Es algo que... —Apretó los párpados—. ¡Maldita sea mi suerte!
—Dime de una vez qué ha pasado porque me tienes en ascuas.
Continuó con los ojos cerrados tratando de entender qué era lo que buscaban esos hombres.
Había salido tarde de casa de _____. El cielo estaba cubierto y la noche era oscura. Había caminado, hacia el lugar en el que había estacionado el coche, con el pensamiento en las horas que había pasado con ella, en que iba a echar de menos esos turbios y excitantes encuentros.
Tan absorto avanzaba que a punto estuvo de tropezar con unos borrachos que salían de un local de copas y striptease. Los evitó como pudo y continuó adelante. No se había alejado demasiado cuando dos tipos, enormes como gladiadores, se pusieron a su altura, uno a cada lado. No tuvo tiempo de preocuparse. Los reconoció al primer vistazo. Eran los mismos que les habían perseguido por la Gran Vía. Seguía sin recordar de qué los conocía, pero no dudó que eran hombres del comisario.
—¡Por fin volvemos a vernos! —exclamó el de la cicatriz, que le aprisionaba por su izquierda—. ¡Llevamos meses esperando ansiosos que nos den luz verde para cazarte, pero una vez levantada la veda te nos has resistido un poco! ¿Has pedido cambio de horario en la trena?
El otro tipo le rio la gracia dando un codazo a Joe para que la compartiera como si fuera un compinche más.
—Bien—dijo Joe con paciencia—. Me complace haberles alegrado la noche, pero ahora lárguense y déjenme en paz.
Esta vez los dos rieron al unísono.
—¡Te hemos dejado en paz durante más de cuatro años, cabrón! —dijo en el mismo tono jocoso.
Joe aceleró el paso y ellos le siguieron el ritmo sin inmutarse. Parecía divertirles que tratara de dejarlos atrás.
—No he hecho nada que esté fuera de la ley —afirmó, cada vez más molesto—. Estoy limpio, así que busquen a otro a quien aburrir.
Regresaron las carcajadas de los dos hombres. El que parecía llevar el mando volvió a tomar la palabra.
—Esa es la retahíla que todos tenemos preparada para cuando nos pilla la pasma. Pero a nosotros nos la trae floja que seas un buen hombre o un cabrón. Tienes algo que es del jefe y se lo vas a dar esta misma noche. Justo antes de que te metamos un tiro entre ceja y ceja. —Empleó los dedos para simular el disparo en la frente.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Esos tipos no hablaban como polis, no actuaban como polis. Esos tipos no eran polis.
—¿Quién es su jefe? —preguntó con todos los sentidos en estado de alerta.
—¿Has oído al graciosillo este? Pretende no saber quién es el jefe —dijo con guasa—. Escucha bien, mamón. —Cabreado de pronto, le clavó entre las costillas el cañón de la pistola—. Se acabó la charla. Vas a venir con nosotros, vas a montar en nuestro coche como un chico obediente y te llevaremos delante de ese al que finges no conocer.
—¿Para qué? —preguntó tratando de ganar tiempo a la vez que miraba a los costados calculando hasta dónde podría llegar si trataba de escapar.
—Para joderte vivo después de que hayas devuelto lo que te llevaste.
En un instante recordó dónde había visto al de la cicatriz y le llegaron a la mente las palabras que escuchó aquella maldita tarde. Ahora sabía para quién le buscaban.
—Carmona... —musitó sin dejar de prestar atención a la carretera desierta.
—¡Mira tú por dónde empiezas a recuperar la memoria! Seguro que con un poco más de presión esta noche terminarás recordándolo todo.
Su tono de mofa evidenció que pensaba contemplar cómo le ayudaban a acelerar el proceso. Eso si no se encargaba de hacerlo él mismo.
Las carcajadas fueron esta vez más fuertes. Sintió que el cañón de la pistola aflojaba la presión sobre su costado. Vio los faros de tres coches al inicio de la calle. En unos segundos estarían a su altura. Si saltaba a la calzada en el instante justo en el que llegaba el primero, cruzaría por delante y ellos no podrían perseguirle hasta que hubiera pasado el último. Se tensó mientras seguía escuchándoles reír. Si calculaba mal acabaría bajo las ruedas. Pero si tenía que morir esa noche prefería hacerlo así que en manos de aquellos trastornados hijos de puta.
Estimó la velocidad a la que se acercaban los faros. Contó mentalmente y se arrojó a la carretera al tiempo que los dos tipos reaccionaban y se lanzaban tras él.
Su cálculo resultó tan ajustado que una vez superado el obstáculo le golpeó el espejo retrovisor, lanzándolo hacia el suelo. Le aterró el tiempo que estaba a punto de perder. Mientras caía adelantó las manos y al chocar contra el asfalto rodó sobre su cuerpo para levantarse con rapidez. No quiso mirar atrás para ver si sus perseguidores esperaban o se arriesgaban a pasar sorteando los otros coches. Corrió sujetándose el corazón entre los dientes. Corrió sabiendo que era su vida lo que estaba en juego y se refugió en el primer portal que encontró abierto. Se sentó en la escalera, alejado de las vistas del exterior, y esperó hasta que estuvo seguro de que el peligro había pasado.
Rodrigo, que había escuchado sin atreverse a respirar, tomó asiento en el borde de la bañera porque no le sostenían las piernas.
—¿Y qué tienes tú que pertenezca a ese hombre?
—No lo sé. —Se volvió y se apoyó en el lavabo—. Pero, aquella maldita tarde, justo antes de que todo se precipitara, Carmona miró el interior de mi bolsa de deporte. La sujetaba uno de los hombres que me ha seguido. Dijo algo así como «aquí no está todo». —Alzó las manos con desaliento—. No entendí nada.
—¿No dijo qué cosa faltaba?
—No hubo tiempo. Ya lo sabes. —Cerró los ojos y bufó con agobio—. No volví a pensar en esa frase, hasta hoy. —Se frotó la nuca agarrotada—. No tengo nada que pertenezca a ese tipo. Nada.
—¿Y por qué no se lo explicas?
—Imposible. Si él se ha empeñado en que tengo algo, lo tengo. Si me pillan, cuanto más insista en que no sé nada, más me torturarán para que cante lo que quieren saber.
—¡Pues sí que estamos jodidos! ¿Crees que sabrán dónde vives?
—Si lo supieran ya habrían venido a por mí. Han dicho que llevan tiempo buscándome, y si lo hacen entre la gente con la que andaba en el pasado ninguno les conducirá hasta aquí. Tan solo podría hacerlo Bego, pero no tienen por qué saber de ella.
Por primera vez se alegró de haber perdido amigos, de no frecuentar los mismos lugares, de no haber hablado a nadie de dónde y con quién estaba viviendo.
—¿Estás seguro de eso?
—Sí, lo estoy. Además tú no tienes ninguna relación con mi pasado ni este pueblo tiene nada que ver conmigo.
—Eso me tranquiliza un poco, pero ¿qué vamos a hacer?
—Tú nada. Yo, andarme con ojo y no bajar la guardia en ningún momento; sobre todo cuando se me acabe el permiso y vuelva a la cárcel. No se arriesgarán a acercarse por allí, pero pueden esperar por los alrededores y... —Cogió la cazadora del suelo y sacó el paquete de tabaco—. ¡Malditos cabrones! ¿Es que no van a dejarme nunca en paz?
—No podemos cruzarnos de brazos y esperar a que se olviden de ti.
—Son peor gente de lo que imaginas —dijo encendiendo un cigarro—. Y no, no se olvidarán de mí. Nunca se olvidarán de mí.


Mantenerse alerta pasó a ser una de sus preocupaciones. Cambió ligeramente de aspecto. Sustituyó su cazadora de cuero por una gruesa parka verde militar y renunció a continuar rasurándose la cabeza. Dejó de caminar sumido en pensamientos para hacerlo oteando continuamente hacia los lados y, cada poco tiempo, también a su espalda.
Su principal obsesión; la que le angustiaba, la que le calmaba, la que le daba y le quitaba vida, seguía siendo _____. Poco importaban las broncas de Rodrigo, que aseguraba que mantenerse cerca de ella acabaría siendo su perdición. Más le preocupaba el sufrimiento de Bego, pero a pesar de ello estaba dispuesto a que nada le privara de sus encuentros. Después de tantos años de inmenso vacío, y antes de que llegara el final, necesitaba llenarse de esas intensas pasiones que solo ella había sabido provocarle.
Por eso acudía cada noche, sin faltar una, al piso de Deusto. Para tomar todo cuanto quería, todo cuanto necesitaba, todo cuanto seguiría perteneciéndole si ella no le hubiera traicionado.
No supo ver los pequeños cambios que se sucedían con un encuentro tras otro, unas caricias tras otras. Unos besos tras otros.
Poco a poco fueron desapareciendo las veces en las que la poseía como un animal herido y se iba casi sin despedirse. Lo que comenzó siendo para él un desahogo rápido, se fue transformando en noches enteras de caricias que no siempre buscaban la finalidad del sexo. Ni el desapego de él en cuanto desaparecía el orgasmo, ni la preocupación de ella en no dar ni pedir más de lo que él quisiera, impedían que durante el sueño sus brazos y piernas se enredaran y sus cuerpos descansaran el uno en el otro.-
Pero el tiempo y la repetición convierten en cotidianas las cosas más extrañas.
Joe, que se fue impregnando de ella como esperaba, no llegó a saciarse como pretendía. Su cuerpo y su alma fueron necesitando cada vez un poco más de ese alivio que solo ella les daba. Y terminó disfrutando de las noches para arrepentirse y martirizarse durante los largos días, mientras no la tenía cerca.
—¿Quieres manzanilla, melisa, jazmín, té verde? —preguntó _____, una de esas noches, después de casi dos semanas de ardientes encuentros, mientras miraba en el cajón de las infusiones.
—¿No es peligroso? —preguntó Joe. Ella giró el rostro para mirarle con curiosidad—. Mezclar relajantes con un poderoso excitante, ¿no es peligroso? —aclaró pegándose a su espalda y pasándole los brazos por la cintura.
_____ sonrió con disimulo y cogió dos bolsitas de melisa. Le gustaban esos ratos en los que hablaban de cualquier cosa, como una pareja normal y no como adultos que se encontraran solo para acostarse. Además, tenía la esperanza de que, al fin, él permitiera que una de esas charlas terminara en la explicación que ella necesitaba darle.
—No tenemos por qué mezclarlos. —Le siguió el juego, deseosa de alargar la conversación—. Primero nos tomamos la infusión y un rato después... —Se detuvo con un incontrolado gemido. Él le mordisqueaba el cuello al tiempo que sus dedos recogían pequeños pliegues de tela que le iban alzando el borde del vestido. Cuando las manos le alcanzaron las caderas desnudas, ella emitió un ronco sonido de complacencia.
Joe gruñó excitado y se la llevó consigo hasta el centro de la cocina. La giró para tenerla frente a sí y la hizo retroceder hasta tropezar con la mesa.
Levantó el tejido hasta la cintura sin perder el contacto con sus ojos grises y le rozó las ingles con las yemas de los dedos. Ella se estremeció y él sintió la garganta repentinamente seca. Se humedeció los labios y tragó.
_____ trató de hablar, temblorosa y excitada, pero él la interrumpió atrapando su boca como hacía siempre que la quería en silencio. Le comió los labios derritiéndola mientras él mismo se quedaba sin voluntad.
La soltó el tiempo justo para mirar hacia la mesa y asegurarse de que estaba vacía.
—Entiendo que quieres algo más fuerte que una infusión —bromeó ella, sin aliento, mientras se le escurrían de los dedos los preparados de hierbas.
La tendió sobre la pulcra madera y se colocó entre sus piernas. Volvió a besarla de forma arrebatada. Terminó de enrollarle el tejido hasta pegarlo a su cuello y le mordisqueó los pechos a través del encaje blanco del sujetador a la vez que sus dedos se abalanzaban directamente hacia su sexo. La sintió estremecer, la escuchó gemir y apartó la boca para dejarla respirar y mirarla a los ojos.
Quiero dibujarte así —susurró al verla con los párpados entrecerrados y las pestañas aleteando de excitación—. No sé qué me pasa, pero te dibujo a todas horas; con lápiz, sin él... —confesó casi de modo inconsciente. _____ sonrió con dulzura y él perdió el poco aliento que le quedaba—. Creo que me estoy volviendo loco —susurró, sorprendido por su propia revelación, y escondió la cara en la suave curvatura entre su hombro y su cuello—. Abrázame —pidió con voz ronca—. Abrázame muy fuerte. Abrázame todo lo fuerte que puedas.
Inspiró al sentir sus brazos rozándole la espalda y notó cómo su delicado olor a azahar le penetraba y recorría su cuerpo hasta encontrarle el alma. Escuchó los agitados latidos de su corazón y besó con ternura la suavidad de su piel.
Nada era comparable a eso. Ni siquiera entrar en ella y estallar en el placer más absoluto. Nada se podía comparar con la paz que sentía cuando ella lo encerraba en el cálido refugio de sus brazos.


Había tardes en las que a Joe le costaba esperar a que llegara la noche para encontrarse con _____. Cuando eso ocurría se acercaba a la tienda sabiendo que, apenas asomara, ella se apresuraría a salir a su encuentro dejando a Lourdes a cargo de todo.
Ese fue uno de esos días en los que llegó a buscarla ansioso por recorrer con ella las calles, cruzar el puente, descender por la escalera de caracol y subir en el ascensor gastándola a besos.
Pero esa tarde, con la pelirroja ausente del comercio, esperó pacientemente a que llegara la hora de cierre. Husmeó entre papeles pintados y telas mientras _____ atendía a los clientes, pero sin dejar de mirarla más allá de unos segundos. Tan pendiente estuvo de ella que no advirtió que, desde la calle, unos ojos les acechaban con excesivo interés. Ni reparó en ello un rato después, cuando salieron y él bajó la persiana y la afianzó a la cerradura encajada en el suelo. Menos aún se percató de que estaban siendo acechados cuando la ayudó a enrollarse la bufanda, tiró de los extremos para acercarla y la besó sin prisa en la boca. Y es que ella le hacía olvidarlo todo, incluso su necesidad de mantenerse vigilante para seguir con vida.
La tomó por la cintura y la arrimó a su costado. Deseaba recorrer con ella las calles más largas y desiertas que les condujeran a Deusto. No era consciente del peligro que suponía alejarse del gentío.
Al detenerse en el segundo semáforo se inclinó para susurrarle al oído. Por entre su cabello castaño, unos pocos metros más atrás, creyó distinguir dos rostros inquietamente conocidos. Rígido, volvió su mirada al frente sin tiempo a comprobar si la visión era real o simple producto de su imaginación. Su primer pensamiento fue _____. Debía mantenerla a salvo de esos hombres. Le pasó el brazo por el cuello y la llevó contra sí para evitar que vieran su rostro. Ahora su urgencia consistía en escapar de allí. En ese momento no era solo su vida la que estaba en juego.
—¿Qué pasa? —preguntó ella al sentirlo tenso y percibir que su respiración se aceleraba.
Se ladeó para besarla en los labios. El corazón le retumbaba con fuerza y sus sentidos estaban en completa alerta. Pudo ver que los tipos mantenían la distancia para no ser descubiertos. Y él se preparó para el instante en que el semáforo cambiara a verde. Entonces los peatones de uno y otro lado de la calle se cruzarían formando un pequeño tumulto.
—¡Corre conmigo! —susurró en el último instante.
La sujetó con fuerza por la cintura y salió abriéndose paso entre la gente. Llevaba la cabeza baja para no sobresalir y ser localizado. _____ iba sin aliento, sobre todo cuando la alzaba y ella sentía que sus pies no tocaban el suelo.
La hizo girar bruscamente hacia la izquierda y no se detuvo hasta alcanzar la parte trasera del kiosco de prensa.
—¿Qué pasa? —volvió a preguntar ella, con la espalda apoyada en el cristal y respirando jadeante.
—Necesitaba besarte a solas —susurró. Y lo hizo a la vez que temblaba por dentro.
El corazón de _____ se aceleró hasta acompasarse a los feroces latidos que golpeaban el agitado pecho de Joe. Correspondió a sus besos con descuido mientras se preguntaba de qué se estaban escondiendo, hasta dónde alcanzaba la gravedad de lo que le estaba ocultando esta vez.




Capítulo 21


Estacionó el coche junto a la Casa Torre de Ariz, a pocos metros del piso de Joe. Salió del vehículo abrochándose el abrigo y consultó su reloj de pulsera: las ocho de la mañana. Después miró al cielo. Amanecía un precioso día frío y nublado pero sin amenaza de lluvia. El día perfecto para pasear por la playa escuchando el sonido el mar; para sentarse en la arena y contemplar el horizonte en silencio; para charlar abrazados, refugiándose del viento.
Le alegraba que Joe hubiera aceptado su idea de pasar el domingo en la playa de Cuberris. Tenía maravillosos recuerdos de aquel lugar en el que se produjo su primer acercamiento, y pensaba que volver allí era lo que necesitaban. Tenía la esperanza de que él se relajaría hasta permitirle hablar del pasado, de que por fin la dejaría explicarse y, tal vez, comenzaría también a perdonarla. Esa expectativa le ilusionaba tanto que la excitación había hecho que madrugara mucho más de lo necesario.
La esplendorosa sonrisa se le extinguió en los labios cuando llegó al portal y la vio. La reconoció a pesar del tiempo transcurrido. La encontró más hermosa a pesar de que siempre le pareció la mujer más perfecta que había visto. Se quedó inmóvil mientras ella, altiva y desafiante, abría la puerta y se detenía obstaculizándole la entrada.
—¡Qué sorpresa! —pronunció en voz baja—. Este piso está muy concurrido esta mañana.
_____ percibió su tono provocador, pero no respondió. No quería discutir. Sentía lástima por ella. Sabía lo que era amar sin esperanzas de ser correspondida.
—¿Me dejas pasar, por favor? —pidió con amabilidad.
Pero Bego estaba tan furiosa como dolida. Acababa de descubrir el motivo del indiferente recibimiento que le había dedicado Joe, y sobre todo de la absurda discusión que había terminado con su imprevista visita.
—Ya que compartimos un interés común, permite que te dé un consejo —dijo con un chispeo de perversidad en sus ojos negros—No subas inmediatamente. Da unas vueltecitas por el barrio para dar tiempo a que se enfríe su cama. —Sonrió al descender a la acera para marcharse, y en cuanto le dio la espalda la sonrisa desapareció y sus ojos reflejaron el dolor y la impotencia que en realidad sentía.
_____ apretó los párpados mientras el taconeo se iba perdiendo en la distancia. Se encogió, muerta de amargor y de frío. ¿En qué momento se atrevió a albergar alguna tonta esperanza con respecto a Joe? Se había acercado a él para ayudarle y, tal vez, para ayudarse a sí misma poniendo un poco de paz también en su alma. Debería haber centrado sus esfuerzos en eso, sin dejarse llevar por la emoción de descubrir que él la seguía amando.
Porque la amaba. Estaba segura de que la amaba a pesar del odio, a pesar de Bego, a pesar de todo.
Sin embargo, se quedó allí durante interminables minutos soportando la baja temperatura, preguntándose si debía subir o era más prudente regresar a casa.


Aún dudaba cuando, un rato después, Joe abrió la puerta y la miró con desconcierto.
—¡Vaya! —exclamó, aturdido—. Te has adelantado casi una hora. Pero lo arreglo en cinco minutos —aseguró mientras caminaba hacia atrás torpemente. Alzó la mano para disculparse y se precipitó hacia su cuarto.
_____ suspiró para darse ánimos. Encontrarlo con los pies descalzos, los vaqueros desabrochados y el torso desnudo le había provocado una punzada gélida en el corazón.
Miró a su alrededor, temerosa de encontrar cualquier cosa que le recordara a Bego, y fue tras él siguiendo la estela que su olor a recién duchado había dejado por el pasillo. Se detuvo a la entrada de la habitación y miró la cama deshecha.
—Perdona el desorden —pidió, azorado, mientras sacaba un suéter del armario—. Me he levantado muy pronto, pero me he entretenido dibujando.
Ella volvió la vista hacia el escritorio. La figura de una mujer desnuda ocupaba toda una lámina. Se acercó para apreciarlo mejor. Era ella, acostada lánguidamente sobre una indefinida y esponjosa superficie blanca. Estaba bella; más bella de lo que se había sentido nunca. La luz que llegaba en oblicuo desde la ventana le permitió apreciar que algunas líneas estaban profundamente incrustadas en el papel, como si hubieran sido trazadas con demasiada impetuosidad. Tal vez con rabia. Quizá con esa rabia que ella había dejado de ver y que por eso había creído extinguida.
Se sobresaltó al notar a Joe a su espalda. Cerró los ojos mientras sentía sus dedos recogiéndole con suavidad el cabello y dejándolo caer hacia delante por uno de sus hombros.
—¿Hay algo que te preocupa? —musitó en voz baja.
Ella negó con un movimiento de cabeza. No podía dejar de imaginarlo con Bego entre esas sábanas enredadas. Al sentir el calor de sus labios sobre la nuca se le erizó la piel, se apartó bruscamente y se dirigió a la puerta, pero se detuvo a medio camino.
—¿Qué ocurre? —volvió a preguntar observando con atención su espalda tensa.
—Nada, pero... he estado pensando que... no... no tiene ningún sentido que pasemos el día en Cuberris —dijo escondiendo sus temblorosos dedos en los bolsillos.
Joe se acercó sin dejar de mirarla y se colocó frente a ella.
—Algo ha cambiado desde ayer por la noche. ¿Qué es? —Sus ojos castaños se encendieron—. ¿Has estado con él? —preguntó consumido por unos repentinos celos.
—No sé de quién hablas. —Se mostró confundida.
—Claro que lo sabes. ¿Has estado con el comisario?
—¿Por qué me haces esa pregunta?
Joe comprimió los labios con fuerza. Que ella evitara responderle fue para él la más sólida confirmación.
—Por nada —respondió, mortificado y furioso—. También yo creo que es ridículo que tú y yo vayamos a esa playa o a cualquier otra. Para lo que nos juntamos nos basta con un simple colchón —apuntilló mordaz, y sin apartar los ojos de los suyos se hizo a un lado para dejarla ir.
_____ le mantuvo la mirada unos segundos. No podía creer que estuviera siendo tan cruel. Tomó aire, dispuesta a demostrarle que no había conseguido humillarla.
—Estoy de acuerdo. —Alzó la barbilla ocultando el dolor que la quebraba por dentro—. Cualquier punto de apoyo sirve para nuestros revolcones.
Se apartó, con cuidado de no rozarle, y se volvió hacia la salida con paso digno.
Joe caminó tras ella, muy cerca, observándola en silencio, conteniendo el impulso de retenerla y gastarle la boca hasta borrar lo que los dos acababan de decir.
Sintió ahogo cuando en el salón la vio recoger el abrigo y el bolso.
—Posa para mí —pidió al no resistir la sensación de pérdida.
Ella se volvió, sorprendida. Le miró tratando de reconocer la aspereza de hacía un instante. En su lugar encontró el amor torturado de siempre.
—¿Ahora? —Su voz fue como un murmullo emocionado.
—Ahora —respondió con un susurro—. Posa para mí como lo hiciste entonces.
_____ comprimió contra sí las prendas, y los segundos que tardó en responder se le hicieron a Joe eternos.
—No. No voy a hacerlo mientras no hablemos —declaró sin ánimo de provocarle—. Esta vez no.
Firme en su intención de irse, caminó hacia el pasillo y la entrada. Joe reaccionó con rapidez, pero en lugar de detenerla se adelantó y se interpuso entre ella y la puerta. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y susurró, seductor:
—No seas niña. —Trató de sonreír, pero el corazón le latía en la garganta—. Quédate y posa para mí.
—Quieres que pose para ti —musitó con tristeza—. Quieres que corresponda a tus caricias cada vez que se te antoja, que sonría contigo cuando tienes un buen día y que casi no respire cuando llegas áspero y resentido —inspiró hondo y con suavidad—. Y siempre hago todo eso que deseas. ¿Pero qué pasa con lo que yo quiero? —Le vio tensarse mientras ella concluía—: No, Joseph. No voy a posar para ti mientras no me dejes explicarte lo que pasó.
Pero él no podía dejarla hablar. Tenía miedo de que con unas pocas palabras le hiciera dudar de lo que vio, de lo que sintió aquella tarde; de la verdad en la que llevaba apoyando su desdichada vida durante los últimos años.
—Como quieras —dijo _____ ante su obstinado silencio.
El corazón de Joe se aceleró pidiéndole que la detuviera, la mirara a los ojos y le dijera que estaba dispuesto a oír lo que ella quisiera contarle. Pero él se negó ese deseo. Se quedó inmóvil mientras ella pasaba por su lado y alcanzaba la puerta.
_____ salió sin mirarle. Se iba con la falsa dignidad con la que trataba de ocultar lo utilizada y herida que se sentía. Estaba haciendo lo único que podía hacer, lo que debió haber hecho hacía mucho tiempo. Sin embargo, alejarse de él le provocaba el mismo dolor que si se le arrancaran a pedazos las entrañas.
—Espero que te vaya bien —dijo desde el rellano—. Espero que todo te vaya bien.
No hubo más palabras, ni siquiera una última mirada.
Joe cerró y la soledad volvió a llenar la casa, volvió a asfixiarle, volvió a sumirle en las sombras.
Crispó los puños y maldijo en voz baja. Cuando eso no le bastó trató de desahogar su impotencia golpeando con los nudillos sobre la puerta una vez, y otra, y otra...


El agente Gómez se detuvo ante el despacho y se examinó el uniforme. Se ajustó los puños y los cuellos de la camisa y alzó la mano para llamar. Se arrepintió en el último instante. Tosió para aclararse la voz. Volvió a coger aire y se santiguó dos veces. Después golpeó la puerta con los nudillos y abrió.
El comisario, sentado ante su escritorio, levantó la cabeza y le miró con gesto agrio.
—Si no me traes las noticias que espero, mejor desapareces sin abrir la boca —espetó, furioso.
—Señor. —Volvió a carraspear—. No es fácil conseguir la información que me ha pedido sin...
—¡No te he preguntado por las dificultades que encuentras al hacer tu trabajo! ¡Te he dicho que hables únicamente si tienes algo importante que comunicarme!
Durante unos segundos el joven policía pareció dudar. Al final se arriesgó a continuar dando su informe.
—Como me dio libertad para seguir al sujeto, lo he hecho unas cuantas veces. Puedo decirle que desde hace un tiempo pasa muchas noches en un piso de Deusto que...
—¡Ya basta! —Se puso en pie al tiempo que golpeaba la mesa con los puños—. Estoy cansado de tu ineptitud. Está claro que me equivoqué contigo.
—Pero señor, yo...
—¡Tú, nada! —continuó gritando—. No estoy de humor para aguantar majaderías de un novato que no sabría decirme ni cuál es su mano derecha. Aléjate de mi vista o juro que no respondo de mí —amenazó entre dientes.
—Sí, señor —acató cuadrándose antes de salir de forma precipitada.
El comisario se dejó caer con brusquedad en el asiento. Apoyó la espalda en el respaldo y con aire ausente se frotó el mentón.
Se sentía furioso, frustrado, impotente. El último mes estaba siendo un infierno. No podía soportar que _____ estuviera viéndose con aquel tipo. Eran muchas las veces, en las últimas semanas, que se había contenido para no abordarlo de nuevo. Le mataba el deseo de darle un buen escarmiento para que se le quitaran las ganas de acercarse a ella.
La impotencia y los celos le consumían. La amaba con toda su alma. Si perderla era duro, perderla por que se fuera con aquel delincuente de oscuras intenciones le resultaba insoportable. Necesitaba que ese maldito regresara a prisión antes de que le hiciera daño, pero ya había comprendido que el agente Gómez no iba a ser quien le facilitara las pruebas necesarias. Le había hecho perder un tiempo precioso que el condenado Joe no había desperdiciado.
Se frotó con los dedos el espacio entre los ojos. Llevaba demasiado tiempo sin dormir, demasiado tiempo tenso, demasiado tiempo furioso. Su capacidad para centrarse en el trabajo estaba bajo mínimos, su paciencia estaba llegando a su fin.



Bien, ahí estan los dos capitulos.
Gracias por comenter Irene, eres una fiel lectora, un abrazo.
Y lo sé, Fer, tú también amora, pero sé que estas mala de tu bracito.
Recuperate Wink

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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 28th 2012, 13:18

me encantoooo es muy triste pero es preciosa a la vez
siguelaaa
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 28th 2012, 18:11

IrennIsDreaMy escribió:
me encantoooo es muy triste pero es preciosa a la vez
siguelaaa

Sí, Dios.
Esta novela es muy sentimental.
Yo lloré un montón de veces con ella.
Es que lo describe tan bien, que incluso tú lo sientes.
En fin, ahora la sigo Ire Wink
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catchingjonas
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 28th 2012, 18:13

Capítulo 22


Decenas de desiguales bolas de papel arrebujado estaban por el suelo. Como emergiendo de entre ellas destacaban los pies descalzos de Joe. Con el cuerpo desnudo, igual que cuando la miraba dormir y la pintaba en su cuaderno, trazaba suaves líneas sobre una nueva lámina. Solo una tenue luz, procedente de la pequeña lámpara del escritorio, rompía las sombras de la noche derramándose sobre sus nudillos lastimados y los rasgos de _____ que iba descubriendo el carboncillo: el delicado arco de sus cejas, sus ligeras pestañas, sus seductores labios entreabiertos...
... hasta que cogió la hoja entre las manos y la arrugó con rabia, arrojándola después contra las que cubrían el entramado de madera.
Llevaba tres días de tormento y tres noches de infierno. El cansancio no le dejaba dormir, sus pensamientos no le dejaban dormir, comprender que ya no sabía vivir sin ella no le dejaba dormir.
Se echó sobre el respaldo, la silla crujió y por un momento temió despertar a Rodrigo. Apagó la luz, regresó a tenderse sobre las sábanas revueltas y cerró los ojos.
¿Por qué se desesperaba? La tenía donde quería; desde hacía tiempo una simple llamada de teléfono le separaba de la satisfacción final, y toda su angustia se centraba en que la había perdido. En que la había perdido a pesar de no haberla tenido nunca.
¿Dónde estaba quedando su odio, su afán de revancha?... En el olvido. Por mucho que se obstinara en continuar con sus planes, era consciente de que los estaba sumiendo en el olvido. Y si perdía lo que durante años fue su razón de ser y de existir, ¿qué le quedaría? Si perdía eso y además no la tenía a ella, vivir o morir iba a ser algo que no volvería a importarle.
Tenía que centrarse si no quería volverse loco; tenía que recordar qué quería y por qué, y hacerlo de una vez por todas. Y para eso debía pensar en ella como en la zorra que le jodió la vida y no como en la mujer con la que se moría por estar.
Tenía que hacerlo.
Sin embargo, se levantó de nuevo, se acercó al escritorio y encendió la luz. Cogió entre los dedos el carboncillo y comenzó a trazar el arco perfecto de una ceja. Llevaba a esa mujer tan encajada en el pensamiento que podía dibujarla sin necesidad de verla. Era respirar lo que le costaba hacer cuando no la tenía al lado.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rodrigo asomando el torso desnudo tras la puerta.
Joe soltó el carboncillo y dirigió hacia él los ojos, cansados y enrojecidos.
—He tratado de no hacer ruido. Siento haberte despertado.
Rodrigo no necesitó comprobar qué contenían los folios desperdigados por el suelo; sabía bien lo que su amigo, en los últimos días, dibujaba y destrozaba sin descanso.
—Llevas noches sin salir y andas de un lado a otro como un alma en pena —comentó apoyando el peso de su cuerpo en el quicio de la puerta—. ¿Qué está pasando?
—Nada importante. —Hincó los codos en la mesa y se frotó los párpados.
—Esto se te está yendo de las manos —dijo con preocupación—. Lo sabes, ¿verdad?
—Es cansancio —aseguró volviéndose hacia el rostro inacabado de _____—. Solo cansancio. Llevo algunas noches durmiendo mal.
Como si esa explicación lo hubiera dejado todo resuelto, recuperó el lápiz y comenzó a trazar las líneas del suave y delicado cuello. Rodrigo le observó durante un rato, pensativo. Iba a continuar con las preguntas cuando le vio arrugar el dibujo con arrebato, arrojarlo al suelo y comenzar con un nuevo folio. Entonces suspiró con impotencia y desapareció en la oscuridad del pasillo llevándose con él su preocupación.


Rodrigo hizo el café en silencio mientras Bego deambulaba por la casa. Estaba cansado de verla sufrir por Joe, igual que estaba cansado de verlo a él destrozar su vida a causa de su obsesión por la mujer equivocada. No entendía tanta ceguera cuando el amor le parecía algo tan claro y hermoso como la luz. Él sabía a quién amaba y sabía que la amaría hasta su último aliento, incluso tal vez también después. Soñaba con ella, fantaseaba con ella, y, a veces, la miraba a los ojos, le enjugaba las lágrimas con los dedos y la consolaba con palabras cariñosas.
No era todo lo que deseaba hacer, pero sí era todo cuanto podía permitirse con la mujer de su mejor amigo por mucho que este no la mereciera.
Dejó las dos tazas con café en la mesa. Una frente a la silla donde ella había dejado el abrigo y el bolso. La otra justo al lado. Después salió en su busca.
La encontró mirando la habitación de Joe desde la puerta abierta, resistiéndose a pasar al interior.
—Lo siento —susurró él con dulzura, apoyando la espalda en el otro lado del marco.
Ella pareció despertar del amargo aturdimiento.
—He perdido la cuenta de las veces que me has dicho palabras como esas.
—Me gustaría hacer mucho más, pero... —mesó su perilla con gesto preocupado—, pero no es fácil. —Resopló para serenar su frustración—. ¡Si al menos pudiera sacudir a ese descerebrado hasta hacerle entrar en razón!
Bego volvió la mirada hacia la habitación y la dejó clavada en la cama.
—¿Cuántas noches duerme fuera de casa?
—Todas. Hay veces que regresa de madrugada, otras lo hace justo para cambiarse y salir hacia el trabajo. Pero algo está ocurriendo, porque las tres últimas ni siquiera ha salido. No le veo bien y comienzo a estar preocupado. Temo que...
Se angustió al verla coger aire y expulsarlo una y otra vez, pero aguardó al comprender que lo hacía para soportar las ganas de llorar.
Tras unos interminables segundos, ella pareció recomponerse. Pasó al interior, con los brazos cruzados, mirándolo todo con expresión triste.
—Sé que debería desistir —confesó en voz baja—. Pero no voy a hacerlo. Cuando esa poli desaparezca de su vida volverá a necesitarme. Él todavía no lo sabe, pero yo sé que volverá a necesitarme.
—¿Y el daño que te estás haciendo mientras tanto?
—¿Y el daño que me haré si lo pierdo? ¿Y el daño que esa mujer le está haciendo a él? —Las lágrimas comenzaron a rodar de nuevo por sus mejillas—. ¡Acabas de decirme que no está bien!
Rodrigo maldijo entre dientes y se adelantó hacia ella. La envolvió entre sus brazos y dejó que llorara refugiada en su pecho empapándole la camisa y reblandeciéndole el corazón.
—No dejes que ningún hombre te haga sufrir así, Bego —musitó aproximando los labios a su oído—. No se lo permitas nunca a nadie. A nadie.
Ella comenzó a sollozar con más fuerza, él comprimió los párpados mientras se ahogaba en la impotencia de no saber cómo ayudarla.
Se sorprendió al sentirla de pronto rígida. La soltó y siguió la dirección de su mirada: el escritorio.
Bego se acercó despacio, sin apartar los ojos del dibujo en blanco y negro que ocupaba toda una lámina. La cogió entre los dedos y observó la imagen de una hermosa mujer desnuda. Se le escapó un gemido al reconocerla y la soltó como si de un tizón encendido se hubiera tratado.
Abrió la carpeta que encontró en un extremo de la mesa. Estaba llena de ella. La había pintado de mil maneras diferentes, pero siempre hermosa, dulce, perfecta. Ver aquel exceso le rompió el corazón: a ella no la había pintado nunca, ni siquiera con un rápido trazado en un simple pedazo de papel.
—Es _____ —susurró con un hilo de voz.
—Solo son dibujos —dijo Rodrigo al intuir su sufrimiento.
—No —musitó—. Son mucho más de lo que puedes ver. De nuevo se está dejando el alma en esa mujer de la que solamente recibe dolor.
Se estaba dejando el alma que a ella no le había abierto ni por un instante.
Sollozó cubriéndose la boca con las manos. Se preguntó qué iba a quedar de él cuando todo hubiera terminado. Nada, se respondió. Si seguía entregándose de ese modo no quedaría nada. Volvería a hundirse en el abismo en el que había permanecido los últimos años. Y esta vez sería para no salir jamás.
Furiosa, decepcionada y profundamente preocupada por él, pasó las manos por la mesa arrojándolo todo por los aires.
¡Se acabó! —Apretó la mandíbula y se bebió las lágrimas—. Para todo existe un límite.
—Bego... —musitó tratando de calmarla con un abrazo.
—¡No! —Se apartó y fue hacia la puerta—. Sé muy bien lo que tengo que hacer. Y te juro que lo haré sin dudar.
Salió dejando a Rodrigo inmóvil y consternado, mirando los preciados dibujos de Joe esparcidos por el suelo.


Tras el último vómito bajó la tapa del inodoro y siguió arrodillada en el suelo, por si le volvían las ganas. Llevaba sintiéndose mal los tres mismos días que llevaba sin ver a Joe. Podía parecer exagerado, pero ella encontraba lógico que a la vez que se le iba muriendo el corazón se le enfermara también el cuerpo.
¿Qué iba a hacer ahora, para saber de él, si ya les había entregados los diseños y había cobrado por ellos? ¿Qué podía hacer, si hasta las felicitaciones del cliente le había transmitido? ¿Qué iba a hacer, cuando ya lo había hecho todo para estar cerca de él y nada había funcionado? No debió albergar ninguna esperanza. En su lugar debió haber tenido presente que la herida que deja una traición tan grande nunca termina de sanar.
Sonó el timbre de la puerta al mismo tiempo que le llegó otra arcada. Su estómago se retorció sin hallar nada más que expulsar. Se puso en pie, se mojó la cara y se enjuagó la boca en el lavabo. Se secó con una pequeña toalla, mirándose en el espejo. Estaba horrible, con la piel blanquecina y unas oscuras y hundidas ojeras. Era el aspecto mortecino de quien no se encuentra el alma.
Se frotó las mejillas mientras dejaba que sonara el timbre, y el corazón volvió a latirle resucitado cuando le pareció escuchar la voz de Joe.
Caminó por el pasillo sin encender la luz, con las manos sobre el pecho, conteniendo la respiración y amortiguando el sonido de sus pasos.
—Abre, _____. Por favor, abre —le oyó decir con voz apagada.
Se paró junto a la puerta agonizando en contradicciones. Quería verle, mirarle a los ojos, hablarle... pero aún era pronto para eso. La herida era demasiado reciente y demasiado dolorosa. Temía que le faltarían fuerzas para estar ante él sin echarse a sus brazos buscando su consuelo.
Por eso se quedó quieta, rogando por que se cansara de llamar y se fuera.
—Abre un momento —volvió a pedir tras la puerta—. Tenemos que hablar.
Hablar. Le estaba pidiendo, en tono dulce y afligido, que hablaran. Al fin aceptaba que hablar era el primer paso que debían dar; el primero que debieron haber dado desde el principio. Y la esperanza volvió a asomar con timidez en su herido corazón.
Le temblaban los dedos cuando descorrió el cerrojo y tiró de la manilla. Él apareció con una sombra de cansancio en sus ojos castaños, y, ella, conteniendo la respiración, retrocedió para dejarle espacio.
—He luchado por no venir —se justificó parándose de frente—. Te juro que lo he intentado con todas mis fuerzas.
—Tampoco para mí está siendo fácil —reconoció, expectante.
—Entonces ¿por qué lo hiciste; por qué me echaste de tu lado? —La sintió dudar, y por un momento creyó que podría convencerla—. Olvidemos lo ocurrido. Volvamos a estar como antes.
—¡No! Como antes no —negó enérgicamente con la cabeza—. Si de verdad queremos estar juntos, primero debemos hablar de lo que...
—¿Por qué vuelves una y otra vez a lo mismo? ¿No te das cuenta de que tu insistencia es lo que lo ha estropeado todo? —preguntó con desaliento—. Estábamos bien cuando no tocabas el maldito pasado.
—¡¿Bien?! —exclamó, aturdida—. ¿A qué llamas estar bien? ¿A lo que aseguraste que podíamos hacer en cualquier sucio colchón? ¿A que llegaras aquí cada noche con el único propósito de que me abriera de piernas para ti?
Él acusó el golpe, y la rabia no le dejó ver que lo había merecido.
—No me pareció que te quejaras ninguna de las veces —respondió a la defensiva.
La observación, aunque cierta, la hirió profundamente recordándole cuál sería el tipo de relación que tendrían si le aceptaba con sus condiciones. Volvería a pasar a su lado las horas que él quisiera y del modo en el que se le antojara; volvería a amarle en silencio cuando a él no le apeteciera escuchar sus «te amo». ¿Y cuánto tiempo más se sostendría esa locura?... Probablemente hasta que él se decidiera a escoger entre el amor y el odio que sentía por ella.
—¿A esto te referías al decir que teníamos que hablar? —preguntó en tono acusador para después apretar los párpados y pedir—: ¡Vete! ¡Vete y no vuelvas!
—¿Por qué me reprochas algo que los dos quisimos hacer? —Se acercó hasta que pudo sentirla respirar—. Es más. ¿Por qué me reprochas algo que te mueres por volver a hacer?
Le apartó un mechón, sujetándolo tras la oreja, y hundió con sensualidad los dedos en su cabello.
—Por favor, Joe. —Temblaba por fuera y por dentro—. Esto es absurdo.
—¿Acariciar es absurdo? —musitó al tiempo que alcanzaba el punto en la nuca que sabía que le erizaba la piel.
—No deberías haber venido —insistió tratando de ignorar su contacto—. Vete, por favor.
Él no se movió. La tenía frente a sí, protestando con dureza mientras su piel respondía a sus caricias.
—¿A quién obedezco? —susurró, seductor—. ¿A tu boca, que me pide que me vaya, o a tu cuerpo que suplica que me quede? ¿Cuál de los dos miente, _____?
—Tal vez ninguno de los dos. —Sacó fuerzas para apartarse y fue hacia la puerta. La abrió y esperó a que él se volviera.
El aire frío procedente de la escalera le azotó a Joe la espalda, que tensó la mandíbula y se maldijo tanto por lo que había dicho como por lo que había callado. Cuando se volvió, ambos se miraron a los ojos; ella tratando de mostrarse firme, él sin poder disimular su indecisión.
—_____...
—Ya nos lo hemos dicho todo —sentenció con tristeza—. Ahora quiero que te vayas; quiero que te olvides de mí; quiero que encuentres a quien sepa hacerte feliz, porque los dos sabemos que yo nunca seré esa persona.
Joe bajó la cabeza lamentando la estúpida ceguera con la que había vuelto a estropearlo todo. Avanzó con la intención de no rogar, de no suplicar, de alejarse de ella. Sin embargo, apenas atravesó el umbral y pisó la alfombrilla de bienvenida, volvió a detenerse. Le oprimía la sensación de que una vez que se fuera no habría vuelta atrás... y no estaba dispuesto a perderla, aunque para ello tuviera que tragarse la obstinación y el orgullo.
—_____... —volvió a susurrar al tiempo que se volvía a mirarla y se encontraba con sus húmedos ojos grises.
Y al instante ella cerró la puerta, dejándolo fuera de su casa y fuera de su vida.
Después se quedó allí, quieta, llorando por la última y amarga despedida. Habría sido fácil aceptarle; demasiado fácil y con el tiempo demasiado doloroso para los dos. Pero esos pensamientos no la consolaron.
Respiró por la boca entreabierta al sentir que le regresaban las náuseas y se sujetó con las manos el estómago revuelto. Su cuerpo volvía a enfermar en cuanto él se alejaba.
—Sé que estás ahí —le oyó decir, al otro lado, y bajó los párpados mientras el corazón le palpitaba de nuevo en la garganta.
El de Joe no encontraba espacio donde latir: se moría. Moría golpeándole con apasionamiento, como si le castigara porque no le hubiera dicho todo lo que sentía. Y con mayor apasionamiento hubiera aporreado él la puerta de no haber sabido que eso no le ayudaría a recobrarla, sino a terminar de perderla. Por eso se contuvo y dio en la madera suaves toques con el dorso de los dedos.
—Sé que estás ahí. —Inspiró despacio, refrenando la congoja—. Escúchame, por favor.
Luchaba contra la promesa, que una vez se hizo, de mostrarle su rencor pero jamás su debilidad; esa debilidad que era y siempre sería ella. Ante, tal vez, su última oportunidad, jugaba al fin su última carta, esa que en su afán de protegerse nunca usó: la verdad que llevaba escondida en lo más profundo de su alma; esa verdad que había estado negándose también a sí mismo.
—Sé que estás ahí —repitió una vez más, con la frente pegada a la puerta—. Puedo sentirte. Nunca he necesitado verte para saber que estás cerca de mí... —Tragó, pero su garganta siguió estando seca y la humedad continuó anegándole los ojos—. Entiendo que me estés echando. De verdad lo entiendo, pero... pero entiéndeme también a mí. Me cuesta confesarte esto... Me cuesta la misma vida confesarte que... que te necesito. —Dos gruesas lágrimas resbalaron bajo sus pestañas—. ¡Dios, _____, te necesito con desesperación, te necesito y no sé por qué! Ni siquiera me atrevo a preguntármelo. —Golpeó la puerta con el puño, suavemente, desalentado porque no llegaba respuesta—. No hay nada en esta vida que me importe, salvo estar contigo.
Esperó, pero nada cambió al otro lado, ni un movimiento ni un sonido. Sentía la inmovilidad de _____ como si estuviera viéndola. Lo que no percibía era su llanto, dulce y silencioso, ni la emoción que no le dejaba moverse ante esa extraña y esperada declaración de amor.
—Ya lo ves —dijo rozando con los dedos el borde por el que la puerta no terminaba de abrirse—. Después de los años vuelves a tenerme en tus manos.
Suspiró derrotado. No sabía qué más decir, ni cómo suplicarle para que pusiera fin a su tormento. Si no le escuchaba solo le quedaba volver sobre sus pasos; regresar al vacío en el que se iba a perpetuar su vida sin ella.
Acarició la madera, como la habría acariciado a ella de no haber mediado la puerta, y se tensó al percibir una vibración.
Lentamente el borde comenzó a separarse del marco, y un sonido, como de agonía, salió de la garganta de Joe. Pudo ver, entonces, tras el cristal nebuloso de sus lágrimas, el rostro que amaba mientras los húmedos ojos grises se clavaban en los suyos. Cogió aire a la vez que avanzaba hacia ella, y una vez dentro cerró la puerta con el pie. Sin dejar de mirarla le acarició la mejilla con la palma abierta. _____ suspiró al sentir el roce, sonrió y alzó su pequeña mano para posarla en la suya, grande y fuerte y a pesar de ello temblorosa.
La emoción espesó el aire, dejando sus pulmones incapaces de tomar oxígeno. Pero ellos respiraban ya por los ojos, que se les iban llenando de la imagen del otro que, durante tres días, habían anhelado más de lo que podría hacerlo nadie en una vida entera.
Y ninguno pudo ya contenerse. Ella le echó los brazos al cuello y él la envolvió con desesperación entre los suyos.
Te amo —susurró _____ en medio de besos con sabor salado a lágrimas.
Él tragó y la besó de nuevo, temeroso y deseoso de oírla, temeroso y deseoso de volver a creerla.



Capítulo 23


—¡No puedo! ¡Dios, no puedo pararla!
Sus gritos de auxilio le desgarran la garganta.
La sangre surge a borbotones por entre sus dedos. Mana caliente mientras el cuerpo agujereado se va quedando frío. Sus manos no abarcan a tapar el hueco. La viscosidad roja continúa escapando y robándose la vida.
—¡Nooo! —brama de nuevo Joe.
Y esta vez abre los ojos de golpe y los clava en las sombras oscilantes del techo.
Jadeó angustiado. De nuevo, despertar de esa pesadilla no le provocó ningún alivio. Nada le desgarraba tanto como recordar con plena conciencia.
Miró a su izquierda. _____ continuaba profundamente dormida. Eso significaba que tampoco esta vez había gritado en voz alta.
Las sábanas entre las que unas horas antes la había amado, sellando su reconciliación, ahora se le pegaban al cuerpo y le estorbaban.
Se levantó, con cuidado de no despertarla, y se acercó a la ventana. La luz de las farolas se filtraba por entre las cortinas iluminando a jirones su brillante piel desnuda. Apartó el visillo, posó su abrasada frente en la agradable frialdad del cristal y volvió a cerrar los ojos. Su pensamiento retrocedió hasta aquella tarde, hasta el instante en el que detuvo el coche en el polígono industrial, en la calle que discurría entre la pequeña ladera de tierra y las naves más antiguas y apartadas.
—Yo llevare la bolsa —dice Nick mientras miran hacia los dos coches que aguardan a escasos cien metros.
—¡Deja de fastidiar! —Le increpa sin sospechar que ya no tendrá ocasión de disculparse—. ¡Yo soy el mayor, yo llevo la bolsa, yo hablo y tú no te mueves de mi lado y no dices ni media palabra!
Nick resopla mostrando contrariedad, pero no protesta. Sale del coche y espera pacientemente a que su hermano coja la bolsa de deporte del maletero.
—¡¿Qué haces?! —vuelve a gritarle Joe cuando llega a su lado y le ve con las manos bajo la cazadora vaquera—. ¿Quieres que nos maten? Mantenlas alejadas del cuerpo o pensarán que vas a sacar un arma y nos freirán a tiros.
Otra vez obedece de forma instantánea y silenciosa, con la inquietud pintada en su joven rostro.
Caminan a la par, con la vista al frente y el corazón en constante estado de alarma. Sopla un aire fuerte, extrañamente helador para estar a primeros de septiembre, piensa Joe. Y cada vez que una fría ráfaga le azota el rostro su preocupación se va ahuecando como el tejido de una vela desplegada al viento.
Llevan recorrida la mitad del camino cuando ven salir a los hombres, que se colocan flanqueando a Carmona. Tras la intimidante hilera de matones quedan los vehículos, con los conductores preparados y los motores encendidos.
Joe se sobrecoge ante el despliegue. Le sudan las manos y las comprime con fuerza sobre el asa de la bolsa.
—Tranquilo —dice mirando de reojo a su hermano.
Consigue mostrar aplomo cuando se detiene frente a ellos. A pesar de la angustia tiene confianza en que todo va a salir bien. Aunque se hubiera sentido mejor haciendo eso en solitario y con Nick aguardando en casa, a salvo. Pero que él esté presente es una condición que por más que lo ha intentado no le han permitido discutir.
El de la cicatriz se adelanta para cogerle la bolsa. La abre, inspecciona el interior y se lo muestra a Carmona.
La tensión crece. El narcotraficante les mira en silencio durante unos segundos.
—Aquí no está todo. —Su sonrisa templada alarma a Joe—. ¡¿Qué les parece?¡—pregunta con sarcasmo a sus hombres—. El hijo de puta este cree que me la puede pegar a mí.
Se vuelve hacia su hermano. Sus miradas se cruzan un instante para constatar que en las dos late el mismo desconcierto, el mismo temor a no poder controlar lo que esté a punto de llegar.
Y así es, pero no del modo en el que han temido.
Todo se precipita de una manera irreal e inimaginable. Unas milésimas de segundo que vive con una agonizante lentitud.
Unas piedras ruedan por la pequeña ladera y él gira la cabeza. Piensa que alguien que se esconde en lo alto ha tropezado. Otro de los hombres de Carmona. Pero debe de ser el único que no entiende lo que ocurre. Lo descubre cuando escucha la voz del policía ordenándoles que suelten las armas y levanten los brazos a la vez que se oyen disparos y el chirrido de neumáticos de coches abandonando con precipitación el lugar. Después más motores y sirenas que evidencian una persecución.
Siente que el cielo se abate sobre él. El kilo de cocaína está a sus pies y en una bolsa que le pertenece. Mira un instante a su hermano para infundirle calma. No va a permitir que pase ni un día de prisión por eso. Él es su responsabilidad como también lo son las consecuencias de lo que han hecho.
Alza las manos a la primera orden. Ya tienen suficientes problemas encima para añadir alguno más. Pero vuelve a escuchar al policía, ahora en un tono más alarmante y alterado.
—¡Suelta el arma! ¡Suelta el arma!
Sorprendido por la insistencia se vuelve hacia Nick. En ese momento le ve sacar la mano de debajo de la cazadora. Empuña una pistola.
Un frío mortal le congela las venas y le constriñe los músculos, pero se lanza hacia él con un grito que le destroza la tráquea. Quiere hacerle bajar el arma, interponerse entre él y los policías. Pero no llega a tiempo.
Suenan dos ensordecedores estallidos y Nick cae.
El dolor y la incredulidad le atraviesan el cerebro y el corazón. Hinca de un golpe las rodillas en el suelo. Le retira el pelo de la cara, asustado, sin saber qué hacer. Le palpa con dedos temblorosos el cuello, el pecho.
—¡Oh, Dios! —gime cuando sus manos se cubren de sangre viscosa y caliente a la vez que un violento tirón en su hombro le lanza hacia atrás.
Al instante se encuentra con la presión de una bota sobre la cabeza que le obliga a morder la tierra y las manos contra la espalda.
—¡No! —aúlla con desesperación al sentir el frío metal de las esposas en las muñecas—. Tengo que ayudar a mi hermano. ¡Malditos cabrones! —Se revuelve tratando inútilmente de liberarse—. ¡Déjenme ayudar a mi hermano!
Expulsa aire con alivio al escuchar la orden de soltarlo. Mira fugazmente en dirección a esa autoritaria voz mientras los policías le abren las esposas. Ese hombre le resulta familiar.
En cuanto se ve libre de ataduras se precipita hacia Nick. Le aparta con rapidez la cazadora y ve la sangre salir de su pecho a borbotones. Grita pidiendo una ambulancia al tiempo que tapona el orificio con sus manos.
—Tranquilo —pronuncia a pesar de que la angustia le ahoga—. Todo va a salir bien. —Nick niega con un levísimo gesto—. Deja de llevarme la contraria aunque sea por esta vez —ruega con una dolorosa sonrisa.
—Tú... siempre sueles... tener razón —concede con voz entrecortada.
—Te recordaré más de una vez esto que acabas de decir. —Nick gime de dolor, pero él no deja de apretar sobre la herida—. Tranquilo —repite—. Te van a llevar a un hospital. —Y girando la cabeza un instante vuelve a gritar—: ¡Malditos cabrones! ¡¿Es que nadie ha pedido la puta ambulancia?!
—Lo... siento... —balbucea Nick con los párpados entrecerrados. Dos lágrimas se deslizan por sus sienes hasta perderse entre su cabello café—. La he... jodido bien.
—Soy yo quien te ha fallado. —Aparta una mano de la herida para coger la que él le tiende. Está helada, temblorosa—. Pero ahora no hables. Ahorra fuerzas. —Traga para no llorar—. Ya me perdonarás cuando esto haya pasado.
—Me... muero... hermano...
Un escalofrío le recorre la espalda. Vuelve a gritar reclamando la ambulancia. La rapidez con la que Nick va palideciendo le angustia.
—No digas tonterías. Hemos salido de cosas peores. De esta solo te quedará una cicatriz con la que podrás presumir con las chicas. —Trata de bromear. Pero Nick se va quedando sin fuerzas. Los dos lo saben—. No te duermas. Ahora llegan en tu ayuda. —Y vuelve a levantar la cabeza—. ¡¿Dónde está la ambulancia, hijos de puta?! ¡¿Van a dejar que muera como un perro?!
Con las manos cerrando el hueco por el que se le va la vida a Nicholas, busca con los ojos al hombre que ha ordenado que le soltaran. Tiene la esperanza de que vuelva a ayudarle, pero no está en el mismo lugar. Con el corazón encogido de angustia sigue mirando a su alrededor.
Lo encuentra a pocos metros, a su espalda.
Pero ya no está solo.
Las palabras suplicando ayuda se le apagan en la boca. El viento le aborda de cara ahogándole, estremeciéndole. El mismo aire vigoroso que le enreda a ella su larga melena castaña y la eleva al cielo.
Por un instante fugaz la recuerda junto a ese hombre, en su piso. «Es un amigo», resuena de nuevo en su mente. «Es un amigo.» Y entonces comprende que ha sido un pobre incauto que ha caído en la trampa más vieja del mundo.
—¡Está llegando la ambulancia! —escucha gritar. Y la humedad vela sus ojos hasta que se le emborrona la figura rígida e impasible de _____.
Se vuelve hacia su hermano. Le cuesta sujetar las lágrimas para que él no las vea. Su dolor es tan grande, tan intenso, que llega a creer que le acabará estallando el corazón.
—Tengo... frío... —susurra Nick tiritando sin fuerzas.
Joe se quita el anorak alternando las manos para no dejar de presionar sobre el flujo de sangre, y le cubre como puede con él.
—No me dejes —le pide a la desesperada—. No puedes abandonarme. Resiste un poco más. Solo un poco más.
Nick hace el esfuerzo de alzar los párpados. Una dulce sonrisa se forma en sus labios, tan blancos como el resto de su piel.
—Al fin... conoceré a... mama.
—¡No, Nick, no! ¡Aún falta mucho para eso! —grita sabiendo que ya es inútil—. ¡No me hagas esto, maldita sea!¡Nicholas!
Algo parecido a un suspiro escapa de la boca de Nick. Sus ojos castaños, inmóviles como cristales, reflejan el gris tormentoso del cielo.
Joe aúlla de dolor, recoge entre sus brazos el cuerpo inerte y lo estrecha contra su pecho mientras solloza con desgarro.
El corazón le estalla en pedazos y una sombra fría, dolorosa y amarga se extiende por su cuerpo y su mente.
Una sombra que, ahora, después de los años, seguía llevando dentro como si formara parte de su ser.
El vidrio de la ventana había perdido su frialdad y ya no le aliviaba, pero continuó pegado a él, con los ojos cerrados. Nick había sido su responsabilidad y nunca podría perdonarse no haber sabido cuidarlo. Debió haber muerto él aquella tarde. Debió haber muerto él en su lugar, se dijo mientras volvía la cabeza para mirarla dormir. Habría sido más justo y no habría pasado por el terrible dolor de perderlo. Además, se habría ahorrado descubrir la despiadada traición de _____.
Se acercó despacio y se detuvo junto a la cama. Ella dormía con placidez y respiraba con tal suavidad que tuvo que aguzar el oído para escucharla. Contempló un instante sus hombros desnudos y alzó con cuidado el edredón para cubrirla hasta el cuello.
No podía explicarse dónde le nacía esa destructiva necesidad de ella, pero estaba dispuesto a terminar con ese tormento. Lo había decidido hacía horas, mientras sujetándole las manos sobre la almohada la hacía gritar para él. Ella había encontrado espacio entre jadeos para repetirle una y otra vez que le amaba, y él, en lugar de atraparle la boca para silenciarla, había aceptado que esa noche y ese instante marcaban el final.
Ahora, cuando de puntillas se acercaba el amanecer y él iba a salir de esa casa, reafirmarse en su decisión le devolvió un poco de la calma que había perdido recordando la muerte de Nick.
Comenzaba a vestirse cuando ella abrió los ojos y le sonrió, somnolienta.
Trató de hablar, pero él le posó dos dedos sobre los labios y siseó hasta acallarla. Esa mañana no quería conversaciones de última hora. Prefería vestirse en silencio mirándola sonreír arrebujada bajo el edredón. Esa mañana, más que ninguna otra, necesitaba llevarse esa dulce imagen consigo.
Capítulo 24

Había estado todo el día librando de maleza el terreno de una finca particular. Había formado parte de un pequeño grupo de cuatro hombres y se había alegrado de que Rodrigo no estuviera entre ellos. Le habría costado conversar con él sin contarle lo que estaba a punto de hacer. No quería adelantarle nada hasta que todo estuviera hecho.
Comenzaba a oscurecer cuando estacionaba junto a la acera, a pocos metros del piso. Tras la última maniobra miró el reloj calculando el tiempo del que disponía para ducharse y salir de nuevo.
—Estás muy silencioso hoy —dijo Rodrigo soltándose el cinturón de seguridad—. No es que seas el hombre más hablador del mundo, pero cuando algo te preocupa te conviertes en una tumba.
—Todo está bien —respondió a la vez que apagaba el motor y sacaba la llave.
—¿Estás seguro? —insistió tratando de verle los ojos.
Joe se volvió hacia él con una abierta y clara sonrisa que no dejó lugar a dudas.
—Estoy seguro. Todo está bien y a partir de esta noche será perfecto.
Rodrigo rio sacudiendo la cabeza. Le iba a preguntar cuál era el misterio que se traía entre manos, cuando su mirada tropezó con Bego, que estaba junto al portal. Se quedó sin aire y el corazón se le aceleró. La observó sin decir nada hasta que el propio Joe la vio y salió del coche. Él le imitó con apresuramiento.
Caminaron juntos hacia ella, que solo tenía ojos para Joe. Si hubiera mirado a ambos hubiera visto que las pupilas de uno brillaban, y las del otro, no; que a uno el corazón le golpeaba el pecho haciéndole temblar, y al otro no; que uno la contempló embobado cuando la tuvo enfrente, y el otro no.
—Te esperaba —dijo ella con voz vibrante, dirigiéndose a Joe—. Tengo algo importante que decirte.
La notó tensa como seda en un bastidor. Comprendió que le pasara después del modo en el que la había desatendido. Le iba a costar hallar las palabras con las que conseguir su perdón, aunque ella era un ser tan especial que presentía que le absolvería de todas formas.
—Me alegra verte —reveló con sinceridad.
Bego intentó sonreír, pero la rigidez de sus músculos no se lo permitió.
—Voy subiendo —dijo Rodrigo, incómodo y aturdido. Abrió el portal y, en lo que duró el último y breve segundo, la mirada afligida de ella se cruzó con la suya.
—Vamos y me lo cuentas arriba —propuso Joe—. No dispongo de mucho tiempo, pero podemos...
Ella introdujo las manos en los bolsillos, inquieta.
—No. Prefiero decírtelo aquí mismo —musitó, y cogió una gran cantidad de aire para confesar—: Lo he hecho por ti, porque te quiero.
La vio tragar, nerviosa, y le apartó el cabello del rostro sonriéndole con ternura.
—Has hecho muchas cosas por mí. No las olvidaré nunca.
—No lo has entendido —repitió temblando—. Sabía que tú no podrías hacerlo.
—¿De qué hablas? —murmuró negándose a aceptar lo que acababa de cruzar por su mente.
Esa llamada. —De nuevo trató de sonreír—. Lo he hecho por ti.
La sangre se le congeló a Joe en las venas y el corazón comenzó a martillearle en las sienes. Durante un instante volvió a ver a _____ como la había contemplado por la mañana: sonriendo desde el arrebujo de sábanas mientras él se vestía. Había contenido la emoción al silenciarle los labios, pues lo que deseaba hablar con ella no podía decirse con prisa: era largo, dulce y delicado, que precisaba de un tiempo que entonces no tenía. Todo lo demás había dejado de parecerle importante: la traición, los años de presidio, su odio enfermizo. Porque al perderla había comprendido que nada le aterraba tanto como vivir sin ella. Y al recuperarla y amarla esa noche, envuelto en sus «te amo», se había arrepentido de haberla acallado todas las otras veces. No, no podía ser. No podía estar ocurriendo ahora, cuando iba a pedirle que hablaran del pasado durante horas, durante toda la noche, durante toda la vida si ella quería hacerlo, pero que supiera que aun sin sus explicaciones deseaba pasar a su lado el resto de esa vida.
—Eso no es cierto —dijo mientras empezaba a faltarle la respiración—. Dime que no lo es.
Bego se sobrecogió. Esa tarde se había preparado para todo, recordó mientras se abrazaba para detener sus temblores. Lo amaba tanto que todo valía, hasta perderlo, si así lo arrancaba de la destructiva influencia de quien acabaría siendo su perdición.
—Quería ayudarte antes de que esa mujer te hiciera más daño. —Vio cómo el rostro de Joe palidecía hasta asemejarse al blanco del papel—. Esto tenía que terminar.
—¡No! —aulló golpeando sus nudillos contra la áspera pared grisácea.
Desde que salió de la cama de _____, ese amanecer, llevaba soñando con regresar para abrazarla con fuerza, confesarle su amor y pedirle perdón por esa venganza que, ingenuamente, pensó que podría cumplir en ella.
—Me lo agradecerás, Joe. Sé que lo harás.
—¡Te dije que yo me ocuparía, maldita sea! —La sujetó por los brazos y la zarandeó mientras preguntaba—: ¿Cuándo lo has hecho? ¿Hace cuánto tiempo lo has hecho?
—Lo decidí ayer, cuando vi que...
Y dejó de escucharla.
Se giró para volver sobre sus pasos y Bego corrió para ponerse frente a él.
—No vayas —pidió angustiada, caminando hacia atrás porque él seguía avanzando—. Deja que pase. La policía puede estar allí y si te cogen con...
—Es mi problema —interrumpió sin detenerse—. Siempre ha sido mi problema.
Un problema que esta vez resolvería, pasara lo que pasase. Porque estaba dispuesto, una y mil veces estaría dispuesto, a volver al infierno de la cárcel para que ella no tuviera que hacerlo.
Ella se hizo a un lado, encogida de dolor y de frío.
Él se lanzó hacia el coche sin mirar una sola vez hacia atrás y salió haciendo chirriar las ruedas sobre el asfalto.
Condujo por la autopista con toda la urgencia que permitió el motor de su viejo Renault, atormentado por lo que pudiera estar ocurriendo en ese momento.
Accedió a Bilbao en pleno caos de la hora punta. Se destrozó los nervios hasta que alcanzó la zona y ya no tuvo paciencia para estacionar el coche. Lo detuvo en la plaza de Indautxu, medio invadiendo la acera. Le mataba la ansiedad por llegar. Salió dejando las llaves puestas y echó a correr por la calle Ercilla como un poseso. Avanzó sorteando transeúntes, tropezando y recuperando el equilibrio sin aminorar la frenética carrera.
Le faltaba el aliento cuando llegó a la tienda y entró ciego como un ciclón. Sintió alivio al encontrar todo en calma, pero no se detuvo. Hizo caso omiso a _____ y a Lourdes y pasó por su lado sin ver otra cosa que la puerta que conducía al almacén.
Las dos mujeres se miraron sorprendidas, pero solo _____ fue tras él. Lo encontró desplazando la escalera hacia el rincón del fondo.
—¿Qué ocurre? —preguntó a la vez que le asaltaba la angustia.
No respondió. No sabía si le quedaba tiempo para explicaciones. Su única obsesión consistía en sacar de allí la droga y dejarla a ella a salvo.
Subió los peldaños en dos zancadas. Apartó los rollos de tela de la última balda para introducir la mano hasta el fondo y sacó el paquete. Descendió y se paró brevemente frente a _____, que no dejaba de hacer preguntas.
—Te lo explicaré todo —aseguró apretando con los dedos el envoltorio transparente que siempre había tocado con guantes—. Ahora no puedo.
Ella le sujetó por el brazo al ver su intención de salir huyendo.
—¿Qué significa esto? ¿Qué llevas ahí? —preguntó temblorosa. Le resultaban reveladores el tamaño y la forma del bulto.
Joe, asfixiado aún por la carrera, le acarició la mejilla mirándola a los ojos. La preocupación los asemejaba al titanio del Guggen en una tarde de lluvia. Se conmovió hasta el fondo de su alma y sintió deseos de gritar que la amaba. ¿Cómo había sido tan necio de pensar, alguna vez, que podría herirla de algún modo? ¿Cómo había podido creer que dañaría a quien era y siempre sería su vida?
—Te lo explicaré —repitió en voz baja, comiéndosela con la mirada—. Ahora te pido que pase lo que pase confíes en mí. Por favor —susurró emocionado—, confía en mí.
Y la besó en la boca con una brevedad profunda y ansiosa.
—Me estás asustando —dijo _____ cuando la soltó.
Pero él ya no escuchaba. Salía con el corazón ascendiéndole hacia la garganta. Ahora su meta era llegar a casa sin que nadie le interceptara con la mercancía. Ahora era él, y únicamente él, quien se arriesgaba a pasar en la cárcel los años de condena que le quedaban y a sumar otros nueve por reincidir en el mismo delito.



Ahí les dejé 3 capítulos.
Espero los disfruten.
Chicas, ya estamos en la recta final de la nove.
¿Qué creen qué pasará?
¿No les da curiosidad?
En fin Gracias por leer Wink
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 29th 2012, 06:58

dios casi me muero de panico cuando Bego le ha confesado que hizo la llamada...no quiero que se acabe es demasiado buenaa
siguelaaa
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 30th 2012, 05:06

IrennIsDreaMy escribió:
dios casi me muero de panico cuando Bego le ha confesado que hizo la llamada...no quiero que se acabe es demasiado buenaa
siguelaaa

Mad Ya, te entiendo, Esa Asdfgyuhnkde Bego.
No tenía por que entrometerse para nada.
Pero bueh.. lo hecho, hecho está
Ahora la sigo Wink
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 30th 2012, 05:08



Capítulo 25


Aún le temblaba el corazón cuando entró en casa, cerró la puerta y apoyó en ella la espalda. Hacía unos minutos que, sobre el puente, y tras asegurarse de que nadie le veía, había desgarrado el paquete para que el polvo blanco se esparciera al aire y acabara disuelto en las aguas del río. Pero ni siquiera después de eso se había sentido tranquilo.
La oscuridad de la noche se había colado por las ventanas. Un pálido resplandor se filtraba por la puerta entreabierta de la cocina aportando un poco de claridad al pasillo. Escuchó murmullo de voces, y, casi al instante, vio salir a Rodrigo y acercársele con gesto de preocupación.
—¿Estás bien? —le preguntó sin molestarse en encender ninguna luz.
—No estoy seguro. —Cogió aliento y se soltó la parka, necesitado de espacio para respirar.
—Ya que lo has hecho, espero que al menos hayas llegado a tiempo.
Joe asintió con los ojos fijos en la entrada a la cocina.
—¿Cómo está Bego? —preguntó, pesaroso de haber reaccionado de forma tan incontrolada con ella.
—Todo lo bien que se puede estar después de lo ocurrido. —Joe frunció los labios con impotencia—. No la culpes. Lo ha hecho porque te ama, como el resto de las cosas que ha hecho por ti.
—No podría culparla aunque quisiera —reconoció introduciendo las manos en los estrechos bolsillos de sus vaqueros—. Le debo demasiado.
—¿Por qué no lo dijiste? —reprochó al tiempo que se atusaba la perilla y le miraba fijamente a los ojos—. Si habías decidido que ya no joderías a esa poli, ¿por qué no lo dijiste? —insistió—. Bego no habría hecho esto y todos nos habríamos ahorrado una buena dosis de sufrimiento.
Joe cerró los párpados y echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en la puerta.
—He estado a punto de perderla —musitó sin fuerzas—. Ayer por la noche, al recuperarla, decidí que ningún estúpido odio volvería a alejarme de ella. No compensa —reveló, derrotado—. ¡Mi rencor resulta tan insignificante al lado del amor inmenso que siento por ella, que nada me compensaría perderla!
—¿Y por qué no estás diciéndoselo en este momento?
—Tenía que alejarme de la tienda, deshacerme del paquete, dejar pasar el tiempo por si aparecía la Ertzaintza (policía)... Y además tengo miedo —admitió con ojos brillantes—. Hoy mismo pensaba hablarle con sinceridad de lo que siento. Después iba a confesarle lo que en mi ceguera he estado a punto de hacer. Pero ya es tarde. Ahora ya lo sabe, y se ha enterado de la peor manera. —Inspiró a la vez que se frotaba el espacio entre los ojos—. Tengo miedo de haberlo estropeado todo, de que no quiera saber más de mí. Lo que he intentado hacerle es grave, muy grave, sobre todo si ignora que antes de causarle algún daño a ella me lo haría a mí mismo.
Rodrigo le apoyó la mano en el hombro, en su particular modo de infundir ánimos, y oprimió ligeramente.
—No esperes más para saber cómo están las cosas. Ve y cuéntaselo todo.
—Pero... tengo que hablar con Bego.
—Ella no necesita explicaciones, sino tiempo para aceptar lo que ya sabe —dijo dispuesto a no dejarle llegar hasta ella aunque insistiera—. Sal y arregla tu vida con quien debes hacerlo.
Joe resopló con fuerza. Comprendió que era Bego quien no quería verle en ese momento, y entendió sus motivos.
—Deséame suerte —pidió separándose de la puerta.
Rodrigo tiró de él, le pegó contra sí y ambos se unieron en un fuerte y emocionado abrazo. Pero todos los buenos deseos, compartidos sin que de sus bocas saliera palabra alguna, no lograron tranquilizarle. Tenía un mal presentimiento oprimiéndole la mente y el corazón.


El cerebro de _____ era un hervidero de preocupación y malos pensamientos. Si había tenido alguna duda sobre el contenido del paquete, esta desapareció al ver llegar a la Ertzaintza y tomar la tienda con un desproporcionado alarde de medios. Había dado la mano a Lourdes durante todo el tiempo que duró el registro, sorprendida y angustiada. Después, cuando se quedaron a solas, le costó tranquilizarla. Le había asegurado que Joe tendría una buena explicación, pero sabía que no era cierto. Había sido una solución momentánea para que dejara de preguntar, una pobre manera de retrasar la dolorosa verdad. Porque ya no podría seguir ocultándole su pasado delictivo.
Había llegado a casa con la esperanza de encontrarlo en cualquier esquina, en los jardines, en el portal. Había esperado que apareciera de entre las sombras y la abrazara para calmarle ese temblor del que no podía deshacerse, para que le susurrara al oído que todo estaba bien. Eso era todo cuanto necesitaba. Ninguna aclaración, ninguna promesa. Tan solo amor y un poco de consuelo.
No recordaba cuántas veces le había llamado por teléfono durante los últimos minutos, pero no se dejó vencer por el desánimo. Siguió insistiendo, segura de que en algún momento tenía que responder. Una vez más pulsaba el botón de rellamada cuando el sonido del timbre la sobresaltó. Soltó el teléfono sobre la mesa de la cocina y se lanzó hacia la puerta.
Suspiró decepcionada al encontrarse con el comisario, agitado y con la preocupación reflejada en el rostro. Aturdida, se dejó confortar por su largo y cálido abrazo. Inmóvil junto a su pecho, advirtió la angustia con la que le latía el corazón y la tensión que le endurecía los músculos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó en cuanto halló fuerzas para soltarla.
—Una simple anécdota —dijo ella mientras le daba la espalda y avanzaba por el pasillo. Necesitaba que la visita acabara antes de la llegada de Joe—. ¡Alguien facilitó a la Ertzaintza una información equivocada! —exclamó tratando inútilmente que sonara divertido.
Él la tomó por el brazo y la obligó a volverse.
—No es lo que me han contado. —Escrutó sus ojos con detenimiento—. No encontraron nada, pero el perro olfateó algo.
_____ recordó la angustia que había sentido al ver al pastor alemán señalar el lugar del que Joe había sacado el paquete. Volvió a temblar aparatosamente y se cruzó de brazos para controlarlo.
—No sé de qué te sorprendes, Carlos. ¿Cuántas veces ha recibido tu unidad confidencias erróneas? ¿Cuántas veces han salido a buscar algo que no existía?
Él apoyó el brazo en la pared y afiló la mirada.
—¿Y precisamente ocurre en tu tienda, donde ese delincuente está metido día sí y día también? —preguntó con desconfianza—. ¿De qué quieres convencerme? Los dos sabemos que te está utilizando de nuevo. Y esta vez está yendo más lejos haciendo que le guardes la mercancía. Solo Dios sabe qué te tiene preparado para más adelante.
—Por favor, Carlos. No hagamos un drama de esto. Quien te haya informado con tanta rapidez también te habrá dicho que no había nada en la tienda, absolutamente nada. Solo fue una desafortunada operación más.
Trató de reanudar el camino a la cocina, pero él volvió a sujetarla.
—No eres tan ingenua como quieres aparentar. —Acercó el rostro como si pretendiera leer en sus ojos—. ¿Qué te da ese cabrón para que se lo perdones todo? —preguntó consumido por unos irracionales celos.
—No me gustan tu tono ni tus formas, Carlos —exclamó apartándose—. Si vas a continuar así te pido que te marches y me dejes sola.
—Es lógico que me pregunte qué te da —insistió bloqueándole el paso—. Te juro que me encantaría saberlo. Llevo años tratando de llegar a ti, y aparece un vulgar maleante del que no deberías fiarte y pierdes la cabeza por él —chasqueó los labios con impaciencia—. Sí, _____, sí —susurró áspero—. Me pregunto una y mil veces qué es lo que ese tipo te da.
Ella le aguantó la mirada, apenada por él, inquieta por Joe.
—No es el delincuente que imaginas.
—No imagino, _____. Me baso en pruebas, en un juicio, en una sentencia. Y ahora también en lo que acaba de pasar —razonó intentando convencerla—. Te está utilizando, está haciendo que le guardes la mercancía. Te va a implicar —acusó sin apartar la vista—. Te va a implicar en toda su mierda y esta vez ni siquiera yo voy a poder ayudarte.
—Te repito que Joe no ha tenido nada que ver con lo ocurrido —dijo con rotundidad—. Está limpio.
—¿Cuántas veces me dijiste eso mismo antes de que le pilláramos? ¡Despierta, _____! —pidió sujetándola por ambos brazos—. La gente como él no cambia nunca y los que están a su lado pagan las consecuencias. Apártate de él de una vez para siempre.
_____ dio unos pasos atrás para que la soltara. Las lágrimas amenazaban con desatarse y no quería que la viera llorar. Mostrar debilidad era como aceptar que él tenía razón, y ella nunca haría eso.
—Quiero estar sola, por favor —dijo presintiendo que Joe no tardaría en aparecer—. No lo tomes a mal, pero quiero que te vayas y me dejes sola.
—Lo haré —aceptó encogiendo los hombros—. Te dejaré sola si es lo que quieres, pero antes tengo que comprobar algo. —Miró alrededor como si lo viera todo por primera vez—. Ese cabrón ha escondido mercancía también aquí —aseguró encaminándose con prisa hacia la habitación.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, alarmada y furiosa.
—Solo será un momento. No revolveré nada —dijo sin detenerse—. Dame unos minutos y la encontraré. Tengo buen olfato para esto.
Aterrada, fue tras él, le adelantó y se plantó ante la puerta.
—No quiero que busques porque no hay nada —advirtió colocando las manos a ambos lados del umbral—. Quiero que te vayas y me dejes en paz.
—Me quedaré más tranquilo si yo mismo lo compruebo —le rozó la mano con intención de apartarla.
—No vas a hacerlo a no ser que traigas una orden de registro —advirtió desafiándole con la mirada.
Él frunció el ceño, dolido.
—Por lo que veo, tu confianza en él no es tan firme como pretendes hacerme creer —opinó con sarcasmo—. Sabes que te utiliza, lo sabes, y a pesar de eso no haces nada por evitarlo. —Trató de mantener el control, pero su rabia fue más poderosa—. Al final va a resultar que es cierto; que ese desgraciado sabe cómo mantener satisfecha a una mujer.
—¡Lárgate de una vez! —vociferó tan molesta como furiosa—. ¿Es que no entiendes que quiero que te vayas?
—¡Maldito cabrón! —exclamó golpeando la pared con el puño cerrado—. Debió haber sido él quien recibiera el tiro en lugar de su hermano. Todos estaríamos mucho mejor. Pero lo pillaré en plena faena, _____, y entonces verás la clase de hombre que es. —Apretó la mandíbula y masculló algo entre dientes—. Estoy cerca, mucho más cerca de lo que imaginas.
—¡Déjalo en paz! —gritó con toda su alma—. ¡No ha hecho nada! —Pero Carlos ya descendía por la escalera haciendo caso omiso a sus voces—. ¡Aléjate tú de él! —continuó chillando desde la entrada—. ¡No ha hecho nada! ¡No ha hecho nada!
Pero ni gritos ni súplicas valdrían esta vez con Carlos, y ella lo sabía.
Cerró la puerta, arrimó la espalda a la madera y se escurrió hasta el suelo, envuelta en llanto. Su preocupación ya no era saber si Joe estaba mezclado en asuntos sucios. Ahora su angustia se centraba en que se mantuviera a salvo de la justicia, a salvo de la sagacidad del comisario.
Recordó la última conversación en su despacho antes de que todo ocurriera. Entonces ya amaba a Joe con toda su alma, creía ciegamente en su inocencia y compartía con él días enteros y noches completas.
—Está limpio —dice ella con vehemencia mientras le pasa el informe—. Quítale la vigilancia y deja de grabar sus conversaciones telefónicas, porque es el hombre más honrado que te puedas imaginar —afirma sentándose frente a él.
—¡Vaya! —dice Carlos sonriendo de modo forzado—. ¿Y todo eso lo has descubierto mientras le vigilabas desde el coche?
—En este tiempo no ha hecho otra cosa que trabajar y divertirse como cualquier joven normal —responde nerviosa.
La persistente mirada del comisario le hace sospechar que su relación ha dejado de ser un secreto.
—¿Tienes idea del lío en el que te estás metiendo? —presiona con preocupación. Ella siente que se queda sin aire—. Debí seguir mi instinto y apartarte de ese tipo cuando estuve a tiempo. Pero, iluso de mí, no quise provocar tu furia.
_____ se arrellana en el asiento, incómoda.
—¿Vas a retirarle la vigilancia y las escuchas? —insiste como si no hubiera oído sus recriminaciones.
El comisario resopla con impaciencia.
—¿Sabes qué te ocurrirá si se llega a saber lo que estás haciendo? —pregunta en un murmullo—. ¿Sabes que yo no debería callarme lo que sé?
Ella se mantiene firme, dispuesta a no mostrar su inquietud.
—Haz lo que tengas que hacer.
—Me duele que digas eso. Me ofende. —El brillo en sus ojos lo corrobora—. Sabes que te amo, y a estas alturas también sabes que haría cualquier cosa por ti. Pero me cuesta soportar que estés con un delincuente que antes o después será tu perdición. Me preocupas.
—No deberías hacerlo —asegura convencida—. Es honrado, Carlos. Respondería con mi vida por él.
Se apretó más contra la puerta y su llanto se hizo más intenso al recordar aquellas palabras. La seguridad le había durado poco. Unos días después de su enérgica defensa se sintió morir cuando le vio hacer movimientos extraños, visitar antros de delincuencia y sexo y finalmente esconder, en el hogar que compartía con su hermano pequeño, un paquete exactamente igual al que había sacado de la tienda esa misma tarde. En aquella ocasión su corazón se equivocó, y después de los años estaba ocurriendo lo mismo. Nada había cambiado. Ni su forma de engañarse ni la fuerza de sus sentimientos.

Capítulo 26


Joe esperó un rato en los jardines de Botica Vieja. Observó la calle desierta hasta tener la seguridad de que nadie le había seguido y que ni un alma respiraba a su alrededor. Su reloj marcaba las cinco de la mañana cuando cruzó la carretera. Se detuvo ante el portal, bien arrimado al edificio para no destacar en la oscuridad. Cogió oxígeno una y otra vez, con la mano comprimiendo su abdomen. Cogió oxígeno hasta que se sintió con fuerzas para pulsar el botón de llamada.
Arriba, _____ dormía sobre el mullido edredón blanco, con la luz de la lamparita encendida. No se había quitado la ropa, ni se había cubierto con una simple manta, porque su intención había sido esperar todo el tiempo necesario. Pero las lágrimas y el cansancio la habían vencido.
Abrió los ojos, sobresaltada por el sonido del timbre. Miró el reloj en la mesilla y su temor aumentó. Saltó de la cama y corrió hacia la puerta mientras se le evaporaba el oxígeno. Preguntó a la vez que oprimía el interruptor que desbloqueaba la entrada al portal. No recibió respuesta y salió al rellano. Los sonidos de un apresurado ascenso por la escalera alborotaron el reposo de la noche y terminaron de agitarle el corazón. Se llevó la mano al pecho temiendo que se le escapara en uno de sus angustiosos latidos.
Cuando alcanzó a verlo el aire regresó llenándole de golpe los pulmones. Pero siguió sintiendo ahogo. Ahogo de alivio, ahogo de emoción. De la misma emoción que paralizó a Joe a falta de un peldaño para alcanzar el rellano y a ella.
La miró como si la viera por primera vez. Estaba hermosa. Con la ansiedad y la preocupación vibrando en su cansado rostro, estaba delicadamente hermosa. La acarició con los ojos al tiempo que también él sentía en su piel y en su alma la caricia de su dulce mirada gris. La amaba. La amaba con desesperación y ahora sabía que la amaría hasta su último aliento.
Cerró los ojos al sentirla rodear su cuerpo y dejó escapar un profundo suspiro. Sus dedos se movieron con voluntad propia buscando tocarla, pero los crispó en dos puños y los obligó a permanecer inmóviles y esquivos. Porque amarla no consistía solo en decírselo y llenarla de besos, se recordó mientras se dejaba arrastrar por ella hacia el interior de la casa.


—¿Cuarenta y ocho horas son suficientes para ti? —le había preguntado Carmona hacía un rato. Él había asentido con un gesto, ahogado por las puñadas recibidas, casi todas en la boca del estómago—. Si nos fallas nos divertiremos con tu preciosa novia para olvidarnos del mal trago.
La sangre se le había encendido hasta calcinarle las venas, pero apretó los dientes pensando en que lo único que importaba era mantenerla a salvo.
—No... tengo novia —había conseguido decir con fatiga.
—¿Ah, no? —preguntó, sarcástico—. Y esa mujer a la que besas y manoseas en su tienda y en la calle, ¿quién es? ¿Una puta a la que pagas por follar?
—Algo parecido —respondió—. Es la maldita poli que me engañó y me encerró en la cárcel. Estoy preparando mi venganza.
—¡Qué conmovedor! —había dicho antes de sujetarle del cabello y tirarlo hacia atrás para mirarle a los ojos—. Pero no te creo. Por la cuenta que te tiene, haz bien las cosas. De no ser así, esa preciosidad será la encargada de compensarnos. Seguro que a alguno de estos pervertidos se le está poniendo dura deseando que falles.
Su carcajada soez y las risas cómplices de sus hombres le terminaron de llenar de terror y de cólera.
—Me harían un favor. —A duras penas había controlado su furia—. Acabar con una ex poli que tiene contactos con los cabrones de más rango en el cuerpo no es fácil. No me apetece demasiado volver a la trena.
Carmona le había respondido encajándole el puño en la boca del estómago, haciéndole doblarse y gritar de dolor buscando aire.
—Sabré si mientes —había dicho mientras se masajeaba los nudillos—. No ha nacido el hijo de puta que me engañe y viva para contarlo. Y no acostumbro a dar un final rápido a quien ha tratado de joderme —mencionó orgulloso—. El chiquito aquel, el amigo de tu hermano, descubrió lo que tarda en llegar la muerte cuando se la desea. —Recordarlo dibujó en su boca una sonrisa sádica—. ¿Cuánto crees que aguantaría tu chica? —Las risas de sus hombres le animaron a seguir—. ¿Cómo de buena es gritando? A estos cabrones depravados les gusta que las mujeres griten pidiendo clemencia. —Se acercó a su rostro para distinguirle el pavor en los ojos—. ¿Quieres que te cuente con qué saña las disfrutan antes de que las muy zorras se rompan?
El chirrido que sonó en su cerebro al apretar los dientes le devolvió al presente. Le martirizaba recordar las acciones que le había detallado aquel malnacido, le abrasaba desde las entrañas, pero a la vez le daba fuerzas. No dejaría que la rozara, no dejaría que la mirara siquiera, no dejaría que continuara respirando en el mismo mundo en el que ella lo hacía.
—Por fin estás aquí —oyó decir a _____, que seguía conduciéndole por el pasillo y rozándole la cara con los dedos como si le costara creerlo—. Te he esperado durante toda la noche, mi vida. —Joe retuvo al aliento al oír esas dos palabras, todavía extrañas, a las que ya no tendría tiempo de acostumbrarse—. ¡He pasado tanto miedo! Te he llamado cientos de veces, no cogías el teléfono y llegué a temer que te hubieran... —No pudo terminar la frase. Se sentía morir tan solo con imaginar que podían volver a detenerlo.
Él se paró ante la puerta abierta de la habitación, pero, tan preocupada estaba _____, que no notó su resistencia a dejarse llevar ni su tenaz silencio.
—¿Por qué has tenido que volver a hacerlo? —preguntó angustiada y sin dejar de acariciarle el rostro—. Creí que habías abandonado esas cosas, que todo había quedado en un error del pasado y que querías una nueva vida. No imaginas el dolor que sentí al verte con ese paquete.
En la mente de Joe resonó de nuevo la voz amenazante de Carmona. No podía seguir retrasando lo inevitable. Por más que le atormentara la idea de herirla, no le quedaba otra opción.
—No era para mí —musitó sin haberla apartado ni un instante de las retinas.
—¿Qué dices? —preguntó sorprendida—. ¿Qué cosa no era para ti?
—El plan era perfecto. Pero al final no he podido ser tan despiadado como lo fuiste tú.
Durante unos segundos ella le miró con los ojos abiertos de par en par, sin reconocer al dulce y apasionado hombre de la noche anterior. Después caminó hacia atrás, tambaleante, adentrándose en su habitación hasta que sus piernas tropezaron con la cama. Se dejó caer, abatida, y se cubrió el rostro con las manos. Pensó en que se había preocupado por acercarse a él, por abrigarle, por ayudarle a salir adelante, y que mientras lo hacía había ido olvidando el miedo que le causó comprobar la intensidad de su rencor en los primeros encuentros, la desconfianza que le provocaron sus acechos.
Joe aprovechó ese instante para apretar los dientes y suplicar que alguien le diera fuerzas para lo que aún le quedaba por decir.
—Veo que te has dado cuenta. Siempre fuiste bastante más lista que yo —opinó mostrando desprecio—. Era para ti —aclaró al entrar en el cuarto—. Mi regalo de despedida; mi particular modo de ajustar cuentas. Qué desquite tan estúpido, ¿verdad? De haber sido el peligroso delincuente que piensas que soy, la venganza me habría resultado más sencilla: un rápido y frío tiro entre los ojos habría bastado.
—¿Qué... quieres decir? —preguntó alzando la mirada.
—Que te equivocaste de hombre —bramó con la rabia con la que disfrazó su pena—, que no era a mí a quien buscabas, que me pillaste devolviendo algo que nunca fue mío.
_____ gimió dolorida y se llevó las manos al corazón. Que él fuera inocente lo hacía todo más incomprensible, más cruel. Día a día, durante cuatro largos años, había tratado de imaginar el tormento de su encierro. Ahora le resultaba imposible asimilar la desesperación que, saberse inocente, había ido sumando a ese injusto martirio.
—Buscábamos a Trazos —reveló, sobrecogida, con un casi imperceptible hilo de voz.
—Nick supo lo que era la ternura de una madre por mis pocos recuerdos. Los hizo suyos, igual que a veces hizo suyo el alias que me puso nuestra madre. Ya ves —simuló un gesto de sarcasmo—, tuvimos una mierda de vida y tú llegaste a jodérnosla del todo.
—Pero... pero tu abogado admitió todos los cargos.
—¿Crees que podía haber hecho otra cosa, como culpar de todo a mi hermano muerto? Seguramente ese es tu estilo, pero no es el mío —dijo esforzándose por que sonara a ofensa.
Ella hizo el esfuerzo de continuar, con las mejillas bañadas ya en lágrimas.
—¿Y por qué retiraste el paquete de la tienda? Debiste dejar que ocurriera, que todo este suplicio de años terminara de una vez.
—No vale la pena; tú no vales la pena —alegó destrozándose con cada sílaba.
—No ,lo hiciste porque me amas —se atrevió a decir—. Me lo dijiste anoche, a tu manera, con tus palabras.
Mentí. —Se quedó sin aire y aspiró con fuerza—. Tú sabes bien lo sencillo que es mentir de esa forma.
—No te creo —insistió, pero su voz tembló ante el primer asomo de duda—. Puedo entender todos los reproches que quieras hacerme, los merezco, pero me amas. Sé que me amas y que por eso no has podido vengarte de mí.
Joe negó con silenciosa impotencia tragándose el deseo de confesarle que esa era la razón. Su única razón.
—¿Cómo puedes creer que te ame cuando tú...? —Cogió una gran cantidad de aire para continuar—. Tú no sabes lo que es amar de verdad. Si lo supieras no confundirías con amor lo poco que yo te di.
—Dices que no sé amar de verdad. —Se levantó mirándole con una tristeza ofendida—. Si no saber amar es agonizar porque la otra persona no está a tu lado; si no saber amar es querer olvidar todo cuanto fuiste porque eso es lo que te hizo perderle, entonces tienes razón —susurró—. No sé lo que es amar.
—No trates de confundirme —pidió con ahogo.
—Es la verdad. Yo también morí aquella desafortunada tarde —exclamó desgarrada—. Nunca...
—¡Calla! —ordenó, desesperado y dándole la espalda—. ¡No quiero oírte!
No era ahora cuando debía vencer la cobardía en la que se había refugiado y escuchar su explicación. No era ahora cuando tenía que descubrir que había estado demasiado ciego para creer en ella. Eso, que hacía unas horas le habría dado vida, ahora únicamente podía robarle las fuerzas que necesitaba para afrontar su destino.
—Ya no voy a callarme, Joe —amenazó asiéndole del brazo para que se volviera a mirarla—. No te traicioné. Jamás lo habría hecho. Aunque no quieras creerlo, te amaba demasiado.
Un simple movimiento le bastó para deshacerse de ella, inmovilizarle el rostro entre las manos y acercarse para murmurarle:
—El amor no se explica, se entrega. El amor de verdad es darlo todo por el otro. —Vio temblor de lágrimas en sus pupilas y deseó abrazarla, pero apretó los dientes y se contuvo—. Yo lo sé. Ahora lo sé mejor que nadie. Así que deja de contarme lo grande que era el amor que me tenías.
El brillo húmedo le atrapó como el barniz fresco paraliza las alas de una mariposa. Se quedó mirándola, con las manos comprimiéndole las mejillas, siendo doloroso testigo de cómo ella iba perdiendo la luz y la confianza en él.
—Te voy a dar un hijo —susurró de pronto—.
— Sí, estoy embarazada —añadió al ver su estupor—.
— Hace tan solo unas horas que lo sé. Y también sé que es un hijo concebido con amor, por mucho que insistas en manchar lo que los dos sentimos.


Shocked Shocked Yo me quedé con esa cara affraid affraid
Ahí está 1 capítulo y medio.
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Julio 30th 2012, 09:03

no la dejes asi
por dios que me da un algoooo
Siguelaaaa
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Agosto 1st 2012, 13:16

IrennIsDreaMy escribió:
no la dejes asi
por dios que me da un algoooo
Siguelaaaa

Jajajá (:
Ya la sigo Wink
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Agosto 1st 2012, 13:21


Capítulo 26 (II)



Joe dejó caer las manos, sin fuerzas. Millones de enfebrecidos aleteos le agitaron el pecho y cogió con urgencia una bocanada de aire para aquietarlos. La emoción le abrasó los ojos y ya no pudo verla con nitidez. Pensó en lo que para él suponía un hijo, un hijo de ella, un hijo del amor más grande que tendría nunca, un hermoso regalo que llegaba justo cuando todo tenía que cambiar. Trató de asimilarlo y la poca alma con la que subsistía se le extinguió. Porque un hijo de ella fortalecía su decisión y anulaba cualquier posibilidad de vuelta atrás.
Y, esa revelación que le llenaba de dicha se convirtió a su vez en el arma que estaba necesitando para arrancarla de su lado.
—El comisario se alegrará cuando le comuniques que va a ser padre. —_____ gimió, dolida e incrédula—. No te hagas la ofendida. Me consta que no soy el único que ha estado calentándote la cama.
Apenas lo manifestó apretó los puños reprochándose haber sido capaz de semejante bajeza.
—¿Cómo... te atreves? —dijo alzando las manos para golpearle.
Él la detuvo sujetándola por las muñecas.
—Solo estoy diciendo la verdad, y lo sabes.
—¡¿Qué verdad?! —clamó apartándole ya sin fuerzas—. ¡¿Qué verdad? Desde que te conocí no he estado con más hombre que contigo. Cuando me entregué a ti lo hice para siempre —aseguró con su último resto de orgullo.
Joe no pudo evitar sentir alivio. La posibilidad de que ella le hubiera guardado fidelidad le aturdía, que lo hubiera hecho también durante los años en los que no existió esperanza de que volvieran a encontrarse le desarmaba.
—Mientes, como siempre has hecho —aseguró ante la debilidad que le carcomía—. Ese poli no continuaría estando a tu lado si no le hubieras dado algo a cambio.
—No consigo entender qué te ha pasado desde anoche para...
—¡No hay nada que entender! —gritó con desesperación al comprender que aún tendría que seguir dañándola para convencerla—. No hay nada que entender. ¡Soy el hijo de puta que te ha seducido, te ha hecho un bastardo y ahora te está abandonando! Es así de simple —sentenció entre dientes—. ¿Puedes imaginar una venganza más satisfactoria que esta?
Ella se estremeció, sintió el temblor en las entrañas y se llevó las manos protectoras al vientre.
—Si me dejaras explicarte...
—Nada que venga de ti me interesa —aseguró en un susurro—. Hasta el odio se ha apagado y ya solo queda indiferencia. Ahora eres tú quien debería cultivar el resentimiento. Quiero que me odies —masculló como último y desesperado recurso—. Quiero que me odies con todas tus fuerzas. —Ella agachó la cara. Él le tomó la barbilla y se la levantó con rudeza—. ¿Me estás oyendo? Quiero que me odies hasta que el corazón se te vuelva hielo. Quiero que me odies como al insensible maldito que soy.
—Si todo cuanto me dijiste anoche es mentira, ¿qué puede importarte lo que yo sienta por ti? ¿Por qué ese empeño en que te odie?
Joe flaqueó. Por un instante pensó en rebelarse, en borrarle todo ese dolor que le estaba infligiendo.
Una punzada en la magullada boca del estómago le dejó sin aire cuando comenzó a retroceder hacia la puerta. Estaba seguro de que si no se alejaba acabaría en sus brazos, le pediría perdón y le confesaría hasta qué punto inimaginable la adoraba. Se lo diría exactamente como había pensado hacer esa noche, antes de que el maldito Carmona cambiara de nuevo el rumbo de su vida.
—Porque el odio es la más angustiosa prisión que pueda existir —musitó caminando de espaldas, sin dejar de mirarla, de grabársela en las retinas y en el corazón—. No hay patio, no hay ventanas, no hay ni una mínima esperanza de libertad. El odio te hace resistir, te mantiene vivo, pero a la vez te va dejando sin alma. —Se mordió los labios al percibir en su boca el sabor salado de las lágrimas—. Quiero que me odies. Quiero que me odies hasta que no te quede alma.


Capítulo 27



No había contado con que Rodrigo estuviera aún en casa. Había albergado la esperanza de que al fin, y por mucho que necesitara su ayuda, le mantendría alejado de su último problema. Pero se equivocó. Lo supo en cuanto comenzó a avanzar por el pasillo.
—¿Lo ha entendido? —La voz emergió de la cocina y tras ella asomó su amigo—. ¿Han hablado?, ¿todo está bien entre ustedes?
—Ahora no puedo, perdona.
—Es cierto; te has retrasado. Mejor me lo cuentas por el camino o no llegaremos a la hora.
—No voy a ir —dijo sin detener el paso—. Tengo algo que hacer.
—¡No jodas, hombre! —exclamó yendo tras él—. No puedes arriesgarte a perder el trabajo, así que déjate de tontadas. Si no has dormido esta noche ya lo harás cuando volvamos por la tarde.
Joe se paralizó en la entrada del cuarto y se dobló con un gemido. Rodrigo acudió en su ayuda con rapidez.
—¿Qué te duele? ¿Qué tienes? —preguntó, nervioso y sin saber qué hacer.
—Creo que me han roto una costilla —resopló con lentitud.
—¡¿Pero qué dices, de qué estás hablando?!
—De tres malditos hijos de put** —gimió al enderezarse—. Me han destrozado las entrañas.
—Deja que te mire —pidió mientras trataba de quitarle la parka. Joe se dejó ayudar, pero solo hasta deshacerse de la prenda.
—No hay tiempo. —Entró en su habitación—. Hay algo que debo encontrar.
Abrió el armario haciendo caso omiso a las preguntas de Rodrigo sobre quiénes le habían dado la paliza. Dos grandes cajas de cartón con el nombre de Nick pintado con grueso rotulador negro quedaron a la vista. Cogió la que estaba en la parte superior. Casi al instante aulló de dolor mientras doblaba las rodillas y él y la caja terminaban en el suelo.
—¡No seas cabezota! —protestó Rodrigo agachándose a su lado—. ¿Y si de veras tienes rota una costilla? ¡No tienes buen aspecto, joder!
Joe se quedó inmóvil y en unos segundos se le atenuó el dolor.
—Todo está bien —aseguró—. Tengo que encontrar algo entre las cosas de Nick.
—Primero deberíamos comprobar qué tienes. O mejor todavía, ir a urgencias a que te examine un médico.
Pero Joe ya no escuchaba. Había retirado el fleje de la caja que había mantenido escondida con el fin de evitarse un poco de sufrimiento. Como si los recuerdos se pudieran ocultar en algún sitio; como si los recuerdos no estuvieran siempre en ese corazón que se desangra día a día porque añora al ser que perdió.
Destaparla fue para él como una profanación. Le mortificó contemplar los libros, los discos, los cómics. Toda la vida de su hermano en dos simples bultos que cabían en el sobrante de un armario. En un lateral, entre el cartón y unas fotografías, sujeto por una goma elástica, un montoncito de entradas de cine, de conciertos, de partidos de fútbol. Recuerdos de grandes momentos; cosas simples que para él habían sido verdaderos tesoros.
Llevó los ojos a la oscuridad y dejó que su tristeza aflorara convertida en llanto silencioso, en desconsuelo.
—Joe... —musitó Rodrigo presionando con afecto sobre su hombro.
Él alzó su palma abierta para pedirle que esperara, que le diera unos segundos, que necesitaba las lágrimas para limpiar el dolor que le estaba matando por dentro.
Lloró sin levantar los párpados, sin ocultar sus lágrimas, sin enjugárselas, dejando que se derramaran sobre las pertenencias de su hermano mientras a él le iban resecando el corazón.
—Lo siento —susurró cuando pudo hablar—. Encontrarme con sus cosas me ha... —Respiró con fuerza para ahuyentar la congoja y el esfuerzo volvió a castigarle el magullado estómago. Lo soportó sin un gesto de dolencia—. Necesito encontrar algo aquí —dijo a la vez que comenzaba a sacar objetos y a dejarlos sobre la alfombra.
—Por favor, dime qué es lo que está pasando.
Joe suspiró sin detener la búsqueda.
—La vida, que sigue siendo una puta mierda —profirió con ira—. Da igual los planes que hagas, porque nada saldrá como esperas.
Las preguntas se le amontonaron a Rodrigo mientras le veía abrir fundas de discos compactos, mirarlos y diferenciarlos en dos montones.
—¿Qué buscas?
—No estoy seguro. Un CD —dijo mostrándole uno, escrito con rotulador—. Tengo hasta mañana para encontrar un CD que no contenga lo que aparenta.
—Pero... —Se frotó la perilla, pensativo—. Eso es algo que tendremos que comprobar en el ordenador, uno por uno. Y ahí hay muchos —opinó al inclinarse a observarlos.
—Yo lo haré. Tú vete al trabajo.
—¡Ni loco! —exclamó yendo hacia el armario para sacar la segunda caja. La dejó junto a la otra y se sentó en el suelo—. Te ayudo y me vas contando qué cojones está sucediendo ahora.
Durante unos segundos Joe le miró con agradecimiento.
—No sé cómo voy a pagarte todo lo que...
—A un amigo nunca se le debe nada. —Rasgó el precinto y levantó las solapas de cartón—. ¿Quiénes te han golpeado, qué está pasando?
—Pasa que todo llega a su fin en algún momento —comenzó a decir mientras volvía a oír la risa obscena de Carmona. El muy desgraciado no había dudado en dejarlo marchar, para que buscara el CD y se lo llevara, seguro de que podía manejarle a su antojo si en el juego la incluía a ella. Sabía bien que no existía infierno al que él no regresaría una y mil veces por protegerla.


—¡Por fin tenemos a ese cabrón! —exclamó el comisario descargando su puño en el capó delantero del coche. El golpe encontró eco en la sombría amplitud del parking—. No imaginas la euforia que siento.
El joven sin nombre, de pie frente a él, sonreía satisfecho. El esperado final estaba cerca. En cuanto la operación finalizara con éxito el comisario le pagaría lo acordado y eliminaría sus antecedentes. Se lo había ganado con creces, pensaba al mirarle el gesto de triunfo. Se había jugado la vida al unirse a Carmona y sus hombres. Había delinquido como ellos lo hacían, había extorsionado, torturado, asesinado. Incluso, para no despertar sospechas, había participado en la paliza que entre todos dieron al infiltrado antes de ejecutarlo.
—Mañana por la noche Carmona será suyo, jefe —dijo ensanchando el pecho con orgullo—. Esta vez no habrá abogado que pueda arrebatárselo. Drogas recién llegadas de Colombia, armas y un muerto todavía caliente.
—¿Estás seguro de que el maldito Trazos estará entre ellos?
—Será la estrella de la reunión —indicó con mofa.
—¡Siempre lo he sabido! Siempre he tenido claro que ese hijo de puta seguía traficando. No imaginas cómo me alegra que seas tú quien me lo esté sirviendo en bandeja junto con el plato fuerte —rio a la vez que le señalaba con el dedo—. Esta vez no habrá tercer grado ni beneficios por buen comportamiento ni tomaduras de pelo de esas. Esta vez me cercioraré de que se pudra en la cárcel.
—¿Cárcel? —preguntó sorprendido—. Pero señor, ese hombre no podrá ir a la cárcel. Ese hombre estará muerto cuando la policía entre para detener a Carmona. Se lo he dicho. —Se apoyó en el coche, con los brazos sobre el pecho y entrecruzando los tobillos—: Ese tipo será el invitado de honor de esa fiesta. En realidad él será la fiesta.
—Pero no has quedado en que...
El móvil le vibró en el interior de un bolsillo del abrigo y se apartó unos pasos para atender la llamada. Era su inexperto agente Gómez, que le comunicaba que por fin había descubierto algo; algo que le iba a sorprender. «¿Y tan importante es que no puedes esperar hasta que nos veamos dentro de una hora en comisaría?», le preguntó con impaciencia y colgando sin darle ocasión a contestar.
—Explícame eso —dijo devolviendo el teléfono al bolsillo y regresando junto a su joven infiltrado.
—Al parecer, durante el tiempo en el que esos cabrones se han comportado como hermanitas de la caridad, han observado de lejos a ese Trazos. Le aseguro que lo que se traen con él es lo bastante importante como para no haberse arriesgado a mover ficha con la amenaza de un soplón en sus filas. Y, sabiendo cómo trabajan, ya puede imaginar lo que harán con un tipo que puede ser un peligro para ellos.
El comisario se frotó el mentón al tiempo que miraba alrededor, al desierto y seguro lugar en el que se habían citado. Joe muerto y el trabajo hecho por el propio Carmona, sería la solución perfecta y definitiva a sus problemas. Pero había algo que no terminaba de encajarle en esa historia.
—Cuéntame los pormenores de lo que están preparando para ese malnacido —pidió arrugando el ceño—. Y esta vez no olvides mencionar ningún detalle, por insignificante que parezca. Yo soy quien decide lo que importa y lo que no.


—¡No lo hagas, Joe, por favor! ¡No puedes hacerlo! —volvió a rogarle Bego sin poder contenerse.
Él posó la yema de su índice en sus labios y siseó con dulzura, igual que si tratara de acallar a un niño. Pero no fue ese gesto el que la silenció. Obedeció a la súplica que vio en sus ojos, al ruego de que no malgastaran los últimos segundos con palabras ya dichas cuando podían hacerlo con algo mucho más importante.
Una vez más ella se guardó las lágrimas. Comprimió los labios para disimular su congoja y le estrechó con fuerza, refugiando el rostro en su cuello.
Joe suspiró cuando la envolvió contra sí. La sintió temblar y le acarició el cabello mientras volvía a sisearle con mimo junto al oído. La consoló a la vez que él mismo robaba fuerzas de su amor desinteresado. Ella sabía entregar el alma en un abrazo, y él necesitaba empaparse de un poquito de esa alma por última vez.
Aún sentía el palpitar de esa ternura cuando salió de la casa. Caminó por la acera sin oír el ruido del tráfico, sin reparar en la gente que pasaba por su lado. Tenía el pensamiento en Bego. La expresión que le había visto en la despedida le había dado la seguridad de que lo conseguiría, que superaría el desengaño, que no tardaría en darse cuenta de que estaba mejor sin él.
Se detuvo en medio de la acera y miró al cielo. Se desplegaba encapotado y gris, como la mañana en la que recuperó un trozo de su libertad pero a él le resultó sereno y apacible. Se llenó los pulmones de esa calma, con los ojos cerrados, sin preocuparse de si entorpecía el paso de los transeúntes ni de quien pudiera pensar que era un loco. Se sentía extrañamente tranquilo, sin peso, sin amargura, sin odio. Únicamente el dolor por la pérdida de Nicholas seguía estando ahí, muy dentro. Pero ese le acompañaría siempre. Viviría y moriría con él. Igual que viviría y moriría con él el amor que sentía por _____.
«Espero que ella merezca todo ese amor», le había dicho Bego sin ningún resentimiento. Él no había respondido. Era algo que ni siquiera se había planteado. La amaba, tan solo la amaba, la amaba con todas sus fuerzas, la amaba con todo su ser.




_____ miró a través del cristal de la ventana alzando sus ojos a ese mismo cielo tan gris y atormentado como su propio ánimo. Sentada en la silla, colocó los brazos en la repisa y apoyó en ellos el mentón. En su gesto estaba el rastro de las dos noches de desvelo, las lágrimas, la desesperanza con la que había pasado a vivir cada minuto.
Suspiró, agotada. Tampoco ese día iría al trabajo. No tenía fuerzas. Las pocas que le habían quedado tras su amargo encuentro las había consumido hablando con Lourdes del pasado de Joe y sus años de injusta prisión. No había encontrado ningún sentido a seguir ocultándolo. Cualquier explicación que hubiera inventado para el paquete y la presencia de la policía hubiera sido bastante peor que la realidad. Al fin le había confesado cuál fue el daño irreparable que infligió al hombre que amaba.
Lloró en silencio, una mano sujetando un arrugado pañuelo de papel y la otra en la lisura de su vientre. En poco tiempo comenzaría a abultarse, a proteger el minúsculo corazoncito que ya latía dentro de sí. Y Joe no estaría a su lado para compartirlo. ¿Cómo iba a vivir sin él? ¿Cómo iba a vivir sin entender que le dijera esas cosas terribles después de que le hubiera abierto al fin su corazón? Apretó con fuerza los párpados aun sabiendo que tampoco eso la ayudaría a soportar el dolor.
Llamaron al timbre. Se secó las lágrimas con los restos del pañuelo, sin ninguna prisa. No le preocupaba que quien llamara se cansara de esperar y se fuera. Pero, lejos de eso, mientras caminaba por el pasillo frotándose las mejillas, el timbre sonó cuatro veces más. Solo había faltado que aporrearan la puerta, pensó mientras abría.
Se quedó inmóvil preguntándose qué hacía allí la última persona a la que había esperado encontrarse.
—Solo te robaré un minuto —dijo Bego humedeciéndose los labios con nerviosismo—. Quiero hablarte de Joe.
_____ comprimió los dedos sobre la manilla metálica.
—No tenemos nada de qué hablar —respondió en voz baja—. Puedes estar tranquila, porque no represento ninguna amenaza para ti.
—No se trata de eso.
—Da igual de qué se trate —interrumpió con suave firmeza—. No voy a comentar nada de él contigo. Pero, ya que estás aquí... —pareció dudar un instante—, me gustaría darte algo.
No le concedió tiempo a responder. Entró en casa y entornó la puerta para indicarle que aguardara fuera. En pocos segundos estaba de regreso, con una elegante tarjeta de visita entre los dedos. La observó, pensativa, y después se la tendió.
—Dásela a él. —Aguardó a que la cogiera—. Es de alguien que ha visto el trabajo que hizo en la casa de la playa. Es dueño de una famosa cadena de restaurantes a la que va a darle un cambio. Siempre se rodea de lo mejor, y ahora quiere a Joe. —La congoja le irrumpió de nuevo—. Dile que es una gran oportunidad. El cliente aceptará cualquier condición que él quiera ponerle.
—Me alegra comprobar que todavía te preocupas por él, pero las cosas no están como crees —dijo mientras guardaba la tarjeta en el bolsillo de su abrigo—. Joe no está conmigo. No me ama, nunca lo ha hecho.
Entonces reparó _____ en el aspecto lastimoso de Bego: ojos enrojecidos, párpados hinchados, oscuras y profundas ojeras. La deducción resultó demasiado evidente, pero no entendía el motivo por el que Joe la hubiera abandonado también a ella.
—Nunca me dijo que me amaba —confesó Bego—. Nunca me mintió. Fui yo misma quien lo hizo.
—No creo que debas contarme...
—Claro que debo —aseguró bajando la voz—. Él jamás fue mío y jamás lo será, pero siempre fue un gran amigo y no me gustaría perderlo del todo —le suplicó con la mirada—. Y eso es lo que va a ocurrir en unas horas, si tú no lo remedias.
—No entiendo qué quieres decir. Yo estoy fuera de su vida.
—Tú eres su vida —le corrigió con lágrimas en los ojos—. Tú eres su vida y ahora te necesita. Está metido en algo muy grave en lo que solo tú le puedes ayudar.
Las piernas de _____ flaquearon y se sujetó al borde de la puerta. La angustiosa mirada de Bego, más reveladora que cualquiera de sus palabras, la hizo estremecer. La fue escuchando en silencio y se sintió morir al comprender que el pasado regresaba, que la aciaga tarde en la que murió Nicholas volvería a repetirse.



Tachán!!!!
Shocked
Ahí está el siguiente capítulo.
Gracias por leer.
Pd: Ya empieza la cuenta atrás para el último capítulo...
¿Qué creen que pasará? Question Question Idea
Gracias por leer (:
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Agosto 2nd 2012, 10:33

me vas a matar de un suste chica
siguelaa por fii
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MensajeTema: Re: Antes y Después de Odiarte Joe&__ II [Terminada]   Hoy a las 05:41

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