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 Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/

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AlezitaJounas
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 10th 2012, 01:53

Alguien sabe como se llama originalmente esta novela y quien la escribio? por lo que se es un libro y me gustaria comprarlo*-*
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evelyn alejandra
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 11th 2012, 22:51

creo no estoy segura

que se llama obsecion quien la escribe no lo se
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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 16th 2012, 17:00

Hola chicas, bueno comprendo que esten enojadas conmigo. Pero tengo dos noticias una buena y una mala. Empiezo con la mala, y es que ya no podre seguir con la novela. La buena es que pedire de favor a una amiga para que suba.
¿El motivo? Son 3 y ninguno bueno.
1.- Perdi mi laptop en una casa de empenio.
2.- Mi papa lo descubrio y cancelo su contrato de tener internet
3.- Mis padres se divorciaran.
Estamos viendo los tramites y me tiene un poco fuera de la realidad. No espero que me comprendan pero si que acepten lo que sera las ultimas decisiones que tome como parte de subidora de novelas. Maniana le pasare dichos capitulos a mi amiga y espero que ella siga subiendo. Me alegro haber llegado aca y pido mil veces disculpas, nunca crei que esto fuera a pasarme (Mucho menos que en menos de mes y medio). Pero asi es la vida. Nos seguimos viendo (leyendo). No podre irme del todo hasta que tenga arreglado esto. Nunca olviden que las quiero aunque no las conosca.
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evelyn alejandra
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 16th 2012, 17:24

SweetHeart(MarthaJonas14) escribió:
Hola chicas, bueno comprendo que esten enojadas conmigo. Pero tengo dos noticias una buena y una mala. Empiezo con la mala, y es que ya no podre seguir con la novela. La buena es que pedire de favor a una amiga para que suba.
¿El motivo? Son 3 y ninguno bueno.
1.- Perdi mi laptop en una casa de empenio.
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QUE PENA YO ME ABIA ALEGRADO DE QUE VOLVIERAS
OJALA QUE TU AMIGA PUEDA SUBIR LOS CAPITULOS

TE EXTRAÑAREMOS MUCHO

ESPECIALMENTE YO
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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 16th 2012, 18:47

eveJoNatiKaperver escribió:
SweetHeart(MarthaJonas14) escribió:
Hola chicas, bueno comprendo que esten enojadas conmigo. Pero tengo dos noticias una buena y una mala. Empiezo con la mala, y es que ya no podre seguir con la novela. La buena es que pedire de favor a una amiga para que suba.
¿El motivo? Son 3 y ninguno bueno.
1.- Perdi mi laptop en una casa de empenio.
2.- Mi papa lo descubrio y cancelo su contrato de tener internet
3.- Mis padres se divorciaran.
Estamos viendo los tramites y me tiene un poco fuera de la realidad. No espero que me comprendan pero si que acepten lo que sera las ultimas decisiones que tome como parte de subidora de novelas. Maniana le pasare dichos capitulos a mi amiga y espero que ella siga subiendo. Me alegro haber llegado aca y pido mil veces disculpas, nunca crei que esto fuera a pasarme (Mucho menos que en menos de mes y medio). Pero asi es la vida. Nos seguimos viendo (leyendo). No podre irme del todo hasta que tenga arreglado esto. Nunca olviden que las quiero aunque no las conosca.

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Hay hermosa, no sabes lo mal que me senti al leer los demas mensajes y no contestarte. (Estaban analizandome mentalmente para saber cuan afectada estoy) Gracias por no abandonarme. ¿Podrias ser tu la que suba caps en la otra novela que tengo? ¿Por favor? Se que es muy precipitado, pero estoy desesperada. No quiero seguir dejandolas sin capitulos. En todo caso, gracias. Ya muy pronto subiran y todo volvera a la normalidad. Se te quiere.
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 17th 2012, 18:52

Hola Chicas.
Soy Leydi... Y bueno, Martha me pidió que continuara con la novela.
Por las causas que ha dicho ella misma. Asi que...
Será un gusto poder seguirles con la novela, ya la leí... No pude soportarlo, y solo les diré que...
¡Es una novela grandiosa!
Asi que leanla... Ah, y con respecto a los dias que publicaré...
Será los mismo dias en los que yo publico novela.

Domingo, Miercoles y Viernes.

Me parece que son dias buenos, asi que... Eso.
Y les dejaré unos tres capitulos, en compensación por todo lo que han esperado, ¿Okay?
Gracias... Y aqui les va (:
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 17th 2012, 18:53

19

Estaba convencida de que la sorpresa que me reservaba Joe sería de carácter sexual, pero cuando llegamos a su casa e insistió en que cerrara los ojos supe que me tenía preparado algo más.

—¿De qué se trata?
—Enseguida lo verás.

Sentí cómo abría la puerta del dormitorio y me hacía pasar al interior.

—Muy bien. Ya puedes abrir los ojos.

Así lo hice, y lo que vi me dejó anonadada.

—Joe…

Delante de mí había un caballete, un taburete y una mesa con óleos y pinceles.

—¿Te gusta?

Me volví hacia él con un nudo de emoción en la garganta.

—No… no puedo creer que hayas hecho esto por mí
—Entonces, ¿te gusta?
—Me encanta. Y tú también me encantas por ser tan considerado.
—Tengo un amigo en Miami que conoce al dueño de una galería. A lo mejor puedes hacer realidad tu sueño.

Le puse una mano en el pecho. Kevin nunca se había tomado mi afición en serio, y Joe, en cambio, me estaba animando a perseguir mi sueño cuando sólo hacía dos semanas que me conocía.

—Gracias —le dije—. Significa mucho para mí.

Lo besé en los labios y empezamos a hacer el amor allí mismo, en el suelo de la habitación.

Durante las dos semanas siguientes sólo abandonábamos la cama cuando Joe se iba a trabajar. El sexo era alucinante, salvaje y a todas horas. No creía que nunca pudiera cansarme de hacerlo con Joe.

Salvo aquella única vez en el aparcamiento de Denny’s, siempre usábamos protección. No podíamos dejar que la pasión barriera el sentido común. Y cuanto más lo hacíamos, más unidos nos sentíamos. El sexo empezaba a adquirir un significado más especial, como si fuera el inicio de una relación.

Joe me dio una llave de su casa para que pudiera entrar y salir a mi antojo. Estuvo fuera de la ciudad el viernes, el sábado y el domingo por la noche, y por la noche ya estábamos otra vez haciendo el amor. No sólo compartíamos el sexo más apasionado posible, sino que cocinábamos y limpiábamos juntos, y por lo general nos comportábamos como una pareja estable.

Pero el martes por la mañana decidí que tenía que marcharme. Mi propósito había sido marcharme el lunes por la noche, pero a Joe no le costó mucho convencerme para que me quedara.

El reloj de la mesilla de noche marcaba las 7:53.

—¿Ya estás despierta?

La pregunta de Joe me sorprendió, pues creía que seguía durmiendo.

—Tengo que irme.
—¿Irte? ¿Adónde?
—A mi casa.
—¿Por qué?
—Bueno… tengo que consultar el correo, limpiar la casa, pagar algunas facturas…
—¿Y tienes que hacer todo eso ahora mismo?
—Cuanto antes empiece, antes podré volver — lo besé en la nariz—. Además, le dije a mi amiga Isa que hoy iría de compras con ella.
—Puedes consultar tu correo desde aquí. Y Isa no te necesita para ir de compras, ¿verdad?
—En teoría no. Pero es más divertido ir acompañada.
—No me gusta ir de compras.
—A ningún hombre le gusta ir de compras — respondí, sonriendo.

Joe me abrazó por la cintura.

—No quiero que te vayas.
—Volveré más tarde.
—Quédate conmigo.

Me solté de su abrazo y me levanté de la cama.

—De verdad que tengo que irme. Tengo que darle de comer a mi gata. Seguro que está muerta de hambre.
—La gata estará bien —me aseguró Joe—. Pueden pasarse días sin comer. Lo sé, porque yo tenía una gata.
—¿En Italia?
—Sí.
—¿Y la dejaste allí?
—No. Un día me arañó y la ahogué.

Me quedé boquiabierta de espanto.

—¡Joe!
—Sólo estoy bromeando —dijo él con una sonrisa.
—¿Cómo puedes bromear con algo así? No tiene gracia.
—Madonna sigue vivita y coleando. Tiene ya catorce años y vive con una de mis hermanas.

Encontré mis bragas en el suelo y me las puse.

—Me alegra saberlo, pero tengo que irme a casa a darle de comer a Peaches.
—Vale. Vete a casa, dale de comer a tu gata y vuelve enseguida.

Su insistencia me molestó un poco, pero no dije nada y me puse el vestido, antes de volver a la cama para darle un beso.
Entonces él me agarró por la cintura y tiró de mí, ahogando mis protestas con sus labios, y fui incapaz de resistirme.
Empezaba a creer seriamente que las manos y la boca de Joe tenían un efecto devastador sobre mi capacidad racional.

—Déjame hacerte el amor, bella —me susurró al oído, estremeciéndome de deseo y emoción.

Y cuando me quitó el vestido y las bragas y hundió la cara en mi sexo, me olvidé por completo de que había estado a punto de irme a casa.
No llegué a mi casa hasta la mañana siguiente, y sólo porque Joe tenía que ir a trabajar. Peaches me recibió en la puerta con unos maullidos de merecido reproche.

—Lo siento, pequeña —me permitió acariciarla un momento y echó a trotar en dirección a la cocina, mirándome por encima del hombro. Se detuvo junto a su cuenco vacío y me miró con expresión suplicante.

Le llené rápidamente un cuenco con agua y otro con comida. La gata se lanzó inmediatamente a beber y comer y yo fui a escuchar los mensajes del teléfono. Había cinco de Isa, el primero del lunes por la noche y el último de una hora antes. Quería saber dónde estaba y por qué la había dejado plantada para ir de compras.
La llamé sin perder un segundo.

—Así que no te has muerto —me dijo en tono sarcástico.
—Lo siento, Isa. No era mi intención dejarte tirada.
—¿Qué pasó?
—Pues… estaba con Joe y perdí la noción del tiempo.
—Te llamé al móvil y saltó directamente el buzón de voz.

Lo había apagado porque no quería que nadie me interrumpiera mientras estaba con Joe. Era extraño. Cuando estaba con Kevin nunca se me había ocurrido aislarme del resto del mundo.
No quería confesárselo a Isa, así que no le di ninguna excusa. —¿Qué te parece si volvemos a quedar? Te prometo que esta vez no faltaré.

—Tenía una sorpresa para ti.
—¿Ah, sí?
—Sí. Se trataba de Robert.
—¿Guapísimo? ¿Estaba contigo?
—Ajá. Vino para conocer a la amiga de la que tanto le había hablado.
—Oh, Isa… Lo siento mucho, de verdad.
—Robert se llevó una gran decepción. Estaba deseando conocerte.

No supe qué decirle.

—Al menos podrías haberme llamado —me reprochó Isa—. No es propio de ti no dar señales de vida.
—Lo sé, lo sé. Ha sido una estupidez por mi parte. Vamos a quedar de nuevo, ¿vale? ¿Y si este fin de semana quedamos los cuatro?
—Buena idea —dijo Isa, suavizando finalmente el tono.
—Será divertido. Pregúntale a Robert si tiene algún local favorito. Os dejo elegir a vosotros.

La conversación transcurrió amistosamente, y al despedirnos estábamos impacientes por quedar las dos parejas juntas.
Pero cuando aquella noche le saqué el tema a Joe después de cenar, su reacción no fue precisamente entusiasta.

—Me parece que no —dijo.
—¿Por qué no?
—No me apetece ir a un club lleno de hombres que te miren e intenten tocarte.

Fruncí el ceño mientras dejaba los platos en el fregadero.

—Podemos ir solamente a cenar.
—Tal vez —concedió, pero sin mostrar mucho interés.
—Tenemos que ir —le insistí—. Isa se enfadó mucho conmigo por haber faltado a nuestra cita de ayer. Quería que conociera a su nuevo novio.
—¿Por qué tienes que conocer a su novio?

¿Qué clase de pregunta era ésa?

—Porque es mi mejor amiga y quiere que conozca a su pareja —guardé un breve silencio—. Yo también quiero que ella te conozca a ti.

Joe arqueó las cejas.

—¿Eso significa que soy especial para ti?
—Pues claro que eres especial para mí —respondí sin dudarlo.

Aún no habíamos hablado de la clase re relación que teníamos, pero era lógico suponer que había algo más que sexo, por mucho que fuese nuestra actividad favorita.

—¿No estamos saliendo juntos? —pregunté en tono natural—. ¿O para ti no es más que sexo?
—Para mí nunca ha sido solamente sexo —repuso él.
—Bien. Me alegro de que lo sientas así. Por eso considero importante que conozcas a mis amistades y que yo conozca a las tuyas. No has pasado mucho tiempo con tus amigos desde que aparecí yo, pero creo que deberían conocer a la mujer que te está acaparando a todas horas.
—No tengo muchos amigos.

Joe siempre me había parecido un tipo solitario, seguramente porque toda su familia vivía en Italia. Pero seguro que al menos tenía un buen amigo.

—Seguro que hay alguien a quien te sientas especialmente unido, igual que yo me siento con Isa.
—Me siento unido a ti —respondió—. Tú eres todo lo que necesito.
—¿Con quién estabas la noche que te conocí?
—Estaba solo. No había salido con nadie.

No era una situación muy corriente, pero tampoco era nada del otro mundo. Algunos hombres salían solos cuando buscaban sexo. Las mujeres, en cambio, iban siempre acompañadas incluso al aseo.

—Creo que me enamoré de ti aquella noche — me dijo Joe—. Cuando te vi por primera vez.

No pude menos que reírme. Era imposible que Joe estuviese hablando en serio. Pero cuando vi la expresión de su rostro dejé de reír y tragué saliva.

—¿Lo dices en serio?
—Nunca bromeo con el amor.

Santo Dios… Joe me amaba. O al menos eso creía él.
Se acercó a mí y me abrazó por la cintura.

—¿Tú me quieres, _________?

No sabía qué decirle, pero Joe me miraba fijamente y esperaba una respuesta.

—Me gusta cómo estamos juntos —contesté con cautela.

Joe me soltó bruscamente.

—Sólo te gusta acostarte conmigo.
—Sí, claro que me gusta. ¿Acaso a ti no?
—Para mí no es sólo sexo —declaró él. Por su tono era evidente que se había enfadado.
—Para mí tampoco. Siento afecto por ti, Joe. De lo contrario no pasaría tanto tiempo contigo. Pero ¿cuánto hace que nos conocemos? ¿Tres semanas y media? ¿Es tiempo suficiente para saber que amas alguien?
—Sí —respondió él inmediatamente—. ¿No crees en el amor a primera vista?

La conversación se estaba poniendo demasiado seria, y yo tenía la impresión de que, dijera lo que dijera, Joe no quedaría satisfecho. Lo único que tenía claro era que no estaba preparada para hablar con él de amor. Todavía era una mujer casada que tenía que tomar una decisión respecto a su marido.

—Mis padres se enamoraron a primera vista — siguió Joe—. Se casaron a las tres semanas de conocerse, y estuvieron casados treinta y cuatro años hasta su muerte.
—Es una historia muy bonita —dije en voz baja, poniéndole las manos en el pecho. Tras el fracaso matrimonial de mis padres y mi desengaño con Kevin había perdido la fe en la eterna felicidad de una pareja, pero lo que Joe contaba de sus padres me hacía creer otra vez en el amor—. Si te soy sincera, he intentado no pensar mucho en el amor después de mis amargas experiencias. Primero fue Chad, y después Kevin.

Joe me tomó el rostro entre sus manos.

—Yo nunca te haría daño —me dijo, mirándome fijamente a los ojos—. Te quiero.

¿Sería posible que lo creyera de verdad? ¿Podía sentir amor por mí, además de deseo?

—Y creo que tú también me quieres —añadió—, aunque tengas miedo de enfrentarte a tus sentimientos.

Empezó a besarme y yo me abandoné a lo único de lo que estaba segura, que era mi deseo carnal hacia él. Pero en ese momento sonó el teléfono y Joe corrió al salón a responder.

Yo me quedé en la cocina, intentando recuperar el aliento y la serenidad.

Joe me quería…

¿Por qué su confesión no me hacía temblar de emoción? Joe me gustaba mucho, muchísimo, y la química que nos unía era innegable. La atracción sexual que sentía por Joe no la había sentido por nadie.

Pero ¿de ahí a sentir amor…?

—Sí, Omar —estaba diciendo Joe por teléfono—. Ya he revisado la agenda, no te preocupes.

Me volví hacia el fregadero y enjuagué los platos de la cena antes de meterlos en el lavavajillas. Joe acabó su llamada y volvió a la cocina.

—¿Vamos a ir a cenar con Isa y Robert el viernes por la noche? —le pregunté.
—De acuerdo.
—Estupendo —sonreí—. Se lo diré a Isa y decidiremos a qué sitio vamos. Será divertido.
—Muy bien. Y ahora ven aquí.

El lavavajillas se quedó a medio llenar y los dos acabamos desnudos en el sofá.
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 17th 2012, 18:53

20

El viernes fui al apartamento de Joe y abrí con la llave que me había dado. No había ido la noche anterior porque Joe tenía que trabajar hasta tarde, pero le había prometido que estaría allí el viernes, antes de que él llegara a casa.

Todo estaba limpio y ordenado, salvo por algunos platos y cubiertos en el fregadero. Los metí en el lavavajillas y lo puse en funcionamiento, y a continuación limpié las encimeras y quemé una vela aromática para que la casa oliera a vainilla cuando llegase Joe.

A las seis aún no había aparecido y empecé a preocuparme. Estaba filmando algo para una empresa de calzado, pero me había asegurado que estaría en casa a las cinco y media como muy tarde.

Mientras esperaba llamé a Isa.

—Hola, _________. ¿Sigue en pie la cita a las ocho?
—Desde luego, pero Joe aún no ha llegado, así que quizá nos retrasemos un poco.
—Intenta que no sea demasiado.
—Eso espero.

En ese momento oí el pomo de la puerta.

—Isa, ya ha llegado Joe. Nos vemos luego.
—Hasta ahora.

Joe entró en casa con el ceño fruncido. Fui hacia él rápidamente y le di un abrazo.

—Hola, cielo. ¿Por qué tienes esa cara?
—Ha sido un día horrible —explicó él—. Ha habido muchos problemas en el rodaje.
—Vaya, lo siento. ¿Se han solucionado?
—Al final sí. Pero no creo que vaya a seguir trabajando para esa productora.
—¿Por qué no?
—He tenido algunas discrepancias con el director.
—¿Discrepancias?
—Diferencias de opinión, nada más. Pero ahora que te veo me siento mucho mejor —pareció relajarse y me puso las manos en los hombros—. Me gusta que estés aquí cuando llego a casa… Tengo una sorpresa para ti.
—¿Ah, sí? —sonreí.
—Por eso me he retrasado —se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un pequeño estuche de terciopelo azul—. Toma.

El estómago me dio un vuelco.

—Joe…
—Ábrelo.

Respiré profundamente y levanté la tapa. Dentro había un par de pendientes de diamantes dispuestos en círculo alrededor de una piedra ambarina.

—¡Joe!
—Son de oro blanco y diamantes de un tercio de quilate. La próxima vez será algo más.
—Son preciosos —le di un beso en los labios—. Me encantan.

Aparte del brazalete que Kevin me regaló en nuestro primer aniversario, nunca me había sorprendido con un regalo así. Sólo me regalaba flores de vez en cuando, o una caja de bombones el Día de San Valentín. Para nuestro octavo aniversario le insinué que quería una pulsera de diamantes, pero lo único que recibí fueron más bombones y un par de zapatos.

—Me alegro de que te gusten —dijo Joe—. Póntelos.

Me quité los pendientes de aro y me puse los nuevos.

—Preciosos —dijo él—. Como tú.

Fui a verme al espejo que había junto a la puerta.

—Son maravillosos.

Joe se acercó por detrás y nuestras miradas se encontraron en el espejo.

—¿Qué te apetece para cenar? —me preguntó mientras me besaba en la mejilla—. Puedo preparar una deliciosa parmigiana de pollo con verduras.
—Oh, no. Tenemos planes para cenar, ¿recuerdas? Hemos quedado con Isa y Robert.
—¿Esta noche?
—Sí, esta noche —dije con impaciencia. No podía creer que Joe lo hubiera olvidado—. Y hemos quedado a las ocho, así que será mejor que te des prisa en ducharte.
—No creo que sea buena compañía —dijo él—. Ya he te dicho que no he tenido un buen día.

No, no, no. Aquello no podía estar pasando.

—Te sentará bien salir. Isa es muy divertida, y seguro que te llevas muy bien con Robert. Joe se encogió de hombros, como si no hubiera aceptado dos días antes. —No tenemos por qué quedarnos mucho tiempo, si no quieres —insistí—. Podemos volver temprano a casa… para tomar nuestro postre especial.

Él no respondió. Entró en la cocina y sacó una cerveza del frigorífico.

Isa no me perdonaría que no me presentase a la cita. Dos plantones seguidos eran demasiados.

—He traído mi ropa para cambiarme —le dije en tono seductor—. Podemos ducharnos juntos antes de salir…

Joe bajó la botella y me miró con una ceja arqueada.

—¿Quieres que nos duchemos juntos? ¿Ahora?
—Aún tenemos tiempo —le guiñé un ojo. Tal vez consiguiera animarlo con el sexo. Y si se animaba, sería fácil convencerlo para ir a cenar.

Joe volvió a meter la botella en el frigorífico y se acercó a mí con una maliciosa sonrisa. Me estrechó en sus brazos y sentí que ya estaba erecto.

Los dos estábamos desnudos antes de llegar al cuarto de baño. Joe me soltó un momento para abrir el grifo y ajustar la temperatura. Entré tras él en la ducha y cerré la mampara detrás de mí. El agua caliente me cayó sobre la cara y el cuerpo. Joe me acarició los pechos y me pellizcó los pezones, antes de llevar una mano hacia mi sexo y la otra a mi trasero.

Le agarré su impresionante polla y empecé a frotarla al tiempo que nos besábamos apasionadamente bajo el agua. Joe agarró la pastilla de jabón y la frotó sobre mis pechos, creando una gran cantidad de espuma. Entonces descendió con los dedos hasta el clítoris y lo masajeó vigorosamente mientras me chupaba un pezón. Le eché los brazos al cuello y me aferré con todas mis fuerzas mientras sus manos enjabonadas me volvían loca de placer. La combinación de sus dedos y su boca era letal, y cuando empezó a lamerme el otro pezón las piernas casi cedieron con la llegada del orgasmo.
Creía que me penetraría en ese momento, pero él me levantó en brazos y me sacó de la ducha. El aire acondicionado me enfrió la piel al abandonar el cuarto de baño, pero las manos de Joe me hacían arder. Sin dejar de besarnos, me llevó al dormitorio y me tendió en la cama.

—Quiero comerte —dijo.
—Déjame comértela —le supliqué. Joe siempre era el único que me daba placer oral, pero yo también quería sentir cómo sucumbía a mi boca.
—Lo haremos a la vez —decidió él—. Súbete encima de mi cara.

Gemí sólo de pensarlo. Me senté a horcajadas sobre su cara y me incliné hacia su polla erecta. Tenía la piel de gallina por el aire que arrojaba el ventilador del techo, pero mi cuerpo explotó de calor en cuanto Joe me atrapó el clítoris con la boca. Jadeando de placer y delicia, le agarré el pene y empecé a bombearlo en toda su longitud. Y cuando Joe empezó a comerme el coño, me lo metí en la boca.

Mis gemidos de euforia me impedían mover los labios a un ritmo constante. Me lo metí hasta lo más dentro posible mientras Joe hundía los dedos y la lengua en mi sexo y sorbía ávidamente mi flujo, como si no pudiera saciarse de mi sabor.
Era imposible concentrarme en los movimientos de mi boca mientras él me chupaba con tanta pericia. No tuve más remedio que apartar la boca para poder respirar, pero seguí masturbándolo frenéticamente hasta que los dos nos corrimos a la vez. Su semen salió disparado y se derramó sobre mi mano.

Estaba caliente. Acerqué un dedo a la punta y esparcí el líquido por la superficie carnosa.

Apartó mi trasero de su cara y se colocó a mi lado para empezar a besarme. Entonces se puso encima de mí y me separó las piernas.

—Joe…

Me hizo callar con sus labios a la vez que me penetraba. Quise decirle que se pusiera un condón, pero él siguió besándome y no pude articular palabra.
Joe me folló a lo bestia, y después con calma y ternura. A las siete y media intenté decirle que íbamos a llegar tarde, pero él volvió a penetrarme e hizo que me olvidase de la hora.
No paramos de follar hasta que eran casi las nueve. Sólo entonces Joe pareció acordarse de nuestra cita.

—Tengo que darme una ducha —dijo—. Tampoco es tan tarde.

No sé por qué, pero sus palabras me irritaron. Joe sabía muy bien que ya no podríamos llegar a tiempo, y yo no podía llamar a Isa y decirle que habíamos estado follando.

Joe entró en el cuarto de baño y yo miré la hora. Eran las 20:58.

Maldición.

Me levanté y corrí a buscar mi ropa. Si nos dábamos prisa tal vez sólo llegáramos media hora tarde y Isa no se enfadaría demasiado.

—¡Date prisa! —le grité a Joe desde la puerta del cuarto de baño.
—¿Qué? —preguntó él en la ducha.
—¡Que te des prisa! A lo mejor llegamos a tiempo para el postre.

Pero Joe se siguió duchando tranquilamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando terminé de vestirme y maquillarme, él seguía en la ducha.
Estaba sentada en el sillón del dormitorio, con un humor de perros, cuando finalmente salió del cuarto de baño, secándose el pelo con una toalla.

—Enseguida estoy listo —dijo—. Oh, será mejor que me lave los dientes…

Eran las 21:22.
Cuando Joe tuvo el descaro de volver a entrar en el cuarto de baño, me levanté del sillón, agarré el bolso del suelo y me marché sin decir adiós.
Llamé a Isa cuando me subí al coche.

—Lo siento… Ya sé que me odias, pero lo siento de verdad.
—¿Dónde estás?

Suspiré.

—En mi coche. Acabo de salir de casa de Joe.
—¿Estáis de camino?

No respondí enseguida.

—Joe… aún está dentro. Me he enfadado y acabo de salir.
—Robert, discúlpame un momento, ¿quieres? — oí que decía Isa—. ¿Qué ha ocurrido?
—Yo ya estaba lista para salir. Pero entonces llegó Joe y…
—¿Y qué?

No dije nada.

—¿Y os pusisteis a follar?
—Sí —no tenía sentido mentir—. Él estaba de muy mal humor, y pensé que a lo mejor se animaba si lo hacíamos, y… el tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta —no podía echarle toda la culpa a Joe. Yo era una mujer adulta y debía asumir mi responsabilidad por permitir que me sedujera.
—¿Qué te está pasando, _________?
—En el fondo, no creo que Joe quisiera salir. No mostraba el menor interés.
—El sexo es genial, pero no a costa de la vida.
—¿Qué quieres decir?
—No me devuelves las llamadas, me dejas plantada… Nunca te habías comportado así.
—No volverá a pasar.
—No te creo.
—¿Qué?
—¿Qué te apuestas a que la próxima vez que hagamos planes Joe te vuelve a salir con algo similar? Ese tío te quiere sólo para él.
—Eso es absurdo —protesté, aunque el comentario de Isa me hizo pensar en todo el tiempo que había pasado en casa de Joe. La mayor parte de ese tiempo la habíamos pasado follando, como si hubiéramos inventado el sexo.
—Has cambiado. Y no me gusta.

Dejé pasar un breve silencio.

—¿Aún quieres que vaya a veros a Robert y a ti? Podemos tomar un café o algo.
—No te molestes —espetó Isa, y colgó.
—¡Joder! —exclamé. Tiré el móvil en el asiento del pasajero y pisé el acelerador.

Conduje hasta casa a gran velocidad, esquivando bruscamente el tráfico y tomando las curvas de manera imprudente. Estaba furiosa con Joe por haber fastidiado la cita, con Isa por enfadarse conmigo, y conmigo misma por ser tan irresponsable.

¿Qué me estaba pasando? Isa tenía razón. El sexo era genial, pero no era lo único ni lo más importante en la vida.
No podía olvidarme de mi mejor amiga sólo porque estaba disfrutando del mejor sexo que hubiese probado jamás.

Mi móvil empezó a sonar y vi el número de Joe en la pantalla.
No respondí.
Recibí dos llamadas más antes de llegar a casa, las dos de Joe. No respondí a ninguna. Necesitaba poner distancia entre él y yo.

Al entrar en mi calle había conseguido calmarme un poco. Al día siguiente llamaría a Isa y le aseguraría que jamás volvería a dejarla plantada. A menos que fuera un asunto de vida o muerte.
Entonces vi que había otro coche aparcado en el camino de entrada.

Kevin.

Frené en seco y pensé qué podía hacer. Kevin me había dejado unos cuantos mensajes durante las dos últimas semanas, pero yo no le había devuelto las llamadas. Pensé en seguir conduciendo hasta que se marchara. Si Isa no estuviera con Robert podría haberla llamado y haberme quedado un rato en su casa.

Y si no estuviera tan furiosa con Joe podría haber regresado a su apartamento.
No tenía adónde ir, y sólo Dios sabía cuánto tiempo pensaba quedarse Kevin. De modo que suspiré con resignación y decidí enfrentarme a él.

Kevin estaba sentado en el sofá del salón, con los brazos extendidos sobre el respaldo. Todo estaba en silencio y se respiraba un ambiente inquietante. El hecho de que no tuviera la televisión encendida confirmaba que me había estado esperando.

Levantó la mirada al verme, pero no dijo nada.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunté.
—Dos horas y media.

El corazón me latía con fuerza, pero entré con decisión en el salón. No había motivo para estar nerviosa en mi propia casa.

—Llevas el vestido del revés —observó Kevin.
—¿Qué? —me miré el vestido y, efectivamente, se veían las costuras. ¿Cómo no me había dado cuenta de que me lo había puesto al revés?

Kevin levantó la cabeza y me miró fijamente a los ojos.

—¿Estabas con él?

No respondí.

—¿Qué vas a hacer? ¿Fingir que no estás con alguien? ¿O debería decir… follándote a alguien?
—Fuiste tú quien me dijo que tuviese una aventura.

Kevin soltó una risotada y miró hacia otro lado.

—¿Qué pasa?

Él se levantó del sofá, lentamente.

—¿Por qué no me has devuelto las llamadas?
—Porque no quería hablar contigo.
—Entonces ¿hemos terminado? Porque si es así, dímelo. No me tengas esperando.

No dije nada.

—Creía que sólo ibas a tener una aventura para que estuviésemos igualados, no que fueras a abandonarme.
—Te dije… te dije que las reglas no las ponías tú —sentía una dolorosa punzada en el pecho. Ver a Kevin me agotaba emocionalmente.
—Son unos pendientes muy bonitos.

Instintivamente me llevé una mano a la oreja.

—Supongo que te los habrá regalado él —hizo una pausa que pareció alargarse una eternidad—. ¿Estás enamorada de él?
—No —me sorprendió la facilidad con que podía negarlo. Por alguna razón desconocida, no quería que Kevin tuviese ninguna duda al respecto—. No estoy enamorada de él.

Los ojos de Kevin brillaron de esperanza.

—¿Vas a poner fin a esa aventura?

Ante esa pregunta sí dudé.

—Cuando esté preparada.
—¿Qué quiere decir… cuando estés preparada?
—Cuando esté preparada.
—Si no tienes nada serio con él, ¿por qué te lo sigues tirando?
—Yo no he dicho que no sea algo serio.
—No lo entiendo.
—Me trata bien. ¿Y sabes qué? El sexo es increíble.

Kevin apretó la mandíbula.

—¿Qué ocurre, Kevin? —le pregunté, irritada por el recuerdo de su traición—. ¿Estaba bien cuando tú lo hacías, pero en cambio yo no puedo divertirme como me apetezca?

Fue su turno para quedarse callado.

—No olvides que fuiste tú quien lo empezó todo —seguí—. Si no te hubieras liado con Isabel, no estaríamos teniendo esta conversación.
—Te dije que lo sentía. ¿Cuántas veces quieres que te lo repita?

Que lo sentía… Como si con eso bastara para arreglarlo.

—El sexo que tengo ahora es tan increíble que no creo que él tenga necesidad de acostarse con otra —dije, echando sal en la herida abierta de Kevin. Se lo merecía. Merecía sufrir por haberme causado tanto sufrimiento—. Creo que podría enamorarme de él.

Kevin apretó los labios y se apartó bruscamente de mí para dirigirse hacia la puerta.

—Kevin —lo llamé, arrepentida por lo que acababa de decirle. Mi intención había sido hacerle daño, y al parecer lo había conseguido—. Kevin, espera.

Él no se detuvo hasta llegar a la puerta. Allí expulsó el aire y se volvió para mirarme.

—No quería… —empecé.
—Supongo que tienes razón. No soy yo quien pone las reglas. Pero me gustaría saber a qué estamos jugando exactamente.

Abrió la puerta y caminó rápidamente hacia su coche, dejándome boquiabierta y sin saber qué decir. Aún lo amaba. Pero no estaba segura de que mi amor por él pudiera sostener una relación.

Su amor por mí no le había impedido traicionarme.
Cerré la puerta y me quedé pensando en lo que me tendría deparado el futuro.

Porque, por mucho que aún quisiera a Kevin, hablaba en serio al decir que podía enamorarme de Joe. Un hombre con quien había conectado de un modo que nunca hubiese c
reído posible.
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 17th 2012, 18:54

21

Peaches había desaparecido.
Antes de ir a casa de Joe el viernes, la había dejado salir a la calle para que pudiera cazar pájaros o lagartos en caso de que yo no volviera para darle de comer.
Como a todos los gatos, a Peaches le gustaba salir por la noche. Pero por la mañana volvía a estar arañando la puerta para que la dejase entrar.
Aquella mañana, en cambio, aún no había vuelto.
Cerré la puerta con el ceño fruncido y fui a la cocina a echar agua en la cafetera. El teléfono empezó a sonar y agarré rápidamente el auricular de la pared.

—¿Diga?
—Hola, _________.

Me costó un momento reconocer la voz.

—¿Mamá?
—Hola, cariño.

Sonreí, gratamente sorprendida. Después del encuentro con Kevin y la conversación con Isa, era agradable hablar con alguien que no se metía en mi drama emocional.

—¿Cómo estás, mamá?
—Bien, gracias.

Mi madre vivía en California con su nuevo marido y apenas manteníamos el contacto. No estábamos tan unidas como a mí me gustaría, pero las decisiones que había tomado en su vida, y que tanto sufrimiento le habían causado a mi padre, me impedían acercarme a ella.

Mi madre había abandonado a mi padre para irse con otro hombre. Esperó hasta que yo tuve dieciocho años y me fui a la universidad. Y según ella, no había engañado a mi padre. Pero mi padre se quedó destrozado cuando le dijo que ya no quería seguir casada con él. Menos de un año después murió al ser atropellado por un camión. Los testigos afirmaban que era imposible que hubiese sido un atropello fortuito.

¿Accidente… o suicidio?

En el fondo de mi corazón estaba convencida de que mi padre se había suicidado porque no soportaba la soledad. Después de que mi madre le rompiera el corazón no tenía muchas razones para seguir viviendo.
Mi madre, por supuesto, creía que había sido un accidente.

—Será mejor que vaya directamente al grano — me dijo.
—¿Cómo?
—Kevin me ha llamado esta mañana, _________. Me ha contado que estáis teniendo problemas.

No dije nada. No podía creer que Kevin hubiera llamado a mi madre para hablar de nuestro matrimonio.
Mi madre suspiró.

—Lo único que te digo es que no cometas el mismo error que yo, cariño. No… no tires por la borda tu matrimonio.
—¿De qué estás hablando?
—Kevin me ha contado lo de la aventura.
—¿En serio? —pregunté en tono sarcástico.
—Tiene miedo de perderte, _________. Kevin es un buen hombre. Ya sé que todo el mundo tiene problemas, pero tienes que intentar solucionar las cosas. Puedes acudir a un asesor matrimonial, igual que hacen tantas parejas hoy en día. Pero no renuncies a lo que tienes.

Dejé que me echara el sermón, y entonces me di cuenta de que no se refería a la aventura de Kevin sino a la mía.

—¿Te ha contado que se acostó con otra?

Silencio.

—Claro que no te lo ha contado. Si confesara sus pecados no le resultaría tan fácil señalar los míos.

La puse al corriente de la aventura de Kevin, de la amenaza de denuncia que pendía sobre él y de cómo me había animado a acostarme con otro hombre.

—Como ves, no es tan inocente como le gusta afirmar —señalé—. Ni mucho menos.
—No sabía nada de esto.
—Pues claro que no lo sabías.
—Pero… sigo pensando lo mismo. Los dos os habéis divertido cada uno por su cuenta. Es un buen hombre, y no me gustaría que renunciaras a lo que tienes con él.
—¿Y si te digo que mi aventura es algo más y que he conocido a un hombre que me gusta de verdad? —no supe por qué le decía aquello a mi madre, pero estaba muy resentida con Kevin por ponerse a cotillear con ella—. Alguien que puede ser mejor para mí que Kevin...
—No lo dices en serio.
—¿Pero y si así fuera? —insistí. ¿Y si la llamada de Kevin a mi madre fuera la prueba definitiva de que no podíamos estar juntos? En Joe había encontrado a un hombre decente que, además de proporcionarme un placer inimaginable, me quería y creía en mis sueños. Una vida con él no podía estar tan mal.

Mi madre volvió a suspirar.

—Te diría que yo pensé lo mismo una vez, y que quizá cometí una equivocación. Quizá les hice daño a muchas personas.

Su respuesta me dejó sin habla. Era lo más cerca que había estado nunca de admitir su responsabilidad en el sufrimiento de mi padre, o en el mío. Mi madre había llevado a mi padre a una profunda depresión, y yo siempre le había guardado rencor por ello. No fue hasta dos años antes cuando empecé a perdonarla, al aceptar que mi padre era el último responsable de su muerte. No tenía sentido seguir furiosa con ella.

—Siento haberte hecho daño —siguió mi madre—. A ti y a tu padre. Si pudiera empezar de nuevo, haría las cosas de otro modo.

De repente me puse a llorar.

—No sé lo que va a pasar, mamá. Kevin y yo tenemos que resolver nuestros problemas por nosotros mismos.
—Lo entiendo, y lo respeto.

Cambié de tema y le pregunté por Hal, su marido, y el hijo veinteañero de éste. Al acabar la conversación le prometí que iría pronto a visitarlos.
Después llamé a Isa, pero o no estaba en casa o no quiso responder.

—No te culpo por no querer hablar conmigo — le dije al contestador—. Pero espero que puedas perdonarme por ser una desconsiderada y una insensible. Llámame, por favor.

Colgué y salí a buscar a Peaches.

Empecé a preocuparme en serio después de haber recorrido todo el barrio. Me consolé pensando que tampoco había encontrado sus restos y que seguramente volvería a casa cuando se cansara de deambular por ahí.
El teléfono estaba sonando cuando crucé la puerta, pero al ver el nombre P. Bacchio en la pantalla dejé que saltara el contestador.
Media hora más tarde me llevé la sorpresa de mi vida al ver a Joe en mi puerta.

—Joe…
—Hola, _________.
—¿Qué… qué haces aquí?

Él no respondió. Entró en mi casa sin esperar a que lo invitara a pasar y cerró la puerta. Me inquietó verlo tan serio, y también que supiera dónde vivía sin que yo se lo hubiera dicho.

—No has respondido a mis llamadas.
—No me siento bien —le dije sinceramente—. Creo que está a punto de bajarme la regla —en realidad, llevaba unos días de retraso.

Joe no dijo nada y se limitó a andar de un lado a otro del vestíbulo.

—¿Cómo… cómo sabías dónde vivo?
—Te he localizado.
—Pero ¿cómo? —fruncí el ceño—. No aparezco en la guía ni...
—Hay muchas maneras de encontrar a alguien, _________.

Lo miré fijamente, temiendo que Kevin apareciera en ese momento. Joe se detuvo y me clavó una mirada tan intensa que me sentí incómoda.

—¿Qué pasa? —le pregunté.
—¿Me estás dejando?
—¿Qué?
—Anoche te fuiste de mi casa sin decir nada... ¿Vas a volver con tu marido?

Lo miré con ojos entornados, preguntándome de dónde había sacado esa idea.
De repente lo tuve de rodillas delante de mí, apretando la cabeza contra mi estómago en un gesto de súplica.

—Anoche me equivoqué, _________. Pero no me dejes, por favor.
—¿De qué estás hablando?

Me miró con el rostro desencajado por la tristeza y me agarró fuertemente por la cintura.

—Lo siento, _________. Lo siento, lo siento… No me dejes, por favor.
—Sólo necesitaba un poco de espacio —le dije— . Me enfadé un poco, es verdad, pero todo el mundo se enfada de vez en cuando.

Joe se levantó con un brillo de esperanza en los ojos.

—¿Pensabas volver a llamarme?
—Pues claro que sí.

Suspiró de alivio y empezó a besarme por la mejilla.

—Estaba muy preocupado, _________. Muchísimo.

Su actitud me hizo pensar que Joe nunca había tenido una relación seria. Un simple desacuerdo no suponía el fin del mundo.

—Oye —le dije, tomándolo de las manos—. No quiero hablar de esto aquí. Mi mari… Kevin puede aparecer en cualquier momento.

Su expresión se oscureció.

—¿Todavía vive aquí?
—No, pero no hemos vendido la casa y él sigue teniendo una llave.

No añadí que Kevin aún quería salvar nuestro matrimonio, ni que yo tenía más dudas que nunca al respecto. La noche anterior me había dado cuenta de que aún quería a Kevin, pero no me gustaba que hubiese llamado a mi madre a mis espaldas.

—Yo nunca te haría daño, como te hizo tu marido —declaró Joe.
—Lo sé.
—No me gusta que tu marido venga cada vez que le apetezca. ¿Y si te hace daño?
—Nunca me lo haría.
—Puedes venirte a vivir conmigo. Y creo que deberías hacerlo.
—¿Con mi gata? Por cierto, no encuentro a Peaches por ninguna parte.
—Con tu gata, o tu perro, o tus ratones, o con lo que sea. Lo que quiero es que estés conmigo — metió la mano por la cintura de mis pantalones cortos y no se detuvo hasta llegar a mi sexo—. Bella...

Puse mi mano sobre la suya.

—No, Joe. Aquí no.

Empezó a acariciarme a través de las bragas.

—Ven a casa conmigo. Y tráete algo de ropa para que no tengas que volver.
—Tengo que volver… He de encontrar a Peaches.

Joe siguió tocándome y besándome, decidido a hacerme cambiar de opinión. Yo sabía muy bien lo que pasaría a continuación, y aparté los labios antes de que acabáramos en el suelo.

—Vamos a tu casa —lo último que quería era que Kevin nos sorprendiera—. Espera que le deje comida a Peaches en la puerta, por si vuelve mientras estoy fuera.
—Vale —me dio otro beso antes de soltarme.

Fui rápidamente a la cocina y llené unos cuencos con agua y comida para gatos. Los dejé junto a la puerta y acepté la mano que Joe me tendía.
Dejé los cuencos junto a la puerta y Joe me tendió la mano.

—Vámonos a casa.
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 18th 2012, 00:25

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 19th 2012, 19:32


22

Joe insistió en que fuéramos a su casa en su coche, alegando que no tenía sentido gastar el doble de gasolina. Su razonamiento era lógico, pero le dije que si iba en su coche no podría volver a mi casa cuando fuera necesario. Él acabó aceptando a regañadientes, y aunque su sugerencia no me había molestado particularmente, sí lo había hecho su disgusto porque no quisiera acompañarlo en su coche.

Al llegar a su casa, sin embargo, me dije a mí misma que había malinterpretado su reacción. Yo seguía preocupada por Peaches, y Joe debía de estarlo por nuestra relación, después de la manera que tuve de marcharme la noche anterior. Era lógico que se sintiera inseguro después de nuestro primer desencuentro.

No le busqué otra explicación.

El lunes por la mañana se marchó a trabajar y yo volví a mi casa, contenta de tener un respiro.

Joe no me había quitado ojo de encima durante todo el fin de semana. En una ocasión salió del baño con inquietud y respiró aliviado al verme en el salón, diciendo que le había parecido oír la puerta de la calle.

La puerta se había abierto, en efecto, pero sólo para recibir al repartidor de pizzas.
A falta de una palabra mejor, me parecía que Joe se estaba volviendo paranoico.

Cuanto más lo pensaba, más me convencía de que el viernes por la noche había ido a mi casa y había sacado una conclusión equivocada al ver el coche de Kevin aparcado en la puerta.
Una cosa estaba muy clara: aquella situación no podría sostenerse mucho más tiempo. Joe se sentía cada vez más unido a mí. Kevin quería que volviera con él. Y yo aún no sabía qué hacer.

Por un lado me decía a mí misma que quizá había conocido a Joe porque estaba destinado a ser el gran amor de mi vida. Por otro, me preguntaba si realmente compartíamos algo más que una química sexual.

No podía negar que mis sentimientos aún me ataban a Kevin. Era muy difícil cortar los lazos con alguien después de tanto tiempo. Difícil, pero no imposible, pues la gente seguía adelante después de divorciarse.

Pero Kevin y yo no nos habíamos divorciado…
Al llegar a casa saqué a Kevin y a Joe de mi cabeza y corrí hacia la puerta.
La comida y el agua que había dejado para Peaches seguían intactas.

La preocupación se transformó en angustia. Lo máximo que Peaches había estado ausente eran veinticuatro horas.
Me puse a pintar para no sucumbir a la inquietud, aunque no podía dejar de pensar en la gata.

A las cinco y media Joe me llamó al móvil.

—¿Dónde estás?
—En casa —respondí.
—No. Yo estoy en casa y tú no.
—Quiero decir en mi casa.
—¿Por qué?
—Tenía que ver si mi gata había vuelto.
—¿Y?
—No, aún sigue sin aparecer —empezaba a temerme lo peor. No lejos de casa había un lago y corrían rumores de que allí vivía un cocodrilo que se había comido a más de un animal doméstico.
—A lo mejor se la llevó tu marido.
—Me habría dejado una nota si lo hubiera hecho.
—No si quería asustarte.
—¿Asustarme?
—No confío en él.

Sabía que Joe no confiaba en Kevin, pero no porque temiera que pudiese hacerme daño o valerse de la gata para llegar hasta mí, sino porque tenía miedo de que acabáramos reconciliándonos.

—Quiero que vengas aquí, donde yo pueda protegerte —siguió él—. ¿Lo harás? ¿Vendrás ahora mismo?
—De acuerdo. Voy para allá.

Fui más que nada para tranquilizarlo, porque por alguna razón parecía más inseguro que nunca respecto a Kevin y a mí.
Joe abrió la puerta antes de que yo pudiera llamar, lo que indicaba que había estado esperando mi llegada junto a la ventana. Tiró de mí hacia él y me estrechó entre sus brazos durante varios segundos.

—Joe… —dije cuando finalmente me soltó—. Pareces muy intranquilo. ¿Qué te ocurre?
—¿Recuerdas lo que te conté de la mujer que vine a conocer a Orlando?
—Sí.
—Me abandonó un día que yo estaba fuera, sin decirme nada. Se llevó sus cosas y no me dejó ni una nota de despedida.
—Vaya —murmuré. No se me ocurrió nada mejor que decir.
—Así que cuando descubrí que seguías teniendo relación con tu marido me asusté, lo admito.
—Te prometo que yo jamás te haría algo así — le dije. Si rompía con él, al menos tendría la madurez necesaria para decírselo.

Joe empezó a besarme con celo y entusiasmo. Parecía empeñado en que nuestras bocas quedaran pegadas para siempre. Cuando finalmente se apartó los dos estábamos sin aliento. Me agarró de la mano y me condujo a su habitación, donde procedió a despojarme de toda mi ropa, con mucha calma y ternura. Al tenerme desnuda, me recorrió el cuerpo con una mirada de afecto y admiración.

—Te quiero, _________ —me dijo—. Y sé que tú también me quieres.

No respondí. Él tampoco debía de esperar mi respuesta, porque comenzó a besarme de nuevo, en esa ocasión con mucha más dulzura y emoción de lo que nunca había demostrado.
Extendió las manos sobre mis pechos y me pellizcó los pezones hasta ponerlos duros, arrancándome un gemido de placer. Cada vez que Joe me tocaba me convencía de que era en sus brazos donde quería estar.
Él agachó la cabeza, me chupó los pezones y siguió bajando por el abdomen. Me acarició reverencialmente el sexo y volvió a levantarse para besarme en los labios.

—Date la vuelta, bella.

Lo obedecí, sintiéndome extremadamente sexy y excitada por estar desnuda mientras él seguía vestido. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando me besó en la nuca.
De repente dejé de sentir sus manos y su boca en la piel y me giré para ver qué estaba haciendo. Lo vi con un trozo de tela en las manos. Se acercó a mí y me lo colocó sobre los ojos.

—¿Confías en mí? —me susurró.
—Sí.

Me agarró de la mano y me llevó hacia la cama, donde volvió a soltarme.

—¿Joe?

Regresó al cabo de un momento y me agarró por las muñecas. Sentí que me las ataba con algo suave y sedoso y que tiraba sin llegar a hacerme daño. Debía de haberme atado al cabecero de la cama.
Yo me retorcí ligeramente y tiré de las ligaduras.

—Eres tan hermosa…

Me agarró el pie derecho y me besó en el dedo gordo. A continuación me ató los tobillos y sentí el calor de su mirada por todo mi cuerpo. El deseo palpitaba en mis venas. Joe nunca me había tapado los ojos ni me había atado. Nunca antes había estado a su merced de aquella manera.

Y me resultaba tremendamente excitante…
Aquel día hacía más calor que de costumbre y había mucha humedad. El aire acondicionado no estaba encendido, pero el ventilador del techo sí estaba en funcionamiento.

Mientras esperaba el siguiente movimiento de Joe, me di cuenta de que ya no lo oía ni lo sentía.

¿Seguiría en la habitación?
Moví la cabeza hacia la derecha, en dirección a la puerta del dormitorio.

—Sigo aquí, bella —dijo él en voz baja a mi izquierda—. Podría correrme con sólo mirarte, sin tocarme. Me excitas sobremanera…

Entonces lo oí acercarse y tragué saliva, anticipándome a su tacto.
Algo me rozó el cuello y la mejilla. No era su dedo, sino algo más ligero y suave.

—¿Sabes con qué te estoy tocando? —me preguntó Joe.
No estaba segura, pero podía hacerme una idea.

—¿Una pluma?
—Sí, bella. Una pluma.

La pluma empezó a recorrer lentamente mi labio inferior. El roce era extremadamente ligero y sutil, pero bastó para prender una llamarada por todo mi cuerpo y arrancarme un tembloroso gemido.
La siguiente caricia fue en el labio superior, y mi cuerpo desnudo respondió con un violento espasmo que anticipaba el placer inminente.
La pluma descendió por mi barbilla y cubrió mi cuello de un lado a otro. Todo con una desesperante lentitud.

De repente se detuvo, y durante cinco interminables segundos contuve la respiración a la espera de lo que sucedería a continuación. La venda que me cubría los ojos me impedía ver nada, pero al mismo tiempo agudizaba mis otros sentidos al máximo. Podía oírlo y olerlo todo. Lo único que se oía era mi respiración entrecortada y el zumbido del ventilador en el techo. Pero los olores eran mucho más ricos e intensos. Podía oler el deseo que impregnaba el aire en forma de calor y humedad. Y podía oler el sudor que le empapaba la piel. Una fragancia almizclada, embriagadora e increíblemente excitante.

Sentí el roce de la pluma en el pezón izquierdo y respondí con un respingo involuntario, tirando de las ligaduras que me ataban de pies y manos a la cama.

—¿Te gusta? —me preguntó.
—Sí —respondí con una voz apenas audible—. Sí —repetí, más alto.

Me retorcí en la cama y gemí con ansiedad. Anhelaba sus caricias más que nada.

—Paciencia, bella —murmuró él.
—Para ti es muy fácil decirlo, teniendo el control absoluto sobre mi cuerpo.
—¿Te he decepcionado alguna vez?
—No —respondí con sinceridad—. Nunca.
—Y tampoco te decepcionaré ahora.

La pluma me tocó entre las costillas y se hundió en el ombligo. Desde allí continuó su imparable y lento descenso hasta el vello púbico, y volvió a detenerse cuando yo más necesitaba su tacto.

—Por favor… —gemí—. No me hagas suplicar.

Él no respondió y dejó pasar varios segundos sin hacer nada. Lo único que se oía eran los zumbidos del ventilador del techo, hasta que oí sus pisadas en la alfombra y el chirrido de la puerta de la habitación.
¿Iba a dejarme allí?
Conté diez segundos más y empecé a retorcerme contra los nudos que me retenían, pero eran demasiado fuertes e impedían mis movimientos.
Entonces volví a oír el sonido de sus pisadas y solté el aire ruidosamente.

—¿Creías que iba a dejarte ahí para ver un partido de béisbol? —me preguntó él.

No respondí, pero eso era precisamente lo que había temido. Que me dejase atada a la cama, desnuda e incapaz de moverme hasta que él decidiera soltarme. No era la primera vez que estaba en sus manos, pero nunca había sentido tanto miedo.
¿Por qué?
Porque él no parecía ser el mismo. Desde el momento de mi llegada había percibido algo distinto en sus miradas y caricias. Una intensidad especial, oscura, incluso inquietante.

—Nunca te dejaría —dijo él—. Tú y yo estamos unidos por una fuerza incontrolable.

Tragué saliva. Su voz sonaba extrañamente siniestra, o tal vez yo estaba especialmente sensible al encontrarme atada y con los ojos vendados. Inquieta… y extremadamente excitada.

—¿Confías en mí? —me preguntó, muy cerca de la cama.

Moví las caderas para tentarlo con la imagen de mi sexo y mis piernas abiertas.

—Tócame —le pedí con voz jadeante—. Tócame antes de que me vuelva loca.
—¿Confías en mí? —repitió. Sentí el peso de su cuerpo en la cama, pero no supe situarlo.
—Sí… Confío en ti.
—¿Completamente? —su aliento me acarició el clítoris y a punto estuve de correrme.
—Sí… Sí… Confío en ti completamente. Pero tócame, por favor…

Grité al sentir algo frío y mojado en el clítoris. La sensación me desconcertó, pues esperaba recibir el calor de su lengua.
Volví a sentir el tacto en la cara interna del muslo y deduje que se trataba de un cubito de hielo.

—Me pregunto si podría hacer que te corrieras con esto —dijo él en voz baja, acariciándome de nuevo el clítoris.
—No sé… Me gusta, pero está muy frío…

La cama crujió al levantarse. ¿Adónde iba ahora?

—Por favor…

Sus labios rozaron los míos y todo el cuerpo se me contrajo al saborear el frío y la humedad que había dejado en ellos el hielo. Me moría por tenerlo encima de mí, dentro de mí, follándome hasta dejarme sin sentido.
Me besó en la mandíbula y llevó la lengua hasta el lóbulo de la oreja.

—¿Me quieres?
—Quiero todo lo que me haces —respondí rápidamente. Era cierto. Lo deseaba de un modo casi enfermizo—. Aunque me hagas esperar por ello…

El hielo me tocó el pezón y todo el cuerpo se estremeció inconscientemente. Un segundo después sentí el roce de su lengua, ligero y fugaz, y arqueé la espalda para acercar mis pechos a su boca.

—¿Me quieres? —repitió.

Lentamente, volvió a posar la espalda en el colchón. Definitivamente no era el mismo aquel día. ¿Por qué me preguntaba si lo quería, conociendo mi situación y las circunstancias en las que nos habíamos conocido?

—Sé que te encanta esto —murmuró él, frotándome el clítoris con el dedo pulgar.
—Mmm… Sí —empecé a jadear, cada vez con más fuerza—. Nunca podría cansarme de tus manos…
—¿Y de mi lengua? —se colocó entre mis piernas y yo me mordí el labio con expectación. En cuanto sentí su lengua, di un brinco y empecé a gemir.
—Me encanta tu lengua… Me vuelve loca…

Me lamió y sorbió hasta llevarme al límite del placer, pero en el último instante se apartó y me dejó a punto de explotar.

—No, no, no… por favor —le supliqué—. Te necesito…
—¿Me quieres? —volvió a preguntarme.
—¡Sí! —grité—. Te quiero, te quiero, te quiero…
—Yo también te quiero, nena —me desató las piernas y se las colocó sobre los hombros para chuparme, lamerme, morderme e introducirme la lengua, devorándome con una voracidad salvaje, como si mi sexo fuese la última comida que fuera a saborear en su vida.

El orgasmo me sacudió con una fuerza insólita, como nunca antes había experimentado. Consumió hasta la última gota de mis energías y me dejó sin aliento y temblorosa, completamente exhausta, como si un tren acabara de pasarme por encima.
Pero a pesar del incomparable placer que embriagaba mis sentidos, me di cuenta de que algo había cambiado entre nosotros.

Y no estaba segura de que el cambio fuera para mejor.
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 19th 2012, 20:16

me encanto siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 19th 2012, 22:37

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 21st 2012, 21:13

es miercoles siguelaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 21st 2012, 21:27

siguel me encanta
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 22nd 2012, 15:52

o sii claro que me gusta esta novela

siguelaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 22nd 2012, 19:45


23

Dos días después, Isa me llamó por la tarde y me dijo que pusiera las noticias del Canal 4.

—¿Por qué?
—¡Hazlo! —me acució, sin responder a mi pregunta—. Van a emitir la noticia.

Me sujeté el auricular inalámbrico a la oreja y encendí el televisor del salón. Eran las cinco y cuarto, por lo que las noticias importantes ya debían de haber pasado.

—¿Qué tengo que mirar? Aparte de este anuncio de suavizante...
—Espera un momento. Enseguida lo verás.

Acabó la pausa publicitaria y una imagen de Teddy, el hombre que me había acosado la noche que conocí a Joe, apareció en la pantalla. La presentadora, una atractiva mujer afroamericana, empezó a hablar con voz muy seria.

—La policía está buscando al hombre que atacó y que casi mató a Theodore Granger —la foto de Teddy dejó paso a otra en la que aparecía cubierto de sangre—. Granger fue atacado anoche mientras paseaba por CityWalk. Su agresor le asestó varios puñetazos y puñaladas, pero Granger consiguió defenderse y hacerlo huir. Según la descripción de la víctima, era un hombre de metro noventa, pelo negro y ondulado, de rasgos latinos o mulato, y hablaba con acento. Si alguien posee información sobre su posible identidad, puede llamar a la policía de Orlando al 1-800-555-TIPS.

Fruncí el ceño y le quité el volumen al televisor.

—Es el tipo del club… ¿Por qué querías que lo viera?
—¿Tú qué crees?

Entonces entendí lo que se le estaba pasando a Isa por la cabeza.

—Isa, ¿de verdad crees que…?
—¡Pues claro! —exclamó ella sin dejarme acabar la pregunta—. Al mismo tipo que te acosó lo atacan en CityWalk...
—Puede haber sido cualquiera.
—Es la descripción de Joe, y lo sabes.

No le respondí. Sabía por qué Isa estaba tan convencida, pero Joe no era el único hombre con rasgos latinos o mulato en el estado de Florida. Había miles de hombres que encajaban con esa descripción.

—¿Cuántos cubanos viven en Florida? —le pregunté a Isa—. ¿Y cuántos mexicanos y sudamericanos…?
—Era Joe —insistió Isa—. Estoy segura.
—¿Estás segura cuatro semanas después de conocerlo?
—No sé… Lo presiento.
—¿Qué quieres que haga, que llame a la poli? —le pregunté con incredulidad. Isa no podía pensar que iba a avisar a la policía simplemente porque sospechaba de Joe. Además, ¿cómo se atrevía a sacar una conclusión tan descabellada sobre mi amante?

Cierto era que Joe empezaba a parecerme un poco pegajoso, pero ¿y qué si no quería salir con Isa y Robert? ¿Sólo por eso había que acusarlo de ser un tipo peligroso?

—Quiero que tengas cuidado —dijo ella.
—Lo tengo —le aseguré—. Prométeme que no vas a llamar a la policía. ¿Verdad que no lo harás?
—No —respondió ella al cabo de un momento—. Pero pensé que debías saberlo. Así podrás ver las cosas en perspectiva.
—¿Qué clase de perspectiva?
—Has cambiado, _________. Has cambiado mucho desde que empezaste con ese tío. Ya apenas nos vemos.
—Tú estás saliendo con Robert… La vida cambia cuando empiezas a ver a alguien.
—Sí, pero no me gusta que él no quiera conocer a tus amistades. ¿Y qué es lo que sabes realmente de su familia?
—Su familia vive en Italia. Y lo que creo que le pasa es que es un poco tímido. No todo el mundo es tan extrovertido como tú, Isa. Algunas personas son más reservadas. ¿Qué sabes tú de la familia de Robert?
—Sé que son de Jacksonville y que sus padres se dedican a la enseñanza. Tiene dos hermanas, gemelas, dieciocho meses más jóvenes que él. Y dentro de un par de semanas voy a conocerlos a todos en una reunión familiar.
—Vaya —no era la respuesta que había esperado—. Bueno, como ya he dicho, la familia de Joe está en Italia. Es una historia totalmente distinta a la tuya. Pero ¿es un crimen ser tímido y que a los dos nos guste quedarnos en casa teniendo sexo?
—Está bien —aceptó Isa en tono de derrota—. Puede que me esté precipitando al sacar conclusiones. Pero cuando vi la foto de Teddy en las noticias y oí lo que le habían hecho… me preocupé por ti.
—Ya lo sé, y te lo agradezco —el tono de llamada en espera empezó a sonar y vi en la pantalla que se trataba de Joe—. Isa, tengo que dejarte. Me llama Joe.
—Vale, cariño. Y recuerda que te quiero.
—Yo a ti también. Te llamo luego —apreté el botón para responder a la otra llamada—. ¿Joe?
—Bella.

Ahogué un gemido de emoción y sentí un arrebato de deseo.

—Tengo una sorpresa para ti —me dijo él.
—¿Qué clase de sorpresa?
—La clase de sorpresa que tienes que venir a ver enseguida.
—¿Ahora?
—Sí.
—De acuerdo. Voy para allá.

Mientras me subía al coche recordé lo que Isa me había dicho, sobre lo mucho que había cambiado desde que empecé con Joe. Allí estaba, dispuesta a ir a su casa porque así me lo había pedido él. ¿Significaba eso que había cambiado?
Sacudí la cabeza. No, no había cambiado. Estaba teniendo el mejor sexo de mi vida y me había vuelto adicta a las sensaciones que Joe me provocaba. No se podía comparar a nada que hubiera sentido antes.

Lo malo era que cuanto más me implicara emocionalmente con Joe, más difícil sería romper. Él estaba enamorado de mí, y por mucho que a mí me gustara su compañía no estaba segura de querer una relación estable.

Pero, por el momento, no estaba preparada para dejarlo.
No quería hacerlo.

Aparté las advertencias de Isa de mi cabeza y sonreí durante todo el trayecto, pensando en la sorpresa que me tenía preparada Joe.
Las mariposas revoloteaban en mi estómago al llamar a la puerta. Joe me abrió inmediatamente y me miró con un brillo en los ojos.
Me encantaba su expresión de felicidad cada vez que me veía.

—Bella —me abrazó para besarme—. Has llegado muy pronto.
—Quiero saber cuál es la sorpresa.
—Ah —arrugó los ojos en una mueca de afecto. Definitivamente era un hombre encantador. Tal vez estuviese un poco obsesionado por mí, pero eso no lo convertía en un ser violento—. Pasa y lo verás por ti misma.

Entré en el apartamento y miré a mi alrededor, pero no vi nada que pudiera ser para mí. ¿Sería un regalo de pequeño tamaño? ¿Otra joya?
Joe me agarró de la mano y me llevó al dormitorio. La última vez me había atado a la cama, y pensé si tendría planeado algo más atrevido. ¿Juguetitos eróticos? ¿Un látigo, tal vez?
La cama estaba hecha y encima había una caja de cartón de gran tamaño, de cuyo interior me pareció que salían unos ruiditos.

—Ésta es tu sorpresa, bella —dijo Joe, sonriendo.

La caja tenía agujeros en la tapa, y los sonidos que salían eran definitivamente maullidos.

—Ábrela —me acució él.

La abrí y un gatito negro saltó a mis manos, ansioso por escalar de su improvisada jaula.

—Oh, hola, cosita —lo levante hasta mi cara. No debía de tener más de ocho o nueve semanas—. ¿Cómo estás, pequeñín?
—Es hembra.

La gatita empezó a ronronear.

—Es preciosa —le sonreí a Joe.
—¿Estás contenta?

Me pegué la gatita al pecho.

—Sí.

Joe me rodeó por la cintura y me besó en la mejilla. Los dos nos echamos a reír cuando la gata le dio un zarpazo a mi collar, afinando sus habilidades cazadoras.

—Ya no tendrás que preocuparte por tu otra gata —me dijo Joe.
—Tengo que encontrar a Peaches. No puedo olvidarme del animal que he tenido conmigo durante tanto tiempo.
—Tienes que aceptar que tu gato se ha ido, _________. Esta gatita es un nuevo comienzo para ti.
—Voy a seguir buscando a Peaches —insistí, molesta por su actitud. Por mucho que me gustase aquella gatita nunca podría olvidarme de mi querida Peaches. Los padres que perdían a un hijo no se olvidaban de él cuando tenían otros.
—Sólo intento que seas feliz —dijo Joe.

Asentí comprensivamente. Tal vez Joe no tenía ni idea de cómo se hacían esas cosas y había pensado que lo mejor era regalarme un animal nuevo.

—Estoy feliz —le dije. La gatita seguía jugando con mi collar y tuve que privarla de su distracción antes de que lo rompiera—. Gracias.
—Esta gata se quedará aquí —declaró él—. Quiero que sea nuestra mascota.

«Nuestra mascota». Ese «nuestra» implicaba un futuro en común.

—Es demasiado pequeña para estar sola —siguió Joe—. Tendrás que quedarte aquí para cuidarla mientras yo esté trabajando.

Su comentario me molestó, pero lo dejé pasar y le dediqué toda mi atención a la gatita.

—Tenemos que ponerle nombre —dijo Joe.
—¿Qué tal Ebony? O mejor Onyx. ¡Sí! Me encanta cómo suena Onyx.
—Esos nombres son ridículos —hizo un gesto de desprecio con la mano—. Se merece un nombre que encaje con ella. Mira sus garras, es una pequeña tigresa —me besó en el cuello—. Igual que tú. Deberíamos llamarla Tiger.

De nuevo me sentí molesta. ¿Por qué me pedía que le pusiera un nombre si él ya tenía uno pensado?

—¿Has comprado esta gata para mí?
—Sí.
—Entonces ¿no debería ser yo quien le pusiera nombre?

El brillo de los ojos de Joe se apagó al momento, como si alguien hubiera pulsado un interruptor.

—¿Quieres llamarla Onyx? Muy bien, pues llámala Onyx —estaba furioso—. Pero no me parece que sea un buen nombre.

Salió del dormitorio y me dejó con la duda de por qué demonios se había enfadado.
Bueno, que se enfadara todo lo que quisiera. Aquélla era mi gatita y era yo quien le elegía el nombre.
Volví a levantarla y le rocé el hocico con la nariz.

—¿Qué te parece? ¿Te gusta el nombre de Onyx? La gatita respondió con un suave ronroneo. —Que sea Onyx.

Hice una bola con papel de aluminio y se la arrojé a Onyx para que la golpeara y la persiguiera por el suelo. Finalmente se cansó y se hizo un ovillo al borde de la alfombra.
Joe y yo estábamos viendo una película de terror en el sofá, pero ninguno de los dos le prestábamos mucha atención.

—Nuestra pequeña Tiger ya se ha dormido — dijo él, bajando la mano hasta la cintura de mis shorts vaqueros—. ¿Y mi pequeña tigresa…? ¿También está durmiendo?

La idea de que Joe quisiera follarme me excitó al instante.

—No sé… —bromeé—. Creo que a tu tigresa le vendría bien un poco de atención especial.
—¿Y cómo responderá? ¿Con un ronroneo… o con un rugido?

Me desabroché los pantalones para ofrecerle el libre acceso a mi sexo, húmedo y palpitante.

—¿Por qué no lo averiguas tú mismo?
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 22nd 2012, 20:46

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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 22nd 2012, 20:59

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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 22nd 2012, 20:59

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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 23rd 2012, 23:35

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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Agosto 24th 2012, 17:35


24

A la mañana siguiente no vi a Joe al despertar. Onyx se había dormido en la cama, junto a la almohada, pero empezó a moverse en cuanto yo lo hice.

—Hola, cosita —le acaricié la cabeza y la levanté. Era tan pequeña y ligera que me cabía en la palma—. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te traiga algo de comer? Y será mejor que te deje en el cajón, por si acaso…

Joe había dejado el cajón de arena en el cuarto de baño. Dejé allí a Onyx mientras me aseaba un poco. La gatita removió y derramó la arena, pero salió detrás de mí cuando fui a la cocina y se lanzó a su cuenco de comida mientras yo me preparaba unas tostadas. La gatita era realmente adorable, pero me hacía añorar aún más a Peaches.

Joe había dicho que era nuestra mascota y que yo debía quedarme en su casa para cuidar de ella, pero yo quería irme a mi casa y llamar a la protectora de animales para darles la descripción de Peaches.

Miré a Onyx, que seguía comiendo ávidamente.

En casa tenía el cajón de arena para Peaches. No había nada que me impidiera llevarme a Onyx conmigo.
Llamé a la sociedad protectora de animales y me confirmaron que había varios gatos que respondían a la descripción de Peaches. Dejé a Onyx en mi casa y corrí al refugio, pero la esperanza se desvaneció al no encontrar allí a mi gata.
A pesar de mi desánimo, me aferré a la creencia de que algún día volvería a aparecer.

—Ésta es una foto de mi gata —le dije a un joven empleado del refugio—. ¿Pueden llamarme si aparece? Estoy desesperada por encontrarla.

El empleado asintió y se quedó con la foto, y yo volví a mi coche sabiendo que no podía hacer otra cosa que seguir buscando por el barrio y esperar.
Casi había llegado a casa cuando sonó el móvil.

—¿Diga?
—¿Dónde estás?

Joe.

—Estoy llegando a casa —dije, molesta por su tono agresivo—. Tenía que hacer unos recados.
—¿Qué clase de recados?
—He ido al refugio de animales para ver si tenían a Peaches.
—¿Y?
—No, tampoco está allí.
—¿Lo ves, __________? ¿Ves ahora por qué te dije que tenías que seguir adelante?

No dije nada, pero no estaba de acuerdo con él.

—¿Dónde está Tiger?

Tiger. Definitivamente, Joe había desestimado el nombre que yo le había puesto a la gatita.

—Onyx está en mi casa.
—Así que te has llevado a la jodida gata y me has abandonado.
—No te he abandonado, Joe. Tenía cosas que hacer.
—¿Es mucho pedir que estés en casa cuando yo vuelva? Siempre estás fuera, __________. ¿Por qué?
—Ya te he dicho por qué.
—Ya sé lo que me has dicho. Pero a lo mejor vas a ver a tu marido mientras yo estoy trabajando. ¿Es así, bella?
—No, Joe. No estoy viendo a mi marido a tus espaldas. Ni a él ni a nadie más.
—¿Todavía estás en tu casa?
—Estoy entrando.
—Recoge a la gata y vente para acá.

Suspiré con exasperación.

—No sé, Joe. Estoy muy cansada. Me duele la cabeza y… no sé… parece que estás de malhumor.
—He tenido un día muy estresante. Te necesito, __________. Ven a casa, por favor.
—Está bien —cedí.

Al dejar el móvil volví a oír las palabras de Isa. «Has cambiado».

Quizá tenía razón.

Joe sonrió triunfalmente cuando me abrió la puerta. Al principio no supe por qué su actitud me irritaba tanto, pero enseguida lo descubrí. Por teléfono se había puesto muy furioso, pero ahora volvía a estar tan alegre como unas castañuelas. Era como si estuviese jugando a un retorcido juego conmigo. ¿Podía conseguir que hiciera siempre lo que él quisiera, cuando él quisiera y como él quisiera?

«Has cambiado».

Joe había dicho que había tenido un mal día, pero no pareció estresado en absoluto cuando me abrazó y me rozó el cuello con la nariz. Era imposible que ese «estrés» se hubiera evaporado por completo al verme.

—Bella —me acarició la cara al apartarse y también le acarició la cabeza a Onyx, que estaba acurrucada en mis brazos—. Voy a prepararte una cena deliciosa. ¿Qué te apetece? —los ojos le brillaron de picardía—. O también podríamos volver a Denny’s…

Pasé junto a él sin decir nada.

—¿Y si hacemos una pizza? —sugirió Joe—. A mis padres les encantaba hacer pizza juntos.

No quería estar allí. Quería estar en mi casa, sola, lamentándome por Peaches sin que nadie me molestara.

—No quiero pizza —le dije a Joe cuando él se colocó delante de mí.
—¿Entonces? Pide lo que quieras y lo tendrás.

«Qué encantador», pensé con amargura.
Me llevó al sofá y me quitó el bolso antes de sentarme.

—Te traeré un poco de Prosecco.

Cerré los ojos e intenté concentrarme en el cálido cuerpecito de Onyx. Era lo único que me proporcionaba consuelo.
Joe volvió menos de un minuto después con una copa.

—Bebe. —Acepté la copa y tomé un pequeño sorbo, sin ganas.
—He traído algunas películas —dijo él—. No sabía qué querrías ver, así que he alquilado una comedia, un drama y una de terror.

Al parecer había planeado toda la velada por su cuenta, pero yo no quería formar parte de ello.

—¿Por qué estoy aquí? —le pregunté.

Mi pregunta pareció confundirlo.

—Porque te quiero.
—Me dijiste que estabas muy agobiado y que me necesitabas.
—Ahora que estás aquí ya no lo estoy.
—Seguro que tampoco lo estabas cuando me llamaste —le dije, mirándolo fijamente—. Sólo querías que viniera para… ¿Más sexo?

Joe apretó severamente los labios.

—Quería que vinieras porque te quiero. Porque tú eres mi familia. Tiger y tú.
—Se llama Onyx.

Joe hizo una mueca.

—Ya lo hablamos ayer y decidimos que Tiger era un nombre más apropiado.
—Lo decidiste tú.
—¿Estás molesta por eso, bella? —preguntó él en tono jocoso—. ¿Por el nombre de un gato?

Para rematar el desprecio que mostraba hacia mis sentimientos, tuvo el descaro de echarse a reír. No pude soportarlo más. Dejé la copa en la mesita y me levanté.

—Me marcho.

Su expresión se oscureció.

—¿Qué?
—Me voy a casa.

Me dirigí hacia la puerta, pero Joe llegó antes de que pudiera alcanzarla y me impidió abrirla.

—Apártate de mi camino —le dije.
—¿Quieres marcharte porque te has enfadado por lo del gato? —me preguntó con incredulidad y enojo.

Que se enojara todo lo que quisiera, pero yo no iba a quedarme prisionera en su casa, sin poder salir a la calle a menos que él me diera permiso.

—Me marcho porque no estoy de humor para estar aquí contigo —no tenía por qué darle más explicaciones.

La mano de Joe voló desde la puerta a mi cuello sin darme tiempo a reaccionar. Ahogué un grito de pánico al sentir la presión que empezaba a ejercer.

—¿A quién vas a ver?
—A nadie.
—¿A tu marido?

Apretó aún más.

—No.
—Yo soy el único hombre que jamás te haría daño y que nunca te ha traicionado. ¿Y sin embargo quieres dejarme para volver con la escoria que te rompió el corazón?

Intenté liberarme, pero Joe me agarraba con demasiada fuerza.

—¡Suéltame, Joe! ¡Me haces daño!

Joe pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo y me soltó, pero no se apartó.

—¿Lo de tu violación fue mentira, __________?
—¿Qué?
—¿Me mentiste cuando me contaste que tu novio te violó?
—¡No! Claro que no —no me creía lo que estaba oyendo—. ¿Cómo puedes preguntarme eso?
—¿Me has mentido alguna vez, __________? —su mirada era tan fría que me provocó un escalofrío.
—¿Sólo por querer irme a casa crees que te he mentido en algo?
—¿Me has mentido? —gritó, tan fuerte que retrocedí rápidamente—. ¿Me has mentido?
—¡No! —le respondí, gritando también.
—¿No te acuestas con tu marido cuando no estás conmigo?
—¡No!
—¿Seguro?
—Sí —solté el aire temblorosamente y finalmente lo comprendí—. ¿Por qué no me preguntas lo que quieres saber exactamente? Creo que la noche que íbamos a salir con Isa fuiste a mi casa y viste el coche de mi marido aparcado en la puerta. Él sólo fue porque quería hablar conmigo, Joe, pero yo lo eché.

Joe me miró fijamente.

—No te creo.
—Cree lo que quieras.

Quería salir de allí, pero Joe me había quitado el bolso al entrar y seguramente lo había dejado en la cocina. Sin decir nada, fui allí y lo vi en la encimera. Lo agarré y volví a la puerta.

—Vas a marcharte —dijo él, como si no pudiera creérselo.
—Sí. Hablaremos en otro momento. Ahora no estoy de humor.

Joe se encogió de hombros, como si aceptara mi decisión. Abrí la puerta y bajé rápidamente la escalera. Pero al llegar a mi coche no encontré las llaves en el bolso.

—¿Qué demonios…? —no podía haberlas perdido. Las había dejado caer en el bolso al salir del coche. Estaba completamente segura.

A menos que…
Un escalofrío me recorrió la columna. ¿Las habría sacado Joe al llevar el bolso a la cocina?
Era absurdo. Seguramente se me habían caído mientras subía los escalones. Volví sobre mis pasos y examiné cada palmo del recorrido, pero no aparecían por ninguna parte.
No me quedaba más opción que volver al apartamento.
Abrí sin llamar. Joe no estaba en el vestíbulo, pero salió de la cocina en cuanto oyó la puerta.

—Has vuelto.
—¿Dónde están mis llaves?

Joe avanzó lentamente hacia mí.

—¿Por qué quieres marcharte?
—Porque necesito alejarme de ti esta noche — tal vez para siempre. El recuerdo de cómo me había agarrado del cuello me hacía estremecer—. Los dos necesitamos un respiro. Dame mis llaves, por favor.
—No sé dónde están.

Fruncí el ceño. Había mirado fuera y no estaban. La única explicación posible era que Joe las había sacado del bolso.

—Dame las llaves.
—No me gusta que te vayas así —dijo él—. Mis padres nunca se iban a la cama estando enfadados.
—¡Que me des las llaves! —grité.
—¿Para que vuelvas a escaparte?
—Tengo que hacer cosas en casa.
—Quiero que te vengas a vivir conmigo.
—No puedes controlar todo lo que hago.

Joe me agarró por los hombros y me empujó contra la pared. El pánico me congeló las venas.

—¡Dime la verdad! ¿Vas a acostarte con tu marido?

Intenté soltarme con cuidado para no hacerle daño a Onyx, pero Joe seguía agarrándome.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

Me clavó una mirada con tanta ira que no reconocí al hombre que tenía ante mí.
Eran los ojos de un desconocido.
Los ojos de una persona que podría haber atacado a Teddy…

—Si quieres las llaves, dame a la gata.

Abrí los ojos como platos en una mueca de horror.

—¡No!

Joe rodeó el cuello de Onyx con las manos y empezó a tirar.

—¡Para! —grité. La pobre gatita chillaba mientras los dos luchábamos por ella—. ¡Por amor de Dios, Joe! —giré el cuerpo para proteger a Onyx lo mejor que pude—. Sólo necesitamos un descanso el uno del otro —la voz se me quebraba—. Por favor…
—Muy bien —soltó bruscamente a Onyx—. Márchate si quieres.

Permanecí contra la pared, respirando agitadamente. Joe volvió unos segundos después y me arrojó las llaves, que impactaron dolorosamente en mi muslo.
Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras Joe se encerraba en su habitación sin decir nada.
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MensajeTema: Re: Malas Decisiones (Kevin&Tú) /Adaptada/   Hoy a las 14:19

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