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 El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada

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I♥Jobros
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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 2nd 2012, 06:22

Capítulo 1
_______(Tn)______(Ta) quería besar al cartero disléxico asignado a su dirección, un apartamento en un edi­ficio de ladrillo visto en Capitol Hill, Seattle. Otra vez había vuelto a mezclarle el correo.
Metido entre sus propias cartas dirigidas a _____(Tn)_____(Ta), Apartamento 325, había un abultado sobre marrón dirigido a N.Jonas, Apartamento 235. Dispondría de otra excusa para ver a Nicholas Jonas, de profesión macizo. Pegó el sobre a su pecho, tan embobada como una colegiala.
No, en realidad era una maestra embobada. Su ve­cino de abajo la hacía temblar. Era una mezcla de sonrisa encantadora, cuerpo alto y musculado y un brillo en los somnolientos ojos chocolates que insinua­ban diabluras entre las sábanas.
Ya llevaban meses intercambiando correo con­fundido. En todas las cartas equivocadas que había recibido de él, notó que ninguna iba dirigida a otra persona en el apartamento, y nunca había visto ras­tro alguno de mujer al bajar a llevarle las cartas, de modo que era lógico deducir que estaba soltero.
Y excitado.
Igual que ella estaba soltera.
Y excitada.
Y excitándose cada vez más al pensar en N. Jonas un piso más abajo.
El destino, en forma de fornido cartero, los había unido de forma repetida y el hormigueo de la atrac­ción había sido inmediato y, así creía ella, mutuo.
Entonces, ¿por qué, aparte de la seducción por contacto visual durante su intercambio de correo y leves conversaciones, no había dado ni un paso para llegar a conocerla mejor?
Se mordió el labio al dejar atrás el ascensor y em­plear las escaleras para subir a su planta. Quizá era tímido, o no estaba seguro de los sentimientos o el estado civil de ella.
Tal vez era hora de tomar las riendas y hacerle conocer tanto sus sentimientos como su soltería.
El mejor modo de darle el mensaje era invitán­dolo a salir. Nada demasiado íntimo, una película o una cena en un chino o en una pizzería. Una simple reunión que les daría la oportunidad de llegar a co­nocerse mejor.
Se presentaría con su correo y comentaría, como quien no quiere la cosa: «Iba a ir a comer algo. Si no tienes nada que hacer, ¿por qué no me acompañas?».
Sí. Esa era la manera... relajada, sin presión. Si la rechazaba, sabría el terreno que pisaba y podría desterrar las fantasías adolescentes que habían comen­zado a invadir su mente. Entró en su apartamento con un bufido. No había nada adolescente en sus fantasías. De hecho, las consideraría prohibidas para menores de dieciocho años.
Dejó el bolso sobre la mesa del comedor y reco­gió él sobre de Nicholas. Respiró hondo y decidió lan­zarse. Iba a responder a los mensajes eróticos que sus ojos le habían estado enviando. Lo invitaría a sa­lir.
Esa noche.
Un vistazo en el espejo del cuarto de baño le re­cordó que enseñar Lengua a un puñado de estu­diantes de instituto no era pasar un día en el balnea­rio. No podía ir a ninguna parte sin darse una ducha rápida. Mientras se enjabonaba bajo un cálido cho­rro de agua, decidió que también podía afeitarse las piernas.
Después de secarse, se cepilló los dientes, se arregló el pelo, se aplicó maquillaje y salió al dormi­torio. Cuando iba a recoger los vaqueros, cambió de parecer. Estaba harta de los vaqueros.
Sacó del armario una falda bonita y seductora y añadió un top ceñido en su color favorito, púrpura. Se puso unos pendientes divertidos y estuvo lista. Cuando hurgaba en el fondo del armario en busca de unas sandalias, se contuvo. No quería dar la im­presión de que acababa de vestirse para Nick.
Decidió ponerse unos mocasines. Al sacarlos, notó que tenía una mancha en la falda.
Regresó al cuarto de baño. Dejó el sobre marrón, abrió el grifo y alargó la mano hacia la pastilla de ja­bón. Necesitaba una nueva y estaba en alguna parte debajo del lavabo. Sobre manos y rodillas, buscó en­tre las diversas cajas que guardaba en el mueble. La encontró justo en el fondo. También sacó una toa­llita limpia y se incorporó.
Se quedó consternada.
El grifo volvía a gotear. El agua chorreaba desde su base y había llegado hasta el sobre de Nick, apo­yado en la encimera, empapando el papel marrón. Lo levantó y con cuidado tanteó el extremo mojado. No creyó que el agua hubiera tenido tiempo de lle­gar a lo que hubiera en el interior. Parecía un libro.
Era mejor dejarlo en manos de Nick antes de que la humedad penetrara. Decidió postergar la lim­pieza de la falda para más adelante y raspó la man­cha con una uña.
Recogió las llaves, el bolso negro de piel y el so­bre, salió del apartamento y bajó las escaleras hasta presentarse ante la puerta de Nick.
Respiró hondo, repasó la invitación informal para ir a cenar y llamó.
Silencio.
No se le había pasado por la cabeza que no estu­viera en casa. Siempre estaba. Por las conversacio­nes mantenidas con él, sabía que era periodista... in­cluso había visto su firma en el diario local. Nada más tener ese pensamiento, oyó el cerrojo de la puerta y luego esta se abrió.
Y Nicholas Jonas proyectó su hechizo erótico sobre ella. No cabía duda de que se trataba del hombre más sexy que jamás había visto. Sin importar las veces que se encontraran, ese atractivo directo la aturdía. Y como siempre, el corazón se le desbocó y bombeó sangre a todas las zonas erógenas de su cuerpo.
El maravilloso crepitar de la atracción bailó y borboteó por su sangre mientras lo miraba. No era solo el endemoniado brillo en sus ojos chocolate, que insinuaba intimidades que nunca habían compar­tido, pero que podrían fácilmente compartir. Tam­poco se trataba del hoyuelo en el mentón, ni del re­vuelto pelo castaño, que le recordaba perezosas mañanas de domingo en la cama, ni de los hombros anchos y el pecho musculoso. Llegó a la conclusión de que era el modo en que todos los elementos de su aspecto se combinaban.
La boca exhibió una sonrisa de bienvenida al verla con el sobre que extendía.
-¿Lo ha vuelto a repetir?
No sonaba irritado por la confusión. Parecía tan encantado como se sentía ella.
Intentó contener la propia sonrisa mientras le entregaba el sobre.
-Sí. Ha vuelto a hacerlo.
La recorrió con la mirada y ______ sintió que la electricidad se incrementaba.
-Se te ve espléndida -comentó-. ¿Vas a algún sitio especial?
El cerebro de ella volvió a activarse. Había bajado para invitarlo a salir.
-No, nada especial. De hecho, me preguntaba...
No avanzó más. La interrumpió un sonido hú­medo, seguido de un ruido seco. Bajó la vista para observar el extremo mojado del sobre romperse y un libro grande de tapa blanda caer al suelo en lo que pareció cámara lenta.
El libro, de carátula llamativa, aterrizó con la por­tada hacia arriba. El título, negro contra un fondo rojo, exhibía unos caracteres tan grandes que po­dría haberlo leído a una manzana de distancia.
Sexo para inexpertos absolutos: una guía ele­mental.

No pudo evitar contemplar lo que transmitía su título brillante desde el suelo. Se ruborizó. No podía ser. Si Nick encargaba un libro así... bueno, eso sig­nificaría... No. No podía ser.
A pesar de que se concentró mucho en el título para ver si cambiaba, las palabras no sufrieron alte­ración alguna; Sexo para inexpertos absolutos: una guía elemental, se clavó como una radiografía en la parte de atrás de sus párpados.
Qué decepción. No supo si se sentía más abo­chornada por Nick, porque necesitara semejante manual, o por ella misma, por haber descubierto su humillante secreto. Lo único que sabía era que su cara estaba tan colorada como la tapa del libro.
Después de uno de esos incómodos momentos que parecen estirarse una eternidad, se arriesgó a alzar la vista para ver a Nick juguetear con los res­tos del sobre marrón, con una tonalidad de rojo más apagada cubriéndole las mejillas.
-Lo siento -soltó ella-. Ha sido mi culpa. El ... sobre se mojó. Pretendía advertírtelo. Estaba... mmm... lavando algo en el lavabo y... bueno, mi grifo pierde agua... -cielos, ella misma sonaba como una tonta absoluta. Apretó los labios para evitar divagar.
-Supongo que no... -Nick carraspeó-. Su­pongo que no me creerás si te dijera que el libro es para un amigo.
-Iba dirigido a ti -le recordó, sintiéndose peor por segundos.
-Sí -suspiró.
Los segundos de incomodidad entre ambos au­mentaban. La decepción era como un peso de plomo en el estómago de ella. No es que hubiera planeado acostarse con él, apenas lo conocía. Pero, bueno, la posibilidad siempre había vibrado entre ellos.
Al menos es lo que ella había pensado. En ese momento tenía la impresión de que había dejado que sus propias fantasías lo convirtieran en el re­galo de Dios a las mujeres. Algo que evidentemente no era. No es que le importara. Seguía siendo un hombre muy agradable.
Lo que sucedía era que al saber que necesitaba una guía le quitaba toda la diversión a las cosas. El descubrimiento no era devastador. Solo muy, muy decepcionante.
Con cada segundo que pasaba, la necesidad de escapar se incrementaba.
-En todo caso -se obligó a sonreír-, debería irme. Tengo una, eh... -movió las manos en busca de una despedida elegante- cosa.
La mirada que él le lanzó le recordó que acababa de decirle que no tenía nada especial para esa no­che. De hecho, había estado a punto de invitarlo a salir. El cerebro embotado no era capaz de pensar en una salida airosa.
-Bueno, será mejor que me vaya.
-Claro. Gracias por... -carraspeó otra vez- tra­erme el sobre.
-No ha sido nada -indicó por encima del hom­bro, huyendo.



Última edición por I♥Jobros el Mayo 13th 2012, 03:58, editado 1 vez
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I♥Jobros
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MensajeTema: Capitulo 2   Abril 2nd 2012, 07:10

Capítulo 2
Nick observó a su sexy y agitada vecina de arriba correr hacia las escaleras, y se preguntó cómo habría podido terminar la velada si el sobre no se hu­biera roto en ese momento tan inapropiado.
Movió la cabeza ante los caprichos del destino y del servicio postal, cerró la puerta y observó el libro. La tapa era un poco más llamativa de lo que a él le ha­bría gustado, pero desde luego captaba la atención.
Pasó el dedo por el título. Sexo para inexpertos ab­solutos : una guía elemental, por Lance Flagstaff. Se dio suavemente en la frente con el voluminoso libro.
-Lance, amigo, tu sentido de la oportunidad apesta.
Miró el borde húmedo e irregular del sobre. Si hubiera aguantado unos minutos más... le recordó una de las secciones del capítulo ocho, y movió la cabeza. «Eyaculación precoz».

Maldijo para sus adentros. Con su último artículo para revistas masculinas ya en el correo, y sin nin­guna entrega inmediata en el futuro inmediato, le ha­bría encantado una noche de fiesta. Y no se le ocu­rría pasarla con nadie mejor que su vecina de arriba. ______ _____, apartamento 325, la recompensa que se había prometido cuando hubiera terminado los trabajos más apremiantes.

Gimió, frustrado. Sabía que una noche con ______ no iba a tener lugar pronto. Lance se había encar­gado de eso.

Había sitios a los que podía ir esa noche, pero de pronto ya no tenía ganas de ir a ninguna parte. Fue a la cocina, sacó una cerveza de la nevera y regresó al salón, donde se acomodó en el sillón para hojear su nuevo libro.

-Capítulo uno. Primeras impresiones -bufó al pensar en la cara de ______ al leer el título del libro.
Le había causado una impresión que recordaría siempre. Por desgracia, no era la impresión que él había esperado.

Desde luego, no quería ser considerado un hom­bre que necesitaba una guía sexual para llevarse a una chica a la cama.

Se preguntó por qué no le había contado la ver­dad.

«Yo escribí el maldito libro». Las palabras se ha­bían formado en su mente, pero jamás consiguieron salir por su boca.

Debería sentirse orgulloso de su primer libro. No era la novela que siempre había planeado escribir, pero se trataba de un libro de verdad, con páginas y una tapa. Desde luego, había sentido el impulso de confesarle que él era Lance Flagstaff. Podría haber bromeado con ella sobre lo mucho que se había di­vertido al inventarse ese seudónimo y, con un poco de suerte, podría haber visto cómo la decepción se evaporaba de los ojos de ella.

La cerveza le refrescó la garganta, pero no la frus­tración. Era tímido para revelarle a alguien su pe­queño secreto. Y a pesar de que había escrito la guía, no estaba muy seguro de que un libro pudiera enseñarle a alguien cómo hacer el amor.

Imaginaba que, como la mayoría de los hombres, había aprendido a hacerle el amor a las mujeres me­diante el método de prueba y error, averiguando de sus parejas qué les gustaba, mostrándose abierto acerca de sus propias preferencias.

Siempre había dado la impresión de funcionar bien. Por norma general, todas las mujeres con las que se acostaba volvían en busca de más.

Desde su punto de vista, la educación sexual no era una cuestión de lectura. Tenía que ver con salir y hacerlo. Nicholas consideraba que había aprendido algo de cada mujer con la que había estado. Y había des­cubierto que el sexo era siempre único, porque la combinación de cuerpos, gustos y experiencia siempre era nueva. ¿Cómo explicar todo eso en dos­cientas páginas?

¿Cómo explicar que no había nada más sensual o sexualmente excitante que pedirle a una mujer que le mostrara cómo le gustaba ser tocada o acariciada, y luego ofrecerle el máximo placer? Y cuando una mujer se mostraba igual de abierta en pedirle que compartiera sus propias preferencias, estaba encan­tado de explicárselo. Así era como funcionaba el sexo desde su experiencia, y ningún libro podía sus­tituir el intercambio sincero de dos amantes.

Jugó con el cuello de la botella contra los dientes. ¿Era un hipócrita? Llevaba años escribiendo colum­nas en revistas masculinas y femeninas sobre el tema del sexo. Lo único que tenía que decirle una mujer era: «¿Quieres desnudarte?», para que eso funcionara con la mayoría de los hombres. Había asistido a va­rios seminarios y programas, algunos superficiales y otros terriblemente científicos, había leído innume­rables libros en nombre de la investigación, y entre­vistado a suficientes hombres y mujeres sexual­mente activos como para llenar un condado entero. Y a través de todo el proceso, había ganado fama de ser un experto en temas sexuales.

Entonces llegó la oferta del libro. Con franqueza, se había sentido halagado. Además, la empresa había parecido divertida. Era un buen proyecto con un buen anticipo económico, de modo que lo había es­crito, preguntándose en secreto si estaba ayudando a deforestar el planeta por nada.
¿Podía un libro enseñar a ser un gran amante?

La pregunta lo había acosado durante el proceso de investigación y escritura, y aún lo irritaba. Era una pena no poder averiguar si el programa que ha­bía perfilado en el libro funcionaba.

A punto de arrojarlo sobre la mesta que había junto al sofá, volvió a ver el rostro bonito de ______ ruborizarse al leer el título y asimilar su implica­ción.

¡Un momento!

Se irguió y abrió mucho los ojos.

«Aguarda un momento, Lance». Quizá había un modo de probar la teoría.

En su colosal arrogancia, jamás había explorado la posibilidad de que una mujer pudiera llegar
a creer que de verdad él necesitaba una libro sobre técnicas sexuales, ni ayudarlo a descubrir cómo dis­frutar de un sexo estupendo.

Pero esa noche, su ego herido había descubierto que resultaba posible. _______ _______ había huido casi a la carrera precisamente porque creía que él, Nicholas Jonas, había encargado un libro que le enseñaría a ser un buen amante.

Al superar el insulto a su ego masculino, co­menzó a tentarlo una posibilidad fascinante.

La atracción mutua vibraba en el aire cada vez que se veían, ya fuera para intercambiar correo o para charlar cuando se cruzaban en el vestíbulo. Ha­bía estado pensando en ella más de lo que debería, pero cada vez que la veía, se sentía atrapado en su sonrisa plena, en el cabello castaño que colgaba en bucles sexys más allá de los hombros, en el cuerpo letal y en el espíritu divertido que percibía en ella.

De hecho, había escrito los últimos capítulos de su libro imaginando a ______ en cada gloriosa pos­tura que su ansiosa imaginación podía inventar. Ha­bía experimentado una intimidad tan grande al des­cribir el intenso placer que siente un hombre al penetrar en una mujer que está lista y preparada para él, que había parecido inevitable que ______ y él no tardaran en ser amantes.

Esa noche había aparecido ante su puerta como una fantasía que cobrara vida. El calor sexual que generaban con apenas un simple contacto visual, había hecho que pensara que estallaría en llamas si ella simplemente lo tocaba. Después de meses de absoluta devoción al trabajo, había querido empe­zar a seducir a su vecina. Y el modo en que ella le había devuelto el calor en su mirada, casi lo había convencido de que la seducción no sería muy larga.

Hasta que el libro cayó al suelo.

De acuerdo con la reacción de ______, esta había creído que necesitaba la guía. Lo que despertaba al­gunas posibilidades interesantes. ¿Estaría abierta a ayudarlo a descubrir a su casanova interior?
Siempre le habían gustado los desafíos, pero un desafío con falda, una falda corta que revelaba unas piernas bonitas, era su preferido.

¿Qué haría falta para convencerla de que lo ayu­dara a probar su libro?

Se puso de pie y comenzó a caminar por el sa­lón.

Las cosas habían empezado a estancarse en su vida amorosa durante el último año. Nada dema­siado específico, solo que a veces regresar solo a casa por la noche resultaba mucho más divertido que ir acompañado por una mujer. La compañía era mejor.

Era como si de un momento a otro fuera a empe­zar a tomar Viagra, pero el viejo camarada ya no exi­gía tanta acción como antes. A veces, incluso en los clubes más de moda, con las mujeres más encendi­das, se había sentido inquieto.
Hasta aburrido.

Las mujeres a las que encaraba casi siempre de­cían que sí. ¿Dónde estaba el desafío? Y comenzaba a darse cuenta de que había empezado a disfrutar más de la persecución que de la presa. De hecho, más.
Conseguir que una mujer se metiera en la cama con él cuando lo consideraba un completo perde­dor, representaría un desafío como nunca había te­nido. Y no cualquier mujer, sino ______ _____, con sus ojos inteligentes y luminosos, su figura esbelta y su nueva idea de que era un inepto sexual.

Rió entre dientes. Si lograba convencerla de que siguieran el manual paso a paso, podría comprobar de primera mano si el libro funcionaba.

Si permanecía con él durante todo el libro, mien­tras no hacían otra cosa que lo que recomendaba el manual, y al final aún quería acostarse con él, enton­ces sí podría considerarse el Hemingway de cómo progresar sexualmente.

Pero lograr que ______ aceptara participar del plan no iba a resultar fácil.

De hecho, estaba más próximo a lo imposible... una de las ideas más descabelladas que jamás había tenido. Razón por la que le gustaba tanto.

Bajó la vista y se dirigió a sus partes íntimas, que en realidad no habían visto mucha acción última­mente.
-¿Qué les parece, se apuntan al desafío?

La respuesta fue evidente; el cuerpo se le puso en posición de firme ante la sola idea de seducir a ______.
Solo le hacía falta elaborar un plan de ataque.
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I♥Jobros
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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Adaptada    Abril 2nd 2012, 07:20

Capitulo 3

-Nunca me he sentido más avergonzada -le comentó ______ a su amiga Therese Martin mientras cenaban en su restaurante chino favorito.

Aunque enseñaban en el mismo instituto, se re­servaban las conversaciones personales para las no­ches que salían juntas. La sala de los profesores care­cía de intimidad y era un semillero de habladurías.

Therese logró dejar de reír el tiempo suficiente para jadear:

-Sexo para inexpertos absolutos. Has elegido a otro ganador.

-Lo sé -no podía reprocharle a su amiga la car­cajada. Si le hubiera pasado a otra persona, ______ también lo habría considerado gracioso-.Y parecía tan normal. Quiero decir, es muy atractivo e irradia un aire sexy. No lo entiendo. ¿Por qué un chico así iba a necesitar un libro sobre cómo hacer el amor?

Therese se sirvió más comida de una bandeja.

-Es fácil. Cuanto más atractivo es el chico, me­nos ha tenido que molestarse en aprender cosas acerca de las mujeres.

La imagen de Nick, que prácticamente irradiaba atractivo sexual, apareció en su mente.

-¿De qué estás hablando?

-¿Nunca has salido con un tipo muy atractivo que solo habla de sí mismo? -______ asintió-. Luego, se mete en la cama y sigue siendo todo sobre él. En una ocasión le dije a un chico: «¿Sabes?, tengo un clítoris», y me preguntó si era contagioso.

-Te lo acabas de inventar -comentó después de atragantarse con la cerveza.

Su amiga enarcó una ceja y puso expresión de que sabía de qué hablaba.

-Te lo repito, los muy atractivos son los peores -masticó con mirada reflexiva-. Pero conseguí un chico que estaba en la fila equivocada cuando re­partieron los genes de vikingo... quizá no es tan alto, es un poco flaco. Tiene que esforzarse más para lograrlo con las mujeres. Nadie va a meterse en la cama con él basándose en su aspecto, ¿de acuerdo?

-Odio pensar que las mujeres son tan superfi­ciales, pero en teoría supongo que tienes razón.

-Entonces, ¿qué hace? Si quiere practicar el sexo con mujeres, debe compensar sus deficiencias mostrándose más atractivo para ellas en otros senti­dos. Quizá lo consigue interesándose por lo que sienten en vez de hablar siempre de sí mismo. Quizá se le ocurre cómo mantener una conversación en la que no aparezcan los deportes, su coche maravi­lloso, su trabajo o lo que sea que le infle el ego.
Ahora bien, ese chico, cuando consiga llevarse a una mujer a la cama, va a querer hacerla feliz. Va a preguntarle qué le gusta. Va a aprender cómo satis­facerla. Y va a convertirse en un experto. Porque... -le guiñó un ojo- las mujeres hablan.

Pero algo en la teoría de Therese no encajaba.

-Vamos, te he visto con muchos chicos atracti­vos.

-Sí. Me entusiasman los tipos macizos como a la que más -suspiró-. Pero cuando nos metemos en la cama, tengo que dedicar una hora a darle leccio­nes.

______ rió, sin estar todavía muy segura de que su amiga bromeara. Pensó en algunas de las conquistas de Therese.

-¿Y qué me dices de aquel esquiador, Todd? Pa­recía muy entregado.

-Todd era fantástico. En el apartado del as­pecto. En la cama, prácticamente tuve que diseñarle un mapa para que no se perdiera.

-¿No eres un poco dura?

Therese se encogió de hombros.

-Puede que haya hombres de aspecto fabuloso y que sean amantes fabulosos. No digo que no pueda suceder, solo sugiero que algunos tienen una verdadera ventaja cuando se apagan las luces. Piensa en ello. ¿A quién preferirías tener? ¿A un chico que con solo mirarlo te haga babear? ¿O a uno que sepa hacerle cosas a tu cuerpo, que lo con­vierta en un instrumento musical? Un virtuoso del orgasmo.

______ masticó un poco de arroz mientras pen­saba en las posibilidades.

-Sería agradable tener a ambos.

-Sí. Lo sé. Cariño, es el chico que todas busca­mos. Pero no existe. Es un sueño. Tu Tonto Sexual es un ejemplo perfecto.

-Que encargara ese libro demuestra que al me­nos lo intenta. Quiero decir, alguien debió de comu­nicarle que no aprobaba en el dormitorio y trata de remediarlo. Es un buen signo, ¿no?

-Es estupendo. Me interesaría comprobar hasta dónde llega. Probablemente lea todas las cosas de chicos y se salte las páginas dedicadas a las muje­res.

-¿Quién te convirtió en una cínica?

Era una pregunta retórica, de modo que la sor­prendió que Therese suspirara apesadumbrada y, tras una larga pausa, respondiera.

-Un chico llamado Brad.

-Jamás oí hablar de él -lo cual era raro. Creía que lo compartían todo.

-El trasero se me está quedando dormido. Pa­guemos y te lo contaré de camino al cine. He de ba­jar toda esta comida.

Una vez en la cálida noche primaveral, Therese guardó un silencio poco habitual. _______ esperó, sa­biendo que recibiría la historia en cuanto su amiga se sintiera preparada para contársela.

-En mi última universidad, del otro lado de la ciudad, empecé a salir con el profesor de Educación Física. No era atractivo, medía igual que yo descalza; y era más bajo cuando me ponía tacones. Pero tenía algo. No puedo explicártelo. Me escuchaba, como si lo que tuviera que decir fuera fascinante. Como si yo fuera fascinante. Me prestaba atención, sin hablar de sí mismo en todo momento. Además, era gra­cioso, algo que siempre me ha gustado en un hombre.

-De modo que encontraste la felicidad con un hombre bajo y gracioso que te prestaba atención.

-¿He mencionado que empezaba a quedarse calvo?

-No.

-Pues así era. Pero nos hicimos amigos, y una cosa condujo a la otra. Lo siguiente que supe fue que estaba en su cama. Juro que encendí la luz una hora después para asegurarme de que me encon­traba con el mismo hombre. Quiero decir, se mos­tró... increíble.

-De acuerdo, debo empezar a buscar hombres bajos, graciosos y con calva incipiente. No me ha de costar mucho encontrar a uno.

-No es una broma, ______. Brad hacía cosas que... -echó la cabeza hacia atrás y el pelo negro y largo osciló a su espalda-. ¡Vaya! Te aseguro que ese hombre tendría que haber participado en las Olim­piadas de la lengua.

-¿Y qué le pasó?

La sonrisa feliz se desvaneció.

-Me dejó por una antigua Miss Minnesota. Ru­bia, sueca, la querrías matar.

-Pero tú eres preciosa.

-Gracias, pero ella lo era más. El canalla. Me hizo mirar más allá de la superficie para descubrir al hom­bre que había dentro, y me deja por un bombón.

-De manera que no he de buscar a un hombre calvo, bajo y gracioso con un sorprendente control de la lengua.

-Ah, sal con quien te apetezca. Pero cómprate un vibrador, y así siempre tendrás un amor del que podrás fiarte.
***
Bostezando y pensando que se iría temprano a la cama, al llegar a casa ______ aún pensaba en la teoría de Therese acerca de los hombres. Comprobó el bu­zón e hizo una mueca. Dos cartas para su vecino de abajo. De pronto el cartero disléxico no resultó tan encantador.

Por desgracia, su edificio tenía buzones de segu­ridad, de modo que no podía introducir las cartas en el buzón apropiado. Podía dejarlas en la mesa del vestíbulo, pero no parecía correcto. Nick no había hecho nada malo, solo los había abochornado un poco a ambos.

Recogió todo el correo. Quizá pudiera deslizarle las cartas por debajo de la puerta con sigilo.
Pero al llegar a su planta, un poco jadeante des­pués de haber subido los dos tramos de escalera a la carrera, vio una figura familiar junto a su puerta.

Comenzó a ruborizarse y quiso abofetearse por ser tan tonta. Sí, leía un libro de autoayuda. Perfecto para él.

Vio que se volvía al oírla, y a pesar del conoci­miento que acababa de adquirir, sintió que las rodi­llas se le aflojaban. Los ojos, la sonrisa, el hoyuelo... ¿Podría la lengua ganadora de la medalla de oro competir con todo eso?

-Hola -saludó Nick.

No parecía abochornado, de modo que Selena de­cidió que ella tampoco lo estaría.

-Hola -se detuvo ante su apartamento y buscó entre las cartas que sostenía en la mano para entre­garle dos.

-Gracias. Estas son para ti -ella las aceptó-. Mmm, lamento lo de la última vez -añadió.

Tenía que sacar el tema. No le extrañó que fuera un patán en la cama, si su pericia social servía como pauta. Se preguntó cuál era la respuesta adecuada: «¿Espero que lo soluciones? ¿Dime si necesitas ayuda con los deberes?».

Aún no se había recobrado del descubrimiento de que su hombre ideal era un ignorante en el de­partamento sexual. De pronto se preguntó si ten­dría algún tipo de... problema físico.

Centró la vista en su entrepierna. Antes de poder contenerse, emitió un jadeo silencioso y volvió a al­zar la cabeza, cerciorándose de que ahí no parecía radicar su problema. Un bulto respetable anidaba en la entrepierna de sus vaqueros.

Captó un brillo en sus ojos que habría jurado era pura diversión. ¿Acaso la situación le parecía graciosa?
En cualquier caso, el tamaño no importaba tanto como lo que un hombre hacía con su equipación. Quizá él no podía hacer mucho. Tal vez necesitaba medicación o esa bomba para el miembro que ______ ha­bía leído que ayudaba a un hombre a mantener una erección. Volvió a bajar la vista a la entrepierna. ¿Ne­cesitaría bombearla antes de poder jugar?

-Todo funciona, si eso es lo que te preocupa - le aseguró.

En esa ocasión el jadeo de ella fue audible. Miró a ambos lados del pasillo para asegurarse de que estu­viera vacío.

-Eso... eso no es asunto mío.

-Lo sé -avanzó un paso. Bajó la voz a un deli­cioso murmullo bajo-. Esperaba que pudiéramos cambiar eso.
-¿Perdona? -comentó en el tono de voz que empleaba con un estudiante malo. Lo tenía perfec­cionado. Funcionaba con los estudiantes varones que intentaban contarle chistes verdes, olvidaban dónde estaban o empleaban un lenguaje soez. El tono iba acompañado de una mirada a juego. Hacía que todos los estudiantes se amilanaran.

Con Nick solo consiguió ahondar su expresión divertida.

-Quiero preguntarte una cosa. Tiene que ver más o menos con lo sucedido la otra noche.

En el otro extremo del pasillo, una puerta co­menzó a abrirse. Era el locuaz y curioso señor Fo­rrester. Como la descubriera en el pasillo con Nick, los chismes no tendrían fin.

Metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y prácticamente empujó a Nick al interior.

-Hablemos aquí -indicó-. Mejor sin público.

-Claro. Gracias -atravesó el corto pasillo y sa­lió al salón-. Es agradable -señaló la mezcla de muebles y coloridos cojines-. Igual que el mío, pero más elegante.

-Gracias. ¿Quieres sentarte? -de pronto pensó que habría sido mejor enfrentarse al señor Forrester y dejar a Nick en el pasillo.

-Sí -se sentó en el sofá de chinz. Ella eligió el sillón opuesto.

Nick la miró y luego bajó la vista al correo que sostenía en sus manos, como si hubiera olvidado que estaba ahí. Depositó las cartas en la mesilla de centro y se reclinó, con las piernas un poco separa­das y las manos en los muslos. Demasiado atractivo para la paz mental de ______.

Aunque ella conocía el secreto que guardaba, su cuerpo no parecía haberlo notado. Sentía la misma atracción poderosa, el mismo deseo que la derretía. Sin duda era indicio de que llevaba sin novio mu­cho tiempo.
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Beautiful-NO-Tamed.
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 2nd 2012, 08:55

Oh por dios.NUEVA LECTORAA!Que buena novela,me encantaron todos los capitulos.siguela porfavor:)
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Shely-Haru
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 2nd 2012, 12:15

hola!!! recibi tu mensaje y woooooooooow en serio me encantó tu nove...jejjeee pobre nick con eso del libro... pero yo le puedo enseñar a ser un buen amante!!! jejejje ok no...u.u please siguelaaaaaa y no te olvides de pasar por mis noves............bye tkm
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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT    Abril 2nd 2012, 16:51

Capítulo 4

Echó sus propias cartas sobre la mesilla. Un par de facturas y un sobre cremoso que gritaba invita­ción de boda. La gripe no era tan contagiosa como el virus nupcial que había atacado a tantas de sus amigas próximas a los treinta años.

No es que la molestara su felicidad, sino que em­pezaba a preguntarse si tendría que asistir a las bo­das de plata o de oro aún soltera.

Estudió el remitente de la invitación y palideció.

-Oh, no -gimió en voz alta.

-¿Qué sucede?

La voz la sobresaltó y alzó la vista. Ante la sor­presa de ver esa invitación, había olvidado que él es­taba allí.

-B.J. McLaren se casa.

-Comprendo. Mis condolencias.

Captó la diversión en la voz de él y tuvo ganas de sonreír, pero se sentía demasiado furiosa con B.J.

-Era una de mis mejores amigas, hasta que en la universidad me robó a mi novio -el orgullo he­rido, que nunca había terminado de cicatrizar, vol­vió a palpitar al recordarlos a los dos besándose en la biblioteca- .Walt Whitman los presentó.

-¿Desde ultratumba?

-Compartían curso de poesía estadounidense y afirmaron enamorarse durante la lectura de Hojas de hierba.

-¿Dónde estabas tú?

-En Milton. El Paraíso Perdido. No he visto a B.J. en... tres o cuatro años. Ahora se casa con él y quiere restregármelo por la nariz una última vez.

-Qué perversa.

Ella rió entre dientes.

-Lo mismo pienso yo -abrió el sobre caro y extrajo la invitación-. «Solicita el honor de su pre­sencia...», bla, bla, bla. Oh, aquí hay una nota caligra­fiada a pie de página. «Por favor, ven con tu novio. A Randy y a mí nos encantaría verlos a ambos».

-Da la impresión de que intenta hacer las pa­ces.

-Da la impresión de que ha averiguado que es­toy soltera y quiere hacerme sentir como la última persona sola de América -como si necesitara que alguien se lo recordara. Tenía una carrera magnífica, le encantaba vivir en Seattle, sus ovarios eran jóve­nes y eficientes. Era una mujer en sus mejores años de procreación. Lo único que necesitaba era al hombre adecuado. ¿Dónde diablos se encontraba?

Nick se encogió de hombros.

-Entonces, no vayas.

Se quedó boquiabierta­

-¿No ir? He de ir. Esto... -agitó la invitación­- es una bofetada en la cara, un desafío a combate mortal. Oh, no, voy a ir -comprobó la fecha. Fal­taba un mes-. Dispongo de cuatro semanas para prepararme -indicó, vagamente consciente de que le hablaba en voz alta a casi un desconocido-. Ne­cesitaré un vestido magnífico, una pareja magní­fica... -se llevó las manos al estómago y comprobó el tono muscular-. Un intenso régimen de tonifica­ción. Quizá cortar las grasas y tratar de perder un par de kilos.

Miró el reloj. Si lograba deshacerse de Nick, po­dría tumbarse en la alfombra para comenzar de in­mediato con algunos abdominales y flexiones de brazo. Con apenas un mes, no disponía de un mo­mento que perder.

La triste verdad era que nunca había terminado de recobrarse de la humillación de perder a Randy ante B.J. Sin duda sus antiguas compañeras de uni­versidad aún la consideraban una patética perde­dora incapaz de retener a su novio.

¿B J. quería otro asalto? Se sentía más que prepa­rada. Era mayor, más inteligente y mucho más ex­perta en el control de sus emociones. Tenía un buen trabajo y una vida que le gustaba.

Ahí se le presentaba la oportunidad de demos­trarlo. Necesitaba un vestido fabuloso, accesorios nuevos. Gimió para sus adentros. El accesorio más importante que necesitaba no era un bolso ni unos zapatos de tacón alto. Era un magnífico macizo lleno de testosterona colgado del brazo. ¿Dónde iba a encontrarlo?
Volvió a concentrar su atención en Nick. Cuanto antes se deshiciera de él para empezar a preparar el plan maestro, mejor.

-¿Querías hablarme de algo?

-______, necesito tu ayuda.

Ella hizo una pausa al tiempo que trataba de olvi­darse de B.J., la ladrona de novios.

-¿Necesitas mi ayuda con qué?

-¿Recuerdas el libro que viste? ¿Sexo para inex­pertos absolutos?

-Sí -se ruborizó como una colegiala.

-Es para parejas.

Se olvidó del rubor y abrió mucho los ojos.

-¿Te refieres a inexpertos absolutos que consi­guen pareja?

-No eso exactamente -sonrió-. El libro está dividido en capítulos... y hay lecciones y, mmm, ejer­cicios. Necesito a alguien con quien practicar. Como tú eres la única mujer que está al tanto de que tengo el libro, me preguntaba si los harías con­migo.

Se puso de pie, olvidando por completo a B.J. No podía creer lo que oía.

-¿Me estás pidiendo que tenga sexo contigo? Quizá deberías conseguir un ejemplar de Conversa­ción educada para inexpertos absolutos.

Se dirigió hacia la puerta. ¿A qué clase de juego enfermo quería jugar ese chiflado? No le extra­ñaba que no consiguiera acostarse con ninguna mujer.

-No, espera -se incorporó y la siguió-. Me has malinterpretado. No te pido sexo. Solo un poco de compasión. Pareces una persona con buen cora­zón.

-También tengo un cerebro más grande que un guisante -abrió la puerta y lo miró con ojos cente­lleantes-. Fuera.

-No hay nada más que besos hasta el capítulo cuatro.

-Díselo a alguien a quien le importe.

-No lo he explicado bien. Lo siento. Escucha -se pasó una mano por el pelo ya revuelto. Parecía un niño perdido y adorable-. Las mujeres que co­nozco, tienen... ideas preconcebidas sobre mí. Espe­ran... ciertas cosas. Pero tú... tú eres diferente. Tú no me ves de esa manera. Pensé que quizá me ayuda­rías. Solo a empezar. Los primeros capítulos. Te pro­meto que no haremos nada con lo que no te sientas absolutamente cómoda.

-¿Me pides que me acueste contigo por piedad?

Él hizo un gesto negativo con la mano.

-Olvídate del sexo. Solo quiero ver si el libro funciona. Si practicaras los primeros capítulos con­migo, digamos cada viernes por la noche, te estaría muy agradecido.

______ estaba preparada para soltar un «no» ro­tundo. Pero recordó la invitación que aún sostenía en la mano. Y en vez de hablar, miró a Nick mientras una idea brillante cobraba forma en su cabeza.
Lo observó con ojos entrecerrados. Aparte del pequeño problema que nadie tenía por qué cono­cer, era más atractivo que cualquier hombre que pu­diera llegar a conseguir en un mes. Si lo mantenía en el sendero apropiado y no le permitía hablar mu­cho, podría dar el pego como un hallazgo impor­tante en el apartado de novios.

-Has dicho que no había más que besos hasta el capítulo cuatro, ¿verdad?

El rostro de él se iluminó con una sonrisa de ab­soluta esperanza.

-Verdad.

-Haremos un trato. Iré hasta el capítulo cuatro contigo si tú vienes conmigo a la boda de B.J. y Randy.
La sonrisa se desvaneció, sustituida por una ex­presión de espanto.

-¿Quieres que te acompañe a esa boda como tu cita?

-No, quiero que me acompañes a esa boda como mi devoto exclavo de amor.

-¿Exclavo de amor? -Nick no podía creer que acabara de emplear ese término. ¿Es que en cuanto se apagaban las luces ella se convertía en una ama dominante vestida de cuero negro?

No le importaba que una mujer lo dominara de vez en cuando... de hecho, lo excitaba. Pero tam­bién le gustaba disfrutar de su turno en el control.

Ella debió de adivinar algunos de sus pensamien­tos, porque se puso colorada.

-No me refería a esclavo de amor en ningún sentido pervertido. Quiero que actúes de esa ma­nera en la boda, como si yo fuera la mujer más fasci­nante, inteligente y atractiva del mundo.

-Y también sexy -añadió, pensando que era uno de sus mayores encantos.

-Bueno, sí, desde luego. También sexy. Mientras estemos en la boda, no mirarás a ninguna otra mu­jer, fingirás estar completamente arrobado por mí.

Pudo ver el entusiasmo de ______ crecer a medida que le perfilaba el papel que debía desempeñar. Los ojos castaños se le iluminaron, todo su cuerpo irra­dió determinación y energía... y no le costó imagi­narse medio loco por ella.

-No debería ser muy difícil -le aseguró, y son­rió al ver que el rubor se acentuaba con el cumplido.
Cuando la vio por primera vez, no la habría cata­logado como una mujer tímida, pero esas mejillas florecían como rosas ante la más mínima provoca­ción. Se preguntó si se encenderían de igual manera estando excitada y si alguna vez dispondría de la oportunidad de averiguarlo.

-Bueno, gracias -dijo ella.

-De modo que disponemos de cuatro semanas para ponerme en forma para el gran día.

-Exacto. Hablamos de esmoquin, corte de pelo, la equipación completa.

«Esmoquin» era una palabra que lo ponía ner­vioso. Significaba «bodas», cosa que odiaba, y por lo general otro paseo por el pasillo para el bueno de su padre. No obstante, si enfundarse un traje de pin­güino y lanzar arroz era el precio por la coopera­ción de ______ con el libro, lo pagaría... y se asegura­ría de que ella cumpliera la parte del trato que le correspondía.

-Y un mes significa que podemos hacer un ca­pítulo por semana. Nos conoceremos. Dentro de cuatro semanas podremos engañar a cualquiera con que soy tu devoto exclavo.

-Una semana para cada capítulo -retrocedió un paso y cruzó los brazos-. No sé. Creo que lo es­toy reconsiderando -miró su boca como si qui­siera decidir cómo se sentiría al besarlo. Como mi­rara mucho más tiempo esos labios, iba a terminar por averiguarlo.

-Bueno, a mí tampoco me entusiasma ponerme un traje de pingüino para mirar a una pareja que te engañó en la universidad -se encogió de hombros, sabiendo que era el momento de la verdad-.Tú de­cides.
Lo miró con ojos centelleantes, y luego bajó la vista a la invitación.

-Oh, de acuerdo. Pero solo hasta el capítulo cuatro. Mi límite son los besos -entonces abrió la puerta y con la mano le indicó que se marchara-. ­Tengo que empezar con las flexiones.

Él se detuvo en el umbral.

-No creo que necesites flexiones. Tu cuerpo me parece perfecto.

Sus miradas se encontraron y ella entreabrió los labios en un ofrecimiento inconsciente. Nick tuvo que contenerse para no inclinarse y besarla. Era adorable, sexy y deliciosa.

-Creo que tuviste suerte. Cualquier ******* que te deje se merece pasar el resto de su vida con B.J.

-Creo que en alguna parte hay un cumplido en esa frase -rió con sonido trémulo.

-Claro que lo hay. Buenas noches.

Al quedar solo en el pasillo, hizo un gesto de triunfo con la mano. Había aceptado. ______, el bom­bón del edificio, había aceptado repasar los cuatro primeros capítulos de Sexo para inexpertos abso­lutos. Y no le había mentido para conseguir su ayuda. Solo le había pedido que repasara las lecciones con él. No le había dicho que las necesitara. Si ella hacía suposiciones, era su problema.

Desde luego, exigía un precio. No era amigo de las bodas. Después de asistir a las cuatro de su pa­dre, aunque a la primera había ido aún en el útero, de modo que no se esperaba que la recordara, había desarrollado una aversión cínica hacia esa ceremo­nia.

Pero en un punto estaba decidido... ninguna mu­jer iba a arrastrarlo por el pasillo. Para él no habría arroz. Le encantaba estar libre y soltero.
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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT    Abril 2nd 2012, 16:56

Capitulo 5

Si su padre hubiera mantenido el cerebro en la ca­beza y no en los pantalones, habría llegado a la misma conclusión. Algunos hombres no estaban he­chos para el compromiso o para sentar la cabeza con una sola mujer. Algunos hombres necesitaban la exci­tación de una nueva pareja y la aventura de la perse­cución.
Su padre era uno de esos hombres. Jamás debería haberse casado.

Nick era digno hijo de su padre en ese sentido. Pero era lo bastante inteligente como para no caer en la trampa aterciopelada del matrimonio, para de­dicar los siguientes años a buscar una vía de escape, dejando a su paso a ex esposas amargadas y a hijos solitarios.

Le gustaban y respetaba demasiado a las mujeres como para comprometerse alguna vez con una.
Siempre era directo en ese sentido, para que en su vida amorosa hubiera pocas lágrimas y pataletas. Aunque tampoco un sentido profundo, pero al res­pecto se mostraba filosófico: no se podía tener todo.
Había doce capítulos en la obra maestra de Lance. Selena se había comprometido a un mes, un capítulo por semana. Desde luego, si el libro valía el papel en el que estaba impreso, cuatro semanas de seducción debían conducirla al capítulo cinco con la misma suavidad que un hombre introducía a una mujer dispuesta entre sábanas de seda.

Preveía doce semanas llenas de pasión. Eso eran casi tres meses. Un bonito período, de tiempo, lo que solía necesitar para empezar a sentir los prime­ros aguijonazos de aburrimiento.

Mientras fuera claro, no habría resentimiento. Ella conseguiría una pareja para esa boda infernal, él averiguaría si el libro funcionaba y ambos disfruta­rían de un poco de diversión sana y adulta.

Era un plan fantástico.

¿Qué podía salir mal?

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-¿Te has vuelto loca? -Therese tenía el ceño fruncido, los ojos casi desencajados y la boca abierta.

Se habían metido en los servicios del personal fe­menino para mantener una conversación rápida en­tre clases.

-Pareces sorprendida. Pensé que te encantaría.

-¿Que me encantaría que jugaras a la Doctora Amor con un tipo al que ni siquiera conoces?

Therese comprobó su reflejo en el espejo rayado y sacó su bolsa de maquillaje. Se retocó los labios. Una fragancia a fresas llenó el aire. Selena movió la cabeza.

-¿Eso también sabe a fresas?
Su amiga se pasó la lengua por el labio superior y asintió.

-Sí. ¿Quieres un poco?

-No, gracias. Lo que quiero saber es por qué no te parece una buena idea. No es bajo, ni calvo ni gordo. Es magnífico. Si lo ayudo a lanzarse al camino de ser un gran amante, habré ayudado a todas las mujeres.
Therese puso los. ojos en blanco y saco un cepi­llo rosa de plástico. Mientras se peinaba, miró a Selena por el espejo.

-Primero, ¿cuántos años tiene?

-Tal vez unos treinta -se encogió de hombros.

-¿Cuándo empezó a practicar el sexo?

-No lo sé.

-Apuesto que ha tenido diez o quince años de práctica, y todavía sigue sin hacerlo bien... vamos. Yo llevo tocando el saxo ese mismo tiempo. ¿Me has oído alguna vez dar una nota equivocada?

Therese no solo era una aficionada con talento, sino que se había ganado la vida como músico en Montreal y París antes de decidir hacerse profe­sora.

-No. Jamás tocas una nota equivocada. Pero tu­viste que aprender.

-Cariño, algunos chicos tienen un oído de ma­dera. Jamás van a tocar un instrumento sin ponerte los pelos de punta. Algunas personas son incapaces de bailar. Otras no pueden practicar deportes... -se encogió de hombros.

-Y algunas jamás llegarán a ser amantes. ¿Es eso lo que quieres decir?

Therese guardó el cepillo y cerró la bolsa.

-Lo que digo es que ha tenido muchos años para adquirir cierta destreza.

-Mi madre volvió a la universidad con sesenta años para sacar la licenciatura en Historia, que siem­pre deseó -en ese momento sonó el timbre del co­legio-. Con un media de cuatro -abrió la puerta para su amiga.

-No hablamos de historia.

-Creo que puedes mejorar en cualquier cosa, si estás dispuesta a esforzarte.

-Te apuesto cincuenta pavos que no aguantas el mes.

Al incorporarse a la multitud de adolescentes que se dirigía a sus clases, ______ susurró:

-Hecho. Cincuenta.

Desde luego, Therese no sabía que había estable­cido un pacto con Nicholas. Si no necesitara un espéci­men masculino espectacular, al menos por fuera, para la boda, quizá no hubiera aceptado la oportuni­dad de ser tutora particular por las noches.
Aunque era halagador, que Nick la hubiera ele­gido como maestra. Debía de verla como una mujer sensual con experiencia.

Sonrió para sus adentros. Quizá no fuera una vir­tuosa del saxo, pero poseía talentos ocultos.

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Al entrar en el aula, la recibió el ruido habitual del inicio de la clase. Guardó el bolso en el cajón del marcado escritorio de roble, respiró hondo y entonó con voz potente y clara:

-¡Muerte... no seas orgullosa! -el silencio cayó con gratificadora celeridad. Todos los traseros en­contraron sus respectivos asientos y treinta adoles­centes la miraron con diversos grados de entu­siasmo. _______ estudió a la clase, detenidamente-. ¡Muerte... no seas orgullosa! -señaló a una de las fi­guras que, encorvada en uno de los asientos traseros, mantenía la vista clavada en el suelo. Alguien no había hecho sus deberes-. Dylan, completa el resto de la primera estrofa del poema de Donne, por fa­vor.

John Donne no se habría sentido orgulloso si hu­biera tenido el privilegio de oír cómo se machacaba su poesía. No obstante, era algo conseguir que unos jóvenes aprendieran tus versos siglos después. Tal vez estaría orgulloso.
A _______ le encantaba la poesía, pero estaba prepa­rada para tomarse un descanso de oírla mal ento­nada, pronunciada y con pésima puntuación. No obstante, se esforzaban por lograrlo. Su siguiente lección sería un alivio para todos. El programa esco­lar especificaba una breve cuota de periodismo. Puede que incluso consiguiera llevar a un reportero como invitado.
Aún pensaba en eso cuando llegó a casa con la bolsa de la compra, principalmente verduras y yo­gures bajos en calorías.
El teléfono sonaba. Al conseguir abrir la puerta, corrió a contestar. Le protestaron todos los múscu­los.
Quizá no debería haber hecho tanto ejercicio después de clase.
Levantó el auricular justo antes de que saltara el contestador automático.

-¿Hola?

-¿Te interrumpo?

La voz profunda, rica, con un leve tono de humor, hizo que el corazón le latiera, desbocado a toda velo­cidad. Era familiar la tentaba como una especia que hubiera probado pero que no pudiera identificar.

-No, acabo de llegar -si lo mantenía hablando durante unos segundos más, descubriría quién era. No había muchos hombres en su vida que sonaran tan sexys.

-Te llamaba para establecer una cita -dijo él.

«Cita. ¿Cita? ¿Con quién estaba saliendo?».

-¿Cita?

-Para el capítulo uno.

-Capítulo uno. Claro, Nick - La falta de aire no se mitigó. En todo caso, empeoró-. Yo... mmm... no me di cuenta de que empezaríamos tan pronto.

-Estoy impaciente por comenzar. Pensaba que tal vez este viernes por la noche, si no lo tienes ocu­pado.

-¿Viernes por la noche? Mmm -sabía muy bien que no tenía nada que hacer. A veces Sam y ella salían después del trabajo, pero su amiga se iba a pasar el fin de semana fuera, y ella no había hecho ningún otro plan. Se encogió de hombros. Cuanto antes empezaran con el libro, mejor-. Claro. El viernes es perfecto.

-Perfecto -la voz sonó cálida y llena de dulces momentos insinuados-. ¿Por qué no pasas a las siete?

-Oh, ¿vamos a hacerlo en tu casa? -de pronto no estuvo tan segura-. Pensé que lo haríamos en mi apartamento.

-¿Qué te parece si nos turnamos? ¿Esta semana en el mío y la próxima en el tuyo?

-Supongo. La verdad es que suena justo -de hecho, sonaba horrendo, pero no podía evitar pen­sar que todo era culpa de B.J. McLaren. Selena había dejado la universidad y sus malos recuerdos. ¿Por qué esa mujer seguía interfiriendo en su vida amo­rosa?

-Estupendo. Nos vemos el viernes.

-¿Nick? -una idea se le pasó por la cabeza.

-¿Sí?

-¿Qué hay en el capítulo uno?

Él emitió una risa suave.

-Lo descubrirás el viernes.

-Nada más allá de unos besos, ¿verdad?

-Exacto. No hay más que besos hasta el capí­tulo cinco.

-De acuerdo. Nos vemos el viernes.

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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT    Abril 2nd 2012, 17:12

Chicas en este capítulo van a ir leyendo el libro asiq lo que este en rojo será porque estás leyendolo

Capítulo 6

Nick observó las velas que había comprado. En su experiencia, a las mujeres les gustaban. La luz de las velas ayudaba a camuflar los defectos físicos que él jamás podía ver pero que sus amigas a menudo juraban que tenían.

Sin embargo, no quería poner en peligro la ciencia pura de sus hallazgos añadiendo muchos extras seductores. Luz de vela, vino, flores,… todas las cosas habituales podían llegar a considerarse trampa.
Pero no podía esperarse que un hombre sedu­jera a una mujer con leche y galletas y todas las lu­ces encendidas. Aunque él lo había hecho en el ins­tituto con su mejor amiga.

¿Mencionaba el vino y las velas en el capítulo uno? En ese caso, no habría problemas. Ya ni recor­daba qué diablos había escrito.

Irritado y un poco nervioso por la inminente «lección», abrió el libro y comenzó a leer.

La seducción no comienza con el cuerpo, sino con la mente.

Asintió.

-Eres un tipo listo, Lance.

La conversación es un juego amoroso. Si conse­guís que la mujer o el hombre en quienes estáis interesados se sientan deseados, os corresponde­rán y aumentarán el interés en vosotros. Y ahí es donde vosotros, los Inexpertos Absolutos, dejáis de ser vistos como tales y pasáis a ser posibles com­pañeros de cama. El objetivo de este libro es reali­zar el viaje de Inexperto Absoluto a Amante So­bresaliente.

Se saltó el resto de la introducción hasta localizar el primer ejercicio para hombres. Ahí estaba.

¿Estáis listos?Adelante.

Ejercicio Uno.

Id a un bar bullicioso. Si estáis solos, tratad de elegir a una mujer que tenga aspecto amigable. Si estáis acompañados, y ambos sentís que necesi­táis este libro, os sugiero que volváis al principio de vuestra relación y empecéis de nuevo. No me importa que tengáis tres hijos... fingid que os veis por primera vez.
Miradla directamente a los ojos. Ya puede pa­sar Miss Mundo desnuda ante vosotros. Centrad vuestra atención en esa persona a la que «veis» por primera vez. Preguntadle qué ha hecho ese día. Preguntadle sobre su trabajo, las cosas que le interesan.

Observad su lenguaje corporal. ¿Os invita a acercaros? ¿Os envía mensajes con los ojos?
Fluid con la corriente. Si podéis realizar un contacto fugaz con el hombro, hacedlo. Un roce fortuito de los brazos siempre es algo estimulante. Pero no os excedáis. Que el contacto sea ligero.

Cuando sea la hora de marcharos, acompa­ñadla al coche, al autobús, al taxi, a lo que sea. Ya os morís de ganas de besarla, ¿verdad?

No lo hagáis.

Tomadle la mano. Decidle que lo habéis pa­sado muy bien. Tratad de conseguir su número de teléfono o dadle el vuestro.

Dejadla deseando más. Compañeros de armas, ahí radica el secreto. Dejadlas deseando más.

Ahora bien, si consideráis que el momento es propicio, posad suavemente los labios sobre su mejilla. Miradla a los ojos y decidle que la llama­réis.


Dejó el libro.

Maldición. Había olvidado eso. El primer ejerci­cio tenía lugar en la ciudad.

Miró el reloj. Se suponía que ______ llegaría en me­dia hora. Buscó su número y la llamó.

-¿Hola?

La voz de ella sonaba más ronca por teléfono. Muy sexy.

-Hola, acabo de leer el capítulo uno. Tiene que desarrollarse en un bar, donde charlaremos. Reinó un momento de silencio.

-¿Qué clase de bar?

-El libro no lo pone.

-Tienes que ir a un bar a seducir a una mujer. ¿Esa es la primera lección?

-Creo.

La oyó suspirar.

-Ese libro lo debe de haber escrito un hombre.

-Vamos a intentarlo, ¿de acuerdo?

-No soy muy dada a ir a bares. ¿Dónde quieres que quedemos?

Lo pensó. No en el bar al que iba a menudo, ya que allí lo conocía demasiada gente. Además, no era lo bastante elegante para ______. Rebuscó en la mente hasta que se le ocurrió un bistró en un hotel, no de­masiado lejos de donde vivían. Los viernes había mú­sica en vivo. Era bastante tranquilo como para char­lar, pero también iban bastantes solteros de clase media alta. Lo más probable era que le encantara.

-El Rainbow Room. ¿Lo conoces?

-Sí.

-¿Puedes estar allí a eso de las siete? Yo llegaré un poco después. Tienes que fingir que no me co­noces. Nos vamos a ver por primera vez.

-Es lo más tonto que he oído jamás.

Nick apretó los dientes. Estaba de acuerdo con ella. Cuando escribió esa bobada en el capítulo uno, jamás había imaginado que iría a un bar a seducir a una mujer que vivía en el piso de arriba. Percibió que titubeaba y decidió recordarle que el acuerdo era en ambos sentidos.

-Hoy he llevado mi esmoquin a la tintorería, para asegurarme de que esté impecable para la boda.

-No llegues muy tarde o algún otro se llevará la lección uno.

Rió entre dientes. De algún modo, tuvo la impre­sión de que esa noche iba a ser divertida. Solo tenía que recordar seguir sus propias instrucciones al pie de la letra. Nada de improvisar.

Si no quisiera seguir esa charada estrictamente según el libro, estaría tentado de comenzar la seduc­ción por teléfono. Era una mujer con ingenio rápido y no le daba miedo ponerlo en su sitio. Imaginó que no debía de haber muchos temas sobre los que no supiera algo. Pero para que su experimento tuviera alguna validez, tenía que seguir las pautas del libro. El coqueteo por teléfono antes de llegar siquiera al capítulo uno, no entraba en lo que él consideraba juego limpio. Contuvo el deseo y le respondió que llegaría unos minutos después que ella.

-Nick -añadió ______ con su mejor tono de pro­fesora-, la próxima vez, espero que tengas hechos los deberes con antelación. 

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

______ clavó la vista en la invitación. Esa horrible velada, fingiendo ser seducida en un bar por un hombre con el que no estaba segura de querer algo, era culpa de B.J. Como si no la hubiera tortu­rado lo suficiente en la universidad, la había se­guido al futuro también para fastidiarle el resto de su vida.

Con un gruñido, se puso una falda y un top ce­ñido de color rojo. Después de todo, no quería faci­litárselo vistiéndose como un ratón de biblioteca escondido en un rincón.

Con eso en mente, se pintó lo labios con un agra­dable e intenso color mora y añadió una capa extra de rímel.

Al terminar de aplicarse la pintura de guerra, se puso en marcha.

Cuando llegó al hotel, se sentía un poco irritada. ¿Quién era? ¿Un punto de apoyo para que él pudiera interpretar el papel de Nicholas el Seductor en su propio espectáculo?

Selena no se consideraba pasiva. Alzó el mentón. Nick quizá descubriera que el camino para salir de la Inexperiencia Absoluta no era tan fácil como leer unos capítulos en un libro.

Iba a averiguar que a las mujeres les gustaba pro­tagonizar sus propias historias.

Entró en la sala tenuemente iluminada del Rain­bow Room y miró alrededor. Estaba bastante llena con gente que había salido del trabajo o que to­maba unas copas antes de ir a cenar o al teatro. To­das las mesas buenas se hallaban ocupadas, pero ha­bía un par vacías en el centro y algunos taburetes disponibles en la barra.

Sería tan fácil ocupar una mesa vacía y esperar que su «cita» la sedujese.

Pasó entre las mesas, fue a la parte de atrás y se acomodó en un taburete. El camarero le sonrió desde donde servía una cerveza.

-Enseguida estoy con usted.

-Gracias -le devolvió la sonrisa.

Le brindó unos momentos para decidir qué be­ber, aunque cuando el camarero se plantó delante de ella, seguía sin saberlo. Frunció la nariz en un gesto de indecisión.

-¿Vino blanco?

El camarero negó con la cabeza y se inclinó.

-No para una dama de rojo.

Cielos, coqueteaba con ella. El plan ya empezaba a funcionar.

-¿Qué me sugiere?

Él apoyó los codos sobre la barra de madera, un par de centímetros más cerca de lo necesario, y la estudió.

-Pienso en algo exótico pero sereno. Quizá con un toque picante y salado. Y da la casualidad de que preparo el mejor margarita de este lado de Ciudad de México.

Ella rió entre dientes. Era atractivo. Probable­mente un par de años más joven que ella, pero desde luego mostraba aptitudes dedicando unos mi­nutos entre cliente y cliente a coquetear con la única mujer sola en las cercanías.

-Un margarita suena perfecto. Gracias.

Él convirtió la preparación de la copa en una exhibición completa, con pavoneo incluido. Y Selena disfrutó de cada segundo. Cuando llegó la copa, estaba perfecta. Bebió el primer sorbo y asin­tió con gesto de aprobación.

-¿Cómo te llamas? -preguntó él, limpiando la barra con una toalla, aunque parecía perfectamente limpia.

-________. ¿Y tú?

-Les. No recuerdo haberte visto antes por aquí.

-No vengo aquí tan a menudo -había salido un par de veces con un ingeniero y habían pasado por allí a la salida del teatro. Pero de eso hacía más de un año.

-¿Se puede saber qué te trae esta noche? ¿Co­nocer a alguien?

Dejó que viera la luz de interés en sus ojos.

-Sí, va a conocer a alguien -dijo una voz pro­funda y algo irritada detrás de ella.

Giró la cabeza y vio a Nick con un gesto ceñudo y posesivo.

-¿Y quién puede ser ese alguien? -preguntó ella. Después de todo, y según el capítulo uno, se su­ponía que eran desconocidos.

-Yo.

Debía de haber olvidado que se suponía que era un desconocido. Ya lo había sacado de su libro de ejercicios y, por suerte para él, eso hacía que se sin­tiera caritativa.

-¿Conoces a este tipo? -preguntó su nuevo amigo Les, preparado para expulsar de allí el trasero arrogante de Nick.

Sin embargo, necesitaba una pareja para la boda de B.J., y no creyó que lograr que echaran del local a Nick fuera a mejorar su papel como devoto es­clavo de amor.

-Sí -respondió-. Lo conozco.

Nick miró a ambos lados de ella, pero los tabure­tes se encontraban ocupados.

-¿Podemos trasladarnos a una mesa? -le pre­guntó.

-Claro.

Alargó la mano hacia la copa, pero el camarero la detuvo apoyando la mano en la suya.

-Yo te la llevaré, ______ .

Estuvo a punto de reír por el modo deliberado en que empleó su nombre delante de Nick. No ca­bía duda de que había dejado clara su intención. El camarero se centró en Nick.

-¿Qué desea beber?

-Una pinta de cualquier cosa que tenga de ba­rril.

-Enseguida.

Se dirigieron hacia una mesa vacía y se sentaron.

Aunque había personal de sala, el camarero de la ba­rra les llevó las copas en persona. Depositó la copa de ______ delante de ella y una jarra helada de cer­veza ante Nick, acompañada de un cuenco con ca­cahuetes.

-Aquí tienes, ______ -comentó con la insinua­ción de un guiño.

-Gracias, Les -repuso, disfrutando del capítulo uno mucho más de lo que había imaginado.

-Sí, gracias, Les -añadió ______.

-De nada.

Nick alzó la jarra en la dirección de ella, luego bebió un buen trago. ______ lo imitó con un sorbo de su copa.

-Espero no haber interrumpido nada -co­mentó él al terminar de tragar.

-¿Perdona? Oh, te refieres al camarero. No. En absoluto. Únicamente se mostraba amigable con una mujer sola.

La miró con un destello malvado en sus profun­dos ojos chocolates.

-¿Es necesaria una disculpa?

-No -se permitió esbozar una leve sonrisa complacida-. Creo que he dejado las cosas claras. Bueno, ¿y ahora qué hacemos?

-Demonios si lo sé -se reclinó en el sillón-. Me has roto todos los esquemas.

Ella asintió, satisfecha.

-Eso está bien. Creo que ser espontáneo es más divertido.

Él se acercó sin quitarle la vista de encima.

-Entonces, ¿puedo ser espontáneo y decirte que estás para comerte entera? -alargó la mano y pasó el dedo índice por su brazo y hombro, dete­niéndolo justo en la unión con el cuello.

Ella experimentó un escalofrío ante el contacto del dedo, frío por la jarra de cerveza.

-¿Figura esto en el capítulo uno? -preguntó, sin­tiéndose abandonada cuando él quebró el contacto.

-Sí.

-¿Qué más hay en el capítulo uno?

Él llevaba un polo de color azul marino, aunque parecía negro en la luz tenue. Se moldeaba a su torso y le marcaba el pecho, perfectamente muscu­lado. Un trío de piano, bajo y batería tocaba una mú­sica suave de fondo.

Él se acercó más y la miró directamente a los ojos. ______ lo sintió como un beso personal.

-Hablamos de ti toda la noche -explicó él.

Algo en el modo en que pronunció esas palabras hizo que parecieran una caricia. Se movió en la silla y lo miró. Tenía unos labios agradables. Plenos sin parecer hinchados, y firmes. La oscuridad anidaba en su hoyuelo.

-Hablamos de mí. De acuerdo. Puedo hacerlo. Y luego,¿qué?

-Luego nos vamos a casa.

Claro. No estaba segura de cuándo empezaba la parte de los besos en el libro. Si eso no sucedía hasta el capítulo cuatro, ¿qué iban a hacer durante las próximas tres semanas. Al ritmo que seguía ese libro, los Inexpertos Absolutos llegarían a sus años dorados antes de ver algo de acción.

-Entonces -comenzó él, medio en broma-, háblame de ti.

-Soy Capricornio -comentó con voz ani­ñada-. Me gusta la gente educada y odio a los hombres que fuman.

-Vamos, ayúdame, ¿quieres?

-No pude contenerme. De acuerdo, pregúnt­ame algo específico.

-¿Qué es lo que más te gusta de ser profesora?

-Darle vida a la poesía -la sorprendió decir in­cluso eso. Era extraño reconocerle su pasión a casi un desconocido. Pero parecía verdaderamente inte­resado, de modo que continuó-. Los chicos no re­ciben mucha poesía en sus vidas. Me encanta cuando de pronto ves que un estudiante lo capta. Tartamudean y de pronto es como si el ritmo y la belleza del lenguaje los sorprendieran. Esos son mis mejores momentos. No suceden a menudo, pero na­die deja mi clase sin tener un leve conocimiento de Shakespeare, Wordsworth... -lo miró con sonrisa irónica-. Hasta Whitman. Ahora mismo estamos es­tudiando a John Donne.

-«Ningún hombre es una isla». Buena elección para adolescentes.

-Es el mismo poema que hoy hemos anali­zado en clase -rió entre dientes y le contó que al sonar la campana que ponía fin a las clases, Terry, un chico inteligente pero perezoso, había ento­nado con su profunda voz de barítono: «Jamás pre­guntes por quién doblan las campanas; lo hacen por ti».

Las anécdotas de clase eran cosas seguras y da­ban la ilusión de que hablaban de ella, mientras que la realidad era que compartía poca información per­sonal.

Iban por la segunda copa cuando él dijo:

-Estás soltera -no fue una pregunta.

-Sí.

Nick adelantó la mano y jugó con los dedos de la mano izquierda de ______.

-¿Todavía sientes nostalgia por Randy?

La impresionó que recordara el nombre de aquel chico.

-No. Claro que no. Me pillas en un momento de soledad, nada más.

-¿Desde cuándo?

-Seis meses -no supo por qué debería sentirse a la defensiva. No había conocido a nadie que le im­portara lo suficiente-. ¿Y tú?

-Esta noche es solo para ti -movió la cabeza.

-Salí con alguien un año y pico, pero la relación no iba a ninguna parte. He llegado a una fase de mi vida en la que prefiero estar sola antes que con una persona que me aburra.

-Intentaré no aburrirte en nuestras cuatro se­manas -musitó él.

-Te lo agradeceré -repuso, pensando que no se sentía precisamente aburrida con el modo en que jugaba con sus dedos. La expresión en sus ojos verdes iba más allá del capítulo cuatro. La mirada comunicaba deseo, pro­mesa de intimidad. Toda la feminidad de ______ respondía a la pregunta silenciosa: «¡Sí, sí, sí!».

Volvió a mirarle los labios y entonces, antes de ser capaz de detenerse, dijo algo increíblemente es­túpido.

-¿Cuándo nos besamos?

Él le sonrió, los dientes de un blanco resplande­ciente en la oscuridad.

-Dejemos que sea una sorpresa.

-¿Sabes? -comentó en lo que esperaba que fuera el tono razonable de una profesora-, creo que deberíamos probar los besos pronto. Por las du­das.

-¿Por las dudas de qué?

Ella se encogió de hombros.

-Quizá tengamos que perfeccionarlos. No olvi­des que solo disponemos de un mes. Tal vez debería ir a comprar un ejemplar de ese libro.

-No -casi fue un grito-. No lo hagas.

-¿Por qué no?

-Entonces sabrías...

Ella experimentó un escalofrío de diversión.

-¿Todos tus secretos?

-Sí. Y conocerás mis movimientos antes de que los lleve a cabo. No sería justo.

-¿No dijiste que, el libro era para parejas? ¿No hay una sección para mujeres?

Él adelantó el labio inferior como un niño enfa­dado y se sopló un mechón de pelo que le había caído sobre la frente. Lo apartó, irritado.

-Sí. Hay una sección para mujeres. Y tal vez lle­guemos a ella. Pero por ahora, ¿te importaría que lo hagamos a mi manera?

Ella se movió molesta en el asiento, deseando no sentirse tan atraída por ese hombre. Y si tenía que enseñarle a seducir a una mujer, al menos le gusta­ría hacerlo en sus términos, y no según la idea que tenía de ello un autoproclamado experto en sexo.

-Tiene descaro ese tal Lance.

-¿Por qué dices eso?

-Imagina a un hombre escribiendo un libro para parejas. ¿Cómo sabe lo que piensan las muje­res? ¿Lo que quieren? ¿Lo que las...?

-¿Excita? -provocó la voz de Nick.

-Exacto.

-Quizá lo preguntó -se encogió de hombros.

Recordó la conversación con Therese y bufó.

-No si es un hombre de carne y hueso -miró a la multitud-. Este sitio empieza a llenarse.

-¿A qué te refieres?

Lo miró sorprendida.

-Que llega más gente que la que se marcha. No es de extrañar un viernes por la noche.

Él movió la cabeza.

-Eso no. Lo que dijiste antes, acerca de que los hombres no les preguntan a las mujeres lo que ellas quieren.

Selena ocultó la sonrisa detrás de la copa.

-Digo que no le preguntan a las mujeres lo que estas quieren. Los hombres sacan conjeturas. Un ejemplo perfecto es un hombre que se hace llamar Lance Flagstaff.

-Un hombre no puede evitar el nombre que tiene.

Se ruborizaba, _______ podía verlo incluso en la luz tenue del bar. Debía de tener una vida amorosa bas­tante sombría si había proyectado tanto en las teo­rías de un libro estúpido. Y hablando de estúpi­dos...

-Lance Flagstaff debe de ser un seudónimo. Cualquier escritor que lo hubiera escogido tiene que estar enamorado de su propia lanza.

-Quizá se trate de una mujer.

-¿Qué? -preguntó con risita asombrada.

-Si es un nombre falso, podría ser una mujer la que escribió el libro. O una pareja.

Ella reflexionó unos segundos.

-Quieres decir, ¿como una especie de broma?

-¿Por qué no?

Recordó haber visto la firma del señor Flagstaff en una revista de mujeres de tirada nacional, que a veces compraba en el supermercado. Ofrecía la perspectiva masculina en citas y sexo. También res­pondía preguntas de los lectores.

-Estoy convencida de que es un hombre. No es un seudónimo que elegiría una mujer o una pareja.

-¿Quieres otra copa? -señaló la copa casi va­cía.

No estaba segura. De hecho, no estaba segura de o que le inspiraba toda esa situación. Saber que él seguía un libro que ella no había leído, la dejaba en desventaja.

-¿Qué más hay en los planes de esta noche? - gesticuló-. ¿Nos quedamos aquí? ¿Vamos a otra parte? ¿Vamos a casa? ¿Qué más pone en el capítulo uno?

-Los besos son opcionales -no dejó de mi­rarla.

-¿Perdona?

-Es lo que pone en el capítulo uno. Los besos son opcionales.

-Oh -se preguntó qué sentía acerca de sus propias opciones y esa extraña cita. Pero no debía olvidar que tenía su propia agenda, único motivo por el que había aceptado ese plan demencial en primer lugar-. ¿Tú quieres otra? -preguntó, ga­nando tiempo para decidir qué deseaba.

-¿Otra qué?

Jamás había conocido a un hombre que pudiera permanecer tan centrado en ella a pesar del ruido del entorno, de las mujeres que pasaban a su lado. Nick no miraba en derredor cada cinco minutos para comprobar si había alguien a quien conocía o que le gustaría conocer. La hacía sentirse la mujer más interesante del local. Y sin importar que fuera un consejo sacado de algún libro ridículo, le resul­taba halagador. Y poco usual.

-Copa.

-No. Vayámonos de aquí.

Ella asintió.

-Hoy me excedí con los ejercicios. Creo que necesitó acostarme pronto.

Al llegar al aparcamiento, el silencio la sorpren­dió. Los oídos aún parecían palpitarle con la música de jazz, las conversaciones y las risas del local.

-Ten cuidado o puedes llegar a lesionarte -in­dicó Nick.

-No estoy en mala forma. Lo que pasa es que quiero tonificarme para la boda -le contó, de pronto tímida ante la intimidad de estar solos en el aparcamiento de cemento.

La brisa le sopló el pelo y trasladó algunos me­chones sobre sus ojos. Él se los apartó y se los aco­modó detrás de la oreja, en un gesto amigable que llevaba implícito algo más.

-Me gustaría volver a verte -dijo, acercándose.

-¿Sí? -se sentía sin aire. Descubrió que antici­paba la sensación de la boca de Nick.

-¿Querrás?

Quizá necesitara un libro para los pasos impor­tantes, pero en la seducción y la conversación ligera era magnífico. Quería pasar más tiempo con él. Sen­tía la atracción que había entre ambos y se pre­guntó cómo serían sus besos, dispuesta a ser generosa en la evaluación.

-Sí -respondió; entreabrió los labios y entornó los párpados.

-Bien -sonó pragmático-.Te llamaré.

-Hazlo -oyó sus propias palabras con voz suave y adormilada, como procedentes de una gran distancia.

Entonces se dio cuenta de que le había pedido volver a salir. Debía de estar recitando líneas del li­bro. Se había equivocado al imaginar que él quería... Santo Cielo, ese libro tenía que ser bueno.

-¿Dónde tienes el coche?

Negándose a comportarse como una necia tarta­muda durante un segundo más, se rehizo mental­mente, abrió bien los ojos y cerró los labios.

-Por aquí.

Nick esperó a su lado mientras quitaba el seguro de la puerta, y luego la sorprendió abriéndosela. Cuando iba a sentarse, la detuvo con una mano en el hombro, por lo que se volvió hacia él.

-Te llamaré -repitió, y luego le dio un beso en la mejilla.

De algún modo, el gesto no encajó con él y pare­ció deliberado.

-¿Eso figura en el libro? -preguntó con seque­dad.

-Sí.

Ella asintió, pensando que iban a ser cuatro se­manas largas y tediosas; luego, se volvió para entrar en el coche al tiempo que pensaba detenerse en el videoclub, para que el viernes no fuera un com­pleto fracaso.

Pero antes de que terminara de formular el pen­samiento, sintió que la hacía girar por completo y plantaba los labios sobre los suyos, calientes y exi­gentes. El pulso se le desbocó y el corazón co­menzó a martillearle. La boca ofreció y poseyó, de modo que se sintió mareada con emociones encon­tradas.

Suspiró y se apoyó en él. Respondió de forma instintiva, hasta que él se apartó, dejándola excitada e insatisfecha.

-¿Eso es...? -comenzó sin aliento.

-Ha sido mi propia interpretación.

______ sonrió. Era evidente que asimilaba con rapi­dez.

-Mejor.
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 2nd 2012, 17:56

AAAYYYYYY DEFINITIVAMENTE ME ENCANTARON LOS CAPS!!! GRACIAS POR PUBLICARLOS... ME GUSTÓ ESA PARTE DE QUE NICK ME PROPONIA TENER ALGO CON ÉL...JEJJEJEE.....Y ME ENCANTÓ LA CITA... LO MEJOR DE TODO FUE EL CALIDO BESO!!! PLEASE TIENES QUE SEGUIRLA!!! ESTÁ GENIAL!!! Y PLEASE PASATE POR MIS NOVES Y COMENTA PORFA.... BYE
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 2nd 2012, 18:15

Nueva Lectora..!!!
Quede encantada con tu nove..!!!
tienes que seguirla....
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 2nd 2012, 19:25

Me encantaron los capitulos!Siguela porfavor,esta novela esta BARBARA Smile

Ame ese ultimo beso Nicholas,sos un sexy inesperto♥

Besos,Eli(:
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 3rd 2012, 14:27

SIGUELA SIGUELA PORFAVOR:)
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 3rd 2012, 21:27

SIGUELE..!!!!!
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 3rd 2012, 21:30

Hola soy nueva xD lectora y novata, siempre he leido de este foro por que creo
que es la RAJA como dicen en chile xD, bueno... siguela, te deseo lo maximo, ah! y
mi nombre es PANCHY flower KAJSKAJSJKASJAKSJAKSASJAKSJ

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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 4th 2012, 04:17

Capitulo 7

-Eres como tu padre.

Primero sintió orgullo al oír esas palabras, y luego culpa. Porque cuando su madre le repetía esas palabras que le había estado diciendo desde la infancia, no lo hacía como cumplido.

En todos los años en los que le había lanzado a la cara la semejanza que tenía con su padre, jamás ha­bía ofrecido una respuesta que la satisficiera y le im­pidiera repetirlas.

-Pásame la mermelada -fue lo único que se le ocurrió durante el almuerzo del sábado en la casa de su madre.

La familia intentaba reunirse más o menos cada semana, y como Stacy, la segunda desde abajo, ha­bía empezado a trabajar los domingos por la noche en la compañía telefónica, habían cambiado la ha­bitual cena de los domingos por el almuerzo del fin de semana. Por lo general era el sábado, para que su madre pudiera asistir al día siguiente a la iglesia.

Roberta Jonas aún era una mujer hermosa, aunque ya no se molestaba en cuidar de su aspecto.

-¿Qué sentido tiene? -diría cuando uno de sus hijos le ponía un juego de maquillaje en el árbol de Navidad o una de sus hijas le sugeriría que fueran de compras-. Nadie quiere mirarme Y si sois inteli­gentes, tampoco querréis que os miren. Ya sabéis adónde conduce eso, y solo representa problemas.

-¿Cómo puedes ser el arquetipo de la madre judía cuando ni siquiera somo judíos? -se quejó Deandra.

Era la mayor de las tres hermanas, y con la que Nick tenía más contacto, la que siempre saltaba en su de­fensa cuando él, el único hombre de la familia, recibía ataques de los demás hombres. O de su padre.

Todas sus hermanas eran preciosas, pero Dean­dra era asombrosa. Un pelo negro y ondulado, una piel blanca como la leche, enormes ojos verdes y la­bios plenos. También era una científico brillante.

-Ja, madres judías. ¿A cuántas madres judías co­noces cuyos maridos se casen por quinta vez?

Nick captó la mirada de Deandra y su hermana hizo una mueca. Habían intentado mantenerla en la ignorancia de la inminente boda de su padre; era evidente que no habían tenido éxito.

-¿Cómo lo averiguaste? -inquirió Nick.

-No gracias a ninguno de vosotros -los miró a todos con expresión de condena.

-Mamá, no queríamos que sufrieras -musitó Stacy.

Era una versión más joven y menos deslum­brante que Deandra, y la única que aún vivía en casa y que permanecía más próxima a su madre.

-No sufre nadie. Solo siento pena por él. De ver­dad. Apuesto que ella es más joven que tú, Deandra. Querrá tener hijos. Recordad mis palabras. ¿Para qué quiere bebés un hombre de cincuenta y tres años? De­bería pasar algo de tiempo con los hijos que ya tiene.

Como tres de los matrimonios de Henry Jonas habían producido hijos, había hermanastros por to­das partes. Se reunían todos los veranos en la ca­baña que tenía su padre en Lummi Island. Una vez más Nick se preguntó cómo un hombre básica­mente decente como su padre podía estropear constantemente una relación, dejando hijos confu­sos a sus espaldas, como restos de un naufragio.

-Esperad hasta que os caséis -su madre movió a cabeza con tristeza.

Ninguno de ellos mostraba el menor indicio de ir a hacerlo. Nick tenía la impresión de que ninguno quería recrear las circunstancias de su propia infan­cia. No significaba que los recuerdos fueran malos, pero tampoco eran excursiones y sonrientes fotos familiares.

Deandra se puso de pie y comenzó a recoger la mesa. Nick se mostró encantado de ayudarla. Cuanto más pronto limpiaran la cocina, más pronto podrían largarse. Quería a su madre, pero escuchar sus quejas solo le producía ardor de estómago. No podía ayu­darla, y cuando lo comparaba con su padre, se ha­llaba indefenso, porque sabía que ella tenía razón.

Era como su padre. Adoraba a las mujeres. Y cuando se aburría con la que estaba, sabía que ha­bría otra a la vuelta de la esquina.

Deandra y él escaparon juntos. La acompañó al coche y se detuvo mientras ella abría la puerta. Pero no entró de inmediato. Lo miró con preocupación en sus hermosos ojos.

-No lo dice en serio... lo sabes -comentó su hermana, apoyando una mano en su muñeca.

-Claro que sí -tomó la mano de Deandra-. Y tiene razón. Pero no hay nada que yo pueda hacer para cambiar lo que papá le hizo a ella... a todos nosotros... no más de lo que puedo cambiar mis propios genes.

Ella asintió y se echó el pelo para atrás.

-¿Vas a ir a su última boda?

-Todavía no me he perdido ninguna. Me pidió que fuera su padrino.

Los ojos de ella reflejaron diversión.

-Tiene agallas. ¿Lo serás?

-Sí, supongo. ¿Tú vas a ir?

-Siempre me digo que no, pero luego voy. Sé que es un asno y que le ha hecho daño a mamá, pero... - suspiró-. Es nuestro padre y no creo que su inten­ción fuera herir a nadie. Es como si no pudiera evi­tarlo.

Nick asintió.

-¿Irás con acompañante?

-Probablemente vaya con Sid.

Sid era un científico de rango en el laboratorio en que ella trabajaba; brillante pero reacio a las fiestas.

Nick experimentó un escalofrío.

-Cada vez que lo veo, tengo la impresión de que planea clonarme o algo por el estilo.

Su hermana rió.

-Palabras de verdadero ególatra. ¿Y tú? ¿Vas a ir con tu última amiga?

-¿Cómo sabes que tengo una última?

-Porque siempre tienes una.

-Se puede decir que estoy viendo a alguien. Quizá le pida que me acompañe. Ya veré -ni si­quiera había pensado en ir acompañado a la boda de su padre hasta que Deandra lo preguntó. Pero de pronto, imaginó a ______ con él. De hecho, había es­tado pensando en ella más de lo necesario desde que se separaron la noche anterior.

El beso que le había dado había sido espontáneo y rápido. No se había apartado de las pautas del ca­pítulo uno, pero por los pelos. Si se hubiera que­dado y jugado con su boca, dándole un indicio de lo que le gustaría hacer con ella... eso habría sido ha­cer trampa. Pero anhelaba tomarse su tiempo para explorar, probar, excitar.

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Al llegar a casa hojeó el libro y descubrió que si lo seguía con precisión religiosa, solo experimenta­ría frustración con un capítulo por semana. De una cosa estaba seguro: no iba a ser capaz de esperar un mes para hacerle el amor a _______.

-¿Hola? -la voz de su hermana lo sacó de la fantasía del capítulo catorce, que había comenzado a cobrar vida en su cabeza: técnicas sexuales avan­zadas-. ¿Dónde estabas?

Parpadeó varias veces.

-Lo siento. Creo que he hecho algo estúpido.

Pasaron unos segundos.

-Bueno, no me he desmayado por el asombro, así que puedes contármelo.

Lo hizo. Deandra era su hermana, pero también una de sus mejores amigas. Y aparte de tenerle fobia a los compromisos, como el resto de sus hermanas, era inteligente acerca de las personas. En realidad, era inteligente en todo.

Soltó una carcajada cuando le describió la es­cena en que el libro cayó delante de _______. Al llegar a la parte en que le plantó un beso con la boca ce­rrada y prometió llamar, su hermana dio la impre­sión de que le costaba aguantarse.

-Y bien, ¿qué te parece? -concluyó.

-Eres un Inexperto Absoluto, ¿sabes? Eso es lo que creo.

-Vamos. Eres científico. Pensé que entenderías lo mucho que quería verificar mi hipótesis.

Le palmeó la mejilla.

-Quieres practicar sexo con tu sujeto de estu­dio. Muy científico.

Él gimió en voz alta.

-Y no quiero esperar cuatro semanas para ha­cerlo.

-Llámala.

-¿Eh?

-En el aparcamiento, después de besarla como si fuera tu abuela enferma, dijiste que la llamarías. Hazlo. Si estás tan ansioso por meter la lengua en su boca, avanza dos capítulos por semana.

-Deandra, ¿te han dicho alguna vez que eres brillante?

-Casi todos terminan por hacerlo -sonrió.

Nick emitió un silbido mientras hojeaba su libro. Estaba casi seguro... ah, sí. Ahí lo tenía, cerca del co­mienzo del capítulo dos.

Un pequeño regalo, un símbolo de considera­ción, para algunos quizá se haya quedado anti­cuado, lo cual está bien para nosotros, porque nos brinda una ventaja. Recordad esto... la flo­rista es vuestra amiga. Nada derrite más el cora­zón de una mujer que una caja llena de flores. Pero sed creativos...

Buscó el número de su floristería preferida en la agenda, y luego se levantó con el teléfono en la mano. ¿Cuántas? Nunca era fácil. Una docena refle­jaba mucho anhelo. Una parecía demasiado escasa. Se decidió por media docena.

La nota para la tarjeta fue fácil. «Pensando en ti». Y ella no podría imaginar lo cierta que era la frase.
Encendió la cafetera y se sentó ante el ordenador portátil en el dormitorio para escribir su columna mensual para Hey, Girl, una revista femenina en la que ofrecía la perspectiva de un hombre acerca del sexo y las citas. Le estaba costando encontrar un tema, y de pronto lo tuvo. «¿Qué intenta decirte cuando te manda flores?».

Repasaba la columna acabada cuando sonó el te­léfono. Comprobó el identificador de llamadas y sonrió. ______.

-Gracias por las rosas. Son preciosas. No tenías por qué haberlas enviado.

Sonaba un poco agitada. Incluso avergonzada.

-Son un pequeño agradecimiento por ayu­darme -y un paso hacia el capítulo cinco. Pero no tenía por qué saberlo.

-De nada -respondió con tono remilgado.

-¿Cómo va el programa de tonificación?

Ella gimió.

-Me estoy matando. Las pesas, la cinta. Y aún no me he puesto con las sentadillas.

-El gimnasio hace que se parezca demasiado a un trabajo -rio-. Deberías salir a dar una vuelta en bici o a correr.

-Probablemente tengas razón. Pero hay un gim­nasio en el instituto donde enseño, aparte de otro en mi edificio, de modo que resulta muy fácil.

Siguiendo un impulso, comprobó en Internet el parte meteorológico para el día siguiente. Soleado, lo que debía de representar una señal.

-¿Qué te parece si te llevo por mi sendero favo­rito mañana? El tiempo va a ser bueno.

-Oh, mmm... no esperaba... no sé ... no esperaba verte hasta el viernes.

Nick puso los ojos en blanco.

-No te invito como una cita, sino como tu en­trenador personal. Es lo más próximo a un profesio­nal médico.

Ella rio entre dientes.

-¿Desde cuándo eres entrenador personal?

«Desde hace cinco segundos», pensó.

-Deberías probarme. Sin ataduras. Incluso nos repartiremos la tarea de los suministros. Tú prepara el almuerzo y yo llevaré el agua.

Una vez más recibió una risita renuente. Esperó y la imaginó sopesando los pros y los contras, hasta que al final aceptó.

-De acuerdo. Pero más vale que me quites un centímetro de cintura.

En su opinión, eso sería un crimen contra la na­turaleza, pero había crecido con demasiadas herma­nas como para haber aprendido a cerrar la boca.

-Pasaré a buscarte a las ocho de la mañana.

-Muy bien.

-Ah, _____. Lleva muchos sándwiches. Tengo mucho apetito.

Luego, abrió el libro para comprobar lo que se suponía que debía hacer en el capítulo dos.

Cuando la convenció de seguir los primeros cua­tro capítulos del libro, se había sentenciado a un mes sin sexo. En su momento no había ni imagi­nado lo mucho que la desearía, del mismo modo en que un hombre babearía por un fruto prohibido.

Como no acelerara el proceso, iba a tirar el libro y olvidarse de su experimento científico. Sin em­bargo, uno de los motivos de desearla tanto era sa­ber que no podía tenerla. La mitad de la diversión de ese experimento radicaba en saber que no era Nick Jonas quien la seducía, sino Lance Flagstaff.

Y hasta el momento, no lo hacía tan mal. Al día si­guiente, cuando la hiciera pasar por el capítulo dos sin que ella lo supiera, sería un instante crítico.

Se comió el sándwich, terminó con un par de manzanas y salió para tomar un poco el aire y quizá comprar algo de comida en el mercado.

Al menos ese apetito podía satisfacerlo.

Pero el más acuciante tendría que esperar. Sin embargo, como un hambriento en un banquete, no estaba tan seguro de lo mucho que podría resistir a medida que adquiriera más intimidad con ______.


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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT    Abril 4th 2012, 04:51

Capitulo 8

El primer pensamiento de ______ nada más des­pertar fue el de que más le valía no romperse una uña durante la caminata, ya que se las estaba de­jando crecer para la boda.

Madrugadora por naturaleza, tuvo el almuerzo preparado, el apartamento ordenado y aún dispuso de tiempo para hacer cien sentadillas... bueno, se­tenta y tres. Pero al llegar a la última, con un gemido interior se prometió que alcanzaría las cien antes de que terminara la semana.

Se tomó tiempo para cambiar el agua de las rosas que adornaban la mesita de centro. Nick se las ha­bía enviado. Era un gesto tan dulce que sonrió, aun­que casi de inmediato se dio cuenta de que debía de haber sacado la idea de ese libro.

Cuando él llamó a la puerta, se encontraba pre­parada. Pero al abrirle, el pulso se le desbocó. No lo había vuelto a ver desde que la besara en el aparca­miento dos noches atrás. El contacto de los labios había sido muy breve, aunque había insinuado tanto que la había dejado confusa y algo vacía. Se hume­deció los labios sin ninguna premeditación, pero los ojos de Nick se oscurecieron al observar ese gesto.

Al darse cuenta de lo que hacía, metió la lengua en la boca.

-¿Nos vamos?

Recogió la mochila y se dirigieron al aparca­miento, donde él la condujo a un todoterreno pol­voriento que gritaba que realmente lo utilizaba en el campo.

-El sendero en el que estoy pensando requiere unas cinco horas para completarse. ¿Te parece bien?

De haber sabido que caminaría cinco horas, se habría saltado las sentadillas. Flexionó los músculos de las piernas y comprobó que aún seguían un poco doloridos por el ejercicio del día anterior. Pero solo quedaban tres semanas para la boda, y su­puso que los músculos le iban a doler casi todos los días.

-Sí, perfecto.

-Me gusta este sendero. Sigue un río y dispone de bonitas vistas al elevarse.

De camino charlaron como si solo fueran ami­gos, pero había una atracción silenciosa, como una corriente de fondo bajo un mar plácido, que sugería algo más que una amistad. Se preguntó si había sido inteligente al dejar que Nick la convenciera para esa excursión.

En cuanto emprendieron la marcha por el sen­dero, de pronto ______ se alegró de haber ido. El aire olía fresco y limpio, a pino y a nueva vegetación. Las flores silvestres se asomaban entre el follaje. El cielo estaba azul con unas pocas nubes blancas y desper­digadas. Los músculos comenzaban a calentarse y a estirarse a medida que caminaban y tuvo que reco­nocer que cinco horas de marcha la ayudarían a quemar bastantes calorías, a tonificarse y a fortale­cer el trasero.

Pájaros, flores, cosas verdes, la vista... Bueno, la vista casi toda se reducía a Nick, que caminaba por delante de ella enfundado en unos pantalones cor­tos... lo que hacía que el paisaje fuera realmente in­teresante.

Aunque a medida que el sendero se empinaba, la vista comenzó a resultar menos agradable. De he­cho, ver avanzar esas piernas musculosas con tanta facilidad comenzó a irritarla.

Tal como había prometido, él llevaba agua. Tenía un cinturón con un bolsillo en cada cadera que contenía una botella de agua.

-Eh -dijo ______-... aunque se pareció más a un resoplido.

Nick no dio la impresión de escucharla. Lo miró con ojos centelleantes.

-¡Eh! -gritó.

-¿Qué sucede?

Se volvió, y pudo ver que ni siquiera jadeaba. O sudaba.

Ella, por otro lado, sudaba como un aspersor de jardín y sentía que las costillas podían reventarle de un momento a otro a medida que respiraba.

-Necesito agua.

Sacó una botella y se la extendió.

-Frenaré el ritmo. Lo siento.

Bebió agradecida.

-No. Está bien -estaría tan delgada y tonificada para la boda, que B.J. no la reconocería. Ja.

-Bebe lo que quieras. Llevo muchas más bote­llas en la mochila.

Después de respirar varias veces para estabili­zarse, con la mano le indicó que continuara, sin de­volverle la botella. Sabía que la iba a necesitar en poco tiempo.

Pasado un rato, notó que el terreno se había nive­lado y que de alguna parte, su cuerpo había obte­nido un despliegue nuevo de energía.

-¿Cómo estás? -preguntó Nick, volviéndose hacia ella.

-Renovada -respondió, gustándole el modo en que la camiseta se le pegaba al torso al girar la cin­tura.

Era evidente que tenía que haber transpirado, ya que se le ceñía a los músculos. Notó que su propio pecho se le contraía ante la visión, e involuntaria­mente imaginó cómo sería sentir la piel desnuda de él frotándose contra la suya. Le pareció que sería algo fantástico. Ese movimiento no revestía nada complicado. Le podría enseñar a dominarlo en un abrir y cerrar de ojos.

Un torso tan estupendo como ese, frotado contra los pechos sensibles de una mujer, le proporciona­ría suficientes exclamaciones para la seguridad que necesitaba. De eso estaba segura.

Se preguntó si estaba dispuesta a dar ese paso adicional por él. Había aceptado besarlo, nada más. Un contacto pectoral era decididamente un añadido, ofrecido desde la generosidad de su cora­zón.
Sin embargo, él se mostraba lo bastante amable como para dedicarse a ser su entrenador personal ese día, de modo que tal vez podía permitirse com­portarse con generosidad.

En vez de dejar que Nick estableciera el ritmo, ella, con su experiencia y con­fianza, debería tomar las riendas. ¿Acaso no era la profesora? No le extrañó haberse sentido frustrada. Era hora de empezar a hacer lo que mejor sabía. En­señar.

Cuando Nick reanudó su andar criminal, decidió pensar en otra cosa. No podía permitirse el lujo de desperdiciar energía en calentar sus zonas eróge­nas. En ese momento necesitaba mantener las pier­nas en marcha y los pulmones respirando. Los im­pulsos sexuales eran el equivalente de un depósito de gasolina con pérdida.

Pasada otra media hora, extrajo el refrigerio que había preparado y comprado, contenta de haber in­cluido algunas chocolatinas.

-¿Cuánto crees que hemos avanzado? -le pre­guntó a Nick. Él se detuvo y se volvió, sacando su botella de agua para beber con profusión.

-Creo que unos cinco o seis kilómetros. ¿Por qué? -metió la mano en la bolsa que ella le ofrecía­

-Quiero estar segura de que me he ganado un puñado de estas cosas -miró en el interior de la bolsa. Los M&M's centelleaban como joyas en el baúl del tesoro de un pirata-. ¿A quién quiero en­gañar? Se trata de un caso de necesidad desespe­rada.
Nick rio entre dientes.

-Vamos. Quedan unos tres kilómetros hasta lle­gar a un bonito sitio para descansar.

Tres kilómetros. Podía conseguirlo. Se recompen­saría. Por cada quince minutos de marcha, se
permi­tiría un caramelo de chocolate.

Tres caramelos más tarde, Nick la sacó del sen­dero principal hasta llegar a un claro herboso que daba al río. Desde allí, podían ver el lugar donde el río formaba una bahía natural y una pradera más grande. Una pareja mayor recogía los elementos de su excursión.

-El sendero principal conduce hasta allí -ex­plicó él-, pero este sitio me gusta más. Es más ín­timo.

Lo miró, tratando de evaluar el significado de sus palabras. Olvidados los pensamientos anteriores para frotarse los pechos, se preguntó si había pla­neado algo personal para ambos. En ese caso, le de­mostraría de inmediato que solo el viernes era el día del Inexperto Absoluto. Cualquier otro día de la semana, esperaba que se comportara como una per­sona normal.

Sin embargo, mientras sacaban el almuerzo que había preparado ella, no se comportó ni remota­mente como un amante. Todo lo contrario. Se mos­tró con una actitud tan informal que ______ no tardó en relajarse por completo.
Suspiró aliviada al tumbarse sobre la hierba ca­lentada por el sol.

-¿Cansada? -preguntó él, estirándose.

-Hace tiempo que no hago senderismo -reco­noció. Sentía los pies palpitantes y rígidos en las bo­tas pesadas. Con rapidez decidió desatárselas y qui­társelas, y luego los calcetines de lana.

Una brisa ligera sopló sobre los dedos calientes; los movió y disfrutó de la sensación casi sexual del sol, la hierba y el aire sobre ellos.

Alzó la vista para descubrir a Nick con los ojos clavados en sus pies, el rostro muy concentrado. Algo en su expresión le atravesó el estómago con una lanza de calor.

Alzó la vista a los ojos de ella y se contemplaron durante un momento silencioso e inmóvil.

______ tragó saliva y quebró el hechizo al alargar la mano hacia la mochila para sacar el almuerzo.

-Espero que te guste el jamón y el queso. No es­taba segura.

-Suena estupendo -parecía mucho menos agi­tado que ella.

Con cuidado de no permitir que su piel la rozara, le alcanzó un sándwich.

Él lo abrió y le dio un mordisco.

-Está bueno. Gracias.

Ella también dio un bocado y se apoyó contra una roca.

Cuando pasaron de las galletas caseras de choco­late a las ciruelas, ______ se había relajado de forma visible. El extraño momento de percepción sexual entre ellos podría no haber tenido lugar jamás. Nick se comportaba como un compañero normal de marcha... un conocido, nada más.

A pesar de lo que apreciaba su discreción, _______ era una firme creyente en los momentos de apren­dizaje... esas oportunidades que surgen de forma natural cuando la lección se retiene porque los estu­diantes tienen la actitud apropiada para aprender.

Y ese parecía uno de esos momentos. Además, ya llevaba pensando en su torso varios kilómetros. Lo miró con los párpados entornados. Todo indicaba que debía aprovechar ese momento perfecto de aprendizaje, en particular cuando notó que le caía un poco de jugo de ciruela por el mentón.

Se acercó hasta que él la miró con las cejas enar­cadas.

-Tienes un poco de ciruela -musitó. Con la vista clavada en los ojos de él, capturó la gota con el dedo pulgar y con suavidad la frotó contra el labio inferior de Nick-. Me encantan las ciruelas -dijo, y lentamente bajó la boca hacia la suya.

Los labios casi se tocaban, y finalmente él pasó la lengua de un extremo a otro del labio inferior.

Mmm. ______ inhaló ciruela y masculinidad antes de encajar la boca contra la suya.

Estaba cálido y tenía un sabor maravilloso. Y tam­bién estaba contenido. Muchos hombres ya la ha­brían tumbado boca arriba y habrían tomado el control del beso, pero Nick no. Bien por inseguri­dad o bien por timidez, la dejó al mando de la situa­ción.

Era una pena desperdiciar semejante oportuni­dad para fomentar la educación de Nick.

Descubrió que le gustaba tener la iniciativa, lo que le brindaba una embriagadora sensación de po­der. En los ojos de él captó una mezcla de pasión y excitación. No pudo resistir el impulso de ir a bus­car más a su boca.

Al tiempo que el calor comenzaba a incremen­tarse en su cuerpo, no paraba de recordar la visión de Nick con la camiseta mojaba perfilándole el torso musculoso. Quería verlo. Necesitaba verlo. Te­nía que hacerlo.

Tras echar un rápido vistazo para cerciorarse de que aún disfrutaban de intimidad, metió una mano bajo la camiseta y tiró.

Nick se incorporó un poco y dobló la espalda para ayudarla. Pero lo que ese movimiento le hizo a sus abdominales, logró que las rodillas de ______ se aflojaran aún más. A medida que la camiseta se ele­vaba, revelaba un pecho de contorno perfecto.

Probablemente era un poco tímido. Ahí debía originarse su problema, porque hasta donde era ca­paz de ver, no tenía ningún defecto. Era magnífico, olía bien y la prueba de su excitación se pegó a ella cuando los sorprendió a ambos y se sentó encima de él.

Pasarle los dedos por el torso no iba a ser sufi­ciente. Su propio pecho anhelaba unirse a la fiesta.

Lo miró.

-Me siento bastante excitada -murmuró y tuvo el placer de observar cómo los ojos de Nick se oscurecían. Lo oyó tragar saliva de forma audible. Arqueando la espalda como una gata al estirarse, dijo-: ¿Lo notas? -la mirada de él bajó a sus pe­chos, donde la sensación compacta y hormigueante le confirmó que los pezones hacían todo lo que po­dían para llamar la atención. Él asintió-. ¿Cómo lo notas?

Él alzó la vista y una mano al rostro de ella.

-Estás acalorada.

¿Lo estaba?

Pasó un dedo por su boca, provocándole una sensación tan inesperada que tembló.

-Tienes los labios inflamados -ella se los hu­medeció y asintió-. El ritmo cardíaco elevado - continuó.

Eso estaba bien. El corazón se hallaba en su pe­cho. Las observaciones de Nick lo guiaban en la di­rección adecuada. ¿Por qué no le tocaba los hormi­gueantes pechos?

-Respiras un poco deprisa.
La inspeccionaba como a una yegua que se pre­parara para competir en el Derby de Kentucky. No obstante, era muy observador.

-Eso es estupendo -comentó ella-. Solo has pasado por alto un síntoma. Bueno, dos -cansada de esperar que captara las insinuaciones eviden­tes de su cuerpo, le tomó las manos y las depositó sobre sus pechos, donde los pezones se tensaban contra la tela de la camisa.

Él los coronó con suavidad y _____ casi gimió. No recordaba la última vez que se había sentido tan... tan sexy. Pero lo único que hacía él era mover las manos, y ella anhelaba mucho más. Era evidente que él aguardaba su siguiente paso, pero ella quería ofre­cerle la confianza de dar uno por cuenta propia.

-Desabróchame la blusa -sugirió con suavi­dad, contenta de haberse puesto una blusa de algo­dón sin mangas en vez de una camiseta.

La miró con ojos ardientes; luego, obedeció y em­pezó a bajar muy despacio. Sin duda se sentía ner­vioso y titubeante, razón por la que se tomaba su maldito tiempo, cuando ella quería que le desga­rrara la tela y la bajara sobre él.

-Deberías llevar un sujetador deportivo -co­mentó Nick al apartar ambos lados de la blusa-. Ofrece mejor sostén.

-Me gusta este. Tiene un acceso más fácil -de­cidiendo que ya era hora de que la profesora vol­viera a tomar el control de la lección, llevó los de­dos al broche frontal y lo abrió, apartando con lentitud las copas para revelarse a él.

Nick clavó la vista en sus pechos como si nunca antes hubiera visto algo semejante. Tras un mo­mento prolongado y silencioso, musitó:

-Gracias.

Echó la cabeza hacia atrás y dejó que el sol le to­cara la cara. Navegaba hacia aguas vírgenes, con los pezones por delante. Una brisa ligera le revolvió el pelo y le excitó el pecho desnudo.

-¿Quieres tocarlos?

-No te haces idea -repuso con voz tan suave como la brisa.

Lo sintió moverse, y luego la calidez de las ma­nos allí donde al aire había sido fresco. Apoyó las suyas sobre las de Nick y le mostró cómo le gustaba ser tocada.

Sintió los dedos debajo de los suyos mientras le presionaban y le frotaban los pechos tal como le gus­taba. Luego, entrelazándolos con los de él, bajó la ca­beza para volver a besarlo, con más profundidad en esa ocasión. Cuando los torsos entraron en contacto, un zumbido bajo comenzó a vibrar en el fondo de su garganta. Era cálido y musculoso. Lo rodeó con los brazos y se aplastó contra el cuerpo duro, sin­tiéndose maravillosa.

Las piernas se enredaron y los pies de ella se apoyaron contra las botas de cuero de Nick. Deci­dió aprovecharse de ello y se empujó arriba y abajo, jadeando ante las sensaciones a medida que los pe­chos sensibles se frotaban contra el vello, los músculos y la piel cálida.

Santo Cielo. Era demasiado parecido a la imita­ción del sexo. Sintió cómo su cuerpo se preparaba para ser penetrada: el hormigueo y la dilatación. Es­taban en un lugar cobijado y los dos se encontraban excitados. Se lo imaginó, lanzándose como un ca­chorro, ansioso y agradecido, y algo en su interior se agitó ante la idea de ofrecerle una lección que lo volvería loco. Pero aun cuando la idea ganaba pre­sencia, unas campanas de advertencia repicaron en su cabeza. No se hallaba preparada para ir más lejos. No había sido su intención incluir un juego sexual en la excursión y, desde luego, tampoco había in­cluido preservativos en el almuerzo.

De pronto, dejó de moverse y trató de encontrar una vía de escape elegante. A pesar de que se afa­naba por permanecer quieta, su pecho se agitaba como si acabara de subir a la carrera esa colina. A Nick le sucedía lo mismo, de manera que incluso sin intentarlo, los pechos no paraban de frotarse. Y era condenadamente agradable.

Él le sonrió y le colocó un mechón extraviado detrás de la oreja.

-Deberíamos irnos. ¿Qué clase de entrenador personal te permite un descanso de dos horas para comer?
Tragándose el asombro de que él pusiera fin a la situación, se obligó a esbozar una sonrisa casual.

-Cierto.

Se cerró la blusa y volvió a calzarse. Nick se me­tió la camisa y juntos recogieron las cosas.

No podía creer que hubiera sido él quien pi­diera tiempo muerto. Había planeado hacerlo ella. ¿Qué clase de hombre, estando con una mujer me­dio desnuda, no se esforzaba por terminar de des­nudarla?

Nick se sentía como un asno. Por el modo en que actuaba, ______ iba a creer que era gay.

¿Qué hombre en su sano juicio no hincaría la rodilla y le suplicaría a ______ _____ todo lo que estaba dispuesta a dar? Con solo haber probado una sola vez sus gloriosos pechos, habría muerto feliz.

Pero si los hubiera lamido una vez, si hubiera sentido contra la lengua un pezón firme y maduro, habría quedado perdido y suplicando.

Eso habría es­tropeado su oportunidad de demostrar que el libro funcionaba.

Y hasta el momento, a pesar del hecho de que sufría de más frustración acumulada que un adoles­cente, tenía que reconocer que el libro funcionaba asombrosamente bien. Por su propia cuenta, ______ se había ocupado ella sola del capítulo dos ese día.

Un vistazo a su semblante confundido y frus­trado lo obligó a contener una sonrisa. Era sorpren­dente, tan generosa, sexy y... dulce.

Se afanaba en impartirle la teoría sin dar la im­presión de que enseñaba, dejándole de esa manera el ego intacto, aunque ella misma estaba destro­zando su autocontrol.

Se preguntó si alguna vez había deseado tanto a una mujer. Intentó recordarlo, pero no lo creyó.

Probablemente se debiera a las restricciones que se había impuesto. Estaba siguiendo el libro, su li­bro, y nunca había anhelado tanto quebrar las reglas del juego.

_______ tomó la delantera en el trayecto de regreso, yendo a tanta velocidad que casi trotaba. No podía culparla. Como se sintiera tan cargada como él, ten­dría mucha energía sexual que quemar.

La dejó, aunque no le resultó fácil ir detrás de ella y contemplar el contoneo de sus caderas, el modo en que el sol se posaba en esas piernas largas y sexys.

No obstante, era mejor centrarse en su retaguar­dia que caer en el ensueño de la visión de su torso medio desnudo y sentir su cuerpo.

Y de lo que huía era de preguntarse qué habría pasado si hubiera seguido su impulso de ponerla boca arriba, lamerle los pechos, bajar la lengua por el estómago plano, desabotonarle los pantalones cortos y. .. No, ese día no pensaba ir por ese camino.

Cuando llegaron al coche, estaba sorprendido consigo mismo. Había tenido a una mujer dispuesta y cálida en los brazos y se había frenado de disfrutar de toda su dulzura por un estúpido libro. Por se­gunda vez en dos semanas, tuvo ganas de darse un mamporro en la nuca por semejante estupidez.

Sexo para inexpertos absolutos solo era un li­bro. Papel y tinta. ______ era de carne y hueso. No po­día dejar de pensar en el sol sobre sus pechos, en los pezones oscuros que lo llamaban como el canto de una sirena. Tenía que verlos de nuevo, tocarlos otra vez, probarlos... y al cuerno el libro.

-______ -llamó.

Ella ni siquiera se volvió.

-Date prisa. He de ir a una tienda -parecía una fumadora empedernida con síndrome de abstinen­cia de nicotina-. Necesito más M&M's.


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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT    Abril 4th 2012, 07:29

Capitulo 9

______ iba de un lado a otro de su apartamento como una tigresa enjaulada.

¡Era ridículo! Solo se trataba de sexo.

Bueno, no era solo sexo. De hecho, no se trataba en absoluto de sexo, y ahí radicaba la fuente de su frus­tración. Deseaba a Nick. El
Señor Despistado que de­tenía la acción más a menudo que una virgen tímida.

Y así como era evidente que lo excitaba, era tan despistado, ambivalente o carente de interés que no tomaba ninguna iniciativa. No le extrañaba que ne­cesitara un libro de autoayuda.

Nunca en la vida había anhelado tanto entrar en los pantalones de un hombre que se empeñaba en mante­nerlos cerrados.

Mientras no paraba de caminar, se preguntó si la palpitación en su vientre sería crónica. Sabía que solo había un tratamiento para su mal. Sexo, ca­liente y sudoroso. Y cuanto antes, mejor.

Al cuerno los capítulos. No pensaba esperar hasta el viernes. ¿Nick quería lecciones sobre cómo complacer a una mujer? Estaba a punto de recibir la más importante de todas.

Ella era una buena profesora y él había demos­trado ser un buen alumno. Era hora de hacer lo que a menudo se hacía con los estudiantes avanzados y de talento. Acelerar sus estudios.

Pero debía planificarlo con cuidado. Los hom­bres eran criaturas visuales. Necesitaba enviarle un mensaje inconfundible de que lo deseaba de la forma más íntima en que una mujer podía desear a un hombre.

Dejó de caminar y esbozo una sonrisa felina.

Entró en el cuarto de baño y abrió los grifos de la bañera. Sacó un aceite esencial de ilang-ilang... un aroma que inspiraba la libido.

Nick iba a recibir una lección que jamás olvida­ría.

***

Nick no había imaginado que pudiera canalizar la frustración en creatividad. La noche anterior ha­bía llegado a casa y, después de que ______ le ofre­ciera un seco «adiós», había luchado consigo mismo hasta que la frente se le perló de sudor. En dos oca­siones había estado a punto de correr a la planta de arriba para aporrear su puerta y mandar al infierno el libro.

Gimió. Nunca en la vida le había dado la espalda a una mujer tan dispuesta para él. Solo un hombre dormido de cintura para abajo podría hacerlo.

Y él distaba mucho de estar dormido. Aún podía sentir el cuerpo de ______ pegado al suyo, la cabeza hacia atrás para disfrutar del sol. Había estado mag­nifica.

Movió la cabeza. Como se quedara en casa, no tardaría en presentarse ante su puerta. Si había lle­gado tan lejos, releería los capítulos tres y cuatro y trataría de encajarlos en esa semana. Para el viernes, abordaría temas más serios, y al llegar al capítulo seis entraría en el Cielo.

Tras darse una ducha rápida, se puso unos vaque­ros negros y una camisa; fue an­dando unas manzanas hasta su bar favorito.

El olor a cerveza se mezclaba con los aromas de las justamente famosas hamburguesas. Laszlo's es­taba lleno con gente que se divertía. Se dirigió hacia la barra en forma de «U», fijándose ya en el número de mujeres que había. Saludó con un gesto de la ca­beza a un par de personas que conocía, encontró un taburete y pidió una cerveza. Uno de los motivos por los que Laszlo's funcionaba era que los clientes tendían a entremezclarse.

Alternaría en un minuto. Por el momento, obser­varía la acción, el juego de seducción que tantas ve­ces había practicado y sobre el que había escrito in­numerables artículos. La cerveza estaba helada y le refrescó la lengua. Escudriñó el lugar en busca de una mujer hacia la que acercarse para entablar con­versación.

Cerca de la puerta, una mujer hermosa captó su atención. Un cabello de una rica tonalidad castaña le caía por la espalda larga y esbelta.

Era alta e in­cluso desde esa distancia irradiaba seguridad. Ade­lantó los hombros y su radar se puso en alerta. Se parecía a... pero incluso al formarse ese pensa­miento, la mujer se volvió para decirle algo al hom­bre que tenía al lado y se dio cuenta de que no era ______. En ese momento supo que nadie más le servi­ría esa noche.

Pidió una hamburguesa, se terminó la cerveza y se marchó.

Al entrar en el apartamento, la energía sexual frustrada crepitaba en su interior, y supo que no iba a dormir. Encendió el televisor, pero nada lo dis­trajo. Decidió hacer cincuenta flexiones de brazos sobre la alfombra, pero luego gimió al darse cuenta de que pensaba en ______ y en los ejercicios diarios que hacía y en lo mucho que deseaba tenerla de­bajo de él en ese momento.

Era demasiado pronto para irse a la cama, y tenía la fuerte impresión de que en el único sitio en el que deseaba estar, una planta y un apartamento más arriba, no sería bien recibido. .

Desesperado por distracción, encendió el orde­nador y abrió el archivo de su novela. Hacía un tiempo que no trabajaba en ella, pero quizá esa no­che lo mantendría centrado en algo que no fuera su deseo físico.

Se sentó y decidió jugar con la novela unas ho­ras. Se trataba de un thriller psicológico, su pro­yecto entre descansos de encargos de revistas y de periódicos. Algún día quizá se lanzara a escribir fic­ción en serio, pero permanecer con lo que conocía representaba un trabajo y un dinero más fáciles.

Releyó los primeros cuatro capítulos, lo único que había escrito hasta el momento, y se vio arras­trado a una serie de asesinatos y al poli quemado al punto del colapso. En ese instante recordó por qué había dejado de escribir después del capítulo cua­tro. Había puesto al pobre desgraciado en un pabe­llón psiquiátrico y no sabía cómo iba a sacarlo...

Permaneció allí, tecleando sin escribir nada, imagi­nando el dilema del héroe. Era un poli que había de­dicado toda su carrera, toda su vida, a respetar y ha­cer cumplir las reglas. En ese momento tenía que quebrantarlas. Debía escapar de la prisión en que sus nociones preconcebidas lo habían metido.

Tenía que salir.

¡Claro! De pronto los dedos volaron sobre el te­clado. No tecleaba con la suficiente rapidez para mantener el ritmo de sus pensamientos.

En algún momento fue consciente de que le do­lía el cuello. Miró el reloj. Eran las cuatro de la ma­ñana. Podría irse a la cama, pero no se sentía nada cansado y el asesino estaba a punto de atacar otra vez. Además, no tenía que ir a ninguna parte al día siguiente. Una de las ventajas de su trabajo era po­der establecer su propio horario. Se levantó, se es­tiró y fue a la cocina a hacer café.

Luego, regresó a trabajar.

Horas más tarde, la cafetera se hallaba vacía. Pre­paró otra.

El tiempo simplemente dejó de importar. El telé­fono sonó un par de veces, pero no le prestó aten­ción. No solo su héroe ardía por recibir justicia, sino que también ardía físicamente por la mujer, en su caso la psiquiatra, que podía salvarlo y condenarlo.

Al final alzó la vista, sintiendo los ojos cansados. Tenía los músculos rígidos por la tortura combinada de haber permanecido sentado demasiado tiempo en la misma posición y de haber luchado con la ten­sión de solucionar unos crímenes y reconciliarse con la salud mental de su personaje principal. Pero delante tenía varios nuevos y sólidos capítulos y un bosquejo para el resto del libro.

Se reclinó en la silla y se frotó los ojos cerrados con las palmas de las manos, cansado pero satisfe­cho. Quizá no tanto como se sentiría después de una noche de sexo apasionado con ______ _____, pero satisfecho en un sentido profundo.

Contempló las palabras que oscurecían la panta­lla y experimentó una oleada de placer. ¿Y si no es­cribía solo por diversión? ¿Y si estaba escribiendo una obra que podía colocar en el mercado?

Se puso de pie, dominado por una sensación irreal de atemporalidad. Desde la universidad no se que­daba trabajando toda la noche. Miró la hora. Las siete. Por un extraño momento, pensó que eran las siete de la mañana, pero luego se dio cuenta de que eran las siete de la tarde. Había trabajado más de veinticuatro horas. Alimentado por café y frustración sexual.

Sonrió con expresión bobalicona. Unas semanas más de intentar mantenerse alejado de la mujer que tenía arriba, y dispondría de toda una serie de nove­las de crímenes.

Su estómago le indicó que necesitaba una co­mida decente, una ducha y dormir, pero los vesti­gios de energía nerviosa aún crepitaban en su inte­rior y algunas de las escenas que había escrito permanecían como imágenes oníricas en su mente. Después de tantas horas sentado, necesitaba movi­miento.

Se puso la ropa para correr y salió a la calle, sin­tiéndose como un viajero de larga distancia que acabara de abandonar un avión para desembarcar en un entorno exótico. Su cuerpo podía seguir en Seattle, pero su mente todavía se encontraba en el libro. Emprendió la carrera y se dio cuenta de que en algún momento había llovido, ya que las calles se hallaban húmedas y resbaladizas, y en el cielo había nubes negras que presagiaban más lluvia.

Mientras avanzaba por la noche, supo que necesi­taba que el villano descubriera lo que Nick, el autor, ya sabía. Que su héroe poli dependía de los hábitos para funcionar. Si se apartaba de ellos, quedaba sus­tancialmente debilitado.

¿Cómo proporcionarle esa información al villano de un modo que el lector aceptara? De pronto era importante lo que el lector pensara, ya que en algún momento de la noche, la novela había pasado de ser su pequeña afición a la siguiente fase en su carrera.

En el libro había una mujer, naturalmente. La psi­quiatra que ayudaba al poli. Así como antes había carecido de sustancia como personaje, durante la noche había llegado a combinar la intensa concen­tración de Deandra, el aspecto de ______ y la obstina­ción de su madre. En su doctora ficticia había más de ______ que la simple apariencia. Había intentado impregnar a su personaje con los sentimientos in­natos de respeto por la gente y el deseo de ayudar que Selena había exhibido en sus «lecciones».

Emprendió el regreso a casa deseando no haber ido tan lejos. Se mantenía literalmente con café y adrenalina, y ambos depósitos se hallaban casi va­cíos.

Nunca se había sentido tan complacido de ver el edificio donde vivía. Temblando por la fatiga y el hambre, se arrastró por la puerta, se metió en la du­cha, se afeitó y decidió que se ofrecería una buena cena antes de meterse en la cama.

El teléfono sonó mientras se dirigía hacia la puerta de salida, sin saber si decidirse por un entre­cot o pasta. Miró el indicador de llamadas con la in­tención de no contestar, pero alzó el auricular al ver que se trataba de ______.


-¿Hola? -la voz le sonó oxidada después de más de veinticuatro horas sin hablar.

-Nick, soy ______.

La voz le sonaba rara y, después de pasar la no­che con un asesino retorcido y sádico, el corazón le martilleó en el pecho.

-¿Va todo bien?

-Necesito que subas. Ahora -fue lo único que dijo ella antes de cortar.

-¿______? -gritó antes de soltar el aparato y co­rrer hacia la puerta. Subió los escalones como nunca en la vida lo había hecho y alcanzó la puerta de ella en menos de un minuto después de la llamada-. ¿______?

Llamó con fuerza a la puerta y esta se abrió un poco. Su cerebro asustado se dio cuenta de que ha­bía un zapato en el marco que le impedía cerrarse.

Entró y deseó disponer de algo más que las ma­nos desnudas como arma. De algún modo, en su ce­rebro agotado había sabido que el asesino iría en pos de la psiquiatra como el modo más seguro de destruir al poli. Nick debía detenerlo.

Necesitó de uno o dos segundos para que el pá­nico se mitigara y el asombro ocupara su lugar.

______ _____ se hallaba en el centro del salón de su apartamento. Había velas diseminadas por el lu­gar y el aire estaba impregnado con un aroma exó­tico.

Se oía una música suave, pero todo eso se regis­tró en su cerebro de forma brumosa.

Porque ______ se encontraba espectacular y glo­riosamente desnuda.
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 4th 2012, 15:27

Hola!
New Reader ( : Te juro que cuando empecé a leer el primer capitulo no pude parar más Neutral Me fascina tu novela!
Por fa sigue subiendo capitulos PLEASE!!!!!! Very Happy
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 4th 2012, 19:56

NUEVA LECTORAAAAAAAAA, DIOS AMO TU NOVELA, ES PERFECTA AJKSJKAKS ENSERIO LA TENES QUE SEGUIR, LA AMO LA AMO POR FAVOR SIGUELA
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 4th 2012, 21:31

Wow wwow siguela
Esta muy muy buena Smile
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 5th 2012, 23:10

O:
Tienes que seguirle
Esta buenisima..!!!!!
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MensajeTema: El Mejor Amante Nick y Tu HOT    Abril 7th 2012, 05:37

Capítulo 10

No había suficiente combustible en el cuerpo de Nick para alimentar tanto a su cerebro como a su entrepierna. Como era un hombre con las priorida­des claras, toda la sangre bajó a su pene al contem­plar ese cuerpo iluminado por las velas.

Por desgracia, ese torrente de sangre a su entre­pierna causó un racionamiento inmediato de ener­gía en el resto de su cuerpo. Incluso al dar un paso hacia esa mujer atractiva y desnuda, ante sus ojos bailaron unos puntos, que luego comenzaron a co­nectarse hasta que su visión se desvaneció como cuando se apaga la pantalla de un monitor.

-Nick -dijo ella al ver que su rostro palidecía y que trastabillaba-. ¡Nick!

Puso los ojos en blanco y cayó al suelo como un árbol talado.

Despertó con náuseas y un dolor cegador en la cabeza. Su visión necesitó unos segundos para ada­ptarse, de modo que permaneció tendido, muy quieto, en el suelo de _____.

-¿Te encuentras bien? -preguntó ella, ponién­dose de rodillas a su lado.

Le dolían los globos oculares, pero los movió, solo para descubrir que ______ se había puesto una bata durante su momento de inconsciencia.

No supo cuál de los dos se sentía más abochor­nado.

-Me habría sentido más contento si hubiera caído a través del suelo hasta el salón de mi vecino.

Ella sonrió y el rubor se mitigó un poco.

-Fue culpa mía. Supongo que te sorprendí -se ajustó más el cinturón de la bata.

No podía seguir en el suelo, mirándola. Con la es­peranza de no volver a humillarse, se apoyó en un codo y se sentó.

-Vaya. Lo siento. Anoche no dormí. No he co­mido en todo el día. Solo he bebido café y luego salí a correr y. .. bueno, lo siento.

Lo había llamado por un motivo, y a pesar de lo embotado que tenía el cerebro, no hacía falta ser un genio para descubrir que ella había tenido una se­ducción en mente. Un rápido vistazo le indicó que eso había quedado descartado. Y casi con toda segu­ridad para siempre.

-De los hombres que me han visto desnuda, eres el primero que se ha desmayado. ¿Lo haces a menudo?

¿Desmayarme? ¡No me desmayé! Perdí... el co­nocimiento. Es la primera vez. Ahora me voy a arras­trar de vuelta a mi apartamento, voy a comer y luego pensaré en tirarme por la ventana.

-Solo estás en el segundo piso.

-Menos mal. Si estuviera más alto, podría ma­tarme. Solo busco un gesto redentor, no la otra vida.

Ella sonrió y pareció debatirse consigo misma.

-Se te ve pálido de verdad. Tengo algo de pasta que podría darte. ¿Te ayudaría?

Lo embargó la gratitud. No iba a propinarle una patada en el trasero. Se incorporó sobre piernas temblorosas.

-Eres una mujer única y maravillosa -le alzó la mano izquierda y le besó los nudillos.

______ no supo qué la había impulsado a ofrecerle la cena. Quizá fuera la expresión avergonzada que tenía al mirarla, o tal vez una sensación de culpabilidad por haber preparado un acto tan manifiesto de seducción antes de que él se hubiera graduado del capítulo dos del manual de sexo. La sobrecarga de información de­bía de haberle producido un cortocircuito.

Si no resultara tan humillante, sería más bien gra­cioso. Bueno, si le pasara a otra persona.

Sabiendo que no podía seguir con la bata cuando ambos eran muy conscientes de que debajo no lle­vaba nada más, introdujo en el horno la lasaña que había preparado antes y, con una excusa apenas co­herente, corrió al dormitorio a vestirse. Esperaba que Nick jamás imaginara que su intención había sido que la comieran después de hacer el amor, no después de haberlo reanimado.

Se puso unos vaqueros y un jersey suelto de al­godón, y salió para darse cuenta de que el aparta­mento seguía iluminado por la luz de las velas. Con gesto casual, encendió unas luces.

-No estás enfermo, ¿verdad? -se le pasó por la cabeza apoyar una mano en su frente, pero tal como iba la velada, eso podía dejarlo en coma.

-No -movió los hombros-. Solo estoy can­sado. Te he dicho que no dormí anoche.

-Cierto -fue a la cocina-. Ya lo has mencio­nado.

Se preguntó qué o quién lo había mantenido des­pierto cuando no cejaba en rechazar sus seduccio­nes. En vez de ofrecerle un plato de lasaña, debería echárselo por la cabeza.

Él debió de adivinarle parte de esos pensamien­tos, porque al seguirla hacia la cocina, explicó:

-Estuve trabajando.

______ había leído sus artículos en el diario local. Escribía sobre política regional y noticias corrientes. Recordó que también le había dicho que escribía discursos y preparaba informes anuales. No podía imaginar que esos temas lo mantuvieran despierto toda la noche.

No era asunto suyo. Estúpidamente se había ofrecido a alimentarlo, y eso haría. Luego, lo enviaría de vuelta abajo con el estómago lleno.

-Claro.

Él movió los dedos sobre la encimera, alargó la mano y la apoyó sobre la de _

-Escucha, si te cuento una cosa, ¿guardarás el secreto?

Se ganaba la vida enseñando a adolescentes. ¿Tan ingenua la consideraba?

-Eso dependería del gran secreto.

La miró con expresión indecisa. Ella se soltó y comenzó a cortar rebanadas del pan fresco italiano que había comprado antes. Depositó una cesta de­lante de él y devoró una pieza.

-Estoy escribiendo una novela -expuso mien­tras comenzaba con la segunda rebanada.

-Una novela.

-Sí. Y tú eres la primera persona a la que se lo he contado.

-¿Y cómo se llama esa novela? -lo vio vacilar. «¡Ja! ¡Te he pillado!».

-Prisioneros de la mente -rodeó la encimera por detrás de ella, abrió el cajón de los cubiertos y sacó dos cuchillos, dos tenedores y dos cucharas-. Sé que ese título apesta, pero es algo con lo que tra­bajar por ahora. ¿Qué te parece?

Cualquiera se podía inventar un título.

-¿De qué trata el libro? -abrió el cajón próximo al de los cubiertos y le pasó dos manteles individua­les y dos servilletas.

Nick regresó a la pequeña mesa y se tomó su tiempo para ponerla.

-Cuesta hablar de él, ¿sabes?

-Apuesto que sí.

Puso la mesa como si apenas se diera cuenta de que lo hacía.

-Pensé que iba a ser una novela normal de mis­terio. De hecho, no empecé con la intención de es­cribir una novela. Solo jugaba con algunas ideas. Aunque entonces me metí en la cabeza de ese poli. Es el héroe. Pero la está perdiendo. El caso en el que se halla involucrado lo tiene trastornado. Empieza a tener dificultad en reconocer la línea que hay entre la fantasía y la realidad, y mientras tanto el asesino comienza a jugar con su mente. Aún no he desarro­llado esa parte. Nils no es un muñeco.

-¿Nils?

-Es el nombre del asesino.

-Nils. Nada.

Sonrió como si ella hubiera dicho lo más inteli­gente que él hubiera oído jamás.

-Exacto. En algún momento, Jenkins, el poli, ni siquiera está seguro de que el villano sea real.

Los ojos le ardían de entusiasmo y Nick com­prendió que lo había juzgado mal. Estaba escri­biendo esa novela.

Puso el pan en la mesa entre ellos y... ya sabía que había planeado seducirlo, de modo que bien podía saberlo todo. Sacó la ensalada de la nevera. Le entregó una botella de chianti, un sacacorchos y un par de copas de vino.

Él la miró pero guardó silencio, lo cual le agrade­ció. También apagó algunas luces y llevó un par de velas a la mesa.

-Sé que suena estúpido. Todo el mundo piensa que puede escribir un libro, pero...

-Creo que es fantástico. Qué manera tan estu­penda de extender tu mente y tu creatividad. Ade­más, nunca se sabe. Podría ser bueno. Ya suena inte­resante. Me encantan los thrillers psicológicos. ¿Has leído...?

Cuando la lasaña estuvo lista, se hallaban enfras­cados en una discusión animada acerca de los libros que les gustaban y los escritores que preferían.

-¿Y qué me dices de ti? -preguntó Nick mien­tras empezaba con el helado-. ¿Siempre quisiste ser profesora?
Ella lo miró desde el otro lado de la mesa. El he­lado estaba frío y dulce en su lengua. Qué asom­broso que después de la debacle del plan de seducción, se sintiera absolutamente relajada y pudiera hablar de sus planes de vida con ese hombre.

-Sí. Siempre. Fui la hija mayor; a menudo jugá­bamos a la escuela, y desde luego, yo era la maestra. Mis hermanos ya sabían leer y escribir cuando en­traron en primer grado.

-Debe de ser algo innato.

______ se encogió de hombros.

-No lo sé. Yo también aprendo a medida que avanzo, pero me esfuerzo por mantenerlo intere­sante. Si no lo sé todo sobre un tema, trato de con­seguir la presencia de un experto -de pronto lo miró fijamente-. De hecho, ahora mismo estoy en la parte del programa dedicada al periodismo, y pensaba llevar a un periodista de verdad. ¿Te gusta­ría ser nuestro conferenciante?

-¿Yo? -la miró con las cejas enarcadas.

-Claro, ¿por qué no?

-No soy un periodista habitual, trabajo como autónomo.

-¿Y qué? Eso no importa. Incluso tendrás una experiencia más amplia. Por favor, di que irás.

Nick la miró y se preguntó si aún se mostraría deseosa de que le hablara a sus impresionables estu­diantes de instituto si supiera que escribía para di­versas publicaciones bajo el seudónimo de Lance Flagstaff.

Bebió un sorbo de vino, convencido de que si no estuviera tan cansado habría podido idear una ex­cusa decente para no hablarle a su clase. Necesitaba dormir.

Pero si había una mujer en el mundo a la que le debía un favor, esa era ______.

Ella todavía lo miraba con expresión expectante. Mientras nadie más supiera que era Lance Flagstaff, no había peligro de que pudieran acusarlo de co­rromper unas mentes jóvenes. Se encogió de hom­bros.

-Si de verdad quieres que lo haga, cuenta con ello. Mi horario es flexible. Comunícame cuáles son las horas de clase y pensaremos en algo.

Los labios plenos de ______ se separaron en una sonrisa cálida.

-Gracias, Nick. De verdad te lo agradezco.

Hubo una pausa y sintió los párpados tan pesa­dos que supo que tenía que irse antes de estropear la imagen que tenía de él al desplomarse sobre el helado. Se puso de pie.

-¿Te ayudo con los platos?

-No, gracias.

Se puso de pie, se dirigió hacia la puerta, se la abrió y retrocedió otra vez hacia la zona de ningún beso de buenas noches­

-Gracias por la cena -se volvió hacia ella.

-De nada.

De pronto, la atmósfera se tensó y Nick pensó que debía de haber algo que pudiera decir para ali­viarla.

-Bueno -se adelantó ______-. Buenas noches.

Ser un ******* nunca lo había matado. Tenían que ir más allá de ese punto.

-¿Volveré a verte desnuda alguna vez?

En los ojos de ella ardió furia y un poco de dolor.

-No en esta...

Él la cortó antes de que pudiera terminar, sa­biendo que no quería que hiciera afirmaciones que no tenía intención de dejarla cumplir. La asió por los hombros y la acercó a él, besándola con ardor para cortarle las palabras, y luego suavizando la pre­sión hasta que la protesta se convirtió en un sus­piro.

Se tomó su tiempo para saborear la suavidad de ella y sentir cómo la resistencia corporal se desva­necía lenta, lentamente. En un plano profundo de comunicación, con los labios y con la lengua le transmitió lo mucho que la deseaba al tiempo que le permitía sentir la excitación de su cuerpo.

Se apartó despacio y disfrutó con la expresión le­vemente aturdida en el rostro acalorado de ______. Si no se encontrara mucho más allá de la extenuación y supiera que no iba a quedar peor si intentaba lle­varla a la cama, en ese momento haría justo eso.

Ella susurró despacio, como si la palabra fuera una carta que hubiera olvidado que sostenía:

-Vida.

-No cuentes con ello -replicó antes de mar­charse.



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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 7th 2012, 12:44

ME ENCANTO EL CAPITULO AKSJKAJSKAJKSJA NECESITO OTRO ENSERIO AAKSJAKJSKAJS POR FAVIR SIGUELA PRONTO
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 7th 2012, 19:38

Jajajajajajaja naaah Nick,no te podes desmayar!Jajaja que risa por dios!Jajaja cayo durito al sueloo!Jajajaja :')

Me encanto este capitulo,me rei mucho jajajaja.Ojala la sigaas Very Happy

Besos,Eli(: jajajajaja hay Nick♥
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Abril 7th 2012, 22:27

Siguela esta muy muy muy buena Smile
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MensajeTema: Re: El Mejor Amante Nick y Tu HOT Terminada   Hoy a las 20:01

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