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 La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/

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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 15th 2012, 22:57






Hola soy Martha, vengo con esta nueva novela.
Es muy tiempo antiguo pero muuuuuuuuuuuuuuy buena, ustedes lo sabrán cuando la lean.
Tengo otra novela en esta sección "Pasada Traición" pasense a verla xD














Sipnosis









Inglaterra, 1501. Toda Inglaterra se regocijó con la boda de ambos, pero _________________ juró que su esposo sólo la tendría por la fuerza. Ante el florido altar, el primer contacto entre ambos encendió en ellos una pasión ardiente. Joe Montgomery miró al fondo de aquellos ojos dorados y se consumió de deseo por ella... pero ya había entregado su corazón a otra.
Humillada y sola en un castillo desconocido, _________________ resolvió odiar a ese esposo que tomaba su cuerpo, pero rechazaba su alma... sin admitir jamás su temor de perderlo. Pero el destino reservaba otro final para su historia... un final que comprometería aquella
promesa fugaz.










No quiero "Fantasctoras" (Lectoras Fantasmas)
¿La sigo? (A la 3era lectora pongo capítulo xD)











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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 16th 2012, 15:53

¡Dios Mio!
Mujer, eres una GENIA leyendo todo tipo de novelas. Solo mira esta.
Dios santo, sabes que novela subir y todo.
Esa trama, ME ENCANTÓ.
Solo siguela, ¿Si? ¡Prontoooooooooo!
Ya quiero leer el primer capitulo, prologo, lo que sea.
¡Solo sigueeeeee!
Bye.,
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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 17th 2012, 19:04
















Prólogo













_________________ Revedoune miró a su padre por encima de las anotaciones contables. A su lado estaba Helen, su madre. La muchacha no sentía miedo alguno de aquel hombre, pese a todo lo que él había hecho, de año en año, para atemorizarla. Le vio los ojos enrojecidos, rodeados de grandes ojeras. Ella sabía que aquel rostro desolado se debía al dolor de haber perdido a sus amados hijos varones: dos hombres ignorantes y crueles, réplicas exactas del padre.
_________________ estudió a Robert Revedoune con una vaga curiosidad. Normalmente no dedicaba tiempo alguno a su única hija mujer. De nada le servían las mujeres desde que, tras la muerte de su primera esposa, la segunda, una mujer asustada, no le había dado más que una hembra.
–¿Qué quieres? –Preguntó ella con calma.
Robert miró a su hija como si la viera por primera vez. En realidad, la muchacha había pasado casi toda su vida escondida, sepultada con su madre en habitaciones aparte, entre libros y registros de contabilidad. Notó con satisfacción que se parecía a Helen a la misma edad, _________________ tenía esos extraños ojos dorados que volvían locos a algunos hombres, pero que a él le resultaban inquietantes.
El pelo era de un fuerte tono rubio rojizo. La frente, amplia y enérgica, al igual que el mentón; la nariz, recta; la boca, generosa. “Sí, servirá”, se dijo. Esa belleza se podía aprovechar con ventaja.
–Eres lo único que me queda –dijo con voz cargada de disgusto –Te casarás y me darás nietos.
_________________ le clavó la vista, espantada. Desde un principio Helen la había educado para el convento. No se trataba de una piadosa instrucción de plegarias y cánticos, sino de enseñanzas muy prácticas, que le permitirían desempeñar la única carrera posible para una mujer de la nobleza. Podría llegar a abadesa antes de los treinta años. Las abadesas se diferenciaban tanto de la mujer vulgar como el rey de un siervo; mandaban sobre tierras, propiedades, aldeas y caballeros; compraban y vendían según su propio criterio; hombres y mujeres las consultaban por igual, buscando su sabiduría. Las abadesas daban órdenes y no estaban a las de nadie.
_________________ sabía llevar los libros de grandes propiedades, dictar sentencias justas en caso de disputas y calcular el trigo necesario para alimentar a determinada cantidad de personas. Sabía leer y escribir, organizar la recepción de un rey y dirigir un hospital: todo cuanto necesitaba le había sido enseñado. Y ahora se esperaba de ella que dejara todo eso para convertirse en la sierva de un hombre cualquiera.
–No lo haré.
La voz era serena, pero esas pocas palabras no habrían resonado más si se las hubiera gritado desde el tejado.
Por un momento, Robert Revedoune quedó desconcertado.
Ninguna mujer lo había desafiado nunca con tanta firmeza. En verdad, de no haber sabido que se trataba de una muchacha, habría confundido su expresión con la de un hombre. Cuando se recobró de la sorpresa, abofeteó a _________________, arrojándola al otro extremo del pequeño cuarto. Aún tendida en el suelo, con un hilo de sangre corriéndole desde la comisura de la boca, ella lo miró sin rastro de miedo en los ojos; sólo había en ellos disgusto y una pizca de odio. Él contuvo la respiración por un instante; en cierto modo, aquella muchacha casi lo asustaba.
Helen se lanzó hacia su hija sin pérdida de tiempo. Agazapada junto a ella, extrajo de entre sus ropas una daga de mesa. Ante aquella escena primitiva Robert olvidó su momentáneo nerviosismo. Su esposa era de esas mujeres a las que él conocía bien. Pese a la apariencia externa de animal furioso, en el fondo de los ojos se le veía la debilidad.

En cuestión de segundos la aferró por el brazo y el cuchillo voló al otro lado de la habitación. Sonriendo ante su hija, sujetó el antebrazo de la mujer entre sus poderosas manos y rompió el hueso como si fuera una ramita.
Helen se derrumbó a sus pies sin decir una palabra.
Robert miró a su hija, que seguía tendida en el suelo, sin poder comprender aquella brutalidad.
–¿Y ahora, qué respondes, muchacha? ¿Te casarás o no?
_________________ hizo una breve señal de asentimiento y acudió en ayuda de su madre inconsciente.























Capítulo 1











La luna arrojaba sombras largas sobre la vieja torre de piedra, de tres pisos de altura, y parecía mirar con cierto cansancio ceñudo la muralla rota y medio derrumbada que la rodeaba. Aquella torre había sido construida doscientos años antes de aquella húmeda noche primaveral de 1501, en el mes de abril. Ahora reinaba la paz; ya no hacían falta las fortalezas de piedra. Pero ese no era el hogar de un hombre trabajador. Si su bisabuelo había habitado la torre en tiempos en que semejantes fortificaciones tenían sentido, Nicholas Valence pensaba, cuando estaba lo bastante sobrio como para pensar, que la vivienda también era buena para él y las generaciones futuras.
Una gran caseta de guardia vigilaba las murallas medio derruidas y la vieja torre. Allí dormía un custodio solitario, con el brazo alrededor de una bota de vino medio vacía. Dentro de la torre, la planta baja estaba sembrada de perros y caballeros dormidos. Las armaduras se amontonaban contra los muros, desordenadas y herrumbrosas, entremezcladas con los sucios juncos que cubrían las tablas de roble.
Tal era la finca de Valence: un castillo pobre, anticuado y de mala fama, objeto de chistes en toda Inglaterra. Se decía que, si las murallas fueran tan fuertes como el vino, Nicholas Valence estaba en condiciones de rechazar el ataque de todo el reino. Pero nadie lo atacaba. No había motivos para hacerlo. Muchos años antes, Nicholas había perdido casi todas sus tierras ante caballeros jóvenes, ansiosos y pobres, que acababan de ganarse las espuelas. Sólo quedaba la torre antigua (que, según la opinión unánime, debería haberse derribado) junto con algunas alejadas tierras de cultivo que servían de sostén a la familia.
En el piso más alto había una ventana iluminada. Ese cuarto estaba frío y húmedo; la humedad nunca abandonaba los muros, ni siquiera en medio del verano más seco. Entre las piedras brotaba el musgo y por el suelo se escurrían sin cesar pequeñas sombras reptantes.
Pero en ese cuarto estaba toda la riqueza del castillo, sentada ante un espejo.
Alice Valence se inclinó hacia el cristal y aplicó un oscurecedor a sus pestañas cortas y claras. Se trataba de un cosmético importado de Francia. Se echó hacia atrás para analizarse con aire crítico. Era objetiva con respecto a su apariencia personal; conocía sus puntos fuertes y sabía usarlos para mayor ventaja.
Vio en el espejo un pequeño rostro oval, de facciones delicadas, boca pequeña, como botón de rosa; nariz recta y fina. Los ojos grandes y almendrados, de color azul intenso, eran su rasgo mejor. Enjuagaba siempre su cabellera rubia con jugo de limón y vinagre. Ela, su doncella, hizo caer un mechón muy claro sobre la frente de su señora y le puso una capucha de grueso brocado, bordeado por una ancha franja de terciopelo anaranjado.
Alice abrió la boca para echar otra mirada a sus dientes. Eran su punto flojo: torcidos y algo salientes. Con el correr de los años había aprendido a mantenerlos ocultos, a sonreír con los labios cerrados, a hablar con suavidad y sin levantar del todo la cabeza. Ese amaneramiento era una ventaja, pues intrigaba a los hombres, haciéndoles pensar que ella no tenía noción de su propia belleza y que podrían despertar esa tímida flor a todos los deleites del mundo.
Se levantó para alisarse el vestido sobre el cuerpo esbelto. No tenía muchas curvas. Sus pequeños pechos descansaban sobre una estructura recta, sin forma en las caderas ni en la cintura. A ella le gustaba así: su cuerpo parecía pulcro y limpio comparado con el de otras mujeres.
Lucia ropas lujosas, que parecían fuera de lugar en ese miserable ambiente. Sobre el cuerpo llevaba una camisa de hilo tan fino que se lo hubiera tomado por gasa. Después, un rico vestido, del mismo brocado que la capucha, con gran escote cuadrado y corpiño muy ceñido a la delgada silueta.
La falda era una suave y graciosa campana. El brocado azul estaba bordeado de blancas pieles de conejo que formaban un ancho borde y puños amplios en las mangas. Le rodeaba la cintura una banda de cuero azul, incrustada de grandes granates, esmeraldas y rubíes.
Alice continuó analizándose, en tanto Ela le deslizaba un manto de brocado forrado de piel de conejo sobre los hombros.
–No puede reunirse con él, mi señora. Justamente ahora que usted va a...
–¿A casarme con otro? –Preguntó Alice, en tanto se sujetaba el pesado manto a los hombros. Se volvió para mirarse en el espejo, complacida por el resultado. La combinación de azul y anaranjado resultaba muy llamativa. Aquel atuendo no le permitiría pasar inadvertida –¿Y qué tiene mi casamiento que ver con cuanto yo haga ahora?
–Usted sabe que es pecado. No puede ir al encuentro de un hombre que no es su esposo.
Alice dejó escapar una risa breve, mientras acomodaba los pliegues del manto.
–¿Quieres que salga al encuentro de mi prometido, del querido Edmund? –Preguntó con mucho sarcasmo.
Antes de que la doncella pudiera contestar, continuó: –No hace falta que me acompañes. Conozco el trayecto y, para lo que voy a hacer con Joe, no hace falta nadie más.
Ela no se escandalizó; estaba al servicio de Alice desde hacía mucho tiempo.
–No, iré. Pero sólo para cuidar de que tú no sufras daño alguno.
Alice ignoró a la anciana, tal como la había ignorado toda la vida.
Tomó una vela del pesado candelabro puesto junto a su cama y se acercó a la puerta de roble, reforzada con bandas metálicas.
–Silencio, entonces –dijo por encima del hombro, al tiempo que hacía girar la puerta sobre las bisagras bien aceitadas.
Recogió el manto y la falda para cargarlos sobre el brazo. No pudo dejar de pensar que en pocas semanas abandonaría aquella decrépita torre para vivir en una casa: la casa solariega de Chartworth, construida con piedra y madera y rodeada de altas murallas protectoras.
–¡Silencio! –Ordenó a Ela, cruzando un brazo ante el blando vientre de la mujer.
Ambas se apretaron contra la húmeda pared de la escalera. Uno de los guardias de su padre cruzó a paso torpe allá abajo, se ató las calzas y reanudó la marcha hacia su jergón de paja. Alice se apresuró a apagar la vela, rogando que el hombre no hubiera oído la exclamación ahogada de Ela. La quietud negra y pura del viejo castillo las envolvió a ambas.
–Vamos –susurró Alice, sin tiempo ni deseos de prestar oídos a las protestas de su doncella.
La noche era clara y fresca. Tal como Alice esperaba, había dos caballos preparados. La joven, sonriente, se lanzó sobre la silla del potro oscuro. Más tarde recompensaría al palafrenero que tan bien atendía a su señora.
–¡Mi señora! –Gimió Ela, desesperada.
Pero Alice no se volvió; sabía que Ela era demasiado gorda para montar sin ayuda. No estaba dispuesta a perder siquiera uno de sus preciosos minutos con una vieja inútil, considerando que Joe la esperaba.
La puerta que daba al río la habían dejado abierta para ella. Había llovido horas antes y el suelo aún estaba húmedo, pero en el aire flotaba un toque de primavera. Y con él, una sensación de promesa... y de pasión.
Una vez segura de que los cascos del caballo no serían oídos, Alice se inclinó hacia adelante, susurrando:–Anda, mi demonio negro. Llévame hasta mi amante.
El potro hizo una cabriola para demostrar que comprendía y estiró las patas delanteras. Conocía el camino y lo devoró a una velocidad tremenda.
Alice sacudió la cabeza, dejando que el aire le refrescara las mejillas, en tanto se entregaba al poder y la fuerza de la magnífica bestia.
Joe, Joe, Joe, parecían decir los cascos, al tronar por el camino apisonado. En muchos sentidos, los músculos de un caballo entre sus muslos le hacían pensar en Joe. Sus manos fuertes sobre la piel, su potencia, que la dejaban débil de deseo. Su rostro, el claro de luna brillando en sus pómulos, los ojos brillantes hasta en la noche más oscura.
–Ah, dulzura mía, con cuidado ahora –dijo Alice con ligereza, mientras tiraba de las riendas.
Ya estaba cerca del sitio de sus goces y empezaba a recordar lo que tanto se había esforzado por borrar de su mente. Esta vez Joe estaría enterado de su inminente casamiento y se mostraría furioso con ella.
Giró la cara para ponerla bien frente al viento, y parpadeó con rapidez hasta que las lágrimas empezaron a formarse. Las lágrimas serían una ayuda. Joe las detestaba, de modo que ella las había usado con prudencia en esos dos años. Sólo cuando deseaba desesperadamente algo de él recurría a esa triquiñuela; de ese modo no le restaba efectividad.
Suspiró. ¿Por qué no podía hablar francamente con Joe? ¿Por qué era preciso tratar siempre con suavidad a los hombres? Si él la amaba, debería amar cuanto ella hacía, aunque le fuera desagradable.
Pero era inútil desearlo así, y ella lo sabía. Si decía la verdad, perdería a Joe. ¿Y dónde podría hallar a otro amante?
El recuerdo de su cuerpo, duro y exigente, hizo que Alice clavara los tacones de sus zapatitos en los flancos del caballo. Oh, sí, usaría las lágrimas y cuanto hiciera falta para conservar a Joe Montgomery, caballero de renombre, luchador sin igual... ¡y suyo, todo suyo!
De pronto le pareció oír las acuciantes preguntas de Ela. Si deseaba tanto a Joe, ¿por qué se había comprometido con Edmund Chartworth, el de la piel pálida como vientre de pescado, el de las manos gordas y blandas, el de la fea boca que formaba un círculo perfecto?
Porque Edmund era conde. Poseía tierras desde un extremo de Inglaterra al otro; tenía fincas en Irlanda, en Gales, en Escocia y, según rumores, también en Francia. Claro que Alice no conocía con exactitud la suma de sus riquezas, pero ya lo sabría. Oh, sí, cuando fuera su esposa lo sabría. Edmund tenía la mente tan débil como el cuerpo; ella no tardaría mucho en dominarlo y manejar sus propiedades. Lo mantendría contento con unas cuantas rameras y atendería personalmente las fincas, sin dejarse estorbar por las exigencias masculinas ni las órdenes maritales.
La pasión que Alice sentía por el apuesto Joe no le nublaba el buen juicio. ¿Quién era Joe Montgomery? Un barón de poca monta, más pobre que rico. Soldado brillante, hombre fuerte y hermoso; pero, comparado con Edmund, no tenía fortuna. ¿Y cómo sería la vida con él?
Las noches serían noches de pasión y éxtasis, pero Alice sabía bien que ninguna mujer dominaría jamás a Joe. Si se casaba con él, se vería obligada a permanecer de puertas adentro, haciendo labores femeninas.
No, Joe Montgomery no se dejaría dominar jamás por una mujer.
Sería un esposo exigente, tal como era exigente en su papel de amante.
Azuzó a su caballo. Ella lo quería todo: la fortuna y la posición social de Edmund junto con la pasión de Joe. Sonriente, se acomodó los broches de oro que sostenían el vistoso manto sobre sus hombros. Él la amaba, de eso estaba segura, no perdería su amor. ¿Cómo podía perderlo? ¿Qué mujer la equiparaba en belleza?
Alice empezó a parpadear con rapidez. Bastarían unas pocas lágrimas para hacerle comprender que ella se veía obligada a casarse con Edmund. Joe era hombre de honor. Comprendería que la muchacha debía respetar el acuerdo de su padre con Edmund. Sí, si se conducía con cautela, podría tenerlos a ambos: a Joe para la noche, a Edmund y a su fortuna durante el día.
Joe esperaba en silencio. Sólo un músculo se movía en él, tensando y aflojando la mandíbula. El claro de luna plateaba sus pómulos, asemejándolos a hojas de puñal. Su boca firme y recta formaba una línea severa por encima de la barbilla hendida. Los ojos grises, oscurecidos por la ira, parecían casi tan negros como el pelo que se rizaba asomando por el cuello de la chaqueta de lana.
Sólo sus largos años de rígido adiestramiento en las reglas de caballería le permitían ejercer tanto dominio sobre su exterior. Por dentro, estaba hirviendo. Esa mañana se había enterado de que su amada iba a casarse con otro; se acostaría con otro hombre; de él serían sus hijos. Su primer impulso fue cabalgar directamente hasta la torre de
Valence para exigir que ella desmintiera el rumor, pero el orgullo lo contuvo. Como había concertado aquella cita con ella semanas antes, se obligó a esperar hasta que llegara el momento de verla otra vez, de abrazarla y oírla decir, con sus dulces labios, lo que él deseaba escuchar: Que no se casaría sino con él. Y de eso estaba seguro.
Clavó la vista en la vacuidad de la noche, alerta al ruido de cascos.
Pero el paisaje permanecía en silencio; era una masa de oscuridad, quebrada sólo por las sombras más oscuras. Un perro se escurrió de un árbol a otro, desconfiando de aquel hombre quieto y silencioso. La noche traía recuerdos de la primera cita con Alice en ese claro: un rincón protegido del viento, abierto al cielo. Durante el día, cualquiera podría haber pasado a caballo ante él sin verlo siquiera, pero por la noche las sombras lo transformaban en una negra caja de terciopelo, con el tamaño justo para contener una gema.
Joe había conocido a Alice en la boda de una de las hermanas de ella. Si bien los Montgomery y los Valence eran vecinos, rara vez se veían. El padre de Alice era un borracho que se ocupaba muy poco de sus propiedades. Su vida, como la de su esposa y sus cinco hijas, era tan mísera como la de algunos siervos. Si Joe asistió a los festejos, fue
sólo por cumplir con un deber y para representar a su familia, pues sus tres hermanos se habían negado a hacerlo.
En ese montón de mugre y abandono, Joe descubrió a Alice: su bella e inocente Alice. En un principio no pudo creer que perteneciera a aquella familia de mujeres gordas y feas. Sus ropas eran de telas caras; sus modales, refinados; en cuanto a su belleza...
Se sentó a mirarla, tal como lo estaban haciendo tantos jóvenes.
Era perfecta: pelo rubio, ojos azules y una boca pequeña que él habría hecho sonreír a cualquier coste. Desde ese mismo instante, sin haber siquiera hablado con ella, se enamoró. Más adelante tuvo que abrirse paso a empellones para llegar hasta la muchacha. Su violencia pareció espantar a Alice, pero sus ojos bajos y su voz suave lo hipnotizaron aún más. Era tan tímida y reticente que apenas podía responder a sus preguntas. Alice era todo lo que él habría deseado y más aún: virginal, pero también muy femenina.
Esa noche le propuso casamiento. Ella le dirigió una mirada de sobresalto; por un momento sus ojos fueron como zafiros. Después agachó la cabeza y murmuró que debía consultar con su padre.
Al día siguiente, Joe se personó ante el borracho para pedir la mano de Alice, pero el hombre le dijo alguna sandez: algo así como que la madre necesitaba a la niña. Sus palabras sonaban extrañamente entrecortadas, como si repitiera un discurso aprendido de memoria.
Nada de cuanto Joe dijo le hizo cambiar de opinión.
Joe se marchó disgustado y furioso por verse privado de la mujer que deseaba. No se había alejado mucho cuando la vio. Llevaba la cabellera descubierta bajo el sol poniente, que la hacía relumbrar, y el rico terciopelo azul de su traje reflejaba el color de sus ojos. Estaba ansiosa por saber cuál era la respuesta de su padre. Joe se la comunicó, furioso; luego le vio las lágrimas. Ella trató de disimularlas, pero el joven las sintió además de verlas. En segundos, desmontó y la arrancó de su cabalgadura.
No recordaba bien qué había pasado. Estaba consolándola y, un minuto después, se encontró en las garras de la pasión, en medio de aquel lugar oculto, desnudos ambos. Luego, no supo si disculparse o regocijarse. La dulce Alice no era una sierva que se pudiera tumbar en el heno, sino una dama, que algún día sería su señora. Además, virgen. De eso estuvo seguro al ver las dos gotas de sangre en sus delgados muslos.
¡Dos años! Eso había sido dos años atrás. Si él no hubiera pasado la mayor parte de ese período en Escocia, patrullando las fronteras, habría exigido al padre que se la entregara en matrimonio. Pero ya estaba de regreso, y era lo que planeaba hacer. En caso necesario, llevaría su súplica al rey. Valence no se mostraba razonable. Alice le habló de sus conversaciones con el padre, de sus súplicas y ruegos sin éxito. Una vez le mostró el cardenal que le había costado su insistencia en favor de Joe. El muchacho estuvo a punto de enloquecer; tomó la espada dispuesto a ir en busca del hombre, pero Alice se colgó de él, con lágrimas en los ojos, suplicándole que no hiciera daño a su padre. Él nada podía negar a sus lágrimas; por lo tanto, envainó el acero y le prometió esperar. Alice le aseguraba que su padre acabaría por comprender.
Por eso continuaron reuniéndose en secreto, como niños caprichosos, aunque la situación disgustaba a Joe. Alice le rogaba que no hablara con su padre, asegurando que ella lo persuadiría.
Joe cambió de postura y volvió a escuchar. Una vez más, sólo percibió el silencio. Esa mañana había oído que Alice se casaría con Edmund Chartworth, aquel pedazo de alga marina. Chartworth pagaba enormes sumas al rey para que no se lo obligara a combatir en guerra alguna. En opinión de Joe, no era hombre. No merecía su título de conde. Sólo imaginar a Alice casada con él le resultaba imposible.
De pronto, todos sus sentidos se alertaron: oía el ruido apagado de unos cascos en el suelo húmedo. De inmediato estuvo junto a Alice, que cayó en sus brazos.
–Joe –susurró–, mi dulce Joe.
Y se aferró a él, casi como si estuviera aterrorizada.
El joven trató de apartarla para verle la cara, pero ella se abrazaba con tanta desesperación que le quitó el valor.
Sentía la humedad de sus lágrimas en el cuello. De inmediato lo abandonó la cólera que había experimentado durante todo el día. La estrechó contra sí, murmurándole frases cariñosas al oído, mientras le acariciaba el pelo.
–¿Qué pasa? Dime. ¿Qué te hace sufrir tanto?
Ella se apartó para permitirle que la mirara, segura de que la noche no delataría el escaso enrojecimiento de sus ojos.
–Es demasiado horrible –susurró con voz ronca –Es insoportable.
Joe se puso algo tenso al recordar lo que había oído sobre el casamiento.
–Entonces, ¿es cierto?
Alice sollozó delicadamente, se tocó la comisura del ojo con un solo dedo y lo miró por entre las pestañas.
–No he podido convencer a mi padre. Hasta me negué a comer para hacerle cambiar de idea, pero él hizo que una de las mujeres... No, no te contaré lo que me hicieron. Dijo que... Oh, Joe, no puedo repetir las cosas que me dijo.
Sintió que el joven se ponía rígido.
–Iré a buscarlo y...
–¡No! –Exclamó ella, casi frenética, aferrándose a sus brazos musculosos –¡No puedes! Es decir... –bajó los brazos y las pestañas –Es decir, ya es cosa hecha. El compromiso matrimonial está firmado ante testigos. Ya no hay nada que se pueda hacer. Si mi padre se desdijera, tendría que pagar mi dote a Chartworth de cualquier modo.
–La pagaré yo –dijo Joe, pétreo.
Alice le miró con sorpresa; nuevas lágrimas se agolparon en sus ojos.
–Daría igual. Mi padre no me permite casarme contigo; ya lo sabes. Oh, Joe, ¿qué voy a hacer? –Lo miró con tanta desesperación, que él la estrechó contra sí –¿Cómo voy a soportar el perderte, amor mío? –Susurró contra su cuello –. Tú eres mi carne y mi vino, sol y noche. Moriré... moriré si te pierdo.
–¡No digas eso! ¿Cómo podrías perderme? Sabes que yo siento lo mismo por ti.
Ella se apartó para mirarlo, súbitamente reconfortada.
–Entonces, ¿me amas? ¿Me amas de verdad, de modo que, si nuestro amor es puesto a prueba, yo pueda estar segura de ti?
Joe frunció el ceño.
–¿Puesto a prueba?
Alice sonrió entre lágrimas.
–Aún si me caso con Edmund, ¿me amarás?
–¿Casarte? –Estuvo a punto de gritar, y la apartó de si –¿Piensas casarte con ese hombre?
–¿Acaso tengo alternativa?
Guardaron silencio. Joe la fulminaba con la mirada. Alice mantenía los ojos castamente bajos.
–Entonces me iré. Desapareceré de tu vista. No tendrás que volver a verme.
Estaba ya a punto de montar a caballo cuando él reaccionó. La aferró con dureza, besándola hasta magullarla. Ya no hubo palabras; no hacían falta. Sus cuerpos se comprendían bien, aun cuando ellos no estuvieran de acuerdo. La tímida jovencita había desaparecido, reemplazada por la apasionada Alice que Joe había llegado a conocer tan bien.
Ella le tiró frenéticamente de la ropa hasta que todas sus prendas quedaron amontonadas en el suelo.
Rió gravemente al verlo desnudo ante sí. Joe tenía los músculos desarrollados por sus muchos años de adiestramiento y le sacaba fácilmente una cabeza, aunque Alice solía sobrepasar a muchos hombres.
Sus hombros eran anchos; su pecho, poderoso. Sin embargo tenía las caderas estrechas, el vientre plano y los músculos divididos en cadenas.
Se abultaban en los muslos y en las pantorrillas, fortalecidos por el frecuente uso de la pesada armadura.
Alice se apartó un paso y tomó aliento entre los dientes, devorándolo con los ojos. Alargó las manos hacia él como si fueran garras.
Joe la atrajo hacia él y besó aquella boca, que se abrió con amplitud bajo la suya, hundiéndole la lengua. Ella apretó contra sí; el contacto del vestido contra la piel desnuda lo excitaba. Llevó sus labios a la mejilla y al cuello.
Tenían toda la noche por delante y él tenía intención de pasarla entera haciéndole el amor.
–¡No! –Exclamó Alice, impaciente, apartándose con brusquedad.
Se quitó el manto de los hombros, sin preocuparse de la costosa tela, y apartó las manos de Joe de la hebilla de su cinturón –Eres demasiado lento –afirmó con sequedad.
Joe frunció el ceño, pero a medida que las capas de vestimenta femenina caían al suelo sus sentidos acabaron por imponerse. Ella estaba tan deseosa como él. ¿Qué importaba si no quería perder tiempo para unir piel con piel?
Joe habría querido saborear su cuerpo delgado por un rato, pero ella lo empujó rápidamente al suelo y lo guió con la mano hacia su interior. Entonces él dejó de pensar en ociosos juegos de amor o en besos lentos. Alice estaba bajo él, incitándolo con voz áspera; con las manos en las caderas, lo impulsaba cada vez con más fuerza. Por un momento Joe temió hacerle daño, pero ella parecía glorificarse con su potencia.
–¡Ya, ya! –Exigió.
Y ante su obediencia emitió un gutural sonido de triunfo.
Inmediatamente se apartó de él. Le había dicho repetidas veces que lo hacía porque no lograba reconciliar su pasión con su condición de soltera. Sin embargo, a él le habría gustado abrazarla un rato más, gozar de su cuerpo, tal vez hacerle el amor por segunda vez. Lo habría hecho entonces con lentitud, ya agotada la primera pasión. Trató de ignorar su sensación de vacío; era como si acabara de paladear algo y aún no estuviera saciado.
–Tengo que irme –dijo ella.
Se incorporó para iniciar el intrincado proceso de vestirse.
A él le gustaba verle las esbeltas piernas cuando se ponía las ligeras medias de hilo; al menos, observándola así aliviaba un poco ese vacío.
Inesperadamente, recordó que pronto otro hombre tendría derecho a tocarla, y entonces tuvo necesidad de herirla, tal como ella lo estaba hiriendo.
–Yo también he recibido una propuesta matrimonial.
Alice se detuvo instantáneamente, con la media en la mano. Lo miró a la espera de más detalles.
–De la hija de Robert Revedoune.
–Él no tiene hijas. Sólo varones, los dos casados –afirmó Alice instantáneamente.
Revedoune era uno de los condes del rey; sus propiedades convertían las fincas de Edmund en parcelas de siervo. Alice había empleado los dos años pasados por Joe en Escocia en averiguar la historia de todos los condes, los hombres más ricos de Inglaterra, antes de decidir que Edmund era la presa más segura.
–¿No sabes que sus dos hijos murieron hace dos meses de una terrible enfermedad?
Ella lo miró con fijeza.
–Pero nunca supe que tuviera una hija.
–Una muchacha llamada __________________, más joven que los varones. Dicen que su madre la había destinado a la Iglesia. La muchacha permanece enclaustrada en casa de su padre.
–¿Y se te ha ofrecido a esa __________________ en matrimonio? Pero ha de ser la heredera de su padre, una mujer de fortuna. ¿Por qué habría de ofrecerla a...? –Alice se interrumpió, recordando que tenía que disimular sus pensamientos.
Él apartó la cara; en la mandíbula se le contraían los músculos y el claro de luna se reflejaba en su pecho desnudo, levemente sudado por el acto de amor.
–¿Por qué habría de ofrecer semejante presa a un Montgomery? –Completó Joe con voz fría.
En otros tiempos la familia Montgomery había sido lo bastante rica como para despertar la envidia del rey Enrique IV, quien había declarado traidores a todos sus miembros.
Tuvo tanto éxito en sus intentos de destruirlos que sólo ahora, cien años después, comenzaban los Montgomery a recobrar algo de lo perdido. Pero la familia tenía buena memoria y a ninguno de ellos le gustaba recordar, por referencias ajenas, lo que habían sido en otros tiempos.
–Por los brazos de mis hermanos y por los míos –continuó él, después de un rato –Las tierras de Revedoune lindan con las nuestras por el norte, y él teme a los escoceses. Comprende que sus propiedades estarán protegidas si se alía con mi familia. Uno de los cantantes de la corte le oyó comentar que los Montgomery, cuanto menos, producen varones que sobreviven. Al parecer, si me ofrece su hija es para que le haga concebir hijos varones.
Alice ya estaba casi vestida. Lo miró fijamente.
–El título pasará a través de la hija, ¿verdad? Tu primogénito será conde. Y tú lo serás cuando Revedoune muera.
Joe se volvió bruscamente. No había pensado en eso; tampoco le importaba. Resultaba extraño que se le ocurriera justamente a Alice, a quien le importaban tan poco los bienes mundanos.
–¿Te casarás con ella? –Preguntó Alice, erguida ante él, que empezaba a vestirse deprisa.
–Todavía no he tomado una decisión. El ofrecimiento llegó hace apenas dos días y por entonces yo pensaba...
–¿La has visto? –Interrumpió la joven.
–¿A quién? ¿A la heredera?
Alice apretó los dientes. Los hombres solían ser insufribles. Pero se repuso.
–Es bella, lo sé –dijo, lacrimosa–. Y una vez casado con ella, te olvidarás de mí.
Joe se puso velozmente de pie. No sabía si encolerizarse o no.
Ella hablaba de esos casamientos como si no fueran a alterar en absoluto la relación entre ambos.
–No la he visto –respondió en voz baja.
De pronto la noche pareció cerrarse sobre él. Había albergado la esperanza de que Alice desmintiera los rumores de su boda; en cambio, se encontraba pensando en la posibilidad de casarse a su vez. Deseaba huir, huir de las complejidades femeninas para volver a la sólida lógica de sus hermanos.
–No sé qué va a suceder.
Alice, con el ceño fruncido, se dejó tomar del brazo y conducir hasta su caballo.
–Te amo, Joe –dijo apresuradamente –Pase lo que pasare, te amaré siempre, siempre te querré.
Él la levantó rápidamente hasta la silla.
–Tienes que regresar antes de que alguien descubra tu ausencia. No conviene que semejante historia llegue a oídos del bravo y noble Chartworth, ¿verdad?
–Eres cruel, Joe –dijo ella, pero no se percibían lágrimas en su voz–. ¿Vas a castigarme por lo que no está en mi mano remediar, por lo que escapa a mi voluntad?
Él no tuvo respuesta.
Alice se inclinó para besarlo, pero se dio cuenta de que estaba pensando en otra cosa y eso la asustó. Entonces agitó bruscamente las riendas y se alejó al galope.










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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 17th 2012, 19:42

Oh Dios Mio.
Creo que Joe, no sé, es raro.
No, enserio, esa Alice es una picara, porque sabe exactamente lo que pasará si Joe se casa con ______. Y Joe ni lo sabia. ¡Alice picara!
Jajaja, ya que. Solo siguela chica. Yo necesito leer más, no sabes las veces que entré acá para ver si habias subido!
Sube re pronto.
Vamos, subeeeeeeeee!
Bye.
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 18th 2012, 11:16

DEFINITIVAMENTE NUEVA LECTORA
SIGUELA PRONTO PORFA
ME ENCANTO!!
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 18th 2012, 12:24







Capítulo 2










Era ya muy tarde cuando Joe se acercó al castillo de Montgomery. Aunque todas sus propiedades les habían sido robadas por un rey codicioso, aquellas murallas seguían siendo de la familia. Desde hacía más de cuatrocientos años habitaba allí un Montgomery. Desde que Guillermo había conquistado a Inglaterra, trayendo consigo a la familia normanda, ya rica y poderosa.
Con el paso de los siglos el castillo había sufrido ampliaciones, refuerzos y remodelaciones, hasta que sus murallas, de cuatro metros de anchura, llegaron a encerrar más de una hectárea. Dentro, la tierra se dividía en dos partes: el baluarte exterior y el interior. El baluarte exterior albergaba a los Sirvientes, a los caballeros de la guarnición y a los cientos de personas y animales necesarios para mantener el castillo; además, protegía el recinto interior, donde estaban las casas de los cuatro hermanos Montgomery y sus servidores privados. Todo el conjunto ocupaba la cumbre de una colina y se recostaba contra un río. En ochocientos metros a la redonda no se permitía el crecimiento de ningún árbol; cualquier enemigo tenía que acercarse a campo abierto.
Durante cuatro siglos, los Montgomery habían defendido esa fortaleza de un rey avaricioso y de las guerras entre caballeros feudales.
Joe miró con orgullo los altos muros que constituían su hogar, y condujo a su caballo hacia el río.
Luego desmontó para llevarlo de la brida por el estrecho paso del río. Aparte del enorme portón principal, esa era la única entrada. El portón principal estaba cubierto por una reja terminada en picas, que se podía levantar o bajar por medio de cuerdas. A esas horas, siendo ya de noche, los guardias habrían tenido que despertar a cinco hombres para levantarla. Por lo tanto, Joe se encaminó hacia la estrecha puerta excusada. Unos cuatrocientos metros de muralla de dos metros y medio de altura conducían a ella; arriba caminaban varios guardias, paseándose durante toda la noche. Ningún hombre que apreciara su vida se quedaba dormido estando de guardia.
Durante los dieciséis años del reinado actual, la mayoría de los castillos habían entrado en decadencia. En 1485, al ascender al trono, Enrique VII había decidido quebrar el poder de los grandes señores feudales. Prohibió entonces los ejércitos privados y puso la pólvora bajo el control del Gobierno. Puesto que los señores feudales ya no podían librar guerras particulares para obtener ganancias, vieron mermadas sus fortunas. Los castillos resultaban caros de mantener, por lo cual se los abandonó uno tras otro por la comodidad de las casas solariegas.
Pero algunos, gracias a una buena administración y mucho trabajo, aún mantenían en uso aquellas poderosas estructuras antiguas. Entre ellos se contaban los Montgomery, respetados en toda Inglaterra. El padre de Joe había construido una fuerte y cómoda casa solariega para sus cinco hijos, pero siempre dentro de las murallas del castillo.
Una vez dentro de la fortificación, Joe cayó en la cuenta de que reinaba allí una gran actividad.
–¿Qué ha pasado? –Preguntó al palafrenero que se hizo cargo de su caballo.
–Los amos acaban de regresar de un incendio en la aldea.
–¿Grave?
–No, señor. Sólo algunas casas de comerciantes. No hacía falta que los amos se molestaran. –Y el muchacho se encogió de hombros, como para expresar que no había modo de comprender a los nobles.
Joe lo dejó para entrar en la casa solariega, construida contra la antigua torre de piedra que ahora sólo se usaba como depósito. Los cuatro hermanos varones preferían la comodidad de la gran casa. Varios de los caballeros se estaban arrellanando para dormir. Joe saludó a algunos mientras subía apresuradamente la ancha escalera de roble, rumbo a sus propias habitaciones del segundo piso.
–He aquí a nuestro caprichoso hermano –le saludó Kevin, alegremente–. ¿Puedes creer, Miles, que pasa las noches cabalgando por la campiña, sin atender a sus responsabilidades? Si nosotros actuáramos a su manera, media aldea se habría quemado hasta los cimientos.
Kevin era el tercero de los varones: el más bajo y fornido de los cuatro, un hombre poderoso. Su aspecto habría sido formidable, y en el campo de batalla lo era, por cierto, pero sus ojos azules estaban siempre danzando y las mejillas se le llenaban de profundos hoyuelos.
Joe miró a sus hermanos menores sin sonreír. Miles, con las ropas ennegrecidas por el hollín, llenó una copa de vino y se la ofreció.
–¿Has recibido malas noticias?
Miles era el menor, muchacho serio, de penetrantes ojos grises a los que nada pasaba inadvertido. Rara vez se le veía sonreír.
Kevin se arrepintió de inmediato.
–¿Ocurre algo malo?
Joe tomó la copa y se hundió pesadamente en una silla de nogal tallado, frente al fuego. La habitación en donde estaban era amplia; el suelo de roble estaba cubierto en parte por alfombras orientales. De las paredes pendían tapices de lana con escenas de cacerías o de las cruzadas. El techo mostraba fuertes vigas arqueadas, tan decorativas como prácticas; entre una y otra la superficie era de yeso. El mobiliario oscuro, de intrincadas tallas, terminaba de darle un aspecto masculino. En el extremo sur se veía una profunda ventana salediza, con asientos rojos.
Los tres hermanos vestían ropas sencillas y oscuras: camisas de hilo, flojamente fruncidas en el cuello y ajustadas al cuerpo; largos chalecos de lana que les llegaban hasta el muslo y una pesada chaqueta, corta y de mangas largas. Las piernas quedaban expuestas desde el muslo, envueltas en calzas de lana oscura que ceñían los gruesos músculos.
Joe calzaba botas hasta la rodilla y lucía una espada a la cadera, con tahalí incrustado de piedras preciosas.
Bebió largamente el vino y guardó silencio mientras Miles volvía a llenarle la copa. No podía compartir su desdicha amorosa, ni siquiera con sus hermanos.
Como él no respondía, Miles y Kevin intercambiaron una mirada.
Sabían adónde había ido el hermano mayor, y no les costaba adivinar qué noticia le daba ese aire de fatalidad. Kevin, presentado cierta vez a Alice ante la discreta insistencia de Joe, veía en ella una frialdad que no le gustaba. Pero para el embrujado muchacho ella era la mujer perfecta; Kevin, pese a sus opiniones, sintió pena por él.
Miles no. No lo conmovía el menor rastro de amor por una mujer.
Para él eran todas iguales y servían al mismo propósito.
–Robert Revedoune ha enviado hoy a otro mensajero –dijo, interrumpiendo el silencio–. Creo que le preocupa la posibilidad de que su hija muera sin dejarle herederos.
–¿Está enferma? –Preguntó Kevin, que era el humanitario de la familia; se preocupaba por cualquier yegua herida, por cualquier siervo enfermo.
–No tengo noticias de que así sea –respondió el menor–Pero el hombre está enloquecido por la pérdida de sus hijos y porque sólo le queda una sola muchacha. Dicen que castiga regularmente a su esposa por no haberle dado más hijos varones.
Kevin frunció el ceño ante su copa de vino. No le gustaba que se castigara a las mujeres.
–¿Le darás respuesta? –Insistió Miles, puesto que Joe no respondía.
–Que uno de ustedes la tome por esposa –propuso Joe–. Hagan que Nick vuelva de Escocia. O tú, Kevin; necesitas una esposa.
–Revedoune quiere sólo al hijo mayor–replicó Kevin, sonriendo–. De lo contrario, me declararía más que dispuesto.
–¿Por qué tanta resistencia? –Objetó Miles, enfadado–. Ya tienes veintisiete años y necesitas casarte. Esa _________________ Revedoune es rica. Te aportará el título de conde. Tal vez gracias a ella los Montgomery comenzaremos a recuperar lo que perdimos.

Alice estaba perdida. Cuanto antes lo aceptara, antes comenzaría a curar. Joe se decidió. –Está bien. Acepto el casamiento.
De inmediato Kevin y Miles exhalaron el aliento que estaban conteniendo sin saberlo.
Miles dejó su copa.
–Pedí al mensajero que pasara aquí la noche, con la esperanza de poder darle tu respuesta.
Mientras el hermano menor abandonaba la sala, Kevin dejó que se impusiera su sentido del humor.
–Dicen que no levanta sino esto del suelo –indicó, poniendo la mano cerca de su cintura –y que tiene dientes de caballo. Por lo demás...

La vieja torre estaba llena de corrientes de aire; el viento silbaba en las rendijas. El papel engrasado que cubría las ventanas no ayudaba a evitar el frío.
Alice durmió cómodamente, desnuda bajo los cobertores de hilo rellenos de plumón.
–Mi señora –susurró Ela–, él ha venido.
La joven se dio la vuelta, soñolienta.
–¿Cómo te atreves a despertarme? –Dijo en feroz siseo –¿Y a quién te refieres?
–Al hombre de la casa Revedoune. Ha...
–¡Revedoune! –Alice se incorporó, ya del todo despierta.–Tráeme una bata y haz que venga a verme.
–¿Aquí? –Ela se mostró horrorizada.–No, señora, no puede ser. Alguien podría oírlos.
–Sí –reconoció Alice, distraída–, el riesgo es demasiado grande. Deja que me vista, y me reuniré con él bajo el olmo de la huerta.
–¿De noche? Pero...
–¡Ve! Dile que pronto estaré con él.
Alice enfundó apresuradamente los brazos en una bata de terciopelo carmesí, forrada con pieles de ardilla gris.
Después de atarse un ancho cinturón, deslizó los pies en suaves zapatillas de cuero dorado.
Hacía casi un mes que no veía a Joe ni tenía noticias suyas.
Pero, pocos días después de aquella cita en el bosque, había sabido que iba a casarse con la heredera de Revedoune. Por todo el país se estaba anunciando un torneo para celebrar las bodas. Todos los hombres importantes estaban recibiendo invitaciones; todo caballero de cierta habilidad era instado a participar. Con cada noticia, Alice sentía aumentar sus celos. ¡Cuánto le habría gustado sentarse junto a un esposo como Joe para presenciar un torneo organizado para celebrar sus propios esponsales! Pero su boda pasaría sin tales festejos.
Sin embargo, pese a los planes conocidos, nadie podía decirle una palabra sobre la tal _________________ Revedoune. La muchacha era un nombre sin rostro ni figura. Dos semanas antes, Alice había concebido la idea de contratar a un espía para que hiciera averiguaciones sobre esa esquiva _________________; quería saber cómo era y con qué se veía obligada a competir. Ela tenía órdenes de advertirla sobre la llegada de ese hombre, fuera la hora que fuese.
Corrió por el sendero de la huerta invadida por la hierba, con el corazón palpitante. Esa tal _________________ tenía que ser un verdadero sapo. Era preciso.
–Ah, señora mía –dijo el espía al verla–. Su belleza opaca el fulgor de la luna. –Y le tomó la mano para besársela.
Ese hombre le daba asco, pero no conocía a otro que tuviera acceso a la familia Revedoune. ¡Y se había visto forzada a pagarle un precio indignante! Era un hombre furtivo y aceitoso, pero al menos hacía bien el amor. Quizá como cualquiera.
–¿Qué noticias tienes? –Preguntó, impaciente, mientras le retiraba la mano–. ¿La has visto?
–No... de cerca no.
–¿La has visto o no? –Interrogó Alice, mirándolo a los ojos.
–Sí, la he visto –respondió él con firmeza –, pero la custodian celosamente.
Quería complacer a esa bella rubia, y para eso debía ocultar la verdad, obviamente. Sólo había visto a _________________ Revedoune desde lejos, mientras ella se alejaba a caballo de la casa solariega, rodeada de sus damas de compañía. Ni siquiera estaba seguro de cuál, entre todas aquellas siluetas abrigadas, correspondía a la heredera.
–¿Por qué la custodian tanto? ¿Acaso no tiene la mente sana, puesto que no la dejan moverse en libertad?
De pronto, el hombre tuvo miedo de aquella mujer, que lo interrogaba con tanta agudeza. Había poder en aquellos fríos ojos azules.
–Corren rumores, ciertamente. Sólo se deja ver por sus doncellas y su madre. Ha pasado la vida entera entre ellas, preparándose para el convento.
–¿El convento? –Alice comenzaba a tranquilizarse.
Era bien sabido por todos que, cuando una familia adinerada tenía una hija deforme o retardada, se le otorgaba a la pobre una pensión y se la entregaba al cuidado de las monjas.–¿Piensas, por ventura, que es débil mental o que padece alguna malformación?
–¿Por qué otro motivo se la mantendría tan oculta, señora? Robert Revedoune es hombre duro. Su esposa aún renquea desde que él la arrojó escaleras abajo. No querrá que el mundo vea a una hija monstruosa.
–Pero no estás seguro de que esa sea la razón de su encierro.
Él sonrió. Se sentía más a salvo.
–¿Qué otro motivo podría haber? Sí la muchacha estuviera sana, ¿por qué no mostrarla al mundo? ¿No la habría ofrecido en matrimonio antes de verse obligado a ello por la muerte de sus hijos varones? ¿Qué hombre dedicaría a su única hija a la Iglesia? Eso sólo se lo permiten las familias que tienen muchas hijas.
Alice contempló la noche en silencio. El hombre fue cobrando audacia. Se acercó un poco más, le cubrió una mano con los dedos y le susurró al oído:
–No tiene motivo alguno para sentir miedo, señora. No habrá bella novia que aleje a Lord Joe de usted.
Sólo la brusca respiración de Alice dio señales de que ella hubiera escuchado esas palabras. ¿Acaso hasta el último de los plebeyos sabia de sus relaciones con Joe? Con toda la habilidad de una gran actriz, se volvió para sonreírle.
–Has hecho un buen trabajo y serás... debidamente recompensado.
No quedaba duda alguna sobre el significado de sus palabras. Él se inclinó para besarla en el cuello. Alice se apartó, disimulando su repugnancia.
–No, esta noche no –susurró en tono íntimo –. Mañana. Se dispondrá todo para que podamos pasar más tiempo juntos.–Deslizó una mano bajo el tabardo, a lo largo del muslo, y sonrió seductoramente al ver que él quedaba sin aliento.–Tengo que irme–agregó con aparente renuencia.
Pero cuando dio la espalda a su espía, no quedaron en su cara rastros de la sonrisa. Tenía una diligencia más que cumplir antes de volver a la cama. El palafrenero la ayudaría de buen grado. No debía permitir que hombre alguno hablara libremente de sus relaciones con Joe... y el que lo hiciera pagaría caro sus palabras.
–Buenos días, padre –saludó Alice alegremente, mientras se inclinaba para rozar con los labios la mejilla de aquel viejo sucio y contrahecho.
Estaban en el primer piso de la torre, que constituía una sola estancia abierta. Era el gran salón, utilizado para comer, para que durmieran los Sirvientes del castillo y para todas las actividades cotidianas. La muchacha reparó en la copa de su padre, que estaba vacía.
–¡Eh, tú! –Dijo ásperamente a un Sirviente que pasaba –Trae más cerveza para mi padre.
Nicholas Valence tomó la mano de su hija entre las suyas y la miró con gratitud.
–Eres la única que se interesa por mí, mi encantadora Alice. Todas las otras, tu madre y tus hermanas, tratan de impedirme que beba. Pero tú sabes que eso me reconforta.
Ella se apartó, disimulando la sensación que le provocaba aquel contacto.
–Desde luego, querido padre. Y es porque sólo yo te amo.
Y le sonrió con dulzura.
Después de tantos años, Nicholas aún se maravillaba de que él y su fea mujercita hubieran podido dar vida a una niña tan encantadora. La pálida belleza de Alice formaba un notable contraste con su propia tez morena. Y cuando las otras lo regañaban y le ocultaban el licor, Alice le alcanzaba subrepticiamente una botella. Era cierto: lo amaba, sí. Y él también la amaba. ¿Acaso no le daba para ropas las pocas monedas que hubiera? Su encantadora Alice vestía de seda, mientras que sus hermanas usaban telas caseras. Habría hecho por ella cualquier cosa. ¿Por ventura no negaba su mano a Joe Montgomery, siguiendo las indicaciones de Alice?
Por su parte, no lograba comprender que una muchacha no quisiera casarse con un hombre fuerte y rico como Joe.
Pero Alice tenía razón. Nicholas tomó la copa rebosante y la bebió. Alice tenía razón, sí; ahora iba a casarse con un conde. Claro que Edmund Chartworth no se parecía en nada a los apuestos Montgomery, pero Alice siempre sabía lo que era mejor.
–Padre –dijo ella, sonriendo –, necesito pedirte un favor.
Él bebió la tercera copa de cerveza. A veces no era fácil satisfacer las peticiones de su hija. Trató de cambiar de tema.
–¿Sabes que anoche un hombre cayó desde el muro? Un desconocido. Al parecer, nadie sabe de dónde vino.
Cambió la expresión de la joven. Ahora el espía no podría revelar sus relaciones con Joe ni su interés por saber de la heredera Revedoune. Se apresuró a descartar la idea; la muerte de aquel hombre no tenía la menor importancia para ella.
–Quiero asistir a la boda de Joe con la Revedoune.
–¿Quieres una invitación a la boda de la hija de un conde? –Se extrañó Nicholas.
–Sí.
–¡Es que no puedo! ¿Qué pretendes de mí?
Esta vez Alice despidió al Sirviente y llenó la copa de su padre con sus propias manos.
–Tengo un plan–dijo de inmediato, con su sonrisa más dulce.












Capítulo 3










El fuego ascendía por el muro de piedra y devoraba la planta alta de la tienda, construida en madera. El aire estaba denso de humo; los hombres y las mujeres que formaban cola para pasar los cántaros de agua ya estaban negros. Sólo ojos y dientes se mantenían blancos.
Joe, desnudo de la cintura hacia arriba, usaba enérgicamente el hacha de mango largo para destruir la tienda vecina de la incendiada. El vigor con que trabajaba no permitía sospechar que llevaba dos días completos esforzándose de ese modo.
La ciudad en donde ardía el edificio, y donde había otros tres reducidos a cenizas, le pertenecía. La circundaban murallas de tres metros y medio, que descendían por la colina desde el gran castillo Montgomery. Sus impuestos constituían el ingreso de los hermanos; a cambio, los caballeros protegían y defendían a sus habitantes.
–¡Joe! –Aulló Kevin por encima del rugir de las llamas. También estaba sucio de humo y sudor–. ¡Baja de ahí! ¡El fuego está demasiado cerca!
Joe pasó por alto la advertencia de su hermano. Ni siquiera miró la pared incendiada que amenazaba caer sobre él. Sus hachazos se tornaron más vigorosos, mientras luchaba por dar la vuelta a la madera seca que recubría el muro de piedra, para que el hombre que esperaba abajo pudiera empaparla de agua.
Kevin sabía que era inútil seguir gritando. Hizo una señal cansada a los exhaustos hombres que lo acompañaban para que continuaran arrancando la madera de la pared. Estaba ya agotado, aunque había dormido cuatro horas: cuatro más que Joe. Sabía por experiencia que, mientras un centímetro cuadrado de la propiedad de Joe estuviera en peligro, su hermano no dormiría ni se permitiría descansar.
Permaneció abajo, conteniendo el aliento, mientras Joe trabajaba junto a la pared en llamas. Se derrumbaría en cualquier momento. Sólo cabía esperar que acabara pronto con su tarea y descendiera la escalerilla hasta un lugar seguro. Kevin murmuró todos los juramentos que conocía, en tanto su hermano coqueteaba con la muerte.
Mercaderes y siervos ahogaron una exclamación al ver que el muro ígneo se tambaleaba. Kevin habría querido bajar a Joe por la fuerza, pero sabía que sus fuerzas no superaban a las de su hermano mayor.
De pronto, los maderos cayeron dentro de los muros de piedra.
Inmediatamente Joe se lanzó por la escalerilla. Apenas tocó tierra, su hermano se arrojó contra él para derribarlo, poniéndolo lejos de la cortina de fuego.
–¡Maldito seas, Kevin! –Aulló Joe junto al oído de Kevin, aplastado por su peso–. ¡Me estás asfixiando! ¡Apártate!
El otro estaba demasiado habituado a sus reacciones como para ofenderse. Se levantó con lentitud; le dolían los músculos por el trabajo realizado en esos últimos días.
–¿Así me agradeces que te haya salvado la vida? ¿Por qué demonios te has entretenido tanto tiempo allí arriba? En pocos segundos más te habrías asado.
Joe se incorporó con prontitud y volvió la cara ennegrecida hacia el edificio que acababa de abandonar. El incendio ya estaba contenido dentro de los muros de piedra y no pasaría a la construcción vecina. Seguro ya de que los edificios estaban a salvo, se volvió hacia su hermano.
–¿Y qué podía hacer? ¿Dejar que se incendiara todo? –Preguntó, flexionando el hombro; lo tenía desarrollado y cubierto de sangre, allí donde Kevin lo había hecho rodar por entre escombros y grava–. O bien detenía el incendio, o bien me quedaba sin ciudad.
Los ojos de Kevin despedían chispas.
–Pues yo preferiría perder cien edificios y no a ti.
Joe sonrió, haciendo brillar sus dientes blancos y parejos contra la negrura de la cara sucia.
–Gracias –dijo serenamente –, pero creo que yo prefiero perder un poco de piel y no otro edificio.
Volvió la espalda a su hermano y fue a dirigir la actividad de otros hombres, que estaban empapando de agua los edificios contiguos al derribado.
Kevin se encogió de hombros y optó por alejarse. Joe era el amo de las fincas familiares desde los dieciséis años y se tomaba muy en serio la responsabilidad. Lo suyo era suyo, y combatiría a muerte por conservarlo. Sin embargo, hasta el siervo más indigno y el peor de los ladrones recibían de él un tratamiento justo mientras residieran en la propiedad Montgomery.
Joe volvió a la casa solariega ya avanzada la noche.
Se encaminó hacia el salón de invierno, un cuarto contiguo a la gran estancia que servía como comedor familiar. El suelo estaba cubierto de gruesas alfombras de Antioquía. Aquel cuarto era un agregado reciente, recubierto por un nuevo tipo de tallas realizadas en nogal que parecían la ondulación de una tela. Un extremo estaba ocupado por una chimenea enorme. En la repisa de piedra lucían los leopardos heráldicos de la familia Montgomery.
Kevin ya estaba allí, limpio y vestido de lana negra; ante sí tenía una enorme bandeja de plata, cargada de cerdo asado, trozos de pan caliente, manzanas y melocotones secos. Pensaba comer hasta la última migaja. Con un gruñido gutural, señaló una gran tina de madera, llena de agua humeante, que habían instalado ante la gran hoguera.
La fatiga estaba venciendo a Joe, que se quitó las calzas y las botas para deslizarse en la tina. El agua causó un desagradable efecto en sus ampollas y sus desolladuras recientes. Una joven criada salió de entre las sombras para lavarle la espalda.
–¿Dónde está Miles?–Preguntó Kevin, entre un bocado y otro.
–Lo envié a casa de Revedoune cuando me recordó que hoy debía efectuarse el compromiso. Ha ido en representación mía.
Joe se inclinó hacia adelante, dejando que la muchacha lo lavara. No miraba a su hermano. Kevin estuvo a punto de atragantarse con el cerdo.
–¿Qué has hecho?
Joe levantó la vista, sorprendido.
–Envié a Miles como representante para el compromiso con la heredera de Revedoune.
–¡Por Dios, hombre! ¿No tienes un poco de sentido común? No puedes enviar a otra persona, como si fueras a comprar una yegua de primera clase. ¡Se trata de una mujer!
Joe miró fijamente a su hermano. La luz del fuego destacó los profundos huecos de sus mejillas, mientras él apretaba los dientes.
–Sé perfectamente que se trata de una mujer. De lo contrario no se me obligaría a casarme con ella.
–¿Que se te obliga?
Kevin se echó atrás en la silla, incrédulo. En verdad, los tres hermanos menores habían viajado libremente por el país, visitando castillos y mansiones solariegas de Francia, hasta de Tierra Santa, mientras Joe permanecía encadenado a los registros contables. Tenía veintisiete años y hacía once que apenas abandonaba su heredad, excepto por el alzamiento de Escocia. Ignoraba que sus hermanos disculpaban con frecuencia lo que tomaban por ignorancia, puesto que el primogénito no había tratado más mujeres que las vulgares.
–Joe –comenzó otra vez con paciencia–, _________________ Revedoune es una dama, hija de un conde. Se le ha enseñado a esperar ciertas cosas de ti, tales como cortesía y respeto. Deberías haber ido en persona a decirle que deseas casarte con ella.
Joe estiró el brazo para que la criada le pasara el paño enjabonado. La pechera empapada de la muchacha se adhería a sus pechos llenos. Él la miró a los ojos y le sonrió, sintiendo los primeros impulsos del deseo. Después volvió los ojos a Kevin.
–Es que no quiero casarme con ella. No ha de ser tan ignorante como para pensar que me caso con ella por algo más que sus tierras.
–¡No puedes decirle eso! Debes hacerle la corte y...
Joe se puso de pie en la bañera. La muchacha se subió a un banquillo y le echó agua caliente en la cabeza para enjuagarlo.
–Será mía –dijo secamente –Hará lo que yo le diga. He visto a demasiadas damas de alcurnia y sé cómo son. Pasan la vida sentadas en sus habitaciones, cosiendo y chismorreando; comen frutas almibaradas y engordan. Son perezosas y estúpidas; tienen todo cuanto desean. Sé cómo tratar a esas mujeres. Hace una semana mandé traer de Londres algunos tapices de Flandes; escenas tontas, como nínfulas correteando por los bosques, para que no la asusten las escenas de guerra. Las colgaré en sus habitaciones; después pondré a su disposición todos los hilos de seda y las agujas de plata que pueda necesitar. Y estará satisfecha.
Kevin permaneció en silencio, pensando en las mujeres a las que había conocido durante sus viajes. La mayoría de ellas respondían a la descripción de Joe, pero también las había de fogosa inteligencia, que eran casi como compañeras de sus esposos.
–¿Y si desea intervenir en las cuestiones de la finca?
Joe salió de la tina y tomó la suave toalla de algodón que le entregaba la criada.
–No se entrometerá en lo que es mío. Hará lo que yo le diga o tendrá que lamentarlo.











¡Bienvenidas Jazz y Leydi!
Perdón por no decirselo antes...
Espero que les encante la nove...
Créanme, ODIARAN a Joe y Alice...
¡Gracias por leer! Nos vemos...








Última edición por MarthaJonas14 el Febrero 23rd 2012, 08:49, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 18th 2012, 13:20

siguela pliss soy tu nueva lectora
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 18th 2012, 14:28

¿Porque eres asi?
¡Me vas a hacer llorar! Jesús.
Ya decia yo que Joe era raro. ¡Es malo! Es muy malo en cuanto se trata de mujeres, y más con ______. No sé, siento que voy a querer matar a Joe y a esa tonta... Alice ¬¬
Y más con lo que me dices, Dios, ¿Porqué?
Solo espero que la sigas YA. Mujer, sube YA. Eres experta dejando a las personas nerviosas. ¿¡Porque demonios eres asiiiii!?
¡Me vas a matar!
Solo siguela Martha. Por lo que más quieras, SIGUELA.
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 23rd 2012, 08:53









Chicas les pido disculpas...
Me salté del cap 1 al 3... ya lo arregle, el cap 2 es color verde
Ya subo cap Wink









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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 23rd 2012, 08:56















Capítulo 4










La luz del sol entraba a torrentes por las ventanas abiertas y caía oblicuamente sobre el suelo cubierto de juncos, jugando con las pequeñas motas de polvo que centelleaban como partículas de oro. Era un perfecto día de primavera; el primero de mayo. Brillaba el sol y en el aire flotaba esa dulzura que sólo la primavera puede aportar. La habitación, grande y abierta, ocupaba la mitad del cuarto piso. Sus ventanas daban al sur y dejaban entrar luz suficiente para calentar la estancia. El ambiente era sencillo, pues Robert Revedoune no gustaba de malgastar el dinero en cosas que le parecían frívolas, como alfombras y tapices.
Sin embargo, esa mañana el cuarto no parecía tan austero. Todas las sillas estaban cubiertas de color, pues había vestiduras por todas partes: bellas, lujosas prendas, todas habrían pasado inadvertidas, de no ser porque su figura opacaba el brillo de las telas y las joyas. Sus pequeños pies estaban enfundados en suave cuero verde, forrado y ribeteado de armiño blanco con manchas negras. Por encima de la cintura, el traje se ajustaba bien a su cuerpo. Las largas mangas se estiraban desde las muñecas hasta por debajo del cinturón. Su talle era muy esbelto. El escote cuadrado exhibía ventajosamente los pechos llenos de _________________. La falda era una blanda campana que se mecía con suavidad al caminar.
Su tela era un tejido de oro, frágil y pesado, iridiscente al sol. Le rodeaba la cintura una estrecha banda de cuero dorado con incrustaciones de esmeraldas. En su frente, un fino cordón de oro sostenía una esmeralda grande. Le ceñía los hombros un manto de tafetán verde, completamente forrado de armiño.
En cualquier otra mujer, el mero brillo de ese atuendo verde y dorado habría sido excesivo, pero _________________ era más bella que prenda alguna. Aunque pequeña, sus curvas quitaban el aliento a los hombres.
La cabellera rojiza le pendía hasta la cintura y terminaba en abundantes rizos.
Mantenía alto el mentón y apretadas las fuertes mandíbulas.
Aunque pensaba en los horribles sucesos que sobrevendrían, sus labios se mantenían suaves y llenos. Pero eran los ojos los que llamaban la atención: su color dorado intenso captaba la luz solar y los destellos de su traje.
Giró apenas la cabeza para contemplar el bello día. En cualquier otro momento habría sentido deseos de montar a caballo para cruzar praderas floridas, pero ese día permanecía muy quieta, cuidando de no moverse para no arrugar el vestido. Sin embargo, no era su atuendo lo que la mantenía tan quieta, sino lo triste de sus pensamientos. Pues aquel era el día de su boda, día largamente temido, que acabaría con su libertad y con la felicidad conocida.
De pronto, se abrió la puerta y sus dos doncellas entraron en la gran habitación. Estaban ruborizadas, pues habían venido corriendo desde la iglesia, adonde habían ido para echar un primer vistazo al novio.
–Oh, señora mía –dijo Maud –¡Es tan apuesto! Alto, de pelo oscuro, ojos oscuros y hombros de este tamaño –estiró los brazos en toda su longitud, con un suspiro dramático –No me explico cómo cruza las puertas. Ha de hacerlo de costado.
Sus ojos danzaban al observar a su ama. No le gustaba verla tan desdichada.
–Y camina así –agregó Joan.
Echó los hombros hacia atrás, hasta que los omóplatos llegaron casi a juntarse, y dio varios pasos largos y firmes por el cuarto.
–Sí –aseveró Maud –es orgulloso. Tan orgulloso como todos los Montgomery. Actúan como si fueran los dueños del mundo.
–Ojalá fuera así –rió Joan.
Y miró de soslayo a Maud, que hacía lo posible por no reír con ella. Pero Maud estaba más atenta a su señora. Pese a todas las bromas, _________________ no había esbozado siquiera una sonrisa. La muchacha alargó una mano, indicando a su compañera que guardara silencio.
–Señora –dijo en voz baja –¿hay algo que desee? Tenemos tiempo, antes de partir hacia la iglesia. Tal vez...
_________________ meneó la cabeza.–Ya no hay ayuda posible para mí. ¿Mi madre está bien?
–Sí. Descansa antes de montar para ir a la iglesia. La distancia es larga y su brazo...
Maud se interrumpió, captando la expresión dolorida de su ama.
_________________ se culpaba por la fractura de Helen. Le bastaban sus remordimientos sin que Maud cometiera la torpeza de recordársela.
Maud habría querido darse de puntapiés.
–¿Estás lista? –Preguntó con suavidad.
–Mi cuerpo está listo. Sólo mis pensamientos necesitan más tiempo. ¿Tú y Joan se encargarán de mi madre?
–Pero, señora...
–No –interrumpió _________________ –Quiero estar sola. Tal vez sea mi último instante de intimidad por algún tiempo. ¿Quién sabe qué traerá el mañana?
Y tornó a mirar hacia la ventana.
Joan iba a replicar a tanta melancolía, pero Maud se lo impidió.
Joan no comprendía a _________________. Tenía fortuna, este era el día de su boda y, por añadidura, iba a casarse con un caballero joven y apuesto. ¿Por qué no era feliz? Se encogió de hombros, resignada, mientras Maud la empujaba hacia la puerta.
Los preparativos para la boda habían requerido semanas enteras.
Sería una festividad suntuosa y compleja, que costaría a su padre las rentas de todo un año. Ella había anotado en los registros cada compra, extrañada por los miles de piezas de tela necesarios para formar los grandes doseles, a fin de cobijar a los invitados. ¡Y la comida que se iba a servir! Mil cerdos, trescientos terneros, cien bueyes, cuatro mil pasteles de ternera, trescientos toneles de cerveza. Las listas eran interminables.
Y todo eso por algo que ella detestaba desesperadamente.
A casi todas las niñas se las educaba para que consideraran el matrimonio como parte del futuro. No era el caso de _________________. Desde el día de su nacimiento, se la había tratado de modo diferente. Su madre estaba ya desgastada por los abortos y por los años pasados junto a un esposo que la castigaba a la menor oportunidad. Al contemplar aquella menudencia de vida pelirroja, Helen quedó prendada. Aunque nunca se oponía a su esposo, por esa criatura se enfrentaría al mismo Diablo.
Quería dos cosas para su pequeña _________________: protección contra un padre brutal y violento, y la seguridad de que jamás caería en manos de hombres similares.
Por primera vez en muchos años de matrimonio, Helen se irguió ante el esposo al que tanto temía y exigió que su hija fuera destinada a la Iglesia. Poco le importaba a Robert lo que fuera de la madre o de la hija.
¿Qué le importaba esa niña? Tenía dos hijos varones de su primera esposa; lo único que había podido darle esa mujer medrosa y gimoteante eran bebés muertos y una hembra inútil. Riendo, aceptó que la niña fuera entregada a las monjas a la edad debida. Pero para demostrar a aquella criatura gemebunda lo que pensaba de sus exigencias, la arrojó por la escalera de piedra. Helen aún renqueaba de resultas de una doble fractura en la pierna, pero había valido la pena. Conservaba a su hija consigo, en completa intimidad. A veces, ni siquiera recordaba que era casada. Le gustaba imaginar que era viuda y que vivía sola con su encantadora hija.
Fueron años felices en los que adiestró a su niña para la exigente carrera del convento.
Y ahora todo eso quedaría en la nada. _________________ iba a convertirse en esposa: una mujer sin más poder que el que le permitiera su esposo y señor. _________________ nada sabía de la vida de esposa: cosía mal y no sabía tejer.
Nadie le había enseñado a permanecer sentada y quieta durante horas, permitiendo que los Sirvientes trabajaran por ella. Peor aún: _________________ ignoraba el sometimiento. Una esposa debía mantener los ojos bajos ante su marido y pedir su consejo en todo. A _________________, en cambio, se le había enseñado que algún día seria abadesa, única mujer a la que se consideraba igual a los hombres. Miraba a su padre y a sus hermanos de frente, ni siquiera se acobardaba cuando el padre le levantaba el puño. Eso, por algún motivo, parecía divertir a Robert. Su orgullo no era común entre las mujeres... ni tampoco entre la mayoría de los hombres, en realidad.
Caminaba con los hombros echados hacia atrás y la espalda erguida.
Ningún hombre toleraría que, con voz serena, analizara las relaciones del rey con los franceses o expresara sus radicales opiniones sobre el tratamiento de los siervos. Las mujeres debían hablar de joyas y adornos. _________________, en cambio, solía dejar que sus doncellas le eligieran la vestimenta, pero en cuanto faltaban de las despensas dos sacos de lentejas, su ira era formidable.
Helen se había tomado grandes molestias para apartar a su hija del mundo exterior. Temía que algún hombre, al verla, la solicitara, y que Robert accediera al enlace. Eso equivaldría a perderla. _________________ debería haber ingresado en el convento a los doce años, pero su madre no soportaba separarse de ella. La conservó consigo año tras año, egoístamente, sólo para que todos sus esfuerzos se disolvieran en la nada.
_________________ había tenido meses enteros para hacerse a la idea de que se casaría con un desconocido. No lo había visto ni quería verlo, demasiado tendría que tratarlo en el futuro. No conocía a más hombres que su padre y sus hermanos; por lo tanto, esperaba una vida junto a un hombre que odiaría a las mujeres y les pegaría; lo imaginaba nada instruido e incapaz de aprender algo, salvo el uso de la fuerza. Siempre había planeado escapar de una existencia semejante; ahora sabía que era imposible. En el curso de diez años ¿sería como su madre? ¿Un ser trémulo, siempre temeroso, cuyos ojos se desviaban hacia los rincones?
_________________ se levantó, y la pesada falda de oro cayó al suelo con un agradable susurro. ¡No sería así! Jamás mostraría su miedo a aquel hombre. Sintiera lo que sintiera, conservaría la cabeza en alto y la mirada firme.
Por un momento se le encorvaron los hombros. Sentía temor de aquel desconocido que sería su amo y señor. Sus doncellas reían y hablaban de sus amantes con alegría. ¿Acaso el matrimonio de los nobles podía ser igual? ¿Habría caballeros capaces de dar amor y ternura, tal como las mujeres?
Lo sabría en poco tiempo.
Volvió a erguir los hombros. Le daría una oportunidad, se dijo para sus adentros. Sería como su espejo: cuando él se mostrara amable, ella sería amable. Pero si él era como su padre, se encontraría con la horma de su zapato.
Ningún hombre había mandado nunca sobre ella y jamás lo haría.
Ese fue su juramento.
–¡Señora! –Llamó Joan, excitada, irrumpiendo en el cuarto –Afuera están Sir Kevin y su hermano, Sir Miles. Han venido a verte.–Como su ama la miraba inexpresivamente, puso cara de exasperación.–Son los hermanos de su esposo. Sir Kevin quiere conocerte antes de la boda.
_________________ hizo un gesto de asentimiento y se levantó para recibir a los visitantes. El hombre que iba a desposarla no evidenciaba interés alguno por ella. Hasta el compromiso había sido realizado por medio de un representante. Y ahora no era él quien la visitaba, sino sus hermanos.
Respiró hondo y se obligó a no temblar, aunque estaba más asustada de lo que había pensado.
Kevin y Miles descendían juntos la amplia escalera de la casa Revedoune. Habían llegado apenas la noche anterior, pues Joe insistía en postergar el inminente enlace hasta el último instante. Kevin trató de que visitara a su novia, pero él se negó. Puesto que tendría que verla durante tantos años venideros, ¿a qué encarar anticipadamente la maldición?
Cuando Miles regresó del compromiso, tras oficiar de representante, fue Kevin quien le interrogó con respecto a la heredera.
Como de costumbre, Miles dijo poca cosa, pero Kevin adivinó que estaba ocultando algo. Y al verse frente a la novia, comprendió qué era.
–¿Por qué no dijiste nada a Joe ?–Acusó –Sabes cuánto teme que se trate de una heredera fea.
Miles no sonrió, pero le brillaban los ojos al recordar a su futura cuñada.
–Tal vez convenga demostrarle, por una vez, que puede equivocarse.
Kevin sofocó una carcajada. A veces Joe trataba a su hermano menor como si fuera un niño y no un hombre de veinte años. El hecho de que Miles no le describiera la belleza de su novia era pequeño castigo para tanto autoritarismo.
–¡Pensar que Joe me la ofreció y ni siquiera hice el intento! Si la hubiera visto habría peleado por ella. ¿Te parece que es demasiado tarde?
Si hubo respuesta, Kevin no la escuchó. Sus pensamientos estaban fijos en aquella pequeña cuñada, que apenas le llegaba al hombro. Había apreciado ese detalle antes de verle la cara. Después de enfrentarse a sus ojos, oro puro y rico como el de Tierra Santa, ya nada vio. _________________ Revedoune lo había encarado con una mirada inteligente y serena, como evaluándolo. Kevin, incapaz de pronunciar palabra, se sentía sumergido en la corriente de aquellos ojos. Ella no hacía caritas ni reía infantilmente, como casi todas las vírgenes: lo miraba de igual a igual, y esa sensación le resultó embriagadora. Miles tuvo que darle un codazo para que hablara, mientras el otro se imaginaba llevándosela lejos de aquella casa y de toda aquella gente para hacerla suya. Había sentido la necesidad de marcharse antes de tener más pensamientos indecentes con respecto a la prometida de su hermano.
–Miles –dijo al bajar, con las mejillas surcadas por los hoyuelos, como le ocurría cuando contenía la risa –tal vez podamos desquitarnos de nuestro hermano mayor por habernos exigido tantas horas en el campo de adiestramiento.
–¿Qué planes tienes? –Los ojos del menor ardían de interés.
–Si no me falla la memoria, acabo de ver a una enana espantosa, de dientes podridos y trasero increíblemente gordo.
Miles empezó a sonreír. En verdad habían visto a un verdadero espantajo al bajar la escalera.
–Comprendo. No tenemos que mentir, pero nada nos obliga a decir toda la verdad.
–Es lo que yo pienso.

Aún era temprano cuando _________________siguió a sus doncellas por la escalera, hasta el gran salón del segundo piso. El suelo estaba cubierto de juncos frescos; los tapices almacenados habían sido colgados allí, y el trayecto entre la puerta y la parte trasera del salón era un grueso camino de lirios y pétalos de rosa. Por allí caminaría al regresar de la iglesia, ya casada.
Maud marchaba detrás de su ama, sosteniendo en alto la larga cola del frágil vestido dorado y el manto forrado de armiño. _________________ se detuvo durante un segundo antes de abandonar la casa y respiró hondo para darse valor.
Tardó un momento en adaptarse a la fuerte luz del sol; entonces vio la larga fila de personas que habían acudido para presenciar las bodas de la hija de un conde. No estaba preparada para recibir los vítores con que la saludaron: un alarido de bienvenida y de placer por la visión de la joven tan espléndida.
_________________ sonrió a manera de respuesta, saludando con la cabeza a los huéspedes montados, a siervos y mercaderes.
El trayecto hasta la iglesia sería como un desfile, ideado para exhibir la riqueza y la importancia de Robert Revedoune. Más tarde, podría vanagloriarse de que a la boda de su hija habían asistido tantos condes y tantos barones. Los juglares encabezaban la procesión, anunciando con entusiasmo el paso de la novia. _________________ fue subida al caballo blanco por su propio padre, que hizo una señal de aprobación ante su atuendo y su porte. Para aquella gran ocasión debía montar de costado; la desacostumbrada posición la hacía sentirse incómoda, pero lo disimuló. Su madre cabalgaba detrás, flanqueada por Miles y Kevin. Los seguía una multitud de invitados, en orden de importancia.
Con gran estruendo de címbalos, los juglares comenzaron a cantar y la procesión se puso en marcha. Avanzaban lentamente, siguiendo a los músicos y a Robert Revedoune, que iba a pie, llevando de la brida el caballo de su hija.
Pese a todos sus votos y juramentos, _________________ descubrió que se estaba poniendo más y más nerviosa. La curiosidad con respecto a su prometido comenzaba a carcomerla. Permanecía muy erguida, pero aguzaba la vista, tratando de divisar las dos siluetas que ocupaban la puerta de la iglesia: el sacerdote y el desconocido que sería su esposo.
Joe no tenía la misma curiosidad. Aún sentía el estómago revuelto por la descripción de Kevin: al parecer, la muchacha era medio idiota, además de fea. Trató de no mirar el cortejo que se acercaba rápidamente, pero el ruido de los juglares y los ensordecedores vítores de los siervos, reunidos a la vera del camino, le impedían oír sus propios pensamientos. Contra su voluntad, sus ojos giraron hacia el desfile.
Al levantar la vista, vio a la muchacha de cabellera rojo dorada a lomo de un caballo blanco. No tenía idea de quién podía ser, y tardó todo un minuto en comprender que se trataba de su novia. El sol centelleaba en ella como si fuera una diosa pagana. La miró boquiabierto.
Después, estalló en una sonrisa.
¡Kevin! ¡Era de esperar que Kevin mintiera! Su alivio y su felicidad fueron tales que, sin darse cuenta, abandonó el atrio de la iglesia para bajar la escalinata bajando los peldaños de a dos en dos y de tres en tres.
La costumbre dictaba que el novio esperara hasta que el padre de la desposada bajara a la muchacha de su caballo y la acompañara por la escalinata para presentarla a su nuevo señor. Pero Joe quería verla mejor. Sin oír las risas y los vítores de los espectadores, apartó a su suegro de un empellón y tomó a su novia de la cintura para bajarla del
caballo.
Desde cerca era aún más hermosa. Los ojos de Joe se regodearon con aquellos labios blandos, llenos e incitantes. Su piel era clara, más suave que el mejor satén. Y cuando al fin reparó en los ojos estuvo a punto de lanzar una exclamación.
Sonrió de puro placer y ella le devolvió la sonrisa, descubriendo sus dientes blancos. El rugido de la multitud lo devolvió a la realidad.
Contra su voluntad, Joe la depositó en tierra y le ofreció el brazo, sujetando la mano enlazada a su codo como si temiera verla huir. Tenía toda la intención de conservar aquella nueva pertenencia.
Los espectadores quedaron totalmente complacidos por su impetuosa conducta y expresaron de viva voz su aprobación. Robert frunció profundamente el ceño por haber sido empujado, pero luego vio que todos sus invitados reían.
La ceremonia matrimonial se realizó en el atrio de la iglesia, para que todos pudieran presenciarla, puesto que en el interior sólo habrían cabido unos pocos. El sacerdote preguntó a Joe si aceptaba a _________________ Revedoune por esposa.
Joe contempló a la mujer que estaba a su lado, con la cabellera suelta hasta la cintura, donde se rizaba a la perfección, y replicó:–Acepto.
Luego el sacerdote interrogó a _________________, que miraba a su prometido con la misma franqueza. Este vestía de gris de la cabeza a los pies; el chaleco y la amplia chaqueta eran de suave terciopelo italiano; esta última estaba completamente forrada de visón oscuro, y la piel formaba un ancho cuello, además de un estrecho borde en la pechera. Su único adorno era la espada que pendía baja desde su cadera; la empuñadura lucía un gran diamante que centelleaba bajo el sol.
Si bien las doncellas habían dicho que Joe era apuesto, _________________ no esperaba encontrarse con tal aire de fuerza, sino con algún joven delicado y rubio. Observó su denso pelo negro, que se rizaba a lo largo del cuello, los labios que le sonreían y aquellos ojos, que de pronto le hicieron correr un escalofrío por la columna. Para deleite de la multitud, el sacerdote tuvo que repetirle la pregunta. _________________ sintió que le ardían las mejillas al dar el sí. Decididamente, estaba muy dispuesta a aceptar a Joe Montgomery.
Prometieron amarse, honrarse y obedecerse. Después vino el intercambio de anillos, en tanto la multitud, momentáneamente callada hasta entonces, soltaba otro bramido amenazador para el tejado del templo. La lectura de la dote que aportaría la novia casi no se oyó.
Aquellos hermosos jóvenes contaban con el gran afecto de todos. Los novios tomaron después sendas canastillas con monedas de plata, para arrojarlas al gentío reunido al pie de la escalinata. Luego, la pareja siguió al sacerdote al interior de la catedral, silenciosa y relativamente oscura.
Joe y _________________ ocuparon sitiales de honor en el coro, por encima de la muchedumbre de los invitados. Parecían niños por el modo en que se miraban furtivamente, a lo largo de aquella misa larga y solemne. Los invitados los observaban con adoración, encantados por aquel matrimonio que se iniciaba como un cuento de hadas. Los juglares ya estaban componiendo las canciones que entonarían después, durante el banquete. Los siervos y la clase media permanecían fuera de la iglesia, intercambiando comentarios sobre las exquisitas vestimentas de los invitados y, más que nada, sobre la belleza de la novia.
Pero había allí una persona que no era feliz. Alice Valence, sentada junto a la gorda y soñolienta silueta de su futuro esposo, Edmund Chartworth, miraba a la desposada con todo el odio de su corazón.
¡Joe había quedado como un tonto! Hasta los siervos se habían reído al verle correr por la escalinata en busca de aquella mujer, como el muchachito que corre tras su primer caballo.
¿Y cómo podía alguien decir que aquella bruja pelirroja era hermosa? Alice sabía que el pelo rojo siempre se acompaña de pecas.
Apartó la vista de _________________ para fijarla en Joe. Era él quien la enfurecía. Alice lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo.
Aunque una cara bonita pudiera hacerlo brincar como un payaso, sus emociones eran profundas. Le había dicho que la amaba y era cierto. Y ella se ocuparía de recordárselo cuanto antes. No le permitiría olvidarse de eso cuando estuviera en el lecho con aquel demonio pelirrojo.
Se miró las manos y sonrió. Era dueña de un anillo... sí, lo tenía consigo. Algo más tranquila, miró otra vez a los novios, mientras iba formando un plan en su mente.
Vio que Joe tomaba la mano de _________________ para besarla, sin prestar atención a Kevin, quien le recordaba que estaban en la iglesia. Alice meneó la cabeza; esa tonta ni siquiera sabía cómo reaccionar. Debería haber entornado los ojos y ruborizarse; por su parte, sabía ruborizarse de un modo muy favorecedor. Pero _________________ Revedoune se limitó a mirar fijamente a su esposo, atenta a cada uno de sus movimientos. Muy poco femenino.
En ese momento alguien la estaba observando. Kevin clavó la vista en Alice desde el coro y reparó en la arruga que fruncía su frente perfecta. Sin duda alguna, la joven no tenía idea de que estaba haciendo ese gesto, pues siempre ponía mucho cuidado en mostrar sólo lo que debía ser visto.
“Fuego y hielo”, pensó. La belleza de _________________ era como fuego junto a la gélida palidez de Alice. Sonrió al recordar la facilidad con que el fuego derretía el hielo, pero luego recordó que todo dependía de la intensidad de las llamas y del tamaño del bloque helado. Su hermano era un hombre cuerdo y sensato, racional en todos los aspectos, salvo en uno: Alice Valence. Joe la adoraba; se enfurecía cuando alguien hacía la más leve mención de sus defectos. Esa nueva esposa ejercía su atracción sobre él, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Podría superar el hecho de que Alice le hubiera robado el corazón?
Kevin rezó porque así fuera. Mientras paseaba su mirada entre las dos mujeres, comprendió que Alice podía ser una mujer para adorar, pero _________________ era para el amor.










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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 23rd 2012, 12:15

Oh Dios.
Siento que Joe está fingiendo, no sé.
Ya leí como es el en los capitulos anteriores y que de un momento a otro cambie.
No no. No me convence ese chico. No.
Y esa Alice, ¡LA ODIO!
Dios, le encanta planear cosas malas contra ______, quisiera entrar en la novela y matarla, AGH.
Y aww, tan lindo Kevin, lo que piensa de la Rayis. Y es totalmente cierto, eh.
Esa Alice solo es deseo, en cambio ______, siento que es para algo más serio.
Y también veo que Joe será MALO, es que, agh, siento que no está siendo sincero, pero que se ______, le mostrará que no es tonta.
Claro, todo esto más adelante.
Ya, ¡SOLO SIGUELAAAAAA!
Por favor mujer, sigueeee!
Jajaja, Bye.
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 25th 2012, 17:59









Capítulo 5











Al terminar la larga misa de esponsales, Joe tomó a _________________ de la mano y la condujo hasta el altar, donde se arrodillaron ante el sacerdote para que los bendijera. El santo hombre dio a Joe el beso de la paz, que él transmitió a su esposa. Debería haber sido un beso simbólico; en verdad fue leve, pero los labios de Joe se demoraron en ella. _________________ le echó una mirada, sus ojos dorados reflejaban placer al tiempo que sorpresa.
Joe sonreía ampliamente, lleno de puro gozo. La tomó nuevamente de la mano y la llevó afuera casi corriendo. Una vez en el exterior, la muchedumbre les arrojó una lluvia de arroz que, por su volumen, resultó casi mortífera. Él levantó a _________________ para sentarla en su montura; aquel talle era muy estrecho, aun envuelto en tantas capas de tela. El joven habría querido subirla a su grupa, pero ya había faltado sobradamente a las costumbres al verla por primera vez. Iba a tomar las riendas del animal, pero _________________ se hizo cargo de ellas. Joe quedó complacido: su esposa debía ser, necesariamente, buena amazona.
Los novios encabezaron el cortejo hasta la casa solariega de Revedoune; cuando entraron en el gran salón, Joe la llevaba con firmeza de la mano. _________________ contempló los lirios y los pétalos de rosa esparcidos por el suelo. Pocas horas antes, esas flores le habían parecido el presagio de algo horrible que estaba a punto de ocurrirle. Ahora, al mirar aquellos ojos grises que le sonreían, la idea de ser su esposa no le parecía horrible en absoluto.
–Daría cualquier cosa por conocer tus pensamientos –dijo Joe, acercándole los labios al oído.
–Pensaba que el matrimonio no parece tan mala cosa como yo creía.
Joe quedó aturdido por un momento; luego echó la cabeza atrás, en un bramido de risa. _________________ no tenía idea de que acababa de insultarlo y elogiarlo en una misma frase.
Una joven bien educada jamás habría admitido que le disgustaba la idea de casarse con el hombre elegido para ella.
–Bueno, esposa mía –dijo con ojos chispeantes –eso me complace sobremanera.
Eran las primeras palabras que intercambiaban... y no tuvieron tiempo para más. Los novios tenían que ponerse al frente de la fila para saludar a los cientos de invitados que iban a felicitarlos.
_________________ permaneció serena junto a su esposo, sonriendo a cada uno de los invitados. Conocía a muy pocos de ellos, puesto que su vida había transcurrido en reclusión.
Robert Revedoune, a un lado, la observaba para asegurarse de que no cometiera errores. No estaría seguro de haberse liberado de ella mientras el matrimonio no se consumara.
La joven había temido, en un principio, que sus ropas fueran excesivamente ostentosas, pero al observar a sus huéspedes, murmurando palabras de agradecimiento, comprendió que su atuendo era conservador. Los asistentes vestían colores de pavo real... varios de ellos al mismo tiempo. En las mujeres se veían rojos, purpúreos y verdes.
Había cuadros, listas, brocados, aplicaciones y lujosos bordados. El vestido verde y oro de _________________ se destacaba por su discreción.
De pronto, Kevin la tomó por la cintura y la levantó en vilo para plantarle un sonoro beso en cada mejilla.
–Bienvenida al clan de los Montgomery, hermanita –le dijo con dulzura, con las mejillas surcadas por profundos hoyuelos.
A _________________ le gustó esa franqueza. El siguiente fue Miles, a quien ella conocía por haber oficiado él de representante durante el compromiso.
Aquella vez la había mirado como con ojos de halcón.
Miles seguía observándola de ese modo extraño y penetrante. Ella desvió los ojos hacia su marido, que parecía estar regañando a Kevin por alguna broma sobre una mujer fea. Kevin, más bajo que Joe, vestía de terciopelo negro con ribetes plateados; sus profundos hoyuelos y los risueños ojos azules hacían de él un hombre apuesto. Miles era tan alto como el mayor, pero de constitución más ligera.
De los tres, era quien vestía con más lujo: chaleco de lana verde oscuro y chaqueta verde brillante, forrada de martas oscuras. Le ceñía las esbeltas caderas un ancho cinto de cuero con esmeraldas incrustadas.
Los tres eran fuertes y gallardos, pero al verlos juntos Joe eclipsaba a los otros. Al menos, así era a los ojos de _________________. Él sintió aquella mirada fija en su persona y giró hacia ella. Le tomó la mano y le aplicó un beso en los dedos. _________________ sintió que su corazón se aceleraba:
Joe acababa de tocarle con la lengua la punta de un dedo.
–Creo que deberías esperar un rato, hermano, aunque comprendo los motivos de tu impaciencia –rió Kevin –Háblame otra vez de las herederas gordas y demasiado alimentadas.
Joe soltó con desgana la mano de su esposa.
–Puedes burlarte de mí cuanto quieras, pero soy yo quien la posee, de modo que reiré el último. O tal vez no corresponda hablar de risas.
Kevin dejó escapar un sonido gutural y asestó un codazo a su hermano menor.
–Vamos a ver si encontramos alguna otra diosa de ojos dorados en esta casa. Da un beso de bienvenida a tu cuñada y ponte en marcha.
Miles tomó la mano de _________________ y la besó largamente, sin dejar de mirarla a los ojos.
–Creo que reservaré el beso para un momento de mayor intimidad –dijo, antes de seguir a Kevin.
Joe la rodeó posesivamente con un brazo.
–No dejes que te alteren. Sólo están bromeando.
–Pues me gustan sus bromas.
Joe le sonrió, pero de pronto apartó el brazo. Ese contacto había estado a punto de hacerlo arder. El lecho estaba a muchas horas de distancia. Si quería llegar al fin de la jornada, tendría que mantener las manos lejos de ella.
Más tarde, mientras _________________ aceptaba un beso de cierta mujer marchita, condesa de alguna parte, sintió que Joe se ponía rígido a su lado. Siguió la dirección de su mirada; estaba fija en una mujer tan bella que varios hombres la miraban boquiabiertos. Cuando la tuvo ante sí, quedó asombrada ante el odio que ardía en aquellos ojos azules. Estuvo a punto de persignarse a manera de protección. Algunas risitas le llamaron la atención: a varias personas les divertía grandemente el espectáculo de aquellas dos mujeres, ambas hermosas y muy diferentes, enfrentadas entre sí.
La rubia pasó rápidamente junto a Joe, negándose a mirarlo a los ojos. _________________ notó una expresión de dolor en la cara de su marido. Se trataba de un encuentro desconcertante, que no logró comprender.
Por fin, acabó la recepción. Todos los huéspedes habían felicitado a los recién casados y recibido un regalo del padre de la novia, según su importancia. Por fin, sonaron las trompetas, indicando que se iniciaba el festín.
Mientras los invitados saludaban a los novios, se habían puesto las mesas en el gran salón y ya estaban cubiertas de comida: pollo, pato, perdiz, cigüeña, faisán, codorniz, cerdo y carne de vaca. Había pasteles de carne y doce clases de pescado. Abundaban las hortalizas, sazonadas con especias del Oriente. Se servirían las primeras fresas de la temporada, además de algunas raras y costosas granadas.
La riqueza del ajuar de la finca estaba a la vista en los platos de oro y plata que usaban los huéspedes más importantes, sentados a la mesa principal, en una plataforma algo elevada. _________________ y Joe tenían copas gemelas: altas, esbeltas, hechas de plata y con bases de oro finamente trabajado.
En el centro había una zona despejada donde cantaban y actuaban los juglares, Había bailarinas orientales que se movían tentadoramente, acróbatas y un elenco de artistas itinerantes que representaban una obra.
El tremendo bullicio colmaba aquel inmenso salón, cuya altura era de dos plantas.
–No comes mucho –observó Joe, tratando de no gritar, aunque resultaba difícil hacerse oír en medio de tanto estruendo.
–No –ella lo miró con una sonrisa. La idea de que aquel desconocido era su esposo le cruzaba por la mente con insistencia. Sentía deseos de tocarle la hendidura del mentón.
–Ven –propuso él.
Y la tomó de la mano para ayudarla a levantarse. Hubo silbidos y bromas obscenas a granel, en tanto Joe conducía a su desposada fuera del gran salón. Ninguno de ellos volvió la cabeza.
Pasearon por los campos, llenos de flores primaverales que rozaban la larga falda de _________________. A la derecha se alzaban las tiendas de quienes participarían en el torneo del día siguiente. En cada tienda flameaba un estandarte que identificaba a su ocupante. Por doquier, el leopardo de los Montgomery. El estandarte mostraba a tres leopardos dispuestos en sentido vertical, bardados en centelleante hilo de oro sobre un campo verde esmeralda.
–¿Todos son parientes tuyos? –Preguntó _________________.
Joe miró por encima de su cabeza.
–Tíos y primos. Cuando Kevin dijo que éramos un clan no mentía.
–¿Eres feliz con ellos?
–¿Feliz? –Joe se encogió de hombros.–Son Montgomery.–Para él, eso parecía respuesta suficiente.
Se detuvieron en una pequeña loma, desde donde se veían las tiendas elevadas abajo. Él la retuvo de la mano, mientras _________________ esparcía sus faldas para sentarse. Joe se tendió a su lado cuan largo era, con las manos detrás de la nuca.
La muchacha permaneció sentada, algo más adelante, con las piernas del mozo extendidas ante sí. Apreció la curva de los músculos por encima de las rodillas, allí donde se redondeaban hacia el muslo.
Supo, sin lugar a dudas, que cada uno de aquellos muslos era más ancho que su cintura. Inesperadamente se estremeció.
–¿Tienes frío? –Preguntó Joe, inmediatamente alertado. Se incorporó sobre los codos para observarla. Ella meneó la cabeza –Espero que no te haya molestado salir un rato. Pensarás que no tengo educación: primero, lo de la iglesia; ahora, esto. Pero había demasiado ruido y yo quería estar a solas contigo.
–Yo también –reconoció ella con franqueza, mirándolo a los ojos.
Él levantó una mano para tomar un rizo de su cabellera, dejando que se le enroscara a la muñeca.
–Me llevé una sorpresa al verte. Me habían dicho que eras fea.
Sus ojos chisporroteaban.
–¿Quién te dijo eso?
–Todo el mundo opinaba que si Revedoune mantenía oculta a su hija era por eso.
–Antes bien, se me mantenía oculta de él.
_________________ no dijo más, pero Joe comprendió. Poco le gustaba aquel hombre pendenciero, que castigaba a los débiles y se acobardaba ante los fuertes.
Le sonrió.
–Me complaces mucho. Eres más de lo que cualquier hombre podría desear.
De pronto, ella recordó aquel dulce beso en la iglesia. ¿Cómo sería besarse otra vez, sin prisa? Tenía muy poca experiencia en las costumbres entre hombres y mujeres.
Joe contuvo el aliento al notar que ella le miraba la boca. Una rápida mirada al sol le indicó que aún faltaban muchas horas para tenerla sólo para sí. No comenzaría algo, que no pudiera terminar.
–Tenemos que volver a la casa –dijo bruscamente –Nuestra conducta ya ha de haber provocado maledicencia para varios años.
La ayudó a ponerse de pie. Al tenerla tan cerca le miró la cabellera, inhalando su especiada fragancia. Sabía que el sol la había entibiado; su única intención fue aplicar un casto beso a aquellos cabellos, pero _________________ levantó la cara para sonreírle. A los pocos segundos la tenía abrazada y la estaba besando.
El escaso conocimiento que _________________ tenía sobre las relaciones sexuales provenía de sus doncellas, que reían como niñitas al comparar las proezas amatorias de un hombre y otro. Por eso reaccionó al beso de Joe no con la reticencia de una verdadera dama, sino con todo el entusiasmo que sentía.
Él le puso las manos tras la nuca y la muchacha abrió los labios, apretándose a él. ¡Qué corpulento era! Los músculos de su pecho se sentían duros contra su suavidad; sus muslos eran como acero. Le gustaban su contacto, su olor, y estrechó el abrazo.
De pronto, Joe se echó atrás, respirando con jadeos breves.
–Pareces saber demasiado de besos –observó, enfadado –¿Has besado mucho?
La mente y el cuerpo de _________________ estaban tan llenos de sensaciones nuevas que no reparó en su tono.
–Nunca antes había besado a un hombre. Mis doncellas me dijeron que era agradable, pero es más que eso.
Él la miró con fijeza; sabía reconocer la sinceridad de aquella respuesta.
–Ahora volvamos y recemos para que anochezca temprano.
Ella apartó la cara enrojecida y lo siguió. Caminaron con lentitud hacia el castillo, sin pronunciar palabra. Joe parecía concentrar su atención en la tienda que se estaba erigiendo. Si no hubiera sujetado con tanta firmeza la mano de su esposa, ella habría pensado que la tenía olvidada.
Como miraba hacia el lado opuesto, el joven no vio a Robert Revedoune, que los estaba esperando. _________________ sí. Reconociendo la ira en su mirada, se preparó para enfrentarse a él.
–¡Desgraciada! –Siseó el padre –Andas jadeando tras él como una perra en celo. ¡No quiero que toda Inglaterra se ría de mí! –Levantó la mano y la descargó de revés contra la cara de _________________.
Joe tardó un momento en reaccionar. Nunca habría imaginado que un padre podía golpear a su hija. Cuando reaccionó, lo que hizo fue hundir el puño en la cara de su suegro, con lo cual lo dejó despatarrado en tierra, totalmente aturdido.
_________________ echó un vistazo a su marido. Tenía los ojos negros y la mandíbula convertida en granito.
–No se atreva a tocarla nunca más –ordenó él en voz baja y mortífera –Siempre conservo lo que me pertenece... y lo cuido.
Dio otro paso hacia Revedoune, pero _________________ lo sujetó por el brazo.
–No, por favor. No me ha hecho daño, y ya le has hecho pagar esa pequeña bofetada.
Joe no se movió. Los ojos de Robert Revedoune iban de su hija a su yerno. Tuvo la prudencia de no pronunciar palabra; en vez de ello se levantó para alejarse con lentitud.
_________________ tiró de la manga de su esposo.
–No dejemos que nos arruine el día. Él nada sabe, salvo usar los puños.
Su mente era un torbellino. Los pocos hombres que conocía habrían pensado que todo padre estaba en su derecho si castigaba a una hija. Tal vez Joe sólo la consideraba propiedad suya, pero su modo de hablar había hecho que ella se sintiera protegida, casi amada.
–Deja que te mire –pidió Joe. Su voz demostraba que le estaba costando dominar su carácter.
Le deslizó la punta de los dedos por los labios, buscando magulladuras o cortes. Ella estudió la sombra de su mentón, allí donde acechaba la barba bajo la piel bien rasurada. Su solo contacto le aflojaba las rodillas. Levantó la mano y apoyó un dedo en la hendidura del mentón. Él interrumpió su exploración para mirarla a los ojos. Ambos guardaron silencio durante largos instantes.
–Tenemos que regresar a la casa –dijo Joe con tristeza. La tomó del brazo para conducirla otra vez al castillo.
Habían estado ausentes más tiempo del que pensaban.
La comida había sido retirada y las mesas de caballete, desmanteladas, estaban amontonadas contra la pared. Los músicos afinaban sus instrumentos, pues estaba a punto de iniciarse el baile.
–Joe –llamó alguien –tú la tendrás el resto de tu vida. No debes acapararla hoy también.
_________________ se aferró al brazo del mozo, pero pronto se vio atraída a un círculo de enérgicos bailarines. En tanto la llevaban y la traían con pasos rápidos y vigorosos, trató de no perder de vista a su marido. Un hombre rió entre dientes, haciéndole levantar la vista.
–Hermanita –dijo Kevin–de vez en cuando deberías reservar una mirada para nosotros, los demás.
_________________ le sonrió; tuvo apenas tiempo de hacerlo antes de que un brazo fuerte la hiciera girar, levantándola del suelo. Cuando volvió al lado de Kevin, dijo:
–¿Cómo ignorar a hombres tan apuestos como mis cuñados?
–Buena réplica, pero, si tus ojos no mienten, es sólo mi hermano el que enciende la luz de las estrellas en esos trozos de oro.
Una vez más, alguien se llevó a _________________. En el momento en que giraba en brazos de otro, vio que Joe sonreía a una bonita mujer de vestido verde y púrpura. Vio también que la menuda mujer tocaba el terciopelo de la pechera masculina.
–¿Por qué has perdido la sonrisa? –Le preguntó Kevin cuando volvieron a encontrarse. Y giró para observar a su hermano.
–¿Verdad que es bonita? –Preguntó _________________.
El joven se dominó para no soltar una carcajada.
–¡Es fea! Parece un ratón. Joe no la tomaría. –“Porque todo el mundo ya lo ha hecho”, agregó para sus adentras. Y suspiró –Ah, vamos a tomar un poco de sidra.
La tomó del brazo para conducirla al otro lado del salón, lejos de Joe. _________________ permaneció muy quieta a su lado, observando a Joe, que guiaba a la mujer de pelo castaño por la pista de baile; cada vez que él tocaba a la mujer un dolor veloz cruzaba el pecho de su esposa. Kevin estaba absorbido por la conversación con otro hombre. Ella dejó su copa y caminó lentamente hacia fuera.
Detrás de la casa solariega había un pequeño jardín amurallado.
Cada vez que _________________ necesitaba estar sola acudía allí. Tenía grabado a fuego la imagen de Joe con la mujer entre sus brazos. ¿Por qué la molestaba tanto? Apenas hacía unas cuantas horas que lo conocía. ¿Qué importaba que él tocara a otra?
Se sentó en un banco de piedra, oculto al resto del jardín. ¿Era posible que estuviera celosa? En toda su vida no había experimentado esa emoción, pero sólo sabía que no quería ver a su marido atento a otra.
–Sabía que te encontraría aquí.
_________________ miró a su madre y volvió a bajar la vista. Helen se apresuró a sentarse a su lado.
–¿Ocurre algo malo? ¿Ha sido él poco amable contigo?
–¿Joe? –preguntó _________________ con lentitud, saboreando el sonido de ese nombre –Al contrario. Es más que amable.
A Helen no le gustó lo que veía en la cara de su hija.
Ella también había sido así. La tomó por los hombros, aunque el movimiento afectaba a su brazo no del todo curado.
–¡Debes escucharme! Hace demasiado tiempo que postergo esta conversación contigo. Día a día esperaba que algo impidiera este casamiento, pero no fue así. Te diré algo que tienes que saber: nunca jamás confíes en un hombre.
_________________ quiso defender a su esposo.
–¡Pero si Joe es un hombre honorable! –Dijo, terca.
Su madre dejó caer las manos en el regazo.
–Ah, sí, son honorables entre ellos y hasta con sus caballos. Pero para todo hombre una mujer representa menos que su caballo. Una mujer se reemplaza con más facilidad y cuesta menos. El hombre incapaz de mentir al más miserable de sus vasallos no duda en contar las peores fábulas a su esposa. No tiene nada que perder. ¿Qué es una mujer?
–No –dijo _________________ –No puedo creer que todos sean así.
–En ese caso, te espera una vida tan larga y desdichada como la mía. Si yo hubiera aprendido eso a tu edad, mi vida habría sido diferente. Yo me creía enamorada de tu padre. Hasta se lo dije. Él se rió de mí. ¿Sabes lo que significa para una mujer entregar su corazón a un hombre y ver que él lo recibe con una carcajada?
–Pero los hombres aman a las mujeres... –comenzó _________________. No podía creer lo que su madre le estaba diciendo.
–Aman a las mujeres, sí, pero sólo a aquellas cuyas camas ocupan... y cuando se cansan de una, aman a otra. Sólo hay un momento en que la mujer tiene algún poder sobre su esposo: cuando aún es nueva para él, cuando aún opera la magia del lecho. Entonces él la “ama” y ella puede dominarlo.
_________________ se levantó, dándole la espalda.
–No todos los hombres serán como tú dices. Joe... –Pero no pudo terminar.
Helen, alarmada, se acercó a ella y la miró de frente.
–No me digas que te sientes enamorada de él. Oh, _________________, mi dulce _________________, ¿has vivido veinte años en esta casa sin aprender nada, sin ver nada? Tu padre también era así en otros tiempos. Aunque te cueste creerlo, yo también era hermosa y le agradaba. Es por eso por lo que te digo estas cosas. ¿Crees que me gusta revelarlas a mi única hija? Te preparé para la Iglesia, para salvarte de estas cosas. Préstame atención: tienes que afirmarte ante él desde un principio, de ese modo te escuchará. Nunca le demuestres miedo. Cuando la mujer lo deja translucir, el hombre se siente fuerte. Si planteas exigencias desde un principio, tal vez te escuche... pero pronto será demasiado tarde. Habrá otras mujeres y...
–¡No! –Gritó _________________.
Helen la miró con gran tristeza. No podía ahorrar a su hija el dolor que le esperaba.
–Tengo que volver junto a los invitados. ¿Me acompañas?
–No –murmuró la muchacha –Iré dentro de un momento. Necesito pensar.
Helen se encogió de hombros y entró por el portón lateral. No había otra cosa que pudiera hacer.
_________________ permaneció sentada en el banco de piedra, con las rodillas recogidas bajo el mentón. Mentalmente defendía a su esposo de lo que su madre había dicho. Una y otra vez pensó en cien maneras de demostrar que Joe era muy diferente de su padre, pero casi todas eran producto de su imaginación.
Interrumpió sus pensamientos el ruido del portón al abrirse. Una mujer delgada entró al jardín. _________________ la reconoció de, inmediato, pues vestía de modo tal que la gente reparaba en ella. El costado izquierdo de su corpiño era de tafetán verde; el derecho, rojo; los colores se invertían en la falda. Caminaba con aire seguro. _________________ la observó desde su banco, oculto entre las madreselvas. Su primera impresión, al verla en la recepción, había sido que Alice Valence era bella, pero ahora ya no le parecía así. Tenía el mentón débil y la boca apretada, como para revelar lo menos posible. Sus ojos centelleaban como el hielo. _________________ oyó un pesado paso masculino al otro lado del muro y caminó hacia el portón más pequeño, el que había usado su madre. Quería dar a la mujer la oportunidad de recibir a su amante en privado, pero las primeras palabras hicieron que se detuviera. Ya reconocía esa voz.
–¿Por qué me has pedido que te esperara aquí? –Preguntó Joe, muy tieso.
–Oh, Joe –dijo Alice, apoyándole las manos en los brazos –qué frío eres conmigo. ¿No has podido perdonarme? ¿Tan fuerte es el amor por tu nueva esposa?
Joe la miró con el entrecejo fruncido y sin tocarla, pero no se apartó.
–¿Y tú me hablas de amor? Te rogué que te casaras conmigo. Ofrecí desposarte sin dote. Ofrecí devolver a tu padre lo que debiera entregar a Chartworth. Pero te negaste.
–¿Y me guardas rencor por eso? –Acusó ella –¿Acaso no te mostré los moretones que me hizo mi padre? ¿No te hablé de las veces que me encerró sin agua ni comida? ¿Qué podía yo hacer? Me reunía contigo cuando podía. Te di cuanto podía dar a un hombre. Y mira cómo me pagas. Ya amas a otra. Dime, Joe, ¿alguna vez me has amado?
–¿Por qué dices que amo a otra? No he dicho eso –el fastidio de Joe no había disminuido–Me casé con ella porque era una buena propuesta. Esa mujer me aportará riquezas, tierras y también un título, como tú misma me hiciste ver.
–Pero cuando la viste... –protestó Alice deprisa.
–Soy un hombre y ella es hermosa. Me gustó, por supuesto.
_________________ quería abandonar el jardín. Aun al ver a su esposo con la rubia quiso retirarse, pero su cuerpo parecía convertido en piedra; no podía moverse. Cada palabra que oía pronunciar a Joe era como un cuchillo en el corazón: él había suplicado a aquella mujer que se casara con él; aceptaba a _________________ por sus riquezas, a falta de otra mejor. ¡Qué tonta había sido al ver en sus caricias una chispa de amor!
–¿No la amas? –Insistió Alice.
–¿Cómo quieres que la ame? No he pasado con ella sino unas pocas horas.
–Pero podrías enamorarte de ella –le espetó la rubia, seca. Giró la cabeza a un costado. Cuando volvió a mirarlo había lágrimas en sus ojos, enormes y encantadoras lágrimas –¿Puedes asegurar que no la amarás jamás?
Joe guardó silencio.
Alice suspiró profundamente. Luego sonrió entre lágrimas.
–Tenía la esperanza de verte aquí. He hecho que nos envíen un poco de vino.
–Tengo que volver a la fiesta.
–No te distraeré por mucho tiempo –aseguró ella con dulzura, mientras lo guiaba a un banco instalado contra el muro de piedra.
_________________ la observaba fascinada. Estaba contemplando a una gran actriz. Había visto cómo se clavaba diestramente la uña en la comisura de un ojo para provocar las lágrimas necesarias. Sus palabras eran melodramáticas. La joven recién casada la observó, mientras Alice se sentaba en el banco con cuidado, para no arrugar el tafetán de su vestido, y le servía dos copas de vino. Con movimientos lentos y rebuscados, se quitó del dedo un anillo grande, abrió el compartimento disimulado y dejó caer un polvo blanco en su propia bebida.
En tanto ella comenzaba a sorber el vino, Joe le arrancó la copa de la mano y la arrojó al otro lado del jardín.
–¿Qué haces? –Acusó.
Alice se reclinó lánguidamente contra la pared.
–Querría acabar con todo, amor mío. Puedo soportar cualquier cosa si es por los dos. Puedo soportar que me casen con otro y que tú desposes a otra, pero necesito tu amor. Sin él nada soy. –Bajó lentamente los párpados; su expresión de paz era tal que ya parecía ser un ángel del Señor.
–Alice –exclamó Joe, tomándola en sus brazos –no puedes quitarte la vida.
–Mi dulce Joe, no sabes qué es el amor para las mujeres. Sin él ya estoy muerta. ¿A qué prolongar el tormento?
–¿Cómo puedes decir que no tienes amor?
–¿Me amas, Joe? ¿Sólo a mí?
–Por supuesto.–Él se inclinó para besarla en la boca, aún con restos de vino. El sol poniente intensificaba el color aplicado a sus mejillas. Las pestañas oscuras lanzaban una sombra misteriosa en ellas.
–¡Júramelo! –Pidió ella con firmeza –Tienes que jurarme que me amarás sólo a mí, a nadie más.
Parecía poco precio por evitar que se matara.
–Lo juro.
Alice se levantó con prontitud.
–Tengo que regresar antes de que se note mi ausencia –parecía completamente recobrada –¿No me olvidarás? ¿Ni siquiera esta noche? –Susurró contra sus labios, hurgándole bajo la ropa. Sin esperar respuesta, escapó de entre sus manos y cruzó el portón.
Un sonido de aplausos hizo que Joe se volviera. Allí estaba _________________, con los ojos y el vestido brillando en un reflejo del sol poniente.
–¡Excelente representación! –Dijo ella, bajando las manos –Hacía años que no veía una igual. Esa mujer tendría que estar en los escenarios de Londres. Dicen que se necesitan buenos cómicos.
Joe avanzó hacia ella con la ira reflejada en el rostro.
–¡Pequeña mentirosa y falsa! ¡No tienes derecho a espiarme!
–¡Espiarte! –Bramó ella –Salí del salón para tomar un poco de aire, puesto que mi esposo –pronunció con burla esa palabra –me dejaba sola. Y aquí, en el jardín, he visto cómo mi esposo se arrastraba a los pies de una mujer llena de afeites, capaz de manejarlo con el dedo meñique.
Joe levantó un brazo y le dio una bofetada. Una hora antes habría jurado que por nada del mundo era capaz de hacer daño a una mujer.
_________________ rodó por tierra, en un alboroto de cabellera arremolinada y seda de oro. El sol pareció arrimarle una antorcha.
De inmediato Joe se sintió arrepentido, asqueado de lo que había hecho, y se arrodilló para ayudarla a levantarse.
Ella se apartó, con el odio brillando en sus ojos. Su voz sonó tan serena, tan seca, que él apenas pudo entender lo que decía.
–Dices que no querías casarte conmigo, que sólo lo has hecho por las riquezas que yo te aportaba. Yo tampoco quería casarme contigo. Me negué hasta que mi padre, delante de mi vista, rompió un brazo a mi madre como si fuera una astilla. No siento amor alguno por ese hombre, pero menos aún por ti. Él, por lo menos, es sincero. No jura amor eterno ante un sacerdote y cientos de testigos, para jurar ese mismo amor a otra apenas una hora después. Eres más despreciable que la serpiente del Edén. Siempre maldeciré el día en que me unieron a ti. Has hecho un juramento a esa mujer. Ahora yo te haré otro. Ante Dios juro que lamentarás este día. Puedes obtener la riqueza que ansías, pero jamás me entregaré a ti de buen grado.
Joe se apartó de _________________, como si se hubiera convertido en veneno. Su experiencia con las mujeres se limitaba a las rameras y a su amistad con unas pocas damas de la Corte. Todas eran castas y pudorosas, como Alice. ¿Qué derecho tenía _________________ a plantearle exigencias, a maldecirlo, a hacer juramentos con Dios como testigo? El dios de toda mujer era su marido. Cuanto antes se lo enseñara, mejor sería.
Joe tomó a _________________ por la cabellera y tiró de ella hacia sí.
–Te poseeré cuantas veces lo desee y cuando quiera que se me antoje, y deberás estar agradecida.–La soltó y le dio un empujón que volvió a dar con ella por tierra.–Ahora levántate y prepárate para convertirte en mi mujer.
–Te odio –dijo ella por lo bajo.
–¿Qué me importa? Yo tampoco te amo.
Sus miradas se encontraron: gris acero contra oro. Ninguno de los dos se movió hasta que llegaron las mujeres encargadas de preparar a _________________ para la noche nupcial.








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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 25th 2012, 19:32

¡YA!
ODIO, ODIO, ODIO a Joe!
Es un... Agh, Dioooooooooooooooos!
Al menos, todo es una novela, ODIO al Joe de la novela, lo ODIO.
Que barbaro, ya decia yo que no todo era felicidad. NADA!
¡Noooooo! Voy a llorar, ¿¡Porque!?
Dios, Tu eres tan mala, ¿¡Porque la dejas ahi!?
Martha, yo necesito leer máaaaaaaaaaaaa!
¡Por favor!
¿Si?
¿Cuando sigues?
¡PRONTOOOOOOOOOOO!
¡Por favor!
Cuidate, Bye.
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rox
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 25th 2012, 22:17

NUEVA LECTORA
SIGUELAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
ESTA BUENA TU NOVE
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IrennIsDreaMy
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 26th 2012, 10:25

como puede ser tan horrible
primero la defiende y ahora es el quien le pega
es una persona horrible
siguela pliss me encanta
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rox
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 26th 2012, 21:13

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 28th 2012, 20:47













Capítulo 6















Se había preparado un cuarto especial para los novios, separando un rincón grande de las habitaciones altas, alrededor de una chimenea.
Allí había una cama enorme, cubierta con las más suaves sábanas de hilo y un cubrecama de ardilla gris, forrado de seda carmesí. El lecho estaba sembrado de pétalos de rosa.
Las doncellas de _________________ y varias de las invitadas ayudaron a desvestir a la novia. Cuando estuvo desnuda, apartaron los cobertores y la joven se acostó. No pensaba en lo que estaba ocurriendo a su alrededor, sino en su propia sandez. En unas pocas horas había olvidado una experiencia de veinte años sobre los hombres; por unas pocas horas había creído que uno de ellos podía ser bueno y amable, hasta capaz de amar. Pero Joe era igual que todos; tal vez peor.
Las mujeres reían estruendosamente ante su silencio.
Pero Helen comprendió que en la conducta de su hija no había sólo nerviosismo. Rezó en susurros, pidiendo a Dios que ayudara a la joven.
–Eres afortunada –le susurró al oído una mujer mayor–. En mi primer matrimonio me encontré en la cama con un hombre cinco años mayor que mi padre. Me extraña que nadie lo ayudara a cumplir con sus deberes.
Maud rió agudamente.
–Lord Joe no necesitará ayuda. De eso estoy segura.
–Tal vez sea Lady _________________ quien necesite ayuda... y yo ofrecería de buena gana mis servicios –rió otra.
_________________ apenas las escuchaba. Sólo recordaba el juramento de amor de su esposo a otra mujer, el modo en que le había visto abrazar y besar a Alice. Las mujeres la cubrieron con la sábana hasta debajo de los brazos. Alguien le peinó la cabellera para que formara una suave cascada sobre sus hombros desnudos.
Al otro lado de la puerta de roble se oyó llegar a los hombres, con Joe a hombros. Él entró con los pies hacia adelante, ya medio desvestido. Los hombres le ofrecían ayuda a gritos y hacían apuestas sobre su desempeño en la tarea que debía realizar. Sólo guardaron silencio al ponerlo de pie, para mirar a la novia que esperaba en la cama.
La sábana destacaba el tono cremoso de sus hombros y la curva plena de sus pechos. La luz de las velas acentuaba las sombras de las sábanas. Su cuello desnudo palpitaba de vida. Había en su cara una firme seriedad que le oscurecía los ojos como si echaran humo; sus labios parecían tallados en duro mármol bermellón.
–¡Manos a la obra! –Gritó alguien–. ¿A quién se tortura? ¿A él o a mí?
Se quebró el silencio. Joe fue rápidamente desvestido y empujado al lecho. Los hombres observaron con avidez cuando Maud apartó los cobertores, dejándoles entrever el contorno de un muslo y una cadera desnudos.
–¡Fuera todos !–Ordenó una mujer alta –¡Déjenlos en paz!
Helen echó una última mirada a su hija, pero _________________ mantenía la vista clavada en las manos, cruzadas sobre el regazo.
Cuando la pesada puerta se cerró con violencia, la habitación pareció de pronto sobrenaturalmente silenciosa. _________________ cobró dolorosa conciencia del hombre que tenía a su lado. Joe permanecía sentado, mirándola. La única luz del cuarto era la de las llamas que ardían en el hogar, ante los pies de la cama. Esa luz bailaba sobre la cabellera de la muchacha, arrojando sombras sobre sus delicadas clavículas. En ese momento él no recordaba haber reñido. Tampoco pensaba en el amor.
Sólo sabía que estaba en el lecho con una mujer deseable. Movió la mano para tocarle el hombro; quería comprobar si la piel era tan suave como parecía.
_________________ se apartó bruscamente.
–¡No me toques! –Dijo, con los dientes apretados.
Joe la miró con sorpresa. Había odio en sus ojos dorados y tenía las mejillas arrebatadas. La rabia le otorgaba más belleza, si eso era posible. Y él nunca había sentido un deseo tan furioso. Le rodeó el cuello con una mano, hundiéndole el pulgar en la carne suave.
–Eres mi esposa –dijo en voz baja–. ¡Eres mía!
Ella se resistió con todas sus fuerzas, pero nada eran comparadas con las de Joe, que la atrajo hacia sí con facilidad.
–¡Jamás seré tuya! –Le espetó ella, antes de que sus labios la silenciaran.
Joe quería ser suave con ella, pero aquella mujer lo enfurecía, le inspiraba deseos de maldecirla, de volver a pegarle. Por encima de todas las cosas, deseaba poseerla.
Su boca descendió hacia la de ella con brutalidad.
_________________ trató de apartarse, pero él le hizo daño. No se trataba del dulce beso de aquella tarde, sino de una especie de castigo para disciplinarla. Trató de patalear, pero la sábana que los separaba le enredó los pies hasta que le fue casi imposible moverse.
–Te ayudaré –dijo Joe.
Y arrancó la sábana, sacándola de bajo el colchón. Aún la tenía por el cuello. Cuando la tuvo desnuda ante sí, aflojó la mano para contemplarla, maravillado: los pechos plenos, la cintura estrecha, las redondeadas caderas. Luego volvió a observar su rostro, sus ojos llameantes. Tenía los labios enrojecidos por el beso. De pronto sintió que ninguna potencia terrestre podía impedirle poseerla. Actuó como si estuviera muerto de hambre, desesperado por el alimento, capaz de matar o mutilar para obtener lo deseado.
La empujó contra el colchón. _________________ vio su expresión sin comprenderla, pero tuvo miedo. Lo que él planeaba era algo más que un golpe de puño, de eso estaba segura.
–¡No! –Susurró, forcejeando.
Joe era un caballero bien adiestrado.
Las fuerzas de _________________ eran las de un mosquito contra un trozo de granito. Y él le prestó tanta atención como a un insecto. En vez de hacerle el amor, usó su cuerpo. Sólo sabía que la deseaba, que la necesitaba desesperadamente. Se arrojó sobre ella, abriéndole las piernas con un muslo, y la, besó otra vez con violencia.
Al sentir la diminuta membrana que lo detenía quedó momentáneamente desconcertado. Pero siguió pujando, sin prestar atención al dolor que eso provocaba a _________________. Cuando ella gritó, él le cerró los labios con su boca y continuó.
Al terminar, se dejó caer a un lado, con un pesado brazo cruzado sobre los pechos de la muchacha. Para él, había sido un alivio; para _________________, nada parecido al placer.
Pocos minutos después se oía su respiración lenta.
_________________, comprendiendo que dormía, se levantó silenciosamente. El cubrecama de ardilla había caído al suelo. Ella lo levantó para envolverse el cuerpo, con la vista clavada en el fuego, ordenándose no llorar. ¿Por qué llorar? Casada contra su voluntad con un hombre que, en el día de su boda, había jurado no amarla jamás. Un hombre que no le daba importancia. ¿Qué motivos tenía para llorar, si la vida futura se presentaba tan atrayente? Le esperaban años de hacer poco más que darle hijos y pasarse la vida en casa, mientras él paseaba por el campo con su bella Alice.
¡No haría semejante cosa! Buscaría una vida propia y, dentro de lo posible, su propio amor. Su esposo llegaría a no importarle en absoluto.
Permaneció de pie, en silencio, dominando sus lágrimas. No parecía recordar otra cosa que el dulce beso de aquella tarde, tan diferente del ataque sufrido un rato antes.
Joe se movió en la cama y abrió los ojos. Al principio no pudo recordar dónde estaba. Giró la cabeza y vio la cama vacía a su lado. ¡Ella se había ido! Cada centímetro de su piel se puso tenso hasta que descubrió a _________________ frente a la chimenea. Olvidó su brusco miedo en el alivio de tenerla aún consigo. Ella parecía estar en otro mundo; ni siquiera le oyó removerse en la cama. Las sábanas estaban generosamente salpicadas de sangre; Joe las miró con el entrecejo fruncido.
Sabía que le había hecho daño, pero no comprendía por qué. Alice también había sido virgen hasta aquel primer encuentro, pero no había dado muestras de dolor.
Miró otra vez a su esposa. Tan pequeña, tan solitaria.
Si bien era cierto que no la amaba, la había utilizado con dureza.
Una doncella no merecía la violación.
–Vuelve a la cama –dijo con suavidad, algo sonriente. Le haría el amor con lentitud, a manera de disculpa.
_________________ irguió los hombros.
–No iré –dijo con firmeza. Para comenzar, no debía permitir que él la dominara.
Joe quedó horrorizado. ¡Aquella mujer era intratable! Hacía de cada frase un enfrentamiento de voluntades.
Con los dientes apretados, se levantó de la cama para erguirse ante ella.
_________________ no le había visto sin ropa hasta entonces, al menos con claridad. Aquel pecho desnudo, cubierto de vello oscuro sobre la piel bronceada, atrajo sus ojos. Se le veía formidable.
–¿No te han enseñado que debes acudir cuando llamo?
Ella levantó el mentón para mirarlo a los ojos.
–¿No has comprendido que no te daré nada de buen grado? –Contraatacó.
Joe alargó una mano para tomar un rizo de su cabeza. Se lo enroscó a la muñeca una y otra vez, tirando de _________________ para atraerla hacia sí, mientras ella cedía para evitar el dolor. El cubrecama cayó, y él pegó a su cuerpo la piel desnuda.
–Ahora usas el dolor para obtener lo que deseas –susurró ella –, pero acabaré por ganar yo, porque te cansarás de luchar.
–¿Y qué habrás ganado? –Preguntó él, con los labios muy cerca de los suyos.
–Verme libre de un hombre al que odio, un hombre brutal, mentiroso, fal...
Él la interrumpió con un beso. No era el beso de un rato antes, sino algo suave.
En un primer momento, _________________ se negó a reaccionar, pero las manos se le elevaron solas hasta los brazos de él. Eran brazos duros, de músculos prominentes, y la piel quemaba. Cobró conciencia del vello apretado a sus pechos.
Al acentuarse el beso, él le soltó el pelo para abrazarla por los hombros. La movió de modo tal que la cabeza de _________________ quedó anidada en la curva de su hombro.
La muchacha dejó de pensar. Era una masa de sensaciones, todas nuevas y nunca imaginadas. Se apretó más a él, deslizándole las manos por la espalda para sentir el movimiento de los músculos, tan diferentes de su propia espalda. El comenzó a besarle las orejas y a darle pequeños mordiscos en los lóbulos. Emitió una risa gutural y grave: las rodillas de _________________ habían perdido la fuerza y ella estaba caída contra la fuerza de su brazo. Se inclinó para pasarle el otro brazo bajo las rodillas, sin dejar de besarla en el cuello, y la llevó al lecho. Allí la besó desde la frente hasta la punta de los pies, en tanto ella guardaba silencio. Sólo sus sentidos estaban vivos.
No pasó mucho tiempo sin que los besos le fueran insoportables.
Tenía un dolor sordo en todo el cuerpo. Lo aferró por el pelo para poder besarlo mejor y se prendió a aquellos labios con hambre, con codicia.
También a Joe le daba vueltas la cabeza. Nunca había tenido la oportunidad de hacer el amor largamente a una mujer, como lo estaba haciendo; ni siquiera sospechaba que pudiera ser tan placentero. La pasión de _________________ era tan feroz como la suya, pero ninguno de los dos apresuraba el acto de amor. Cuando él se tendió sobre ella, _________________ lo estrechó con fuerza para acercarlo a sí. Esa vez no hubo dolor; estaba bien dispuesta. Se movió con él, lentamente al principio, hasta que estallaron gozosamente juntos.
Por fin, _________________ cayó en un sueño profundo y exhausto, con una pierna cruzada sobre la de Joe y el pelo enroscado a su brazo.
Pero su esposo no se durmió de inmediato. Sabía que aquella era la primera vez para la mujer que tenía en sus brazos, pero, en cierto sentido, tenía la sensación de que él también acababa de perder su virginidad. Y la idea le resultaba absurda, ciertamente. Ni siquiera podía recordar a las diferentes mujeres que había llevado a su lecho. Sin embargo, esta noche era infinitamente distinta. Nunca antes había experimentado tanta pasión. Las otras mujeres se retiraban cuando él se sentía más excitado. _________________ no le había dado tanto como él daba.
Tomó un mechón de pelo que le cruzaba el cuello y lo sostuvo a la luz del fuego, dejando que los reflejos corrieran por aquellas hebras. Se lo acercó a la nariz y a los labios. Ella se movió contra su cuerpo y él se acurrucó mejor. Aun dormida necesitaba tenerlo cerca.
Los ojos grises de Joe se tornaron pesados. Por primera vez desde que tenía memoria estaba saciado y satisfecho.
Ah, pero aún quedaba la mañana por delante. Y se durmió sonriendo.

Jocelin Laing puso el laúd en su estuche de cuero e hizo una leve señal de asentimiento a la dama rubia, antes de que ella abandonara la habitación. Esa noche había recibido varias invitaciones de distintas mujeres que lo querían en su lecho. El estímulo de la boda y, sobre todo, el ver desnuda a la apuesta pareja habían impulsado a muchos a buscar placeres propios.
El cantante era un joven especialmente apuesto: de grandes ojos ardientes bajo las densas pestañas; el pelo oscuro se alejaba en ondas de la piel perfecta, estirada sobre los altos pómulos.
–Parece que esta noche estás ocupado –dijo otro de los cantantes, riendo.
Jocelin sonrió, mientras cerraba el estuche de su laúd, pero no dijo nada.
–Envidio al hombre que se ha llevado semejante esposa.–El otro señaló las escaleras con la cabeza.
–Es hermosa, sí –reconoció Jocelin –pero hay otras.
–No como ella –el hombre se le acercó –. Algunos de nosotros vamos a encontrarnos con las mujeres de la novia. Si quieres venir, serás bien recibido.
–No puedo –manifestó Jocelin en voz baja.
El cantante lo miró de soslayo. Luego recogió su salterio y abandonó el gran salón.
Cuando la enorme sala quedó en silencio, esparcidos por el suelo cien colchones de paja para los Sirvientes y los invitados de menor importancia, Jocelin subió la escalera.
Se preguntaba cómo habría hecho aquella mujer para contar con un cuarto privado. Alice Valence no era rica; aunque su belleza le había ganado la palabra de casamiento de un conde, no era una de las invitadas de mayor alcurnia. Y en esa noche, con el castillo desbordante, solamente los novios podían contar con una habitación para ellos solos.
Los otros invitados compartían los lechos instalados en las habitaciones de las damas o en el dormitorio principal. Eran camas grandes, de hasta dos metros y medio; rodeadas por los pesados cortinajes, parecían casi habitaciones individuales.
Jocelin no tuvo dificultad en entrar al cuarto designado para las mujeres solteras; varios hombres estaban ya allí.
Fue fácil ver que las cortinas se apartaban, dejando entrever a la rubia. Se acercó a ella con celeridad, pues el solo verla lo llenaba de deseo. Alice le tendió los brazos, hambrienta, casi violenta en su pasión; cualquier intento que Jocelin hiciera de prolongar los placeres topaba con su resistencia. Ella era como una tormenta, llena de relámpagos y truenos.
Cuando todo terminó, Alice no quiso que él la tocara.
Siempre sensible al humor femenino, él obedeció la tácita orden.
Nunca había conocido a una mujer que no quisiera ser abrazada después de hacer el amor. Comenzó a ponerse las ropas rápidamente apartadas.
–Me casaré dentro de un mes –dijo ella en voz baja –.En esta ocasión vendrás al castillo de mi esposo.
Él no hizo comentarios. Ambos sabían que acudiría a la cita. Sólo se preguntó a cuántos otros habría invitado.

Por la ventana entraba un solo rayo de sol, cuyo calor hacía cosquillas a _________________ en la nariz. Trató de apartarlo con la mano, soñolienta, pero algo la retenía por la cabellera. Abrió perezosamente los ojos y vio allá arriba el dosel extraño. Al recordar dónde estaba sintió que le ardía la cara. Hasta su cuerpo pareció ruborizarse.
Volvió la cabeza al otro lado de la cama para mirar a su esposo dormido. Tenía las pestañas cortas, gruesas y oscuras; en las mejillas asomaba ya la barba crecida. Así, dormido, sus pómulos parecían afilados. Hasta la profunda hendidura de su barbilla se veía relajada.
Joe yacía de costado, de cara a ella. _________________ dejó que sus ojos lo recorrieran por entero. Tenía el pecho amplio, generosamente cubierto de vello oscuro y rizado. Sus músculos formaban grandes bultos bien formados. La mirada de la joven descendió hasta el vientre duro y plano.
Sólo un momento después descendieron más. Lo que allí veía no parecía tan poderoso. Pero, ante sus ojos, aquello comenzó a crecer.
La muchacha ahogó una exclamación y lo miró a la cara. Él estaba despierto, observándola; sus pupilas se oscurecían segundo a segundo.
Ya no era el relajado hombre niño que había estado observando, sino un mozo lleno de pasión. Ella trató de apartarse, pero Joe aún la tenía sujeta por la cabellera. Peor aún; en verdad, _________________ no deseaba resistirse.
Recordó que lo odiaba, pero sobre todo recordó el placer de hacer el amor.
–_________________ –dijo él.
El tono de su voz le provocó escalofríos en los brazos.
Él la besó en la comisura de la boca. Las manos de la muchacha pujaron vanamente contra sus hombros, pero aún ese ligero contacto le hizo cerrar los ojos, rendida. Él le besó la mejilla, el lóbulo de la oreja y la boca. Su lengua buscó dulcemente la punta de la otra. La muchacha se echó atrás, sobresaltada, y él sonrió como si comprendiera. Si _________________ había creído aprender en el curso de la noche cuanto cabía saber sobre el amor entre hombre y mujer, ahora pensaba que sabía muy poca cosa.
Los ojos de Joe habían tomado un tono de humo.
La atrajo otra vez contra sí y le deslizó la lengua por los labios, tocando especialmente las comisuras. Ella entreabrió los dientes para degustarlo.
Sabía mejor que la miel: cálido y frío, suave y firme.
Exploró su boca como él lo había hecho con la de ella, olvidada de toda timidez. En realidad, olvidada de todo.
Cuando los labios de Joe le tocaron los pechos estuvo a punto de gritar. Temía morir bajo esa tortura. Trató de atraerle la cabeza hacia la boca, pero él emitió una risa grave y gutural que la hizo temblar. Tal vez era su dueño, después de todo.
Cuando estaba a punto de perder el juicio, él se acostó sobre ella, acariciándole la cara interna de los muslos hasta hacerla temblar de deseo. Lo recibió con un grito; no había alivio para el tormento. Se aferró de él, ciñéndole la cintura con las piernas, elevándose para acompañar cada impulso.
Por fin, cuando se sentía ya a punto de estallar, experimentó las palpitaciones que la aliviaban. Joe se dejó caer sobre ella, apretándola tanto que apenas le permitía respirar. Pero en ese momento poco le importaba no respirar nunca más.
Una hora después se presentaron las doncellas para vestir a _________________ y despertaron a los recién casados. De pronto, ella cobró aguda conciencia de que su cuerpo y su cabellera estaban enredados a Joe.
Maud y Joan hicieron varios comentarios sobre ese abandono. Las sábanas estaban manchadas y había más ropa de cama en el suelo que sobre el colchón. El cubrecama de ardilla yacía al otro lado de la habitación, junto a la chimenea.
Las doncellas levantaron a _________________ y la ayudaron a lavarse. Joe holgazaneaba en el lecho, observando cada uno de sus movimientos.
_________________ no lo miraba; no podía. Estaba abochornada hasta el fondo de su alma. Detestaba a aquel hombre. Era todo cuanto odiaba: vil, mentiroso, codicioso... Sin embargo, ella había actuado sin el menor orgullo ante su solo contacto. Pese a haber prometido ante Dios que no le daría nada de buen grado, daba más de lo que habría deseado.
Apenas notó que sus doncellas le deslizaban una camisa de hilo fino por la cabeza y un vestido de terciopelo verde intenso, cubierto con intrincados bordados de oro. La falda dividida dejaba asomar una ancha franja de enagua de seda. Las mangas, bien amplias, se fruncían en las muñecas; presentaban algunos cortes por los que asomaba la seda verde claro del forro.
–Y ahora, señora... –dijo Maud, entregándole una gran caja de marfil.
_________________ miró a su doncella con asombro, al tiempo que abría la caja.
Sobre un acolchado de terciopelo negro se veía un amplio collar de filigrana de oro, tan fino como un cabello. De la parte inferior pendía una hilera de esmeraldas, ninguna más grande que una gota de lluvia.
–Es... bellísimo –susurró la muchacha –. ¿Cómo ha podido mi madre...?
–Es el regalo de bodas de su esposo, mi señora –corrigió Maud con chispas en los ojos.
_________________ sintió la mirada de Joe fija en su espalda y se volvió para mirarlo. Al verlo en la cama, con la piel tan oscura contra la blancura de las sábanas, se le aflojaron las rodillas. Le costó un gran esfuerzo, pero se inclinó en una reverencia.
–Gracias, mi señor.
Joe apretó los dientes ante tanta frialdad. Habría querido que el regalo la ablandara un poco. ¿Cómo podía mostrarse tan ardiente en la cama y tan fría fuera de ella?
_________________ se volvió hacia sus doncellas. Maud terminó de abotonarle el vestido. Joan le trenzó una capa de pelo, que fue intercalando con cintas de oro. Antes de que hubieran terminado, Joe les ordenó salir de la habitación. _________________ prefirió no mirarlo mientras él se afeitaba y se vestía apresuradamente. Se puso un chaleco castaño oscuro, calzas y una chaqueta de lana parda con forro de lince dorado.
Cuando dio un paso hacia ella, _________________ tuvo que esforzarse por calmar su precipitado corazón. Joe le ofreció el brazo y la condujo abajo, hasta donde esperaban los invitados.
Asistieron juntos a misa, pero en esa ocasión no se miraron a los ojos ni él le besó la mano. Permanecieron solemnes y sobrios a lo largo de todo el servicio.










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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 28th 2012, 21:17

¡Oh Vaya!
Son bipolares, eh. Enserio.
¡Ya quiero leer más! Esta novela me pone los pelitos de punta!
De verdad, es que, siempre, antes, de leer un capitulo de esta grandiosa novela, me pongo TAN nerviosa, y no se porque.
¡Ya quiero saber por que dices que Joe y Alice serán malos!
Oh bueno, o que los voy a odiar, ¡Mujer, siguelaaaaaaa!
Bye.
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 28th 2012, 21:57

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
me enkanta la nove
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 29th 2012, 09:59

vaya si que son raros estos 2
primero se odian y luego se aman
estan muy locos...siguela pliss
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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 29th 2012, 21:30













Capítulo 7







Ante la casa solariega de ________ (TA) imperaba el bullicio; el aire estaba cargado de entusiasmo. Por todas partes flameaban coloridos estandartes, ya en lo alto de los palcos, ya en las tiendas que cubrían los terrenos. Los atavíos centelleaban como piedras preciosas bajo el sol.
Había niños que corrían por entre los grupos de personas y vendedores, con grandes cajas colgadas del cuello, pregonando su mercancía; vendían de todo, desde frutas y pasteles hasta reliquias sagradas.
La liza en sí era un campo cubierto de arena, de cien metros de longitud, bordeado por dos cercas de madera y con otra en el medio. La cerca interior medía apenas un metro veinte de altura, pero la exterior llegaba casi a los dos metros y medio. El espacio interior era para los escuderos y los caballos de los señores que iban a participar. Fuera de la alta cerca, los mercaderes y los vasallos se apretujaban, tratando de lograr un mejor sitio para ver las justas.
Las damas y los caballeros que no participarían ocupaban bancos escalonados, lo bastante altos como para verlo todo. Estos bancos estaban cubiertos por doseles y señalados con estandartes que exhibían los colores de las diversas familias. Varios sectores presentaban los leopardos del clan Jonas.
Antes de que se iniciara la justa, los caballeros desfilaron con sus armaduras. La calidad y el diseño de la armadura variaba notablemente, según la riqueza de cada uno. Las había de anticuada cota de malla; otras, más modernas, eran placas metálicas cosidas sobre cuero; los más adinerados usaban la nueva armadura Maximilian, de Alemania, que cubría al hombre de pies a cabeza con acero fino, sin dejar un centímetro sin protección. Era una defensa pesada, que sobrepasaba los cincuenta kilos. Sobre los yelmos ondulaban las plumas con los colores del caballero.
_________________ caminaba con Joe hacia la zona donde se celebrarían los torneos, aturdida por el ruido y los olores que los rodeaban. Para ella todo era nuevo y estimulante, pero Joe tenía pensamientos contradictorios. La noche había sido una revelación. Nunca había disfrutado tanto con una mujer como con esa flamante esposa. Con demasiada frecuencia, sus cópulas habían sido citas apresuradas o secretas con Alice. Joe no amaba a la mujer que había desposado, por el contrario, hablarle lo enfurecía, pero tampoco conocía pasión tan desinhibida como la suya.
_________________ vio que Kevin se acercaba a ellos, con la armadura completa. El acero tenía grabadas diminutas flores de lis de oro. Llevaba el yelmo bajo el brazo y caminaba como si estuviera habituado al enorme peso de la armadura. Y así era.
_________________, sin darse cuenta, soltó el brazo de su marido al reconocer a Kevin. El cuñado se acercaba a paso rápido, con una sonrisa llena de hoyuelos, de las que aflojaban tantas rodillas femeninas.
–Hola, hermanita mía –le sonrió–. Esta mañana me he despertado pensando que tu belleza había sido un sueño, pero veo que era real y hasta más acentuada.
Ella quedó encantada.
–Y tú das más brillo al día. ¿Vas a participar? –preguntó, señalando los campos cubiertos de arena.
–Tanto Miles como yo participaremos en el torneo.
Ninguno de ellos pareció prestar atención a Joe, que los miraba con el entrecejo fruncido.
–Esas cintas que usan los hombres –inquirió la muchacha–¿qué significan?
–Una dama puede elegir a un caballero y darle una prenda.
–En ese caso, ¿me permites que te dé una cinta? –_________________ sonreía.
Kevin clavó inmediatamente una rodilla en tierra, haciendo chirriar las bisagras de la armadura.
–Será un honor.
La joven se levantó el velo transparente que le cubría la cabellera y quitó una de las cintas doradas de sus trenzas. Obviamente, sus doncellas conocían bien la costumbre.
Kevin, sonriente, se puso una mano contra la cadera, mientras ella le ataba la cinta al antebrazo. Antes de que hubiera terminado, Miles se le acercó por el lado opuesto y se arrodilló de igual modo.
–No pensarás favorecer a un hermano sobre el otro ¿verdad?
Al mirar entonces a Miles, _________________ descubrió lo que otras mujeres habían visto en él desde la pubertad. El día anterior, en su virginidad, no había comprendido el significado de aquella mirada intensa.
Ruborizándose de un modo muy favorecedor, inclinó la cabeza para quitarse otra cinta y la ató al brazo del menor de sus cuñados.
Kevin reparó en sus rubores y se echó a reír.
–No te ensañes con ella, Miles –aconsejó.
Las mujeres de Miles eran chiste viejo en el castillo de los Jonas. Nicholas, el segundo de los hermanos, solía quejarse de que el jovencito hubiera dejado embarazadas a la mitad de las siervas antes de los diecisiete años y la otra mitad antes de los dieciocho–. ¿No ves que Joe nos está fulminando con la mirada?
–Los dos están haciendo el tonto –observó Joe con un gruñido–. Hay mujeres de sobra aquí. Vayan a buscar a otra para pavonearse como asnos.
Apenas _________________ terminó de atar la cinta de Miles, los dedos de su marido se le clavaron en el brazo, apartándola por la fuerza.
–¡Me haces daño! –Exclamó, tratando de liberarse, pero sin lograrlo.
–Haré algo peor si insistes en exhibirte ante otros hombres.
–¡Exhibirme! –Tiró de su brazo, pero sólo consiguió que Joe la sujetara con más fuerza. A su alrededor había muchos caballeros que se arrodillaban ante las damas para recibir cintas, cinturones, mangas de vestido y hasta joyas. Y él la acusaba de exhibirse.–La persona deshonesta siempre piensa que los otros lo son. Tal vez quieres acusarme de tus propios defectos.
Él se detuvo para mirarla con fijeza, oscuros los ojos.
–Te acuso sólo de lo que tengo a la vista. Estás ardiendo en deseos por un hombre y no permitiré que hagas de ramera ante mis hermanos. Ahora siéntate aquí y no causes más reyertas entre nosotros.
Giró sobre sus talones y se marchó a grandes pasos, dejando sola a _________________ en los palcos que exhibían el escudo de los Jonas.
Por un momento los sentidos de _________________ dejaron de funcionar; no veía ni oía nada. Lo que Joe había dicho era injusto. Habría podido olvidarlo sin prestarle atención, pero él acababa de arrojarle a la cara lo que ellos hacían en privado. Eso era imperdonable. ¿Acaso había hecho mal en responder a sus caricias? Y en ese caso, ¿cómo se hacía para evitarlo? Apenas recordaba los acontecimientos de la noche, porque todo se había convertido en una deliciosa niebla rojiza en su memoria.
Aquellas manos sobre su cuerpo, que provocaban oleadas de deleite...
Recordaba poca cosa más. Pero él se lo echaba en cara como si estuviera impura.
Parpadeó para contener las lágrimas de frustración. Tenía razón en odiarlo.
Subió los peldaños para acomodarse en los asientos de la familia.
Su marido la había dejado sola, sin presentarla a sus familiares. _________________ mantuvo la cabeza en alto, para no demostrar que sentía deseos de llorar.
–Lady _________________.
Por fin una voz suave penetró en sus sentidos. Al volverse vio a una mujer mayor, vestida con el sombrío hábito de las monjas.
–Permíteme presentarme. Nos conocimos ayer, pero no creo que lo recuerdes. Soy Mary, la hermana de Joe.
Mary tenía la vista fija en la espalda de su hermano. Resultaba extraño en él que se alejara, dejando sin atención a una mujer. Los cuatro varones eran sumamente corteses. Sin embargo, Joe no había sonreído una sola vez a su esposa y, aunque no participaba en los juegos, iba rumbo a las tiendas. Mary no comprendía nada.
Joe caminaba por entre la muchedumbre hacia las tiendas instaladas detrás de la liza. Muchos le daban palmadas en la espalda o le hacían guiños de entendimiento. Cuanto más se acercaba a las tiendas, más alto se tornaba el resonar familiar del hierro y el acero. Era de esperar que la cordura de esa guerra fingida le calmara los nervios.
Echó los hombros hacia atrás, con la mirada fija hacia adelante.
Nadie habría adivinado la ciega ira que lo colmaba. ¡Ella era una bruja!
¡Una bruja magistral, llena de artimañas! Sentía deseos de castigarla y de hacerle el amor, todo al mismo tiempo. Ante sus mismos ojos, sonreía con dulzura a sus hermanos, pero a él lo miraba como si fuera algo detestable.
Y él no podía pensar sino en la noche pasada, en el fervor de sus besos y la codicia de sus abrazos, pero eso sólo después de que él la obligara a acercarse. La primera vez, había sido una violación; la segunda, una orden dada tirándole dolorosamente del pelo. Aun la tercera vez había tenido que actuar contra la protesta inicial de la muchacha. Sin embargo, a sus hermanos les dedicaba sonrisas y cintas de oro... oro como el de sus ojos. Si era capaz de demostrar tanta pasión por él, después de haber admitido que lo odiaba, ¿cómo sería con el hombre a quien amara? Al verla con Kevin y Miles, Joe la imaginaba tocándolos, besándolos... Le había costado no hacerla rodar por tierra. Quería hacerle daño. Y lo había hecho.
Eso, siquiera, le daba cierta satisfacción, aunque no placer. En verdad, la expresión de _________________ no hacía sino ponerlo aún más furioso.
Esa maldita mujer no tenía derecho a mirarlo con tanta frialdad.
Apartó con furia la solapa de la tienda de Miles.
Debía estar desierta, puesto que el muchacho estaba en la liza, pero no era así. Allí estaba Alice, con los ojos serenamente bajos y la boquita sumisa. Para Joe fue un verdadero alivio, después de pasar todo un día con una mujer que lo maltrataba y lo enloquecía con su cuerpo.
Alice era como debía ser una mujer: serena y subordinada al hombre. Sin pensar en lo que hacía, la abrazó para besarla con violencia.
Ella se aflojó en sus brazos, sin resistencia, y eso lo regocijó.
Alice nunca lo había visto de tan mal humor. Para sus adentros dio las gracias al responsable de ello, quienquiera que fuese. Sin embargo, el deseo no le restaba inteligencia.
Un torneo era algo demasiado público, sobre todo considerando que muchos parientes de Joe habían acampado allí cerca.
–Joe –susurró contra sus labios –, este no es el momento ni el lugar adecuados.
Él se apartó inmediatamente. En esos momentos no podía soportar a otra mujer renuente.
–¡Vete, entonces! –Tronó, al tiempo que salía de la tienda.
Alice lo siguió con la vista; una arruga le quebraba la suave frente.
Por lo visto, el placer de acostarse con su nueva esposa no lo había alejado de ella, aun así, no era el mismo que ella conociera.
Walter Demari no podía apartar los ojos de _________________, que permanecía en silencio en el pabellón de los Montgomery, escuchando con atención los saludos de sus nuevos familiares. Desde que la viera por primera vez, durante el trayecto hasta la iglesia, no había dejado de observarla. La había visto escapar al jardín amurallado, había captado la expresión de su cara al regresar. Tenía la sensación de conocerla a fondo.
Más aún, la amaba. Amaba su modo de caminar, con la cabeza en alto y el mentón firme, como si estuviera dispuesta a enfrentarse al mundo, pasara lo que pasara. Amaba sus ojos y su pequeña nariz.
Había pasado la noche solo, pensando en ella, imaginándola suya.
Y ahora, tras esa noche de insomnio, comenzaba a preguntarse por qué no era suya. Su familia era tan rica como los Jonas, quizá más. Visitaba con frecuencia la casa de ________ (TA) y había sido amigo de los hermanos de _________________.
Robert ________ (TA) acababa de comprar varias tortas fritas a un vendedor y tenía en la mano una jarra de refresco ácido. Walter no vaciló ni perdió tiempo en explicar lo que, para él, era un tema acuciante.
–¿Por qué no me ofreciste la muchacha a mí? –Acusó, irguiéndose ante el hombre sentado.
Robert levantó la vista, sorprendido.
–¿Qué te pasa, muchacho? Deberías estar en la liza, con los otros.
Walter tomó asiento y se pasó la mano por el pelo. No le faltaba atractivo, pero no podía decirse que fuera hermoso. Sus ojos eran azules, pero descoloridos; su nariz, demasiado grande. Sus labios delgados carecían de forma y podían expresar crueldad. Llevaba el pelo pajizo cuidadosamente rizado hacia adentro alrededor del cuello.
–La muchacha, su hija –repitió–. ¿Por qué no me la ofreciste en casamiento? Yo era amigo de sus hijos. No soy rico, pero mis propiedades pueden compararse ventajosamente con las de Joe Jonas.
Robert se encogió de hombros mientras comía una torta; la jalea chorreaba por los extremos. Bebió un buen sorbo del jugo agrio.
–Hay otras mujeres ricas para ti –dijo sin comprometerse.
–¡Pero no como ella! –Contestó Walter con vehemencia.
Robert lo miró, sorprendido.
–¿No ves lo hermosa que es?
Robert miró a su hija, sentada al otro lado.
–Sí, es hermosa –dijo con disgusto–. Pero, ¿qué es la belleza? Desaparece de un momento a otro. Su madre también era así. Y ya la ves ahora.
Walter no necesitaba mirar a aquella mujer flaca y nerviosa, sentada en el borde de la silla, lista a levantarse de un brinco en cuanto su esposo decidiera darle un coscorrón.
Pasó por alto el comentario.
–¿Por qué la tenías oculta? ¿Qué necesidad había de separarla del mundo?
–Fue idea de su madre –Robert sonreía apenas–. Y ella pagaba su manutención. Para mí era igual una cosa u otra. ¿Por qué vienes ahora a preguntarme estas cosas? ¿No ves que la justa está a punto de comenzar?
Walter lo tomó del brazo con fuerza. Conocía bien a aquel hombre y sabía que era un cobarde.
–Porque la quiero. En mi vida he visto mujer tan deseable. ¡Debió ser mía! Mis tierras lindan con las suyas. Habría sido un buen enlace. Pero ni siquiera me la mostraste.
Robert arrancó su brazo de entre aquellos dedos.
–¡Tú! ¡Un buen enlace! –Se burló–. Mira a los Jonas que rodean a la muchacha. Allí está Thomas, que tiene casi sesenta años. Tiene seis hijos varones, todos vivos, cada uno con hijos varones a su vez. A su lado ves a Ralph, su primo, con cinco hijos varones. Le sigue Hugh, con...
–¿Y eso qué tiene que ver con su hija?–Le interrumpió Walter, furioso.
–¡Varones! –Aulló Robert al oído del joven–. Los Jonas tienen más varones que ninguna otra familia de Inglaterra. ¡Y qué mozos! Observa la familia a la que ahora pertenece mi hija. Miles, el menor, se ganó las espuelas en el campo de batalla antes de haber cumplido los dieciocho años, y ya ha engendrado tres varones en sus vasallas. Kevin pasó tres años recorriendo el país, de un torneo a otro; nunca fue derrotado y ganó una fortuna por su cuenta. Nick está Sirviendo al rey en Escocia, a la cabeza de ejércitos enteros, aunque sólo tiene veinticinco años. Y por fin, el mayor. A los dieciséis se encontró huérfano, con fincas que administrar y hermanos a los que atender. No tenía tutores que le enseñaran a ser hombre. ¿Qué joven de dieciséis años hubiera podido hacer lo que él hizo? Casi todos gimotean cuando no se hace su voluntad.
Con los ojos clavados en Walter, concluyó:
–Pregúntame ahora por qué he entregado a _________________ a ese hombre. Si yo no he podido engendrar hijos varones capaces de sobrevivir, tal vez ella me dé nietos sanos y fuertes.
Walter estaba furioso. Había perdido a _________________ sólo porque el viejo soñaba con tener nietos varones.
–Yo también podría haberlos engendrado–Dijo entre dientes.
–¡Tú! –Robert se echó a reír–. ¿Cuántas hermanas tienes? ¿Cinco, seis? He perdido la cuenta. ¿Y qué has hecho? Es tu padre quien administra las fincas. Tú no haces más que cazar y fastidiar a las siervas. Ahora vete y no vuelvas a gritarme. Si tengo una yegua que quiero hacer servir, la entrego al mejor de los sementales. Dejemos las cosas así.–Le volvió la espalda para mirar la justa y olvidó a Walter.
Pero Demari no era tan fácil de desechar. Cuanto Robert había dicho era cierto: Walter había hecho poca cosa en su corta vida, pero sólo porque no se veía obligado a ello, como se habían visto los Montgomery. En caso necesario, ante la temprana muerte de su padre, él no dudaba de que lo habría hecho tan bien como cualquiera. Quizá mejor.
Cuando abandonó los palcos, era un hombre distinto. En su mente había sido plantada una semilla que comenzaba a brotar. Mientras presenciaba los juegos, con el leopardo de los Jonas brillando por doquier, comenzó a tomarlo por enemigo. Quería demostrar a Robert y a los Jonas, pero sobre todo demostrarse a sí mismo, que no les iba en zaga. Cuanto más contemplaba esos estandartes en verde y oro, más odiaba a aquella familia. ¿Qué había hecho Joe para merecer las ricas tierras de los ________ (TA)? ¿Por qué se les daba lo que pertenecía a él?
Había soportado durante años enteros la compañía de los hermanos de _________________, sin recibir nada a cambio. Lo que debería haber recibido era entregado a los Montgomery.
Walter se alejó de la cerca y echó a andar hacia el pabellón de sus enemigos. La furia provocada por esa injusticia le daba coraje.
Conversaría con _________________, le dedicaría su tiempo. Después de todo, era suya por derecho. ¿O no?























Última edición por MarthaJonas14 el Febrero 29th 2012, 21:49, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 29th 2012, 21:49

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Febrero 29th 2012, 22:01











Como hoy es mi cumpleaños les doy un extra XD













Capítulo 8



_________________ cerró la puerta de su alcoba con tanta fuerza que hasta los muros de piedra parecieron estremecerse. Así terminaba su primer día de casada, que bien podía figurar como el más horrible de toda su vida.
Debería haber sido un día feliz, lleno de amor y alegría, ¡pero no con un esposo como el suyo, que no había perdido oportunidad de humillarla!
Por la mañana, la había acusado de hacer de ramera ante sus hermanos. Al marcharse él, dejándola sola, _________________ se dedicó a conversar con otras personas. Cierto hombre, Walter Demari, tuvo la amabilidad de sentarse a su lado para explicarle las reglas del torneo. Así, por primera vez en el día, ella empezó a disfrutar. Walter tenía la habilidad de señalar lo ridículo y a ella le gustaba su sentido del humor.
De pronto, reapareció Joe y le ordenó que le siguiera. _________________ no quiso provocar una escena en público, pero en la intimidad de la tienda de Kevin dijo a Joe todo lo que pensaba de su conducta. La dejaba que se valiese por sí sola, pero en cuanto ella empezaba a divertirse, él reaparecía para impedírselo. Era como los niños que no quieren cierto juguete, pero lo niegan a cualquier otro.
Joe respondió en tono burlón, pero _________________ notó con satisfacción que no sabía qué decir.
La llegada de Kevin y Miles interrumpió la riña. Más tarde mientras ella regresaba a los pabellones con Miles, Joe la humilló de verdad, corriendo prácticamente hacia Alice Valence. Parecía comérsela con los ojos, pero al mismo tiempo la miraba con devoción, como si se tratara de una santa. A _________________ no le pasó inadvertida la mirada triunfal que esa mujer le envió de soslayo. Entonces, ella irguió la espalda y tomó el brazo de Miles. No quería mostrar públicamente su bochorno.
Más tarde, durante la cena, Joe la ignoró por completo, aunque ocupaban asientos contiguos ante la larga mesa. Ella festejó las gracias del bufón y se fingió complacida cuando un juglar, extremadamente apuesto, compuso y cantó una oda a su belleza. En realidad, apenas lo escuchaba. La proximidad de Joe ejercía un efecto perturbador sobre ella, sin permitirle disfrutar de nada.
Después de la comida, las mesas de caballete fueron desarmadas y puestas contra la pared para dejar sitio al baile. Después de bailar una pieza juntos, para salvar las apariencias, Joe se dedicó a girar por el espacio abierto con una mujer y otra. _________________ recibió más invitaciones de las que podía aceptar, pero pronto adujo que estaba fatigada y corrió a la intimidad de su cuarto.
–Un baño –exigió a Joan, a quien arrancó de un rincón en donde yacía entrelazada con un joven–. Tráeme una tina y agua caliente. Tal vez pueda quitarme parte del hedor de esta jornada.
Pese a lo que _________________ creía, Joe había estado muy consciente de su presencia. No hubo momento en que él no supiera con quién estaba su esposa o dónde encontrarla. Al parecer, durante el torneo había conversado con un hombre durante horas enteras, festejando todas sus palabras y sonriéndole hasta dejarlo obviamente embobado.
Joe la había alejado de él por su propio bien, sabiendo que ella ignoraba el efecto de su presencia en los hombres. Era como una niña.
Todo le resultaba nuevo; lo miraba sin ocultar nada, sin reservas, riendo abiertamente de cuanto él decía. Joe vio que el hombre tomaba aquella cordialidad por algo más profundo.
La intención de Joe había sido la de explicarle todo eso, pero ella lo atacó, acusándolo de ser insultante. Él habría preferido morir antes que dar explicaciones por sus actos. Temía que el impulso le llevara a estrangularla. Por suerte, una breve aparición de Alice lo había tranquilizado. Alice era como un sorbo de agua fresca para quien acabara de salir de un infierno.
Con las manos apoyadas en las gordas caderas de una joven nada atractiva, vio que _________________ subía la escalera. No bailaba con ella por no disculparse. ¿Disculparse por qué?
Había sido bondadoso para con ella hasta que, en el jardín, a la muchacha le dio por actuar como una demente, haciendo juramentos que no debía. Al separarla de ese hombre, que estaba interpretando mal sus sonrisas, Joe había hecho lo más conveniente; sin embargo, se sentía como si hubiera obrado mal.
Aguardó un rato y bailó con otras dos mujeres, pero _________________ no volvió al salón. Entonces, subió la escalera, impaciente. En esos breves instantes la imaginó haciendo todo tipo de cosas.
Al abrir la puerta de la alcoba, la encontró sumergida hasta el cuello en una tina de agua humeante, con el pelo rojo dorado recogido sobre la coronilla, en una suave masa de rizos. Tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el borde de la tina. El agua debía de estar muy caliente, porque su cara estaba algo húmeda de sudor. Al verla, todos los músculos de Joe quedaron convertidos en piedra. Era magnífica aun cuando lo miraba con el entrecejo fruncido, iracunda; pero en esos momentos parecía la inocencia en persona. De pronto, él comprendió que eso era lo que necesitaba de ella. ¿Qué importaba si ella lo despreciaba? Era suya, sólo de él. Con el corazón palpitante, cerró la puerta a su espalda.
–¿Joan? –Preguntó _________________, lánguida.
Como no recibiera respuesta, abrió los ojos. Le bastó ver la expresión de Joe para adivinar sus pensamientos.
A pesar de sí misma, el corazón empezó a palpitarle con fuerza.
–Déjame sola –logró susurrar.
Él avanzó sin prestarle atención, con los ojos oscurecidos. Se inclinó hacia ella y le tomó el mentón con la mano.
_________________ trató de apartarse y no pudo. Joe la besó; en un principio, con rudeza; después, sus dedos y su beso cobraron suavidad.
_________________ se sintió mareada. El placer del agua caliente, la mano apoyada en su mejilla, el beso mismo, la debilitaban. Él se apartó para mirarla a los ojos, aquellos ojos de oro cálido. Cualquier idea de odio había desaparecido. Sólo existía la proximidad de los cuerpos. El mutuo apetito sobrepasó toda hostilidad.
Joe se arrodilló junto a la tina y apoyó la mano tras el cuello de la muchacha. Volvió a besarla y deslizó la boca por la curva de su cuello.
Su piel estaba húmeda y caliente.
El vapor que se elevaba del agua era como su acicateada pasión.
Estaba listo, pero quería prolongar el placer, llevarlo hasta el límite con el dolor. Las orejas de _________________ eran dulces y olían a jabón de rosas.
De pronto, quiso verla toda, por entero. La tomó por debajo de los brazos y la alzó. Ella ahogó una exclamación de sorpresa ante el impacto del aire frío. Había una toalla suave al alcance de la mano y Joe la envolvió con ella. La muchacha no dijo nada. En el fondo, sabía que las palabras habrían roto el hechizo. Él la tocaba con ternura, sin exigencias rudas, sin magullarla. Se sentó en un banco ante el fuego y la puso de pie entre sus piernas, como si fuera una criatura.
Si alguien hubiera descrito esa escena a _________________, ella habría negado que pudiera producirse, puesto que Joe era un bruto sin sentimientos.
No experimentaba azoramiento alguno por estar desnuda, mientras que él permanecía totalmente vestido; sólo le maravillaba la magia de aquel momento. Joe la secó con cuidado. Era un poco torpe, demasiado brusco a veces, demasiado suave otras.
–Vuélvete –le ordenó.
Ella obedeció, permitiendo que le secara la espalda.
Por fin, Joe arrojó la toalla al suelo y _________________ contuvo el aliento.
Pero él no dijo nada. Se limitó a deslizar los dedos por el surco profundo de la columna. La muchacha sintió escalofríos. Un solo dedo decía más que cien caricias.
–Eres bella –susurró él con voz ronca, apoyando las palmas en la curva de sus caderas –Muy bella.
_________________ no respiraba. No se movió siquiera al sentir los labios de su marido en el cuello. Aquellas manos se movían con torturante lentitud hacia el vientre, hacia los pechos que lo esperaban, suplicantes. Entonces soltó el aliento y se reclinó contra él, apoyándole la cabeza en el hombro.
Cuando la tuvo casi enloquecida por el deseo, la llevó a la cama.
En pocos segundos sus ropas cayeron al suelo y él estuvo a su lado. Ella lo atrajo hacia sí, buscándole la boca. Joe reía ante la codicia de sus manos, pero los ojos grises no expresaban burla, sólo el deseo de prolongar el placer. En las pupilas de _________________ se encendió una chispa: sabía que ella sería la última en reír.
Pocos segundos después ambos lanzaron un grito ahogado al unísono, liberados del dulce tormento. _________________ se sentía exhausta, como si los huesos se le hubieran debilitado.
En cuanto Joe se dejó caer a un lado, con una pierna cruzada sobre las de ella y un brazo contra sus pechos, suspiró profundamente y se quedó dormida.
A la mañana siguiente, despertó desperezándose como un gato después de la siesta. Deslizó un brazo por la sábana y la descubrió fría.
Entonces abrió bruscamente los ojos.
Joe había desaparecido. A juzgar por el sol que entraba a torrentes por la ventana, la mañana estaba ya muy entrada. Su primera idea fue salir apresuradamente, pero la cama abrigada y el recuerdo de la noche anterior la retuvieron entre las sábanas. Se volvió de costado, deslizando la mano por la marca hundida del colchón, a su lado, y sepultó la cara en la almohada. Aún tenía el olor de Joe. ¡Qué pronto había llegado a identificar su olor!
Sonrió, soñadora. La noche anterior había sido paradisíaca.
Recordó los ojos de Joe, su boca... Él colmaba todas sus visiones.
Un suave toque a la puerta puso su corazón al galope.
Se calmó de pronto al ver que era Joan.
–¿Estás despierta, señora? –Preguntó su doncella con una sonrisa sabedora.
_________________ se sentía demasiado bien como para ofenderse.–Lord Joe se ha levantado temprano. Se está poniendo la armadura.
–¿La armadura? –_________________ se incorporó bruscamente.
–Sólo para participar en los juegos. No sé por qué; siendo el novio, no tiene necesidad de hacerlo.
_________________ se recostó contra la almohada. Ella si lo sabía.
Esa mañana habría podido volar desde lo alto de la casa para posarse con levedad en tierra, y Joe debía de sentir lo mismo. La justa era sólo una manera de gastar energías.
Arrojó a un lado los cobertores y saltó de la cama.
–Tengo que vestirme. Es tarde. ¿Crees que nos hemos perdido su participación?
–No –rió Joan –, estaremos a tiempo.
_________________ se vistió rápidamente un traje de terciopelo añil sobre enaguas de color celeste. Ceñía su cintura un fino cinturón de cuero azul adornado con perlas.
Joan se limitó a peinarle la cabellera y a cubrírsela con un velo de gasa azul bordeado de pequeñas perlas. Se sostenía con una diadema de perlas trenzadas.
–Estoy lista –dijo la muchacha, impaciente.
Se encaminó rápidamente a los terrenos donde se celebraba el torneo y ocupó su sitio en el pabellón de los Jonas. Sus pensamientos guerreaban unos contra otros. Lo de la noche anterior ¿había sido pura imaginación? ¿Un sueño? Joe le había hecho el amor no había otra forma de expresarlo. Claro que ella no tenía experiencia, pero no era posible que un hombre tocara a una mujer como él la tocaba sin sentir nada por ella. De pronto, el día le pareció más luminoso. Tal vez era una tonta, pero estaba dispuesta a intentar que el matrimonio resultara bien.
Estiró el cuello para ver el extremo de la liza, en busca de su esposo, pero había demasiadas personas y demasiados caballos en el medio.
Silenciosamente, abandonó los palcos para caminar hacia las tiendas. Se detuvo junto a la cerca exterior, sin prestar atención a los siervos y a los mercaderes que se agolpaban a su alrededor. Pasaron algunos minutos antes de que viera a Joe.
Con su atuendo normal era imponente, pero con la armadura tomaba un aspecto formidable. Montaba un enorme caballo de guerra, de pelaje gris oscuro, con arreos de sarga y cuero gris, estampado y pintado con leopardos de oro. Se movía con facilidad en la silla, como si los cincuenta kilos de armadura no fueran nada. El escudero le entregó el yelmo, el escudo y la lanza.
El corazón de _________________ se le subió a la garganta y estuvo a punto de sofocarla. Ese juego era peligroso. Contuvo el aliento al ver que Joe cargaba con su gran caballo, la cabeza gacha y el brazo firme. Su lanza golpeó de lleno el escudo de su adversario, al tiempo que el suyo también recibía un golpe. Las lanzas se rompieron y los combatientes continuaron hasta los extremos opuestos de la liza, donde se les darían otras. Por fortuna, las lanzas que se usaban en batalla eran más fuertes que las de torneos. El objetivo era romper tres lanzas sin caer. El hombre que fuera derribado antes de los tres enfrentamientos debía pagar el valor de su caballo y su armadura al vencedor; la suma no era nimia. Así había hecho fortuna Kevin, de torneo en torneo.
Pero a veces había heridos. Los accidentes eran numerosos.
_________________, que no lo ignoraba, contempló con temor a su esposo, que cargaba otra vez. Tampoco en esa oportunidad hubo caídas.
Cerca de _________________, una mujer lanzó una risita tonta. Ella no prestó atención sino al oír su comentario –Su esposo es el único que no lleva prenda; sin embargo, ella dio cintas de oro a los hermanos. ¿Qué opinas de esa mala pécora?
Esas maliciosas palabras estaban dirigidas a los oídos de _________________; sin embargo, al volverse no vio que nadie le prestara atención. Estudió a los caballeros que caminaban entre los caballos, a poca distancia. Lo que esa mujer decía era cierto: todos los caballeros tenían prendas flameando en las lanzas o en los yelmos. Kevin y Miles lucían varias, además de la raída cinta de oro que cada uno llevaba al brazo.
_________________ sólo pensó correr hacia el extremo para alcanzar a Joe antes de la tercera carga. Las justas eran nuevas para ella; ignoraba que actuar así era peligroso, pues los caballos de combate, criados por su fuerza, su tamaño y su resistencia, estaban adiestrados para ayudar al jinete en la batalla y utilizaban los cascos para matar, tal como el hombre usaba su espada.
No reparó en las exclamaciones con que los hombres iban frenando a sus caballos para apartarlos de aquella mujer lanzada a toda carrera. Tampoco reparó en que varios de los espectadores se habían puesto de pie y la seguían con la vista, conteniendo el aliento.
Joe apartó la vista de su escudero, que le entregaba una nueva lanza. Había notado que en la multitud se iba haciendo el silencio. De inmediato vio a _________________ y comprendió que no podía hacer nada; antes de que lograra desmontar, ella lo habría alcanzado. Esperó, con todos los músculos en tensión.
_________________ no tenía cinta alguna que darle, pero era forzoso que le entregara una prenda. ¡Era su esposo! Se quitó el velo de gasa, sin dejar de correr por la liza, y volvió a ponerse la trenza de perlas sobre la cabellera.
Al llegar junto a Joe, le tendió el velo con una sonrisa vacilante.
–Una prenda –dijo.
Él tardó un momento en moverse. Luego tomó la lanza y la bajó hacia ella. La muchacha se apresuró a atar con fuerza una esquina del velo a la vara. Después lo miró con una sonrisa. Él se inclinó para ponerle una mano tras la nuca y la besó, casi levantándola en vilo. Fue un beso duro, acentuado por el frío del yelmo contra su mejilla. La dejó aturdida, con los talones clavados en la arena.
_________________ no había cobrado conciencia del súbito silencio reinante, pero Joe sí. Su flamante esposa había arriesgado la vida para entregarle una prenda. Levantó la lanza en señal de triunfo. La sonrisa parecía llegar desde un extremo del yelmo al otro.
La muchedumbre lanzó un rugido ensordecedor.
_________________ giró en redondo y vio que todas las miradas estaban fijas en ella. Se llevó las manos a la cara para ocultar el rubor. Miles y Kevin corrieron desde los costados para rodearla protectoramente con los brazos y la llevaron a lugar seguro, medio en vilo.
–Si no hubieras complacido tanto a Joe, te daría una zurra por lo que has hecho –aseguró Kevin.
En medio de nuevos vítores, Joe desmontó a su adversario. A _________________ no le gustó ser el blanco de tantas risas.
Recogió sus faldas y volvió al castillo tan silenciosamente como le fue posible. Tal vez si pasaba algunos minutos a solas en el jardín, sus mejillas recobrarían el color normal.
Alice entró bruscamente en la tienda del conde de Bayham, hecha de finas sedas y alfombras bizantinas, erigida para mayor comodidad de Edmund Chartworth.
–¿Ocurre algo? –Preguntó una voz grave tras ella.
Alice giró sobre sus talones para fulminar con la mirada a Roger, el hermano menor de Edmund. Estaba sentado en un banquillo, sin camisa, y deslizaba cuidadosamente el filo de su espada contra una piedra de afilar que hacía girar con el pie. Era un hombre apuesto, de pelo rubio veteado por el sol, recta nariz aguileña y boca firme. Bajo el ojo izquierdo tenía una cicatriz curva que no desmerecía en absoluto su belleza.
Alice lamentaba muchas veces que Roger no fuera el conde en vez de Edmund. Iba a responder a su pregunta, pero se interrumpió. No podía revelarle la rabia que le causaba ver a la esposa de Joe convertida en espectáculo ante varios cientos de personas. Alice le había ofrecido una prenda sin que él la aceptara. Joe opinaba que ya habían provocado demasiados rumores y no convenía causar más.
–Juegas con fuego, ¿sabes ?–Dijo Roger, deslizando el pulgar por el filo de la espada. Como Alice no hiciera comentarios, continuó –Los Jonas no ven las cosas como nosotros. Para ellos, lo bueno es bueno y lo malo, malo. No hay términos medios.
–No tengo idea de lo que quieres decir –respondió ella, altanera.
–A Joe no le agradará descubrir que le has mentido.
–¡No he mentido!
Roger arqueó una ceja.
–¿Qué motivos abdujiste para casarte con mi hermano, el conde?
Alice se dejó caer en un banco, frente al joven.
–No pensabas que la heredera sería tan hermosa, ¿verdad?
Los ojos de la mujer echaban chispas.
–¡No es hermosa! Es pelirroja. Sin duda está cubierta de pecas.–Sonrió con astucia.–Tengo que preguntar qué crema usa para disimular las de la cara. Joe no la creerá tan deseable cuando vea...
Roger la interrumpió.
–Estuve en la ceremonia del lecho y vi gran parte de su cuerpo. No tiene pecas. No te engañes. ¿Crees que podrás retenerlo cuando esté solo con ella?
La joven se levantó para caminar hasta la entrada. No permitiría que Roger viera su preocupación. Necesitaba conservar a Joe a toda costa. Él la amaba profunda y sinceramente, como nadie la había amado en su vida, y eso le era tan necesario como la riqueza de Edmund. Ella no permitía que la gente viera su interior; escondía bien su dolor.
De niña, había sido una hija hermosa nacida entre varias hermanas feas y enfermizas. Su madre otorgaba todo su amor a las otras, pensando que Alice recibía demasiada atención de sus niñeras y de los visitantes del castillo. La niña había buscado el amor de su padre. Pero Nicholas Valence sólo amaba las cosas que venían en botella. Ella acabó por aprender a apoderarse de lo que no se le daba. Enredaba a su padre para que le comprara ropas lujosas, y ese realce de su belleza hacía que las hermanas la odiaran aún más. Nadie la había amado aparte de su vieja doncella, Ela, hasta la llegada de Joe. Pero todos esos años de lucha para conseguir unos pocos centavos hacían que la seguridad económica le resultara tan deseable como el amor. Joe no era lo suficientemente rico como para darle esa seguridad. Edmund sí.
Y ahora, la mitad de lo que necesitaba le era robado por una bruja de pelo rojo. Alice no estaba dispuesta a quedarse cruzada de brazos.
Pelearía por lo que deseaba.
–¿Dónde está Edmund? –Preguntó a Roger.
Él señaló con la cabeza el cortinaje que separaba la parte trasera de la tienda.
–Durmiendo. Demasiado vino y demasiada comida –dijo con repugnancia–. Ve con él. Necesitará que alguien le sostenga la cabeza dolorida.

–¡Tranquilo, hermano!–Ordenó Kevin a Miles–. Demasiado le duele la cabeza sin necesidad de golpeársela contra el poste de la tienda.
Llevaban a Joe sobre el escudo, con las piernas colgando y los pies arrastrándose en el polvo. Al desmontar a su segundo adversario, la lanza del hombre se había deslizado hacia arriba en la caída. El arma golpeó a Joe justo por encima de la oreja, con fuerza suficiente para abollarle el yelmo. Joe lo vio todo negro y oyó un zumbido en la cabeza que ahogaba todos los demás ruidos. Logró mantenerse en la silla, más por puro adiestramiento que por fuerza física, mientras su caballo giraba y volvía al extremo del campo. Joe miró a sus hermanos y a su escudero, esbozó una sonrisa dolorida y cayó poco a poco en los brazos extendidos.
Kevin y Miles llevaron a su hermano a un jergón. Le quitaron el yelmo abollado y le pusieron una almohada bajo la cabeza.
–Buscaré a un médico–dijo Kevin a su hermano–. Y tú trae a su esposa. Nada gusta tanto a las mujeres como un hombre desvalido.
Algunos minutos después, Joe comenzó a recobrar la conciencia. Alguien le estaba poniendo agua fría en el rostro acalorado.
Manos frescas le tocaban la mejilla. Abrió los ojos, aturdido. La cabeza le daba vueltas. Al principio, no pudo recordar a la persona que estaba viendo.
–Soy yo, Alice –susurró ella. A Joe le alegró que no hubiera ruidos más fuertes–. He venido a cuidarte.
Él sonrió un poco y cerró los ojos. Había algo que no lograba recordar.
Alice vio que aún tenía en la mano derecha el velo que _________________ le había dado, el cinismo que él desatara de la lanza en el momento de caer.
No le gustó lo que eso parecía significar.
–¿Está malherido? –Preguntó una mujer preocupada, junto a la tienda.
Alice se inclinó hacia adelante y aplicó los labios a la boca insensible de Joe, guiándole un brazo para que rodeara su cintura.
La luz que penetraba por la solapa recogida y la presión de aquellos labios hicieron que Joe abriera los ojos. Entonces recobró los sentidos. Vio que su esposa, flanqueada por sus ceñudos hermanos, lo miraba fijamente. Estaba abrazando a Alice. Apartó a la mujer y trató de incorporarse.
–_________________ –susurró.
La cara de la muchacha perdió todo el color. Sus ojos estaban oscuros, enormes. Y su expresión volvía a ser de odio. Súbitamente se convirtió en frialdad.
Joe trató de incorporarse, pero el rápido cambio de presión en la cabeza golpeada fue demasiado, sintió un dolor insoportable. Por suerte todo volvió a borrarse. Cayó pesadamente contra la almohada.
_________________ giró prontamente sobre sus talones y abandonó la tienda, seguida de cerca por Miles, que parecía protegerla de algún mal.
Kevin miró a su hermano con el rostro oscurecido.
–Grandísimo malparido... –empezó. Pero se interrumpió al notar que estaba inconsciente. Entonces giró hacia Alice, que lo miraba con aire triunfal. La tomó del antebrazo y la levantó con violencia.
–¡Tú has planeado todo! –Le espetó–. ¡Dios mío! ¿Es posible que mi hermano sea tan tonto? No vales una sola de las lágrimas que has hecho derramar a _________________, según temo.
Se enfureció más aún al ver una leve sonrisa en la comisura de aquella boca. Sin pensarlo, levantó la mano y la abofeteó sin soltarla. Un momento después, ahogó una exclamación; Alice no estaba enfadada.
Por el contrario, le miraba los labios con un inconfundible fuego de pasión.
Nunca en su vida había recibido una impresión tan repugnante. La arrojó contra un poste de la tienda, con tanta fuerza que ella quedó casi sin aliento.
–¡Aléjate de mí! –Dijo en voz baja–. Harás bien en temer por tu vida si nuestros caminos vuelven a cruzarse.
Cuando ella se hubo ido, Kevin se volvió hacia su hermano, que empezaba a moverse. El médico que había acudido para atenderlo esperaba en un rincón, tembloroso. La furia de los Jonas no era espectáculo agradable.
Kevin le habló por encima del hombro.
–Ocúpate de él. Y si conoces algún tratamiento que aumente su dolor, úsalo.
Giró en redondo y salió de la tienda.
Era ya de noche cuando Joe despertó de un sueño atontado, inducido por alguna droga. Estaba solo en la tienda oscura. Sacó cautelosamente las piernas del catre y se incorporó. Tenía la sensación de que alguien le había hecho un profundo corte en la cabeza, de ojo a ojo, y que las dos mitades se le estaban separando. Hundió la cara entre las manos, con los ojos cerrados.
Poco a poco logró volver a abrirlos. Su primer pensamiento fue de extrañeza por verse solo. Su escudero o sus hermanos deberían haber estado allí. Irguió la espalda y cobró conciencia de un nuevo dolor: había dormido varias horas con la armadura puesta; cada articulación, cada borde se le habían clavado en la piel a través del cuero y el fieltro. ¿Cómo era posible que su escudero no se la hubiera quitado si el muchacho solía ser tan responsable?
Algo en el suelo le llamó la atención. Era el velo azul de _________________. Lo levantó con una sonrisa, recordando cómo había corrido para entregárselo, sonriente, con la cabellera suelta al viento. Nunca en su vida se había sentido tan orgulloso, pese al miedo que le provocaba verla correr tan cerca de los caballos. Deslizó los dedos por el borde de perlas y apoyó la gasa contra su mejilla. Le parecía oler el perfume de su cabellera, pero eso era imposible: el velo había estado junto a su caballo sudoroso. Recordó su rostro levantado hacia él. ¡Esa era una cara por la que valía la pena combatir!
Luego Joe creyó recordar un cambio en ella. Dejó caer la cabeza entre las manos. Faltaban piezas en el acertijo. Le dolía tanto la cabeza que le resultaba difícil recordar. Veía a una _________________ diferente, que no sonreía ni rugía como la primera noche, lo miraba como si él ya no existiera. Luchó por reunir todas las piezas. Poco a poco, recordó el golpe de la lanza. Recordó que alguien le hablaba.
Y de pronto, lo vio todo claro. _________________ lo había sorprendido abrazado a Alice. Cosa extraña; no recordaba haber buscado el consuelo de Alice.
Tuvo que usar toda su voluntad para levantarse y quitarse la armadura. Estaba demasiado exhausto y débil para caminar con tanto peso. Por mucho que le doliera la cabeza, tenía que buscar a _________________ para hablar con ella. Dos horas después se detuvo dentro del gran salón.
Había buscado a su esposa por todas partes, sin hallarla.
Cada paso le causaba tanto dolor que ya estaba casi enceguecido.
A través de una niebla vio a Helen, que llevaba una bandeja cargada de copas. Esperó su regreso y la llevó hasta un rincón oscuro.
–¿Dónde está _________________? –Preguntó en un susurro enronquecido.
Ella lo fulminó con la mirada.
–¿Y ahora me preguntas dónde está? La has hecho sufrir, como todos los hombres hacen sufrir a las mujeres. Traté de salvarla. Le dije que todos los hombres eran bestias viles y malignas, en las que no se podía confiar... pero no quiso escucharme. No, te defendió. ¿Y qué ha ganado con eso? En la noche de bodas le vi el labio herido. La golpeaste aún antes de haberla poseído. Y esta mañana muchas personas vieron que tu hermano expulsaba de tu tienda a esa ramera de la Valence, tu ramera. ¡Moriría antes de decirte dónde está! Me arrepiento de no haber tenido el valor de acabar con ambas antes que entregar a _________________ a manos como las tuyas.
Si su suegra dijo algo más, Joe no la oyó. Ya estaba alejándose.
Minutos después halló a _________________ sentada en un banco del jardín, junto a Miles. Joe pasó por alto el gesto malévolo de su hermano menor. No quería discutir. Sólo deseaba estar a solas con _________________, abrazarla como la noche anterior.
Tal vez así su cabeza dejara de palpitar.
–Vamos adentro–dijo en voz baja, con dificultad.
Ella se levantó inmediatamente.
–Sí, mi señor.
Joe frunció levemente el entrecejo y le ofreció el brazo, pero ella pareció no ver su gesto. Él caminaba con lentitud, para que _________________ pudiera hacerlo a su lado, pero ella se mantenía un paso más atrás. Por fin llegaron a la alcoba.
Después del ruido que reinaba en el salón, la alcoba era un refugio de paz. Él se dejó caer en un banco acolchado para quitarse las botas. Al levantar la vista, vio a _________________ de pie junto a la cama, inmóvil.
–¿Por qué me miras así?
–Espero sus órdenes, mi señor.
–¿Mis órdenes? –Joe frunció el entrecejo, pues cualquier movimiento le provocaba nuevos dolores en la cabeza.–Desvístete para acostarte.
Aquella actitud lo desconcertaba, ¿Por qué no estaba furiosa? Él habría sabido cómo quitarle el enfado.
–Sí, mi señor –la voz de _________________ sonaba monótona.
Ya desnudo, Joe se acercó lentamente a la cama. _________________ ya estaba acostada, cubierta hasta el cuello y con los ojos fijos en el dosel.
Él se metió debajo de los cobertores y se acercó a ella. El contacto de su piel era tranquilizante. Le deslizó una mano por el brazo, sin que ella reaccionara. Quiso besarla, pero la muchacha no cerraba los ojos ni respondía.
–¿Qué te aqueja ahora? –Acusó Joe.
–¿Qué me aqueja, mi señor? –Repitió ella sin alterarse, mirándolo a los ojos–. No sé a qué se refiere. Estoy a sus órdenes, pues soy suya, tal como me ha repetido tantas veces. Dígame qué desea y obedeceré. ¿Quiere copular conmigo? Obedezco, señor.
Joe sintió el roce de un muslo. Tardó algunos segundos en comprender que ella se había abierto de piernas.
La miró fijamente, horrorizado. Esa crudeza no era natural en ella.
–_________________ –empezó–, quiero explicarte lo de esta mañana. Yo...
–¿Explicar, mi señor? ¿Qué debe explicarme? ¿Explica sus actos a los vasallos? Soy tan suya como ellos. Sólo dígame en qué debo obedecerlo y lo haré.
Joe empezó a apartarse. No le gustaba aquella mirada. Al menos cuando lo odiaba había vida en sus ojos. Ahora no.
Se levantó. Sin saber lo que hacía, se puso el chaleco y las botas, recogió el resto de su ropa bajo el brazo y abandonó aquella fría alcoba.















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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Marzo 1st 2012, 08:03

me encantaron los Capis estan geniales al igual que la nove.
por ciero FELIZ CUMPLEAÑOS !!!!!
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Marzo 1st 2012, 12:18

Oh oh.
Siento que esto no va nada bien con ______.
¡ODIO A ALICE!
Es una... Agh. Dios, ¿Puede haber una mujer tan cinica como ella?
NO, ella es una experta haciendo eso. LA ODIO.
Dios, Y Joe, no sé, siento que tiene su lado malo y bueno a la vez. Ya que, ¿Cuando la sigues?
¡SIGUE PRONTOOOOO! Aunque no me creas, no puedo leer capitulo de esta novela sin ponerme nerviosa... Enserio.
Ya, sube pronto, y Bye.
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MensajeTema: Re: La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/   Hoy a las 23:10

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La Promesa Fugaz (Joe&Tú) /Dramática/
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