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 Amor Griego (Joe&Tu)

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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 15th 2011, 20:37









Capítulo 10







El sol de la mañana bañaba el escritorio con una resplandor rojizo cuando Joe dejó el lápiz y estiró los brazos por encima de la cabeza. Llevaba trabajando desde el amanecer en su gran estudio vacío y había descubierto que era tremendamente productivo cuando la casa seguía recogida en el silencioso preludio del día.
Se recostó, satisfecho con el primer boceto de la sala de conciertos parisina que estaba diseñando. Sería construida en el Left Bank, un nuevo monumento para una de las ciudades más bellas del mundo. Su gran talento como diseñador conllevaba que recibiera encargos de todo el mundo. Por supuesto, Londres era una base perfecta para viajar por Europa, ahorrándose el desfase horario. En realidad tenía gracia. Uno nunca sabía cómo iban a salir las cosas, por mucho que las planificara. Era como diseñar un edificio. Los planos podrían ser perfectos y la construcción ejecutada con exactitud, pero solía ser algo impredecible lo que otorgaba carácter al lugar. Cuando se planificaba una estructura, como el enorme centro de investigación que había finalizado recientemente en Denver, era imposible adivinar que los destellos que provocaba el sol de mediodía al incidir en sus muchas ventanas provocarían que fuera conocida para siempre como «El Diamante».
Le había pasado algo parecido allí, viviendo con _________ y sus hijos. Aunque la naturaleza de su trabajo le permitía ver cómo ladrillos y cemento crecían hasta convertirse en algo bello, no había supuesto que ocurriría lo mismo con los niños. No habría imaginado que su desarrollo día a día podía ser tan asombroso como uno de los rascacielos que había concebido, que parecía desafiar a la ley de la gravedad. También era cierto que nunca se había parado a pensar en ello. No había tenido razón para hacerlo. No había tenido planes de paternidad hasta que las circunstancias decidieron por él.
Sus días habían adquirido una rutina. Dejaba de trabajar a la hora del almuerzo y salía a dar un paseo con _________ y los niños. Sus colegas de Estados Unidos se habrían quedado atónitos al verle tomar una hora libre para pasear por un parque empujando un cochecito de bebé. A él mismo le costaba creerlo.
Oyó un gemido en la planta inferior; eso implicaba que uno de los bebés se estaba despertando y el otro no tardaría. Él bajaría a la cocina a preparar café antes de que llegara el ama de llaves. Después iría a buscar a _________, que estaría ocupada con alguno de los bebés, vestida con vaqueros gastados, el cabello recogido con una cinta y más bella de lo que debería estar ninguna mujer.
Pero la imagen de pareja feliz que presentaban al mundo exterior no tenía base real. Era como uno de esos trampantojos que engañaban al ojo haciéndole ver un paisaje real, cuando no era sino una astuta pintura tridimensional.
Hizo el café, escuchó un par de mensajes de voz y fue a buscarla a la habitación de los niños, donde estaba secando a uno de los bebés. El vapor del baño había hecho que la blusa se pegara contra sus senos. Sus bellísimos senos.
—Había otro mensaje de esa mujer —anunció él.
_________ alzó la mirada del bebé, pensando en lo perfectos que eran sus dos niños, con la piel morena como su padre y el mismo pelo y ojos negros. De momento no veía en ellos nada suyo.
—¿Qué mujer? —arrugó la frente.
—La rubia de al lado. Ésa de las faldas o, más bien, ésa de las inexistentes faldas.
_________ se apoyó sobre los talones intentando no reaccionar. «Ah, sí. Ésa». Estiró la esquina de la alfombrilla sobre la que estaba tendido el bebé. Por supuesto, Joe se habría fijado en los inapropiada vestimenta y las largas piernas de su vecina, ya que podía pasarse tanto tiempo como quisiera contemplándola. Que a ella no le gustase que lo hiciera era irrelevante. Ella había elegido que vivieran separados y era lo que tenía. «Cuidado con lo que deseas…»
—¿Qué quiere esta vez?
—Dice que ha dejado varios mensajes. Mañana celebra su cóctel y quiere que vayamos.
—Yo me quedaré aquí —_________ hizo una mueca de desagrado—. Ve tú.
Joe la observó ponerle un trajecito azul al niño. Era increíble cómo habían cambiado las cosas. Recordaba que solía telefonearle a última hora para invitarla a cenar y lo dejaba todo para reunirse con él. Cambiaba sus planes para ajustarse a los suyos y actuaba como si no tuviera importancia si él cancelaba la cita en el último minuto. Él la había despreciado por ello, igual que al resto de las mujeres que se lo ponían demasiado fácil.
Pero _________ ya no se lo ponía fácil, en absoluto, y en algún momento había dejado de pensar que podía ser un juego inteligente por su parte. No, era algo muy serio. Cuando le había dicho que quería que tuviesen dormitorios separados había asumido que lo decía por hacerse respetar un tiempo. O tal vez por castigarlo antes de volver a recibirlo en sus brazos y en su cama. Ninguna mujer se había resistido a él y _________ tampoco podría hacerlo.
Incluso se había permitido disfrutar de la espera hasta que sucediera lo inevitable, pues sabía que ella seguía deseándolo. Leía fácilmente las indicaciones de su deseo, por más que ella intentara ocultarlas. Había multitud de gestos inconscientes. Ninguna mujer podía controlar que sus ojos se oscurecieran instintivamente cuando el hombre al que deseaba entraba en la habitación. O cómo se entreabrían sus labios como si esperara un beso suyo.
Sin embargo, lo trataba como suponía que haría una profesora joven pero estricta. Con actitud cortés pero distante. Cuando estaban con los gemelos, era dulce y agradable, ¡Joe incluso había llegado a ayudar a la hora del baño! Pero había erigido un especie de barrera invisible a su alrededor y algo le impedía intentar derrumbarla.
A veces se preguntaba si estaba sacando el mayor partido posible de su imagen de mujer intocable. Lo cierto era que lo estaba volviendo loco. Por la noche se quedaba despierto y atenazado de deseo sexual al pensar que estaba sólo una planta más abajo, en una cama demasiado grande para ella sola. Tal vez ella sintiera un perversa satisfacción imaginando lo frustrado que estaba. Y bien podía ser que hubiera llegado la hora de hacer algo al respecto…
—Ve tú —repitió _________, interrumpiendo sus incómodos pensamientos eróticos.
Fue a situarse a su lado. Tenía el cabello recogido en una coleta muy alta, que dejaba su cuello al descubierto. Deseó acariciar esa suave piel con los labios.
—Quiere que vayamos los dos —dijo con voz grave y ronca.
—La verdad es que lo dudo. Incluso si fuera el caso, no creo que se le rompiera el corazón si fueras tú solo.
—¿Qué se supone que significa eso?
Ella deseó que no se pusiera tan cerca de ella. Desde donde estaba arrodillada, sólo veía la fuerte pierna cubierta con vaqueros. Alzó la vista y fue aún peor ver todo el largo de su impresionante cuerpo. Las aristas de sus caderas, arrogantes y viriles.
—Vamos, Joe, ¡sabes perfectamente lo que significa! —se puso un mechón de pelo suelto tras la oreja—. No puedes estar tan ciego como para no darte cuenta de que le pareces muy atractivo.
Él comprendió que su serenidad estaba haciendo que se enojara. Tal vez si hubiera demostrado celos o una actitud posesiva habría disfrutado escapándose a la casa de al lado. Pero la idea de ir sin ella no le hacía ninguna gracia.
—Bueno. Pues yo creo que deberías venir —insistió—. De hecho insisto. Te hará bien. No has salido ninguna noche desde… ¿hace cuánto?
Desde los primeros meses de embarazo, pero _________ era demasiado orgullosa para confesarlo, sobre todo después de ese condescendiente «Te hará bien».
—Hace mucho —contestó con vaguedad—. Pero es muy común en la época que sigue a la maternidad.
—Ya, de repente te has convertido en una experta, ¿no? —rezongó con sorna—. Pues yo quiero que vengas. Considéralo un ejercicio de relaciones públicas por el bien de nuestros hijos, para conocer al resto de los padres de la calle.
—Eso suena muy provinciano —murmuró ella.
—¿Me acusas a mí de ser provinciano, agapi mu? —rió suavemente—. Eso es escandaloso.
_________ pensó que el intercambio se parecía demasiado a un coqueteo, así que se puso en pie y dio un paso atrás, como si estuviera demasiado cerca de un abismo.
—No tenemos niñera.
—Betty dice que se quedará encantada.
A _________ le gustaba el ama de llaves y confiaba en ella. Había sido madre y adoraba a los gemelos. Y lo cierto era que hacía mucho tiempo que no salía, sobre todo a una fiesta.
—Oh, bueno —aceptó—. Iré.
Lo que en principio le había resultado indiferente empezó a parecerle emocionante. Se descubrió deseando ir a la fiesta y sintió un burbujeo de excitación que casi no recordaba. Seguramente se debía a sentirse bien consigo misma. Su autoestima estaba bien alta y no se había permitido comportarse como un juguete físico o emocional.
Sin embargo, seguía teniendo que mantener una actitud vigilante con Joe. Había creído que, si mantenía las distancias, su deseo por él disminuiría, pero nada podía estar más lejos de la verdad. Anhelaba sus caricias y sabía que él la deseaba a ella. Sin embargo, algo había cambiado.
Ella tenía a sus hijos, habían creado dos nuevas vidas juntos y eso tenía un significado emocional muy profundo. Necesitaban mantener una relación civilizada en aras del futuro, fuera cual fea. Joe disponía de multitud de armas para herirla si quería, y no iba a permitir que eso ocurriera. Al menos de momento. No podía romperse en pedazos cuando dos bebés maravillosos dependían de ella. «Recuérdalo la próxima vez que te tiente».
La noche de la fiesta, Betty asumió el mando. Como ama de llaves era estupenda, y como niñera para una noche, inigualable. La bondadosa pero firme mujer de cincuenta y tantos años, con hijos ya mayores, ordenó a _________ que saliera a divertirse y que no se preocupara en absoluto.
—Por Dios bendito —aseveró—. ¡Si la necesito, la encontraré en la casa de al lado!
Se respiraba la primavera en el aire y _________ eligió uno de sus vestidos favoritos, de antes de estar embarazada, que hacía que se sintiera de maravilla. La deleitó comprobar que aún le valía. Era de distintos tonos azulados y le caía hasta los tobillos, ocultando sus piernas pálidas tras el largo invierno. Lo conjuntó con unas bonitas sandalias azules que había comprado en Roma y que añadían el toque informal adecuado. Se dejó el cabello suelto y se puso un toque de perfume de rosas.
Joe la esperaba en la sala, junto a la enorme ventana. Se dio la vuelta al oír sus pasos y sus pupilas se dilataron al verla. El cabello rubio caía en cascada sobre sus hombros y sus ojos violeta parecían oscuros y enormes. Sintió el pulsar del deseo.
—Estás bellísima —murmuró.
—Pareces sorprendido.
—Tal vez lo esté. Hacía mucho tiempo que no te veía vestida así.
—Hace mucho tiempo que no voy a una fiesta.
El risueño comentario enmascaró lo que realmente sentía. La situación era incómodamente parecida a una cita. Era algo que haría una pareja real. Y ellos no lo eran. La última vez que se había arreglado tanto había sido la de aquella noche en su piso, cuando él había sido tan crítico con respecto a su hogar y el esfuerzo que había realizado. «Recuerda esa noche si te sientes tentada por cómo te acarician esos ojos negros», se dijo «Te mira como si quisiera arrastrarte a un rincón y lanzarse sobre ti».
—Será mejor que eche un último vistazo a los gemelos —titubeó.
—_________, acabo de hacerlo y están bien. Y Betty también. Ahora relájate.
Relajarse sería como entrar directamente en la boca del lobo. Relajarse implicaría bajar la guardia y eso la llevaría a mirar a Joe y decidir que estaba irresistible con pantalón y camisa oscuros, y el pelo y los ojos brillando como azabache.
Fue a por su echarpe de cachemira. Joe se lo quitó de las manos.
—Espera. Déjame —dijo, poniéndolo con cuidado sobre sus hombros desnudos.
_________ se estremeció y esperó que él no lo hubiera notado. Joe era un maestro en todo lo relativo a las mujeres. Un gesto tan simple y caballeroso podía ser devastador, sobre todo para una mujer que llevaba tanto tiempo privada de caricias que su cuerpo se moría por un contacto físico. Sintió el roce de sus dedos en la clavícula y se preguntó si lo estaría haciendo a propósito, para hacerla consciente de lo cerca que estaba la mano de sus senos y lo fácil que sería acariciarlos. Sin duda, era lo que ella quería; volver a estremecerse de pasión y deseo.
«Pero eso acabó. Tiene que seguir acabado».
Se apartó de él al sentir que el rubor teñía sus mejillas, incomodándola aún más.
—Vamos —sugirió.
—Sí, vamos —repitió él con una leve sonrisa en los labios. Parecía un jugador de póquer consciente de tener en su mano la baza ganadora.


La ventana iluminada de la enorme casa vecina mostraba una fiesta muy concurrida. Mujeres diminutas que parecían exóticas aves del paraíso con sus vestidos y joyas, y hombres de traje oscuro reunidos formando grupitos.
Caroline abrió la puerta en persona, casi como si los estuviera esperando, al menos eso le pareció a _________. Pensó que tal vez no fuera más que una paranoia suya. Incluso si los había estado esperando, no era asunto de _________. No podía decidir que no quería a Joe para sí misma y objetar cuando otra mujer sí lo quisiera. Incluso en el caso de Caroline, una mujer casada, ella no tenía por qué asumir el papel de conciencia moral de nadie.
Casada o no, el modo en que la rubia se pegó a Joe, dejó muy claro que era el favorito entre sus invitados. _________ no podía culparla. Ella misma había actuado así en otro tiempo. Una más de la larga fila de mujeres dóciles encandiladas del atractivo millonario griego.
Su aspecto exótico hacía que destacara entre todos los demás hombres y parecía dominar la habitación como si estuviera iluminado por un oscuro fuego interior.
Atraía las miradas como un imán. _________ notó que la gente procuraba acercarse a él, tanto hombres como mujeres, pero sobre todo las mujeres, e intentaba captar lo que él decía. Era como si una fuerza más fuerte que ellos los obligara a hacerlo.
—Es encantador —dijo una mujer que estaba cerca y lo había estado observando.
—Sí —corroboró _________.
—Tengo entendido que eres la madre de sus hijos, ¿no?
—Así es.
—¿Pero no estáis casados?
_________ se volvió para mirar bien a la otra mujer. Sus ojos brillaban con curiosidad y el rostro delgado tenía expresión de dureza. No parecía importarle que su poco sutil interrogatorio pudiera herirla.
—Pareces saber mucho sobre mí —respondió con ironía.
—Soy la hermana de Caroline. Me ha hablado de vosotros. Dijo que una nueva pareja se había mudado a la casa de al lado —la mujer forzó una sonrisa que no llegó a iluminar sus ojos, como si quisiera confirmar el rumor de una vez por todas—. Pero no eres su esposa, ¿verdad?
—No lo soy —admitió _________, preguntándose si serlo habría supuesto alguna diferencia. Posiblemente esa clase de mujeres consideraban a cualquier hombre una presa disponible, si era lo bastante atractivo. Tomó un sorbo de champán, esperando que consiguiera desatar el nudo de aprensión que sentía en el estómago.
En cierto sentido, la hermana de Caroline reforzó su convicción de que estaba haciendo lo correcto al mantener la distancia física y emocional con Joe. Si aún fueran amantes, seguramente estaría escupiendo de rabia al ver a su vecina sonriéndole como si ya se imaginara en la cama con él. Se preguntó dónde diablos estaba su pobre marido.
Bebió una copa de champán y mordisqueó algunos palitos de zanahoria, obligándose a charlar con algunos de los invitados. Que estuviera hecha un lío con respecto a Joe no tenía por qué impedirle participar en la fiesta. Conoció a otra madre que vivía al otro lado del parque y que le pareció muy dulce; quedaron para verse un día a tomar café.
Estaba charlando con un atractivo pianista de Uruguay, que tenía las cejas más oscuras que había visto en su vida, cuando sintió un golpecito en el hombro. Giró la cabeza y vio a Joe con una mirada impaciente en el rostro.
—¿Estás lista para marcharnos? —preguntó.
Lo cierto era que ella había estado disfrutando de una interesante conversación sobre música clásica y sintió la tentación de decirle que le gustaría quedarse un rato más. Pero llevaban dos horas allí y también deseaba regresar con sus gemelos.
—Supongo que sí —sonrió al pianista—. He disfrutado mucho hablando contigo.
—Lo mismo digo —murmuró él. Hizo una mueca traviesa—. Es una lástima que tengas que marcharte, y tan pronto.
Afuera había refrescado. Acababan de cruzar la verja que llevaba a su casa cuando Joe la agarró del codo, desconcertándola tanto por el inesperado contacto como por la hostilidad que destellaba en sus ojos negros.
—¿Sabes que dicen que flirtea hasta con la pata de su piano? —soltó con tono acusador. Las luces de seguridad iluminaron su rostro tenso y airado.
—¿Quién? —preguntó ella, confusa.
—Rodríguez. ¡El hombre a quien no podías dejar de mirar!
—¡Es normal mirar a alguien cuando te habla, Joe!
—¿Sí, agapi mu? —dijo él—. ¿Entonces por qué cuando hablas conmigo desvías la mirada?
—No lo hago.
—Mentirosa —acusó él—. Sí que lo haces. ¿Y sabes por qué?
—No —_________ notó que su compostura empezaba a desvanecerse, demolida por el afrodisíaco de su contacto físico.
—Porque si te permitieras mirarme lo bastante, recordarías lo que era sentir mis labios en los tuyos. Mi boca en tu cuerpo. Pensarías en lo que sentías desnuda en mis brazos, con el cuerpo saciado y satisfecho —concluyó, con un deje de orgullo.
Ella recordó que su corazón, en cambio, nunca se había sentido así, sino anhelante y hambriento de más.
—Joe…
—Entonces comprenderías que estás cansada de vivir de recuerdos. Que deseas que todo eso vuelva a ocurrir. Admítelo, _________. ¡Admite que aún me deseas!
—Joe… —repitió su nombre y esa vez con tono de protesta, como una indicación de que deberían dejar el tema. Pero debió faltarle convicción, porque él agarró su otro codo y la atrajo hacia su cuerpo como si pesara menos que una pluma.
Y ella lo permitió. La estaba moviendo como si fuera una marioneta y él, el titiritero pero, de repente, dejó de importarle. Nada podía importarle cuando sus sentidos burbujeaban como una explosión de champán al hacer saltar el corcho de la botella.
Hacía demasiado tiempo que no la tenía en sus brazos de esa manera. No era como aquella vez en su piso, poco después de dar a luz, cuando ella se sentía incómoda e insegura. Esa noche, vestida de fiesta, con tacones altos, perfumada y arreglada, se sentía como una auténtica mujer. Y no había duda posible sobre el deseo del hombre que en ese momento la estrechaba contra él.
Sintió la fuerza de su cuerpo poderoso y percibió cómo la excitación de él subía de nivel rápidamente. Él puso una mano bajo su barbilla y alzó su rostro para mirarla a los ojos.
—¿Lo deseabas? —exigió con rudeza—. ¿Querías estar con él?
—No… —la palabra se perdió en la boca de él, que capturó la suya con un beso que parecía más castigo que deseo. _________ sabía que lo correcto sería resistirse, pero fue incapaz.
Joe, excitado y ardiente, enredó las manos en su cabello como si nunca antes lo hubiera acariciado y apretó el muslo contra el de ella.
—_________… —gruñó.
Ella alzó los brazos, rodeó su cuello y le devolvió el beso con el fervor de alguien que no hubiera sido besado nunca, como si fuera imposible cansarse de él. Se apretó contra su cuerpo, sin conseguir acercarse tanto como le habría gustado, y empezó a derretirse de anhelo. Era imposible no desearlo cuando en realidad nunca había dejado de hacerlo. Gimió suavemente cuando él puso las manos en sus nalgas haciéndole desear sentirlas sobre la piel desnuda. Al fin y al cabo eran dos personas adultas que…
—¡Señorita ________!
Una voz irrumpió en su neblina de excitación. _________ alzó la cabeza cuando Joe dejó de besarla abruptamente. Vio a Betty al final de los escalones que subían a la puerta principal, con el rostro tenso de preocupación.
—Señorita ________, ¿podría entrar? Es un bebé. ¡Está enfermo!









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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 15th 2011, 22:04

siguelAAaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 15th 2011, 22:21

¡Mi Jesús!
¿¡Como la dejas ahi!?
Es que...¡Un bebé está enfermo!Que bebé ese,¡En el momento que decidió enfermarse!
(: Solo espero que puedas seguirla prontico.
¡Porque quiero leer más!
¡Siguela por favor!
Esta novela...Parece droga,si querida...D R O G A .
Hahaha,ya,sube pronto.
Cuidate,Bye.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 15th 2011, 22:37

siguelaaaaaa please
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 17th 2011, 13:41

siguela!!! :O de ke se enfermo el bby....
:/ a kien se le ocurre enfermarse deberas....pero no tiene la culpa pobre chico Wink
y luego cuando Joe finalmente se acerca a rayita...no, no, no....
siguela!!!!

spero impaciente!!!
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 18th 2011, 13:06

omg!!! OSEA QE ONDAZZ HE???
JAJASJJA PZ QIEN IVA DECIRLO
JOE CELOSO?? UMMM¬¬ INTERESANTE
ME SALIO CALIDA EL GRIEGO NO JAJAJAJA
CUANDO VAMOS HACER CAPACES DE DESPRECIAR LA
MALDITA TENTACION DE QERERLO OSEA ES UN INVESIL
Y ESO NO LO CAMBIA NADA SHHHH MALDITO IDIOTA
PERO BUENO DISFRUTAR DE VES EN CUANDO EL POSTRE
PZ NO NOS CAE TN MAL JAJAJAJAJAJA
Y VAYA FORMA DE INTERRUMPIRLOS HE!! JAJAJA
HAY ESPERO QE NO SEA ALGO TAN DURO LOS BEBES NO MERESEN SUFRIRR...
PLIZZZ SEGUILAAAAAAAAAAAA
SEGUILAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
TU NOVE ME VUELVE LOCAAAAAAAA!!!
JEJEJEJEJE
SEGUILAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
SEGUILAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
SEGUILAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!
YOU NOVELA I MAKE ME FEEL SO CRAZY JAJAJAJA
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 18th 2011, 13:12

NOSE USTEDES CHISK PERO YO ME QEDE CON GANAS DE ++???
QIERO MAS CAPS PLIZZZZZZZZZZZZ!!!!
Y NOES UNA SUGERENCIA AJAJAJAJAJAJAJA
QEREMOS CAPSSSSSSSSSSSS!!!!!!!!!!!!
SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII
MASSSSSSSSSSSSSSSS QIERO MASSSSSSSSSS!!!
QEREMOS MASS CAPSSSSSSSSSSSSSS!!!!!!
PLIZZZZZZZZZZZZZ NENA!!!!!!!!!!!
SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII
JEJEJEJEJEEEEEEEEEEEEEEEEEE
MASSSSSSSSSSSSSSSSSSS.....
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 18th 2011, 19:53

Toy deacuerdo con mary_JB2011 Razz
Sube mas caps!!! please
Rolling Eyes
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 19th 2011, 18:36














Capítulo 11









Oyeron el sonido de una tos horrible, incluso antes de cruzar el umbral.
—¿Qué bebé es? —preguntó _________ con desesperación, como si eso tuviera importancia.
—Alexius, creo —contestó Betty.
_________ gimió. Nadie los distinguía tan bien como Joe y ella. No deberían haber salido cuando siendo aún tan pequeños.
—¿Qué ha ocurrido?
—Empezó a toser hace una media hora, y está empeorando. Creo que es difteria, mis hijos la tuvieron.
El vago recuerdo de un problema respiratorio flotó en la mente de _________. Se preguntó si lo mencionaría alguno de sus libros sobre problemas infantiles.
Joe corrió escaleras arriba, seguido por las dos mujeres. La horrible sensación de culpabilidad de _________ se acrecentó cuando entró en la habitación y lo vio con uno de sus hijos en brazos; el bebé emitía un horrible silbido al respirar.
—Es Alexius —dijo él. Sus ojos parecían pozos de hielo negro cuando la miraron.
—Voy a llamar al médico —_________ se mordió el labio y se volvió hacia Betty—. Quiero que me digas exactamente cuándo te diste cuenta.
El médico llegó rápidamente. Era muy joven y no parecía tener edad suficiente para haber terminado la carrera. Pero examinó al bebé con tranquilidad y eficacia antes de enderezarse.
—Su ama de llaves tiene razón. Es difteria —dijo el médico—. Una inflamación de las vías respiratorias superiores —explicó—. Es relativamente común en bebés de esta edad y en esta época del año. Me han dicho que tiene un gemelo. Será mejor que lo examine también.
—¿Y el tratamiento? —a _________ le temblaba la voz—. ¿Tendremos que ingresarlo en el hospital?
—No debería ser necesario, señorita ________ —el médico sonrió—. El tratamiento también es bastante anticuado; tendrá que sentarse con él en un ambiente húmedo. Un cuarto de baño lleno de vapor es lo ideal; pueden turnarse para hacer correr el agua caliente en la bañera.
—¿Está diciéndome que a estas alturas y en este siglo, el único tratamiento es hacer correr el agua del baño? —Joe miró al médico con incredulidad manifiesta.
—Simplemente, hazlo, Joe —suplicó _________. Él percibió el acero que endurecía su voz por debajo de la súplica.
—Ne, agapi mu —aceptó con voz suave—. Empezaré ahora mismo.
El médico declaró que Andreas estaba bien y recomendó a _________ que mantuviera a los bebés separados durante un par de días.
—Pasaré por aquí a primera hora de la mañana —prometió—. Les espera una noche muy larga.
_________ llevó a su hijo al baño, que a esas alturas estaba tan lleno de vapor que tardó unos segundos en distinguir la figura alta y oscura de Joe. Nunca se había alegrado tanto de tener a alguien a su lado.
—Ven, dámelo —dijo él.
—Dentro de un minuto —_________ hizo una mueca cuando el bebé tosió de nuevo—. Quiero tenerlo en brazos. Oh, Joe, no deberíamos haber ido a la fiesta.
—¡Por Dios santo! —rechinó él—. Estaba perfectamente cuando salimos, lo sabes muy bien, o te habrías negado a ir. No te culpes, _________, no lo permitiré. Eres una madre excelente —declaró con voz fiera.
—Nada de eso importa —susurró ella, peligrosamente al borde de las lágrimas pero esforzándose por contenerlas—. Lo único que importa es que se ponga bien.
—Se pondrá bien.
—¿Estás seguro? —preguntó _________. Cada silbido que producía la dificultosa respiración de los pequeños pulmones era como si alguien retorciera un cuchillo en sus entrañas.
—Claro que sí —afirmó Joe con una convicción que distaba de sentir. Se encontraba en un ámbito ajeno a él y que no podía controlar. Pero su intención era reconfortar a _________, no tranquilizar sus propios pensamientos turbulentos.
Se habría sentido mucho más feliz si el médico hubiera podido darle a su hijo una pastilla, o ponerle una inyección, en vez de ponerlos en la extraña situación de turnarse para tener a su bebé en brazos y seguir renovando el agua caliente para que el vapor los envolviera en una húmeda nube.
La combinación de neblina y miedo hacía que se sintieran desorientados. Los minutos nunca habían transcurrido más despacio. Por fin pasó la primera y difícil hora. Con cada nueva hora que transcurría, su hijo parecía menos inquieto. _________ pasó del miedo a respirar para no perderse ningún posible cambio en el estado de Alexius a sentir que parte de la tensión abandonaba su cuerpo.
Tuvo la impresión de que el niño empezaba a tener menos dificultad para respirar cuando las primeras luces del alba tiñeron el cielo, pero temió que fueran imaginaciones suyas.
—¡Y pensar que creía que la vida en Grecia era primitiva —murmuró Joe, cuando los jadeos del niño dieron paso a la respiración tranquila del sueño y ellos se miraron comprendiendo que el peligro había pasado—. Vapor —musitó. Movió la cabeza con una sonrisa irónica.
—Oh, Joe —_________, para su horror, rompió a llorar, incapaz de contener las lágrimas que caían de su rostro a la cabeza de Alexius. Joe las recogía con las manos tan rápidamente como caían.
—Shh —emocionado, miró las lágrimas que tenía en los dedos y cerró los ojos, asaltado por una intensa oleada de alivio—. Todo va bien —dijo con voz ronca.
Por la mañana, el médico regresó y examinó a Alexius. Después esbozó una sonrisa satisfecha.
—Eso es lo maravilloso de los bebés —dijo con voz risueña—. Te dan un susto de muerte y luego vuelven a estar de maravilla.
Una vez el médico se marchó, Joe miró a _________ con expresión grave. El miedo de lo que podría haber ocurrido lo reconcomía por dentro.
—Voy a contratar a dos enfermeras infantiles para que pasen la noche con los bebés —anunció.
—Quiero cuidarlos yo —musitó ella.
—_________, no voy a aceptar ninguna discusión, así que puedes borrar esa expresión testaruda de tu rostro —sus rasgos se endurecieron y su acento se hizo más fuerte—. No puedes, y lo digo en sentido literal, estar vigilando a los niños día y noche. Te derrumbarás de agotamiento y eso no hará bien a nadie. ¿No lo entiendes?
Ella no podía cuestionar esa lógica, pero tenía la sensación de que todo empezaba a escapar a su control. Justo cuando estaba empezando a poder manejarse con los gemelos, tenía que ocurrir algo así.
Durante los días siguientes funcionó en piloto automático, utilizando reservas de energía y fuerza que no había creído tener. Las enfermeras de noche eran cariñosas y eficientes, y con el paso de los días quedó claro que Alexius estaba mucho mejor y que Andreas no estaba afectado por la enfermedad. Sin embargo, _________ no podía convencerse de ello. Tenía la sensación de vivir una pesadilla.
Se despertaba a cada hora de la noche con un miedo supersticioso que la llevaba a sentarse de golpe en la cama, como si algo terrible estuviera a punto de ocurrir. Corría a la habitación de los niños y descubría a las enfermeras vigilando el sueño de sus dos angelitos; ellas la miraban como si estuviera un poco… desquiciada.
Hasta que una tarde el médico fue de visita y Joe y él la acorralaron en el salón.
—Siéntate —ordenó Joe con fiereza.
—Pero…
—He dicho que te sientes.
Ella se dejó caer en uno de los sofás y alzó la mirada hacia los dos hombres; captó el brillo oscuro y duro de los ojos de Joe.
—_________, tienes que bajar el ritmo —dijo el médico con voz queda—. No harás ningún bien a tus bebés si te agotas.
—Lo estoy intentando.
—Se acabó lo de visitar la habitación de los niños por la noche —afirmó él médico—. Sólo te levantarás cuando tengan que comer. La privación de sueño es una forma de tortura, deberías saberlo. Necesitas dormir.

—No puedo, doctor.
—¿Por qué no? —preguntó él.
—Porque… —se encogió de hombros, consciente de que Joe la escrutaba como si fuera un raro espécimen en un tubo de ensayo. Incluso ella misma tenía la sensación de serlo. Una especie aún sin clasificar—. No lo sé —musitó.
—Deberías estar centrándote un poco más en tu pareja —sugirió el médico, obviamente dispuesto a adentrarse en uno de los manidos temas relacionados con la depresión postparto. _________ se ruborizó de vergüenza.
Él no sabía que su relación con Joe no era una relación verdadera. Que eran padres, pero nada más íntimo que eso. Por supuesto que no, ni siquiera podría habérselo imaginado.
—Gracias, doctor —dijo con voz seca.
—¿Te asegurarás de que descansa? —le preguntó el médico a Joe.
—Oh, sí, doctor —Joe esbozó una media sonrisa—, no lo dude un momento.
Esa tarde, una vez los gemelos estuvieron alimentados, bañados y en sus cunas, Joe obligó a _________ a sentarse ante la cena que Betty había preparado para ellos.
—Ahora, toma una copa de vino —dijo—. Una no te hará daño.
Obediente, ella bebió un poco.
—¿Te parece bien así? —preguntó.
—Sí. Ahora, cena.
El vino empezó a relajarla. _________ se preguntó cuánto hacía que no se sentía relajada y, peor aún, que no deseaba relajarse.
—¿Me ganaré una medalla si lo hago? —preguntó con ironía.
—Ya veremos —Joe bebió un trago de vino y cerró los ojos. Recordó la noche de la fiesta y la sensación de tenerla en sus brazos. Se preguntó si ella lo había olvidado o había enterrado el recuerdo porque hacía que se sintiera culpable. También cabía la posibilidad de que hubiera llegado a la conclusión de que el sexo complicaría una relación ya de por sí complicada.
Ese beso había estado alimentado por la ira y los celos. Era fácil besar a una mujer en esos términos; pero tal vez no fuera justo hacerlo en el caso de _________. No después de lo que había ocurrido entre ellos. Joe no dudaba ni por en segundo que podía hacer que lo deseara, pero eso acabaría reduciéndose a un mero revolcón.
Después de cenar y de que _________ insistiera en echar un último vistazo a los gemelos, ante las sonrisas indulgentes de las enfermeras, la acompañó hasta su dormitorio. Si no estuviera tan preocupado por ella, le habría hecho gracia representar ese caballeroso papel por primera vez en su vida.
—Buenas noches, _________.
De repente, los viejos miedos de _________ resurgieron. Tragó saliva, contemplando su rostro en sombras. Pensó en lo encantador y accesible que había estado esa noche y le dolió el corazón. Se preguntó qué diría él si le confesara que seguía queriéndolo. Era muy posible que esa accesibilidad se esfumara para dar paso a la expresión fría y acerada que hacía que sus nervios se tensaran como la cuerda de un arco.
—Buenas noches, Joe —susurró.
Se desvistió y se puso un camisón. No había vuelto a dormir desnuda desde el parto, para poder levantarse en cualquier momento. Apagó la luz y se metió en la cama. Pero incluso tras la copa de vino y de que el médico le hubiera garantizado que su hijos estaban perfectamente cuidados, el sueño se negó a llegar. Se quedó tumbada, dando vueltas en la cama, inquieta. Hasta que vio un rayo de luz que entraba por la puerta del dormitorio y la silueta de Joe en el umbral. Giró la cabeza para mirarlo, con el corazón en un puño. Se incorporó de un bote.
—¿Ocurre algo? —inquirió.
—No, todo va bien —contestó él, entrando en la habitación—. He estado trabajando y venía a comprobar si dormías. Pero ya veo que no.
—No, no puedo —miró esperanzada la luz que se reflejaba en sus ojos, como si pudiera agitar una varita mágica y llevarse parte de su tensión. La noche podía ser el lugar más terrorífico y solitario del mundo. Tragó saliva; no era ningún pecado anhelar un poco de compañía humana—. Quédate un rato —pidió—. Quédate y hazme compañía.
Él vio en su lenguaje corporal que no intentaba atraparlo, _________ era la mujer menos depredadora que había conocido en su vida, sin embargo, su petición era espinosa. Parecía no ser consciente de lo que le estaba pidiendo.
Joe sabía que las mujeres podían apagar su deseo con más facilidad que los hombres, pero al captar el deje temeroso de su voz no pudo negarse a sentarse en el borde de la cama. En cuanto tuvo la calidez de su cuerpo al alcance de la mano, soltó el aire de golpe; estar allí iba a ser una tortura para él.
—¿Y que vamos a hacer ahora? —inquirió.
Ella no pareció captar la ironía de la pregunta.
—Cuéntame cosas —ella se removió en el colchón—. Háblame de tu hermano y de por qué ya no estáis en contacto.
Él hizo una mueca en la oscuridad. Si había algo capaz de apagar su deseo, era concentrarse en los viejos problemas. Hacía años que no pensaba en eso; no se lo había permitido. A veces las cosas ocurrían y había que aceptarlas sin preguntarse por qué ni darles más vueltas.
—Fue un asunto de rivalidad masculina —contestó. Se dio cuenta de que por primera vez en su vida podía considerar el tema de forma objetiva y desapasionada. Tal vez el paso del tiempo y la distancia hacía que las cosas fueran más comprensibles, pero bien podía deberse a la forma de preguntar de _________; como si quisiera saberlo por razones de peso, no con el fin de utilizar esa información en contra de él en el futuro.

—Vivíamos en una isla demasiado pequeña para dos personalidades tan fuertes y teníamos un negocio familiar que podía dirigir un hijo solo. Nos enzarzamos en una batalla para ver cuál de los dos conseguía el control, igual que habíamos batallado por todo a lo largo de nuestra vida.
Joe había terminado aburriéndose de esa batalla; de repente comprendió que se alegraba de ello. Kalfera lo habría engullido; su personalidad era más apropiada para otro tipo de vida. Le gustaban las ciudades, tanto construirlas como vivir en ellas.
—Espero que nuestros hijos no se peleen cuando sean mayores —_________ giró la cabeza para contemplar su perfil en sombras.
—Eso es algo que no podemos controlar —dijo él, estirando la mano para tocar su sedoso cabello—. Ahora duerme, _________.
—Mmm —notó que le pesaban los párpados, como si alguien le hubiera dado un narcótico. Bien fuera la ausencia de miedo, la copa de vino o el que Joe estuviera acariciando su cabello rítmicamente, lo cierto era que se sentía segura y a salvo—. Eso es agradable —musitó.
—¿Sí? —preguntó él. Tal vez se estaba volviendo loco, pero había tenido la sensación de que no lo decía de forma totalmente inocente.
—Mmm —instintivamente se aproximó a él, chocando con la calidez de su cuerpo. Se preguntó cómo podía haber olvidado esa agradable sensación. O su olor. O su sabor.
—¿_________?
—¿Mmm?
—Duérmete.
—Si me duermo, te irás.
—Si me quedo, puede que recibas más de lo que pretendías —dijo él tras un breve silencio.
Ella abrió los ojos y lo miró. Estaba cerca, muy cerca. Su corazón se aceleró.
—¿Cómo qué?
—Como esto —pasó la yema del dedo por sus labios, trazando su curva con la delicadeza de una pluma. La oyó inhalar.
—Pero eso me gusta —suspiró ella, soltando el aire lentamente.
—¿Sí?
—Mmm.
—¿Y qué más? —empezó a acariciar la sedosa piel de su cuello y notó que estremecía bajo sus dedos—. ¿Qué más te gusta, _________?
—Besos —consiguió decir ella. Su corazón golpeteaba como agua de lluvia sobre un tejado de zinc.
—Ah, besos —se tumbó a su lado y acercó la boca a la suya, comprendiendo que los besos eran algo muy distinto, o al menos ése lo sería. Un beso lento y embriagador, sensual y al mismo tiempo inocente, casi como un primer beso. Excepto que nunca había dado uno como ése. A nadie. Tenía la sensación de estar ahogándose en una dulzura espesa e intensa.
Notó que se acercaba más a él e introducía los dedos en su cabello. Un instante después, él tomó su rostro entre las manos y miró sus ojos y los labios entreabiertos.
—_________ —musitó. Fue una pregunta hecha y contestada con esa sencilla palabra.
Ella empezó a desabotonarle la camisa, besando su pecho antes de quitársela de los hombros. Él gruñó cuando empezó a desabrocharle el cinturón. Sintió el temblor de sus dedos sobre la dureza de su erección. Cuando empezó a bajarle los vaqueros supo que sería incapaz de controlarse.
Emitiendo un gemido de placer, le quitó el camisón. Ambos quedaron desnudos y él tuvo una inigualable sensación de intimidad compartida. La textura sedosa de su piel bajo los dedos fue como un retorno glorioso y un descubrimiento. Las manos y el cuerpo de ella temblaron cuando empezó a explorar los suaves contornos de su figura. La nueva y femenina figura de la madre de sus hijos.
Deseó que el encuentro durase para siempre, pero también quería liberarse de la emoción que amenazaba con atraparlo, con obligarlo a sumergirse en sentimientos que sería mejor evitar. De repente, se situó sobre ella, sabiendo que no podía esperar más.
—¡Joe! —la había adormecido con sus suaves palabras y su desacostumbrada ternura, pero el impacto de sentirlo penetrar su cuerpo después de tanto tiempo fue algo muy distinto. Como encontrar agua dulce en medio de un desierto interminable. Gritó de gozo y júbilo, a pesar de saber que aquello no era agua, sino un espejismo.
—¿Te hago daño? —él se detuvo.
—¡No! —al menos no la hería en el sentido que él insinuaba; su cuerpo siempre podría acomodar su orgullosa virilidad en su interior. Era su corazón lo que se resentía—. No, no me haces daño, Joe.
—¡Ah! —posó los labios en sus senos y en su cabello. Recorrió su cuello y el hueco de sus clavículas. Moviéndose lentamente, con cada perfecta embestida incrementaba el placer, paso a paso. Ella se movía bajo él, con creciente ansia e impaciencia. Al final inició un lento gemido que él capturó con la boca, consciente de que había más gente en la casa. Sólo entonces se permitió derramar su semilla en su interior, con un largo y contenido rugido de placer y alivio.
Después, se durmió con facilidad, como siempre tras practicar el sexo, de igual manera pero sin duda muy diferente. _________ pensó que ese momento debería ser para ella uno de victoria y júbilo, pero sin embargo se sentía extrañamente vacía.
Clavó la vista en el techo mientras sentía la caricia lenta y rítmica del aliento de Joe en su cuello. Y las preguntas que llevaba conteniendo durante tanto tiempo invadieron su mente como una riada, exigiendo respuestas.










Anuncio muy pronto el final...
QUIZÁS sea el Viernes....
Las kiero mucho chicas, muchas gracias por comentar Wink













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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 20th 2011, 09:33

¡Oh por Dios!
Morí.Si,morí...¡Pero reviví para comentar!¡Yeah!
Hahaha,solo espero que puedas seguirla pronto.
Yo quiero leer más.
¡Siguela!¿Si?
Hay espero que si.
Cuidate,Bye.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 20th 2011, 20:33

siguelaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 21st 2011, 08:55












Capítulo 12










Ya había amanecido cuando Joe se despertó y entornó los ojos contra la pálida luz que se filtraba por la ventana. El entorno le pareció tan poco familiar como la dulce saturación de sus sentidos.
¡Estaba en la cama de _________!
Giró la cabeza para mirarla, pero comprendió que su primer instinto había sido correcto. Estaba solo. Las sábanas revueltas y el leve aroma almizclado del sexo eran la única indicación de que la increíble escena amorosa de la noche anterior no había sido un sueño.
Bostezó y se preguntó si ella ya estaría con los bebés.
Automáticamente, su boca se curvó con una sonrisa. Llevó los brazos por encima de su cabeza y se estiró con pereza antes de bajar de la cama y ponerse los vaqueros y la camisa. Iría a buscarla y la llevaría de vuelta a la cama.
La encontró en la cocina, de espaldas a él, mirando la calle desierta. Debía de haber amamantado a los gemelos, porque bebía con ganas un gran vaso de agua y no pareció oírlo entrar en la habitación.
—¿_________? —llamó con voz suave.
_________ apretó los dedos sobre el vaso, como si pudiera extraer algo de coraje de la superficie lisa y fresca. Pero no dijo nada aún. No se fiaba de sí misma.
Él interpretó su silencio como timidez. Era lógico que se sintiera así, después de lo que había ocurrido entre ellos. Había sido… increíble. Sus pies desnudos cruzaron el suelo de losetas sin hacer ruido alguno. Llegó a su lado e inclinó la cabeza hacia su nuca, inhalando su dulce aroma y disfrutando de la sedosa caricia de su cabello en la piel.
—Vuelve a la cama —murmuró, consciente de la tensión que empezaba a concentrarse en su entrepierna.
—No estoy cansada —_________ se tensó.
—Perfecto —su voz se volvió más grave—. Yo tampoco.
Pero los hombros de _________ siguieron tensos, y su cuerpo rígido como el de un centinela. No iba a relajarse ni un ápice, porque Joe era demasiado poderoso. Una caricia y ella se debilitaría y perdería su resolución.
—Creo que iré a darme una ducha y a vestirme —dijo ella.
Eso desde luego no sonaba a invitación sexual. Joe frunció los ojos.
—¿_________?
Ella sabía que no podía seguir mirando por la ventana eternamente, que tenía que enfrentarse a él, pero le resultaba muy difícil borrar todo rastro de emoción y anhelo de su rostro, para que él no percibiera la más mínima vulnerabilidad a la que aferrarse. No iba a volver a ser vulnerable. Lo que estaba a punto de hacer era lo único que le permitiría seguir adelante con su vida.
Se dio la vuelta y le ofreció una de las sonrisas corteses que habría utilizado si fuera un pasajero de Evolo y estuviera a punto de ofrecerle una taza de café.
—No merece la pena volver a la cama —afirmó, briosa.
Él decidió darle una última oportunidad. Tal vez fuera el decoro lo que hablaba. Una mujer que buscaba aprobación tras haberse entregado con total abandono a sus caricias. Eso podía aceptarlo.
—_________, —susurró—, agapi mu.
Eso debería de haber bastado. Él había expresado todo un mundo de promesas sensuales en esas palabras. En el apelativo cariñoso y en la suave e incomparable manera de pronunciar su nombre, con un leve deje griego. Tal vez en otras circunstancias habría sido suficiente; nada más fácil que entregarse a sus brazos y buscar un beso suyo. Habría permitido que la condujera al dormitorio en silencio, para no molestar a los niños y a sus enfermeras, sonriéndose con complicidad mientras sus corazones estallaban de excitación, conscientes de lo que iba a suceder.
Pero se recordó que el corazón de Joe no estaría estallando. Su excitación residía en un lugar mucho más elemental, y no podía permitirse olvidarlo. Más bien, tenía que olvidar sus deseos, sueños, esperanzas y anhelos de que un día él llegaría a amarla con la misma pasión que ella sentía por él. Eso no ocurriría nunca.
Joe no entregaba amor, al menos no el amor adulto que surgía entre un hombre y una mujer; nunca había pretendido hacerlo. Amaba a sus bebés, y ese amor crecía día a día; pero no tenía amor para ella. En realidad ni siquiera tenía derecho a esperarlo, porque él no le había hecho ninguna promesa. Así que tampoco estaba rompiendo ninguna. No era justo culparlo a él por no cumplir las expectativas de ella.
Si seguían profundizando en la relación a través del sexo ella estaría perdida, lo sabía con certeza porque las mujeres reaccionaban así. Utilizaban el sexo como expresión de su amor de una manera que los hombres no parecían necesitar, y a veces acababan sufriendo. Ella no podía permitirse eso porque no sólo se arriesgaría ella, también peligraría la estabilidad emocional que necesitaban los gemelos. La estabilidad que era esencial para ellos.
Era muy difícil negarse lo que más anhelaba: pasar las noches en brazos de Joe, sintiendo el placer que sólo él podía darle. Era una gran tentación, pero conllevaba demasiado peligro. Un peligro inaceptable, sin duda.
Retomar la relación física con él podría hacer que la dependiente y necesitada _________ de antes reapareciera. Esa _________ que se esforzaba por complacer sus caprichos y adivinar su estado de ánimo para no molestarlo. Y en su vida ya no había sitio para una persona como ésa. Él le había perdido el respeto por comportarse así, incluso ella misma se había perdido el respeto; ninguna persona en su sano juicio desearía volver a ponerse en esa situación. La alternativa era simular. Pretender que el sexo no era más que sexo y que no lo amaba. Actuar con indiferencia petulante, como si él no le importara. Pero él sí importaba, y mucho. Nunca había dejado de amarlo y no estaba dispuesta a vivir una mentira. Hacerlo sería un pésimo ejemplo para Andreas y Alexius.
«Díselo ya. No practiques juegos estúpidos. Joe es un hombre inteligente y aceptará lo que le digas. No tendrá más remedio.
—Anoche…
—Ah, ne. Anoche —repitió él con voz sensual.
Ella consiguió mantener la sonrisa. Impersonal y no demasiado abierta, porque no quería que se pelearan. Al fin y al cabo, no se trataba de un feudo, sino de buscar una solución práctica a una parte problemática de sus vidas.
—Fue un error —concluyó ella.
—¿Un error? —Joe frunció el ceño.
—Y uno que no debe repetirse —aseveró ella, como si se estuviera obligando a masticar un veneno antes de tragárselo—. Joe, no podemos volver a dormir juntos.
La reacción instintiva de él fue contestarle que él no tenía intención de dormir mucho. No creía ni por un momento que hablase en serio. Las mujeres nunca lo rechazaban y _________ siempre había sido como barro bajo sus expertos dedos. Sin embargo, algo en el brillo violeta de sus ojos le advirtió que la cosa era grave. Que sí lo decía en serio.
Apretó los labios. ¡No podía ser!
El deseo lo urgió a poner la mano sobre su brazo desnudo, sabiendo que se derretiría con una simple caricia, pero le orgullo lo detuvo. Tal vez pretendía hacerle suplicar. Joseph Jonas, suplicando. ¡Impensable! Su boca se curvó con una sonrisa cruel. Mantendría las distancias y así vería cuánto tiempo era capaz de soportarlo _________. No tardaría en ser ella quien le suplicara que volviese a su cama.


Pero los días fueron pasando y Joe descubrió que _________ no suplicaba, ni parecía disgustada, y se sintió envuelto en una inquietante neblina confusa. Ella era pura cortesía y dulzura. Seguía siendo una madre ejemplar. Incluso hacía comentarios inteligentes sobre las noticias internacionales. Si hubiera estado entrevistándola para un trabajo, habría quedado gratamente impresionado, pero no era ése el caso. ¡La quería de vuelta en su cama! ¡De inmediato!
—_________ —gruñó una mañana durante el desayuno, antes de ir a la embajada griega. Había prometido al embajador plantearse la posibilidad de diseñar una nueva biblioteca para el edificio.
_________ alzó la vista del yogur que estaba comiendo. Él tenía un traje de lino color crema y algunas gotitas de agua brillaban como joyas en su pelo negro. Su piel resplandecía de vitalidad y ella pensó que nunca lo había visto tan vibrante. Ni tan guapo.
—¿Sí, Joe?
—¡Esto no puede seguir así!
—¿El qué? —preguntó ella, apartando el yogur.
—No te hagas la inocente conmigo —dejó la taza de café sobre la mesa de golpe, y la delicada porcelana estuvo cerca de romperse en pedazos—. ¿O es eso lo que pretendes? ¿Quieres jugar conmigo? ¿Comprobar hasta qué punto puedes incrementar mi deseo por ti?
_________ tragó saliva. Le temblaban los dedos y rezó para que él no lo viera. Necesitaba ser fuerte. Era necesario.
—No estoy jugando contigo, Joe —contestó con toda sinceridad—. Te di mi opinión sobre la mejor manera de llevar esta relación y mi postura no ha cambiado —se encogió de hombros—. Lo siento.
Él deseó dar un puñetazo en la mesa, gritarle que no era cierto que lo sintiera. O que no tenía razones para sentirlo, cuando era tan sencillo cambiar la situación. Pero al ver su mirada serena y firme, comprendió, con dolor de corazón, que lo decía de verdad.
Pasó todo el día pensando obsesivamente en ella, algo nuevo y desconcertante para él. Tuvo que pedirle varias veces al embajador que repitiera algún comentario y le dejó frío la forma en que la secretaria cruzaba y descruzaba las piernas, dejando entrever la carne desnuda por encima de la liga de seda. De hecho, en un momento dado, la miró con tanto desprecio que ella tironeó del borde de la falda, avergonzada.
Esa noche cenó con un amigo que había llegado de Nueva York, pero estuvo distraído toda la velada. Había pensado que _________ le estaría esperando para interrogarle sobre dónde había estado pero, para su sorpresa y después furia, eso no ocurrió.
Malhumorado, fue a buscarla y la encontró en la habitación de los niños, charlando felizmente con una de las enfermeras. Le ofreció una sonrisa resplandeciente. En cambio, él tenía una expresión tormentosa, que sólo se disipó cuando alzó a Andreas en brazos y lo acunó.
Por encima de la cabecita del bebé se encontró con el par de ojos violeta y tuvo que aceptar que alejarse de ella no serviría para nada. El miedo empezó a atenazarlo con sus gélidos dedos. Sí, miedo auténtico y real. Para Joe, era una sensación desconocida e indeseada; pero que, súbitamente, lo devolvió a un pasado que había enterrado durante demasiado tiempo.
Durante las dos noches siguientes no consiguió dormir más de media hora seguida, y se levantó varias veces de la cama para ir en su busca. Todas la veces se detuvo ante la puerta y quitó la mano del picaporte para cerrarla en un puño y dejarla caer a su costado. Sabía que no estaría bien aprovecharse de la oscuridad para ocultar el tumulto interior que dominaba su mente. Ni tampoco seducirla mientras su cuerpo estaba relajado y receptivo por el sueño.
Se dedicó a trabajar en su estudio mientras buscaba el momento adecuado con la precisión y cuidado que lo avalaba en su vida profesional. Lo encontró cuando las dos enfermeras de día que había insistido en contratar para obligar a _________ a darse un respiro, decidieron aprovechar una inesperada mañana de sol para sacar a los niños a pasear en sus sillitas. Joe las observó alejarse por la acera arbolada y fue a buscar a _________, con un nudo de tensión en la garganta. La encontró en la salita pequeña, pegando fotos en un anticuado álbum de bebés. Se detuvo al verlo entrar.
—Hola, Joe —dijo titubeante, al ver en su rostro una expresión desconocida para ella.
Se le desbocó el corazón, porque parecía haber llegado el momento más temido y esperado. Joe iba a decirle que no podía seguir en esa situación. Que iba a buscarse una mujer que lo recibiera con calor y los brazos abiertos. ¡A no ser que ya hubiera encontrado a una! El corazón le latía con tanta fuerza que casi sintió dolor.
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó.
—¡No puedo seguir así! —contestó él.
—¿No puedes? —a _________ se le nublaron los ojos y se aferró al borde del escritorio—. No, claro que no puedes.
—Ningún hombre con sangre en las venas sería capaz de soportarlo —jadeó él, mirando de arriba abajo el cuerpo cubierto por un sencillo vestido blanco, preguntándose qué llevaría debajo—. Y por eso te ofrezco tu libertad.
—Mi libertad —repitió ella con esfuerzo. Era cuanto había temido, e incluso peor.
—Te entregaré las escrituras de esta casa —dijo Joe—. O te compraré otra si lo prefieres. También te otorgaré una pensión de por vida y un capital, para que puedas criar a los niños sin miedo a la inseguridad económica —apretó los labios—. Por supuesto, seré generoso.
—Por supuesto —aceptó _________ con voz débil—. ¿Y qué quieres a cambio de tu generosidad?
Los ojos de Joe se estrecharon hasta convertirse en estrechas ranuras con fondo azabache.
—Quiero la custodia compartida de los gemelos y un acuerdo que garantice que puedan viajar entre Inglaterra y Estados Unidos. Mientras estén conmigo serás libre, por supuesto, para entregarte a otras relaciones si lo deseas.
—Y esa «oferta», ¿incluye alguna condición, Joe? —preguntó ella, con la sensación de estar descendiendo hacia el infierno.
—Desde luego que sí —su boca se tensó—. Que no introduzcas a ningún otro hombre en el hogar de mis hijos, de forma temporal o permanente. Si haces eso, reclamaré la custodia total.
—Entiendo —tragó aire—. Y eso es lo que tú quieres realmente, ¿no es así?
Joe la miró. Había hablado con voz carente de emoción, formulando una pregunta directa y sensata. Se preguntó si ésa podía ser la misma mujer que había llorado de placer en sus brazos. Que había llevado a sus hijos en el vientre durante casi nueve meses. De repente, dejó de querer ponerle las cosas fáciles. Quería, necesitaba más bien, demostrarle lo que sentía en realidad. Pero no sabía si era capaz de hacerlo.
Cuando su madre había abandonado a su familia para irse con otro hombre, los otros niños de la isla habían murmurado sobre el escándalo. Pero ni Kyros ni él habían admitido, ni siquiera entre ellos, hasta qué punto les habían herido los cotilleos y la traición de su madre. El orgullo herido se había unido al dolor del abandono. Por eso se habían encerrado en sí mismos, finalmente lo había entendido. Habían ocultado sus sentimientos al mundo e incluso a sí mismos, hasta convencerse de haber quedado libres de toda emoción.
Acababa de comprender que se arriesgaba a perderlo todo por su fútil intento de protegerse de un dolor similar. La vida era dolorosa. Ese dolor no era más que la otra cara del placer y no se podía apreciar una cosa sin experimentar la otra. Eso significaba que tenía que volver a arriesgarse a sentir dolor.
—¡No! ¡Claro que no es lo que quiero realmente! —exclamó—. Tú eres lo que quiero, _________, tú y sólo tú, como compañera en todos los sentidos de la palabra.
Ella lo miró fijamente un largo momento.
—¿Por qué ibas a querer eso? —insistió ella, consciente que el dolor que expresaba el rostro de él debía de estar reflejado en el suyo—. ¿Acaso porque echas de menos el sexo?
—¡No es por el sexo! Puedo tener sexo cuando quiera, con chasquear los dedos —rugió él, indignado—. Es porque te amo, claro. Porque he llegado a amarte —dijo con un deje de sorpresa en la voz—. Necesito saber si quieres tu libertad o no, _________, porque ya sabes que siempre existe otra opción.
Ella lo miró sin respirar, temiendo que hacerlo rompería la magia que flotaba en el aire tras sus inesperadas palabras de amor.
—¿Cuál es esa opción? —susurró.
—La otra opción es tener mi corazón —afirmó él. Parecía dominar la habitación con su presencia, la intensidad de su mirada y su fuerte personalidad—. Tómalo. Eres la única persona a quien se lo he abierto, y ahora es tuyo para siempre —su voz se suavizó—. Si lo quieres.
Los ojos de _________ se llenaron de lágrimas, pero se obligó a parpadear para librarse de ellas. Movió la cabeza.
—¡Claro que lo quiero! Pero no puedes decirlo en serio, Joe —musitó—. Es imposible.
—¿No puedo? —se acercó hasta donde estaba sentada e hizo que se pusiera en pie—. Sí, lo digo muy en serio, eso y más. He sido un estúpido al no darme cuenta antes. Te quiero a ti, amor mío. Mi valiente y dulce _________. Mi único amor —miró su bello rostro y vio las lágrimas que brillaban en sus ojos—. No llores, agapi mu. Por favor, no llores. Tu Joe te lo prohíbe.
Ella no pudo, ni quiso, detener las lágrimas que surcaron sus mejillas. Eran lágrimas de júbilo e incredulidad, no de desconsuelo.
Él las secó con la punta de los dedos como ya había hecho una vez, cuando su bebé enfermo volvió a respirar con normalidad. Después, tomó su rostro entre las palmas de las manos. Ella temblaba cuando lo miró; igual que Joe le había ofrecido su corazón, ella le había entregado el suyo hacía mucho tiempo y nunca habría podido recuperarlo, le pertenecía a él.
Mientras la rodeaba con sus brazos, _________ comprendió que nunca tendría que dudar del compromiso que implicaban sus palabras. Porque ese nombre nunca le había hecho una falsa promesa y nunca diría algo que no tenía intención de cumplir.
—¿Me darías un beso? —le preguntó.
—¿Si te lo daría? —la miró con el rostro exultante de amor y júbilo—. Intenta impedírmelo, agapi mu.

















Epílogo









—¿Entonces crees que lo ha pasado bien?
Joe captó la leve ansiedad en la voz de _________, que se apartaba de la ventana nevada.
—Desde luego que sí. Ha disfrutado muchísimo —afirmó—. Te adora y se ha quedado embobado con los gemelos —Joe hizo una pausa. Nunca había visto a su padre tan satisfecho—. Es un abuelo rebosante de orgullo.
—Sí —dijo _________. Pensó que seguramente ver a los bebés había hecho que el padre de Joe reviviera muchos recuerdos agridulces. La historia se repetía en cierto sentido, pero no en todos. Ella se aseguraría de ello, porque no pensaba marcharse a ningún sitio. Miró a su amante griego y su boca se suavizó de amor.
Joe y ella se habían traslado a Nueva York cuando los gemelos tenían seis meses de edad. Habían comprado una casa en un distrito maravilloso, Gramercy Park, que a _________ le costó creer que pudiera existir allí. Estaba lleno de árboles, sauces, castaños y olmos; y su jardín estaba lleno de rosas y lilas. Era un barrio increíble, un oasis verde en la enorme y activa ciudad que _________ estaba aprendiendo a conocer y a querer.
Joe había contratado a un renombrado arquitecto para su empresa, para disponer de más tiempo libre. Trabajaba en suficientes proyectos para mantener viva su ambiciosa creatividad, pero dándose tiempo para participar en la vida y crecimiento de sus maravillosos hijos.
_________ miró su adorado, moreno y autocrático perfil. Estaba abriendo una botella de champán y, en ese momento, se volvió hacia ella.
—¿Qué? —preguntó, captando la pregunta silenciosa de sus ojos violeta.
_________ había aprendido mucho sobre el hombre al que amaba. Sabía que en el pasado se había erigido una barrera emocional para protegerse del dolor, legado de su infancia. Pero también había aprendido que no se podía huir de las cosas sólo porque resultaran incómodas; que la única forma de superarlo era enfrentarse a ellas cara a cara, y tenía la esperanza de que Joe llegase a aprenderlo también.
—Me preguntaba si alguna vez conoceré a tu hermano gemelo —contestó ella.
—Tenía intención de hablarte de eso —sonrió, pensando que le había leído el pensamiento. Le ofreció una copa de champán.
—¿Celebramos algo?
—¿Mmm? —Joe arqueó una ceja oscura y esbozó una lenta sonrisa—. Por supuesto. Toda nuestra vida es una larga celebración, ¿No crees, agapi mu? —inquirió con ternura.
—Oh, Joe —se mordió el labio inferior con placer—. Eso es demasiado sensiblero.
—Pero es cierto.
—Bueno, sí.
—Entonces, ¿te casarás conmigo, _________?
—¿Casarme contigo? —ella dejó la copa, temiendo dejarla caer; le temblaban los dedos—. ¿Por qué?
—¿Por qué? —el movió la cabeza. Nunca dejaba de sorprenderle. Nadie habría creído que uno de los solteros más deseados de Nueva York había recibido esa respuesta a una propuesta de matrimonio—. ¿Por qué crees tú?
_________, obligándose a ser pragmática, se encogió de hombros.
—¿Por qué será más fácil conseguir el visado? —vio que el rostro de él se ensombrecía—. ¿Para regularizar nuestra situación por el bien de los niños?
Joe dejó la copa.
—¡No puedo creer lo que estoy oyendo! ¿No se te ocurre la razón más importante de todas para casarse? —exigió—. ¿Qué me dices del amor? Porque resulta que nos queremos. ¿No es ésa la única razón válida para pedirte que seas mi esposa?
_________ tragó una bocanada de aire. Tal vez ése fuera el momento. Su oportunidad de liberarse de algo que llevaba tiempo inquietándola; no excesivamente, pero que alzaba la cabeza de vez en cuando.
—Pero sólo estamos juntos por los gemelos, ¿no? —apuntó, titubeante—. Es decir, sé que ahora nos queremos, pero si no me hubiera quedado embarazada, seguiríamos estando separados. Y a veces me preguntó, me preocupa, de hecho, si te lamentas o sientes resentimiento por haber quedado… digamos atrapado por las circunstancias.
Joe no contestó de inmediato. A pesar de ser el hombre capaz de expresarse a la perfección en dos lenguas, sabía que lo que dijera en ese momento tenía una importancia vital; así podrían hablar del tema y dejarlo de lado para siempre. En el pasado.
—Te diré lo que opino —empezó—. Tal vez nos habría complacido más enamorarnos nada más conocernos. Pero hemos pasado por mucho para alcanzar la felicidad que tenemos hoy, _________, y algo por lo que ha habido que luchar es más preciado que ninguna otra cosa. Porque la vida no siempre sigue las reglas, agapi mu. A veces hay que crear reglas propias para escribir un cuento de hadas personalizado, y más satisfactorio. Mucho más —sus ojos negros brillaron de amor al ver que los labios de ella se curvaban suavemente—. Aún no has contestado a mí pregunta. ¿Quieres casarte conmigo?
_________ empezó a sonreír mientras corría a lanzarse a sus brazos.
—Claro que me casaré contigo, mi adorado, mi amado Joe.
Mientras la estrechaba entre sus brazos, _________ pensó que tal vez su hermano gemelo asistiría a la boda y lo conocería por fin. Y cabía la posibilidad de que Joe y él enterrasen el hacha de guerra e hicieran las paces. Joe tenía razón. Uno podía escribir su cuento de hadas personal y las posibilidades eran infinitas.
Lo mejor de todo era que el cuento de ellos acababa de empezar.







Fin







Gracias nenas por haber leído y comentado la nove...
Y como dijeran por ahí...
"Otra novela acabada"
Jajajajajajajajaja
En cada nove que subo, son mas especiales para mí Wink
Ahora sean honestas y diganme
¿Sigo subiendo más o le hago STOP?
Las amo niñas...
Ahhh y pues, si les gustan los de tres protagonicos
pues lean SEDUCIDA...
O si la prefieren DRAMATICAS, Pasada Traición es para ustedes Wink









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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 21st 2011, 09:50

¡Oh Dios!..."Otra Novela Terminada" (:
Hahahaha,bueno,¡me encantó el final!
Dios Mio.Fué tan...Impresionante,¿Quien diria que esos dos se amaban en secreto?
Jajaja,solo te diré que tienes muy buenos gustos en novelas,eh.
Sep,los tienes.
Pero bueno,ahora creo que,¡Deberias Seguir!
No se que haria sin ti aqui en este Foro.Es que,eres increible.Yeah.
Espero que sigas subiendo más novelas,Cuidate.
Bye.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 21st 2011, 16:31

omg

omg!! no away!!!

jejejeje cayo sii cayoooooo jejejeje

obvio qien se resistiria a la tentacion nadie jejejeje

wjajajajajajajajajajajajajajajajajajjajaj

me encnatooo el cap!!!!!!!!!!!!!1

qe qiero massssssssssssssssss

thanks qe alexuis este bien siiiii

jejejejejeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

qiero massssssssssssssssss

pliz seguilaaa pronto!!!!!!
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SweetHeart(MarthaJonas14)
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 22nd 2011, 22:49





Ehhh la nove ya dio fin nena...
De todos modos gracias por haberla leido Wink
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mary_JB2011
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 23rd 2011, 13:04

Sad qe triste xqe termino...
pero muy felizzz xqe x fin pudimos estar con joe!!
siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
jejejeje sorry estava algo desactualizada pero
me encanto mucho tu nove martha!!!!!
geniallllll!!!!!!
estuvo padrisimaaaa espectacular!!!1
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yhamrzLovato
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 23rd 2011, 20:55

aww ='( yo ame tu novela *-* amo las historias donde esta Francia y hay griegos *-* Gracias por dedicar tu tiempo y compartir historias tan hermosas con nosotras
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 25th 2011, 20:24

ME ENCANTO!!! esta hermosa te juro que llore Sad claro por lo que joe dijo es que tan lindo el!! tiste , gracias or hacer esta hermosisima historia
GP
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Hoy a las 07:35

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Amor Griego (Joe&Tu)
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