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 Amor Griego (Joe&Tu)

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- Galletas&Leche -
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 8th 2011, 13:59

¿Cree que con dinero solucionará todo?
Esta loco.Si,y muuuy loco.
Aww,pobre Rayita,me da cosita.
Hahaha,ya,espero que la sigas!
Dios Mio!Es que....¡Tu siempre la dejas en lo más emocionante!
No es posible,aunque,bueno...Jejeje,ya sabes.
Hahaha,ya,siguela prontoooo,necesito leer máaaaaaaa!
¡Siguela!
Cuidate,Tqm,Bye.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 8th 2011, 23:07










Jajajajajaja
¡Exacto!
Le enseñaremos como se debe tratar a una mujer... y más a la Madre de sus gemelos Wink
Jajajajajajajajaja
Y no hay problema con las malas palabras (Acabó de sonar como mi mama XD)
Soy de pensamiento Libre Expresión Wink
Ya subo Wink



















Capítulo 6








Por primera vez en su vida, Joseph Jonas supo que se había equivocado. Había esperado… no sabía bien qué. Tal vez que ________ utilizara el embarazo para tener más acceso a su vida, para intentar convertirse en parte de ella, por mucho que lo hubiera negado en un principio.
Sí, sin duda. En el pasado, y muy a menudo, las mujeres le habían mentido o habían intentado ocultar sus auténticos propósitos con el fin de atraparlo. Además ella tenía una razón más válida que cualquiera de sus predecesoras para tenerlo en su vida. Había dos bebés en camino. Dos bebés que, según el calendario que tenía en la pared de la cocina, nacerían en muy pocas semanas.
Joe terminó de anudarse la corbata de seda y contempló su imagen en el espejo. Tenía ojeras y el rostro rígido y serio. En el frenético mundo que había más allá de su piso, una Nueva York nevada se preparaba para las vacaciones; ninguna ciudad lo hacía mejor.
El árbol de Navidad gigante del centro Rockefeller destellaba con innumerables luces de colores y la pista de hielo estaba llena de patinadores felices. Los escaparates de las tiendas exhibían imágenes nostálgicas, sacadas directamente de las páginas de libros infantiles. En la repisa de su chimenea había docenas de invitaciones, pero no les había prestado atención.
Se preguntaba a qué diablos jugaba ________.
Había esperado que la generosa pensión que ingresaba en su cuenta desapareciera de inmediato, pero se había equivocado.
Había esperado informes suyos con regularidad, rebosantes de detalles, que tendrían el objetivo de involucrarlo en su embarazo. De nuevo, se había equivocado.
________ no había sacado dinero de la cuenta, ni un centavo, y la única noticia que había tenido del embarazo habían sido las imágenes de una de sus ecografías. Habían llegado en un sobre marrón, con la leyenda «Privado y confidencial» en una esquina. Joe las había estudiado largo rato.
Estaba acostumbrado a estudiar imágenes. Parte de su trabajo era ver cómo un boceto se transformaba en algo real. Sin embargo lo que tenía delante era ajeno a su experiencia.
Al principio sus ojos apenas pudieron distinguir las granuladas sombras de la foto. Pero, gradualmente, como una de esas ilusiones ópticas que tardan en adquirir consistencia, la imagen se fue aclarando. Aun así, le había resultado difícil creer lo que veía. Parecía mentira que esas dos formas diminutas fueran seres humanos en potencia.
A pesar de su empeño en no pensar en el tema, en ese momento sintió un pinchazo, mezcla de maravilla y el dolor. Rindiéndose a un extraño impulso, levantó el teléfono y marcó el número de ________ en Inglaterra.
—¿Hola? —contestó ella con desasosiego.
—Soy yo, Joe.
«Sé que eres tú», pensó ________, tragando aire.
—Hola, Joe.
Desde luego, no era la mejor bienvenida del mundo. Joe miró el cielo de Nueva York, aclarándose con el amanecer, y apretó los labios.
—Llamaba para saber cómo estás.
«Dale datos», se dijo ________. «Sólo datos, es lo único que quiere».
—Los médicos están bastante contentos. El embarazo se desarrolla según lo previsto y los bebés… —le pareció raro estar hablando de eso, darle detalles íntimos a un hombre al que consideraba casi un extraño. Que era poco más que un desconocido—. Los bebés están bien, o eso me dicen cuando examinan las ecografías. ¿Recibiste las fotos que te envié?
A Joe se le aceleró el ritmo del corazón, a pesar de que no quería reaccionar. Cuando decía «bebés» con su suave acento inglés, le sonaba estremecedoramente real y muy distante a un tiempo.
—Sí, sí. Las recibí. ¿Qué vas a hacer estas Navidades?
Ella se dijo que no debía hacerse ilusiones, pero no pudo controlar el súbito vuelco esperanzado de su corazón. Supuso que él no era consciente de que estaba atrapada por las circunstancias. Si le decía la verdad, que sus planes eran una sobredosis de bombones y películas románticas, sonaría como una pobre víctima desesperada por que su caballero andante fuera a rescatarla en su alazán. Estaba claro que Joe no era ningún caballero andante, y ella no era una víctima.
—Ah, estoy muy vaga, no me moveré mucho —dijo, con el tono más ronroneante y satisfecho que pudo—. ¿Y tú?
Él pensó en todas las fiestas a las que había sido invitado y en la gente que asistiría a ellas: las esqueléticas y elegantes mujeres ansiosas por complacerlo y llevarlo a su cama; las burguesas de Park Avenue, ansiosas por casar a sus hijas y dispuestas a ofrecer una cuantiosa dote a cambio del poder y virilidad del griego de oro. Pero, de repente, la voz satisfecha de ________ se convirtió en el foco central de su mente y sintió los primeros destellos de irritación.
Porque su respuesta tampoco era la que había esperado. Debería haber habido un deje de añoranza en su voz, como si deseara o esperara que las cosas fueran distintas entre ellos. Como si deseara pasar las vacaciones acurrucada con él, ante una chimenea encendida.
—Bah, los festejos habituales en esta temporada —dijo con indiferencia, pasando el dedo por el borde dorado de una tarjeta—. Más invitaciones de las que puedo aceptar. Ya sabes cómo son esas cosas.
Ella no lo sabía, por supuesto, pero Joe no era consciente de eso y no tenía por qué explicarle que llevaba una vida casi de reclusa. Tal vez su deseo de pasar en casa tanto tiempo como podía fuese un estratagema de la naturaleza para garantizarle el descanso que ansiaba su agotado cuerpo. Había sido muy bien aceptada por sus compañeras en las clases de preparación al parto, eran encantadoras, a pesar de ser la única madre soltera en un grupo de parejas. Todas querían mimarla porque iba a tener gemelos, y a ________ no le molestaba en absoluto, pero un instinto protector la había llevado a evitar responder a sus curiosas preguntas.
Quizá se equivocara, pero no tenía ganas de contarles su historia. Habría sonado como si, estúpidamente, hubiera querido tocar las estrellas para terminar cayendo en picado a tierra.
«Me enamoré de un multimillonario griego y cuando rompimos descubrí que estaba embarazada».
Incluso a ella le sonaba al cuento de una cazafortunas típica.
—¿Querías algo más, Joe? Tengo que dejarte —dijo. Debía hacerlo antes de que la aguda lengua de él consiguiera atravesar la precaria fachada que había erigido para ocultar sus sentimientos y estallara en lágrimas.
—¿Estás sola? —Joe estrechó los ojos y detuvo el movimiento de su dedo en la tarjeta.
—¿Disculpa?
—¿Hay un hombre contigo, tal vez?
________ aferró el receptor. Si no la hubiera anonadado tanto su increíble desfachatez, habría soltado una carcajada por su arrogancia.
—No sé si habrás visto a alguna mujer en el último mes de un embarazo de gemelos —le escupió—. Casi podría halagarme que me creas capaz de interesar a un hombre en ese estado, si fuera asunto de tu incumbencia, pero no lo es. Soy libre, Joe, no tienes ningún derecho sobre mí, ni voz ni voto en lo que haga con mi vida. Si no tienes más que decir, voy a colgar —inhaló profundamente—. Ah, y no te preocupes, te enviaré un mensaje de texto cuando me ponga de parto. Adiós.
Joe tardó un momento en comprender que había cumplido su amenaza: ¡había colgado! Y tardó un momento más en procesar sus palabras. Le había dicho que no tenía ningún derecho sobre ella. De hecho, no se lo había dicho, más bien había escupido la información, como una mujer impaciente por concluir la llamada.
Nunca la había oído hablar así. Siempre se había adecuado al estado de ánimo de él y, aunque eso lo había irritado mucho en aquella época, no estaba seguro de aprobar la actitud de la nueva y terminante ________.
E iba a enviarle un mensaje de texto cuando se pusiera de parto. ¡Un mensaje de texto! En su mundo, ese tipo de noticias no se impartían de manera tan informal. Miró las invitaciones malhumorado.
Trabajó hasta tarde y después asistió a una cena, fundamentalmente porque estaba a la vuelta de la esquina de la oficina. El piso era precioso y la fiesta maravillosa, incluso para alguien de estándares tan elevados como los de Joe. Era un ático enorme, iluminado por velas altas y perfumado con flores blancas de aspecto cerúleo, en un rincón había un austero árbol de Navidad de color negro, decorado sólo con relucientes bolas blancas.
Todo conjuntaba y no había nada fuera de lugar. Una habitación tan despejada como podía imaginarse. Parecía el decorado de una película, o un anuncio de cómo vivían los muy ricos. Joe pensó que era cierto que vivían así.
Un pianista tocaba una melodía clásica en un piano de cola. La anfitriona, recién divorciada y lo bastante joven como para considerar a Joe un candidato plausible, lucía una túnica blanca que se pegaba a cada una de las sensuales curvas de su cuerpo.
—Hola, Joseph —saludó con su suave acento sureño—. Pareces tan cansado que debería enviarte directamente a la cama —su voz adquirió un tono grave—. Y, si tienes suerte, podría reunirme contigo allí.
—Es hora de marcharme —replicó él secamente.
—¡Oh! —posó las bien pintadas uñas sobre su chaqueta mientras él rechazaba una copa de champán. Joe se imaginó esas uñas rozando su piel desnuda y se estremeció con disgusto, preguntándose por qué había ido allí.
«Porque querías olvidar», se contestó.
Olvidar que pronto sería padre y que nadie lo sabía. Un acontecimiento tan desconcertante que incluso a él le costaba creerlo.
El mensaje de texto llegó en mitad de la noche, aunque para ________ sería por la mañana, el día después de Navidad. Ese día raro que seguía a la festividad. El texto era breve y sin detalles: «He roto aguas. Te haré saber lo que ocurra».
Él se preguntó qué demonios creía ella que iba a ocurrir.
Sin embargo, después ya no pudo dormir. Paseó por el piso, intentó leer, ver una película y, finalmente, escuchar música, pero nada funcionaba. Obviamente, no sabía nada sobre partos, excepto lo que había visto en películas: mujeres que gritaban sin parar y daban manotazos. Se preguntó si sería una licencia poética o si realmente ________ estaría gritando de dolor en ese momento.
Joe rechinó los dientes porque, de alguna manera, que pudiera ser así le dolía. No saber nada sobre lo que estaba ocurriendo le pareció la peor sensación que había tenido en mucho tiempo. Era un hombre de acción; no pensaba, actuaba. No iba a quedarse allí sentado preguntándose qué diablos ocurría al otro lado del Atlántico, iba a hacer algo al respecto.
Tardó unos minutos en preparar una bolsa de viaje, reservar un vuelo y pedir que un coche fuera a recogerlo para llevarlo al aeropuerto a tiempo para tomar el primer vuelo hacia Londres. Joe no solía dar excesivo valor al dinero en sí mismo, pero en momentos como ése no podía dejar de reconocer la libertad que le otorgaba su riqueza.
El día era desapacible cuando aterrizaron en Heathrow. El cielo estaba cubierto y hacía suficiente frío como para ver el vaho de la respiración. Había enviado un mensaje de texto a ________ cuando recibió el de ella, preguntándole a qué hospital iba a ir, y ella había contestado. Supuso que creía que iba a enviarle flores o algo así. No le había dicho que iba a ir en persona.
No estaba seguro de por qué no.
Tal vez porque no había querido arriesgarse a que ella objetara. Temía que incluso un hombre tan dominante como él habría tenido problemas para contrariar los deseos de una mujer que estaba a punto de dar a luz.
Tal vez porque deseaba comprobar que había dicho la verdad al darle a entender que no había ningún hombre en su vida. Aunque hubiera alegado que en su estado era una idea ridícula, Joe era lo bastante cínico como para comprender que alguien con vista podría aprovechar la oportunidad de unirse a una mujer bellísima, sobre todo cuando iba a tener a un ex amante millonario haciéndose cargo de las facturas.
El mensaje llegó cuando ya estaba casi en el hospital.
«Dos bebés sanos…», seguido por una enojosa acotación: «Mensaje incompleto».
No sabía si eran niños, niñas o un niño y una niña. Cruzó las puertas de cristal del ala de maternidad, diciéndose que el sexo daba igual. Varias enfermeras le preguntaron si podían ayudarlo; una en concreto con aspecto de estar dispuesta a ofrecer mucho más que indicaciones. Pronto estuvo en el sitio adecuado, hablando con la enfermera jefe de maternidad.
—Busco a ________ ________ —dijo.
—¿Y usted es?
«¿Quién diablos imagina que soy?», pensó él, irritado.
—Soy el padre de los bebés. Joseph Jonas —ladró—. ¿Dónde está?
—Por favor, sígame, señor Jonas, lo llevaré con ella.
_________ estaba tumbada en una cama, sintiéndose como si la hubieran drogado, aunque en realidad sólo había aspirado una pequeña cantidad de anestesia, no había habido tiempo de más. El parto la había sorprendido con su rapidez e intensidad. Pero ya que el dolor y la parte difícil había pasado, entraba y salía de una especie de duermevela. Entonces, un acento que conocía muy bien cosquilleó su oído y se convenció de que estaba soñando.
—¿_________?
Abrió los ojos y los frunció, como si un truco de la luz le estuviera haciendo imaginar el atractivo y duro rostro de su ex amante sobre ella, como el de un oscuro ángel vengador.
—¿Joe?












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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 8th 2011, 23:31

noooooooooooooooooooooooooooo!!! pq me dejas asi? acaso quieres que me de un ataque al (U) ? ME ENCANTO!!! ENSERIO! y no lo digo solo para que sigas escribiendo te lo digo de corazon eres muy buena NO! eso queda corto eres... FABULOSA!!!!!!!!!!!!!!! as pensado en ser escritora? Lool por favor siguela!! me tienes pegada a la compu estoy asi affraid
GP
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 9th 2011, 14:49

¡Dios Mio!Hoy todos me quieren matar con sus novelas.
Y tu...¡Estás peor!¿Como se te ocurre dejarla asi?
Es que...Agh.Eso no gusta a mi.
Espero que la sigas ya.Dios Mio.Ya.
Quiero leer más,¿Si?¡Please!
Siguelaa.
Cuidate,Bye.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 11th 2011, 09:09

fuck!!!! no way!!!! osea qe te pasa he ??
como lo dejaz ahi he??osea qe horror
despues de un parto doble me sales con esto
dios!!! qieres matarme o qe???
jejejejejeje joe bad boy he!!! mejor qe se baje
de su nube xqe ni crea qe va venir a qerer ejerser
autoridad sobre nosotras xqe eso si qe no!!!
+ bien es mejor qe le vya bajando a su tonito el mu..muy..
asi qe plizzzzzzzzzzzzz me muero
seguilaaaaaaaa pronto!!!!
seguilaaaaaaaaaaaa pronto!!!!
plizzzzzzzzz i beg you!!!
and a i love you nove!!!!
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 11th 2011, 19:18









—¿Dónde están? —exigió él.
La comadrona hizo un gesto de protesta al oír su tono de voz, pero _________ movió la cabeza negativamente. Deseó echarse a llorar.
—Ahí—susurró.
Lentamente, él se dio la vuelta y camino hacia dos cunas con unos bultos idénticos en su interior. Dos manojos de pelo negro creaban el único contraste con las mantas blancas de hospital. Sintió un escalofrío cosquillearle la piel y se le secó la garganta al mirarlos.
—¿Qué son? —preguntó con voz ronca.
_________ tardó un momento en entender a qué se refería. Luego comprendió que aún desconocía su sexo. Hizo una pausa, reconociendo la importancia de lo que iba a decirle y recriminándose por el estúpido orgullo que sentía.
—Chicos —contestó—. Dos niños.
—¿Idénticos?
—Sí, Joe.
Joe cerró los ojos cuando la turbulenta realidad de lo que había dicho le estremeció hasta lo más profundo de su ser; el sueño de todo hombre era tener un hijo que llevara su apellido y sus genes. Y él tenía dos, gemelos. Igual que Kyros y él. Una célula divida en dos. Lo mismo pero sin llegar a serlo. Nunca lo mismo. Se preguntó si otro hombre entendería el extraño vínculo de ser gemelo idéntico y que acababa de transmitirse a la siguiente generación.
Se sintió perturbado durante un momento. Más que perturbado. Un extraño tronar resonó en su pecho mientras miraba las dos cabecitas morenas, fue como si alguien le rasgara el corazón en dos.
—¿Le gustaría tener a sus hijos en brazos, señor Jonas? —preguntó la comadrona, con la emoción alegre y tensa de alguien que había hecho esa misma pregunta un millón de veces.
Joe alzó la cabeza y su intensa mirada negra abrasó a _________. Su expresión era la más parecida a una de impotencia que _________ podría haber imaginado en él.
—¿Quiere decir a los dos?
—Bueno —_________ sonrió—. ¿Por qué no empiezas con uno y ves cómo va la cosa?
Él envidió su aparente serenidad. Se sentía tan inseguro como los patinadores novatos que había visto en la pista de hielo del centro Rockefeller. Miró el diminuto bulto que parecía estar haciendo un ruido de succión desproporcionadamente sonoro teniendo en cuenta su tamaño.
—¿Por qué no? —aceptó, extendiendo los brazos.
La comadrona se agachó, alzó a uno de los bebés con toda eficacia y lo puso en brazos de Joe.
—Asegúrese de sujetarle la cabecita —ordenó con tono amistoso.
Joe asintió y se le hizo un nudo en la garganta al ver al bebé. Se preguntó cómo era posible haber creado ese doble milagro.
—Oyos —musitó, empezando a acunarlo—. Mi hijo.
_________ tragó saliva al captar el primitivo tono de posesión de su voz; se dijo que era irracional tener miedo. Debería alegrarse de que hubiera reconocido a su retoño abiertamente. No había esperado que apareciera allí. No la había avisado.
En los momentos de mayor vulnerabilidad del embarazo, algunas de las largas noches en las que le resultaba imposible ponerse cómoda, había anhelado poder ver esa escena. A Joe apareciendo de repente, fuerte y masculino. Joe llegando para hacerse cargo y transformar la situación, como si poseyera poderes mágicos y pudiera salpicar su vida con polvo de estrellas.
Pero eso había sido cuando se sentía confusa y temerosa por la responsabilidad del parto inminente. Desde entonces había ocurrido algo que parecía haberla investido de los poderes mágicos que, tan tontamente, había esperado que Joe utilizara con ella.
Se había convertido en madre. Tenía dos bebés diminutos que dependían de ella. Eso debería haberla aterrorizado, sin embargo el efecto había sido el opuesto: sentía una fuerza mayor de la que había sentido nunca. Fuerza para enfrentarse a cualquier hombre, incluso a uno tan dominante como Joe.
—¿Por qué no me dijiste que ibas a venir? —inquirió.
Él alzó la cabeza, en ese momento estaba besando a su hijo con suavidad.
—Quería darte una sorpresa.
—¿No controlarme? —preguntó ella con astucia.
—Se supone que tendría que estar descansando… —intervino la comadrona arrugando la frente, como si intuyera el principio de una discusión.
—Yo me aseguraré de que descanse —interrumpió Joe con suave arrogancia—. No debemos retenerla más tiempo, tendrá trabajo que hacer. Me gustaría pasar un rato a solas con la madre de mis hijos.
_________ deseó gritarle que la decisión de descansar o no descansar le pertenecía sólo a ella. Deseó protestar por su fría descripción de ella, que parecía definirla como poco más que una incubadora. Pero no quería montar una escena. Intuía que la comadrona ya se había puesto de parte de Joe, a juzgar por la mirada de admiración que le lanzó mientras salía de la habitación. Además, se sentía débil, agotada físicamente, como si acabara de soportar diez asaltos en un combate de boxeo y hubiera acabado medio sonada.
Miró su poderoso cuerpo y comprendió que ella debía descansar. Una cosa era sentirse fuerte emocionalmente, pero no podía saber cuánto tiempo seguiría sintiéndose así.
—Tal vez te gustaría volver después, Joe —dijo, esforzándose por sonar cortés, como si él no significara nada para ella. Aunque fuera el padre de sus dos hijos recién nacidos, eso no significaba que quedara nada entre ellos y sería una tonta si lo olvidara.
Él seguía mirando los diminutos cuerpos dormidos.
—¿Has pensado en nombres? —exigió, como si ella no hubiera hablado.
Por supuesto, _________ había pensado en nombres. Había tenido tiempo más que suficiente para pensar durante las largas veladas de invierno cuando su vientre parecía retar a la gravedad y hacía que moverse resultara inconveniente e incómodo. Pero ya era bastante difícil elegir un nombre, por no hablar de dos. Y no había tenido con quien comparar ideas. Nadie que le dijera «Odio ese nombre», como era habitual entre las risueñas parejas que acudían a las clases de preparación al parto.
También le había costado imaginar que el largo e imprevisto embarazo tendría como resultado final dos bebés, a pesar de que las ecografías no habían dejado lugar a dudas. A veces, aunque la mente supiera algo con certeza, el corazón se negaba a aceptarlo. Le había parecido que pensar en el futuro e intentar imaginarse cómo sería en realidad, equivalía a tentar al destino. Los médicos ya estaban demasiado pendientes de ella. Le habían recomendado que se cuidara lo más posible y habían fruncido el ceño con preocupación al enterarse de que no había un padre en escena.
_________ se preguntó si Joe habría acudido en su ayuda si le hubiera dicho que lo necesitaba durante esos meses. No lo sabía y no había querido comprobarlo. Lo cierto era que no había deseado verlo. Eso habría provocado un torbellino de emociones indeseadas en un momento en el que necesitaba toda su cordura y raciocinio. A su vuelta de Nueva York, después de que él la hiciera sentirse como una parte sin importancia de su pasado, había tomado una decisión: Joe ya la había visto vulnerable demasiadas veces, no volvería a verla así.
—¿Te gustaría que preparase una lista de posibles nombres? —sugería él en ese momento, como si tuviera todo el derecho a hacerlo.
Demasiado cansada tras el parto y desconcertada por la inesperada visita, _________ no tenía ganas de discutir. Además, deberían poder ser capaces de encontrar nombres que les gustaran a ambos. A ella le gustaba el nombre de él, no cabía duda al respecto.
—Sí, haz eso. A no ser que tengas alguna sugerencia inmediata —añadió con sarcasmo—. Como Joseph I y Joseph II.
Sin embargo, parecía que Joe ya no la escuchaba. Para su sorpresa, estaba devolviendo al bebé a su cuna con todo cuidado. Después se inclinó para alzar a su segundo hijo. _________ lo miró incrédula al ver el contraste que presentaba.
Se preguntó cómo podía un hombre tan grande y poderoso adaptarse con tanta rapidez y eficacia a manejar a unos recién nacidos. Le dio un vuelco el corazón al pensar en todo lo que podría haber sido y ya no sería nunca.
—Por lo visto aprendes muy rápidamente —musitó, con voz temblorosa.
—Ne. He aprendido rápidamente toda mi vida —afirmó él. Acarició la suave mejilla del bebé con un dedo. Pronto aprendería a distinguir los rasgos individuales de sus rostros y, aunque otra gente dijera que eran idénticos, él sabría que no era así.
Por un gesto de la boca, o la diferencia entre la sombra de una nariz y de otra, que sólo el ojo más avizor podría detectar. Cuando se tenía un gemelo idéntico, uno se pasaba la vida buscando diferencias, no semejanzas. Sería capaz de distinguir a los bebés en pocos días.
Él bebé que tenía en brazos empezó a agitarse y, como por reflejo, _________ sintió pesadez en los senos y estiró los brazos.
—Quiere comer —dijo con vergüenza, sus mejillas se tiñeron de rubor, lo que era una incongruencia en esas circunstancias. Al fin y al cabo, estaba ante un hombre que conocía sus pechos mejor que ninguno, no tenía razón para sentirse tímida como si fuera un desconocido.
Joe frunció el ceño y luego se inclinó cuidadosamente para entregarle al bebé. Por primera vez, prestó toda su atención a _________ cuando se apartó el camisón a un lado y se puso al bebé al pecho, con dedos que parecían inseguros sobre qué debían hacer.
Tenía las mejillas rosadas y el pelo de color miel recogido con una cinta azul, aunque algunos mechones se habían escapado. Y estaba dando de mamar a su hijo. Ese seno también había sentido la impronta de sus labios, la succión de su boca y ella había gemido de placer.
Sintió un pinchazo de algo que no supo reconocer. Tal vez el impacto de verla como madre, la madre de sus hijos, en vez de únicamente como una mujer sexualmente deseable.
Torció la boca y desvió la mirada de la perfecta y entrañable escena. Las cosas nunca eran lo que parecían. Nunca. Él lo sabía mejor que nadie.
Se acercó a contemplar al otro bebé, que había empezado a moverse, preguntándose qué ocurría si los dos tenían hambre al mismo tiempo. ¿Cómo podría ella apañarse con eso? Se dio la vuelta y descubrió que _________ lo observaba con ojos de un tono más oscuro del habitual.
—Supongo que los alimentarás con biberón, ¿no? —lo dijo con el tono de un hombre que se adentrara en terreno desconocido, y para Joe eso era lo más que se había acercado nunca al titubeo en público.
—Pienso darles el pecho —contestó _________.
Él se sorprendió, aunque no lo dijo. Las esposas de sus amigos y colegas habían renunciado a amamantar, fundamentalmente porque tenían una profesión o una vida social que querían recuperar cuanto antes, pero, por lo visto, también porque no «mejoraba» el aspecto de sus pechos. Joe recordaba el impacto que había experimentado cuando una mujer le dijo que sus pechos habían sido «mejorados» quirúrgicamente, y que por tanto no podía amamantar a su hijo. Ése era el precio que había estado dispuesta a pagar para mantener su figura.
—¿Podrás hacerlo con dos bebés? —inquirió.
—Bueno, la naturaleza me ha equipado para poder hacer al menos eso —ironizó ella—. ¡Imagina que hubiera tenido trillizos!
Los labios de él se curvaron con una sonrisa involuntaria. De repente, deseó alejarse de la inquietante escena íntima y también quedarse allí para siempre. Se preguntó si era el poder ingobernable de la naturaleza lo que le obligaba a sentirse atraído por sus hijos.
—¿Cuándo te darán el alta?
_________ tardó en contestar, pero no tenía sentido mentirle. Ni tampoco preguntarle qué le hacía pensar que eso era asunto suyo. Al decirle que estaba embarazada había permitido que sus hijos fueran asunto suyo y esa decisión, como todo en la vida, tenía sus consecuencias. Que le gustaran o no, era irrelevante.
—Dentro de tres días, espero. Siempre y cuando los médicos estén satisfechos de cómo evolucionamos los niños y yo.
A él le pareció que había dicho «los niños y yo» como si ya formaran un club exclusivo al que él no tendría acceso. Joe se revolvió en silencio contra esa forma de pensar. «Eso ya lo veremos», pensó con acidez.
—Vendré a recogerte —afirmó.
—Pero no necesito…
—Sí lo necesitas. No voy a discutir contigo, _________, porque no hay alternativa —interrumpió su protesta con voz implacable—. Vendré a recogerte y a llevarte a casa, punto final —sus ojos negros destellaron con intención—. Y ahora tenemos que hablar de los nombres que daremos a mis hijos.
—¡Me da igual lo que digas! —rugió Joe—. No puedes quedarte aquí. Lo que es más, ¡no lo permitiré!
_________ suspiró. Si hubiera tenido la energía suficiente, habría objetado contra el tono condenatorio de su voz, al igual que podría haber protestado por que estuviera allí, dominando la salita de su pequeño piso, como parecía dominar todos los sitios en los que entraba.
Deseó que se marchara porque era un maldito… todo. De opiniones fijas, testarudo y muy guapo. Guapísimo. Nunca debía olvidar el poder de su sexualidad, por más que se dijera una y otra vez que ya no era relevante para ninguno de los dos. Sabía que él la utilizaría como arma si lo consideraba necesario. Haría lo que hiciese falta para salirse con la suya.
Lo cierto era que al final se había sentido patéticamente agradecida por su insistencia en recogerles a Alexius, Andreas y ella en el hospital. De hecho, se preguntaba cómo podría haber conseguido apañarse sin él. Habría sido literalmente imposible salir del hospital con dos bebés y todas sus cosas y enfrentarse a algo tan sencillo como abrir la puerta de entrada con una llave que siempre se había atascado, aunque no le hubiera dado importancia hasta entonces.
Incluso con su ayuda, más de una vez había tenido que tragarse las lágrimas de frustración, diciéndose que su sensibilidad se debía al desequilibrio hormonal y a haber dado a luz recientemente.
Joe había pedido un coche, que ella había aceptado, y se había ofrecido a llevar a una enfermera especialista en maternidad, que ella había rechazado. Eso le había irritado, al igual que muchas otras cosas, pero nada lo había exacerbado tanto como mirar el diminuto piso tras la incorporación de dos personitas más junto con la parafernalia de objetos que requerían. Había enormes y feas bolsas de pañales, botes de jabón líquido y cajas de toallitas. Joe se había preguntado más de una vez por qué todo tenía que ser de plástico.
—¡Mira a tu alrededor! —gritó—. ¡No puedes quedarte aquí!
—No tengo alternativa —dijo _________—. Montones de bebés crecen en pisos como éste.
—¡No suelen ser dos bebés al mismo tiempo! ¿Cómo diablos vas a apañarte? —exigió.
—Me las apañaré —dijo ella con cansancio.
—Ya has tenido bastantes dificultades para volver del hospital —señaló él—. Y es posible que puedas ocuparte de los bebés, dado que la naturaleza te ha equipado para ello, como no dejas de decirme… ¿Pero y tú? Apenas hay comida en el frigorífico, ¡y nada de verdura o fruta fresca! ¡Es desastroso!
—No todos podemos tener una flota de sirvientes a nuestra disposición —replicó ella cortante, esforzándose por ocultar su dolor—. ¿Te gustaría ir a hacerme la compra al supermercado?
—Puedo hacer algo mejor que eso —replicó él, sacando el teléfono móvil del bolsillo.
Una hora después, una de las tiendas más exclusivas de Londres entregaba un pedido de comida que _________ nunca podría haberse permitido, ni siquiera en Navidades. Por primera vez en muchos años, Joe se descubrió desempaquetándola él mismo y utilizando toda su destreza espacial para conseguir meter casi todo en el diminuto frigorífico.
Calentó sopa para los dos y le sirvió a _________ un vaso de zumo, mientras él bebía una copa de vino y la observaba dar a los bebés de mamar otra vez. Recogió los restos de la cena mientras ella les cambiaba los pañales; eso sí que habría sido superior a sus fuerzas. Hacía años que no fregaba los platos y, en cierto sentido, disfrutó haciéndolo.
Cuando regresó a la sala vio el agotamiento que reflejaba el rostro de _________, pálido como el papel, y sus profundas ojeras, casi del mismo tono violeta oscuro que sus ojos. Nunca se había sentido tan ineficaz como en ese momento.
—Estás cansada —comentó.
—Sí, lo estoy. Gracias por toda tu ayuda, Joe. Hasta pronto.
Él oyó el tono de despedida de su voz y torció los labios con una extraña sonrisa.
—No te despidas aún, agapi. No me voy a ningún sitio.
—¿Qué quieres decir?
—Esta noche dormiré en el sofá.
—¡No puedes! —lo miró con alarma.
—¿No puedo? ¿Has pensado siquiera un segundo que iba a dejarte sola tu primera noche de vuelta en casa, con dos recién nacidos? ¿Y si te ocurre algo? ¿Y si te pones enferma de repente?
Ella deseó sollozar de anhelo ante su instinto protector y no pudo evitar imaginar lo que sentiría si sus palabras estuvieran inspiradas por el amor, en vez de por la responsabilidad paternal. Sin embargo eso sería muy egoísta. Sus fogosos sueños de amor con Joe habían quedado reducidos a cenizas, pero debía sobreponerse a eso y hacer lo que fuera mejor para Alexius y Andreas. Ambos debían eso a sus hijos.
—Te buscaré un edredón —aceptó.
—Gracias. Joe no recordaba haber pasado una noche tan incómoda en su vida. Ni siquiera cuando dormía en la playa bajo las estrellas, durante esas noches del estío griego, cuando el aire era tan cálido y pesado que estar en el interior era una auténtica tortura.
Pero entonces había sido un adolescente y su cuerpo aún tenía la capacidad de adaptarse a cualquier cosa. Con el paso de los años se había convertido en un hombre acostumbrado a tener sólo lo mejor.
Tal vez debería agradecer esa oportunidad de recordar lo que podía ser la vida para otros menos afortunados que él.
Cuando llegó la mañana, no cabía posibilidad de gratitud. Apenas había pegado ojo; le había despertado el camión de la basura con el repertorio completo de su motor y después el ruido de la lluvia cuando empezó una tormenta.
Estuvo un rato tumbado, mirando a su alrededor con incredulidad, hasta que oyó a _________ empezar a moverse. Entonces se lavó, se vistió y preparó café para los dos. Pero el delicioso aroma no consiguió calmar sus nervios destrozados y sólo sirvió para recordarle que no podía permitir que la situación siguiera así.
Oyó pasos y se dio la vuelta cuando ella entraba en la sala. Se había recogido el cabello en dos gruesas trenzas, que colgaban a los lados de su rostro sin maquillar. Llevaba unos sencillos pantalones de lino y una camiseta de tono pálido. Pensó que parecía ridículamente joven y saludable. Aunque «saludable» era una palabra que no solía gustarle y que tampoco asociaba con sus mujeres, tal vez fuera la más conveniente en esas circunstancias concretas.
—¿Qué tal has dormido? —preguntó ella, pensando que parecía dominar la habitación con su presencia y cuánto la había incomodado saber que estaba durmiendo al otro lado de una pared fina como el papel.
—¿Cómo crees que he dormido? —rezongó él.
—Intenté advertirte…
—No pareces entender la cuestión, _________.
—¿Y cuál es esa cuestión, Joe? —le devolvió ella. No iba a permitir que la intimidara en su propia casa.
—Ya te lo dije ayer, ¡no puedes vivir así!
—Así, ¿cómo?
Él deseó decirle que no se hiciera la tonta con él, pero se limitó a mover la mano para indicar el escaso espacio disponible, mientras su boca se tensaba formando una línea recta.
Como arquitecto, había sido adiestrado en estética, pero en Joe el amor por la belleza siempre había sido instintivo, más que aprendido. Sabía que el gusto era una cuestión subjetiva, pero su vida en Grecia le había llevado a apreciar el espacio y la simplicidad. En cambio allí…
El revoltijo del piso era increíble, y la luz de la mañana lo resaltaba con cruel claridad. No eran sólo las cosas para los bebés, eran las velas y adornos que había por todos sitios. Además de que todas las superficies estaban cubiertas con cosas que a sus ojos eran innecesarias, además había un cochecito de bebé doble.
La última vez que había estado allí apenas se había fijado en la escasez de espacio; sólo le había interesado llevarla a la cama y salir corriendo. Pero cómo viviera ella afectaría a sus hijos.
—¡Es un desastre! —exclamó.
—Bueno, es mi desastre —lo desafió ella.
—No necesariamente.
_________ lo miró, preguntándose cómo podía estar ya tan cansada, cuando acababa de levantarse. En el hospital, le habían advertido que se cansaría mucho, pero había pensado que sería capaz de superar la fatiga a base de voluntad y determinación. Estaba equivocada. Acababa de dar de comer, bañar y cambiar a sus dos adorables bebés y se sentía como si la hubieran tendido a secar en una cuerda y le hubiera caído una tormenta encima.
Las palabras de Joe le llevaron a fruncir el ceño con suspicacia; había aprendido a reconocer el peligro que escondía ese sedoso tono de voz. Su fatiga pasó a segundo plano.
—¿Qué quieres decir? —inquirió.
Él hizo una breve pausa con el fin de que lo que iba a decir sonase más significativo, un truco que había utilizado en infinidad de reuniones de juntas directivas.
—Sólo que lo que tú elijas hacer en tu vida es asunto tuyo, agapi mu, pero cuando eso influya en la vida de mis hijos tengo derecho a opinar al respecto. Debería poder influir en cómo son educados. Y dónde.
_________ tragó saliva, súbitamente nerviosa, mientras su mente revisaba las posibles respuestas que podía darle. Sabía que tratando con un hombre como Joe, sólo servía la respuesta correcta. Si objetaba alegando que ya no eran una pareja, él podría pensar que insinuaba su deseo de volver a serlo. Por otra parte, no estaba claro que pusiera imponer su opinión respecto a cómo criaba a los gemelos. Pronto se marcharía, de vuelta a Estados Unidos y su vida allí. Una vida que no la incluía a ella ni a los niños, y que nunca lo haría.
—¿De veras consideras que es asunto tuyo? —decidió preguntar.
Él sintió que estaba sentando las bases de una batalla y una descarga de adrenalina surcó sus venas. No había contado con sentir más que un interés distante respecto a los dos niños que había engendrado. Se había dicho que había volado a Gran Bretaña a verlos por mera curiosidad. Pero había estado equivocado.
Durante las tres noches que ella había pasado en el hospital, sus pensamientos se habían desbocado como un torbellino ajeno a él, y la idea que había dominado a todas las demás era que quería formar parte de la vida de sus hijos. —Mi intención es que lo sea —afirmó.
_________ captó el inconfundible reto de su voz y se estremeció, porque no dudaba de su palabra ni por un momento. Un hombre con los recursos de Joe conseguiría apoyo para cualquiera de sus deseos. Haría falta una mujer fuerte y muy rica para poder luchar contra él y su legión de abogados. Por más que ella estuviera trabajando su autoestima, no podía chasquear los dedos y estar al nivel económico del multimillonario griego.
Tal vez sería mejor intentar acomodar sus deseos y no iniciar una batalla que él ganaría sin duda. Vivía en Estados Unidos. El contacto que tendría con él sería mínimo si jugaba bien sus bazas. Así que decidió probar.
—¿Qué tenías en mente? —preguntó con cautela.
—Para empezar, este piso es demasiado pequeño —dijo él mirando con furia la puerta que daba acceso a una cocina del tamaño de un armario.
_________ asintió. Parecería cabezota e ignorante si lo negaba, porque él tenía razón.
—¿Y?
—Y quiero que te traslades a un lugar mayor.
Ella suspiró. No era tonta. Había tardado tres segundos desde su llegada con los bebés para comprender que el piso no serviría, por mucho que hubiera querido convencerse de lo contrario a lo largo de su embarazo. Pero incluso si utilizaba el dinero que Joe había ingresado en su cuenta, en cantidades muy generosas, no se acercaría siquiera al precio de la entrada de un piso mayor.
—No es tan fácil, Joe. La vivienda en Londres tiene un precio astronómico.
—Puedo permitírmelo.
—Sí, sé que tú puedes —tragó saliva—. ¿Y si te dijera que no quiero aceptar tu…
—¿Caridad? —interrumpió él con sarcasmo. Sus ojos negros brillaron con impaciencia—. Esto no es cuestión de caridad, ni de herir tu orgullo. De hecho, no tiene nada que ver contigo, _________, sino con mi deseo de que mis hijos no crezcan con menos espacio que… ¡el que tiene una gallina en una jaula!
—¿Cómo te atreves a decir algo tan hiriente? —preguntó ella, mirándolo con fijeza.
—Porque es la verdad. Y tú lo sabes —se encogió de hombros, insensible a su ira y a su dolor. Su boca se endureció con determinación—. Yo te ofrezco la oportunidad de trasladarte a un sitio más adecuado. Puedes vivir donde quieras en esta ciudad. Donde elijas.
Orgullo o no orgullo, _________ no habría sido humana si no hubiera sentido un escalofrío de anhelo ante su propuesta. Reaparecía en su vida ofreciéndole rescatarlos a los tres; muy poca gente tenía esa oportunidad de Cenicienta de pasar de un chamizo a un palacio de un salto. Lo importante era saber qué precio tendría que pagar.
—¿Y si digo que no? —alzó la cabeza y lo miró a los ojos.
Él rostro de él se tensó. Se preguntó si se atrevería a oponerse a sus deseos. Debería saber a qué tipo de adversario tendría que enfrentarse.
—Yo no te lo recomendaría —le advirtió con voz suave.
La taladró con sus ojos oscuros y _________, tal vez por primera vez, comprendió a quién se oponía. Era increíblemente rico y esa riqueza podía comprar mucho poder, pero con Joe había mucho más involucrado.
Veía su férrea determinación de obtener aquello que deseara, azuzada por un primitivo instinto de ofrecer a sus hijos lo mejor. No podía condenarlo por dar prioridad a los intereses de sus hijos. Dudaba que dos niños vivaces y cada vez más independientes le agradecieran que rechazase una oferta como ésa, simplemente porque su padre no la quería a ella. El orgullo sería la peor razón para negarles a sus hijos lo que era suyo por derecho.
—Si… si accediera, ¿podría elegir yo dónde vivir? —preguntó con incertidumbre.
Joe se dio la vuelta y miró por la ventana, aparentando que quería comprobar si aún llovía. En realidad lo hizo para ocultar su sonrisa de triunfo; sabía que había ganado.
—Por supuesto que puedes elegir tú —murmuró.










Bueno chicas, gracias por comentar y leer Wink
Quizas mañana suba cap...
Ahhh y una pequeña aclaración...
Esta es una Adaptación...
Perdón si les hice pensar lo contrario Embarassed Embarassed Embarassed Embarassed









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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 11th 2011, 19:38

¡Waaaaaaaaaaaa!
Agh,Tonto Joe.
Pero bueee....
¡Quiero que la sigas!
Esta novela me tiene...Como no sabes.Ni te lo imaginas,eh.
¡Hahaha!Solo siguela pronto,¿Ok?Porque aqui me tienes siempre y Gracias por Subir siempre.
Gracias.Hahaha,Cuidate Mucho,debo irme para poder subir en mis novelas,Bye!
Tqm.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 12th 2011, 20:28

siguelaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 12th 2011, 22:26

Siguelaaaaaaa New lectora amo tu web la primera vez que la lei llore de verdad tenia años sin leer una web asii siguela Please
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 12th 2011, 23:39

heey soii nuevaa ii fiel lectoraa
enceriooo estaa gniaall tieness qe srguilaa aauussh joee
iii los babyss:D
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 13th 2011, 06:47

sabes lo qe mas odio ver como un
invesil se sale con la suya..me da una
colera horrible los hombres 100pre son tan..
oportunistas y peor cuando tienen el suficiente
dinero como para comprarse una mansion
pero eso no implik qe no podamos segir en la jugada
si joe qiere pelea pz la tndra no cabe duda..
si el puede manipular xqe nosotras no he??
joe preparate bobo... pistudpo jajajajja
seguilaaaaaaaaaaaaaaaaaa
me muerooooooooooooo
seguilaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
plizzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
seguilaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 13th 2011, 18:18








1) El día en que naciste.

Nick: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.

Joe: 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31.

Kevin: 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24.

Frankie: 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17.




2) Tu signo zodiacal.




Aries: Me besó.


Virgo: Me pidió ser su novia.


Géminis: Se baño conmigo.


Cáncer: Durmió conmigo.


Tauro: Me amarró a la cama.


Sagitario: Me llevó a su casa.


Libra: Me cantó una canción.


Acuario: Fué tierno.


Piscis: Me regaló cosas hermosas.


Leo: Me tocó el trasero.


Escorpio: Me llamó.


Capricornio: Me susurro al oído que le excito.









3) El mes de tu cumpleaños.

Enero: Porque le encanto.


rgia]]Febrero:[i]Porque dice que soy super sexy.



Marzo: Porque tenía placer de hacerlo.


Mayo: Porque yo le dije que lo hiciera.


Abril: Porque le importo.


rgia]Junio: [i]Porque me ama.



Julio: Porque quería hacerlo.


Agosto: Porque le gusta ser así.


Septiembre: Porque le encanta estar conmigo.


Octubre: Porque lo amo.


rgia]]Noviembre: [i]Porque el quería.


Diciembre: Porque quería una noche de pasión













Arma El Tuyo[/size [size=18]Y Comenta.



E J E M PL O




Nick Me regaló cosas hermosas Porque tenía placer de hacerlo











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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 13th 2011, 18:49

kevin me regalo cosas hermosas porqe tenia el placer de hacerlo...
jejeje qe geniallll
hay ya me imagino qe cosas hermosas me regalo kev jejeje
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 13th 2011, 19:03

















Capítulo 8





—¿Qué clase de casa te gusta exactamente, _________? —preguntó Joe con impaciencia una mañana, en el salón, que tenía atmósfera de sauna y parecía una lavandería por el número de peleles y ropas de bebé que se secaban en el radiador. Nadie habría creído que a esas alturas de su vida estaba durmiendo en un sofá, sin espacio para moverse. Miró las especificaciones que le había enseñado y que ella había rechazado—. ¿Alguna en concreto?
_________ se obligó a concentrarse en las características de la casa en vez de en la expresión ceñuda del rostro moreno. Había descubierto que elegir un lugar donde vivir cuando no había impedimentos económicos en realidad dificultaba la decisión. Habría sido mucho más fácil descartar la mayoría de lo que había en el mercado por ser prohibitivo. Tener un exceso de posibilidades suponía un auténtico dolor de cabeza. Pero cualquier cosa sería mejor que tener a Joe acampando en su sala, haciéndole sentir cierta clase de cosas que, sin duda, sería imprescindible no sentir.
—Bueno, no quiero vivir en uno de esos áticos que parecen una especie de laboratorio, eso seguro.
Joe soltó una risa breve, preguntándose qué pensaría de su actitud desdeñosa el galardonado colega que había diseñado el edificio.
—¿Podrías decirme qué consideras importante? —se obligó a tratarla como si fuera una de sus clientes—. Si te regalaran la casa ideal, ¿qué sería lo que la haría especial?
Eso era fácil. Si dejaba atrás los cuentos de hadas, había algo que _________ había echado mucho de menos desde que se trasladó a la capital.
—Un jardín —contestó de inmediato—. Nada más.
—¿Nada más? —Joe esbozó una sonrisa sarcástica. Irónicamente, lo que pedía era mucho más difícil que cualquier construcción ganadora de premios arquitectónicos. Se preguntó si se burlaba de él o si realmente desconocía el mercado por completo—. Encontrar un jardín en Londres es como buscar oro en polvo —asintió—. Pero conozco a algunas personas que pueden ocuparse de ello. Lo organizaré.
_________ se pasó la mano por el pelo alborotado, resentida al ver que no tenía más que chasquear los dedos para tener a un batallón de personas corriendo a cumplir sus deseos. Sin embargo, empezaba a carcomerla algo mucho más intenso que el resentimiento.
Se preguntó si Joe no entendía que no era fácil elegir un nuevo hogar cuando faltaban las cosas normales que cualquier mujer esperaría; como por ejemplo el entusiasmo compartido por una pareja enamorada. Ella sólo tenía a Joe mandando a algunas personas a ocuparse de ello, con aire frío y carente de cariño. La misma actitud que adoptaba con todo.
—Fantástico —dijo, con un leve tinte de sarcasmo en la voz.
Él entrecerró los ojos, su actitud era como una bofetada para su orgullo masculino, y sintió la quemazón de la ira, y también de algo más. Algo que había empezado a crecer en su interior, por mucho que se dijera que ya no era apropiado.
—Una respuesta algo irónica, agapi —murmuró—. Esperaba que mostraras al menos cierto agradecimiento.
—¿Eso esperabas? —_________ se preguntó qué otras expectativas tendría. Le había permitido ponerles los nombres a los bebés y dormir en su sofá, y estaba a punto de permitir que cambiara todo el entramado de su vida. Se preguntó hasta dónde podía llegar. Lo miró de reojo y se endureció contra el efecto de verlo apoyado en el alféizar de la ventana.
Unos vaqueros negros moldeaban sus fuertes muslos y un oscuro suéter de cachemira se pegaba a los duros planos de su torso. Tenía el cabello negro alborotado y los ojos color ébano brillaban con vitalidad; una sombra de barba oscurecía su fuerte mentón. Era Joe con su aspecto más informal y sexy, y, que Dios la ayudara, lo deseaba.
Se preguntó si sería normal que una mujer sintiera la pulsión del deseo tan poco tiempo después de dar a luz. Tal vez se debía al hecho de que fuera Joe. A que lo había amado y había disfrutado de los placeres de su cuerpo tantas veces que él la había arruinado para cualquier otro hombre.
Al mirar el suave brillo de su piel olivácea y recordar cómo era sentir su cuerpo envolviendo el suyo, era fácil olvidar su turbulenta historia en común, e incluso más fácil olvidar que estaba allí por obligación. «Sólo está aquí por los bebés», se recordaba con dolor. Por más que se repetía que eso no debía dolerle, le dolía, y se descubría deseando herirlo. Quería demostrarle que no iba a actuar como un perrillo hambriento que agradecería cualquier migaja que tirase en su dirección.
—¿Te irrita mi falta de agradecimiento, Joe? ¿Te gustaría que me arrojara a tus pies? ¿Es eso lo que quieres?
Él captó el tono de desafío de su voz y sintió el cosquilleo de la victoria bullir en sus venas. ¡Por fin! Era el reto que había deseado oír en un nivel profundo de su subsconciente: dejar atrás las cortesías inanes. La luz verde que le permitiría hacer lo que más anhelaba.
Como una pantera negra, fue hacia ella en silencio, contemplando como sus ojos violeta se oscurecían y sus labios rosados se entreabrían.
—¿Qué crees que me gustaría que hicieras, agapi?
_________ no podía pensar, estaba tan cerca de ella que captaba su aroma masculino y levemente cítrico, y sus sentidos habían empezado a experimentar hambre por él. Comprendió demasiado tarde el peligro que suponía su cercanía, era como si la hechizara. Él utilizaba ese peligro como un arma, era muy consciente de su poder. Sin embargo, no la molestaba, pues era la primera indicación de que seguía encontrándola deseable. Eso, aunque inapropiado, era tranquilizador.
—¿Joe? —musitó—. ¿A qué viene esto? —Oh, _________. ¿No te parece una pérdida de tiempo hacer una pregunta cuya respuesta conoces? —se burló él, rodeándola con los brazos.
—No…
—No, ¿qué, agapi? ¿Te refieres a que no haga lo que tus ojos me suplican, incluso si tu mente no está de acuerdo con permitirlo?
Su percepción le resultó casi tan desconcertante como su proximidad. La caricia de su aliento cálido en el cuello hizo que se le erizara el vello. _________ empezó a temblar, odiando la exactitud de sus palabras y el súbito y clamoroso anhelo de su cuerpo. Las manos de él rodeaban su cintura con firmeza y tenía la sensación de que hacía un siglo que no la tocaba así.
—Joe…
—¿Qué?
—Déjalo.
—Pero no quieres que lo haga, ¿verdad? —pasó la yema del pulgar por la sedosa piel de su cuello y sintió como se estremecía bajo el contacto—. Mmm. Tu olor y tu tacto son deliciosos.
—Huelo a leche materna.
—Lo sé. Y es delicioso. Tú eres deliciosa.
«¿Lo soy? ¿Eso crees?» _________ sintió que el corazón se le salía del pecho. Él murmuraba como si no le importase que su cuerpo estuviera transformado tras dar a luz a sus hijos. Como si no le importara que hiciera dos días que no se lavaba el pelo. Bajó los dedos hacia el vientre blando y lo acarició con tierna intimidad, haciéndola desear que siguiera bajando y le provocara ese placer rápido e intenso al que tantas veces la había llevado en el pasado. Sintió una oleada de deseo y el ritmo acelerado que adquiría su corazón.
—¡Joe! —jadeó.
—¿Te gusta eso?
—¿No te parece una pérdida de tiempo hacer una pregunta cuya respuesta conoces? —se mofó de él devolviéndole sus palabras.
Él se rió, pero fue una risa teñida de ira, frustración y algo más, algo que no quería someter a análisis.
—Entonces, dejemos de hacer preguntas y deja que te bese —alzó su rostro y contempló sus ojos antes de besar sus labios.
Sabía a pasta dentífrica y café, y olía a bebé. Le pareció el afrodisíaco más inesperado y poderoso del mundo. Lo achacó a no haber besado nunca a una mujer en esas circunstancias.
—_________ —gruñó contra sus labios—. Oh, _________.
—Joe —musitó ella, como si acabaran de ser presentados. Sus brazos rodearon sus hombros como una enredadera y sintió que su cuerpo se ablandaba y respondía a las caricias de él.
Fue el beso más dulce de su vida, pero tal vez se debiera a que hacía demasiado tiempo que no la besaba. O a que el lado femenino de su naturaleza anhelaba la celebración perfecta para sellar el nacimiento de sus hijos. Abrió los labios y se tragó un gemido mientras se perdía en el placer.
Él acarició su boca con los labios como si estuviera redescubriéndola.
—Deseo llevarte a la cama —dijo con incertidumbre—. Pero puede que sea demasiado pronto.
Ella lo sabía; y deseaba lo mismo. Pero no estaría bien. No sólo por el hecho de que hubiera dado a luz recientemente. Las campanas de alarma se disparaban en su mente. La relación entre ellos había acabado y Joe estaba asumiendo el control de nuevo. Insistía en que se trasladara a una vivienda mayor, que él pagaría. Aunque sabía que eso tenía su lógica, si después le permitía el sexo fácil, podría parecer moralmente corrupta. Como si estuviera vendiéndose por sus favores.
Al primer cambio de tornas, contrataría a un buen abogado para acusarla de estar moralmente incapacitada para criar a sus hijos. Sin duda, era capaz de hacerlo. De hecho, si lo pensaba bien, sabía que era capaz de cualquier cosa.
Peor aún era que seguía teniendo sentimientos por él. Intentar desenamorarse de alguien no era como pulsar un interruptor y desconectar la luz, era más bien un mar impredecible en el que nuevas oleadas de amor llegaban cuando uno menos lo esperaba. Y en ese momento una ola bien grande amenazaba con sumergirla.
A pesar del intenso cosquilleo que sentía en los senos y el pesado y cálido pulsar de la sangre que percibía en los puntos más sensibles de su cuerpo, _________ empujó su torso, resistiéndose al deseo de deslizar los dedos bajo su camisa y enredarlos en el vello rizado de su pecho. Se preguntó en qué medida la reacción sexual era cuestión de hábito y condicionamiento. Sin embargo, sabía que el dolor que sentía en el corazón no tenía nada que ver con el hábito.
—Deberíamos parar ahora mismo, Joe —dijo—. ¡Esto está mal! ¡Y tú lo sabes!
«¿Mal?» Joe tuvo que luchar contra todos sus instintos para permitirle interrumpir el abrazo, dejó que se apartara un poco. Con la respiración agitada, esperó a que la intensa corriente de deseo que lo asolaba disminuyera un poco.
—No —negó con dureza, mirando sus ojos oscurecidos de deseo, el rubor que teñía sus mejillas y el temblor de sus labios—. En eso estás muy equivocada. De toda esta demencial situación, aparte de nuestros preciosos hijos, esto… esto… —pasó la palma de las manos por sus senos, sintiendo cómo sus pezones se erguían hacia él— es lo único que siempre ha estado bien entre nosotros —los ojos negros la evaluaron críticamente—. Y eres hipócrita contigo misma si lo niegas, _________, además de conmigo. Más que nada en el mundo, ella deseó atraer la cabeza morena hacia ella y seguir perdiéndose en otro beso dulce y embriagador. Pero un beso podía engañar. La llevaría a imaginar cosas que no existían en realidad y no quería sentir más dolor. Tenía que ser fuerte para sus hijos. Joe no la amaba y no ganaría nada pensando que alguna vez llegaría a hacerlo.
Temiendo excitarlo, o excitarse ella, más aún, dio un paso atrás y se obligó a recordar la realidad en vez de la fantasía. Pronto él saldría de su vida y volvería a su brillante torre de Nueva York; lo último que necesitaba era incrementar su vínculo emocional con él.
—Sí, el sexo siempre fue muy bueno —corroboró secamente—. Estoy segura de que contigo siempre lo es, pero eso ya no tiene ninguna relevancia, Joe.
—¿Crees que no? —la provocó él con voz sedosa.
—Lo sé. Cuando nuestra relación acabó, llegó a su fin. No podemos simular que eso no sucedió simplemente porque seguimos deseándonos el uno al otro. No es justo para nadie.
Él la miró a los ojos, obligando a su deseo a remitir al comprender que hablaba en serio. Para su sorpresa, nunca la había respetado tanto como en ese momento, con el pelo revuelto, expresión desafiante y actitud firme. No recordaba la última vez que una mujer analizaba los hechos con frialdad, llegaba a una conclusión y mantenía su postura, en contra de lo que ambos deseaban y oponiéndose a los deseos de él.
—Muy bien. Entonces me concentraré en lo que hay que resolver. Quieres un jardín y tendrás un jardín. Me aseguraré de que tengamos una casa a finales de semana —declaró él.
Siguió una mínima pausa. Había dicho «tengamos» y _________ pensó que había utilizado la palabra por error, que no era más que un desliz. Esbozó una sonrisa nerviosa y habló.
—Y supongo que después volverás a Estados Unidos —dijo—. Tienes un negocio que dirigir.
Joe captó el deje esperanzado de su voz, aunque ella intentaba ocultarlo. Y en ese momento algo se transformó en su interior.
Hasta entonces no había pensado más allá del siguiente paso; en concreto la necesidad de sacar a los bebés y a ella de esa madriguera. Pero las palabras de _________ lo obligaron a contemplar un futuro en el que dos bebés que llevaban sus genes crecerían y se convertirían en niños y después en hombres. Pensó que tal vez debería estampar su presencia en sus mentes conscientes, formar un vínculo con ellos desde el primer momento, para que lo conocieran como padre.
Al fin y al cabo, era imposible saber lo que haría su madre cuando comprendiera que no tenía ninguna intención de casarse con ella. Imposible tener la certeza de que no se cansaría con la rutina de diaria de criar a dos niños y anhelaría algo nuevo y excitante que la liberara, como había hecho su propia madre. Si eso ocurriera, él sería la mejor persona para hacerse cargo.
«Pero sólo si te conocen bien».
—No recuerdo haber dicho nada de regresar a los Estados Unidos —dijo con una sonrisa dura.
Ella percibió una amenaza; fue como si una mano húmeda y fría se posara en su nuca.
—Pero yo pensaba…
—¿Qué? —inquirió él con cortesía burlona—. ¿Qué pensabas, _________?
«No dejes que te intimide. Si te muestras débil, estarás perdida».
—Bueno, tus oficinas están en Nueva York, ¿no? Y eres un hombre ocupado, no puedes permitirte pasar mucho tiempo aquí sin hacer nada.
—¿No? —los ojos negros la taladraron con una mirada casi divertida. Se preguntó si creía que iba a soltar el dinero para que ella viviera a todo lujo y luego marcharse como un pelele—. Puedo hacer lo que quiera, _________, y lo que quiero ahora mismo es estar cerca de mis hijos. Quiero estar presente cuando se despierten por la mañana y a la hora de apagar la luz por la noche.
El significado de sus palabras tardó unos segundos en hacer mella en _________. Cuando lo hizo, ella sintió algo muy parecido al pánico.
—Quieres decir… ¿quieres decir que piensas venir a vivir con nosotros?
Él vio cómo palidecía y sus ojos violeta se nublaban de aprensión, pero endureció su corazón para que eso no lo afectara.
—Claro que sí. ¿Cómo puedes haber pensado otra cosa? —se inclinó hacia delante y sus ojos brillaron con la frialdad del hielo ennegrecido que destellaba en las carreteras los días más fríos de invierno—. ¿Realmente creíste que iba a comprarte una gran casa y luego permitir que me alejaras de la vida de mis hijos? ¿Me considerabas el tipo de hombre que paga las facturas y al que luego se deja de lado, _________? Todavía no tengo edad para hacer el papel de viejo ricachón que financia los caprichos de una jovencita.
Ella abrió la boca para alegar que era él quien había insistido en buscar un sitio más grande, y que de repente lo utilizaba como una especie de chantaje. Había dado la vuelta a la situación para que ella pareciera una manipuladora cazafortunas. Se preguntó si era tan rico que no se había molestado en comprobar que no había tocado un penique del dinero que había estado ingresando en su cuenta.
—¿Y si te dijera que prefiero quedarme en este piso a compartir un palacio contigo?
—Entonces estarías abriendo la puerta a una demanda judicial por la custodia legal de mis hijos —esbozó una sonrisa fría, pero el fuego de la batalla le ardía en la venas.
—¡No harías eso!
—Oh, sí, _________. Créeme, lo haría.
—¡No la conseguirás! —gritó ella—. ¡Sabes que no!
—Tal vez no la custodia total —concedió él—, dado que los tribunales siguen tendiendo a favorecer a la madre. Pero no hay razón para que no consiga la custodia compartida. ¿Cómo te sentirías entonces, _________? Imagina que empezara a llevarme a Andreas y Alexius a Nueva York un par de semanas al mes.
Para su horror, ella vio un destello de luz en sus ojos que no había estado ahí antes. Era una opción que no se había planteado antes, y que ella le había ofrecido en bandeja al oponerse. Comprendió, con dolor, que podría hacerlo. Podría forjar una vida con los gemelos que, gradualmente, podía terminar excluyéndola: «¿Qué niño no daría saltos de alegría por tener un padre que podía ofrecer tanto como Joe?» Se estremeció. Ella, en cambio, no podía ofrecer nada comparable.
Se clavó las uñas en las palmas de las manos. Sí tenía algo que dar, que nunca obtendrían de otra persona: ¡el amor de una madre!
La mente le daba vueltas. Se había arrinconado a sí misma y lo sabía. Por desgracia, estaba segura de que él también. «Actúa con serenidad. No dejes que note lo asustada que estás. Sé valiente y enfréntate a él, si no por ti, por el bien de tus hijos». —Bien —dijo lentamente—. Si venir a vivir con nosotros es la condición que impones a cambio de proporcionar a nuestros hijos el espacio y la comodidad que merecen, de acuerdo —tomó aire—. Pero creo que tú deberías oír la mía, Joe. —Ne, espero con fascinación saber cuál es, agapi —se burló él, ladeando la cabeza—. ¿Quieres que adivine? ¿Hum? ¿Vas a decir que no quieres que te bese como acabo de hacerlo? ¿O qué no te toque ni te proporcione los muchos placeres que pueden ser tuyos con mis caricias? ¿Tengo razón, _________? Sí, veo que sí, porque tu rostro llamea igual que ha llameado muchas otras veces, cuando gritabas entre mis brazos. A pesar de la sensual provocación de sus palabras, _________ se obligó a no reaccionar. —Correcto —dijo con calma—. Si vivimos bajo el mismo techo, tendrá que ser separados. —Separados —repitió él, pensativo. Pero su sonrisa era la de una depredador. Ella no podía creer que eso satisfaría a un hombre de su apetito sexual. Acababa de demostrarle cuánto lo deseaba aún—. Veremos cuánto tiempo te conformas con vivir así, agapi mu —concluyó con ironía.










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mary_JB2011
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 13th 2011, 22:05

sabes qe me gustaria hacerle a joe en estos momentos
patearle los t@sclosmsspd y hacerlo qe se humillara pidiendonos
perdon nosotras aqui!! nos qedamos cortar de lo qe deberiamos de
hacer sufrir a joe!! osea tiene el descaro de ensima de creerse la gran
cosa creerse qe todavia puede hacer de las suyas con nosotras
pz nose ustedes pero me dan unas ganas de darle una cucharada
de su propia medicina al maldito bastardo infeliz qe diablos le pasa he??
no todas las mujeres son como su madre y ensima la agarra con nosotras
ese invesil es un idiota resentido misoginio ashhh!!
me dan unas ganas de nose.. sh!!!! qe colera jajajaja
pliz seguilaaaaaaaaaaaaa
i ♥ you nove!!!
se guilaaaaa
seguilaaaaaaaaaaaaa!!!!
seguilaaaaaaaaaaaaaa!!
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 13th 2011, 22:10

seguilaaa
seguilaaa
seguilaaa
seguilaaa
seguilaaa
seguilaaa
seguilaaa Twisted Evil
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mary_JB2011
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 13th 2011, 22:19

I LOVE YOU NOVE!!!!
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 14th 2011, 15:03

¡Ohh Dios1
Siguela prontico.
¡QUIERO LEER MÁS!
¡Por favor siguela!
Esta novela,es tan,hermosa.
Solo espero que la sigas.
Ese Joe ¬¬
Jajaja,solo sigue.
Cuidate,Bye.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 14th 2011, 17:11









Mañana subo un mini-maratón... ahora solo quiero disfrutar un poco la compu Wink



Gracias a una firma que vi aquí, me entere de este video Wink
Muy bueno, por cierto XD








(Este es sobre nosotras... y muy cierto, por cierto XD)







Recuerden... mañana subo capítulo Wink




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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 14th 2011, 17:22

http://www.omusicawards.com/vote/best-lyrics-video

Voten por See No More....

Esta nomido a Mejor Video...

¡¡Corran la voz!!
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 14th 2011, 17:24

Ok.Asi si acepto.
Hahaha,espero que puedas subir la mini-maratón mañana,eh.
Hahaha.Yeah,la esperaré aqui.
¡Ya vi el video!Hahaha,esta muy gracioso,pero a la vez dice la verdad,Si Señor.
¡Cuidate Mucho!Bye.
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 14th 2011, 20:47

siguelaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 14th 2011, 21:40

Siguelaaaaaaaaaaaaaaaa
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 15th 2011, 10:16

Holaz!! Me llamo Andrea Wink

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siguela please!!
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MensajeTema: Re: Amor Griego (Joe&Tu)   Octubre 15th 2011, 20:34











Capítulo 9








Joe compró una casa en Holland Park, una zona cara de Londres que _________ sólo había visto antes desde el autobús. Era un edificio de cuatro plantas, en una calle bordeada con árboles. Había muchas familias jóvenes en la zona.
_________ pensó que era el tipo de casa del que cualquiera se habría enamorado. La casa de él, se recordó, cuando entraron en el vestíbulo forrado de roble. La vidriera de la puerta de entrada iluminaba de colores el suelo de damero blanco y negro.
Pocas horas después de su llegada, la glamurosa y rubia vecina se presentó con una botella de champán caro, una bandeja de sándwiches de salmón ahumado y una invitación para un cóctel que iba a celebrar.
—Vendréis, ¿verdad? —le preguntó a _________, aunque sus sonrisas y miradas volvían continuamente al alto y callado griego que se apoyaba en el umbral.
_________ no supo qué contestar. Era consciente del rostro adusto de Joe, que seguramente quería aclarar que aunque parecieran una familia convencional no lo eran en absoluto. Tal vez pensara que socializar con los vecinos requeriría demasiado teatro.
—Comprobaré si tenemos otros compromisos —dijo _________ con diplomacia. Al ver el brillo determinado de los ojos de la atractiva vecina, comprendió que una negativa directa podría llevarla a insistir.
La casa en sí era un sueño. Era el típico sitio en el que nunca se habría imaginado viviendo, con habitaciones espaciosas de techos altos y una bella escalera. Sin embargo, la transición de su diminuto piso al esplendor de principios del siglo pasado no le había costado el más mínimo esfuerzo.
Joe se había ocupado de todo: había encargado a un decorador que amueblara la casa con piezas escogidas y cubriera los ventanales con exquisitos cortinajes. Había una maravillosa habitación infantil para Alexius y Andreas, al lado del dormitorio y cuarto de baño de _________.
Joe se había adjudicado una suite en la planta superior, que incluía un enorme y aireado estudio con fabulosas vistas al parque. Le dijo a _________ que en los tiempos que corrían un arquitecto podía realizar su trabajo desde cualquier sitio. Ese comentario la llevó a preguntarse qué planes tenía en realidad y si el acuerdo al que habían llegado se prolongaría durante mucho tiempo.
Sin embargo, no era el momento para preguntarlo y _________ dudaba que él fuera a contestar si lo hacía. Además, no tenía sentido preocuparse por algo que no podía controlar. Estaba demasiado ocupada agradeciendo su buena fortuna, dándose cuenta de la estrechez de su pisito y de lo injusto que habría sido para los gemelos seguir viviendo allí. En esa casa sobraba el espacio y, por el momento, eso eclipsaba los problemas potenciales de compartir vivienda con un hombre tan peligrosamente atractivo como Joe.
Su espíritu se aligeró al mirar el bello jardín, con sus macizos de flores y altos árboles, e imaginar a dos niños creciendo y jugando en él. Decidió que les construiría un enorme cajón de arena y compraría una tobogán de plástico. Los visualizó dormidos y satisfechos en su bonita habitación azul y crema y esbozó una sonrisa de felicidad.
Joe estaba observando y al ver cómo se curvaban sus labios recordó por qué su belleza lo había impactado al principio, junto con los ojos azul violeta y el cabello de color miel. Hacía mucho tiempo que no enterraba su boca en ese cabello. Demasiado que no besaba esos labios hasta hartarse. Sintió una oleada de frustración e impaciencia. Si iba hacia ella y la tomaba en sus brazos, no dudaba que conseguiría hacerla responder.
Sin embargo algo lo detenía. Tal vez fuera el nuevo aire de compostura y serenidad que la rodeaba. Lo había percibido antes, cuando estaba sentada en un sillón junto a la ventana del dormitorio infantil, amamantando a Andreas, mientras su hermano dormía en un moisés de mimbre, a sus pies. Como un sutil foco, la luz del sol los había iluminado y otorgado a la escena una brillantez inesperada, convirtiendo el color miel de su cabello en oro. Nunca la había visto más bella que en ese momento.
Se preguntó si ese sería otro ejemplo de la lotería que era la vida. Algunas mujeres se entregaban a la maternidad como si hubieran nacido para ella, en cambio otras…
—¿_________?
_________ se volvió de la ventana, preparándose para el impacto físico de verlo. Por más veces que lo mirara, no podía evitar derretirse por dentro.
Estaba sentado en uno de los dos sofás, con las largas piernas extendidas ante él, con una pose descuidada pero elegante. Los bien cortados pantalones oscuros ceñían sus musculosos muslos; tuvo que tragar saliva para paliar la súbita sequedad de su garganta.
—¿Sí, Joe?
Él se fijó en que había vuelto a ponerse pantalones vaqueros. Sin esfuerzos, discusiones ni desagradables y sudorosas visitas al gimnasio, parecía haber recuperado sus seductoras curvas y el saludable vigor de la juventud y la vitalidad. Deseó bajárselos, introducirse en ella, y… Tragó saliva, maldiciéndola a ella y a su belleza.
—Tenemos que concretar algunos detalles —su voz sonó un poco ronca.
—¿Qué detalles? —inquirió ella.
—Por ejemplo, contratar a una niñera —farfulló él—. A no ser que prefieras discutir de posibles alternativas a cómo dormiremos por la noche. A mí me encantaría. Ella inspiró con fuerza, intentando ignorar la sensual invitación de sus palabras y que sus ojos negros recorrían su cuerpo con insolencia, como si tuviera pleno derecho a hacerlo. Había oído la expresión «desnudar a alguien con los ojos», pero nunca había captado la extensión de su significado hasta que conoció a Joe.
Pero la innegable tensión sexual que bullía bajo la superficie ya sólo era una faceta más de su vida, que de repente era plena. Había comprendido que la maternidad era un trabajo y, más aún, uno que se le daba bien, que le otorgaba confianza y seguridad en sí misma. La _________ que se había concentrado vanamente en complacer al exigente Joe había desaparecido.
—No quiero contratar a una niñera —dijo ella.
Joe frunció el ceño porque eso tampoco era lo que había esperado. Había creído que una vez que comprendiera que él no se iba a ir, empezaría a exigir cosas. La riqueza compraba asistencia doméstica, y a muchas mujeres eso les gustaba.
—¿Tienes idea del trabajo que supondrán los niños cuando empiecen a crecer? ¿O de cuánto limitará eso tu libertad?
—¡Claro que sí! Todo requiere el doble de tiempo, nada más. Pero tú deberías saberlo mejor que nadie —se sentó en el banco que había bajo la ventana—. Joe, ¿podrías darme algunas pistas? ¿Cómo se organizaba tu madre?
Siguió un silencio. Normalmente, él habría evadido la pregunta. Dadas las circunstancias, tenía que admitir su relevancia, pero eso no implicaba que le gustara que preguntase.
—No creo que fuera un modelo a seguir para ninguna madre de gemelos —dijo con frialdad.
—¿Por qué no?
Joe se enfrentó a su mirada con irritación porque odiaba hurgar por debajo de los datos superficiales. En otro tiempo, ella habría interpretado correctamente su estado de ánimo y habría dejado de interrogarlo. Entonces ella habría hecho lo que él quisiera. Pero era obvio que había cambiado, por supuesto. Vivir un embarazo sola, dar a luz a dos bebés y no saber cómo diablos iba a mantenerlos cambiaría a cualquier mujer.
Se preguntó si eso le daba derecho a querer saber más de su historia. Y también si la reticencia de él se debía menos a su fiero deseo de privacidad y más a que había enterrado su pasado en un lugar muy profundo durante largos años y no quería resucitarlo.
—Porque mi madre nos abandonó a Kyros y a mí cuando éramos muy pequeños.
—¿Se marchó? —lo miró fijamente, con el corazón desbocado.
—El abandono de los padres es frecuente, las madres también lo hacen a veces —esbozó una sonrisa burlona para disimular la punzada de dolor que seguía provocándole esa vieja cicatriz. Y la sorpresa de que fuera así—. Eso es auténtica igualdad, ¿no _________?
—Pero… ¿cuántos años tenías?
—Cuatro —replicó con impaciencia—. Mira, nos dejó con mi padre, que era perfectamente capaz de conseguir que estuviéramos bien cuidados. Kyros y yo crecimos con normalidad. Ya está. No es ningún drama.
_________ captó falta de convicción en sus palabras, sonaban vacías.
—A tu padre debe de haberle resultado difícil tener que ocuparse de dos niños pequeños —comentó— ¿Cómo lo hizo?
—Tuvimos montones de niñeras distintas que cuidaban de nosotros —se encogió de hombros—. Mi padre era un hombre ocupado, regido por la ambición y la voluntad de triunfar. Su negocio requería atención todas las horas del día. Era una de las cosas que llevó a mi madre a caer en brazos de otro hombre, o eso alegó. Quería excitación y glamur; un marido ausente y dos niños pequeños y exigentes no se lo daban.
—¿Y nunca la ves?
—Falleció pocos años después de abandonarnos.
Joe recordó al hombre con quien se había casado, el hombre que había sustituido a su padre. Y recordó que había deseado darle un puñetazo.
_________ asintió. En cierto modo, las respuestas la incitaban a hacer más preguntas. Quería hacerlas, pero estaba segura de que Joe rechazaría con desdén cualquier intento de psicología amateur. Había una diferencia entre sentir curiosidad y sonsacar. Algo en el rostro de Joe le dijo que era mejor parar.
Era consciente de que para un hombre como Joe, que se cerraba como una ostra en todo lo referente a sus emociones, lo que había dicho equivalía a una gran revelación. Hacía que su comportamiento fuera más comprensible. El cinismo no surgía de la nada. Por muy rica y poderosa que fuera una persona, siempre había algo que había determinado su carácter. Crecer sin una madre como modelo explicaba en gran medida su actitud dominante con las mujeres y que se negara al compromiso.
Pero el breve destello que le había ofrecido de su pasado la inquietó. A pesar de que él dijera que no era ningún drama y la dureza pétrea de sus ojos y de su rostro, le dolió el corazón por el niño abandonado que debió de ser. Además, lo lógico sería que su hermano y él estuvieran muy unidos, en vez de distanciados. Sobre todo teniendo en cuenta por lo que habían pasado juntos, siendo unos niños.
Antes, ella había estado dispuesta a andar de puntillas para evitar herir sus sentimientos, pero ya no. Quería ir más allá de tanta simulación y subterfugio. No por sí misma, dado que reconocía que lo que hubo entre ellos había muerto, sino por el bien de sus hijos. Sin embargo, no se obtenían confidencias ejerciendo presión. Antes él tenía que confiar en ella, y cabía la posibilidad de que nunca llegara a hacerlo. Ella misma debería empezar a actuar con más madurez respecto a sus circunstancias. Esa preciosa casa le había proporcionado sensación de libertad y un intenso alivio. Tenía la sensación de que Alexius y Andreas dormían más desde que estaban allí y su humor había mejorado.
—Quiero darte las gracias —dijo, tímida.
—¿Por? —él frunció los ojos.
—Por hacer posible todo esto. Por dar a mis hijos tanto espacio.
—También son hijos míos —replicó él con voz amarga—. ¿Qué creías que iba a hacer, _________? ¿Darles la espalda mientras tú los criabas en la pobreza?
Ella decidió no discutir que su definición de pobreza tenía poco que ver con la de la mayoría de la gente.
—No pensé mucho en ello, la verdad. No lo planeé —hizo una pausa, esperando una pregunta que no llegó aunque la vio claramente escrita en sus ojos—. No, no lo planeé —declaró con fervor—. Pero ha ocurrido y quiero hacer las cosas bien. Quiero ser tan buena madre como esté en mi mano y para mí eso significa implicarme. No quiero una niñera.
—Es demasiado trabajo para ti —rezongó él.
Ella se preguntó si basaba esa respuesta en el hecho de que su madre no había sido capaz de hacerlo. No había dos mujeres iguales, así que negó con la cabeza y tomó aire.
—Déjame acabar. Sé que soy afortunada porque puedes permitirte ofrecerme una niñera, pero no quiero que otra mujer interfiera en la educación de mis hijos.
—No puedes arreglártelas sola en una casa de este tamaño —persistió él, testarudo.
—Tienes razón, no puedo —le dirigió una sonrisa tentativa, deseando poder estirar el brazo y acariciarle la cara, no con un fin sexual, sino para aliviar el dolor que veía en sus pétreos rasgos—. Ya sabes cómo soy con el orden; quizá el dinero estaría mejor empleado contratando a una asistenta, o un ama de llaves, que mantenga la casa en consonancia con tu exigente estándar.
Joe pensó que hablaba como si él fuera una especie de robot acostumbrado a vivir en entornos estériles. Sin embargo, el tono cariñoso de su voz le hizo sonreír para sí. Comprendió que de alguna manera, _________ había conseguido salirse con la suya y ni siquiera tenía la sensación de haber librado una batalla. Su sonrisa se desvaneció y se convirtió en una mueca pensativa. Tal vez _________ había sabido que rechazar su oferta de una niñera era el movimiento más beneficioso en la partida que jugaba con él.
Se preguntó si _________ sabía que los niños no eran más que accesorios en el mundo en el que él se desenvolvía. Vestidos con versiones en miniatura de la ropa de moda que lucían sus elegantes mamas. Que los llevaban a las fiestas para que la gente los admirara un rato y luego se los devolvían a una chica de cara aburrida, a quien despedirían un día, borrándola de la vida del niño. Tal vez había pensado que lo atraería la novedad de una mujer dispuesta a ensuciarse las manos.
También cabía la posibilidad de que quisiera que los niños estuvieran tan unidos a ella que les disgustara la idea de separarse de su lado. Eso sin duda contrarrestaría cualquier intento suyo para llevárselos a vivir al otro lado del Atlántico.
Joe soltó una risotada. No cabía duda de que se había convertido en un cínico bastardo.
—De acuerdo, _________ —dijo con lentitud—. Contrataremos a un ama de llaves.








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